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lunes, 10 de junio de 2019

Semana del medio-ambiente: garantizar el futuro de la vida y de la Tierra.


Leonardo Boff

En el mundo entero y también entre nosotros se celebra con eventos y discusiones ecológicas la Semana del Medio-Ambiente. Lógicamente, el medio-ambiente no nos satisface, pues queremos el ambiente entero.

El Papa en su encíclica “Sobre el cuidado de la Casa Común” (2015) superó este reduccionismo y propuso una ecología integral que abarca lo ambiental, lo social, lo político, lo mental, lo cotidiano y lo espiritual. Como han dicho grandes exponentes del discurso ecológico: con este documento, dirigido a la humanidad y no solo a los cristianos, el Papa Francisco se coloca a la cabeza de la discusión ecológica mundial. En su detallada exposición sigue el guión metodológico de la Iglesia de la Liberación y de su teología: ver, juzgar, actuar y celebrar.

Fundamenta sus afirmaciones (el ver) con los datos más seguros de las ciencias de la Tierra y de la vida; somete a un riguroso análisis crítico (juzgar) lo que él llama “paradigma tecnocrático” (n.101), productivista, mecanicista, racionalista, consumista e individualista cuyo “estilo de vida sólo puede desembocar en catástrofes” (n.161). El juzgar implica una lectura teológica donde el ser humano emerge como cuidador y guardador de la Casa Común (todo el capítulo II). Coloca como hilo conductor la tesis básica de la cosmología, de la física cuántica y de la ecología: el hecho de que “todo está relacionado y, todos nosotros, seres humanos, caminamos juntos como hermanos y hermanas en una peregrinación maravillosa… que nos une también con tierno afecto al hermano Sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra” (n.92). Propone prácticas alternativas (actuar) pidiendo con urgencia una “radical conversión ecológica” (n.5) en nuestro modo de producir y de consumir, “alegrándonos con poco” (n.222) “con sobriedad consciente” (n.223), “en la convicción de que cuanto menos, tanto más” (n.222). Destaca la importancia de “una pasión por el cuidado del mundo”, “una verdadera mística que nos anima” (el celebrar) para asumir nuestras responsabilidades ante el futuro de la vida.

Actualmente se libra una batalla feroz entre dos visiones con respecto a la Tierra y a la naturaleza que afectan nuestra comprensión y nuestras prácticas. Esas visiones están presentes en casi todos los debates.

La visión predominante, que constituye el núcleo del paradigma de la modernidad, ve la naturaleza como algo que ha sido destinado para nosotros, cuyos bienes y servicios (el sistema prefiere llamarlos “recursos”, los andinos “bondades de la naturaleza”) están disponibles para nuestro uso y bienestar. El ser humano está en la posición adánica de quien se considera “maestro y señor” (Descartes) de la naturaleza, fuera y por encima de ella. Considera a la Tierra una realidad sin propósito (res extensa), una especie de baúl lleno de bienes y servicios infinitos que sostienen un proyecto de desarrollo/crecimiento también infinito. De esta actitud de “dominus” (dueño) surgió el mundo científico-técnico que tantos beneficios nos ha traído, pero que al mismo tiempo ha creado una máquina de muerte que, con armas químicas, biológicas y nucleares, nos puede destruir a todos y poner en peligro la biosfera.

La otra visión, contemporánea, que tiene más de un siglo de vigencia pero que nunca logró hacerse hegemónica, entiende que somos parte de la naturaleza y que la Tierra está viva y se comporta como un superorganismo vivo, auto-regulado, combinando los factores físico-químicos y ecológicos de forma tan sutil y articulada que siempre mantiene y reproduce la vida. El ser humano es parte de la naturaleza y aquella porción de la Tierra que en un proceso de altísima complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Nuestra misión es cuidar de este gran “Ethos” (en griego significa casa) que es la Casa Común. Somos el “frater” (hermano) de todos. Debemos producir para atender las demandas humanas pero en consonancia con los ritmos de cada ecosistema, cuidando siempre de que los bienes y servicios puedan ser usados con una sobriedad compartida, con vistas a las futuras generaciones.

En una mesa redonda con representantes de varios saberes, se discutían formas de protección de la naturaleza. Había un cacique pataxó del sur de Bahía que habló por último y dijo: “no entiendo el discurso de ustedes, todos quieren proteger a la naturaleza; yo soy la naturaleza y me protejo”. Aquí está la diferencia: todos hablaban sobre la naturaleza como quien está fuera de ella, nadie sintiéndose parte de ella. El indígena se sentía naturaleza. Protegerla es protegerse a sí mismo que es naturaleza.

Este debate todavía está en curso. El futuro apunta a la segunda visión, la de mirar a la Tierra como Gaia, Pachamama, Gran Madre y Casa Común. Lentamente vamos tomando conciencia de que somos naturaleza y defenderla significa defendernos a nosotros mismos y a nuestra propia vida. De lo contrario, la primera visión, la de la Tierra y la naturaleza como un baúl de “recursos infinitos”, nos puede llevar a un camino sin retorno.


*Leonardo Boff ha escrito: ”Cómo cuidar de la Casa Común”, Vozes 2018.

Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 25 de febrero de 2019

La actual crisis político-social reclama profetas.

Leonardo Boff

El profetismo es un fenómeno no solo bíblico. Consta en otras religiones como en Egipto, en Mesopotamia, en Mari y en Caná, en todos los tiempos, también en los nuestros. Hay varios tipos de profetas (comunidades proféticas, visionarios, profetas del culto, de la corte etc) que no cabe analizar aquí. Son clásicos los profetas del Primer Testamento (antes se decía Antiguo Testamento) que se mostraban sensibles a las cuestiones sociales, como Oseas, Amós, Miqueas, Jeremías e Isaías.

A decir verdad, en todas las fases del cristianismo siempre ha estado presente el espíritu profético, como entre nosotros innegablemente con Dom Helder Câmara, con el Cardenal Don Paulo Evaristo Arns, con Don Pedro Casaldáliga y otros, para hablar solo de Brasil.

El profeta es un indignado. Su lucha es por el derecho y por la justicia, especialmente en favor de los pobres, los débiles y las viudas, contra los explotadores de los campesinos, contra los que falsifican pesos y medidas y contra el lujo de los palacios reales. Sienten una llamada dentro de sí, interpretada en el código bíblico como una misión divina. Amós, que era un simple vaquero, Miqueas, un pequeño colono, y Oseas, casado con una prostituta, dejan sus quehaceres y van al patio del templo o delante del palacio real para hacer sus denuncias. Pero no solo denuncian. Anuncian catástrofes y después anuncian una nueva esperanza, un comienzo nuevo y mejor.

Están atentos a los acontecimientos históricos también a nivel internacional. Por ejemplo, Miqueas increpa a Nínive, capital del imperio asirio: “Ay de la ciudad sanguinaria, en ella todo es mentira. Está llena de robo y no para de saquear. Lanzaré sobre ti inmundicias” (3,1.6). Jeremías llama a Babilonia “la metrópolis del terror”.

Debemos entender correctamente las previsiones de los profetas. No es que predigan las catástrofes, como si tuviesen acceso a un saber especial. El sentido es este: si la situación actual persiste y no se cambia la explotación, las prácticas contra los indefensos y el abandono de la relación reverente con Javé, entonces va a suceder una desgracia.

Lógicamente desagradan a los poderosos, a los reyes e incluso al pueblo. Les llaman “perturbadores del orden”, “conspiradores contra la corte o el rey”. Por eso los profetas son perseguidos, como Jeremías que fue torturado y encarcelado; otros fueron asesinados. Pocos profetas murieron de viejos, pero nadie les hizo callar.

Evidentemente hay falsos profetas, aquellos que viven en las cortes y son amigos de los ricos. Anuncian sólo cosas agradables y hasta les pagan para eso. Hay un verdadero conflicto entre los falsos y los verdaderos profetas. Señal de que un profeta es verdadero es el valor de arriesgar la vida por la causa de los humildes de la tierra, que siempre grita por la justicia y por el derecho y que, incansablemente, defiende lo correcto y lo justo.

