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domingo, 17 de enero de 2016

Lenguas en peligro: algunas podrían extinguirse en un siglo.


Lenguas en peligro: la mitad de las 6000 que existen podrían extinguirse en un siglo

La Unesco calcula que unas 2500 corren riesgo si no se toman medidas de conservación; influye la presión del inglés y el chino.

Arwen charrien shiken es una frase en lengua ona o selknam, que significa "el río divide la tierra". Esta forma de habla, utilizada antiguamente por los habitantes de las tierras más australes de América del Sur, es sólo un ejemplo de las más de 200 lenguas que la Unesco considera ya extintas, aunque algunas de ellas aún conserven hablantes.

La Organización de las Naciones Unidas es tajante respecto al estado de salud de las lenguas en el mundo: de no adoptarse medidas urgentes, la mitad de las 6000 que hay reconocidas a nivel global desaparecerán a finales de este siglo.

Cuando muere una lengua, se entierra una cultura. Si no se conservan registros documentales, se pierden los saberes ancestrales contenidos en las tradiciones de los pueblos, su cosmovisión del mundo y su aporte a la historia universal.

Sin embargo, la transmutación y evolución de las formas de habla es -y siempre lo ha sido- un proceso que acompaña la historia de cada comunidad. Así lo explican reconocidos científicos sociales y lingüistas de distintas partes del planeta, que contaron a LA NACION su visión respecto a lo que ya es una realidad: en promedio, desaparece una lengua cada dos semanas y hay, según confirmó la Unesco a este diario, más de 2400 en peligro.

"La desaparición es un proceso complejo", indicó a LA NACION el lingüista británico Christopher Moseley. El investigador encabeza el equipo de editores del Atlas interactivo que elaboró la Unesco sobre lenguas en peligro y que las cataloga, según los grados de amenaza, como vulnerables, en peligro, seriamente en peligro, en situación crítica y extintas.



El catedrático y experto en lingüística y filología de la Universidad Complutense de Madrid Enrique Bernárdez Sanchís, autor de varios libros, señala que la desaparición de una lengua exige, al menos, que dos generaciones dejen de hablarla. "Es evidente que las lenguas pequeñas acabarán desapareciendo; lo problemático es no registrarlas porque, como ocurre con las especies biológicas, ellas guardan elementos esenciales de las distintas formas de concebir el mundo."

Se considera que la supervivencia de una lengua no está asegurada si tiene menos de 50.000 hablantes, aunque este parámetro es objeto de debates y controversias, lo mismo que los requisitos para la catalogación de idiomas y dialectos.

La modernización, la globalización, el éxodo rural a los núcleos urbanos y la masificación del contacto humano facilitan la mortalidad de las lenguas. Antes, las comunidades vivían aisladas por las dificultades de movilidad y el menor contacto protegía los idiomas.

La desaparición de lenguas es un fenómeno que se ha disparado desde la segunda mitad del siglo XX. Desde 1950, se han extinguido 230 formas de habla y la diversidad lingüística es amenazada por la presión unificadora de las llamadas lenguas mundiales, como el inglés, el español o el chino, así como por la propia autocensura de los hablantes o la discriminación externa.

La lingüista Nuria Polo, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de España, considera que, en ocasiones, "las personas sienten que su lengua no es útil y dejan de usarla en favor de una lengua «fuerte» de su entorno. Pero hay que protegerlas. A todos nos da pena perder al último rinoceronte blanco... pues debemos tener la misma conciencia para las lenguas".
Casos críticos

Hay zonas del mundo donde la desaparición es muy rápida, como en Estados Unidos. Los niños ya no aprenden las lenguas de sus padres y éstas no se registran mediante la escritura, ni se utilizan en los medios de comunicación, ni en la escuela.

En Australia, la situación es extremadamente seria. La mayoría de las lenguas aborígenes han desaparecido y las que se hablan no superan los 3000 hablantes. Lo mismo ocurre en el norte de Rusia, en África central y meridional y en zonas de Asia. En África, la presión dominante la realizan las grandes lenguas del continente, como el hausa, el zulú o el yoruba. En China, van desapareciendo lenguas por el peso del mandarín o el cantonés.

