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viernes, 31 de octubre de 2014

La Reforma incomprendida.



Como nuestros amables lectores saben bien, el 31 de octubre, que lo tenemos a la vuelta de la esquina, es una festividad harto entrañable para quienes profesamos el cristianismo en perspectiva protestante: en ese día del año 1517, un fraile agustino alemán, de nombre Martín Lutero, clavaba en las puertas de la iglesia de Wittenberg un escrito que contenía 95 tesis acerca de las indulgencias papales. En una palabra, había comenzado la Reforma, un movimiento que desbordó, ya en su momento, al mismo Lutero, y que hoy, en nuestros días, sigue desbordando a muchos, aunque de manera un tanto distinta. No porque se haya detenido o paralizado su impulso reformador, ni mucho menos: cada vez son más, gracias a Dios, los que se interesan por sus planteamientos y sus puntos de vista en múltiples áreas de la existencia; sino porque son demasiados quienes hoy se pretenden hijos o seguidores de aquel movimiento inicial, pero sin haberlo entendido nunca; peor aún, habiendo echado por tierra sus postulados básicos, tergiversándolos y trastocándolos, y sustituyéndolos por mitos.

Así, como suena. Corren unos cuantos mitos en el mundo evangélico contemporáneo de habla castellana (y de otras, como hemos comprobado personalmente) acerca de lo que fue, es o tendría que ser la Reforma. Mitos que, no sólo no enfocan debidamente aquella Reforma del siglo XVI, sino que deforman la realidad del movimiento iniciado por Lutero. Hemos detectado unos cuantos que exponemos a continuación, con la firme esperanza de que algún día no muy lejano desaparezcan y cedan su lugar a la realidad del auténtico protestantismo.

El primero de ellos lo formulamos así: La Reforma descubrió la Biblia y la entregó a los pueblos. Alguien podría pensar, sin duda, en ese dicho popular: “¡la primera, en la frente!” Tal vez, pues se trata de un mito fuertemente arraigado, y que se cimenta, como todos, en el desconocimiento de las realidades. En estos casos, no hace falta demasiada teología; basta con un poco de escuela primaria y secundaria de cierta calidad, y además bien aprovechadas. La fe cristiana se había establecido y conformado sobre el testimonio de las Escrituras, prácticamente desde sus comienzos. Los escritos del Nuevo Testamento, especialmente las cartas apostólicas, que eran leídas en las distintas congregaciones de la antigüedad, vienen salpicados de citas veterotestamentarias, algunas comentadas, y otras simplemente mencionadas. Y desde el siglo II, los escritos de los Padres de la iglesia mencionan de continuo el conjunto de la Biblia, a la que acuden buscando guía y orientación para su fe y su doctrina. Esta situación no desapareció con el decurso del tiempo. Incluso en épocas tan supuestamente oscuras como fueron los largos siglos del Medioevo, las figuras más descollantes del pensamiento cristiano de la época acuden de continuo a los Libros Sacros, que citan en profusión. La realidad de un bajo clero ignorante y supersticioso (¿acaso no existen hoy ejemplares de la misma especie en muchas iglesias?) o de unas Escrituras únicamente accesibles en la lengua culta del momento, el latín, así como la constatación de un analfabetismo generalizado entre el pueblo cristiano, no niega el hecho de que los creyentes, incluso sin saber leer ni escribir, no ya en latín, sino en su propia lengua, eran conscientes de que las Sagradas Escrituras contenían los mensajes que se leían cada domingo, cada festividad, en el púlpito. Que los comprendieran bien o mal es otra historia. La Reforma devolvió al pueblo, eso sí, unas Escrituras traducidas a las lenguas vulgares; no porque no existieran ejemplares de la Biblia traducidos a los idiomas populares, sino porque no eran accesibles. Y lo que hizo también fue generalizar su uso gracias a la imprenta. Sin duda contribuyó al desarrollo de la educación de ciertos pueblos europeos, pero no “descubrió” la Biblia: sólo la difundió.

