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miércoles, 10 de octubre de 2018

La carne de Cristo.


Nicolás Panotto

El principio de la encarnación de Dios (Fil 2) es uno de los elementos teológicos más bellos de la fe cristiana. El abajamiento de la gloria, la “kenosis”, el vaciamiento, y la asunción de una humanidad plena, entregada a lo más bajo, lo más vil, lo más despreciado, para desde allí glorificar la potencia de la vida y burlarse de los poderes del mundo.


Un acontecimiento colosal que hemos reducido a los caprichos de nuestra contingencia, a la funcionalidad de nuestras demandas, a la protección de nuestros recelos, a la pragmática de nuestras militancias; en fin, a nuestras visiones tan descarnadas de la realidad humana. La encarnación no es un relato épico para endiosar engreimientos efímeros sino declarar que Jesús tiene cuerpo. Corporalidad, así como la nuestra.

Necesito sentir ese Cristo que vive las mismas bellezas y penurias humanas desde su carne, tal como yo. Que comparte las risas y las tristezas. Que siente en el pecho las decepciones. Que se enoja, se rebela, se emociona, se excita. Que duda. Que se contradice. Que se sorprende tras la interpelación de un/a otro/a, como la mujer cananea que no teme en disputarle su visión tan reducida de la acción de Dios. Que se exaspera, que grita, que corre, que se molesta. Que reacciona sin reflexión desde la indignación, como cuando echó a los mercaderes del Templo. Que ama. Que pondera lo humano por sobre la ley. Que desea el roce de la piel, como en su encuentro con la mujer que derrama perfume sobre sus pies. Que se compromete con el sufrimiento. Que encuentra su lugar entre los más despreciados/as de la sociedad. Que hace fiesta y disfruta del buen vino. Que no se guarda de expresarle al Padre su cansancio, su miedo, sus lágrimas, su dolor, su deseo de que pase de él esa copa delegada.

La carne de Cristo es mi propia carne. Con sus deseos, sus flaquezas, sus contradicciones, sus debilidades. Allí, la gloria de la existencia en la honradez que confiesa la fe.

martes, 25 de julio de 2017

Teología samaritana.



Juan Pablo Espinosa Arce, Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule), Magíster en Teología Fundamental (PUC)

La figura del buen samaritano del Evangelio de Lucas (Lc 10, 25-37) representa una de las claves más interesantes para comprender cuál ha de ser la acción del cristiano en relación con los sufrientes cualesquiera sean. El texto nos evoca una gramática de la compasión, de la cercanía y de la proximidad. Son los sentimientos del que sabe que el otro que ha caído necesita su presencia. Son varios autores que reconocen la urgencia de volver sobre la figura del samaritano para pensar y construir la Iglesia, la teología, la pastoral y también el lugar del cristiano en el espacio público (Bennássar 1988; Muñoz 1990; Muñoz 1994). A partir de ello, es que queremos reflexionar en torno a qué significa hacer una teología samaritana. Dicha teología responde a una “epistemología del Buen Samaritano”1, la cual no es ingenua con la realidad, al contrario, se aproxima críticamente a ella. En palabras de Bennássar, “la realidad debe ser conocida, escuchada y responsablemente acogida, es decir, respondida. La realidad exige encarnación, realización. De la realidad sólo se puede hablar estando en ella, siendo parte de la misma”2. Entonces, si estamos pensando una teología samaritana, el principio básico de la misma debe comprenderse cómo una inteligencia de la fe que ha reconocido a Dios en el locus mismo de la realidad. Es, por tanto, una teología histórica y con sentido de historia que no comprende la realidad de manera ingenua.

La teología samaritana está cruzada por una responsabilidad ética, de justicia y de esperanza en la vida. Es una reflexión creyente que apuesta por la vida del que está a la orilla del camino. El teólogo chileno Ronaldo Muñoz sostiene que la Iglesia posee cinco dimensiones prácticas, entre ellas la Iglesia samaritana. En esta interpretación eclesial, Muñoz parte del hecho concreto de que el pueblo tiene necesidades, pero que a pesar de dicha carencia, el pueblo sabe recrear e imaginar situaciones que fundan una cultura de la solidaridad. En palabras de Muñoz, “en su conciencia popular y cristiana reflexionada con el Evangelio, la comunidad sabe que debe actuar así, que debe comportarse como ‘Iglesia samaritana’, que no puede seguir de largo – como el sacerdote y el levita de la parábola – junto al malherido botado a la orilla del camino”3. Con ello, la teología samaritana, la teología encarnada en la realidad histórica, no abandona el testimonio evangélico, al contrario, desde él proyecta su reflexión. No hay teología sin Evangelio. Ello fue recordado con fuerza en el Vaticano II cuando en Dei Verbum 22 se dice que la Sagrada Escritura es el alma de la teología.

En esta apuesta por la vida, reconocemos que la teología conlleva una responsabilidad como base de la lógica del don. En este sentido, J. Domingo Moratalla recuerda “la condición samaritana de la vida moral”4. La donación que el samaritano realiza, tanto de su tiempo como de su dinero, constituye el nacimiento de un orden nuevo en clave de sobreabundancia. Con ello, creemos que la teología debe continuamente estar repensando sus dinámicas del don, de la ética y la responsabilidad. La teo-logía creyente debe ir en sintonía con la experiencia de no dominar al otro, sino que permitirle ser. Es necesario dejar que el otro también experimente un lugar de importancia en el gran relato social y cultural. Domingo Moratalla recuerda que en la parábola “el samaritano se sintió tocado, tuvo compasión, fue capaz de reconocerse en un herido que podría haber sido él mismo. En la parábola se invita al lector a encontrar la salvación dejándose amar por la figura del samaritano, es decir, viviendo de un don que se da sin tener que ser devuelto”5. Con esto, creemos que la teología debe ser capaz de afectarse por tantos rostros, historias, relatos y experiencias que permiten configurar una nueva forma de discurso creyente. Este discurso no sólo se entiende como teoría, sino que también como praxis. Dicho discurso debe buscar el término medio, lo que se denomina el círculo hermenéutico, es decir, lograr un diálogo efectivo entre teoría y práctica, diálogo que permita una continua retroalimentación entre ambas.

La praxis y la responsabilidad del samaritano la entendemos como una ruptura, como una infracción a una teología que no se acerca al otro, la cual se representa en los gestos y movimientos del sacerdote y del levita que dan un rodeo y pasan de largo. Con Johann Baptist Metz apostamos por una teología impura, es decir, por una inteligencia de la fe que es capaz de hacer síntesis entre la Escritura, los principios dogmáticos y la experiencia concreta de la realidad sufriente. Hacer teología samaritana, teología encarnada, teología no ingenua, va de la mano por una ampliación de la visión y de la audición, de eso que se denomina una mística de los ojos abiertos. Mantenerse vigilante, con los ojos abiertos, con los oídos atentos como el discípulo (Cf. Is 50,4), debe constituir el fundamento de una auténtica teología cristiana, de una experiencia eclesial que recupera la experiencia del pasado y la manifiesta creativamente en el presente.

La lógica samaritana es capaz de caminar con otros y otras, con sentido de comunidad, responsabilidad y de búsqueda de nuevas opciones de vida. Es una teología esperanzada y humanizadora. Por ello, como sentencia Bennássar, “una teología desligada de la vida práctica y real contradice, de hecho, el sentido realista de la encarnación de nuestro Dios, pues un Jesús sin milagros, sin obras históricas de misericordia y justicia, no sería un mesías salvador ni un mensajero de una nueva humanidad. Un cristiano despreocupado del hombre real, desencarnado, desrealizado, es inmoral”6. Con ello, la teología samaritana debe recuperar continuamente el principio de la Encarnación, del Dios que en Jesús tuvo sentimientos de compasión, justicia y de celebración de la vida. La teología debe estar al servicio de la historia, del mundo, de la Iglesia. Hemos de reestructurar continuamente nuestros discursos creyentes y nuestras prácticas efectivas de misericordia.

jueves, 5 de mayo de 2016

Paseando por el otro mundo posible.



