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jueves, 21 de febrero de 2019

Papa Francisco inaugura cumbre contra abusos y anuncia medidas "concretas y eficaces"


El papa Francisco indicó que lo que se espera de la Iglesia no es solo condenar los abusos de sus clérigos sino “medidas concretas y efectivas” para erradicarlos, durante su discurso al inicio de la reunión para la protección de menores que se celebrará hasta el domingo en el Vaticano.

“El pueblo de Dios nos mira y espera de nosotros no simples y obvias condenas, sino medidas concretas y efectivas”, afirmó el papa ante los 190 representantes de la jerarquía eclesial reunidos para afrontar el problema de los abusos en una cumbre sin precedentes en la historia de la Iglesia. “Se necesita concreción”, remarcó en su discurso.

“Ante el flagelo del abuso sexual perpetrado por los hombres de la Iglesia contra los menores, pensé en consultarme con ustedes, patriarcas, cardenales, arzobispos, obispos, superiores religiosos y responsables, para que juntos(…) podamos escuchar el grito de los pequeños que piden justicia”, comenzó Francisco su discurso de apertura de la cumbre”.

El pontífice indicó a los presentes que “sobre este encuentro pesa la responsabilidad pastoral y eclesial que nos obliga a discutir juntos, de manera sinodal, sincera y profunda sobre cómo enfrentar este mal que aflige a la Iglesia y la humanidad”.

El papa adelantó que se entregará a los participantes, entre ellos 114 representantes de las Conferencias episcopales, unas “líneas-guías” para ayudar a reflexionar y que serán “un simple punto de partida”.

domingo, 4 de junio de 2017

La Iglesia y las CEBs .



Eduardo Hoornaert

Las CEBs (Comunidades Eclesiales de Base) emergen al inicio de la década de 1970. No pretenden ser la única forma legítima de constituirse en Iglesia, sino que expresan las intuiciones fundamentales de la Iglesia de los Pobres del Papa Juan XXIII y de la opción por los pobres de Medellín. Por consiguiente, constituyen un desafío al catolicismo en general en todos los países. La historia ya demostró que ellas son visibles, aunque lidien con contradicciones externas e internas. A lo largo de 40 años de experiencia, las CEBs cargan consigo cuestionamientos más o menos explicitados, más o menos visualizados por las participantes. Cuestionamientos que aguardan una base teórica. En esa línea se sitúa mi colaboración. Presento a continuación algunos comentarios históricos que se relacionan a tres cuestionamientos que, así pienso, están en el horizonte de la reflexión de las CEBs. El primero trata de la comprensión profética de la pobreza; el segundo de la religión y el tercero del sacerdocio.

Cuestionamientos acerca de la comprensión profética de la pobreza.

Por causa de muchos siglos de falta de explicitación del compromiso con los pobres por parte de la oficialidad eclesiástica, el cristianismo fue perdiendo la comprensión bíblica y profética de la pobreza. Eso proviene básicamente del hecho de que los grandes intelectuales del primer milenio de la tradición cristiana, los llamados Padres de la Iglesia, practicaron una “lectura griega” de la Biblia.

La Biblia fue elaborada dentro de un tipo de pensamiento que no es el nuestro, el pensamiento semita. El Nuevo Testamento, a su vez, aunque redactado en griego, sigue fundamentalmente un modo de pensar semita. De ahí la importancia de tener una idea de cómo la cultura semita encara el cuerpo y, por consiguiente, la pobreza.

Los semitas no establecen una distinción entre cuerpo y alma. En la Biblia hebrea, dos términos expresan al ser humano: basar y nefesh. Esos términos forman un binomio, o sea, deben ser entendidos en forma correlativa, ya que expresan dinámicas del ser humano que funcionan en conjunto.

El término basar, que la Setenta (traducción griega) traduce por sarks, la Vulgata (traducción latina) por caro y las lenguas modernas por: carne, chair, flesh, cobre en hebreo una gama de sentidos, como cuerpo, piel, carne para el consumo, consanguinidad, parentesco. Ese término nunca es aplicado a Dios (contrariamente al término nefesh que presento a continuación). Aunque acentúe los aspectos frágiles, provisorios y vulnerables del ser humano, sujeto a dolencias, sufrimientos, infortunios y muerte, el término no tiene un sentido negativo.

El término nefesh posee igualmente una amplia gama de significados: vida, respiración, perfume, olor, deseo, fuerza, vitalidad. Expresa el elemento dinámico de la persona humana. Puede significar garganta (órgano de hambre y sed), canal de respiración, fuerza de vida (cuando Raquel muere, su nefesh sale de ella: Gn.36,18), la respiración difícil de la mujer en trabajos de parto (Jr.4,31), el deseo de comida y bebida, el deseo sexual. Hambre, sed, sufrimiento, deseo (inclusive sexual), respiración, alimentación, todo es atribuido a nefesh. La mejor traducción de ese término tal sea “vida” y, en la descripción de la relación con Dios, “deseo”.

El problema que nos ocupa aquí reside en el hecho de que la Setenta traduce el término nefesh por “psique”, la Vulgata por “alma” y las lenguas modernas por: alma, âme, soul, seele, y que en el recorrido de esas traducciones consecutivas, principalmente a partir del siglo III d.C., el término psique pasa a ganar un significado derivado de la filosofía neoplatónica. El nefesh desaparece del horizonte y la psique platónica entra y ocupa el centro de la escena, donde permanece por largos siglos. Hoy lo que entendemos por alma pasa lejos del sentido originario de nefesh. Cuando la Setenta traduce 754 veces nefesh por psique, eso deorienta a comentaristas menos avisados y piensan en la oposición entre espiritualidad y materialidad, cuerpo y alma; o sea, practican una lectura griega (léase platónica) de la Biblia. Traducir nefesh por alma, âme, soul, seele, sin el debido cuidado, es leer la frase bíblica en un sentido equivocado. Lo importante para quien pretende leer la Biblia correctamente hoy día, consiste en restituir al término “alma” el contenido corporal que tiene en los escritos bíblicos.

¿Cómo la lectura griega de la Biblia llegó a penetrar en las reflexiones de los Padres de la Iglesia? 

Históricamente la cuestión se dio de la forma siguiente. En el transcurso del siglo III, la sociedad romana intelectualizada por medio de Plotino se adhirió macizamente a la antropología de Paltón, basada en la idea de una distinción entre cuerpo (soma) y alma (psique), materia y espíritu. Los pocos intelectuales cristianos (los Padre de la Iglesia), deseosos de acompañar la evolución intelectual de su tiempo, pasan a seguir la filosofía neoplatónica sobre el cuerpo, lo que establece una confusión intelectual de larga duración en la tradición de Jesús. En los escritos de esos Padres aparecen temas como: abyección de la carne (léase: el abandono de cuestiones sociales), elevación del espíritu, comunicación con el cielo, o simplemente espiritualidad en oposición a materialidad. Se devalúa el universo de los cinco sentidos del cuerpo, y se habla de mortificación de los sentidos y de desprecio del mundo. Ese enfoque incide directamente en la evaluación de la pobreza en la literatura patrística. Podemos decir que hay una espiritualización del tema de la pobreza que da como resultado el ocultamiento de las dimensiones económicas, sociales y políticas de la pobreza.
El tema de la opción por lo pobres proclamado en Medellín lleva al redescubrimiento del sentido bíblico de la pobreza, superando la lectura griega. La lectura bíblica de la pobreza significa la vuelta a los profetas bíblicos que declaran que el cuerpo pobre en sí (sin consideraciones morales) es un escándalo para Dios, una situación intolerable. Gustavo Gutiérrez, en su libro Teología de la Liberación, sigue dos líneas de pensamiento bíblico acerca de la pobreza: 1. La pobreza como estado escandaloso; 2. La pobreza como infancia espiritual.

Primer punto: La pobreza como estado escandaloso.

Después de analizar brevemente los diversos términos hebreos que designan al pobre (rash, ebion, dal, anaw), Gutiérrez pasa al término grito “ptôchos”, que se encuentra 34 veces en el Nuevo testamento. El pobre tiene miedo a aparecer, anda en los caminos mendigando y se oculta, al lado del ciego, mutilado, leproso, enfermo, mendigo, débil, encorvado y humillado. El hombre del campo (àmha `aretz`) es pobre, pues vive explotado por los dueños de las tierras. El libro de Job describe a ese pobre en Job 24,2-12.

