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lunes, 21 de agosto de 2017

Religión y violencia.


José M. Castillo, Teólogo.

Nos preocupa más el hecho de la violencia y sus aterradoras consecuencias, que las causas que originan y justifican la mentalidad y las ideas que llevan a los terroristas a matar con la conciencia del deber cumplido. Y es evidente que, si no atajamos las causas y la mentalidad que la justifica, por más policías que tengamos, la violencia terrorista seguirá campando a sus anchas. Quienes pierden el miedo a que los maten, matarán a otros.
Como es lógico, un fenómeno humano de estas dimensiones, no se puede desentrañar en un breve artículo como éste. Por eso me limito a decir algo sobre una de las causas que motivan la violencia. Me refiero a la religión.
Se dice que los terroristas, por más que les laven el cerebro y los droguen, le pierden el miedo a la muerte porque saben que morir matando por la religión, eso es lo que les abre las pertas del paraíso para gozar sin fin. ¿Qué pueden hacer las fuerzas de seguridad del Estado ante un sujeto que lleva en lo más hondo de sí mismo semejante convicción?
Y es que, según creo, no hemos pensado a fondo que la misma base del cristianismo es un asesinato, la muerte inocente del hijo de Dios (W. Burkert). No olvidemos nunca que “el sacrificio es la forma más antigua de la acción religiosa” (H. Kühn), como ha demostrado sobradamente la paleontología y sus ciencias afines. Así que está más que demostrado que lo primero, en la historia del “hecho religioso”, no es Dios, sino el sacrificio: matar una vida. En realidad, “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. van der Leeuw). Por eso, no nos debería sorprender que, analizando pacientemente el Antiguo Testamento, “en cerca de mil pasajes se habla de que la ira de Yahvé se enciende y castiga con la muerte y la ruina” (R. Schwager; J. A. Estrada).

No es posible analizar aquí este fenómeno más despacio. Sólo quiero indicar que, como es sabido, en el islam, el yihad es “un concepto problemático” (J. J. Tamayo). Porque, como ya señaló Abu al-Mawduli, este concepto justifica la guerra santa en la idea de que el Islam es un sistema integral que tiene como objetivo eliminar los demás sistemas falsos en el mundo.
Pero, en la religión, es determinante no sólo “el sacrificio”, sino además “el dogma”. Esta palabra designaba, en la Antigüedad, los “decretos imperiales” a los que cabe otra respuesta que el sometimiento incondicional. Someter sobre todo la mente. Es verdad que en el N.T este concepto no es fundamental. Pero, a medida que el cristianismo se fue organizando como “institución religiosa”, inevitablemente el “dogma” fue ganando en importancia y presencia en la sociedad y en la vida de los fieles. El Magisterio de la Iglesia precisó y delimitó las verdades que han de ser aceptadas como verdades “de fe divina y católica”: no sólo las que se contienen en la palabra de Dios, sino que además son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ya sea en un concilio ecuménico, en una definición papal o por el Magisterio ordinario como tales verdades de fe (Conc. Vaticano I. DH 3041).
Un dogma tiene que reunir estas condiciones. No todo lo que se dice en los sermones, en los catecismos, en una encíclica… es “dogma de fe”. Cosa que es lamentable y desconcierta a mucha gente.
En cualquier caso, lo más importante, cuando hablamos de este asunto, es insistir en que está bien comprobado que las religiones, cuando son enseñadas y vividas como debe ser, mejoran las conductas de la gente. Y, por lo que se refiere a un cristiano (como es mi caso), lo que veo con más claridad y seguridad es que el Evangelio nos enseña que Jesús se dio cuenta y defendió, hasta la muerte, la grandiosa afirmación del profeta Oseas (6, 6): “Misericordia quiero y no sacrificios”. La “religión de Jesús” es única y exclusivamente la “religión de la bondad”, de la paz, del bien, que lucha contra el sufrimiento.

jueves, 26 de marzo de 2015

La necesidad de la justicia social y personal.



Hace muchos años impartí una serie de Conferencias bajo el lema de “La revolución pendiente”. En ellas se hacía un recorrido histórico de cómo los seres humanos habían intentado, en diversos momentos de la Historia, elaborar distintas filosofías sociopolíticas para cambiar el devenir del Sistema; Sistema en el que vivían y vivimos inmersos. Así surgieron las autocracias, las dictaduras, las democracias, el socialismo utópico, el socialismo científico o marxismo, las monarquías parlamentarias, el liberalismo, el anarquismo y el fascismo. Todos estos sistemas pensaban que su aportación era la más adecuada y justa para el desarrollo homeostático (equilibrado) y armónico de la Humanidad. Pero fracasaron.

Basándonos en la Revelación bíblica nos encontramos con el hecho de que Dios crea al Hombre (varón y mujer), a la Humanidad, como una entidad colectiva: “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre (ya Martín Lutero había traducido este término por hombres con muy buen criterio) a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (o varón y hembra le creó).” (Gen. 1: 26-2). En el capítulo tres del libro de Génesis, se nos narra (de una manera mitológico-simbólica) una realidad histórico-existencial validada por el mismo Jesús de Nazaret. Es lo que se conoce en términos vulgares como “la caída”, y que yo denomino la desestructuración amártica. Esa Persona Colectiva (Adán, la Humanidad) al desestructurarse crea la base biológica, psicológica, emocional y espiritual de lo que abocaría a considerar a cada miembro de la primera pareja como dos seres individuales, con dos nombres diferentes: Adán y Eva (antes de que se produjera ese proceso de individuación tenían un solo nombre: Adán (Gen. 5:1-2). Nace así el individualismo y la base, político-filosófica, que daría lugar al concepto antropológico de “persona individual” dotada del denominado “libre albedrío”. Este varón y esta mujer (o como encontramos en Gen. 2:2, este varón y esta varona) rompen su comunión con Dios, y entre ellos mismos nace así el Yo individual que sustituye al Nosotros colectivo.

La Historia de la Salvación, se gestó más allá del tiempo y del espacio, en el mismo corazón de Dios. Incluye un llamamiento a Abraham, en los términos siguientes: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré… Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Para “familias” se emplea un término hebreo, que traducido al griego (LXX), significa pueblo, raza, linaje y nación. Por consiguiente, la promesa salvífica de Dios no se expresa en singular (a cada persona individual), sino en plural (a cada pueblo y a cada nación). Deseo que quede perfectamente claro que cada ser humano, a nivel individual, necesita la Salvación de Dios, acogiéndose a la redención del acto soteriológico de Cristo en la cruz del calvario. Pero, el Verbo se encarnó para identificarse con la raza humana, y aunque vino para salvar a cada persona individual, su acto kenótico, su vaciamiento (Fil. 2:7), tenía como finalidad “la reconciliación con Dios de todas las cosas, así las que están en los cielos como las que están en la tierra, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col. 1:20).

