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sábado, 16 de julio de 2016

Misericordia y protestantismo.



¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso?
(Martín Lutero)

La gran pregunta de arranque de lo que supuso para Europa la Reforma Protestante no fue tanto que Martín Lutero clavase sus 95 tesis sobre la puerta de la Catedral de Wittemberg, un 31 de octubre, para dar inicio a un debate teológico, sino su propia experiencia personal ante esta búsqueda del Dios misericordioso.

Es cierto que se ha fijado el episodio de las 95 tesis, por su contenido y significado, como la fecha que se celebra anualmente como inicio de la Reforma, no obstante, tanto en los precursores de la Reforma como Juan Hus (1372-1415) en Bohemia o John Wyclif (1320-1384) en Inglaterra, como en los reformadores posteriores lo importante era la autenticidad en la relación con Dios.

Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.

Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios oOecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.
Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.

Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.

Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio(reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino(reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.

Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.

Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen(1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.

Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana.

Publicado en la revista “Entre Paréntesis” (13 de julio de 2013)

martes, 12 de julio de 2016

Iglesias que abusan.


POR ALFONSO ROPERO BERZOSA

Un drama amenazador

Admitimos con cierta resignación que hay pastores que abusan, falsos pastores que no sienten ningún amor al rebaño, porque están vacíos de Dios. No nos sorprende porque ya fue predicho por Jesús y anunciado por Pablo a los ancianos de Éfeso: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hch. 20:29). Nos consolamos pensando que quizá sean sólo unos pocos. Pero nos cuesta trabajo reconocer que no sólo hay pastores que abusan, sino también iglesias que abusan. Eso ya es más serio y preocupante, pues desvirtúa el cristianismo en su misma raíz, base y fundamento. Hace de la Iglesia, cuerpo de Cristo, una cueva de ladrones, un cubil de extorsionadores. En lugar de ser una comunidad de adoración y salud, se convierte en un espacio enfermizo de manipulación y muerte. Lejos de ser liberadora, abierta, terapéutica[1], se vuelve opresora, cerreada, sectaria[2].

La teología pastoral siempre ha sido consciente del poder de la iglesia para ayudar o para dañar. “La Iglesia del Nuevo Testamento —escribe Daniel G. Bagby—, fue diseñada para ser una familia redentora, pero a la vez es una institución humana y uno no puede hacerse ilusiones con respecto a su capacidad para hacer lo malo”[3]. Por eso la buena teología se ha preocupado de resaltar el papel sanador de la iglesia como comunidad reunida para adorar a Dios y para fortaleces los lazos de amistad y comunión entre los creyentes[4].
Pero en los últimos años se ha producido el alarmante fenómeno de “iglesias que abusan”, el cual en lugar de ir en descenso va en aumento. Iglesias auténticamente tóxicas, que en lugar de sanar, envenenan. “¿Son realmente nacidos de nuevo los que deliberadamente desean hacer daño y controlar a otros en la familia de Dios?”, se pregunta Marc A. DuPont[5].
Según el el Dr. Ronald Enroth, las iglesias abusadoras tienen un estilo de liderazgo orientado hacia el control. Los líderes de este tipo de iglesias usan la manipulación para lograr la sumisión total de sus miembros. Mantienen un estilo de vida rígido y legalista que involucra numerosos requisitos y detalles minuciosos de la vida diaria. Para evitar que sus miembros presten atención a las criticas de que son objeto, los líderes se adelantan desaprobando al resto de iglesias. Una táctica claramente sectaria.
Las iglesias que abusan crean un complejo de persecución y consideran que son perseguidas por el mundo, los medios y otras iglesias cristianas. Esto dificulta que los miembros descontentos caigan en la tentación de salir de estas iglesias, un proceso que suele estar marcado por el dolor social, psicológico o emocional[6].
Existen, además, muchas otras manera de abuso espiritual, más difíciles de detectar, debido a la sutileza con que se presenta[7].
¿Cómo hemos llegado a esta situación?
De la manada pequeña a la gran manada
La Iglesia cristiana nació como una comunidad de personas congregadas por los apóstoles en torno a la figura y memoria de la persona de Jesús. Bien pronto, el dinamismo interno de estas comunidades da origen a otras comunidades que se expanden por todo el mundo mediterráneo, comenzando desde Jerusalén y Galilea. Perseguidas y rechazadas en su calidad de culto “nuevo”, nada había en el mundo antiguo más menospreciado la idea “novedosa”, le creencia “nueva”. La autoridad de las creencias residía en la tradición de los ancianos, en lo viejo, en antiguo, en lo venerado desde tiempos inmemoriales. Lo nuevo era una transgresión a lo recibido de los padres. Los judíos tenían a Moisés, ¿qué iba a aportarles el humilde Jesús? Lo griegos tenían al gran Homero, y los romanos a sus dioses ancestrales.
Los primeros misioneros cristianos se vieron rechazados por sus compatriotas, los judíos, e igualmente por la gentilidad en su generalidad.
En una de sus primeras cartas, el apóstol Pablo expresa su dolor y su preocupación por la persecución de la que son objeto los miembros de la joven comunidad de Tesalónica, a la vez que se gloría en la paciencia y la fe en todas las persecuciones y tribulaciones que soportan (2 Tes. 1:4). Parte del ministerio apostólico consistía en fortalecer a los de ánimo caído por las adversidades y persecuciones de los que eran objetos: “Fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
De algún modo las persecuciones contribuyeron a mantener lejos de las iglesias muchas personas indeseables. Había que tener fe verdadera para arriesgar la vida al identificarse con una fe no lícita y con una gente que era menospreciada y perseguida. Aún con todo, la fe, el ánimo y la red de obras sociales de las comunidades cristianas fuese abriéndose un hueco en la sociedad romana. De manera que, pese a las pruebas y hostilidades, las iglesias fueron creciendo y expandiéndose por todo el mundo antiguo.
Fue un crecimiento gradual, pero no espectacular. La cosa cambio con la “conversión” del emperador romano Constantino. De repente, la Iglesia mártir, la iglesia despreciada, se convirtió, en Iglesia reconocida, victoriosa. Nobles y hacendados imitaron el gesto de su supremo gobernante y en masa se hicieron cristianos. El cristianismo se volvió en una “religión de éxito”.
El peligro del éxito
El éxito, naturalmente, atrae a las masas. ¿Quién quiere ser parte de un grupo de perdedores? Pero el éxito tiene sus peligros. Jesús lo entendió perfectamente cuando Satanás le pidió que convirtiese las piedras en pan. ¡Qué grande multitud de hambrientos no le habrían seguido! Multiplicó los panes y los peces y la gente se sació, pero no creyó. Durante un tiempo le siguieron por este tipo de milagros, porque “comieron pan y se saciaron” (Jn. 6:26-27). Pero nada más.
El “éxito” de Felipe se convirtió en un gran peligro como Simón el mago aceptó la palabra del evangelista (Hch. 8:13), no por su contenido espiritual, sino por las maravillas que realizaba y que él era incapaz de hacer. Estuvo dispuesto a pagar una gran suma de dinero (v. 18) a cambio de esos dones asombrosos, que le asegurarían el favor de las multitudes.
A principios del siglo XX el movimiento pentecostal era un fenómeno marginal, propio de personas de los barrios marginales de las grandes ciudades, con escasa educación y poca proyección social. No tiene nada de extrañada que fueran menospreciados y calificados de mil maneras negativas por su hermanos conservadores. En la década de los 60 algo comenzó a cambiar. Algunos pastores de las iglesias tradicionales y mayoritarias se abrieron al fuego del Espíritu y desde entonces, el fenómeno no ha parado de crecer, hasta el punto de convertirse en una “religión de éxito”, que atrae por igual a personas sencillas como sofisticadas; campesinos y profesionales; de clase obrera y de la burguesía. El crecimiento ha sido espectacular. El mayor registrado en los anales de la historia del cristianismo.
Aparecen los lobos
El éxito de masas, con todo lo que esto significa de poder económico y de influencia, atrae a los buitres y a los vividores. ¿Acaso habrá algo más fácil que aprenderse la jerga carismática y rentar un almacén donde comenzar cada cual su propia iglesia, atrayendo a los incautos con promesas de sanidad, prosperidad y éxito sin límites? Al crecer el número de imitadores, de falsos apóstoles, aumenta la oferta según las leyes del mercado y del circo: ¿Quién da más? Vengan y vean lo más imposible todavía. El camino de la impostura y de la codicia no conoce freno; es una pendiente que se desliza hacia un abismo sin fin. El carismatismo actual vive, sufre y padece las consecuencias del éxito. La facilidad con que un mensaje pseudo cristiano es capaz de atraer y embaucar a la gente en que en un momento de dificultades y en medio de la inseguridad busca algo o alguien que le garantice el azaroso presente, que le saque de la menesterosidad y aporte algo de color a su vida. De esto se aprovechan los falsos pastores y apóstoles. Bayardo Levy denuncia en su libro ¿Ministros o trasquiladores?, que “gran parte de las iglesias se han vuelto un negocio altamente lucrativo. Muchos líderes levantan una congregación con una mano delante y otra detrás (quiero decir, sin dinero) y en poco tiempo los vemos en una gran abundancia económica; algunos hasta con escoltas y en carros lujosos. Nunca fueron empresario, pero de la iglesia crearon una gran empresa”[8].
Cuando falta amor, amor a Dios y al prójimo, la tendencia natural del ser humano es aprovecharse de su prójimo, abusar de él, lucrarse a su costa.
El principio edificación
Conociendo el misterio de la unidad tan íntima de Cristo y su Iglesia, a la que san Pablo no duda en llamar “cuerpo de Cristo”, se hace más detestable la existencia de iglesias, grupos e instituciones llamados cristianos que se aprovechan del buen nombre de Cristo y de su Iglesia para abusar de la gente; para intoxicar la mente y el corazón de los que caen bajo su influencia; para explotar económicamente la codicia de unos y la credulidad de otros.
¿Cómo podemos enfrentar esta situación?
En primer lugar, poniendo en práctica el discernimiento de espíritus, lo que conlleva responsabilidad por parte de los ministros y madurez por parte de los miembros. Es del todo necesario una labor de educación de los creyentes para que por sí mismos puedan discernir la enseñanza recibida dentro y fuera de su congregación. También aquí nos encontramos con un problema de “abuso”, consistente en la creación de dependencia de los miembros respecto al pastor. Cuanto más maduros y preparados sean los miembros de una iglesia mayor será la defensa contra desviaciones y abusos de una u otra parte.
En segundo lugar, hay un criterio apostólico muy útil para discernir y contrarrestar las situaciones de abuso en todas sus variantes.
Se trata de la “edificación”, metáfora tomada del mundo de la construcción, presente también en otros aspectos de la vida cristiana[9]. La Iglesia es representada como un edificio espiritual (1 Cor. 3:9; Ef. 2:21), del que cada miembro es un piedra viva (1 Ped. 2:5). El crecimiento y el desarrollo del carácter de los creyentes es presentado bajo la metáfora de la “edificación” (Hch. 9:31; 1 Cor. 8:1; 10:23; 14:4, 17; 1 Tes. 5:11). Los ministros de la Iglesia tienen por meta la edificación de los creyentes en el fundamento que es Jesucristo (1 Cor. 3:10, 12, 14; Ef. 2:20; Col. 2:7; Jud. 20). La vida cristiana es una labor continua y progresiva de edificación, de modo que hasta los dones milagrosos carecen de importancia si no contribuyen a la edificación de la comunidad (cf. 1 Cor. 14:4). El amor es el elemento clave de esta edificación (1 Cor. 8:1).
La regla por la que ha de medirse una iglesia, y la vida cristiana en general, es si edifica o no edifica (1 Cor. 10:23). Soren Kierkegaard decía que si una reunión cristiana no contribuye a edificar, es acristiana, por más que se realice en nombre de Cristo y con la Biblia en la mano. “La regla cristiana, en efecto, quiere que todo, todo, sirva para edificar. Una especulación que no lo consigue es, de golpe, acristiana”[10].
La edificación del cuerpo del Cristo compete a todos, pastores y fieles por igual. “Animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis” (1 Tes. 5:11), escribe el apóstol Pablo. Una iglesia sana es una iglesia que busca la edificación de sus componentes, la realización personal de cada cual, la formación del hombre nuevo en Cristo Jesús. Cuenta para ello con la Palabra y con el Espíritu.
Un ministerio sano es un ministerio que edifica. Uno de los requisitos que el apóstol Pablo exige de los pastores es que sepan administrar bien la Palabra de Dios (2 Tim. 2:15). El Señor Jesucristo habló del Reino de Dios y dijo que “todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mat. 15:32). Juan Calvino saca de estos textos la lección que los maestros y predicadores cristianos tienen deber de dividir o cortar la Palabra de Dios, como si un padre, al dar alimento a sus hijos, estuviese dividiendo o partiendo el pan en pequeños pedazos. “Algunos la mutilan, otros la rompen, otros la torturan, otros la parten en pedazos, otros, quedándose en la superficie, jamás penetran hasta la médula de la doctrina. A todas estas faltas, contrapone “el dividir bien”, es decir, la forma de explicar que se adapte para la edificación; porque ésa es la norma por la cual debemos regular toda interpretación de la Escritura” (Calvino, Comentario a las Epístolas Pastorales. La cursivas son nuestras). E insiste al comentar 2 Tim. 3:15, que toda Escritura inspirada por Dios es “util”. “La Escritura contiene la regla perfecta para vivir una vida buena y dichosa. Cuando Pablo dice esto, enseña que esta es corrompida por el abuso pecaminoso, cuando no se persigue esta utilidad. Y así él indirectamente critica a esos hombres sin principios que alimentan a la gente con vanas especulaciones, como con aire. Por esta razón, podemos, en la actualidad, condenar a todos aquellos que, pasando por alto la edificación, causan disputas que, aunque son ingeniosas, son también inútiles. Siempre que las ingeniosas bagatelas de esa naturaleza se presentan, deben ser detenidas con este escudo: “La Escritura es provechosa”. De aquí se sigue que es ilícito tratarla en una forma no provechosa; porque el Señor, cuando nos dio las Escrituras, no trató de satisfacer nuestra curiosidad, ni de animarnos a la ostentación, o de darnos ocasión para charlar y parlotear, sino de hacernos bien; y por consiguiente, el uso correcto de la Escritura debe siempre dirigirse hacia lo que es provechoso” (Calvino, las cursivas son nuestras).
Cuando el pueblo de Dios es edificado, la comunidad se enriquece, se promueve el bienestar general, el Espíritu actúa y la Palabra se hace realidad. Este bienestar general incluye la denuncia de los falsos apóstoles y profetas que dividen el cuerpo de Cristo.
En pocos años se producirá una “campo quemado” para la misión y el evangelismo, provocado por los abusos mencionados, que conocemos y que nos preocupa, en el cual tendremos muchas dificultades para que renazca la fe y la confianza en el mensaje del Evangelio.
Es urgente tomar medidas ahora que es tiempo, predicando la palabra; insistiendo a tiempo y fuera de tiempo; redarguyendo y reprendiendo a los que trafican y comercian con la Palabra de Dios, aplicando a la tarea mucha fe, mucha paciencia y mucha instrucción (2 Tim. 4:2). Creando espacios de libertad y crítica desde la fe. Formando personas maduras en su relación con Dios, evitando así situaciones de dependencia, o clientelismo, respecto a falsos pastores, maestros o apóstoles.
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[1] Véase Pedro Álamo Carrasco, La Iglesia como comunidad terapéutica. CLIE, Barcelona 2005.
[2] Véase Jaime Mirón, ¿Está su iglesia convirtiéndose en una secta? Tyndale House Publishers, Illinois 2012.
[3] Daniel G. Bagby, El poder de la Iglesia para ayudar o dañar, p. 6. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1992.
[4] Véase Alberto Daniel Gandini, La Iglesia como comunidad sanadora. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1989.
[5] Marc A. DuPont, Toxic Churches, p. 17. Chosen Books, Grand Rapids 2004.
[6] Ronald M. Enroth, Churches That Abuse (Zondervan, Grand Rapids 1993);
[7] Véase David Johnson y Jeff van Vonderen, El sutil poder al abuso espiritual. Cómo reconocer y escapar de la manipulación espiritual y de la falsa autoridad dentro de la Iglesia (Vida, Miami 2010); Mary Alice Chrnalogar, Escrituras Torcidas. Liberándose de las iglesias que abusan (Vida, Miami 2006).
[8] Bayardo Levy, ¿Ministros o trasquiladores?, pp. 7-8. Palibrio, Bloomington 2011.
[9] Véase “Edificar, edificio”, en A. Ropero, ed., Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia. CLIE, Barcelona 2014.
[10] Soren Kierkegaard, “Prólogo” a La enfermedad mortal Trotta, Madrid 2008.

