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miércoles, 20 de agosto de 2014

Una religión del corazón en la transparencia de la fe.


Román Díaz Ayala

Estableciendo la tesis de que toda doctrina se construye sobre un conjunto de creencias, el concepto se hace válido para la religión, la política, las ideologías, y está en todas las formas y modos del pensamiento en el conjunto social.

La religión tiene evidentemente una factura humana y las creencias con que se sustenta, un sello creador inconfundible. Nuestros cristianismos, en todas sus ramas doctrinales, no se diferencian de otras religiones de hoy o que haya habido a lo largo de la existencia humana.

Una religión organizada supone un intento colectivo de dar una explicación fuera de los elementos humanos y la búsqueda de respuestas a los interrogantes de la existencia. La divinidad es la necesidad de cubrir ese vacío como el aire tiene la tendencia a ocuparlo en la naturaleza.

Dios fue concebido así como el aire vital, o tal vez, un poco más allá, siendo el causante o hacedor de tal fluido que llena los pulmones dándonos la vida. Y si por causa de ello tenemos existencia, la religación se hace presente con aquellas formas de piedad que apelan a lo divino.

Con el Renacimiento se hizo patente que la Europa medieval había iniciado un largo camino hacia la racionalidad en lo cultural y científico, abarcando la filosofía y la teología. Se buscaba poder encontrar en el trasfondo de las creencias las intuiciones profundas del espíritu humano en un nuevo humanismo, como una impronta que enseguida se demostraba a partir del momento de nacer. Fue la época de la concreción de las creencias escindiendo la uniformidad de pensamiento y luego la búsqueda de otras fuentes de verdad. La fe en la razón fue convertida en otra creencia en sustitución a la divinidad.

En pleno siglo XX la Modernidad evidenció su crisis en los planteamientos no resueltos en los planos emocionales y de configuración del pensamiento. La crisis se extendió por el momento posmoderno hasta hoy envuelta en sus contradicciones y en los nuevos conflictos.

“Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Del Evangelio de San Juan)

Sin temor a equivocación podemos decir que Jesús afrontó la religión y sus creencias situando tal fenómeno de manera distinta a como lo suelen hacer expertos y especialistas de las ciencias y de la fe.

Cierto que la religión de Israel, y su configuración judeo-cristiana, fue la gran contribución al patrimonio cultural universal. Iniciado con una pequeña agrupación de tribus semitas en las periferias de los grandes centros de civilizaciones del Fértil Creciente y el Mediterráneo, con su culto al Dios único y creador de todo, quien intervenía irrumpiendo de forma salvadora estableciendo sus designios en la historia humana.

Jesús se presentó públicamente como el sí a tales pretensiones históricas de su pueblo. Era la común fe religiosa de judíos y samaritanos. Sentados junto al pozo de Jacob, la mujer escuchaba las palabras del rabino llegado de Jerusalén que anunciaba lo antiguo de forma interpretativamente nueva.

Existió una honda corriente profética anunciadora de una auténtica piedad alejada de ritualismos estériles. El monoteísmo y la espera de salvación precisaban de una conducta moral. La santidad de Dios pone de manifiesto y evidencia las impurezas humanas, porque el pecado, y no la ignorancia, hace separación entre la humanidad y el Creador.

Jesús, constituido rabino, maestro de Israel, nos plantea una Nueva Alianza exigente con una religión interior, del corazón, que prescinde o trasciende sobre todas nuestras creencias vitales y actitudes rituales. No se trata de creer en el Templo o en el monte, porque Dios habita dentro de nosotros los humanos y busca hacerlo de una manera nueva divinizándonos para el culto verdadero.

Para plantearnos este tema de una manera seria precisamos descubrir si nuestra búsqueda consiste en llegar a sentirnos cómodo en nuestra propia religión abundando en nuestros pensamientos en la sustitución de algunas formas de relaciones o de creencias. Por el contrario podríamos comprender que en el mensaje de Jesús persiste un algo nuevo, un plus indicador de que es Dios realmente quien se está poniendo en contacto con la humanidad, con cada ser humano tras el anuncio de la Buena Nueva.

