Mostrando entradas con la etiqueta teología de la liberación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta teología de la liberación. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de junio de 2019

Complejidad del mundo de los pobres.



Gustavo Gutiérrez

La teología de la liberación ha procurado desde el comienzo no reducir la pobreza al aspecto económico, por importante que éste sea.
Así, se describió al pobre como el «insignificante», como aquél que es considerado como un «no-persona», a quien, de hecho, no se le reconocen sus derechos como ser humano. Los Situación y tareas de la teología…Los pobres son personas sin peso social, que cuentan poco en la sociedad y en la Iglesia. Es así como son vistos, o más bien no vistos.

Pues, como excluidos, resultan invisibles en el mundo actual. Los motivos son diversos: por supuesto los de orden económico, pero además el color de la piel, ser mujer, pertenecer a una cultura despreciada o apreciada sólo por su exotismo, que viene a ser lo mismo. Al hablar, desde decenios, de los «derechos de los pobres» nos referíamos a todas esas dimensiones de la pobreza.

Una segunda perspectiva, presente también desde los comienzos, fue la de ver al pobre como «el otro» de una sociedad que se construye contra sus derechos más elementales, ajena a sus valores. Así resulta que la historia leída desde ese «otro», por ej. a partir de la mujer, se convierte en otra historia. Pero ese re-leer la historia se convertiría en pura especulación si no incluyese el re-hacerla. En ese orden de cosas y pese a los obstáculos y limitaciones que se oponen a ello, es firme el convencimiento de que son los mismos pobres los que deben asumir su destino. Al respecto habría que retomar el hilo de la historia desde que un hombre y teólogo -Bartolomé de las Casas- se planteaba ver las cosas «como si fuese indio». Sólo liberando nuestra mirada de prejuicios y de inercias podremos descubrir al «otro».

No basta, pues, con tener conciencia de esa complejidad. Hay que advertir su fuerza interpeladora y hay que considerar la condición del pobre como «otro» en toda su desafiante realidad. Gracias a que nos hemos comprometido con el mundo de la pobreza, en ese proceso nos encontramos con la vivencia -de un modo u otro- de la fe cristiana. La reflexión teológica se nutre de esa experiencia cotidiana y, a su vez, la enriquece.

Hoy se está trabajando arduamente en algunos aspectos importantes de esa complejidad. En esta línea se sitúan los esfuerzos por pensar la fe a partir de la situación secular de despojo y marginación de los diversos pueblos indígenas de nuestro continente y de la población negra incorporada violentamente a nuestra historia desde hace siglos. Hemos sido testigos del vigor que adquiere la voz de estos pueblos, de la riqueza cultural y humana que son capaces de aportar, así como de las facetas del mensaje cristiano que nos permiten descubrir. Sin contar con el diálogo con otras concepciones religiosas que pudieron sobrevivir y que, pese a ser hoy minoritarias, son igualmente respetables, pues son seres humanos los que están comprometidas con ellas y que, sin recrearlas artificialmente, las conservan en su propio acerbo cultural y religioso.

Son también particularmente exigentes y nuevas las reflexiones teológicas que provienen de la inhumana y, por consiguiente, inaceptable condición de la mujer en nuestra sociedad, en especial la que pertenece a los estratos sociales y étnicos a los que acabamos de referirnos. Dichas reflexiones son realizadas sobre todo por mujeres, pero nos cuestionan a todos, en especial cuando se hace una relectura bíblica desde la condición femenina. No se trata, como algunos acaso piensen, de defender antiguas culturas fijadas en el tiempo y que el devenir histórico habría superado. La cultura es creación permanente. Lo vemos en nuestras ciudades, crisol de razas y culturas en sus niveles más populares, pero a la vez espacio de crueles y crecientes distancias entre los diferentes sectores sociales que las habitan. Este universo en proceso, que en gran parte arrastra y transforma los valores de las culturas tradicionales, condiciona la vivencia de la fe y constituye un punto de partida histórico para la reflexión teológica.

No obstante, el discurso sobre la fe no debe perder de vista el terreno común del que parte y en el que discurre nuestra reflexión teológica: el de los «insignificantes », el de su liberación integral y el de la buena nueva de Jesús dirigida preferentemente a ellos. Hay que evitar que la necesaria y urgente atención a los sufrimientos y esperanzas de los pobres dé lugar a búsquedas ineficaces de cotos teológicos privados, que sería fuente de exclusividades y desconfianzas. En lo esencial, se trata del combate cotidiano por la vida, la justicia y los valores culturales y religiosos de los desposeídos. También por su derecho a ser iguales y al mismo tiempo diferentes.

No todas las corrientes teológicas que vienen de esa situación caben bajo el mismo epígrafe. Pero los evidentes lazos históricos entre ellas, así como el horizonte común del complejo mundo del pobre dentro del que se mueven, nos permite verlas como expresiones fecundas de las tareas actuales de la reflexión teológica desde los desheredados del continente.

Globalización y pobreza
Decía Paul Ricoeur: «No estamos con los pobres si no estamos contra la pobreza», o sea, si no rechazamos la condición que abruma a una parte tan importante de la humanidad. No se trata de un rechazo meramente emocional. Hay que conocer lo que motiva la pobreza a nivel social, económico y cultural. Esto no se puede hacer sin los instrumentos de análisis de las ciencias humanas. Pero, como toda ciencia, ellas trabajan con hipótesis que pretenden explicar la realidad. Lo cual significa que han de cambiar ante fenómenos nuevos. Es lo que hoy sucede con el neoliberalismo que llega aupado por una economía cada vez más autónoma de la política (y, por supuesto, de la ética) gracias al fenómeno de la globalización.

Aunque proviene del mundo de la información, la globalización repercute en el terreno económico y social, y en otros campos de la actividad humana. El término es engañoso. Nos hace creer que nos encaminamos hacia un mundo único, cuando en realidad actualmente entraña la exclusión de una parte de la humanidad del Situación y tareas de la teología… 11 circuito económico y de los beneficios de la sociedad del bienestar. Millones de personas son convertidas así en inservibles o desechables después de uso: todas las que han quedado fuera del ámbito de la información. Con el agravante de que esta polarización se produce por el modo como estamos viviendo hoy un fenómeno como la globalización que no tiene por qué tomar necesariamente el curso actual de una desigualdad creciente. Y sabemos que sin igualdad no hay justicia.

El neoliberalismo postula un mercado sin restricciones, que se regule por sí mismo. Y acusa a la solidaridad social no sólo de ineficaz frente a la pobreza, sino de ser una de sus causas. Nos encontramos ante un rechazo de principio que deja a la intemperie a los desposeídos de la sociedad. Una de las más duras consecuencias de esa ideología es la deuda externa, que tiene maniatadas a las naciones pobres y que creció desmesuradamente gracias a las tasas de interés fijadas por los mismos acreedores. La condonación de la deuda externa constituye el punto más importante propuesto por Juan Pablo II para celebrar, en todo su profundo sentido bíblico, el jubileo del año 2000.

La deshumanización de la economía que tiende a convertirlo todo, incluso las personas, en mercancías ha sido denunciada por una teología que señala el carácter idolátrico, en sentido bíblico, de este hecho. Curiosamente asistimos hoy a un intento de justificación teológica del neoliberalismo que compara, por ej., las multinacionales con el siervo de Yahvé: ellas serían atacadas y vilipendiadas, cuando de ellas vendría la justicia y la salvación. Se impone, pues, una reflexión teológica a partir de los pobres. Si ella ha de tener en cuenta la autonomía propia de la disciplina económica, no puede olvidar su relación con el conjunto de los seres humanos y, por consiguiente, las exigencias éticas. No hay que perder de vista que el rechazo más firme a las posiciones neoliberales se da por razón de los contrasentidos de una economía que olvida cínicamente y, a la larga, suicidamente al ser humano y, en especial, a los que carecen de defensa en este campo, o sea, a la mayoría de la humanidad. Está en juego la ética que exige descubrir los mecanismos perversos que distorsionan desde dentro esa actividad humana que llamamos economía y que no tiene por qué causar estragos en la humanidad.
A este capítulo pertenecen también las perspectivas abiertas por las corrientes ecológicas ante la destrucción, suicida también, del medio ambiente. Ellas nos han hecho más sensibles a todas las dimensiones del don de la vida y nos han ayudado a ampliar el horizonte de la solidaridad, que comprende un respectuoso vínculo con la naturaleza.

Profundización en la espiritualidad

Desde sus primeros pasos, la espiritualidad ocupó siempre un primer plano en la teología de la liberación. Albergamos la profunda convicción, alentada por la obra de M.D. Chenu, de que, detrás de toda inteligencia de la fe, hay una manera de seguir a Jesús. Los Evangelios hablan de seguir a Jesús y ser discípulos suyos. Es en el seguimiento y en el discipulado en lo que consiste la auténtica espiritualidad. Éste es uno de los puntos centrales de la comprensión de la teología como reflexión sobre la praxis, que es el corazón del discipulado. Tiene imbricadas dos grandes dimensiones: la oración y el compromiso histórico. Nos lo recuerda el Evangelio cuando afirma que no basta con decir «Señor, Señor» si no se hace «la voluntad del Padre » (Mt 7,21). Cobra así sentido la afirmación de que «nuestra metodología es nuestra espiritualidad ».

Recientemente asistimos a un florecimiento de una espiritualidad de la liberación. Es que, en medio de un proceso histórico que sabe de logros y tropiezos, la experiencia espiritual del pueblo pobre ha madurado. Esto no significa un repliegue respecto a opciones de orden social, lo cual sería desconocer la radicalidad de ir al fondo de las cosas, allí donde se anudan amor a Dios y amor al prójimo. Es en esa hondura donde se sitúa la espiritualidad. Tenía razón Rilke cuando decía que Dios se encuentra en nuestras raíces.

