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domingo, 30 de junio de 2019

Pseudofilántropos.


Pedro Serrano

He leído en alguna parte que 19 multimillonarios estadounidenses desean ansiosamente pagar más impuestos. Al parecer, tienen tanta sensibilidad social que quieren que se cree un impuesto federal del 1% para las familias más acaudaladas.
Cuando leí la noticia, la primera reacción fue de sorpresa por raro y extraño. Después me invadió un fuerte sentido de culpabilidad al pensar que quizá los ricos no eran tan avaros como yo pensaba. Y, más tarde, después de una breve reflexión, llegué a la conclusión de que en esta generosa propuesta tenia que haber gato encerrado. Y efectivamente lo hay, y además es pardo.

Lo que en verdad encierra la propuesta de estos potentados, en apariencia revolucionaria, no deja de ser una maniobra artera para ganarse la simpatía de la sociedad con unas migajas y seguir aumentando las deducciones del gravamen de sus impuestos hasta pagar muy por debajo del común de los currantes.
Si los ricos nunca han sido tan ricos y nunca han estado tan bien vistos, a lo mejor es que sus fundaciones y sus gestos filantrópicos -que tanto gustan a la gente- esconden, maquillan o legitiman procedimientos cuestionables o injustos que les permiten enriquecerse de forma desmedida e insultante.
/ Antoñán del Valle (León)

miércoles, 12 de junio de 2019

Ejemplo y confianza.


Gabriel Mª Otalora

Una de las frases de Jesús con menos posibilidad de exégesis es “Por sus hechos les conoceréis”. Pues bien, el ejemplo es la puerta para generar confianza en nuestras relaciones humanas y ambos -ejemplo y confianza- deben ser la base de conducta de todo cristiano, especialmente de los que más responsabilidades tienen y por aquello del escándalo, tan de moda precisamente cuando brillan por su ausencia.

Dicen que fue Einstein quien recordó que dar ejemplo es la única manera de influir en los demás y la única manera efectiva de inculcar valores. Nadie seguirá las palabras ni a quienes las pronuncian si nos coherentes y, lo que es peor, existe el riesgo añadido de rechazo a esas buenas ideas por el efecto perverso que produce la falta de credibilidad. Y todo el mundo es capaz de percibir al vuelo la falta de coherencia.

¿Qué valoración nos merecen nuestras actitudes? El contagio viene desde los máximos responsables hacia todo el resto de la organización eclesial. Como ocurre en las familias, que el chorro fundamental de la influencia va de los padres a los hijos. Los ojos y oídos de nuestros chavales, igual que los de nuestros compañeros están fijos en nosotros. Los hijos y los compañeros de trabajo recordarán más nuestra conducta que nuestras palabras. Alguien dijo acertadamente que, lo que los padres hacen con moderación, los hijos lo harán con exageración.

Y cuando la falta de ejemplo se estira demasiado, se nota y, lo que es peor, cala como agua fina. No deja de ser una sutil manera de faltar a la verdad que alguien pontifique grandes directrices y normas que después no respeta ni cumple. Pero todos llevamos dentro un maestro y un aprendiz que, por la mera observación, activan el aprendizaje. Nos influenciamos y contagiamos mutuamente más de lo que parece a primera vista. Somos seres influenciables para bien y para mal.

El ejemplo tiene la fuerza de la experiencia vivida. Sin este valor de la credibilidad pierde toda su fortaleza. Hablamos mejor con nuestros hechos, que son por lo que nos conocerán. Y cuando el ejemplo es negativo, transmitiremos mensajes terriblemente influyentes, en este caso para mal. En el idioma inglés existe la expresión Walk the Talk, que viene a decir que actuemos por donde hablamos. Y la Madre Teresa de Calcuta, nos puso sobre aviso: no te preocupes porque tus hijos no te escuchan, te observan todo el día. Haciendo una paráfrasis aplicable al ámbito del liderazgo, podríamos decir que nuestros feligreses y la sociedad en general te observan todo el tiempo. Ser fiable es lo fundamental. Y cuando alguien es creíble, automáticamente se activa la confianza.

La diferencia entre reputación y confianza es que la primera se refiere a lo que la gente piensa de ti, mientras que la confianza se refiere a lo que la gente espera de ti. La confianza o su falta es una realidad fundamental en cualquier sociedad, sobre todo cuando disminuyen los comportamientos éticos con las consecuencias negativas que esto produce en el día a día. Es decir, que necesitamos mantener un comportamiento predecible lo suficientemente arraigado en el tiempo como para que otra persona se haga digna de nuestra confianza. Y viceversa. La confianza también va de arriba hacia abajo; el superior es quien debe generar ambientes de confianza e irradiar él mismo este imprescindible comportamiento. No es delegable.

La confianza es un proceso intangible que se apoya en la intuición y en la experiencia. A veces nos fiamos del sexto sentido y apostamos por una decisión de confianza, pero implica un riesgo elevado de equivocarnos. Lo normal es que se asiente tras un proceso de experiencias y vivencias que se construye con el tiempo y puede ser destruida en un segundo; la confianza es muy cara de lograr, fácil de perder y más cara todavía de recuperar.

Ganarse el derecho a ser escuchado, que esto es el meollo de influir y no otra cosa. El doble lenguaje no ha funcionado nunca en los cristianos. La confianza se crea cuando podemos creer en algo y en alguien porque sabemos por experiencia o por su imagen de seguridad que nos dice la verdad (credibilidad es tener autoridad sobre algo). En la medida que un ser humano se hace más creíble amplia la base del liderazgo, es decir, de su capacidad de influencia. No importa si las noticias son buenas o malas, debe tratarse a los demás con madurez pensando en ellas, no solo en nosotros.

Escuchar a la gente también genera confianza. Una persona que no nos presta la debida atención no puede saber qué es lo que realmente necesitamos o sentimos, y no se hace acreedora de depositar nuestra confianza en ella; como mínimo, no estaremos seguros de que entendió nuestra actitud o propuesta. Además, el acto de escuchar genera una actitud recíproca, básica en toda comunicación que se precie, y si ambas personas se escuchan con empatía, su relación creará mayores espacios de confianza y comunicación fructíferos.

Confiamos en las personas que son coherentes, que dan ejemplo, que cumplen su palabra. Siendo constantes crecemos en veracidad. Diciendo la verdad, crecemos en lealtad. Confiamos en las personas que buscan win-win, (ganar-ganar o gano-ganas). Una secuencia más cristiana e inteligente sería: ganan, ganamos, ganas, gano.

De camino a la Pascua de Pentecostés, pidamos al Espíritu luz y fuerza para ser ejemplares y generar espacios de confianza también con los que no son afines; a la manera de Jesús. La evangelización está en juego.

Fuente: redescristianas.net

sábado, 1 de junio de 2019

Nuestra Iglesia no es transparente…. como lo era la Iglesia primitiva.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Me ha venido este pensamiento a raíz de la 1ª lectura de ayer, 6º Domingo de Pascua. Está sacada del libro “Los Hechos de los Apóstoles”, que es un libro histórico, de los viajes y aventuras de los evangelizadores itinerantes de la primitiva Iglesia, en el que tiene un indudable protagonismo San Pablo. En concreto, ayer leíamos párrafos como éstos. “Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros. Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos”. ” … y les enviaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. 24 Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros ánimos, ..Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: 29 abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.».