Deriva, entonces, una pregunta crucial: ¿Es el mensaje o, la persona de Jesús, lo definitivo? ¿Un hombre que dice cosas estupendas, o la persona estupenda que me pone en comunicación con Dios?

Volvamos a esa intuición profunda con que hemos hecho un intento de definición de fe a diferencia de creencia. Cuando Jesús hablaba con las gentes según se desprende de los textos evangélicos las cosas solían quedar en tablas en la aceptación o el rechazo. Eran momentos o situaciones en que los intervinientes experimentaban el gran poder de Dios en las palabras de Jesús o en sus acciones produciendo el milagro de la conversión, que es la presencia activa y manifiesta de la fe.

Podemos concluir que la fe se vigoriza cuando descubrimos en la persona de Jesús al Dios que salva, que se hace presente, que indica el medio para llegar hasta Él y permanecer en su presencia, en una nueva relación superadora de nuestras personales creencias.

Fuente: ATRIO

domingo, 22 de junio de 2014

La fe es una relación.


Román Díaz Ayala

Los grandes profetas del Antiguo Testamento nos enseñaron con el testimonio de sus vidas que guardaban una estrecha relación con Yahvé. Un Elías celoso se enfrentó a los profetas de Baal e incitó las iras del pueblo sobre ellos. Luego, asustado por la carga de su conciencia ante la responsabilidad de aquellos hechos, huyó y se escondió. Sólo pudo retornar a él la voz de Dios cuando hubo comprendido que el Espíritu de Yahvé se encierra en un apacible silbo suave lejos de toda violencia. Aquel episodio y otros fueron pequeños retazos que rasgaban la atmósfera cruenta y un tanto bárbara de aquel estadio histórico para que la revelación del auténtico carácter de divino fuese conocida junto con sus designios.

Para Jeremías, una vida larga de profeta envuelta en aflicciones y persecuciones, la causa de Yahvé lo comprendía todo hasta permanecer soltero (Jer. 16,2). Su vida estéril será el símbolo de la fe sin fruto del pueblo escogido. Sin embargo conoció la tierna compasión divina después de una vida llena de amonestaciones y predicciones de castigo. Partícipe de todos los males sobrevenidos sobre sus compatriotas, sus crisis interiores le prepararon para anunciar la buena noticia de la restauración. Alma tierna, desgarrado interiormente, su oración fue un constante grito de dolor: “¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?”(Jer. 20,18)

La religión de Yahvé es la religión del corazón en un trato personal con Dios, pues se digna venir a habitar en el interior del ser humano:

“Van a llegar días –oráculo de Yahvé– en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos –oráculo de Yahvé–. Sino que ésta será la alianza que yo pacté con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo de Yahvé–: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: “Conoced a Yahvé”, pues todos ellos me conocerán, del más chico al más grande–oráculo de Yahvé–, cuando perdone su culpa y de su pecado no vuelva a acordarme”.

Con Oseas la relación de Dios con su pueblo tenía el fuerte simbolismo de una vida marital, con las tristes circunstancias de que la esposa se había mostrado infiel. Un esposo celoso que fustiga a la amada para recuperarla de sus amoríos y devolverle los goces de un primer amor. No la ausencia de fe en los aspectos formalmente intelectuales de la religión, sino la idolatría del corazón la causante de las infidelidades.

Ese Dios íntimo es de andar por casa, en una relación que lo comparte todo hablando y comunicándose con la elocuencia del silencio, de la ausencia presente, de un esconderse para el juego amoroso de la búsqueda.

Tiene sin embargo la certeza de que Jesús nos llamó con fuerza desde el amor de su Padre y de que jamás podremos encontrar otro amor tan grande. Vivimos en el misterio de la Piedad gozando de la compañía de personas que nos aman y a quienes amamos entrañablemente. Ese vivir tan intensamente el amor humano nos hace comprender mejor la naturaleza del amor divino. Quien no ama no conoce a Dios, ya sea dentro de una relación matrimonial, o en el seno de la comunidad eclesial. Nuestra vida cristiana está atravesada por el amor de Dios, por lo que nuestra respuesta más acertada conlleva una rendición incondicional a Él.

