Mostrando entradas con la etiqueta Juan María Tellería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan María Tellería. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de marzo de 2016

Justicia de Dios.


Juan María Tellería

Tal como lo leemos en nuestras versiones actuales de la Biblia, el capítulo 32 del Éxodo constituye un pasaje de gran importancia en el conjunto de la Historia de la Salvación. Como se ha entendido tradicionalmente, viene a relatar lo que se ha dado en llamar “la primera apostasía nacional de Israel”, que el hagiógrafo coloca al pie del propio Sinaí y en un contexto de alianza de Dios con su pueblo recién salido de Egipto. Es decir, que Israel se mostró rebelde a su Señor desde el primer momento en que fue constituido como propiedad específica de Dios, su heredad en medio de todos los pueblos de la tierra (Éx. 19:5).

Dicho lo cual, no seríamos honestos si no señaláramos, aunque brevemente, los enormes problemas que los estudios críticos han detectado en la redacción final de este capítulo. El texto evidencia varias tradiciones que confluyen, desde la propia del becerro (vv. 1-6, en los que parecen coincidir una corriente pagana y politeísta, y otra yahvista, representadas por las palabras del pueblo y las de Aarón, respectivamente[1]) hasta la del castigo de los rebeldes por mano de los levitas, lo que constituiría una versión muy antigua de la particular consagración de esta tribu al servicio de Dios (vv. 25-29[2]). No faltan los exégetas que ven en este relato del becerro y en su peculiar redacción-composición algo parecido a una refección de la historia narrada en 1Reyes 12, la rebelión de Israel orquestada por Jeroboam contra la dinastía davídica hierosolimitana, en un intento por retrotraer los acontecimientos que dieron origen a la monarquía efrainita de las diez tribus septentrionales a los comienzos de la andadura de la nación hebrea como tal.

Sea como fuere, lo cierto es que Éxodo 32, tal como hoy lo encontramos, nos vehicula un mensaje de gran importancia para entender cómo percibió el antiguo Israel la justicia divina en relación con los pecados del pueblo. Por decirlo con otras palabras, en Éxodo 32 Israel plasmó de manera magistral la manera en que entendía a su Dios.

Como algunos han dicho, la historia narrada en el libro del Éxodo desde el capítulo 19 hasta el 31 parece demasiado hermosa para ser real. Llega Israel, dirigido por Moisés, a las inmediaciones del monte Sinaí y recibe, no solo la confirmación de ser el pueblo escogido por Dios (c. 19), sino también la manifestación máxima de la Ley divina expresada en términos humanos (el llamado Decálogo Moral del c. 20); los capítulos 21-23, grosso modo, nos muestran una antiquísima recopilación de leyes a la que los especialistas dan el nombre de Código de la Alianza, a todas luces posterior a los eventos del éxodo; y el c. 24 narra la plasmación material del pacto de Dios con su pueblo, así como una curiosa escena de comida conjunta (¿banquete ritual que acompañaba las ceremonias de alianza?) en la que el propio Yahweh parece ser uno de los comensales juntamente con Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos del pueblo[3]; y en los cc. 25-31 leemos las disposiciones que Dios da a Moisés en lo alto del Sinaí para la construcción del tabernáculo, el santuario móvil en el que la presencia de Yahweh se haría realidad en medio de su pueblo. Lo dicho: todo un cuadro idílico de bendición y de buena relación entre Dios e Israel, sin que nada pareciera romper aquella atmósfera de concordia.

Éxodo 32 introduce la cuña humana en toda su cruda realidad: Israel no es mejor que las demás naciones. Se muestra tan idólatra como cualquier otra, con el agravante de que, dada su condición de pueblo especial de Dios, aquel acto de idolatría está impregnado de ingratitud. La gran pregunta es: ¿cómo actúa Dios?

El Dios de Israel ha sido en los treinta y un capítulos anteriores del libro del Éxodo un Dios que sale al encuentro de su pueblo con una clara finalidad de rescatarlo, de redimirlo de su condición de esclavitud. Yahweh es, por tanto, el Dios que salva, el Dios que restaura, y lógicamente, el Dios que pacta; que pacta por amor y por fidelidad a unas promesas expresadas siglos ha a los ancestros de Israel. Pero ahora, ante la cruda realidad de la apostasía del pueblo, ha de evidenciar otra faceta, la del Dios de justicia. Y es aquí donde hallamos lo que, a nuestro entender, aparece como el punto culminante de todo el capítulo. En una interesante conversación mantenida entre Yahweh y Moisés, el hagiógrafo pone en boca de Dios las palabras siguientes:

Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande. (v. 10 RVR60)[4]

La respuesta de Moisés, presentada como una oración (v. 11) tiene como resultado que Dios se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo (v. 14), de lo que son una ratificación los vv. 33-34, en los que se ratifica el proyecto original de introducir a Israel en la tierra prometida, idea que vuelve a repetirse en los primeros versículos del c. 33. Aunque Éx. 32:35 diga con claridad que el pueblo sufrió un castigo por su rebeldía, en ningún caso se ve confrontado a su aniquilación, a su desaparición como entidad humana, pese a las terribles palabras que el v. 10 coloca en los labios de Dios. Todo ello nos ilustra muy bien acerca de cómo los hagiógrafos y pensadores de Israel concebían a su Dios.

Ya de entrada, Dios es un Dios justo, pero no en el sentido de una divinidad que busca vengar los agravios que se le hacen, como era el caso de las distintas deidades adoradas por los pueblos circundantes; no es tanto una justicia punitiva como una justicia restauradora, una manifestación de misericordia, lo que el Dios de Israel quiere impartir. Sin duda que un pueblo ingrato merece, propiamente hablando, la punición correspondiente. En el caso concreto del relato de Éxodo 32, la falta de agradecimiento para con Dios que evidenciaba aquel becerro de oro viene a plasmar el abismo al que puede caer el hombre que se aleja de su Creador. Aun así, Dios no ejecuta el ardor de su ira contra Israel y le permitirá proseguir su viaje hasta Canaán[5].

Por otro lado, la justicia divina, para realizarse plenamente, implica el importantísimo papel del mediador, en este caso concreto de Éxodo 32 representado por Moisés, quien intercede ante Dios por el pueblo rebelde, incluso poniendo en peligro su propia vida (v. 32). A los lectores cristianos y occidentales de la Biblia puede resultarnos un tanto chocante el tono de la conversación mantenida entre Dios y Moisés: daría la impresión de que Dios fuera “el malo de la película”, feroz adversario del pueblo, mientras que el hombre Moisés sería “el bueno”, o incluso “el héroe” que se arriesga a perder la cabeza por su propio pueblo ante una divinidad primitiva y cruel. No nos debe extrañar que en épocas no demasiado lejanas haya habido comentaristas que señalaran el primitivismo y hasta la inmadurez del Dios revelado en el Antiguo Testamento, un Dios que se irrita y se encoleriza como un tirano, para luego arrepentirse de lo que ha dicho. Ya hemos señalado en algunas otras ocasiones el abismo cultural que media entre nosotros los occidentales cristianos de nuestros días y el mundo semítico antiguo en que vieron la luz las tradiciones sacras de Israel. El vitalismo inherente a la mentalidad semítica y el fuerte colorismo de sus expresiones lingüísticas obligaban a los autores de la Biblia a expresarse como lo hacían. Para hacer patente su justicia ante el pecado humano, Dios debía mostrarse irritado hasta lo sumo, hasta perder los estribos, a fin de que su misericordia aún resaltara más cuando declaraba volverse atrás de su propósito destructor inicial. Solo si entendemos estos clichés culturales de aquel mundo que hoy ya no existe, seremos capaces de disfrutar de los relatos veterotestamentarios y extraer de ellos el meollo de su enseñanza teológica. De no ser así, nos perderemos en los vericuetos de las figuras y las representaciones; nos quedaremos con el envoltorio sin llegar nunca a vislumbrar el contenido.

Dios es justo porque no acepta el pecado de su pueblo, porque no lo tolera, pero al mismo tiempo porque se compadece de la debilidad inherente a la criatura humana. Dios es justo porque de jure tendría que destruir hasta la raíz a quienes muestran para con él una ingratitud tan insultante, pero también porque de facto rebaja su indignación y da una nueva oportunidad de bendición a los transgresores. Dios es justo porque en el abismo infranqueable que media entre él e Israel, entre él y el ser humano, coloca al mediador que estará dispuesto a morir por su propio pueblo.

De este modo, Éxodo 32, pese a su lenguaje arcaico y sus figuras chocantes, permite vislumbrar la plenitud de la justicia divina en la obra del Mesías, al mismo tiempo Dios y hombre, víctima y mediador perfecto.

Solo en Cristo podemos comprender que Dios es realmente justo.

__________

[1] Efectivamente, el pueblo dice: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto (v. 4), mientras que las palabras de Aarón son: Mañana será fiesta para Jehová (v. 5).

[2] Cf. el relato de Nm. 25:10-13, en el que el celo extremado del sacerdote Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, le granjea una especial bendición divina.

[3] En su momento, el conocido filósofo judío Martin Buber indicó que Dios había convidado a los representantes de Israel para comer con ellos. Así lo indica en su libro Moses. The Revelation and the Covenant. Amherst (New York): Humanity Books, ed. de 1989, pp. 110-118.

[4] La versión DHH ofrece una traducción mucho más expresiva:

¡Ahora déjame en paz, que estoy ardiendo de ira y voy a acabar con ellos! Pero de ti haré una gran nación.

[5] No tenemos en cuenta ni la tan humana reacción de Moisés al quebrar las tablas del pacto y reducir el becerro a polvo (vv. 19-20), ni tampoco el episodio de los levitas antes mencionado (vv. 25-29), que, como habíamos indicado, parece tratarse de una tradición añadida.

martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué hacemos con la “lengua especial” cristiana?