Cuando leo y medito en las Escrituras mi espíritu se enardece. Supongo que te sucederá a ti, que me lees, lo mismo. El Espíritu de Dios obra el milagro de hacer que la voz del Resucitado resuene a través de los textos que meditamos.

Por ejemplo, leer los Evangelios supone dar un paseo por el mundo nuevo que soñamos y esperamos. Sí, vislumbramos por la fe la ciudad con fundamentos indestructibles, cuyo arquitecto es el Dios del Éxodo(Heb. 11:10). Y cuando decimos “ciudad” estamos diciendo un modelo de sociedad donde rige la justicia y el derecho. Un modelo de sociedad-ciudad que todavía no ha sido construida. Tan solo podemos mostrar-palpar “comunidades piloto” del otro mundo posible que esperamos.

Sí, soy consciente de mi irreductible optimismo originado en la puerta que nos abre la gracia de Dios. Alguien cuestionará que las “comunidades piloto” sean una realidad aquí y ahora. Y más si afirmo que las iglesias cristianas debieran ser esas “comunidades piloto”, ya que dista mucho la realidad que se vive en su interior con el mundo nuevo que anuncian.

Pues bien, debo afirmar categóricamente que las comunidades cristianas están convocadas a ser espacios donde la mente humana sea iluminada; donde se tasten los dones que proceden de lo alto; donde se experimente la fuerza-poder del Espíritu Santo; donde se guste tanto la buena palabra-ideario de Dios como los poderes del mundo-ciudad nuevo que está viniendo a nosotros(Heb. 6:4,5). Nada más, ni nada menos.

Como personas que confiesan tomar en serio la vida-muerte-resurrección de Jesús de Nazaret no debemos darnos por vencidos frente al caduco modelo social en el que nos movemos. No podemos darnos el lujo de hablar acerca del mundo nuevo que viene, y vivir a la luz de los valores del Imperio de la muerte. Ya nos enseñó aquel al que calificamos de Salvador y Maestro que no podemos “servir a dos señores” (Mt. 6:24). Y Santiago, su hermano, en su misma línea, nos dejó escrito que “cualquiera que quiera ser amigo del mundo (modelo social caduco), se constituye en enemigo de Dios” (Stgo. 4:4).

Ya os decía que leer las Escrituras enardece mi espíritu, y también me hace consciente de mi propia debilidad para responder positivamente a lo que en las letras bíblicas leo. Pero al mismo tiempo, y en medio de la debilidad que aguijonea mi carne, escucho decir al Resucitado con voz clara y rotunda: “bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2Cor. 12:9). Por ello, no deseo-deseamos formar parte de los que retroceden por cobardía (curiosamente los cobardes no tienen parte en la ciudad –Apo. 21:8), sino de los que tienen fe para creer en lo imposible. Por lo tanto, seguimos en la labor de sembrar semillas de las que brote el otro mundo posible según Dios. Soli Deo Gloria.

martes, 5 de enero de 2016

Ni tres, ni reyes, ni magos.


Aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús.

AUTOR Antonio Cruz 

El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.

Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.

Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.

Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.

Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”. 

No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.

La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.

Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

martes, 6 de enero de 2015

Ni eran reyes ni eran tres.


Mateo 2, 1-12

Por Lisandro Orlov

Ya no es posible acercarnos a un texto de las Escrituras con actitud inocente. La duda y la sospecha como metodología interpretativa es sumamente útil como para comprender e interpretar los silencios, las ausencias y los énfasis de un texto. Todo escrito tiene siempre una doble función de revelar y ocultar, de inducir y llevar a sus lectores en una determinada línea de pensamiento. No hay escrito alguno que sea inocente.

Es por ello que tenemos que preguntarnos qué tiene que ver este texto del evangelio, central a la celebración de la Epifanía con la epidemia del vih. Si analizamos la intencionalidad de todo el Evangelio de Mateo podemos colocar este fragmento en una perspectiva mayor y más amplia. Aquellos que estaban destinados a ser los instrumentos principales del proceso de liberación iniciado por Dios, por problemas interpretativos de las Escrituras, no pueden comprender ese proceso. La forma en que están leyendo la historia de la salvación les ha hecho ciegos y sordos a los acontecimientos de la Navidad. No pueden comprender la forma paradójica en que ese Dios que reconocen y alaban, adopta para manifestarse. Estamos nuevamente frente a un problema hermenéutico. El problema es la forma en que utilizamos las Escrituras para interpretar la realidad del presente de Dios.

Ya habíamos hecho de los pastores, grupos sumamente sospechoso y estigmatizado por los grupos de poder intelectual, religioso y político de su tiempo, un idílico y lírico grupos de buenos muchachos que le quitó todo escándalo al hecho que sean justamente ellos los primeros en recibir la buena noticia de la Encarnación de Dios. Era necesario quitarle todo aspecto escandaloso al relato para que no produjera en nosotros y nosotras ninguna reacción peligrosa. El primer grupo que se acerca al Niño de Belén es un grupo considerado indigno de tal regalo y un grupo realmente peligroso para la defensa de los valores tradicionales.

Ahora es necesario hacer el mismo proceso con el siguiente grupo. Estos magos de oriente que se aproximan al pesebre son también un grupo sospechoso y estigmatizado por toda la tradición religiosa de todos los tiempos. Leyes, sabiduría y profetas advierten en contra de todos los magos, de entonces y de ahora. En realidad estos señores son aquello que hoy llamaríamos astrólogos y muy lejos de ser astrónomos. Están más cerca de los que redactan horóscopos que los científicos que estudian los misterios del universo. Estos magos son también un grupo muy mal visto por los que interpretan las Escrituras. Nuevamente el escándalo y para evitar esa lamentable situación los hemos transformado en reyes cuando en realidad son unos sospechosos charlatanes. Por más que en las reuniones sociales hablemos de los signos del zodíaco, de los resultados de horóscopos diversos, que entretienen nuestras frivolidades, ninguno de nosotros y nosotras tomamos muy en serio esas predicciones y adivinanzas. Exactamente ocurría con los magos del oriente y del occidente, del norte y del sur. No son sabios, ni reyes ni sabios: son magos con toda la carga que aún hoy le damos a esta afirmación. Muy buenos para animar fiestas infantiles pero que ninguno de nosotros tomaríamos muy en serio, excepto Dios en forma sorprendente.

Estas personas, cuyo número permanece en el misterio más profundo y que hemos hecho que sean tres porque tres son los regalos, proceden de un grupo que está fuera de la comunidad de fe. Otro escándalo. Dios se revela a aquellos grupos que por diversas razones se han colocado o los hemos colocado fuera de los límites de la comunidad de fe. Esta manifestación a estos magos pone en tela de juicio que la salvación no exista más allá de las hipotéticas fronteras que hemos establecido para limitar la acción de Dios a los grupos que consideramos políticamente correctos. Esta realidad puede tener una fuerza sumamente importante para fundamentar nuestra acción pastoral, nuestra reflexión bíblica y la construcción de nuevos paradigmas teológicos. La acción de Dios va más allá de todo lo que podemos comprender y lo peor, más allá de los que podemos tolerar.

Este texto justifica, fundamente y nos compele a continuar nuestra acción pastoral y de acompañamiento con todos los grupos vulnerables al estigma y la marginación que producen nuestras propias comunidades de fe cuando hacen lecturas incompletas y tradicionales de las Escrituras. Este texto y la llegada de estos magos sospechosos a las ortodoxias del poder político y de la sabiduría religiosa establecida, nos ayudan a explicar, fundamentar y continuar con nuestro diálogo con cuanto grupo excluído y marginados por sociedades y comunidades de fe. Es necesario recuperar el escándalo de este texto y dudar y sospechar de lecturas tradicionales que los han esterilizado.