Segundo punto: La pobreza como infancia espiritual.

Gutiérrez comenta una segunda línea de pensamiento en torno al pobre y la pobreza. Los términos para indicar al “pobre-escándalo” y al “pobre-espiritual” son los mismos en hebreo, pero el sentido es diferente. Aparece el plural “anawin”, cuya explicación se encuentra principalmente en los profetas Jeremías y Sofonías, ambos del siglo VII a.C. La pobreza y el sufrimiento extremo de los israelitas exiliados en Babilonia son, según Jeremías, señales de una purificación profunda, la fuente de una esperanza y de una renovación de Israel. Sólo un pequeño “resto de Israel” entiende la profecía de Jeremías, pues la mayoría rechaza su pensamiento. El profeta Sofonías (2,3) dice lo mismo: “Señor de los humildes (anawin), vosotros que cumplís sus mandatos; buscad la justicia, buscad la humildad”.

El “resto” de Israel, los humillados, oprimidos y pequeños constituyen el futuro de Israel. Ese futuro está en las criaturas espirituales, en los que se tornan pequeños y siguen las palabras de Yavhé en medio de las contradicciones. Pues Yavhé está airado con el Israel orgulloso y comprometido con los poderosos, mientras muestra simpatía por el “resto”, que persiste en la pobreza y la humildad.

Esa lectura bíblica permite a Gutiérrez interpretar las palabras del evangelio de Mateo: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (MT.5,3) en el sentido de los anawin de Jeremías y Sofonías. Es con esa perspectiva que él, en el capítulo final de su libro, afirma que los dos puntos señalados respecto de la pobreza (pobreza-escándalo y pobreza-espiritual) llevan a un tercer punto: “pobreza como solidaridad y protesta”. Y concluye concretamente: “Optar por el pobre es optar contra el opresor”.

Resumiendo: no existe dualismo cuerpo-alma en la teología bíblica. Decir que el pobre en el cuerpo es rico en el alma o que el pobre en dinero es rico en Dios, como se dice tantas veces en ambientes cristianos, es leer la Biblia de forma incorrecta. Los textos proféticos afirman que la pobreza, independiente de consideraciones morales, es un escándalo a los ojos de Dios. En el Reino de Dios no hay pobreza. La persistencia de la pobreza constituye la más clara negación de Dios en nuestras sociedades.

Cuestionamiento acerca de la religión.

Un segundo tópico que aparece aquí, existe en la CEBs respecto a la relación entre evangelio y religión. Aquí también, la reflexión de Gustavo Gutiérrez es innovadora. Ya en 1964 decía que “el cristianismo no es una religión” e invoca teólogos como Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer y Jonh Robinson para confirmar la frase.

La frase categórica de Gutiérrez encuentra hoy una confirmación en la reflexión de José Comblin cuando éste dice: “En la vida y funcionamiento de la Iglesia, la religión ocupa más espacio y tiene mayor importancia que el evangelio. La religión es un hecho cultural; en cuanto al evangelio, es una apelación a la acción. En la cultura occidental la religión es más determinante que el evangelio, que debería ser la fuerza de contestación y transformación de la cultura de Occidente, sobrecargada de desigualdades, injusticias y violencia. En Occidente, Jesús es más objeto de culto que modelo de seguimiento. En la Iglesia sobran ritos y ceremonias y falta la mística del seguimiento de Jesús que vino para mostrar el camino para que lo sigamos. Eso es lo básico, es el Evangelio”.

En su corazón, el cristianismo no es religión, aunque se exprese en términos religiosos. Lo que Jesús pidió a sus discípulos era seguimiento, no adoración, rezo, culto, liturgia. La mayoría de los que hoy siguen el cristianismo no están en el camino de Jesús, sino que están en el otro polo, en la religión, o sea, se dedican a la doctrina, enseñan la doctrina, defienden la doctrina contra los herejes y las herejías.

Cuestiones acerca del sacerdocio.

En el seno de las CEBs no se acostumbra a explicitar el papel del sacerdote, pero en la práctica está en curso una nueva imagen del mismo. La imagen tradicional del sacerdote que aparece en la comunidad para celebrar misa, administrar sacramentos, ejecutar ritos y liturgias, cede lugar a la imagen del sacerdote sentado en círculo, al lado de laicos y laicas, participando, escuchando e interviniendo de vez en cuando. Gustavo Gutiérrez habla del sentimiento del sacerdote de estar “fuera del mundo”, de realizar una tarea irreal y de quedarse al margen de un mundo que se construye. Gustavo señala: “Se necesita mucha serenidad para enfrentar ese problema. En este momento, la historia, tal vez, esté llamando al sacerdote a cumplir un nuevo papel”. Palabras pronunciadas en la década de 1960, que apelan a una profundización histórica.

Esbozo aquí algunas consideraciones de orden histórico que tal vez ayuden a comprender lo que está aconteciendo en las CEBs en relación a la función del sacerdote. El sacerdote que acompaña a las CEBs está rescatando la imagen antiquísima del maestro, que caracteriza el movimiento de Jesús en sus inicios. Sabemos que el movimiento de Jesús nace en oposición al sistema sacerdotal hegemónico en la religión judía de la época. En los inicios, esa tradición contaba con maestros, profetas, doctores, rabinos… nombres diversos que indican líderes no sacerdotales. Los maestros se destacaban por sus cualidades personales, no eran investidos de poder por medio de una legitimación (ordenación) por parte de alguna instancia, no recibían salario por sus servicios, ni se destacaban por alguna ropa especial. Emanados del sistema sinagogal judío, esos maestros modelaron el movimiento de Jesús, por lo menos hasta la segunda parte del siglo II. Ellos representaban el “movimiento de Jesús”, un movimiento que articulaba fuera del templo, fuera del sacerdocio levítico, fuera de los ritos y ordenamientos levíticos, un movimiento centrado en la acción concreta, en la cotidianidad de la vida.

Hasta Constantino (siglo IV) no hay distinción entre personas sagradas y profanas en el movimiento de Jesús. Todos son laicos, entre los cuales algunos destacan como maestros. El clero como clase separada del pueblo es una invención de los tiempos de Constantino. En el momento en que el clero aparece, surge el corporativismo y, con él, la idea de la religión como introducción al evangelio. Pues el sacerdote vive de la religión. Eso creó una de las contradicciones que la tradición cristiana carga hasta nuestros días. Todavía la diferencia entre religión y evangelio es fundamental en el sentido de que el evangelio se vive en la vida real, material, social, y la religión se vive en un mundo simbólico.

Todavía hoy la religión católica no abandona oficialmente el modelo de la cultura clerical romana. Eso se debe, entre otros motivos, al hecho de que la imagen del sacerdote ritualista continúa profundamente arraigada en la cultura de la Iglesia, inclusive en el imaginario de las CEBs. Todavía afloran las antiguas ordenanzas rituales del judaísmo, remanejadas o presentadas bajo nuevas formas. Aflora en el subconsciente eclesial la memoria de las preces, de los ayunos, de los días sagrados, de la imposición de manos, de los preceptos… aflora la mentalidad sacrificialista. Hoy, el sacerdote pasa todavía la mayor parte de su tiempo en la rutina de los ritos, de las misas y del acompañamiento de la religión. Se repite que “los sacerdotes de la Nueva Alianza” participan del “sacerdocio único de Jesús; celebran el Santo Sacrificio de la Misa para expiar los pecados; que Jesús murió por nuestros pecados; que Él es nuestro Redentor, nos reconcilia con Dios; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; fue obediente hasta la muerte para salvarnos (de la condenación eterna) y es víctima inocente ofrecida a Dios para salvar a la humanidad del pecado…

Ese modo de hablar expresa un condicionamiento de larga duración y no se puede esperar que sea superado de un día para otro. Sólo por medio de un paciente y persistente estudio de la tradición de Jesús se lograrán resultados.

Eduardo Hoornaert

Editorial Lascasiana – Reflexión y Liberación

(Traducción Esteban Tabares)

Fuente: Redes Cristianas

martes, 23 de mayo de 2017

“¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor!…Isaías 1:17” (NVI)


Instituto Ecuménico Diaconal “Esteban”
San Salvador, El Salvador, Centroamérica.