Dios escogió al pueblo de Israel para que llevase su Palabra a los demás pueblos de la tierra. La revelación novotestamentaria nos explicita que la Iglesia es ahora el nuevo pueblo de Dios, cuya misión es llevar el Evangelio del Reino de los Cielos a todas las naciones (Mat. 28:18-20).

Los estudios de antropología bíblica nos enseñan que el hombre (término genérico) es un ser-para-la-muerte; y que la esfera de la intimidad de este ser está ocupada por un corazón lleno de contenidos contrarios a la voluntad de Dios, y que sobrepasan lo ético y lo neumático (Mr. 20-23). La conversión supone el paso de la Soledad a la Comunidad. El cristiano entra a formar parte de una realidad comunitaria, que se describe como: “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncie las virtudes de aquél que le llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1ª Ped. 2:9).

Muchos creen que predicar el evangelio se reduce a conseguir que cada persona reconozca su situación moral y espiritual de hombre adámico (pecador, que vive en el error, el fracaso y la frustración) y acepte a Jesucristo, como su Señor y Salvador: a aquél murió por sus pecados y resucitó para su justificación. Indudablemente que lo que antecede es ciertísimo, pero la proclamación del Evangelio implica mucho más que llevar una solución a la salvación personal “de las almas”. El evangelio del reino de Dios, tiene una dimensión moral y espiritual que alcanza a la redención de cada ser que lo recibe en lo más profundo de su ser; pero el Evangelino del Reino, cuando se asume, afecta a todas las esferas de la existencia. Se trata del Evangelio integral, aquel que no se deviene en la Gracia barata, sino en la Gracia cara como escribe Dietrich Bonhoeffer al principio de su obra “El precio de la gracia”. Entiendo que el cristiano tiene como ejemplo, paradigmático, seguir la vida y la enseñanza de Jesús de Nazaret como siervo de Dios; y es este Jesús el que le da a la proclamación del Evangelio toda su relevancia y contenidos. A su dimensión psico-neumática le añade una dimensión social, taumatúrgica (sanitaria), laboral, económica y política. El eslogan de la Revolución Liberal era: Libertad, Igualdad y Fraternidad. ¡Lástima que principios tan extraordinarios abocasen a una sociedad de clases tan injusta, y a un sistema socio-económico capitalista que continua explotando sin piedad a tantos miles de millones de seres humanos. La salvación de Dios es inmanente y trascendente. Y el cristianismo ha fracasado en cuanto ofrecer a los seres humanos una solución para la inmanencia y preocuparse solo de la trascendencia, haciendo un reduccionismo inaceptable respecto de la salvación del alma. El evangelio no se predica para que se salven las almas (un estrato más de la tectónica o estructura de la personalidad) sino para que alcance la realización trascendente las personas.

El apóstol Pedro nos dejó escrito, en su primera carta: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.” ( 1ª Ped. 2 : 21). Por su parte, el apóstol Juan nos clarificó, aún, más la cuestión: “El que dice que permanece en el, debe andar como el anduvo.” (1ª Juan 2:6). La pregunta surge inevitable: ¿Cómo anduvo Jesús? La palabra de Dios tiene la respuesta: “Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo de Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y como éste anduvo haciendo bienes (lit : quién pasó haciendo el bien ) y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.”( Hch. 10 : 37-38). Todos los oprimidos por el diablo, son todos los explotados, humillados y ofendidos por el Sistema.

Hoy, tres cuartas partes de los 7000 millones de seres humanos que pueblan este planeta, viven en condiciones lamentables y carecen de todo; padecen hambre, andan descalzos y vestidos de harapos; mueren de enfermedades que, en este llamado primer mundo, ya hace mucho que están superadas. Hay millones de niños de cinco a diez años que trabajan en minas y canteras unas 14 horas diarias; recorren muchos kilómetros para llegar a su destino laboral y como retribución reciben una miseria: son los parias, los pobres de este mundo; son todos aquellos de los que el Señor Jesús se ocupó de una manera especial.

Las llamadas Iglesias cristianas del mundo occidental (de cualquier denominación) hace mucho tiempo que empezaron a abandonar la letra y el espíritu de la Escritura. Se han convertido en iglesias burguesas y viven inmersas en una sociedad hedonista y deshumanizada. Oran por las superestructuras de poder para que Dios les ilumine en el gobierno de los pueblos, pero no denuncian la injusticia criminal que hace morir a un ser humano cada pocos segundos. Las llamadas Iglesias cristianas se alían con los poderosos y participan en sus políticas fraudulentas y corruptas para obtener sus favores.

A lo largo de todo el Antiguo Testamento el mensaje que Dios hace llegar al pueblo, y de manera muy especial a sus dirigentes es este : “Me volví y vi todas las violencias (heb = opresiones ) que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele; y la fuerza estaba en la mano de los opresores, y para ellos no había consolación.” (Ecl 4:1). También, el llamado “profeta socialista” denuncia la situación paupérrima de los más débiles: “Oíd esto, los que explotáis (heb = exprimís) a los menesterosos ( RVA= necesitados ), y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio y falsearemos con engaño la balanza, para comprar a los pobres por dinero, y a los necesitados por un par de zapatos, y venderemos los deshechos del trigo? (Amós 8:4-6). Isaías, Jeremias, Hageo, Malaquías, y tantos otros, hablaron al pueblo y a los pueblos, proclamando un mensaje profético de denuncia de todas las injusticias, exhortándoles a cuidar del huérfano, de la viuda y del extranjero. Las Iglesias, en general, han perdido el sentido de la justicia social (damos gracias a Dios por las excepciones) e individual, espiritualizando el mensaje del Evangelio del Reino de Dios, hasta tales extremos que éste se hace irreconocible. En muchos lugares no solo se predica otro evangelio, sino que también se predica a otro Jesús (2ª Cor 11:3-4).

