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martes, 23 de mayo de 2017

“¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor!…Isaías 1:17” (NVI)


Instituto Ecuménico Diaconal “Esteban”
San Salvador, El Salvador, Centroamérica.

El Salvador es cada día escenario de confrontación de dos proyectos: uno que trabaja por la vida y otro que insiste en negarla. Nuestra realidad, aunque a algunos no nos guste, es de confrontación de clases.
Pueblo de Dios. Un alto porcentaje de personas nos colocamos a favor de la vida. Nuestras esperanzas transitan por muchas vías, en bastantes ocasiones encontramos puntos de coincidencia. Para algunas personas su esperanza está colocada en el partido de izquierda que se supone trabaja por la vida, algunos confían y se ubican en él son parte o apoyan incondicionalmente lo que haga ese partido y el Poder Ejecutivo, otras coincidimos unos más otros menos con ese partido y gobierno, hacemos nuestro trabajo por la vida desde múltiples y variados espacios llámense estos: iglesias progresistas o con teologías liberadoras, otros en algunas ONGs no gubernamentales, organizaciones sociales, colectivos que trabajan por la vida.

Algunas personas no están organizadas en estas expresiones por la vida, pero desarrollan sus vidas sin provocar daño al prójimo ni su medio ambiente. Todos somos un solo pueblo, en ocasiones con divergencias, pero unidos en la defensa de la vida e intentando ser justos con nosotros mismos y nuestros prójimos. En este pueblo no hay poder económico.

Proyecto faraónico. Hay otras personas que promueven la muerte, aunque sus palabras digan lo contrario, sus hechos les desmienten. Estos tienen sus partidos políticos que representan y defienden sus intereses, uno de esos partidos es el más representativo en sus confabulaciones contra la vida. Estas personas no son todas económicamente poderosas, hay muchos que son económicamente pobres, pero las más poderosas entre ellas, han logrado incorporarles en la mente y corazón ideas e incertezas que aparentemente son positivas, pero en realidad son contrarias a la vida, entre estos, los que más han acumulado riquezas son los que deciden y orientan al resto, para ello se valen de partidos políticos, iglesias de corte conservador, ONGs, sindicalistas, medios de comunicación masiva (casi todos) transportistas y una gremial empresarial. Los que conducen y desorientan a un porcentaje de la población son los económicamente poderosos, la gran burguesía y oligarquía, un grupo minúsculo pero con poder económico.

Estos, desde 2009 perdieron el poder patrimonialista del estado ejercido mediante el Poder Ejecutivo y no han descansado en sus luchas por recuperarlo, día y noche traman sus planes en contra de la vida y lo que es peor los ponen en práctica por todos los medios posibles. Este grupo ha logrado mantener el Poder Judicial, principalmente, mediante un bastión que se ha vuelto de gran importancia: Cuatro magistrados de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. El agrupamiento de personas económicamente poderosas tiene un aliado en sectores gubernamentales de Estados Unidos, eso y sus capitales financieros les hace crearse y creerse la falsa idea de que son “todopoderosos”. El mismo mal espíritu le han introyectado en sus patrones de conducta a sus magistrados.

Estos dos grupos son las dos clases que hay en El Salvador. 1

Desde 2009 cuatro “magistrados” de la Sala de lo Constitucional con astucia jurídica perversa afectan negativamente todo aquello que pueda dañar los esfuerzos -que bien o mal- realiza el Poder Ejecutivo para beneficiar al pueblo. Estos “magistrados” cada vez que pronuncian palabra, tratan, pero les es muy difícil enmascarar, su desagrado con los esfuerzos del Poder Ejecutivo, porque de cierta forma, aunque en ocasiones con debilidad, no defiende en su totalidad los intereses de los más ricos y poderosos, que son los que a su vez sostienen a esos cuatro magistrados. Las argucias jurídicas de esos magistrados, en ocasiones lograron engañar a ciertos sectores de la población, pero cada vez más pierden credibilidad ante la mayoría del pueblo.

