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sábado, 24 de marzo de 2018

A los 38 años del martirio de M. Óscar Romero.


Grupo cristiano de reflexión y acción de Cádiz

En estos días se cumple los treinta y ocho aniversarios del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador. Pagó por los pecados que no cometió pero que el poder le achacó. A no ser que lo sea el poner el dedo sobre las raíces de los males que aquejan a los pobres del planeta y denunciar las injusticias de quienes la sufren.

Estaba consagrando, con el cáliz elevado, cuando una siniestra bala le asestó la muerte. Su sangre y la de Cristo se fundieron en ese instante de la caída, como queriendo significar la complicidad de ambos en un proyecto de amor y lucha por los más débiles del mundo. Ni siquiera por ello el Vaticano promovió, entonces, a la santidad a este revolucionario del amor, amante de la verdad y disidente del poder. Pero poco importa, ya que el pueblo latinoamericano lo elevó de inmediato a los altares de sus creencias, sus esperanzas, sus recuerdos y sus luchas, llamándolo: “San Romero de América”. El mismo lo preconizó: “Si me matan resucitare en el pueblo salvadoreño”. Y en otros muchos más, podríamos añadir.

No se acaban de enterar, ni los que apretaron el gatillo ni los que siempre ordenan hacerlo, que la resurrección está por encima de la muerte. Y que Latinoamérica es el continente de la muerte con esperanza, porque cada vez que se produce un martirio, emerge con más fuerza y contundencia la verdad, la dignidad y la vida. Como así lo demuestran Berta Cáceres, Ellacuría, Rutilio Grande, Espinar y tantas y tantos otros mártires por la vida.
Después de 38 años, el papa Francisco, identificado totalmente con la vida, causas y luchas de Romero, ha querido hacer justicia y elevar “oficialmente” a los altares del reconocimiento a la cristianísima obra de Romero de América. Ejemplo, en estos momentos, para tantos obispos y sacerdotes, que se llaman cristianos.

Los profetas, alejados del poder, siempre estuvieron cercanos al pueblo obedeciendo su clamor y persiguiendo su bien. Los fariseos, en cambio, se aferran a las leyes y al poder para conseguir los fines propios, como la historia así lo demuestra. Hoy, los poderosos medios de comunicación, maquillan y enarbolan con mayor intensidad las egoístas e hipócritas voces de estos, que las clarividentes y generosas palabras de los otros.

El obedecer a la ley de su noble conciencia, antes que a los perversos dictados del mal poder, le significó la muerte, a este gran profeta de la Vida.
San Romero continúa vivo entre nosotros, su testimonio está más presente que nunca y no ha perdido vigencia para todas aquellas personas que escuchan sus palabras y siguen comprometidas en que este mundo sea más habitable para todos.
Nunca lo domaron en el circo de los elogios, la ostentación y el poder. Eligió, sin embargo, el dificultoso camino de luchar por las causas perdidas alcanzando, gracias a ello, representar la esperanza de un pueblo desesperanzado.

El sabía perfectamente que, en un mundo tan injusto, luchar por conseguir la felicidad de todos, sin riesgo alguno, no es posible. Pero cuando se ama no se tiene miedo. Y sobre todo, porque cuando se llega a la plenitud del amor, cualquier sacrificio o abnegación realizado por el bienestar de los demás, se convierte en un privilegio. Es precisamente ahí, cuando se comienza a construir la esperanza contra toda desesperanza.

Oscar Romero no desespera en la lucha diaria contra esa especie de horda monstruosa que es el capitalismo neoliberal, contra el mercado omnímodo, contra el consumismo desenfrenado, la mentira o el poder avasallador. El encuentra su fuerza en Dios, pero no un Dios que se busca mirando hacia arriba, sino a los lados, donde está la gente que sufre, porque es verdaderamente ahí donde se encuentra a Dios

Existen dos fuerzas infinitas en el Universo, la perversidad de los poderosos y el amor de esas personas que demuestran su grandeza en la forma que tratan a los “pequeños”. ¿Quién triunfará? Indudablemente el amor, que es la única arma capaz de llevar la paz y la justicia a todos. Y esto se palpa en nuestros “mayores” cuando sus prioridades, por encima de intereses propios o partidistas, se convirtieron en amamantar sueños ajenos. Como así lo demostró Romero de América.

