jueves, 12 de noviembre de 2009

No es tan fácil creer


EL SENTIDO DE NUESTRA INCREDULIDAD


Yo creo, yo creía. Y mientras hablaba sobre Dios y sobre la fe, se me fue el suelo bajo los pies. La luz se me fue como se queda uno a oscuras en una habitación al caer la tarde. ¿Un cortocircuito? ¿O no había habido tal luz? ¿Me hube equivocado? No sabía ya lo que creía, no sabía ya si creía o no.
Pero yo seguía hablando de Dios y de la fe.
¿Debía callarme?
Me arrepentí la doctrina, leí tratados sobre la fe religiosa, me sabía al dedillo todo lo referente a la fe. Y, en cambio, aprendí a no creer. ¿Puede ser eso a esas alturas? ¿Llega siempre tan tarde?
Me quedé colgado en el aire, ¡horrible!

¿Se ha alejado verdaderamente tanto Dios que ya no podemos reaccionar más que no creyendo? Así es como reaccionamos ante la quimera de un castillo de naipes, o ante los planes de edificar una casa que no responden a posibilidad material alguna.
Podemos pasar de largo por delante de Dios, provisionalmente y aun quizá durante mucho tiempo, como por delante de un árbol que no nos interesa.
¡Un globo de colores con el que gente cándidas juegan, la pompa de jabón de un niño, una figura pasada de moda, una forma del lenguaje que pertenece al pasado!
La incredulidad entre los cristianos está muy difundida y no podemos honradamente achacarla a un fenómeno de moda; hemos de tomarla muy en serio. Es tan pobre nuestra vida cristiana que la incredulidad de muchos ha ejercido su influencia.
Para muchos cristianos, el cristiano se ha convertido demasiado en una teoría en que Dios actúa de noción suprema; pero resulta que es de este modo cómo el cristianismo se le va de las manos a la vida. Si no suspiramos más que por la pureza y por la sinceridad y no apreciamos ni damos valor más que a lo que lleva la marca de la verdad y a lo que tiene un contenido puro, nos desviamos quizás demasiado y nos privamos de mucho; en una tienda no todo nos gusta o interesa, en una biblioteca no todos los libros tienen importancia para nosotros.
Tal vez nos resistamos en nuestra fe contra fenómenos de cultura, contra algún modo de fanatismo o contra un injusto alarde de fuerza, en tanto que creemos que nuestra resistencia o nuestra indiferencia se dirigen contra el verdadero Dios y la auténtica fe. Nuestra incredulidad tiene todo su sentido si nos depura de todo aquello que no tiene nada que ver con el Dios verdadero y va en menoscabo de la pureza de la pureza de una auténtica fe. Puede ser ésta una determinada forma de incredulidad, pero esta forma es, precisamente, importante, porque es frecuente entre los cristianos. La incredulidad que se afirma contra el aislamiento de Dios es realmente justificable, así como la incredulidad que se resuelve contra el poder, cómo y dondequiera que sea, si este poder no se ejerce con vistas al bienestar humano, a cuyo objetivo ha de tener todo poder.
La incredulidad porque Dios esté efectivamente ausente no es de ningún modo incomprensible, puesto que seguimos preguntándonos por su presencia y buscando una dirección y un punto de apoyo en la vida. Si Dios no está, o porque no Le sepamos ver, o porque Dios sea tan pequeño que no pueda ya ser Dios, ha de nacer en tales casos la incredulidad. Esta incredulidad puede interrumpir en nosotros con la violencia desatada de una tormenta que arrasa los bosques de la intrincada existencia humana, pero también puede presentarse como una quieta superficie de estanque o de lago, como un espejo que nos refleje exactamente lo que viene y no viene al caso.
En muchos casos, esta incredulidad no es una catarsis por la que se elimine todo lo que no sea propio de la fe: una imagen divina errónea modelada por los hombres, una creencia encaminada por vías que los hombres han trazado. La incredulidad que purifica y sanea tiene su sentido, es la tormenta que crea espacio, es el espejo que procura transparencia y claridad. Puede actuar ruinosamente, pero si la casa que hemos construido amenaza ruina, lo mejor que puede hacerse es derribarla para que en su lugar construya el Señor la morada que más le convenga. Muchos de entre nosotros viven en esta incredulidad, se aposentan en la barca y tienen que bogar, y la barca les lleva sin saber tal vez adónde. Dejan atrás la tierra firme en donde han vivido durante años. Sólo en la verdad puede una vida de hombre merecer ante Dios; de cualquier otro modo naufraga.
