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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Honestidad para con nosotros mismos.


Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (Hch. 4, 20)

por Juan María Tellería

Una simple ojeada rápida a la historia del mundo occidental desde el siglo I hasta hoy nos es más que suficiente para entender que a lo largo de todo este tiempo han coexistido en la Iglesia, es decir, en el conjunto de los fieles cristianos sin tener en cuenta las distintas facciones y denominaciones en que se hallan divididos, dos claras líneas de actuación: la de quienes, siempre en aras de un mejor entendimiento con el entorno en que vivían y una más fructífera implantación en la sociedad, han ido diluyendo poco a poco la fuerza vital del mensaje evangélico original; y la de quienes contra viento y marea han testificado acerca de Cristo, gustara o no, se aceptara o no, fuera o no popular, siguiendo muy de cerca el principio enunciado en las palabras pronunciadas por Pedro el Apóstol y que citamos arriba.

Puesto que sería adentrarnos en un laberinto innecesario el pretender deshilvanar los numerosos ejemplos históricos de lo que decimos, preferimos sencillamente quedarnos en nuestros propios días y compartir una muy breve reflexión sobre la situación en que se encuentra el cristianismo contemporáneo. Dejando de lado cualquier envoltura circunstancial (tecnologías actuales, medios de comunicación, rasgos culturales de las sociedades donde la Iglesia está implantada o implantándose), entendemos que esas dos líneas de acción que indicábamos más arriba prosiguen su camino, su andadura, buscando cada una de ellas sus propias metas. Con lo que, y lo decimos realmente con pena, sigue habiendo hoy, como hubo ayer y (¡ay!) habrá mañana, dos iglesias en realidad.

Personalmente, no somos de los que creen que la Iglesia deba ser una especie de burbuja en medio del océano o que deba erigirse como una fortaleza inexpugnable en lo alto de una montaña inaccesible y en la que nada ni nadie impuro, corrupto o contaminado pueda entrar. Pensamos, por el contrario, que el propósito divino es otro, que Jesús nunca pretendió que sus discípulos fueran apartados o quitados de este entorno en que vivimos, sino que estamos aquí para ser sal de la tierra y luz del mundo. Consideramos que Dios desea una Iglesia implantada y creciente en medio de una sociedad humana que tiene sus pros y sus contras, sus altos y sus bajos, sus más y sus menos. No entendemos, a la luz de las Sagradas Escrituras, que el Creador y Padre de todos los hombres revelado en Jesucristo haya ideado una Iglesia constituida únicamente por entes perfectos e intachables que nunca hayan roto, rompan o vayan a romper un plato. Jesús no vino a buscar a los sanos —¿los habría?—, sino a los enfermos; no a los justos —?—, sino a los pecadores. Por esta razón, nuestra condición de cristianos, nuestra profesión de fe como seguidores y discípulos de Cristo, nos exige sinceridad, nos demanda honestidad para con nosotros mismos y para con quienes nos rodean, pues en tanto que creyentes en Jesús de Nazaret estamos llamados a decir, a transmitir algo a este mundo. La pregunta es: ¿qué?

Cuando leemos el libro de los Hechos nos encontramos con la respuesta. La primera Iglesia de Cristo que existió en la tierra tuvo muy clara cuál era su misión, cuál su mensaje, cuál su proclama, cuál su razón de ser: el anuncio del Señor resucitado. Desde Jerusalén, Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra, los creyentes proclamaron la resurrección de Jesús como un hecho trascendental, un punto de inflexión en la historia humana, ahora entendida como una Historia de la Salvación, y una puerta abierta para la reconciliación entre Dios y los seres humanos. Al abrir las páginas de este extraordinario escrito, el único testimonio directo de los orígenes de las primeras comunidades cristianas, hallamos este mensaje y la reacción que provocó en judíos y gentiles, fieles e infieles: no faltaron los mártires, los perseguidos, los maltratados, pero la Buena Nueva alcanzó la capital del mundo de aquel entonces, Roma.

¿Qué hallamos en la Iglesia de nuestros días? ¿Cuál es su mensaje? ¿Cuáles sus prioridades, sus intereses, sus desvelos? Cabría que nos planteáramos todos, comenzando por quien escribe estas palabras, hasta qué punto somos realmente sinceros con nosotros mismos cuando nos definimos como cristianos y como cuerpo de Cristo, hasta dónde llega nuestra honestidad a la hora de testificar acerca de aquello que —se supone— creemos conforme a la enseñanza de las Sagradas Escrituras.