En el libro de “Los Hechos” nos sorprende, visto y constatado el secretismo eclesiástico de nuestros días, la transparencia, la sinceridad, la valentía, y la franqueza a toda prueba. En el texto que ahora contemplamos me llaman la atención dos cosas: en primer lugar, que Pablo y Bernabé no se conforman con lo que ellos consideraban, ¡y lo era!, un atropello para sus fieles procedentes del paganismo, a los que se les quería obligar a hacerse judíos antes de bautizarse, y no se avergüenzan de embarcarse en una nada tranquila ni dulce agitación, que derivó en una “violenta discusión”. Y, en segundo lugar, que no ocultaran ese episodio de incómoda tensión entre los hermanos, sino que lo contaran, y lo dejaran inmortalizado, aunque ellos entonces no lo sabían, ni se lo imaginaban, por los siglos de los siglos.

En las reuniones episcopales actuales, de la Conferencia Episcopal, y otras, sospechamos muchas veces, por la diligencia y premura con la que ocultan sus encuentros, que nuestros señores obispos tienen también encontronazos, que nunca cuentan, y que tenemos que imaginar, sin poder salir nunca del mundo de la sospecha, de los rumores, y de las conclusiones más o menos lógicas, pero exponiéndonos a faltar a la verdad en nuestras suposiciones, con lo fácil que sería que nuestros pastores nos contaran la verdad, con sencillez, humildad, y, si fuera el caso, con pudor y vergüenza. Es hasta ridículo las precauciones con las que pretenden guardar y preservar algunos “secretos vaticanos”, hasta con penas de “excomunión” papal. ¡Que lejos nos encontramos de la actitud que llevó al Maestro a declarar que lo que guardamos tan celosamente en las alcobas, y debajo de la cama, el día del juicio será proclamado en las terrazas y azoteas.

Es una pena que la Iglesia, que en el transcurso de los siglos, se dejó contaminar por la suciedad y basura moral, la injusticia, y la violencia del mundo, no aprovechara, al revés, grandes logros de la humanidad, que el mundo tiene también riquezas que la Iglesia podía haber aprovechado. ¿Por qué la Iglesia institución se dejó contaminar por el afán de poder, por métodos intolerantes y violentos de coacción, llegando hasta la tortura, la delación sin posibilidad de defensa, y la fácil condena a la hoguera y a la picota, y no aprovechó las lecciones que eventos incluso trágicos como la Revolución Francesa trasmitieron a los hombres en dirección a la justicia, a la igualdad, a fraternidad, a la libertad? Sonroja comprobar cómo la Iglesia oficial, institucional, jerárquica, avanzó lentamente, contra corriente de la corriente de la Historia, en casos como la libertad de los trabajadores, el libre pensamiento, la ética de los sindicatos, los derechos humanos de libertad, de dignidad, de libertad de expresión, de pensamiento, y cómo desaprovechó de manera lastimosa la riqueza y la belleza de movimientos culturales como la Enciclopedia y Ilustración, atacándolas con documentos nefastos y horrorosos como el “Syllabus”.

(¿Alguien puede entender que a día de hoy el Estado del Vaticano no haya firmado la Declaración de los Derechos Humanos, proclamados por la ONU el lejano día del 10 de Diciembre del año 1948? ¿Y que haya firmado solo 10 de las Convenciones sobre los Derechos Humanos, de las 110 que hay proclamadas, y en funcionamiento? el mero hecho de que la comunidad eclesial de los seguidores de Jesús sea comandada y dirigida por un estado civil, porque no puede ser teocrático, ya es un escándalo. Y más si se trata de uno de los pocos Estados, -de momento me parece que siguen siendo tres-, que no hayan admitido, ni en teoría, la importancia del reconocimiento de esos Derechos Humanos. Y a mí, personalmente, me sigue escandalizando que no hayamos llenado la plaza de San Pedro cientos de miles de católicos, protestando por esta situación, escandalosa, e inadmisible).

Nuestros primeros padres en la fe no se merecen unos sucesores tan poco claros, ni sinceros, ni transparentes, ni valientes, como los que ahora queremos, y nos gustaría acertar, ser vistos como los testigos fidedignos y creíbles del Reino de Dios.

jueves, 25 de abril de 2019

De la duda a la fe.


José Antonio Pagola

El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.

Por eso, sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: «Hemos visto al Señor». Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: «Si no lo veo… no lo creo».

Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.

Tomás ha podido expresar sus dudas dentro del grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.

Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.

Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. Le muestra sus heridas.

No son «pruebas» de la resurrección, sino «signos» de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: «Señor mío y Dios mío».

Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, y estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios que constituye el núcleo de nuestra fe.

viernes, 12 de abril de 2019

El amor que desarma.


Gabriel Mª Otalora

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que define al evangelio, capaz de cambiar el corazón y la vida de cualquier persona. La importancia esencial de esto se experimenta con especial relevancia en algunos pasajes de la liturgia de la Cuaresma: el texto de Juan sobre la adúltera es un claro ejemplo que muestra la radicalidad del amor de Dios que no acabamos de asimilar.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y encima le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este fue el orden: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los varones desde su aceptación cómplice en el adulterio. 

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios. El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón e igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cuando acusemos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de esperanza, sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas. En todo caso, es una oportunidad para abrirnos al amor de Dios.




viernes, 4 de enero de 2019

Epifanía del Señor – C (Mt 2,1-12): Relato desconcertante.



José Antonio Pagola

Evangelio del 06 / Ene / 2019

RELATO DESCONCERTANTE

Ante Jesús se pueden adoptar actitudes muy diferentes. El relato de los magos nos habla de la reacción de tres grupos de personas. Unos paganos que lo buscan, guiados por la pequeña luz de una estrella. Los representantes de la religión del Templo, que permanecen indiferentes. El poderoso rey Herodes que solo ve en él un peligro.

Los magos no pertenecen al pueblo elegido. No conocen al Dios vivo de Israel. Nada sabemos de su religión ni de su pueblo de origen. Solo que viven atentos al misterio que se encierra en el cosmos. Su corazón busca verdad.

En algún momento creen ver una pequeña luz que apunta hacia un Salvador. Necesitan saber quién es y dónde está. Rápidamente se ponen en camino. No conocen el itinerario preciso que han de seguir, pero en su interior arde la esperanza de encontrar una Luz para el mundo.

Su llegada a la ciudad santa de Jerusalén provoca el sobresalto general. Convocado por Herodes, se reúne el gran Consejo de «los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo». Su actuación es decepcionante. Son los guardianes de la verdadera religión, pero no buscan la verdad. Representan al Dios del Templo, pero viven sordos a su llamada.

Su seguridad religiosa los ciega. Conocen dónde ha de nacer el Mesías, pero ninguno de ellos se acercará a Belén. Se dedican a dar culto a Dios, pero no sospechan que su Misterio es más grande que todas las religiones, y que tiene sus caminos para encontrarse con sus hijos e hijas. Nunca reconocerán a Jesús.

El rey Herodes, poderoso y brutal, solo ve en Jesús una amenaza para su poder y su crueldad. Hará todo lo posible por eliminarlo. Desde el poder opresor solo se puede «crucificar» a quien trae liberación.

Mientras tanto, los magos prosiguen su búsqueda. No caen de rodillas ante Herodes: no encuentran en él nada digno de adoración. No entran en el Templo grandioso de Jerusalén: tienen prohibido el acceso: La pequeña luz de la estrella los atrae hacia el pequeño pueblo de Belén, lejos de todo centro de poder.

