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domingo, 16 de junio de 2019

Complejidad del mundo de los pobres.



Gustavo Gutiérrez

La teología de la liberación ha procurado desde el comienzo no reducir la pobreza al aspecto económico, por importante que éste sea.
Así, se describió al pobre como el «insignificante», como aquél que es considerado como un «no-persona», a quien, de hecho, no se le reconocen sus derechos como ser humano. Los Situación y tareas de la teología…Los pobres son personas sin peso social, que cuentan poco en la sociedad y en la Iglesia. Es así como son vistos, o más bien no vistos.

Pues, como excluidos, resultan invisibles en el mundo actual. Los motivos son diversos: por supuesto los de orden económico, pero además el color de la piel, ser mujer, pertenecer a una cultura despreciada o apreciada sólo por su exotismo, que viene a ser lo mismo. Al hablar, desde decenios, de los «derechos de los pobres» nos referíamos a todas esas dimensiones de la pobreza.

Una segunda perspectiva, presente también desde los comienzos, fue la de ver al pobre como «el otro» de una sociedad que se construye contra sus derechos más elementales, ajena a sus valores. Así resulta que la historia leída desde ese «otro», por ej. a partir de la mujer, se convierte en otra historia. Pero ese re-leer la historia se convertiría en pura especulación si no incluyese el re-hacerla. En ese orden de cosas y pese a los obstáculos y limitaciones que se oponen a ello, es firme el convencimiento de que son los mismos pobres los que deben asumir su destino. Al respecto habría que retomar el hilo de la historia desde que un hombre y teólogo -Bartolomé de las Casas- se planteaba ver las cosas «como si fuese indio». Sólo liberando nuestra mirada de prejuicios y de inercias podremos descubrir al «otro».

No basta, pues, con tener conciencia de esa complejidad. Hay que advertir su fuerza interpeladora y hay que considerar la condición del pobre como «otro» en toda su desafiante realidad. Gracias a que nos hemos comprometido con el mundo de la pobreza, en ese proceso nos encontramos con la vivencia -de un modo u otro- de la fe cristiana. La reflexión teológica se nutre de esa experiencia cotidiana y, a su vez, la enriquece.

Hoy se está trabajando arduamente en algunos aspectos importantes de esa complejidad. En esta línea se sitúan los esfuerzos por pensar la fe a partir de la situación secular de despojo y marginación de los diversos pueblos indígenas de nuestro continente y de la población negra incorporada violentamente a nuestra historia desde hace siglos. Hemos sido testigos del vigor que adquiere la voz de estos pueblos, de la riqueza cultural y humana que son capaces de aportar, así como de las facetas del mensaje cristiano que nos permiten descubrir. Sin contar con el diálogo con otras concepciones religiosas que pudieron sobrevivir y que, pese a ser hoy minoritarias, son igualmente respetables, pues son seres humanos los que están comprometidas con ellas y que, sin recrearlas artificialmente, las conservan en su propio acerbo cultural y religioso.

Son también particularmente exigentes y nuevas las reflexiones teológicas que provienen de la inhumana y, por consiguiente, inaceptable condición de la mujer en nuestra sociedad, en especial la que pertenece a los estratos sociales y étnicos a los que acabamos de referirnos. Dichas reflexiones son realizadas sobre todo por mujeres, pero nos cuestionan a todos, en especial cuando se hace una relectura bíblica desde la condición femenina. No se trata, como algunos acaso piensen, de defender antiguas culturas fijadas en el tiempo y que el devenir histórico habría superado. La cultura es creación permanente. Lo vemos en nuestras ciudades, crisol de razas y culturas en sus niveles más populares, pero a la vez espacio de crueles y crecientes distancias entre los diferentes sectores sociales que las habitan. Este universo en proceso, que en gran parte arrastra y transforma los valores de las culturas tradicionales, condiciona la vivencia de la fe y constituye un punto de partida histórico para la reflexión teológica.

No obstante, el discurso sobre la fe no debe perder de vista el terreno común del que parte y en el que discurre nuestra reflexión teológica: el de los «insignificantes », el de su liberación integral y el de la buena nueva de Jesús dirigida preferentemente a ellos. Hay que evitar que la necesaria y urgente atención a los sufrimientos y esperanzas de los pobres dé lugar a búsquedas ineficaces de cotos teológicos privados, que sería fuente de exclusividades y desconfianzas. En lo esencial, se trata del combate cotidiano por la vida, la justicia y los valores culturales y religiosos de los desposeídos. También por su derecho a ser iguales y al mismo tiempo diferentes.