Lo ocurrido en los últimos días con el sistema de transporte integrado nos vuelve a demostrar que esos “magistrados” no piensan en el beneficio del pueblo, sus corazones y mentes no están motivados por la justicia, sino en la perversidad y por ello manipulan las leyes con la finalidad de afectar a su contrario y de paso –sin importarles- afectan al pueblo más sufrido. Este sistema de transporte probablemente no cumple, en su totalidad, las grandes necesidades y expectativas de un sistema de transporte que el pueblo necesita, pero da muestras de ser el inicio del fin de tantas mafias de transportistas que por muchos años han recibido subsidios de gobiernos, ofreciendo servicios de transporte publico de los peores que hay en América Latina, estos grupo de transportistas son una mafia que por años se ha enquistado en ese sector.

Los cristianos salvadoreños, ciudadanos de este país, estamos convocados por nuestro Dios a hacer el bien, buscar la justicia, hablar y actuar a favor de la vida y defender los derechos de los afligidos y necesitados. En esta situación del SITRAMSS. Los más afligidos y necesitados no son los que nos movilizamos en transporte particular, sino los trabajadores y trabajadoras que se movilizan cada día para sus trabajos, hogares, llevar sus hijos a la escuela. Por ello es necesario que no permitamos que se pierda o se diluya este proyecto en manos de cuatro “magistrados” que no aplican justicia sino que manipulan la ley a su conveniencia y por supuesto en manos de los grupos económicamente poderosos con los cuales hacen confabulación y componendas contrarias a lograr mejores situaciones para el pueblo trabajador.

En términos generales estos cuatro “magistrados” en todo su ejercicio no han dado señales positivas y consistentes a favor de la justicia, la cual es tan necesaria en la vida cotidiana de este país, por ello no es descabellado ni mal intencionado que sectores amplios del pueblo pidan su destitución.
“Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado. Proverbios 31. 9” Biblia de las Américas.

martes, 24 de marzo de 2015

En memoria de los 35 años del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero.



En el mes de febrero fui invitado por el Departamento de Teología de la Universidad Evangélica de El Salvador para dictar algunas clases a los alumnos de esta universidad centroamericana. Un día, el decano de la facultad de Ciencias Sociales, el Licenciado Ricardo Rivas y el Director del Departamento de Teología, Licenciado Marlin Reyes, me invitaron a visitar la Capilla donde fue asesinado Monseñor Romero, lugar que queda cercano a la Universidad. También me invitaron a visitar la Universidad Centroamericana (UCA) donde fueron asesinados seis jesuitas y dos mujeres, en noviembre de 1989. Realmente es impresionante recorrer este lugar sencillo que está dentro del Hospital para cancerosos La Divina Providencia. En este mes de marzo se cumplen treinta y cinco años del asesinato de Monseñor, ocurrido un 24 de marzo de 1980, que le llegó en el momento justo, como a Jesús, después de haber recorrido tres de pasión con su pueblo y como su pueblo de El Salvador. Ahora se ha anunciado su beatificación para el 23 de mayo de este año. Mientras celebraba el sacramento de la reconciliación, una bala asesina atravesó la casulla y el corazón de Oscar Arnulfo Romero. El único “delito” que se le conoce al arzobispo de San Salvador es explicar el Evangelio, hacer oír su voz desde el incómodo papel de profeta de la verdad, y eso es cosa que forzosamente atrae la violencia de quienes no aceptan más soluciones que las impuestas.

Su “vida pública”, como arzobispo de San Salvador duró tres años, como la de Jesús y no dejó a nadie indiferente. Unos lo consideraban un profeta, un mártir, un luchador por la paz y el diálogo, un hombre de Iglesia; otros, por el contrario, veían en él a un revolucionario, un agitador de masas, un político frustrado que promovía la crispación, un personaje en busca de notoriedad social.

Esta figura emblemática de la Iglesia Latinoamericana sigue estando especialmente presente en la memoria y el cariño de los más humildes de El Salvador. El recuerdo de su asesinato trae a la mente una forma equivocada de solucionar los conflictos políticos y sociales, pero también atestigua la permanente tentación de recurrir a la violencia para resolver los problemas molestos.