El espíritu del mundo ha penetrado en lo más profundo de nuestras congregaciones y en su interior se han reproducido los métodos y estructuras psico-sociales, socioeconómicas, sociolaborales y sociopolíticas del Sistema. Esto ha redundado en una alienación de las mismas: sin justicia nunca habrá paz en el mundo. El señor Jesús antes de despedirse de esta tierra (orgánicamente) dijo a sus discípulos, y también a nosotros: “la Paz os dejo, mi Paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da (Juan 14:27). Hoy, mas que nunca es necesaria la denuncia profética, pero ésta brilla por su ausencia. A las Iglesias les corresponde ser la voz de esa gran mayoría silenciosa, pisoteada y oprimida, que no puede denunciar la injusticia porque está sometida a la gran represión de los detentadores del poder. No sigamos engañándonos a nosotros mismos pensando que somos cristianos bíblicos cuando nuestras vidas individuales y colectivas están tan lejos de una verdadera praxis cristiana.

La revolución pendiente que cambiará la Historia y su devenir es la esperanza de aquellos que añoramos la Parusía, que dará lugar a unos Cielos nuevos y una Tierra nueva en los cuales more la Justicia. Pero, los cristianos ya somos ciudadanos del Reino de Dios y es nuestro deber insoslayable proclamar su justicia.



J. M. González Campa

Licenciado en Medicina y Cirugía. Especialista en Psiquiatría Comunitaria. Psicoterapeuta. Conferenciante de temas científicos, paracientíficos y teológicos, a nivel nacional e internacional. Teólogo y escritor evangélico. Autor de varias publicaciones en el campo científico, sociológico y teológico. Ha desempeñado diversos cargos de la más alta responsabilidad dentro del campo de la Asistencia psiquiátrica y de la Salud Mental en su región natal, Asturias, así como en otras partes de España. Es fundador y Presidente de Honor de la Asociación para la Defensa de los Enfermos Psíquicos Asturianos (ADESA). Ha sido profesor de Honor de la Universidad de Oviedo y profesor de Psiquiatría de la Escuela de Asistentes sociales de Gijón. Pertenece a distintas sociedades científicas y es socio-fundador de Socidrogalcohol (Sociedad científica para el estudio del alcoholismo y las otras drogodependencias).

Fuente: Lupa Protestante

martes, 3 de febrero de 2015

Los libros proféticos.




En el Antiguo Testamento de los judíos

se hallan hombres, acontecimientos y discursos

en un estilo tan grandioso

que los textos sagrados

de los griegos y de los hindúes

no tienen nada que oponerles.

(Nietzsche).

La palabra griega lo expresa de manera contundente: un Pro-fe-thés es el que va en pro del Misterio que da sentido a la comunidad en la que habita; es un anunciador no sólo del tiempo (el futuro) sino también del sentido, es decir de la vida y la esperanza, cuando la realidad aparece caótica. Por esto, la característica fundamental de los profetas no es sólo el vaticinio futuro sino también el juicio para el presente. Y muchas veces, lo que se anuncia como futuro es una imagen para destruir el presente y construir la vida de otra manera, un volver a comenzar.

Ya en Píndaro, Herodoto, Sófocles y Tucídides, el profeta es reconocido como un anunciador y un heraldo de lo sagrado. Y es que el profeta no es sólo un fenómeno del mundo bíblico, sino también de todo el entorno mediterráneo. Podríamos hablar incluso de equivalentes en otras culturas, como las africanas, la china, y la indígena de Abya-Yala.

En el mundo hebreo, un Profeta es un anunciante, un pregonero que va delante de Dios anunciado su huella: “Una voz grita en el desierto: preparen un camino al Señor; tracen un sendero en la llanura para nuestro Dios” (Is 40,3).

La palabra hebrea para designar profeta es nabí, y suele derivarse del verbo arcádico nabü, que significa “llamar” y “anunciar”. A diferencia del mundo griego, el acento del profeta hebreo recae sobre el personaje, sacudido por el Misterio, interpelado incluso contra su voluntad y su comodidad para enfrentar a un mundo caótico y decadente. Tal experiencia refleja muchas veces la profundidad existencial de estos personajes plenos de la seguridad de Dios que a la vez naufragan en la confusión personal. Como dice el investigador judío Abraham Heschel:

La profecía no es simplemente la aplicación de normas eternas a la situación humana particular, sino más bien una interpretación de un momento especial de la historia, un entendimiento divino de la situación humana. La profecía, entonces, puede definirse como la exégesis de la existencia desde una perspectiva divina.

El termino nabí se refiere a personas de la más diversa índole: un hombre de Dios o un caudillo (Dt 33, 1), un vidente que puede descubrir relaciones ocultas o cosas futuras (1 Sam 9,9-19). Y no sólo se trataba de una labor de hombres, sino también de mujeres, como Miriam (Ex 15,20), Débora (Jue 4,4) Hulda (2 Re 22,14) y la esposa de Isaías (Is 8,3).

Es llamativo que los primeros profetas eran grupos de hombres –y tal vez mujeres- que entraban en éxtasis y en trance por medio de instrumentos musicales y comunicaban sus mensajes; como ejemplo, se destaca la experiencia que tuvo el rey Saúl entre un grupo de profetas (1 Sam 10, 5;1 Sam 19,18). Otra forma de profetas fueron los de tipo monástico que se agrupaban como seguidores de algún personaje importante, vivían con él y aprendían de su camino como por ejemplo Elías y Elíseo (2 Re 2, 3 ss, 4, 38, 6, 1). También existieron los profetas cúlticos, funcionarios en el santuario nacional, muchas veces al servicio de los reyes, muchos de ellos siendo comprados para vaticinar en favor de los poderosos (Os 8,14; Mi 3, 9-12; Jer 7,1-15; 1 Re 1, 8; 1 Re 22 24; 2 Sam 12, 1 ss, 1 Re 1).

Pero aquí nos referimos a los profetas escritores, quienes se valieron del lenguaje poético, de la narrativa e incluso de la representación dramatúrgica para comunicar su mensaje.

Poco a poco se fueron dejando atrás los éxtasis, la mántica y el énfasis en los milagros para concentrarse en la palabra como medio de proclamación y, más específicamente, en la escritura. Estos son a los que nos referimos como los escritores de los libros proféticos, los profetas clásicos.

Los profetas clásicos actuaron en tres períodos: en la época de la caída del reino del norte (hacia el 721 a. C), en la del reino del sur (hacia los años 597/87 a. C.) y en la época del destierro (hasta el 539 a. C, fecha aproximada de la caída de Babilonia). Las grandes temáticas de su proclamación fueron la crítica social (el juicio) y la esperanza (la salvación), aspectos fundamentales para reconocer a un verdadero profeta.