Con este nuestro artículo de hoy somos conscientes de que nos adentramos en un terreno por demás resbaladizo, en camisa de once varas, como dice una expresión muy castiza española. Vaya por delante que lo único que deseamos, y lo decimos con la mayor sinceridad, es suscitar en el amable lector la reflexión. No la discusión violenta ni la controversia a partir de tomas de postura radicales. Sólo la reflexión. Ojalá sea así, pues el asunto que esbozamos (así, simple y llanamente, sin mayores pretensiones) reviste, tal como creemos, la mayor importancia, y bien merece nuestra atención.

Hace ya décadas que venimos escuchando en medios cristianos de todas las denominaciones una queja generalizada sobre la manera en que nos expresamos los creyentes en nuestra conversación habitual, o incluso la forma en que vehiculamos el evangelio desde los púlpitos y la página escrita, en la idea de que empleamos una especie de lenguaje críptico que resulta incomprensible al resto de la población. De ahí la necesidad perentoria, se insiste, de dar al traste con todo ese patois de Canaan1 y de adaptar las liturgias y hasta las traducciones de la Biblia a la realidad lingüística de nuestros días.

No es una afirmación exagerada, desde luego, decir que existe todo un lenguaje cristiano y eclesiástico bien estructurado desde hace siglos. A lo largo de su evolución, las lenguas históricas (el castellano entre ellas) han ido desarrollando, además de todo un conjunto de dialectos y hablas locales muy bien definidas y en permanente proceso de mutación, variantes de tipo social y cultural que se distinguen, especialmente, por su léxico, por un vocabulario muy concreto que responde a unas necesidades particulares, y que tiene cierta tendencia al fijismo. Los lingüistas dan a estas variantes el nombre de lenguas especiales, y las señalan como una creación inevitable de los grupos que las emplean, por medio de las cuales marcan su propia identidad; quien ingresa a un grupo concreto, adopta de inmediato esas características lingüísticas, las hace suyas, se identifica con ellas y ellas lo identifican. Obligar a un conjunto social bien definido, sea profesional o ideológico, a renunciar a su lengua especial, constituye, por tanto, un grave atentado a su idiosincrasia. Si ello sucede, se quiera o no, andando el tiempo, ese conjunto desarrollará otro tipo de lenguaje que lo defina o lo destaque, con su nuevo léxico ad usum initiandorum, y el proceso continuará.

El cristianismo generó, desde el principio, su propio nivel de lengua, con sus expresiones características, teológicas y litúrgicas, cuyas raíces hallamos ya en el mismo Nuevo Testamento. Especialistas en la lengua griega clásica nos señalan que ciertas construcciones, cierto vocabulario que encontramos en los escritos apostólicos, y que luego podemos leer también en los Padres de la Iglesia, debían resultar del todo incomprensibles, y hasta desagradables en algunos casos muy concretos, para los oídos helénicos, e incluso helenísticos, educados en la cadencia y la riqueza de los grandes autores de la antigua Grecia. Alguien que, desde niño, había aprendido de memoria los poemas homéricos o se había habituado a contemplar y escuchar representaciones teatrales de los grandes tragediógrafos o los cómicos atenienses, encontraría extraños los giros y expresiones de los Evangelios. Quien estaba formado en el arte de la oratoria de un Demóstenes, de un Lisias o de un Isócrates, no se sentiría demasiado cómodo escuchando ciertos pasajes de algunas epístolas neotestamentarias2 o el Apocalipsis. Únicamente al asimilar la nueva fe y toda su riqueza conceptual podría hacer suyo el nuevo vocabulario y las nuevas expresiones. Su conversión al cristianismo no sólo conllevaba, por tanto, la salvación de su alma o un cambio radical en sus principios de vida, sino también una transformación cultural expresada, naturalmente, por medio del idioma.

Algo similar sucedió cuando las Escrituras fueron traducidas a la lengua latina3. El llamado latín cristiano, que tanto horror causaba en el joven y bien formado Agustín de Hipona antes de su conversión4, llegó a impregnar hasta tal punto la lengua del Imperio romano que hoy ha dejado su impronta en la evolución de las lenguas románicas5. Es el mismo fenómeno que se produce a diario cuando las Escrituras se traducen, en todo o en parte, para uso de los hablantes de una lengua o dialecto que hasta la fecha carecían de ellas. El cristianismo, como toda ideología, y la Iglesia, como todo grupo social bien definido, generan su propia lengua, su propia clave idiomática, que es preciso explicar con claridad a aquéllos ante quienes se exponen los contenidos que se desean compartir, y que adoptan sin dificultades cuando se identifican plenamente con ellos.

A nadie se le oculta la realidad de que los idiomas prosiguen su evolución en unos procesos más o menos rápidos, según los diferentes factores que influyan en ellos. Algunos fenómenos muy puntuales que se producen dentro de ese decurso cronológico no dejan de ser modas pasajeras que más tarde ni los propios hablantes recuerdan con claridad, o que incluso desconocen por completo6; otros, por el contrario, adquieren carta de naturaleza y se instalan de manera definitiva en la lengua. Pero, al mismo tiempo, todo el mundo reconoce la existencia de lenguas especiales como una necesidad ineludible y no siempre traducible a los niveles más populares de expresión. El vocabulario cristiano se engloba dentro de esta rama de la evolución del idioma.

Tienen razón quienes, ante la evidencia real de la ignorancia o el desconocimiento de las expresiones típicas cristianas por parte de amplios sectores poblacionales, claman por una actualización y una puesta a punto del vocabulario eclesiástico en aras de una mejor comprensión de aquello que se desea transmitir. Lo que, sinceramente, nos preguntamos es: ¿qué se ha de hacer en definitiva? ¿Dejarlo todo como está y esperar tiempos mejores?7¿Renunciar por principio a una rica herencia cultural litúrgica y teológica que ha marcado nuestra identidad, y empobrecer de este modo, no sólo la “lengua eclesiástica”, no únicamente el vocabulario teológico, sino el conjunto del idioma, para reducirlo todo a un léxico simplificado del nivel de la infortunada E.S.O.? ¿O educar, más bien, a quienes son instruidos en las verdades del evangelio para que lleguen también a comprender el legado de ese vocabulario específico, lo asimilen y lo hagan suyo?

La historia reciente de las traducciones bíblicas viene a reflejar muy bien lo que estamos comentando. Conocemos a demasiadas congregaciones conscientes de las más que patentes deficiencias de la versión más tradicional en nuestro idioma, pero al mismo tiempo no demasiado convencidas de otras publicadas en un lenguaje más moderno, sencillamente porque han eliminado de un plumazo expresiones y términos de una gran riqueza teológica que han conformado toda una mentalidad, toda una cultura cristiana. Para un amplio sector del mundo evangélico y protestante contemporáneo de expresión española, la solución ha sido sacralizar la Biblia Reina-Valera, versión 1960, de manera que ella, y no otra, es la Santa Biblia por antonomasia en la lengua de Cervantes8; para otros, efectuar revisiones de ella (que no han gustado a casi nadie); y para un sector más progresista, su eliminación drástica, sustituyéndola por otra (y es aquí donde ha ardido Troya9).

Ya lo decíamos al comienzo de este artículo: sólo deseamos suscitar la reflexión, no aportar soluciones.

Creemos, personalmente, en la necesidad perentoria e imperiosa de expresarnos, como cristianos, en un castellano (o en cualquier idioma) del siglo XXI, del momento en que vivimos, por un lado. Pero, por el otro, también creemos en el valor de la herencia que hemos recibido, incluso de la herencia lingüística, y en la vocación educadora y formadora del cristianismo.

Mientras tanto, seguimos orando y pidiéndole al Señor nos muestre el camino para vehicular de manera adecuada su mensaje salvador a quienes han de recibirlo por medio de la proclamación de su Palabra.

_____________________________________


1Lit. “jerga de Canaán”, expresión que muchos creyentes protestantes y evangélicos francófonos emplean para designar el “dialecto cristiano” que los distingue del resto de sus conciudadanos. Con este mismo nombre se designa también en países que no son de lengua francesa.


2Las llamadas Epístolas Católicas o Universales, especialmente.


3Aunque, sin duda, la evangelización de las regiones occidentales del Imperio romano (Hispania, la Galia y África) acabó haciéndose en latín, todo apunta a que en un comienzo las buenas nuevas se transmitieron al comienzo en griego. En la propia ciudad de Roma, el griego fue la lengua eclesiástica hasta bien entrado el siglo III.


4En la formación del joven Aurelio Agustín, como en la de todo joven romano de casa bien, habían tenido un papel destacado los grandes autores de la lengua latina: Cicerón y Virgilio, amén de otras figuras destacadas del latín clásico.


5Cf. García de la Fuente, O. Introducción al latín bíblico y cristiano. Madrid: Ediciones Clásicas. 1990.


6Así sucede con algunas expresiones que Valle-Inclán coloca en sus personajes del Madrid de principios del siglo pasado. Hoy resultan totalmente incomprensibles, incluso para los especialistas.


7Alguien nos dijo, hace no demasiado tiempo, que sería lo más inteligente. A decir verdad, no lo creemos, pero respetamos a quienes así piensen.


8Algo similar a lo que, en ciertos círculos del mundo anglosajón, ha tenido lugar con la King James Version.


9Ciertos círculos ultraconservadores han estigmatizado la NVI como diabólica y satánica (¡¡??), por razones que ellos sabrán; la BTI y su edición protestante La Palabra ha constituido una decepción para buen número de creyentes, no especialmente conservadores (¡y conservadores también!), que quizá esperaban demasiado de ella; la NTV se percibe en ciertos sectores más como una paráfrasis que como una verdadera traducción; DHH, que hoy por hoy puede considerarse ya una versión clásica en castellano, arrastra para muchos el estigma de haber estado inspirada desde el primer momento por una filosofía ecuménica (lo mismo que BTI). Y suma y sigue.

martes, 31 de marzo de 2015

¿Y dónde estaba Dios?