Si ahora nos preguntamos si no habemos con un fenómeno normal por el que el hombre ha de pasar si quiere ser adulto, o si se trata de u fenómeno de los tiempos, puesto que son muchos los que experimentan en su propia carne que el hombre quiere efectivamente ser de otra manera que antes, si quiere ser verdaderamente hombre, yo creo que hemos de contestarnos diciendo que el hombre está cambiando, en efecto. Se hace más hombre y se identifica más con su vida. ¿Será que el hombre de hoy sólo quiere hacer aquello de lo que puede responder?
Los hombres de nuestra generación, no sólo cargan con las costas de hacerse adultos, como es normal en todo tiempo, sino también con la de hacerse hombres en un tiempo totalmente nuevo.
La incredulidad puede ser tan sincera que no haya para el hombre otra alternativa; no sabríamos decir si la incredulidad aumenta y si tiene más porvenir que la fe entre nosotros. Esta cuestión va a desembocar a la pregunta de si Dios tiene porvenir entre nosotros. Lo que sabemos seguro es que, para muchos cristianos, el camino hacia la fe pasa por el de la incredulidad. ¿Es la incredulidad tan sólo un signo de acrecentada sinceridad, o es algo más? Muchas veces será cuestión de impotencia también, pero quien se rinde a la impotencia es sincero.
“No tengo fe, yo no soy ningún creyente”, solemos oír muy a menudo entre nuestros coetáneos. ¿No habla, pues, Dios al hombre, o no oye el hombre la palabra de Dios, o han acarreado la cultura occidental y la situación religiosa de hoy tanta oscuridad que apenas podamos ver? No podemos decir que nos apartamos voluntariamente de Dios; en los hombres de buena voluntad, la incredulidad no es una cuestión de culpa, sino de impotencia. No pueden tener trato con Dios. Entre ellos y Dios no hay ninguna relación personal, o al menos no notan nada personal por su parte. Y se limitan a esperar porque no pueden hacer otra cosa; y la espera del hombre puede durar años enteros, hasta que, a lo mejor, llega la fe, llega Dios y se convierten en creyentes.
El invierno tiene para casi todo el mundo más noche que día y en el invierno crece poca cosa, por no decir nada, y sin embargo, el invierno es necesario. Purifica y no perjudica al crecimiento. Esto lo sabe bien el hombre del campo. Ya puedes poner las raíces de nenúfar en el estanque que, durante meses, no verás nada. Y cuando aparece en la superficie de las aguas un indicio de vida, apenas das crédito a los ojos. Pasan los días y dejas de creer, a pesar de lo que aseguren los expertos, hasta que un buen día ves otra vez, muy poco, pero lo bastante para renovar tu fe. Y luego, el nenúfar va subiendo cerrado hacia la superficie poco a poco y se va abriendo puro y soberbio.
Hay muchos que no pueden creer y que se ven obligados a aceptar su falta de fe. Más de una vez su incredulidad es el modo de expresar su franqueza; no pueden servir al Dios modelado por manos de hombre ni se sienten pertenecer a una estructura religiosa montada a base de ingenio y sentimiento humanos combinados; no pueden encontrar al verdadero Dios. Mucha increencia tiene su origen manifiesto en el hecho de que Dios se haya hecho inaccesible para el hombre; el aislamiento en que hemos condenado a Dios suscita espontáneamente esta forma de incredulidad.¿No habremos objetivado a Dios hasta el punto de hacer imposible vivir con Él?
La verdadera fe sólo puede ser correspondida sinceramente creyendo y el verdadero Dios estará más fácilmente despojado, conciente o inconcientemente, de toda idolatría si podemos experimentarlo como Señor y Padre. Hemos ligado demasiado a Dios a nuestra semejanza y le hemos impuesto demasiados límites; y hemos hecho de Él un fenómeno de cultura con excesiva ligereza en la medida en que pensábamos que estaba presente entre nosotros. Lo que decíamos que era la presencia de Dios no era más que una vitrina en el que Le habíamos encerrado, vulnerable y fácil de abarcar en una sola mirada. ¡Precisamente, los mejores de entre nosotros son los que han chocado contra los vidrios y se han lastimado a la vista de ese Dios! Si Dios no es más grande que el que tenemos en vitrina ni es otra cosa que esa figura de calendario, la fe, desde luego, no puede mantenerse en pie. Quien en tales condiciones no cree, sólo puede purificarse en la fe auténtica.
Esta incredulidad no es a menudo más que la pérdida de una falsa fe; quizá suceda a esta pérdida un vacío, un no saber ya a qué atenerse, un compás de espera. ¿Qué otra cosa puede hacer? No, dios está presente de modo muy distinto al que imaginamos. Su presencia sobrepuja siempre a nuestro pensamiento. Y por eso podría ser el sentido de esta incredulidad que ella fuese, precisamente, la nueva forma de hacer volver a la fe a muchos incrédulos.