Como se ha dicho, hubo también muchos falsos profetas, que anunciaban a los reyes y a los poderosos lo que ellos querían que se les anunciara: paz, prosperidad, riquezas; mientras la realidad social demostraba otra cosa. Por esto los profetas escritores no fueron muy apreciados por la sociedad en que vivían, como es el caso de Ezequiel, quien se enfrentó a profetas falsos llenos de emoción que anunciaban un futuro promisorio para ganar dinero:

Extenderé mi mano

contra los profetas

visionarios falsos

y adivinos de engaños;

no tomarán parte

en el consejo de mi pueblo,

ni serán inscritos en el censo

de la casa de Israel,

ni entrarán en la tierra de Israel,

y sabrán que yo soy el Señor.

Sí, porque han extraviado

a mi pueblo, anunciando paz

cuando no había paz,

y mientras ellos construían

una pared inconsistente

ustedes la iban recubriendo de cal.

(Ez 13,9-10).

Los profetas revelaban constantemente la realidad de la riqueza desmedida sobre una pobreza excesiva (Am 3,9-11). Denunciaban que había fraudes en el comercio e injusticia en los tribunales (Miq 6,9-16), y proclamaban abiertamente que los que ejercían la autoridad con sobornos estaban traicionando a Dios (Miq 3,1-4). Por esto no es de extrañar que muchos de ellos fueran rechazados por el pueblo, se les exiliara por su forma de pensar o fueran asesinados.

Los valores positivos que proclamaban los profetas eran el derecho y la justicia (Am 5,7.24; Is 5,7; Jer 22,3; Ez 33,14-19), lo que equivale a una sociedad de iguales. Para los profetas, no se puede amar a Dios sin defender las causas de los pobres. La justicia y el amor son una exigencia de Dios mismo (Os 12,7; Miq 6,8), y no se puede prestar un culto sagrado sin antes haber sanado las brechas sociales.

Isaías es el primero de los grandes profetas, su libro es el más largo de los profetas, y el más citado en el Nuevo Testamento. Isaías fue un hombre e culto, de buena posición social, que sintió el llamado de Dios para denunciar las injusticias sociales y políticas de su época, en la ciudad de Jerusalén. La obra recoge diferentes épocas, por lo que se cree entre los especialistas que la segunda mitad del libro fue compuesto durante y después del exilio por seguidores del profeta. Su libro, cargado de profunda poesía, denuncia la angustia del pueblo y del mismo profeta frente a la política internacional, bajo la sombra del imperio asirio, cerca del año 745 AEC. El profeta convoca al arrepentimiento, al encuentro con el Misterio, mientras el pueblo se siente seducido por el poder asirio y sus dioses de guerra. Sin embargo, Isaías escribe para mostrar que la belleza del lenguaje no es capaz de contener a Dios dentro de las palabras y que al Misterio no se le puede reducir a la comparación con las fuerzas bélicas del reino vecino:

¿Quién ha medido a puñados el mar,

o mensurado a palmos el cielo,

o a cuartillos el polvo de la tierra?

¿Quién ha pesado

en la balanza los montes

y en la báscula las colinas?

¿Quién ha medido

el Espíritu del Señor?

¿Quién le ha sugerido su proyecto?

¿Con quién se aconsejó

para entenderlo,

para que le enseñara

el camino exacto?,

¿para que le enseñara el saber

y le sugiriese el método inteligente?

Miren, las naciones

son gotas de un balde

y valen lo que el polvillo de balanza.

Miren, las islas

pesan lo que un grano,

el Líbano no basta para leña,

sus fieras no bastan

para el holocausto.

Frente a él las naciones

todas son como si no existieran,

para él no cuentan

absolutamente nada.

¿Con quién podrán

ustedes comparar a Dios,

qué imagen van a contraponerle?

¿La estatua que funde el escultor

y el orfebre recubre de oro

y le suelda cadenas de plata?

(Is 40, 12-19).

El libro de Jeremías se destaca por su alto grado de dramatismo y por una fuerte crítica contra los poderes religiosos. El profeta ve cómo el pueblo se aleja de Dios, amparado por los propios reyes y sacerdotes, que se sienten cómodos sirviendo a otros dioses y reyes –que eran algo muy similar en aquella época. En el siglo VII AEC, el imperio babilonio amenazaba con invadir a Israel. Mientras tanto, el profeta estaba llamando a un nuevo tipo de relación con lo sagrado, más íntima y personal, enraizada en el corazón y no en la alianza jurídica y externa. Por esto se burla de los dioses de los imperios poderosos y sus reyes, y señala al Misterio como una personalidad mucho más poderosa y grande que los monarcas transitorios. De este libro, es característica la mezcla de crítica social con las profundas angustias que vive el profeta por no ser escuchado. El hombre se halla solo ante el mundo. Confiesa que desearía muchas veces abandonar su vocación, y sin embargo no puede escapar de la interpelación divina:

Me sedujiste, Señor,

y me dejé seducir;

me forzaste, y me venciste.

Yo era motivo de risa todo el día,

todos se burlaban de mí.

hablo, es a gritos, clamando

¡violencia, destrucción!,

la Palabra del Señor se me volvió

insulto y burla constantes,

y me dije: No me acordaré de él,

no hablaré más en su Nombre.

Pero la sentía dentro como fuego

ardiente encerrado en los huesos:

hacía esfuerzos por contenerla

y no podía.

(Jer 20,7-9).

Lamentaciones –el cual aparece en el Canon Hebreo como parte de los escritos y es incluido en el Canon cristiano como profético porque se supone que fue escrito por Jeremías- es un libro de poesía litúrgica que refleja dolor y angustia ante los horrores sociales. Los cinco lamentos de este libro son oraciones apasionadas, protestas, tristeza y grito sobre la tragedia de ver al pueblo invadido en el año 586 por el imperio asirio. Por esto el poeta elabora juegos del lenguaje con las letras hebreas y cantos funerales de un hombre que ve a su pueblo destruido.

El profeta Ezequiel presencia la ruina y la destrucción de su pueblo en la deportación a Babilonia en el 597 AEC. Es un escritor que acude a las imágenes fantásticas para interpretar la historia re-crearla desde la fe. Anuncia la ruina y el juicio, pero también proclama el nuevo reino y ve al pueblo renovado reconociendo con gozo al Señor en Jerusalén, la ciudad del templo:

Huesos secos, escuchen la Palabra del Señor. Esto dice el Señor a esos huesos: Yo les voy a infundir espíritu para que revivan. Les injertaré tendones, les haré crecer carne; tensaré sobre ustedes la piel y les infundiré espíritu para que revivan. Así sabrán que yo soy el Señor.