El recuerdo de su asesinato, unido al de la muerte de Jesús proclama la certeza y la fuerza de la esperanza que vence cualquier desesperación e impotencia; desde la vida entregada del Señor Jesús pueden mantener su dignidad los hombres y mujeres que sufren las injusticias de los poderosos o la instrumentalización de quienes siguen dominando los resortes religiosos de la vida de los pueblos.

El Cristo crucificado iluminó la visión de Romero hasta que exhaló su último aliento. El 24 de Marzo de 1980, dentro de la capilla del Hospital de la Divina Providencia, dispararon sobre Oscar Romero y le mataron mientras celebraba la misa. Imitando a las de Cristo, la misma vida y muerte de Romero fueron una expresión sacramental del amor crucificado de Dios hacia el mundo, a favor del pueblo sufriente de El Salvador y de otros muchos. Su brutal asesinato seguirá sembrando semillas de esperanza y de vida para todos aquellos que luchan por una mayor justicia social y que profesan la fe en un Dios liberador, cuyo amor no puede ser extinguido ni siquiera por la muerte.

El eje principal en torno al cual giró la vida de Romero fue la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. En ésa línea, él creyó que había sido llamado a “sentir con la iglesia”, especialmente en la medida en que ella sufre en el mundo. Romero creía que la misión de la Iglesia consiste en proclamar el Reino de Dios, que es el reino de “la paz y la justicia, de la verdad y el amor, de la gracia y de la santidad… para conseguir un orden político, social y económico que responda al plan de Dios”.

En el fondo de estas palabras, él quiso encarnar la conversión que predicaba. Una vez le visitó un funcionario eclesiástico y le hizo saber que sus modestas habitaciones, en el Hospital de la Divina Providencia, no eran “adecuadas” para un arzobispo. Él estuvo de acuerdo y le explicó que, dado que la mayoría de sus fieles vivían en chozas de cartón, sus habitaciones resultaban comparativamente demasiado lujosas. Para Romero, la conversión significaba abrir la propia vida a los pobres, viviendo y caminando en solidaridad con ellos, no como alguien superior que les da limosnas, sino en calidad de hermano o hermana.

Él insistía en que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”. Algunos percibían esa actitud como una deformación de la misión de la iglesia y como una contaminación de la misma con la política, pero Romero contestaba.

Él creía que “la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos introduce en el mundo”. Aunque se enfrentó de lleno con los desafíos políticos de su tiempo, él no fue simplemente un activista social, sino también un hombre de honda oración y meditación, que le ayudaron a mirar más allá y por debajo de la superficie de los acontecimientos, descubriendo las verdades más profundas de la realidad. A menudo, él suspendía las discusiones más intensas y acaloradas con sus consejeros, a fin de orar sobre las decisiones que debían tomar. Romero supo que sin Dios no es posible alcanzar la verdadera liberación. Él fue un testigo de que la justicia debe ocuparse de las dimensiones históricas de este mundo, pero nunca perdió de vista la dimensión trascendente de la liberación. En esa línea, él afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación. Ciertamente, “sin Dios se pueden alcanzar algunas liberaciones temporales; pero las liberaciones definitivas sólo pueden alcanzarlas los hombres y mujeres de fe”.

El legado más importante de su vida fue el ofrecimiento de su propia vida a favor del pueblo al que amaba. Romero pensaba que “el mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que están dispuestos a dar su propia vida”. Poco antes de su muerte, él afirmaba: “El martirio es una gracia que yo creo que no merezco. Pero, si Dios acepta el sacrificio de mi vida, quiero que mi sangre sea semilla de libertad y un signo de que esta esperanza se convertirá pronto en realidad. Que mi muerte, si es aceptada por Dios, esté al servicio de la liberación de mi pueblo y sea un testimonio de esperanza en el futuro”.