No pretendemos, ni mucho menos, autoerigirnos en conciencia del conjunto de la Iglesia ni tampoco de los amables lectores de Lupa Protestante. No jugamos a ser Pepito Grillo, desde luego. Pero sí nos plantea muchos interrogantes, y lo hace de continuo, el observar la deriva de la Iglesia a lo largo de su historia y en los tiempos actuales hacia un amplio abanico que abarca desde la intromisión permanente en asuntos puramente políticos, casi siempre junto a los poderes establecidos y en contra de los más humildes, hasta las derivas de tipo milenialista o las formas extravagantes de culto basadas en un sentimentalismo extremo y desbordante, pasando por un puro y llano activismo social o humanitario no exento de cierto color ideológico, es decir, desde la acomodación total a un sistema corrompido y corruptor hasta los escapismos más insanos y alienantes pasando por una filosofía puramente humanista. En toda esta maraña de intereses personales y ambición mal disimulada (¡tanto en un extremo como en el otro y en los intermedios!), ¿dónde queda el anuncio de la resurrección del Señor? ¿Dónde está la proclamación de la salvación en Cristo? ¿Dónde se encuentra el mensaje de la Buena Nueva, la noticia de que Dios dignifica de nuevo a la especie humana en Cristo su Hijo? En una palabra, ¿dónde se halla la seguridad del cristiano en la guía divina que le permite hace frente a los poderes de este mundo, de sí abocados a su destrucción por un juicio inapelable del Señor?

Puede que seamos excesivamente conservadores en nuestra teología, tal vez. Puede que nuestra concepción de la Iglesia, de la religión, del cristianismo en sí, peque de cierto tradicionalismo del que no somos realmente capaces de desprendernos. Hasta puede que alguien nos tache de excesivo literalismo a la hora de leer las Escrituras. ¿Por qué no? Todo ello resulta comprensible.

Sea como fuere, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Queremos ser, por encima de todo, honestos para con Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos. Entendemos que es nuestro deber como cristianos y como Iglesia.



Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

jueves, 3 de enero de 2013

El peligro de la teología ficción.


