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martes, 5 de enero de 2016

Ni tres, ni reyes, ni magos.


Aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús.

AUTOR Antonio Cruz 

El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.

Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.

Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.

Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.

Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”. 

No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.

La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.

Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

domingo, 29 de junio de 2014

“Tú eres Pedro y sobre esa piedra edificaré mi iglesia”



Pope Godoy

Conviene tener muy claro que Jesús de Nazaret no pudo decir estas palabras. En efecto, Jesús no hablaba griego (quizás lo chapurreaba un poco). Jesús hablaba arameo y a Simón, el hermano de Andrés, lo llamó en arameo “Kephas”. Así lo nombra Pablo hasta ocho veces en sus cartas, escritas todas antes que los evangelios (1Cor 1,12; 3,22; 9,5; 15,5; Gál 1,18; 2,9.11.14). Sólo en dos ocasiones lo llama Pedro (Gál 2,7.8). Las traducciones prescinden de este detalle y lo traducen como Pedro. También tenemos el evangelio de Juan donde Jesús dice a Simón: “A ti te llamarán Kephas” (Jn 1,42).

Mateo hace un sugerente juego de palabras entre dos nombres comunes: “petros” (piedra) y “petra” (roca). Petros solo se usa como nombre propio en el NT. Se habla de “Simón Pedro” (29 veces) o simplemente de “Pedro” (123 veces). En el AT (versión de los LXX) petros tiene el significado de piedra común, por ejemplo para ataque o defensa (1Mac 1,16; 4,41). El NT prefiere evitar confusiones y designa siempre la piedra con el sustantivo lithos de donde provienen diversas palabras españolas: litiasis, litificar, litografía, coprolito, fotolito, monolito…

En cambio no hay confusión con la palabra petra que en la versión de los LXX significa siempre roca. “Tú eres mi roca” (2Sam 2,2). Lo mismo ocurre en el NT donde siempre significa roca. “porque bebían de la roca [petra] profética que los acompañaba, roca [petra] que representaba al Mesías” (1Cor 10,4).

Ahora podemos conocer en su justo significado el famoso texto de Mateo. En griego está muy claro el juego de palabras: petros (piedra) y petra (roca). Mateo hace una sugerente comparación-oposición entre la fragilidad y la pequeñez de la piedra frente a la seguridad y la robustez de la roca. La persona de Pedro en su fragilidad, en su tozudez (hay pasajes donde “Pedro” equivale a “cabeza dura, adoquín”) y hasta en su cobardía es al mismo tiempo símbolo de fortaleza y de seguridad por la confesión de fe que ha hecho hacia la persona de Jesús.

En la traducción latina de la Vulgata se produce ya el primer distanciamiento (tu es Petrus et super hanc petram…). Efectivamente, Petrus deja ya de significar “piedra” y solo es nombre propio. Pero, eso sí, petra sigue siendo “roca”.

La traducción española tradicional que se empeñan en hacer oficial solo se parece al texto original en la onomatopeya. En efecto, Pedro es solo nombre propio, como en latín. Pero es que además ¡”piedra” no es “roca”! Por mantener la onomatopeya del texto original hemos perdido la comprensión y el significado de las palabras que dice Jesús a Pedro y a toda la comunidad cristiana.

Por eso Juan Mateos tuvo la valentía de romper el juego de palabras de la traducción rutinaria para buscar la fidelidad al texto original: “Tú eres Piedra, y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad”. (Nuevo Testamento. Edic. El Almendro). La roca no es la persona de Pedro, sino la fe de Pedro. Sobre esa roca-fe de Pedro piensa Jesús edificar su comunidad.

Pedro aparece como el primero que formula su fe personal en Jesús. Y el evangelio hace una invitación para que cada persona, cada creyente, se formule a sí mismo cuál es su fe en Jesús. En consecuencia, esa misma fe que afloró en la primera comunidad cristiana es la que se repite y se continúa a lo largo de siglos. Con su fortaleza y, al mismo tiempo, con su fragilidad. Sin dogmatismos ni infalibilidades. Con la modestia ilusionada de cuantas personas se sienten concernidas, interpeladas y animadas por la forma en que Jesús vivió y por todos los estímulos que nos dio para caminar en la dirección de la nueva humanidad.