El Salvador es cada día escenario de confrontación de dos proyectos: uno que trabaja por la vida y otro que insiste en negarla. Nuestra realidad, aunque a algunos no nos guste, es de confrontación de clases.
Pueblo de Dios. Un alto porcentaje de personas nos colocamos a favor de la vida. Nuestras esperanzas transitan por muchas vías, en bastantes ocasiones encontramos puntos de coincidencia. Para algunas personas su esperanza está colocada en el partido de izquierda que se supone trabaja por la vida, algunos confían y se ubican en él son parte o apoyan incondicionalmente lo que haga ese partido y el Poder Ejecutivo, otras coincidimos unos más otros menos con ese partido y gobierno, hacemos nuestro trabajo por la vida desde múltiples y variados espacios llámense estos: iglesias progresistas o con teologías liberadoras, otros en algunas ONGs no gubernamentales, organizaciones sociales, colectivos que trabajan por la vida.

Algunas personas no están organizadas en estas expresiones por la vida, pero desarrollan sus vidas sin provocar daño al prójimo ni su medio ambiente. Todos somos un solo pueblo, en ocasiones con divergencias, pero unidos en la defensa de la vida e intentando ser justos con nosotros mismos y nuestros prójimos. En este pueblo no hay poder económico.

Proyecto faraónico. Hay otras personas que promueven la muerte, aunque sus palabras digan lo contrario, sus hechos les desmienten. Estos tienen sus partidos políticos que representan y defienden sus intereses, uno de esos partidos es el más representativo en sus confabulaciones contra la vida. Estas personas no son todas económicamente poderosas, hay muchos que son económicamente pobres, pero las más poderosas entre ellas, han logrado incorporarles en la mente y corazón ideas e incertezas que aparentemente son positivas, pero en realidad son contrarias a la vida, entre estos, los que más han acumulado riquezas son los que deciden y orientan al resto, para ello se valen de partidos políticos, iglesias de corte conservador, ONGs, sindicalistas, medios de comunicación masiva (casi todos) transportistas y una gremial empresarial. Los que conducen y desorientan a un porcentaje de la población son los económicamente poderosos, la gran burguesía y oligarquía, un grupo minúsculo pero con poder económico.

Estos, desde 2009 perdieron el poder patrimonialista del estado ejercido mediante el Poder Ejecutivo y no han descansado en sus luchas por recuperarlo, día y noche traman sus planes en contra de la vida y lo que es peor los ponen en práctica por todos los medios posibles. Este grupo ha logrado mantener el Poder Judicial, principalmente, mediante un bastión que se ha vuelto de gran importancia: Cuatro magistrados de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. El agrupamiento de personas económicamente poderosas tiene un aliado en sectores gubernamentales de Estados Unidos, eso y sus capitales financieros les hace crearse y creerse la falsa idea de que son “todopoderosos”. El mismo mal espíritu le han introyectado en sus patrones de conducta a sus magistrados.

Estos dos grupos son las dos clases que hay en El Salvador. 1

Desde 2009 cuatro “magistrados” de la Sala de lo Constitucional con astucia jurídica perversa afectan negativamente todo aquello que pueda dañar los esfuerzos -que bien o mal- realiza el Poder Ejecutivo para beneficiar al pueblo. Estos “magistrados” cada vez que pronuncian palabra, tratan, pero les es muy difícil enmascarar, su desagrado con los esfuerzos del Poder Ejecutivo, porque de cierta forma, aunque en ocasiones con debilidad, no defiende en su totalidad los intereses de los más ricos y poderosos, que son los que a su vez sostienen a esos cuatro magistrados. Las argucias jurídicas de esos magistrados, en ocasiones lograron engañar a ciertos sectores de la población, pero cada vez más pierden credibilidad ante la mayoría del pueblo.

Lo ocurrido en los últimos días con el sistema de transporte integrado nos vuelve a demostrar que esos “magistrados” no piensan en el beneficio del pueblo, sus corazones y mentes no están motivados por la justicia, sino en la perversidad y por ello manipulan las leyes con la finalidad de afectar a su contrario y de paso –sin importarles- afectan al pueblo más sufrido. Este sistema de transporte probablemente no cumple, en su totalidad, las grandes necesidades y expectativas de un sistema de transporte que el pueblo necesita, pero da muestras de ser el inicio del fin de tantas mafias de transportistas que por muchos años han recibido subsidios de gobiernos, ofreciendo servicios de transporte publico de los peores que hay en América Latina, estos grupo de transportistas son una mafia que por años se ha enquistado en ese sector.

Los cristianos salvadoreños, ciudadanos de este país, estamos convocados por nuestro Dios a hacer el bien, buscar la justicia, hablar y actuar a favor de la vida y defender los derechos de los afligidos y necesitados. En esta situación del SITRAMSS. Los más afligidos y necesitados no son los que nos movilizamos en transporte particular, sino los trabajadores y trabajadoras que se movilizan cada día para sus trabajos, hogares, llevar sus hijos a la escuela. Por ello es necesario que no permitamos que se pierda o se diluya este proyecto en manos de cuatro “magistrados” que no aplican justicia sino que manipulan la ley a su conveniencia y por supuesto en manos de los grupos económicamente poderosos con los cuales hacen confabulación y componendas contrarias a lograr mejores situaciones para el pueblo trabajador.

En términos generales estos cuatro “magistrados” en todo su ejercicio no han dado señales positivas y consistentes a favor de la justicia, la cual es tan necesaria en la vida cotidiana de este país, por ello no es descabellado ni mal intencionado que sectores amplios del pueblo pidan su destitución.
“Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado. Proverbios 31. 9” Biblia de las Américas.

martes, 12 de julio de 2016

Iglesias que abusan.


POR ALFONSO ROPERO BERZOSA

Un drama amenazador

Admitimos con cierta resignación que hay pastores que abusan, falsos pastores que no sienten ningún amor al rebaño, porque están vacíos de Dios. No nos sorprende porque ya fue predicho por Jesús y anunciado por Pablo a los ancianos de Éfeso: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hch. 20:29). Nos consolamos pensando que quizá sean sólo unos pocos. Pero nos cuesta trabajo reconocer que no sólo hay pastores que abusan, sino también iglesias que abusan. Eso ya es más serio y preocupante, pues desvirtúa el cristianismo en su misma raíz, base y fundamento. Hace de la Iglesia, cuerpo de Cristo, una cueva de ladrones, un cubil de extorsionadores. En lugar de ser una comunidad de adoración y salud, se convierte en un espacio enfermizo de manipulación y muerte. Lejos de ser liberadora, abierta, terapéutica[1], se vuelve opresora, cerreada, sectaria[2].