En Europa, las lenguas se mantienen, pero en otras latitudes las cosas van mal, sobre todo en regiones remotas: en Tierra del Fuego no queda prácticamente nada y en regiones amazónicas están en serio peligro. En la Argentina hay, según la Unesco, 18 amenazadas.

El sociolingüista estadounidense y doctor en Letras Paul Lewis es el editor general de Ethnologue, obra de referencia creada en 1951 para la catalogación de las lenguas. Lewis explicó que "lo principal es el tremendo aumento del contacto entre grupos. El desarrollo de infraestructuras y transportes, y la casi omnipresencia de la radiodifusión, la telefonía e Internet causan que la gente de lugares retirados pueda escuchar, comunicarse y ser consciente de las modas «globales»". La doctora en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Harvard y profesora de la Universidad Torcuato Di Tella (Argentina) Karina Galperin recuerdó, no obstante, que la evolución de una lengua es un proceso natural: "Las lenguas van mutando con las sociedades; como ejemplo está la desaparición del latín. Entiendo que sería artificial preservar una lengua que ya no se utiliza", señala. Galperin considera que la preservación de textos o conocimientos de una cultura es apropiada como preocupación académica, o por un interés histórico o antropológico, pero entiende que las lenguas están ligadas a la historia de los pueblos.

Anabel Giracca, lingüista y profesora de la Universidad Rafael Landívar, en Guatemala, habló con LA NACION sobre la realidad de su país. "Tenemos 24 idiomas indígenas, 22 de origen maya. Con el racismo incrustado en el Estado, no hay igualdad. La ley se imparte en español, y hombres y mujeres monolingües son juzgados sin comprender razones. Se impone el castellano, hay poco material escrito en sus lenguas y no hay diccionarios actualizados. Si un idioma no abarca ámbitos de uso como la justicia, la educación o la literatura, se estanca frente a la modernidad."

Las nuevas tecnologías están jugando un papel relevante para el registro de las lenguas en peligro: audios, imágenes multimedia, radios y diccionarios digitales ayudan a preservarlas y revitalizarlas. El profesor Enrique Bernárdez destaca que "en la Red se encuentran grabaciones de video y audio de lenguas que hasta ahora era imposible registrar. Se va creando un registro virtual de lenguas. Antes, debías recurrir a un libro para saber sobre los tehuelches. Ahora, podés ver al último tehuelche hablando en grabaciones en la Red".

martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué hacemos con la “lengua especial” cristiana?



Con este nuestro artículo de hoy somos conscientes de que nos adentramos en un terreno por demás resbaladizo, en camisa de once varas, como dice una expresión muy castiza española. Vaya por delante que lo único que deseamos, y lo decimos con la mayor sinceridad, es suscitar en el amable lector la reflexión. No la discusión violenta ni la controversia a partir de tomas de postura radicales. Sólo la reflexión. Ojalá sea así, pues el asunto que esbozamos (así, simple y llanamente, sin mayores pretensiones) reviste, tal como creemos, la mayor importancia, y bien merece nuestra atención.

Hace ya décadas que venimos escuchando en medios cristianos de todas las denominaciones una queja generalizada sobre la manera en que nos expresamos los creyentes en nuestra conversación habitual, o incluso la forma en que vehiculamos el evangelio desde los púlpitos y la página escrita, en la idea de que empleamos una especie de lenguaje críptico que resulta incomprensible al resto de la población. De ahí la necesidad perentoria, se insiste, de dar al traste con todo ese patois de Canaan1 y de adaptar las liturgias y hasta las traducciones de la Biblia a la realidad lingüística de nuestros días.

