jueves, 21 de junio de 2018

El fermento político de los cristianos primitivos (2).


Desposeídos de prestigio social y poder, los primeros cristianos desarrollaron un valor teológico y ético que para el mundo circundante representaba más bien un estigma: la paciencia. 

AUTOR Carlos Martínez García 

Su entorno social y cultural consideraba que era un defecto. En contraste, para los cristianos de los siglos previos a la constantinización de la Iglesia la paciencia era una virtud que resultaba del seguimiento de Cristo. 
Continúo comentando el volumen de Alan Kreider, historiador y teólogo anabautista/menonita, La paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio romano (Ediciones Sígueme, Salamanca, 2017). 

Considero que él muestra contundentemente cómo las primeras generaciones cristianas desposeídas de prestigio social y poder desarrollaron un valor teológico y ético que para el mundo circundante representaba más bien un estigma. Kreider analiza y cita el pensamiento de varios pensadores/pastores cristianos, sobre todo del tercer siglo, que se ocuparon de reflexionar, escribir y enseñar acerca de la paciencia. 

Vale reiterar lo que mencioné en la entrega anterior: paciencia no era, y no es, sinónimo de quietismo ni de inactividad resignada. Paciencia, para los cristianos y cristianas estudiados por el autor de la obra, tenía que ver con la confianza y esperanza depositada en Dios mientras que a los discípulos les correspondía comportarse en semejanza al ejemplo dado por Cristo. 

En el mundo cultural que les tocó vivir a los cristianos de los siglos primero al cuarto, un valor prestigiante era el de la fuerza y la capacidad de someter mediante ella a los demás. Es así, apunta Kreider, que cuando “por lo general los escritores latinos de la Antigüedad empleaban el término patientia, no pensaban en héroes, sino en subalternos y en víctimas. 

La paciencia aparecía, pues, como una virtud propia de gentes insignificantes que no tenían más remedio que soportar las acciones y las decisiones de otros. Para tales sujetos –los que carecían de poder, los pobres y con frecuencia las mujeres– la patientia resultaba ignominiosa. La paciencia era la respuesta de aquellos que no tenían la posibilidad de establecer sus propias metas o de tomar decisiones propias. En particular, la paciencia era la respuesta de los esclavos, para quienes era una actitud inevitable, no una virtud” (p. 37). 

En consecuencia, la paciencia no es resignación e impotencia, sino confianza en Dios y la certeza de vencer el mal haciendo el bien (Romanos 12:21). Los cristianos iban a contracorriente de sociedades en las cuales se veneraba, se rendía culto a la violencia, al sojuzgamiento y desprecio por los débiles. En un mundo así, no dejarse conquistar por los valores prevalecientes y dominantes era inaudito, muestra de incapacidad y repugnante debilidad. 

Para fortalecer a las comunidades cristianas en cultivar la virtud de la paciencia, Tertuliano escribió en al año 204 la obra De patientia. En ella, resume Kreider, el personaje que desarrolló su ministerio en Cartago (que se ubica actualmente en Túnez) dejó asentado que “Dios soporta a los ingratos y avariciosos que adoran a los ídolos. No los fuerza a creer sino que, ‘en virtud de su paciencia, espera atraerlos hacia sí’. Y el camino que eligió para alcanzar esa meta fue la encarnación. ‘Dios sufrió encarnándose’, lo que revela una actitud paciente”. 

 Tal actitud, la de la paciencia, era inconcebible en las construcciones mentales/valorativas cautivadas por el sentido de conquista: “¡Qué extraña es la historia de Jesús y qué diferente de las hazañas de Hércules, a quien Cicerón ponía como modelo! Tertuliano incluye un relato sobre Jesús, cuyos trabajos (a diferencia de los de Hércules) no requería matar, capturar y robar, sino que mantuvo un perfil bajo, fue objeto de reproches, no permitió que se forzara a las personas, compartió mesa con todos, se negó a solicitar un ejército de ángeles que lo defendiera, rehusó recurrir a la espada para vengarse, curó al siervo de su enemigo y así maldijo para siempre el uso de la espada. Mientras Jesús estuvo colgado de la cruz, se burlaron de él y lo escupieron. 