El segundo podríamos enunciarlo de esta manera: La Reforma quiso fundar una nueva iglesia. También es falso. Y no sólo falso; es pernicioso. Este postulado, repetido y vivido hasta la saciedad en grandes extensiones del mundo evangélico, ha propiciado una atomización tan grande de iglesias y congregaciones, que en realidad mucho nos tememos que se haya llegado a perder el mismo concepto de iglesia, lo cual es muy grave. Ni a Lutero ni a Calvino ni a Zwinglio, ni a ninguno de los reformadores del siglo XVI, se les pasó jamás por las mientes la idea, por demás monstruosa, de “fundar” una nueva iglesia. Todos ellos eran muy conscientes de que, como Cristo es uno, su cuerpo sólo puede ser uno también. Lo que quisieron, y lo quisieron de veras, fue reformar la iglesia que ya existía, la que ellos conocían y de la que siempre y de corazón formaron parte. Fue la iglesia en cuestión la que cometió el craso error de expulsar de su seno a los Reformadores y de excomulgar, anatematizar y perseguir a cuantos seguían la fe reformada considerándolos cismáticos, en el mejor de los casos, o herejes y enemigos, en el peor. Roma ha tardado la friolera de cuatro siglos largos en darse cuenta de su error; aunque el papa Adriano VI (Adriano de Utrecht), en su brevísimo pontificado, coincidente con el despuntar de la Reforma, reconoció la culpa de la iglesia en aquella situación —llegó a entonar en público el mea culpa—, sus sucesores no mantuvieron aquella actitud, con lo que se produjo una ruptura de todo punto innecesaria. Y luego, un mal espíritu divisor ha ido deshaciendo el protestantismo hasta el día de hoy, generando gorpúsculos que se multiplican como amebas, sin razones realmente justificables, demasiadas veces debido a un individualismo exagerado o un personalismo que raya lo enfermizo, en los que no queda prácticamente nada de la iglesia auténtica que los Apóstoles, los Padres y los Reformadores conocieron. Por llamar las cosas por su nombre, y sin ánimo de herir a nadie: los Reformadores quisieron reformar la iglesia, pero muchos de sus presuntos seguidores lo único que han constituido es sectas y sectas peligrosas.

Y ello viene fuertemente influido por el tercer gran mito, según el cual La Reforma descubrió la verdad, que estaba perdida. Si el segundo mito, como veíamos, puede llegar a ser harto peligroso, éste no lo es menos. Que los Reformadores fueran conscientes de llamar la atención hacia lo más importante, dado que la iglesia tendía a descuidarlo (de ahí lemas reformados como el célebre Post tenebras lux del calvinismo, tomado de Job 17,12, según la Vulgata latina), no supone que ellos fueran conscientes de haber “descubierto” nada en el más puro sentido de la palabra. De hecho, la obsesión por “descubrir verdades” ha dinamitado el mundo evangélico hasta, en muchos casos concretos, hacerlo estallar en pedazos. Los Reformadores, digámoslo claro, no se interesaron tanto por doctrinas o dogmas abstractos como por la realidad de la persona y la obra de Cristo, que encontraron en su plenitud en la Santa Biblia. Todo el pensamiento y la teología de la Reforma se ciñó estrictamente a Él, se edificó sobre Él, de manera que sus grandes distintivos, como la fe que justifica o la gracia que salva, sólo tienen sentido a la luz de Cristo. Más aún, el gran principio Sola Scriptura, tan venteado en nuestros días por hábiles charlatanes religiosos, únicamente lo entendieron los Reformadores a la luz del Solus Christus: la Biblia tenía que dar testimonio de Cristo, revelar su obra redentora, de principio a fin; no es otro su mensaje. Quienes, ya en la época de la Reforma, comenzaron a divagar con nuevas doctrinas o nuevos dogmas “descubiertos” en las páginas de las Sagradas Escrituras, se alejaron indefectiblemente de la proclamación de Cristo y su obra salvífica. Y algo que no ha dejado de sorprender a más de un lector novel de las obras de los Reformadores: sus exposiciones doctrinales, comentarios, sermones, alocuciones, exhortaciones, tratados teológicos y demás producción literaria, suele aparecer casi siempre salpicada de citas patrísticas y autores clásicos o medievales. Es decir, eran conscientes de ser continuadores de un mensaje ya establecido, no sus “fundadores” ni sus “descubridores”. Se sabían meros eslabones de una cadena de testigos de Cristo que jamás había dejado de acrecentarse, siglo tras siglo, desde los días de Nuestro Señor.