J. Van Haaren

Transcripción directa del original por Mons.++Juan Carlos Urquhart de Barros del libro: "No es tan fácil creer. Los tientos del incrédulo" de J. Van Haaren. Ed.Carlos Lohlé, Bs.As.1964

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Mons. Oscar Romero - El Salvador le hace justicia

El Salvador hace justicia a monseñor Óscar Romero
El Gobierno salvadoreño reconoce por primera vez la responsabilidad del Estado en el asesinato de arzobispo de la capital del país en 1980
PABLO ORDAZ - Tegucigalpa - 07/11/2009

Al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero lo asesinaron el 24 de marzo de 1980. Sus últimas palabras, pronunciadas un día antes en la catedral de San Salvador, estuvieron dirigidas a los militares: "Están matando a sus mismos hermanos campesinos. Ningún soldado tiene que obedecer la orden de matar. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, les suplico, les ruego, les ordeno, cese la represión". Sólo un disparo en el pecho, justo en el momento de alzar el cáliz en la capilla de un hospital, pudo acallar su voz. Pero al disparo se le unió la guerra civil (1980-1992) y más tarde los largos años que gobernó El Salvador un partido de derecha, la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), cuyo fundador, Roberto D'Aubuisson, fue también el autor intelectual del asesinato, según determinó la Comisión de la Verdad. Pero la historia ya está cambiando.

Se empezó a notar la noche del pasado 15 de marzo. Mauricio Funes, el candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), acababa de ganar las elecciones. Por primera vez, la izquierda iba a gobernar El Salvador. Funes se quitó la chaqueta y la corbata, se puso una guayabera blanca -bajo la que se transparentaba un negro chaleco antibalas- y se dirigió a toda prisa hacia una plaza donde lo esperaba una multitud vestida de rojo. Allí, como si estuviera alzando una bandera, el candidato de los viejos guerrilleros convocó a la memoria de monseñor Romero: "Él dijo que la Iglesia tenía una opción preferencial con los pobres. Eso haré yo. Favorecer a los pobres y a los excluidos".
No tenía sentido que Funes, ya presidente, iniciara tan ingente labor sin empezar reconociendo lo que hasta ahora los sucesivos presidentes de El Salvador -muy católicos todos- habían negado: la responsabilidad del Estado en el asesinato de quien fue llamado "la voz de los sin voz". El pasado viernes, en Washington, una representación del Gobierno salvadoreño se comprometió ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), organismo de la Organización de Estados Ameriucanos (OEA) a realizar una investigación judicial completa para "identificar, juzgar y sancionar" a todos los autores, materiales e intelectuales, del asesinato. De esta forma, el Gobierno de El Salvador reconoce, por primera vez y de forma plena, la autoridad del organismo y el carácter vinculante de sus recomendaciones. El paso es grande, pero inicia un camino lleno de obstáculos. Para empezar, en El Salvador existe desde 1993 una Ley de la Amnistía que bloquea cualquier investigación sobre los crímenes cometidos durante la guerra. Su derogación, como recordó ayer a este periódico Juan José Figueroa, portavoz de la cancillería salvadoreña, no depende del Gobierno, sino de la Asamblea Legislativa. No obstante, el FMLN ya tiene representación suficiente en la Asamblea para proponer, con ciertas garantías de éxito, la derogación de la ley.
Fuente:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Salvador/hace/justicia/monsenor/Oscar/Romero/elpepuint/20091107elpepuint_8/Tes

domingo, 8 de noviembre de 2009

Los muros más perversos permanecen aún de pie



Por Veca Muelle. (*)
Buenos Aires.
Reconocer que los cultos, en su diversidad, ayudaron al mundo a sostener la lucha por la paz es indudable. Hay un muro que cayó en 1989. Si queremos ubicarlo geográficamente podemos decir que estaba en uno de los otros continentes. Precisamente en Alemania Oriental. Y seguramente cientos de pedazos del muro estén ubicados en lugares no necesariamente indispensables.