Las personas valen las causas por las cuales están dispuestas a luchar o incluso morir. Y es precisamente ahí, en esas causas, donde podremos descubrir las grandezas o las miserias de las personas. Todo lo demás, son bellos y orquestados cantos de sirenas que tanto intentan embaucar. Sin embargo, nadie puede dudar de la magnificencia, ni de la generosa vida de San Romero de América que la entregó, precisamente, por la Vida.

sábado, 23 de mayo de 2015

Uniformidad, que es distinto de unidad.



Instantáneas de la beatificación de Monseñor Romero [No3]

No faltan los buenos amigos que en momentos como este me recuerdan que, aunque conservamos la amistad, no por eso dejan de existir las diferencias. Y a veces, diferencias que me sorprenden.

Uno de ellos, de filiación evangélica, cuando supo que yo estaba aquí en San Salvador aprestándome para la beatificación de Monseñor Romero, de inmediato, con velocidad de profeta a punto de cumplirse el fin de los tiempos, me escribió con Biblia en mano para recordarme que Dios odia la idolatría y que su Santa Palabra nos ordena no desviarnos «ni a la derecha, ni a la izquierda». Y aclaró: «no son palabras que te digo, sino las que están en nuestra hermosa Biblia». Me censuró, me exhortó y me reprobó sin que yo se lo estuviera pidiendo y en breves mensajes.

De frente y sin mediar saludo me aplicó los versículos que quiso y me dejó perplejo mirando hacia los lados. Así son los amigos; tengo muchos así y me precio de tenerlos (aunque, bueno, la verdad es que éste se excedió). En treinta y cinco años de ministerio pastoral, docente y de servicio social he hecho muy buenos amigos y amigas y he conocido gente de muchas iglesias, de diferentes países, de variados acentos litúrgicos y de insospechables resabios teológicos.

Uno de los regalos más grandes que Dios me ha dado es el sentirme, por igual, hermano de los de aquí, allá y acullá. De muchos que se enorgullecen de ser conservadores, de otros que se llaman moderados y de no pocos que se presentan como progresistas; de católicos y de protestantes; de los de vieja data histórica y los de reciente práctica neopentecostal; de cristianos y de no cristianos. Son amigos y amigas, aunque en muchos casos no piense, ni crea, ni actúe como ellos.

¿No se engrandecen nuestras convicciones cuando las afirmamos con respeto y sensibilidad? ¿No se hace la diversidad religiosa más efectiva cuando trabajamos juntos a favor de la justicia, la dignidad y la reconciliación?

Monseñor Romero, en la homilía del domingo 29 de mayo de 1977, decía con razón: «Es necesario un pluralismo sano. No queramos cortarlos a todos con la misma medida. No es uniformidad, que es distinto de unidad. Unidad quiere decir pluralidad, pero respeto de todos al pensamiento de los otros, y entre todos crear una unidad que es mucho más rica que mi sólo pensamiento».

Así es, Monseñor, pero fíjese usted (para usar una expresión salvadoreña) que hay quienes no lo entienden así y prefieren, en lugar de un sano pluralismo, una perniciosa e intolerante uniformidad. Así son, Monseñor, así son.



Harold Segura C.
Harold Segura C., pastor y teólogo colombiano, Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International. Reside en San José, Costa Rica.

martes, 24 de marzo de 2015

En memoria de los 35 años del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero.



En el mes de febrero fui invitado por el Departamento de Teología de la Universidad Evangélica de El Salvador para dictar algunas clases a los alumnos de esta universidad centroamericana. Un día, el decano de la facultad de Ciencias Sociales, el Licenciado Ricardo Rivas y el Director del Departamento de Teología, Licenciado Marlin Reyes, me invitaron a visitar la Capilla donde fue asesinado Monseñor Romero, lugar que queda cercano a la Universidad. También me invitaron a visitar la Universidad Centroamericana (UCA) donde fueron asesinados seis jesuitas y dos mujeres, en noviembre de 1989. Realmente es impresionante recorrer este lugar sencillo que está dentro del Hospital para cancerosos La Divina Providencia. En este mes de marzo se cumplen treinta y cinco años del asesinato de Monseñor, ocurrido un 24 de marzo de 1980, que le llegó en el momento justo, como a Jesús, después de haber recorrido tres de pasión con su pueblo y como su pueblo de El Salvador. Ahora se ha anunciado su beatificación para el 23 de mayo de este año. Mientras celebraba el sacramento de la reconciliación, una bala asesina atravesó la casulla y el corazón de Oscar Arnulfo Romero. El único “delito” que se le conoce al arzobispo de San Salvador es explicar el Evangelio, hacer oír su voz desde el incómodo papel de profeta de la verdad, y eso es cosa que forzosamente atrae la violencia de quienes no aceptan más soluciones que las impuestas.