No falla. ¿Por qué será que lo esperábamos, realmente? Quizás porque es matemático: los seres humanos somos así. Lo cierto es que, desde que ha tenido lugar en los Alpes franceses este desgraciado último accidente de aviación que ha costado tantas vidas y que tanto ha conmovido a la opinión pública —y continuará haciéndolo durante cierto tiempo, máxime por las extrañas circunstancias en que parece haberse producido—, no hemos dejado de recibir a nivel privado comentarios y preguntas, no ya de incrédulos o de ateos recalcitrantes, sino de personas que se consideran verdaderos creyentes, pero que tienen graves problemas para hacer frente a realidades tan duras como ésta. Algunos se cuestionan dónde está Dios en esos casos, qué hace, si realmente cuida de los suyos, o si hay en el universo fuerzas malignas ocultas que paralizan su actuación. Otros se interrogan con no menos seriedad si no será que algún tipo de “pecado oculto” entre los seres humanos bloquea la acción salvífica divina e impide que el Señor actúe para proteger a sus hijos. Y no faltan quienes ponen en duda la efectividad del poder de la oración, pues, seguros como están de que algún pasajero de ese vuelo debió elevar alguna plegaria al iniciar el viaje, no han visto por ninguna parte su efectividad. Más bien han comprobado lo contrario.

Hemos de reconocer que, aunque, como decíamos, esperábamos este tipo de preguntas o de comentarios por parte de cierta gente que conocemos bastante bien y a la que apreciamos con todo nuestro cariño, no dejan de producir en nosotros una cierta desazón, por no decir un triste desánimo. Desanima comprobar los niveles de distorsión de la imagen de Dios que se cultivan y se propagan en ciertos medios cristianos populares, especialmente dentro del variopinto campo evangélico, por el daño tan grande que causan a quienes viven inmersos en ellos, hasta el punto de que más de uno llega a cuestionarse muy seriamente si merece la pena seguir creyendo en Dios y en su Palabra.

La pregunta “¿Y dónde estaba Dios?” —se entiende: cuando se produjo el siniestro— significa en realidad una clara acusación: “¿Por qué no estaba allí cuando más falta hacía?”

Sinceramente, no pensamos que con esta reflexión que hoy compartimos con todos nuestros amigos y amables lectores de Lupa Protestante vayamos a responder con exactitud a estos interrogantes, ni a brindar solución alguna a quien se empecina en seguir formulándose este tipo de preguntas. Más que a ellos, siendo honestos, nos dirigimos a nosotros mismos, no porque queramos autoconvencernos de nada en especial, sino por el sano ejercicio consistente en dejar constancia de aquello que verdaderamente creemos.

¿Qué esperamos de Dios?, sería la cuestión. O si lo preferimos plantear de otra manera: ¿Quién (o qué) es Dios para nosotros?, mucho más sencilla, tal vez.

Las Sagradas Escrituras nos van a dar, en su conjunto y en su razón última, una respuesta muy clara: Dios es nuestro Padre. Tal es la enseñanza capital de Jesús acerca del Creador del mundo y Señor de Israel. Pero no se trata de un padre al estilo veterotestamentario, una especie de jeque tribal que ejerce su señorío sobre un círculo concreto de personas vinculadas a él, sean hijos biológicos suyos o no, sino un padre que, por encima de todo, ama, y lo hace hasta las últimas consecuencias. Dios es amor, nos recuerda el conocido pasaje de 1 Jn 4,8b, que todos los creyentes hemos aprendido de niños desde la catequesis parroquial o la escuela dominical. Y esta realidad tan patente en el Nuevo Testamento supera con creces cualquier otra imagen de Dios que proyecte el Antiguo, algunas de ellas, todo hay que decirlo, no demasiado compatibles con la sensibilidad del evangelio.

La enseñanza de Jesús acerca de la paternidad divina nos exige a los creyentes cristianos —¡debiera exigirnos!— una lectura inteligente y, casi nos atreveríamos a decir, “crítica” de algunas de las otras imágenes de Dios que proyectan en ocasiones los textos bíblicos, especialmente los que conforman el Antiguo Testamento, y que obedecen, más que nada, a unos presupuestos culturales que no son los nuestros.

En primer lugar, el Dios que en los Evangelios se revela como Padre tiene cuidado de todos los seres humanos, no sólo de un grupo selecto o particularmente escogido en detrimento de los demás. Ahí están textos como el clásico de Mt 5,45, según el cual Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos, o los también conocidos de Hch 17,25 y 28, en los que se hace hincapié en la misma idea, aunque expresada de otra manera; el Dios que en la predicación de Jesús es nuestro Padre no hace distinción entre los seres humanos a la hora de distribuir sus bendiciones. Cuando la enseñanza del Nuevo Testamento nos presenta a un Dios que se preocupa por todos los habitantes de este mundo, ya sean judíos o gentiles, creyentes o incrédulos, porque a todos ellos los considera creación suya (Hch 17,26) y a todos los ama, por fuerza nuestra concepción de las cosas ha de adquirir unas dimensiones que tal vez antes no tuviera. El Dios adusto y exclusivista que el Antiguo Testamento designa con el nombre de Yahweh (o Jehová), únicamente interesado en un pueblo, Israel[1], y que no es otra cosa que el fruto de una reflexión muy peculiar ajustada a unas épocas recónditas, y circunscrita a una nación concreta, cede su lugar, por esos misterios de la inspiración que permanecerán siempre en lo oculto, a un Dios Padre de rasgos universales que muestra un rostro muy diferente.

En segundo lugar, esa paternidad divina se hace efectiva en Cristo Jesús. No es “natural”, al estilo de ciertas divinidades del panteón clásico grecolatino, que tenían hijos y procreaban linajes ilustres, al decir de los antiguos vates de la Hélade y sus imitadores romanos. El Dios revelado en la Biblia es un Dios trascendente, ajeno a este mundo, y sólo deviene nuestro Padre porque en Cristo ha querido acercarse hasta nosotros —en realidad lo que ha hecho es rebajarse hasta nosotros— para hacernos suyos, para unirnos a Él y con Él por medio de unos lazos irrompibles y un vínculo que rebasa con mucho cualquier contingencia de este mundo en el que vivimos. El archiconocido versículo de Jn 3,16 nos habla de ese gran amor de Dios y de su entrega total en Cristo a los seres humanos para, por medio de su Hijo, otorgarnos la plenitud de la vida con Él y en Él. Quien, por la Gracia de Dios, se sabe hijo suyo, entiende que ni la muerte ni la vida… ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rm 8,38-39)[2], pues su horizonte vislumbra, aunque sea de lejos, una dimensión más relevante y de mayor profundidad que lo que perciben nuestros sentidos físicos.

En tercer y último lugar, el conocimiento de que Dios es nuestro Padre nos ha de impulsar a vivir confiados en que Él guía nuestros pasos y traza nuestros caminos, incluso en medio un mundo como el nuestro, sometido a tantas contingencias que escapan a nuestro control y a nuestra previsión, pero no a su mirada abarcante y paternal. Nada de lo que pueda existir en este mundo limita, frena o paraliza a Dios en su actuación o en su gobierno del universo. De ahí que ser cristiano suponga el desafío de transitar por esta vida y sus circunstancias —una de ellas la muerte, acompañada de todos sus tintes trágicos— con un gran realismo, siendo conscientes de cómo funciona la tierra que pisamos y haciendo frente por fe a realidades en ocasiones difíciles de digerir. La doctrina neotestamentaria de la paternidad divina no nos enseña en ningún momento que Dios sea una especie de seguro a todo riesgo, o que profesar la fe de Cristo conlleve para nosotros una existencia fácil, próspera en sentido material, y revestida de grandes éxitos sociales. No podemos por menos que condenar abiertamente el infantilismo religioso de quienes buscan en la fe cristiana una cobertura o un blindaje para su existencia terrena. No nos valen los textos bíblicos empleados por manipuladores profesionales del evangelio para “asegurar” que al creyente por fuerza le ha de ir bien en esta vida, pues, por un lado, ni es ésa la realidad que vivieron siempre los fieles de épocas pretéritas (¡la Biblia lo evidencia desde sus primeras páginas!), ni, por el otro, lo es siempre hoy.

Saber que Dios es nuestro Padre, y por ende Padre de todos los seres humanos, nos obliga a creer con realismo, a orar con realismo, a leer la Biblia con realismo, y a someter, también con realismo, nuestra existencia a sus manos, a lo que Él disponga para nosotros, aunque no podamos vislumbrar con claridad qué es, o aunque no entendamos bien algunas cosas que puedan suceder. Si creemos que nuestro Padre dirige con pulso certero el destino de la humanidad y lo conduce en Cristo a un estado glorioso, tal como prometen las Sagradas Escrituras en muchos de sus libros, las contingencias de esta vida presente, por difíciles que resulten o por incomprensibles que se nos hagan, no han de minimizar nuestra confianza en que Él está siempre ahí, sobre todo en esos momentos trágicos, sosteniendo a sus hijos y compartiendo su dolor. Por algo dice Is 63,9 acerca del pueblo de Dios que, aunqueen su amor y su clemencia él los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad, en primer lugar en toda angustia de ellos él fue angustiado.

“¿Y dónde estaba Dios?”, nos preguntaban. Respondemos: “Allí mismo, con los que sufrían, sin dejarlos ni un solo momento”.

_________

[1] Aunque, como sabe el amable lector, los pensadores más avanzados de la época veterotestamentaria también intuyeron un derramamiento de las bendiciones divinas sobre el conjunto de la humanidad. Cf. el oráculo clásico de Is 2,1-4. No obstante, son los menos.