Al llegar, lo único que ven es al «niño con María, su madre». Nada más. Un niño sin esplendor ni poder alguno. Una vida frágil que necesita el cuidado de una madre. Es suficiente para despertar en los magos la adoración.

El relato es desconcertante. A este Dios, escondido en la fragilidad humana, no lo encuentran los que viven instalados en el poder o encerrados en la seguridad religiosa. Se les revela a quienes, guiados por pequeñas luces, buscan incansablemente una esperanza para el ser humano en la ternura y la pobreza de la vida.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Para que este año pueda ser nuevo.


Por: Marcelo Barros

Solo los humanos son capaces de contar el tiempo. Los animales pueden presentir se va llover o hacer calor. El gallo anuncia la aurora. El jumento relincha a cada hora. Sin embargo solo la humanidad hace historia. Así, el futuro se hace posibilidad de lo nuevo. Es verdad que hay quien piensa que el tiempo, por sí mismo, aporta las soluciones de todo. Eso no es así. Ese año solo será nuevo si nosotros, a través de nuestras luchas y actividades, lo hacemos nuevo 

En este 1º de enero, el Brasil va asistir a la posesión del nuevo presidente de la República y de los gobiernos de provincias. Como en otros países de América del Sur, los movimientos sociales tendrán días difíciles. 

Gracias a Dios, para nosotros, comprometidos con un mundo nuevo posible, ese año puede ser nuevo, independiente de gobiernos. Esa victoria de la derecha en diversos países del continente muestra el fracaso del llamado neo-desarrollismo, más que la inviabilidad de un socialismo nuevo desde las culturas de América Latina. 

Las Iglesias tienen la costumbre de hablar de “año de la gracia de 2019”. Así será porque, como afirmaba la joven judía Etty Hillesun en un campo de concentración nazista: Ellos pueden robar todo de nosotros, menos la humanidad. No pueden obligarnos a odiar o a hacer el mal. Quien enfrentó dictaduras sabe: ningún poder represivo dura para siempre. 

Pablo escribió a la comunidad cristiana de Roma: “Debemos ser como personas que despiertan en la mañana temprano y organizan sus vidas no como quien vive en la oscuridad de la noche y sí como en la luz del día” (Rm 13, 13). 

Este llamamiento a "vivir a la luz del día" es un modo de decir que tenemos que ser lúcidos (el propio término lucidez viene de luz). En concreto, esto significa intensificar el espíritu crítico y refinar la conciencia para saborear la vida como algo siempre nuevo. Así, fortalecemos la comunión con los demás y con la naturaleza. A sus contemporáneos, Jesús se lamentó: "Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados a ti. ¿Cuántas veces quiso reunir a tus hijos e hijas, como la gallina junta los pollitos debajo de las alas y tú no quisiste? "(Lc 13, 34).

Hoy, para nosotros, insertados en ese mundo como él es, Jesús nos envía como ovejas en medio de lobos feroces. La misión es ensayar y testimoniar, por el modo mismo de vivir, que el reinado divino en el mundo está cerca y, en cierto modo, ya se hace presente. Eso es lo que hará con que este año, de hecho, pueda ser nuevo.

MARCELO BARROS es monje benedictino, teólogo y escritor.

Imagen: https://es.123rf.com/photo_88672835_feliz-año-nuevo-2019-ilustración-vectorial-de-fondo-de-año-nuevo-con-reloj-mostrando-año.html

Fuente: Amerindia

martes, 25 de diciembre de 2018

Qué Navidad celebro.


José Arregi

Por Santa Lucía, Itziar, con su gusto exquisito, puso el Nacimiento en la entrada de la casa. Venid y miradlo.
Un poco de musgo, unas hojas secas, una escultura de escayola policromada: José con el niño en brazos contra su mejilla, y María, los pies descalzos, abrazada a José, derramándose como un río de ternura, y unas ovejillas como asombradas. El Misterio del mundo. La mujer, el hombre, el niño, en una insignificante gruta de un pequeño planeta de una galaxia mediana en un universo infinito en expansión que cientos de miles de millones de soles ardientes y de lunas relucientes de más de 100 billones de galaxias aún no han llegado a iluminar.

El Misterio de la vida probablemente propagada en planetas incontables, en formas inimaginables. El Misterio del Infinito sin forma encarnándose eternamente en el mundo, en todas sus formas. Vacío creador y Plenitud creándose, Palabra y Carne, Corazón palpitante del mundo, que llamo DIOS, el nombre más propio y común de todos los nombres.

Es lo que me revelan estas figuras entrañables del Nacimiento de escayola viviente. La Justicia y la Paz se abrazan. La Bondad nos engendra y sostiene. Eso es Navidad, Verdad del mundo, ¡aleluya! Sí, pero justo entonces emergen del fondo las imágenes de Jakelin y de Laura, inundándome de zozobra y de preguntas. Jakelin Caal, la niña guatemalteca de siete años que, después de haber cruzado México con su padre, murió de frío, fiebre y vómitos bajo la custodia de la policía de fronteras de EEUU. Fronteras de muerte. Laura Luelmo, joven zamorana, profesora de plástica, enésima mujer violada y asesinada por la demente violencia de un hombre. ¿Qué es la Navidad para ellas y sus familias, y para todos aquellos a quienes se les cierran las fronteras?

No será Navidad mientras no lo sea para todos, y que lo sea está en nuestras pobres manos, en las mías, en las tuyas. No haremos Navidad para todos difundiendo miedos y mentiras contra los inmigrantes, y cerrando fronteras como a Jakelin. Ni la haremos endureciendo penas al fervor de las pasiones populares o por fríos cálculos electorales: ¿acaso la prisión permanente revisable devolverá la vida a Laura o curará la locura violenta del asesino o impedirá la próxima acción de algún otro loco? Para que sea Navidad para Laura y para todos, ¿no habrá de serlo también para el asesino loco?

No será Navidad mientras no la hagamos, mientras no encarnemos a Dios o la Bondad creadora, aunque solo sea una semilla, nada más que una semillita de bondad que humanice nuestro corazón y transforme las estructuras de este mundo donde crece el peligro. Así lo hicieron José y María: soñando, caminando, cayendo, cuidándose, cuidando a Jesús y a las demás hijas e hijos que engendraron y criaron entre los dos. Así lo hizo Jesús: buscando, mirando, denunciando, consolando, rebelándose, compartiendo la mesa, infringiendo, curando, arriesgando, muriendo por vivir, viviendo por morir.

Por eso celebro el nacimiento de Jesús. No porque sea la única Navidad verdadera, rival de las Navidades “paganas”, del solsticio de invierno, del nacimiento del Dios Mitra o de Jakelin y de Laura y de cualquiera de vuestros hijos. Todo lo que hace la vida más alegre y bondadosa es divino, eso es lo divino, eso es su encarnación.

Para contemplar en el niño Jesús la gloria y la carne del Infinito, hay que tener los ojos muy puros, el corazón desasido y la mente libre de esquemas y de fórmulas dogmáticas propias de una cultura agrícola milenaria que ya no es la nuestra. ¿Podemos hoy afirmar a Jesús como la única encarnación plena de Dios en los 13.800 millones de años del universo transcurridos desde el Big Bang y en los billones de años que aún le quedan por delante? ¿La única encarnación plena habría tenido lugar en Nazaret, en una pequeña aldea galilea de campesinos, en un individuo humano de la especie Sapiens que las biotecnologías y las infotecnologías están a punto de alterar profundamente?