No todas las corrientes teológicas que vienen de esa situación caben bajo el mismo epígrafe. Pero los evidentes lazos históricos entre ellas, así como el horizonte común del complejo mundo del pobre dentro del que se mueven, nos permite verlas como expresiones fecundas de las tareas actuales de la reflexión teológica desde los desheredados del continente.

Globalización y pobreza
Decía Paul Ricoeur: «No estamos con los pobres si no estamos contra la pobreza», o sea, si no rechazamos la condición que abruma a una parte tan importante de la humanidad. No se trata de un rechazo meramente emocional. Hay que conocer lo que motiva la pobreza a nivel social, económico y cultural. Esto no se puede hacer sin los instrumentos de análisis de las ciencias humanas. Pero, como toda ciencia, ellas trabajan con hipótesis que pretenden explicar la realidad. Lo cual significa que han de cambiar ante fenómenos nuevos. Es lo que hoy sucede con el neoliberalismo que llega aupado por una economía cada vez más autónoma de la política (y, por supuesto, de la ética) gracias al fenómeno de la globalización.

Aunque proviene del mundo de la información, la globalización repercute en el terreno económico y social, y en otros campos de la actividad humana. El término es engañoso. Nos hace creer que nos encaminamos hacia un mundo único, cuando en realidad actualmente entraña la exclusión de una parte de la humanidad del Situación y tareas de la teología… 11 circuito económico y de los beneficios de la sociedad del bienestar. Millones de personas son convertidas así en inservibles o desechables después de uso: todas las que han quedado fuera del ámbito de la información. Con el agravante de que esta polarización se produce por el modo como estamos viviendo hoy un fenómeno como la globalización que no tiene por qué tomar necesariamente el curso actual de una desigualdad creciente. Y sabemos que sin igualdad no hay justicia.

El neoliberalismo postula un mercado sin restricciones, que se regule por sí mismo. Y acusa a la solidaridad social no sólo de ineficaz frente a la pobreza, sino de ser una de sus causas. Nos encontramos ante un rechazo de principio que deja a la intemperie a los desposeídos de la sociedad. Una de las más duras consecuencias de esa ideología es la deuda externa, que tiene maniatadas a las naciones pobres y que creció desmesuradamente gracias a las tasas de interés fijadas por los mismos acreedores. La condonación de la deuda externa constituye el punto más importante propuesto por Juan Pablo II para celebrar, en todo su profundo sentido bíblico, el jubileo del año 2000.

La deshumanización de la economía que tiende a convertirlo todo, incluso las personas, en mercancías ha sido denunciada por una teología que señala el carácter idolátrico, en sentido bíblico, de este hecho. Curiosamente asistimos hoy a un intento de justificación teológica del neoliberalismo que compara, por ej., las multinacionales con el siervo de Yahvé: ellas serían atacadas y vilipendiadas, cuando de ellas vendría la justicia y la salvación. Se impone, pues, una reflexión teológica a partir de los pobres. Si ella ha de tener en cuenta la autonomía propia de la disciplina económica, no puede olvidar su relación con el conjunto de los seres humanos y, por consiguiente, las exigencias éticas. No hay que perder de vista que el rechazo más firme a las posiciones neoliberales se da por razón de los contrasentidos de una economía que olvida cínicamente y, a la larga, suicidamente al ser humano y, en especial, a los que carecen de defensa en este campo, o sea, a la mayoría de la humanidad. Está en juego la ética que exige descubrir los mecanismos perversos que distorsionan desde dentro esa actividad humana que llamamos economía y que no tiene por qué causar estragos en la humanidad.
A este capítulo pertenecen también las perspectivas abiertas por las corrientes ecológicas ante la destrucción, suicida también, del medio ambiente. Ellas nos han hecho más sensibles a todas las dimensiones del don de la vida y nos han ayudado a ampliar el horizonte de la solidaridad, que comprende un respectuoso vínculo con la naturaleza.

Profundización en la espiritualidad

Desde sus primeros pasos, la espiritualidad ocupó siempre un primer plano en la teología de la liberación. Albergamos la profunda convicción, alentada por la obra de M.D. Chenu, de que, detrás de toda inteligencia de la fe, hay una manera de seguir a Jesús. Los Evangelios hablan de seguir a Jesús y ser discípulos suyos. Es en el seguimiento y en el discipulado en lo que consiste la auténtica espiritualidad. Éste es uno de los puntos centrales de la comprensión de la teología como reflexión sobre la praxis, que es el corazón del discipulado. Tiene imbricadas dos grandes dimensiones: la oración y el compromiso histórico. Nos lo recuerda el Evangelio cuando afirma que no basta con decir «Señor, Señor» si no se hace «la voluntad del Padre » (Mt 7,21). Cobra así sentido la afirmación de que «nuestra metodología es nuestra espiritualidad ».