[2] En este sentido, se leerá con provecho el párrafo completo que va del v. 28 al 39.


jueves, 12 de marzo de 2015

¿Es posible la unión de los cristianos?



Durante el mes de enero ha tenido lugar, como bien sabemos, ese hito especial de cada año, al que se da el nombre oficial de Octavario o Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Quienes formamos parte de iglesias o denominaciones que tienen a bien participar en este encuentro anual, hemos estado más o menos ocupados predicando o colaborando de otras maneras en diferentes actividades relacionadas con todo ello. Por esta razón, nos parece oportuno reflexionar sobre el asunto de la unidad de los creyentes, y de forma muy especial, sobre aquello que nos une a todos cuantos profesamos la fe de Jesús.

Lo que ha fragmentado durante estos últimos veinte siglos el cuerpo de Cristo, es algo que ya conocemos bien por los libros de historia del cristianismo: cuando no han sido ideas teológicas recibidas con intolerancia, han sido cuestiones políticas o culturales; cuando no se ha tratado de malentendidos que podían haberse solucionado con un diálogo civilizado, han aparecido en el horizonte intereses demasiado personales. Y esta situación, de suyo tan angustiosa, sigue viviéndose hoy cada vez que surge (¡y surgen a diario!) alguna que otra “iglesia independiente”. La atomización del cristianismo, especialmente en el campo evangélico, que es donde más se constata, se presenta como un peligro real al que muchos parecen no prestar atención. Demasiada desgracia es que el cristianismo histórico se haya fragmentado en épocas pretéritas por razones que no siempre se pueden entender con claridad, como para que hoy se multiplique ese fenómeno hasta llegar a unos niveles extremos que nada bueno pueden presagiar.

De ahí que debamos indagar sobre todo acerca de aquello que realmente nos une a todos los creyentes cristianos. Si nos preguntamos qué puede ser, la respuesta nos la brinda San Pablo Apóstol en un conocido texto, Efesios 4,5-6a, donde leemos en la Nueva Versión Internacional (NVI):


“Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre”

El primer elemento de los cuatro mencionados es el Señor, es decir, Cristo, pues no puede haber otro. La fe cristiana universal se cimienta en él, en primer lugar, pero no en tanto que personaje histórico (el Maestro Jesús de Nazaret), sino como el Señor Crucificado y Resucitado. Al confesar a Cristo como Señor, los creyentes reconocemos en Él a Alguien más que humano, Alguien en quien se cumple el propósito eterno de Dios para con los hombres, Alguien que, al subir voluntariamente a la cruz del Calvario, evidenció con toda su crudeza el horror del pecado y de la condición caída del hombre, y al resucitar al tercer día, venció a la muerte para siempre y nos abrió las puertas de la vida eterna. Como cristianos, estamos llamados a manifestar nuestra adhesión total a la persona y a la obra de Cristo Nuestro Señor, haciendo de él el centro indiscutible de nuestro testimonio y de nuestra proclama. Estas afirmaciones, que se dirían de Perogrullo, no lo son, por desgracia. Cuando damos una ojeada a la triste historia del cristianismo, desde prácticamente sus comienzos hasta este momento en que estamos redactando estas líneas, descubrimos que, para desgracia nuestra, este fundamento de nuestra fe que hoy vemos tan claro, ni lo ha estado siempre, ni lo está para muchos de nuestros contemporáneos. Al leer sobre ciertas disputas teológicas de la Antigüedad y del Medioevo, con sus consecuencias incluso de destierros, arrestos o penas capitales, o al comprobar cuáles parecen ser los puntos de interés de muchos grupos e iglesias de nuestros días, que parecerían abarcar cualquier tema excepto el propio Cristo, podemos perfectamente cuestionarnos si estamos tratando sobre y con cristianos, o más bien nos las vemos con grupos sectarios de religiones en ocasiones harto extrañas. Lo primero y lo básico que nos ha de unir es la persona y la obra de Cristo Nuestro Señor.

El segundo elemento se enuncia como “una sola fe”, es decir, no una fe cualquiera, cada uno la propia. Y es lógico. Si el primer elemento es un solo Señor, o sea, Cristo, la única fe posible que nos puede unir a los cristianos es la fe de Cristo, vale decir, aquélla que se cimienta en lo que Él es, lo que Él ha hecho por nosotros y lo que Él ha enseñado, tal como se recoge en el Nuevo Testamento. Si queremos decirlo de otra forma, la única fe posible es aquélla que tiene a Cristo como sujeto y objeto al mismo tiempo. Esta fe no puede desligarse de Él ni depositarse en ningún otro, y debe hacer que toda la vida y la praxis de la Iglesia gire en torno a Él. De ahí la conveniencia de que en todas las iglesias y denominaciones cristianas, cada una con sus peculiaridades, sus enfoques y sus tradiciones respectivas, se pueda seguir un mismo calendario litúrgico que nos recuerde cada año a los creyentes los hechos capitales de la vida de Nuestro Señor tal como nos los transmite la Biblia: Anunciación, Natividad, Epifanía, Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y venida del Paráclito. En este sentido, el calendario no puede ser únicamente una reliquia de siglos pasados conservada por tradición, sino una actualización permanente, todos los años, de los eventos que constituyen el clímax de la Historia de la Salvación. También es fundamental que la celebración del Sacramento de la Cena del Señor, Santa Cena, Eucaristía o Sagrada Comunión, llámesele como se lo llame, entiéndase como se entienda, según la peculiar teología de cada denominación, pueda ser celebrado con la máxima reverencia como una plasmación y un recordatorio de la entrega de Cristo el Señor por todos nosotros. Sin una fe única en Cristo, por Cristo y con Cristo, es imposible una unión real de los creyentes cristianos.

Leemos que el tercero es “un solo bautismo”, y, como decíamos en el punto anterior, el fundamento ha de ser, una vez más, el mismo Señor Jesucristo. Un bautismo que no significara una unión real con Él, carecería por completo de sentido. Por desgracia, y por razones históricas, el Sacramento del Bautismo es uno de los puntos de mayor controversia, y casi fricción, entre los creyentes cristianos. Sin embargo, el texto paulino afirma claramente “un solo bautismo”, no muchos, ni, por supuesto, enfrentados. Nadie que estudie hoy con seriedad, es decir, lejos de cualquier apasionamiento denominacional, esta cuestión del bautismo, dejará de reconocer que, desde el primer momento, la Iglesia vivió formas múltiples de bautismos, conforme a las circunstancias de quienes debían recibirlo y administrarlo. Las mismas alusiones a este sacramento en los escritos neotestamentarios apuntan a diferentes maneras o modos de efectuarlo, lo que indica que los antiguos eran menos radicales de lo que podríamos ser nosotros hoy. Cuando el texto de Efesios nos menciona “un solo bautismo”, no nos está imponiendo, por tanto, una única forma de entender o administrar el rito, sino un mismo espíritu. Ello significa que, en tanto que cristiano, yo no debo jamás poner en duda, ni mucho menos rechazar de plano, la manera de bautizar que tengan mis hermanos de una denominación diferente de la mía, siempre y cuando se trate de un bautismo efectuado con las fórmulas dictadas por esa única fe que a todos nos ha de unir, es decir, un bautismo que vincule al bautizando, con Nuestro Señor Jesucristo. Es de esperar que en este asunto, como en otros, los cristianos del siglo XXI mostremos la madurez suficiente que Dios requiere de nosotros para que un sacramento instituido por el Señor como un signo de la Gracia Redentora no se vuelva jamás una piedra de tropiezo.

Y en cuarto y último lugar, el texto de Efesios nos habla de “un solo Dios y Padre”, algo que, por supuesto, sería imposible de entenderse si no partimos de Cristo el Señor. Cuando la fe cristiana nos exige la creencia en un solo Dios, no se contenta con una simple aquiescencia intelectual a la idea de un Ser Supremo, Creador y origen de todo cuanto existe. Ese tipo de fe puede ser judía o incluso musulmana, que son monoteístas también, pero no cristiana. El cristianismo ha aportado al pensamiento de la humanidad la idea de la paternidad de Dios. El Dios que muestra Jesús y al que dirige sus plegarias y las nuestras, es el Dios Padre. El interés que muestra el Dios de Jesús para con nosotros va mucho más allá que el de un dios creador que se preocupe por sus criaturas, o el de un dios señor que vigile y controle a sus siervos. Al llamarlo Padre Nuestro, Jesús apunta a una relación vital entre Dios y el hombre que no puede existir en ningún otro sistema religioso, sólo accesible por una revelación muy directa. La creencia en la paternidad de Dios cimienta la idea de la fraternidad humana, y muy especialmente, de la fraternidad cristiana. No puedo llamar a Dios “Padre” si no soy capaz de llamar “hermano” al creyente cristiano de otra denominación diferente de la mía, o sencillamente, no quiero hacerlo. La llamada “Oración Dominical”, o más comúnmente “Padrenuestro”, nos fue dada por el mismo Jesús para que la recitáramos en común, como se hace cada domingo en las liturgias de las denominaciones históricas (católicas, ortodoxas y protestantes), en tanto que vínculo de unidad entre los creyentes, y, por encima de todo, vínculo de unión con Dios Padre, a quien reconocemos como fuente absoluta de todo bien que recibimos en esta vida y en la futura.

En conclusión, es posible una unión de los cristianos, no precisamente administrativa (al menos, por ahora), pero sí en espíritu. O mejor dicho, en el Espíritu, con mayúscula, que es quien nos guía a ello. Y esa unidad debe cimentarse en aquello que todos podemos compartir; las diferencias, sobre todo cuando tienen una justificación histórica clara, pueden llegar a enriquecernos a todos, pero sólo si se edifica en la unidad de base que mencionaba el Apóstol en un mundo y en una iglesia que, ya en aquel hoy para nosotros lejano siglo I dC ya presentaba resquebrajamientos y tensiones.

viernes, 31 de octubre de 2014

La Reforma incomprendida.