Nadie nunca vivió una paciencia semejante” (p. 39). La paciencia, en conjunto con otras virtudes cristianas, tendría que servir de fermento para ir creando un distinto piso cultural y diferente al normalizado por la organización social de entonces. La fermentación podría subvertir el orden prevaleciente e ir posicionando nuevos valores políticos. Kreider cita al respecto al teólogo germano Adolf Harnack: fermento remite a “fuerzas vitales misteriosas y efervescentes, microorganismos que cooperan de una forma que trasciende el entendimiento humano” (p. 26). 

Cipriano, en el año 256, escribió un tratado en el cual infundía aliento a las iglesias cristianas y les llamaba para que hicieran carne sus creencias cotidianamente, porque no se trataba de dar deslumbrantes discursos ni hacer gala de consumada retórica, más bien “nosotros, queridísimos hermanos, somos filósofos no de palabras grandilocuentes, sino de hechos, profesamos la sabiduría no vistiéndonos con una capa, sino consiguiendo la realidad misma de las cosas; apreciamos más ser virtuosos que parecerlo, no hablamos de cosas grandes sino que las ponemos en práctica (p. 29). 

En el recorrido histórico que hace Alan Kreider resalta la paciencia como virtud y recurso para incidir en la vida de la polis con el fin de reconfigurarla. Las comunidades cristianas investigadas por el autor sí hacían política, y la llevaban a efecto desde abajo, sin los recursos entonces usados para desde las instancias del gobierno normar las vidas de la población. A las generaciones referidas les era ajena la idea y práctica de conquista, y tampoco usaron lenguaje militarista para conceptualizar a los demás como objetivos a ser conquistados. 

Al ser pacientes, constructores de paz, seguían el camino de Cristo y se preparaban para hacerle frente a un contexto adverso. Palabras como las de Romanos 5:3-5 debieron ser aliciente para proseguir en la ruta: “nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. 

Uno de los frutos del Espíritu Santo es la paciencia (Gálatas 5:22-25), rasgo de carácter de las nuevas criaturas en Cristo que se resisten a imponer valores conductuales que otros y otras no quieren hacer suyos. Hay que reflexionar en esto, particularmente cuando en distintos lugares la neo cristiandad desenvaina la espada y está sucumbiendo ante la tentación constantiniana. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Dos cartas a favor de la Teología de la Liberación.


DOS CARTAS A FAVOR DE GUSTAVO GUTIÉRREZ


El 9 de marzo de 1984, el teólogo alemán Karl Rahner de 80 años, tuvo que ser hospitalizado en Innsbruck por una grave deficiencia circulatoria. Allí desde el hospital dirigió un escrito a la Conferencia Episcopal Peruana a favor de Gustavo Gutiérrez y de la teología de la liberación. El día 30 de marzo Rahner falleció. Este escrito último es como su testamento teológico.

Meses después, el 6 de agosto de1984, el Cardenal Josef Ratzinger, Prefecto de la Doctrina de la fe, publicó un documento muy crítico sobre la teología de la liberación, en el cual, aunque no se citaban nombres, la figura de Gustavo Gutiérrez, su iniciador, quedaba seriamente cuestionada.

Han pasado 34 años y el papa Francisco el 29 de mayo de 2018 escribe una carta a Gustavo Gutiérrez para felicitarle con ocasión de cumplir 90 años el 8 de junio de este año. En esta carta Francisco agradece a Dios y a Gustavo “por cuanto has contribuido a la Iglesia y a la humanidad a través de tu servicio teológico y de tu amor preferencial por los pobres y descartados”. 