Los profetas irrumpen en tiempos de crisis para denunciar proyectos ilusorios y anunciar un camino que haga justicia al humillado y que genere una sociedad agradable a Dios porque atiende a los ofendidos y a los que han sido invisibilizados. La justicia y el derecho son las bases de la paz duradera: ese es el mensaje central de los profetas.

En nuestra realidad nacional y mundial vivimos hoy una grave crisis. Agrupaciones de científicos y analistas del estado de la Tierra nos advierten que si sigue la lógica de la acumulación ilimitada estamos preparando una grave catástrofe ecológico-social. No vamos hacia el calentamiento global. Estamos ya dentro de él y las señales son innegables.

Estas voces, de las más autorizadas, no son oídas por los “decision makers” ni por los hombres de dinero. En nuestro país, sumergido en una crisis sin precedentes, gobernado caóticamente por personas incompetentes y hasta ridículas, nos faltan profetas que denuncien y apunten caminos viables para salir de este atolladero.

En línea profética están las palabras de Márcio Pochmann: “Si se mantiene el camino abierto por el neoliberalismo de Temer y ahora profundizado por el ultraliberalismo que domina el confuso gobierno Bolsonaro, la evolución de Brasil tenderá a ser la de Grecia, con cierre de empresas y quiebra de la administración pública. Lo peor se aproxima rápidamente”. Otros van más allá: “si se imponen las reformas político-sociales, conformes a la lógica del mercado, meramente competitivo y nada cooperativo, Brasil podrá transformarse en una nación de parias”. Necesitamos profetas, religiosos, civiles, hombres y mujeres, o por lo menos que tengan actitudes proféticas, para denunciar que el camino ya decidido será catastrófico.

Valgan las palabras de Isaías: “El pueblo que vive en la oscuridad verá una gran luz. A los que habitan en regiones áridas, una luz resplandecerá sobre ellos” (9,1-2).

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor. Ha escrito Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres, Vozes 2005.


Traducción de Mª José Gavito Milano

sábado, 26 de enero de 2019

La discriminación de los afrodescendientes continúa.



Leonardo Boff

Una consecuencia de la campaña electoral de 2018, antidemocrática y marcada por un sinnúmero de fake news (falsas noticias), fue el fortalecimiento del racismo ya existente contra indígenas, quilombolas y particularmente contra negros y negras. Según el último censo, el 55,4% se declararon pardos o negros. Es decir, después de Kenia somos la mayor nación negra del mundo. La mayoría tiene en su sangre la herencia africana. Además, todos, blancos, negros, amarillos y otros, somos africanos, pues fue en África donde irrumpió el proceso de la antropogénesis hace millones de años.

Como nuestra historia ha sido escrita por manos blancas, muchos historiadores intentaron suavizar la esclavitud. El hecho es que la esclavitud deshumanizó a todos, señores y esclavos. Ambos vivieron la esclavitud en un permanente síndrome de miedo, de revueltas, de envenenamientos, de asesinatos de patrones, de hijos, de asaltos a sus mujeres. Los señores, para contener a los negros y aplicar la violencia contra ellos, tuvieron que reprimir su sentido de humanidad y de compasión. Por eso, las clases dominantes, herederas del orden esclavista, viven hasta hoy llenas de prejuicios de que los negros, los mulatos deben ser tratados con violencia y dureza. Son considerados perezosos cuando, en realidad, ellos fueron los que construyeron nuestras iglesias y edificios coloniales.

Los esclavos eran casi siempre mucho más numerosos que los blancos. En Salvador y en la capitanía de Sergipe, hacia 1824 eran 666 mil esclavos y 192 mil blancos libres (Clovis Moura, Sociología del negro, 1988, p. 232). En 1818, el 50,6% de la población brasilera era de negros esclavos (Beozzo, Iglesia y esclavitud, 1980, p. 259). Y actualmente como acabamos de mencionar son el 55,4% de la población.

La esclavitud deshumanizó mucho más a los negros. Darcy Ribeiro, en su extraordinario libro El pueblo brasilero (1995) resume bien la condición esclava:

Sin amor de nadie, sin familia, sin sexo que no fuese la masturbación, sin ninguna identificación posible con nadie –su capataz podía ser un negro, sus compañeros de infortunio, un enemigo–, malvestido y sucio, feo y apestoso, llagado y enfermo, sin ningún gozo u orgullo del cuerpo, vivía su rutina. Esta era sufrir todos los días el castigo de los latigazos sueltos, para trabajar atento y tenso. Semanalmente venía un castigo preventivo, pedagógico, para no pensar en la fuga, y, cuando llamaba la atención, recaía sobre él un castigo ejemplar, en forma de mutilación de dedos, perforación de los senos, quemaduras con tizón, todos los dientes rotos concienzudamente, o de azotes en la picota, trescientos latigazos de una vez para matar, o cincuenta latigazos diarios para sobrevivir. Si huía y era capturado, podía ser marcado con hierro, o quemado vivo en días de agonía en la boca del horno, o arrojado de una vez dentro de él para arder como leña oleosa (p. 119-120).

A causa de este tipo de violencia, los esclavos internalizaron dentro de sí al opresor. Para sobrevivir, tuvieron que asumir la religión, las costumbres y la lengua de sus opresores. Desarrollaron la estrategia del “jeitinho” para nunca decir no y al mismo tiempo poder alcanzar un objetivo que de otra forma jamás alcanzarían.

Pero hace ya mucho tiempo surgió una fuerte conciencia de la negritud con la determinación de rescatar su identidad, su religión y su forma de estar en el mundo. Se trata de establecer el sujeto de la liberación, las negras y los negros, contra su inserción forzada en la inicua historia de la barbarie blanca.

La historia contada por la mano negra no es sólo una historia contra el blanco; es una historia propia, que no se confunde con la historia de los opresores y esclavócratas, aunque está ligada dialécticamente a ella. Y está haciendo su curso libremente.

La abolición de los esclavos en 1888 no significó la abolición de la mentalidad esclavócrata, presente en la cultura dominante, que sigue manteniendo a centenares de trabajadores con una relación análoga a la de los esclavos. En enero de 2019 había 204 empresarios cometiendo ese crimen. Basta leer la reciente obra distribuida en 2019 “Estudios sobre las formas contemporáneas de trabajo esclavo” (Maud) en la que colaboraron cuarenta y cuatro investigadores, cubriendo gran parte del área nacional, organizada, junto con otros, por el conocido especialista, Ricardo Rezende Figueira. La impresión final es estremecedora.

¿Cómo puede existir todavía hoy la pérfida inhumanidad de seres humanos esclavizando a otros seres humanos?


*Leonardo Boff es investigador y ha escrito “Conciencia negra y proceso de liberación”, en La voz del arcoiris, Sextante, Rio 2004, pp. 88-106.

Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 20 de agosto de 2018

Crisis política y desesperanza general.



Leonardo Boff

Uno de los efectos perversos de nuestra crisis nacional es, sin duda, la desesperanza que está contaminando a la mayoría de las personas. Ella nace de la angustia de no ver ningún horizonte desde el cual podamos atisbar una solución salvadora. Emerge la sociedad del cansancio y de la pérdida de la alegría de vivir.
Son las consecuencias de la falta de sentido, de que todo continuará con la misma lógica, hecha de corrupción, de falsificación de noticias (fake news) y de la realidad, difamación generalizada, la dominación de los poderosos sobre las masas abandonadas a su destino.

Esta desolación proviene también de la percepción del futuro de nuestro mundo y de la humanidad, importa poco lo que pueda suceder. Bien lo observó el Papa Francisco en su encíclica “Sobre el cuidado de la Casa Común”: «las predicciones catastróficas no pueden subestimarse con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiadas ruinas, desiertos, basura. Dado que el estilo de vida actual es insostenible, solo puede terminar en una catástrofe» (n.161). Pero, ¿quién piensa en todo esto a no ser los que se mantienen al día acerca del discurso ecológico mundial?

Por lo tanto, además de las múltiples crisis que nos oprimen y nos hacen sufrir, tenemos esta sombría amenaza de naturaleza ecológica.