La teología pastoral siempre ha sido consciente del poder de la iglesia para ayudar o para dañar. “La Iglesia del Nuevo Testamento —escribe Daniel G. Bagby—, fue diseñada para ser una familia redentora, pero a la vez es una institución humana y uno no puede hacerse ilusiones con respecto a su capacidad para hacer lo malo”[3]. Por eso la buena teología se ha preocupado de resaltar el papel sanador de la iglesia como comunidad reunida para adorar a Dios y para fortaleces los lazos de amistad y comunión entre los creyentes[4].
Pero en los últimos años se ha producido el alarmante fenómeno de “iglesias que abusan”, el cual en lugar de ir en descenso va en aumento. Iglesias auténticamente tóxicas, que en lugar de sanar, envenenan. “¿Son realmente nacidos de nuevo los que deliberadamente desean hacer daño y controlar a otros en la familia de Dios?”, se pregunta Marc A. DuPont[5].
Según el el Dr. Ronald Enroth, las iglesias abusadoras tienen un estilo de liderazgo orientado hacia el control. Los líderes de este tipo de iglesias usan la manipulación para lograr la sumisión total de sus miembros. Mantienen un estilo de vida rígido y legalista que involucra numerosos requisitos y detalles minuciosos de la vida diaria. Para evitar que sus miembros presten atención a las criticas de que son objeto, los líderes se adelantan desaprobando al resto de iglesias. Una táctica claramente sectaria.
Las iglesias que abusan crean un complejo de persecución y consideran que son perseguidas por el mundo, los medios y otras iglesias cristianas. Esto dificulta que los miembros descontentos caigan en la tentación de salir de estas iglesias, un proceso que suele estar marcado por el dolor social, psicológico o emocional[6].
Existen, además, muchas otras manera de abuso espiritual, más difíciles de detectar, debido a la sutileza con que se presenta[7].
¿Cómo hemos llegado a esta situación?
De la manada pequeña a la gran manada
La Iglesia cristiana nació como una comunidad de personas congregadas por los apóstoles en torno a la figura y memoria de la persona de Jesús. Bien pronto, el dinamismo interno de estas comunidades da origen a otras comunidades que se expanden por todo el mundo mediterráneo, comenzando desde Jerusalén y Galilea. Perseguidas y rechazadas en su calidad de culto “nuevo”, nada había en el mundo antiguo más menospreciado la idea “novedosa”, le creencia “nueva”. La autoridad de las creencias residía en la tradición de los ancianos, en lo viejo, en antiguo, en lo venerado desde tiempos inmemoriales. Lo nuevo era una transgresión a lo recibido de los padres. Los judíos tenían a Moisés, ¿qué iba a aportarles el humilde Jesús? Lo griegos tenían al gran Homero, y los romanos a sus dioses ancestrales.
Los primeros misioneros cristianos se vieron rechazados por sus compatriotas, los judíos, e igualmente por la gentilidad en su generalidad.
En una de sus primeras cartas, el apóstol Pablo expresa su dolor y su preocupación por la persecución de la que son objeto los miembros de la joven comunidad de Tesalónica, a la vez que se gloría en la paciencia y la fe en todas las persecuciones y tribulaciones que soportan (2 Tes. 1:4). Parte del ministerio apostólico consistía en fortalecer a los de ánimo caído por las adversidades y persecuciones de los que eran objetos: “Fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
De algún modo las persecuciones contribuyeron a mantener lejos de las iglesias muchas personas indeseables. Había que tener fe verdadera para arriesgar la vida al identificarse con una fe no lícita y con una gente que era menospreciada y perseguida. Aún con todo, la fe, el ánimo y la red de obras sociales de las comunidades cristianas fuese abriéndose un hueco en la sociedad romana. De manera que, pese a las pruebas y hostilidades, las iglesias fueron creciendo y expandiéndose por todo el mundo antiguo.
Fue un crecimiento gradual, pero no espectacular. La cosa cambio con la “conversión” del emperador romano Constantino. De repente, la Iglesia mártir, la iglesia despreciada, se convirtió, en Iglesia reconocida, victoriosa. Nobles y hacendados imitaron el gesto de su supremo gobernante y en masa se hicieron cristianos. El cristianismo se volvió en una “religión de éxito”.
El peligro del éxito
El éxito, naturalmente, atrae a las masas. ¿Quién quiere ser parte de un grupo de perdedores? Pero el éxito tiene sus peligros. Jesús lo entendió perfectamente cuando Satanás le pidió que convirtiese las piedras en pan. ¡Qué grande multitud de hambrientos no le habrían seguido! Multiplicó los panes y los peces y la gente se sació, pero no creyó. Durante un tiempo le siguieron por este tipo de milagros, porque “comieron pan y se saciaron” (Jn. 6:26-27). Pero nada más.
El “éxito” de Felipe se convirtió en un gran peligro como Simón el mago aceptó la palabra del evangelista (Hch. 8:13), no por su contenido espiritual, sino por las maravillas que realizaba y que él era incapaz de hacer. Estuvo dispuesto a pagar una gran suma de dinero (v. 18) a cambio de esos dones asombrosos, que le asegurarían el favor de las multitudes.
A principios del siglo XX el movimiento pentecostal era un fenómeno marginal, propio de personas de los barrios marginales de las grandes ciudades, con escasa educación y poca proyección social. No tiene nada de extrañada que fueran menospreciados y calificados de mil maneras negativas por su hermanos conservadores. En la década de los 60 algo comenzó a cambiar. Algunos pastores de las iglesias tradicionales y mayoritarias se abrieron al fuego del Espíritu y desde entonces, el fenómeno no ha parado de crecer, hasta el punto de convertirse en una “religión de éxito”, que atrae por igual a personas sencillas como sofisticadas; campesinos y profesionales; de clase obrera y de la burguesía. El crecimiento ha sido espectacular. El mayor registrado en los anales de la historia del cristianismo.
Aparecen los lobos
El éxito de masas, con todo lo que esto significa de poder económico y de influencia, atrae a los buitres y a los vividores. ¿Acaso habrá algo más fácil que aprenderse la jerga carismática y rentar un almacén donde comenzar cada cual su propia iglesia, atrayendo a los incautos con promesas de sanidad, prosperidad y éxito sin límites? Al crecer el número de imitadores, de falsos apóstoles, aumenta la oferta según las leyes del mercado y del circo: ¿Quién da más? Vengan y vean lo más imposible todavía. El camino de la impostura y de la codicia no conoce freno; es una pendiente que se desliza hacia un abismo sin fin. El carismatismo actual vive, sufre y padece las consecuencias del éxito. La facilidad con que un mensaje pseudo cristiano es capaz de atraer y embaucar a la gente en que en un momento de dificultades y en medio de la inseguridad busca algo o alguien que le garantice el azaroso presente, que le saque de la menesterosidad y aporte algo de color a su vida. De esto se aprovechan los falsos pastores y apóstoles. Bayardo Levy denuncia en su libro ¿Ministros o trasquiladores?, que “gran parte de las iglesias se han vuelto un negocio altamente lucrativo. Muchos líderes levantan una congregación con una mano delante y otra detrás (quiero decir, sin dinero) y en poco tiempo los vemos en una gran abundancia económica; algunos hasta con escoltas y en carros lujosos. Nunca fueron empresario, pero de la iglesia crearon una gran empresa”[8].
Cuando falta amor, amor a Dios y al prójimo, la tendencia natural del ser humano es aprovecharse de su prójimo, abusar de él, lucrarse a su costa.
El principio edificación
Conociendo el misterio de la unidad tan íntima de Cristo y su Iglesia, a la que san Pablo no duda en llamar “cuerpo de Cristo”, se hace más detestable la existencia de iglesias, grupos e instituciones llamados cristianos que se aprovechan del buen nombre de Cristo y de su Iglesia para abusar de la gente; para intoxicar la mente y el corazón de los que caen bajo su influencia; para explotar económicamente la codicia de unos y la credulidad de otros.
¿Cómo podemos enfrentar esta situación?
En primer lugar, poniendo en práctica el discernimiento de espíritus, lo que conlleva responsabilidad por parte de los ministros y madurez por parte de los miembros. Es del todo necesario una labor de educación de los creyentes para que por sí mismos puedan discernir la enseñanza recibida dentro y fuera de su congregación. También aquí nos encontramos con un problema de “abuso”, consistente en la creación de dependencia de los miembros respecto al pastor. Cuanto más maduros y preparados sean los miembros de una iglesia mayor será la defensa contra desviaciones y abusos de una u otra parte.
En segundo lugar, hay un criterio apostólico muy útil para discernir y contrarrestar las situaciones de abuso en todas sus variantes.
Se trata de la “edificación”, metáfora tomada del mundo de la construcción, presente también en otros aspectos de la vida cristiana[9]. La Iglesia es representada como un edificio espiritual (1 Cor. 3:9; Ef. 2:21), del que cada miembro es un piedra viva (1 Ped. 2:5). El crecimiento y el desarrollo del carácter de los creyentes es presentado bajo la metáfora de la “edificación” (Hch. 9:31; 1 Cor. 8:1; 10:23; 14:4, 17; 1 Tes. 5:11). Los ministros de la Iglesia tienen por meta la edificación de los creyentes en el fundamento que es Jesucristo (1 Cor. 3:10, 12, 14; Ef. 2:20; Col. 2:7; Jud. 20). La vida cristiana es una labor continua y progresiva de edificación, de modo que hasta los dones milagrosos carecen de importancia si no contribuyen a la edificación de la comunidad (cf. 1 Cor. 14:4). El amor es el elemento clave de esta edificación (1 Cor. 8:1).
La regla por la que ha de medirse una iglesia, y la vida cristiana en general, es si edifica o no edifica (1 Cor. 10:23). Soren Kierkegaard decía que si una reunión cristiana no contribuye a edificar, es acristiana, por más que se realice en nombre de Cristo y con la Biblia en la mano. “La regla cristiana, en efecto, quiere que todo, todo, sirva para edificar. Una especulación que no lo consigue es, de golpe, acristiana”[10].
La edificación del cuerpo del Cristo compete a todos, pastores y fieles por igual. “Animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis” (1 Tes. 5:11), escribe el apóstol Pablo. Una iglesia sana es una iglesia que busca la edificación de sus componentes, la realización personal de cada cual, la formación del hombre nuevo en Cristo Jesús. Cuenta para ello con la Palabra y con el Espíritu.
Un ministerio sano es un ministerio que edifica. Uno de los requisitos que el apóstol Pablo exige de los pastores es que sepan administrar bien la Palabra de Dios (2 Tim. 2:15). El Señor Jesucristo habló del Reino de Dios y dijo que “todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mat. 15:32). Juan Calvino saca de estos textos la lección que los maestros y predicadores cristianos tienen deber de dividir o cortar la Palabra de Dios, como si un padre, al dar alimento a sus hijos, estuviese dividiendo o partiendo el pan en pequeños pedazos. “Algunos la mutilan, otros la rompen, otros la torturan, otros la parten en pedazos, otros, quedándose en la superficie, jamás penetran hasta la médula de la doctrina. A todas estas faltas, contrapone “el dividir bien”, es decir, la forma de explicar que se adapte para la edificación; porque ésa es la norma por la cual debemos regular toda interpretación de la Escritura” (Calvino, Comentario a las Epístolas Pastorales. La cursivas son nuestras). E insiste al comentar 2 Tim. 3:15, que toda Escritura inspirada por Dios es “util”. “La Escritura contiene la regla perfecta para vivir una vida buena y dichosa. Cuando Pablo dice esto, enseña que esta es corrompida por el abuso pecaminoso, cuando no se persigue esta utilidad. Y así él indirectamente critica a esos hombres sin principios que alimentan a la gente con vanas especulaciones, como con aire. Por esta razón, podemos, en la actualidad, condenar a todos aquellos que, pasando por alto la edificación, causan disputas que, aunque son ingeniosas, son también inútiles. Siempre que las ingeniosas bagatelas de esa naturaleza se presentan, deben ser detenidas con este escudo: “La Escritura es provechosa”. De aquí se sigue que es ilícito tratarla en una forma no provechosa; porque el Señor, cuando nos dio las Escrituras, no trató de satisfacer nuestra curiosidad, ni de animarnos a la ostentación, o de darnos ocasión para charlar y parlotear, sino de hacernos bien; y por consiguiente, el uso correcto de la Escritura debe siempre dirigirse hacia lo que es provechoso” (Calvino, las cursivas son nuestras).
Cuando el pueblo de Dios es edificado, la comunidad se enriquece, se promueve el bienestar general, el Espíritu actúa y la Palabra se hace realidad. Este bienestar general incluye la denuncia de los falsos apóstoles y profetas que dividen el cuerpo de Cristo.
En pocos años se producirá una “campo quemado” para la misión y el evangelismo, provocado por los abusos mencionados, que conocemos y que nos preocupa, en el cual tendremos muchas dificultades para que renazca la fe y la confianza en el mensaje del Evangelio.
Es urgente tomar medidas ahora que es tiempo, predicando la palabra; insistiendo a tiempo y fuera de tiempo; redarguyendo y reprendiendo a los que trafican y comercian con la Palabra de Dios, aplicando a la tarea mucha fe, mucha paciencia y mucha instrucción (2 Tim. 4:2). Creando espacios de libertad y crítica desde la fe. Formando personas maduras en su relación con Dios, evitando así situaciones de dependencia, o clientelismo, respecto a falsos pastores, maestros o apóstoles.
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[1] Véase Pedro Álamo Carrasco, La Iglesia como comunidad terapéutica. CLIE, Barcelona 2005.
[2] Véase Jaime Mirón, ¿Está su iglesia convirtiéndose en una secta? Tyndale House Publishers, Illinois 2012.
[3] Daniel G. Bagby, El poder de la Iglesia para ayudar o dañar, p. 6. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1992.
[4] Véase Alberto Daniel Gandini, La Iglesia como comunidad sanadora. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1989.
[5] Marc A. DuPont, Toxic Churches, p. 17. Chosen Books, Grand Rapids 2004.
[6] Ronald M. Enroth, Churches That Abuse (Zondervan, Grand Rapids 1993);
[7] Véase David Johnson y Jeff van Vonderen, El sutil poder al abuso espiritual. Cómo reconocer y escapar de la manipulación espiritual y de la falsa autoridad dentro de la Iglesia (Vida, Miami 2010); Mary Alice Chrnalogar, Escrituras Torcidas. Liberándose de las iglesias que abusan (Vida, Miami 2006).
[8] Bayardo Levy, ¿Ministros o trasquiladores?, pp. 7-8. Palibrio, Bloomington 2011.
[9] Véase “Edificar, edificio”, en A. Ropero, ed., Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia. CLIE, Barcelona 2014.
[10] Soren Kierkegaard, “Prólogo” a La enfermedad mortal Trotta, Madrid 2008.