¿Qué ha sucedido en este lapso de tiempo? Gustavo -ahora dominico- durante estos años ha respondido a los cuestionamientos y acusaciones que le hacían sobre el uso de las ciencias sociales, y en especial del marxismo, en su teología, ha explicado sus afirmaciones, pero no ha hecho marcha atrás de sus intuiciones y ha ido profundizando su pensamiento sobre el Dios de la vida, la opción por los insignificantes, la inhumana y antievangélica pobreza actual, se ha preguntado dónde dormirán hoy los pobres, ha presentado la figura ejemplar de Bartolomé de Las Casas que fue en busca de los pobres de Jesucristo, ha procurado beber del propio pozo de la realidad de lágrimas y sangre de los pobres y ha orientado su teología a la evangelización y a la Iglesia.

A pesar de ello hay quienes siguen sospechando de la ortodoxia de la teología de la liberación. A Gustavo no se le ha permitido pronunciar conferencias en su Lima natal, otros opinan que afortunadamente la teología de la liberación ya ha muerto, aunque Gustavo responde con humor que a él que es su padre, no le han invitado al entierro…

¿Qué pensarán ahora estos críticos después de este testimonio positivo y fraterno de Francisco sobre Gustavo Gutiérrez y su obra teológica al servicio de la Iglesia y de la humanidad? ¿Se habrá enterado de esta carta rehabilitadora de Gustavo el anciano Benedicto XVI, recluido en un monasterio contemplativo de la Ciudad del Vaticano?

En todo caso hay que afirmar que el viejo Rahner fue muy lúcido y noble, aunque la teología de Gustavo era muy diferente de la suya y en el fondo la cuestionaba. Y que la Iglesia, en medio de sus noches oscuras y de sus inviernos eclesiales y aunque parezca que Jesús duerme en la barca, es conducida por el Espíritu del Señor a una verdad cada vez más plena. Y que el escuchar el clamor de los pobres es una señal de garantía evangélica para la teología.

Gracias, Francisco y felicidades, Gustavo.

martes, 19 de junio de 2018

“Los últimos serán los primeros”


José M. Castillo, teólogo
Fuente: Teología sin censura

Es bueno que nadie quiera ser el último. Y es mejor que todos queramos ser los primeros, aunque no lo digamos. Pero nos gustaría y lo anhelamos en secreto o incluso lo decimos sin rubor. Y digo que todo esto es bueno porque el deseo de superación es el motor del progreso, del crecimiento, del logro de tantas y tantas aspiraciones que harán un mundo más habitable y más feliz.

El problema que plantea este hecho, que acabo de indicar, está en que, como bien sabemos, el empeño por estar, ya sea por encima ya sea por delante, de los demás, es importante, es necesario. Pero ocurre que esta importancia y esta necesidad es, no sólo el motor del progreso, sino además e inevitablemente es también el motor de la desigualdad.
Pero, ¡atención!, lo digo una vez más: no es lo mismo la desigualdad que la diferencia. La diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Hombres y mujeres son diferentes. Pero no por eso tienen que ser desiguales.

Así las cosas, el problema que brota de lo dicho está en que, cuando la diferencia está en el poder, tal como somos y nos comportamos los seres humanos, el que tiene más poder, por eso mismo suele (o al menos, puede) llegar a convencerse de que, por tener más poder que los demás, por eso mismo puede (o incluso debe) tener más derechos que los demás. Y si, por desgracia, sucede esto, ya está servido el conflicto con la consiguiente violencia y, si es preciso, la muerte.

Los políticos, los militares, los científicos, los juristas, los sociólogos…, cada cual, desde su especialidad, le da a este problema capital la solución que ofrecen los distintos saberes. Y no cabe duda que todos aportan elementos importantes para poner las cosas en su sitio. Y recuperar la ansiada paz y la más sana convivencia.
Pero tengo la impresión de que, con demasiada frecuencia, en este asunto – como en tantos otros – nos quedamos a medio camino. Lo que, en definitiva, equivale a pensar que estamos ante un problema que no tiene solución.