Como nuestros amables lectores saben bien, el 31 de octubre, que lo tenemos a la vuelta de la esquina, es una festividad harto entrañable para quienes profesamos el cristianismo en perspectiva protestante: en ese día del año 1517, un fraile agustino alemán, de nombre Martín Lutero, clavaba en las puertas de la iglesia de Wittenberg un escrito que contenía 95 tesis acerca de las indulgencias papales. En una palabra, había comenzado la Reforma, un movimiento que desbordó, ya en su momento, al mismo Lutero, y que hoy, en nuestros días, sigue desbordando a muchos, aunque de manera un tanto distinta. No porque se haya detenido o paralizado su impulso reformador, ni mucho menos: cada vez son más, gracias a Dios, los que se interesan por sus planteamientos y sus puntos de vista en múltiples áreas de la existencia; sino porque son demasiados quienes hoy se pretenden hijos o seguidores de aquel movimiento inicial, pero sin haberlo entendido nunca; peor aún, habiendo echado por tierra sus postulados básicos, tergiversándolos y trastocándolos, y sustituyéndolos por mitos.

Así, como suena. Corren unos cuantos mitos en el mundo evangélico contemporáneo de habla castellana (y de otras, como hemos comprobado personalmente) acerca de lo que fue, es o tendría que ser la Reforma. Mitos que, no sólo no enfocan debidamente aquella Reforma del siglo XVI, sino que deforman la realidad del movimiento iniciado por Lutero. Hemos detectado unos cuantos que exponemos a continuación, con la firme esperanza de que algún día no muy lejano desaparezcan y cedan su lugar a la realidad del auténtico protestantismo.

El primero de ellos lo formulamos así: La Reforma descubrió la Biblia y la entregó a los pueblos. Alguien podría pensar, sin duda, en ese dicho popular: “¡la primera, en la frente!” Tal vez, pues se trata de un mito fuertemente arraigado, y que se cimenta, como todos, en el desconocimiento de las realidades. En estos casos, no hace falta demasiada teología; basta con un poco de escuela primaria y secundaria de cierta calidad, y además bien aprovechadas. La fe cristiana se había establecido y conformado sobre el testimonio de las Escrituras, prácticamente desde sus comienzos. Los escritos del Nuevo Testamento, especialmente las cartas apostólicas, que eran leídas en las distintas congregaciones de la antigüedad, vienen salpicados de citas veterotestamentarias, algunas comentadas, y otras simplemente mencionadas. Y desde el siglo II, los escritos de los Padres de la iglesia mencionan de continuo el conjunto de la Biblia, a la que acuden buscando guía y orientación para su fe y su doctrina. Esta situación no desapareció con el decurso del tiempo. Incluso en épocas tan supuestamente oscuras como fueron los largos siglos del Medioevo, las figuras más descollantes del pensamiento cristiano de la época acuden de continuo a los Libros Sacros, que citan en profusión. La realidad de un bajo clero ignorante y supersticioso (¿acaso no existen hoy ejemplares de la misma especie en muchas iglesias?) o de unas Escrituras únicamente accesibles en la lengua culta del momento, el latín, así como la constatación de un analfabetismo generalizado entre el pueblo cristiano, no niega el hecho de que los creyentes, incluso sin saber leer ni escribir, no ya en latín, sino en su propia lengua, eran conscientes de que las Sagradas Escrituras contenían los mensajes que se leían cada domingo, cada festividad, en el púlpito. Que los comprendieran bien o mal es otra historia. La Reforma devolvió al pueblo, eso sí, unas Escrituras traducidas a las lenguas vulgares; no porque no existieran ejemplares de la Biblia traducidos a los idiomas populares, sino porque no eran accesibles. Y lo que hizo también fue generalizar su uso gracias a la imprenta. Sin duda contribuyó al desarrollo de la educación de ciertos pueblos europeos, pero no “descubrió” la Biblia: sólo la difundió.

El segundo podríamos enunciarlo de esta manera: La Reforma quiso fundar una nueva iglesia. También es falso. Y no sólo falso; es pernicioso. Este postulado, repetido y vivido hasta la saciedad en grandes extensiones del mundo evangélico, ha propiciado una atomización tan grande de iglesias y congregaciones, que en realidad mucho nos tememos que se haya llegado a perder el mismo concepto de iglesia, lo cual es muy grave. Ni a Lutero ni a Calvino ni a Zwinglio, ni a ninguno de los reformadores del siglo XVI, se les pasó jamás por las mientes la idea, por demás monstruosa, de “fundar” una nueva iglesia. Todos ellos eran muy conscientes de que, como Cristo es uno, su cuerpo sólo puede ser uno también. Lo que quisieron, y lo quisieron de veras, fue reformar la iglesia que ya existía, la que ellos conocían y de la que siempre y de corazón formaron parte. Fue la iglesia en cuestión la que cometió el craso error de expulsar de su seno a los Reformadores y de excomulgar, anatematizar y perseguir a cuantos seguían la fe reformada considerándolos cismáticos, en el mejor de los casos, o herejes y enemigos, en el peor. Roma ha tardado la friolera de cuatro siglos largos en darse cuenta de su error; aunque el papa Adriano VI (Adriano de Utrecht), en su brevísimo pontificado, coincidente con el despuntar de la Reforma, reconoció la culpa de la iglesia en aquella situación —llegó a entonar en público el mea culpa—, sus sucesores no mantuvieron aquella actitud, con lo que se produjo una ruptura de todo punto innecesaria. Y luego, un mal espíritu divisor ha ido deshaciendo el protestantismo hasta el día de hoy, generando gorpúsculos que se multiplican como amebas, sin razones realmente justificables, demasiadas veces debido a un individualismo exagerado o un personalismo que raya lo enfermizo, en los que no queda prácticamente nada de la iglesia auténtica que los Apóstoles, los Padres y los Reformadores conocieron. Por llamar las cosas por su nombre, y sin ánimo de herir a nadie: los Reformadores quisieron reformar la iglesia, pero muchos de sus presuntos seguidores lo único que han constituido es sectas y sectas peligrosas.

Y ello viene fuertemente influido por el tercer gran mito, según el cual La Reforma descubrió la verdad, que estaba perdida. Si el segundo mito, como veíamos, puede llegar a ser harto peligroso, éste no lo es menos. Que los Reformadores fueran conscientes de llamar la atención hacia lo más importante, dado que la iglesia tendía a descuidarlo (de ahí lemas reformados como el célebre Post tenebras lux del calvinismo, tomado de Job 17,12, según la Vulgata latina), no supone que ellos fueran conscientes de haber “descubierto” nada en el más puro sentido de la palabra. De hecho, la obsesión por “descubrir verdades” ha dinamitado el mundo evangélico hasta, en muchos casos concretos, hacerlo estallar en pedazos. Los Reformadores, digámoslo claro, no se interesaron tanto por doctrinas o dogmas abstractos como por la realidad de la persona y la obra de Cristo, que encontraron en su plenitud en la Santa Biblia. Todo el pensamiento y la teología de la Reforma se ciñó estrictamente a Él, se edificó sobre Él, de manera que sus grandes distintivos, como la fe que justifica o la gracia que salva, sólo tienen sentido a la luz de Cristo. Más aún, el gran principio Sola Scriptura, tan venteado en nuestros días por hábiles charlatanes religiosos, únicamente lo entendieron los Reformadores a la luz del Solus Christus: la Biblia tenía que dar testimonio de Cristo, revelar su obra redentora, de principio a fin; no es otro su mensaje. Quienes, ya en la época de la Reforma, comenzaron a divagar con nuevas doctrinas o nuevos dogmas “descubiertos” en las páginas de las Sagradas Escrituras, se alejaron indefectiblemente de la proclamación de Cristo y su obra salvífica. Y algo que no ha dejado de sorprender a más de un lector novel de las obras de los Reformadores: sus exposiciones doctrinales, comentarios, sermones, alocuciones, exhortaciones, tratados teológicos y demás producción literaria, suele aparecer casi siempre salpicada de citas patrísticas y autores clásicos o medievales. Es decir, eran conscientes de ser continuadores de un mensaje ya establecido, no sus “fundadores” ni sus “descubridores”. Se sabían meros eslabones de una cadena de testigos de Cristo que jamás había dejado de acrecentarse, siglo tras siglo, desde los días de Nuestro Señor.

Y para no cansar al amable lector, mencionamos un cuarto y último mito: La Reforma, consciente de que aún quedaba mucho camino por andar, abrió la puerta para “nuevas revelaciones” que habrían de venir en épocas sucesivas. De ahí que, en ciertos grupos y movimientos religiosos hodiernos derivados del mundo protestante, se prodiguen “visiones”, “mensajes y comunicaciones celestiales”, “nuevas profecías para nuestro tiempo”, “advertencias para los últimos días”, “apóstoles”, “manifestaciones de poder” y un largo etcétera de, llamémoslo por su nombre, lucrativos negocios religiosos que en nada tienen que envidiar a aquellos mercaderes del templo expulsados de manera contundente por Jesús. Es evidente que se ha malentendido (hasta qué punto con buena o mala fe, uno no se atreve a juzgar) el principio protestante Ecclesia semper reformanda. Que la iglesia haya de estar en constante proceso de reforma sólo puede significar, según se colige del pensamiento de los Reformadores, que ha de centrarse cada día más en la proclamación de Cristo y su obra salvífica, tanto en el culto a través de la Palabra y los sacramentos, como en el testimonio público y privado. Ningún reformador hubiera aceptado esas historias de “nuevas revelaciones” que corren hoy como un tsunami por ciertos sectores evangélicos contemporáneos. Ya en sus días alzaron la voz con autoridad contra los exaltados (Schwärmer) que profetizaban apocalipsis a la carta y atizaban a las masas ignorantes y supersticiosas, llevándolas a la destrucción. Una vez que Dios Padre nos ha dado a su Hijo Jesucristo, y con Él la salvación, ¿qué otra cosa más o mejor nos puede dar? Una vez que la iglesia ha sido instituida como cuerpo vivo del Cristo Viviente, con un claro fundamento apostólico y una más que evidente misión profética en el mundo, ¿qué necesidad hay de nuevos “profetas” o nuevos “apóstoles” individuales? Una vez que el pueblo cristiano ha comprendido que las Escrituras apuntan a Cristo como culminación de la Historia de la Salvación y plenitud del propósito eterno de Dios, ¿qué falta hacen nuevas revelaciones sobre el futuro o sobre cualquier otro asunto?