La santidad como resultante de esta fe en Dios, de rendición, es una adquisición de todo el Pueblo de Dios, gratuita, cuando no hemos dado nada a cambio. Ésa es la obra de Jesús en la Cruz. Somos propiedad de Dios. “Con amor eterno yo te amé, desde el seno de tu madre te escogí”. La vida de oración nace no del culto a la divinidad, propio de la religión, sino de la convivencia consciente con el Dios viviente que se nos hace presente. A veces confundimos oración con rezos y éstos últimos con culto. No necesitamos elevarnos, ni buscar en lugares desapercibidos o casi inaccesibles, sino corresponder a su presencia. A veces podemos responder con el silencio en medio de un sentimiento respetuoso, que predispone a la escucha.

En la juventud el amor se muestra igual que una desbordante primavera haciéndolo todo fácil, incluso la hipoteca de una vida (“hasta que la muerte nos separe”)

¡La voz de mi amado!
Miradlo aquí llega,
saltando por montes,
brincando por lomas
Mi amado es mío y yo de mi amado,
que pasta entre azucenas. (Cantar de los Cantares)

Tras el Concilio, el Pueblo de Dios aprendió a ser contemplativo en medio de la vida de la gente, en una hermandad universal, rompiendo así ese dilema artificial entre una entrega en la acción o la búsqueda del silencio y las soledades del mundo para el encuentro del Amado. Hemos aprendido a discernir de mejor forma el Cuerpo de Cristo ( 1ª Corintios 11,29).

Fuente: Atrio

viernes, 14 de marzo de 2014

El diálogo no tiene por qué ser una tertulia.


Román Díaz Ayala


Toda conversación entre dos o más personas, aunque ello se haga por escrito, entraña necesariamente un intercambio de ideas, un toma y daca de informaciones, que motivan muchas veces sentirse enriquecidos, estar en la posesión de algo nuevo, para el espíritu o para la conducción de la propia vida.

El diálogo es un valor cultural en los usos del lenguaje que tiene unos añadidos propios que lo identifican y lo hacen distinto a cuantas tertulias de personas allegadas o de un público concurrente en espacios físicos o medios de comunicación. Una tertulia no es un diálogo como no toda conversación goza de fines edificantes.

Estamos acostumbrados a reconocer que cuantos debates se desarrollan en, digamos por ejemplo, las televisiones públicas, carecen de las mínimas condiciones para el diálogo.

Las sociedades rurales y en general en toda cultura oral, se disfruta mucho de las conversaciones llenando los ratos de ocio y de encuentros sociales. También depende de las edades de los intervinientes. Impedidos para muchas cosas, las personas maduras somos más dados a la conversación como forma de “pasar el rato”, que las generaciones más jóvenes.

Donde hay dos o tres cubanos juntos siempre hay una larga conversación, lo cual es una estampa habitual del pueblo cubano. Existen pueblos conversadores. Pero lo mismo ocurre en nuestros parques y jardines públicos concurridos por personas jubiladas.

Corremos el peligro de emplear los actuales medios de la técnica para convertir la red en un foro continuo de intercambio de frases. Mi mujer, sin dejar el bastidor donde trabaja hace frecuente visitas con la vista a su móvil recibiendo y mandando mensajes a nuestros hijos y nueras. Es una comunidad de intercambios. Y en la red no es tanta la información que recibimos, como la que producimos en forma de mensajes, donde lo virtual sustituye a lo personal.

Atrio, de vez en vez, se ve saturada y no por la continua presencia de unas mismas personas, sino porque olvidamos (entono mi mea culpa) que este lugar de encuentro ha sido concebido casi única y especialmente para promover el diálogo, que ha sido sistemáticamente retirado de todos los foros institucionales, públicos y privados. Pues lo que mejor lo define es en sí la búsqueda de un consenso. El debate y el diálogo se hacen incompatibles por lo que tiene el primero de contienda, lucha o combate, sin ánimo de la honesta búsqueda de la verdad.