Y para no cansar al amable lector, mencionamos un cuarto y último mito: La Reforma, consciente de que aún quedaba mucho camino por andar, abrió la puerta para “nuevas revelaciones” que habrían de venir en épocas sucesivas. De ahí que, en ciertos grupos y movimientos religiosos hodiernos derivados del mundo protestante, se prodiguen “visiones”, “mensajes y comunicaciones celestiales”, “nuevas profecías para nuestro tiempo”, “advertencias para los últimos días”, “apóstoles”, “manifestaciones de poder” y un largo etcétera de, llamémoslo por su nombre, lucrativos negocios religiosos que en nada tienen que envidiar a aquellos mercaderes del templo expulsados de manera contundente por Jesús. Es evidente que se ha malentendido (hasta qué punto con buena o mala fe, uno no se atreve a juzgar) el principio protestante Ecclesia semper reformanda. Que la iglesia haya de estar en constante proceso de reforma sólo puede significar, según se colige del pensamiento de los Reformadores, que ha de centrarse cada día más en la proclamación de Cristo y su obra salvífica, tanto en el culto a través de la Palabra y los sacramentos, como en el testimonio público y privado. Ningún reformador hubiera aceptado esas historias de “nuevas revelaciones” que corren hoy como un tsunami por ciertos sectores evangélicos contemporáneos. Ya en sus días alzaron la voz con autoridad contra los exaltados (Schwärmer) que profetizaban apocalipsis a la carta y atizaban a las masas ignorantes y supersticiosas, llevándolas a la destrucción. Una vez que Dios Padre nos ha dado a su Hijo Jesucristo, y con Él la salvación, ¿qué otra cosa más o mejor nos puede dar? Una vez que la iglesia ha sido instituida como cuerpo vivo del Cristo Viviente, con un claro fundamento apostólico y una más que evidente misión profética en el mundo, ¿qué necesidad hay de nuevos “profetas” o nuevos “apóstoles” individuales? Una vez que el pueblo cristiano ha comprendido que las Escrituras apuntan a Cristo como culminación de la Historia de la Salvación y plenitud del propósito eterno de Dios, ¿qué falta hacen nuevas revelaciones sobre el futuro o sobre cualquier otro asunto?

El protestantismo no es lo que, por desgracia, hoy se vive y se contempla en tantas denominaciones y grupos evangélicos. Continúa, gracias a Dios, en las iglesias históricas surgidas de la Reforma (¡y muy a su pesar!), y prosigue con una clara vocación de servicio a la sociedad, de diálogo con Roma, con Oriente y con todo el mundo cristiano en aras de un mejor entendimiento con quienes, dígase lo que se quiera, no dejan de ser nuestros hermanos. Y desde luego, no deja de estudiar las Escrituras con la misma pasión y dedicación que tuvieron los Reformadores, a fin de seguir hallando en ellas al Cristo Señor y Salvador, a fin de plasmarlo y materializarlo en la teología y la praxis de la iglesia.

Seremos mejores protestantes cuanto más nos acerquemos a estos postulados fundamentales.

¡Feliz día de la Reforma a todos nuestros lectores y amigos de Lupa Protestante!

*El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante

jueves, 3 de enero de 2013

El peligro de la teología ficción.