Pronuncié la profecía que se me había mandado, y mientras lo pronunciaba, resonó un trueno, luego hubo un terremoto y los huesos se juntaron, hueso con hueso. Vi que habían prendido en ellos los tendones, que brotaba la carne y tenían la piel tensa; pero no había espíritu en ellos. (Ez 37,4-8).

Daniel es un libro que recoge seis historias de israelitas que vivían en el exilio (caps 1-6) y cuatro visiones apocalípticas (7,1-28; 8,1-27; 9,20-27; 10,1-12,13). Abarca una narración que se extiende a lo largo de tres imperios: babilonio, medo-persa y griego. El tema que desarrolla es el drama de la historia: los imperios van y vienen y los poderosos caen de su trono, mientras que los fieles a la vida se sostienen y combaten por ella. El texto inserta, además, dentro de su narración (caps 7-12) imágenes de la literatura apocalíptica que darán paso a este género muy famoso en tiempos del Nuevo Testamento. Este tipo de literatura se concentra en narrar aspectos del pasado como si fueran a suceder en el futuro. En este sentido, es una forma de literatura que funciona como resistencia cultural de un pueblo para no dejarse dominar por los poderosos.

Oseas fue un profeta del siglo octavo AEC que experimentó en carne propia la relación con lo divino como una relación rota por la infidelidad humana. La propia esposa de Oseas se prostituyó en los cultos de fertilidad de los “pueblos vecinos” –en los cuales participaban muchos israelitas-. Pero Oseas decidió volver a enamorar a la mujer y reanudar la relación. Utilizó imágenes de la poesía cananea del amor sagrado y escribió su texto comparando la infidelidad de su mujer con la infidelidad que tuviera Israel para con su Dios. Tal infidelidad consiste en que Israel hizo alianzas políticas con Asiria y Egipto (7,8-12; 8,9s), y se olvidó de la vida en comunidad que había aprendido de sus tradiciones. Esta alianza trajo prosperidad al pueblo, pero también profundas diferencias sociales, lujo y confianza en los bienes de la tierra. Dios es presentado como un esposo amante, celoso pero paciente, que tiende la mano y espera que su pueblo le corresponda:

Por tanto, mira, voy a seducirla,

la llevaré al desierto

y le hablaré al corazón.

Allí le daré sus viñas,

y el Valle de Acor

será Paso de la Esperanza.

Allí me responderá

como en su juventud,

como cuando salió de Egipto.

Aquel día –oráculo del Señor–

me llamarás Esposo mío,

ya no me llamarás ídolo mío.

(Os 2,16-18).

El libro de Joel presenta la realidad de una terrible plaga de langostas que amenazaba los campos. En su imaginación poética las langostas se convierten en un ejército que asalta y conquista una ciudad. Ve esta situación como un juicio de Dios, y alude también a la forma en que marchan los imperios pare destrozar al pueblo. Por esto invita a una jornada de ayuno y penitencia para suplicar la compasión divina.

Amós es el libro de un campesino empoderado por Dios para dar un mensaje al pueblo de Israel, bajo el reinado de Jeroboán II (782-753 AEC), en una época de paz y prosperidad material. Pero aquella sociedad estaba enferma de injusticia social y falta de solidaridad. Por esto Amós proclamó que el verdadero culto consiste en practicar la justicia (5,21-25) y denunció las injusticias sociales, como la explotación del pueblo humilde a manos de los aristócratas:

Escúchenlo los que aplastan a los pobres y eliminan a los miserables; ustedes piensan: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender trigo o el sábado para ofrecer grano y hasta el salvado de trigo? Para achicar la medida y aumentar el precio, para comprar por dinero al indefenso y al pobre por un par de sandalias (Am 8,4-6).

Abdías es un profeta que se ubica en la época del exilio, en el 587 AEC. Cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, invadió las tierras palestinas, los vecinos de Israel, los edomitas, apoyaron al invasor, sacaron partido de la derrota y se alegraron de ella. Por esto el profeta se dirige contra el país vecino y les recrimina el hecho de no ayudarlos cuando más los necesitaban. De este modo espera una venganza divina frente al hermano que no ayudó al hermano cuando estaba en la miseria sino que se burló de él: “Aunque te remontes como un águila y pongas el nido en las estrellas, de allí te derribaré” (4).

El libro de Jonás es diferente de los otros libros proféticos en el Antiguo Testamento. No es una colección de oráculos sino una narración acerca de un profeta que vivió en el siglo VIII. Más que un evento histórico, se trata de un cuento corto, de una parábola en la que se enseña cómo Dios se interesa por el bienestar de los pueblos paganos y busca una relacionarse con ellos. Dios no es propiedad de un solo pueblo o una única religión. El mensaje es universal e inclusivo: si la tierra pagana de Nínive alcanza el perdón, ¿quién quedará excluido del amor de Dios?

Miqueas es un profeta proveniente de una aldea, y está preocupado por la economía rural, la explotación de los campesinos, el conflicto entre la ciudad de Jerusalén y el campo y la dominación de países extranjeros. Para el profeta, el culto y los sacrificios del templo están vacíos. Lo que realmente comunica lo sagrado es la justicia social. Por esto denuncia a los falsos profetas que predican para ganarse un sueldo, contra los falsos administradores de justicia y contra la acumulación injusta de riqueza de los mercaderes. Pero, como profeta visionario, anuncia con esperanza la restauración del pueblo (7,18s).

El libro de Nahúm tiene sólo cuarenta y siete versículos y un sólo tema: el juicio contra el imperio asirio, ocurrido en el año 612 AEC. Es un poeta que se apasiona con la caída del imperio y con la corroboración de que Dios es Señor de la historia, juzga a los poderosos y no es indiferente a la opresión de los tiranos. El poder político entra en crisis ante la crítica del profeta y el mensaje sagrado.

Habacuc vive en la misma época que Nahúm. A diferencia Nahúm, no se concentra tanto en el poder del imperio enemigo sino en el problema del sufrimiento las víctimas. Por esto pregunta a Dios: “¿Hasta cuándo te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves?” (1,2). Su texto escrito es una oración poética que muestra que ante el sufrimiento no hay una respuesta sistemática, sino más bien la confianza y espera, y la confortación de que Dios está con su pueblo en medio de las dificultades:

Aunque la higuera no echa brotes

y las cepas no dan fruto,

aunque el olivo se niega a su tarea

y los campos no dan cosechas,

aunque se acaban

las ovejas del corral

y no quedan vacas en el establo;

yo festejaré al Señor

gozando con mi Dios salvador:

el Señor es mi fuerza,

me da piernas de gacela,

me encamina por las alturas.