En el núcleo de la opción preferencial por el pobre hay un elemento espiritual de experiencia del amor gratuito de Dios. El rechazo a la injusticia y a la opresión está anclada en nuestra fe en el Dios de la vida. Por esto no sorprende que esta opción haya sido rubricada, como en el caso de Mons. Romero y de muchos otros cristianos y cristianas en América Latina, por «el signo martirial». En realidad, hay muchas maneras de vivencias de la cruz que marcan la vida cotidiana del continente.

Es maravilloso el itinerario espiritual de un pueblo que vive su fe y mantiene su esperanza, en medio de una vida cotidiana hecha de pobreza y exclusiones, pero también de proyectos y de una mayor conciencia de sus derechos. Los pobres de América Latina han emprendido la ruta de la afirmación de su dignidad de hijos e hijas de Dios, en la que se da el encuentro con el Señor, crucificado y resucitado. Estar atento a esa experiencia espiritual, recoger sus versiones orales y escritas se convierte en una tarea primordial de nuestra reflexión teológica. Usando una expresión de San Bernardo, llamamos a ese momento «Beber del propio pozo». Sus aguas nos permitirán constatar la profundidad de la fe de los pueblos pobres de nuestro continente. Esto confirma lo que decíamos al comienzo: el pueblo latinoamericano es, mayoritariamente, pobre y a la vez creyente.

En el corazón de una situación que los excluye y maltrata y de la que quieren liberarse, los pobres creen en el Dios de la vida. Como decían en nombre de los Situación y tareas de la teología… 13 pobres del Perú nuestros amigos Víctor (hoy fallecido) e Irene a Juan Pablo II durante su visita al país (1985): «Con el corazón roto por el dolor, vemos que nuestras esposas gestan en la tuberculosis, nuestros niños mueren, nuestros hijos crecen débiles y sin futuro», y añadían: «pero, a pesar de todo esto, creemos en el Dios de la vida».

Para concluir: aunque hemos puesto el acento en la interpelación que viene del mundo de la pobreza, pensamos que la reflexión teológica del mundo cristiano tiene que enfrentar los tres retos mencionados e incluso hacer ver sus relaciones mutuas. Para ello hay que evitar la tentación de encasillarse asignando dichos desafíos a los diversos continentes: el de la modernidad al mundo occidental, el de la pobreza a América Latina y África y el del pluralismo religioso a Asia. Naturalmente hay énfasis propios, según las diversas áreas de la humanidad. Pero, en la actualidad, estamos llamados a una tarea teológica que emprenda nuevas rutas y mantenga con mano firme tanto la particularidad como la universalidad de la situación que vivimos. Ese cometido no podrá llevarse a cabo sin una gran sensibilidad a las diversas interpelaciones y con un diálogo -respectuoso y abierto- que asuma como punto de partida las condiciones de vida y la dignidad de los seres humanos, en particular, la de los pobres y excluidos.

Ellos son para nosotros, cristianos, reveladores de la presencia de Dios en Jesucristo, en medio de un mundo que es fruto del amor de Dios.

P. Gustavo Gutiérrez, OP
Publicado en Revista “Reflexión y Liberación” n° 112
Santiago de Chile

martes, 12 de marzo de 2019

Renovación de la Teología de la Liberación en diálogo con la economía y otras ciencias sociales y políticas.


Por: Pablo Richard

Algunos piensan que la Teología de la Liberación ya no existe. Yo creo que sí existe y es importante y necesaria, pero hay buscarla ahí donde está. Debemos encontrarla en la opción por los pobres y en una praxis liberadora. La Teología de la liberación (TL) no es solo un tema o una teoría, sino el acto segundo de un acto primero que es la praxis de liberación. 

La TL dialoga más que nunca con las ciencias sociales. En la actualidad el diálogo más fecundo ha sido con la economía política. Pero también con la ciencia ecológica, la antropología, la psicología, la filosofía y otras. Este diálogo no es de una teoría con otra teoría, sino que tendrá siempre como fundamento la opción por los pobres y la praxis de liberación. Ha sido también fecunda la relación de la TL con los movimientos sociales.

La TL siempre ha tenido alguna resonancia política. La opción por los pobres y la praxis de la TL ha sido raíz de opciones políticas liberadoras. El problema actual es la crisis teórica y política de algunos movimientos calificados de “izquierdas”. Cuando estos conquistan el poder lo transforman en poder dictatorial, atrapados por la violencia, la corrupción, y a veces por el narcotráfico. Muchos partidos calificados de “populistas” o de “izquierda” también han perdido en elecciones “democráticas”. Es el caso de El Salvador, Brasil, Argentina, Ecuador, Paraguay y otras. 

Los hechos positivos de diálogo de la TL con las ciencias sociales y también el aporte positivo de la TL en la crisis teórica de la praxis política, nos exigen más que nunca valorizar y renovar la TL.

Fuente: Amerindia

martes, 28 de agosto de 2018

La Teología de la Liberación como acto segundo.


Por Pablo Richard

La “Ortopraxis” es anterior a la “Ortodoxia”. Primero el compromiso, la teología viene después. (Ver: Gustavo Gutiérrez: Teología de la Liberación. Perspectivas (1972). Especialmente páginas 26-41: “La teología como reflexión crítica sobre la praxis”).

En la Teología de la Liberación el acto primero es la praxis, un compromiso liberador que supone un análisis de la realidad. Hay una autonomía de la realidad anterior a cualquiera reflexión sobre ella. En el acto primero de la teología de la liberación es necesario la utilización de ciencias que no son necesariamente teológicas, sino del ámbito de la economía, la psicología, la ecología y otras ciencias necesarias para analizar y transformar la realidad. No se puede, por ejemplo, hacer un análisis teológico o espiritual de la opción por los pobres, sin tomar primero en cuenta las raíces económicas y sociales de la pobreza. 

La reflexión teológica o espiritual de la opción por los pobres es el acto segundo. Si no seguimos esta metodología, la teología corre el riesgo de ser un discurso puramente teórico sin fundamento histórico. La Teología de la Liberación no es una nueva teología, sino una nueva manera de hacer teología.

La teología de la liberación fue cuestionada, incluso condenada, especialmente por valorar en la teología el acto primero, la primacía de la “ortodoxia” y la importancia de la “praxis”. Citamos solamente dos documentos: 

Libertatis Nuntius (1984) “Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘Teología de la Liberación”y Libertatis Consciencia(1986)“Instrucción sobre Libertad Cristiana y Liberación”. 

Algunos textos más “peligrosos” de la “Libertatis Nuntius”: “La impaciencia y una voluntad de eficacia han conducido a ciertos cristianos, desconfiando de todo otro método, a refugiarse en lo que ellos llaman «el análisis marxista»(VII,1).
“Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista” (VII, 9). 

“Las «teologías de la liberación», que tienen el mérito de haber valorado los grandes textos de los Profetas y del Evangelio sobre la defensa de los pobres, conducen a una amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx”.

La Teología de la Liberación sufrió una violenta persecución política, especialmente en la década de 1970 a 1980, que cobró muchos mártires.

Fuente: Amerindia

sábado, 3 de marzo de 2018

"Marx nunca fue padre de la Teología de la Liberación".

Dibujo de OmbúDibujo de Ombú
ALEJANDRO FERRARI

Muchos, sobre todo los más jóvenes, ignoran casi todo sobre una teología muy polémica que generó muchos malentendidos en América Latina.

Muchos creyeron, con terror, que la Iglesia Católica se estaba llenando de comunistas, o que algunos curas locos estaban abrazando ideas sospechosas. El movimiento se llamó Teología de la Liberación y reunió a varias vertientes católicas y protestantes. Comenzó a consolidarse a fines de los años 60 y tuvo, entre sus fundadores, al teólogo y sacerdote brasileño Leonardo Boff, que estuvo de paso por Montevideo.

Hombre de andar lento pero firme, se despliega con perspicacia. Apenas comienza un interrogante se intuye que el entrevistado ya conoce la pregunta y espera su turno con calma. Tiene una mirada reconciliada no exenta de autocrítica sobre el pasado que le tocó batallar. Porque cuestiones teológicas que podrían parecer discusiones bizantinas o fantásticas adquirieron en América Latina una novedad y una relevancia que hoy, al menos entre los jóvenes, parece olvidada.

A 50 años de estos hechos, y sin la ceguera que impuso la bipolaridad de la Guerra Fría, Boff discute algunos mitos y aclara otros sobre lo que muchos consideraron, aun hablando bajito, un pensamiento teológico original.

SABIDURÍA DEL POBRE.

—¿Cómo entiende la Teología de la Liberación desde el presente?

—Ahora veo más claro los contextos donde nace. La juventud hablaba de liberación en Francia, en Estados Unidos y en América Latina. Todo esto contaminó también a los grupos de iglesia que estaban interesados en cambios sociales, porque los niveles de pobreza y de explotación eran muy visibles. Entonces, a fines de los años 60 va surgiendo un pensamiento cuyo punto de arranque fue el peruano Gustavo Gutiérrez, cuando estaba en Brasil estudiando el golpe militar del 64, y ahí se encontró con Hélder Câmara, quien decía que el desarrollo de América Latina es el desarrollo del subdesarrollo, y que teníamos que sustituir desarrollo por liberación. Analizando el desarrollo como proceso de opresión de las clases obreras por las clases dominantes emergió la palabra liberación, que ya estaba en la cultura y que se transformó en un discurso teológico.

—¿Cómo entraron en la reflexión la pobreza y la explotación?