JAEN.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

miércoles, 16 de enero de 2013

El Evangelio subversivo.



Enviado a la página web de Redes Cristianas
Ya pasaron las fiestas navideñas por las que los pueblos de tradiciones cristianas, basándose en las leyendas simbólicas sobre el nacimiento de Jesús que describen los evangelistas Mateo y Lucas, celebran familiar, religiosa y socialmente.
Es evidente que desde el siglo IV la Iglesia pasó, de ser movimiento cristiano perseguido y marginado, a ser la religión oficial del Imperio romano con detrimento de las confesiones paganas; el mensaje subversivo del Evangelio fue acomodado a los intereses comunes y confluyentes de las jerarquías de la Cristiandad y las élites del Imperio.

Hoy, salvo minorías, las autoridades de las iglesias que han ido surgiendo a lo largo de la historia, se han adaptado a los poderes económicos y políticos. El Evangelio que predican a las mayorías trabajadoras creyentes, tratan de no molestar a los poderosos mientras anuncian a Cristo salvador. Pero El Evangelio de Jesús, conlleva la transformación de los poderes mundanos de todos los tiempos.
La alternativa de Dios
-Hijo de Dios
Para el Imperio romano, el nacimiento del César era el nacimiento del hijo del dios Júpiter, al que los demás dioses celestiales y reinos humanos habían de someterse. El imperio permitía la existencia de otras religiones, siempre que adoraran al mismo tiempo al César romano en sus propios templos.
Sin embargo, los cristianos proponen a Jesús como el Hijo del único Dios-Padre. Respetando a las diversas religiones y a las autoridades políticas, se niegan a adorar al Cesar por considerarlo solamente humano. El Hijo de Dios no nace en palacios rodeado de poder y de riqueza, sino como Jesús, en la debilidad y en la pobreza (Lc 2,1-21).
Jesús anuncia un juicio fundamental al mundo: “venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer”… ¿Cuándo…? preguntarán los interpelados. La respuesta de Jesús es contundente: “cuando lo hicieron con los empobrecidos” (Mt 25,34-40).
Muchos cristianos en Honduras y otras naciones, sin embargo, se centran en lo espiritual que no les trae complicaciones, mientras que una minoría, a riesgo de ser represaliado políticamente, defienden la liberación de los pobres y oprimidos (Lc 4,18-19), tanto a nivel político y económicos como social y religioso.
-Reino del mundo
En el siglo I, toda persona, grupo o pueblo que pretendía imponer un reino sin autorización del César y su élite, era castigado con la pena de muerte. Se cuentan por decenas de miles los crucificados por tratar de zafarse del yugo romano. Hoy, Estados Unidos impone el sometimiento de los pueblos a su dominación mundial.
Jesús, frente al reino de César anunció el reino de Dios (Mc 1,14), que respeta a la vez que trasciende y transforma todo reino humano. No nos extrañe que le mandaran a la crucifixión las autoridades políticas romanas en confluencia con las autoridades religiosas judías. No le salvó que Jesús aclarara a Pilatos que su Reino “no es de este mundo” (Jn 18,36); es decir, no es del sistema de injusticia y explotación, sino del humanismo solidario y comunitario.
En la actualidad hondureña, los cristianos acomodados prefieren omitir el mensaje social renovador de Jesús, callando ante la violación de los derechos humanos, la corrupción económica y la impunidad política. Pero hay creyentes que desde una opción pacifista, consideran más ético y fiel con el Evangelio, oponerse a la opresión y explotación de las oligarquías de la nación contra los sectores populares. Si el capitalismo es antievangélico, los cristianos deberemos colaborar para levantar un sistema comunitario.
-Clases sociales
En Honduras y otros países, a las iglesias cristianas no les va mal con su concepción y práctica de espiritualidad interclasista. Con el pretexto de amar a amigos y a enemigos, conviven con los ricos mientras dan limosna a los pobres. Lo importante para muchas autoridades eclesiásticas es que tanto adinerados como empobrecidos vengan a los cultos, ayuden al mantenimiento de las instituciones religiosas y respeten y honren a los pastores.
Pero aun a riesgo de equivocarme, en el Profetismo y en el Evangelio, se anima a la rebeldía contra el mantenimiento de clases sociales de enriquecidos -como Epulón- y empobrecidos -como Lázaro- (Lc 16,19-31).
Habrá que recordar que en la Biblia se dice: quien se caya ante la injusticia colabora con ella. Amar a los enriquecidos y poderosos, conlleva la tarea de corregirlos, denunciarlos y oponernos a sus afanes desmedidos de acumulación de riqueza y poder. Mientras amar a los empobrecidos, conlleva comprometernos en su liberación.
En el Magníficat de María, claramente se dice que el Dios y Padre de Jesús, “derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza a los humildes. Colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide sin nada” (Lc 1,52-53). Es decir, la coherencia cristiana conlleva la oposición radical y pacifista al proceder del Imperio romano de los primeros siglos, y del Imperio norteamericano de la actualidad; anima a la denuncia de todo imperialismo pequeño o grande que van surgiendo en la historia. Otro cristianismo es posible.