por Juan María Tellería
Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí; pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él “Amén” a la gloria de Dios. (2 Corintios 1, 19-20. BJ)
Se dice por ahí que la ficción, al menos en dos de las acepciones que da a este término el ya clásico Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares —“invención imaginativa” y “creación poética”, respectivamente—, es algo necesario para el desarrollo de las capacidades mentales humanas, o por lo menos, uno de los muchos recursos de nuestra inteligencia para generar goce estético. Lo cierto es que se constata en todas las épocas y latitudes, etnias, pueblos y culturas, plasmada en gran variedad de manifestaciones artísticas y en los múltiples géneros literarios cultivados, ya sean orales o escritos, sin olvidar el cine. El gran problema que plantea es que, en ocasiones, su frontera con la realidad se encuentra tan difuminada, es tan tenue, que acaba confundiéndose con ella, hecho cuyas consecuencias pueden ser terribles. Y no nos referimos específicamente a la situación de niños pequeños aterrorizados por historias o películas cuyos protagonistas son ogros, brujas, monstruos o dragones, totalmente auténticos para ellos, sino a la de personas adultas que, en diferentes áreas de la vida, llegan a jugar tanto con la ficción que acaban no distinguiéndola del mundo real.
Si una tesitura semejante es peligrosa en múltiples ámbitos de la existencia debido a sus consecuencias, pensemos por un momento en el daño ingente que puede generar en el terreno cristiano eso que se ha dado en llamar con no poca gracia “teología ficción”. Y no nos referimos precisamente a lecturas o interpretaciones fantasiosas de la Biblia, o de alguna porción específica de ella, como los libros de Daniel o el Apocalipsis, que en boca de más de uno parecieran guiones de películas catastróficas antes que oráculos de consolación. Pensamos más bien en quienes toman el mensaje central de las Escrituras, la Historia de la Salvación cuyo centro y culminación es Jesús el Mesías, y comienzan a jugar con el lenguaje planteando mil y una situaciones hipotéticas, todas ellas envueltas en un gran “si” condicional —que nunca se debe confundir con el “sí” asertivo o afirmativo, que lleva tilde gráfica—, para acabar cimentando sobre puras entelequias todo un entramado de pensamiento y de doctrina.
Recordamos, y no precisamente con agrado, sermones dominicales, conferencias y estudios bíblicos impartidos con grandes alardes de autoridad y presunto conocimiento, cimentados en cuestiones como “qué habría sucedido SI Jesús hubiera cedido a la tentación en el desierto”, “cuál hubiese sido nuestro destino SI Jesús en la agonía del Getsemaní (¡o del Calvario!) hubiera renunciado a su labor redentora y hubiera ascendido a los cielos”, o “qué habría acontecido con este mundo SI Dios hubiera fulminado (¡y con todo derecho!) a Adán y Eva inmediatamente después de haber comido del fruto prohibido”, por no citar sino tres ejemplos muy manidos y que se repiten de continuo. De limitarse a ser meras preguntas retóricas, no habría nada que decir. El problema es cuando no lo son, sino que dan pie a especulaciones insanas sobre la naturaleza divina, los ángeles y los demonios, la certeza del propósito de Dios para la especie humana, o la humanidad y divinidad de Cristo, y salen de su cauce para perderse en un laberinto de sinsentidos que desdibuja y trastoca la clara enseñanza de las Escrituras. Y no es algo que tuviera lugar hace años, sino que se está viviendo hoy en demasiadas congregaciones de nuestro entorno.
