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domingo, 13 de noviembre de 2016

Se profundiza la crisis de la globalización.


Rodolfo Cavagnaro - Especial para Los Andes

No hay una fecha cierta para determinar en qué momento comenzó la globalización, aunque casi todos coinciden en señalar como momento simbólico la caída del Muro de Berlín, que fue el ícono de la división este-oeste mundial durante más de 40 años.

El proceso que se denominó globalización, se fue construyendo de a poco más por el empuje del entusiasmo de la gente y con la complacencia pasiva de los gobernantes de aquel momento. 

Mientras Alemania encaraba la reunificación del país, se reconocía al Papa Juan Pablo II como uno de los inspiradores del final del ciclo anterior, mientras Ronald Reagan, presidente de EEUU parecía el ganador de la batalla contra la Unión Soviética, cuyo líder Michael Gorbachov reconocía el fin de una época e iniciaba el camino hacia la democratización de Rusia, mientras los antiguos satélites recuperaban su autonomía.

Mientras crecía el flujo de transacciones mundiales, se avanzaba en ideas para liberalizar el comercio, que terminó con la conformación de la Organización Mundial del Comercio, con la idea de ordenar y fijar algunas reglas. 

Esta organización, surgida luego de finalizada la Ronda Uruguay del GATT, es la única a la que los países que la conforman le han reconocido poder sancionatorio. Esto es significativo porque para ello los países renuncian a parte de su soberanía, algo que no hicieron ni siquiera en la conformación de la Organización de las Naciones Unidas.

Sorpresa y resistencia

La primera sorpresa fue descubrir la magnitud que tenía el nuevo mercado producto de la desaparición de las divisiones y eso hizo que muchos entraran en pánico y así surgieron los primeros movimientos anti-globalización con los procesos de fusiones y adquisiciones de empresas.

Esta fue la respuesta de las corporaciones para bajar los niveles de competencia a nivel global con las excusa de tener mayor escala. Estas fusiones y compras de empresas buscaban optimizar costos e implicaba concentrar procesos productivos en aquellos países que mejores condiciones ofrecieran, incorporar nuevas tecnologías y comenzar a globalizar marcas.

En este proceso los que vendieron ganaron plata, los que compraron ganaron también, pero quedó mucha gente sin trabajo porque la tentación para los inversores era que las ganancias provendrían de la supresión de “puestos de trabajo improductivo”.

Otra de las respuestas fueron los bloques regionales, y nació como idea de los países para complementar sus economías, y juntas encontrar las escalas que las grandes corporaciones conseguían entre sí. En general, todas fueron concebidas con modelos de libre comercio dentro del bloque y aranceles comunes para frenar el ingreso de mercancías provenientes de terceros países ajenos al bloque.

Así se consolidó la Unión Europea y también el Mercosur, aunque con importantes diferencias. Los europeos, con Alemania a la cabeza, dieron apoyo a los países que mayor atraso tenían para que pudieran encontrar condiciones similares a las del resto (España, Portugal o Grecia), pero salvo ciertas protecciones a producciones regionales, estaban abiertos al mundo. 

El Mercosur, al contrario, arrancó solamente fijando un arancel externo común, el cual a los cinco años comenzaría a disminuir hasta llegar a un mínimo. En ese lapso las empresas de los distintos países tendrían tiempo de conseguir condiciones de competitividad. Pero eso no ocurrió, las empresas pidieron extender la protección y se dieron situaciones que hoy condicionan la subsistencia del acuerdo.

En medio del procesos de protección crecía el comercio intrazona, pero las fusiones y adquisiciones permitían que grandes grupos económicos se asentaran en el Mercosur y aprovecharan las protecciones para consolidarse y sacar empresas de la competencia. Con mucha habilidad consiguieron que los gobiernos fueran flexibles a sus demandas y así consolidaron un modelo proteccionista donde abundan los oligopolios con protección arancelaria en perjuicio de los consumidores, como el del sector automotriz.

Mientras esto ocurría, se liberaban los mercados financieros y así, millones de flujos de fondos circulan por el mundo en busca de inversiones especulativas generando ganancias ficticias sin una contraparte en riquezas producidas y casi sin regulaciones. Estas inversiones financieras, además, en Argentina no pagan impuesto a las ganancias, como ocurre con el resto, con los cual no hay incentivos a invertir en producción sino en especulación.