domingo, 29 de mayo de 2016

El “Pacto de las catacumbas”


El legado secreto del Vaticano II

Hace ahora 50 años que 40 obispos católicos de todo el mundo se reunieron en las Catacumbas de Domitila para llevar a cabo un pacto del que la mayoría de la gente nunca ha sabido nada, absolutamente nada. Ni siquiera los especialistas en religión. ¡Qué gran acontecimiento para escribir una novela tipo Dan Brown con tramas, conspiraciones e intereses ocultos!

La pena es que aquí todo es claro y patente, no hay nada que ocultar, sino proclamar a los cuatro vientos. Nada que beneficie a un grupo de presión, sino todo lo contrario. Aquellos cuarenta obispos, entre ellos varios latinoamericanos, uno español y ninguno estadounidense, que en realidad representaban a otros muchos obispos del Concilio, que eran en conjunto unos 700, se comprometieron a caminar con los pobres y a ser una Iglesia pobre al servicio de los pobres, con ellos y entre ellos. Para lograr eso, se comprometieron a llevar un estilo de vida simple, renunciando no sólo a los símbolos de poder, sino al mismo poder externo, volviendo de esa forma a la raíz del evangelio. Dicho esto se desinfla el interés que pueda despertar el “Pacto de las catacumbas” para los amantes de conspiraciones vaticanas, del opus dei o de los illuminati. Algo tan prosaico y desagradable como dar limosna a un mendigo sin antes ponerse guantes.

Xabier Pikaza, uno de los teólogos mas atentos y despiertos de la España moderna a la realidad eclesial y social que nos rodea, junto a José Antunes da Silva, acaba de sacar a la luz un libro sobre este tema, a saber, El pacto de las catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia. Editorial Verbo Divino, Estella 2015, en el que se recoge el trabajo de un equipo de teólogos y teólogas como José Arregui, Mercedes Navarro, José Antonio Pagola, Virginia Saldanha, José Ignacio González Faux, Jon Sobrino…, cuyas contribuciones completan más de 500 páginas de las reflexiones y desafíos que se desprenden del Pacto de las catacumbas.

El espíritu de este Pacto ha guiado desde su comienzo algunas de las mejores iniciativas de la Iglesia, el Oriente y Occidente, de manera que su texto ha venido a convertirse en una de las páginas mas influyentes y significativas de la historia cristiana de la actualidad, aunque aún no se hayan cumplido todos sus objetivos.

El tema de los pobres no es sólo una tema de administración social, hoy por hoy se ha convertido en un locitheologici o lugar teológico de primera importancia, donde se han dado cita las plumas más competentes de la teología actual. Tampoco es un tema caduco al que “el final de la historia” haya dejado arrinconado en manos de los estrategas políticos y económicos. Ni es tema de preocupación en exclusiva de una determinada teología o Iglesia; es una cuestión cristiana, bíblica, siempre candente, como hace ver Pikaza en el estudio incluido en el libro mencionado, El pacto de las catacumbas, que ha titulado “La Iglesia de los pobres en el Nuevo Testamento” (pp. 51-80).

El desafío del pacto de las catacumbas es todavía más urgente para las iglesias evangélicas, infectadas como están por la mal llamada “teología de la prosperidad”, confusas hasta la grima sobre lo que representan “los pobres en el corazón de Dios y del Pueblo de Dios”, por citar el trabajo también incluido de Carlos María Galli (pp. 276-312). Mercedes Navarro nos recuerda que hay que ampliar el pacto y avanzar hacia el igualitarismo del mensaje de Cristo (pp. 419-438).

Este es uno de los grandes retos de la misión cristiana en un mundo globalizado, cuyo desarrollo, que no progreso, es el de una progresiva dictadura economicista que atenta contra la visión cristiana del hombre, y su dignidad y su propósito en la vida, que va más allá de la producción material, de la competencia financiera y los beneficios cada vez peor repartidos, hasta el punto que, pese al avance tecnológico, la sima que separa a los ricos de los pobres, en lugar de disminuir aumenta, como denuncian algunos economistas preclaros[1]. Desigualdades ha habido siempre, y me temo que no están por desaparecer, sino todo lo contrario, pero una sociedad que ha cifrado sus valores en la democracia, no puede subsistir sin que esa democracia vigile su crecimiento en aquellas áreas que afectan a los ciudadanos más desfavorecidos. La desigualdad socioeconómica, agravada con la crisis económica y las políticas de austeridad dominantes, se ha ampliado en el conjunto de las sociedades desarrolladas y, particularmente, en los países europeos periféricos, como España. Aumentan la pobreza y la exclusión social, así como las distancias entre individuos ricos y pobres. En el ámbito mundial la polarización de la riqueza es cada vez mayor. Esta dinámica está destruyendo la cohesión social. Los sistemas políticos europeos pierden calidad democrática y disminuye la legitimidad de las élites gobernantes.

El cristiano sabe, reconoce que hay valores en la pobreza, pero sin confundir la pobreza con la miseria, que envilece a la persona y niega su dignidad. La miseria, como ya se dijo en Medellín, es una injusticia que clama al cielo. Es una injusticia porque roba al pobre su capacidad de desarrollarse como persona, reducido al papel de productor, y esto, a veces, y cada vez mucho más común, ni eso. Se le priva de sus medios de subsistencia y, aparejado a ello, de su vida espiritual. Por eso, ya en los tiempos de Jesús, los pobres pertenecían a una categoría religiosa inferior, en cuanto no conocían la ley ni cumplían sus múltiples prescripciones. Como dice el personaje de un novelista español de principios del siglo XX, los pobres no podemos darnos el lujo de tener ética. Clama al cielo porque todo lo que atenta contra el hombre, atenta en última instancia contra Dios, su valedor, “el guardián del hermano”.

Son todos estos, temas a los que tenemos que volver una y otra vez desde la reflexión y el estudio de modo que nuestra praxis cristiana no se aparte del mensaje de Jesús.

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[1] Abhijit V. Banerje, Repensar la pobreza: Un giro radical en la lucha contra la desigualdad global (Taurus, Madrid 2012); Giraud Pierre-Noël, La desigualdad del mundo. Economía del mundo contemporáneo (FCE, México 1993); Harry G. Frankfurt, On Inequality (Princeton University Press, Princeton 2015); Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI (FCE, Madrid 2014); Joseph Stiglitz, El precio de la desigualdad (Taurus, Madrid 2012); Id., La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales (Taurus, Madrid 2015); Richard Wilkinson y Kate Pickett, Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva (Turner, Madrid 2009).

miércoles, 13 de abril de 2016

Ante el refugiado ¿Qué lógica pervive, la del amor al prójimo o la del mercado?



Ante la gran crisis de los desplazados en Europa la cual no ha habido otra semejante desde la Segunda Guerra Mundial, se tiene el temor del “efecto llamada”, o temor ante el “¿cuánto nos costará?”. También están las actitudes xenófobas y por otro lado las acciones solidarias, que son mayoría.

Cabe preguntar ¿cuál es la postura que asume el parlamento europeo y los gobiernos para dar respuesta a esta situación? Estos días se esta negociando un acuerdo, pero, por lo que vemos, lo que prima para llegar dicho acuerdo no es la xenofobia (a excepción de algunas derechas extremas) o la solidaridad, sino la racionalidad (más bien irracionalidad) de la ley del mercado, la cual subvierte la convivencia humana, pues a los refugiados se les ve como mercancías con las que se puede negociar. No es de extrañar que se tomen tanto tiempo, tantas reuniones para llegar a un acuerdo, pues cuando se usa la lógica del gano yo-tú pierdes, no es fácil llegar a puntos en común.

Ante los miles de refugiados que pretenden entrar en los países de la Unión Europea y que han huido de sus propios países devastados por la guerra, las medidas de la UE son cada vez mas restrictivas. Esto no alivia, ni ayuda a los que están haciendo el penoso viaje para pedir asilo. Incluso se encuentran con la fuerza militar y con muros alzados impidiéndoles el paso incluso con violencia, como en Hungría. Han huido del estado islámico, del hambre, la guerra, y acaban muriendo en el mar o en camiones por el rechazo de las autoridades europeas.

Los acuerdos tomados, deben basarse en el criterio radical de amor al prójimo, no como criterio moral solamente, sino como de criterio de la acción humana. Que los acuerdos correspondan al beneficio de la vida de los refugiados, y que conlleven a la acción de acogida que corresponde, pues los alimentos, la vestimenta y la atención sanitaria que dispensan las decenas de organizaciones locales y de voluntarios son insuficientes para combatir la escasez que padecen las familias que buscan refugio.