Antonio Duato señalaba, no sin extrañeza, de que aquí, en nuestro foro, también se estuvieran reflejando diferentes maneras de ver unos mismos hechos a propósito de los sucesos venezolanos, sin lugar a un esclarecimiento de las circunstancias envueltas; cuánto más, añado yo, en los espacios que nos empleamos para enjuiciar, si se trata nuestras experiencias religiosas.

Quizás alguien concluya que nos está faltando base humana, o que hacemos manifestación palpable de nuestra carencia cultural, al menos algún interviniente donde yo me incluyo. Puede ser, pero me permito apuntar a otras causas menos genéricas.

Debemos hacer una distinción lo más clarificadora posible de los hechos de experiencias como fuentes de verdad, y aparte luego la construcción ideológica con la cual conformamos nuestros pensamientos. Lo primero son los ojos, los órganos necesarios y lo segundo son las gafas, dioptrías y colores elegidos, para su interpretación. El principio de realidad que nos da la experiencia ha de imponerse a nuestras interpretaciones. Así la interpretación será siempre una experiencia secundaria.

Lo segundo que quiero añadir, y aquí termino para no alargar demasiado el tema, consiste en que la doctrina sobre el diálogo partía de unas argumentos lógicos sobre una realidad que se vivía a partir de la última gran guerra en un mundo que se configuraba distinto, y cuya imagen se quebró con la revolución cultural del 68 (con el Mayo Francés) que hizo añicos los supuestos de todos los analistas. En España, nos beneficiamos, parcialmente, al final de la dictadura, porque todos nuestros esfuerzos se centraban en retornar a la Modernidad, y nuestro calendario histórico sufría un retraso de casi cuarenta años.

Fuente: Atrio

martes, 20 de agosto de 2013

Quiénes son santos en la Iglesia.


Román Díaz Ayala


Dejábamos la primera parte de nuestras reflexiones con la cuestión abierta de la religiosidad popular, la que se cultiva en el conjunto del pueblo cristiano con el culto a los santos y su consideración de si deberíamos defenderla y ampararla por cuanto esas formas tradicionales que componen nuestra cultura podrían ser auténticas manifestaciones de fe.

Nuestra tesis, sin embargo, es que no debemos ceñirnos al ámbito de la cultura, porque si la Iglesia es un pueblo que va edificándose hasta cumplir su destino mesiánico debemos acercarnos a una fe más auténtica en el Jesús histórico y que no podemos construir en paralelo una élite de “ilustrados en la fe”, negándole al conjunto de los fieles el mensaje liberador de Jesús.

En Jesús el Pueblo de Dios encuentra la revelación de lo que Dios está dispuesto a realizar a favor nuestro. En Dios existe un impulso Creador y Salvador que no nos es lícito separar. Para Jesús, Dios el Padre, (progenitor y autoridad suprema de quién él es su enviado) le ha comisionado la misión de salvar a quienes le pertenecen, por lealtad a la Palabra dada, ya anunciada por los profetas.

Creación y Salvación son los dos aspectos inseparables del impulso amoroso del Padre de Jesús, quien se constituye en su testigo fiel.

Y así lo reflejó en su mensaje: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

La santidad es, por tanto, un valor introducido por Jesús para el Reino de los Cielos y un patrimonio colectivo del nuevo Pueblo de Dios. Los santos y santas son aquellos que “ven a Dios”.

En los años sesenta del siglo pasado, la Iglesia se reunía en Concilio, porque adquiría conciencia de que los creyentes se habían alejado de los caminos de justicia para obrar y caminar junto a los poderes de este mundo, y hacía con esta iniciativa un llamamiento al mundo católico para su reforma. En aquellos momentos no se tenía una información clara de cuánto y hasta qué medida, los poderes del mundo la habían impregnado en si interior, y que la batalla para una purificación y vuelta a los principios del Evangelio sería una labor tan larga y de tanto esfuerzo.

De este modo los católicos y católicas teníamos que bregar con la obsolescencia de un pensamiento tradicional acomodado a la realidad mundana y que no aceptaba los nuevos moldes de la mentalidad moderna, en un mundo secularizante, alejándose del universo religioso.