Yo, sin embargo, me resisto a resignarme con una conclusión tan pesimista. Porque no hemos tenido debidamente en cuenta lo más elemental: somos seres humanos. Antes que poderosos, sabios, fuertes, valientes, habilidosos y todo lo que Ustedes quieran, somos humanos. De ahí que, en sana lógica, lo primero que tenemos que cuidar y cultivar es nuestra propia humanidad.
Ahora bien, si esto efectivamente es así, desde mi profesión y mis muchos años de estudio en mi especialidad, que es la Teología, puedo (y debo) asegurar que lo primero y lo más importante que nos enseña el Evangelio, no es que seamos “muy religiosos”, sino que seamos “muy humanos”. Sí, cada día más humanos. En esto está el centro del Evangelio. Y el centro del cristianismo. El Dios del cristianismo es un Dios que se humanizó, en Jesús el Señor. Y en eso se tiene que centrar nuestro proyecto de vida: en ser cada día más humanos.

Esto supuesto, la pregunta capital es ésta: ¿qué es lo que más nos humaniza? Esta pregunta no se responde desde el saber, sino desde la experiencia. Y la experiencia nos dice lo que dijo Jesús: “Los últimos serán los primeros” (Mc 10, 31; Mt 19, 30; Lc 13, 30). Los niños, los enfermos, los inválidos, los mendigos…, todos los que, según su condición, sólo tienen su limitada humanidad, ésos son los que nos hacen sentir y vivir nuestros mejores sentimientos humanitarios. El poder desencadena nuestra resistencia. Ante la debilidad nos humanizamos. Por eso, lo débil, lo último, lo pequeño está en el centro del Evangelio.

lunes, 18 de junio de 2018

¿Y ahora quién gobierna el mundo?


Por Federico Larsen |
(L’Ombelico del Mondo, rebelión)
Problemas en las alturas

La foto la hizo circular la misma oficina de prensa de Angela Merkel. El retrato más evidente de la crisis del multilateralismo actual dio la vuelta al mundo en unos pocos minutos. La canciller alemana aparece de pie, de un lado de la mesa, en un gesto serio, cual maestra frente a una nueva y predecible decepción. A su derecha, el presidente francés Emmanuel Macron, la primera ministra inglesa Theresa May, y el presidente de la comisión europea Jean-Claude Junker. A su izquierda, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, aparentemente atónito. Del otro lado de la mesa, solo, de brazos cruzados, inmutable, alardeando su irritante seguridad, el presidente norteamericano, Donald Trump.

La postal no podría ser más exacta. Se trataba del primer día de un muy discutido encuentro entre los jefes de Estado y de Gobierno del G7, en Canadá. Durante semanas, los “sherpas” (negociadores de cada gobierno que se aseguran de que todos los acuerdos estén ya cocinados para cuando lleguen los mandatarios para la foto), se habían agarrado de los pelos y habían lanzado a gritos denuncias desesperadas a través de la prensa, en contra del gobierno norteamericano. Es que, aparentemente, y por primera vez desde que existe este tipo de eventos, la delegación de los EEUU habría dinamitado todo tipo de negociación previa, al punto de que unos días antes de la cumbre no se había podido consensuar ni la agenda de debate, ni mucho menos las líneas rectoras del documento final. De hecho, la declaración conjunta que dio a conocer el sábado a la noche el anfitrión canadiense, fue redactada horas antes, en un evidente intento de sacar algo para salvar las apariencias.

Pero el joven y supuestamente capaz Justin Trudeau, durante la conferencia de prensa final de la cumbre, no pudo contener su decepción y metió la pata: “La suba de los aranceles al acero son un insulto a los canadienses”, soltó. Desde su avión presidencial, vía Twitter, y sin pelos en la lengua, Trump dio la orden a sus funcionarios de retirar la firma estadounidense del trabajoso comunicado final del G7, desatando todo tipo de reacciones. Todas las que la foto del día anterior nos permite imaginar.

Y ahora, ¿quién gobierna el mundo?

Está claro que el naufragio del G7 de Charlevoix era más que predecible. El gobierno norteamericano entorpeció las negociaciones previas, anunció que se retiraría antes de tiempo sólo en las horas previas al encuentro, declaró abiertamente que sería necesario el retorno de la Federación Rusa al grupo –expulsada en 2014 tras la anexión de Crimea y fuertemente resistida por los países europeos– y ninguneó todos los reclamos sobre el alza de los aranceles a la importación de acero y aluminio en su país. Es decir, hizo todo lo posible para incomodar y enojar al resto, y, por lo que se vio en fotos y redes sociales, parece haberlo disfrutado.