Su “vida pública”, como arzobispo de San Salvador duró tres años, como la de Jesús y no dejó a nadie indiferente. Unos lo consideraban un profeta, un mártir, un luchador por la paz y el diálogo, un hombre de Iglesia; otros, por el contrario, veían en él a un revolucionario, un agitador de masas, un político frustrado que promovía la crispación, un personaje en busca de notoriedad social.

Esta figura emblemática de la Iglesia Latinoamericana sigue estando especialmente presente en la memoria y el cariño de los más humildes de El Salvador. El recuerdo de su asesinato trae a la mente una forma equivocada de solucionar los conflictos políticos y sociales, pero también atestigua la permanente tentación de recurrir a la violencia para resolver los problemas molestos.

El recuerdo de su asesinato, unido al de la muerte de Jesús proclama la certeza y la fuerza de la esperanza que vence cualquier desesperación e impotencia; desde la vida entregada del Señor Jesús pueden mantener su dignidad los hombres y mujeres que sufren las injusticias de los poderosos o la instrumentalización de quienes siguen dominando los resortes religiosos de la vida de los pueblos.

El Cristo crucificado iluminó la visión de Romero hasta que exhaló su último aliento. El 24 de Marzo de 1980, dentro de la capilla del Hospital de la Divina Providencia, dispararon sobre Oscar Romero y le mataron mientras celebraba la misa. Imitando a las de Cristo, la misma vida y muerte de Romero fueron una expresión sacramental del amor crucificado de Dios hacia el mundo, a favor del pueblo sufriente de El Salvador y de otros muchos. Su brutal asesinato seguirá sembrando semillas de esperanza y de vida para todos aquellos que luchan por una mayor justicia social y que profesan la fe en un Dios liberador, cuyo amor no puede ser extinguido ni siquiera por la muerte.

El eje principal en torno al cual giró la vida de Romero fue la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. En ésa línea, él creyó que había sido llamado a “sentir con la iglesia”, especialmente en la medida en que ella sufre en el mundo. Romero creía que la misión de la Iglesia consiste en proclamar el Reino de Dios, que es el reino de “la paz y la justicia, de la verdad y el amor, de la gracia y de la santidad… para conseguir un orden político, social y económico que responda al plan de Dios”.

En el fondo de estas palabras, él quiso encarnar la conversión que predicaba. Una vez le visitó un funcionario eclesiástico y le hizo saber que sus modestas habitaciones, en el Hospital de la Divina Providencia, no eran “adecuadas” para un arzobispo. Él estuvo de acuerdo y le explicó que, dado que la mayoría de sus fieles vivían en chozas de cartón, sus habitaciones resultaban comparativamente demasiado lujosas. Para Romero, la conversión significaba abrir la propia vida a los pobres, viviendo y caminando en solidaridad con ellos, no como alguien superior que les da limosnas, sino en calidad de hermano o hermana.

Él insistía en que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”. Algunos percibían esa actitud como una deformación de la misión de la iglesia y como una contaminación de la misma con la política, pero Romero contestaba.

Él creía que “la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos introduce en el mundo”. Aunque se enfrentó de lleno con los desafíos políticos de su tiempo, él no fue simplemente un activista social, sino también un hombre de honda oración y meditación, que le ayudaron a mirar más allá y por debajo de la superficie de los acontecimientos, descubriendo las verdades más profundas de la realidad. A menudo, él suspendía las discusiones más intensas y acaloradas con sus consejeros, a fin de orar sobre las decisiones que debían tomar. Romero supo que sin Dios no es posible alcanzar la verdadera liberación. Él fue un testigo de que la justicia debe ocuparse de las dimensiones históricas de este mundo, pero nunca perdió de vista la dimensión trascendente de la liberación. En esa línea, él afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación. Ciertamente, “sin Dios se pueden alcanzar algunas liberaciones temporales; pero las liberaciones definitivas sólo pueden alcanzarlas los hombres y mujeres de fe”.

El legado más importante de su vida fue el ofrecimiento de su propia vida a favor del pueblo al que amaba. Romero pensaba que “el mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que están dispuestos a dar su propia vida”. Poco antes de su muerte, él afirmaba: “El martirio es una gracia que yo creo que no merezco. Pero, si Dios acepta el sacrificio de mi vida, quiero que mi sangre sea semilla de libertad y un signo de que esta esperanza se convertirá pronto en realidad. Que mi muerte, si es aceptada por Dios, esté al servicio de la liberación de mi pueblo y sea un testimonio de esperanza en el futuro”.