por Juan María Tellería
Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí; pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él “Amén” a la gloria de Dios. (2 Corintios 1, 19-20. BJ)
Se dice por ahí que la ficción, al menos en dos de las acepciones que da a este término el ya clásico Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares —“invención imaginativa” y “creación poética”, respectivamente—, es algo necesario para el desarrollo de las capacidades mentales humanas, o por lo menos, uno de los muchos recursos de nuestra inteligencia para generar goce estético. Lo cierto es que se constata en todas las épocas y latitudes, etnias, pueblos y culturas, plasmada en gran variedad de manifestaciones artísticas y en los múltiples géneros literarios cultivados, ya sean orales o escritos, sin olvidar el cine. El gran problema que plantea es que, en ocasiones, su frontera con la realidad se encuentra tan difuminada, es tan tenue, que acaba confundiéndose con ella, hecho cuyas consecuencias pueden ser terribles. Y no nos referimos específicamente a la situación de niños pequeños aterrorizados por historias o películas cuyos protagonistas son ogros, brujas, monstruos o dragones, totalmente auténticos para ellos, sino a la de personas adultas que, en diferentes áreas de la vida, llegan a jugar tanto con la ficción que acaban no distinguiéndola del mundo real.
Si una tesitura semejante es peligrosa en múltiples ámbitos de la existencia debido a sus consecuencias, pensemos por un momento en el daño ingente que puede generar en el terreno cristiano eso que se ha dado en llamar con no poca gracia “teología ficción”. Y no nos referimos precisamente a lecturas o interpretaciones fantasiosas de la Biblia, o de alguna porción específica de ella, como los libros de Daniel o el Apocalipsis, que en boca de más de uno parecieran guiones de películas catastróficas antes que oráculos de consolación. Pensamos más bien en quienes toman el mensaje central de las Escrituras, la Historia de la Salvación cuyo centro y culminación es Jesús el Mesías, y comienzan a jugar con el lenguaje planteando mil y una situaciones hipotéticas, todas ellas envueltas en un gran “si” condicional —que nunca se debe confundir con el “sí” asertivo o afirmativo, que lleva tilde gráfica—, para acabar cimentando sobre puras entelequias todo un entramado de pensamiento y de doctrina.
Recordamos, y no precisamente con agrado, sermones dominicales, conferencias y estudios bíblicos impartidos con grandes alardes de autoridad y presunto conocimiento, cimentados en cuestiones como “qué habría sucedido SI Jesús hubiera cedido a la tentación en el desierto”, “cuál hubiese sido nuestro destino SI Jesús en la agonía del Getsemaní (¡o del Calvario!) hubiera renunciado a su labor redentora y hubiera ascendido a los cielos”, o “qué habría acontecido con este mundo SI Dios hubiera fulminado (¡y con todo derecho!) a Adán y Eva inmediatamente después de haber comido del fruto prohibido”, por no citar sino tres ejemplos muy manidos y que se repiten de continuo. De limitarse a ser meras preguntas retóricas, no habría nada que decir. El problema es cuando no lo son, sino que dan pie a especulaciones insanas sobre la naturaleza divina, los ángeles y los demonios, la certeza del propósito de Dios para la especie humana, o la humanidad y divinidad de Cristo, y salen de su cauce para perderse en un laberinto de sinsentidos que desdibuja y trastoca la clara enseñanza de las Escrituras. Y no es algo que tuviera lugar hace años, sino que se está viviendo hoy en demasiadas congregaciones de nuestro entorno.
Realmente, la Biblia nos ha llegado escrita como fruto directo, no de una labor periodística (una especie de crónica de sucesos o reportaje in situ sobre eventos portentosos), sino de una muy profunda reflexión a posteriori por parte de sus autores y hagiógrafos acerca de las grandes gestas salvíficas de Dios acaecidas en la historia del antiguo Israel, y sobre todo, acerca del gran acto divino realizado de una vez por todas en la persona de Jesús de Nazaret. Reflexión que viene expresada por medio de fórmulas, declaraciones, antiguos credos o confesiones de fe que hallamos esparcidos tanto por el Antiguo como por el Nuevo Testamento, y que básicamente nos transmiten certeza. Dicho de forma lapidaria: la Biblia no deja lugar a la especulación ni a la ficción; presenta los hechos de la Historia de la Salvación como algo que ha tenido lugar en el espacio y en el tiempo terrestres, pero que forma parte de un propósito eterno anterior a la creación del mundo. Es en este sentido como podemos comprender bien la afirmación de San Pablo Apóstol con que encabezamos nuestra reflexión, según la cual Cristo Jesús es el gran  de Dios,  con tilde, asertivo, en quien han hallado cumplimiento cabal todas las antiguas promesas y en cuya propia carne se ha efectuado la redención de la gran familia humana. En Jesús el Mesías no puede haber NO, ni tampoco QUIZÁSPUEDE QUE, A LO MEJOR o TAL VEZ. No hay lugar en él para esos SI condicionales de que tanto gustan los amantes de la teología ficción porque su labor redentora no es ficticia, no es imaginaria, sino un acontecimiento cierto que tuvo lugar en la historia hace dos mil años.
Todo ello nos invita, en tanto que creyentes cristianos —y más aún, evangélicos, es decir, de la Buena Nueva—, a enfocar nuestra fe como una certeza. A diferencia de otros sistemas religiosos, antiguos y modernos, un cristianismo auténticamente evangélico ha de ser lo más opuesto a cualquier tipo de ficción o mito en el sentido de “imaginario” o “especulativo”. En primer lugar, porque se cimenta en lo que Dios ha llevado a cabo en la historia; nuestra fe es histórica y existencial al mismo tiempo, una fe que actualiza de continuo en la vivencia de la Iglesia los eventos del pasado. Y en segundo, porque la vocación del creyente en medio de un mundo muy real, muy palpable, es precisamente pisar con los pies en tierra. El objeto —más bien diríamos el sujeto— de nuestra proclamación es precisamente un ser humano que vivió en un momento muy concreto del devenir de los pueblos; y los destinatarios son también seres humanos, no ángeles ni demonios, sino esos a quienes Jesús señala constantemente como nuestro prójimo, aquellos a quien estamos llamados a ministrar las Buenas Noticias de salvación, es decir, de re-dignificación.
Iniciamos un nuevo año, un 2013 que, en opinión de algunos, será trágico en muchos sentidos, pero lo comenzamos en tanto que creyentes cristianos sin ningún tipo de ficción especulativa, haciéndole frente con todo el realismo del mundo y sabiendo que también en él Dios seguirá bendiciendo a su pueblo y sirviéndose de él para difundir la luz a las naciones.
Feliz Año Nuevo a todos nuestros lectores y amigos de La Lupa Protestante.

Autor/a: Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupa Protestante
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viernes, 14 de septiembre de 2012

El infierno: ¿realidad o ficción?



