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miércoles, 10 de agosto de 2016

Muchedumbres solitarias o solidarias.



José Carlos García Fajardo 
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)

Ante el temor a nuevas decepciones, se extiende la necesidad de recuperar nuestras señas de identidad mediante la lucidez, la fraternidad y la comprensión de nosotros mismos. Cómo sería la humanidad si nos mostrásemos más bondadosos con nuestras imperfecciones.
“Estar en armonía con todas las cosas significa carecer de ansiedad acerca de nuestras imperfecciones”, afirmaba el maestro zen Dogen. Nos parece una luz en este profundo malestar que recorre el mundo, como en el siglo XIX Marx afirmó que un fantasma recorría Europa, el comunismo.

Este malestar, malaise, se extiende exponencialmente en nuestro caso a través de los medios, sobre todo electrónicos. Ya nadie puede librarse de sus impactos al caminar por la calle, ir al cine, entrar en Google, abrir su correo electrónico. O ver a multitudes cada vez más solitarias con las que te cruzas cada día; hasta en nuestros sueños se abren camino y dejan sus trazas. Influyen en nuestro inconsciente más de lo que podamos imaginar, en costumbres, gestos, expresiones y hasta en ese hontanar de los silencios que arropan nuestros miedos. Jamás se hubiera imaginado David Riesman lo acertado de sus intuiciones cuando publicó, en 1950, “Las muchedumbres solitarias” (The loneley crowd) que, en cierto modo, no es ajeno a la irrupción de los jóvenes de los 60’ hartos de los dirigentes políticos, sociales, económicos, religiosos y frustrantes que padecían. Puesto que “Dios ha muerto”, al igual que Darwin, Marx, Freud, y un largo etcétera, ellos, los jóvenes, tampoco “se encontraban demasiado bien”. Les habían engañado con el mito de una Era de prosperidad, que no era otra cosa que utopías en busca de una Edad de oro que jamás había existido.

Trabajo para todos, amor libre, educación, sanidad, comunicaciones sin fronteras, igualdad, libertad y justicia universal casi sin esfuerzo, trabajo ni compromisos sociales. Mientras, en dos espantosas guerras mundiales con decenas de millones de jóvenes muertos en campos de batalla que trataban de superar las descolonizaciones de inmensas tierras y la esclavitud de millones de seres en África, Latinoamérica, Oriente próximo y el Lejano de India, China y el sudeste asiático. Para sustituirlas por economías de casino, mano de obra miserable, creación de dependencia que ocasionó una “deuda eterna” imposible de pagar y que llevó a millones de seres a descubrir que no tenían que perder más que sus cadenas en una desesperanza manejados por dictadores, golpes militares, ejércitos privados, redes de explotación de sus riquezas naturales y de la mano de obra a la que calificaron de “recursos” necesarios para producir inmensos beneficios pues esa era la dinámica de los nuevos zares, de los déspotas y oligarcas ocultos detrás de cuentos con los que pretendían “acunarnos”, adormecernos y utilizarnos como denunció con infinita tristeza León Felipe.

Junto a una decepción desesperanzada muchos jóvenes se lanzaron a las calles al grito de “seamos razonables, pidamos lo imposible” buscando la playa bajo los adoquines de las ciudades. Junto a esa bendita explosión desde Berkeley a Paris, Berlín y otras ciudades o falsos paraísos que enajenaban, sí, pero que no les abrían a horizontes de libertad, de justicia, de trabajos dignos, de espacios en los que sentirse realizados, queridos y necesarios. Albert Camus se alzaba como paradigma del tránsito del gozo en Bodas, al absurdo de El Extranjero y tantas obras geniales que lo abrieron a la révolte. Era yo muy joven y lo escuché en Paris asumiendo esas etapas que, decía, lo encaminaban a la fase expresada en aquel lienzo con una sola frase que no se sabía muy bien si quería decir “solitaire” o “solidaire”. La muerte cegó a la aurora, la noche a la esperanza. Pero no sin causa fue en esos años cuando alborearon grupos de jóvenes en Europa y América que se sentían responsables solidarios y querían aportar su esfuerzo, iniciativas de voluntariado, compromisos inseparables de una auténtica compasión con alternativas viables, sostenibles, endógenas y universales.