Hay un muro que nos separa de la Europa academicista, aria, culta, guerrera. Nos separan millones de colores. Sobre todo el que luce nuestra piel. Y si tenemos mala memoria los que viven en medio de la civilización se encargan de hacérnosla recordar.

No somos bien recibidos. Los viajeros de esta América mestiza, profunda, bordeada por los mares Pacífico y Atlántico somos, para el muro que hace la diferencia y cercena la solidaridad, sencillamente, la barbarie.

Esta América morena no quiere parecerse sino a ella misma. Continuar construyendo nuestra identidad es una tarea indispensable. Hay barreras que no terminan de caer. Muchos europeos que habitan paraísos cuidadosamente diseñados, no nos conocen. No nos aman. Y no se puede amar lo que no se conoce, decía Goethe.

Somos sencillos y ardorosos. Estamos llenos de sueños, hoy más que nunca queremos acompañar a nuestros gobernantes para ser libres. Y esa libertad nos hace dichosos.

Hemos sido heridos, brutalmente, golpeados por los cruzados del fundamentalismo del mercado. Han soplado vientos violentos en los últimos 30 años en América Latina. Nos llenaron de muerte. Nos impusieron la ausencia. de los más amados. Nuestro trabajo y nuestra pobreza han hecho ricos a muchos que disponen, desde sus corporaciones, cuándo son tiempos de paz y cuándo son tiempos de guerra.

Nos instalan escenarios. Llenan de mentiras la palabra. Y en medio de esta ingratitud, desgarradoramente junto a nosotros, más castigado aún, está el continente africano. Asignatura pendiente para toda la humanidad. No escucharlos y no mirarlos nos despoja de nuestra condición humana.

Y cuando elegimos, en el uso soberano de nuestra voluntad, elegimos la felicidad. Elegimos el goce para todo continente. Hoy el color de la piel del que gobierna al dueño del mundo, custodio de la hegemonía dominante , nos garantiza muy poco el Nóbel de la paz.

Los dominios del poderoso tienen destinatario: el caudaloso e interminable río Amazonas. El que ocupa la mayor superficie del mundo. Llamado a través de la historia de múltiples maneras. Santa María del Mar dulce lo citaron. Rompedor de embarcaciones lo nombraron los menos indulgentes.

Este río tan azul, último pulmón de la humanidad, nace en los Andes del Sur. En el lago Titicaca, del lado del Perú, cerca de la frontera peruano-boliviana.y se hace caudaloso en la conjunción de los ríos Ucayali, y Marañón. Recorre Ecuador, Colombia, Brasil y Venezuela. Este interminable río de agua dulce, es el recurso natural más codiciado. Y no queremos a los que lo ambicionan. Miramos de reojo a los que instalan sus bases militares en las fronteras de nuestros gobiernos populares. Estos muros que quieren separarnos todavía están de pie. Tabican los pueblos de Medio Oriente. Desdeñan y recelan a los hombres y mujeres de color amarillo.

Quizás un día, cuando los muros estallen de verdad, cuando no queden restos de la perversidad, seremos hombres y mujeres sin fronteras. Cuando los cristianos seamos más cristianos. Cuando los musulmanes sean más musulmanes. Cuando los evangélicos sean más evangélicos. Cuando los budistas sean más budistas. Cuando los humanos tengamos una mirada más ecuménica y nos respetemos en la pluralidad viviremos con generosidad.

Cuando el goce de todos nuestros hermanos deje de ser un sueño y sea real, podremos decir: ha caído el muro de la sospecha, ha caído el muro de la intolerancia. Ha caído el muro de la sinrazón.