Juan María Tellería Larrañaga


Al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. (Mateo 25, 41b BTX)
El tema del infierno no es demasiado popular entre los creyentes de un tiempo a esta parte. Se ha convertido en uno de esos asuntos que se procuran evitar por no generar situaciones embarazosas, porque casi “se queda mal” si se trata, y sobre todo porque —o así nos lo parece— desde la Edad Media se ha venido machacando tanto con él a los auditorios y las congregaciones, que, como es natural, crea cierta repulsa. No hay más que ver las representaciones pictóricas y escultóricas de épocas pretéritas o que leer cierta literatura apócrifa, por no mencionar el archiconocido primer canto de la Divina Comedia de Dante, para convencerse de ello. Y ni siquiera es preciso ir tan lejos: basta con haber escuchado algunos sermones que se han predicado en nuestros púlpitos o haber visto alguna película de las llamadas “cristianas” procedentes de otras latitudes, para quedar bien servidos. Por decirlo de forma simple: el tema del infierno ha sido una excelente herramienta, por un lado, para suscitar miedo e inculcar una piedad fundamentada en el terror a un más allá horrible; y por el otro, para hacer de válvula de escape a una serie de pulsiones sádicas en los concienzudos teólogos y predicadores que se han regodeado en imaginar y describir con todo lujo de detalles sus tormentos.
Y dicho esto, nos enfrentamos a la gran constatación: el Nuevo Testamento nos habla con claridad del infierno y la condenación eterna. Más aún, dejando de lado las imágenes impactantes del Apocalipsis y alguna que otra alusión en las Epístolas, son los Evangelios, especialmente los Sinópticos (Mateo-Marcos-Lucas), los que más tratan de este tema al recoger toda una serie de sentencias y dichos pronunciados por Jesús. Es decir, que es el propio Jesús quien más habla y enseña acerca de este asunto. No tiene por qué sorprendernos; entra dentro de la más perfecta de las lógicas: el Salvador sabe muy bien de qué viene a salvarnos.
La diferencia con lo que ha sido la enseñanza cristiana posterior, no obstante, es abismal. En primer lugar, Jesús no se explaya en ningún momento en descripciones crueles de los tormentos del infierno, ni juega con una supuesta geografía del lugar. Las imágenes que emplea (el fuego que no se apaga, el gusano que no muere, las tinieblas, el llanto, el crujir de dientes) son más bien simples, tomadas del entorno cultural de su pueblo y de su época, y de gran impacto psicológico en la mente de sus oyentes, pues todas ellas inciden en algo terrible, como es el dolor intenso, la tristeza profunda, la sensación de soledad alienante, la angustia trágica por la que pasa el individuo que ha sido excluido del Reino de Dios. Más que describir objetos reales (un fuego auténtico, un gusano genuino, una oscuridad cierta), ofrece pinceladas de situaciones anímicas internas, vividas con tal intensidad, que muy bien pueden tildarse de eternas. El propio Jesús experimentó esa condición en el Getsemaní y a lo largo de su pasión. Cuando los teólogos de la Iglesia antigua decían que nuestro Señor vivió en sí mismo los tormentos del infierno por todos nosotros, tenían razón.
En segundo lugar, la predicación del infierno como tema estrella no aparece por ningún lado en todo el Nuevo Testamento. Las palabras dichas por Jesús acerca de este asunto se inscriben siempre dentro de su enseñanza global acerca de los principios del Reino de Dios, como imagen de vívido contraste, algo de lo que gustaban mucho los maestros orientales en general. Al contraponer estas pinceladas sobre la condenación eterna con todo lo que muestra la bienaventuranza del discipulado cristiano, el Señor sencillamente hace hincapié en lo positivo como una invitación a acogerse a la Gracia de Dios. En la forma de pensar del hombre Jesús de Nazaret y la de sus contemporáneos judíos del siglo I no se entiende una piedad basada en el temor a los castigos, sino en la alegría de la llegada del Reino. Ni siquiera las corrientes más apocalípticas y exaltadas de la época, en cuya literatura se describe con profusión de detalles la destrucción del mundo presente, jugaban con el elemento miedo. Al contrario, todos esos juicios devastadores y condenatorios que describen iban dirigidos a los enemigos del pueblo de Dios. Los fieles debían saber de entrada que contaban con el beneplácito divino.
Y en tercer y último lugar, jamás aparece en la enseñanza de Jesús la idea de que haya seres humanos destinados al infierno. El texto que encabeza nuestra reflexión, Mateo 25, 41b, y el contexto general en que se inscribe lo dicen bien claro. El infierno, o fuego eterno, literalmente, es del destino del diablo y sus ángeles, no de los hombres. Los seres humanos que pasan por esa experiencia comparten algo que no les es propio, que no es para ellos en realidad, simplemente porque se han autoexcluido de las bendiciones del Reino de Dios.
En conclusión, creemos firmemente que se debe hablar del infierno en nuestra predicación y nuestra enseñanza, sin ningún tipo de temor o de reparo, de la misma manera que hablamos de otros asuntos o de otros temas muy variados que aparecen en las Sagradas Escrituras. Pero siempre con las limitaciones que la propia Biblia nos impone y dentro del cauce de la Gracia de Dios. Finalmente, no lo olvidemos nunca, todo el contenido de la Sagrada Escritura viene marcado y coloreado por la figura y la obra de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que vino a destruir el mal y el infierno para siempre.

Sobre Juan María Tellería Larrañaga

Juan María Tellería Larrañaga Ha publicado 30 articulos en Lupa.
El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupa Protestante
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