El texto del profeta Isaías nos ayuda a enmarcar esta reflexión. Allí se nos habla de la situación de exiliados que por diversos motivos se mantienen lejos del espacio de vida a la cual pertenecen. Allí se los alienta a retornas a aquellos espacios a los que pertenecen y que les pertenecen. Igualmente muchos de las personas y grupos en situación de vulnerabilidad a la epidemia del vih viven exiliados de nuestras comunidades y en nuestra acción pastoral queremos alentarles a retornar y ocupar el espacio de dignidad que les pertenece. Ya no son más “los otros y las otras”. Desde siempre, desde la Encarnación, desde la llegada de los sospechosos y divertidos magos, todas las personas y grupos vulnerables al estigma y la descalificación de los poderosos políticos y religiosos, son de los nuestros y de las nuestras. Se ha roto para siempre esa forma extraña de hablar de ellos y nosotros, de ellas y nosotras. El objetivo de todo este Evangelio de Mateo es mostrarnos que Dios ha abierto hace tiempo su Reino a todos y todas en una forma que va más allá de lo que podemos comprender y aceptar. Es el escándalo de la radical inclusión de Dios. De eso trata este texto y eso nos cuesta reconocer. Por ello y como una consecuencia para protegernos tenemos que adornarlos y pensar que no son pobres magos sino reyes y que además de tener sangre azul son generosos magos.

Indudablemente estos magos están algo confundidos y ellos mismo no han comprendido totalmente la acción de Dios. Realmente los astros, la naturaleza, los pocos y bonitos ríos y lagos que aún no han sido contaminados, ni los cielos con o sin nubes nunca pueden revelar la verdadera naturaleza de la forma de revelarse de Dios. Ni astros ni flores nos pueden revelar a este Dios que para revelarse escoge el esconderse en aquello que nos cuesta aceptar. Si bien la estrella no los dirige hacia el centro del poder político, ellos igualmente y por una concepción teológica tradicional, es decir, desde una teología de la gloria van al palacio porque piensan que allí conocen todo. Es siempre esa tentación de buscar ser validados y reconocidos por los centros de poder. Ese poder busca el asesoramiento de teólogos y estudiosos funcionales al sistema, que siempre los hay en gran cantidad. Conocen las Escrituras pero no las entienden ni las aplican. Su conocimiento de las Escrituras es un obstáculo a la comprensión de los signos de los tiempos. La epidemia del vih y la situación de vulnerabilidad en que viven personas y grupos es un signo de los tiempos que exige comprensión desde caminos no tradicionales. Para entender esta realidad debemos alejarnos de estos grupos de poder y caminar hacia los pesebres que la epidemia del vih y sida nos revela y donde se han detenido todas las estrellas de Dios que nos hablan de una nueva forma de comprender su voluntad.

Para la revisión de vida

¿Dónde vemos en nuestra realidad y en el contexto de la pandemia del vih y sida, signos de esperanza y luz? ¿Estamos orando para que Dios se revele en algún espacio en especial? ¿Cuál?

Para la reunión de grupo

¿Nuestra invitación a formar parte de nuestras comunidades de fe a personas y grupos en situación de vulnerabilidad al vih o sida es parte de un proceso de liberación, de inclusividad y de relectura bíblica?

Para la oración de las y los fieles

Con la alegría de saber que la Palabra se ha hecho carne, oremos en paz por la iglesia y todas las comunidades de fe, por aquellos exiliados de nuestras comunidades y por toda la creación de Dios.

(Se hace un breve silencio:)

Por la iglesia, para que radiante y renovada por la alegría y la fe en el nacimiento paradójico del Salvador, pueda guiar y servir con esta luz de la Epifanía, luz de tu manifestación en el rostro y la vida de las personas y situaciones de vulnerabilidad y poder construir juntos un espacio donde tu gracia y tu amor nos den unidad. Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.

Por todos aquellos y aquellas que tienen poder y autoridad en la sociedad y en la iglesia, para que puedan ser guiados por tu sabiduría y tu compasión, para que puedan buscar siempre y en todo lugar el bienestar de los que han sido estigmatizados y excluidos por nuestros prejuicios, nuestra equivocada comprensión de tu voluntad y para que todos busquemos tu perdón y renovación. Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.

Por los países y las regiones de la tierra, divididas por el odio y el prejuicio, pera que ellos y nosotros podamos caminar los senderos de paz y reconciliación, Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.

Por todos aquellos y aquellas que viven en soledad, exclusión, temor y miseria, para que sobre ellos y ellas pueda brillar la luz de tu amor que todo lo repara y cura, y para que sientan la mano amiga y fraterna de nuestra comunidad de fe, que se abre con gozo para recibirles incondicionalmente. Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.

Por todos aquellos y aquellas que se reúnen en esta iglesia, como tus hijos e hijas, para que brillen como el rostro de Dios, y que puedan iluminar los caminos y senderos que llevan a afirmar nuestra fe y compromiso para hacer de este nuevo año, un tiempo de la alabanza que nace del reconocer la dignidad de toda tu creación. Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.

(Aquí se pueden incluir otros motivos de intercesión:)

Por todos los santos y santas que comparten la eterna luz de Cristo, para que sus ejemplos de fe, de amor y de vida, guíen los pasos y las acciones de tu pueblo para que continuemos siendo escándalo para los que oprimen y excluyen. Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.



Confiando en tu misericordia, nos encomendamos a nosotros mismos y a todos aquellos y aquellas que nos has encomendado que cuidemos, por aquel que nació para escándalo y temor de tiranos e injustos líderes de los pueblos. Señor, libera al pobre que suplica, y al humilde que está desamparado.



Oración comunitaria

Camino de la Epifanía, tu revelaste a tu Hijo a todos los pueblos por la guía de una estrella. Guíanos ahora a nosotros y nosotras por la luz de la fe para reconocer tu presencia en nuestras vidas y en las vidas de las personas que viven con vih o con sida, y llévanos por los caminos que conducen a la plenitud de tu Reino de justicia. Te lo pedimos por tu Hijo, Jesucristo, nuestro hermano y amigo, que vive contigo y con tu pueblo, y con el Espíritu de servicio, siempre un Dios con nosotros y nosotras, ahora y siempre.

Amén.

Pastor Lisandro Orlov, Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Fuente: alc-noticias

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Las mil caras de Cristo.


POR GABRIEL JARABA*

Me pregunto a menudo que quienes un día nos enamoramos de Jesucristo, ¿de qué Cristo estamos realmente enamorados?

¿Del sabio maestro judío que enseña con autoridad fuera de las estructuras religiosas de poder y atiende compasivamente a la realidad de cada persona que se le acerca? El “maestro bueno” que afirma que bueno sólo es Dios, y a quien los que no le consideran Dios mismo respetan e incluso veneran como maestro de moral y de modelo de vida.

¿El Cristo mítico creado por el propio cristianismo, superdiós o el dueño del mundo que más que sentarse a la derecha del Padre parece ser el objeto de su abdicación? El Cristo Rey a partir del cual se construyó la cristiandad y que ha terminado siendo blasón y excusa del autoritarismo políticorreligioso.

¿El Cristo bondadoso y tierno, incluso melífluo, cordero de Dios que viene a traer luz al mundo en lugar de fuego y espada, que cierra sus ojos bondadosos en una cruz erigida por los malos de siempre? El Jesucristo Superstar de la ópera musical hippie, pero también el Jesús que ha consolado a las mujeres marginadas y recluídas a un reducido espacio doméstico.

¿El azote de cambistas y mercaderes del templo, justiciero a zurriagazos de simoníacos y opresores del pueblo inocente? El Cristo de la teología de la liberación, la opción por los pobres y el activismo social de raíz espiritual.

¿El Cristo terapeuta, sanador de almas y cuerpos, el hombre que lleva su compasión hasta el extremo de alcanzar lo sobrehumano y revertir el proceso de la muerte de su amigo Lázaro? El Jesús sanador, esperanza de vida abundante, que instala la promesa de que el ser humano pueda vencer a la muerte.