Pero también queda claro el fracaso de este tipo de espacios, nacidos como los encargados de gestionar la llamada “gobernanza global”. Hace ya varios años –aún antes de que Trump llegara a la presidencia de los EEUU– que el G7 y el G20 muestran cierta incapacidad en llegar a un consenso para la reformulación y el gobierno del sistema-mundo actual. Si bien ya han sido reconocidas como las cumbres en las que se discuten los principales problemas que enfrenta la humanidad, no dejan de ser espacios informales cuya naturaleza es exclusivamente política, y por lo tanto quedan expuestos a este tipo de inoperancia ante los desplantes de uno de sus socios. Especialmente si se trata del socio fundador y mayoritario.


Las cumbres de los países más industrializados del mundo surgieron en el marco de la pos Guerra Fría ante la certeza del triunfo del sistema neoliberal y su necesaria expansión hacia el mundo postsoviético. Pero también fue clave la decadencia por inercia de los espacios formales de discusión internacional, como la ONU y otras organizaciones internacionales, evidentemente incapaces de cumplir con los objetivos de paz y prosperidad que se les había encomendado al finalizar la Segunda Guerra Mundial. La responsabilidad de dar un rumbo al desarrollo internacional no podía recaer en aquellos países considerados más desarrollados, en base a la idea imperante de aquellos años –tan cuestionable como peligrosa– según la cual poderío económico y desarrollo son prácticamente sinónimos.

Sin estatuto, sin reglas, sin mecanismos de participación, sin estructura, los siete países –y luego ocho, cuando Vladimir Putin logró la inclusión de Rusia en los despachos de la elite mundial para ser nuevamente excluido más tarde– más industrializados de la tierra asumieron unilateralmente la comandancia del mundo globalizado, estableciendo líneas de acción comunes y marcando al resto del planeta qué es o no deseable en términos de comercio, finanzas, seguridad y medio ambiente. Directrices que luego se fueron concretando en los ámbitos formales de discusión planetaria, como la OMC, la OTAN o los organismos especializados de la familia de las Naciones Unidas.

Las crisis económicas de 1997 primero –en el sudeste asiático– y de 2008 después –en EEUU y Europa– obligaron a las potencias del G8 a ampliar la participación a los países emergentes, en un intento de reforzar la legitimidad del espacio incluyendo voces del mundo periférico. Lo que habían sido reuniones técnicas e informales de los ministros de Finanzas y Economía desde 1998 se convirtieron, con la crisis financiera internacional de principios de los 2000, en espacio de discusión ampliado de las –supuestas– 20 economías más desarrolladas del mundo, el G20. El objetivo seguía siendo el mismo. Consensuar líneas de acción común. Pero esta vez la política de los países centrales podía contar con la anuencia de los presidentes de algunos de los periféricos, extasiados con haber llegado a la cumbre de la política mundial.

Sin embargo, lo que había surgido como la promesa de reforma del desigual sistema financiero internacional se reveló rápidamente en la reafirmación de las asimetrías existentes. Las cumbres de alto nivel del G20 se habían inaugurado con el compromiso de ampliar la participación de los países periféricos en la gobernanza de la economía-mundo, la lucha a la especulación y los paraísos fiscales, el trabajo mancomunado para enfrentar las crisis económicas que en cualquier parte del sistema apareciesen, la reforma de los organismos internacionales de crédito para que los países periféricos pudieran tener mayor peso e intervención en la economía internacional. Casi nada de eso se cumplió.

Un caso paradigmático es el de los países latinoamericanos. En el G20, América Latina está representada por México –alineado abiertamente con los EEUU–, Brasil y Argentina. Estos últimos representaron durante la primera década del siglo dos países en ascenso con propuestas claras de reforma del sistema económico global en un sentido más progresista. En el continente, instancias como la Unasur y, especialmente, el Banco del Sur, se habían erigido como alternativa solidaria y regional al sistema económico imperante. Sin embargo, todas las propuestas latinoamericanas para reformar el sistema financiero mundial y la supuesta combatividad de sus representantes se amansaron rápidamente ante la promesa de aumentar las cuotas de participación de Brasil y Argentina en el FMI y en el Banco Mundial.