Luego descubrimos, que no existían meros focos de resistencia a los cambios exigidos, sino un frente en toda regla de quienes se resistían a la conversión de sus costumbres y criterios ajenos al verdadero espíritu del Evangelio, que exigía una mejor limpieza de vida. El “Pacto de las Catacumbas” reflejó el verdadero estado de la cuestión. Pues no se trataba de un nuevo llamamiento a una piedad y austeridad individual (de los individuos aislados) en medio de unas estructuras que se resistían a desaparecer.

Tradicionalmente cultivábamos un ideal de santidad muy posicional junto a una espiritualidad individualista que hacían de la santidad misma un ideal, para un grupo de selectos, y cuya perfección sólo era alcanzable fuera de este mundo, para después de la vida, alimentados por una ascética y una espiritualidad “escapistas” que perdían los anclajes necesarios de la existencia.

La Iglesia hasta el Concilio se podía definir principalmente en términos de sociedad perfecta dentro de una concepción jurídica de la misma con su sistema jerárquico que la fundamentaba. La Iglesia se veía a sí misma una sociedad organizada constituida por el ejercicio de poderes. El papa, en la cúspide, vicario de Cristo, asumiendo los poderes de único legislador de la Iglesia, su juez supremo, y quien la gobierna. Sólo podrán ser santos para la consideración general de la Iglesia, quienes jurídicamente estén declarados santos por su autoridad. El culto a los santos estaba oficializado.

Pero quienes éramos instruidos en una nueva Eclesiología en el Concilio, encontramos, sin embargo, mucha dificultad en consensuar lo tradicional y que quedaba atrás con quienes comprobamos que somos santos y santas quienes vivimos para Dios por pertenecer a Su Pueblo, como un beneficio inherente a la Salvación recibida.

La mentalidad tradicional sale al paso de tal dificultad estableciendo el concepto de santidad en sus aspectos más formales y jurídicos. La cercanía a Dios, y un alejamiento de las realidades mundanas, a las que se considera contaminadas por el pecado, y en la búsqueda de unos hechos objetivos de la santidad que se deben perseguir mediante un esfuerzo meritorio.

Ahondar en estos aspectos haría demasiado complejo el presente trabajo, por lo que señalaremos solamente dos circunstancias. La valoración negativa de la materia frente al espíritu, lo espiritual enfrentado a la material, es un dualismo filosófico que habíamos recibido por la cultura greco-romana; la persona humana constituida por alma y cuerpo. En segundo lugar, una construcción teológica que hace separación entre lo santo y lo profano, apoyada en la mentalidad veterotestamentaria, y superada en Jesús. Esta mentalidad hace a los sacerdotes católicos como los levitas del Antiguo Testamente, con una función de intermediarios y agentes de la divino.

Están más arriba, en un estado formal de perfección. Son “el clero”, la heredad de Dios (que también admite mujeres, pero sólo por la consagración de unos votos de vida)

Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,
Tú, aseguras mi suerte:
Me ha tocado un lote precioso,
Me encanta mi heredad. (Salmo 16,5 y 6)

Una sana teología del laicado, desprendida del Concilio en sus enseñanzas sobre el Pueblo de Dios, la Iglesia, no puede mantener tales valoraciones.

Aquí radica una motivación muy profunda, elevada a problemas de conciencia, por la que inmediatamente después del Concilio se inició un proceso de secularización del clero y vida religiosa católica en todo el mundo. Hombres y mujeres del clero y congregaciones religiosas abandonaban sus roles en la búsqueda de un encaje más adecuado en la comunidad de los creyentes. No era una deserción, sino un camino purificador de la fe. No dejamos de considerar que existieron también otras causas y muchísimas circunstancias personales. Apuntamos tan sólo a lo que pudo ser la raíz que determinó tendencias.

No podemos enjuiciar la cuestión de simplista, porque no se trata de liberar el individualismo inherente a tal concepto tradicional de santidad, que se reservaba para un pequeño número de privilegiados, y ofrecernos ahora a cambio la salvación como un asunto “social”, algo introducido por Jesús en la vida comunitaria de la humanidad entera soslayando que es también una “cuestión personal”, una exigencia de Jesús de un reconocimiento de su Persona y de su Obra.

