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martes, 11 de febrero de 2014

Entre el Capitalismo, el Buen Vivir y el Reino de Dios.


Wilmer Simbaña

No hay duda, el mundo atraviesa una crisis multidimensional. La lógica capitalista que hoy abraza el planeta muestra sus efectos perversos en los ámbitos económico, social, cultural y ambiental. Por ello, muchos estudiosos han denominado este momento como una crisis civiliza­toria.

Esta crisis se sustenta en la idea de que el desarrollo y/o bienestar humano se logran me­diante el crecimiento económico, la acumulación de bienes, la dominación de la naturaleza, así como por el consumo desenfrenado (Lander, 2009), haciéndonos creer que la satisfacción con la vida debe girar en torno a los intereses del capital.

En América Latina este enfoque se profundizó en los años 80 con la implementación de las políticas neoliberales que ocasionaron mayor endeudamiento, pobreza y desigualdad en la región. Así, se impuso un modelo que hasta hoy no ha podido responder a las expectativas de bienestar y felicidad de la gran mayoría de la población.

La rampante exclusión movilizó a los actores sociales de la región en búsqueda de reivindicaciones en las que se han destacado los movimientos indígenas. Su actuación propositiva ha permitido que América Latina sea considerada el frente de vanguardia de la lucha antisistémica mundial (Aguirre, 2008; Bruckmann, 2009).

La propuesta latinoamericana tomó forma con el desarrollo de procesos constituyentes en Ecuador y Bolivia, donde se replantean las formas de pensar, sentir y actuar la convivencia social. En el caso ecuatoriano, a través de la Constitución de 2008, se propone el Buen Vivir o Sumak Kawsay (en quichua); en Bolivia, el Vivir Bien o Suma Qamaña (en aymara), en 2009. Estas visiones andinas se distancian del enfoque tradicional del bienestar, revalorizando la vida y el ser humano como ejes fundamentales de un nuevo orden social.

Ana Esther Ceceña, especialista mexicana en hegemonía económica mundial, califica el Buen Vivir como “una de las propuestas más sugerentes de transformación social, de reorganización de la vida, que hace frente a la catástrofe económica en la que nos ha colocado el capitalismo” (Senplades, 2013).

En la noción del Buen Vivir, los bienes materiales no son determinantes para alcanzar la felicidad. Es decir, existen otros factores, además del dinero, que proporcionan una vida plena, como la relación armónica con uno mismo, con el prójimo, con la naturaleza y con Dios. De ahí que, el Buen Vivir también invita, sin idealizar el modo de vida indígena, a revisar otros saberes y otras prácticas, como el de los pueblos y nacionalidades marginados de nuestra región.

Como resultado de este paradigma, que se mantiene en constante construcción, en Ecuador se pueden apreciar giros importantes en favor de la calidad de vida de la ciudadanía (Cepal, 2013; Latinobarómetro, 2013, Senplades, 2014). En definitiva, se vislumbra un camino distinto, con sus aciertos y errores, hacia la satisfacción con la vida. Y aquí es donde resulta inevitable reflexionar sobre el cristianismo como paradigma de bienestar y plenitud humana, y preguntarnos, ¿es también un modelo alternativo al sistema capitalista contemporáneo? ¿Se trata de una opción socio-religiosa para transformar el mundo? ¿Por qué pasa desapercibido el discurso cristiano en nuestros días?

El cristianismo[1], tal como lo conocemos en el siglo XXI, no tiene nada de revolucionario. La conexión dinámica que el sociólogo Max Weber encontró entre el espíritu del capitalismo y la ética protestante se ha consolidado en el catolicismo y en el protestantismo latinoamericanos, que bailan al son de una ética materialista, consumista e individualista.

Las estadísticas etiquetan a América Latina como un continente cristiano.[2] No obstante, las relaciones entre los habitantes de la región no son ni justas ni solidarias. “Pese a los notables logros obtenidos en la última década, la región sigue caracterizada por la desigualdad, y alrededor de 82 millones de personas viven con menos de US$ 2,50 al día” (Banco Mundial, 2013:36). Vivimos en la región más desigual del planeta: el 20% de los hogares con menores ingresos capta en promedio un 5% de los ingresos totales, mientras que el 20% más rico alcanza un promedio del 47% (Cepal, 2013).