En este contexto, vuelven los pensamientos de molde nihilista, como los del Nobel de biología Jacques Monod : «Es superfluo buscar una sensación objetiva de la existencia, porque simplemente no existe. Los dioses están muertos, el hombre está solo en este mundo» (El Azar y la Necesidad, Vozes 1979, p.108). O lo que el famoso C. Levy Strauss que tanto amaba a Brasil dejó escrito en sus admirables Tristes Trópicos (1955): «el mundo comenzó sin hombre y terminará sin él. Las instituciones y costumbres que he pasado toda mi vida en inventariar y comprender son una floración pasajera de una creación en relación a la cual no tienen sentido, a no ser, tal vez, el que permite a la humanidad desempeñar su papel» (n. 477).

¿Pero es que el ser humano no es lo inverso de un reloj? Este funciona por sí mismo y continúa según sus mecanismos internos, pero el ser humano no es un reloj. Funciona correctamente cuando está en armonía permanente con el Todo lo que lo envuelve por todos lados y lo sobrepasa. Por lo tanto, debemos dejar de lado todo antropocentrismo y asumir una lectura más holística del sentido de la vida.

El pensamiento del físico británico Freeman Dyson (*1923) es diferente: «Cuanto más examino el universo y los detalles de su arquitectura, más evidencia encuentro de que el universo sabía que un día, en el futuro, los seres humanos naceríamos» (Disturbing the Universe, 1979, p.250). Casi con las mismas palabras lo dice el gran cosmólogo contemporáneo, Brian Swimme (The Universe Story, 1996, p.84).

Las tradiciones espirituales y religiosas son un himno al sentido de la vida y del mundo. Por esto, el gran estudioso de las utopías, Ernst Bloch, en sus dos grandes volúmenes de El principio de la esperanza observaba: «donde hay religión, siempre hay esperanza».

La cuestión del sentido es inaplazable. Cito aquí al más crítico de los filósofos, Immanuel Kant: «Que el espíritu humano abandone definitivamente las cuestiones metafísicas (del sentido del ser y de la existencia) es tan poco probable como esperar que nosotros, para no respirar aire contaminado, dejemos de respirar de una vez por todas» (Prolegomena zu einer jede kunftigen Metaphysik, A 192, Vol. 3, pp. 243).

Que el Cristo del Corcovado se haya escondido detrás de las nubes no significa que ha dejado de existir. Él está allí encima de la montaña, extendiendo sus brazos y bendiciendo a nuestra población sufrida.

En el Brasil de hoy debemos recuperar la esperanza de que el legado final de la presente crisis será la configuración de otro tipo de Estado, de política y de partidos, de justicia e incluso del destino mismo del país.

Termino con el profeta Jeremías, que vivió en el tiempo de la esclavitud de Babilonia bajo el rey Ciro. Los habitantes de Babilonia se burlaban de los judíos porque ya no cantaban sus canciones y, desanimados, colgaban sus instrumentos sobre las ramas de los sicómoros. Le preguntaron a Jeremías: «¿Tú tienes esperanza?» A lo que él respondió: «Tengo la esperanza de que el rey Ciro, con todo su poder, no podrá impedir que nazca el sol». Y yo añadiría: no podrá impedir el amor y los niños que de ahí nacerán y renovarán la especie humana.

Alimentamos una esperanza similar de que aquellos que han provocado esta crisis, que han roto la Constitución y no han seguido los dictados de la justicia, no prevalecerán. Saldremos más purificados, más fuertes y con un mayor sentido del destino al que está llamado nuestro país para beneficio de todos, empezando por los más pobres, y para toda la humanidad.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito: Concluir la Refundación o prolongar la dependencia, Vozes 2018.

Traducción de Mª José Gavito Milano

sábado, 20 de enero de 2018

El futuro de la Tierra no cae del cielo.

Foto: https://www.ecestaticos.com/

En el siguiente artículo Leonardo Boff escribe relacionado a la situación del planeta, a un eventual colapso, principalmente por la irracionalidad de las fábricas de la muerte y por la llamada modernidad

Por Leonardo Boff

ALAI, 19 de enero, 2018.- Lo que voy a escribir aquí será de difícil aceptación por la mayoría de los lectores y lectoras. Aunque lo que diga esté fundamentado en las mejores cabezas científicas, que hace casi un siglo, vienen pensando el universo, la situación del planeta Tierra y su eventual colapso, o un salto cuántico a otro nivel de realización, no ha penetrado, sin embargo, en la conciencia colectiva ni en los grandes centros académicos. Continúa en vigor el viejo paradigma, surgido en el siglo XVI con Newton, Francis Bacon y Kepler, un paradigma atomístico, mecanicista y determinista, como si no hubiera existido un Einstein, un Hubble, un Planck, un Heisenberg, un Reeves, un Hawking, un Prigogine, un Wilson, un Swimme, un Lovelock, un Capra y tantos otros que nos elaboraron la nueva visión del Universo y de la Tierra.

Para empezar, cito las palabras del premio Nobel de biología (1974) Christian de Duve que escribió uno de los mejores libros sobre la historia de la vida: Polvo vital: la vida como imperativo cósmico (editorial Norma, 1999). «La evolución biológica marcha a ritmo acelerado hacia una grave inestabilidad. Nuestro tiempo recuerda una de aquellas importantes rupturas en la evolución, señaladas por grandes extinciones masivas» (p. 355). Esta vez no procede de algún meteoro rasante, como en eras pasadas, que casi eliminó toda la vida, sino del propio ser humano, que puede ser no sólo suicida y homicida, sino también ecocida, biocida e incluso geocida. Puede poner fin a la vida en nuestro planeta, quedando sólo los microorganismos del suelo, bacterias, hongos y virus, que se cuentan por cuatrilones de cuatrilones.

En razón de esta amenaza montada por la máquina de muerte fabricada por la irracionalidad de la modernidad, se introdujo el concepto «antropoceno», para denominar como una nueva era geológica la actual, en la que la gran amenaza de devastación se proviene del ser humano mismo (anthropos). Ha intervenido y continúa interviniendo de forma tan profunda en los ritmos de la naturaleza y de la Tierra, que está afectando las bases mismas ecológicas que lo sostienen.

Según los biólogos Wilson y Ehrlich desaparecen entre 70 a 100 mil especies de seres vivos por año debido a la relación hostil que el ser humano mantiene con la naturaleza. La consecuencia es clara: la Tierra perdió su equilibrio y los acontecimientos extremos lo muestran irrefutablemente. Sólo ignorantes como Donald Trump niegan las evidencias empíricas.

En cambio, el conocido cosmólogo Brian Swimme, que en California coordina una decena de científicos que estudian la historia del Universo, se esfuerzan por presentar una salida salvadora. Digamos de paso que B. Swimme, cosmólogo, y el antropólogo de las culturas Thomas Berry, publicaron, con los datos más seguros de la ciencia, una historia del universo, desde el big-bang hasta la actualidad (The Universe Story, San Francisco, Harper 1992), conocido como el más brillante trabajo hasta hoy realizado. (La traducción al portugués se hizo, pero fue más fuerte la tontería de los editores brasileños, y hasta hoy no fue editado. Al español se desestimó su traducción, porque el libro dedica demasiadas páginas a la situación concreta de Estados Unidos). Los autores crearon el concepto «la era ecozoica», o «el ecoceno», una cuarta era biológica que sucedería al paleozoico, al mesozoico y a nuestro neozoico.

La era ecozoica parte de una visión del universo, como cosmogénesis. Su característica no es la permanencia, sino la evolución, la expansión y la auto-creación de «emergencias» cada vez más complejas, que permiten el surgimiento de nuevas galaxias, estrellas y formas de vida en la Tierra, hasta nuestra vida consciente y espiritual.

No temen la palabra «espiritual» porque entienden que el espíritu es parte del Universo mismo, siempre presente, pero que en una etapa avanzada de la evolución se ha vuelto en nosotros autoconsciente, percibiéndonos como parte del Todo.