La santificación no es un asunto de méritos propios, sino “una gracia”, un don recibido de Dios, un efecto de la obra de la Cruz. La enseñanza tradicional de la Iglesia recalcaba su carácter sobrenatural. Y esa gracia que nos da nuestro carácter “santo”, la Iglesia la llama “gracia habitual o santificante” en el catecismo. Tiene el inconveniente de que se nos enseña con las categorías y definiciones de la filosofía escolástica. Algo demasiado abstracto para ser comprendido de forma ordinaria. Pero eso sólo ocurría en el Occidente Latino. En la parte oriental, tanto católicos y ortodoxos lo explican de otra manera. Allí se comprende mejor el poder transformador del obrar de Dios en nuestras personas. La Teología Oriental nos enseña con claridad el poder y la acción del Espíritu de Dios habitándonos.

La Teología tradicional necesita para elaborar estos conceptos de gracia y de santidad, el considerar a Jesús en su imagen divina (unión hipostática permanente, incluso en la Cruz) prescindiendo, o haciendo abstracción de la realidad plenamente humana del crucificado, reprochándole a Dios, su Padre, el abandono. (Mateo 27.46)

Todo el Pueblo de Dios, hombres y mujeres, hemos sido llamados a ser santos, pero sólo a través de la humanidad doliente de Jesús. Merecemos unos mismos tratamientos, pues somos herederos del Cielo, que es el Reino ofrecido por Jesús. Todos vemos, sin exclusión, el rostro de Dios.

Vivimos en la comunión de los santos y santas, edificándonos en el amor.

Fuente: ATRIO

miércoles, 10 de julio de 2013

Ética cristiana, norma de fe o valor cultural.


Román Díaz Ayala

Una década completa nos separa ya del pasado siglo XX, sin que al parecer hayamos podido resolver los problemas que como reto nos dio en herencia a partir de noviembre de 1989 tras la caída del muro de Berlín.

Cunde un pesimismo generalizado y envuelto en una gran depresión económica que sacude a casi toda Europa, especialmente a los países del sur. El Sistema Económico Occidental, ya hegemónico para todo el globo, ha sufrido una crisis generalizada a partir de la crisis financiera y bancaria de 2008, a la cual los distintos países y áreas económicas han ido poniendo remedio con más o menos eficacia, salvo en la Unión Europea, donde se aplican recetas al más puro estilo neoliberal, ya ensayado en otras áreas económicas.

El Papado –que en la figura de un nuevo papa de nombre Francisco se duplica con el papa dimisionario, Benedicto XVI, quien permanece huésped del Vaticano– está sufriendo una crisis de autoridad a la que se intenta poner remedio mediante la reforma de la Curia Vaticana.

La sociedad actual es hija y continuadora de la Sociedad de consumo nacida tras la Segunda Guerra Mundial, trasformada por otra nueva ola de revolución tecnológica y digital, que ha hecho posible una mayor e inédita concentración de poder económico en manos de unos pocos, a lo que llamamos “los mercados de capitales”. A quienes se someten los Estados, los Organismos e Instituciones internacionales, y otros estamentos rectores de la sociedad, por ejemplo la clase intelectual, los centros de investigación y de formación del pensamiento.

¿Nos hace falta realmente una ética cristiana? ¿Cómo situaríamos, entonces a la sociedad civil? ¿Dentro o fuera de tal ética?

A cada respuesta que demos a las cuestiones de fondo y a los temas particulares surgirán nuevas preguntas que exigirán inmediatas respuestas a su vez.

Luego, está la cuestión de que estamos pasando por una situación de cambios tan profundos, hacia un nuevo paradigma histórico, que darán un carácter de provisionalidad a todo lo que intentemos dar carácter de firme y definitivo. Necesitamos un método más seguro y alejado de la casuística, basado en la reflexión sobre unos principios que ahonden en la conciencia y en el valor humano más que en el empirismo y la experimentación.