miércoles, 22 de abril de 2015

Cuando los pueblos remueven las instituciones de poder.


Oscar Fortín

SOMOS PUEBLOS DE DIOS

La ultima cumbre de las Américas en Panamá puso de relieve cuanto importante estuvo la Cumbre de los pueblos que se realizo al mismo tiempo, en la misma ciudad para tratar de los mismos temas. De un lado, 35 jefes de Estado que no logran entenderse sobre una declaración común porque 2 de estos jefes, Estados Unidos y Canadá, se opusieron a lo que los cancilleres de todos estos países habían redactado en un común conceso. Del otro lado, centenares de representantes de organizaciones sociales, de movimientos ligados a todo lo que toca a uno u otro aspecto del desarrollo de las personas como de los pueblos, lograron firmar una declaración final.

Lo que nos revela esta Cumbre de las Américas es que los pueblos están allí para quedarse tanto como poder democrático que como expresión de sus intereses, independiente de los jefes de Estado. No es que andan en contra o en pro de estos poderes, sino que desarrollan un pensamiento que nace de sus propias experiencias y que aclara el camino por el cual los pueblos y sus dirigentes tienen que caminar. No tienen dependencias a grandes capitales como ocurre a menudo con los jefes de Estado. Los pueblos son libres.

Esta experiencia de los pueblos que asumen la responsabilidad del poder que les corresponde me hizo pensar que así debiera actuar el Pueblo de Dios en la Iglesia con relación al poder eclesial que se expresa a través el Vaticano y las jerarquías. Si cada vez que hay un sínodo o un encuentro de los representantes de las jerarquías para tratar una problemática de la Iglesia, el Pueblo de Dios se movilizaría para discutir de lo mismo al partir de su propia realidad, alcanzaríamos mas rápido los cambios que se imponen y se alumbraría con mas claridad los caminos por donde pasan el testimonio de Jesús y él de sus seguidores.

El Pueblo de Dios se encuentra en las comunidades de base, en los movimientos sociales y en muchos otros movimientos que interpelan, como es el caso de los profetas y teólogos, la institucionalidad y orientaciones de la Iglesia.

En el Evangelio de Mateo tenemos la confirmación de esos dos poderes. Hay el poder dejado por Jesús a Pedro (Mt. 16,18) y hay el poder dejado al pueblo, del cual poco hablamos (Mt,18,18). En esta ultima referencia, Jesús entrega a la comunidad el poder de decidir de lo correcto cuando hay divergencias o problemas en la comunidad.

« De cierto os digo que todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo. » (Mt.18,18)

Me parece que ha llegado la hora para que el Pueblo de Dios tome consciencia de este poder y que lo asume en la Iglesia con toda legitimidad.

Cuando Pablo, en su carta a los Efesios (2,20) habla de las dos columnas a base de la Iglesia, hablando de la columna de los Apóstoles y la de los profetas, expresa algo de estos dos poderes. En general, los profetas andan con el pueblo de Dios, mientras tanto los apóstoles se dedican al anuncio de la buena noticia del Reino de Dios.

"Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo"

Al actuar así, Jesús impide toda forma de exclusividad del poder. Los dos poderes deben concertarse sin nunca olvidar que Jesús sigue siempre la cabeza de la Iglesia y ,su Espíritu, él que distribuye sus dones como bueno lo entiende. El único monopolio que existe es el de Jesús resucitado, y de su Espíritu. Los dos poderes tienen que andar mano en mano para mejor servir la humanidad en sus anhelos de justicia, de verdad, de solidaridad, de compasión y de misericordia. Importa que estos dos poderes pueden expresarse en las mismas condiciones que les corresponde al poder del Vaticano y de las jerarquías.

Aquí tengo que poner de relieve un articulo, “Los guardianes de la Iglesia”, recién publicado en Redes cristianas que me llamo la atención y con el cual estoy completamente de acuerdo.

“Todas las instituciones o departamentos de la Iglesia que he citado sirven para el bien del Pueblo de Dios, (y si no sirven para eso, ¡no tienen sentido en la Iglesia!), para su crecimiento, mantenimiento y cultivo.

En conclusión, quisiera sugerir que una parte de los fondos del Banco del Vaticano sirva para sostener esta participación y movilización del Pueblo de Dios al igual que sirve a las jerarquías para cumplir su misión al servicio de todos los hombres y mujeres de buena voluntad del mundo.

La única manera de liberar la Iglesia-institucional del poder que la mantiene presa de los poderes del mundo, es que la Iglesia-Pueblo de Dios intervenga cada vez que se reúne la Iglesia-institucional para dar su opinión y exigir, si necesario, los cambios que se imponen.

No podemos dejar por mas tiempo entre las manos de un grupo de cardenales y obispos, la exclusividad de la responsabilidad de los dos poderes que Jesús dejo a su Iglesia. Al pueblo de Dios le corresponde alzar su voz para hacer entender lo que Jesús y su Espíritu dicen con relación a la buena noticia del Reino de Dios para todas la personas de buena voluntad. La Iglesia en su conjunto es, ante todo, un compromiso para servir la justicia, la verdad, la compasión, la solidaridad, la misericordia, liberando así la humanidad de las injusticias, de las mentiras, del fanatismo, del individualismo y del farisaísmo.

Oscar Fortín
El 18 de abril 2015



domingo, 22 de junio de 2014

La fe es una relación.


Román Díaz Ayala

Los grandes profetas del Antiguo Testamento nos enseñaron con el testimonio de sus vidas que guardaban una estrecha relación con Yahvé. Un Elías celoso se enfrentó a los profetas de Baal e incitó las iras del pueblo sobre ellos. Luego, asustado por la carga de su conciencia ante la responsabilidad de aquellos hechos, huyó y se escondió. Sólo pudo retornar a él la voz de Dios cuando hubo comprendido que el Espíritu de Yahvé se encierra en un apacible silbo suave lejos de toda violencia. Aquel episodio y otros fueron pequeños retazos que rasgaban la atmósfera cruenta y un tanto bárbara de aquel estadio histórico para que la revelación del auténtico carácter de divino fuese conocida junto con sus designios.

Para Jeremías, una vida larga de profeta envuelta en aflicciones y persecuciones, la causa de Yahvé lo comprendía todo hasta permanecer soltero (Jer. 16,2). Su vida estéril será el símbolo de la fe sin fruto del pueblo escogido. Sin embargo conoció la tierna compasión divina después de una vida llena de amonestaciones y predicciones de castigo. Partícipe de todos los males sobrevenidos sobre sus compatriotas, sus crisis interiores le prepararon para anunciar la buena noticia de la restauración. Alma tierna, desgarrado interiormente, su oración fue un constante grito de dolor: “¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?”(Jer. 20,18)

La religión de Yahvé es la religión del corazón en un trato personal con Dios, pues se digna venir a habitar en el interior del ser humano:

“Van a llegar días –oráculo de Yahvé– en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos –oráculo de Yahvé–. Sino que ésta será la alianza que yo pacté con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo de Yahvé–: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: “Conoced a Yahvé”, pues todos ellos me conocerán, del más chico al más grande–oráculo de Yahvé–, cuando perdone su culpa y de su pecado no vuelva a acordarme”.

Con Oseas la relación de Dios con su pueblo tenía el fuerte simbolismo de una vida marital, con las tristes circunstancias de que la esposa se había mostrado infiel. Un esposo celoso que fustiga a la amada para recuperarla de sus amoríos y devolverle los goces de un primer amor. No la ausencia de fe en los aspectos formalmente intelectuales de la religión, sino la idolatría del corazón la causante de las infidelidades.

Ese Dios íntimo es de andar por casa, en una relación que lo comparte todo hablando y comunicándose con la elocuencia del silencio, de la ausencia presente, de un esconderse para el juego amoroso de la búsqueda.

Tiene sin embargo la certeza de que Jesús nos llamó con fuerza desde el amor de su Padre y de que jamás podremos encontrar otro amor tan grande. Vivimos en el misterio de la Piedad gozando de la compañía de personas que nos aman y a quienes amamos entrañablemente. Ese vivir tan intensamente el amor humano nos hace comprender mejor la naturaleza del amor divino. Quien no ama no conoce a Dios, ya sea dentro de una relación matrimonial, o en el seno de la comunidad eclesial. Nuestra vida cristiana está atravesada por el amor de Dios, por lo que nuestra respuesta más acertada conlleva una rendición incondicional a Él.

La santidad como resultante de esta fe en Dios, de rendición, es una adquisición de todo el Pueblo de Dios, gratuita, cuando no hemos dado nada a cambio. Ésa es la obra de Jesús en la Cruz. Somos propiedad de Dios. “Con amor eterno yo te amé, desde el seno de tu madre te escogí”. La vida de oración nace no del culto a la divinidad, propio de la religión, sino de la convivencia consciente con el Dios viviente que se nos hace presente. A veces confundimos oración con rezos y éstos últimos con culto. No necesitamos elevarnos, ni buscar en lugares desapercibidos o casi inaccesibles, sino corresponder a su presencia. A veces podemos responder con el silencio en medio de un sentimiento respetuoso, que predispone a la escucha.

En la juventud el amor se muestra igual que una desbordante primavera haciéndolo todo fácil, incluso la hipoteca de una vida (“hasta que la muerte nos separe”)

¡La voz de mi amado!
Miradlo aquí llega,
saltando por montes,
brincando por lomas
Mi amado es mío y yo de mi amado,
que pasta entre azucenas. (Cantar de los Cantares)

Tras el Concilio, el Pueblo de Dios aprendió a ser contemplativo en medio de la vida de la gente, en una hermandad universal, rompiendo así ese dilema artificial entre una entrega en la acción o la búsqueda del silencio y las soledades del mundo para el encuentro del Amado. Hemos aprendido a discernir de mejor forma el Cuerpo de Cristo ( 1ª Corintios 11,29).

Fuente: Atrio

martes, 20 de agosto de 2013

Quiénes son santos en la Iglesia.


Román Díaz Ayala


Dejábamos la primera parte de nuestras reflexiones con la cuestión abierta de la religiosidad popular, la que se cultiva en el conjunto del pueblo cristiano con el culto a los santos y su consideración de si deberíamos defenderla y ampararla por cuanto esas formas tradicionales que componen nuestra cultura podrían ser auténticas manifestaciones de fe.

Nuestra tesis, sin embargo, es que no debemos ceñirnos al ámbito de la cultura, porque si la Iglesia es un pueblo que va edificándose hasta cumplir su destino mesiánico debemos acercarnos a una fe más auténtica en el Jesús histórico y que no podemos construir en paralelo una élite de “ilustrados en la fe”, negándole al conjunto de los fieles el mensaje liberador de Jesús.

En Jesús el Pueblo de Dios encuentra la revelación de lo que Dios está dispuesto a realizar a favor nuestro. En Dios existe un impulso Creador y Salvador que no nos es lícito separar. Para Jesús, Dios el Padre, (progenitor y autoridad suprema de quién él es su enviado) le ha comisionado la misión de salvar a quienes le pertenecen, por lealtad a la Palabra dada, ya anunciada por los profetas.

Creación y Salvación son los dos aspectos inseparables del impulso amoroso del Padre de Jesús, quien se constituye en su testigo fiel.

Y así lo reflejó en su mensaje: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

La santidad es, por tanto, un valor introducido por Jesús para el Reino de los Cielos y un patrimonio colectivo del nuevo Pueblo de Dios. Los santos y santas son aquellos que “ven a Dios”.