Esta era ecozoica representa una restauración del planeta mediante una relación de cuidado, respeto y reverencia frente a ese don maravilloso de la Tierra viva. La economía no debe buscar la acumulación, sino lo suficiente para todos, de modo que la Tierra pueda rehacer sus nutrientes. El futuro de la Tierra no cae del cielo, sino de las decisiones que tomemos para estar en consonancia con los ritmos de la naturaleza y del Universo. Cito a Swimme:

El futuro se va a decidir entre quienes están comprometidos con el tecnozoico –un futuro de exploración creciente de la Tierra como recurso, todo para el beneficio de los humanos–, y quienes se comprometen con el ecozoico, un nuevo modo de relación para con la Tierra en que el bienestar de la Tierra y toda la comunidad de vida terrestre es el principal interés (p. 502).

Si no vence el ecozoico, probablemente conoceremos una catástrofe, esta vez producida por la propia Tierra, para librarse de una de sus criaturas, que ocupó todos los espacios de forma violenta y amenazadora de las demás especies, especies que, por tener el mismo origen y el mismo código genético, son sus hermanos y hermanas, no reconocidos sino maltratados y hasta asesinados.

Tenemos que merecer subsistir en ese planeta. Pero eso depende de una relación amistosa hacia la naturaleza y la vida, y una profunda transformación en las formas de vivir. Swimme añade: «No podremos vivir sin esa intuición (insight) especial que las mujeres tienen en todas las fases de la existencia humana» (p. 501). 

Ésta es la encrucijada de nuestro tiempo: o cambiar o desaparecer. Pero, ¿quién se lo cree? Nosotros seguiremos gritando.

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martes, 9 de enero de 2018

Qué es el cristianismo de liberación.


Leonardo Boff

Este es el título de uno de los más recientes libros de Michael Löwy. Nacido en Brasil, vivió y enseñó en la Sorbona durante muchos años, manteniendo siempre lazos muy estrechos con Brasil y con los movimientos libertarios. Es un hebreo, profundo conocedor de la Biblia, se convirtió, puedo decir sin exageración, en uno de los más perspicaces conocedores de la teología de la liberación latinoamericana. Siempre unió el mundo de la investigación rigurosa con el compromiso transformador, la tradición judeocristiana de la opción por los pobres con su liberación concreta.

Su vasta obra merece ser estudiada y profundizada, pues aporta contribuciones de notable actualidad al momento histórico en que vivimos, con múltiples crisis y bajo la penosa dominación de la cultura del capital.

Dos son las características fundamentales de su obra: el rescate y la recreación de la tradición libertaria de la tradición judeocristiana y marxiana para los contextos actuales.

En ese rescate destaca especialmente el legado judío con nombres que van desde Marx, Heine y Freud a Bloch, Goldman y Benjamin. Sus estudios sobre el romanticismo, no como escuela literaria, sino como visión de mundo, crítica a la sociedad burguesa en nombre de otra percepción de la naturaleza (no como mero medio de producción, sino como realidad viva), son clásicos y de referencia permanente.

Dedicó todo un libro al cristianismo de liberación de América Latina, primero con el título Guerra de los Dioses (Voces 2000), actualizado ahora con Qué es el cristianismo de liberación (Fundación Perseo Abramo, São Paulo 2016), y sus afinidades e influencias de la tradición crítica. Resaltó el valor de la obra del gran socialista, marxista y espiritualista peruano José Carlos Mariátegui.

La obra Qué es el cristianismo de liberación tiene el mérito de mostrar que los ideales de la revolución y de la liberación no son monopolio de la tradición marxista. Pueden ser y son también ideales de un extracto significativo del cristianismo que toma en serio la herencia del Jesús histórico, el carpintero y campesino mediterráneo, y la opción por los pobres y contra su pobreza, como lo ha hecho el Papa Francisco.

Lo que ocurrió y aún ocurre en lo profundo de la sociedad latinoamericana y de la sociedad-mundo es una verdadera guerra de dioses. El dios mercado y el dios capital buscan crear un sentido final a la vida y a las poblaciones hambrientas de bienes, frustrándolas continuamente, y el Dios vivo de la tradición judeocristiana que desenmascara a ese dios como falso y, por eso, como ídolo. El Dios vivo toma partido por las clases abandonadas y se materializa en un proceso político de liberación. En su libro Marxismo y Teología de la Liberación (Cortez Editora 1991) dice claramente: «El interés por los pobres es una tradición milenaria de la Iglesia que se remonta a las fuentes evangélicas del cristianismo. Los teólogos latinoamericanos se sitúan en continuidad con esa inspiración. Para ellos, los pobres ya no son esencialmente objeto de caridad sino sujetos de su propia liberación. Es ahí donde se opera la unión con el principio fundamental del marxismo, a saber: la auto-emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores… Este cambio es la más rica de las consecuencias traídas por los teólogos de la liberación respecto a la doctrina social de la Iglesia» (p.96).

Últimamente se ha ocupado de la ecología, no como un tema entre otros, sino como una cuestión estratégica para la emancipación humana que incluye la naturaleza y el planeta Tierra entero. Es uno de los fundadores mundiales del eco-socialismo. Lo presenta como una ética radical, en el sentido de descender a las raíces de la perversidad que a todos castiga. Propone un cambio de paradigma, una transformación revolucionaria cuyo centro es la vida en sus múltiples formas.

Con eso entramos en la segunda característica de la obra intelectual de Michael Löwy: su capacidad de recreación imaginativa. Su enfoque, por más que venga fundado en los textos críticos con sus debidos contextos, nunca es positivista. Es hermenéutico. Es consciente de que leer es siempre releer y entender implica siempre interpretar. Su objetivo es abastecer al lector/a de categorías, visiones, conceptos y sueños que le permitan entender mejor el presente y fundar un compromiso político-transformador que, para él, va en la línea de la tradición socialista, radicalmente democrática y ecológica.

Por eso, cada libro es inspirador y nos revela cómo las preguntas radicales, que los clásicos del pensamiento emancipador y revolucionario plantearon, guardan permanente actualidad. Y muestra cómo pueden ser iluminadoras para tiempos oscuros y de gran indigencia creativa como los actuales.

En todos sus textos se percibe el esprit de finesse, una fe inquebrantable en la dignidad de los oprimidos, en el futuro de la libertad y en la función político-redentora de la tradición libertaria de la modernidad y de la herencia judeocristiana y marxiana.

Por eso es un compañero fiel de tantos que están en la caminada, en los movimientos sociales como el de los Sin Tierra, en los partidos progresistas, especialmente en el PT, y de los militantes de las Iglesias que, en nombre de su fe bíblica, optaron por la liberación de las masas desposeídas. Con todos éstos mantiene una afinidad electiva que funda una verdadera comunidad de destino. Por eso estamos agradecidos a Michael Löwy por habernos brindado el presente libro: Qué es el cristianismo de liberación.

* Leonardo Boff es teólogo, filósofo y ha escrito De donde viene: el universo, la vida, el espíritu y Dios, Mar de Ideias, Rio 2017.

Traducción de Mª José Gavito Milano

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Humano como Jesús sólo Dios mismo.



Leonardo Boff

La Navidad nos hace recordar nuestros orígenes humildes. El Hijo de Dios no quiso nacer en un palacio con todo lo que tiene de pompa y de gloria. No prefirió un templo con sus ritos, inciensos, velas encendidas y cánticos. Ni siquiera buscó una casa mínimamente decente. Nació allí donde comen los animales, en un pesebre. Sus padres eran trabajadores pobres, del campo y del taller, en camino para cumplimentar un censo impuesto por el emperador romano.

Esta escena nos remite a la situación presente en nuestro país y en el mundo: millones y millones de pobres, muchos hambrientos, y otros tantos millones de niños con los ojos casi fuera de las órbitas a causa del hambre y de la delgadez extrema. La mayoría muere antes de cumplir los 3 años. Ellos actualizan para nosotros la condición escogida por el Hijo de Dios.

Al elegir a aquellos que no existen socialmente y a los considerados como invisibles, el Hijo de Dios quiso darnos un mensaje: hay una dignidad divina en todos estos sufridores. Hacia ellos debemos mostrar solidaridad y compasión, no como pena, sino como una forma de participar en su sufrimiento. Siempre habrá pobres en este mundo, ya lo dice la Biblia. Razón de más para que retomemos siempre la solidaridad y la compasión. Si alguien hace el mismo camino, extiende la mano y levanta al caído, y más aún, si alguien se hace compañero, es decir, aquel que comparte el pan, el sufrimiento se vuelve menor y la cruz más ligera.