En ese mismo tiempo, unos días antes de su muerte, Romero insistía en lo siguiente: “Debo decirle que, como cristiano yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo salvadoreño”. La fe de Romero en el Dios de la vida, aunque rodeada de amenazas de muerte, ha inspirado a innumerables personas que han luchado a favor de la justicia, incluyendo a Ignacio Ellacuría y a los otros cinco jesuitas y a las dos mujeres que fueron asesinados el 16 de noviembre de 1989 en las dependencias de la Universidad Centroamericana. Actualmente el Centro Oscar Romero se encuentra en el lugar donde ellos fueron asesinados.

Romero había sido un piadoso hombre de Iglesia, un sacerdote culto, amigo de la justicia, aunque alejado de la vida real de su pueblo. Pero unas semanas después de haber sido nombrado arzobispo, el 22 de febrero de 1977, uno de sus colaboradores, el P. Rutilio Grande SJ, fue asesinado por los escuadrones de la muerte. Ese acontecimiento transformó su vida y, desde ese momento hasta su muerte, a lo largo de tres años de intenso compromiso episcopal se convirtió en la voz de los que no tenían voz, denunciando los crímenes de la dictadura económica y social de su pueblo y anunciando de una forma muy concreta las exigencias y dones del evangelio, en sus homilías radiadas cada domingo a todo el país. De esa manera puso de relieve la presencia de Cristo en los pobres, empobrecidos y asesinados.

Romero se enfrentó a los desafíos políticos de su tiempo, pero no fue sólo un activista social, sino también un hombre de honda espiritualidad, de manera que sus tres años de “vida pública” vinieron a convertirse en sus años de “universidad cristiana”. En ese tiempo, en contacto con los oprimidos de su pueblo, denunciando la injusticia y violencia de los asesinos, pero siempre desde la paz de Dios, fue descubriendo y expresando el verdadero pensamiento cristiano. De esa forma vino a convertirse en testigo de que la justicia debe ocuparse de las realidades históricas de este mundo, manteniendo siempre la dimensión trascendente del evangelio. Así afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación, pero sin liberación no puede hablarse tampoco de Dios en sentido cristiano.

A lo largo de esos tres años intensos de episcopado liberador, Romero intentó que la sociedad no cayera en manos de la pura violencia y, sin embargo, en un sentido externo, él fracasó, pues le asesinaron los poderes oficiales de la violencia. Más aún, tras su muerte, el país por el que vivió (El Salvador) vino a caer en una gran guerra civil. A pesar de eso o, quizá mejor, por ello mismo (a través de su martirio), Romero ha ofrecido uno de los testimonios mayores de vida cristiana en el siglo XX. Él mismo afirmaba, poco antes de morir, sabiendo que podían asesinarle en cualquier momento (pues nunca aceptó escoltas o medidas extraordinarias de seguridad, que la gente del pueblo no podía permitirse), que el mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que están dispuestos a dar su propia vida.

Desde esta perspectiva, Mons. Romero aparece como uno de los grandes pensadores cristianos del siglo XX. Así pudo decir: “Como cristiano, yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo salvadoreño”.



Víctor Rey Riquelme

Fue Presidente de la Fraternidad Teológica Latinoamericana hasta el mes de octubre de 2011. A partir del mes de enero de 2012, en el marco de la Fundación Kairós, será Coordinador del Centro de Estudios Interdisciplinarios, CETI, y del programa de Desarrollo Integral de la Niñez, DINA y profesor de Filosofía, licenciado en Filosofía en la Universidad de Concepción, Ciencias Sociales en la universidad Alberto Hurtado, Teología en el Seminario Teológico Bautista y Comunicación social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.

jueves, 27 de marzo de 2014

En la conmemoración del XXXIV aniversario del martirio del obispo Oscar Romero.



Comité Óscar Romero-Sicsal, Chile

El 24 de marzo de 1980, el Arzobispo de San Salvador fue asesinado por el disparo de un sicario de los opresores del pueblo salvadoreño. El obispo Oscar Romero era constructor de la paz basada en la justicia, en medio de una guerra producto de la injusticia.
Su compromiso de fe le condujo a caminar junto a las organizaciones populares y su proyecto de sociedad democrática, esto es, de igualdad y participación.
Es así como Romero pasó de la denuncia a la acción, jugándose la vida hasta el martirio. Fue un obispo que acompañó a su pueblo y “no sólo a algunos que (le acariciaban) los oídos”. (Francisco, “Evangelium gaudium”, Nº 31). Es por ello que tomó conciencia de “que no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado” (E. G., Nº 204), el cual ha establecido una “violencia institucionalizada”. (Documentos finales de Medellín, Nº 16).