En los años sesenta del siglo pasado, la Iglesia se reunía en Concilio, porque adquiría conciencia de que los creyentes se habían alejado de los caminos de justicia para obrar y caminar junto a los poderes de este mundo, y hacía con esta iniciativa un llamamiento al mundo católico para su reforma. En aquellos momentos no se tenía una información clara de cuánto y hasta qué medida, los poderes del mundo la habían impregnado en si interior, y que la batalla para una purificación y vuelta a los principios del Evangelio sería una labor tan larga y de tanto esfuerzo.

De este modo los católicos y católicas teníamos que bregar con la obsolescencia de un pensamiento tradicional acomodado a la realidad mundana y que no aceptaba los nuevos moldes de la mentalidad moderna, en un mundo secularizante, alejándose del universo religioso.

Luego descubrimos, que no existían meros focos de resistencia a los cambios exigidos, sino un frente en toda regla de quienes se resistían a la conversión de sus costumbres y criterios ajenos al verdadero espíritu del Evangelio, que exigía una mejor limpieza de vida. El “Pacto de las Catacumbas” reflejó el verdadero estado de la cuestión. Pues no se trataba de un nuevo llamamiento a una piedad y austeridad individual (de los individuos aislados) en medio de unas estructuras que se resistían a desaparecer.

Tradicionalmente cultivábamos un ideal de santidad muy posicional junto a una espiritualidad individualista que hacían de la santidad misma un ideal, para un grupo de selectos, y cuya perfección sólo era alcanzable fuera de este mundo, para después de la vida, alimentados por una ascética y una espiritualidad “escapistas” que perdían los anclajes necesarios de la existencia.

La Iglesia hasta el Concilio se podía definir principalmente en términos de sociedad perfecta dentro de una concepción jurídica de la misma con su sistema jerárquico que la fundamentaba. La Iglesia se veía a sí misma una sociedad organizada constituida por el ejercicio de poderes. El papa, en la cúspide, vicario de Cristo, asumiendo los poderes de único legislador de la Iglesia, su juez supremo, y quien la gobierna. Sólo podrán ser santos para la consideración general de la Iglesia, quienes jurídicamente estén declarados santos por su autoridad. El culto a los santos estaba oficializado.

Pero quienes éramos instruidos en una nueva Eclesiología en el Concilio, encontramos, sin embargo, mucha dificultad en consensuar lo tradicional y que quedaba atrás con quienes comprobamos que somos santos y santas quienes vivimos para Dios por pertenecer a Su Pueblo, como un beneficio inherente a la Salvación recibida.

La mentalidad tradicional sale al paso de tal dificultad estableciendo el concepto de santidad en sus aspectos más formales y jurídicos. La cercanía a Dios, y un alejamiento de las realidades mundanas, a las que se considera contaminadas por el pecado, y en la búsqueda de unos hechos objetivos de la santidad que se deben perseguir mediante un esfuerzo meritorio.

Ahondar en estos aspectos haría demasiado complejo el presente trabajo, por lo que señalaremos solamente dos circunstancias. La valoración negativa de la materia frente al espíritu, lo espiritual enfrentado a la material, es un dualismo filosófico que habíamos recibido por la cultura greco-romana; la persona humana constituida por alma y cuerpo. En segundo lugar, una construcción teológica que hace separación entre lo santo y lo profano, apoyada en la mentalidad veterotestamentaria, y superada en Jesús. Esta mentalidad hace a los sacerdotes católicos como los levitas del Antiguo Testamente, con una función de intermediarios y agentes de la divino.

Están más arriba, en un estado formal de perfección. Son “el clero”, la heredad de Dios (que también admite mujeres, pero sólo por la consagración de unos votos de vida)

Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,
Tú, aseguras mi suerte:
Me ha tocado un lote precioso,
Me encanta mi heredad. (Salmo 16,5 y 6)

Una sana teología del laicado, desprendida del Concilio en sus enseñanzas sobre el Pueblo de Dios, la Iglesia, no puede mantener tales valoraciones.

Aquí radica una motivación muy profunda, elevada a problemas de conciencia, por la que inmediatamente después del Concilio se inició un proceso de secularización del clero y vida religiosa católica en todo el mundo. Hombres y mujeres del clero y congregaciones religiosas abandonaban sus roles en la búsqueda de un encaje más adecuado en la comunidad de los creyentes. No era una deserción, sino un camino purificador de la fe. No dejamos de considerar que existieron también otras causas y muchísimas circunstancias personales. Apuntamos tan sólo a lo que pudo ser la raíz que determinó tendencias.

No podemos enjuiciar la cuestión de simplista, porque no se trata de liberar el individualismo inherente a tal concepto tradicional de santidad, que se reservaba para un pequeño número de privilegiados, y ofrecernos ahora a cambio la salvación como un asunto “social”, algo introducido por Jesús en la vida comunitaria de la humanidad entera soslayando que es también una “cuestión personal”, una exigencia de Jesús de un reconocimiento de su Persona y de su Obra.

La santificación no es un asunto de méritos propios, sino “una gracia”, un don recibido de Dios, un efecto de la obra de la Cruz. La enseñanza tradicional de la Iglesia recalcaba su carácter sobrenatural. Y esa gracia que nos da nuestro carácter “santo”, la Iglesia la llama “gracia habitual o santificante” en el catecismo. Tiene el inconveniente de que se nos enseña con las categorías y definiciones de la filosofía escolástica. Algo demasiado abstracto para ser comprendido de forma ordinaria. Pero eso sólo ocurría en el Occidente Latino. En la parte oriental, tanto católicos y ortodoxos lo explican de otra manera. Allí se comprende mejor el poder transformador del obrar de Dios en nuestras personas. La Teología Oriental nos enseña con claridad el poder y la acción del Espíritu de Dios habitándonos.

La Teología tradicional necesita para elaborar estos conceptos de gracia y de santidad, el considerar a Jesús en su imagen divina (unión hipostática permanente, incluso en la Cruz) prescindiendo, o haciendo abstracción de la realidad plenamente humana del crucificado, reprochándole a Dios, su Padre, el abandono. (Mateo 27.46)

Todo el Pueblo de Dios, hombres y mujeres, hemos sido llamados a ser santos, pero sólo a través de la humanidad doliente de Jesús. Merecemos unos mismos tratamientos, pues somos herederos del Cielo, que es el Reino ofrecido por Jesús. Todos vemos, sin exclusión, el rostro de Dios.

Vivimos en la comunión de los santos y santas, edificándonos en el amor.

Fuente: ATRIO

jueves, 23 de agosto de 2012

El Pueblo de Dios según Comblin.


Redacción de Atrio, 23-Agosto-2012

Los temas sobre el pueblo -o la sociedad alternativa de iguales- están muy activos, desde diferentes ángulos, en ATRIO, sobre todo en los últimos meses, por la crisis, lalectura de Marcos y la de-construcción del tinglado de la ICAR. A alguien le puede interesar disponer de un texto que de manera orgánica desarrolle todo el tema de pueblo, pobres e Iglesia. Lo hizo en sus últimos años José Comblin (1923-2011) en este libro El Pueblo de Dios (260 pp.) que hoy ofrecemos a todos en doble formato: PDF y WORD(Pinchar en la versión que interese, para imprimir o guardar en carpeta y leer en pantalla). Y, como adelanto, reproducimos sólo tres breves párrafos del libro, el ÍNDICE y la CONCLUSIÖN:

Tres citas claves del libro El Pueblo de Dios

1.- Los puritanos consiguieron conquistar el poder en Inglaterra — fue la Revolución de los santos en Inglaterra. Esta Revolución que duró de 1640 a 1660, fue la primera gran manifestación del concepto de pueblo en la historia de Europa. Durante 20 años los puritanos gobernaron a Inglaterra en nombre del pueblo. Rechazaron la monarquía de derecho divino y la Iglesia anglicana jerárquica unida al rey. El gran líder puritano Baillie decía: “El pueblo y el país deben limpiarse para ser un pueblo elegido de puros, digno de su gran misión; deben crear un nuevo cielo y una nueva tierra. La fe religiosa se torna política: el reino de Dios se convierte en una realidad total sobre la tierra. Al servicio de Dios, los hombres crean una nueva sociedad y cambian radicalmente las relaciones sociales; construyen una ‘comunidad de santos’, una democracia inspirada. En la comunidad, en la asamblea del pueblo habla el Espíritu Santo por la boca de los nuevos conductores del pueblo y de los que están poseídos por el espíritu de la totalidad” (páginas 45-46)