Si se llega a un acuerdo bajo la razón del mercado, como parece que se está dando, se corre nuevamente el riesgo de que con la ley en la mano, se deje a los refugiados a la deriva, abandonados y sin apoyos. Y que se realice este crimen cumpliendo la ley (que es el signo de identidad de la lógica del mercado). Pues el acuerdo, la ley que se está orquestando ahora en Europa y Turquía ante los refugiados es la ley que se sigue de los imperativos del mercado del “dejad hacer, dejad pasar” y que una lógica de este tipo trae como consecuencia, como bien señala Hinkelammert la del “dejar morir”, ya sea en el mar o hacinados en barcos, o de hambre o de frío en las fronteras. Por ello tiene razón Amnistía internacional cuando a las puertas del Consejo Europeo, donde se celebra la cumbre, señala con una pantalla gigante que resume a la perfección los temores expresados por algunos líderes en las últimas horas: “No se comercia con los refugiados. Detengan el acuerdo”. (El país, 18 marzo 2016)

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*Fotografía: ONU BRASIL

domingo, 27 de marzo de 2016

Justicia de Dios.


Juan María Tellería

Tal como lo leemos en nuestras versiones actuales de la Biblia, el capítulo 32 del Éxodo constituye un pasaje de gran importancia en el conjunto de la Historia de la Salvación. Como se ha entendido tradicionalmente, viene a relatar lo que se ha dado en llamar “la primera apostasía nacional de Israel”, que el hagiógrafo coloca al pie del propio Sinaí y en un contexto de alianza de Dios con su pueblo recién salido de Egipto. Es decir, que Israel se mostró rebelde a su Señor desde el primer momento en que fue constituido como propiedad específica de Dios, su heredad en medio de todos los pueblos de la tierra (Éx. 19:5).

Dicho lo cual, no seríamos honestos si no señaláramos, aunque brevemente, los enormes problemas que los estudios críticos han detectado en la redacción final de este capítulo. El texto evidencia varias tradiciones que confluyen, desde la propia del becerro (vv. 1-6, en los que parecen coincidir una corriente pagana y politeísta, y otra yahvista, representadas por las palabras del pueblo y las de Aarón, respectivamente[1]) hasta la del castigo de los rebeldes por mano de los levitas, lo que constituiría una versión muy antigua de la particular consagración de esta tribu al servicio de Dios (vv. 25-29[2]). No faltan los exégetas que ven en este relato del becerro y en su peculiar redacción-composición algo parecido a una refección de la historia narrada en 1Reyes 12, la rebelión de Israel orquestada por Jeroboam contra la dinastía davídica hierosolimitana, en un intento por retrotraer los acontecimientos que dieron origen a la monarquía efrainita de las diez tribus septentrionales a los comienzos de la andadura de la nación hebrea como tal.

Sea como fuere, lo cierto es que Éxodo 32, tal como hoy lo encontramos, nos vehicula un mensaje de gran importancia para entender cómo percibió el antiguo Israel la justicia divina en relación con los pecados del pueblo. Por decirlo con otras palabras, en Éxodo 32 Israel plasmó de manera magistral la manera en que entendía a su Dios.

Como algunos han dicho, la historia narrada en el libro del Éxodo desde el capítulo 19 hasta el 31 parece demasiado hermosa para ser real. Llega Israel, dirigido por Moisés, a las inmediaciones del monte Sinaí y recibe, no solo la confirmación de ser el pueblo escogido por Dios (c. 19), sino también la manifestación máxima de la Ley divina expresada en términos humanos (el llamado Decálogo Moral del c. 20); los capítulos 21-23, grosso modo, nos muestran una antiquísima recopilación de leyes a la que los especialistas dan el nombre de Código de la Alianza, a todas luces posterior a los eventos del éxodo; y el c. 24 narra la plasmación material del pacto de Dios con su pueblo, así como una curiosa escena de comida conjunta (¿banquete ritual que acompañaba las ceremonias de alianza?) en la que el propio Yahweh parece ser uno de los comensales juntamente con Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos del pueblo[3]; y en los cc. 25-31 leemos las disposiciones que Dios da a Moisés en lo alto del Sinaí para la construcción del tabernáculo, el santuario móvil en el que la presencia de Yahweh se haría realidad en medio de su pueblo. Lo dicho: todo un cuadro idílico de bendición y de buena relación entre Dios e Israel, sin que nada pareciera romper aquella atmósfera de concordia.

Éxodo 32 introduce la cuña humana en toda su cruda realidad: Israel no es mejor que las demás naciones. Se muestra tan idólatra como cualquier otra, con el agravante de que, dada su condición de pueblo especial de Dios, aquel acto de idolatría está impregnado de ingratitud. La gran pregunta es: ¿cómo actúa Dios?

El Dios de Israel ha sido en los treinta y un capítulos anteriores del libro del Éxodo un Dios que sale al encuentro de su pueblo con una clara finalidad de rescatarlo, de redimirlo de su condición de esclavitud. Yahweh es, por tanto, el Dios que salva, el Dios que restaura, y lógicamente, el Dios que pacta; que pacta por amor y por fidelidad a unas promesas expresadas siglos ha a los ancestros de Israel. Pero ahora, ante la cruda realidad de la apostasía del pueblo, ha de evidenciar otra faceta, la del Dios de justicia. Y es aquí donde hallamos lo que, a nuestro entender, aparece como el punto culminante de todo el capítulo. En una interesante conversación mantenida entre Yahweh y Moisés, el hagiógrafo pone en boca de Dios las palabras siguientes:

Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande. (v. 10 RVR60)[4]

La respuesta de Moisés, presentada como una oración (v. 11) tiene como resultado que Dios se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo (v. 14), de lo que son una ratificación los vv. 33-34, en los que se ratifica el proyecto original de introducir a Israel en la tierra prometida, idea que vuelve a repetirse en los primeros versículos del c. 33. Aunque Éx. 32:35 diga con claridad que el pueblo sufrió un castigo por su rebeldía, en ningún caso se ve confrontado a su aniquilación, a su desaparición como entidad humana, pese a las terribles palabras que el v. 10 coloca en los labios de Dios. Todo ello nos ilustra muy bien acerca de cómo los hagiógrafos y pensadores de Israel concebían a su Dios.

Ya de entrada, Dios es un Dios justo, pero no en el sentido de una divinidad que busca vengar los agravios que se le hacen, como era el caso de las distintas deidades adoradas por los pueblos circundantes; no es tanto una justicia punitiva como una justicia restauradora, una manifestación de misericordia, lo que el Dios de Israel quiere impartir. Sin duda que un pueblo ingrato merece, propiamente hablando, la punición correspondiente. En el caso concreto del relato de Éxodo 32, la falta de agradecimiento para con Dios que evidenciaba aquel becerro de oro viene a plasmar el abismo al que puede caer el hombre que se aleja de su Creador. Aun así, Dios no ejecuta el ardor de su ira contra Israel y le permitirá proseguir su viaje hasta Canaán[5].

Por otro lado, la justicia divina, para realizarse plenamente, implica el importantísimo papel del mediador, en este caso concreto de Éxodo 32 representado por Moisés, quien intercede ante Dios por el pueblo rebelde, incluso poniendo en peligro su propia vida (v. 32). A los lectores cristianos y occidentales de la Biblia puede resultarnos un tanto chocante el tono de la conversación mantenida entre Dios y Moisés: daría la impresión de que Dios fuera “el malo de la película”, feroz adversario del pueblo, mientras que el hombre Moisés sería “el bueno”, o incluso “el héroe” que se arriesga a perder la cabeza por su propio pueblo ante una divinidad primitiva y cruel. No nos debe extrañar que en épocas no demasiado lejanas haya habido comentaristas que señalaran el primitivismo y hasta la inmadurez del Dios revelado en el Antiguo Testamento, un Dios que se irrita y se encoleriza como un tirano, para luego arrepentirse de lo que ha dicho. Ya hemos señalado en algunas otras ocasiones el abismo cultural que media entre nosotros los occidentales cristianos de nuestros días y el mundo semítico antiguo en que vieron la luz las tradiciones sacras de Israel. El vitalismo inherente a la mentalidad semítica y el fuerte colorismo de sus expresiones lingüísticas obligaban a los autores de la Biblia a expresarse como lo hacían. Para hacer patente su justicia ante el pecado humano, Dios debía mostrarse irritado hasta lo sumo, hasta perder los estribos, a fin de que su misericordia aún resaltara más cuando declaraba volverse atrás de su propósito destructor inicial. Solo si entendemos estos clichés culturales de aquel mundo que hoy ya no existe, seremos capaces de disfrutar de los relatos veterotestamentarios y extraer de ellos el meollo de su enseñanza teológica. De no ser así, nos perderemos en los vericuetos de las figuras y las representaciones; nos quedaremos con el envoltorio sin llegar nunca a vislumbrar el contenido.

Dios es justo porque no acepta el pecado de su pueblo, porque no lo tolera, pero al mismo tiempo porque se compadece de la debilidad inherente a la criatura humana. Dios es justo porque de jure tendría que destruir hasta la raíz a quienes muestran para con él una ingratitud tan insultante, pero también porque de facto rebaja su indignación y da una nueva oportunidad de bendición a los transgresores. Dios es justo porque en el abismo infranqueable que media entre él e Israel, entre él y el ser humano, coloca al mediador que estará dispuesto a morir por su propio pueblo.

De este modo, Éxodo 32, pese a su lenguaje arcaico y sus figuras chocantes, permite vislumbrar la plenitud de la justicia divina en la obra del Mesías, al mismo tiempo Dios y hombre, víctima y mediador perfecto.

Solo en Cristo podemos comprender que Dios es realmente justo.

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[1] Efectivamente, el pueblo dice: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto (v. 4), mientras que las palabras de Aarón son: Mañana será fiesta para Jehová (v. 5).

[2] Cf. el relato de Nm. 25:10-13, en el que el celo extremado del sacerdote Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, le granjea una especial bendición divina.

[3] En su momento, el conocido filósofo judío Martin Buber indicó que Dios había convidado a los representantes de Israel para comer con ellos. Así lo indica en su libro Moses. The Revelation and the Covenant. Amherst (New York): Humanity Books, ed. de 1989, pp. 110-118.

[4] La versión DHH ofrece una traducción mucho más expresiva:

¡Ahora déjame en paz, que estoy ardiendo de ira y voy a acabar con ellos! Pero de ti haré una gran nación.

[5] No tenemos en cuenta ni la tan humana reacción de Moisés al quebrar las tablas del pacto y reducir el becerro a polvo (vv. 19-20), ni tampoco el episodio de los levitas antes mencionado (vv. 25-29), que, como habíamos indicado, parece tratarse de una tradición añadida.

domingo, 20 de marzo de 2016

El cortejo triunfal del Mesías.


por Ignacio Simal Camps

«Gracias sean dadas a Dios que en todo momento nos asocia al cortejo triunfal de Cristo y que, valiéndose de nosotros, esparce por todas partes como suave aroma su conocimiento.»
‭‭2 Corintios‬ ‭2:14‬ ‭BTI‬‬

Cada uno de los Evangelios sinópticos narran historias de personas perdedoras dentro del caldo social y/o religioso donde sus existencias navegan. Ellas forman el séquito que acompaña en el ir y venir del Mesías Jesús por tierras palestinas.

Es un séquito que anuncia que la hora de los que siempre pierden ha llegado. Ellos son vindicados en el mundo nuevo que Jesús de Nazaret proclama. Dios en Jesús se asocia a ellos, y ellos a Jesús. Y por donde caminan despliegan un suave aroma de esperanza a través de un conocimiento de Dios sin precedentes en la dilatada historia del pueblo de Dios. No hay rincón en el mundo que no sea impregnado de la esperanza del mundo que viene a interrumpir y transformar una historia lúgubre para aquellas personas que no son consideradas ni sabias, ni poderosas, ni aristócratas… Son aquellas que no cuentan para nada en el mundo (1Cor. 1:26,27).

Formar parte del séquito del Mesías Jesús logra que los que no cuentan recuperen la dignidad que les ha arrebatado el Imperio. Y también muchas otras personas que otrora eran cómplices del poder, se sumaron al cortejo mesiánico haciendo suya la causa de los que siempre pierden… Unos y otros despliegan un olor fragante a esperanza que penetra en todos los rincones y recovecos de nuestra aldea global. Soli Deo Gloria.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Fe, razón y capitalismo.




por ALFONSO ROPERO BERZOSA

Pese a que ha transcurrido más de siglo, la tesis de Max Weber sobre la génesis del espíritu del capitalismo en la ética protestante no deja de suscitar estudios y controversias. Se puede decir que su sombra es alargada[1]. No es para menos, desde su publicación, la obra de Weber ha sido considerada como una investigación fundacional de las ciencias sociales en general, de la historia económica, de la historia de las mentalidades, de la sociología histórica y de la sociología económica. Por ello, investigadores de esas disciplinas no han parado de dar vueltas a las tesis de Weber, para entenderla en su justa medida o modificarla en lo que se considere necesario[2].

En nuestros días una de las más novedosas, o atrevidas, es la del sociólogo e historiador estadounidense Rodney Stark, profesor de sociología en la Universidad Baylor (Texas) y editor fundador del Interdisciplinary Journal of Research on Religion. Es un autor prolífico no totalmente desconocido en España y Latinoamérica. Su obra The Rise of Christianity[3], ha sido doblemente publicada en castellano, primero por la Editorial Andres Bello, traducción de Sergio Coddou[4], después por la Editorial Trotta, traducción de Antonio Piñero[5].