En ese mismo tiempo, unos días antes de su muerte, Romero insistía en lo siguiente: “Debo decirle que, como cristiano yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo salvadoreño”. La fe de Romero en el Dios de la vida, aunque rodeada de amenazas de muerte, ha inspirado a innumerables personas que han luchado a favor de la justicia, incluyendo a Ignacio Ellacuría y a los otros cinco jesuitas y a las dos mujeres que fueron asesinados el 16 de noviembre de 1989 en las dependencias de la Universidad Centroamericana. Actualmente el Centro Oscar Romero se encuentra en el lugar donde ellos fueron asesinados.

Romero había sido un piadoso hombre de Iglesia, un sacerdote culto, amigo de la justicia, aunque alejado de la vida real de su pueblo. Pero unas semanas después de haber sido nombrado arzobispo, el 22 de febrero de 1977, uno de sus colaboradores, el P. Rutilio Grande SJ, fue asesinado por los escuadrones de la muerte. Ese acontecimiento transformó su vida y, desde ese momento hasta su muerte, a lo largo de tres años de intenso compromiso episcopal se convirtió en la voz de los que no tenían voz, denunciando los crímenes de la dictadura económica y social de su pueblo y anunciando de una forma muy concreta las exigencias y dones del evangelio, en sus homilías radiadas cada domingo a todo el país. De esa manera puso de relieve la presencia de Cristo en los pobres, empobrecidos y asesinados.

Romero se enfrentó a los desafíos políticos de su tiempo, pero no fue sólo un activista social, sino también un hombre de honda espiritualidad, de manera que sus tres años de “vida pública” vinieron a convertirse en sus años de “universidad cristiana”. En ese tiempo, en contacto con los oprimidos de su pueblo, denunciando la injusticia y violencia de los asesinos, pero siempre desde la paz de Dios, fue descubriendo y expresando el verdadero pensamiento cristiano. De esa forma vino a convertirse en testigo de que la justicia debe ocuparse de las realidades históricas de este mundo, manteniendo siempre la dimensión trascendente del evangelio. Así afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación, pero sin liberación no puede hablarse tampoco de Dios en sentido cristiano.

A lo largo de esos tres años intensos de episcopado liberador, Romero intentó que la sociedad no cayera en manos de la pura violencia y, sin embargo, en un sentido externo, él fracasó, pues le asesinaron los poderes oficiales de la violencia. Más aún, tras su muerte, el país por el que vivió (El Salvador) vino a caer en una gran guerra civil. A pesar de eso o, quizá mejor, por ello mismo (a través de su martirio), Romero ha ofrecido uno de los testimonios mayores de vida cristiana en el siglo XX. Él mismo afirmaba, poco antes de morir, sabiendo que podían asesinarle en cualquier momento (pues nunca aceptó escoltas o medidas extraordinarias de seguridad, que la gente del pueblo no podía permitirse), que el mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que están dispuestos a dar su propia vida.

Desde esta perspectiva, Mons. Romero aparece como uno de los grandes pensadores cristianos del siglo XX. Así pudo decir: “Como cristiano, yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo salvadoreño”.



Víctor Rey Riquelme

Fue Presidente de la Fraternidad Teológica Latinoamericana hasta el mes de octubre de 2011. A partir del mes de enero de 2012, en el marco de la Fundación Kairós, será Coordinador del Centro de Estudios Interdisciplinarios, CETI, y del programa de Desarrollo Integral de la Niñez, DINA y profesor de Filosofía, licenciado en Filosofía en la Universidad de Concepción, Ciencias Sociales en la universidad Alberto Hurtado, Teología en el Seminario Teológico Bautista y Comunicación social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.

jueves, 27 de marzo de 2014

En la conmemoración del XXXIV aniversario del martirio del obispo Oscar Romero.



Comité Óscar Romero-Sicsal, Chile

El 24 de marzo de 1980, el Arzobispo de San Salvador fue asesinado por el disparo de un sicario de los opresores del pueblo salvadoreño. El obispo Oscar Romero era constructor de la paz basada en la justicia, en medio de una guerra producto de la injusticia.
Su compromiso de fe le condujo a caminar junto a las organizaciones populares y su proyecto de sociedad democrática, esto es, de igualdad y participación.
Es así como Romero pasó de la denuncia a la acción, jugándose la vida hasta el martirio. Fue un obispo que acompañó a su pueblo y “no sólo a algunos que (le acariciaban) los oídos”. (Francisco, “Evangelium gaudium”, Nº 31). Es por ello que tomó conciencia de “que no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado” (E. G., Nº 204), el cual ha establecido una “violencia institucionalizada”. (Documentos finales de Medellín, Nº 16).