—Lo primero fue la sensibilidad ante las cuestiones sociales. La pregunta era cómo desde la fe cristiana se puede ayudar al pueblo oprimido, que era primeramente obrero, después entraron los negros, los indígenas, las mujeres, todo ese mundo del sufrimiento. Cómo la fe cristiana puede ayudar para que ellos se hagan sujetos y protagonistas de su liberación. No es que la Iglesia, como siempre ha hecho, vaya al pobre y haga asistencialismo, paternalismo, ayuda. Aquí es al revés. Nos abrimos al pobre, lo consideramos sujeto real y podemos aprender de él, porque decir que el pobre es ignorante es ser ignorante. El pobre sabe mucho. Pero tenemos que reforzar lo que él tiene dentro. Si él se articula con otros pobres, organiza movimientos, puede empezar un camino que llamamos de liberación. Y ahí entra la fe cristiana. La fe puede tener varios usos, un uso de resignación, decir que es voluntad de Dios la pobreza y la riqueza. Aquí no. La religión es una protesta contra esa situación que Dios no quiere y cómo desde la fe cristiana sus comunidades pueden organizarse para crear movimientos que se liberen.

—¿Cuáles fueron los primeros pasos?

—Fue surgiendo en distintos lugares de América Latina. Aquí en Uruguay con Juan Luis Segundo, con Hugo Assman en Bolivia. Pero el primero que lo elaboró teóricamente fue Gutiérrez en 1971. Y yo, que no lo había conocido todavía ni a él ni a Segundo, publiqué mi Jesús Cristo libertador en 1972. Desde la práctica de Jesús, de la opción por los pobres, de crítica a la riqueza y a los ricos y del "felices los pobres", el libro fue la tentativa de elaborar una visión de Cristo que se compromete y cuya muerte no es voluntad del Padre sino consecuencia de una práctica que creó un conflicto doble: con la religión legalista de ese tiempo y con las fuerzas de ocupación; y que murió en ese contexto, un contexto de compromiso y liberación.

—Este nacimiento ¿cómo se fue articulando con ese movimiento mayor?

—Antes de la reflexión había grupos de cristianos que estaban articulados, apoyados por Hélder Câmara, por Paulo Freire con su pedagogía, que ya actuaban como cristianos trabajando en las periferias, organizando grupos, alfabetizándolos y comunicando que tienen que ser ellos protagonistas de su vida y su liberación. A partir de lo que existía de práctica hemos iniciado la reflexión. No al revés. Muchos ya militaban en grupos de izquierda, partidos, movimientos, y varios obispos proféticos como Câmara, como el cardenal Evaristo Arns, daban una cobertura ideológica, eclesial, de autoridad, para que no fueran perseguidos por la policía política, porque el argumento era: todos los que hablan de la transformación de la sociedad son marxistas y por eso son enemigos del Estado y hay que perseguirlos. Y la Teología de la Liberación apareció —en la lectura de ellos— como un Caballo de Troya por el que el marxismo iba a penetrar en América Latina. Marx nunca fue padre ni padrino de la Teología de la Liberación. Pero en el contexto de la Guerra Fría se permitía esa lectura, de ahí la vigilancia y persecución de esta teología.

—Esta vigilancia y persecución en algún momento provocó un resquebrajamiento en el interior mismo de la Iglesia. Usted fue silenciado. ¿No había también una necesidad de liberación hacia adentro de la Iglesia?

—Inicialmente no era hacia adentro de la Iglesia. Yo fui el primero que lo intentó hacia adentro. Pero al comienzo fue una teología bastante pacífica porque tenía la cobertura de la Iglesia oficial, los obispos, pero simultáneamente estaban los obispos conservadores y, por supuesto, los militares. Roma aceptó el discurso de ellos. Como eran épocas de Guerra Fría, con la vieja Europa alarmada con el fenómeno del marxismo, veían un riesgo. Entonces nos perseguían, nos vigilaban. Muchos fueron apresados, interrogados, torturados. Incluso el secretario de Hélder Câmara fue muerto. Yo fui el primero que lanzó la pregunta: la Iglesia no puede simplemente exigir liberación a la sociedad, ella misma tiene que ser un espacio de libertad y liberación. Pero no lo es porque los laicos no tienen lugar en la Iglesia, las mujeres son invisibles y hay una concentración extrema de poder. Eso a la luz del Evangelio, de lo que entendemos hoy por democracia y participación. La Iglesia también tiene que ser liberada.

—¿Cuál era el lugar de los cristianos en esa época de efervescencia y de contradicción?

—En Brasil, una gran parte de la pastoral católica universitaria creó a comienzos de los 60 la Acción popular, un movimiento político de izquierda donde muchos fueron a la lucha armada, y luego perseguidos, presos, exiliados. Y otros grupos similares. Había conciencia de que esa opresión era sistémica, que no era algo meramente pacifico e histórico sino producido por un sistema económico que explotaba a las personas, el capitalismo. Que había que optar. Pero nosotros siempre olvidábamos el contexto más grande, el de la Guerra Fría, y el de la represión sistemática a todos los que no se alineaban a esto. Éramos perseguidos al interior de la Iglesia por los conservadores y al exterior por los militares o la derecha. Todos lo hacían con buena voluntad. Yo incluso discutía con el cardenal Ratzinger que decía: nosotros lo hacemos para defender al pueblo porque si entra el marxismo ateo se acaba el cristianismo, la Iglesia y ustedes van todos a prisión. Era lo que fascinaba a los europeos: el miedo. Nosotros no, el enemigo concreto que teníamos era el capitalismo real. Hubo incomprensión, y de nuestra parte ingenuidad.

—¿Cómo se despierta de esa ingenuidad?

—Lento nos fuimos dando cuenta. En Brasil fueron los primeros, quizás. Entraron en la guerrilla pero no lucharon con armas. Pero en Perú, Colombia, América Central fue mayor la participación de cristianos en luchas armadas. Hoy hay que hacer una fuerte crítica a todo esto. Pero una cosa sí conseguimos: elevar la conciencia del pueblo, de que la pobreza no es natural ni querida por Dios sino producida por un sistema que vive de la explotación del trabajo, de las personas, de la naturaleza. En eso ayudó mucho Paulo Freire. Él fue uno de los fundadores de la Teología de la Liberación con su pedagogía del oprimido. No es la pedagogía para el oprimido, es cómo el oprimido se da cuenta de su opresión, cómo vomita al opresor para no imitarlo.

BERGOGLIO PERONISTA.

—¿Qué pasó en Argentina? ¿Dónde hunde sus raíces el pensamiento del actual Papa Bergoglio?

—Bergoglio es una vocación adulta, era químico antes, entró en el Seminario y Juan Carlos Scannone fue su profesor en San Miguel. Scannone, que es amigo mío, trabajó la teología del pueblo oprimido y de la cultura silenciada y me confesó que cuando Bergoglio escuchó esa teología, se entusiasmó enormemente e hizo un voto de una vez a la semana visitar una villa miseria y luchar por ese tipo de teología. Todos ellos estaban muy ligados al peronismo, incluso Bergoglio lo confesó. Me lo contó la presidenta Dilma, quien se hizo muy amiga del Papa. Bergoglio viene de ese caldo cultural eclesial de la vertiente argentina de la Teología de la Liberación, mezclada con elementos del peronismo, de justicia social. En Brasil el énfasis estaba más en lo económico y lo político, en Perú entró la dimensión de la cultura y de lo indígena, en Colombia el enfrentamiento militar, en América Central el enfrentamiento a la dictadura y la represión. En cada país la Teología de la Liberación ha tenido sus acentos.

—¿Cuáles son las cuestiones actuales que un teólogo tiene como piedra en el zapato?

—Ya a fines de los ochenta dije que tenemos que insertar al gran pobre, que es el de la tierra explotada, y empecé a hacer una ecoteología de la liberación que coincidió con la creación en la ONU de un pequeño grupo que redactó la "Carta de la tierra, principios y valores para salvar la Casa común". Ahí comencé a trabajar la cuestión de la ecología y me di cuenta que la cuestión central no eran las religiones ni las iglesias sino cómo ellas pueden ayudar a salvar la tierra y garantizar las bases de su sustento. Cuando Bergoglio fue nombrado Papa inmediatamente le escribí una carta diciéndole que no se ocupara tanto de la Curia y de la Iglesia sino de cómo pueden ayudar a salvar la crisis ecológica y superar el riesgo que vivimos. Y él lo tomó en serio. Yo he colaborado con algunos textos. El futuro del sistema vida, del sistema tierra, no está garantizado: por el calentamiento global, por la escasez mundial del agua, por el desequilibrio del sistema que se ve por los eventos extremos. Eso hay que pensarlo teológicamente. Cómo se despierta una conciencia de responsabilidad para salvar esa herencia sagrada. Y cómo, en el proceso de globalización que está aplastando y homogeneizando a las culturas, preservar a las identidades y hacer que la Iglesia se encarne en esas culturas.

—¿Y la cuestión de género, el lugar de la mujer en la Iglesia?

—Es un tema siempre abierto. Vivimos bajo la cultura patriarcal. Las mujeres me han ayudado mucho a entender el tema. La Iglesia católica no tiene sensibilidad para esto. Todas las iglesias, incluso los judíos, abrieron a las mujeres el lugar para ser rabinas, pastoras. La Iglesia católica no, absolutamente. Este Papa prometió abrir algo pero hasta ahora no ha hecho nada. Es un tema de justicia. Abrir espacio para que la condición de lo femenino tenga su expresión y colabore teológicamente para dar otra visión de Dios, de una madre paternal o de un padre maternal.