Abajo de la cumbre

La reafirmación del statu quo, a pesar de las promesas, se puede ver en los datos acerca de la distribución de la riqueza a nivel mundial. Según el Informe Sobre la Desigualdad Global 2018 del World Inequality Database, la participación del 10% más rico de la población mundial en la producción de riqueza no ha parado de crecer en los últimos 20 años, especialmente en el mundo periférico.


Es decir, existen pequeños sectores que concentran la riqueza global, como siempre ha sucedido, pero que han aumentado su apropiación de manera inédita desde la consolidación del actual sistema-mundo y su forma de gobernanza global. La economía-mundo inaugurada a partir de los años ‘90 ha revertido una tendencia que se mantuvo durante casi todo el siglo XX: que el 1% más rico del planeta fuese disminuyendo paulatinamente su participación en la acumulación de riqueza global.


Esto se ha logrado especialmente a través de aquellas directrices que los países centrales han establecido para el resto del mundo: libre circulación de mercancías (pero no de personas), achicamiento de la participación estatal y de las barreras arancelarias y para-arancelarias al comercio, expansión del sistema financiero a regiones cada vez más periféricas del sistema. Estas acciones permitirían, a su vez, como consecuencia natural o efecto secundario, la expansión de servicios e instituciones necesarios para el avance del “desarrollo”: vías de comunicación, puertos, infraestructura, derechos, telecomunicaciones, etc.

Lo curioso de la situación actual de la gobernanza global es que su declino y crisis no están dados por la constatación de que este efecto de “derrame” de la prosperidad jamás se ha concretado, sino que su principal riesgo parece circunscribirse al equilibrio en el sistema de intercambio entre países centrales y su capacidad de hegemonizar el sistema en sí. Se ha querido instalar en los últimos meses una profunda ruptura dada por la dicotomía entre librecambismo neoliberal y conservadurismo proteccionista. Esto quizás pueda reflejar lo que sucede en la cumbre, en los espacios de decisión del G7, pero evidentemente se convierte en una disputa nimia al analizar al sistema-mundo en su conjunto.

Existe, sin embargo, un efecto que ha tomado un inusitado protagonismo en los últimos años y que está teniendo un efecto cada vez más determinante en este tipo de espacios de decisión. Se trata de un proceso muy complejo, que tiene explicaciones económicas, sociales y políticas muy profundas, pero que se puede resumir en el renovado protagonismo de una derecha “popular” en la oposición al sistema generado por el librecambio neoliberal. Movimientos “soberanistas”, nacionalistas, xenófobos, neo-fascistas, malamente apilados dentro de la inmensa categoría de populistas, se convirtieron en opciones concretas de poder en los países potencia, poniendo en entredicho la hegemonía construida en 30 años de neoliberalismo. Lo sucedido en los últimos tres años en Inglaterra, Hungría, Polonia, EEUU y, recientemente, en Italia, ha demostrado que ciertos cambios políticos domésticos pueden poner en peligro un determinado equilibrio internacional.

A pesar de las particularidades locales, la raíz que acomuna el accionar de este tipo de movimientos en el ámbito de las relaciones internacionales es siempre la misma: la determinación a rechazar las limitaciones a la soberanía nacional por parte de cualquier tipo de organización, tratado o acuerdo, y el sobredimensionamiento del “interés nacional” en las negociaciones con otros actores internacionales. Es decir, que el proceso de institucionalización de la sociedad internacional, abierto en la segunda mitad del siglo XX y que entró en crisis con la multiplicación de cumbres informales en su liderazgo, se enfrenta hoy al intento de retornar a un mundo donde el interés doméstico determina la relación entre los Estados y la ley del más fuerte dirime las diferencias. Eso es lo que revela la cara de Trump en la foto del pasado fin de semana.