Tales esquemas se han vuelto obsoletos para la inmensa mayoría de los cristianos, también para mí. Sin embargo, te celebro, Jesús, y me postro ante ti humildemente. No porque fueras perfecto ni porque seas el único o el mejor, sino porque fuiste libre, hermano, profeta, porque tu vida fue sacramento o anticipo de la plena encarnación. Por eso celebro tu Navidad, junto con todas las demás Navidades.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 23 de diciembre de 2018)

lunes, 24 de diciembre de 2018

Recordando el Nacimiento y Testimonio de Jesús del Pesebre…


Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un Pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Lc. 2:7

Jesús nació en un Pesebre, pero ¿por qué es tan importante y lo que significa?

La palabra Pesebre viene de la latina que significa “comer”. Un Pesebre o la cuna es un comedero de madera o de piedra o caja de comida que contiene heno para los animales de granja grandes, como vacas, caballos y burros. Es el lugar donde ubicaban el ganado, como establos, corrales, o cuevas.

Los agricultores estaban seguros de mantener sus pesebres bien abastecidos con forraje en todo momento, por lo que los animales nunca pasarían hambre.
En nacimiento en el Pesebre no fue casual, fue un acontecimiento diseñado por Dios. Cuando nació Jesús, María no hubiera querido poner a su bebé en el frío y duro suelo de piedra.

En lugar de ello tuvo que arreglárselas, preparó el pesebre con el heno para suavizar el lugar donde naciera el rey de todos los hombres.

Una vez establecidos allí, un ángel les dijo a los pastores que iban a encontrar su recién nacido Mesías y Señor “acostado en un Pesebre” (Lc 2:12). Fueron de prisa y encontraron al niño en el pesebre y ellos festejaron sus ojos en él (Lucas 02:16).

Jesús no fue puesto en un Pesebre por accidente. Es un símbolo espiritual importante. Los animales buscan su alimento en el Pesebre, pero con Jesús acostado en el heno es símbolo del alimento espiritual. Jesús es el pan de vida, hoy podemos inquirir la comida más importante para nuestra almas.

Acerquémonos al Pesebre de Jesús, porque él nació para salvar y alimentar nuestra almas. Los ángeles lo festejaron primero, ahora nos toca a nosotros festejar este hecho trascendental del nacimiento de Jesús en un Pesebre…

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación” – CHILE

domingo, 23 de diciembre de 2018

Mensaje de Navidad 2018 del Arzobispo Juan Carlos Urquhart de Barros.



“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn 8, 12)

Navidad: nacimiento, vida…la luz se hizo entre nosotros.

“Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”.(Mt 1, 16)

Navidad: otra hermosa oportunidad para darnos un baño de luz y penetrar las sagradas escrituras para descubrir qué quiere Dios de nosotros y que tiene para nosotros.
Las sagradas escrituras anunciaron la venida del mesías, cuenta su vida entre los hombres y contiene su profecía: la segunda venida.

“Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.” (Ap. 1,3)

En esta Navidad: Dios tiene para nosotros un especial tesoro ¿Cuál es?
Solo hay una forma de descubrirlo y es tomar entre nuestras manos ese mapa que nos dejó Dios: leerlo, estudiarlo, entenderlo y vivirlo. Solamente caminando hacia ese tesoro, podremos apreciar y disfrutar de antemano la riqueza espiritual de su contenido.

“El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; a los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.” (Is. 9, 2)

Que en esta Navidad, no interesa en que lugar del mundo te encuentres y en que condición, la conexión con Dios que sopla en tu interior es gratuita. Conéctate.

“- Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?, pues su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarlo.” (Mt 2, 2)

Desde mi silencio como Pastor estaré como todos los días conectándome con Dios y desde allí iluminando a todas las personas de buena voluntad y trabajando para lograr la conversión de los alejados de Dios.

¡Feliz Navidad!
¡Feliz rememoración del nacimiento de la Luz!
¡Feliz reconexión con la luz!
Cristo Vive y camina con Nosotros.

Que Dios rico y misericordioso bendiga a todas las personas para la construcción de la paz en el mundo.



lunes, 17 de diciembre de 2018

Creo en las estrellas de Navidad.


Miguel Ángel Mesa Bouzas

Creo en la paz del corazón y en el esfuerzo por llevar esa paz al mundo en que vivimos.
Creo que Belén es la Casa del Pan, un pan partido, repartido, compartido, para que no haya más hambre en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro mundo.
Creo en los pastores que escuchan la buena noticia y dónde se encuentra el «Dios con nosotros», que salen a su encuentro y, por lo tanto, comparten lo que son y tienen con los marginados y excluidos de nuestra sociedad.


Creo en las estrellas que ya murieron, pero que nos han dado vida y conducido a donde nos encontramos hoy, a lo que somos, a lo que anhelamos ser.

Creo en las estrellas que continúan naciendo y nos siguen abriendo nuevos caminos, inéditas sendas a recorrer, ilusiones que prender en nuestro ojal, destellos llenos de fulgor para nuestros ojos apagados.
Creo en la buena noticia de Jesús de Nazaret, la más profunda humanización del misterio del amor de Dios, en la alegría y la esperanza que nos infunde y, a través de nosotros, en los demás.
Creo en ese otro mundo posible que nos animó a construir, por la dignidad y la felicidad de los seres humanos, para eliminar la injusticia, el odio, el llanto, la desilusión.

Creo que la Navidad acontece cada día del año, cuando trabajamos por la paz y la justicia, por el amor encarnado, por una nueva humanidad más fraterna, libre, en paz. Junto a la naturaleza y el universo que nos rodean, nuestro verdadero hogar, en el que nacimos y al que volveremos, para ser de nuevo polvo de estrellas luminosas, ardientes.

miércoles, 10 de octubre de 2018

La carne de Cristo.


Nicolás Panotto

El principio de la encarnación de Dios (Fil 2) es uno de los elementos teológicos más bellos de la fe cristiana. El abajamiento de la gloria, la “kenosis”, el vaciamiento, y la asunción de una humanidad plena, entregada a lo más bajo, lo más vil, lo más despreciado, para desde allí glorificar la potencia de la vida y burlarse de los poderes del mundo.


Un acontecimiento colosal que hemos reducido a los caprichos de nuestra contingencia, a la funcionalidad de nuestras demandas, a la protección de nuestros recelos, a la pragmática de nuestras militancias; en fin, a nuestras visiones tan descarnadas de la realidad humana. La encarnación no es un relato épico para endiosar engreimientos efímeros sino declarar que Jesús tiene cuerpo. Corporalidad, así como la nuestra.

Necesito sentir ese Cristo que vive las mismas bellezas y penurias humanas desde su carne, tal como yo. Que comparte las risas y las tristezas. Que siente en el pecho las decepciones. Que se enoja, se rebela, se emociona, se excita. Que duda. Que se contradice. Que se sorprende tras la interpelación de un/a otro/a, como la mujer cananea que no teme en disputarle su visión tan reducida de la acción de Dios. Que se exaspera, que grita, que corre, que se molesta. Que reacciona sin reflexión desde la indignación, como cuando echó a los mercaderes del Templo. Que ama. Que pondera lo humano por sobre la ley. Que desea el roce de la piel, como en su encuentro con la mujer que derrama perfume sobre sus pies. Que se compromete con el sufrimiento. Que encuentra su lugar entre los más despreciados/as de la sociedad. Que hace fiesta y disfruta del buen vino. Que no se guarda de expresarle al Padre su cansancio, su miedo, sus lágrimas, su dolor, su deseo de que pase de él esa copa delegada.