Realmente, la Biblia nos ha llegado escrita como fruto directo, no de una labor periodística (una especie de crónica de sucesos o reportaje in situ sobre eventos portentosos), sino de una muy profunda reflexión a posteriori por parte de sus autores y hagiógrafos acerca de las grandes gestas salvíficas de Dios acaecidas en la historia del antiguo Israel, y sobre todo, acerca del gran acto divino realizado de una vez por todas en la persona de Jesús de Nazaret. Reflexión que viene expresada por medio de fórmulas, declaraciones, antiguos credos o confesiones de fe que hallamos esparcidos tanto por el Antiguo como por el Nuevo Testamento, y que básicamente nos transmiten certeza. Dicho de forma lapidaria: la Biblia no deja lugar a la especulación ni a la ficción; presenta los hechos de la Historia de la Salvación como algo que ha tenido lugar en el espacio y en el tiempo terrestres, pero que forma parte de un propósito eterno anterior a la creación del mundo. Es en este sentido como podemos comprender bien la afirmación de San Pablo Apóstol con que encabezamos nuestra reflexión, según la cual Cristo Jesús es el gran SÍ de Dios, SÍ con tilde, asertivo, en quien han hallado cumplimiento cabal todas las antiguas promesas y en cuya propia carne se ha efectuado la redención de la gran familia humana. En Jesús el Mesías no puede haber NO, ni tampoco QUIZÁS, PUEDE QUE, A LO MEJOR o TAL VEZ. No hay lugar en él para esos SI condicionales de que tanto gustan los amantes de la teología ficción porque su labor redentora no es ficticia, no es imaginaria, sino un acontecimiento cierto que tuvo lugar en la historia hace dos mil años.
Todo ello nos invita, en tanto que creyentes cristianos —y más aún, evangélicos, es decir, de la Buena Nueva—, a enfocar nuestra fe como una certeza. A diferencia de otros sistemas religiosos, antiguos y modernos, un cristianismo auténticamente evangélico ha de ser lo más opuesto a cualquier tipo de ficción o mito en el sentido de “imaginario” o “especulativo”. En primer lugar, porque se cimenta en lo que Dios ha llevado a cabo en la historia; nuestra fe es histórica y existencial al mismo tiempo, una fe que actualiza de continuo en la vivencia de la Iglesia los eventos del pasado. Y en segundo, porque la vocación del creyente en medio de un mundo muy real, muy palpable, es precisamente pisar con los pies en tierra. El objeto —más bien diríamos el sujeto— de nuestra proclamación es precisamente un ser humano que vivió en un momento muy concreto del devenir de los pueblos; y los destinatarios son también seres humanos, no ángeles ni demonios, sino esos a quienes Jesús señala constantemente como nuestro prójimo, aquellos a quien estamos llamados a ministrar las Buenas Noticias de salvación, es decir, de re-dignificación.
Iniciamos un nuevo año, un 2013 que, en opinión de algunos, será trágico en muchos sentidos, pero lo comenzamos en tanto que creyentes cristianos sin ningún tipo de ficción especulativa, haciéndole frente con todo el realismo del mundo y sabiendo que también en él Dios seguirá bendiciendo a su pueblo y sirviéndose de él para difundir la luz a las naciones.
Feliz Año Nuevo a todos nuestros lectores y amigos de La Lupa Protestante.