¿El Cristo que ostenta autoridad para enseñar, fiel a la tradición, externo a la estructura creada por la tradición, independiente de criterio (“mas yo os digo”)? El Jesús sorprendentemente librepensador para su tiempo, respetuoso de la dignidad y la libertad individual, cual un anunciador del humanismo moderno.

¿El Cristo transfigurado que sorprende y admira a los discípulos al verle refulgir en su cuerpo de luz y deja perplejo al lector del Evangelio al no comprender esa dimensión de lo humano y lo divino? El Jesús realizado plenamente, cuya manifestación luminosa no hubiera sorprendido en las regiones del Himalaya donde los mahasiddhas mostraban que la realización plena del amor y la compasión transforman al ser humano hasta su última célula.

¿El Cristo recién nacido, inocente, indefenso, al que los Magos adoran, los ángeles cantan y los pastores celebran, niño pobre y refugiado como tantos otros hoy mismo en el mundo? El Jesús niño utilizado como discurso sentimental y sentimentaloide para apelar a la emocionalidad de un género femenino a retener por la iglesia cuando ésta ha perdido ya a la clase obrera y al burgués escéptico al mismo tiempo.

¿El Cristo crucificado, torturado y sufriente, que mueve a piedad a unos y a escándalo a otros, mostrado en las obras del arte religioso como el acto comunicativo de masas más contundente y efectivo de la historia de la cultura y por ende un acto político de agitprop aún insuperado? El Jesús ejecutado con premeditación por la violencia estructural de la alianza del poder religioso y el poder político y sus contradicciones, para unos ofrenda de sangre inocente necesaria, para otros acto liberador por su rotunda gratuidad, para todos todavía interrogante, escándalo o misterio.

¿El Cristo resucitado al tercer día, que no deja un cuerpo inerte en su tumba y al reencontrarse con sus amigos comparte pan y pescado asado con ellos mostrando así que no es un fantasma sino el hijo del hombre que ha vencido a la muerte como prometió? El objeto de nuestra fe sin el cual ésta sería vana.

Los Evangelios nos muestran diversas facetas de un solo Cristo, y ello me recuerda el título del libro del antropólogo Joseph Campbell, “El héroe de las mil caras”, que inspiró a George Lucas la saga de “La guerra de las galaxias”. El héroe mítico aparece y reaparece aquí y allá en los diversos relatos mostrando facetas muy diversas que pueden corresponderse con los arquetipos psicológicos que Carl Gustav Jung estudió: elementos de la psicología profunda que pugnan por resurgir a la conciencia en tanto que pulsiones de una personalidad no realizada. Por eso me inquieta la consideración fragmentada del Hijo del Hombre: porque nuestra adhesión a una u otra faceta dice más de nosotros que de Él mismo. Reflejos y proyecciones de nuestra personalidad fragmentada en espera de una verdadera realización personal y transpersonal.

Yo miro a Jesús y no me adhiero a ninguna de esas fascinantes imágenes que llenan de vértigo la imaginación e impulsan el hambre de eternidad a una huída hacia adelante. Me parece más prudente acercarse al Maestro intentando tocar levemente su túnica sin atreverse a agarrarle compulsivamente. Y me doy cuenta de que la espiritualidad de Jesús no se halla en ninguno de esos momentos cumbre que el relato evangélico nos muestra como enmarcados cual dioramas apoteósicos.

La espiritualidad de Jesús es la espiritualidad de la calle. Aunque asistía a la sinagoga, Jesús cumplía su ministerio en las calles, allí donde se encontraban los maltratados por la vida, las víctimas de la injusticia, del rechazo, de la opresión; allí donde se cruzaban los desheredados de una sociedad atenazada por las ansias de liberación nacional, la opresión colonial, las estructuras políticorreligiosas obsoletas; allí donde los tullidos y enfermos mostraban sus chacras, donde caminaban los indefensos y todos aquellos que habían sido arrojados a los márgenes de la vida. El arrabal de la ciudad global de su tiempo, los suburbios de la urbe que se quiso centro del universo. Allí “donde la ciudad cambia de nombre”, como tituló nuestro inolvidable Francisco Candel.

La espiritualidad de Jesús me llama a caminar junto a él y a ver lo que él veía. A través de sus ojos, con sus ojos: los ojos del amor y la compasión infinitos, en la confianza de que Dios nos ama.

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* Gabriel Jaraba (Barcelona, 1950) es periodista, escritor y profesor. Ha trabajado durante 45 años en prensa, radio y televisión en Cataluña y ahora es profesor de periodismo y comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona, de cuyo Gabinete de Comunicación y Educación forma parte.

(Publicado en “La Luz Digital“)

lunes, 2 de junio de 2014

Añadamos a la fe de nuestros hijos.



Es una realidad que como padres pensemos continuamente en el futuro de nuestros hijos e hijas; cuando proyectamos su futuro nos gustaría que en su vida tuvieran frutos significativos desde la perspectiva de la fe, desde la vida eclesial. Pero ¿cómo lograrlo?, ¿cómo alcanzarlo?, ¿cómo contribuir para que su vida sea fecunda sin violentar sus propias decisiones y su propio camino de vida?, ¿sin amedrentar sus propias experiencias?, ¿cómo podemos contribuir en el marco de su libertad personal?

En la Segunda carta del Apóstol Pedro se nos da una exhortación para nuestra vida personal y familiar, los invitamos a meditar juntos sobre esta porción de la escritura. Leeremos del capítulo 1 los versículos 1 al 12.

Antes de entrar de lleno a los versículos que nos atañen un poco de contexto sobre la carta y su origen. El autor escribe a cristianos de la segunda o tercera generación. La finalidad del escrito es ponerlos en guardia frente al riesgo o la amenaza que representaban los disidentes de la comunidad. Estos cristianos disidentes niegan la escatología tradicional, insistiendo más bien en la concepción cosmológica del ambiente helenista (2Pe 3:3-4). En este contexto afirman que no hay nada que esperar para el futuro, como lo demuestra la inmutabilidad del mundo a partir de la creación. De esta visión cosmológica e histórica se derivan en el plano ético las tendencias al libertinaje (2Pe 2:18-19). Para apoyar estas concepciones, que insisten también en las especulaciones “míticas” de tipo esotérico (2Pe 1:16). Los disidentes recurren a una interpretación subjetiva y arbitraria de las Escrituras hebreas e incluso de los escritos cristianos puestos bajo el nombre de Pablo (2Pe 3:16).

Nos encontramos pues en medio de una comunidad asolada por la disidencia, por el ataque a la fe, el libertinaje ético, la “fabulación” de la fe, la tergiversación de las escrituras y su mensaje de salvación, y la invalidez de la escatología como esperanza en el futuro y la proximidad del Reino de Dios. En una situación así, las palabras del Apóstol resuenan como un relámpago en medio de la tormenta.

Participantes de la naturaleza divina

Como primera idea de la exhortación Pedro nos indica que se nos han dado “preciosas y grandísimas promesas”, esas promesas provienen de Dios y se cumplirán a su tiempo. El apóstol desea enmarcar su parénesis (enseñanza) en este marco de promesas futuras para que las recomendaciones éticas que siguen a continuación no estén en la línea de meras recomendaciones de moral práctica sin sustento en la fe, sino por el contrario, la vida ética está enraizada en una intensa expectativa del futuro de Dios.

Las promesas se dan para beneficio de los creyentes, y de manera más específica para que por ellas lleguemos a ser “participantes de la naturaleza divina”, esto es sumamente importante, dichas promesas nos hacen parte de una comunidad (koinonoi) de lo divino. La naturaleza de lo divino se ancla “naturalmente” en la vida comunitaria, en la vida eclesial. Pero esto implica que, por contraposición, debemos alejarnos de la “corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. Todo aquello que nos aleja de la experiencia de la vida comunitaria de la fe, fundamentalmente la experiencia egoísta es así identificada como concupiscencia y corrupción.