En los últimos años de su labor académica el profesor Rodney Stark, ha dedicado varios de sus obras al análisis del cristianismo en su relación al mundo moderno, la secularización y la visión sesgada de la Edad Media. En¿Cómo ganó Occidente? La historia olvidada del triunfo de la modernidad[6], Stark va decididamente contracorriente y contesta la oposición entre modernidad y cristianismo, desmontado muchos de los mitos que atribuyen al largo imperio cristiano el retraso de las ciencias y de la sociedad, presentando el período medieval como un tiempo de ignorancia y tinieblas por doquier, que se alargó en el tiempo casi hasta la Revolución francesa.

La tesis de Stark, después de una largo recorrido por las grandes civilizaciones de la historia, es que “la ciencia solo surgió en la Europa cristiana porque solo la Europa medieval creyó que la ciencia era posible y deseable”. “El factor más decisivo del auge de la civilización occidental es la dedicación de la mayoría de sus mentes más brillantes a la búsqueda del conocimiento”. Y el fundamento de esa búsqueda se encuentra “en el compromiso cristiano con la teología”, que no se limitó a reflexionar sobre Dios sino que se interesó por toda la realidad. Frente a la narrativa que dice que la ciencia surgió de repente, gracias al triunfo de la razón en Europa, Stark argumenta que “no hubo una revolución científicadurante el siglo XVII. Los brillantes avances conseguidos en esa época fueron la culminación natural del progreso científico, que se remonta a la fundación de las universidades en el siglo XII”.

En la actualidad, Stark está escribiendo un libro sobre el cristianismo en Estados Unidos, en el que analiza el constante declinar las denominaciones protestantes principales, tradicionales —Episcopales, Presbiterianas, Metodistas, Congregacionalistas—, camino de una especie de autodestrucción, patente en la imparable pérdida de membresía, básicamente, según él, por la adopción de una teología que ha olvidado el sentido de la religión, de lo sagrado, la cual hace tiempo dejó de creer en la salvación del alma y en su lugar se dedicó a la salvación del mundo, entendida esta salvación en términos socio-económicos y políticos, generalmente de izquierdas[7].

En su libro titulado La victoria de la razón. Como el cristianismo llevó a la libertad, al capitalismo y al éxito de occidente[8], Stark ajusta cuentas con Max Weber en lo que respecta al papel protagonista del protestantismo en el origen del capitalismo[9], que él, Stark, lo sitúa a partir del siglo IX, en plena Edad Media, mucho menos tenebrosa de lo que se ha pintado. “No hubo una Edad Oscura — asegura—. De hecho, [la Edad Media] fue una época de admirable progreso e innovación, que incluyó el capitalismo”. La idea de que la época medieval fue un periodo de estancamiento “es una caricatura creada por los intelectuales del siglo XVIII, antirreligiosos y amargamente anticatólicos”[10].

Stark, que se definía como no ateo ni religioso, y en la actualidad como “cristiano independiente”, cree que la raíz del triunfo de occidente en materia económica y política, se debe a la concepción cristiana de un Dios “racional”. Es decir, un Dios al que se puede llegar mediante la razón porque todo lo ha hecho racionalmente. La doctrina de un Dios “racional” es una herencia del cristianismo, que a su vez la toma del judaísmo. “El Dios cristiano tiene esto de particular: ha creado el mundo según razón, lo cual implica que las leyes del universo puedan ser – aunque nunca del todo – descubiertas y entendidas por la razón humana”. “La razón es cosa de Dios, en cuanto nada existe que Dios, el Creador de todo, no haya pensado, dispuesto y ordenado según razón – nada que Él no haya querido que pudiera un día ser entendido por la razón. Ya que entender las leyes según las cuales Dios ha creado y ordenado el universo no es fácil (aunque no es imposible, observando con atención el mismo universo), el descubrimiento de estas leyes podrá ser solamente gradual: de aquí la idea del progreso, y de un conocimiento que crece en el tiempo y se perfecciona – otro tema que diferencia al cristianismo de la mayoría de las demás religiones, para las cuales el conocimiento y la sabiduría declinan respecto de una edad del oro originaria e irrepetible, respecto de la cual no es posible progreso alguno sino sólo decadencia”.

“El descubrimiento progresivo de leyes según las cuales funciona el universo es lo que acostumbramos a llamar ciencia. La mera invención de instrumentos útiles, sin teoría, no es ciencia. La teoría no verificada mediante la observación sistemática de la naturaleza, a su vez, no es ciencia, sino filosofía. En este sentido, Stark defiende que “la verdadera ciencia ha nacido una sola vez: en Europa”: y en la Europa cristiana, no en Grecia o en Roma. “Si uno va más a fondo, está claro que la base realmente esencial para el desarrollo de Occidente fue una extraordinaria fe en la razón”, y esto se debe al cristianismo. La victoria fue la victoria de la razón en todos los campos, ciencia, economía, política. “Mientras que las otras religiones del mundo hacían hincapié en el misterio y la intuición, solamente el cristianismo abrazó la razón y la lógica como la principal guía hacia la verdad religiosa… Alentada por los escolásticos y consagrada en las grandes universidades medievales fundadas por la iglesia, la fe en el poder de la razón infundieron la cultura occidental, estimulando la búsqueda de la ciencia y la evolución de la teoría y la práctica democráticas”.

Pensadores de primer orden como Agustín y Tomás de Aquino, explica Stark, celebraban el uso de la razón como un medio para lograr penetrar en las intenciones divinas. Así, cuando tuvo lugar la revolución científica en el siglo XVI, no fue una irrupción repentina del pensamiento secular. Más bien, surgió de siglos de progreso sistemático de los pensadores escolásticos medievales, y se sostuvo por una invención cristiana del siglo XII, las universidades, como las de Padua y Bolonia.

Desde esta perspectiva se puede entender que la actividad económica no tuvo que esperar al protestantismo para prosperar, según Stark. Las órdenes monásticas crearon una suerte de proto-capitalismo

Estimulados por los aumentos de productividad debidos a los avances tecnológicos, los monasterios desviaron la tendencia a una economía de subsistencia hacia un sistema de especialización y comercio. A su vez, esto facilitó el aumento de la economía de moneda, como opuesta al trueque, y la creación del crédito y el préstamo de dinero.

Este tema fue estudiado al detalle con rigor académico por los trabajos eruditos de John T. Noonan[11] y Thomas F. Divine[12]. Los teólogos de la época redefinieron ideas relacionadas con la carga de intereses y los precios justos de los bienes, elementos esenciales para el desarrollo del capitalismo. Stark también dedica amplio espacio a subrayar el desarrollo del capitalismo en las ciudades estado italianas, que estimularon economías prósperas siglos antes la reforma.

Los derechos de propiedad, otra condición previa vital para el capitalismo, también deben sus orígenes al cristianismo. Tanto la Biblia como los teólogos más importantes defienden la propiedad privada. Tomás de Aquino sostenía que el poseer propiedades es inherente a la naturaleza humana.

Encontramos una forma temprana de capitalismo en el París del siglo IX, donde cerca de un tercio de las tierras que se extendían a lo largo del Sena contaban con molinos hidráulicos. Los monasterios invirtieron en este método puntero, de los que obtenían beneficios para dedicarse también a la banca y los préstamos. Y la gente se beneficiaba de tener unos acreedores más comprensivos.

Stark concluye su obra con una llamada de advertencia a la deriva europea, cada vez más lejos de sus raíces cristianas, lo que explicaría su creciente declive en el panorama internacional. Por contra, éxito del cristianismo en todos los países no europeos que emprenden el camino de la modernización científica, de la libertad política y de la economía moderna, explica su protagonismo cada vez mayor. “Muchos no se dan cuenta que en la época de la globalización muchos países en vía de desarrollo primero ven florecer amplias minorías (y a veces mayorías) cristianas y luego avanzan en el plano de la ciencia, de la democracia y de la economía”.

En fin, una obra polémica y sugerente, respecto a un tema sobre el que todavía no se ha dicho la última palabra.

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[1] Vicente Gonzalo Massot, Max Weber y su sombra. La polémica sobre la religión y el capitalismo. Instituto de Investigaciones en Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina, Buenos Aires 1984.

[2] Véase Javier Rodríguez Martínez, ed., En el centenario de La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid 2005.

[3] R. Stark, The Rise of Christianity. How the Obscure, Marginal Jesus Movement Became the Dominant Religious Force in the Western World in a Few Centuries. Princeton University Press, Princeton 1996.

[4] El auge del cristianismo. Editorial Andres Bello, Santiago de Chile / Barcelona 2001.

[5] La expansión del cristianismo. Un estudio sociológico. Editorial Trotta, Madrid 2009.

[6] How the West Won: The Neglected Story of the Triumph of Modernity. HarperOne, San Francisco 2012.

[7] How Denominations Die: The Continuing Self-Destruction of the Protestant “Mainline”. Próxima publicación. En el mismo campo de la religión en Estados Unidos, es realmente interesante su libro America’s Blessings: How Religion Benefits Everyone, Including Atheists. Templeton Press, 2012.

[8] The Victory of Reason. How Christianity Led to Freedom, Capitalism, and Western Success. Random House, New York 2005.

[9] Capitalismo se puede entender de muchas maneras. En la actualidad capitalismo es igual es especulación financiera, depredación de recursos globales. Aquí se entiende capitalismo por actividad industrial con vista al beneficio común, mediante la creación oferta de bienes necesarios a la sociedad. Sin entrar en más valoraciones éticas o políticas.

[10] A este respecto se pueden también se pueden consultar las obras de Rémi Brague, Mitos de la Edad Media. La filosofía en el cristianismo,

el judaísmo y el islam medievales (Nuevo Inicio, Granada 2013); y Jacques Le Goff, padre del medievalismo moderno, El hombre medieval (Alianza, Madrid 1995); ¿Nació Europa en la Edad Media? (Crítica, Barcelona 2003).

[11] John T. Noonan, The Scholastic Analysis of Usury. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts 1957.

[12] Thomas F. Divine, Interest: An Historical and Analytical Study In Economics and Modern Ethics. The Marquette University Press, Milwaukee 1959.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Misión, evangelio y encarnación.



Los desafíos de la diversidad cultural en América Latina[1]

Luis N. Rivera-Pagán[2]


“Yo también canto a América, viajando
con el dolor azul del mar Caribe,
el anhelo oprimido de sus islas,
la furia de sus tierras interiores…
Suene este canto, no como el vencido
letargo de los quenas moribundos,
sino como una voz que estalle uniendo
la dispersa conciencia de las olas…
Yo también canto a América futura.”[3]

Un continente en contradicción

Esa “América futura”, a la que se refiere el poeta Rafael Alberti, uno de los muchos artistas ibéricos que se refugiaron en América Latina tras la derrota de la república española, tiene una historia que ha sido marcada indeleblemente por los esfuerzos de muchos hombres y mujeres de vivir el evangelio en la dirección de la gracia y la misericordia divinas. También, infortunadamente, esa historia es una procesión de amarguras, muchas de ellas causadas paradójicamente por quienes se han erigido como portavoces de la cristiandad. Desde el primer encuentro entre las comunidades autóctonas americanas y los cristianos europeos, a fines de 1492, esa contradicción ha signado nuestra historia.

Aunque la prioridad de quienes se interesan por la cultura latino­americana y caribeña es la contemporaneidad y sus desafíos, no puede descuidarse la historicidad de todo acontecer humano. De otro modo nos arriesga­mos a caer en fórmulas ligeras de peso y superficiales. Superar lo que el crítico litera­rio Arcadio Díaz Quiñones, ha llamado la “política del olvido” de una “historia llena de silen­cios y ocultamien­tos”,[4] se ha convertido en urgencia laboriosa para una pléyade de organizaciones populares e intelectuales vinculadas a los afanes sociales. Se trata, en palabras de Michel Foucault, de “hacer la historia del presente”;[5] en este caso, del laberíntico enlace entre la cultura lati­noamericana y la fe cristiana. Como escribe José Lezama Lima en su gran novela-poema, Paradiso, la sensibilidad creado­ra se compone de dos fases concurrentes: por un lado, la búsque­da del futuro desco­nocido y “sus elementos creadores aún no configurados”, y, por el otro, el “reaviva­miento del pasado, la decisión misteriosa de lanzarse a la incuna­bula…”[6] La memo­ria de los orígenes a los que aquí nos referimos tiene que ver con las comunidades autóctonas y los pueblos afroamericanos.