Recientemente asistimos a un florecimiento de una espiritualidad de la liberación. Es que, en medio de un proceso histórico que sabe de logros y tropiezos, la experiencia espiritual del pueblo pobre ha madurado. Esto no significa un repliegue respecto a opciones de orden social, lo cual sería desconocer la radicalidad de ir al fondo de las cosas, allí donde se anudan amor a Dios y amor al prójimo. Es en esa hondura donde se sitúa la espiritualidad. Tenía razón Rilke cuando decía que Dios se encuentra en nuestras raíces.

En el núcleo de la opción preferencial por el pobre hay un elemento espiritual de experiencia del amor gratuito de Dios. El rechazo a la injusticia y a la opresión está anclada en nuestra fe en el Dios de la vida. Por esto no sorprende que esta opción haya sido rubricada, como en el caso de Mons. Romero y de muchos otros cristianos y cristianas en América Latina, por «el signo martirial». En realidad, hay muchas maneras de vivencias de la cruz que marcan la vida cotidiana del continente.

Es maravilloso el itinerario espiritual de un pueblo que vive su fe y mantiene su esperanza, en medio de una vida cotidiana hecha de pobreza y exclusiones, pero también de proyectos y de una mayor conciencia de sus derechos. Los pobres de América Latina han emprendido la ruta de la afirmación de su dignidad de hijos e hijas de Dios, en la que se da el encuentro con el Señor, crucificado y resucitado. Estar atento a esa experiencia espiritual, recoger sus versiones orales y escritas se convierte en una tarea primordial de nuestra reflexión teológica. Usando una expresión de San Bernardo, llamamos a ese momento «Beber del propio pozo». Sus aguas nos permitirán constatar la profundidad de la fe de los pueblos pobres de nuestro continente. Esto confirma lo que decíamos al comienzo: el pueblo latinoamericano es, mayoritariamente, pobre y a la vez creyente.

En el corazón de una situación que los excluye y maltrata y de la que quieren liberarse, los pobres creen en el Dios de la vida. Como decían en nombre de los Situación y tareas de la teología… 13 pobres del Perú nuestros amigos Víctor (hoy fallecido) e Irene a Juan Pablo II durante su visita al país (1985): «Con el corazón roto por el dolor, vemos que nuestras esposas gestan en la tuberculosis, nuestros niños mueren, nuestros hijos crecen débiles y sin futuro», y añadían: «pero, a pesar de todo esto, creemos en el Dios de la vida».

Para concluir: aunque hemos puesto el acento en la interpelación que viene del mundo de la pobreza, pensamos que la reflexión teológica del mundo cristiano tiene que enfrentar los tres retos mencionados e incluso hacer ver sus relaciones mutuas. Para ello hay que evitar la tentación de encasillarse asignando dichos desafíos a los diversos continentes: el de la modernidad al mundo occidental, el de la pobreza a América Latina y África y el del pluralismo religioso a Asia. Naturalmente hay énfasis propios, según las diversas áreas de la humanidad. Pero, en la actualidad, estamos llamados a una tarea teológica que emprenda nuevas rutas y mantenga con mano firme tanto la particularidad como la universalidad de la situación que vivimos. Ese cometido no podrá llevarse a cabo sin una gran sensibilidad a las diversas interpelaciones y con un diálogo -respectuoso y abierto- que asuma como punto de partida las condiciones de vida y la dignidad de los seres humanos, en particular, la de los pobres y excluidos.

Ellos son para nosotros, cristianos, reveladores de la presencia de Dios en Jesucristo, en medio de un mundo que es fruto del amor de Dios.

P. Gustavo Gutiérrez, OP
Publicado en Revista “Reflexión y Liberación” n° 112
Santiago de Chile

lunes, 30 de octubre de 2017

¡Dichosos los pobres!


El ideal de los seguidores de Jesús es ser como él, es decir, siervo y servidor de todos, como lo es el pequeño: uno de «los pequeños hermanos» de Jesús, declarados dichosos en el sermón de la montaña.

No tenemos por qué ocultar nuestros bienes, ni ignorar su origen y destino. Tampoco debemos ocultar que somos pobres o que queremos ser pobres. Me preguntaba en la introducción de esta intervención: ¿Son dichosos los pobres por el hecho de ser pobres? ¿Qué pobreza es proclamada dichosa según los evangelios? He titulado mi colaboración: «amar al Señor con todas las riquezas o la dicha de ser pobres». No es una disyuntiva, sino una equivalencia. Aquel que sirve al Señor con todas las riquezas conoce la dicha de ser pobre. Vaya un breve apunte sobre la dicha evangélica.