Y, finalmente, no serán necesarios los coleccionistas de los mil muros de Berlín que nos aquejan. Por esa plenitud en el ejercicio de la fe, sembraremos campanas. Festejaremos haber hecho realidad un mundo, que en su totalidad, conozca merecidamente la felicidad.+ (PE)

(*). Periodista.

PreNot 8539
091109.



FUENTE:
09/11/2009 - PreNot 8539

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sábado, 7 de noviembre de 2009

El muro de Berlín cayó en muchos lugares

Por Stephen Brown (*)
Ginebra. Suiza.

Las oleadas de impacto social y político causadas por semanas de protestas prodemocráticas en Alemania Oriental y la posterior caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, se dejaron sentir en todo el mundo.

El teólogo sudafricano John de Gruchy recuerda cómo, mientras pasaba ese año un semestre sabático en el Seminario Teológico Unido de Nueva York, le pidieron que, durante unos días, hiciera de anfitrión del director de un instituto de estudios marxistas leninistas de Alemania Oriental.

De Gruchy no dejó de percibir la ironía de que un profesor marxista de Alemania Oriental fuera hospedado por un teólogo cristiano blanco de la Sudáfrica regida por el apartheid, el cual él combatió durante muchos años como teólogo.

Sentados uno junto al otro, el alemán oriental y el sudafricano veían las noticias de la televisión en Nueva York y seguían los informes sobre la crisis creciente en Alemania Oriental y la simultánea escalada de protestas contra el apartheid en Ciudad del Cabo, lugar de procedencia de de Gruchy.

Yo sabía que aquello "significaba el comienzo del fin del apartheid. … Porque, de no haber sido por el colapso del Muro de Berlín en 1989, no era probable que se hubiera producido el cambio en Sudáfrica”, dijo de Gruchy en una conferencia pronunciada en la ciudad alemana oriental de Leipzig unos años después. Leipzig había sido uno de los centros de las protestas prodemocráticas organizadas después de la celebración de servicios de oración en las iglesias.

"Algunos sostuvieron incluso que esos acontecimientos eran el preludio de un nuevo orden mundial", señaló de Gruchy en su conferencia en Leipzig. "Aunque hoy somos algo escépticos sobre esa pretensión, dichos acontecimientos han cambiado indudablemente el curso de la historia, independientemente de cómo los valoremos."

Ocurrieron cambios no sólo en Europa Oriental y en Sudáfrica. En América Latina se estaban haciendo en Chile los preparativos para las elecciones que significaron el final del régimen de Augusto Pinochet, el último de los dictadores militares del continente.

Tanto en Leipzig como en Ciudad del Cabo, pastores y activistas de las iglesias figuraron frecuentemente entre los líderes de las protestas, señaló de Gruchy.

En Alemania Oriental, el proceso del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) en favor de la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación (JPIC) fue un decisivo elemento catalizador del disenso. Con antelación a la Asamblea Ecuménica Europea de Basilea, Suiza, de 1989 y a la Convocatoria Mundial sobre JPIC en Seúl, Corea, celebrada el año siguiente, las iglesias de la República Democrática Alemana (RDA) habían organizado una Asamblea Ecuménica sobre Justicia, Paz e Integridad de la Creación, en abril de 1989. La sesión final de esa asamblea planteó exigencias sin precedentes para la reforma en la RDA.

A juicio de Werner Jarowinsky, en aquella época Secretario del Partido Comunista para Asuntos de las Iglesias, tales exigencias representaron "un programa completo para la activación de una especie de movimiento de oposición". De hecho, las exigencias de la asamblea de Alemania Oriental ofrecieron también un modelo para los movimientos de ciudadanos y para los nuevos partidos políticos fundados posteriormente en 1989.

Hoy en día, dos secciones del Muro de Berlín se exhiben en el jardín del Centro Ecuménico de Ginebra, Suiza, donde tienen sus oficinas el CMI y varias otras organizaciones ecuménicas. Estos trozos de muro fueron un regalo hecho a la Conferencia de Iglesias Europeas por el primer gobierno elegido libremente en Alemania Oriental, como signo de reconocimiento de la función desempeñada por las iglesias en la revolución pacífica allí registrada.