Inmediatamente se nos dice que con “toda diligencia”, es decir, con prisa sin tardanza, debe ser lo inmediato, es lo que importa, no hay que dejarlo para después. Es un asunto prioritario para proteger la fe y la comunidad. 

Añadid a vuestra fe

Lo que se nos recomienda es que añadamos a la fe. Se da por sentado que la confianza en Dios es la base para el crecimiento cristiano y el fortalecimiento de la vida espiritual. Lo primero que tenemos que hacer con nuestros hijos es enseñarles a confiar en Dios, en su fidelidad, a tener fe. Y en este punto es necesaria una precisión: antes que los contenidos de la fe (doctrina), está el acto de fe, el salto al vacío. En ocasiones lo que transmitimos a nuestros hijos son ideas, conceptos o clichés recibidos pero no transmitimos el acto sencillo de confiar en lo transcendente, en Dios y su acción soberana. Vienen a nuestra mente tantas ancianas en las iglesias que doblan sus rodillas con cualquier pretexto porque la confianza en Dios es su mayor potencia. Cuanto bien hacen esas mujeres al enseñar la esencia de la vida cristiana de manera sencilla: mostrándolo en su vida. Enseñar a confiar a nuestros hijos es el primer peldaño para que rindan frutos.

Es interesante notar que el término añadir (epicsoregeo) implica no acumular adicionalmente sino más bien proveer a algo que necesita ser completado o plenificado, así este sencillo pero poderoso acto de confiar necesita ser reforzado por otros elementos más. ¿Cuáles son dichos elementos?, nos los precisa el escritor inspirado.

A la fe se le añade virtud (areté), excelencia moral y ética. No es posible confiar en Dios sin actuar con integridad ética y con total probidad. Una fe que sólo ora a Dios en las dificultades y espera su respuesta sin tener una vida consagrada es una fe que cree en un ídolo pero no en el Dios viviente a quien le gusta establecer relaciones vivas de fidelidad mutuas y respeto a los acuerdos de los pactos personales y comunitarios con él. En adición a ello, la manifestación más notable de nuestra fe es la conducta pública entre no creyentes, Dios puede ser blasfemado o glorificado por la experiencia ética de sus seguidores. Tan grande es nuestra responsabilidad. Así, el segundo peldaño a enseñar a nuestros hijos es la vivir vidas integras, éticamente responsables y fieles a su fe y a su comunidad.

A la virtud se añade conocimiento (gnosis). En varios momentos de la historia el cristianismo ha tenido que defender la sana doctrina de las amenazas de la herejía. El conocimiento serio y profundo de las escrituras y de las verdades esenciales nos permite enfrentar cualquier posición seductora pero falaz, que pregona el orgullo de la distinción y la entronización del ser humano en lugar de la vida igualitaria de la comunidad y la glorificación de lo divino y la experiencia de la gratuidad de la gracia. Así pues el tercer peldaño a enseñar a nuestros hijos es: conocimiento profundo y amplio de su fe y de las escrituras en que está basada.

Al conocimiento se añade dominio propio (ekjrateia), la autarquía o el gobierno de uno mismo. Implica la responsabilidad última por nuestras decisiones y conductas. Cuando tenemos fe vamos por la vida considerando que lo que hagamos o dejemos de hacer está en función no sólo de nuestra persona sino de nuestros pactos con Dios y con nuestra iglesia o comunidad. Si hago algo que le desagrada a Dios o lastimaría a mi iglesia tengo la obligación de considerarlo como inapropiado y tener control sobre mis acciones. El cuarto peldaño que tenemos que enseñar a nuestros hijos es el dominio propio sobre sus decisiones, pensamientos, acciones y sobre su cuerpo.

Al dominio propio se añade paciencia (ipomoné). La paciencia no como resignación ante lo inevitable sino como fortaleza, como resistencia, como perseverancia ante lo que se espera sea modificado por la realidad ultima del reino de Dios. Es una espera activa en el sentido profundo del término, enclavada en la esperanza de lo que ha de venir. La resolución y constancia ante lo que se quiere lograr. El cristiano no puede impacientarse aunque haya situaciones difíciles y el misterio del sufrimiento siempre lo persiga, ante situaciones así persevera en su empeño por mantenerse firme y abierto al futuro. El quinto peldaño que enseñaremos a nuestros hijos es la esperanza confiada y perseverante de Dios y su reino.

A esta paciencia se le añade piedad (eusebeia), entendida como vida religiosa. En una época donde lo religioso parece anacrónico y desgastado el que se reivindique una vida religiosa implica que los símbolos, las experiencias, las sensaciones y los aprendizajes de una vida tal son valiosos para nuestra vivencia de fe. Por vida religiosa la Iglesia de Dios entiende la vida comunitaria y la experiencia de adoración en todo momento de su vida, somos religiosos no en un sentido estrictamente ritual sino en un sentido amplio, desde una experiencia de considerar el amplio marco de nuestra vida como re-ligado con lo divino. De ahí que todo cristiano es un piadoso, alguien preocupado en todo momento por mantener el sentido sagrado de todo acto, de toda palabra, de toda relación. Vamos por la vida percibiendo la sacralidad de la misma y respondiendo apropiadamente a los signos de Dios. El sexto peldaño sobre el que se apoyarán nuestros hijos es la vida religiosa como experiencia de lo sagrado en todos sus ámbitos.

A la piedad se la añade afecto fraternal (filadelfia), que no es otra cosa sino amor a los hermanos y hermanas en la fe. La vivencia de vivir en comunidad solo es posible si existe un vínculo perfecto como el afecto fraternal. En épocas de individualismos exacerbados donde la fe es una experiencia individualizada, la cosmología al gusto de cada quien, la experiencia comunitaria es un antídoto eficaz para que nuestro yo se afirme en un sentido positivo y en una dimensión apropiada alejada de narcicismos malignos. Amamos al hermano en tanto que vemos en su rostro la experiencia de lo sagrado, amamos al hermano porque es la manifestación inmediata de la presencia de Dios, como dicen las cartas de juan, ¿Cómo podremos amar a Dios a quien no vemos y no amar al hermano que vemos?, así pues, el séptimo peldaño para enseñar a nuestros hijos es enseñarles a vivir en comunidad, a saborear la experiencia comunitaria y a aprender a amar a sus hermanos y a manifestárselos en todo momento.

Al afecto fraternal se le añade amor (agape). La virtud cristiana por excelencia. El amor es el culmen de toda experiencia de fe. El amor es la máxima virtud, que sostiene todo y lo vincula todo, sin amor nada de lo edificado hasta el momento tiene un cariz netamente cristiano. Amar es el aprendizaje supremo, si sabemos amar seremos capaces de apropiarnos de las demás virtudes. Por ello el autor lo describe como la cima de las virtudes. Los cristianos debemos ser expertos en amor. Enseñar a amar a nuestros hijos es el último peldaño en el aprendizaje.

Todas estas virtudes de la experiencia cristiana son complementarias, es como si se vivieran en espiral, una sólo puede darse si se tiene la anterior y viceversa, las ya adquiridas se fortalecen al profundizar en las demás, es un circulo virtuoso que nos nutre y fortalece como hombres y mujeres de fe.

Porque si estas cosas están en vosotros

El apóstol nos indica a continuación que si todo lo anterior está presente y en abundancia en nosotros, entonces: “no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”. Si deseamos hijos e hijas que lleven fruto el apóstol nos ha indicado el camino. ¿Por qué vemos tantos creyentes ociosos en sus comunidades?, ¿por qué hay tantos que no rinden fruto?, ¿por qué es común ver a unos cuantos en las comunidades trabajar y el resto sumergido en una mediana complacencia de asistir sin incidir?