—Usted se ha consagrado a la teología, ha publicado decenas de libros, ha sido premiado. ¿Cómo percibe este largo camino?

—Mi familia fue de las primeras que entraron a la región de Concordia, en Santa Catarina, viniendo desde Rio Grande do Sul. No había carreteras. Allí se abría la primera carretera y había un camión que pasaba. Para mí el olor más simpático que existía era el olor del combustible. Viendo ese camión enorme yo decía que quería manejarlo alguna vez. Mi vocación era ser camionero. Era la ilusión de un niño que viene de lo profundo de la selva, que llega de la Edad de Piedra y ve el mundo moderno. Cuando Norberto Bobbio me dio el doctorado honoris causa en política —para irritar a Roma—, en el discurso que pronuncié dije: "Yo vengo del interior de esa era primitiva y lentamente fui ascendiendo, aprendiendo a leer, a escribir, hasta llegar a la Universidad y ahora en esta gran Universidad, en un largo camino que es el camino de la humanidad para seguir ascendiendo en una línea de humanización y liberación".

Obsequioso silencio.

Durante el juicio doctrinal que se desarrolló en Roma y terminó condenando a Boff en 1984 a un "obsequioso silencio", el brasileño estuvo sentado en la misma silla donde 350 años antes estuvo Galileo Galilei acusado por un tribunal inquisidor.

—¿Cómo evoca aquel proceso?

—Lo curioso es que quien me juzgó, el cardenal Joseph Ratzinger que después fue Benedicto XVI, había sido mi profesor y era amigo. Con mucha incomodidad, porque intercambiábamos bastante, él mismo publicó mi tesis doctoral. Pero cuando de simple teólogo lo convirtieron en cardenal y lo llevaron a Roma, cambió totalmente. Era un teólogo progresista, abierto y ahí se cerró, entró en la lógica del poder, de obedecer estrictamente al Papa. Y empezó la represión sistemática. Bajo Ratzinger fueron condenados 114 teólogos de toda la Iglesia.

—Aquello iba más allá de Leonardo Boff.

—Cuando fui juzgado el presidente de la Conferencia Episcopal Brasileña, Ivo Lorscheider, me llamó a Brasilia: "Lo que se hace contra ti es contra nosotros, como no pueden atacarnos directamente, lo hacen con uno de nuestros asesores principales. Acá hay un problema político". Roma quería condenar a las comunidades de base como grupos políticos y no eclesiales. Me interesaba salvar ese tipo de Iglesia. Lorscheider junto al cardenal Arns fueron a Roma a testimoniar: "Si esa teología tiene errores vamos a corregirla. Le hace bien a nuestro pueblo" dijeron. Exigieron participar del diálogo. Ratzinger se puso furioso y les dijo que no. Arns fue a hablar con el papa Juan Pablo II y surgió una solución "católica": la mitad del tiempo Ratzinger me interrogó solo y la otra ellos pudieron participar. Allí Ratzinger temblaba como niño.

Fuente: elpais.uy

lunes, 21 de septiembre de 2015

La Teología de la Liberación y las perspectivas de una teoría todavía incomprendida.



Adital

Desde que surgió en América Latina en la década de 1960, la Teología de la Liberación (TdL) ha promovido el debate sobre los pobres y los oprimidos y su importancia, principalmente para la Iglesia Católica. Para los críticos, la corriente significa una politización indebida de la fe; para los defensores el modelo, representa, más allá de una revolución espiritual y cultural, la reapropiación de la Palabra de Dios por parte de los pobres.
A pesar de las reflexiones consideradas “revolucionarias” y “comunistas”, la TdL siempre provocó la oposición del ala más conservadora de la Iglesia, desde su origen con el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez. Uno de los exponentes de la TdL en Brasil, Leonardo Boff, por ejemplo, fue condenado por el Vaticano a un año de “silencio obsequioso”.

Con más de 50 años de existencia, la corriente pasó por algunas generaciones de teólogos y teólogas que siguen renovando la “opción por los pobres”. Después de los años 90, sin embargo, la TdL atravesó un período de declinación y el envejecimiento de sus líderes. Sin embargo, con el Papa Francisco reorientando el foco cristiano hacia los pobres y oprimidos, la corriente retorna a los debates que involucran a la Iglesia.

Bajo la perspectiva de la TdL, los pobres ya no son vistos como meros objetos de caridad, sino como sujetos de su historia y de su emancipación.
Un ejemplo de las actuales discusiones es el II Congreso Continental de Teología, organizado por la red católica Amerindia, a realizarse en Belo Horizonte (Estado de Minas Gerais – Brasil), del 26 al 30 de octubre de 2015. Con el tema “La Iglesia que camina con Espíritu y desde los pobres”, el encuentro reunirá a teólogos/as y comunidades cristianas de las Américas para profundizar las reflexiones sobre la reforma de la Iglesia, estructurando propuestas para un “hacer cristiano en comunidad”, y con la opción por los pobres.

Para comentar sobre las principales contribuciones y el futuro de la Teología de la Liberación, Adital entrevistó al teólogo y sociólogo Dirceu Benincá, que explica por qué la corriente todavía es incomprendida por algunos sectores y cómo puede ser identificada en las acciones del Papa Francisco. Según el teólogo, la TdL tiene en su ADN la perspectiva “profética” y la comprensión de que la fe tiene necesariamente una dimensión política. Benincá comenta además cómo la fe cristiana fortalece la consciencia crítica y fomenta una espiritualidad de lucha colectiva por mejores condiciones de vida.

Adital: ¿Qué significa la opción preferencial por los pobres, punto central de la Teología de la Liberación?

Dirceu Benincá: Representa una revolución teológica y eclesial, así como una oposición frontal al sistema capitalista. La evangélica opción preferencial por los pobres, asumida por la Teología de la Liberación (TdL), viene acompañada de un posicionamiento claro, contrario a todas las injusticias sociales, desigualdades económicas, autoritarismos políticos y colonialismos culturales, causas de pobreza y miseria. Esa opción surge como consecuencia de una decisión consciente de la Iglesia libertadora, inspirada en el proyecto de Jesús de Nazaret.

No podemos olvidar que la TdL surgió en América Latina, en los años 1960, como reacción a un sistema marcado por dictaduras militares, explotación, dependencia externa y mucho sufrimiento humano. Inmediatamente, se propagó también por África, Asia e inclusive hacia algunos ambientes del Primer Mundo. Se inspira en los documentos producidos por el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), evento histórico que promovió la apertura de la Iglesia Católica al diálogo y la interacción con el mundo moderno.

La TdL tuvo un significativo impulso con la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Medellín (1968). En ella, los obispos analizaron, con una seria preocupación, la “violencia institucionalizada” y las “estructuras injustas”, que pesaban sobre los pueblos. Establecieron como gran directriz de la Iglesia la opción preferencial por los pobres, lo que quedó más explícito en la Conferencia de Puebla [México] (1979). En 1992, en la Conferencia de Santo Domingo [República Dominicana], los obispos afirmaron: “El creciente empobrecimiento a que están sometidos millones de hermanos nuestros, que llega a intolerables extremos de miseria, es el más devastador y humillante flagelo que vive América Latina y el Caribe” (nº 179). En Aparecida [Brasil] (2007), hubo una revalidación de la importancia de la TdL ante los desafíos del tercer milenio.

La opción preferencial por los pobres es, pues, la toma de consciencia del verdadero compromiso de la Iglesia en la sociedad dividida en clases. Compromiso que se traduce en la lucha incesante por la garantía del derecho fundamental a la vida digna para todos. De ahí la centralidad en los pobres, cuya vida está más amenazada y atribulada. Con la Teología de la Liberación, la Iglesia hace lo que no podría dejar de hacer para ser auténticamente cristiana.

Adital: ¿Cuáles son hoy los rostros de esos pobres y oprimidos?

DB: En la sociedad actual, los pobres y oprimidos tienen múltiples rostros. Trascienden fronteras geográficas, históricas, étnicas, de género, culturales o religiosas. El empobrecimiento, la exclusión social, la violación de derechos y de la dignidad humana son consecuencias directas de los procesos neocoloniales y neoliberales, que ganan amplitud y profundidad con el avance de la globalización. Se trata de un fenómeno que se reproduce, se expande y tiende a ser naturalizado por el sistema hegemónico.

La pobreza y la miseria no son cuestiones meramente matemáticas y económicas. Permean las diversas dimensiones de la vida personal y social. Entre los pobres y oprimidos, no pueden ser olvidados los migrantes, los catadores de materiales reciclables, los habitantes de calle, las mujeres, los jóvenes, los ancianos, las víctimas de la droga y del tráfico humano, los desempleados, los trabajadores esclavizados y tantos otros, según lo referido en el Nº 402 del Documento de Aparecida. En esta lista, se incluye también a nuestra “Casa Común”, como afirma el Papa Francisco inmediatamente al comienzo de la encíclica Laudato Si’: “Entre los pobres más abandonados y maltratados, se cuenta a nuestra tierra oprimida y devastada…” (nº 2).

Para el sociólogo Dirceu Benincá, la Teología de la Liberación generó muchas prácticas innovadoras y una “nueva manera de ser Iglesia”. La opción preferencial por los pobres sería la toma de consciencia del verdadero compromiso de la Iglesia. Los pobres y oprimidos trascienden fronteras geográficas, históricas, étnicas, de género, culturales o religiosas.

Adital: En términos prácticos, ¿cómo se realiza la Teología de la Liberación en las acciones del día a día? ¿De qué modo ayuda la fe cristiana a la liberación de la miseria y de la pobreza?