Jung Mo Sung, en una excelente ponencia titulada “Fome de Deus, fome de pão, fome de humanidade”, nos coloca frente a los retos que nos plantea la globalización neoliberal del tardocapitalismo y su cultura de lucro e insensibi­lidad. Esa insensibilidad se demuestra, no sólo como él bien ha indicado, en la sordera ante el “hambre de pan”, la miseria económica, sino también frente al “hambre de Dios” y el “hambre de humanidad”, que incluyen la espiritualidad y religiosidad particula­res de los pueblos subyugados y menospreciados.[7] El tema de la cultura y la espiritua­li­dad, por consiguiente, cobra vigencia renovada para quienes aspiran a encarnar el evangelio en conformidad a la Palabra hecha carne.[8]

Deseo indicar algunos de los retos que este eje temáti­co suscita respecto a las poblaciones americanas cuyas culturas han sido desdeñadas y minusvaloradas. Estas observaciones se dan en un contexto temporal enigmático, que es tiempo que padece una “sequía mesiánica”, en la sugestiva frase de Elsa Tamez,[9] pero que paradójica­ y simultáneamente preludia, como ha señalado José Duque,[10] un nuevo kairós en el que se manifiesta la obstinación y tenacidad de la esperanza.[11]

De Hatuey a Túpac Amaru: el via crucis de las comunidades autóctonas

Tradicionalmente, las iglesias y teólogos protestantes han tendido a caracterizar de manera sombría los eventos fundantes del descubrimiento, la conquista y la cristianización de América. Y, por cierto, hay mucho criticable y condenable en esa empresa, como fácilmente puede constatarse leyendo las proféticas denuncias de Bartolomé de las Casas, quien como católico ibérico del siglo dieciséis, tenía poca simpatía hacia luteranos y calvinistas.[12] Sin embargo, la realidad es que el mismo nombre de Las Casas muestra que estos sucesos nunca estuvieron exentos de debates y cuestionamientos.

Quizá sea cierto lo que algunos estudiosos han afirmado, a saber, que no ha habido imperio en el que se haya debatido y disputado con tanto vigor la legitimidad de su hegemonía material y espiritual, como el de España en el siglo dieciséis. Es posible que el siempre deseado y nunca conseguido saludable clima de diálogo ecuménico entre católicos y protestantes en América Latina se propicie si, respecto a la cristianización del continente, los primeros, ponen mayor hincapié en sus vulnera­bilidades y fallas y los segundos en sus aportes proféticos y misioneros.[13]

Buena parte del debate en el siglo dieciséis giró sobre la licitud de la conquista militar y política (por ejemplo, la célebre conferencia de Francisco de Vitoria sobre los títulos ilegítimos y legítimos que se esgrimían entonces para arrogarse, mediante la guerra, la soberanía que el teólogo dominico salmantino reconoce que en principio pertenecía a los príncipes nativos).[14] También, sin embargo, se suscitó una controversia teológica aguda y sin cuartel sobre la evangelización de los ameri­canos que versó principalmente alrededor de tres puntos cruciales:[15]

1) Cristianización y culturas autóctonas. Cristianizar a los pueblos autóctonos americanos, ¿conlleva necesariamente la transformación drástica y total de sus hábitos de existencia social? Lo interesante no es que un número considerable de teólogos, juristas y funcionarios europeos niegue todo valor simbólico a las culturas de los pueblos originarios. Eso era de esperarse y el renacer de la filosofía política helénica proveyó el concepto de “bárbaro”, en su variante aristotélica que le atribuye condición de “servidumbre natural”,[16] ampliado para denotar una doble inferiori­dad – la de cultura y la de religión. Lo extraordinario es que hubo teólogos españoles que resistieron ese etnocentrismo y proclamaron los valores de las culturas autóc­tonas.

En la polifonía de voces presentes en el siglo dieciséis está la exclamación disidente, el contrapunteo, de Las Casas, quien escribirá obra tras obra – tratados, histo­rias, crónicas, memoriales, epístolas, denuncias, sermones, guías para confesio­na­rios, hasta su testamento final – tratando de demostrar una tesis central: la plena humanidad, con íntegra racionalidad y libre albedrío, de los nativos de América. Para el fraile dominico, “todas las naciones del mundo son hombres”.[17] Para demos­trar esta tesis escribe una monumental obra, laApologética historia sumaria, el esfuerzo más impresionante de un europeo, blanco y cristiano en aras de demostrar la integridad racional y plena humanidad de pueblos no-europeos, no-blancos y no-cristianos. Todo el objetivo de este extraordinario escrito es evidenciar, de múltiples maneras que: “Todas las naciones del mundo son hombres, y de todos los hombres y de cada uno dellos es una no más la definición… todos tienen su entendimiento y su voluntad y su libre albedrío como sean formados a la imagen y semejanza de Dios…”[18]

Como puede colegirse de estas referencias, el debate sobre el valor de los mundos simbólicos e imaginarios culturales de los pueblos originarios desemboca en la interrogante crucial que, por primera vez, como “voz que clama en el desierto”, lanzaría al ruedo, en 1511, el predicador dominico Antonio de Montesinos: “¿éstos no son hombres? ¿no tienen ánimas racionales?” La controversia sobre las culturas se transformó desde el primer instante en la polémica acerca de la humanidad de los habitantes de estas tierras. Concierne sin duda a la cuestión moderna de los derechos humanos, pero sobre todo a la obligación evangélica y profética de relacionarse con los indígenas en el horizonte de la justicia y la misericordia divinas.[19] Por eso, la próxima pregunta de Montesinos es: “¿no sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?”[20]

2) El valor de la religiosidad, del culto, de los pueblos autóctonos. ¿Son los cultos autóctonos, “semillas del Verbo”, “preparación del evangelio” o, más bien, “mímesis diabólica”? ¿Puede mantenerse vigorosa y creadora la cultura de un pueblo autóctono si se desdeñan y erradican sus cultos? Nuevamente, la primacía la tuvo el nutrido grupo de teólogos y jerarcas eclesiales que catalogó toda la religiosi­dad nativa como “idolatría”, a ser absolutamente extirpada, de acuerdo a las normas veterotestamentarias.[21]

¿Cómo preservar la cultura y simultáneamente desligarla del culto considerado diabólico? Este dilema se convierte en aporía insoluble para teólogos, misioneros y educadores, al mismo tiempo perplejos, fascinados y llenos de pavor ante las peculiaridades de las tradiciones, ritos y ceremonias de los inéditos pueblos que se insertan en el horizonte de poder y saber de los europeos cristianos. Sobre las campañas de los siglos dieciséis y diecisiete en el Perú para extirpar las “idolatrías”, asevera Pierre Duviols: “Es la cultura indígena en su integridad la que está en riesgo de ser prohibida”.[22] El trauma colectivo que esa amenaza conlleva es difícil de imaginar y más doloroso de compartir. De ese esfuerzo contradictorio por salvar unas almas liberándolas del culto de su cultura, nació traumáticamente la paradoja perpetua que es América Latina.

Pero, también aquí sonó con vigor la voz profética. En sus Comentarios reales, el Inca Garcilaso de la Vega diseña una perspectiva alterna, un contrapunteo disidente. Garcilaso reproduce la leyenda según la cual uno de los últimos incas, Hayna Cápac, había intuido que el sol no es sino un instrumento celeste bajo la soberanía de una deidad superior. “El Rey Huana Cápac… dijo entonces: … este Nuestro Padre el Sol debe tener otro mayor señor y más poderoso que él, el cual le manda hacer este camino que cada día hace sin parar…”[23]

Consciente del menosprecio que a manos de cronistas e intelectuales hispanos sufrían las grandes culturas precolombinas, Garcilaso opone la idea de la religiosidad inca como un desarrollo positivo para (1) el predominio entre los nativos andinos de la ley natural o la sociabilidad racional humana y (2) la supera­ción de la idolatría animista en aras de un monoteísmo, solar primero y espiritual luego, en la reveren­cia a Pachacamac – animador trascendental de todo el ser. El culto inca, por consi­guiente, previo al arribo de los misioneros europeos, contenía la noción fecunda de una deidad universal y espiritual.

Es un intento audaz de reconstrucción histórica que pretende ubicar al imperio inca en una posición similar a la que la patrística cristiana confirió a la antigüedad grecolatina. La primacía en el proceso de civilizar a los indígenas y de inculcarles una visión monoteísta y espiritual de la divinidad compete, en esta heterodoxa visión, a protagonistas indígenas, no a los conquistadores españoles. De esta manera, se refuta, desde el interior mismo de la cristiandad mestiza iberoamericana, la noción de los cultos autóctonos como idolatrías satánicas y se les ve como “prepara­ción evangélica”. Se recupera así la principal tradición patrística de lidiar con la gentilidad, la cual se inicia con Justino el mártir y culmina con san Agustín.

3) Conquista evangelizadora o acción misionera. ¿Debe la evangelización ser precedida por la conquista militar o, por el contrario, debe desen­tenderse de ella? ¿Es posible la cristianización pacífica de las comunidades autócto­nas? La mayor parte de los interlocutores, desde fray Ramón Pané,[24] a fines del siglo quince hasta José de Acosta,[25] casi una centuria después, entendieron que la evangeliza­ción de las comuni­dades autóctonas no podía asegurarse sin un alto grado de violencia militar. Esa estrategia o teología misionera podría catalogarse deconquista evangelizadora.

Sin embargo, comenzando con los frailes dominicos de la Española, a principios de la segunda década del siglo dieciséis, se perfiló una teología misionera distinta y opuesta, que podría titularse como acción misionera, la cual se funda exclusivamen­te sobre la persuasión pacífica. La primera recomendación al respecto procedió aparente­mente de fray Pedro de Córdoba, líder de esa congregación religiosa, al recomendar al joven rey Carlos que el primer acercamiento a los indígenas debían hacerlo exclusivamente religiosos, sin la compañía de hombres armados. Esta sugerencia parte, por un lado, de la trágica experiencia de los antillanos, “porque estas islas é tierras nuevamente descubiertas y halladas tan llenas de gentes… han sido y son oy destruidas y despobladas por las grandes crueldades que en ellas los cristianos han hecho…” Utiliza una analogía bíblica para expresar la opresión a que se someten los nativos: “Pharaon y los egiptios aun no cometieron tanta crueldad contra el pueblo de Israel”. Brota también esta visión alterna y disidente de la inicial expresión de una utopía que resurgirá continuamente por todo el siglo dieci­séis: la posibilidad de reconstituir, en el Nuevo Mundo, libre de la decadencia europea, las virtudes del cristianismo apostólico. “Que si entre ellos entraran predi­cadores solos, sin las fuerças e violencias destos malaventurados cristianos, pienso que se pudiera en ellos fundar quasi tan excellente yglesia como fue la primitiva.”[26]

Los dominicos de la Española insisten en la acción misionera desprovista de toda coacción violenta y cautiverio forzoso. “Se podrán traer las gentes de aquel Nuevo Mundo que Dios dio a V. M., al yugo suave de Cristo y su fe… sin que los tomen sus cosas por fuerza, y les conserven sus señoríos, excepto la suprema jurisdicción que es de V. M., ni los asuelen… y no de presto como agora se hace hasta verlos matar.”

En caso de que la corona y sus consejeros no consideren factible la evangelización de los indígenas sin mediar acciones bélicas, proponen una medida radical, que no sería atendida: dejarlos quietos en su infidelidad y aislamiento. “Si… lo tienen por imposible… desde agora suplicamos a V. M., por el bien que queremos a su real conciencia y ánima, que V. M. los mande dejar, que mucho mejor es que ellos solos se vayan al infierno, como antes, que no que los nuestros y ellos, y el nombre de Cristo sea blasfemado entre aquellas gentes por el mal ejemplo de los nuestros y que el ánima de V. M., que vale más que todo el mundo, padezca detrimento.”[27]Es preferible, de acuerdo a esta óptica profética y evangélica, la libertad y la vida, que la servidumbre y la muerte, aunque éstas se enmascaren sacrílegamente con el nombre del crucificado.[28]

Quizá en ningún otro momento de la historia las polémicas teológicas cobraron mayor vigencia política y social. Estos tres puntos en debate – el valor de las culturas autóctonas, la validez de sus cultos y el uso de la fuerza militar como estrategia misionera – sacudieron las mentes y los corazones de los principales teólogos españoles del siglo dieciséis, y conmovieron drásticamente los cimientos de las comunidades nativas americanas. No son notas al calce en la historia de nuestros pueblos, que interesen únicamente a eruditos. Fueron elementos decisivos en la formación de una cristiandad colonial, en su florecimiento barroco, y, finalmente en su colapso.[29] Mantienen su vigencia a flor de piel, ya que apuntan al meollo de los que nos toca conside­rar hoy, en los albores de un nuevo milenio de la cristiandad: la relación entre los temas perennes de la encarnación/kenosis, las culturas de los pueblos y las teologías en las que éstos pretenden manifestar sus peculiares paradigmas y cosmo­visiones y su sensibilidad ante lo sagrado y trascendental. Todo ello en contextos sociales en los que imperan, como en el siglo dieciséis, estructuras de violencia, sojuzgamiento y deshumanización. Son controversias ciertamen­te políticas y sociales, pero también eminentemente teológicas, que ponen en juego el entendimiento y la vivencia de la fe. Giran sobre todo acerca del asunto que nos interesa en este encuentro: ¿qué significa hoy que la Palabra se hace carne? ¿cuál es la justa relación entre el evangelio del verbo encarnado y las culturas de nuestros pueblos?