(Hab 3,17-19)

El mensaje central de Sofonías es el llamado de Dios al pueblo de Judá para un juicio. El tema central de su predicación “el día del Señor”, un día de cólera que traerá la gran catástrofe sobre Jerusalén a causa de la injusticia de su pueblo. El juicio es una manera de volver a comenzar. Por esto anuncia una gran purificación (3,9-13). Y destaca a un pueblo de personas sencillas y humildes que serán exaltadas por Dios.

El libro del profeta Ageo se concentra en la reconstrucción del tempo de Jerusalén, en el año 520 AEC, cuando parte del pueblo estaba retornando del exilio. El profeta comunica cuatro visiones de parte de Dios (1,1-11; 2,1-9; 2,2-19; 2,20-23) en las que se le dan detalles para reconstruir el templo. Y hace una concienzuda crítica a aquellos que viven en medio de los lujos, mientras la ciudad y el templo del Señor se hallan en ruinas, y el pueblo sigue casi como esclavo del imperio. Es un llamado a reconstruir la identidad nacional y sus símbolos para no perder la identidad.

Zacarías fue un inspirador de la reconstrucción del templo por la misma época de Ageo. En el libro, el profeta recibe ocho visiones (caps 1-7) que requieren una interpretación angélica. En estas visiones, la mayoría referidas a Jerusalén, proclama la restauración de la ciudad (2,1-5), muestra símbolos del templo renovado (4,1-7), la extirpación de la idolatría (5,5-11) y la afirmación del liderazgo de Josué (3,1-10). Anuncia y un futuro mesiánico, y anuncia una nueva era para el pueblo de Israel.

Malaquías es el último de los llamados “profetas menores” (debido a la corta extensión de estos escritos). Escribió probablemente después de la reconstrucción del templo en 516 AEC, y se concentra en enfrentar la apatía religiosa y la desconfianza del pueblo. Señala que el amor del Señor debe repercutir en el culto pero también en la vida cotidiana. Confronta a los sacerdotes y levitas que degradan el culto con ofrendas miserables y esto aboga por poner ganas y fuerzas en la purificación del templo, que es símbolo de la identidad de un pueblo que ha sido maltratado por los imperios.

Esta visión panorámica –que es simplemente introductoria- haría pensar fácilmente en la homogeneidad conceptual, religiosa o estética de los profetas escritores. Sin embargo, es importante acentuar sus diferencias sociales, notables por ejemplo entre el profeta cortesano Isaías y el campesino Amós, entre el sacerdote crítico Ezequiel y el laico Jeremías. Algunos estaban más interesados en el juicio y la destrucción de los pueblos vecinos (Abdías) mientras que otros apelan a la compasión divina y pacto de Dios con las diferentes naciones (Jonás).

Si bien todo profeta es un pro-, alguien que anuncia a favor de la vida, también es un contra-. El profeta se opone radicalmente a quienes niegan la vida para los otros. En esto, es coincidente la voz de los profetas: se sienten llamados, interpelados y sacudidos por la realidad (pro-). Dios les habla en el pueblo desterrado, en las viudas que buscan comida entre las sobras, en las ruinas. Al ver cómo los poderosos quitan todas las posibilidades de una vida plena a los más pobres, los profetas sienten un fuego interno que los convoca a hablar, y a hablar en nombre de los marginados, incluso a costa de sus propias vidas (muchos fueron amenazados, aprisionados y hasta asesinados). En este sentido, son grandes lectores de la realidad social en que viven y no dudan en oponerse a quienes se apoderan de ella para cabalgarla (contra-). Entonces, después de confrontarse con la realidad, hablan, y, por supuesto, escriben en contra de los poderes sedimentados de la religión y la política y en pro del fluir de la vida divina, que se hace carne en la práctica de la justicia:

Yo aborrezco y desprecio sus fiestas,

me repugnan

sus reuniones litúrgicas;

por muchos holocaustos

y ofrendas que me traigan,

no aceptaré ni miraré

sus víctimas cebadas.

Retiren de mi presencia

el ruido de los cantos,

no quiero oír la música de la cítara;

que corra como el agua el derecho

y la justicia como arroyo inagotable.

(Am 5,21-24).

domingo, 22 de junio de 2014

La fe es una relación.


Román Díaz Ayala

Los grandes profetas del Antiguo Testamento nos enseñaron con el testimonio de sus vidas que guardaban una estrecha relación con Yahvé. Un Elías celoso se enfrentó a los profetas de Baal e incitó las iras del pueblo sobre ellos. Luego, asustado por la carga de su conciencia ante la responsabilidad de aquellos hechos, huyó y se escondió. Sólo pudo retornar a él la voz de Dios cuando hubo comprendido que el Espíritu de Yahvé se encierra en un apacible silbo suave lejos de toda violencia. Aquel episodio y otros fueron pequeños retazos que rasgaban la atmósfera cruenta y un tanto bárbara de aquel estadio histórico para que la revelación del auténtico carácter de divino fuese conocida junto con sus designios.

Para Jeremías, una vida larga de profeta envuelta en aflicciones y persecuciones, la causa de Yahvé lo comprendía todo hasta permanecer soltero (Jer. 16,2). Su vida estéril será el símbolo de la fe sin fruto del pueblo escogido. Sin embargo conoció la tierna compasión divina después de una vida llena de amonestaciones y predicciones de castigo. Partícipe de todos los males sobrevenidos sobre sus compatriotas, sus crisis interiores le prepararon para anunciar la buena noticia de la restauración. Alma tierna, desgarrado interiormente, su oración fue un constante grito de dolor: “¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?”(Jer. 20,18)

La religión de Yahvé es la religión del corazón en un trato personal con Dios, pues se digna venir a habitar en el interior del ser humano:

“Van a llegar días –oráculo de Yahvé– en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos –oráculo de Yahvé–. Sino que ésta será la alianza que yo pacté con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo de Yahvé–: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: “Conoced a Yahvé”, pues todos ellos me conocerán, del más chico al más grande–oráculo de Yahvé–, cuando perdone su culpa y de su pecado no vuelva a acordarme”.

Con Oseas la relación de Dios con su pueblo tenía el fuerte simbolismo de una vida marital, con las tristes circunstancias de que la esposa se había mostrado infiel. Un esposo celoso que fustiga a la amada para recuperarla de sus amoríos y devolverle los goces de un primer amor. No la ausencia de fe en los aspectos formalmente intelectuales de la religión, sino la idolatría del corazón la causante de las infidelidades.