DB: La fe cristiana puede recibir diferentes orientaciones prácticas, ya sea en una perspectiva intimista, fundamentalista, individualista, mercadológica o, de manera diferente, en una dirección comunitaria, solidaria, profética, libertadora. En el día a día, contribuye a la liberación de la miseria y de la pobreza, en la medida en que acerca a las personas, fortalece la conciencia crítica y creativa, estimula el diálogo, la participación y la solidaridad, fomenta una espiritualidad que mueve a la lucha colectiva por la mejora de las condiciones de vida.

La TdL generó muchas prácticas innovadoras y una nueva manera de ser Iglesia, identificada con las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), con la lectura contextualizada de la Biblia y con el protagonismo de los laicos. Inspiradas en las primeras comunidades cristianas, provocaron nuevas reflexiones teológicas y nuevas discusiones sobre el papel de la Iglesia en la sociedad. Se constituyeron en espacios privilegiados para vivir la fe, combatir el individualismo y ejercitar la vida comunitaria. Las CEBs y la TdL crearon una dialéctica efectiva y eficaz entre fe y vida.

Así pensadas y vividas, la fe y la espiritualidad ayudan a la liberación, al tiempo que superan una visión mágica de Dios y un modelo meramente dogmático y ritualístico de religión. Al apuntar a los cambios sociales y personales posibles y necesarios, la fe cristiana incorpora un compromiso libertador y se constituye en un combustible capaz de sustentar la reacción ante las más diversas formas de opresión. Para la TdL no basta la búsqueda de la liberación de alguna angustia existencial, lo que le vale es la liberación integral.

Adital: ¿Por qué la Teología de la Liberación es una corriente considerada incomprendida, difamada y hasta perseguida?

DB: Creo que hay dos razones básicas para eso. La primera tiene que ver con la denuncia que hace la TdL de las causas de la pobreza y de la miseria de millones de personas en el mundo. Los teólogos y teólogas de la liberación se niegan a ver ese fenómeno como una generación espontánea, consecuencia sin causa o hecho ante el cual quepan sólo acciones asistenciales o invocaciones a la piedad divina. Antes, por el contrario, toman tales realidades como productos históricos de un sistema social abominable, que genera desigualdades, enriquecimiento de algunos a costa de muchos. Ese sistema, consubstanciado en el capitalismo, se reconfigura continuamente pero mantiene inalterada la lógica del imperialismo, de la acumulación y de la exclusión social.

La otra razón se refiere a “qué hacer” ante esa realidad, después de denunciarla. La TdL señala la concientización, la organización y la búsqueda de la transformación de las estructuras injustas. Cuando los pobres se organizan y emergen como sujetos de derechos, comenzando por el “derecho a tener derechos” (Hannah Arendt), acaban inmiscuyéndose en varios intereses de segmentos de la sociedad y de la propia Iglesia. De ahí surgen, naturalmente, reacciones adversas, acusaciones, incomprensiones e intentos de censura. Pero la TdL no produce adeptos del miedo y sí del coraje, de la lucha y de la esperanza a toda prueba.

Adital: La Teología de la Liberación es acusada de ser una politización de la fe o una teoría comunista, ¿por qué?

DB: La TdL nace en un contexto social e histórico marcado por profundos procesos de opresión y exclusión. Sin embargo, eso no sería suficiente para que fuera identificada con una teoría marxista/comunista, pues podría haber asumido una orientación político-religiosa de legitimación del poder dominante, como lo hicieron en otros tempos otros modelos teológicos. Sin embargo, en el ADN de la TdL está la perspectiva profética y la comprensión de que la fe tiene necesariamente una dimensión política. Dimensión demostrada por Jesús al asumir la causa de la liberación de los pobres, lo que resultó en su muerte en la cruz.

Para leer, interpretar y buscar la transformación de la realidad, con sus múltiples contradicciones, los teólogos de la liberación utilizan teorías críticas entre las cuales pueden estar los abordajes marxistas. En la base de la acusación de que la TdL se desvió hacia el “nefasto” comunismo está la intención de sus opositores de descalificar ese pensamiento teológico. Ningún eventual o puntual reduccionismo teórico de la TdL puede ser una razón suficiente para considerarla inadecuada. El análisis contextualizado y crítico de la realidad, asociado con la evocación de un Cristianismo pragmático y libertador, convierte a la TdL en una propuesta incómoda para muchos. Ésa es la causa de muchas acusaciones indebidas.

Entre las principales contribuciones de la TdL, Benincá destaca la consolidación de un nuevo paradigma teológico y de una nueva metodología pastoral, basada en el triplete “ver-juzgar-actuar”, del cual emergieron múltiples movimientos populares, pastorales y sociales.

Adital: ¿Qué contribuciones trajo la Teología de la Liberación a América Latina?

DB: Una de las principales contribuciones fue la consolidación de un nuevo paradigma teológico y de una nueva metodología pastoral, basada en el triplete ver-juzgar-actuar. La TdL hizo ver que las estructuras sociales y el funcionamiento de la sociedad son producciones humanas, que pueden y en muchos casos deben ser transformados. Y además de eso, que esa tarea es consecuencia inmediata de la fe cristiana y requiere el protagonismo de los pobres. Ellos ya no son vistos como meros objetos de caridad sino como sujetos de su historia y de su emancipación.

Articulada con la Pedagogía, la Filosofía y otras ciencias con una orientación libertadora, la TdL contribuyó a crear consciencia crítica. Entre sus legados hay una fuerte cultura política y ciudadana, de donde emergieron múltiples movimientos populares, pastorales sociales, organizaciones no gubernamentales, instituciones, grupos de base, movimientos políticos, sindicales, culturales en defensa de la justicia, de los derechos, de la dignidad, en fin, de la vida de los marginados, oprimidos y excluidos. Se destaca también la formación de un incontable número de líderes sociales y eclesiales, así como el testimonio de muchos mártires de la fe cristiana y de la lucha por la liberación.

Adital: Muchos afirman que la Teología de la Liberación es una corriente que ya perdió actualidad y relevancia. ¿Cómo evalúa esa concepción?

DB: Es verdad que hoy la TdL no tiene tanta visibilidad, o tal vez sea mejor decir, ya no es tan combatida abiertamente, como en los años 1980 y 1990. Los tiempos son otros. Muchas cosas cambiaron en el interior de la Iglesia y de la sociedad, inclusive, con una gran contribución dada por la propia TdL. En mi evaluación, no perdió actualidad ni relevancia. Mientras haya situaciones de pobreza y de exclusión, su contribución será relevante. Y actual también siempre será, dado que está enraizada en el proyecto libertador de Jesucristo. No se trata de un modelo teológico acabado sino en permanente proceso de construcción. Y en eso reside su gran capacidad de actualizarse continuamente.

La actualidad de la TdL puede ser percibida con claridad en la figura del Papa Francisco, que, con simplicidad, alegría y ternura evangélica, sabiduría y coraje profético, lenguaje y metodología popular, está causando grandes impactos positivos en la Iglesia Católica y en el mundo entero. Esa manera de hacer Teología, de conducir y alentar a la Iglesia, es altamente provechoso porque integra la fe con la vida concreta. Ante el actual sistema neoliberal, que transforma todo y a todos en mercancía, la TdL no es sólo útil y necesaria. Es también indispensable.

Adital: ¿Cuáles son hoy los nuevos líderes de la Teología de la Liberación, además de los dos principales teólogos brasileros Leonardo Boff y Frei Betto? ¿Hay un trabajo de renovación?

DB: Hay varios otros teólogos y teólogas brasileros con significativas contribuciones en el ámbito de la Teología de la Liberación. No voy a dar nombres. El hecho de que sus producciones no sean tal vez tan conocidas como las de los dos teólogos citados no significa que no tengamos a alguien más haciendo, reflexionando y escribiendo en esa dirección. Por otro lado, se debe considerar el avance de tendencias más carismáticas y conservadoras en el interior de las Iglesias, en general. Creo que el intenso y exitoso trabajo que el Papa Francisco está realizando contribuye de manera directa a la renovación de la Iglesia y al fortalecimiento de la TdL. Agréguese a esto los muchos encuentros, congresos, seminarios, publicaciones, centros teológicos y proyectos de formación de laicos que, ciertamente, favorecen la revigorización de esta perspectiva teológica.

Adital: ¿Cuáles son las convergencias y divergencias entre los más antiguos y los jóvenes en la Teología de la Liberación? ¿Qué debe hacerse para la construcción de un diálogo y de una continuidad?

DB: De manera genérica, pienso que las convergencias están relacionadas con las referencias bíblicas y teológicas en defensa de la liberación integral de la persona humana, de la justicia social y de la vida digna para todos. Si hay divergencias, tal vez se den en cuestiones de método y puntos de vista sobre temas específicos. Sin embargo, la TdL no huye de las divergencias, pues ellas también ayudan a generar el debate, tan necesario para dar consistencia a la propia Teología.

La discusión de temas emergentes, como la ecología, nuevas modalidades de ministerios (ordenación de mujeres, ordenación de hombres casados, celibato opcional), nuevas constituciones familiares y otros vinculados a las nuevas realidades políticas, culturales y religiosas están en el horizonte de la TdL. Para eso, pienso que es fundamental el coraje profético de miembros de la jerarquía para romper ciertos tabúes y fomentar el cambio desde adentro de la Iglesia. Estos son también desafíos para los teólogos y teólogas de todas las generaciones.

Para Benincá, la TdL continúa actual y relevante, y es un modelo teológico en permanente construcción. En el futuro de la TdL están la defensa incondicional de los derechos y de la vida de los pobres, el cuidado de la “Casa Común” y una “urgente” democratización del poder en la Iglesia, con la participación de las mujeres en condiciones de igualdad de derechos en relación con los hombres.