No es uniforme el rostro de los pobres, como tampoco lo es el vocabulario de la pobreza. Pobre es el indigente de ascendencia humilde (raš) y también el subordinado e inferior condenado a trabajos forzados (misken). Es pobre el humilde y aplastado, necesitado de refugio y de amparo (dak), como lo es el débil y el flaco (dal) que ha de apoyarse en otros para mantenerse en pie. También es pobre el mendigo y el vagabundo (‘ebyôn), así como el humilde (‘anah) que, curvado sobre sí mismo (humillado), está condenado a mirar hacia la tierra (humus) agobiado bajo el peso de la miseria o de la aflicción. Son pobres, finalmente, aquellos que convierten la sumisión resignada al poder de los hombres en una sumisión libre y resignada a la voluntad de Dios (‘anawim). Este sustantivo, junto con el anterior, da a la pobreza un matiz estrictamente religioso, hasta convertirse en sinónimo de «piadoso» y de «humilde». ¿Son dichosos todos y cada uno que pueden clasificarse bajo cualquiera de los sustantivos mencionados? ¿Son dichosos los pobres por el hecho de ser pobres?

Si leemos con atención el evangelio de Lucas, la respuesta parece que debe ser ésta: «El pobre es dichoso por ser pobre». Así parece desprenderse del enunciado de la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios» (Lc 6,20). A medida que avanzamos en la lectura del evangelio de Lucas se iría ratificando nuestra primera impresión. Valgan estos dos ejemplos. Allí donde Mateo escribe: «Da a quien te pide y no vuelvas la espalda a quien te pide algo prestado» (Mt 5,42), Lucas completa y corrige: «Da siempre a todo el que te pide y no reclames de quien toma lo tuyo» (Lc 6,30). Para Mateo es suficiente con dar una vez; Lucas, en cambio, pide al discípulo una actitud de constante donación. Para ser discípulo de Jesús, Mateo estima que es suficiente con dejar las redes y la barca. Lucas completa: «Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío» (Lc 14,33). Aunque no todos los ricos sean mal vistos por Lucas [ahí están Zaqueo, José de Arimatea, las mujeres que siguieron a Jesús, la familia de Betania], no es desatinado afirmar que no son bien acogidos en el evangelio de Lucas. Las bienaventuranzas lucanas van dirigidas a una comunidad muy concreta: a una Iglesia en la que, como dice Pablo, «no hay sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos nobles. Ha escogido Dios, más bien, lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo lo ha escogido Dios; lo que no es para reducir a la nada a lo que es» (1Cor 1,26-28). Los cristianos de las comunidades lucanas son auténticos pobres –con todos los matices de la pobreza aludidos en el vocabulario– por haber creído en Cristo. Estas iglesias oprimidas necesitaban el consuelo proclamado por las bienaventuranzas: han renunciado a toda riqueza para quedarse con la auténtica Riqueza: el Señor.

Mateo llama dichosos a los «pobres de espíritu». Según el genio de las lenguas semitas, el acento no ha de ponerse en la pobreza sino en el espíritu. No está desencaminada la interpretación de los Padres cuando insisten en que Mateo llama dichosos a los humildes y sencillos, a los que muestran desprendimiento y una absoluta disponibilidad, a los que están totalmente abiertos para recibir y para dar. Esta pobreza bienaventurada no viene de fuera, sino que radica en el espíritu. Si se ahonda y se vive esta pobreza, es más dura que la pobreza externa (económica, social o religiosa), pues la abarca y supera. Fundados en Mateo, no podemos distinguir entre una pobreza afectiva (propia de aquellos que pretenden ser salvados) y otra efectiva dejada a la libre elección de quienes quieren ser perfectos. Más bien, Mateo llama dichosos a los pobres, es decir, a «los humildes, a los que son pobres antes Dios, a los que se hallan como mendigos ante Dios, con las manos vacías, conscientes de su pobreza espiritual». De estos pobres puede decirse aquello del salmo: «El Señor está cerca de los que tienen el corazón contrito y salva a los que tienen el espíritu humilde» (Sal 34,19). Los pobres, por su parte, pueden presentarse ante Dios con estas palabras: «Yo soy pobre y miserable, pero el Señor piensa en mí» (Sal 40,18). Las bienaventuranzas de Mateo, en definitiva, no glorifican al proletariado, sino al «hombre humilde que espera con paciencia el reino de Dios». Mateo formuló su primera bienaventuranza para una iglesia que estaba en lucha con la tentación farisaica de la justicia propia.