Ganadores y perdedores

En este proceso, los grandes perdedores fueron las economías desarrolladas, pero no fue más que el efecto ceguera de sus propios dirigentes. Las grandes empresas se fueron de sus economías porque pagaban muchos impuestos y se instalaron en países que les daban franquicias para hacerlo.

Se perdieron puestos de trabajo y, además, los países pobres les exportaron pobres que no podían mantener.

Al principio, y bajo un paraguas humanitario, la mayoría los aceptaron, pero comenzaron a surgir movimientos pidiendo limitaciones porque estos pobres que llegaban comenzaron a hacer los trabajos que los propios nacionales no querían hacer y aceptando menores salarios o sistemas de contratación fuera de la ley dentro de esos países.

Cuando esas economías entraron en crisis, aparecieron movimientos populares enojados con las clases dirigentes, emulando en los países desarrollados los que años antes había surgido en otros países, como Venezuela, Argentina, Ecuador o Bolivia, por citar solo algunos de ellos. En todos los casos, las protestas tomaban formas políticas y a través de las instituciones democráticas, llegaron líderes autoritarios, carismáticos y sin respetar las formas tradicionales de la política.

En Europa ya surgieron varios movimientos de tipo nacionalistas exigiendo protección y consignas xenófobas, pero lo que nadie imaginaba era que llegarían a tener tanta preponderancia en países como Gran Bretaña o Estados Unidos.

El resultado del Brexit, la salida de gran Bretaña de la Unión Europea fue la respuesta de los obreros industriales del norte de Inglaterra y sus familias ante la permanente pérdida de puestos de trabajo.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, ganando en Estados tradicionalmente industriales, muestra cómo la crisis de credibilidad en los sectores dirigentes tradicionales llegó a sus límites.

La crisis financiera de 2008 fue generada por la liberación de los mercados financieros iniciada por Bill Clinton a principios de siglo y 8 años después la economía no termina de despegar mientras China compite con todo el mundo practicando “dumping social”. El problema es que la mayoría de las empresas son de capitales de occidente asociadas con capitales chinos.

Las propuestas de Trump parecen excéntricas y complicadas para llevarlas adelante, pero eran las que los disconformes con el sistema querían escuchar para darle un cachetazo al modelo tradicional.

El nuevo presidente, aparte de prometer protección, fustigó a los empresarios, al establishment representado por los intereses financieros de Wall Street, poner aranceles a importaciones de China y México, terminar con tratados de libre comercio y hasta quiere dejar de poner plata en la OTAN.

La globalización está en crisis porque nació y se desarrollo sin reglas. Así como los países tienen reglas muy estrictas para que los ciudadanos puedan convivir, la sociedad global no tiene ninguna y en ella se ha instalado el más cruel mercantilismo. Hace falta una nueva generación de dirigentes que pongan las reglas para que el desarrollo sea armónico o estamos condenados a retroceder 50 años.

Fuente: losandes

domingo, 9 de noviembre de 2014

25 años sin Muro.


A qué realidad responden los escritores alemanes de nuestros días. No al pasado de la Guerra Fría, sino a un presente perpetuo, abrumadoramente multiétnico y multicultural.

HÉCTOR ORESTES AGUILAR/ LABERINTO
(Extracto del texto)

Berlín, hoy, es una de las capitales europeas donde se experimenta, de forma muy perceptible y vivaz, la acumulación de momentos históricos decisivos para el siglo pasado. Ni siquiera la inmisericorde gentrificación a la que fue sometida la mitad oriental de la nueva capital de la República Federal —que avanzó a distritos antaño muy combativos de la parte occidental, como Kreuzberg— ha podido extirparle del todo el brío contracultural y la memoria de gestas cruciales. Si bien muchos fenómenos de la historia inmediata alemana parecen contradecir o mitigar la pulsión tenaz con que se ajustan las cuentas con la historia en ese país, la voluntad por inspeccionar los acontecimientos del pasado de manera crítica persiste como una actitud cultural, al menos en la literatura. En especial, entre los escritores alemanes emergentes.