2.- Se atribuye a la influencia de san Vicente el famoso discurso de Bossuet sobre la eminente dignidad de los pobres. Vale la pena recordar las palabras de Bossuet, porque muestran que, en pleno triunfo del absolutismo monárquico, y en pleno triunfo de la contra-reforma católica, no se perdió la conciencia de la realidad de la verdadera Iglesia: “Construir una ciudad que fuese verdaderamente la ciudad de los pobres sólo podía ser cosa de nuestro Salvador y de la política del cielo. Esta ciudad es la santa Iglesia. Y si ustedes me preguntan por qué la llamo la ciudad de los pobres, diré la razón por medio de la siguiente proposición: La Iglesia, en su plano original, fue construida solamente para los pobres, y ellos son los verdaderos ciudadanos de esta feliz ciudad que la Escritura llama Ciudad de Dios. Aunque esta doctrina les parezca extraña, no deja por esto de ser verdadera”… “En su fundación, la Iglesia de Jesucristo era una asamblea de pobres, y si los ricos eran recibidos en ella, se despojaban de sus bienes al entrar y los colocaban a los pies de los apóstoles, para entrar en la ciudad de los pobres (que es la Iglesia) con el sello de la pobreza” (página 157)

3.- En su Catecismo socialista Luis Blanc comienza con esta pregunta: “¿Qué es el socialismo?” Y responde: “Es el evangelio en acción” (página168)

INDICE


3 INTRODUCCIÓN


10 CAPITULO 1. EL PUEBLO DE DIOS EN EL VATICANO II

10 1. Los textos

13 2. La realidad humana de la Iglesia

20 3. La realidad ecuménica del pueblo de Dios.

24 4. La promoción de los laicos en el pueblo de Dios



32 CAPITULO 2. LA HISTORIA DEL CONCEPTO DE PUEBLO DE DIOS

32 1. El modelo jerárquico anterior al Vaticano II

35 2. La “otra” Iglesia

50 3. El retorno a los orígenes



55 CAPITULO 3. EL PUEBLO DE DIOS EN AMERICA LATINA

55 1. La teología del pueblo de Dios en América Latina

56 2. El pueblo de Dios y la Iglesia de los pobres

66 3.La Iglesia de los pobres en proceso



72 CAPITULO 4. LA VIRADA DEL SINODO DE 1985

72 1. La teología del cardenal Ratzinger

73 2. La teología del Sínodo

78 3. Las ambigüedades del concepto de “comunión”



83 CAPITULO 5. LA IGLESIA COMO PUEBLO

83 1. El alcance de la elección del tema pueblo de Dios

92 2. El pueblo: comunidad de vida integral

98 3. El pueblo: comunidad de destino

102 4. El pueblo y sus mártires

111 5. El pueblo y su cultura

118 6. El pueblo en el tiempo



124 CAPITULO 6. EL PUEBLO COMO SUJETO

124 1. La afirmación del pueblo como sujeto

128 2. El pueblo: sujeto de la historia

132 3. El pueblo en la escatología

136 4. El pueblo es libertad

141 5. El pueblo es alianza



148 CAPITULO 7. EL PUEBLO DE LOS POBRES

150 1. La búsqueda de los pobres de Jesucristo

154 2. La Iglesia para los pobres

159 3. La defensa de los pobres

163 4. La conciencia de los pobres

165 5. El pueblo de los pobres




177 CAPITULO 8. EL PUEBLO DE DIOS DENTRO DE LOS PUEBLOS

179 1. Lo que la Iglesia recibe de los pueblos

189 2. Sobre la inculturación

194 3. Lo que la Iglesia da a los pueblos



201 CAPITULO 9. EL ACTUAR DEL PUEBLO DE DIOS EN EL MUNDO

201 1. La búsqueda del actuar del pueblo de Dios

205 2. Las condiciones del actuar como pueblo de Dios

210 3. El actuar del pueblo de Dios en el pasado

216 4. Experiencia de la praxis latinoamericana



223 CAPITULO 10. EL PUEBLO DE DIOS Y LA INSTITUCIÓN

224 1. Debate del Vaticano II sobre el lugar de la jerarquía en el Pueblo de Dios.

230 2. La participación del pueblo en la liturgia después del Vaticano II

233 3. La presencia del pueblo de Dios en el gobierno de la Iglesia

240 4. La participación del pueblo de Dios en el magisterio

244 5. La relación entre el clero y el pueblo

252 6. Clero y laicos en América Latina


255 CONCLUSION

CONCLUSIÓN

Hay un texto de I. Ellacuría que expresa claramente la cuestión de la Iglesia de los pobres, o sea, la cuestión del pueblo de Dios, en América Latina: “El problema real no consiste, en su plano fundamental, en una oposición entre una Iglesia estructurada con su propia corporeidad histórica y una Iglesia desarticulada y espiritualista, sino entre una Iglesia que con el poder social e incluso político se pone en relación de conveniencia con otros poderes sociales y políticos y esa misma Iglesia que, como pueblo de Dios unificado por el Espíritu y hecho cuerpo en la historia, se pone directamente al servicio del Reino: una Iglesia seguidora de Jesús.

En esa Iglesia seguidora de Jesús hay obispos, tal vez haya conferencias episcopales, hasta incluso una conferencia general de obispos como Medellín.
Hay congregaciones religiosas, parroquias, cartas pastorales, etc. Esta Iglesia siempre estuvo viva, contribuyó y contribuye a la liberación de los más oprimidos.

Pero existe la otra vertiente de la Iglesia, la Iglesia mundana y secular, que se configura según los poderes y los dinamismos de un mundo de pecado, que vive de espaldas al pueblo de Dios. Cuando se rechaza la Iglesia institucional, es esta Iglesia mundana la que se rechaza, y se rechaza con razón .

Vale la pena notar que el autor usa la expresión “pueblo de Dios” solamente cuando habla de la Iglesia de los pobres, y se siente incapaz de usar la misma expresión cuando habla de la Iglesia prisionera de los poderes del mundo. De hecho, solamente la Iglesia de los pobres puede tener conciencia de ser pueblo de Dios. Una vez que la consideración se aleja de los pobres, la expresión “pueblo de Dios” se torna irrelevante, vacía de contenido. Quien vive como pueblo son los pobres, o por los menos solamente ellos tienen condiciones para ser pueblo de Dios. Los otros son fieles, “laicos”, individuos aislados, cada uno contribuyendo para su salvación eterna.

Entre las dos vertientes, la Iglesia debe escoger, definirse. No definirse ya quiere decir haberse definido. Si guarda silencio, es señal de que escogió la alianza con los poderes. Quien está con los poderosos nunca reconoce que está con los poderosos: se queda callado, porque no puede o no quiere decir que está con los pobres.

Por eso la expresión “pueblo de Dios” es tan importante. Ella significa una opción, la opción de Medellín. Quien está con los poderes no puede tener una preocupación por el pueblo. No necesita del pueblo y el pueblo incomoda su vida. Quiere ser el mismo, de acuerdo con el modelo neoliberal, y nada más. Pueblo quiere decir realidad humana corporal, materia, histórica, angustia y esperanza. Quien tiene poder ve en el pueblo solamente un sujeto que limita la libertad individual, la libertad de los poderosos, que es dependencia de la voluntad de poder.

No podemos tener la ilusión de pensar que la Iglesia toda podría hacer la opción por la vertiente de los pobres. Basta que esa Iglesia de los pobres pueda subsistir. Desde el inicio del cristianismo existen las dos vertientes, y ellas van a permanecer hasta el fin del mundo. Sin embargo, el desafío es no desanimarse nunca y continuar luchando para la conversión permanente de la Iglesia, justamente porque sabemos que esa lucha durará hasta el fin de los siglos.

Lo que se esperaría del próximo pontificado [escrito antes de 2005 y B16. ¡Qué desilusión tuvo el buen José y muchos con él!] sería una mayor aproximación de la Iglesia con el pueblo de Dios: una Iglesia de los pobres. Para fundamentar esto, ¿sería demasiado esperar a alguien con la visión de mundo de Juan XXIII?

Fuente: ATRIO