Es posible que los dos evangelistas traduzcan una misma palabra aramea (‘anwa o ‘anya), que, como he apuntado, tiene connotaciones espirituales inconfundibles. Lucas habla de una pobreza real a unos cristianos que son sociológicamente pobres, por ser cristianos. Mateo explicita la dimensión espiritual que tenía el sustantivo en la lengua de Jesús (el arameo). No obstante, tal vez sea acertado decir que «la pobreza social pasa a segundo plano y la miseria psíquica pasa a ocupar el primero. Ésta apunta a la actitud ética de la humildad».

Si Jesús proclamó dichosos a los ‘anawim, no olvidemos que son hombres curvados por el peso de la existencia; hombres que por mirar a la tierra (humus) son humildes, pero revestidos de una dulce paciencia y de absoluta confianza en Dios, de quien se declaran –ya con su gesto corporal– vasallos obedientes. Late en este vocablo la pobreza real, con todas sus modalidades, pero también la religiosa. La riqueza asociada a las cualidades o a la práctica de la virtud no nos convierte en dichosos ni nos da ningún derecho ante Dios. La pobreza dichosa pasa por el camino de las nadas: la nada del «tener» porque todo lo hemos dado, y la nada del «ser» porque a todos nos hemos dado. Ante Dios permanecemos curvados y absolutamente confiados. ¡Qué bien lo supieron y expresaron hombres y mujeres egregios/as como Francisco de Asís o Teresa de Liseux!

Tal vez sea fácil vivir sin dinero o propiedades. Algo más difícil es entregar nuestro tiempo y nuestras cualidades, nuestro ser. Mucho más difícil es no apegarnos a nuestras buenas acciones. Lo realmente bienaventurado y dichoso es quedarnos únicamente con Dios. ¡Qué pronto aprenderá a ser pobre aquel que se sabe amado!, repetía otro gran hombre: Charles de Foucauld. La dinámica de esta bienaventuranza que nos torna dichosos procede de la contemplación de Cristo, quien «siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8,9). Nuestra experiencia nos cerciora de lo difícil que es gozar esta pobreza bienaventurada.

Ángel Rodríguez, CMF

lunes, 2 de diciembre de 2013

El grito de los pobres te liberó.

Pueblo Creyente de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas.

Hermano Alberto (Patishtán) te venimos a encontrar hoy que llegas a tu tierra, a tu gente y a tu pueblo como hombre libre.

Damos gracias a Dios por esta alegría que llena nuestros corazones, por este encuentro en libertad que hemos querido desde hace años y que nos ha venido interpelando como una señal que guió nuestro caminar.

“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. (Mt. 5, 6)

Nuestro Dios Padre y madre que vive en los sagrados cerros de estas tierras escuchó las oraciones, los pasos y las voces que todo el pueblo creyente elevó con tu nombre por la verdad, la paz y la justicia, hoy te reciben y te acogen como hombre libre que siempre has sido, libre de la culpa que los poderosos te pusieron y que cargaste en tus hombros durante 13 años, 5 meses y 11 días, siempre con la verdad de tu testimonio, con la paz de nuestro Dios Padre y Madre, con la justicia de tu corazón generoso.

Cuidador del pueblo te reconoció el jTatic Samuel, profeta para los pobres, los perseguidos, los despreciados; con nosotros indígenas está presente y contigo viene también el jTatic para darte fuerza a ti y a tu familia, y para darnos a todos su bendición, para que nunca olvidemos su ejemplo en vivir por la verdad, la paz y la justicia. Con alegría vivimos hoy y siempre el amor a Dios, el amor a nuestras hermanas y hermanos y el amor a la vida que es un regalo de Dios.

Bienvenido hermano Alberto.

El clamor por la justicia fue creciendo entre los pueblos, las voces de los hombres y mujeres de corazón justo y generoso se elevaron en muchos lugares de Chiapas, en muchos lugares de México, en muchos lugares del mundo entero; no las acalló la soberbia de los tribunales, su desprecio; sordos y ciegos se hicieron ante las voces de los humildes y creció en nosotros la indignación y el deseo de justicia, para ti y para todos nosotros, para los pueblos, para los indígenas, para los no indígenas, para los enfermos, los perseguidos, los encarcelados, para los desaparecidos, y para los pobres.

Y la verdad se abrió paso hasta lo más alto, imposible ocultar la verdad de tu inocencia, la verdad de tu injusta sentencia, de tu injusto encarcelamiento, y aquí estamos hoy reunidos tú y nosotros, todos somos hoy un poco más libres.

Damos gracias a todas las personas que pusieron sus corazones y sus actos con los nuestros y con los tuyos para que brille la verdad de tu inocencia, de tu sufrimiento y la verdad de tu lucha por la libertad; tu libertad nos anima a seguir nuestro caminar en la búsqueda de la libertad, justicia y paz; porque los que te mantuvieron preso más de 13 años siguen oprimiendo al pueblo que te liberó. 