Al igual que a tantos miles de otros consagrados, políticos, sindicalistas, campesinos, indígenas, estudiantes, intelectuales de América Latina, Romero fue asesinado por pretender construir el Reino de Dios, que comienza en la interioridad de la persona y se realiza en la historia, liberando de todo lo que deshumaniza.

II
Lejos de nuestra intencionalidad está el hacer de Romero un personaje insustancial, fácilmente neutralizado por una visión ideologizada del cristianismo, en torno a una falsa reconciliación que intentare que los oprimidos renuncien a sus derechos para mantener lo establecido por los opresores. Aquello no correspondería al espíritu de Romero ni a la espiritualidad cristiana. La espiritualidad cristiana consiste en vivir según el Espíritu de Jesús.

No es huir a zonas “extraterrestres” sino dejarnos conducir por este mismo Espíritu que llevó a Jesús a superar la tentación de la riqueza y del prestigio y a pasar por el mundo haciendo el bien. La vida de Jesús, y que Romero imitó, no estuvo centrada en sí mismo, sino en remediar el sufrimiento de los demás y así contagiar felicidad a quienes carecen de ella. Esto significa defender la vida humana en todos sus ámbitos, comenzando por lo elemental que es la comida, la salud, la vivienda, la educación, el trabajo y una vida digna para todos. Así como también hay que respetar la tierra y los recursos naturales, defendiéndolos de la explotación mercantilista.

III
A nosotros, hoy, integrantes del Comité Oscar Romero de Chile (del Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los Pueblos de América Latina-SICSAL), nos corresponde transmitir el testimonio de Romero en medio de un mundo impregnado de ambigüedades, desinformado y enajenado. Es aquí donde nos ha tocado vivir la fe y abrir paso a la irrupción de Dios promoviendo una vida más humana. Nos desenvolvemos en una “democracia de baja intensidad”, impuesta por los dictados neoliberales de Breton Woods y del Consenso de Washington, que no nos sacará del atolladero social de la pobreza, la injusticia y la desigualdad, sino que, al contrario, han incrementado dicha tragedia.

Los cristianos ¿podemos aceptar que se continúen hipotecando nuestros recursos naturales, incluyendo el agua y las tierras, siendo sólo exportadores de riquezas naturales por medio del desenfrenado y destructivo modelo extractivista y, de manera suicida, aceptar entre otras medidas estructurales, por ejemplo las negociaciones secretas del Acuerdo Estratégico de Asociación ´Transpacífico de Libre Comercio (TPP), que cercaría el acceso al conocimiento y a los medicamentos, obstaculizando además la regulación de pesticidas y el control de los aditivos de los alimentos?
No se trata de dirigir al pueblo, sino de acompañarlo auscultando y desentrañando los “signos de los tiempos”.

Tampoco se trata de imponer una doctrina, sino de caminar a la par con la inteligencia filosófica, teológica, científica, sociológica, política y técnica que lucha por modelar un mundo capaz de ser la “Tierra Prometida” de un pueblo liberado de las corporaciones transnacionales y de sus socios nacionales, que promueven la hiperespeculación, la concentración de la riqueza, la lucha permanente por los mercados y la destrucción del medioambiente. Ello exige que formemos “una Iglesia con las puertas abiertas” (E. G. Nº 4), que ofrezca a todos la vida de Jesucristo, como lo hicieron entre nosotros el recientemente fallecido obispo Carlos Camus, y Juan Alsina, Antonio Llidó, Pierre Dubois, André Jarlan, Alfonso Baeza, los obispos Hourton, Alvear y Ariztía, Clotario Blest, Helmut Frenz y tantos y tantos otros.

Romero realizó el deseo del Papa Francisco, quien ha afirmado que prefiere “una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero –dijo- una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. (E. G., Nº 49).