El protestantismo no es lo que, por desgracia, hoy se vive y se contempla en tantas denominaciones y grupos evangélicos. Continúa, gracias a Dios, en las iglesias históricas surgidas de la Reforma (¡y muy a su pesar!), y prosigue con una clara vocación de servicio a la sociedad, de diálogo con Roma, con Oriente y con todo el mundo cristiano en aras de un mejor entendimiento con quienes, dígase lo que se quiera, no dejan de ser nuestros hermanos. Y desde luego, no deja de estudiar las Escrituras con la misma pasión y dedicación que tuvieron los Reformadores, a fin de seguir hallando en ellas al Cristo Señor y Salvador, a fin de plasmarlo y materializarlo en la teología y la praxis de la iglesia.

Seremos mejores protestantes cuanto más nos acerquemos a estos postulados fundamentales.

¡Feliz día de la Reforma a todos nuestros lectores y amigos de Lupa Protestante!

*El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante

martes, 26 de agosto de 2014

Desafío permanente.



De todas las religiones, la cristiana es, sin duda, la que debe inspirar la mayor tolerancia, aunque hasta ahora los cristianos han sido los más intolerantes de todos los hombres. (Voltaire)

Y si hay un Dios, creo que es muy poco probable que Él se sienta ofendido por los que dudan de su existencia.(Bertrand Russell)

En cierta ocasión, uno de nuestros amables lectores nos escribió por correo privado preguntándonos abiertamente por qué no redactábamos para Lupa Protestante una reflexión contra el ateísmo. Así, con estas palabras. Aunque ya ha transcurrido algún tiempo desde que recibiéramos aquella misiva, la verdad es que la idea nos ha venido rondando durante más de un año, sin que encontráramos el momento adecuado para plasmar por escrito nuestro pensamiento acerca de este asunto.

La cuestión no es fácil. Para ser honestos, ni siquiera creemos en la existencia de los ateos. Antes aceptamos con mayor facilidad que vivan seres extraterrestres de múltiples formas y colores en las lunas de Júpiter o en los planetas de más allá de Saturno. Pero ateos, lo que se dice ateos en su sentido más etimológico o más absoluto de la palabra, no pensamos que existan en realidad. Y no por lo que afirman los salmos 14 y 53 en su primer versículo (Dice el necio en su corazón: No hay Dios. RVR60), sino por una doble constatación de hecho: por un lado, conversaciones mantenidas en diversos momentos de nuestra vida con distintas personas que afirmaban su ateísmo más o menos militante, pero que en realidad profesaban otro tipo de ideología; y por el otro, declaraciones escritas y publicadas de grandes ateos clásicos, de esos que aparecen en libros de filosofía o de ciencias naturales, y que al final resultaban no serlo tanto como ellos mismos habían dado a entender. En resumen, que no podemos escribir en contra (¡vaya una expresión!) de algo cuya existencia ponemos muy en duda, ya de entrada. Supondría un contrasentido, unacontradictio in terminis, como gustan de decir los que saben mucho latín.

Ahora bien, tampoco podemos cerrar los ojos a una realidad que está en la calle, con la que nos topamos día a día, y que es un tipo de ateísmo —que algunos preferirán sin duda tildar más bien de agnosticismo, de incredulidad o de cualquier otro nombre no tan extremo—, no teórico, sino práctico. La realidad de quienes creer, lo que se dice creer, pueden llegar a creer que algo hay o que algo existe más allá de lo que percibimos en este mundo, pero no les quita demasiado el sueño. Y por encima de todo, manifiestan una abierta hostilidad, expresada de maneras más o menos contundentes, frente a las entidades religiosas, las iglesias especialmente, a las que acusan de forma inmisericorde de ser las culpables de gran número de sucesos desgraciados y situaciones terribles por las que han atravesado individuos y sociedades en nuestro entorno cultural de Occidente, y a las que señalan sin pestañear como causantes de estados de ignorancia e incultura generalizados que les han resultado harto rentables. Ante todo ello, lo que no podemos hacer, en conciencia, es mirar para otro lado y conformarnos con decir que están equivocados, que exageran, que mienten, que van dirigidos por ideologías diabólicas o que forman parte de un entramado demoníaco cuya finalidad es perseguir al pueblo de Dios, por lo cual más vale no tener nada que ver con ellos, ni de lejos.

En aras de esa franqueza que debe caracterizarnos en tanto que cristianos, hemos de admitir que quienes lanzan tantas acusaciones contra las iglesias, o contra la iglesia entendida como el conjunto de los creyentes, no están demasiado lejos de la verdad. O si lo preferimos, que no mienten, por desgracia. Y algo muy importante: que no es sólo una iglesia en exclusiva la catalizadora de todos esos males y esas desgracias, sino que todas, en mayor o menor medida, tienen su parte de culpa. Si en nuestros países de cultura latina y tradición católica la Iglesia de Roma ha estado permanentemente aliada con poderes políticos tiránicos y ha contribuido al empobrecimiento y la ignorancia de amplios sectores de la población, en otros países de otras culturas y tradiciones también se encuentran iglesias de rango nacional a las que se puede acusar —y de hecho se acusa— de cosas parecidas. Y, para que nadie se quede sin su porción correspondiente, a las iglesias, denominaciones, grupos o movimientos religiosos que no entran en tal categoría, de igual manera se los señala como fuente de oscurantismo, cuando no como negocios fraudulentos o culpables de actividades claramente delictivas.

En pocas palabras, todo un desafío para los creyentes cristianos comprometidos, un verdadero reto constante e ineludible. La pregunta brota con toda su fuerza: ¿qué se puede hacer?

Las citas de los dos ilustres pensadores con las que encabezamos esta reflexión nos llamaron poderosamente la atención en su día, cuando las leímos por primera vez; no lo podemos negar. No es porque sí que las hemos colocado precisamente ahí. Para ser sinceros, no creemos que frente a este ateísmo práctico que detectamos en tan amplios sectores de nuestra sociedad occidental hodierna la solución consista en comenzar por una dura y áspera diatriba acerca de la existencia de Dios al estilo de las famosas Quinque Viæ de Santo Tomás de Aquino o del Argumento Ontológico de San Anselmo de Cantérbury. Ni siquiera creemos que nuestro diálogo con quienes piensan de esa manera deba iniciarse con una apasionada apología de la inerrancia bíblica o un ataque frontal contra el evolucionismo a base de textos del libro del Génesis. Nuestra sociedad actual, tan impregnada de filosofía humanista en todos los aspectos, y tan concienciada acerca de las necesidades humanas fundamentales, no puede abordar ciertos temas sin una reflexión previa que ha llegar por otros derroteros y que, en primer lugar, ¡ha de ser asimilada como propia por los mismos cristianos!

El mensaje del evangelio, reconozcámoslo sin ambages, se dirige al hombre, vale decir, a la persona, no a los ángeles, no a entidades supra- o extra-humanas, y no consiste en la revelación de grandes misterios doctrinales o teologías enrevesadas, sino en la manifestación de un hombre muy concreto en el tiempo y en la historia: Jesús de Nazaret, el Mesías, el Cristo. Y esta manifestación es para salvación, lo que significa liberación (redención, en un lenguaje más teológico) y re-dignificación de los seres humanos. Cristo es en verdad reconocido y proclamado como Dios por la iglesia, no debido a sus milagros, no a causa de los relatos bíblicos que hablan de su nacimiento virginal, sino porque su misión, incluida su pasión, muerte y resurrección, generan esa total reubicación de la especie humana en el plano de dignidad que el Creador le había otorgado desde el primer momento y que ella misma había perdido. De ahí que un mundo cristiano en el que durante siglos se han defendido y plasmado desigualdades o diferencias supuestamente “naturales” entre las personas, haya constituido el mejor caldo de cultivo para toda clase de ateísmos prácticos y anticlericalismos feroces. Mal se puede dialogar con una sociedad hipersensibilizada ante las injusticias partiendo de presupuestos que creen o fomenten barreras de raza, clase social o sexo entre los hombres. En este sentido, iglesias o entidades religiosas que discriminan de entrada a quienes no son de una raza o etnia determinada, o que distribuyen cargos y prebendas en base a las entradas económicas de las personas, o que relegan a las mujeres a una posición de inferioridad para el acceso a los sagrados ministerios (por increíble que pudiera parecer, estas cosas aún existen en nuestros días. ¡Vaya si existen!), han quedado fuera de juego. No sólo en lo referente a la sociedad. También en lo que concierne al propio evangelio de Cristo.

Por otro lado, congregaciones particulares o denominaciones en su totalidad que profesen un absoluto aislamiento de las realidades de este mundo en base a una pretendida pureza que debe mantenerse a cualquier precio, o que sostengan una esperanza escatológica que haya de hallar un cumplimiento inmediato y por tanto las dispense de atender a las necesidades básicas del prójimo, no pueden jamás, por mucho que lo pretendan, llamarse Iglesia de Cristo. Su verdadera definición es secta y secta peligrosa.

