miércoles, 10 de octubre de 2018

La carne de Cristo.


Nicolás Panotto

El principio de la encarnación de Dios (Fil 2) es uno de los elementos teológicos más bellos de la fe cristiana. El abajamiento de la gloria, la “kenosis”, el vaciamiento, y la asunción de una humanidad plena, entregada a lo más bajo, lo más vil, lo más despreciado, para desde allí glorificar la potencia de la vida y burlarse de los poderes del mundo.


Un acontecimiento colosal que hemos reducido a los caprichos de nuestra contingencia, a la funcionalidad de nuestras demandas, a la protección de nuestros recelos, a la pragmática de nuestras militancias; en fin, a nuestras visiones tan descarnadas de la realidad humana. La encarnación no es un relato épico para endiosar engreimientos efímeros sino declarar que Jesús tiene cuerpo. Corporalidad, así como la nuestra.

Necesito sentir ese Cristo que vive las mismas bellezas y penurias humanas desde su carne, tal como yo. Que comparte las risas y las tristezas. Que siente en el pecho las decepciones. Que se enoja, se rebela, se emociona, se excita. Que duda. Que se contradice. Que se sorprende tras la interpelación de un/a otro/a, como la mujer cananea que no teme en disputarle su visión tan reducida de la acción de Dios. Que se exaspera, que grita, que corre, que se molesta. Que reacciona sin reflexión desde la indignación, como cuando echó a los mercaderes del Templo. Que ama. Que pondera lo humano por sobre la ley. Que desea el roce de la piel, como en su encuentro con la mujer que derrama perfume sobre sus pies. Que se compromete con el sufrimiento. Que encuentra su lugar entre los más despreciados/as de la sociedad. Que hace fiesta y disfruta del buen vino. Que no se guarda de expresarle al Padre su cansancio, su miedo, sus lágrimas, su dolor, su deseo de que pase de él esa copa delegada.

La carne de Cristo es mi propia carne. Con sus deseos, sus flaquezas, sus contradicciones, sus debilidades. Allí, la gloria de la existencia en la honradez que confiesa la fe.

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