En muy pocas ocasiones un lugar común ajusta mejor para describir lo que sucede para los escritores, sobre todo los escritores de ensayo y ficción, en la Alemania del 2014: el pasado ya no es lo que era. En este último cuarto de siglo ha tenido lugar un fenómeno de magnitudes imprevisibles en la escena literaria germana, con énfasis en la ficción, el teatro y el ensayo pero que también abarca e impregna a los demás géneros, la eclosión de autores en lengua alemana con pasado o antecedentes migratorios, como muy burocráticamente se ha venido designando a todo un grueso contingente de escritores de muy diversos orígenes nacionales y étnicos que han escogido el alemán, su industria editorial y su mercado del libro para desarrollar una serie de obras surgidas, en muy buena medida, de un proceso de hibridación cultural de más de cuatro decenios, durante los cuales Alemania transformó su composición demográfica de forma radical.

El feroz y temible crítico literario Marcel Reich-Ranicki publicó en 1970 un libro imprescindible, Literatura alemana en Occidente y Oriente(Deutsche Literatur in Wes und Ost),en el que dejaba claro que las reminiscencias de los años nacionalsocialistas y las heridas abiertas por la fractura de Alemania eran ejes compartidos por los escritores de las dos repúblicas germanas en la posguerra. En aquellas páginas, Reich-Ranicki también hacía énfasis en el papel social que desempañaban los escritores alemanes de aquella época, quienes, según sus palabras, eran moralistas sin una doctrina ética inflexible, como ilustraba bien el caso de Heinrich Böll. Para los autores centrales de la cultura literaria alemana, incluidos los austriacos y los suizos, de acuerdo al crítico, la memoria común del III Reich y la experiencia compartida ante el establecimiento de los grandes bloques geopolíticos habían impregnado profundamente sus textos, le dieron un sentido crítico y moral a la recepción pública de sus libros y una razón de ser a su accionar civil como voceros de una conciencia ilustrada.

Para los escritores multiculturales con pasado migratorio de la Alemania unificada de hoy, ni la República de Weimar ni los tiempos de la dictadura hitleriana ni la escisión del país son necesariamente parte de su principal patrimonio histórico o biográfico. Son poseedores de memorias históricas tan diferenciadas como sus orígenes. ¿Qué estructura profunda de la conciencia puede compartir una escritora como Yoko Tawada, de origen japonés, con Zé do Rock, brasileño postmoderno? ¿Qué vincula a Feridun Zaimoglou, de raíces turcas, con uno de los veteranos de este grupo, Franco Biondi, italiano? En uno de los estudios introductorios de uso más común en nuestros días, la Historia de la literatura de lengua alemana desde 1945 (Geschichte der deutschsprachigen Literatur seit 1945), publicado en 2003, Ralf Schnell anota que la literatura escrita en alemán por toda una legión de creadores provenientes de países muy diversos, propagada de forma extraordinaria a partir de la caída del Muro de Berlín, es un conjunto de escritos situados “entre las culturas”, en una frontera o en varios territorios fronterizos entre las culturas y, por tanto, como puede concluirse, carente de unidad en su mirada y percepción de Alemania.

El principal territorio de la memoria histórica que comparten las nuevas voces de la literatura “germana” es el presente. En un cuarto de siglo, el fin del comunismo, la reunificación, las guerras de los Balcanes y las inmensas olas migratorias desde el Mediterráneo, África, Medio y Lejano Oriente, los más remotos y enigmáticos territorios exsoviéticos y América Latina le cambiaron el rostro al pueblo alemán. La Alemania que estudiamos a través de su lengua y su literatura desde el México de finales de los 1980 se ha transformado vertiginosamente en un complejo mosaico inexplicable con nuestras antiguas referencias. Lo que antes era tema de sesudas y farragosísimas discusiones teóricas es, en nuestros días, una realidad abrumadora: una nación multiétnica y multicultural. El tiempo se ha compactado para Alemania. Los muchos e indescifrables pasados de su nueva sociedad se acumulan en la historia inmediata y ofrecen a sus escritores un magma extraordinario para seguir pensando, narrando, poetizando y escenificando las transformaciones de la civilización que es vértice y sustancia de la Europa contemporánea.

Fuente: milenio.com