Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de septiembre de 2012

El infierno: ¿realidad o ficción?



Juan María Tellería Larrañaga


Al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. (Mateo 25, 41b BTX)
El tema del infierno no es demasiado popular entre los creyentes de un tiempo a esta parte. Se ha convertido en uno de esos asuntos que se procuran evitar por no generar situaciones embarazosas, porque casi “se queda mal” si se trata, y sobre todo porque —o así nos lo parece— desde la Edad Media se ha venido machacando tanto con él a los auditorios y las congregaciones, que, como es natural, crea cierta repulsa. No hay más que ver las representaciones pictóricas y escultóricas de épocas pretéritas o que leer cierta literatura apócrifa, por no mencionar el archiconocido primer canto de la Divina Comedia de Dante, para convencerse de ello. Y ni siquiera es preciso ir tan lejos: basta con haber escuchado algunos sermones que se han predicado en nuestros púlpitos o haber visto alguna película de las llamadas “cristianas” procedentes de otras latitudes, para quedar bien servidos. Por decirlo de forma simple: el tema del infierno ha sido una excelente herramienta, por un lado, para suscitar miedo e inculcar una piedad fundamentada en el terror a un más allá horrible; y por el otro, para hacer de válvula de escape a una serie de pulsiones sádicas en los concienzudos teólogos y predicadores que se han regodeado en imaginar y describir con todo lujo de detalles sus tormentos.
Y dicho esto, nos enfrentamos a la gran constatación: el Nuevo Testamento nos habla con claridad del infierno y la condenación eterna. Más aún, dejando de lado las imágenes impactantes del Apocalipsis y alguna que otra alusión en las Epístolas, son los Evangelios, especialmente los Sinópticos (Mateo-Marcos-Lucas), los que más tratan de este tema al recoger toda una serie de sentencias y dichos pronunciados por Jesús. Es decir, que es el propio Jesús quien más habla y enseña acerca de este asunto. No tiene por qué sorprendernos; entra dentro de la más perfecta de las lógicas: el Salvador sabe muy bien de qué viene a salvarnos.
La diferencia con lo que ha sido la enseñanza cristiana posterior, no obstante, es abismal. En primer lugar, Jesús no se explaya en ningún momento en descripciones crueles de los tormentos del infierno, ni juega con una supuesta geografía del lugar. Las imágenes que emplea (el fuego que no se apaga, el gusano que no muere, las tinieblas, el llanto, el crujir de dientes) son más bien simples, tomadas del entorno cultural de su pueblo y de su época, y de gran impacto psicológico en la mente de sus oyentes, pues todas ellas inciden en algo terrible, como es el dolor intenso, la tristeza profunda, la sensación de soledad alienante, la angustia trágica por la que pasa el individuo que ha sido excluido del Reino de Dios. Más que describir objetos reales (un fuego auténtico, un gusano genuino, una oscuridad cierta), ofrece pinceladas de situaciones anímicas internas, vividas con tal intensidad, que muy bien pueden tildarse de eternas. El propio Jesús experimentó esa condición en el Getsemaní y a lo largo de su pasión. Cuando los teólogos de la Iglesia antigua decían que nuestro Señor vivió en sí mismo los tormentos del infierno por todos nosotros, tenían razón.
En segundo lugar, la predicación del infierno como tema estrella no aparece por ningún lado en todo el Nuevo Testamento. Las palabras dichas por Jesús acerca de este asunto se inscriben siempre dentro de su enseñanza global acerca de los principios del Reino de Dios, como imagen de vívido contraste, algo de lo que gustaban mucho los maestros orientales en general. Al contraponer estas pinceladas sobre la condenación eterna con todo lo que muestra la bienaventuranza del discipulado cristiano, el Señor sencillamente hace hincapié en lo positivo como una invitación a acogerse a la Gracia de Dios. En la forma de pensar del hombre Jesús de Nazaret y la de sus contemporáneos judíos del siglo I no se entiende una piedad basada en el temor a los castigos, sino en la alegría de la llegada del Reino. Ni siquiera las corrientes más apocalípticas y exaltadas de la época, en cuya literatura se describe con profusión de detalles la destrucción del mundo presente, jugaban con el elemento miedo. Al contrario, todos esos juicios devastadores y condenatorios que describen iban dirigidos a los enemigos del pueblo de Dios. Los fieles debían saber de entrada que contaban con el beneplácito divino.
Y en tercer y último lugar, jamás aparece en la enseñanza de Jesús la idea de que haya seres humanos destinados al infierno. El texto que encabeza nuestra reflexión, Mateo 25, 41b, y el contexto general en que se inscribe lo dicen bien claro. El infierno, o fuego eterno, literalmente, es del destino del diablo y sus ángeles, no de los hombres. Los seres humanos que pasan por esa experiencia comparten algo que no les es propio, que no es para ellos en realidad, simplemente porque se han autoexcluido de las bendiciones del Reino de Dios.
En conclusión, creemos firmemente que se debe hablar del infierno en nuestra predicación y nuestra enseñanza, sin ningún tipo de temor o de reparo, de la misma manera que hablamos de otros asuntos o de otros temas muy variados que aparecen en las Sagradas Escrituras. Pero siempre con las limitaciones que la propia Biblia nos impone y dentro del cauce de la Gracia de Dios. Finalmente, no lo olvidemos nunca, todo el contenido de la Sagrada Escritura viene marcado y coloreado por la figura y la obra de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que vino a destruir el mal y el infierno para siempre.