Una mirada diferente a acontecimientos que cambiaron una época.
El teólogo protestante alemán oriental, Heino Falcke, que desempeñó una función decisiva en la movilización de las iglesias para la revolución pacífica, señaló recientemente cómo los mismos alemanes orientales tuvieron poco tiempo, después de la caída del Muro de Berlín, para reflexionar sobre el significado de esos acontecimientos que cambiarían una época. En lugar de ello, se vieron absorbidos plenamente por los "asombrosos procesos" registrados en su propio país, que condujeron a la unificación de Alemania once meses después, en octubre de 1990.

Los acontecimientos que llevaron al final de la Guerra Fría en Europa han sido descritos frecuentemente por los políticos occidentales como una victoria de un occidente económica y tecnológicamente superior sobre el oriente, dice Falcke, quien actualmente está jubilado. "Pero hubo también otra forma de verlos", afirma el teólogo.

"Mikhail Gorbachev en su 'Nuevo pensamiento' dijo que la Guerra Fría tenía que terminar porque la humanidad, que es una sola, no podía soportarla; más bien al contrario, tenía que aprender el arte de vivir juntos", dice Falcke. "Pero este cambio de paradigma hacia una responsabilidad mundial no se producirá si algunos creen que son los vencedores."

El legado de la Asamblea Ecuménica sobre Justicia, Paz e Integridad de la Creación celebrada en Alemania Oriental ofrece un camino a seguir, sugiere Falcke. Según él, la asamblea no representó sólo una reunión que pidió cambios políticos en la RDA, como tampoco fue únicamente cuestión de un "cambio de sistema del socialismo a la democracia y al mercado libre, sino que exigió más bien una transformación de ambos sistemas dentro de un mundo en vías de globalización".

"En la Asamblea Ecuménica", dice Falcke, "afrontamos los profundos desafíos ligados a alcanzar una paz sostenible y una sociedad mundial que promueva la solidaridad social y un estilo de vida ecológico, y vimos que eso se ajustaba a la invitación bíblica del arrepentimiento y la conversión." + (PE)

(*) El Dr. Stephen Brown, editor de Noticias Ecuménicas, recientemente finalizó una investigación sobre la función del proceso del CMI en favor de la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación, como catalizador del disenso en Alemania Oriental en la década de 1980.
Fuente:

viernes, 6 de noviembre de 2009

Desesperación del Vaticano



Por Francisco Gómez Maza.

La estructura jerárquica católica ansía cubrir masivas apostasías. Para ello, les abre la puerta a los anglicanos conservadores.

A raíz del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Bueno, Juan XXIII, hace ya 43 años, muchos católicos se aggiornaron, se pusieron al día con el verdadero mensaje de Jesucristo: Amaos los unos a los otros, mandamiento que encierra todo lo que un seguidor del Maestro tiene que practicar en su vida cotidiana, en sus relaciones consigo mismo y con los demás, con sus próximos.

Practicar la justicia, la solidaridad, la ayuda, la comprensión, el consuelo, el amor sin retorno, particularmente con la población desprotegida, pobre, miserable, indigente, en un mundo agobiado por la neurosis. Cristo no vino a fundar una iglesia, una “religión”. Vino a enseñar a la humanidad un nuevo, misterioso, grandioso, modo de vida, basado en la caridad, que no es dar limosnas, sino amar, amar hasta las últimas consecuencias, sin esperar ser amados.

Al paso de los años, millones de católicos fueron organizándose al margen de los obispos, al margen de los sacerdotes, o acompañados por obispos y sacerdotes que entendieron el mensaje evangélico y rechazaron la idea de un dios opresor, controlador, castigador, para adoptar la concepción de un Dios liberador de los oprimidos de este mundo.

Se formaron las ahora cada vez más florecientes Comunidades Eclesiales de Base, que aceptaron en su seno a todos, católicos y de otras denominaciones y hasta agnósticos y ateos. Los movimientos de liberación nacional en los países dominados por el Imperio y las oligarquías criollas se nutrieron del pensamiento y la teología cristiana, la verdadera, la original, la de un Jesucristo que se pasó la vida con los leprosos, con los pobres, con las prostitutas, con el lumpen del proletariado y advirtió que era más fácil que un camello entrara por el ojo de una aguja (la pequeña puerta de las casas judías), que un rico en el reino de los cielos, pero no esos cielos que prometen los comerciantes de lo sagrado, conceptualizándolo como un sitio geográfico, sino el reino del espíritu, en donde caben todos en una misteriosa totalidad que es incomprensible para la mente humana.