Esto es lo que Romero nos enseña con su vida consecuente y su palabra orientadora en situaciones históricas que exigen profundo discernimiento para la acción.
Conmemoremos el martirio de San Romero de América haciendo realidad su resurrección, tras la convicción de que su muerte sería semilla de vida.
El mundo requiere de hombres que expresen el paso de Dios, para realizar sus esperanzas y superar sus crisis y necesidades. Tenemos la guía de un Dios que tiene su proyecto sobre el mundo.

COMITÉ OSCAR ROMERO-SICSAL-CHILE.

Santiago de Chile, 24 de marzo de 2014.

miércoles, 22 de mayo de 2013

No hay santos de izquierdas.




En la tumba del Óscar Arnulfo Romero, en los sótanos de la catedral de San Salvador, se arremolinan unas monjas vestidas de blanco. Su uniforme de fe contrasta con la piedra negra de una tumba protegida por los símbolos de los cuatro evangelios y el báculo del difunto. Un hombre llamado Honorio, que cumplió los 70, es el encargado de dar la bienvenida a los foráneos, narrarles las idas y venidas del cuerpo, que yace en su tercer enterramiento, y los hechos que rodean al arzobispo. Horacio camina con dificultad. Dice que dejó las muletas por milagro del protector de los pobres. Mientras llegan los nuevos prodigios sobrevive de las monedas que recibe.

“En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Esta fue la última homilía completa de monseñor Romero antes de morir asesinado por las balas de la extrema derecha el 24 de marzo en 1980. Los que le mataron se sentían fuertes, impunes; tanto que continuaron matando. Más de 80.000 muertos en la guerra civil. Se firmó la paz. No hubo justicia. Otra transición que se basa en el olvido, en el desprecio de las víctimas.

En la plaza de la catedral va y viene un tráfico denso. Se respira humo. A la derecha, las tiendas de los vendedores, un termómetro de la pobreza. Esa plaza sin apenas gente bajo una solana de justicia. La memoria que viene caliente con Óscar Romero proyecta imágenes de los funerales, de las explosiones y disparos que causaron el pánico y la muerte de nuevos inocentes. De esa memoria vienen las fotos de cientos de zapatos abandonados en la huida.

En el campus de la Universidad Nacional de San Salvador se escucha el último discurso a través de unos altavoces. Los jóvenes se educan en no olvidar los referentes morales en una tierra que vivió horrores y violencias. El nombre de Óscar Romero y su obra sobreviven el paso del tiempo. Más allá de la avenida que le dieron y el respeto que se le profesa en El Salvador.

La presencia en Roma del papa Francisco empuja la esperanza de que este jesuita con sensibilidad social desatasque el proceso de beatificación de un arzobispo que murió denunciando las injusticias.

No hay muchos santos recientes de los pobres, más allá del lejano y célebre Francisco de Asís y otros de menos renombre. Los últimos dos papas optaron por santos conservadores, como los españoles que murieron en la guerra civil. Nada de veleidades con los iconos de la teología de la liberación, con los prelados progresistas, con los que no se callaban.
Romero, y otros como él en Latinoamérica, podrían ser un camino para que la Iglesia católica recupere la prédica entre los más necesitados. Otros esperan reconocimiento, como Ignacio Ellacuría y los otros cinco jesuitas asesinados el 16 de noviembre de 1989, también en El Salvador.

Son asuntos abiertos, pertenecen a la memoria histórica.

Tampoco es beato y mucho menos santo oficial de la iglesia en la que llegó a ser obispo el brasileño Elder Cámara, quien consagró su vida a los pobres, a la denuncia de la injusticia. “Cuando vives rodeado de miseria acabas preñado de ella”, dijo en una entrevista.

Ni Cámara ni Romero tuvieron aliados en el Vaticano. El primero mantuvo sus diferencias con Pablo VI; el segundo con Juan Pablo II, que le pidió prudencia. ¿Qué tipo de prudencia se puede tener ante la injusticia y el asesinato, ante los escuadrones de la muerte?