La carne de Cristo es mi propia carne. Con sus deseos, sus flaquezas, sus contradicciones, sus debilidades. Allí, la gloria de la existencia en la honradez que confiesa la fe.

martes, 9 de octubre de 2018

Oscar Romero, una vida al estilo de Jesús.


Por: Víctor Codina

En 1986 visité en San Salvador la modesta vivienda de Monseñor Romero dentro del Hospital de la Divina Providencia para enfermos de cáncer. La religiosa carmelita que nos lo enseñaba nos contó que a altas horas de la noche del sábado 22 al domingo 23 de marzo de 1980 vio que la luz de la habitación de Monseñor todavía estaba prendida. Fue a verle para saber si se encontraba mal o necesitaba algo. Romero le dijo que estaba bien y que preparaba una homilía muy importante para la misa del día siguiente en la catedral.

En la homilía del domingo 23 de marzo en la catedral, Romero dirigió una vibrante llamada profética a los soldados del pueblo, forzados por el gobierno a reprimir a la población: 

“En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno!, en nombre de Dios ¡cese la represión!”

Al día siguiente, lunes 24 de marzo, mientras Romero celebraba la eucaristía en la capilla del Hospital, desde un jeep un disparo certero al corazón le hirió de muerte. La religiosa que nos había enseñado la vivienda de Romero fue una de las que acudió rápidamente a atender al obispo herido que murió poco después, exclamando: “que Dios les perdone”. 

Podríamos decir que “Cese la represión” fue la chispa que provocó su muerte y a la vez el testamento de Monseñor Romero. Pero no podemos comprender el testamento y martirio de Romero sin tener en cuenta la trayectoria de su vida. Oscar Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977 con gran alegría de los sectores conservadores de la Iglesia y de la sociedad. A los pocos meses de su posesión, vivió una verdadera conversión: el asesinato del P. Rutilio Grande y de sus catequistas por parte de los militares, le abrió los ojos y pasó de ser un obispo honesto y bueno, pero conservador y amigo de la oligarquía salvadoreña, a convertirse en defensor de los pobres y luchador de la justicia.

A través sobre todo de sus homilías dominicales en la catedral, Romero denunció la absolutización de la riqueza, desenmascaró el servilismo de las fuerzas armadas a la oligarquía, estigmatizó la doctrina de la seguridad nacional y las continuas torturas y asesinatos de inocentes, criticó la corrupción de la justicia, fue duro contra el inmovilismo de los católicos conservadores que viven a espaldas del prójimo, apoyó las organizaciones populares pero exigiendo sentido crítico, defendió la vida, dijo que pecado es matar al Hijo de Dios y matar a los hijos de Dios, que la gloria de Dios consiste en que el pobre viva. Siempre llamaba a la conversión al Dios de la vida.

Romero fue humilde y entrañable, se sentía feliz junto al pueblo pobre y sencillo. Fue acusado de ser marxista y guerrillero, de ser ingenuo y loco, algunos pidieron que le hicieran un exorcismo, se sintió marginado por sus hermanos obispos y cuestionado por Roma que le envió un Visitador apostólico. Se alegraba de que la Iglesia que había hecho la opción por los pobres, sufriera persecución. No temió las amenazas de muerte y dijo que si le asesinaban resucitaría en el pueblo salvadoreño y aunque un obispo muera la Iglesia no perecerá.

El obispo poeta Casaldáliga dijo de él que los pobres le enseñaron a leer el evangelio, que nadie hará callar su última homilía y lo llamó San Romero de América mucho antes de que Roma lo canonizase. El teólogo y mártir Ignacio Ellacuría dijo que con Romero Dios pasó El Salvador, Jon Sobrino afirma que Romero con su vida hizo creíble la fe. 

Pero seguramente son la gente del pueblo los que mejor comprenden a Romero. Un campesino salvadoreño decía: “Monseñor Romero dijo la verdad. Nos defendió a los pobres. Y por eso lo mataron”. Y Edith Arteaga, una salvadoreña que tenía 16 años cuando asesinaron a Romero, con fina intuición femenina y creyente afirma: “Monseñor Romero es camino al evangelio y a Jesucristo”.

En efecto, la raíz última de la conversión, vida profética y martirio de Romero fue Jesús de Nazaret, al que conoció, amó y quiso seguir hasta las últimas consecuencias. Por esto, como a Jesús, a Romero lo criticaron, le llamaron loco, conspirador, revolucionario y endemoniado y como a Jesús, lo mataron por orden del Imperio. 

Si el pueblo salvadoreño recuerda hoy a Romero, si lo considera santo y frecuenta su tumba para agradecerle y pedirle favores, si bautiza a sus hijos con el nombre de Oscar o Romero, si su figura todavía conmueve e impacta a creyentes y no creyentes de todo el mundo, si su imagen ha sido llevada a la Catedral anglicana de Westminster… es porque a través de él se capta algo de la enorme seducción de Jesús de Nazaret, un Jesús al que tantas veces los cristianos hemos deformado y oscurecido. La vida de Romero fue una vida al estilo de Jesús. 

Por esto pudo decir en nombre de Dios ¡cese la represión! Por esto los cristianos que deseamos vivir al estilo de Jesús, deberíamos seguir sus pasos y cumplir su testamento: que cese toda represión en un mundo donde existe tanta represión política, militar, económica, social, sexual, cultural, étnica, religiosa y ecológica contra pobres, pequeños, insignificantes, descartados, niños, jóvenes, mujeres, indígenas, trabajadores, ancianos, países del Sur, etc.

San Romero de América, ¡ruega por nosotros! 

Victor Codina: Teólogo jesuita (Barcelona 1931). Desde 1982 ha residido en Bolivia como profesor de teología y pastoral popular. A mitad de 2018 ha regresado a Barcelona.


martes, 7 de agosto de 2018

El Deber Cristiano, Contexto Global y la Praxis Latinoamérica.


El Deber Cristiano, una Revisión Filosófica.
por Alonso Ignacio Salinas García.

¿Qué vida debe vivir el cristiano? Jesucristo lo dice de forma muy directa: amarlo es creer en él, creer en él es seguirlo, seguirlo es imitarlo e imitarlo es amarlo (Juan 2:6). Ser Buena Nueva, ser un discípulo de Cristo es buscarlo, para ello deberíamos comprenderlo en los puntos cardinales de la virtud moral de Aristóteles, vale decir, buscar y ser su fortaleza para enfrentar la adversidad, su templanza para reflexionar sobre ella, la prudencia para actuar y la justicia para concretar la Buena Nueva. Entonces nos preguntamos ¿qué es ser la Buena Nueva? Rápidamente podemos decir que es anunciar, vivir y profetizar su mensaje, el cual, para entenderlo realmente debemos adentrarnos en los profetas del antiguo testamento, en las palabras de Jesucristo y un análisis de la realidad capitalista (el nuevo paradigma).