De esa tortuosa polémica surge, además, la utopía de una iglesia solidaria con los pobres y humillados de la tierra. La describe, en lúcida alucinación, el anciano Bartolomé de las Casas, cargada su alma de fatigas y amarguras, pero con la misma tenacidad de siempre, en su epístola postrera al papa Pío V,[30] en la que anuncia, a contrapelo de las hegemo­nías contemporáneas, el nacimiento de una iglesia pobre, que restituye los bienes habidos por los sudores y sangres de los oprimidos, que conoce y respeta los idiomas de los pueblos, que se identifica con sus culturas, que se humilla con los menospre­ciados, y que, en última instancia, de ser indispensable está dispuesta a ofrendar la vida en oblación por los perseguidos.

El retorno de Quetzalcóatl

De esa tradición de la utopía de la iglesia profética también ha florecido un nuevo interés por repensar la vivencia y el entendimiento de la fe desde la óptica de las comunidades autóctonas americanas.[31] En este contexto sólo pueden apuntarse breves notas sobre los aportes significativos que este esfuerzo de repensar hace a la reflexión teológica general. Son temas claves en el quehacer teológico y eclesial indígena, pero que reclaman la atención de todos los interesados en el futuro de nuestros pueblos y su espiritualidad.

1) La tierra como don divino y madre de la comunidad. El tema de la tierra es crucial en todo diálogo teológico con los pueblos originarios americanos. Es natural que así sea, ya que fue la tierra de lo primero que fueron despojados. Sirve, además, de recordatorio de la centralidad que la promesa de la tierra tiene en las escri­turas hebreocristianas, desde el pacto divino con Abraham (Génesis 12: 1) hasta la visión escatológica de la nueva Jerusalén (Apocalipsis 21: 10). Este asunto se entron­ca, sin duda, con la prelación que ahora recibe el tema de la naturaleza y la supera­ción del antropocentrismo occidental, como ha percibido y reiterado desde desde hace varias décadas Leonardo Boff[32] y, más recientemente, el papa Francisco en su muy provocadora encíclica Laudato Si’.

2) La comunidad como matriz de la persona. Nuestro imaginario simbólico occidental agoniza respecto a la individualidad. El Iluminismo europeo ponía sus ilusiones en la razón del individuo ilustrado como vehículo de liberarse de tutelajes ideológicos que laceran la autonomía humana.[33] El valor de esta postura, en medio de las actuales críticas posmoder­nas, es innegable. Pero, también es indudable la ruptura espiritual que provoca la escisión entre la persona y su comunidad. Esto requiere que prestemos atención a la espiritualidad comunitaria de pueblos que han resistido con mayor eficacia la alienación individualista que aqueja a Occidente, esa que llevó a Camus a aseverar, en tono heroico, que “no hay más que un problema filosófico verdadera­mente serio: el suicidio.”[34]

3) Ritos, ceremonias y mitos. La discusión ecuménica tradicional se ha dado entre las diferentes iglesias cristianas, sobre todo las que comparten la adhesión a las doctrinas formuladas en los cuatro primeros concilios (Nicea, Constantinopla, Efeso y Calcedonia). Sin embargo, las comunidades autóctonas, al igual que los pueblos afroamericanos, reclaman el respeto y reconocimiento a sus expresiones religiosas, recogidas en sus mitos, ceremonias y ritos. El diálogo interreligioso se superpone al ecuménico tradicional y se amplía el espacio de la tolerancia a las espiritualidades alternas.[35]

4) La fiesta de la comunidad. La vida de los pueblos indígenas es trabajosa y, en ocasiones raya en la miseria. Bartolomé de las Casas los llamó “los más pobres de los pobres”, condición que en muchas lugares de América no se ha alterado. Sin embargo, en ocasiones fundamentales la comunidad se reúne y festeja su existencia. Rigoberta Menchú, quien lleva sobre sus espaldas una historia de dolores y penas, dedica, sin embargo, buena parte de su fascinante autobiografía a describir las fiestas de su pueblo, como expresiones de regocijo y gratitud por la vida y de solidaridad en el sufrimiento.[36] Nuestras congregaciones quizá puedan aprender algo de esta tradi­ción de la fiesta como celebración de la vida y rescatar así nuestro esparcimiento de la banalidad en la que se ha deteriorado.

5) La dualidad sagrada. La formación del patriarcado occidental ha sido objeto de mucho estudio y crítica.[37] Sin caer en posturas románticas que distorsionen la historia de las comunidades autóctonas, quizá sea cierto que predomina en éstas una concepción dual de la divinidad que puede contribuir a superar el androcentrismo y la misoginia occidentales. Los rostros femeninos de Dios se muestran encarnados en los pueblos originarios, aquellos que lactaron la infancia de nuestras patrias americanas. Podría aseverarse que la popularidad de los cultos marianos en América Latina y el Caribe se monta en buena medida sobre previos cultos autóctonos a diosas madres. Esto ha sido estudiado fructíferamente en relación a la Virgen de la Guadalupe/Tonactinzin, en México, y la Virgen de la Caridad del Cobre/Atabey, en Cuba.[38]

De Santiago a Ogún Fai: Los desafíos teológicos de los pueblos afroamericanos

En comparación con los considerables ensayos teológicos sobre las comunidades autóctonas, relativamente poco se ha escrito acerca de las afroamericanas.[39] Esa situa­ción sorprende, ya que los trabajos sobre la diáspora del pueblo africano y su exube­rante vida espiritual en los territorios del nuevo mundo son innumerables y de primera categoría. De las reflexiones que se han llevado a cabo, surgen varios temas significativos para una teología que aspire a ubicarse en la dirección de la encarna­ción de la Palabra y la encarnación del evangelio.

1) La diáspora. Si la tierra es un eje temático significativo para las comunida­des indígenas, para las afroamericanas lo es el desarraigo, el destierro forzado. Con violencia fueron sustraídos de sus poblaciones nativas y llevados a tierras extrañas, ubicados en un ecosistema desconocido y foráneo.[40] Son pueblos de la diáspora, compelidos a reconstruir su mundo espiritual en extraños suelos y diferentes cielos. El tema bíblico de la diáspora adquiere en este contexto, vigencia renovada.[41]

2) El cautiverio. La esclavitud es un eje histórico crucial para la conciencia de los pueblos afroamericanos. El excepcional debate teológico y jurídico sobre la servi­dumbre y la esclavitud en el siglo dieciséis concernía a las comunidades aborígenes; mientras tanto, América se llenaba de caras y cuerpos africanos forzados a padecer feroz esclavitud. En medio del auge del mercado de africanos y su introducción a las costas del Brasil, el jesuita Antonio Vieira, resume desde el púlpito la justificación teológica imperante: “El cautiverio de ustedes no es una desgracia sino un gran milagro, porque sus padres estarán en el infierno por toda la eternidad mientras que ustedes se salvarán gracias a la esclavitud.”[42] Parece olvidar que el cautiverio es amargo tema central en las escrituras sagradas cristianas.[43]

3) La maldición de Noé. Si las etnias aborígenes se definen predominante­mente por categorías culturales más que biológicas, en las comunidades afroameri­canas, la negritud se ha impuesto como signo de inferiorización social. Lo negro se degrada y menosprecia y parece imposible escapar de ese estigma. La hermosa piel de ébano se convierte en prisión de cuerpos y almas, de la cual se liberaría sólo tras una larga lucha contra el menosprecio y minusvaloración. La negritud se identifica con la esclavitud y se legitima mediante el uso ideológico de la leyenda bíblica que narra la maldición de Noé a su hijo Cam (Génesis 9: 18-27).[44]

4) El sincretismo. Estudios recientes sobre la religiosidad de los pueblos afro­americanos ha revelado una excepcional estrategia de simulación carnavalesca, mediante la cual su peculiar sensibilidad espiritual aprende a sobrevivir en contex­tos hostiles. Es un mestizaje cúltico distinto al elaborado por las comunidades autóc­tonas y que, por ende, presenta desafíos diferentes a quienes buscan nuevas viven­cias y entendimientos del evangelio. El carnaval, que en América logra su esplendor entre las comunidades afrodescendientes, se transmuta en metáfora jubilosa de este peculiar sincre­tismo.[45]

5) La música. No hay manera de respetar culturalmente a las comunidades afroamericanas sin reconocer la enorme vitalidad de su memoria histórica la cual se refleja no tanto en los relatos míticos, como entre los pueblos autóctonos, sino en el ritmo y la música. En éstos el pueblo negro expresa su endecha y tristeza, pero también su enorme capacidad de resistencia y esperanza. Desde su primera novela, ¡Ecué-Yamba-Ó! Historia afrocubana (1927/1933), hasta sus últimas,Concierto barroco (1974) y La consagración de la primavera (1978), el escritor cubano Alejo Carpentier percibió la centra­lidad vital de la música, sobre todo la ligada a los tambores, para expresar y preservar la espiritualidad afroantillana.[46]

Son estos temas de evidente primario interés teológico no sólo para los afroame­rica­nos, sino también para todos los interesados en desvelar claves hermenéuticas para la renovación del pensamiento eclesiástico en los albores del nuevo milenio.[47] Provo­can desafíos cruciales para la encarnación del evangelio en la historia de los pueblos cuya identidad cultural ha sido subyugada y menos­preciada. Abarcan angustias y esperanzas expresadas en un canto creole que recoge Carpentier en una de sus novelas:


“Yenvalo moin Papa!
Moin pas mangé q’m bambó
Yenvalou, Papá, yanvalou moin!
Ou vlai moin lavé chaudier,
Yenvalo moin?”

“¿Tendré que seguir lavando las calderas?
¿Tendré que seguir comiendo bambúes?
¡Oh, padre, mi padre,
cuán largo es el penar!”[48]
Posludio: el renacer de una utopía

El escritor peruano José María Arguedas[49] y el cubano Alejo Carpentier[50]vislumbraron, décadas atrás, el significado de los reclamos que hacen los pueblos autóctonos y los afroamericanos. Se trata, por un lado, de la reconstrucción del concepto de la nación, de manera que incluya la polifonía, no siempre sinfónica, de etnias, culturas, espiritualidades, lenguas y religiosidades, libres de esquemas de impuesta uniformización. Pero, también, por el otro, sus obras señalan hacia una posible nueva lectura teológica de la historia cultural americana, hacia una recon­ceptualiza­ción de la vivencia y el entendimiento de la fe, en la que se reanuden, en sorprendente irrupción del Espíritu, los diálogos plurales de Pentecostés[51] y se diseñen inéditos senderos de inculturación del evange­lio.[52]

Es significativo que la última novela de Arguedas – El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971) – culmina su parte narrativa con la lectura por un sacerdote, el padre Cardozo, del poema paulino sobre el amor (I Corintios 13) y la meditación acerca de las implicaciones de este texto para los actuales conflictos sociales y cultura­les peruanos. Y, por el otro lado, las inquietantes secciones autobiográficas de esta dolo­rosa obra concluyen en un extraño soliloquio, en buena medida dirigido a “Gustavo [Gutiérrez] el teólogo del Dios liberador”, acerca de la pugna, de enormes consecuen­cias, entre el Dios de los poderosos y el liberador, “Aquel que se reinte­gra”.[53] Por su parte, Carpentier concluye uno de sus últimos relatos, Concierto barroco (1974), con un concierto de Louis Armstrong, que hace exclamar al narrador: “la Biblia volvió a hacerse ritmo y habitar entre nosotros…”[54] El ritmo sagrado, nutrido por las oracio­nes y plegarias de los pueblos negros sufridos y subyugados se transmu­ta, en este delicioso relato, en anuncio de una nueva encarnación de la Palabra.