Y en ese campo, los creyentes estamos mejor armados para defendernos de la crisis. Jesús puso al ser humano en el centro frente a la Ley en una correcta posición ante Dios.

Jesús asumió la misión de restablecer un fundamento firme y seguro de la Ley, que la cultura hebrea había adulterado. Mediante su Mandamiento, nos proporcionó una nueva mirada para examinarnos a nosotros mismos y escrutar el mundo.

En ese sentido podemos decir que la ética cristiana tiene un valor instrumental, proporcionado por la revelación de Dios en Jesús y que es válido para los creyentes.

Y lo que es más importante; Jesús nos ha proporcionado los medios suficientes para combatir el mal, el nuestro personal e instalado de las estructuras sociales.

Pero no abandonemos el plano natural. Con la ética se ha hecho ciencia, filosofía, en busca de las reglas y leyes de la conducta humana. La filosofía desde siempre se viene ocupando de los principios de la ética, y hasta su configuración más normativa ha sustentado el Derecho.

Los animales nacen prácticamente perfectos haciendo la naturaleza que sus vidas estés regidas por el instinto, pero la experiencia humana nos deja al desnudo, cuando nos investigamos en todo lo que concierne a nuestra voluntad y a nuestra conducta, ya sea de forma individual o en sociedad.

Los humanos nos preguntamos siempre de forma muy inquisitiva qué significado le damos a nuestra actividad. Tratamos de determinar el bien y el mal, las situaciones de justicia o de injusto proceder.

Tenemos que recurrir muchas veces a la experiencia histórica para descubrir que en la especie humana la evolución saltó un grado para convertirla en el único ser natural conocido que se ha hecho artífice de su propia evolución a través de la cultura y su trasmisión como un legado a las siguientes generaciones. Y sin embargo podemos igualmente señalar que el ser humano más antiguo del cual se tengan registros históricos comprobables es tan perfecto como los actuales, y al mismo tiempo sujeto a las mismas grandezas y miserias en el aspecto moral. Por naturaleza el humano es un ser ético, lo mismo que está dotado de razón y constante buscador del bien en las cosas y en sí mismo.

Todavía podemos añadir algo más. Un observador avispado observa que la maldad, de la cual hombres y mujeres son sus agentes, también ha ido aumentando y todo ello a pesar de que hemos ido adquiriendo una mejor conciencia moral. El mal ha ido creciendo y ahora nos sentimos más culpables, sin que por ello hayamos desterrado las guerras, cada vez más violentas y crueles. Esa misma violencia ha ido adquiriendo nuevas formas cada vez más abyectas. Los escrúpulos se disfrazan y las injusticias se ocultan o se justifican en nombre de un orden superior.

Los diferentes sistemas éticos nos han servido de muy poco o se van construyendo para legitimar ideologías.

Sin embargo, la ética ofrecida por Jesús de Nazaret puede ser muy válida. Con la luz del Nuevo Testamento vemos a Jesús en el centro de una historia de la Salvación que ha sido de iniciativa divina. Para Jesús el destino de todo ser humano, una eterna salvación o condenación depende de creer o no creer, aceptarle o rechazarle, una vez que se le hace presente. El escenario siempre es la vida de las personas. Para Jesús la conducta posterior, su comportamiento ético, será el fruto de esa decisión de fe (Juan 3,14-21)

La proclamación del mensaje de Salvación en labios de Jesús exige un comportamiento ético del receptor y no la adhesión intelectual a una doctrina. Toda ética cristiana se basa en una relación personal con Jesús, y Jesús enseñaba con autoridad divina.(Mateo 7,28-29; Marcos 1,22)por ello hablaba de forma imperativa (Juan 13,34). Jesús impone sus mandamientos “sólo a quienes le aman”(Juan 14,15) A Jesús lo que de verdad le interesa es que comprendamos nuestra necesidad de una renovación interior, “porque lo que sale del corazón del ser humano lo contamina todo entero” (Mateo 15,18-20)

Por eso es válido afirmar que toda ética cristiana se basa en una relación personal con Jesús., como se dijo arriba.

Humanes 2 de julio de 2.013

Fuente: ATRIO