Por eso, ante el temor a nuevas decepciones, se extiende la necesidad de recuperar nuestras señas de identidad mediante la lucidez, la fraternidad y la comprensión de nosotros mismos. Cómo sería la humanidad si nos mostrásemos más bondadosos con nuestras imperfecciones. De ahí la oportunidad de transformar nuestros fallos en oportunidades y en desafíos. Cada momento puede ser una oportunidad para perfeccionar la comprensión hacia nosotros mismos. Reconocer la imperfección, advertir los prejuicios de pensamientos negativos y prestar atención a ese sentimiento que quizás no sea más que una sensación física conectada a una emoción pasada. Tenemos que aprender a reírnos de nosotros mismos, sin perder la atención debida. Todos tenemos pensamientos negativos que nos acompañan desde largo tiempo. Pero su presencia nos brinda la oportunidad de liberarnos de ellos, lo que nos devuelve el control para tomar decisiones positivas. Como se dice en el Desiderata: Tú tienes derecho a estar aquí. Esfuérzate por ser feliz.

Twitter: @GarciaFajardoJC

viernes, 24 de enero de 2014

Vagabundos celestes.


José Carlos Gª Fajardo

El descubrimiento, por experiencia personal, de que existen otros estados de percepción suele ser revolucionario; cambia la vida porque cambia la visión del mundo. El descubrimiento de la relatividad de la realidad y la existencia de estados diferentes al sueño y al estar despierto, es la revolución intelectual del siglo; una revolución mental comparable a la de Copérnico, pero más importante, porque puede cambiar la vida humana y la relación entre los hombres y la naturaleza.

“La realidad ya no es este estado impuesto como único válido por el racionalismo y la ciencia mecanicista; la realidad es relativa: existen realidades diferentes, cualitativamente tan distintas entre sí como el soñar y estar despiertos”, escribe Luis Racionero.

François Brune, escribe “siempre habrá presión de las instituciones para llamar al orden a los que deciden vivir a su manera”. Habrá conflictos lejanos para hacernos olvidar las injusticias cercanas. En nombre del hombre debemos rechazar la tentación de aullar como lobos por miedo a ser corderos, porque no hay liberación colectiva sin reconquistar la libertad interior.

Hay cansancio de las cosmovisiones tradicionales. Padecen fatiga las escuelas de filosofía y de economía erigidas en metafísica.

La lógica paradójica, el principio de incertidumbre, la física cuántica, la ingeniería genética, la revolución de la biología transforman nuestro imaginario que se conmociona con la revolución de la comunicación y de la informática.

Negroponte habla de la contracultura que emerge del paisaje digital. “La tecnología digital puede ser una fuerza natural que atraiga a una mayor armonía mundial”. Los ricos son hoy los jóvenes y los desprotegidos los viejos. Hay un culto desaforado a lo joven, quizás para dominarlos mejor.

Philippe Breton subraya los puntos de conexión entre el culto de Internet y el movimiento contracultural que animó las revueltas estudiantiles de los sesenta. Buscan propuestas alternativas como pretendieron la beat generation o los hippies. No han muerto (del todo) Ginsberg, Kerouac, Watts, Kesey, Cassady, Leary o Dylan.

Observa Breton una continuidad entre el movimiento underground e Internet. En la ruptura con el mundo (drop out), experiencias iniciáticas, vida en comunidades, deseo de igualdad y adhesión a una cultura no violenta y solidaria que obliga a echarse a las calles contra “la bota que pisa un rostro humano”, de Orwell.

Los vagabundos celestes de Kerouac navegan por las autopistas (on the road) de la comunicación para no ser devorados por el consumismo de un mundo que no les gusta pero de cuyas conquistas se sirven.

La esperanza está en el corazón de cada hombre que lucha por la humanidad.

EL ENVÉS 2014 01 17