A la llegada del Mesías, en especial a la llegada de su mensaje en los corazones de los pueblos (desde una perspectiva aterrizada: en su costumbre), el profeta Isaías dictamina el fin de la ley natural: “El lobo vivirá con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, novillo y león pacerán juntos, y en mucho será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se echarán juntas; el león comerá paja como el buey” (Isaías 11:6-7). Parece descabellado aquello, pues lo que esta ordenado naturalmente a no pasar ha de pasar, pero nosotros nunca lo hemos visto, al menos nunca de forma literal. ¿Ello implica que Jesucristo no es el Hijo de Dios? Pues claro que no, debemos desglosar el lenguaje metafórico, vale decir, abstraernos un poco, esta sentencia de Isaías no es más que un juego de palabras de la profecía de la justicia y la igualdad.

Empecemos por pensar que es la ley natural. Hesíodo en la Teogonía nos dice que en la naturaleza el más fuerte manda, ello es la ley natural (también llamada ley de la selva), pero Zeus no quiso eso para los hombres, y por ello mando a su hija, Nike (la justicia), a habitar entre estos para evitar que el más fuerte mande sobre los más débiles. Por ello es que Aristóteles hablaría de una justicia conmutativa que busque la igualdad entre las personas y la distributiva entre las personas que en la realidad son distintas (dinero, cargos, etc.), sin embargo estas nociones sacadas de las ecuaciones y la geometría respectivamente parecen distantes de la realidad. Los culpables de cohecho (como los exonerados de prisión de SQM), los terratenientes que han matado miles de campesinos en nuestra historia como humanidad, la esclavitud, el racismo, la pobreza y muchas otras injusticias nos parecen comunes, mucha gente ya ni cuestiona el orden económico actual. Por esto Tracimaco nos dirá, hace ya varios siglos, que la justicia no es nada más que la voluntad del más fuerte, por lo que parece que la ley de la naturaleza es la ley del hombre. Sin embargo basta recurrir al Aquinate, por ejemplo, para darse cuenta que no somos igual que los animales. ¿Entonces por qué la ley natural en la historia es la ley de las sociedades humanas? ¿Entonces Cristo vendría a romper la ley natural en que el hombre se ve encerrado?

La ley natural que nos habla Isaías es la misma que Hesíodo, pero como una metáfora para hablar lo mismo que nos señala Tracimaco, la ley natural de Isaías es la ley y orden de las sociedades donde el fuerte se sobrepone a los debiles. Por ende entendemos que la llegada del Mesías es la declaración de término de toda forma de vida deficitaria e injusticia, toda forma de dominación y violencia impropia sobre la dignidad de las personas. Pero es un término de Derecho, no de hechos, lo que diga el papel y la palabra ha de ser trasmitida y puesta en acción, es por ello es que en el Apocalipsis baja Jesucristo, como guerrero, pues es el momento de la “revelación” de llevar a la realidad finalmente la palabra. Esto no implica pasividad, todo lo contrario, ya veremos más adelante que la construcción del Reino de los Cielos recae en las y los creyentes, la venida del Jesucristo guerrero es una metáfora a la lucha final del bien y el mal para la edificación en términos de hecho el Derecho ya establecido por la profecía.

Sin embargo antes de seguir la naturalidad de la narrativa bíblica para poder decir cuál es el deber cristiano debemos partir de lo recién mencionado, el Jesucristo guerrero, el cual tiene un significado metafórico primordial para entender el deber de la Buena Nueva en la obra cristiana. Jesucristo viene a arrasar al Imperio Romano (Apocalipsis 19,11-19), pues si leemos desde una perspectiva metafóricamente nos damos cuenta que para el cristiano antiguo, Roma representaba la injusticia, injusticia que vive hasta nuestros días en manos de los nuevos imperios y de los ladrones que rigen el sistema económico actual que saquea el planeta y a todo lo que lo habita. Como una anécdota relevante, tenemos el relato de la injusticia en Roma en el testimonio del sacerdote cristiano Sabino en la obra del historiador Jacques Le Goff:

“Escuchemos a Sabino: Los pobres son despojados, las viudas gimen, los huérfanos son pisoteados, hasta tal punto que muchos entre ellos, comprendidas gentes de buen nacimiento y que han recibido una educación superior, se refugian entre los enemigos. Para no perecer bajo la persecución política, van a buscar entre los bárbaros la humanidad de los romanos, porque no pueden soportar más, entre los romanos, la inhumanidad de los bárbaros” [1].

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martes, 17 de julio de 2018

Liberar a Jesús.

Víctor Codina. 

En el cónclave de marzo de 2013 que precedió a la elección de Francisco, el Cardenal Bergoglio tuvo interesantes intervenciones, alguna de ellas un tanto curiosa y poco conocida.
Al comentar el texto de Apocalipsis 3,20 donde se dice que el Señor está a la puerta y llama, Bergoglio afirmó que evidentemente el texto se refiere a que Jesús golpea la puerta desde fuera para entrar.
Pero añadió que él pensaba en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir.
Sin duda esta interpretación puede escandalizar a muchos biblistas pero es una idea interpelante, porque, como añade Berglogio, la Iglesia autorreferencial pretende retener a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.

Dicho de otro modo, hemos encerrado a Jesús dentro de doctrinas, leyes, ritos, templos, palacios episcopales y estructuras del pasado. Tenemos a Jesús prisionero durante siglos en la Iglesia de cristiandad, occidental, medieval, feudal, inquisitorial, colonial, diplomática, poderosa, antimoderna, absolutista, burguesa, patriarcal, centralista y elitista. Jesús ha quedado encerrado en estructuras eclesiales que lo alejan de la gente pobre y sencilla del pueblo, de los niños y las mujeres, de campesinos y pecadores, de los migrantes y refugiados, de todos los que en todas las culturas y religiones buscan la verdad.

Jesús desea salir a la calle, no quedar prisionero del pasado, recorrer caminos nuevos, pisar tierra, ir a las fronteras, oler a oveja, a polvo, sudor y lágrimas, escuchar el clamor del pueblo, dialogar, abrazar, besar, dar la mano, curar, bendecir, decir palabras de aliento, perdonar, consolar, anunciar el Reino, generar esperanza y alegría, dar vida, pues solo él posee el Espíritu sin medida.

Hemos de liberar a Jesús de tantas prisiones en las que lo hemos encerrado a lo largo de los siglos, recuperar la frescura de su evangelio, volver a Galilea, escuchar su voz profética contra los actuales hipócritas y explotadores del pueblo, contra los nuevos mercaderes del templo, volver a recuperar al Jesús artesano nazareno, peligroso y desconcertante, capaz de confiar en su Padre, de morir y resucitar.

Pero liberar a Jesús no equivale a afirmar “Jesús sí, Iglesia no”, sino que implica formar una Iglesia no autorreferencial, sino en salida, evangélica, transparente, con sandalias o descalza, pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal, comprometida en la liberación de las personas y de la creación, interpelada por el dolor de las víctimas, alegre con la alegría del Espíritu. La Iglesia no puede sustituir a Jesús, ha de fomentar el encuentro personal con él.

Sólo cuando hayamos liberado a Jesús de estas prisiones y le hayamos dejado salir al mundo de hoy para escuchar al pueblo, podremos abrirle la puerta, dejarle entrar en nuestra casa, cenar con él y él con nosotros.