Sobre Juan María Tellería Larrañaga

Juan María Tellería Larrañaga Ha publicado 30 articulos en Lupa.
El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupa Protestante
imagen

viernes, 24 de junio de 2011

Lo llaman realidad y no lo es.


Dos historias fascinantes que tienen que ver con la percepción y el engaño. Van de un beso y una mujer. Ni el uno ni la otra existieron, pero los vimos con nuestros propios ojos y hubiéramos tocado el fuego más tranquilos que un sanpedrano en San Juan para demostrarlo.

Primero, el beso

Muchos recordaréis esta foto. Una pareja se besa entre antidisturbios en Vancouver, ajenos al mundo Una bella imagen que inconscientemente se ha asociado a esta primavera de 2011 llena de revoluciones juveniles. Pocos recordarán que la imagen tomada el fotógrafo de Getty Lich Lam pertenece en realidad a los graves disturbios que se produjeron tras una vulgar final de hockey. La maquinaria viral enseguida se puso en marcha y el 'Vancouver kiss' dio la vuelta al mundo. La familia los reconoció y avisó a los medios. Él era un aspirante a cómico australiano que llevaba seis meses en el país, ella era canadiense. Llevaban poco tiempo saliendo. La semana pasada la pareja dio una entrevista en CBC News y explicaron que ella estaba histérica porque la policía le había pasado por encima y que él estaba tratando de tranquilizarla. Ya podían haber dicho misa, y también el fotógrafo, que bastante tenía con disparar como loco como para enterarse de lo que pasaba. Lo que necesitábamos para entender lo sucedido era otra imagen, esta vez en movimiento. Esta grabación de los disturbios que capta exactamente el momento del disparo fotográfico se subió ayer a la red y ya es el vídeo de actualidad más visto del día en medio mundo. La lánguida chica que recibe el beso está en realidad en shock porque le acaban de zurrar. La luminosa y esperanzadora escena se transforma casi negra y apocalíptica.





La historia incita a un montón de lecturas, viejas como todas las buenas grandes cuestiones. Sobre la objetividad (¿qué es más cierto, la bonita foto o el sobrecogedor vídeo? ¿ambos, ninguno?), sobre la percepción de la realidad (¿hasta qué punto el contexto que nuestro cerebro añade para comprender las cosas nos aleja de ellas?), sobre el funcionamiento de los medios (sin otro vídeo llamativo, jamás nos hubiéramos enterado de lo sucedido), sobre los quince minutos de fama (la pareja ha contratado a una agencia para gestionar su popular y lanzar la carrera cómica de él) sobre el azar y el papel del fotógrafo (que tomó una de las fotos de su vida por casualidad). También resucita una antigua inquietud: ¿cuántas de las imagenes que tenemos clavadas en la memoria personal y colectiva serán tan "falsas" como esta? Desde que existen intenet y las redes y cada escena de la actualidad es seguida y documentada por mil ojos y cámaras, lo de las imágenes icónicas se está poniendo complicado.

Segundo, la ¿mujer?



El segundo engaño está dentro del vídeo de arriba (pincha: es corto, 15 segundos). Difícil notar algo extraño, aparte de que está en japonés y no se entiende nada. Hasta que se lee que la chica a la que todas rodean y que dice la última frase ha sido en realidad completamente recreada por ordenador a partir de las otras. Aimi Eguchi es una estrella del pop ficticia (miembro de un grupo de ¡61! chicas llamado AK48) patrocinada por un fabricante de caramelos, Glico. La semana pasada la compañía reconocía que la muchacha que anunciaba sus productos en la televisión y que se había unido últimamente al grupo de música era una invención. Los fans más conspiranoicos ya se habían dado cuenta de que algo no cuadraba: no era tan conocida como para ser la estrella del anuncio, su fecha de nacimiento era la misma que la de la empresa... y otros detallitos. Pero nadie notó que era una mezcla de los rasgos más bonitos de seis de sus compañeras. Aimi es perfecta. Mejor que las mejores. El golem, el frankenstein definitivo, ha resultado ser una japonesa adolescente.




En resumen, que la realidad no es lo que era. Ya ni siquiera hay que hacerel esfuerzo de enfocarla.

PS:

Este blog ha estado perezoso las últimas semanas. Hay una razón: su dueña está montando la web del suplemento femenino que saldrá todos los sábados con El País a partir de finales de septiembre. Pero después del parón Trending Topics sigue como siempre.

Fuente: blogs.elpais.com