sábado, 12 de enero de 2013

Fuego del cielo.



Para los que somos cristianos el libro máximo de nuestra espiritualidad es, cómo no, la Biblia. En ciertos círculos la misma tiende a leerse buscando en todo momento la armonía entre los textos, el considerar unos a la luz de los otros aunque exista un franja de tiempo de, por ejemplo, un milenio entre ellos.
Se dice que ya que Dios es el autor, Él no puede contradecirse o colocar ciertas ideas en tensión con otras. Todo debe verse como un gran conjunto que va hacia adelante, sumando nueva revelación a la anterior y todo ello, de forma milagrosa, encajando a la perfección en el gran conjunto de la revelación bíblica.
El problema con este método es que el punto de llegada se hace el de partida. Me explico. El que no existan contradicciones en las Escrituras y que todas ellas muestren una compenetración perfecta tiene que ser la conclusión del que las estudia o considera. Esto es lógico ya que ¿cómo se puede decir que un libro es totalmente coherente en todas sus partes si no se ha leído detenidamente, si no se ha estudiado con anterioridad? Después de realizar esto último se puede concluir una cosa u otra, nunca aceptar algo que no se ha comprobado, para después creerlo firmemente y desde ahí demostrarlo como sea. Claro se puede aducir que otros así lo sostienen y se acepta de forma acrítica.
Con esto no estoy diciendo que la Biblia esté llena de errores, de contradicciones, sino que hay que saber leerla, en sus propios términos, y no comenzar con una idea preconcebida que influenciará a priori todo nuestro entendimiento de la misma.
Si cada libro escritural lo evaluamos bajo sus propios méritos y después lo comparamos con el resto es posible que comencemos a ver algo que antes nos estaba velado.
Uno de estos casos ocurre con los evangelios, con Jesús. Todo el énfasis se ha volcado en recalcar vez tras vez que Él decía continuar con lo que el Antiguo Testamento ya anunciaba, que había venido a cumplir lo profetizado. Que el Maestro no había llegado para abrogar la ley sino para cumplirla, que Él se consideraba dentro de toda la tradición profética y mesiánica veterotestamentaria. Esto es cierto, Jesús mismo lo dijo, pero también dijo otras cosas. Entre estas otras cosas no faltaron las que chocaron de frente, modificaron y en ocasiones dejaron sin vigencia partes importantes de la revelación anterior. Sólo un ejemplo, por ahora, de lo que quiero decir.
Lucas 9:51-56:
Y sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión, Él, con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
Y envió mensajeros delante de Él; y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos.
Pero no le recibieron, porque sabían que había determinado ir a Jerusalén.
Al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?
Pero Él, volviéndose, los reprendió, y dijo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.
La alusión directa es al episodio de Elías cuando estaba siendo buscado por el impío rey Ocozías. El texto allí dice:
Entonces el rey envió a él un capitán de cincuenta con sus cincuenta hombres. Y éste subió a él, y he aquí, Elías estaba sentado en la cumbre del monte, y le dijo: Hombre de Dios, el rey dice: “Desciende.”
Respondió Elías y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces descendió fuego del cielo, y lo consumió a él y a sus cincuenta.
De nuevo envió a él otro capitán de cincuenta con sus cincuenta que le habló y le dijo: Hombre de Dios, así dice el rey: “Desciende inmediatamente.”