Bergoglio en el cónclave de 2013 ya anunciaba su futura hoja de ruta pastoral y el estilo de una Iglesia en salida. Quizás por esto fue elegido Papa y quizás por esto mismo, otros le rechazan hoy. Pero lo que sí es cierto es que el Señor sigue llamando a la puerta: ¿quiere entrar o quiere salir?

Fuente: cristianismeijusticia.net

martes, 19 de junio de 2018

“Los últimos serán los primeros”


José M. Castillo, teólogo
Fuente: Teología sin censura

Es bueno que nadie quiera ser el último. Y es mejor que todos queramos ser los primeros, aunque no lo digamos. Pero nos gustaría y lo anhelamos en secreto o incluso lo decimos sin rubor. Y digo que todo esto es bueno porque el deseo de superación es el motor del progreso, del crecimiento, del logro de tantas y tantas aspiraciones que harán un mundo más habitable y más feliz.

El problema que plantea este hecho, que acabo de indicar, está en que, como bien sabemos, el empeño por estar, ya sea por encima ya sea por delante, de los demás, es importante, es necesario. Pero ocurre que esta importancia y esta necesidad es, no sólo el motor del progreso, sino además e inevitablemente es también el motor de la desigualdad.
Pero, ¡atención!, lo digo una vez más: no es lo mismo la desigualdad que la diferencia. La diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Hombres y mujeres son diferentes. Pero no por eso tienen que ser desiguales.

Así las cosas, el problema que brota de lo dicho está en que, cuando la diferencia está en el poder, tal como somos y nos comportamos los seres humanos, el que tiene más poder, por eso mismo suele (o al menos, puede) llegar a convencerse de que, por tener más poder que los demás, por eso mismo puede (o incluso debe) tener más derechos que los demás. Y si, por desgracia, sucede esto, ya está servido el conflicto con la consiguiente violencia y, si es preciso, la muerte.

Los políticos, los militares, los científicos, los juristas, los sociólogos…, cada cual, desde su especialidad, le da a este problema capital la solución que ofrecen los distintos saberes. Y no cabe duda que todos aportan elementos importantes para poner las cosas en su sitio. Y recuperar la ansiada paz y la más sana convivencia.
Pero tengo la impresión de que, con demasiada frecuencia, en este asunto – como en tantos otros – nos quedamos a medio camino. Lo que, en definitiva, equivale a pensar que estamos ante un problema que no tiene solución.

Yo, sin embargo, me resisto a resignarme con una conclusión tan pesimista. Porque no hemos tenido debidamente en cuenta lo más elemental: somos seres humanos. Antes que poderosos, sabios, fuertes, valientes, habilidosos y todo lo que Ustedes quieran, somos humanos. De ahí que, en sana lógica, lo primero que tenemos que cuidar y cultivar es nuestra propia humanidad.
Ahora bien, si esto efectivamente es así, desde mi profesión y mis muchos años de estudio en mi especialidad, que es la Teología, puedo (y debo) asegurar que lo primero y lo más importante que nos enseña el Evangelio, no es que seamos “muy religiosos”, sino que seamos “muy humanos”. Sí, cada día más humanos. En esto está el centro del Evangelio. Y el centro del cristianismo. El Dios del cristianismo es un Dios que se humanizó, en Jesús el Señor. Y en eso se tiene que centrar nuestro proyecto de vida: en ser cada día más humanos.

Esto supuesto, la pregunta capital es ésta: ¿qué es lo que más nos humaniza? Esta pregunta no se responde desde el saber, sino desde la experiencia. Y la experiencia nos dice lo que dijo Jesús: “Los últimos serán los primeros” (Mc 10, 31; Mt 19, 30; Lc 13, 30). Los niños, los enfermos, los inválidos, los mendigos…, todos los que, según su condición, sólo tienen su limitada humanidad, ésos son los que nos hacen sentir y vivir nuestros mejores sentimientos humanitarios. El poder desencadena nuestra resistencia. Ante la debilidad nos humanizamos. Por eso, lo débil, lo último, lo pequeño está en el centro del Evangelio.

miércoles, 11 de abril de 2018

Maestro, ¿dónde vives?


M. Carmen de la Fuente

“Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38) es una pregunta que resuena fuerte en el interior de las mujeres y hombres que deseamos encontrarnos con Jesús, para conocerle más, amarlo más y seguirle más. Una pregunta que nos compromete, porque conocemos la respuesta, “venid a verlo” (Jn 1, 39) y porque sabemos que, si su mirada se cruza con la nuestra, su fuerza nos moverá a ir, a ver y a pasar el resto del día con él.

“Maestro ¿dónde vives?” nos ha llevado a Melilla-Nador, un lugar que, si alguna cosa es, es frontera, porque allí la frontera lo empapa todo. Una frontera que separa dos mundos que nos esforzamos en mantener alejados. Una frontera que hiere y mata a hombres y mujeres cada vez más jóvenes. Una frontera que no queremos mirar pero que es tan nuestra como de quien la construye y la protege. Una frontera a la que vivimos de espaldas porque duele, porque sabemos que está construida sobre nuestro miedo, nuestra indiferencia y nuestro egoísmo. Una frontera que se reproduce en nuestras calles, en nuestros barrios, en nuestro imaginario… para separar a los de aquí de los de allá, lo legal de lo ilegal, los documentados de los indocumentados, los que estamos de los que llegan…

Hasta ese lugar frontera llegamos un grupo de 35 personas para celebrar la Pascua en comunidad y acogidas por las comunidades que allí viven. Cada una desde nuestra historia, nuestra motivación personal y nuestro deseo: algunas movidas por la búsqueda y la necesidad de confirmar que sí, que Dios se hace presente también en la frontera; otras confiadas en vivir el encuentro porque saben que si Dios está en algún sitio, es en las fronteras y que es allí donde su rostro aparece con más claridad.

“Maestro ¿dónde vives?” es el interrogante que nos ha acompañado cada día durante esta Semana Santa y para el que hemos ido encontrando algunas respuestas, que no son definitivas y que no agotan la pregunta, pero que nos pueden ayudar a seguir nuestro camino.

El Maestro vive con y en las personas que sirven. Hombres y mujeres que además de servir para algo, viven sirviendo a alguien. Personas que curan las heridas del camino (las internas y las externas), que acompañan el sufrimiento, que simplemente están.
Son aquellas que suben al bosque para encontrarse con quien se esconde esperando la oportunidad de llegar al otro lado.
Son las que viven en lo alto del monte, entre la cárcel y el vertedero, acompañando a todo un barrio, llamando a cada vecino/a por su nombre.
Son aquellas que están rodeadas de menores extranjeros que viven en la calle, consiguiendo que por momentos dejen de ser “no acompañados” y recordándonos que también ellos son dignos de nuestra mirada.
Son aquellas que se ponen al servicio de quien ha conseguido cruzar la frontera –a pie de piedra, a pie de CETI- , ofreciendo herramientas para continuar su viaje.

Son mujeres y hombres de humanidad desplegada, que se arrodillan para lavar los pies de otros/as. Son presencia y puerta abierta. En ellas vive el Maestro mostrándonos como el amor puede –si queremos- convertirse en servicio.