Quien está lejos de los pobres, aunque sea el cristiano más piadoso, está lejos de Cristo. Siempre cabe recordar la palabra del Juez Supremo: “Lo que hagas o dejes de hacer a estas hermanas y hermanos míos más pequeños: los hambrientos, los sedientos, los encarcelados y los desnudos, a mi me lo hiciste o dejaste de hacer” (Mt 25,40).

La Navidad es una fiesta de contradicción: nos recuerda que el mundo todavía no ha sido humanizado porque somos crueles y sin piedad con aquellos castigados por la vida. La Navidad nos recuerda esa misma situación vivida por el Verbo de la vida, el Hijo hecho carne.

Por otro lado, en Navidad nos alegramos de que Dios en Jesús “mostró su bondad y jovialidad para con nosotros” (Epístola a Tito 3,4). Nos alegra saber que Dios se hizo un niño que no juzga ni condena a nadie. Solo quiere, como niño, ser acogido más que acoger, ser ayudado más que ayudar.

Me complace terminar esta pequeña reflexión con los versos del gran poeta portugués Fernando Pessoa. Pocos han dicho cosas más bellas que él sobre el Niño Jesús:

“Él es el Niño Eterno, el Dios que faltaba.

Él es lo humano natural,

es lo divino que sonríe y que juega.

Por eso sé con total certeza

que Él es el Niño Jesús verdadero.

Es un niño tan humano que es divino.

Nos llevamos tan bien el uno con el otro,

en compañía de todo,

que nunca pensamos el uno en el otro.

Pero vivimos los dos juntos,

con un acuerdo íntimo

como la mano derecha con la izquierda.

Cuando yo muera, hijito,

que sea yo el niño, el más pequeño.

Tómame en tus brazos

y llévame dentro de tu casa.

Desviste mi ser cansado y humano

y acuéstame en tu cama.

Cuéntame historias, si me despierto,

para que vuelva a dormirme.

Y dame sueños tuyos para jugar,

hasta que nazca cualquier día

que tu sabes cuál es.”

Después de esta belleza sencilla y verdadera sólo me queda desear una Feliz Navidad serena a todos en este mundo nuestro tan perturbado.

*Leonardo Boff es articulista del JB on line, teólogo y escritor y ha escrito: Sol da Esperança: Natal, histórias, poesias e símbolos, Mar de Ideias, Rio 2007.

Traducción de Mª José Gavito Milano

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Guerras cibernéticas: nuevas formas de guerra.



Leonardo Boff

Conocemos las formas clásicas de guerra, primero entre ejércitos y después de Hitler (con su “totaler Krieg” = guerra total) de pueblos contra pueblos. Se inventaron bombas nucleares tan potentes que pueden destruir toda la vida. Se dice que son armas de disuasión. No importa. Quien tenga primero la iniciativa gana la guerra, que duraría pocos minutos. La cuestión es que son tan letales que pueden matar a todos, incluso a los primeros que las lanzaron. Se volvieron armas de horror. Pero cuidado, la seguridad nunca es total y no es imposible que algunas de ellas exploten bajo la acción de hackers, poniendo en riesgo a gran parte de la humanidad.

Últimamente se ha inventado otra forma de guerra de la que la mayoría ni siquiera se da cuenta: la guerra cibernética, llamada también guerra informática, guerra digital y ciberguerra.

Esta tiene un telón de fondo que merece ser considerado: hay un exceso de acumulación de capital hasta el punto de que las grandes corporaciones no saben dónde aplicarlo. La agencia de políticas de desarrollo, Oxfam, presente en 94 países y asesorada por científicos del MIT, nos proporcionó este año de 2017 los siguientes datos: el 1% de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del mundo. El 20% más rico posee el 94,5% de esa riqueza, mientras que el 80% debe conformarse con el 5,5%. Es una profunda desigualdad que traducida éticamente significa una injusticia perversa.

Esta excesiva concentración no ve sentido en aplicaciones productivas porque el mercado empobrecido no tiene condiciones de absorber sus productos. O continúan en la rueda especulativa agravando el problema o encuentran otras salidas rentables a las aplicaciones. Varios analistas, como William Robinson de la Universidad de California, Santa Bárbara, que publicó un brillante estudio sobre el tema, y también Nouriel Rubini, que previó la debacle de 2007-2008, refieren dos salidas para el capital ultraconcentrado: invertir en la militarización comandada por el Estado, construir nuevas armas nucleares o invertir en guerras locales, guerra contra las drogas, en la construcción de muros fronterizos, en inventar nuevos aparatos policiales y militares.

O bien hacer grandes inversiones en tecnología, robotización, automatización masiva y digitalización, cubriendo, si es posible, todos los ámbitos de la vida. Si la inversión en 1980 era de 65 mil millones, ahora ha pasado a 654 mil millones. En esta inversión están previstos servicios de control de las poblaciones, verdadero estado policial y las guerras cibernéticas.

Sobre esto, conviene detallar un poco el análisis. En la guerra cibernética no se usan armas físicas sino el campo cibernético con la utilización de virus y hackers sofisticados que entran en las redes digitales del enemigo para anular y eventualmente dañar los sistemas informáticos. Los principales objetivos son los bancos, los sistemas financieros o militares y todo el sistema de comunicación. Los combatientes de esta guerra son expertos en informática y en telecomunicaciones.

Este tipo de guerra ha sido probado varias veces. Ya en 1999 en la guerra de Kosovo, los hackers atacaron incluso al portaaviones norteamericano. Tal vez el más conocido fue el ataque a Estonia el 26 de abril de 2007. El país se jacta de poseer casi todos los servicios del país informatizados y digitalizados. Un pequeño incidente, el derribo de la estatua de un soldado ruso, símbolo de la conquista rusa en la última guerra, por civiles de Estonia sirvió de motivo para que Rusia dirigiera un ataque cibernético que paralizó prácticamente todo el país: los transportes, las comunicaciones, los servicios bancarios, los servicios de luz y agua. Los siguientes días desaparecieron los sitios del Parlamento, de las Universidades y de los principales diarios. Las intervenciones venían de diez mil ordenadores distribuidos en distintas partes del mundo. El jefe de Estado de Estonia declaró acertadamente: “nosotros vivíamos en el futuro: bancos en línea, noticias en línea, textos en línea, centros comerciales en línea; la total digitalización hizo todo más rápido y más fácil, pero también creó la posibilidad de hacernos retroceder siglos en segundos”.

Es muy conocido el virus Stuxnet, producido posiblemente por Israel y Estados Unidos, que logró entrar en el funcionamiento de las plantas de enriquecimiento de uranio de Irán, aumentando su velocidad a punto de agrietarse o imposibilitar su funcionamiento.

El mayor riesgo de la guerra cibernética es que puede ser conducida por grupos terroristas, como el ISIS o por otro país, paralizando toda la infraestructura, los aeropuertos, los transportes, las comunicaciones, los servicios de agua y luz e incluso romper los secretos de los aparatos de seguridad de armas letales y hacerlas disparar o inutilizarlas. Y todo esto a partir de cientos de ordenadores operados desde diferentes partes del planeta, imposibilitando identificar su lugar y así hacerles frente.

Estamos, por tanto, frente a riesgos innombrables, fruto de la razón enloquecida. Sólo una humanidad que ama la vida y se une para preservarla podrá salvarnos.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito Cuidar la Tierra-proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Nueva Utopía 2011.
Traducción de Mª José Gavito Milano

martes, 4 de julio de 2017

¿Cómo entender la aterradora falta de conciencia de los corruptos?



Leonardo Boff

¿Cómo queda la conciencia de los corruptos que roban millones de las arcas públicas o la de los empresarios que inflan las facturas de los proyectos en millones de reales y pagan propinas millonarias a agentes del Estado? Peor aún: ¿cómo queda la conciencia de los malvados que desvían de la atención sanitaria cientos de millones de reales? ¿Y la de los inhumanos que falsifican remedios y condenan a muerte a los que los necesitan, sin olvidar a los desvergonzados que roban la merienda de la boca de los escolares, que para innumerables pobres representa la única comida del día? Muchos de esos corruptos solo son denunciados. Y por eso se ríen. No es raro que sean cristianos y católicos que, con sus crímenes, continúan manteniendo a Cristo en la cruz en los cuerpos de los crucificados de este mundo.