No es una afirmación exagerada, desde luego, decir que existe todo un lenguaje cristiano y eclesiástico bien estructurado desde hace siglos. A lo largo de su evolución, las lenguas históricas (el castellano entre ellas) han ido desarrollando, además de todo un conjunto de dialectos y hablas locales muy bien definidas y en permanente proceso de mutación, variantes de tipo social y cultural que se distinguen, especialmente, por su léxico, por un vocabulario muy concreto que responde a unas necesidades particulares, y que tiene cierta tendencia al fijismo. Los lingüistas dan a estas variantes el nombre de lenguas especiales, y las señalan como una creación inevitable de los grupos que las emplean, por medio de las cuales marcan su propia identidad; quien ingresa a un grupo concreto, adopta de inmediato esas características lingüísticas, las hace suyas, se identifica con ellas y ellas lo identifican. Obligar a un conjunto social bien definido, sea profesional o ideológico, a renunciar a su lengua especial, constituye, por tanto, un grave atentado a su idiosincrasia. Si ello sucede, se quiera o no, andando el tiempo, ese conjunto desarrollará otro tipo de lenguaje que lo defina o lo destaque, con su nuevo léxico ad usum initiandorum, y el proceso continuará.

El cristianismo generó, desde el principio, su propio nivel de lengua, con sus expresiones características, teológicas y litúrgicas, cuyas raíces hallamos ya en el mismo Nuevo Testamento. Especialistas en la lengua griega clásica nos señalan que ciertas construcciones, cierto vocabulario que encontramos en los escritos apostólicos, y que luego podemos leer también en los Padres de la Iglesia, debían resultar del todo incomprensibles, y hasta desagradables en algunos casos muy concretos, para los oídos helénicos, e incluso helenísticos, educados en la cadencia y la riqueza de los grandes autores de la antigua Grecia. Alguien que, desde niño, había aprendido de memoria los poemas homéricos o se había habituado a contemplar y escuchar representaciones teatrales de los grandes tragediógrafos o los cómicos atenienses, encontraría extraños los giros y expresiones de los Evangelios. Quien estaba formado en el arte de la oratoria de un Demóstenes, de un Lisias o de un Isócrates, no se sentiría demasiado cómodo escuchando ciertos pasajes de algunas epístolas neotestamentarias2 o el Apocalipsis. Únicamente al asimilar la nueva fe y toda su riqueza conceptual podría hacer suyo el nuevo vocabulario y las nuevas expresiones. Su conversión al cristianismo no sólo conllevaba, por tanto, la salvación de su alma o un cambio radical en sus principios de vida, sino también una transformación cultural expresada, naturalmente, por medio del idioma.

Algo similar sucedió cuando las Escrituras fueron traducidas a la lengua latina3. El llamado latín cristiano, que tanto horror causaba en el joven y bien formado Agustín de Hipona antes de su conversión4, llegó a impregnar hasta tal punto la lengua del Imperio romano que hoy ha dejado su impronta en la evolución de las lenguas románicas5. Es el mismo fenómeno que se produce a diario cuando las Escrituras se traducen, en todo o en parte, para uso de los hablantes de una lengua o dialecto que hasta la fecha carecían de ellas. El cristianismo, como toda ideología, y la Iglesia, como todo grupo social bien definido, generan su propia lengua, su propia clave idiomática, que es preciso explicar con claridad a aquéllos ante quienes se exponen los contenidos que se desean compartir, y que adoptan sin dificultades cuando se identifican plenamente con ellos.

A nadie se le oculta la realidad de que los idiomas prosiguen su evolución en unos procesos más o menos rápidos, según los diferentes factores que influyan en ellos. Algunos fenómenos muy puntuales que se producen dentro de ese decurso cronológico no dejan de ser modas pasajeras que más tarde ni los propios hablantes recuerdan con claridad, o que incluso desconocen por completo6; otros, por el contrario, adquieren carta de naturaleza y se instalan de manera definitiva en la lengua. Pero, al mismo tiempo, todo el mundo reconoce la existencia de lenguas especiales como una necesidad ineludible y no siempre traducible a los niveles más populares de expresión. El vocabulario cristiano se engloba dentro de esta rama de la evolución del idioma.