El Maestro vive con y en las personas que sufren. Aquellas que vienen desde lejos recorriendo rutas imposibles que duran años. Personas que en el camino son convertidas en mercancía, extorsionadas, encerradas, maltratadas… pero que a pesar de tanto sufrimiento tienen una fuerza sobrehumana, alimentada por la fe en un Dios que sienten que los acompaña y los sostiene siempre y para siempre.
Son aquellas que sufren en un bosque en condiciones infrahumanas.
Son las porteadoras que cargan con bultos que valen más que su vida y que luchan cada día por pasar la frontera.
Son las que intentan saltar la valla una y otra vez, aunque en cada intento sean golpeadas de un lado y de otro, devueltas por la puerta de atrás y situadas de nuevo en el punto de partida.
Son los menores que viven en la calle esperando un hueco en los bajos de un camión o arriesgándose para “colarse” en un barco.

Son personas a las que tratamos de despojar de su humanidad, a las que recortamos su dignidad, a las que convertimos en cifras. Con ellas vive el Maestro (que también fue humillado ante la mirada de muchos) porque son sus elegidas, mostrándonos que la lógica de Dios es radicalmente opuesta a la lógica que mueve nuestro mundo.

El Maestro vive con y en las personas que esperan. Aquellas que mantienen la esperanza, a pesar de vallas y fronteras, porque saben que la muerte no tiene la última palabra. Son personas que esperan sin quedarse quietas, que viven en el camino con los sentidos afinados (mirando, escuchando, tocando, oliendo y gustando la Vida).
Son las que esperan que dejemos de dar rodeos, miremos al margen del camino -a la frontera- y que la compasión nos lleve a hacernos cargo, cargar y encargarnos de la realidad. Mientras tanto siguen gastando su vida curando las heridas de los que yacen “apaleados y medio muertos”.
Son aquellas que esperan que los estados dejen de protegerse con alambradas y concertinas, de las personas que huyen de la miseria que sostiene nuestro bienestar. Mientras tanto denuncian las situaciones de injusticia y vulneración de derechos humanos de las que son testigo.
Son las que sencillamente explican “esto tiene que ser de otra manera” y cuentan a quien se acerca a ellas el sufrimiento que han visto con sus propios ojos. Con su relato lleno de rostros desean contagiarnos de la humanidad que vamos perdiendo, mientras esperan que la frontera deje de ser un lugar donde perder la vida.

Son personas que mantienen su compromiso con la Justicia y desde él nos interpelan continuamente. Con ellas vive el Maestro y en ellas sigue resucitando, manteniendo viva la esperanza (contra todo pronóstico).

“Maestro ¿dónde vives?”. Con las personas que sirven, con las personas que sufren, con las personas que esperan. Estos son los ecos de unos días en la Frontera Sur. Que este tiempo de Pascua que ahora comenzamos sea oportunidad para seguir encontrando al Maestro en nuestras fronteras, cada uno/a en las suyas: visibles e invisibles, internas y externas. Puede ayudarnos hacer el camino con los ojos bien abiertos y, quizá, dejar de mirar cerca y hacia arriba para mirar lejos y hacia abajo.

martes, 31 de octubre de 2017

Lutero, profeta hereje.



El martes se cumplen 500 años desde aquel 31 de octubre de 1517 en que Martín Lutero, hombre de mente y de fe iluminada, genio de la palabra y de la escritura, publicó sus célebres 95 tesis. Un texto breve, comedido y agudo. Un texto profético, que marcó el comienzo de las Reformas protestantes y de una nueva Europa.

No hay derecho –denunciaba Lutero– a que el papa venda indulgencias. No hay derecho a que a pobres y ricos –sobre todo a los pobres– les haga creer que después de la muerte podrán quedar libres del terrible fuego del purgatorio a cambio de dinero. No hay derecho a que amargue los gozos de la vida presente con la amenaza de castigos futuros. No hay derecho a que utilice las creencias y los miedos de la gente para llenar su bolsa y las arcas del Vaticano. Está en juego la fe, la vida, el Evangelio.

El papa declaró hereje a Lutero, y le plantó ante la alternativa canónica: o retractación o excomunión. “No puedo ni debo retractarme contra mi conciencia. Que Dios me ayude. Amén”, dijo Lutero. Fue excomulgado. Y se convirtió en profeta hereje.

¿Un profeta hereje? No cabía semejante idea en la teología que me enseñaron a los 20 años, pero luego aprendí que todos los profetas, de un modo u otro, han sido herejes tanto en las religiones como en la política, e incluso a veces en las ciencias. Que solo quienes han cuestionado las verdades heredadas han empujado la historia hacia adelante. Que solo los innovadores han impulsado la humanidad a un futuro mejor, solo los que no se resignan a lo conocido, ni se detienen ni dicen: “Ya está. Esto es”.

El Evangelio me enseñó que también Jesús fue por excelencia un profeta hereje. Prefirió la compasión activa a todas las creencias, ritos y normas religiosas. No le importaron el pecado y la culpa, sino el sufrimiento y las heridas. Tampoco la absolución de la culpa, sino la curación de las enfermedades y la liberación de toda opresión. Nunca se ocupó de indulgencias para el más allá. Anunció la transformación de este mundo, no premios y castigos divinos después de la muerte. Puso primeros a los últimos, y últimos a los primeros. Revolucionó valores, criterios y certezas.

La historia de la Iglesia me enseñó que Santo Tomás de Aquino, que se convirtió luego y sigue siendo aún para muchos el canon de la ortodoxia, fue primero condenado por el obispo de París, y que al final de la vida quiso quemar su Suma Teológica, diciendo: “No es esto, nada de esto”. Y que San Ignacio de Loyola, cuya Compañía se puso al servicio de la Contrarreforma, fue procesado siete veces por la Inquisición a causa de sus Ejercicios, porque en ellos ayuda al ejercitante a hacerse sujeto libre y dueño de sí. Y que Santa Teresa de Ávila vivió siempre estrechamente vigilada por la misma Inquisición porque era mujer, mística y libre. Y que San Juan de la Cruz estuvo encarcelado durante ocho meses en la cárcel del convento de Toledo por ser reformador y por no retractarse de sus ideas reformadoras, por fiarse de su propia fuente, por dejarse guiar por la llama que ardía en su interior, en lo más profundo de todo ser humano y de todas las criaturas. Y así un larguísimo etcétera. No basta con ser hereje para ser profeta, pero nadie puede ser profeta sin ser hereje de una forma u otra.

Lutero denunció y reformó el rígido sistema dogmático y moralista, clerical y jerárquico, aliado de la riqueza y del poder, en que se había convertido la iglesia itinerante de Jesús. Fue profeta.

Y si algo se le debe reprochar es que no lo fuera hasta el fin, que acabara haciendo de su propia profecía herética una nueva ortodoxia y condenando a sus propios disidentes y aliándose con los príncipes para sofocar la liberación de los campesinos.

A pesar de todo, fue y sigue siendo testigo del Evangelio. Testigo de que es la confianza, no el dogma ni el rito ni la moral, la que nos sana y transforma. Testigo de que es el Espíritu viviente, no la sumisa repetición de la letra, lo que hemos de buscar en cualquier texto del pasado. Testigo de que son la libertad y la compasión de Jesús, no las viejas estructuras jerárquicas, las que harán de la Iglesia hogar y sacramento de humanidad. Y, por sus propias sombras, también es testigo de lo mucho que le faltó y nos falta todavía para ser de verdad Iglesia evangélica, profética y reformadora.

(Publicado en DEIA y en los diarios del Grupo NOTICIAS el 29 de octubre de 2017)