¿Dónde queda entonces la promesa de la vida abundante que ofreció Cristo? ¿Cómo se vive hoy la propuesta del Reino de Dios en Latinoamérica? Para muchos creyentes, sobre todo evangélicos, la respuesta debe analizarse exclusivamente con ojos espirituales, lo que justifica su inmovilización social, su abstención de la vida política moderna, con el fin de no contaminarse con los asuntos mundanos. Una reducida visión, heredada de los primeros misioneros estadounidenses que llegaron a nuestros países, y que mantiene una iglesia aislada y cómoda ante la desigualdad social.

Sin embargo, la revolución del amor que promovió Jesús (ama a tu prójimo como a ti mismo) jamás se enquistó en el ámbito espiritual. Su fuerza trascendió coherentemente en acciones emocionales y materiales (perdonar deudas, sanar enfermos, dar alimento, visitar a huérfanos y viudas, etc.) que facilitaron una vida decente al amigo, al vecino, al conciudadano.

Por su poder transformador, el proyecto del Reino de Dios sigue siendo pertinente en nuestros días. Se muestra contrario a la dinámica capitalista y, por sus ideas antisistémicas, el cristianismo contemporáneo debería re-posicionarlo. No solo se trata de incursionar o no en los procesos políticos de la región, sino de que sus seguidores recuperen, vivan y contagien la esencia del mensaje cristiano en sus microespacios cotidianos. Es la misión que, como explican algunos teólogos, debe cumplir la iglesia en el mundo: “Jesucristo, por cuya vida, muerte, resurrección y exaltación del Reino de Dios se hizo presente en la historia, es la garantía del cumplimiento de ese propósito, que incluye una nueva humanidad y una nueva creación. Ese es el proyecto de Dios” (Padilla y Yamamori, 2006: 17).

Los principios revolucionarios del carpintero de Galilea, sintetizados en la propuesta del Reino de Dios, no son para vivirlos encapsulados bajo el techo de una iglesia. Son para irradiarlos con el prójimo: el inmigrante, el desempleado, el intelectual, el indígena, la lesbiana, el roquero, el agnóstico, la madre soltera…

El Buen Vivir, de la Revolución Ciudadana del Presidente Rafael Correa, guarda una correspondencia social con las intenciones del Reino de Dios. Lo que evidencia que a veces hay propuestas más cristianas que las que hacen quienes se llaman cristianos.

En medio de una crisis civilizatoria urge que la luz no se esconda debajo de la cama ni que la sal sea pisoteada por la gente.

Bibliografía

Acosta, Alberto (2010). El Buen Vivir en el camino del post-desarrollo. Una lectura desde la Constitución de Montecristi. Quito: Friedrich Ebert Stiftung

Aguirre, Carlos (2008). “Planeta Tierra: Los movimientos antisistémicos hoy”. En Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos, Immanuel Wallerstein: 7-34. Bogotá: Ediciones desde abajo.

Banco Mundial (2013). Informe Anual 2013. Washington, DC.


Constitución de la República del Ecuador, 2008

Huanacuni, Fernando (2010). Buen Vivir / Vivir Bien. Filosofía, políticas, estrategias y experiencias regionales andinas. Lima: Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI).

Lander, Edgardo (2009). “Hacia otra noción de riqueza”. En El Buen Vivir, una vía para el desarrollo, Alberto Acosta y Esperanza Martínez (Comp.): 31-37. Quito: Abya Yala.

Latinobarómetro (2013). Informe 2013. Santiago de Chile: Corporación Latinobarómetro.

Le Quang, Matthieu y Tamia Vercoutère (2013). Ecosocialismo y Buen Vivir. Diálogo entre dos alternativas al capitalismo. Quito: IAEN.

Padilla, René y Tetsunao Yamamori (2006). El proyecto de Dios y las necesidades humanas. Más modelos de ministerio integral en América Latina. Florida: Ediciones Kairós.

Senplades (2010). Los nuevos retos de América Latina: socialismo y Sumak Kawsay. Quito.




Senplades (2014). 7 Años Revolución Ciudadana. Quito.






[1] Se incluye a la religión católica y protestante latinoamericanas (iglesias históricas, evangélicas y pentecostales).


[2] Cerca de la mitad de la población católica del mundo se encuentra en América Latina, región donde más crecen los grupos evangélicos.

Autor: Wilmer Simbaña


Es Máster en Ciencias Políticas y especialista en Comunicación para el Desarrollo. Trabaja como analista de comunicación para la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades) de Ecuador.

martes, 19 de noviembre de 2013

Magia, fetichismo y superstición en los evangélicos latinoamericanos.