Lo sucedido en Canadá, más que a las excentricidades antipáticas de un mandatario poco ortodoxo, responde al crecimiento político y a nivel global de los tradicionales detractores del sistema de acumulación capitalista de los últimos decenios. Un sector que no se mueve –ni siquiera en su faceta más retórica– por solidaridad o rechazo a las injusticias, sino por miedo a que sus intereses sean afectados o a perder sus privilegios. Incluso cuando esos privilegios sean derechos básicos de ciudadanía supuestamente amenazados por el extranjero.

La contienda está entonces planteada entre un sector que defiende el sistema que en pocas décadas multiplicó la desigualdad a nivel global (claramente hegemónico) y aquél que desea defender nada más que los intereses propios de casta, nación, clase, raza, “civilización”… Una dicotomía que desde una perspectiva crítica resulta engañosa, por no decir falsa, al no presentar ninguna alternativa al modelo de desigualdad y exclusión por fuera de las economías centrales del sistema. Los llamados que desde América Latina se hicieron en la última década para “retomar el espíritu de Bandung” –en referencia a la cumbre que dio vida a lo que luego fue el Movimiento de Países No Alineados representante del mundo periférico en las grandes organizaciones internacionales– quedaron sin respuesta y cada vez más débiles. Más aún ante el avance de los sectores vinculados al librecambismo liberal en el sur del mundo, mientras en el norte se multiplica el conservadurismo soberanista y en ninguno de los dos parecería fortalecerse una clara alternativa.

miércoles, 16 de mayo de 2018

En tiempos difíciles debemos escuchar a los profetas.


Por: Pablo Richard

“Nada hace el Señor Yahvé sin revelar su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3, 7).

Solo veremos los profetas escritores antes del exilio (siglo XIII a.C.). Fue un tiempo de mucha angustia y confusión, por la opresión que sufría el pueblo y la amenaza de un posible exilio.

En el norte tenemos dos profetas: Amós y Oseas y en el sur Isaías y Miqueas.


Profeta Amós (año 750)


“Seré inflexible porque venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles y desvían el camino de los humildes” (2,6-7)

“Busquen a Yahvé y tendrán vida” (5,6)


Profeta Oseas (años 750-730)


“Mi pueblo se va muriendo por falta de conocimiento. Por haber rechazado el conocimiento yo te rechazaré de mi sacerdocio; por haber olvidado la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (4,6).

“Amor quiero, no sacrificio, conocimiento de Dios mejor que holocaustos”.(6,6)

“Han llegado los días del castigo, que lo sepa Israel, el profeta es un necio, un loco el hombre del espíritu” (9,7).


Profeta Isaías 1-31 (años 740-700)


“Vengan, subamos al monte de Yahvé, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos. Pues de Jerusalén saldrá la Palabra de Yahvé. Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará la espada nación contra nación” (2, 3-5).

“Si no se afirman en mí no estarán firmes” (7, 9)

“Ay de aquellos que dictan leyes injustas y ponen por escrito los decretos de la maldad. Dejan sin protección a los pobres de mi pueblo, roban a los pequeños sus derechos y dejan sin nada a la viuda y despojan al huérfano” (10, 1-2)

“Sobre el futuro mesías reposará el Espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría y discernimiento, espíritu de prudencia y valentía. No juzgará por las apariencias ni decidirá por lo que se dice. Hará justicia a los débiles y defenderá a los humildes del país. Su palabra derribará al opresor, el soplo de sus labios matará al malvado. (11, 1-4)


Miqueas (736-687)


“Los que han comido la carne de mi pueblo, han arrancado su piel y han roto sus huesos, clamarán a Yahvé, pero él no responderá: entonces les esconderá su rostro por los crímenes que cometieron.(3,3-4)

“Se te ha hecho saber lo que es bueno y lo que Yahvé quiere de ti: tan solo practicar la justicia, respetar el derecho, amar la lealtad y caminar humildemente con tu Dios” (6,8).



Imagen: http://hablemosdereligion.com/cuantos-profetas-escribieron-la-biblia/