Ese Dios íntimo es de andar por casa, en una relación que lo comparte todo hablando y comunicándose con la elocuencia del silencio, de la ausencia presente, de un esconderse para el juego amoroso de la búsqueda.

Tiene sin embargo la certeza de que Jesús nos llamó con fuerza desde el amor de su Padre y de que jamás podremos encontrar otro amor tan grande. Vivimos en el misterio de la Piedad gozando de la compañía de personas que nos aman y a quienes amamos entrañablemente. Ese vivir tan intensamente el amor humano nos hace comprender mejor la naturaleza del amor divino. Quien no ama no conoce a Dios, ya sea dentro de una relación matrimonial, o en el seno de la comunidad eclesial. Nuestra vida cristiana está atravesada por el amor de Dios, por lo que nuestra respuesta más acertada conlleva una rendición incondicional a Él.

La santidad como resultante de esta fe en Dios, de rendición, es una adquisición de todo el Pueblo de Dios, gratuita, cuando no hemos dado nada a cambio. Ésa es la obra de Jesús en la Cruz. Somos propiedad de Dios. “Con amor eterno yo te amé, desde el seno de tu madre te escogí”. La vida de oración nace no del culto a la divinidad, propio de la religión, sino de la convivencia consciente con el Dios viviente que se nos hace presente. A veces confundimos oración con rezos y éstos últimos con culto. No necesitamos elevarnos, ni buscar en lugares desapercibidos o casi inaccesibles, sino corresponder a su presencia. A veces podemos responder con el silencio en medio de un sentimiento respetuoso, que predispone a la escucha.

En la juventud el amor se muestra igual que una desbordante primavera haciéndolo todo fácil, incluso la hipoteca de una vida (“hasta que la muerte nos separe”)

¡La voz de mi amado!
Miradlo aquí llega,
saltando por montes,
brincando por lomas
Mi amado es mío y yo de mi amado,
que pasta entre azucenas. (Cantar de los Cantares)

Tras el Concilio, el Pueblo de Dios aprendió a ser contemplativo en medio de la vida de la gente, en una hermandad universal, rompiendo así ese dilema artificial entre una entrega en la acción o la búsqueda del silencio y las soledades del mundo para el encuentro del Amado. Hemos aprendido a discernir de mejor forma el Cuerpo de Cristo ( 1ª Corintios 11,29).

Fuente: Atrio

sábado, 12 de enero de 2013

Fuego del cielo.



