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miércoles, 12 de junio de 2019

Ejemplo y confianza.


Gabriel Mª Otalora

Una de las frases de Jesús con menos posibilidad de exégesis es “Por sus hechos les conoceréis”. Pues bien, el ejemplo es la puerta para generar confianza en nuestras relaciones humanas y ambos -ejemplo y confianza- deben ser la base de conducta de todo cristiano, especialmente de los que más responsabilidades tienen y por aquello del escándalo, tan de moda precisamente cuando brillan por su ausencia.

Dicen que fue Einstein quien recordó que dar ejemplo es la única manera de influir en los demás y la única manera efectiva de inculcar valores. Nadie seguirá las palabras ni a quienes las pronuncian si nos coherentes y, lo que es peor, existe el riesgo añadido de rechazo a esas buenas ideas por el efecto perverso que produce la falta de credibilidad. Y todo el mundo es capaz de percibir al vuelo la falta de coherencia.

¿Qué valoración nos merecen nuestras actitudes? El contagio viene desde los máximos responsables hacia todo el resto de la organización eclesial. Como ocurre en las familias, que el chorro fundamental de la influencia va de los padres a los hijos. Los ojos y oídos de nuestros chavales, igual que los de nuestros compañeros están fijos en nosotros. Los hijos y los compañeros de trabajo recordarán más nuestra conducta que nuestras palabras. Alguien dijo acertadamente que, lo que los padres hacen con moderación, los hijos lo harán con exageración.

Y cuando la falta de ejemplo se estira demasiado, se nota y, lo que es peor, cala como agua fina. No deja de ser una sutil manera de faltar a la verdad que alguien pontifique grandes directrices y normas que después no respeta ni cumple. Pero todos llevamos dentro un maestro y un aprendiz que, por la mera observación, activan el aprendizaje. Nos influenciamos y contagiamos mutuamente más de lo que parece a primera vista. Somos seres influenciables para bien y para mal.

El ejemplo tiene la fuerza de la experiencia vivida. Sin este valor de la credibilidad pierde toda su fortaleza. Hablamos mejor con nuestros hechos, que son por lo que nos conocerán. Y cuando el ejemplo es negativo, transmitiremos mensajes terriblemente influyentes, en este caso para mal. En el idioma inglés existe la expresión Walk the Talk, que viene a decir que actuemos por donde hablamos. Y la Madre Teresa de Calcuta, nos puso sobre aviso: no te preocupes porque tus hijos no te escuchan, te observan todo el día. Haciendo una paráfrasis aplicable al ámbito del liderazgo, podríamos decir que nuestros feligreses y la sociedad en general te observan todo el tiempo. Ser fiable es lo fundamental. Y cuando alguien es creíble, automáticamente se activa la confianza.

La diferencia entre reputación y confianza es que la primera se refiere a lo que la gente piensa de ti, mientras que la confianza se refiere a lo que la gente espera de ti. La confianza o su falta es una realidad fundamental en cualquier sociedad, sobre todo cuando disminuyen los comportamientos éticos con las consecuencias negativas que esto produce en el día a día. Es decir, que necesitamos mantener un comportamiento predecible lo suficientemente arraigado en el tiempo como para que otra persona se haga digna de nuestra confianza. Y viceversa. La confianza también va de arriba hacia abajo; el superior es quien debe generar ambientes de confianza e irradiar él mismo este imprescindible comportamiento. No es delegable.

La confianza es un proceso intangible que se apoya en la intuición y en la experiencia. A veces nos fiamos del sexto sentido y apostamos por una decisión de confianza, pero implica un riesgo elevado de equivocarnos. Lo normal es que se asiente tras un proceso de experiencias y vivencias que se construye con el tiempo y puede ser destruida en un segundo; la confianza es muy cara de lograr, fácil de perder y más cara todavía de recuperar.

Ganarse el derecho a ser escuchado, que esto es el meollo de influir y no otra cosa. El doble lenguaje no ha funcionado nunca en los cristianos. La confianza se crea cuando podemos creer en algo y en alguien porque sabemos por experiencia o por su imagen de seguridad que nos dice la verdad (credibilidad es tener autoridad sobre algo). En la medida que un ser humano se hace más creíble amplia la base del liderazgo, es decir, de su capacidad de influencia. No importa si las noticias son buenas o malas, debe tratarse a los demás con madurez pensando en ellas, no solo en nosotros.

Escuchar a la gente también genera confianza. Una persona que no nos presta la debida atención no puede saber qué es lo que realmente necesitamos o sentimos, y no se hace acreedora de depositar nuestra confianza en ella; como mínimo, no estaremos seguros de que entendió nuestra actitud o propuesta. Además, el acto de escuchar genera una actitud recíproca, básica en toda comunicación que se precie, y si ambas personas se escuchan con empatía, su relación creará mayores espacios de confianza y comunicación fructíferos.

Confiamos en las personas que son coherentes, que dan ejemplo, que cumplen su palabra. Siendo constantes crecemos en veracidad. Diciendo la verdad, crecemos en lealtad. Confiamos en las personas que buscan win-win, (ganar-ganar o gano-ganas). Una secuencia más cristiana e inteligente sería: ganan, ganamos, ganas, gano.

De camino a la Pascua de Pentecostés, pidamos al Espíritu luz y fuerza para ser ejemplares y generar espacios de confianza también con los que no son afines; a la manera de Jesús. La evangelización está en juego.

Fuente: redescristianas.net

sábado, 20 de octubre de 2018

Coherencia.



José María García Mauriño

Buscamos la coherencia:

1. Sentido de la búsqueda.
Los seres humanos, siempre estamos en actitud de búsqueda. Porque no partimos de una clarividencia en la política, en la ética, en nuestra fe. Solemos ir “a tientas”. Porque partimos de una situación de dudas y perplejidades. Y dentro de la oscuridad que nos envuelve nos esforzamos en aclararnos algo en estos temas. Por eso venimos aquí a pensar, a dialogar y debatir para tener un mínimo de claridad.

Es una actitud permanente de búsqueda de la verdad, si queremos avanzar en nuestra madurez. Porque somos personas que nos estamos haciendo, nunca estamos hechos del todo, aunque tengamos 135 años. Sin embargo, queremos pensar, queremos acertar en nuestros compromisos, en nuestro proyecto de vida. Buscamos porque estamos inquietos y queremos gozar de una cierta paz interior, de una cierta calidad de vida, a pesar de las dificultades y problemas.

.2. Sentido de la coherencia.
La coherencia es una actitud ética elemental para una persona que quiere proceder en conciencia. Una persona es coherente cuando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones van en la misma dirección y están relacionados entre sí y conforme a un modelo de ser humano. Es frecuente considerar que los elementos coherentes son compatibles entre sí; en concreto, si la forma de pensar de decir y hacer es compatible con su forma de ser, de irse haciendo, con su manera concreta de vivir, de desarrollar su personalidad, su profesión, su familia,, su compromiso.

La pregunta que se puede hacer es ésta: ¿hay conexión entre sus pensares, sus decires y sus acciones? ¿hay contradicciones entre sus actitudes y sus comportamientos profesionales, religiosos, políticos, éticos?, o, por el contrario, ¿existe un cierto equilibrio? Por ejemplo, pensar y estar más o menos convencido de lo nefasto que es la sociedad de consumo, y luego en la práctica seguir consumiendo cosas innecesarias, seguir los modos y las modas de comprar. Si se piensa que es bueno ‘darse la buena vida’, ¿por qué se tiene reparo en exponer este pensamiento ante los demás? ¿por qué se tiene reparo en proceder así, por una conciencia de culpabilidad de no actuar por lo más duro, por lo más costoso? Se trata de una dialéctica difícil de vivir.

El pensamiento no es algo diferente de los sentimientos ni de las actitudes; no voy a hacer un análisis psicológico del pensamiento, pero es elemental que nuestra manera de pensar no puede ser nunca químicamente pura, no puede ser ajena a lo que cada uno ha vivido desde su infancia, y sigue viviendo; cada uno elige sus pensamientos, elige sus libros, su música, se va formando su modo de pensar conforme a unos autores que prefiere y deja a otros, lo mismo que elige sus películas, sus comidas, sus amigos o sus vacaciones. Cuando uno defiende una manera de pensar, hay algo más que pura abstracción mental, es toda una manera de ver el mundo, de interpretar la realidad, desde su sentir, desde su vida. Tal vez sea la expresión de un estar despierto o estar medio dormido. ¿Es un pensamiento crítico, o es repetir lo que todo el mundo dice o piensa? La formación del pensamiento en los múltiples temas que nos rodean es algo muy complejo; nunca está hecho de todo, siempre se está haciendo. ¿Cómo formularías tú, tu pensamiento político, tu pensar cristiano, o indiferente, o tus propias convicciones?

Las palabras son, de una forma o de otra, expresión de una determinada forma de pensar. Se piensa una realidad, y se expone con palabras esa manera de ver la realidad. Lo difícil es decir siempre lo que se piensa, suponiendo que suele pensar seriamente lo que dice. Porque hay personas, situaciones o entornos en los que la llamada “prudencia” aconsejan callar, o envolver el propio pensamiento en papel de celofán, o sencillamente decir algo distinto o lo contrario de lo que se piensa. El decir lo que se piensa es ya una valentía y una postura de cierta gallardía. Es la ética. Solemos tener miedo de decir lo que pensamos, por aquello de quedar bien o el qué dirán. Las palabras son el vehículo imprescindible de la comunicación humana. Es necesario, creo yo, un esfuerzo por saber decir las cosas, por tratar de definir, de esclarecer lo que queremos decir. Podemos producir confusión o producir claridad.

Los hechos, las actuaciones, los comportamientos, son harina de otro costal. ¿Se sitúan en la misma línea del pensamiento y la palabra? O ¿cada una va por su lado? Ser personas coherentes quiere decir que su pensar, su decir y su actuar van en la misma dirección. Se puede llamar esta coherencia a eso de “ser consecuentes”; y es muy difícil ser consecuentes, tanto más cuanto los valores éticos son más elevados. Hay que tener en cuenta que “si no vives como piensas, acabarás pensando como vives”. No se puede separar el pensamiento de la vida. ¿Existe una misma línea entre lo que se piensa, lo que decimos y el voto que emitimos en unas elecciones? ¿Nuestro compromiso, el que sea, es fruto de esta coherencia? ¿Tenemos una mínima coherencia de nuestro pensar y sentir, con el partido o sindicato o asociación, con el que nos sentimos más o menos afines, sin pretender una total coincidencia que nunca se dará? El refrán español es elocuente: “Si no vives como piensas, acabarás pensando como vives”.

Por último, la coherencia ético-política significa aceptar el hecho del pluralismo político de ideologías y morales, que nos lleva a una actitud ética de tolerancia. Como es más fácil la postura del dejarse llevar, del conformismo, de adaptarse, de no sobresalir, pienso que habría que insistir mucho más en una postura de insumisión y disidencia: es decir, en posturas críticas. Criticar a la sociedad supone aplicar seriamente el principio de tolerancia; este principio es la orientación básica de una persona que es coherente con la situación del país que quiere vivir en democracia.
La falta de coherencia se traduce en falta de credibilidad, en los partidos políticos, en las instituciones, en los Estados y en cualquier persona.

Denunciamos la falta de coherencia de muchos Estados que han firmado la Declaración Universal de los DDHH, la han incorporado en su ordenamiento jurídico, y luego, tienen una praxis política en la sociedad civil, completamente distinta.

Denunciamos la falta de coherencia de muchos políticos que llevan un parlamento y una praxis muy alejada de la que hacen gala en sus declaraciones.

Denunciamos la falta de coherencia de la Iglesia Católica por llevar una praxis regida por el poder, el prestigio y el dinero que se aparta completamente del mensaje inicial del Evangelio.

sábado, 6 de julio de 2013

El Papa cree que «no hay que tener miedo de renovar las estructuras de la Iglesia.


El Papa ha defendido la necesidad de renovar las estructuras de la Iglesia Como el herrero que calienta al rojo el hierro antes de empezar a darle forma, el Papa Francisco ha dedicado cuatro meses a preparar el cambio en el Vaticano, empezando por un cambio de actitud, para pasar después a un cambio de personas y, en una tercera fase, a un cambio de estructuras.

Una y otra vez da señales de libertad: al escoger su residencia, al simplificar las ceremonias, al dar su «luz verde» a la canonización de Juan XXIII dispensando del requisito de un segundo milagro, al organizar un viaje relámpago el próximo lunes a la isla de Lampedusa para rezar por los inmigrantes que mueren en el intento de cruzar el Mediterráneo y visitar a los internados en centros de acogida, etc.

JUAN VICENTE BOO EFE

El sábado, en su última misa de las siete de la mañana en la Casa Santa Marta –antes de suspender esos encuentros por dos meses-, el Santo Padre fue rotundo: «En la vida de la Iglesia hay estructuras antiguas, caducas. ¡Es necesario renovarlas!».

Sin miedo a la renovación La renovación forma parte de la esencia de la iglesia, comenzando con la de cada persona al recibir el bautismo: «Es una primera renovación de las estructuras. La Iglesia siempre ha ido adelante así, dejando que el Espíritu Santo renueve las estructuras de la Iglesia. ¡No hay que tener miedo a eso!».

Entre los fieles se contaba un buen grupo de reclutas de la Guardia Suiza, en general poco dados a la innovación y la espontaneidad, que le miraban asombrados.

El Papa subrayó que la Iglesia ha estado renovándose «desde el primer debate teológico sobre si para ser cristiano había que adoptar todas las costumbres judías o no. ¡Y dijeron que no! Los gentiles pueden entrar como lo que son, gentiles».

El peso de la rutina, el formalismo y la burocracia se notan demasiado en el Vaticano. Por eso el Papa invito a pedir a la Virgen «la gracia de no tener miedo a la renovación que realiza el Espíritu Santo, de no tener miedo a dejar caer las estructuras caducas, que nos aprisionan».

«No sepuede ser cristiano a trozos» Como siempre, el Santo Padre ponía en primer lugar la renovación de las personas, insistiendo en que nadie puede decir «yo soy un buen cristiano. Todos los domingos voy a misa desde las 11 al mediodía. Y hago esto y lo otro…como si fuese una colección. La vida cristiana no es un collage, es una totalidad armoniosa y la crea el Espíritu Santo».

Con mucha frecuencia Francisco habla de coherencia, de unidad de vida entre la fe cristiana que se profesa y el modo en que se actúa en el trabajo, la familia y la sociedad. El sábado insistió en que la fe, el encuentro con Jesús, «renueva nuestro corazón y nos lleva a un estilo de vida diferente, que domina la totalidad de nuestra vida. No se puede ser cristiano a trozos, cristiano part-time. ¡El cristiano part-time no sirve! Hay que serlo a tiempo pleno».

Sus palabras ponían el colofón a tres meses de homilías tempraneras y breves en las que ha hablado a más de un millar de empleados del Vaticano, y saludado a cada uno de ellos al terminar la misa.

El Papa ha dicho que «hay tres tipos de cristianos: los pecadores, los corruptos y los santos. Los pecadores somos todos, los corruptos son los que no reconocen su pecado y no quieren cambiar». Ha denunciado con vigor el «carrerismo» de los eclesiásticos y la hipocresía, advirtiendo que «hacen mucho daño a la Iglesia». Es mejor que se vayan. El cambio de actitud está servido.

Fuente: forojuanpabloII