Adital: ¿Cuál es el futuro de la Teología de la Liberación?

DB: Es difícil prever el futuro de la Teología de la Liberación, incluso porque se ha vuelto cada vez más difícil hacer cualquier tipo de previsión sobre el futuro. Hay una inestabilidad y una volatilidad muy grande en la sociedad llamada “alta modernidad”, modernidad líquida (Bauman) o posmodernidad. Aunque prevalezca tal escenario, apuesto a la necesidad imprescindible de fortalecer la TdL, dada su importancia para la vida de las Iglesias y para la sociedad como un todo. Creo que ella da la razón fundamental de la fe y de la esperanza cristiana.

Creo también que el futuro de la TdL pasa inevitablemente por tres puntos: defensa incondicional de los derechos y de la vida de los pobres, fortalecimiento de la cultura del cuidado de la “Casa Común”, empeño decidido y urgente para democratizar el poder en la Iglesia, con la participación de las mujeres en condiciones de igualdad de derechos con los hombres.

Adital: ¿Cómo evalúa la relación del Papa Francisco con la Teología de la Liberación? ¿Qué contribuciones ha hecho el Sumo Pontífice al tema?

DB: El Papa Francisco es la expresión más autentica de quien comprendió la autenticidad, la vitalidad y la actualidad de la TdL. Sus contribuciones son innumerables y, por cierto, muchas de ellas serán percibidas con el paso del tiempo. Sin embargo, vale registrar su valiente empeño para promover cambios internos en la vida de la Iglesia, comenzando por el Vaticano; su apertura ecuménica, junto con el lenguaje y la manera popular de ser que lo caracterizan. Eso no le impide hacer profundas y valientes denuncias proféticas ante situaciones y estructuras que hieren la dignidad humana. Su postura en defensa de los pobres y de sus organizaciones es inconfundible. El diálogo con los movimientos populares es otra actitud inédita y de gran significado social, eclesial y teológico.

Hay una nítida intencionalidad, con acciones concretas, para garantizar un papel más central de las mujeres en la vida de la Iglesia, más allá de una sensibilidad ante las nuevas constituciones familiares. La convocatoria al cuidado del medio ambiente, expresado de manera emblemática en la encíclica Laudato Si’; su testimonio de pastor con “olor a oveja”, lejos de pompas principescas; su insistencia en la misión de una Iglesia “hacia afuera”, comprometida con las causas de la justicia y no autorreferencial. ¡Todo eso retrata la comprensión y la contribución del Papa Francisco a la Teología de la Liberación!

Lea también

[ENTREVISTA ESPECIAL] Las contradicciones en el reconocimiento de Don Romero dentro y fuera de la Iglesia
Frente a la globalización, La Teología de la Liberación es más necesaria que nunca, dice un teólogo
El Papa, la Iglesia y los movimientos sociales
Misericordia que transforma
Fray Clodovis Boff: sólo es posible una Teología de la Liberación bajo la condición de comenzar y terminar en el horizonte de la fe.

miércoles, 13 de mayo de 2015

No se está rehabilitando la Teología de la Liberación, se está rehabilitando el Evangelio


La cuestión no es la teología sino la importancia de que la Iglesia vuelva a ocuparse de los pobres, pero esto ya lo encontramos en las enseñanzas del Evangelio

Gustavo Gutiérrez


Por la puerta grande del Vaticano. Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la Teología de la Liberación, participó esta mañana junto al cardenal Maradiaga en la rueda de prensa con motivo de la Asamblea General de Cáritas Internationalis, donde presentará una ponencia bajo el título "Iglesia pobre para los pobres". El teólogo peruano, quien aseguró que "nunca hubo una condena" contra esta corriente teológica, mostró su alegría por la beatificación deÓscar Romero. "Los mártires latinoamericanos fueron asesinados por Dios, por la Iglesia y por el pueblo", aseguró.


"No ha habido nunca una condena a la teología de la Liberación. Nunca. Si se ha dicho esto no es verdad. Sí hubo un diálogo con la congregación (de la Doctrina de la Fe). Un diálogo muy crítico, eso es verdad", explicó Gutiérrez al ser preguntado sobre la actual relación del Vaticano con esta forma teológica.

Durante los años 80 fueron varios los documentos de la Congregación de la Doctrina de la Fe, cuando era prefecto Joseph Ratzinger, en la que se la criticaba duramente.

En un documento de agosto de 1984,Ratzinger advertía "de las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista".

Aunque no desautorizaba "a todos aquellos que quieren responder generosamente y con auténtico espíritu evangélico a la opción preferencial por los pobres", añadía el documento.

Gutiérrez aseguró hoy que, aunque en las reuniones de las Conferencias Latinoamericanas como las de Medellín, Puebla y Aparecida ya se afirmó el principio de que la Iglesia debe tener una "predilección por los pobres, ahora es más claro con el testimonio del papa Francisco".

El teólogo peruano admitió la mejoría en "las relaciones personales y la comprensión de lo que es la teología de la liberación y en su crítica" y dijo que "en ello se ha dado un paso muy importante".

Gutiérrez también explicó que aunque él se siente un teólogo y defiende la teología, "ésta es un acto segundo, que no secundario, porque lo primero es ser cristiano".

"Finalmente la cuestión no es la teología sino la importancia de que la Iglesia vuelva a ocuparse de los pobres, pero esto ya lo encontramos en las enseñanzas del Evangelio", agregó.

A la pregunta sobre si pensaba que en el Vaticano se ha "rehabilitado" la teología de la Liberación, el teólogo peruano reafirmó que no se puede "rehabilitar algo que nunca se inhabilitó", pero aseguró que "está viviendo un nuevo momento" y que lo más importante es que se está "rehabilitando el Evangelio".

Sobre si cambiaría algo de la teología de la Liberación, Gutiérrez explicó que es como "una carta de amor a Dios, a la fe y al pueblo, que se puede escribir durante la vida de diferentes maneras, pero siempre con la misma fidelidad y el mismo amor".

El cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga aseguró hoy que "América Latina está muy agradecida por la beatificación del arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero", pues es una guía para seguir ocupándose de los más pobres.

El cardenal hondureño, que es presidente de Cáritas Internacional, hizo estas declaraciones en la rueda de prensa que presentó la Asamblea de este organismo que se celebrará en Roma y en la que se elegirá a su sucesor.

La beatificación de Romero "es una luz en el firmamento de la Iglesia que nos guía para seguir unidos y conservar a los pobres en el centro de nuestros corazones".

Tras 20 años de la apertura de su causa, la beatificación de Romero, asesinado en 1980 mientras daba misa, será el próximo 23 de mayo, después de que fuera autorizada por el papa Francisco al firmar el decreto sobre su martirio.

Sobre ello también intervino hoy uno de los padres de la Teología de la Liberación, el peruano Gustavo Gutiérrez, quien aseguró que "se puede decir que se ha caído un muro" en la Iglesia católica, ya que se ha cambiado el sentido de lo que era el martirio.

Según Gutiérrez, "los mártires latinoamericanos fueron asesinados por Dios, por la Iglesia y por el pueblo, pero lo de ser asesinado por amor al pueblo no estaba contemplado en la tradición de la Iglesia".

Entre otras oposiciones, la condición de "mártir" fue la que encontró más objeciones durante este proceso de beatificación del arzobispo salvadoreño y acabó retrasando la causa, que con el inicio del pontificado de Francisco retomó su curso.

miércoles, 7 de enero de 2015

Apoyo al papa Francisco contra sus detractores.



Leonardo Boff, teólogo de la liberación

En varias partes del mundo, pero principalmente en Italia entre cardenales y personas de la Curia, y también entre grupos laicos conservadores, se está articulando una dura resistencia y demolición de la figura del Papa Francisco. Escondiéndose detrás de un escritor laico famoso, convertido, Vittorio Messori, muestran su malestar.
Así que he leído con tristeza un artículo de Vittorio Messori en el Corriere della Sera de Milán con el título: “Las opciones de Francisco: dudas sobre el rumbo del Papa Francisco” (24/12-2014). Esperó a la víspera de Navidad para tocar más profundamente al Papa. Lo que le critica es especialmente su “imprevisibilidad que sigue perturbando la tranquilidad del católico medio”. El admira la perspectiva linear “del amado Joseph Ratzinger” y bajo palabras piadosas instila insidiosamente mucho veneno. Y lo hace, como confiesa, en nombre de muchos que no tienen el valor de exponerse.

Quiero proponer un contrapunto a las dudas de Messori. Este no percibe los nuevos signos de los tiempos traídos por Francisco de Roma. Además demuestra tres insuficiencias: dos de naturaleza teológica y una de interpretación de la relevancia de la Iglesia en el Tercer Mundo.

Messori se ha escandalizado de la “imprevisibilidad” de este pastor porque “sigue perturbando la tranquilidad del católico medio”. Es necesario preguntarse por la calidad de la fe de este “católico medio”, que tiene dificultad en aceptar a un pastor que tiene olor a oveja y anuncia “la alegría del Evangelio”. Son, en general, católicos culturales habituados a la figura faraónica de un Papa con todos los símbolos de poder de los emperadores romanos paganos.

Ahora aparece un Papa “franciscano” que da centralidad a los pobres, que no “viste Prada”, que crítica valientemente el sistema que produce miseria en gran parte del mundo, que abre la Iglesia a todos los seres humanos, sin juzgarlos y acogiéndolos en el espíritu que él llamó “revolución de la ternura”, hablando a los obispos latinoamericanos.