Y respondió Elías y les dijo: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces el fuego de Dios descendió del cielo y lo consumió a él y a sus cincuenta.
De nuevo el rey le envió al tercer capitán de cincuenta con sus cincuenta. Y cuando el tercer capitán de cincuenta subió, vino y se postró de rodillas delante de Elías y le rogó, diciéndole: Hombre de Dios, te ruego que mi vida y la vida de estos cincuenta siervos tuyos sean preciosas ante tus ojos.
He aquí que ha descendido fuego del cielo y ha consumido a los dos primeros capitanes de cincuenta con sus cincuenta; mas ahora, sea mi vida preciosa ante tus ojos.
Entonces el ángel del SEÑOR dijo a Elías: Desciende con él y no le tengas miedo. Se levantó Elías y descendió con él al rey…
Supongo que ahora que estos dos textos se han comparado queda en evidencia una cosa, Jesús no acepta el del Antiguo Testamento como argumento para que se vuelva a repetir lo que allí ocurrió. El impacto que producen estas palabras es que Jesús les estaba diciendo a sus discípulos que actuar de la forma en la cual lo hizo Elías era no entender nada, que no conocían el mismo corazón de Dios, que Jesús no había llegado para perder más vidas como ocurrió con Elías cuando murieron ciento dos hombres quemados. Pero dicho esto, la gran cuestión aquí era que Elías no había actuado por cuenta propia, no era su poder el que bajaba del cielo, no era suyo el fuego que mató a aquellos soldados, era de Dios…
Los discípulos se debieron quedar perplejos. Lo que decía Jesús era muy serio, ¿acaso el Dios de Elías tampoco sabía de qué espíritu era? Además, ¿estaba contradiciendo Jesús la misma revelación bíblica? ¿Era su Padre un Dios caprichoso que tan pronto mataba a inocentes soldados y tan pronto sentía compasión por unos samaritanos?
La tensión entre estos dos textos es enorme.
Propongo algo. Jesús está diciendo que ya no es posible considerar así más a Dios. Ahora estaba estableciendo con toda contundencia que el tiempo había cambiado, que Dios no podía ser entendido como que actuaba de esta forma con los hombres. Es más, que ya no se podía traer un texto como éste, y como tantos otros similares del Antiguo Testamento, como base para entender a Dios. Decir que Dios consume al ser humano con fuego, enfermedades, muerte y demás, aunque éstos hombres lleguen a rechazar de forma directa a su propio Hijo, es precisamente no entender a su Hijo. Si Jesús ha traído la revelación más perfecta, plena y clara de Dios deberíamos entender las Escrituras a su luz, sobre todo cuando se ha manifestado claramente en un sentido.
Con Jesús se abre una nueva era, un nuevo concepto de Dios, una nueva revelación. Es cierto que de ella ya había pistas en el Antiguo Testamento pero hacía falta que Él llegara, el Enviado del Padre, la Palabra encarnada.
Este choque fue tan tremendo que Juan tiene que admitir que “la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y  la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
El seguir hablando de este tipo de textos como vigentes sí que es llevar a las Escrituras a contradecirse e incluso a hacer callar al propio Jesús. Nadie duda que cuando el Maestro estaba ante la mujer samaritana, otro episodio con este mismo pueblo de fondo, le dijo que ya no hacía falta más el templo para adorar, para orar al Padre. Esto se podía realizar en el interior, sin intermediarios, algo disponible para todo hombre esté donde esté. Pero de nuevo tenemos aquí algo similar al relato anterior. Los textos del Antiguo Testamento que dejó sin efecto son muchos y de gran extensión. La construcción del tabernáculo y del templo llenan páginas completas y la promesa de Dios de permanecer en él era una de las más sólidas creencias del pueblo judío. Llega Jesús y las da por caducadas, se acabó.