30 de Noviembre del 2013.

Fuente: Chacatorex

viernes, 15 de marzo de 2013

Gustavo Gutiérrez: genio sí, pero sobre todo un hombre bueno.


Hace pocos días Gustavo recibió el premio nacional de cultura por su trayectoria como intelectual que ha producido escritos que, sin duda, han marcado no sólo la Iglesia latinoamericana, sino la Iglesia universal en los últimos 50 años. Sinesio López, en un artículo en La República, destacaba sus conocimientos profundos no sólo de la teología, su especialidad, sino de la filosofía y la psicología, como también, añadiría yo por experiencia propia, su agudo sentido del momento político, tanto nacional como eclesial.
Me siento un amigo cercano, pero hay otros que han estado, sin duda, más cercanos que yo. Pero lo que quiero destacar aquí no es mi amistad, sino la capacidad de Gustavo de hacerse amigo de tanta gente, un amigo fiel. Esa cualidad es propia de una persona de veras buena. El premio que ha recibido recientemente se basa ciertamente en su producción intelectual, pero se basa también en el hecho de que es un hombre bueno y fiel, fiel a sus amigos sí, pero sobre todo fiel a sus esfuerzos de aportar a una Iglesia de y para los pobres. En eso se asemeja al gran compañero dominico, Bartolomé de las Casas. Ambos han dedicado sus vidas a la pasión por los pobres, que tengan su lugar tanto en la Iglesia como en la sociedad.
Una persona buena nace con ciertas dotes, cualidades naturales, que ayudan. Esas cualidades vienen también de sus años de crecimiento en familia, de los amigos de juventud, etc. Pero en Gustavo, cuando digo que es una persona buena, es muy necesario decir que su bondad es una bondad ganada a pulso. Durante 20 largos años tuvo que afrontar los ataques feroces de los enemigos de su teología dentro y fuera de la Iglesia. Fue acusado de todo, que era infiel a la Iglesia, que tergiversaba el Evangelio, que era más político que teólogo, que era todo menos un fiel seguidor de Jesús. Los ataques continúan, pero tienen menos fuerza hoy porque Roma misma ha reconocido públicamente que su pensamiento, su teología, es plenamente fiel a la Iglesia.
Durante esos largos años de cuestionamiento de su teología, nunca escuché de él una palabra de amargura, de desprecio por sus adversarios. Su fidelidad a esta Iglesia siempre imperfecta tuvo sus costos de salud, ciertamente, pero también costos por la necesidad de estar permanentemente atento a los nuevos reproches de su pensamiento. Lo que me impresiona es que su interés en esos años, como hoy, no se centraba en su persona, sino en lo que él y Las Casas soñaban: una Iglesia fiel a los pobres y, por eso, fiel al Evangelio de Jesús. Si hay algo que marca a una persona buena, es su desprendimiento de sí en medio de la batalla por lo que cree firmemente es la verdad. El interés de Gustavo nunca ha sido la vigencia de su teología, sino la vigencia en la Iglesia de la preferencia por los pobres.
Creo que la persona de Gustavo, su bondad como también su teología, nos han servido para acercarnos al Evangelio, a la vida y la práctica de Jesús. Nos ha servido a que la palabra evangélica diga algo, mucho, a nuestro presente. Y eso se debe no sólo a la genialidad de su pensamiento, sino también y sobre todo a la bondad de su persona.
Si estas palabras mías, por cierto balbuceadas, tienen la mala suerte de llegar a las manos de Gustavo, pido perdón. Sé que no son alabanzas que no necesita ni busca, sino más bien, la necesidad de los amigos de alabar y reconocer la bondad donde la encuentran.
Francisco Chamberlain, s.j., compartida por Jesuitas del Perú

jueves, 23 de agosto de 2012

El Pueblo de Dios según Comblin.


Redacción de Atrio, 23-Agosto-2012

Los temas sobre el pueblo -o la sociedad alternativa de iguales- están muy activos, desde diferentes ángulos, en ATRIO, sobre todo en los últimos meses, por la crisis, lalectura de Marcos y la de-construcción del tinglado de la ICAR. A alguien le puede interesar disponer de un texto que de manera orgánica desarrolle todo el tema de pueblo, pobres e Iglesia. Lo hizo en sus últimos años José Comblin (1923-2011) en este libro El Pueblo de Dios (260 pp.) que hoy ofrecemos a todos en doble formato: PDF y WORD(Pinchar en la versión que interese, para imprimir o guardar en carpeta y leer en pantalla). Y, como adelanto, reproducimos sólo tres breves párrafos del libro, el ÍNDICE y la CONCLUSIÖN:

Tres citas claves del libro El Pueblo de Dios

1.- Los puritanos consiguieron conquistar el poder en Inglaterra — fue la Revolución de los santos en Inglaterra. Esta Revolución que duró de 1640 a 1660, fue la primera gran manifestación del concepto de pueblo en la historia de Europa. Durante 20 años los puritanos gobernaron a Inglaterra en nombre del pueblo. Rechazaron la monarquía de derecho divino y la Iglesia anglicana jerárquica unida al rey. El gran líder puritano Baillie decía: “El pueblo y el país deben limpiarse para ser un pueblo elegido de puros, digno de su gran misión; deben crear un nuevo cielo y una nueva tierra. La fe religiosa se torna política: el reino de Dios se convierte en una realidad total sobre la tierra. Al servicio de Dios, los hombres crean una nueva sociedad y cambian radicalmente las relaciones sociales; construyen una ‘comunidad de santos’, una democracia inspirada. En la comunidad, en la asamblea del pueblo habla el Espíritu Santo por la boca de los nuevos conductores del pueblo y de los que están poseídos por el espíritu de la totalidad” (páginas 45-46)

2.- Se atribuye a la influencia de san Vicente el famoso discurso de Bossuet sobre la eminente dignidad de los pobres. Vale la pena recordar las palabras de Bossuet, porque muestran que, en pleno triunfo del absolutismo monárquico, y en pleno triunfo de la contra-reforma católica, no se perdió la conciencia de la realidad de la verdadera Iglesia: “Construir una ciudad que fuese verdaderamente la ciudad de los pobres sólo podía ser cosa de nuestro Salvador y de la política del cielo. Esta ciudad es la santa Iglesia. Y si ustedes me preguntan por qué la llamo la ciudad de los pobres, diré la razón por medio de la siguiente proposición: La Iglesia, en su plano original, fue construida solamente para los pobres, y ellos son los verdaderos ciudadanos de esta feliz ciudad que la Escritura llama Ciudad de Dios. Aunque esta doctrina les parezca extraña, no deja por esto de ser verdadera”… “En su fundación, la Iglesia de Jesucristo era una asamblea de pobres, y si los ricos eran recibidos en ella, se despojaban de sus bienes al entrar y los colocaban a los pies de los apóstoles, para entrar en la ciudad de los pobres (que es la Iglesia) con el sello de la pobreza” (página 157)

3.- En su Catecismo socialista Luis Blanc comienza con esta pregunta: “¿Qué es el socialismo?” Y responde: “Es el evangelio en acción” (página168)

INDICE


3 INTRODUCCIÓN


10 CAPITULO 1. EL PUEBLO DE DIOS EN EL VATICANO II

10 1. Los textos

13 2. La realidad humana de la Iglesia

20 3. La realidad ecuménica del pueblo de Dios.

24 4. La promoción de los laicos en el pueblo de Dios



32 CAPITULO 2. LA HISTORIA DEL CONCEPTO DE PUEBLO DE DIOS

32 1. El modelo jerárquico anterior al Vaticano II

35 2. La “otra” Iglesia

50 3. El retorno a los orígenes



55 CAPITULO 3. EL PUEBLO DE DIOS EN AMERICA LATINA

55 1. La teología del pueblo de Dios en América Latina

56 2. El pueblo de Dios y la Iglesia de los pobres

66 3.La Iglesia de los pobres en proceso



72 CAPITULO 4. LA VIRADA DEL SINODO DE 1985

72 1. La teología del cardenal Ratzinger

73 2. La teología del Sínodo

78 3. Las ambigüedades del concepto de “comunión”



83 CAPITULO 5. LA IGLESIA COMO PUEBLO

83 1. El alcance de la elección del tema pueblo de Dios

92 2. El pueblo: comunidad de vida integral

98 3. El pueblo: comunidad de destino

102 4. El pueblo y sus mártires

111 5. El pueblo y su cultura

118 6. El pueblo en el tiempo



124 CAPITULO 6. EL PUEBLO COMO SUJETO

124 1. La afirmación del pueblo como sujeto

128 2. El pueblo: sujeto de la historia

132 3. El pueblo en la escatología

136 4. El pueblo es libertad

141 5. El pueblo es alianza



148 CAPITULO 7. EL PUEBLO DE LOS POBRES

150 1. La búsqueda de los pobres de Jesucristo

154 2. La Iglesia para los pobres

159 3. La defensa de los pobres

163 4. La conciencia de los pobres

165 5. El pueblo de los pobres




177 CAPITULO 8. EL PUEBLO DE DIOS DENTRO DE LOS PUEBLOS

179 1. Lo que la Iglesia recibe de los pueblos

189 2. Sobre la inculturación

194 3. Lo que la Iglesia da a los pueblos



201 CAPITULO 9. EL ACTUAR DEL PUEBLO DE DIOS EN EL MUNDO

201 1. La búsqueda del actuar del pueblo de Dios

205 2. Las condiciones del actuar como pueblo de Dios

210 3. El actuar del pueblo de Dios en el pasado

216 4. Experiencia de la praxis latinoamericana



223 CAPITULO 10. EL PUEBLO DE DIOS Y LA INSTITUCIÓN

224 1. Debate del Vaticano II sobre el lugar de la jerarquía en el Pueblo de Dios.