Al entrar en el templo, me impactó encontrar sobre el altar calzones, calcetines, jabones, botellas de agua, fotografías y demás utensilios de uso personal. Mientras un pastor ungía aceite sobre los objetos, otro presidía a gritos la ceremonia para contrarrestar la pobreza, la mala suerte, las enfermedades y las maldiciones. Al final, desdpués de un tiempo de eufórica oración y recolección de diezmos y ofrendas, los asistentes tomaron sus pertenencias y salieron de la iglesia convencidos de que al usar los productos, ellos o sus familiares, estarían más cerca de resolver sus penas y necesidades. Tener los objetos en sus manos significaba poseer la misma presencia de Dios encapsulada en los artículos bendecidos.

Esta escena[1], que responde a la práctica litúrgica de una iglesia neopentecostal de Ecuador, ilustra el uso de la magia y el fetichismo en el panorama evangélico contemporáneo.[2] La magia y la religión conviven estrechamente. Una relación que desde el prisma doctrinal evangélico resulta inconcebible, pero inevitable desde el desarrollo histórico de las religiones (James, 2009).

La magia busca controlar las fuerzas sobrenaturales para satisfacer los deseos humanos, donde “el éxito se ve como inevitable, con tal de que uno sepa la fórmula o el ritual adecuado” (Wall, 1975: 26). Practicando la magia, “los seres humanos expresan la creencia de que pueden influir directamente en la naturaleza mediante sus propias fuerzas para el bien o para el mal” (Nanda, 1994: 297). Al contrario, en la religión, el ser humano se siente dependiente de los poderes sobrenaturales, que son libres para conceder o no las peticiones humanas. En la religión las personas suplican al ser superior y no manipulan su forma de actuar.

Partiendo de estas premisas, muchas prácticas evangélicas pueden catalogarse como mágicas, pues los creyentes recurren a determinados mecanismos para controlar la fuerza divina a su favor.

La liturgia neopentecostal es apabullante en este sentido, especialmente en congregaciones como la Iglesia Universal del Reino de Dios y la Iglesia Mundial del Poder de Dios.[3] Sus rituales promueven el uso de objetos consagrados como cruces, anillos, rosas, agua, aceite, sal, pan, velas, almohadas, toallas, páginas de La Biblia, entre otros. Estos productos simbólicos se convierten en fetiches a los que se les atribuyen poderes mágicos y sobrenaturales; objetos donde se traslada el poder de Dios para acompañar y bendecir al creyente.

Los artículos religiosos sirven para curar enfermedades, encontrar el trabajo deseado, conquistar el amor, abandonar los vicios. Son entregados de forma gratuita y voluntaria, pero en un persuasivo contexto de recolección de ofrendas. Así, la mercancía religiosa, como panacea para todo sufrimiento, se obtiene a cambio de la fe de las personas y de sus bolsillos. Esta transacción económica, consolida la lógica de la magia, donde se establece una relación prefesional-cliente, antes que una relación pastor-rebaño (Marzal, 2002).

El fetichismo no es propiedad exclusiva del neopentecostalismo. Está impregnado hasta en las comunidades evangélicas más conservadoras. Muchos creyentes, por ejemplo, se sienten protegidos por el mero hecho de contar con una Biblia en la cómoda, el auto o la cartera. Lo mismo sucede con las atribuciones transformadoras que se puedan endilgar al pan y al vino de la Santa Cena o al aceite con que se unge una casa o a un enfermo.

La valoración excesiva que se otorga a los objetos y rituales evangélicos cae en el campo de la superstición. Es decir, se les atribuye propiedades que no tienen o se sobredimensionan sus resultados, lo que pervierte la religión (Corona, 2011). Tenemos el caso del “tiempo de alabanza y adoración”, donde el acto musical se torna indispensable para sentir la presencia de Dios. Sin cánticos, muchos evangélicos no sienten completo el culto cristiano. Hay creyentes que aseguran tener una mala semana como consecuencia de no haber asistido al culto dominical. La superstición aparece en la “oración de salvación”, como receta para alcanzar la vida eterna. Está en la inmersión del bautismo, cuando el sujeto asciende de las aguas con la firme convicción de que a partir de ese momento su vida no será igual. Ni qué hablar sobre el manejo de los diezmos y la interpretación descontextualizada del texto bíblico.