No es algo que carezca de anticipos en nuestra historia. José Lezama Lima, el brillante escritor cubano, ha afirmado, en abierto desafío a los esquemas didácticos tradicio­nales, que lo esencial del arte barroco americano del siglo dieciocho no estri­ba en calco alguno de paradigmas europeos, sino en síntesis mestizas geniales entre lo europeo/hispánico, lo autóctono/indígena y lo negro/africano. Es un mestizaje excepcional de símbolos e imágenes artísticos de orígenes diversos que busca plasmar el destino de nuestros pueblos en creaciones culturales de porte claramente religioso.[55]
Laós y éthnos: la revolución paulina

La voz griega éthnos no tiene una buena historia. En el siglo dorado filosófico de Atenas, adquiere el sentido peyorativo de gente fuera del palio de la lengua y la cultura helénicas, acercándose semánticamente al térmi­no bárbaros. En la Septua­ginta se encuentra una disyuntiva antagónica clave entre el “pueblo” (laós) de Dios y las “naciones paganas o gentiles” (éthnê). Aunque crea todas las naciones (éthnê), Dios otorga a Israel la distin­ción exclusiva de ser su pueblo (laós). El judaísmo hele­nístico practica con intensi­dad el proseli­tismo, pero conserva e inten­sifica la diferen­cia entre laós y éthnê. Los conver­sos deben adoptar las tradiciones cúlticas y cultura­les de Israel; las naciones gentiles se abocan a la condenación perpe­tua.[56]

En este contexto, las últimas palabras de Pablo en los Hechos de los Após­tolesconllevan una revolución copernicana en la concepción bíblica de la providencia divina. “Sabed, pues, que esta salvación (tò sôtêrion toû theoû) ha sido enviada a los gentiles (toîs éthnesin); ellos sí que la oirán (Hechos 28: 28 BJ). La gracia de Dios se proclama a las éthnê, a las etnias. Se otorga a todas las etnias la posibilidad de integrar el pueblo de Dios, dejando a un lado las discriminaciones y prejuicios cúlti­cos y culturales que han pretendido arrogarse el privilegio de la providencia divina. Es evidente que en Hechos éthnos y éthnê tienen un sentido que no se limita a lo racial, incluye lo que hoy llamamos, en una connotación muy amplia, cultura.

Las concepciones y prácticas misioneras del cristianismo, sin embargo, han tenido en ocasiones el efecto de reconstituir la distinción entre el laós de Dios y las éthnê, identifi­cándose el primero con la cultura occidental, blanca y septentrional y las segundas con las culturas no-occidentales, oscuras y meri­dionales. La apertura multiétnica que Pablo da al evangelio cobra pertinencia actual, en un momento en que los pueblos y comunidades indígenas y afroamerica­nas reclaman pleno respeto y dignidad para sus culturas. Herederos y herederas de esa historia, debemos prestar especial aten­ción a las palabras conque Pablo culmina su transformación radical del mensaje bíblico. “Esta salvación ha sido enviada a las etnias; ellas sí que la oirán”.

Esta perspectiva teológica no conlleva necesariamente la negación de las tradi­ciones propias: del seno de la cristiandad occidental extrae Barto­lomé de las Casas la irónica palabra desenmascaradora y al encarnarla imparte autén­tica conti­nuidad al linaje profético. Lo que sí implica es el dejar de lado la separación tradicional entre “pueblos civilizados”, con sus prerroga­tivas y privilegios de dominio, y “pueblos atrasados”, destinados a someterse al arbi­trio de los primeros, lo que Edward Said ha llama­do “la distinción ontológica funda­mental entre Occidente y el resto del mundo…”[57]

Igualmente conlleva superar, en el derecho y en el hecho, en la subjetividad perso­nal y en la objetividad social, la dolorosa realidad actual que identifica Gustavo Gutiérrez cuando sentencia que todavía “hoy los pueblos indíge­nas y la amplia población negra de este continente siguen viendo pisoteados sus modos de vida, sus valores, sus costumbres, su derecho a la vida y a la libertad”.[58] La postura, que perdura en intelectuales metropolitanos décadas después de haberse disuelto el imperio, como es el caso de Ramón Menéndez Pidal – “Todos los pueblos son iguales en cuanto a los derechos sagrados de su personal dignidad, pero son muy desi­guales en cuanto a su capacidad mental, y los pueblos más inventi­vos, que impulsan la civilización, son muy distintos de los que la reci­ben, y muy distintos también los derechos y los deberes de los unos y los otros”[59] – y que asoma incluso en pensadores liberales como John Stuart Mill – “Los deberes sagrados de respeto a la independencia y nacionalidad recíprocas que vinculan a los pueblos civilizados, no rigen respecto a aquellos pueblos para quienes la indepen­dencia y la nacionalidad son males ciertos o, al menos, bienes dudosos”[60] – muestra hoy con claridad innega­ble sus pies de barro.

En la relación entre la cultura humana y la fe cristiana, cada pueblo aporta su particularidad, aquello que lo signa y señala en su unicidad histórica. Bajo la bandera de la universalidad de la fe y la unidad de la iglesia se ha ocultado con frecuencia una siniestra amenaza contra la identidad y la cultura popula­res. Las señales de los tiempos indican que ha llegado una era de reivin­dicación, en el horizonte de las pluriformes comunidades de fe, de los hombres, y las mujeres, del maíz. Sólo espero que este sencillo ejercicio histó­rico-teológico, este buceo arqueológico,[61] sea también un humilde aporte a esa reafirmación de la dignidad de quienes Bartolomé de las Casas tantas veces llamó “los más pobres de los pobres”.

Páginas atrás aludí a la utopía de la iglesia solidaria, tal cual se vislumbra en la epístola que Bartolomé de las Casas escribiese al Papa Pío V, al final de su larga y azarosa vida. Es una iglesia en la que los subyugados y menospreciados tienen lugar privilegiado en la mesa de la cena, en la que los preteridos se convierten en preferi­dos. Como toda utopía humana, ésta, que se funda sobre las tradiciones más precia­das de la memoria cristiana, sufre el implacable desgaste de las desilusio­nes y frustraciones que caracterizan a toda historia humana y sus ambigüe­dades. Pero, también retoña perennemente en cantos de vida y esperanza, si se me permite aludir a unos versos de rebeldía y ensueño del gran poeta nicaragüense Rubén Darío, y exclama, en medio del pesimismo y resignación finiseculares:


“He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido fieles en la desilusión…
¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora.”[62]

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[1] Ponencia leída en la “Conferencia Magistral 2016: Identidades Protestantes y el Primer Congreso Misionero Panamá 1916”, auspiciada por el Centro de Estudios para Iglesia y Comunidad Latina, del Seminario Teológico de Fuller, en Pasadena, California, el 9 de febrero de 2016.

[2] Profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Es autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992),Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas(1999), Essays from the Diaspora (2002), Teología y cultura en América Latina(2009), Peregrinajes teológicos y literarios (2013), Ensayos teológicos desde el Caribe (2013) y Essays from the Margins (2014).

[3] Rafael Alberti, “Yo también canto a América”, El poeta en la calle (Madrid: Ediciones Aguilar, 1978), 91.

[4] Arcadio Díaz Quiñones, La memoria rota: Ensayos sobre cultura y política (Río Piedras: Ediciones Huracán, 1993).

[5] Michel Foucault, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (México, D. F.: Siglo XXI, 1995), 37.

[6] José Lezama Lima, Paradiso (Madrid: Cátedra, 1993), 498-499. Lezama usa la voz latina incuna­bula, que se refiere a los orígenes, la infancia.

[7] En Hope and Justice for All in the Americas: Discerning God’s Mission, Oscar L. Bolioli, ed. (New York: Friendship Press, 1998), 35-42. Véase también su libro, que recoge su disertación doctoral, Teologia e economia: repensando a teologia da libertaçao e utopias (Petrópolis, RJ: Vozes, 1994).

[8] Se están dando los pasos correctivos, en los círculos teológicos latinoamericanos, para enfrentar los temas álgidos de la cultura y la religiosidad populares, como lo demuestran algunos de los ensayos contenidos en las memorias de la cuarta jornada teológica de la Comunidad de Educación Teológica Ecuménica Latinoamericana-Caribeña. José Duque, ed., Por una sociedad donde quepan todos: teología de Abya-Yala en los albores del siglo xxi (San José, Costa Rica: Comunidad de Educación Teológica Ecuménica Latinoamericana-Caribeña/Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1996).

[9] Elsa Tamez, “Cuando los horizontes se cierran: Una reflexión sobre la razón utópica de Qohélet“, Cristianismo y sociedad, año 33, núm. 123, 1995, 7.

[10] José Duque, “El espíritu protestante en el quehacer de la Teología de la Liberación”, Por una sociedad donde quepan todos, 121.

[11] Entre las muchas obras que manifiestan esta obstinación y tenacidad de la esperanza se destaca la de Pablo Freire, Pedagogía de la esperanza: un reencuentro con la pedagogía del oprimido (México, D. F.: Siglo XXI, 1993), en la que el gran educador pasa revista a su vida y su obra y las ubica en los torbellinos que han sacudido a América Latina durante la segunda mitad del siglo veinte.

[12] Sobre Las Casas y su extraordinario esfuerzo profético, historiográfico, teológico y eclesial para lograr que las relaciones entre los cristianos europeos y los pueblos originarios se conduzcan de acuerdo a la justicia divina y al evangelio, se ha escrito sinnúmero de obras. Entre ellas: Luis N. Rivera Pagán, Evangeliza­ción y violencia: la conquista de América (Río Piedras: Ediciones Cemí, 1992) y Gustavo Gutiérrez, En busca de los pobres de Jesucristo: el pensamiento de Bartolomé de las Casas (Lima: Institu­to Bartolomé de las Casas, 1992; Salamanca: Ediciones Sígueme, 1993). Esta obra es la culminación de tres décadas de reflexión de Gutiérrez sobre la historia de la teología profética y liberadora en América Latina.

[13] Un aporte valioso a este proceso de autocrítica, saludable para el diálogo ecuménico, es el artículo de Giacomo Cassese, “Hispanos bajo la sombra de la Leyenda Negra: Historia de una controversia religio­sa”, Apuntes, año 18, núm. 1, primavera de 1998, 14-27.

[14] Obras de Francisco de Vitoria: Relecciones teológicas. Edición crítica del texto latino, versión española, introducción general e introducciones con el estudio de su doctrina teológico-jurídica (ed. Teófi­lo Urdanoz, O. P.) (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1960).

[15] He desarrollado esta cuestión con mayor amplitud en mi ensayo “La evangelización de los pueblos americanos: algunas reflexiones históricas”, enEtnias, culturas y teologías (Manuel Quintero, ed.) (Quito, Ecuador: Consejo Latinoamericano de Iglesias, 1996), 25-57.

[16] Entre los muchos ejemplos basta uno: Uno de los artífices de las “leyes de Burgos” (diciembre de 1512), el licenciado Gregorio, dice que los indígenas, de acuerdo a las categorías de Aristóteles “son siervos y bárbaros… que, según todos dicen, son como animales que hablan”. Citado por Bartolomé de las Casas, enHistoria de las Indias (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), l.3, c. 12, t. 2, 472.

[17] Historia de las Indias, l. 2, c. 58, t. 2, 396.

[18] Apologética historia sumaria (ed. Edmundo O’Gorman) (2 vols) (México, D. F.: Universidad Nacio­nal Autónoma, 1967), l. 3, c. 48, t. 1, 257-258.

[19] Las dictaduras militares del cuarto de siglo que hubo entre 1964 y 1989 nos enseñaron lo indispensable del respeto a los derechos civiles y humanos básicos, despreciados a veces por la izquierda radical, la cual pagó un precio extremo por ese desdén. Sin embargo, la teología latinoamericana de liberación tiene razón al destacar, como aporte propio de la conciencia cristiana arraigada en los textos bíblicos proféti­cos y evangélicos, los derechos de los pobres, excluidos y despojados. Cf. Luis N. Rivera Pagán, “Los sueños del ciervo: justicia y esperanza solidaria”, Cristianismo y sociedad, año 33, núm. 123, 1995, 33-35.

[20] El sermón de Montesinos lo conocemos gracias a Bartolomé de las Casas, quien lo reproduce en su Historia de las Indias, l. 3, c. 4, t. 2, 441-442.

[21] Cf. para el mundo cúltico andino Pierre Duviols, La lutte contre les religions autochtones dans le Pérou colonial: l’extirpation de l’idolatrie entre 1532 et 1660(París-Lima: Institut Français d’Études Andines, 1971) y para el de Mesoamérica Robert Ricard, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-24 a 1572 (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986). Duviols ha sentenciado que “la démonologie fut sans doute la science théologique la mieux partagée parmi le conquérants et colonisateurs…” (La lutte…, 29).

[22] Ibid., 240: “C’est la culture indigène tout entière qui risque de tomber sous la coup de l’interdit”.

[23] Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales (2 tomos) (México, D. F.: Secretaría de Educación Pública – Universidad Nacional Autónoma, 1982), tomo 2, IX. 10, 338. Esta obra ha sido acusada de reconstrucción interesada del pasado, pero es una crítica que en mayor o menor medida vale para todas las historias escritas en los siglos dieciséis y diecisiete sobre el surgimiento de América Latina. De ahí la excelente expresión de Edmundo O’Gorman – “la invención de América”. Lo central quizá radica en la clásica frase ciceroniana: ¿cui bono? ¿Para el beneficio de quién y desde la perspectiva de quién se escri­be?

[24] Relación acerca de las antigüedades de los indios (ed. por José Juan Arrom) (México, D. F.: Siglo XXI, 1987).

[25] De procuranda indorum salute (Predicación del evangelio en las Indias, 1588) (ed. Francisco Mateos, S. J.) (Madrid: Colección España Misionera, 1952).