Si como Cuerpo de Cristo deseamos extender las buenas nuevas entre nuestros contemporáneos de Occidente —sin olvidar nunca que el mundo en que vivimos cada día está más occidentalizado—, el único camino será presentar a Jesús como una realidad viva que trasciende los muros de capillas y templos para plasmarse en el día a día, en nuestra propia existencia y nuestro compromiso a favor del hombre. No es necesario caer en el extremo de transformar la Iglesia en una simple ONG o una asociación vecinal con ciertos tintes políticos más o menos definidos. Algunos ya lo han hecho y han perdido su dimensión de comunidad religiosa, lo que nunca debiera haber sucedido, realmente. La propia identidad eclesial, bien mantenida en una doctrina, una teología y una liturgia auténticamente cristianas, cómo no, jamás puede considerarse incompatible con esa dimensión humana y cercana al hombre de la calle, que necesita imperiosamente de la liberación y la re-dignificación que sólo Cristo puede darnos.

No hay razón alguna, por tanto, para temer el diálogo con quienes hoy afirman no creer.

lunes, 13 de enero de 2014

¿Hasta dónde?

Juan María Tellería.-

Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt. 28, 20b)

Acabamos de iniciar un nuevo año, el 2014, lo que supone nuevos retos, nuevos desafíos y nuevas expectativas en todos los órdenes de la existencia. No escapamos a ello como cristianos individuales ni tampoco en tanto que conjunto de creyentes, es decir, en tanto que iglesia, cuerpo de Cristo. Y desde luego, no somos impermeables ni inmunes a las corrientes de pensamiento y las preocupaciones de nuestros convecinos y conciudadanos, de manera que lo que a otros angustia o atenaza también ha de hacer mella en nosotros.

Hay, sin embargo, una preocupación muy específica que nos atañe en exclusiva, algo muy nuestro, que otros simplemente ignoran o desconocen por completo, pero que puede también afectarles de manera harto directa, y es la pregunta de hasta dónde ha de llegar la iglesia, hasta dónde hemos de llegar los creyentes cristianos en nuestros planteamientos como seguidores profesos de Jesús. O dicho de otra manera, cuál va a ser nuestra trayectoria a lo largo de este nuevo año recién comenzado, nuestro testimonio ante el mundo en tanto que discípulos de Cristo. Porque a nadie se le oculta que el cristianismo como sistema religioso o la iglesia en tanto que institución se hallan en una profunda crisis (no faltan quienes prefieren hablar de decadencia), no sólo de cara a quienes no forman parte de su conjunto, sino incluso de puertas adentro. De alguna manera, el gran desafío que nos impone este nuevo período cronológico de 365 días es una clarificación de nuestra identidad y, por ende, de nuestros objetivos.

¿Hasta dónde? De nuevo la “pregunta del millón”.

En relación con las cuestiones de tipo político, la iglesia cristiana —a nadie se le oculta— ha cometido grandes errores que aún hoy la marcan y la condicionan en ciertos lugares de forma que se halla literalmente encorsetada. ¡Lástima! La desgraciada alianza entre el trono y el altar, eso que algunos historiadores de lo sacro designan con el nombre de constantinismo y que según las épocas y las circunstancias ha tomado la forma de alianza entre el sillón presidencial y el altar, ha generado unos vínculos entre poderes establecidos y estamento clerical muy difíciles de romper, muy cómodos por un lado para ciertas denominaciones históricas nacionales en sus países de origen, pero sobremanera incómodos al mismo tiempo para más de una mente pensante y realmente cristiana de su seno. Hacer de la institución eclesiástica una sierva permanente del estado (aunque en ocasiones tenga la apariencia de señora más que de sierva) hipoteca el testimonio evangélico a unas políticas de un color determinado con exclusión de otras posibilidades en ocasiones más justas, y deriva al conjunto de los creyentes a unas tomas de postura no siempre en consonancia con la riqueza de las enseñanzas de Jesús. Por otro lado, la actitud contraria de oposición sistemática al estado que se respira en ciertos grupos y denominaciones cristianas minoritarias tampoco se muestra demasiado concorde en todos sus planteamientos con el mensaje original de Nuestro Señor. El error constantinista de las iglesias grandes ha arrastrado de alguna forma a las iglesias pequeñas a otro error igual de grave. Las cuestiones de tipo político, que no son ni mucho menos ajenas a los sentimientos cristianos (¿cómo iban a serlo viviendo todos los seres humanos en un mismo planeta y respirando un mismo aire?), jamás debieran colorear, no obstante, la vida de la iglesia. Si bien es cierto que puede haber, y de hecho hay, creyentes de derechas y de izquierdas, unionistas y separatistas, monárquicos y republicanos, totalitaristas y anarquistas, más y menos comprometidos en ideologías políticas concretas, el conjunto del cuerpo de Cristo no puede vivir como tal marcado por una tendencia política determinada dado que su mensaje es universal y apto para ser escuchado y aceptado por todos. Por decirlo de una vez: la iglesia no es un partido político ni puede servir a los intereses de partidos o facciones políticas específicas. En todos ellos hay puntos positivos, pero también injusticias que ella ha de señalar y denunciar proféticamente sin ambages.

En el terreno de la moral, lo que se ha dado en llamar moral cristiana, triste es tener que reconocer que la iglesia ha cometido también un craso error. No sólo ciertas iglesias, grandes o pequeñas, históricas o posteriores, mayoritarias o minoritarias. Esa trágica equivocación ha sido, y es, práctica común de la iglesia universal, el conjunto de los creyentes. Ha consistido en ceñir las cuestiones morales a prácticamente un único aspecto de la vida humana, o, y perdónesenos la patente grosería, a unos órganos muy concretos del cuerpo humano, con desdeñosa exclusión de todo lo demás. Durante siglos se ha vivido en las sociedades cristianas una tensión permanente entre una supuesta moral, que acabó siendo en el siglo XIX más social que religiosa, y unas realidades de la vida cotidiana resueltas a base de látigo o de hacha, literales o figurados, y que han hecho desgraciados a centenares de miles de seres humanos. Mientras las iglesias se horrorizaban ante embarazos prematuros y no deseados o ciertas condiciones sexuales anómalas y las castigaban con verdadera saña, cerraban sus ojos a otras clases de abominaciones o “hacían la vista gorda” ante situaciones embarazosas y claramente atentatorias contra la dignidad de la persona humana. Resulta en extremo repugnante leer alegatos de clérigos cristianos de épocas no demasiado lejanas que justificaban la esclavitud de los negros africanos y el comercio que ello representaba, mientras expulsaban de sus congregaciones y estigmatizaban para siempre a parejas jóvenes que habían llegado al matrimonio no en perfecta castidad. Y no podemos por menos que sentir escalofríos ante los concienzudos predicadores evangelical made in USA de nuestros días y sus epígonos de otros países que se permiten condenar sin paliativos y sin misericordia alguna a creyentes homosexuales —creyentes auténticos, no fingidos, y que NO han elegido tal condición sexual, lo que sin duda les hace sufrir a ellos y a su entorno—, mientras dan rienda suelta a una avaricia desmedida y una hambruna insaciable de dinero y bienes materiales de este mundo que les hace incurrir en todas las tretas del marketing (por no llamarlo por su nombre en castellano: robo descarado) a fin de engrosar sus arcas personales, amparándose en que tales ganancias son “fruto de la bendición divina”. Y ello sin mencionar más que de pasada que tales pecados mal llamados “carnales” parecen no serlo tanto cuando quien los comete es de clase alta o por lo menos adinerada; los ejemplos aparecen a miles en revistas del corazón y otras publicaciones del mismo nivel. Nadie nos malentienda: la moral cristiana también tiene que ver con la sexualidad, por supuesto. ¡Pero no sólo! La iglesia ha de ser sensible ante estas situaciones, pero sin olvidar que muy por encima de tales problemas se encuentran personas humanas. Y desde luego, nunca ha de olvidar la monstruosidad moral que representan tantos sistemas humanos de convivencia en los que se explota, se maltrata o se pisotea sin paliativos la dignidad de seres creados a la imagen y semejanza del Supremo Hacedor, a los que debe condenar abiertamente con más fuerza, si cabe, que a todo lo otro.

Y por no alargarnos ni cansar a los amables lectores de la Lupa Protestante, diremos tan sólo algo más en relación con la vida de las congregaciones cristianas actuales, la vida de la iglesia de puertas adentro, en la que también se constatan grandes extremos que han dañado profundamente la imagen del cuerpo de Cristo entre los propios creyentes. De ser las capillas, templos e iglesias propiamente dichas —sin entrar en cuestiones de precisión semántica— lugares de recogimiento y oración o de exclusiva adoración litúrgica, reservados para los oficios religiosos dominicales y de otros días de la semana, pareciera hoy que en algunas denominaciones se diera una derivación hacia labores exclusivamente sociales, de tal manera que los locales otrora sacros (en su sentido más etimológico) hoy fueran sedes sociales de simples ONGs. Ejemplos de cristianos comprometidos con los pobres y desfavorecidos de este mundo, como la célebre Madre Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer y otros menos conocidos por nuestras latitudes, suelen ser considerados como modelos a imitar en este sentido. Pero además se prodigan situaciones en las que templos y capillas devienen simplemente centros de ocio o locales multiusos de barrios o asociaciones vecinales concretas. No faltan en nuestros días las congregaciones que ya no tienen ni siquiera conciencia de ser iglesia en el más puro sentido neotestamentario del término, sino que se autodefinen como organismos de ayuda social o de cualquier otro tipo de actividad comunitaria, con lo que han perdido su prístina identidad y, por ende, gran número de su membresía (todo el mundo no se siente llamado a participar en tales actividades). De nuevo aparece sobre el tapete la cuestión de siempre: la tendencia humana al desequilibrio funcional. Nadie con dos dedos de frente cuestionará, desde luego, que la iglesia como tal haya de vivir ajena a las necesidades de este mundo. Como alguien dijera con gran sabiduría, la iglesia ha de ser el altavoz de los pobres y desfavorecidos (no sólo desde el punto de vista material, desde luego), pero es algo más. Centrar las actividades eclesiásticas únicamente en los cultos empobrece a las congregaciones, sin duda, pero no se ha de olvidar que Cristo no instituyó su iglesia como una simple organización social más.