El acto supersticioso aflora en la jerga evangélica: “Dios tiene un propósito para tu vida”, “el Señor me dijo”, “si Dios permite por algo será”, “en el nombre de Jesús”, “me cubro con la sangre de Cristo”, “Dios tiene una persona guardada para ti”, etc. Siendo más fuerte este uso del lenguaje supersticioso en comunidades donde cultivan la doctrina de la confesión positiva, desde donde se prepara una actitud mental del individuo para realizar declaraciones afirmativas para la vida del creyente. Esto se resume en la fórmula: lo que se confiesa, se recibe.

Otra experiencia mágico-religiosa del protestantismo latinoamericano es la adivinación. Esta es una práctica dirigida hacia la obtención de información de una autoridad sobrenatural. La podemos encontrar en iglesias donde se emplea el don de la profecía como herramienta para conocer “la voluntad de Dios” y los acontecimientos futuros de los creyentes. Un caso paradigmático es la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional,[4] que ha institucionalizado el uso de la profecía en su estructura litúrgica.

Así, los profetas evangélicos fungen como intermediarios o médiums para orientar el camino de los adeptos, quienes anhelan categóricas respuestas a sus apuros cotidianos: ¿Debo seguir con este negocio? ¿Es tiempo de terminar con esta relación? ¿El trabajo que me ofrecen será mejor? ¿Voy a curarme de esta enfermedad? ¿Qué quiere Dios que haga?

En definitiva, observamos que la relación entre religión y magia está viva, es permanente y complementaria. Es parte de la nueva composición religiosa que vive la región. “Ahora que la magia recobra fuerza, se está borrando el límite que demarcaba la religión de la magia y ya la propia religión no puede ser identificada más en forma unívoca con la Iglesia” (Parker Gumucio, 2008). El pensamiento mágico persiste con fuerza, articulando y alimentándose de la compleja multiculturalidad latinoamericana, en medio de la fugacidad e incertidumbre que provoca la sociedad postindustrial.

Lo que otrora representaba una negación de la fe, hoy es parte dinámica del sistema de creencias de ciertos grupos evangélicos. Las experiencias mágicas siempre han estado ahí, a veces impedidas por sus líderes religiosos, pero vivas en las acciones cotidianas de los creyentes. Y seguramente, nos seguirán acompañando.


Bibliografía


Bueno, Gustavo (1989). “Reivindicación del fetichismo. Fetichismo y religión, pasando por la magia”. En Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión, pp. 229-271. Madrid: Mondadori.


Corona, Rubén (2011). “La superstición como perversión de la religión y de la política: una lectura de Baruch de Spinoza”. En Intersticios Sociales, No. 2: pp. 1-30.


James. E. O. (2009). Historia de las religiones. Madrid: Alianza Editorial.


Marzal, Manuel (2002). “Religión y magia”. En Tierra encantada. Tratado de antropología religiosa de América Latina, pp. 95-123. Madrid: Editorial Trotta.


Nanda, Serena (1994). Antropología cultural. Adaptaciones socioculturales. Quito: UPS, Instituto de Antropología Aplicada.


Parker Gumucio, Cristian (2008). “Mentalidad religiosa post-ilustrada: creencias y esoterismo en una sociedad en mutación cultural”. En América Latina y el Caribe territorios religiosos y desafíos para el diálogo, Aurelio Alonso (Comp.): pp. 337-364. Buenos Aires: CLACSO.


Simbaña, Wilmer (2012). El ciudadano para de sufrir. El movimiento neopentecostal y la construcción de sus actitudes políticas. Tesis. Quito: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).


Wall, Annemarie de (1975). Introducción a la antropología religiosa. Navarra: Editorial Verbo Divino.



[1] La experiencia corresponde a una vista realizada a uno de los cultos que ofreció la Iglesia Universal del Reino de Dios, en la ciudad de Guayaquil (Ecuador), en junio de 2012.


[2] En este artículo se considera al neopentecostalismo como un subgrupo religioso perteneciente al tronco protestante latinoamericano. Se puede revisar: “Neopentecostalismo: ¿una nueva ola religiosa recorre América Latina?” enwww.lupaprotestante.com/lp/blog/neopentecostalismo-una-nueva-ola-religiosa-recorre-america-latina


[3] Congregaciones brasileñas con una importante presencia en América Latina, que han oficializado la transacción de bienes religiosos.


[4] Iglesia de origen colombiano, con presencia en cerca de 50 países alrededor del mundo.


Wilmer Simbaña


Es Máster en Ciencias Políticas y especialista en Comunicación para el Desarrollo. Trabaja como analista de comunicación para la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades) de Ecuador.

Fuente:Lupa Protestante