Tienen razón quienes, ante la evidencia real de la ignorancia o el desconocimiento de las expresiones típicas cristianas por parte de amplios sectores poblacionales, claman por una actualización y una puesta a punto del vocabulario eclesiástico en aras de una mejor comprensión de aquello que se desea transmitir. Lo que, sinceramente, nos preguntamos es: ¿qué se ha de hacer en definitiva? ¿Dejarlo todo como está y esperar tiempos mejores?7¿Renunciar por principio a una rica herencia cultural litúrgica y teológica que ha marcado nuestra identidad, y empobrecer de este modo, no sólo la “lengua eclesiástica”, no únicamente el vocabulario teológico, sino el conjunto del idioma, para reducirlo todo a un léxico simplificado del nivel de la infortunada E.S.O.? ¿O educar, más bien, a quienes son instruidos en las verdades del evangelio para que lleguen también a comprender el legado de ese vocabulario específico, lo asimilen y lo hagan suyo?

La historia reciente de las traducciones bíblicas viene a reflejar muy bien lo que estamos comentando. Conocemos a demasiadas congregaciones conscientes de las más que patentes deficiencias de la versión más tradicional en nuestro idioma, pero al mismo tiempo no demasiado convencidas de otras publicadas en un lenguaje más moderno, sencillamente porque han eliminado de un plumazo expresiones y términos de una gran riqueza teológica que han conformado toda una mentalidad, toda una cultura cristiana. Para un amplio sector del mundo evangélico y protestante contemporáneo de expresión española, la solución ha sido sacralizar la Biblia Reina-Valera, versión 1960, de manera que ella, y no otra, es la Santa Biblia por antonomasia en la lengua de Cervantes8; para otros, efectuar revisiones de ella (que no han gustado a casi nadie); y para un sector más progresista, su eliminación drástica, sustituyéndola por otra (y es aquí donde ha ardido Troya9).

Ya lo decíamos al comienzo de este artículo: sólo deseamos suscitar la reflexión, no aportar soluciones.

Creemos, personalmente, en la necesidad perentoria e imperiosa de expresarnos, como cristianos, en un castellano (o en cualquier idioma) del siglo XXI, del momento en que vivimos, por un lado. Pero, por el otro, también creemos en el valor de la herencia que hemos recibido, incluso de la herencia lingüística, y en la vocación educadora y formadora del cristianismo.

Mientras tanto, seguimos orando y pidiéndole al Señor nos muestre el camino para vehicular de manera adecuada su mensaje salvador a quienes han de recibirlo por medio de la proclamación de su Palabra.

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1Lit. “jerga de Canaán”, expresión que muchos creyentes protestantes y evangélicos francófonos emplean para designar el “dialecto cristiano” que los distingue del resto de sus conciudadanos. Con este mismo nombre se designa también en países que no son de lengua francesa.


2Las llamadas Epístolas Católicas o Universales, especialmente.


3Aunque, sin duda, la evangelización de las regiones occidentales del Imperio romano (Hispania, la Galia y África) acabó haciéndose en latín, todo apunta a que en un comienzo las buenas nuevas se transmitieron al comienzo en griego. En la propia ciudad de Roma, el griego fue la lengua eclesiástica hasta bien entrado el siglo III.


4En la formación del joven Aurelio Agustín, como en la de todo joven romano de casa bien, habían tenido un papel destacado los grandes autores de la lengua latina: Cicerón y Virgilio, amén de otras figuras destacadas del latín clásico.


5Cf. García de la Fuente, O. Introducción al latín bíblico y cristiano. Madrid: Ediciones Clásicas. 1990.


6Así sucede con algunas expresiones que Valle-Inclán coloca en sus personajes del Madrid de principios del siglo pasado. Hoy resultan totalmente incomprensibles, incluso para los especialistas.


7Alguien nos dijo, hace no demasiado tiempo, que sería lo más inteligente. A decir verdad, no lo creemos, pero respetamos a quienes así piensen.


8Algo similar a lo que, en ciertos círculos del mundo anglosajón, ha tenido lugar con la King James Version.


9Ciertos círculos ultraconservadores han estigmatizado la NVI como diabólica y satánica (¡¡??), por razones que ellos sabrán; la BTI y su edición protestante La Palabra ha constituido una decepción para buen número de creyentes, no especialmente conservadores (¡y conservadores también!), que quizá esperaban demasiado de ella; la NTV se percibe en ciertos sectores más como una paráfrasis que como una verdadera traducción; DHH, que hoy por hoy puede considerarse ya una versión clásica en castellano, arrastra para muchos el estigma de haber estado inspirada desde el primer momento por una filosofía ecuménica (lo mismo que BTI). Y suma y sigue.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Ocupemos el futuro.




Noam Chomsky

Pronunciar una conferencia Howard Zinn es una experiencia agridulce para mí. Lamento que él no esté aquí para tomar parte y revigorizar a un movimiento que hubiera sido el sueño de su vida. En efecto, él puso buena parte de sus fundamentos.

Si los lazos y las asociaciones que se están estableciendo en estos notables eventos pueden sostenerse durante el largo y difícil periodo que les espera –la victoria nunca llega pronto–, las protestas de Ocupemos podrían representar un momento significativo en la historia estadunidense.

Nunca había visto nada como el movimiento Ocupemos, ni en tamaño ni en carácter; ni aquí ni en ninguna otra parte del mundo. Las avanzadas de Ocupemos están tratando de crear comunidades cooperativas que bien podrían ser la base para las organizaciones permanentes que se necesitarán para superar las barreras por venir y la reacción en contra que ya se está produciendo.
Que el movimiento Ocupemos no tenga precedentes es algo que parece apropiado, pues ésta es una era sin precedentes, no sólo en estos momentos sino desde los años 70.
Los años 70 fueron una época decisiva para Estados Unidos. Desde que se inició el país, éste ha tenido una sociedad en desarrollo, no siempre en el mejor sentido, pero con un avance general hacia la industrialización y la riqueza.
Aun en los periodos más sombríos, la expectativa era que el progreso habría de continuar. Apenas tengo la edad necesaria para recordar la gran depresión. Para mediados de los años 30, aunque la situación objetivamente era mucho más dura que hoy, el espíritu era bastante diferente.
Se estaba organizando un movimiento obrero militante –con el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO) y otros– y los trabajadores organizaban huelgas con plantones, a un paso de tomar las fábricas y manejarlas ellos mismos.
Debido a las presiones populares se aprobó la legislación del nuevo trato (New Deal). La sensación que prevalecía era que saldríamos de esos tiempos difíciles.
Ahora hay una sensación de desesperanza y a veces de desesperación. Esto es algo bastante nuevo en nuestra historia. En los años 30, los trabajadores podían prever que los empleos regresarían. Ahora, los trabajadores de manufactura, con un desempleo prácticamente al mismo nivel que durante la gran depresión, saben que, de persistir las políticas actuales, esos empleos habrán desaparecido para siempre.
Ese cambio en la perspectiva estadunidense ha evolucionado desde los años 70. En un cambio de dirección, varios siglos de industrialización se convirtieron en desindustrialización. Claro, la manufactura siguió, pero en el extranjero; algo muy lucrativo para las empresas pero nocivo para la fuerza de trabajo.
La economía se centró en las finanzas. Las instituciones financieras se expandieron enormemente. Se aceleró el círculo vicioso entre finanzas y política. La riqueza se concentraba cada vez más en el sector financiero. Los políticos, enfrentados a los altos costos de las campañas, se hundieron más profundamente en los bolsillos de quienes los apoyaban con dinero.
Y, a su vez, los políticos los favorecieron con políticas favorables para Wall Street: desregulación, cambios fiscales, relajamiento de las reglas de administración corporativa, lo cual intensificó el círculo vicioso. El colapso era inevitable. En 2008, el gobierno una vez más salió al rescate de empresas de Wall Street que supuestamente eran demasiado grandes para quebrar, con dirigentes demasiado grandes para ser encarcelados.
Ahora, para la décima parte del uno por ciento de la población que más se benefició de todos estos años de codicia y engaños, todo está muy bien.
En 2005, Citigroup –que, por cierto, ha sido objeto en repetidas ocasiones de rescates del gobierno– vio al lujo como una oportunidad de crecimiento. El banco distribuyó un folleto para inversionistas que los invitaba a poner su dinero en algo llamado el índice de la plutonomía, que identificaba las acciones de las compañías que atienden al mercado de lujo.
Líderes religiosos, principalmente de la comunidad afroestadunidense, cruzaron el domingo el puente Brooklyn con lonas y tiendas para entregarlas a los miembros del movimiento Ocupa Wall Street, acampados en el corazón económico de la ciudad de Nueva YorkFoto Mike Fleshman

“El mundo está dividido en dos bloques: la plutonomía y el resto”, resumió Citigroup. “Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá son las plutonomías clave: las economías impulsadas por el lujo.”