[26] Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, sacados de los Archivos del Reino y muy especialmente del de Indias (42 vols.) (Joaquín Pacheco, Francisco Cárdenas y Luis Torres de Mendoza, eds.) (Madrid: Imp. de Quirós, 1864-1884), vol. 11, 217-218. La misiva es del 28 de mayo de 1517.

[27] Ibid, vol. 11, 243-249.

[28] La postura asumida por los dominicos de la Española culminará en el voluminoso tratado de Bartolo­mé de las Casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión. Por medio de un extenso tratamiento teórico acerca de la relación intrínseca entre la fe cristiana, la libertad y la predi­cación en paz, pleno de citas bíblicas, patrísticas, canónicas, filosóficas y teológicas, reitera Las Casas que la conversión es genuina sólo si está desprovista de toda coerción, si se logra mediante “la persuasión del entendimiento por medio de razones y la invitación y suave moción de la voluntad”. Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1942), 7.

[29] Para la formación de la cristiandad colonial, véase Luis N. Rivera Pagán, Entre el oro y la fe: El dilema de América (Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1995); para su floreci­miento barroco, el hermoso libro de José Lezama Lima, La expresión americana (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1993, la edición original es de 1957), y para su colapso el fascinante relato de Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios (Nueva York: Penguin Books, 1994). He ensayado una lectu­ra histórico-teológica de esta novela en “Sierva María de Todos los Ángeles. El amor y la virgen endemoniada en Gabriel García Márquez”, Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (Río Piedras: Publicaciones Puertorriqueñas, 1996), 129-173.

[30] Se reproduce en Fray Bartolomé de Las Casas: Doctrina (ed. de Agustín Yáñez) (México, D. F.: Universidad Nacional Autónoma, 1941), 163-165. Esta carta conlleva una audaz violación del pase regio, al comunicarse directamente con el Papa sin pasar por el conducto del Consejo de Indias castellano, mecanismo de control estatal que hasta entonces Las Casas había acatado. Es un reclamo de reconstruir la función histórica de la iglesia americana ubicándola, sin ambivalencia ni ambigüedad, en el sendero de la liberación. In nuce, por tanto, la misiva contiene una eclesiología nueva y desafiante. La analizo en Essays from the Margins, 1-26.

[31] Cf. Paulo Suess, La nueva evangeli­zación: Desafíos históricos y pautas culturales (Quito: Ediciones ABYA-YALA, 1993); Paulo Suess (organizador), Culturas y evangelización: La unidad de la razón evangélica en la multiplicidad de sus voces(Quito: Ediciones ABYA-YALA, 1992); Paulo Suess, Evange­lizar desde los proyectos históricos de los otros: diez ensayos de misionología (Quito: Ediciones Abya-Yala, 1995); Manuel Marzal et al., Rostros indios de Dios (Quito: Ediciones ABYA-YALA, 1991); y, Búsqueda de Espacios para la vida: Primer encuentro continental de teologías y filosofías afro, indígena y cristiana (Cayambe, Ecuador, 1994) y, de varios autores, Los pueblos de la esperanza (Quito: Ediciones Abya-Yala/Consejo Latinoamericano de Iglesias, 1996).

[32] Leonardo Boff, La dimensión política y teológica de la ecología (La Habana: Consejo Ecuménico de Cuba y Centro Memorial “Dr. Martin Luther King, Jr.”, 1994).

[33] Cf. Bernardo Campos, “Educación cristiana y cultura andina”, en Por una sociedad que quepan todos, 318-321.

[34] Albert Camus, El mito de Sísifo (Buenos Aires: Editorial Losada, 1975), 13.

[35] Véase la ponencia de José Míguez Bonino (“Hacia un ecumenismo del espíritu”), presentada en enero de 1995 a la tercera asamblea general del Consejo Latinoamericano de Iglesias, y la reacción de la teólo­ga brasileña Nancy Cardoso Pereira (“Ecumenismo e pluralidade religiosa”). Renacer a la esperanza (Quito: Consejo Latinoamericano de Iglesias, 1995), 31-38 y 147-150. Cardoso Pereira desafía al ecume­nismo tradicional en términos que suscitaron debate en el cónclave: “Creio que toda a reflexão sobre o tema parte de um desafio: não há um só Deus, não há um só Senhor, Jesus Cristo e não há um único povo de Deus. Faz pouco tempo que estamos aprendendo a conviver com experiências religiosas plurais que escapam das premissas fundantes do cristianismo e tratamos de nos acostumar com a realidade latino-americana e os muitos deuses e deusas… as muitas mediaçoes salvadoras e as diversas formas de se entender como povo na relação com o sagrado” (147). Manuel Quintero ha indicado, con razón, que el pluralismo religioso cada vez más es un signo esencial de toda América Latina. Señala el crecimiento del pentecostalismo, la revitalización de las religio­nes étni­cas (indoamericanas y afroamericanas) y el auge de lo que se ha dado en llamar “los nuevos movimien­tos religiosos”. “Oikoumene: Venturas y desventuras en la antesala del tercer milenio”, Cristianismo y sociedad, vol. 33, no. 124, 1995, 43-58. Cf. Carlos Duarte, Las mil y una caras de la religión. Sectas y nuevos movimientos religiosos en América Latina (Quito, Ecuador: CLAI, 1995). En su intervención escrita para esta Consulta Misioló­gica, Walter Altmann acentúa certeramente las oportunidades y peligros que el pluralismo creciente presenta a las principales confesiones cristianas y al movimiento ecuménico. Walter Altmann, “Religious Pluralism and the Emergence of the Excluded: Challenges to Ecumenism and Mission in Latin America,” Hope and Justice for All, 119-151.

[36] Rigoberta Menchú y Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (México, D. F: Siglo XXI, décima edición, 1994).

[37] Cf. Gerda Lerner, The Creation of Patriarchy (New York: Oxford University Press, 1986).

[38] Esta última refleja un mestizaje de mayor complejidad que la primera, ya que parece involucrar también a la deidad femenina yoruba Oshun. Véase Antonio Benítez-Rojo, The Repeating Island: The Caribbean and the Postmodern Perspective (Durnham and London: Duke University Press, 1992), 12-16, 52-53.

[39] Véase Cultura negra y teología, por varios autores, (San José, Costa Rica: Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1986).

[40] Por eso, en la gran novela de Alejo Carpentier, El reino de este mundo, Mackandal, el líder de la sublevación negra, tiene que comenzar su estrategia de insurrección, conociendo el hábitat haitiano, sobre todo el potencial uso militar de las hierbas venenosas.

[41] Para un tratamiento teológico del tema de la diáspora, véase Carmelo Álvarez,Una iglesia en diáspora: apuntes para una eclesiología solidaria (San José, Costa Rica: Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1991).

[42] Citado por Paulo Suess, Evangelizar desde los proyectos históricos de los otros: diez ensayos de misionología (Quito: Ediciones Abya-Yala, 1995), 82. La referencia es a una homilía predicada en 1633. El historiador Carlos Esteban Deive indica que en el siglo dieciséis la mayoría de los esclavos negros en la Española morían sin recibir el sacramento del bautismo. La esclavitud del negro en Santo Domingo (1492-1844) (2 vols.) (Santo Domingo: Museo del Hombre Dominicano, 1980), 386. El jesui­ta Alonso de Sandoval, a principios del siglo diecisiete, censura con vigor el descuido enorme de la vida religiosa de los esclavos. Naturaleza, policia sagrada i profana, costumbres i ritos, disciplina i catecismo evangeli­co de todos etiopes [(Sevilla, 1627; 2da. ed. revisada, 1647). Vuelto a editar como Un tratado sobre la esclavitud (introducción, transcripción y traducción de Enriqueta Vila Vilar) (Madrid: Alianza Edito­rial, 1987)].

[43] Hans de Wit, En la dispersión el texto es patria: Introducción a la hermenéutica clásica, moderna y posmoderna (San José, Costa Rica: Universidad Bíblica Latinoamericana, 2002); Leonardo Boff, Teología desde el cautiverio(Bogotá: Indo-American Press Service, 1975).

[44] Ya el portugués Gomes Eanes de Zurara apelaba, en 1453, en su Crónica de Guinea, a la maldición de Noé como texto bíblico legitimador de la esclavitud de los africanos. Cf. Paulo Suess, “La esclavitud africana en las Américas”, en, del mismo autor, Evange­lizar desde los proyectos históricos de los otros, 27-52.

[45] Sobre la importancia del carnaval en el contexto afrocaribeño, véase Benítez-Rojo, The Repeating Island, 22-29. La metáfora del carnaval adquiere importancia en el pensamiento teórico actual gracias a la obra de Mijail M. Bajtin.

[46] He intentado una lectura teológica de las imágenes y símbolos afroantillanos en la literatura de Alejo Carpentier en mi ensayo “Mito, religiosidad e historia en Alejo Carpentier. Los ritmos sagrados de los pueblos afroamericanos”, Mito exilio y demonios, 23-73.

[47] De eso se percató hace más de dos décadas Juan Luis Segundo, quien en su libro La liberación de la teología (Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé, 1975) dirigió su mirada de manera muy provechosa a James Cone y la emergente “teología negra”, como ejemplo eminente de lo que Segundo llama “el círculo hermenéutico”.

[48] El reino de este mundo (Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994), 36.

[49] Sobre todo en Los ríos profundos (1958), Todas las sangres (1964) y su novela inconclusa El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971). Para una lectura teológica de Arguedas es valiosa la obra de Pedro Trigo, Arguedas: mito, historia y religión(Lima: Centro de Estudios y Publicaciones, 1982).

[50] Pienso principalmente en El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos(1953) y Concierto barroco (1974).

[51] Queda fuera de este ensayo el tema grueso del pentecostalismo y su expansión en América Latina. Richard Shaull ha dado una valoración positiva de este fenómeno en su ensayo “El quehacer teológico en el contexto de sobrevivencia en Abya-Yala”, en Por una sociedad donde quepan todos, 87-105. Por su parte, Harvey Cox ha argumentado que ese crecimiento no puede reducirse a un simple correlato teoló­gico del auge de la ideolo­gía del mercado. Cf. Harvey Cox,Fire from Heaven: The Rise of Pentecostal Spirituality and the Reshaping of Religion in the Twenty-First Century (Reading, MA: Addison-Wesley Publishing Co., 1995). Queda abierta la cuestión de si en algunos sectores del pentecostalismo latinoamericano se transita de la fase del poder del Espíritu a la más secular del espíritu del Poder.

[52] En general, puede afirmarse que la literatura ha sido más pronta en percibir sus tangencias con la religiosidad de los pueblos subyugados, que la teología en percatarse del beneficio que podría recibir del diálogo con la narrativa latino­americana. Un ejemplo destacado es la escritora chilena/costarricense Tatiana Lobo, quien en su novela Calypso (San José, Costa Rica: Editorial Norma, 1996) muestra una excepcional sensibilidad a la diáspora afroamericana de la costa caribeña centro­americana, sus afirma­ciones culturales y su espiritualidad, y lo hace con un fino sentido de humor e ironía, además de un seduc­tor erotismo femino. Tatiana Lobo, dicho sea de paso, ha escrito varias otras obras [Asalto al paraíso(San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1992); Entre Dios y el diablo (San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1993); ] que igualmente invitan a un diálogo creador con las nuevas corrientes teológicas latinoamericanas. Sobre la literatura como fuente para la reflexión teo­lógica, es útil el artículo de Vítor Westhelle y Hanna Betina Götz, “In Quest of a Myth: Latin American Literatu­re and Theology,” Journal of Hispanic/Latino Theology, Vol. 3, No. 1, August 1995, 5-22.

[53] Véanse las sugestivas meditaciones de Gustavo Gutiérrez en su ensayo “Entre las calandrias: algunas reflexiones sobre la obra de J. M. Arguedas”, en Pablo Richard (ed.), Raíces de la teología latinoameri­cana: nuevos materiales para la historia de la teología (San José, Costa Rica: CEHILA/DEI, 1987), 345-363. El ensayo de Gutiérrez es, en buena medida, una respuesta a la interpelación que en su última novela le hace Arguedas.

[54] Concierto barroco (Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994), 72.

[55] José Lezama Lima, La expresión americana, 53-56.

[56] Cf. Lothar Coenen, Erich Beyreuther, Hans Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testa­mento (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1983), vol. 3, 438-445.

[57] Edward Said, Culture and Imperialism (New York, NY: Alfred A. Knopf, 1993), 108.

[58] Gustavo Gutiérrez, En busca de los pobres de Jesucristo, 276.

[59] Ramón Menéndez Pidal, El padre Las Casas, su doble personalidad (Madrid: Espasa Calpe, 1963), 385.

[60] John Stuart Mill, Disquisitions and Discussions (London: Longmans, Green, Reader & Dyer, 1875), vol. 3, 167-168. Citado por Edward Said, Culture and Imperialism, 80.

[61] Cf. Michel Foucault, La arqueología del saber (México, D. F.: Siglo XXI), 1995.

[62] Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza (Madrid: Espasa-Calpe, 1976), 68-69.-