¿Hasta dónde?, habíamos planteado. ¿Hasta dónde ha de llegar la iglesia en este nuevo año, y siempre?

En tanto que cuerpo de Cristo NO somos un partido ni una facción política con una ideología determinada. Los hay en gran cantidad en este mundo, y en todos ellos se encuentra bueno y malo, aprovechable y desechable.

En tanto que cuerpo de Cristo NO somos una sociedad de moral y buenas costumbres, ni siquiera una filosofía moralista. Ya existen morales sociales adaptadas a sus entornos culturales propios, algunas mejores que otras.

En tanto que cuerpo de Cristo NO somos una ONG, ni una cadena de centros solidarios o de organizaciones caritativas. Ya las hay, algunas con mejor funcionamiento que otras, desde luego.

Cristo no vino a este mundo a fundar una nueva facción política, ni a traer una filosofía, ni a constituir una organización solidaria. Cristo vino a inaugurar una nueva era de la historia, a introducir en este mundo y para siempre la plenitud de un Reino de Dios en el que caben personas de todos los credos políticos, de todas las filosofías y de todas las sensibilidades, pero en el que sólo se entra a través de su propia persona, de su obra, de su plenitud gloriosa manifestada en la crucifixión y la resurrección. Y Jesús el Cristo, no lo olvidemos, sólo se vehicula a través de la proclamación de la iglesia, depositaria de su mensaje y su enseñanza en las Sagradas Escrituras, abiertas a todos los seres humanos. De nada sirve, por lo tanto, que la iglesia se comprometa políticamente o que proclame una moral sublime (sexual, social y de todas las áreas) en una praxis solidaria con los menos favorecidos, si no proclama abiertamente quién es Cristo y qué ha hecho él por todos nosotros.

El reto que Dios nos marca para este nuevo año no es otro que esta proclamación, no sólo con hechos, sino también con palabras. Los seres humanos no sólo han de ver lo buenos, caritativos, comprometidos y solidarios que somos los cristianos (?), sino que han de saber quién es Jesús de Nazaret y lo que significa para todos nosotros.

Así hasta el fin del mundo.


Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Ese Dios que tanto molesta.



Allá por los años en que, en tanto que joven seminarista, iniciábamos nuestros estudios teológicos —la penúltima década del siglo pasado, ni más ni menos—, uno de nuestros profesores afirmó de forma rotunda en clase que la idea de Dios resultaba sumamente molesta a los incrédulos por dos conceptos fundamentales: la creación del mundo y eljuicio final. Para combatir la primera, proseguía, ateos como Darwin (!) habían “inventado” las teorías evolucionistas, que eliminaban a Dios de nuestros orígenes y nos reducían a los seres humanos a la categoría de meros “monos con un cerebro más desarrollado”; para hacer frente a la segunda, añadía, incrédulos como Bultmann (!) se habían “sacado de la manga” historias como la “desmitologización” de la Biblia, que hacían de las enseñanzas de las Escrituras un motivo de burla al reducirlas a la categoría de mitos, entendidos como “cuentos para niños”. En conclusión, pontificaba aquel profesor, la especie humana se liberaba de un Dios terrible que le exigía una vida moralmente íntegra y le pediría cuentas por sus pecados.








El primero es lo que de forma genérica llamamos la Teología de la Gracia, es decir, la comprensión de las Escrituras enfocada y exclusivamente centrada toda ella en la obra suprema de Dios en Cristo, jamás en el propio ser humano, ya sea el Israel del Antiguo Testamento o la Iglesia del Nuevo. Esta manera de entender los escritos bíblicos, que no obedece al capricho de ciertos lectores o intérpretes actuales o de siglos pretéritos, sino que se cimenta en infinidad de declaraciones de los mismos textos y en el hilo conductor que atraviesa el canon desde el Génesis hasta el Apocalipsis, viene a hacer polvo literalmente cualquier pretensión humana de mérito alguno ante Dios. Es cierto que esta discusión suena a Reforma Protestante del siglo XVI, y que hoy en día a ningún supuesto creyente evangélico se le ocurriría pensar en adquirir indulgencias plenarias previo pago, pongamos por caso, o acudir en peregrinación a ningún santuario para obtener el perdón divino por sus pecados. Sin duda que así es. Pero también es demasiado evidente que son demasiados los creyentes actuales que colocan todo el peso de su salvación personal en sus propias decisiones o en su obediencia estricta a los mandatos divinos (o a lo que algunos “iluminados” y “líderes” van diciendo por ahí que son mandatos divinos, que ésta es otra), decisiones y obediencias en definitiva que con excesiva frecuencia no obedecen sino a estados emocionales muy concretos y hasta hábilmente manipulados por profesionales de la verborrea religiosa —me resisto con todas mis fuerzas a llamarlos ministros de laPalabra, que es algo sagrado—, y que en cualquier caso hacen del ser humano el centro indiscutible de todo, destronando y desplazando a Cristo. El Dios de la Biblia que toma la iniciativa de la Redención del hombre y que elige, llama, dirige la vida de sus hijos, los salva y los santifica porque así lo quiere, es decir, por pura misericordia, molesta a quienes, consciente o inconscientemente, se creen demasiado buenos o piensan ser mejores que el resto porque han sabido responder positivamente a los llamados divinos, o porque han tomado la buena decisión cuando correspondía. Hemos constatado de forma directa que son demasiados los creyentes ofendidos (a veces con notoria agresividad) por la idea de que es Dios quien decide redimir y salvar, no ellos mismos; de que es Dios quien da el primer paso, no ellos; de que es Dios quien concede sus dones por puro amor, no porque ellos los merezcan; de que Dios abre sus puertas a todos y derrama bendición sobre todos, no sólo sobre los obedientes; y de que finalmente Dios recibe en su presencia a muchos que más de uno rechazaríamos. La Teología de la Gracia nos hace añicos, literalmente. Nos muestra quiénes y qué somos en realidad, o sea, nuestra total dependencia del Dios revelado en Cristo. Este Dios molesta.


El segundo es el compromiso que nos exige el Reino de Dios inaugurado por Jesús. Hablar de compromiso hoy en muchos ambientes cristianos tiene una amplia gama de significados, un variado espectro semántico: se entiende por él desde la asistencia regular a los cultos dominicales o a las reuniones de entre semana hasta la participación en ciertas actividades de la congregación, sean sociales internas, solidarias, evangelizadoras, testimoniales, pasando por la contribución generosa en las ofrendas de la iglesia y tantas otras cosas de igual calibre. Y nadie tiene nada que decir en contra. El cristiano, se supone, adquiere un compromiso con su congregación y es su deber (su privilegio suena mejor) hacerle frente. No cabe duda de que tales compromisos, si bien en ocasiones puedan resultar gravosos en tiempo y en dinero, a la larga o a la corta generan en el creyente un cierto grado de satisfacción nada desdeñable: es muy positivo poder colaborar en las actividades de la iglesia y hasta resulta educativo frente a los propios hijos o los demás niños y jóvenes de la congregación respectiva. Pero nos referimos a otra clase de compromiso que no anula nada de lo dicho, por cierto, pero es un tanto diferente. El Reino inaugurado por Jesús, según leemos en los Evangelios, no se limita a las parroquias o congregaciones locales. Su proclamación, que va más allá de lo que entendemos por “testimonio” o por “evangelización”, implica una denuncia abierta de las injusticias sociales y de quienes las provocan. No basta con organizar repartos de comida o de ropa entre los menos favorecidos; no es suficiente con participar en campañas para que niños de familias depauperadas tengan regalos o juguetes en Navidad. Todo esto está muy bien y es necesario que se haga, naturalmente, pero Dios exige de su pueblo algo más: una protesta firme y una denuncia sin paliativos —profética en el más puro sentido de la palabra— de todo aquello y de todos aquéllos que mantienen a las gentes en la pobreza y en la ignorancia. La redención de Cristo no sólo implica la expiación de los pecados de la humanidad; también conlleva una re-dignificación de la persona, una revaloración de los seres humanos, creados todos ellos sin excepción a la imagen y semejanza del Creador, y quienes viven en este mundo deben saberlo. Dios quiere que seamos nosotros quienes proclamemos estas cosas. Para algo nos ha elegido en Cristo por pura Gracia y nos ha puesto en esta tierra como un pueblo sacerdotal. No basta con participar en labores de las que llamamos sociales, muchas de las cuales se efectúan (¿y por qué no?) con ayudas de fondos públicos. Hay que levantar la voz alto y claro denunciando la injusticia, la corrupción, la podredumbre de quienes ejerciendo el poder de forma indigna y amparándose en siglas políticas de todos los tamaños y colores (y siempre engañosas) aplastan a los pueblos y deshonran así a todo el género humano. Dios quiere que ejerzamos este ministerio. Por eso molesta. Molesta y mucho a quienes se conforman con creer que somos un pueblo aparte —“pequeñito y muy feliz”, se cantaba hace años—, impermeable a las influencias de este mundo (?) y debemos vivir separados de todo y de todos preparándonos para un apocalipsis devastador que tendrá lugar en un futuro más o menos lejano.










Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupa Protestante