Muchos católicos seguidores del Evangelio se han quedado dentro del catolicismo, pero bajo la mirada airada, recelosa, incómoda de sus “pastores”. Otros se han estado yendo, renunciando a su pertenencia a la iglesia romana, que ya se dio cuenta de que está despoblándose. Alguien me comentó recientemente que lo mejor que podría pasarle a la iglesia de roma es caer como cayó el Imperio romano, al cual sustituyó la llamada Santa Sede.

La iglesia católica dejó de ser católica y apostólica cuando se constantinizó y asumió el lugar que le dejaron los emperadores, convirtiéndose el papado en la sucesión de los Césares. Los papas se convirtieron en los amos del mundo corporal, dueños de vidas y haciendas, seguidores de Mamón y renunciantes de las enseñanzas de Jesús, el nazaretano, que entregó su vida porque las autoridades de su tiempo lo consideraron un subversivo que acabaría con sus privilegios e instauraría un reino de justicia y amor entre los hombres.

El papado ha ido perdiendo influencia entre los propios fieles católicos. Hasta movimientos de apostasía se han estado dando. Católicos que piden ser borrados de las listas de bautizados. Las mujeres siguen sin ser tomadas en cuenta dentro de la estructura clerical y sólo son usadas como cosas, inclusive para satisfacción personal de muchos ministros de culto. En estas condiciones, recientemente el Vaticano dio a conocer una Constitución Apostólica de Benedicto XVI, disponiendo algunas medidas de acogida de los anglicanos que han pedido ser recibidos en la Iglesia Católica.

Los anglicanos son casi católicos, con la diferencia de que no reconocen la autoridad de Roma. Pero lo que no se ha dicho es que muchos anglicanos están descontentos con el progresismo de la iglesia anglicana. No pueden comprender el sacerdocio para las mujeres, o para las personas homosexuales. Están escandalizados que haya obispas, u obispos “gays”, y quieren volver al seno del Vaticano, de donde se desprendió la iglesia de Inglaterra, cuando el rey Enrique VIII pidió al Papa Clemente VIII la anulación del matrimonio con su legítima esposa, Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena. El Papa rehusó basado en el mandato de Cristo: "Lo que Dios unió, no lo separe el hombre" (Mc 10,9). Y el rey, obstinado en su propósito de divorcio, forzó la separación de la iglesia en Inglaterra de la comunión con Roma en el año 1534.

Estos anglicanos que llegan a la Iglesia Católica son en su mayoría anglocatólicos de la llamada "ala alta", que forma parte del ordenamiento eclesiástico del anglicanismo junto con el "ala baja" o evangélica. Estos anglicanos han experimentado en sus carnes el riesgo del cambio eclesial propiciado por el progresismo ideológico que afecta al anglicanismo, poniendo en peligro la estructura sacramental de la fe no menos que la moral y la disciplina eclesiástica.

Un cambio, pues, que afecta al "acuerdo sustancial" logrado gracias al diálogo ecuménico, que hacía albergar a católicos y anglicanos la esperanza de avanzar con seguridad hacia la unidad visible de la Iglesia. Esta es, en el fondo, la razón de la Constitución Apostólica susodicha. Así, los anglicanos conservadores, seglares, sacerdotes, obispos, que se pasen a la estructura vaticana vendrán a llenar los profundos huecos que han dejado en el catolicismo tradicionalista los católicos progresistas, verdaderamente evangélicos, que ya no se pliegan, como corderitos, como esclavos, a las reglas inmorales del catecismo romano.

Alguna vez les conté la anécdota de Dom Hélder Cámara con el Papa, cuando esté le manifestó su preocupación por el alejamiento de los europeos del catolicismo. El obispo brasileño le dijo al pontífice, palabras más, palabras menos: Deje el Vaticano y vaya a vivir a la iglesia (templo) más pobre de Roma y verá como la gente vuelve los ojos a la Iglesia. El Papa no respondió…+ (PE)

(*) Algunos años atrás Francisco Gómez Maza inició la columna “Análisis a fondo” que, por su relevancia, ahora es el blog http://analisisafondo.blogspot.com


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