Al igual que a tantos miles de otros consagrados, políticos, sindicalistas, campesinos, indígenas, estudiantes, intelectuales de América Latina, Romero fue asesinado por pretender construir el Reino de Dios, que comienza en la interioridad de la persona y se realiza en la historia, liberando de todo lo que deshumaniza.

II
Lejos de nuestra intencionalidad está el hacer de Romero un personaje insustancial, fácilmente neutralizado por una visión ideologizada del cristianismo, en torno a una falsa reconciliación que intentare que los oprimidos renuncien a sus derechos para mantener lo establecido por los opresores. Aquello no correspondería al espíritu de Romero ni a la espiritualidad cristiana. La espiritualidad cristiana consiste en vivir según el Espíritu de Jesús.

No es huir a zonas “extraterrestres” sino dejarnos conducir por este mismo Espíritu que llevó a Jesús a superar la tentación de la riqueza y del prestigio y a pasar por el mundo haciendo el bien. La vida de Jesús, y que Romero imitó, no estuvo centrada en sí mismo, sino en remediar el sufrimiento de los demás y así contagiar felicidad a quienes carecen de ella. Esto significa defender la vida humana en todos sus ámbitos, comenzando por lo elemental que es la comida, la salud, la vivienda, la educación, el trabajo y una vida digna para todos. Así como también hay que respetar la tierra y los recursos naturales, defendiéndolos de la explotación mercantilista.

III
A nosotros, hoy, integrantes del Comité Oscar Romero de Chile (del Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los Pueblos de América Latina-SICSAL), nos corresponde transmitir el testimonio de Romero en medio de un mundo impregnado de ambigüedades, desinformado y enajenado. Es aquí donde nos ha tocado vivir la fe y abrir paso a la irrupción de Dios promoviendo una vida más humana. Nos desenvolvemos en una “democracia de baja intensidad”, impuesta por los dictados neoliberales de Breton Woods y del Consenso de Washington, que no nos sacará del atolladero social de la pobreza, la injusticia y la desigualdad, sino que, al contrario, han incrementado dicha tragedia.

Los cristianos ¿podemos aceptar que se continúen hipotecando nuestros recursos naturales, incluyendo el agua y las tierras, siendo sólo exportadores de riquezas naturales por medio del desenfrenado y destructivo modelo extractivista y, de manera suicida, aceptar entre otras medidas estructurales, por ejemplo las negociaciones secretas del Acuerdo Estratégico de Asociación ´Transpacífico de Libre Comercio (TPP), que cercaría el acceso al conocimiento y a los medicamentos, obstaculizando además la regulación de pesticidas y el control de los aditivos de los alimentos?
No se trata de dirigir al pueblo, sino de acompañarlo auscultando y desentrañando los “signos de los tiempos”.

Tampoco se trata de imponer una doctrina, sino de caminar a la par con la inteligencia filosófica, teológica, científica, sociológica, política y técnica que lucha por modelar un mundo capaz de ser la “Tierra Prometida” de un pueblo liberado de las corporaciones transnacionales y de sus socios nacionales, que promueven la hiperespeculación, la concentración de la riqueza, la lucha permanente por los mercados y la destrucción del medioambiente. Ello exige que formemos “una Iglesia con las puertas abiertas” (E. G. Nº 4), que ofrezca a todos la vida de Jesucristo, como lo hicieron entre nosotros el recientemente fallecido obispo Carlos Camus, y Juan Alsina, Antonio Llidó, Pierre Dubois, André Jarlan, Alfonso Baeza, los obispos Hourton, Alvear y Ariztía, Clotario Blest, Helmut Frenz y tantos y tantos otros.

Romero realizó el deseo del Papa Francisco, quien ha afirmado que prefiere “una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero –dijo- una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. (E. G., Nº 49).

Esto es lo que Romero nos enseña con su vida consecuente y su palabra orientadora en situaciones históricas que exigen profundo discernimiento para la acción.
Conmemoremos el martirio de San Romero de América haciendo realidad su resurrección, tras la convicción de que su muerte sería semilla de vida.
El mundo requiere de hombres que expresen el paso de Dios, para realizar sus esperanzas y superar sus crisis y necesidades. Tenemos la guía de un Dios que tiene su proyecto sobre el mundo.

COMITÉ OSCAR ROMERO-SICSAL-CHILE.

Santiago de Chile, 24 de marzo de 2014.