Para entender esta maldad tenemos que considerar de manera realista la condición humana: ella es simultáneamente dia-bólica y sim-bólica, compasiva y perversa. En el lenguaje concreto de San Agustín, en cada uno de nosotros hay una porción de Cristo, el hombre nuevo, y una porción de Adán, el hombre viejo. Depende del proyecto de nuestra libertad dar más espacio a uno o a otro. Así puede surgir una persona honesta, justa, amante de la verdad y del bien. Y puede crecer también una persona malvada, corrupta y distante de todo lo que es bueno y justo.

Pero no es necesario que sea así. En lo más profundo de nosotros mismos, no obstante la ambigüedad mencionada, hay una primera naturaleza que se expresa por una bondad fontal, por una tendencia hacia lo justo y lo verdadero. Cuanto más penetramos en nuestra radicalidad, más nos damos cuenta de que esa es nuestra verdadera esencia, nuestra naturaleza primera. Pero sin que sepamos cómo ni por qué, sucedió algo en nuestro proceso antropogénico –desafío permanente para los pensadores religiosos y los filósofos de todas las tradiciones– que hizo que nuestra naturaleza primera decayese y se pervirtiese. Immanuel Kant constataba que somos un leño torcido del cual no se consigue sacar una tabla recta.

Como consecuencia, creamos una segunda naturaleza hecha de maldades de todo tipo. Esta terminología se encuentra ya en san Agustín, en santo Tomás de Aquino y posteriormente será retomada por Pascal y Hegel. Está presente en todos los pueblos e instituciones y, a cierto nivel, en cada uno de nosotros. Es el resultado de la secuencia continuada y uniforme de nuestros malos hábitos, que generan una verdadera cultura de distorsiones. Es la cultura de lo negativo en nosotros. Es el reino de la corrupción que se ha naturalizado.

Personalicemos esta segunda naturaleza. Si alguien se habitúa a mentir, a engañar, a robar, a corromper activamente y a dejarse corromper pasivamente, acaba creando en sí esta segunda naturaleza. Roba sin darse cuenta de que esta práctica suya es perversa y anti-ética porque perjudica a los otros o al bien común. Practica todo eso sin culpa y sin remordimientos, porque la corrupción en él se volvió natural, una segunda naturaleza. Siguen con su caradura como se ve en nuestros corruptos que adelgazan, no por la mala conciencia que los corroe por dentro, sino por las pésimas condiciones de las cárceles.

Además de este dato de la condition humaine decadente, el sociólogo Jessé Souza en el libro que va a salir publicado La élite del atraso: de la esclavitud al Lava-Jato nos proporciona un dato de nuestra propia historia: la esclavitud. Esta cosificaba a los esclavos considerándolos “piezas”, objeto de violencia y de desprecio. «Su función era vender energía muscular, como animales» (J.Souza). Ese desprecio ha sido transferido a los nordestinos, a los pobres en general y a los LGBT entre otros discriminados.

En tiempos recientes, buena parte de los adinerados se sintió amenazada por la ascensión de estos condenados de la tierra. Empezó a irritarse porque los veían en los centros comerciales y en los aeropuertos; para ellos bastaba el autobús, jamás el avión. Aquí ya no se trata de corrupción financiera, sino de la corrupción de las mentes y de los corazones, haciendo a las personas inhumanas.

Finalmente, por un cambio de rumbo de nuestra política ante los crímenes de cuello blanco, los dueños de grandes empresas y otros políticos que hicieron, en gran parte, sus fortunas mediante la corrupción, están sintiendo el peso de la justicia, el rigor de las prisiones y el escarnio público. Están detrás de las rejas, hecho inédito en nuestra historia.

El sufrimiento siempre da duras lecciones. Ojalá, por los padecimientos, la primera naturaleza, la conciencia, salga a la superficie y se descubran rehenes de la segunda naturaleza decadente que ellos mismos crearon. Cambien el sentido de su vida y devuelvan el dinero robado. Y como teólogo digo: en el momento supremo de sus vidas, se enfrentarán, trémulos, a los rostros de las víctimas que hicieron por causa de sus corrupciones y que murieron antes de tiempo, en realidad fueron asesinados por ellos. Sus fortunas no los salvarán. ¿Y entonces qué será de ellos?

*Leonardo Boff es articulista del JB online, teólogo y filósofo, ha escrito con Anselm Grün Lo divino en nosotros, Vozes 2017.

Traducción de Mª José Gavito Milano

martes, 11 de abril de 2017

Los crucificados de hoy y el Crucificado de ayer.


Leonardo Boff


Hoy la mayoría de la humanidad vive crucificada por la miseria, por el hambre, por la escasez de agua y por el desempleo. También está crucificada la naturaleza devastada por la codicia industrialista que se niega a aceptar límites. Crucificada está la Madre Tierra, agotada hasta el punto de haber perdido su equilibrio interno, que se hace evidente por el calentamiento global.
El mirar religioso y cristiano ve a Cristo mismo presente en todos estos crucificados. Por haber asumido totalmente nuestra realidad humana y cósmica, él sufre con todos los que sufren. La selva que es derribada por la motosierra son golpes en su cuerpo. En nuestros ecosistemas diezmados y las aguas contaminadas, él continúa sangrando. La encarnación del Hijo de Dios estableció una misteriosa solidaridad de vida y de destino con todo lo que él asumió, con toda nuestra humanidad y todo lo que ella supone de sombras y de luces.


El evangelio más antiguo, el de san Marcos, narra con palabras terribles la muerte de Jesús. Abandonado por todos, en lo alto de la cruz, se siente también abandonado por el Padre de bondad y de misericordia. Jesús grita:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y dando un fuerte grito, Jesús expiró” (Mc 15,34.37).
Jesús no murió porque todos morimos. Murió asesinado de la forma más humillante de la época: clavado en una cruz. Pendiendo entre el cielo y la tierra, agonizó en la cruz durante tres horas.

El rechazo humano pudo decretar la crucifixión de Jesús, pero no puede definir el sentido que él dio a la crucifixión que le fue impuesta. El Crucificado definió el sentido de su crucifixión como solidaridad con todos los crucificados de la historia que, como él, fueron y serán víctimas de la violencia, de las relaciones sociales injustas, del odio, de la humillación de los pequeños y del rechazo a la propuesta de un Reino de justicia, de fraternidad, de compasión y de amor incondicional.

A pesar de su entrega solidaria a los otros y a su Padre, una terrible y última tentación invade su espíritu. El gran choque de Jesús ahora que agoniza es con su Padre.
El Padre que él experimentó con profunda intimidad filial, el Padre que él había anunciado como misericordioso y lleno de bondad, Padre con rasgos de madre tierna y cariñosa, el Padre cuyo Reino él proclamara y anticipara en su praxis liberadora, este Padre ahora parece haberlo abandonado. Jesús pasa por el infierno de la ausencia de Dios.

Hacia las tres de la tarde, minutos antes del desenlace final, Jesús gritó con voz fuerte: “Elói, Elói, lamá sabachtani: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Jesús está al ras de la desesperanza. Del vacío más abisal de su espíritu irrumpen interrogaciones pavorosas que configuran la más sobrecogedora tentación sufrida por los seres humanos, y ahora por Jesús, la tentación de la desesperación. Él se pregunta:
¿Será que fue absurda mi fidelidad? ¿Sin sentido la lucha llevada a cabo por los oprimidos y por Dios? ¿No habrán sido vanos los peligros que corrí, las persecuciones que soporté, el humillante proceso jurídico-religioso en el que fui condenado con la sentencia capital: la crucifixión que estoy sufriendo?”
Jesús se encuentra desnudo, impotente, totalmente vacío delante del Padre que se calla y con eso revela todo su Misterio. No tiene a nadie a quien agarrarse.