En cuanto a los no ricos, a veces se les llama el “precariado”: el proletariado que lleva una existencia precaria en la periferia de la sociedad. Esa “periferia”, sin embargo, se ha convertido en una proporción sustancial de la población de Estados Unidos y otros países.
Así, tenemos la plutonomía y el precariado: el uno por ciento y el 99 por ciento, como lo ve el movimiento Ocupemos. No son cifras literales pero sí es la imagen exacta.
El cambio histórico en la confianza popular en el futuro es un reflejo de tendencias que podrían ser irreversibles. Las protestas de Ocupemos son la primera reacción popular importante que podrían cambiar esa dinámica.
Me he ceñido a los asuntos internos. Pero hay dos peligrosos acontecimientos en la arena internacional que opacan todo lo demás.
Por primera vez en la historia hay amenazas reales a la sobrevivencia de la especie humana. Desde 1945 hemos tenido armas nucleares y parece un milagro que hayamos sobrevivido. Pero las políticas del gobierno de Barack Obama y sus aliados están fomentando la escalada.
La otra amenaza, claro, es la catástrofe ambiental. Por fin, prácticamente todos los países del mundo están tomando medidas para hacer algo al respecto. Pero Estados Unidos está avanzando hacia atrás.
Un sistema de propaganda, reconocido abiertamente por la comunidad empresarial, declara que el cambio climático es un engaño de los sectores liberales. ¿Por qué habríamos de ponerles atención a estos científicos?
Si continúa esta intransigencia en el país más rico y poderoso del mundo, no podremos evitar la catástrofe.
Debe hacerse algo, de una manera disciplinada y sostenida. Y pronto. No será fácil avanzar. Es inevitable que haya dificultades y fracasos. Pero a menos que el proceso que está ocurriendo aquí y en otras partes del país y de todo el mundo continúe creciendo y se convierta en una fuerza importante de la sociedad y la política, serán exiguas las posibilidades de un futuro decente.
No se pueden lanzar iniciativas significativas sin una base popular amplia y activa. Es necesario salir por todo el país y hacerle entender a la gente de qué se trata el movimiento Ocupemos; qué puede hacer cada quien y qué consecuencias tendría no hacer nada.
Organizar una base así implica educación y activismo. Educar a la gente no significa decirle en qué creer; significa aprender de ella y con ella.
Karl Marx dijo: “La tarea no es solamente entender el mundo sino transformarlo.” Una variante que conviene tener en cuenta es que si queremos cambiar al mundo más nos vale entenderlo. Eso no significa escuchar una plática o leer un libro, si bien eso a veces ayuda. Se aprende al participar. Se aprende de los demás. Se aprende de la gente a la que se quiere organizar. Todos tenemos que alcanzar conocimientos y experiencias para formular e implementar ideas.
El aspecto más digno de entusiasmo del movimiento Ocupemos es la construcción de vínculos que se está dando por todas partes. Si pueden mantenerse y expandirse, el movimiento Ocupemos podrá dedicarse a campañas destinadas a poner a la sociedad en una trayectoria más humana.
*(Este artículo está adaptado de una plática de Noam Chomsky en el campamento Ocupemos Boston (Occupy Boston), en la plaza Dewey, el 22 de octubre. Habló ahí como parte de la Serie de Conferencias en Memoria de Howard Zinn, celebrada por la Universidad Libre de Ocupemos Boston. Zinn fue historiador, activista y autor de A People’s History of the United States.)
(El libro más reciente de Noam Chomsky es 9-11: Was There an Alternative?
Chomsky es profesor emérito de Lingüística y Filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge, Massachusetts.