El Galileo impactó tan fuerte en el judaísmo de su tiempo que no tuvieron más remedio que matarlo para que su voz dejara de tronar. El problema es que nosotros también lo hacemos callar con una forma de entender las Escrituras que no es capaz de entender la reforma, la radicalidad con la cuál Jesús entendió las relaciones de Dios con el hombre. Ya se sabe, todo en la Escrituras es perfectamente armónico…
Pero más allá de un entendimiento o no de lo que estoy aquí diciendo, la auténtica tragedia es el episodio que se ha ido repitiendo en el tiempo con las guerras en nombre de Dios, Cruzadas, quema de brujas, etc., y tiene un paralelo exacto en nuestros días.
En nuestra época actual pueblos enteros, naciones, han sido bombardeados, invadidas en nombre de Dios. No entro aquí si son guerras legítimas o no, tengo mi propia opinión, pero se produce otro drama cuando una parte muy importante de la iglesia de ese país que bombardea apoya a sus dirigentes y les concede autoridad moral, divina, para que arrasen tal o cual país en nombre de la justicia, del castigo divino. De esta forma envían fuego del cielo pero esta vez en lugar de matar a cien asesinan a miles, decenas de miles. En vez de matar a hombres como hizo Elías, a soldados, ahora mueren también niños, mujeres… no saben de qué espíritu son.
Estas gentes que reciben el fuego del cielo son musulmanes y al igual que los otros no aceptan a Jesús como el Hijo de Dios pero las palabras de Jesús siguen vigentes, éstas sí que no han caducado.
La iglesia no está aquí para apoyar las bombas, sino para recoger al que es herido por ellas, para llorar con la familia de los inocentes que se lleva por delante, ya sean éstos samaritanos en aquél tiempo o musulmanes en el presente. El Maestro fue muy contundente y es escalofriante pensar que ahora miraría a este pueblo que se dice cristiano y lo condenaría por su falta de compasión. Aquellos dos discípulos que iban a su lado entendieron más adelante las palabras del Galileo, los evangélicos del presente parecen vacunados contra ellas.
Tampoco faltan los que hablan de Tsunamis, de huracanes que matan por miles y que no serían otra cosa que el castigo divino sobre naciones paganas. El problema es que también mueren niños y no pocos creyentes. Un huracán no vira cuando tiene la casa de un cristiano de frente, se la lleva también por delante. Más fuego del cielo. Dios debe tener mala puntería cuando el creyente, el inocente, el niño y el enfermo mueren junto al “pagano”.
En ocasiones me doy cuenta de que Jesús se ha convertido en un problema para la iglesia. Parece que no llegamos a entender que la gracia vino con Él y la ley que reinó en el Antiguo Testamento ya fue destronada. Que Él no ha venido a condenar a  personas sino a salvarlas.
Es triste que sus seguidores no tengan ningún problema en comprender conceptos tales como retribución, castigo, condena, pero les cueste tanto vivir la misericordia. Nuestro Mesías, como tan bien entendió Bonhoeffer, es un Salvador crucificado y su pueblo en vez de provocar, alentar y promover el sufrimiento debe redimirlo padeciéndolo. Ya se sabe, el discípulo no es mayor que su Maestro…
“No penséis que he venido a anular la ley de Moisés o las enseñanzas de los profetas. No he venido a anularlas, sino a darles su verdadero significado”.
Jesús en Mateo 5:17. Las negritas son mías.
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Autor/a: Alfonso Ranchal