230 2. La participación del pueblo en la liturgia después del Vaticano II

233 3. La presencia del pueblo de Dios en el gobierno de la Iglesia

240 4. La participación del pueblo de Dios en el magisterio

244 5. La relación entre el clero y el pueblo

252 6. Clero y laicos en América Latina


255 CONCLUSION

CONCLUSIÓN

Hay un texto de I. Ellacuría que expresa claramente la cuestión de la Iglesia de los pobres, o sea, la cuestión del pueblo de Dios, en América Latina: “El problema real no consiste, en su plano fundamental, en una oposición entre una Iglesia estructurada con su propia corporeidad histórica y una Iglesia desarticulada y espiritualista, sino entre una Iglesia que con el poder social e incluso político se pone en relación de conveniencia con otros poderes sociales y políticos y esa misma Iglesia que, como pueblo de Dios unificado por el Espíritu y hecho cuerpo en la historia, se pone directamente al servicio del Reino: una Iglesia seguidora de Jesús.

En esa Iglesia seguidora de Jesús hay obispos, tal vez haya conferencias episcopales, hasta incluso una conferencia general de obispos como Medellín.
Hay congregaciones religiosas, parroquias, cartas pastorales, etc. Esta Iglesia siempre estuvo viva, contribuyó y contribuye a la liberación de los más oprimidos.

Pero existe la otra vertiente de la Iglesia, la Iglesia mundana y secular, que se configura según los poderes y los dinamismos de un mundo de pecado, que vive de espaldas al pueblo de Dios. Cuando se rechaza la Iglesia institucional, es esta Iglesia mundana la que se rechaza, y se rechaza con razón .

Vale la pena notar que el autor usa la expresión “pueblo de Dios” solamente cuando habla de la Iglesia de los pobres, y se siente incapaz de usar la misma expresión cuando habla de la Iglesia prisionera de los poderes del mundo. De hecho, solamente la Iglesia de los pobres puede tener conciencia de ser pueblo de Dios. Una vez que la consideración se aleja de los pobres, la expresión “pueblo de Dios” se torna irrelevante, vacía de contenido. Quien vive como pueblo son los pobres, o por los menos solamente ellos tienen condiciones para ser pueblo de Dios. Los otros son fieles, “laicos”, individuos aislados, cada uno contribuyendo para su salvación eterna.

Entre las dos vertientes, la Iglesia debe escoger, definirse. No definirse ya quiere decir haberse definido. Si guarda silencio, es señal de que escogió la alianza con los poderes. Quien está con los poderosos nunca reconoce que está con los poderosos: se queda callado, porque no puede o no quiere decir que está con los pobres.

Por eso la expresión “pueblo de Dios” es tan importante. Ella significa una opción, la opción de Medellín. Quien está con los poderes no puede tener una preocupación por el pueblo. No necesita del pueblo y el pueblo incomoda su vida. Quiere ser el mismo, de acuerdo con el modelo neoliberal, y nada más. Pueblo quiere decir realidad humana corporal, materia, histórica, angustia y esperanza. Quien tiene poder ve en el pueblo solamente un sujeto que limita la libertad individual, la libertad de los poderosos, que es dependencia de la voluntad de poder.

No podemos tener la ilusión de pensar que la Iglesia toda podría hacer la opción por la vertiente de los pobres. Basta que esa Iglesia de los pobres pueda subsistir. Desde el inicio del cristianismo existen las dos vertientes, y ellas van a permanecer hasta el fin del mundo. Sin embargo, el desafío es no desanimarse nunca y continuar luchando para la conversión permanente de la Iglesia, justamente porque sabemos que esa lucha durará hasta el fin de los siglos.

Lo que se esperaría del próximo pontificado [escrito antes de 2005 y B16. ¡Qué desilusión tuvo el buen José y muchos con él!] sería una mayor aproximación de la Iglesia con el pueblo de Dios: una Iglesia de los pobres. Para fundamentar esto, ¿sería demasiado esperar a alguien con la visión de mundo de Juan XXIII?

Fuente: ATRIO