Es posible que nuestras virtudes cristianas estén demeritadas, no hallamos añadido suficiente a nuestra fe y nos encontremos debilitados y cabizbajos o absortos e indiferentes a lo que pasa en nuestras congregaciones. Pero si queremos rendir fruto, ser obreros en la viña del Señor se nos han dado instrucciones claras y precisas sobre lo que es necesario adquirir y promover su abundancia en nuestras personas.

Aquellos que no tiene estas cualidades el autor los compara a ciegos de corta vista pues no alcanzan a entender los elementos fundamentales de una fe cristiana viva y eficaz. Por ello, el texto precisa que aquellos que no poseen estas cualidades seguramente han olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Cuando uno está consciente de la obra de Dios en nuestras vidas procura contribuir a que más personas lo vivan así, la respuesta que comprender la gracia de Dios es el trabajo por agradecimiento, la indiferencia y la pasividad reflejan una incomprensión real de lo que la gracia puede obrar en nuestras vidas. Por ello siempre hay que poner en perspectiva nuestra vida respecto de lo que podríamos llegar a ser al estar alejados de la fe.

El texto termina con un hermoso llamado a que procuremos “hacer firme vuestra vocación y elección”. La firmeza de la vocación se nos presenta como un mandato a asegurar en nuestras vidas el llamado de Dios, a no mostrar temor, ambigüedad o debilidad. La elección es una invitación de Dios, nunca es una imposición, Dios nos toca pero la decisión es nuestra en última instancia, si nuestro llamado o nuestra invitación están es un periodo de fragilidad, de inseguridad, de incertidumbre es necesario orar a Dios para reforzarlo, es necesario volver a repasar las muchas bendiciones que se nos conceden y retomar esfuerzos para fortalecer nuestra fe y esperanza.

El texto nos indica que “haciendo estas cosas, no caeréis jamás”. Las caídas (ptaio), literalmente tropezones, se presentan cuando el Cristiano descuida su vida y comete errores que dañan su fe y su conciencia. Por eso el mantenerse activos y con fruto implica que estaremos focalizados y con claridad hacia dónde vamos de tal manera que los errores y decisiones equivocadas sean los menos por tener claro el propósito y finalidad de nuestras vidas. Las cualidades desarrolladas anteriormente nos facultan para resistir los momentos de dificultad y tentación. Si enseñamos a nuestros hijos a tener elementos suficientes para minimizar los tropezones, estoy seguro que tendremos iglesias cada vez más robustas y saludables.

La promesa es clara, la entrada amplia y generosa al reino. No la tomemos a la ligera, se nos traza un camino que es viable y que puede ser alcanzable por la gracia del Señor. Enseñarles esto a nuestros hijos e hijas es darles un camino seguro y efectivo para su incorporación al Reino de Dios. Por esto, no dejamos de recordarles siempre estas cosas, aunque ellos y nosotros las sepamos, y estemos confirmados en la verdad presente.

Así pues añadamos a nuestra fe, rindamos fruto y confirmemos nuestro llamado y vocación para tener parte en las promesas maravillosas del Señor. Enseñemos esto a nuestros hijos y que el espíritu de consolación nos acompañe en sabiduría.

jueves, 10 de abril de 2014

Las mesas de Jesús: Símbolos y aspiraciones de una comunión plena.



La mesa o cena del Señor, es considerada dentro de la cristiandad como uno de sus grandes símbolos. Dentro de las razones que se pueden esbozar para tal afirmación, puede mencionarse la dimensión kerigmática de la misma por las imágenes que utiliza (el pan y la copa). Este espacio kerigmático anuncia el mayor acto de solidaridad: Dios, en la figura de Jesús, se ofrenda en una cruz para inaugurar nuevas realidades al género humano.

Ahora bien, esa nueva realidad que posibilita la cruz y que se afirma en la cena, está lejos de promover visiones de una espiritualidad que alienten el individualismo y procuren descontextualizar al ser humano. Entendemos que la mesa o “mesas” de Jesús mantienen una coherencia con el proyecto de Dios; proyecto que no solo provee un camino hacia la trascendencia, sino que propone una metodología que nos lleva a asumir nuestra realidad colectiva y a desarrollar modelos de convivencia digna.

Por lo tanto, las mesas de Jesús renunciarán a entrar en conflicto o contradecir toda la propuesta integradora del reino. Estos espacios solo confirmarán la dinámica horizontal y vertical de una espiritualidad que ha sido previamente presentada y desarrollada por Jesús. Entendiendo esto, proponemos, para fines de este artículo, una lectura de las mesas que incluya una proyección socio-económica inclusiva y, por qué no, política. Consideramos que las mesas de Jesús se constituyen en “mesas proféticas” porque se establecieron (y se supone que se establezcan) como plataformas donde se realizaron pronunciamientos que perseguían validar los principios de amor, dignidad, paz, igualdad y justicia, establecidos como estrellas polares en el planteamiento de Dios.

Creemos que en estas mesas donde Jesús se involucró, se construye un paradigma que sirve para iluminar nuestra reflexión social y para discernir y optar por proyectos que adelanten la agenda de su reino aquí y ahora. También creemos que en cada espacio “gastronómico” Jesús se pronunció sobre asuntos álgidos, difíciles y así, acompañó y pastoreó a su pueblo. Al parecer, estas mesas de Jesús tendrán la capacidad de realizar una mirada crítica del entorno y traerá a colación asuntos como la estratificación, la violencia de género, la diversidad y la justa distribución de riquezas. Siempre acontece algo cuando Jesús se sienta a comer.

Un primer ejemplo sobre lo anterior podemos verlo en la escena del Evangelio de Marcos capítulo catorce, versos del 3-9. En esta mesa, irrumpe una mujer que ha derramado un frasco de perfume muy costoso sobre Jesús. Tal acción ha provocado la reacción de los discípulos. Esa reacción está determinada por una visión de mercado (“podía haberse vendido”, v.5). Jesús, por su parte, decide validar la acción de esta mujer por que ha encarnado el reino al dar y repartir. Esta mesa ha servido para contrastar perspectivas (visión de mercado vs. visión del reino), entendimientos e ideologías y para presentar de forma clara en qué consiste la esencia del proyecto cristológico.

En la misma escena, pero en la versión de Lucas (7:36), es el fariseo el que reacciona. Su acto amoroso y solidario es amenazado con la acusación de que es pecadora. Nunca se menciona el pecado de la mujer. Sin embargo, detrás del estatus y el rol fariseo, se puede discernir un acto de violencia en la articulación de una visión clasista y alienante con lenguajes piadosos. Aún así, la respuesta de Jesús provoca una revisión de “espiritualidades” excluyentes a la luz de su propuesta. Ante el lenguaje estigmatizante, Jesús propone la libertad y la inclusión. El lenguaje del perdón, es un lenguaje de oportunidad.

En el mismo evangelio, pero en el capítulo seis, se nos invita a otro banquete, a otra mesa. Su base y su fundamento son la compasión. Una vez más, sus discípulos utilizan la lógica del mercado. Primero proponen la cesantía: “Despídelos”, y luego alegan un déficit ¿Qué vayamos y compremos pan por doscientos denarios y les demos de comer? Con todo, retumban las palabras de Jesús: “Denles ustedes de comer”. Ante la propuesta de sus discípulos, Jesús propone la hospitalidad, compartir y no ponerle precio al hambre del pueblo[1].

Jesús, antes de repartir los recursos, manda sentarse a la multitud hambrienta. El dato es revelador y revolucionario. En la construcción social de la época, sólo los ricos podían sentarse y recrearse en la comida. El pobre en cambio, por la urgencia que se le impone para sobrevivir, no puede hacerlo y come de pie[2]. Jesús, al sentar a la multitud y establecer este banquete, se pronuncia. Todos aquellos que disponen de capital y recursos tienen el deber de procurar que todos/as disfruten de ellos, aunque los que controlen la riqueza insistan en déficits y cesantías. Las palabras de Jesús aún permanecen: “Denles ustedes de comer”.