Alfonso Ranchal es Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España)

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viernes, 14 de septiembre de 2012

El infierno: ¿realidad o ficción?



Juan María Tellería Larrañaga


Al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. (Mateo 25, 41b BTX)
El tema del infierno no es demasiado popular entre los creyentes de un tiempo a esta parte. Se ha convertido en uno de esos asuntos que se procuran evitar por no generar situaciones embarazosas, porque casi “se queda mal” si se trata, y sobre todo porque —o así nos lo parece— desde la Edad Media se ha venido machacando tanto con él a los auditorios y las congregaciones, que, como es natural, crea cierta repulsa. No hay más que ver las representaciones pictóricas y escultóricas de épocas pretéritas o que leer cierta literatura apócrifa, por no mencionar el archiconocido primer canto de la Divina Comedia de Dante, para convencerse de ello. Y ni siquiera es preciso ir tan lejos: basta con haber escuchado algunos sermones que se han predicado en nuestros púlpitos o haber visto alguna película de las llamadas “cristianas” procedentes de otras latitudes, para quedar bien servidos. Por decirlo de forma simple: el tema del infierno ha sido una excelente herramienta, por un lado, para suscitar miedo e inculcar una piedad fundamentada en el terror a un más allá horrible; y por el otro, para hacer de válvula de escape a una serie de pulsiones sádicas en los concienzudos teólogos y predicadores que se han regodeado en imaginar y describir con todo lujo de detalles sus tormentos.
Y dicho esto, nos enfrentamos a la gran constatación: el Nuevo Testamento nos habla con claridad del infierno y la condenación eterna. Más aún, dejando de lado las imágenes impactantes del Apocalipsis y alguna que otra alusión en las Epístolas, son los Evangelios, especialmente los Sinópticos (Mateo-Marcos-Lucas), los que más tratan de este tema al recoger toda una serie de sentencias y dichos pronunciados por Jesús. Es decir, que es el propio Jesús quien más habla y enseña acerca de este asunto. No tiene por qué sorprendernos; entra dentro de la más perfecta de las lógicas: el Salvador sabe muy bien de qué viene a salvarnos.
La diferencia con lo que ha sido la enseñanza cristiana posterior, no obstante, es abismal. En primer lugar, Jesús no se explaya en ningún momento en descripciones crueles de los tormentos del infierno, ni juega con una supuesta geografía del lugar. Las imágenes que emplea (el fuego que no se apaga, el gusano que no muere, las tinieblas, el llanto, el crujir de dientes) son más bien simples, tomadas del entorno cultural de su pueblo y de su época, y de gran impacto psicológico en la mente de sus oyentes, pues todas ellas inciden en algo terrible, como es el dolor intenso, la tristeza profunda, la sensación de soledad alienante, la angustia trágica por la que pasa el individuo que ha sido excluido del Reino de Dios. Más que describir objetos reales (un fuego auténtico, un gusano genuino, una oscuridad cierta), ofrece pinceladas de situaciones anímicas internas, vividas con tal intensidad, que muy bien pueden tildarse de eternas. El propio Jesús experimentó esa condición en el Getsemaní y a lo largo de su pasión. Cuando los teólogos de la Iglesia antigua decían que nuestro Señor vivió en sí mismo los tormentos del infierno por todos nosotros, tenían razón.
En segundo lugar, la predicación del infierno como tema estrella no aparece por ningún lado en todo el Nuevo Testamento. Las palabras dichas por Jesús acerca de este asunto se inscriben siempre dentro de su enseñanza global acerca de los principios del Reino de Dios, como imagen de vívido contraste, algo de lo que gustaban mucho los maestros orientales en general. Al contraponer estas pinceladas sobre la condenación eterna con todo lo que muestra la bienaventuranza del discipulado cristiano, el Señor sencillamente hace hincapié en lo positivo como una invitación a acogerse a la Gracia de Dios. En la forma de pensar del hombre Jesús de Nazaret y la de sus contemporáneos judíos del siglo I no se entiende una piedad basada en el temor a los castigos, sino en la alegría de la llegada del Reino. Ni siquiera las corrientes más apocalípticas y exaltadas de la época, en cuya literatura se describe con profusión de detalles la destrucción del mundo presente, jugaban con el elemento miedo. Al contrario, todos esos juicios devastadores y condenatorios que describen iban dirigidos a los enemigos del pueblo de Dios. Los fieles debían saber de entrada que contaban con el beneplácito divino.
Y en tercer y último lugar, jamás aparece en la enseñanza de Jesús la idea de que haya seres humanos destinados al infierno. El texto que encabeza nuestra reflexión, Mateo 25, 41b, y el contexto general en que se inscribe lo dicen bien claro. El infierno, o fuego eterno, literalmente, es del destino del diablo y sus ángeles, no de los hombres. Los seres humanos que pasan por esa experiencia comparten algo que no les es propio, que no es para ellos en realidad, simplemente porque se han autoexcluido de las bendiciones del Reino de Dios.
En conclusión, creemos firmemente que se debe hablar del infierno en nuestra predicación y nuestra enseñanza, sin ningún tipo de temor o de reparo, de la misma manera que hablamos de otros asuntos o de otros temas muy variados que aparecen en las Sagradas Escrituras. Pero siempre con las limitaciones que la propia Biblia nos impone y dentro del cauce de la Gracia de Dios. Finalmente, no lo olvidemos nunca, todo el contenido de la Sagrada Escritura viene marcado y coloreado por la figura y la obra de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que vino a destruir el mal y el infierno para siempre.

Sobre Juan María Tellería Larrañaga

Juan María Tellería Larrañaga Ha publicado 30 articulos en Lupa.
El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupa Protestante
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