Según los criterios humanos, Jesús fracasó completamente. Su propia certeza interior desaparece. Pero a pesar de haberse puesto el sol en su horizonte, Jesús continúa confiando en el Padre. Por eso grita con voz fuerte: “¡Padre mío, Padre mío!”. En el auge de su desespero, Jesús se entrega al Misterio verdaderamente sin nombre. Será su única esperanza más allá de cualquier seguridad. No tiene ya ningún apoyo en sí mismo, solo en Dios, que se ha escondido. La absoluta esperanza de Jesús solo es comprensible en el supuesto de su absoluta desesperación. Donde abundó la desesperanza, sobreabundó la esperanza.

La grandeza de Jesús consistió en soportar y vencer esta temible tentación. Esta tentación le propició una entrega total a Dios, una solidaridad irrestricta con sus hermanos y hermanas, también desesperados y crucificados a lo largo de la historia, un total despojamiento de sí mismo, un absoluto descentramiento de sí en función de los otros. Solo así la muerte es muerte y podrá ser completa: la entrega perfecta a Dios y a sus hijos e hijas sufrientes, sus hermanos y hermanas más pequeños.
Las últimas palabras de Jesús muestran esta entrega suya, no resignada y fatal, sino libre: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46). “Todo está consumado” (Jn 19,30).
El viernes santo continúa, pero no tiene la última palabra. La resurrección como irrupción del ser nuevo es la gran respuesta del Padre y la promesa para todos nosotros.

*Leonardo Boff es columnista del JB online y ha escrito: Via sacra para quem quer viver, Vozes 2012.

Traducción de Mª José Gavito Milano

miércoles, 22 de marzo de 2017

A la cultura de la violencia oponemos la cultura de la paz.




Mi sentimiento del mundo me dice que vivimos dentro de una violencia mundial sistémica. Seria largo enumerar todos los tipos de violencia. Pero está tan globalizada que el obispo de Roma, el papa Francisco, ha afirmado tres veces que estamos ya dentro de la tercera guerra mundial. No es imposible que la nueva guerra-fría entre Estados Unidos, Rusia y China acabe provocando un conflicto nuclear.

Si sucede esta tragedia será el fin del sistema-vida y de la especie humana. Este estado de permanente beligerancia se deriva de la lógica del paradigma civilizatorio que se ha ido formando lentamente durante siglos hasta llegar a su paroxismo en nuestros días: la ilusión de que el ser humano es un “pequeño dios” que se sitúa sobre las cosas para dominarlas y acumular beneficios, a costa de la naturaleza y de naciones enteras. Hemos perdido la noción de pertenecer a la Tierra y de que somos parte de la naturaleza. Esa conciencia nos llevaría a confraternizar con todos los seres de este bello planeta.

Es urgente una nueva relación con la Tierra y con la naturaleza, compuesta de sinergia, respeto, convivencia, cuidado y sentido de responsabilidad colectiva.

Esta relación convivial ha estado siempre viva en todas las culturas de Occidente y de Oriente, especialmente en nuestros pueblos originarios que muestran hacia la Tierra un profundo respeto.

En nuestra cultura tenemos la figura paradigmática de San Francisco de Asís, actualizada hoy por el obispo de Roma, Francisco, en su encíclica Laudato Si: cuidando de la Casa Común. Proclama al poverello de Asís «santo patrón de todos los que estudian y trabajan en el campo de la ecología… pues para él toda criatura era una hermana, unida a él por lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar de todo lo que existe» (n.10 y 11). Con cierto humor recuerda «que san Francisco pedía que en el convento se dejase siempre una parte del huerto para las hierbas silvestres» (n.12), pues ellas a su modo también alaban a Dios.

Esta actitud de ternura lo llevaba a recoger las babosas de los caminos para que no fueran pisadas. Para san Francisco todos los seres son animados y personalizados. Por intuición espiritual descubrió lo que sabemos actualmente por vía científica (Crick y Dawson que descifraron el DNA): que todos los vivientes somos parientes, primos, hermanos y hermanas, porque tenemos el mismo código genético de base. Por eso trataba a todos como hermanos y hermanas: al sol, a la luna, al lobo de Gubbio y hasta a la muerte.

Esta visión supera la cultura de la violencia e inaugura la cultura del cuidado y de la paz. San Francisco realizó plenamente la espléndida definición que la Carta de la Tierra encontró para la paz: «es la plenitud creada por relaciones correctas consigo mismo, con las otras personas, otras culturas, otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte» (n.16).

El Papa Francisco parece haber realizado las condiciones para la paz que predica por todas partes y que personalmente irradia. Él expresó emotivamente un pensamiento que vuelve una y otra vez en la encíclica: «todo está relacionado, y todos nosotros, seres humanos, caminamos juntos como hermanos y hermanas en una peregrinación maravillosa, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también con tierno afecto al hermano Sol, a la hermana Luna, al Hermano rio y a la Madre Tierra» (n. 92).

En otro lugar aparece la siguiente formulación, ahora crítica: «Es preciso fortalecer la conciencia de que somos una única familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, por eso mismo, tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia» (n.52).

De esta actitud de total apertura, que a todos abraza y a nadie excluye, nace una imperturbable paz, sin miedo y sin amenazas, paz de quien se siente siempre en casa con sus padres, hermanos, hermanas, y con todas las criaturas.

En lugar de la violencia coloca los fundamentos de la cultura de la paz: el amor, la capacidad de soportar las contradicciones, el perdón, la misericordia y la reconciliación más allá de cualquier presuposición o exigencia previa.

Al abordar el tema de la paz en su encíclica, el obispo de Roma, Francisco, repite lo que Gandhi y otros maestros han dicho antes: «la paz no es ausencia de guerra. La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado, con la ecología y con el bien común, porque cuando es auténticamente vivida, se refleja en un equilibrado estilo de vida, aliado con la capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida; la naturaleza está llena de palabras de amor» (n.225). En otro momento afirma: «la gratuidad nos lleva a amar y a aceptar el viento, el Sol y las nubes, aunque no se sometan a nuestro control; así podemos hablar de una fraternidad universal» (n.228).

Con esta visión suya de paz y de gratuidad él representa otro modo de ser-y-de-estar-en-el-mundo-con-los-otros, una alternativa al modo de ser de la modernidad que es estar fuera y encima de la naturaleza y de los otros y no junto con ellos, conviviendo en la misma Casa Común.

El descubrimiento y la vivencia de esta hermandad cósmica nos ayudará a salir de la crisis actual, nos devolverá la inocencia perdida y hará que añoremos el paraíso terrenal cuyas señales podemos anticipar.


*Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito: Francisco de Asís y Francisco de Roma: una nueva primavera en la Iglesia, 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 29 de agosto de 2016

Como hacer frente al fundamentalismo.



Leonardo Boff

Actualmente se produce en todo el mundo un aumento creciente del conservadurismo y de fenómenos fundamentalistas que se manifiestan por la homofobia, xenofobia, antifeminismo, racismo y todo tipo de discriminaciones.
El fundamentalista está convencido de que su verdad es la única y todo lo demás son desviaciones o está fuera de la verdad. Esto es recurrente en los programas televisivos de las distintas iglesias pentecostales, incluyendo a sectores de la Iglesia Católica, pero también en el pensamiento único de sectores políticos. Piensan que sólo la verdad, la de ellos tiene derecho. El error hay que combatirlo. Este es el origen de los conflictos religiosos y políticos. El fascismo empieza con este modo cerrado de ver las cosas.

¿Cómo vamos a hace frente a ese tipo de radicalismo? Hay muchas formas y creo que una de ellas consiste en rescatar el concepto bueno de relativismo, palabra que muchos no quieren oír. Pero en él hay mucha verdad.

Debe ser pensado en dos direcciones: En primer lugar, lo relativo quiere expresar el hecho de que todos estamos de alguna forma relacionados. En la perspectiva de la física cuántica, la encíclica del Papa Francisco insiste sobre cómo cuidar de la Casa Común: «todo está íntimamente relacionado; todas las criaturas existen y dependen unas de otras» (n.137; 86). Por esta interrelación todos somos portadores de la misma humanidad. Somos una especie entre tantas, una familia.