Hay un gran vacío en el pensamiento de Messori. Estas son las dos insuficiencias teológicas: la casi ausencia del Espíritu Santo y el cristomonismo, es decir, que sólo Cristo cuenta. No hay propiamente un lugar para el Espíritu Santo. Todo en la Iglesia se resuelve únicamente con Cristo, cosa que no corresponde a lo que enseñó Jesús. ¿Por qué digo esto? Porque lo que Messori lamenta en la acción pastoral del Papa es la “imprevisibilidad”. Pues bien, esta es la característica del Espíritu, como lo afirma San Juan: “El Espíritu sopla donde quiere, escuchas su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va” (3,8). Su naturaleza es la irrupción imprevista.

Messori es rehén de una visión lineal, propia de su “amado Joseph Ratzinger” y de otros papas anteriores. Por desgracia, fue esta visión lineal la que ha hecho de la Iglesia una fortaleza, incapaz de comprender la complejidad del mundo moderno, aislada en medio de las otras Iglesias y los otros caminos espirituales, sin dialogar y aprender de los demás, iluminados también por el Espíritu. Significa blasfemar contra el Espíritu Santo pensar que los otros solo piensan errores. Por eso, es sumamente importante una Iglesia abierta como la quiere el Papa Francisco para percibir las irrupciones del Espíritu en la historia. No sin razón algunos teólogos le llaman “la fantasía de Dios”, a causa de su creatividad y novedad para la historia y para la Iglesia.

Sin el Espíritu Santo, la Iglesia se convertiría en una institución pesada y sin creatividad. En el fondo, tendría poco que decir al mundo, a no ser doctrinas sobre doctrinas, sin llevar a un encuentro vivo con Cristo y sin suscitar esperanza y alegría de vivir.

Es un don del Espíritu Santo que este Papa haya venido de fuera de la vieja y cansada cristiandad europea. No aparece como un teólogo sutil, sino como un pastor que realiza el mandato que Jesús pidió a Pedro: “Confirma a los hermanos y hermanas en la fe” (Lc 22,31). Francisco trae consigo la experiencia de las Iglesias del Tercer Mundo, particularmente de América Latina.

Hay otra insuficiencia en el pensamiento de Messori: no valorar el hecho de que hoy por hoy el cristianismo es una religión del Tercer Mundo, como ha repetido tantas veces el teólogo alemán J. B. Metz. En Europa los católicos no llegan al 25% mientras que en el Tercer Mundo son casi el 73% y en América Latina cerca del 49%.

¿Por qué no aceptar la novedad que se deriva de estas Iglesias, que ya no son Iglesias-espejo de las viejas Iglesias europeas, sino Iglesias–fuente con sus mártires, confesores y teólogos?

Podemos imaginar que en un futuro, no muy distante, la sede del primado no será ya Roma con la Curia, con todas sus contradicciones recientemente denunciadas por el Papa Francisco con palabras valientes solamente oídas por boca de Lutero y en mi libro Iglesia, carisma y poder (1984), que leído en la óptica de hoy es más bien inocente que crítico. Tendría sentido que la sede principal estuviera allí donde se encuentra la mayoría de los católicos, que está en América Latina, Asia y África. Sería seguramente una señal inequívoca de la verdadera catolicidad de la Iglesia dentro de la nueva fase globalizada de la humanidad.

Esperaba sinceramente una mayor inteligencia de fe y más apertura de Vittorio Messori, con sus méritos de católico, fiel a un tipo de Iglesia y renombrado escritor. Este Papa Francisco ha traído esperanza y aire fresco a muchos católicos y a otros cristianos que están orgullosos de él.

No perdamos este don del Espíritu por análisis más negativos que positivos, que no refuerzan la “alegría del Evangelio” para todos.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Teología de la liberación: ayer maldita y perseguida, hoy bendita y elogiada.


Benjamín Forcano. 


No me interesaría la Teología de la Liberación si no fuera por tres razones: primera, porque hubo muchísima gente que, sin informarse, desconfiaron de ella y la condenaron siguiendo el dictamen de la jerarquía eclesiástica; segunda, porque esa gente no llegó a conocer la novedad de la Teología de la Liberación y lo que supuso de represión y sufrimiento para muchos teólogos; y tercera, porque sin ella se privó a la Iglesia de un nuevo modo de anunciar el Evangelio, que le hizo perder credibilidad y la distanció aún más del mundo moderno.

Nunca en la historia de la Iglesia se suscitó tanta preocupación sobre un tema que, a primera vista, parecía irrelevante. Algo inesperado saltó a la sociedad con la Teología de la Liberación, pues puso en alarma a los centros más sensibles del Poder civil y religioso. Estamos en los años posteriores al concilio Vaticano II y al primer Encuentro del Episcopado Latinoamericano en Medellín año 1968, y ya pudimos leer: “Si la Iglesia latinoamericana cumple los acuerdos de Medellín , los intereses de Estados Unidos están en peligro en América latina” (Rockefeller). “La política exterior de Estados Unidos debe comenzar a enfrentar (y no simplemente a reaccionar con posterioridad) la Teología de la Liberación tal como es utilizada en América latina por el clero de la Teología de la Liberación” (Documento de Santa Fe, siendo presidente Reagan).

Vieja novedad de la Teología de la Liberación: recuperar a Jesús

La Teología de la Liberación traía a primer plano la vida de Jesús de Nazaret, con todo el escenario sociocultural y político de su tiempo. Era imposible comprender al Jesús de la fe, al Jesús resucitado, si se lo desposeía de su condición humana histórica. La suerte de Jesús, su calvario y crucifixión, no habían sido efecto del azar, del fatalismo o de la voluntad divina, sino del hecho de haber vivido una opción radical por la verdad, por la justicia y por la liberación de los oprimidos. Su proyecto, –el anuncio del reino de Dios–, era incompatible con el proyecto imperial romano y con el proyecto religioso de Jerusalén. Y por ello ambos –imperio y sinagoga- se unirían para eliminar a Jesús y su proyecto.

La Teología de la Liberación no buscaba sino aplicar a nuestro tiempo lo que Jesús hizo en el suyo: denunciar la opresión que, en nombre del emperador y de Dios, se sigue ejerciendo sobre las personas y los pueblos. Era, así, la Teología de la Liberación una teología nueva, que reivindicaba la dignidad y derechos de toda persona, sacudía la alianza de la religión con el poder dominante, devolvía dignidad y esperanza a los despreciados y excluidos, soliviantaba a quienes veían en ella una amenaza para su seguridad e intereses y todo ello porque bebía de la fuente del Evangelio.

Sonaron falsas las alarmas, pero fue calumniada y perseguida

Comenzando por el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez (iniciador y llamado “padre” de la teología de la liberación) han sido luego centenares los teólogos que la cultivaron y defendieron, miles los libros y artículos que sobre ella se han escrito, miles las iniciativas y actividades pastorales que en ella se han inspirado, miles las comunidades de base que en ella se han fraguado y miles y aun millones los cristianos (políticos, sindicalistas, maestros, catequistas, sacerdotes, religiosos y religiosas, etc.) que la generaron y recibieron de ella luz y fuerza para su caminar comprometido.

Pero surgieron pronto las alarmas que la señalaban como heterodoxa y reclamaban para ella controles y sanciones. Había grupos eclesiales donde mencionar la Teología de la Liberación era tabú. Aún recuerdo el comentario que un amigo hacía de otra persona al enterarse que un teólogo iba a hablar de este tema, – Es la peste, dijo. Y ayudé a una joven que, interesada por el tema, escuchó de su directora estas palabras: – ¡Pero si los teólogos de la liberación son como los masones dentro de la Iglesia!

Y los prejuicios y la hostilidad se hicieron irreversibles después que el mismo cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, expresara que los grandes males de la Iglesia actual se deben sobre todo al pos concilio, pero también al Concilio mismo. Y, refiriéndose a la Teología de la liberación, sentenció ver en ella “un error sobre un núcleo de verdad”, elaborada por teólogos que “han hecho propia la opción fundamental marxista” y que “se ha dejado sugestionar por el punto de vista inmanentista, meramente terrenal, de los programas de liberación secularizados”.

Ratzinger fue recibiendo contestación adecuada a sus infundadas afirmaciones. Cito por lúcida y contundente la dada por el obispo Pedro Casaldáliga: “Siempre lo hemos dicho, la Teología de la Liberación es teología y es de liberación no porque optó por Marx sino por el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su Reino y sus pobres. Nuestro Dios quiere la liberación de toda esclavitud. La situación de los 2/3 de la humanidad es contraria a la voluntad de Dios y la Teología de la Liberación asume el compromiso de transformar esa situación. Sólo a los enemigos del pueblo irrita la Teología de la Liberación. Y por eso la han calumniado y la han perseguido”.

Se entenderá fácilmente que, a partir de esta posición oficial, fueran creciendo las falsedades sobre la Teología de la Liberación y sus teólogos:

– Los teólogos de la liberación hacen suya la filosofía marxista.

– Reducen el Cristo del Evangelio al Cristo de la “sola liberación temporal”.

– La Buena Noticia del Evangelio es sólo para los pobres, pero entendidos “como una opción de clase” y según criterios puramente políticos e ideológicos y con sentimientos de odio y lucha entre hermanos.

– Presentan una “iglesia popular” en contra de “una iglesia burguesa” reintroduciendo de esta manera los conflictos de clase en el interior mismo de la Iglesia.

– Se someten a ideologías extrañas y olvida la “doctrina social de la Iglesia” por considerarla inviable.

Estas calumnias, que no se encuentran en ningún teólogo de la liberación, fueron difundidas desde muchas plataformas de la Iglesia oficial.

La novedad de la teología de Liberación 

Es ahora cuando, después de lo mucho que se la difamó, considero esencial señalar lo más básico de la Teología de la Liberación.