Autor/a: Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupa Protestante
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jueves, 9 de febrero de 2012

Entre bestias anda la cosa.



por Juan María Tellería Larrañaga


Y cuatro bestias grandes, diferentes la una de la otra, subieron del mar. (BTX)
¿Por qué negarlo? La literatura apocalíptica que encontramos en la Biblia es realmente fascinante, tanto la del Antiguo como la del Nuevo Testamento. Y aún lo es más cuando quienes la estudian con seriedad (¡con seriedad hemos dicho!) nos informan de que en ella escuchamos, ni más ni menos, la voz de los perseguidos, de los martirizados por su fe, por su compromiso en este mundo con el Dios viviente. Por decirlo con otras palabras: en los libros y pasajes apocalípticos de la Biblia nos topamos de forma muy directa con el pueblo de Dios de todos los tiempos en su dura peregrinación por este mundo, caminando entre fieras sanguinarias, pero siempre con la mirada puesta en una promesa que el Señor del universo hace realidad en la persona de su Hijo Jesucristo.
El capítulo 7 de Daniel representa, según algunos, el paradigma de toda la apocalíptica, con su doble escenario (la tierra y el cielo), sus personajes emblemáticos (bestias a cual más horrible en toda su animalidad, por un lado, y el Hijo del Hombre, plenitud de lo humano, por el otro), y su contraste entre el abismo (las aguas marinas en plena tempestad del versículo 2) y el trono celestial desde el que juzga el Anciano de días mencionado en los versículos 9-12. Es decir, toda una imaginería de elevado colorido que llama poderosamente nuestra atención por su perenne modernidad. Lejos de describir la historia pasada o futura, como han pretendido —y pretenden— algunas escuelas interpretativas, este capítulo (y toda la apocalíptica en general) hace hincapié en realidades que son siempre presentes, que están de continuo ante nuestros ojos, y con las cuales la Iglesia está llamada a convivir en la esperanza de algo nuevo que vendrá.
La primera de todas es que los creyentes, nos guste o no, vivimos en este mundo. Más aún, que estamos puestos por el Señor en esta tierra con una misión muy concreta, que es darle gloria y testificar de él ante todas las gentes. Y por el hecho de vivir en este mundo, pues lógicamente nos las hemos de ver con los poderes que lo rigen, muy bien representados por medio de toda esa curiosa fauna antinatural de monstruos pintorescos y en algunos casos extremadamente crueles. De lo que se deduce con total  rapidez que nuestra confianza no debe jamás ser depositada en ellos. Y no es que, como quieren interpretar algunos, se trate de antiguos imperios totalitarios hoy ya desaparecidos. Incluso nuestros estados actuales de Occidente, que tienen a gala ser “estados de derecho” y democracias (ya veremos hasta cuándo mantendrán estos asertos, pero eso es otra historia), pueden muy bien verse reflejados en estas curiosas bestias, cuyo número, altamente simbólico, refleja la universalidad de los poderes humanos, no solo los de una época concreta. Como cristianos y miembros del cuerpo de Cristo, no debemos cerrar los ojos a la realidad. Jamás los poderes humanos van a mirar por el bienestar de sus súbditos o por el cumplimiento de una estricta justicia, salvo en sus propagandas mediáticas, antiguas o modernas. Nunca se van a preocupar de otra cosa que de mantenerse a flote como sea, caiga quien caiga, sacrificando a quien hayan de sacrificar, sin importarles nada más.
La segunda es que todos esos poderes, quiéranlo o no, están sometidos a una autoridad mucho más alta, que tiene sobre ellos y sobre todas las cosas la última palabra, como se ve claramente en la escena de juicio y en la explicación que el ángel ofrece al profeta. Y este hecho, que como cristianos nos resulta muy familiar, pues desde siempre lo hemos escuchado en los púlpitos, escuelas dominicales y estudios bíblicos, es algo que nuestros contemporáneos necesitan saber. La tendencia a la idolatría es innata en nuestra especie humana, y aunque hoy nadie (o mejor sería decir “casi nadie”, dada la cantidad de gente excéntrica que surge por ahí de vez en cuando) tribute culto a las antiguas divinidades orientales o grecorromanas de tiempos bíblicos, se sigue considerando de forma implícita a los poderes establecidos como un absoluto con derecho de vida o muerte sobre las vidas de las personas y de las naciones. De alguna manera, para muchos de nuestros conciudadanos la idea del Estado ha venido a ocupar el lugar de Dios. Este fenómeno de “estatolatría” o “arquelatría”, como se debiera llamar si alguien quisiera darle un nombre de raíces clásicas, ya presente en la antigüedad, hoy reviste otras formas sin duda, pero no deja de ser una muestra de la ingratitud del ser humano para con su Creador. Sea como fuere, la realidad es que los distintos estados políticos de este mundo, antiguos, medievales, modernos, contemporáneos o futuros, lejos de ser permanentes o definitivos, han estado, están y estarán sometidos al imperio divino, que en su día los juzgará y, por lo que leemos en Daniel 7, no saldrán demasiado bien parados.
La tercera y última que destacamos en esta reflexión es que como pueblo de Dios esperamos un orden nuevo establecido por mano divina y muy bien representado en esa figura extraordinaria del Hijo del Hombre que aparece en las nubes del cielo (versículos 13 y 14), imagen que el propio Jesús hará suya en un momento muy crítico de su enfrentamiento con los poderes sanguinarios de esta tierra (Marcos 14, 60-62). Y ese Reino Eterno, que escribimos con mayúsculas, no es otro que el que nuestro Señor declara ser ya una realidad en los corazones de aquellos que por su Gracia lo hemos recibido. Una realidad que va más allá de supuestos cálculos y “mapas proféticos”, siempre deficientes y llenos de lagunas e incertidumbres por desconocimiento del gran valor existencial de la literatura apocalíptica; una realidad mucho más patente que todos esos historicismos mal entendidos y que nos llama hoy, ahora y siempre a un compromiso serio con aquellos que se ven menos favorecidos y más necesitados de amor y consuelo.
Caminamos entre bestias, es cierto, pero es el Hijo del Hombre el que nos conduce a la verdadera plenitud de nuestra condición humana, imagen y semejanza del Creador.
Juan María Tellería Larrañaga

Sobre Juan María Tellería Larrañaga


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante