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martes, 20 de agosto de 2013

Quiénes son santos en la Iglesia.


Román Díaz Ayala


Dejábamos la primera parte de nuestras reflexiones con la cuestión abierta de la religiosidad popular, la que se cultiva en el conjunto del pueblo cristiano con el culto a los santos y su consideración de si deberíamos defenderla y ampararla por cuanto esas formas tradicionales que componen nuestra cultura podrían ser auténticas manifestaciones de fe.

Nuestra tesis, sin embargo, es que no debemos ceñirnos al ámbito de la cultura, porque si la Iglesia es un pueblo que va edificándose hasta cumplir su destino mesiánico debemos acercarnos a una fe más auténtica en el Jesús histórico y que no podemos construir en paralelo una élite de “ilustrados en la fe”, negándole al conjunto de los fieles el mensaje liberador de Jesús.

En Jesús el Pueblo de Dios encuentra la revelación de lo que Dios está dispuesto a realizar a favor nuestro. En Dios existe un impulso Creador y Salvador que no nos es lícito separar. Para Jesús, Dios el Padre, (progenitor y autoridad suprema de quién él es su enviado) le ha comisionado la misión de salvar a quienes le pertenecen, por lealtad a la Palabra dada, ya anunciada por los profetas.

Creación y Salvación son los dos aspectos inseparables del impulso amoroso del Padre de Jesús, quien se constituye en su testigo fiel.

Y así lo reflejó en su mensaje: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

La santidad es, por tanto, un valor introducido por Jesús para el Reino de los Cielos y un patrimonio colectivo del nuevo Pueblo de Dios. Los santos y santas son aquellos que “ven a Dios”.

En los años sesenta del siglo pasado, la Iglesia se reunía en Concilio, porque adquiría conciencia de que los creyentes se habían alejado de los caminos de justicia para obrar y caminar junto a los poderes de este mundo, y hacía con esta iniciativa un llamamiento al mundo católico para su reforma. En aquellos momentos no se tenía una información clara de cuánto y hasta qué medida, los poderes del mundo la habían impregnado en si interior, y que la batalla para una purificación y vuelta a los principios del Evangelio sería una labor tan larga y de tanto esfuerzo.

De este modo los católicos y católicas teníamos que bregar con la obsolescencia de un pensamiento tradicional acomodado a la realidad mundana y que no aceptaba los nuevos moldes de la mentalidad moderna, en un mundo secularizante, alejándose del universo religioso.

Luego descubrimos, que no existían meros focos de resistencia a los cambios exigidos, sino un frente en toda regla de quienes se resistían a la conversión de sus costumbres y criterios ajenos al verdadero espíritu del Evangelio, que exigía una mejor limpieza de vida. El “Pacto de las Catacumbas” reflejó el verdadero estado de la cuestión. Pues no se trataba de un nuevo llamamiento a una piedad y austeridad individual (de los individuos aislados) en medio de unas estructuras que se resistían a desaparecer.

Tradicionalmente cultivábamos un ideal de santidad muy posicional junto a una espiritualidad individualista que hacían de la santidad misma un ideal, para un grupo de selectos, y cuya perfección sólo era alcanzable fuera de este mundo, para después de la vida, alimentados por una ascética y una espiritualidad “escapistas” que perdían los anclajes necesarios de la existencia.

La Iglesia hasta el Concilio se podía definir principalmente en términos de sociedad perfecta dentro de una concepción jurídica de la misma con su sistema jerárquico que la fundamentaba. La Iglesia se veía a sí misma una sociedad organizada constituida por el ejercicio de poderes. El papa, en la cúspide, vicario de Cristo, asumiendo los poderes de único legislador de la Iglesia, su juez supremo, y quien la gobierna. Sólo podrán ser santos para la consideración general de la Iglesia, quienes jurídicamente estén declarados santos por su autoridad. El culto a los santos estaba oficializado.

Pero quienes éramos instruidos en una nueva Eclesiología en el Concilio, encontramos, sin embargo, mucha dificultad en consensuar lo tradicional y que quedaba atrás con quienes comprobamos que somos santos y santas quienes vivimos para Dios por pertenecer a Su Pueblo, como un beneficio inherente a la Salvación recibida.

La mentalidad tradicional sale al paso de tal dificultad estableciendo el concepto de santidad en sus aspectos más formales y jurídicos. La cercanía a Dios, y un alejamiento de las realidades mundanas, a las que se considera contaminadas por el pecado, y en la búsqueda de unos hechos objetivos de la santidad que se deben perseguir mediante un esfuerzo meritorio.

Ahondar en estos aspectos haría demasiado complejo el presente trabajo, por lo que señalaremos solamente dos circunstancias. La valoración negativa de la materia frente al espíritu, lo espiritual enfrentado a la material, es un dualismo filosófico que habíamos recibido por la cultura greco-romana; la persona humana constituida por alma y cuerpo. En segundo lugar, una construcción teológica que hace separación entre lo santo y lo profano, apoyada en la mentalidad veterotestamentaria, y superada en Jesús. Esta mentalidad hace a los sacerdotes católicos como los levitas del Antiguo Testamente, con una función de intermediarios y agentes de la divino.

Están más arriba, en un estado formal de perfección. Son “el clero”, la heredad de Dios (que también admite mujeres, pero sólo por la consagración de unos votos de vida)

Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,
Tú, aseguras mi suerte:
Me ha tocado un lote precioso,
Me encanta mi heredad. (Salmo 16,5 y 6)

Una sana teología del laicado, desprendida del Concilio en sus enseñanzas sobre el Pueblo de Dios, la Iglesia, no puede mantener tales valoraciones.

Aquí radica una motivación muy profunda, elevada a problemas de conciencia, por la que inmediatamente después del Concilio se inició un proceso de secularización del clero y vida religiosa católica en todo el mundo. Hombres y mujeres del clero y congregaciones religiosas abandonaban sus roles en la búsqueda de un encaje más adecuado en la comunidad de los creyentes. No era una deserción, sino un camino purificador de la fe. No dejamos de considerar que existieron también otras causas y muchísimas circunstancias personales. Apuntamos tan sólo a lo que pudo ser la raíz que determinó tendencias.

No podemos enjuiciar la cuestión de simplista, porque no se trata de liberar el individualismo inherente a tal concepto tradicional de santidad, que se reservaba para un pequeño número de privilegiados, y ofrecernos ahora a cambio la salvación como un asunto “social”, algo introducido por Jesús en la vida comunitaria de la humanidad entera soslayando que es también una “cuestión personal”, una exigencia de Jesús de un reconocimiento de su Persona y de su Obra.

La santificación no es un asunto de méritos propios, sino “una gracia”, un don recibido de Dios, un efecto de la obra de la Cruz. La enseñanza tradicional de la Iglesia recalcaba su carácter sobrenatural. Y esa gracia que nos da nuestro carácter “santo”, la Iglesia la llama “gracia habitual o santificante” en el catecismo. Tiene el inconveniente de que se nos enseña con las categorías y definiciones de la filosofía escolástica. Algo demasiado abstracto para ser comprendido de forma ordinaria. Pero eso sólo ocurría en el Occidente Latino. En la parte oriental, tanto católicos y ortodoxos lo explican de otra manera. Allí se comprende mejor el poder transformador del obrar de Dios en nuestras personas. La Teología Oriental nos enseña con claridad el poder y la acción del Espíritu de Dios habitándonos.

La Teología tradicional necesita para elaborar estos conceptos de gracia y de santidad, el considerar a Jesús en su imagen divina (unión hipostática permanente, incluso en la Cruz) prescindiendo, o haciendo abstracción de la realidad plenamente humana del crucificado, reprochándole a Dios, su Padre, el abandono. (Mateo 27.46)

Todo el Pueblo de Dios, hombres y mujeres, hemos sido llamados a ser santos, pero sólo a través de la humanidad doliente de Jesús. Merecemos unos mismos tratamientos, pues somos herederos del Cielo, que es el Reino ofrecido por Jesús. Todos vemos, sin exclusión, el rostro de Dios.

Vivimos en la comunión de los santos y santas, edificándonos en el amor.

Fuente: ATRIO

sábado, 6 de julio de 2013

El Papa cree que «no hay que tener miedo de renovar las estructuras de la Iglesia.


El Papa ha defendido la necesidad de renovar las estructuras de la Iglesia Como el herrero que calienta al rojo el hierro antes de empezar a darle forma, el Papa Francisco ha dedicado cuatro meses a preparar el cambio en el Vaticano, empezando por un cambio de actitud, para pasar después a un cambio de personas y, en una tercera fase, a un cambio de estructuras.

Una y otra vez da señales de libertad: al escoger su residencia, al simplificar las ceremonias, al dar su «luz verde» a la canonización de Juan XXIII dispensando del requisito de un segundo milagro, al organizar un viaje relámpago el próximo lunes a la isla de Lampedusa para rezar por los inmigrantes que mueren en el intento de cruzar el Mediterráneo y visitar a los internados en centros de acogida, etc.

JUAN VICENTE BOO EFE

El sábado, en su última misa de las siete de la mañana en la Casa Santa Marta –antes de suspender esos encuentros por dos meses-, el Santo Padre fue rotundo: «En la vida de la Iglesia hay estructuras antiguas, caducas. ¡Es necesario renovarlas!».

Sin miedo a la renovación La renovación forma parte de la esencia de la iglesia, comenzando con la de cada persona al recibir el bautismo: «Es una primera renovación de las estructuras. La Iglesia siempre ha ido adelante así, dejando que el Espíritu Santo renueve las estructuras de la Iglesia. ¡No hay que tener miedo a eso!».

Entre los fieles se contaba un buen grupo de reclutas de la Guardia Suiza, en general poco dados a la innovación y la espontaneidad, que le miraban asombrados.

El Papa subrayó que la Iglesia ha estado renovándose «desde el primer debate teológico sobre si para ser cristiano había que adoptar todas las costumbres judías o no. ¡Y dijeron que no! Los gentiles pueden entrar como lo que son, gentiles».

El peso de la rutina, el formalismo y la burocracia se notan demasiado en el Vaticano. Por eso el Papa invito a pedir a la Virgen «la gracia de no tener miedo a la renovación que realiza el Espíritu Santo, de no tener miedo a dejar caer las estructuras caducas, que nos aprisionan».

«No sepuede ser cristiano a trozos» Como siempre, el Santo Padre ponía en primer lugar la renovación de las personas, insistiendo en que nadie puede decir «yo soy un buen cristiano. Todos los domingos voy a misa desde las 11 al mediodía. Y hago esto y lo otro…como si fuese una colección. La vida cristiana no es un collage, es una totalidad armoniosa y la crea el Espíritu Santo».

Con mucha frecuencia Francisco habla de coherencia, de unidad de vida entre la fe cristiana que se profesa y el modo en que se actúa en el trabajo, la familia y la sociedad. El sábado insistió en que la fe, el encuentro con Jesús, «renueva nuestro corazón y nos lleva a un estilo de vida diferente, que domina la totalidad de nuestra vida. No se puede ser cristiano a trozos, cristiano part-time. ¡El cristiano part-time no sirve! Hay que serlo a tiempo pleno».

Sus palabras ponían el colofón a tres meses de homilías tempraneras y breves en las que ha hablado a más de un millar de empleados del Vaticano, y saludado a cada uno de ellos al terminar la misa.

El Papa ha dicho que «hay tres tipos de cristianos: los pecadores, los corruptos y los santos. Los pecadores somos todos, los corruptos son los que no reconocen su pecado y no quieren cambiar». Ha denunciado con vigor el «carrerismo» de los eclesiásticos y la hipocresía, advirtiendo que «hacen mucho daño a la Iglesia». Es mejor que se vayan. El cambio de actitud está servido.

Fuente: forojuanpabloII

miércoles, 22 de mayo de 2013

No hay santos de izquierdas.




En la tumba del Óscar Arnulfo Romero, en los sótanos de la catedral de San Salvador, se arremolinan unas monjas vestidas de blanco. Su uniforme de fe contrasta con la piedra negra de una tumba protegida por los símbolos de los cuatro evangelios y el báculo del difunto. Un hombre llamado Honorio, que cumplió los 70, es el encargado de dar la bienvenida a los foráneos, narrarles las idas y venidas del cuerpo, que yace en su tercer enterramiento, y los hechos que rodean al arzobispo. Horacio camina con dificultad. Dice que dejó las muletas por milagro del protector de los pobres. Mientras llegan los nuevos prodigios sobrevive de las monedas que recibe.

“En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Esta fue la última homilía completa de monseñor Romero antes de morir asesinado por las balas de la extrema derecha el 24 de marzo en 1980. Los que le mataron se sentían fuertes, impunes; tanto que continuaron matando. Más de 80.000 muertos en la guerra civil. Se firmó la paz. No hubo justicia. Otra transición que se basa en el olvido, en el desprecio de las víctimas.

En la plaza de la catedral va y viene un tráfico denso. Se respira humo. A la derecha, las tiendas de los vendedores, un termómetro de la pobreza. Esa plaza sin apenas gente bajo una solana de justicia. La memoria que viene caliente con Óscar Romero proyecta imágenes de los funerales, de las explosiones y disparos que causaron el pánico y la muerte de nuevos inocentes. De esa memoria vienen las fotos de cientos de zapatos abandonados en la huida.

En el campus de la Universidad Nacional de San Salvador se escucha el último discurso a través de unos altavoces. Los jóvenes se educan en no olvidar los referentes morales en una tierra que vivió horrores y violencias. El nombre de Óscar Romero y su obra sobreviven el paso del tiempo. Más allá de la avenida que le dieron y el respeto que se le profesa en El Salvador.

La presencia en Roma del papa Francisco empuja la esperanza de que este jesuita con sensibilidad social desatasque el proceso de beatificación de un arzobispo que murió denunciando las injusticias.

No hay muchos santos recientes de los pobres, más allá del lejano y célebre Francisco de Asís y otros de menos renombre. Los últimos dos papas optaron por santos conservadores, como los españoles que murieron en la guerra civil. Nada de veleidades con los iconos de la teología de la liberación, con los prelados progresistas, con los que no se callaban.
Romero, y otros como él en Latinoamérica, podrían ser un camino para que la Iglesia católica recupere la prédica entre los más necesitados. Otros esperan reconocimiento, como Ignacio Ellacuría y los otros cinco jesuitas asesinados el 16 de noviembre de 1989, también en El Salvador.

Son asuntos abiertos, pertenecen a la memoria histórica.

Tampoco es beato y mucho menos santo oficial de la iglesia en la que llegó a ser obispo el brasileño Elder Cámara, quien consagró su vida a los pobres, a la denuncia de la injusticia. “Cuando vives rodeado de miseria acabas preñado de ella”, dijo en una entrevista.

Ni Cámara ni Romero tuvieron aliados en el Vaticano. El primero mantuvo sus diferencias con Pablo VI; el segundo con Juan Pablo II, que le pidió prudencia. ¿Qué tipo de prudencia se puede tener ante la injusticia y el asesinato, ante los escuadrones de la muerte?

jueves, 1 de noviembre de 2012

Santas, Santos: Celebración de los Santos.



Conforme a la Convención General de 2009
Iglesia Episcopal

Benditas fiestas de benditos mártires, santas, santos,
con afectuosa conmemoración saludamos nuevamente vuestro retorno.
Dignos logros y maravillas alcanzaron, digno el Nombre que ostentaron;
con melodiosa y adecuada alabanza, por siempre les honramos.

Texto latino del siglo doce,
#238, The Hymnal 1982

Este recurso ha estado en desarrollo desde hace muchos años, y para la Iglesia Episcopal representa una importante adición al calendario de los santos. Podemos estar agradecidos por la amplitud de santa experiencia y sabiduría que brilla en estas páginas. Pueda esa luz iluminar sus vidas y las vidas de aquellos con los que adoran!
—Rvdma. Katharine Jefferts Schori,
Obispa Presidente de la Iglesia Episcopal

Prólogo

En una de las oraciones del Libro de Oración Común leemos: “Dios todopoderoso, que por tu Santo Espíritu nos has hecho uno con tus santos en el cielo y en la tierra: Concede que en nuestro peregrinaje terrenal seamos continuamente sostenidos por esta comunión de amor y oración”. Esta comunión de amor y oración es la comunión de los santos afirmada en el Credo de los Apóstoles.

Con los años, Fiestas Menores y Ayunos ha ayudado a la Iglesia a crecer en el aprecio de esta comunión. Con cada sucesiva Convención General se han añadido más nombres al calendario. Al mismo tiempo, se han planteado nuevas cuestiones en relación con algunas de las biografías, las opciones en su escritura y la composición de las Colectas. Durante mi mandato como Obispo Presidente, solicité a la Comisión Permanente de Liturgia y Música que llevara a cabo un examen y una revisión de Fiestas Menores y Ayunos, y que considerara nuevamente cada entrada en el actual calendario de los santos, junto a cualquier nueva propuesta para las conmemoraciones. Para ello, se estableció un comité de la Comisión. Santas, Santos: Celebración de los Santos es el fruto del minucioso y esmerado trabajo de este comité.

Santas, Santos: Celebración de los Santos se propone ampliar la conciencia cultual de la comunidad respecto a la comunión de los santos, y así mismo procura brindar mayor expresión a las muchas y diversas maneras en que Cristo, a través de la agencia del Espíritu Santo, ha estado presente en la vida de los hombres y las mujeres a lo largo de las edades, tal y como sigue estándolo en nuestros días. Ante circunstancias a menudo muy diferentes a las nuestras, estas almas valientes dieron testimonio de ese amor crístico que desafía a la muerte, en el servicio, en la santidad de vida, y en el desafío a las prácticas y perspectivas predominantes de sus épocas, tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad.

Los hombres y las mujeres que se conmemoran en el Calendario no son, simplemente, ejemplos de fidelidad para inspirarnos: ellos están activos en el amor y en la oración. Ellos son compañeros en el Espíritu capaces de apoyarnos y alentarnos mientras procuramos ser fieles en nuestro día a día.

Una vez más, el Libro de Oración nos invita a orar, diciendo: “Oh Dios, Rey de los santos, alabamos y glorificamos tu santo Nombre por todos tus siervos que han terminado su carrera en tu fe y temor: por la bendita Virgen María; por los santos patriarcas, profetas, apóstoles y mártires; y por todos tus demás siervos justos, tanto conocidos como desconocidos; y te rogamos que nosotros, estimulados por su ejemplo, ayudados por sus oraciones y fortalecidos por su comunión, seamos también partícipes de la herencia de los santos en luz.”

Es mi esperanza que Santas, Santos: Celebración de los Santos, con su ampliación del calendario para conmemoraciones, profundizará y enriquecerá la conciencia y la apreciación de nuestras congregaciones sobre la libertad del Espíritu Santo para morar en la vida humana y para hacerla revelación del amor reconciliador de Cristo.

Frank T. Griswold
Vigésimo quinto obispo presidente

Prefacio

“Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercicio y preparación de los que aún han de combatir”
(Martirio de Policarpo, obispo de Esmirna, A.D.156)

Desde sus inicios la Iglesia se alegra en reconocer y conmemorar a los fieles difuntos que siguiendo el ejemplo de su Salvador Jesucristo fueron extraordinarios o incluso heroicos servidores de Dios y de su pueblo. Por medio de este reconocimiento y conmemoración, sus devotos ministerios perduran en el Espíritu, así como su ejemplo y compañerismo continúan alimentando a la Iglesia que peregrina en su camino hacia Dios.

Santas, Santos: Celebrando a los Santos marca una nueva etapa en la recuperación dentro de la Iglesia Episcopal de la conmemoración litúrgica de los santos.

El primer Libro de Oración Común Inglés (1549) conserva un pequeño número de las muchas fiestas que aparecen en el calendario del Misal de Sarum. Todas, excepto una de estas fiestas, fueron importantes días festivos directamente relacionados con el Nuevo Testamento; es decir, sin la inclusión de santos post-bíblicosEl Libro de Oración de 1662, usado por los anglicanos que vivieron en las colonias americanas en las décadas anteriores a la independencia, exhibe en su calendario los nombres de sesenta y siete santos, pero sin ninguna provisión para su conmemoración litúrgica.

El primer Libro de Oración Común de América (1789) no incluye en su calendario días santos menores (fiestas menores), y este continúa siendo el caso en los libros de oración de 1892 y 1928.

Sólo en 1964 la situación cambia. En ese año la Convención General aprobó la inclusión en el calendario de más de un centenar de días santos con propios litúrgicos para facilitar su celebración en la adoración de la Iglesia. Desde entonces, el número de santos que figuran en el calendario ha ido aumentando gradualmente, y como consecuencia, Fiestas Menores y Ayunos ha sido revisado cada tres años para tomar en consideración estas adiciones.

En el año 2003 la Convención General pidió una revisión amplia de Fiestas Menores y Ayunos, una revisión lo suficientemente amplia como "para reflejar nuestra conciencia cada vez mayor del ministerio de todo el pueblo de Dios y de la diversidad cultural de la Iglesia Episcopal, de toda la Comunión Anglicana, de nuestros socios ecuménicos, y de nuestra experiencia viva de la santidad en las comunidades locales". Varios años de extenso estudio y consulta conducen a la presentación de Santas, Santos: Celebración de los Santos, que fue aprobado para su uso experimental por la Convención General en Julio de 2009. Ninguna de las conmemoraciones que figuran en las Fiestas Menores y Ayunos han sido omitidas, y poco más de un centenar de nuevas conmemoraciones se han añadido (casi idéntico al número agregado en 1964).

El autor de la Carta a los Hebreos escribe: “Por lo tanto, ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb.12:1-2a). El grandemente enriquecido Calendario contenido entre estas páginas aporta la realidad de carne y sangre a esa gran multitud de testigos que no está restringida al estatus de ordenación, denominación, género, cultura, o vocación profesional. Cuanto más fielmente es observado este calendario, más íntimamente seremos introducidos a una extraordinaria variedad de hombres y mujeres quienes, al igual que nosotros, fueron creados por el Padre, bautizados en el Hijo, y empoderados por el Espíritu para el ministerio en los más diversos contextos y circunstancias.

En estos santos no encontramos modelos de perfección absoluta, sino a hombres y mujeres cuyas vidas, con todas sus diversidades de dones y gracias, fueron reformadas por la actividad redentora de Dios. Puede que nos anime darnos cuenta que a pesar de sus deficiencias y las nuestras, todos somos por igual pecadores redimidos llamados a ser santos, aquellos en quienes la palabra de Cristo resucitado a san Pablo tiene su cumplimiento: “Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad” (2 Cor. 12:9).

Las fiestas menores que figuran en Santas, Santos: Celebración de los santosson recomendadas  para la observancia opcional y no se pretende en modo alguno que vayan en detrimento de la primacía del domingo y la celebración de los principales días santos.

Para contribuir con la conmemoración litúrgica de estos días santos, se ha provisto de una colecta acompañada de tres lecturas bíblicas, en caso de ser requeridas para una celebración eucarística completa. Se ha sugerido un prefacio apropiado, y así mismo se ha proporcionado una biografía de la persona o personas conmemorada(s).

En algunas ocasiones son conmemoradas dos o más personas en forma conjunta y por lo tanto comparten el mismo propio; en otras ocasiones se producen dos conmemoraciones separadas en el mismo día y cada una tiene un propio en particular. La decisión deberá ser tomadas en cada comunidad de fieles respecto a cuál de las dos conmemoraciones observar en ese día de un año determinado.

Asimismo, han sido aprobados por la Convención General comunes adicionales que se encuentran incluidos aquí.
Como en pasadas ediciones de Fiestas Menores y Ayunos, este volumen contiene Lecturas y Salmos para los días de las estaciones de Adviento, Navidad (hasta el Bautismo de Cristo), Cuaresma y Pascua. Igualmente, se incluye un leccionario eucarístico de seis semanas y uno de dos años para los días de entresemana.

Se tiene una deuda de agradecimiento para con las muchas personas que dieron forma al Calendario, componiendo las Colectas, seleccionado las Lecturas y escribiendo las biografías contenidas en Santas, Santos: Celebración de los santos. Su devoto trabajo durante varios años es enormemente apreciado.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Papa Ratzinger: bajo la lupa.


Bernardo Barranco V. / La Jornada 09/11/2011


Los vaticanistas Andrea Tornielli y Paolo Rodari publicaron en Roma, en agosto de 2010, el libro Attacco a Ratzinger. Accuse e scandali, profezie e complotti contro Benedetto XVI, que editorial Planeta tradujo con un nuevo título que resume la actitud de los autores: En defensa del Papa. En poco menos de 400 páginas, los vaticanistas abordan los principales episodios críticos del pontificado de Benedicto XVI. Desde su cátedra en la Universidad de Ratisbona, donde lamenta la violencia genética del Islam; el perdón a los obispos lefebvrianos que termina abortando; la crisis diplomática con los países europeos por las declaraciones del Papa sobre el preservativo en su primer viaje a África; el terrible manejo de los abominables casos de pedofilia, el tratamiento del caso Maciel y del cardenal austriaco Groër, abusador de seminaristas, o la reinterpretación de las profecías marianas de Fátima y Civitavecchia. Aunque en la introducción los autores tratan de deslindarse del enfoque del complot internacional por odio contra el papa Ratzinger, ése es el centro de la defensa de un pontífice contestado y golpeado duramente por la opinión pública mundial y por los polos progresistas y ultraconservadores de la propia Iglesia.
En el libro se narran periodísticamente las denuncias, los escándalos, conspiraciones y profecías contra Benedicto XVI. Más que análisis o enfoques sociológicos sobre las desventuras del Papa, Rodari y Tornielli narran sistemáticamente los episodios. Los autores se preguntan por qué se ha querido anestesiar el mensaje de Benedicto XVI, tachándolo de Papa retrógrado. Sin embargo, dicen los autores en la introducción, se olvidan sus esfuerzos en grandes temas como la pobreza, la globalización o la familia. Así como sus duras palabras contra el capitalismo salvaje o la invitación a la caridad y la fraternidad. ¿Se puede afirmar que existe una estrategia orquestada detrás de cada uno de estos ataques? ¿O más bien es consecuencia de una ausencia de dirección y de estrategia comunicativa de la gente más próxima al pontífice? ¿Este ataque tiene su origen sólo fuera de la Iglesia o nace también en el interior de los ambientes eclesiales? Ante el mundo entero, especialmente el año 2010, la Iglesia ha ido de un escándalo a otro, destacando los casos de pederastia que han llenado las páginas de los principales periódicos de todo el mundo. Los autores tienen un punto de partida que no lo reconocen abiertamente : hay una estrategia para lanzar el mayor descrédito a la Iglesia y el papado en particular. El objetivo, dentro y fuera de los círculos de la Iglesia, parece ser sólo Joseph Ratzinger, a quien no perdonan ser la mayor tutela de la fe y la tradición. Así, el libro tiene un guión, que analiza las diferentes tormentas en tres instancias: a) los errores de comunicación de la Santa Sede; b) la agresiva prensa secular que está permanentemente a la caza de los errores del pontificado, y c) el papel esencial de los católicos hostiles a Benedicto XVI que hacen coro y hasta apoyan las agresiones. Criticar el manejo mediático y las torpezas de la oficina de prensa de la Santa Sede es poco ético por parte del vaticanista Andrea Tornielli, ya que insistentemente se ha rumorado en los pasillos de Roma que él precisamente ocuparía la plaza del atormentado jesuita Federico Lombardi.
El libro no aporta nada nuevo ni tiene una verdadera defensa de un pontificado zarandeado por su terquedad de enarbolar un absolutismo ético y teológico frente a un mundo que cambia y que rebasa vertiginosamente las verdades adquiridas. El libro también responde a una serie de textos críticos e investigaciones documentales que ponen en evidencia la grave crisis por la que atraviesa la estructura y la cúpula vaticana. Traemos a colación el estupendo trabajo de Jason Berry, Render unto Rome, que hace unos meses fue publicado en Nueva York por Crown Publishers, en torno a los escándalos de abuso sexual y su impacto demoledor en las diócesis estadunidenses. El autor rastrea la utilización de recursos financieros para la indemnización de las víctimas, permite a Berry descubrir los mecanismos, la riqueza y la manera en que se administran los recursos en la Iglesia católica. El libro describe el funcionamiento legal y financiero de los fondos de la Iglesia, en Estados Unidos y la Santa Sede; se pone de manifiesto la evidente opacidad de la jerarquía católica para el manejo del dinero, en especial de los donativos. Devela altos niveles de corrupción, especialmente en las altas esferas de la curia romana. El libro relata en particular la actuación corrosiva de Marcial Maciel, fundador de los legionarios de Cristo, quien además de ser un excepcional recaudador de fondos fue un gran corruptor de la curia para convertirla en cómplice y principal encubridora. Documenta negocios encubiertos de familiares cercanos a Angelo Sodano, secretario de Estado de Juan Pablo II, y la propia Iglesia. Fraudes detectados por la FBI. Por supuesto, Jason Berry también documenta la entrada en escena de Maciel, el señor de la prosperidad, quien desde 1947, cuando pretendió conocer al papa Pío XII, Marcial Maciel irrumpe en Roma con una actitud corruptora; llegó con un sobre de 10 mil dólares, una fortuna para la época, para poder acceder al pontífice. El dictamen es claro: la crisis del caso Maciel es al mismo tiempo la crisis de la propia curia romana. Por ello su solución se ha venido dosificando casi por goteo. Porque el actuar de los legionarios, en particular de Maciel, se hace con prácticas de corrupción, ocultamiento y complicidad delictuosa con actores centrales de la cúpula del Vaticano, al que por cierto no escapa el propio Benedicto XVI.
Dos lecturas del Vaticano; dos posturas político religiosas en juego y dos narrativas periodísticas.

Fuente: Chacatorex