En segundo lugar es importante comprender que cada uno es diferente y tiene valor por sí mismo, pero está siempre en relación con otros y sus modos de ser. De aquí que sea importante relativizar todos los modos de ser; ninguno de ellos es absoluto hasta el punto de invalidar los demás. Se impone también una actitud de respeto y de acogida de la diferencia porque, por el simple hecho de estar ahí, goza del derecho de existir y de coexistir.

Es decir, nuestro modo de ser, de habitar el mundo, de pensar, de valorar y de comer no es absoluto. Hay otras mil formas diferentes de ser humanos, desde la forma de los esquimales siberianos, pasando por los yanomamis de Brasil, hasta llegar a los habitantes de las comunidades de la periferia y a los de las sofisticadas Alphavilles, donde viven las élites opulentas y temerosas. Lo mismo vale para las diferencias de cultura, de lengua, de religión, de ética y de ocio.

Debemos ampliar la comprensión de lo humano mucho más allá de nuestra concreción. Vivimos en la fase de la geosociedad, sociedad mundial, una, múltiple y diferente.

Todas estas manifestaciones humanas son portadoras de valor y de verdad. Pero son un valor y una verdad relativos, es decir, relacionados unos con los otros, interrelacionados, ya que ninguno de ellos, tomado en sí mismo, es absoluto.

¿Entonces no hay verdad absoluta? ¿Vale el “everything goes” de algunos posmodernos? ¿Vale todo? No vale todo. Todo vale en la medida en que mantiene relación con los otros, respetándolos en su diferencia y no perjudicándolos.

Cada uno es portador de verdad pero nadie puede tener el monopolio de ella, ni una religión, ni una filosofía, ni un partido político, ni una ciencia. Todos, de alguna forma, participan de la verdad, pero pueden crecer hacia una comprensión más plena de la verdad, en la medida en que se relacionan.

Bien decía el poeta español Antonio Machado: «No tu verdad. La verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Si la buscamos juntos, en el diálogo y en la relacionalidad recíproca, entonces va desapareciendo mi verdad para dar lugar a nuestra Verdad, comulgada por todos.

La ilusión de Occidente, de Estados Unidos y de Europa, es imaginar que la única ventana que da acceso a la verdad, a la religión verdadera, a la auténtica cultura y al saber crítico es su modo de ver y de vivir. Las demás ventanas solo muestran paisajes deformados.

Pensando así se condenan a un fundamentalismo visceral que los hizo, en otro tiempo, organizar masacres al imponer su religión en América Latina y en África, y hoy haciendo guerras con gran mortandad de civiles para imponer la democracia en Iraq, Afganistán, Siria y en todo el Norte de África. Aquí se da también el fundamentalismo de tipo occidental.

Debemos hacer el buen uso del relativismo, inspirados, por ejemplo, en las artes culinarias. Hay una sola culinaria, la que prepara los alimentos humanos, pero se concreta en muchas formas y en las distintas cocinas: la minera, la nordestina, la japonesa, la china, la mejicana y otras.

Nadie puede decir que sólo una es la verdadera y sabrosa, por ejemplo, la minera o la francesa, y que las otras no lo son. Todas son sabrosas a su manera y todas muestran la extraordinaria versatilidad del arte culinario.

¿Por qué con la verdad debería ser diferente? La base del fundamentalismo es esa arrogancia de que su modo de ser, su idea, su religión y su forma de gobierno es la mejor y la única válida en el mundo.

*Leonardo Boff es filósofo, teólogo, profesor emérito de Ética de la UERJ y escritor.

Traducción de Mª José Gavito Milano

sábado, 13 de agosto de 2016

Leo Boff: Pasar de un cristianismo de devoción a un cristianismo comprometido

Dr. Leonardo Boff y Directiva Tiempo Latinoamericano (CEC)

ARGENTINA-

Por Maximiliano A. Heusser para ALC Noticias-

En el día de ayer, 10 de Agosto, se realizó en las instalaciones de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (UEPC), la Conferencia del teólogo brasileño Leonardo Boff titulada “Democracias Latinoamericanas y proyectos populares”, organizada por el Centro Tiempo Latinoamericano, de la misma ciudad.

El teólogo y ex sacerdote franciscano comenzó su exposición afirmando que los teólogos de la liberación están a favor de los pobres y en contra de la pobreza. Tienen un pie en el Evangelio y otro en el barro, en la realidad de la gente pobre. Esta característica diferencia a la teología de la liberación de otras teologías. La teología de la Liberación trabaja desde la realidad, utilizando las herramientas de la sociología, de la antropología y otras ciencias.

En este sentido, llamó a tener memoria y a recordar a aquellas personas que a lo largo de los años han evidenciado las mentiras del sistema. Sostuvo que cuando “una iglesia tiene mártires es porque allí hay verdad y allí está el Espíritu Santo”. Cuando se denuncian las injusticias, allí también está el Espíritu Santo.

El teólogo reflexionó sobre la actualidad Latinoamericana. Sostuvo que “vivimos en un contexto conflictivo y en crisis. Vemos que el sistema de los últimos tres siglos no funciona”. De la misma manera, advirtió que las recetas capitalistas y neoliberales no sólo han fracasado en nuestros países y en los países del norte, sino que van contra la gente pobre. Sostuvo que los ajustes económicos, la eliminación de derechos, la flexibilización laboral, y medidas similares, dañan especialmente a los sectores empobrecidos de las sociedades. Sostuvo “estamos en un vuelo ciego, no sabemos hacia dónde va la humanidad”.

Boff se refirió también al rol de los cristianos y cristianas en estos procesos y crisis sistémicas, planteando la necesidad de pasar de un cristianismo de devoción a un cristianismo comprometido, consolando a quienes sufren, denunciado las injusticias y dando esperanza a quienes la han perdido. Hay que superar, advirtió, el mucho fariseísmo presente en los cristianos.

También planteó tres aspectos que deben tenerse en cuenta para comprender la realidad de los pueblos latinoamericanos. Si bien, afirmó, están pensados desde el Brasil, pueden aplicarse a otros países de la región:
Somos países colonizados: Hemos sido explotados por potencias extranjeras. Esto ha traído la conformación de élites ricas en cada país de América Latina. La colonización produce problemas, porque los países terminan mirándose a sí mismos desde afuera, del extranjero, y no desde la realidad del pueblo. Hay una enajenación.
La esclavitud: Brasil es uno de los países con mayor población negra del mundo, fuera de África. El esclavo es una pieza, una cosa. Este pensamiento deja marcas profundas de humillación en estos sectores del pueblo. En Brasil mueren cerca de 60.000 personas por año en manos de las fuerzas de seguridad, todos pobres, en su mayoría negros y mujeres.
La gran transformación: Hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Todo se ha transformado en una mercancía. El amor, la amistad, un bello paisaje… todo. Las personas, en esta sociedad, tienen un valor económico. Han perdido su dignidad humana. Siempre hubo intercambio de mercancías, pero ahora hay competencia. En este sentido, Boff advirtió que se está llegando al máximo de la explotación como sistema, ya que se especula con la moneda, es una moneda virtual. Es un escenario triste que incide sobre la sociedad, donde se fomenta una sociedad para pocos y no para todos.

Acercándose al final de su exposición, el teólogo se refirió al cuidado del planeta como “Madre Tierra”, trayendo a la memoria el decir de los pueblos indígenas que hablan de “las bondades de la tierra”, lo que el capitalismo nomina “recursos” y los académicos llamamos, dijo, bienes y servicios de la tierra. Llamó a advertir que no son renovables, sino que se agotan, y lo que hay no va a alcanzar para toda la humanidad. Esto puede traer una crisis humanitaria enorme. Debemos cambiar, mencionó, la manera en la que nos relacionamos con la tierra, porque es un ser que sufre y que necesita ser salvado.

El teólogo brasileño terminó refiriéndose a las democracias participativas, las cuales consideró las mejores, denunciando los ataques de las élites de poder económico sobre las mismas. Esto sucedió, según su punto de vista, en Honduras, Paraguay y Brasil. De esta manera, consideró el impachment contra Dilma Rousseff, la reacción de la derecha rica en contra de la democracia participativa que se ha ocupado de los sectores empobrecidos del Brasil. También sostuvo que considera que en la Argentina sucede lo mismo, pero con un gobierno elegido democráticamente.