Por último, nos topamos con el gran banquete. La última cena de Jesús y sus discípulos (Mc:14:12-31). En esta mesa todos participan incluso aquellos que tienen ideas distintas con relación a la mayordomía del reino (Judas). Todos, publicanos, zelotes y pescadores hallan espacio en ella. En esta mesa no se persigue al que no piensa igual. Es el gran símbolo de la inclusividad. Es en esta mesa donde, ante las amenazas constantes de traicionar y distorsionar la causa del reino, se proponen cambios de rumbo; agendas que garanticen la vida.

De la misma manera y como en las mesas anteriores, se procura la igualdad, la afirmación de los grupos marginados y una justa distribución de las riquezas. El texto nos dice que Jesús partió y repartió. Según el Dr. Eliseo Pérez, estas acciones eran propias de las mujeres y los esclavos. Jesús, además de hacerse uno con estos grupos y hacer de su dignidad algo sagrado, también “sacramenta” el acceso a una economía justa por parte de todos los que habitan esta tierra.“Tomad”, del griego “Lábete”, dándonos a entender que todos los que se encontraban en esta mesa degustaron los bienes ofrecidos.

A todos se les repartió y todos comieron.

En conclusión, las mesas de Jesús nos desafían a repensar las dimensiones de la “comunión”. En nuestros contextos eclesiales también se le llama al momento de la cena como “El acto de comunión”. En él se aspira, no solo a conmemorar el efecto salvífico de la cruz, sino a renovar el pacto con nuestro Señor. Se percibe el evento eucarístico como un portal que nos ayude a “ascender” y trascender.

Sin embargo, a la luz de los asuntos socio-económicos que levantan las mesas de Jesús, una comunión plena solo puede gestarse y lograrse cuando incluimos, en el cultivo de nuestra espiritualidad, elementos que nos afectan en lo colectivo. Sentarnos a “la mesa” sin ponderar las dimensiones sociales, económicas, políticas y colectivas e integradoras del reino, es solo procurar ascender sin descender. No olvidemos que la grandeza del plan de Dios en Cristo consistió precisamente en su capacidad de descender (Fil:2:5-11). De acuerdo a la ecuación divina, se “sube” “bajando”.

Entendemos que “la mesa” y “las mesas” de Jesús son herramientas útiles en el momento de querer problematizar nuestra realidad, pero sobre todo, se constituyen en brújulas que proveen dirección, si es que realmente nos atrevemos a transformar, en el nombre de Jesús, nuestro contexto desde la raíz.

Al sentarnos nuevamente en la mesa, es medular reflexionar seriamente sobre su pronunciamiento. Una meditación seria sobre los “mensajes de las mesas” debe llevarnos a incluir en nuestra reflexión a nuestros hermanos y hermanas boricuas que actualmente sufren la marginación, alienación, violencia, el rechazo por su orientación sexual, el desempleo, la escasez y la injusticia. Con la reflexión seria, también se hace necesario que nos permitamos inspirarnos en su modelo, para que, como planteara el teólogo de la esperanza, las promesas del futuro iluminen nuestro presente.

Al sentarnos a la mesa sin ponderar todo lo anterior corremos el riesgo de celebrar mesas “corintias”. Las “mesas corintias” eran mesas indignas quebrantaban un principio de comunidad, de inclusividad. Ante tal pecado, se hacía necesaria la reflexión y el arrepentimiento. Las mesas de Jesús también mantienen una dimensión educativa. Ellas nos brindan la oportunidad diaria de enseñar acerca de la vida y del derecho sagrado a comer[3]. Alrededor de esa mesa se aprende a ser justos o injustos[4].

Participemos de la mesa y de “las mesas”. Aceptemos su invitación, no para afirmar una fe insípida y que sobreviva, sino para asumir compromisos que transformen.


[1] Eliseo Pérez Alvarez. Serie: Conozca su Biblia: Marcos. 1era Ed. (Minneapolis, U.S.A. Augsburg Fortress, 2007). 127.


[2] Conferencia dictada por el Profesor Eliseo Pérez Álvarez como parte del curso: Introducción a la Ultima Cena: Una degustación geopolítica y económica. 22 de octubre de 2009, Seminario Evangélico de Puerto Rico.


[3] Eliseo Perez Alvarez. The Gospel to the Calypsonians: The Caribbean, Bible and Libaration Theology. 1era Ed. (Coyocán, Mexico, D.F. Publicaciones el faro,2004) 134.


[4] Ibid.


martes, 27 de agosto de 2013

Lo peligroso es optar por Jesús.


La necesidad de decidirse, en ocasiones, provoca graves crisis en el ser humano que camina por la vida y acaba encontrándose en una encrucijada. Existen opciones fáciles de tomar: cuando se puede escoger entre algo que se cree claramente bueno y algo que se sabe ostensiblemente malo. En esos casos, la opción no es difícil porque sólo es una cuestión de moral. Sin embargo, las decisiones que provocan crisis y desgarramiento, dudas y angustias, son las que llevan a escoger entre lo bueno que ya se cree poseer y algo, mejor todavía, que se presenta como un paso adelante y exige posponer lo anterior.
Optar por Jesús, y toda la revolución existencial que eso trae consigo, produce consecuencias que repugnan, hasta lo más hondo, al ser humano que aún no ha sentido dentro el manantial de agua viva, ése que brota tras el verdadero encuentro con el maestro. Ya lo había advertido a sus amigos: seguirlo es como ponerse encima una cruz, porque significa aceptar radicalmente la voluntad de Dios, y luchar dentro de uno mismo por el mundo que Él desea. Esto lleva a asumir la contradicción de amar tanto la vida que se sienta la necesidad de entregarla por los demás. Optar por Jesús puede ser peligroso.
Por ello, Lucas recalca en su evangelio que, aunque grandes muchedumbres acompañan con un alto grado de compromiso al maestro[1], la exigencia del galileo es más radical todavía. Si alguien no acepta esto, no puede ser discípulo de Jesús. Pero no porque él no lo deje, sino porque puede llegar a ser tan duro, puede tener que hacer frente a tantos peligros, se puede estar sometido a tanta presión que, sin una opción total por el maestro, el discípulo correrá el riesgo de abandonar a las primeras de cambio, y hacerse mucho daño a sí mismo.
Jesús no está subiendo el listón de las exigencias, sino protegiendo a aquellos que no hayan pensado bien a quién están siguiendo, y hasta dónde los llevará ese seguimiento. No impone la cruz, sino que anuncia que la cruz llegará irremediablemente, y hay que estar dispuesto a cargarla.
Esta opción total por Jesús comporta dos condiciones previas: Reflexión concienzuda y decisión firme. Es lo que muestran las parábolas de la construcción de una torre y del rey que va a la guerra (Lucas 14, 28-32). Nadie construye un edificio sin calcular antes los gastos, como ningún gobernante va a la guerra sin antes comparar sus efectivos con los del contrincante. Jesús está construyendo el Reinado de Dios en este mundo, y ha venido a declarar la guerra a los poderes del mal. Ardua tarea que exige de sus colaboradores una radical adhesión. Pero no porque el maestro sea selectivo y sólo quiera a los más valientes y aguerridos, sino porque la misión es prácticamente suicida[2].
Para el maestro galileo es preferible posponer, retardar, o incluso anular la decisión de seguirle, antes que tener que enfrentarse después a compromisos para los que no se está preparado. Todo el que quiere emprender algo importante en su vida debe examinar cuidadosamente si tiene los medios y las fuerzas para hacerlo. Como la torre de la parábola, una obra interrumpida no es la mitad de una obra, sino un fracaso. Y el sentimiento de fracaso puede hacer mucho daño, y derivar hacia la autodestrucción como le pasó a su amigo Judas.
Por ello hay que pensar y repensar la decisión de seguirlo. No es cualquier cosa optar por Jesús de Nazaret. Pocas veces se disfrutará de las palmas enarboladas, de los mantos en el suelo, y de los aleluyas. Lo habitual serán los caminos polvorientos y los arrabales repletos de gente que sufre y que espera consuelo activo. Seguir al maestro no será nunca fácil; pero ¿alguien prometió alguna vez que fuera a serlo?