Para los que somos cristianos el libro máximo de nuestra espiritualidad es, cómo no, la Biblia. En ciertos círculos la misma tiende a leerse buscando en todo momento la armonía entre los textos, el considerar unos a la luz de los otros aunque exista un franja de tiempo de, por ejemplo, un milenio entre ellos.
Se dice que ya que Dios es el autor, Él no puede contradecirse o colocar ciertas ideas en tensión con otras. Todo debe verse como un gran conjunto que va hacia adelante, sumando nueva revelación a la anterior y todo ello, de forma milagrosa, encajando a la perfección en el gran conjunto de la revelación bíblica.
El problema con este método es que el punto de llegada se hace el de partida. Me explico. El que no existan contradicciones en las Escrituras y que todas ellas muestren una compenetración perfecta tiene que ser la conclusión del que las estudia o considera. Esto es lógico ya que ¿cómo se puede decir que un libro es totalmente coherente en todas sus partes si no se ha leído detenidamente, si no se ha estudiado con anterioridad? Después de realizar esto último se puede concluir una cosa u otra, nunca aceptar algo que no se ha comprobado, para después creerlo firmemente y desde ahí demostrarlo como sea. Claro se puede aducir que otros así lo sostienen y se acepta de forma acrítica.
Con esto no estoy diciendo que la Biblia esté llena de errores, de contradicciones, sino que hay que saber leerla, en sus propios términos, y no comenzar con una idea preconcebida que influenciará a priori todo nuestro entendimiento de la misma.
Si cada libro escritural lo evaluamos bajo sus propios méritos y después lo comparamos con el resto es posible que comencemos a ver algo que antes nos estaba velado.
Uno de estos casos ocurre con los evangelios, con Jesús. Todo el énfasis se ha volcado en recalcar vez tras vez que Él decía continuar con lo que el Antiguo Testamento ya anunciaba, que había venido a cumplir lo profetizado. Que el Maestro no había llegado para abrogar la ley sino para cumplirla, que Él se consideraba dentro de toda la tradición profética y mesiánica veterotestamentaria. Esto es cierto, Jesús mismo lo dijo, pero también dijo otras cosas. Entre estas otras cosas no faltaron las que chocaron de frente, modificaron y en ocasiones dejaron sin vigencia partes importantes de la revelación anterior. Sólo un ejemplo, por ahora, de lo que quiero decir.
Lucas 9:51-56:
Y sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión, Él, con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
Y envió mensajeros delante de Él; y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos.
Pero no le recibieron, porque sabían que había determinado ir a Jerusalén.
Al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?
Pero Él, volviéndose, los reprendió, y dijo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.
La alusión directa es al episodio de Elías cuando estaba siendo buscado por el impío rey Ocozías. El texto allí dice:
Entonces el rey envió a él un capitán de cincuenta con sus cincuenta hombres. Y éste subió a él, y he aquí, Elías estaba sentado en la cumbre del monte, y le dijo: Hombre de Dios, el rey dice: “Desciende.”
Respondió Elías y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces descendió fuego del cielo, y lo consumió a él y a sus cincuenta.
De nuevo envió a él otro capitán de cincuenta con sus cincuenta que le habló y le dijo: Hombre de Dios, así dice el rey: “Desciende inmediatamente.”
Y respondió Elías y les dijo: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces el fuego de Dios descendió del cielo y lo consumió a él y a sus cincuenta.
De nuevo el rey le envió al tercer capitán de cincuenta con sus cincuenta. Y cuando el tercer capitán de cincuenta subió, vino y se postró de rodillas delante de Elías y le rogó, diciéndole: Hombre de Dios, te ruego que mi vida y la vida de estos cincuenta siervos tuyos sean preciosas ante tus ojos.
He aquí que ha descendido fuego del cielo y ha consumido a los dos primeros capitanes de cincuenta con sus cincuenta; mas ahora, sea mi vida preciosa ante tus ojos.
Entonces el ángel del SEÑOR dijo a Elías: Desciende con él y no le tengas miedo. Se levantó Elías y descendió con él al rey…
Supongo que ahora que estos dos textos se han comparado queda en evidencia una cosa, Jesús no acepta el del Antiguo Testamento como argumento para que se vuelva a repetir lo que allí ocurrió. El impacto que producen estas palabras es que Jesús les estaba diciendo a sus discípulos que actuar de la forma en la cual lo hizo Elías era no entender nada, que no conocían el mismo corazón de Dios, que Jesús no había llegado para perder más vidas como ocurrió con Elías cuando murieron ciento dos hombres quemados. Pero dicho esto, la gran cuestión aquí era que Elías no había actuado por cuenta propia, no era su poder el que bajaba del cielo, no era suyo el fuego que mató a aquellos soldados, era de Dios…
Los discípulos se debieron quedar perplejos. Lo que decía Jesús era muy serio, ¿acaso el Dios de Elías tampoco sabía de qué espíritu era? Además, ¿estaba contradiciendo Jesús la misma revelación bíblica? ¿Era su Padre un Dios caprichoso que tan pronto mataba a inocentes soldados y tan pronto sentía compasión por unos samaritanos?
La tensión entre estos dos textos es enorme.
Propongo algo. Jesús está diciendo que ya no es posible considerar así más a Dios. Ahora estaba estableciendo con toda contundencia que el tiempo había cambiado, que Dios no podía ser entendido como que actuaba de esta forma con los hombres. Es más, que ya no se podía traer un texto como éste, y como tantos otros similares del Antiguo Testamento, como base para entender a Dios. Decir que Dios consume al ser humano con fuego, enfermedades, muerte y demás, aunque éstos hombres lleguen a rechazar de forma directa a su propio Hijo, es precisamente no entender a su Hijo. Si Jesús ha traído la revelación más perfecta, plena y clara de Dios deberíamos entender las Escrituras a su luz, sobre todo cuando se ha manifestado claramente en un sentido.
Con Jesús se abre una nueva era, un nuevo concepto de Dios, una nueva revelación. Es cierto que de ella ya había pistas en el Antiguo Testamento pero hacía falta que Él llegara, el Enviado del Padre, la Palabra encarnada.
Este choque fue tan tremendo que Juan tiene que admitir que “la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y  la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
El seguir hablando de este tipo de textos como vigentes sí que es llevar a las Escrituras a contradecirse e incluso a hacer callar al propio Jesús. Nadie duda que cuando el Maestro estaba ante la mujer samaritana, otro episodio con este mismo pueblo de fondo, le dijo que ya no hacía falta más el templo para adorar, para orar al Padre. Esto se podía realizar en el interior, sin intermediarios, algo disponible para todo hombre esté donde esté. Pero de nuevo tenemos aquí algo similar al relato anterior. Los textos del Antiguo Testamento que dejó sin efecto son muchos y de gran extensión. La construcción del tabernáculo y del templo llenan páginas completas y la promesa de Dios de permanecer en él era una de las más sólidas creencias del pueblo judío. Llega Jesús y las da por caducadas, se acabó.
El Galileo impactó tan fuerte en el judaísmo de su tiempo que no tuvieron más remedio que matarlo para que su voz dejara de tronar. El problema es que nosotros también lo hacemos callar con una forma de entender las Escrituras que no es capaz de entender la reforma, la radicalidad con la cuál Jesús entendió las relaciones de Dios con el hombre. Ya se sabe, todo en la Escrituras es perfectamente armónico…
Pero más allá de un entendimiento o no de lo que estoy aquí diciendo, la auténtica tragedia es el episodio que se ha ido repitiendo en el tiempo con las guerras en nombre de Dios, Cruzadas, quema de brujas, etc., y tiene un paralelo exacto en nuestros días.
En nuestra época actual pueblos enteros, naciones, han sido bombardeados, invadidas en nombre de Dios. No entro aquí si son guerras legítimas o no, tengo mi propia opinión, pero se produce otro drama cuando una parte muy importante de la iglesia de ese país que bombardea apoya a sus dirigentes y les concede autoridad moral, divina, para que arrasen tal o cual país en nombre de la justicia, del castigo divino. De esta forma envían fuego del cielo pero esta vez en lugar de matar a cien asesinan a miles, decenas de miles. En vez de matar a hombres como hizo Elías, a soldados, ahora mueren también niños, mujeres… no saben de qué espíritu son.
Estas gentes que reciben el fuego del cielo son musulmanes y al igual que los otros no aceptan a Jesús como el Hijo de Dios pero las palabras de Jesús siguen vigentes, éstas sí que no han caducado.
La iglesia no está aquí para apoyar las bombas, sino para recoger al que es herido por ellas, para llorar con la familia de los inocentes que se lleva por delante, ya sean éstos samaritanos en aquél tiempo o musulmanes en el presente. El Maestro fue muy contundente y es escalofriante pensar que ahora miraría a este pueblo que se dice cristiano y lo condenaría por su falta de compasión. Aquellos dos discípulos que iban a su lado entendieron más adelante las palabras del Galileo, los evangélicos del presente parecen vacunados contra ellas.
Tampoco faltan los que hablan de Tsunamis, de huracanes que matan por miles y que no serían otra cosa que el castigo divino sobre naciones paganas. El problema es que también mueren niños y no pocos creyentes. Un huracán no vira cuando tiene la casa de un cristiano de frente, se la lleva también por delante. Más fuego del cielo. Dios debe tener mala puntería cuando el creyente, el inocente, el niño y el enfermo mueren junto al “pagano”.
En ocasiones me doy cuenta de que Jesús se ha convertido en un problema para la iglesia. Parece que no llegamos a entender que la gracia vino con Él y la ley que reinó en el Antiguo Testamento ya fue destronada. Que Él no ha venido a condenar a  personas sino a salvarlas.
Es triste que sus seguidores no tengan ningún problema en comprender conceptos tales como retribución, castigo, condena, pero les cueste tanto vivir la misericordia. Nuestro Mesías, como tan bien entendió Bonhoeffer, es un Salvador crucificado y su pueblo en vez de provocar, alentar y promover el sufrimiento debe redimirlo padeciéndolo. Ya se sabe, el discípulo no es mayor que su Maestro…
“No penséis que he venido a anular la ley de Moisés o las enseñanzas de los profetas. No he venido a anularlas, sino a darles su verdadero significado”.
Jesús en Mateo 5:17. Las negritas son mías.
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Autor/a: Alfonso Ranchal


Alfonso Ranchal es Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España)

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