- La Teología de la Liberación surge de las necesidades de un mundo mayoritariamente pobre y oprimido y al que quiere liberar desde la fe. Incluye negativamente una liberación del pecado, de la esclavitud y de la muerte y positivamente una liberación centrada en el Reino de Dios, en la creación de un hombre nuevo y en la consumación de la historia. Liberar es la finalidad última de la teología de la Liberación, con lo que deslegitima el ataque que la Ilustración siempre lanzó contra la teología de ser esclavizadora de la subjetividad y libertad humanas y legitimadora de la opresión histórica. La Teología de la Liberación se mueve sobre la necesidad absoluta de liberar a la realidad oprimida, a los pueblos que mueren lentamente o son crucificados, a las personas y pueblos que son oprimidos. Y tiene como destinatario a esa gran mayoría en cuanto no-hombres y en cuanto no-pueblos.

– La Teología de la Liberación hace hincapié en la liberación del otro y de lo otro, a diferencia de la teología europea que se centra en el propio sujeto creyente; habla del Reino de Dios como referente y medida de la transformación que hay que realizar en este mundo y afirma además que tal Reino es para implantarlo ya en este mundo y lograr así que la vida de los pobres llegue a ser realidad.

– La Teología de la Liberación tiene como fuente de conocimiento la revelación de Dios en la Escritura, la Tradición eclesial y el Magisterio de la Iglesia. Pero, también y previo a la revelación de Dios en los textos, existe la real revelación de Dios en la historia, del pasado y del presente. Dios sigue manifestándose en los llamados signos de los tiempos: “La miseria colectiva que clama al cielo y el anhelo de liberación de todas la esclavitudes”, fue sancionado por el Episcopado Latinoamericano (Medellín 1968) como uno de esos signos.

– En esta línea, la revelación de Dios se halla sobre todo en la respuesta que los fieles, con su praxis , dan a esa revelación a través del seguimiento de Jesús, de la misericordia, la defensa de la vida, etc. Hacer todo esto, “Significa asumir dentro del conocimiento la dialéctica del mismo Dios en cuanto encarnado en la historia, privilegiadamente en Jesucristo; significa que Dios no es puramente alteridad trascendente con respeto a la historia sino que se da él mismo a la historia” (J. Sobrino).

• La Teología de la Liberación no se contenta con que la inteligencia se reduzca a la captación del sentido del ser: “La inteligencia en este quehacer teológico tienen una triple dimensión: el hacerse cargo de la realidad, el cargar con la realidad y el encargarse de la realidad” (Ignacio Ellacuría).

Conocer es estar en la verdad de las cosas y para estar en la verdad de las cosas hay que encarnarse en la verdad de la realidad, dejar que hable y dejarse afectar por ella, lo cual lleva a utilizar los conocimientos necesarios: científicos, filosóficos, ético-sociales, etc.

Pero, y además, encarnarse en la realidad es encarnarse en el mundo de los pobres, lo que exige ser parcial. Y si es cierto que ningún lugar parcial es la totalidad, cada vez se demuestra con mayor claridad que desde los pobres, desde el Tercer Mundo, se conoce mejor la totalidad que desde su contrario: “Desde el Tercer Mundo se conoce la verdad de éste y se descubre mejor la verdad del primero; lo cual no acaece a la inversa” (J. Sobrino). Convéncete, me decía Casáldaliga en una entrevista: “Sólo en la medida en que el Primer Mundo deje de ser Primer Mundo podrá ayudar al Tercer Mundo. Para mí esto es dogma de fe. Si el Primer Mundo no se suicida como Primer Mundo, no puede existir “humanamente” el Tercer Mundo. Mientras haya un Primer Mundo habrá privilegio, exclusión, dominación, lujo y marginación. Si vosotros en el Primer Mundo no resolvéis ser un Mundo humano, nosotros no podemos serlo”.

– La Teología de la Liberación confiere un determinado talante a quienes se guían por ella y no debiera faltar en ningún otro tipo de teología. Este tipo de teología está siempre dispuesta a verificar si se hace con fidelidad a lo revelado por Dios y si produce en el pueblo de Dios lucidez y ánimo para la construcción de su Reino. Si una teología produce desinterés por el Evangelio y se hace incomprensible a las mayorías debe cambiar. Nunca un método del quehacer teológico puede absolutizarse, sino que debe estar abierto al cambio.

La Teología de la Liberación debe ser servicio para la liberación histórica y transcendente, y esto le hace convertirse en práctica de amor, como debe serlo todo quehacer cristiano. La teología debe ser compasiva y desde la compasión descubrir las causas que a tantos empobrecen y los hace sufrir, y buscar creativamente soluciones, por lo que, introducida en los conflictos de la historia, se enfrentará a las falsas divinidades y difícilmente podrá escapar a la persecución de los poderes de este mundo.

Esta teología debe hacerse dentro del pueblo de Dios, en relación y solidaridad con todos sus estamentos, de él recibirá ayuda y con él, y en medio de él, podrá responder a los problemas reales. Si la Iglesia es Pueblo de Dios y es una Iglesia de los pobres debe ejercer su responsabilidad en medio de ella.

La teología de la Liberación, poseída por el espíritu de las Bienaventuranzas, será profundamente espiritual, misericordiosa, limpia de corazón, creativa, motivadora de oración, de confianza y disponibilidad, hasta adentrarse en el misterio de Dios.

Y, finalmente, junto al rigor de su método, avanza con esos ojos nuevos, que recibe del compartir con los pobres. Sólo así puede tocar lo más sagrado que es experimentar a Dios, su Reino y a Jesús como buenos, buenos para el hombre y la historia, buenos porque humanizan y salvan, buenos sobre todo para los pobres y su liberación.

La Teología de la Liberación de la Periferia, contra la Teología del Centro.

Se había establecido un Orden socioeconómico y político mundial de acuerdo a las leyes del más fuerte, consagrado éticamente y bendecido por la voluntad de Dios. De esa manera, ese Orden quedaba consolidado en países tradicionalmente cristianos y obtenía legitimidad de la teología oficial. Cualquier intento de cambio era considerado sacrílego.

Externamente los centros financieros y políticos no dudaban en apropiarse de esta Teología que en nada los cuestionaba, fomentaba la resignación y mostraba las desigualdades sociales y los males como pruebas mandadas por Dios para santificarse y acumular méritos para el cielo. Una teología ésta, indiferente, que enaltecía la gloria de Dios y, a la par, justificaba la conculcación de los derechos humanos y en especial de los más pobres.

En 1984, 32 teólogos de la revista europea Concilium, escribieron: “La Teología de la Liberación busca afrontar el problema de los oprimidos a la luz de la fe y promover su liberación integral. Sabemos que existen grupos integristas o neoconservadores que al rechazar un cambio social y pregonar una religión que pretende ser apolítica, luchan contra los movimientos de liberación y defienden una línea que es, de hecho, una ofensa contra los pobres y oprimidos. Un signo de fecundidad del Evangelio es hoy el hecho de que el mensaje cristiano sea vivido en contextos diferentes y de diversas maneras. Nuestra revista Concilium se manifiesta solidaria con los teólogos de la liberación no sólo en cuanto a su pensamiento teológico sino en cuanto a sus compromisos concretos. Creemos que en los movimientos y teólogos de la liberación se decide de alguna manera el futuro de la Iglesia, la llegada del Reino de Dios y el juicio de Dios sobre el mundo”.

En el mismo año 1984, 40 teólogos españoles de la Asociación Juan XXIII escribían: “Compartimos con los teólogos de la liberación la tarea de elaborar en la “óptica del pobre” una reflexión cristiana rigurosa, una espiritualidad del seguimiento de Jesús , una Iglesia comunitaria y una acción pastoral solidaria con los desheredados de la tierra en el interior de un pluralismo de opciones que no rompe con la comunión eclesial”.

Por supuesto, de estos movimientos de liberación y de sus comunidades de base surgía un nuevo impulso de reforma y una nueva teología que ponía en cuestión el quehacer teológico tradicional. “La teología que se forma dentro de este impulso y que los sustenta no se presenta en contra de la autoridad de la Iglesia, sino bajo la autoridad del Espíritu… En el seguimiento al Hijo del Hombre, aquellos que han vivido hasta ahora “como si fueran hijos de nadie” se convierten en sujetos en el resplandor de Dios” (Johann Baptist Metz).

El ensimismamiento de la Iglesia en sí misma, acompañado de una teología indiferente ante el dolor y esclavitud de mayorías, desarrollaba continuas y pomposas ceremonias religiosas, orientadas a asegurar el negocio de la propia salvación; enarbolaba preceptos, doctrinas, leyes y dogmas que se habían de saber de memoria; promovía rezos y misas interminables, pero todo a la postre quedaba como obras piadosas, sin plantear para nada lo que la vida de Jesús pedía denunciar y hacer en cada lugar y momento de la sociedad.

Esperamos que cuantos por ignorancia u otras causas abominaron de la teología de la liberación, se abran a ella y se dejen convertir como lo hizo el actual Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, Gerhard Müller: “La teología de la liberación está unida para mí al rostro de Gustavo Gutiérrez, a su enseñanza y al encuentro vivo con los pobres; con él experimenté un giro decisivo en mi enfoque teológico. El nos enseñó que aquí se trata de teología y no de política, de un programa práctico y teórico que pretende comprender el mundo, la historia y la sociedad y transformarlos a la luz de la propia revelación sobrenatural de Dios como salvador y liberador del Hombre. La teología de Gustavo Gutiérrez, independiente del ángulo desde el que se mire, es ortodoxa porque es ortopráctica y nos enseña el adecuado actuar cristiano porque procede de la verdadera fe”.

Imagen extraída de: alandar