[1] El verbo griego que aparece en Lucas 14, 25 es mucho más radical que el castellano: “sun-epomai” significa, además de “acompañar”, “seguir paso a paso, comprender, dejarse convencer, estar de acuerdo o en armonía con, obedecer”. El compromiso que denota este término es firme.
[2] No hay que olvidar que todos los amigos íntimos de Jesús, excepto Juan (y, aun así, murió exiliado en la isla de Patmos), murieron, según la tradición cristiana primitiva, asesinados.


Juan Ramón Junqueras


Estudió Teología en Francia y ha sido pastor cristiano adventista en Suiza y en España. Se especializó en medios de comunicación. Dirigió durante seis años el programa de radio ONGente. Actualmente es empresario. Su gran pasión es escribir sobre Jesús de Nazaret, e intentar que su mensaje conecte con la mentalidad posmoderna.

    miércoles, 7 de diciembre de 2011

    Equilibrio de poderes.



    La democracia que se vive de manera imperfecta en muchos países del mundo se sustenta, entre otras cosas, en el equilibrio de poderes que se fiscalizan los unos a los otros. Por ejemplo, en los congresos las fuerzas políticas negocian acuerdos y, mal que bien, se controlan las unas a las otras, aunque tristemente el espíritu de cuerpo suele proteger a legisladores faltosos que nos regalan actos impropios que son sancionados laxamente.

     También podemos mencionar a las instituciones de control y supervisión del aparato del Estado: Contralorías, Defensorías del Pueblo, Poder Judicial, Tribunales Constitucionales, Superintendencias, Organismos Supervisores, Oficinas de Defensa de Consumidor, etcétera. Además de todo eso, tenemos a la prensa, que con todas sus tremendas deficiencias ha servido para el destape de un sinfín de abusos y delitos no vistos por los entes oficiales. 
    Todos estos organismos han sido hecho para el control; en palabras cristianas, todos somos pecadores, somos un poco buenos pero también un poco malos, somos propensos a caer, al despotismo, a la prepotencia, a vernos afectados por la radiación del poder que nos contamina. Por lo tanto, necesitamos que nos fiscalicen, que mi incentivo a abusar sea dominado.
    Los tiranos saben esto muy bien. En el Perú, la dictadura fujimontesinista pretendió tener todo el poder para gobernar por muchos años. Por ello, su esfuerzo descarado en copar todas las instancias de control o pretender desaparecerlas (caso Tribunal Constitucional). Ese afán hizo que parte de la prensa fuera comprada con la desfachatez más abierta del mundo. Algunos directores de medios están hoy presos, pero su carroña la sufrieron los opositores al régimen podrido de Fujimori. Recuerdo particularmente el caso de Alberto Andrade, ex–alcalde de Lima, al que acusaban de las cosas más inverosímiles. Hoy la hija de Fujimori, candidata presidencial, pide limpieza en las elecciones, la que su padre no tuvo con sus contendientes. Paradojas de la vida.
    La sanidad es siempre el equilibrio de poderes, tener disponible un lugar en dónde reportar abusos, dónde pueda defenderme, sin importar el tamaño del poder al cual me enfrente. Las dictaduras cancelan esto, te limitan, quieren dejarte a merced de su propia voluntad. Si pudieran, no te dejarían siquiera pensar, como sucede en Corea del Norte -caso extremo- o, con algo menos de fuerza, en Cuba y China. ¿Cómo debe ser la iglesia? Un consenso generalizado trata de definir a la iglesia como un híbrido llamado “teocracia”, donde se dice que es el lugar donde Dios tiene el control. Esto no define nada. ¿Cómo Dios manifiesta ese control? ¿Cómo realmente la iglesia expresa que está siguiendo los mandatos de Dios? No es una respuesta fácil en lo particular, pero quizá sí en lo general: debe ser el lugar en donde los grandes principios directrices de Dios manifestados en el texto que los contiene, la Biblia, se apliquen. Aplicado a lo que estoy escribiendo en este texto, puedo decir que la iglesia debe ser el lugar en donde aprendamos la libertad en su máxima expresión, donde la vivamos, la gocemos en plenitud. Por lo tanto, para que esa libertad pueda ser manifestada, entonces la iglesia debe ser un lugar en donde el equilibrio de poderes se fomente.
    Pero mecanismos que permitan este equilibrio son poco comunes en la iglesia evangélica, y el mecanismo de control que se invoca es fácilmente manipulable. Pensemos en lo siguiente:
    (1) Un pastor, el usual líder de una iglesia local.
    (2) Un consejo de ancianos que representa a la congregación, designado por el pastor. En cierta manera, es su personal de confianza que responderá ante él y lo “blindará”.
    (3) El mecanismo de control está basado en el Nuevo Testamento: “Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mateo 18.15-17). Para efectos del ejemplo, esos “dos o tres” se aplica al consejo de ancianos.
    Supongamos la aparición de rasgos autoritarios en el pastor: intentos de entrometerse en la vida privada de la gente, de decidir por la gente, exigencias excesivas de diezmos y ofrendas a la congregación, evidentes signos exteriores de riqueza. Yo observo esto, creo que es un problema y busco repararlo. Entonces, invocaré al mecanismo de control ¿Qué sucederá?
    (1) Confrontaré al pastor a solas. El pastor, por supuesto, negará todo, me hará sentir mal, me dirá que cómo puede ser posible que acuse injustamente al ungido por Dios, a su elegido.
    (2) Ante su negación, opto por ir con otra(s) persona(s). Aquí el pastor puede fingir ser condescendiente, escucharme, y finalmente dirá que recibe mi sugerencia en el amor del Señor, pensará en ella y la pondrá en oración.
    (3) Pasará el tiempo y no se observan cambios. Siguiendo el esquema del mecanismo de control (que además es bíblico), iré ante el consejo de ancianos (la instancia superior). Pero hay un problema: ellos son un cargo de confianza del pastor. Rechazarán tu asunto porque es muy probable que hayan sido predispuestos en contra tuyo.
    (4) A pesar del rechazo, trato de ir a la iglesia. El pastor ya se ha encargado de sugerir a la gente de mi insumisión, de mi falta de compromiso, de mi pecado por no someterte al ungido de Dios. La iglesia, tan propensa a la sumisión y la manipulación, quizá hasta adicta al pastor, me rechazará. En este punto ya estoy estigmatizado. Estoy asumiendo que me permitirán tener una tribuna desde el púlpito, cosa muy difícil.
    (5) Al final, todo seguirá igual. El mecanismo “bíblico” no funciona porque ha sido distorsionado. Formalmente no existen otras instancias. No hay manera de denunciar injusticias pastorales. La atomización evangélica hace esta situación más compleja.
    Lo que ha sucedido es el copamiento del poder a nivel de las iglesias locales o, en ocasiones, hasta en denominaciones enteras. Como las dictaduras, el pastorado controla todo, y es muy difícil ir en contra de ese poder. ¿Puede ser esto una expresión de Dios? ¿Puede venir de él? Definitivamente no. Yo soy mucho más radical respecto a lo que se debe hacer, pero creo que en este estadio lo fundamental es encontrar mecanismos de equilibrio que limite a las dos expresiones eclesiales. El clero debe ser un poder; el laicado debe ser un poder. El laicado debe encontrar mecanismos de representación claros que le permita manifestar su opinión por sí mismo (el clero ya los tiene). Si no, se le regala incentivos perversos al clero que no tardará en cometer abusos, a veces sutiles, a veces descarados. Pecadores somos todos, hasta el más espiritual, más aún si se nos pone una tentación al frente tan fuerte como la que tuvo Cristo cuando subió al monte alto y vio todos los reinos de la tierra (Mt 4:8-10)