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sábado, 22 de septiembre de 2018

Autocrítica y fundamentalismo.


José Ignacio González Faus

Frutos de la era postverdad, son la desaparición de toda autocrítica y la reaparición de los fundamentalismos.

La palabra autocrítica la encontré por primera vez en “El Ciervo” de mis años mozos, que pedía saber ser críticos con la propia Iglesia, envuelta entonces en un caparazón de sacralidad que la hacía intocable. Pese a acusaciones irritadas (“malos hijos”, “falta de amor a su madre”), la autocrítica acabó imponiéndose (unas veces bien hecha y otras mal, como suele pasar en las historias humanas).

Aquellas confesiones fueron generando propósitos de enmienda que cuajaron en el Vaticano II y han contribuido a que la Iglesia (con todos sus defectos) siga viva y haya dado ejemplos sorprendentes de calidad humana. Queda mucho por hacer pero queda también el balance de que la autocrítica, hecha con espíritu penitencial y no de resentimiento o protagonismo, acaba siendo fecunda aunque duela.

En un libro-antología de textos antiguos (”La libertad de palabra en la Iglesia y en la teología”), mostré que la Iglesia, al recuperar la autocrítica, recuperó la fidelidad a su propia tradición. Hoy en cambio, cuando tras algún atentado se nos dice que el terrorista “ha sido abatido”, nadie osa preguntar qué hay tras esa expresión ambigua. Y desde esta Catalunya en la que escribo, hay derecho a ser independentista o no serlo, pero ¿quién encontrará una mínima palabra de autocrítica en uno de los dos bandos? Y ¡mira que amos han hecho mal las cosas! Pero en ambos, la más mínima autocrítica supone el fin de una carrera política. Con lo que pasamos al punto siguiente.

El fundamentalismo es una identificación tan absoluta con las propias convicciones que considera débil y ofensivo el mero intento de pasarlas por el tamiz de una razón crítica. Los matices son como virus en su ordenador mental. Está tan seguro de sus propias posiciones y las vincula tanto con su identidad, que se siente dispensado de toda ley que las contradiga. Es una de las actitudes a las que más propensos somos los humanos, por nuestra necesidad de seguridad.

Se lo vincula con algunas sectas pseudocristianas de EE UU que toman literalmente todas las afirmaciones de la Biblia, sin aceptar no ya la crítica histórica sino ni siquiera los más elementales géneros literarios. Si el mito del Génesis dice: “Dios creó al hombre del barro de la tierra”, eso solo puede ser entendido en el sentido literal de modelar una figura de barro y luego soplar sobre ella. Que al hombre se le llame de Adam (en hebreo: terrícola) no aporta nada para entender la intención del relato bíblico…

Pero el fundamentalismo no es solo religioso. Es hora de caer en la cuenta de la presencia de actitudes fundamentalistas en la sociedad laica y, en concreto, en el campo político. Pues ahí es donde más nos pica hoy y donde más habrá que rascarse o ponerse alguna pomada razonante. Veamos ejemplos:

Un partido anegado por una riada de corrupción que no solo inundó a personas concretas sino al partido mismo, sufre una pérdida de votos que acaba posibilitando una moción de censura que lo saca del gobierno. Pues bien: la reacción ante un desastre, que reclamaba una seria regeneración, es enterrar toda autocrítica como si la corrupción no existiera, proclamar el orgullo partidista y girar a posiciones de extrema derecha, calificadas como centro-derecha y donde no hay más “centro” que el del ego-centrismo.

En sus discursos, ni un argumento ni una razón: solo eslóganes y peroratas (“vamos a dar miedo” etc). Su presidente (acosado por un master ambiguo) declara que no hay más ética que lo legal (ignorando que según santo Tomás la ley ha de mirar al bien común y no a la moral individual). Pero luego califican de “felonía” una moción de censura totalmente legal. Para ellos y Ciudadanos la intransigencia sustituye a la inteligencia.

Por el otro lado, la “sultana de la alegre Andalucía” proclama el orgullo de ser del PSOE como si fuera un partido concebido sin pecado original y ve ahí una razón para reclamar el voto. Para los independentistas no existe la Constitución ya antes de ser independientes. Y Puigdemont se permite decirle a Sánchez que “el tiempo de gracia termina”. Como si fuera Dios…

Según esos ejemplos, las únicas fuentes de autoestima son la incapacidad para enfrentarse con la realidad tal cual es, y la ausencia de honradez autocrítica. Así reaccionan cuando la porquería los envuelve de manera total, y tan pública que es imposible disimularla: “si he cometido algún error…”, dicen en situaciones donde sobra la condicional y solo cabe decir: “he cometido un robo mayúsculo”. ¡Qué contraste con el viejo Lao Tse: “de la humildad brota la grandeza”!…

Decían los sabios, con cierta preocupación que estábamos pasando del clásico “homo sapiens” al “homo oeconomicus”. Si Cicerón me permitiera el barbarismo añadiría que ahora estamos pasando al “homo chulus”. Mi antiguo profesor de latín no aceptará ese adjetivo, pero el lector lo entenderá sin esfuerzo.

Es pues hora de sembrar trigo de autocrítica entre tanta cizaña fundamentalista. Pues aquí se cumple a nivel grupal, una frase de Jesús: “quien quiere salvar su vida la pierde; y el que entrega su vida por una causa noble es el que la salva”. Fundamentalismos y falta de autocrítica acaban haciendo un daño inmenso a la causa que pretenden defender.

lunes, 29 de agosto de 2016

Como hacer frente al fundamentalismo.



Leonardo Boff

Actualmente se produce en todo el mundo un aumento creciente del conservadurismo y de fenómenos fundamentalistas que se manifiestan por la homofobia, xenofobia, antifeminismo, racismo y todo tipo de discriminaciones.
El fundamentalista está convencido de que su verdad es la única y todo lo demás son desviaciones o está fuera de la verdad. Esto es recurrente en los programas televisivos de las distintas iglesias pentecostales, incluyendo a sectores de la Iglesia Católica, pero también en el pensamiento único de sectores políticos. Piensan que sólo la verdad, la de ellos tiene derecho. El error hay que combatirlo. Este es el origen de los conflictos religiosos y políticos. El fascismo empieza con este modo cerrado de ver las cosas.

¿Cómo vamos a hace frente a ese tipo de radicalismo? Hay muchas formas y creo que una de ellas consiste en rescatar el concepto bueno de relativismo, palabra que muchos no quieren oír. Pero en él hay mucha verdad.

Debe ser pensado en dos direcciones: En primer lugar, lo relativo quiere expresar el hecho de que todos estamos de alguna forma relacionados. En la perspectiva de la física cuántica, la encíclica del Papa Francisco insiste sobre cómo cuidar de la Casa Común: «todo está íntimamente relacionado; todas las criaturas existen y dependen unas de otras» (n.137; 86). Por esta interrelación todos somos portadores de la misma humanidad. Somos una especie entre tantas, una familia.

En segundo lugar es importante comprender que cada uno es diferente y tiene valor por sí mismo, pero está siempre en relación con otros y sus modos de ser. De aquí que sea importante relativizar todos los modos de ser; ninguno de ellos es absoluto hasta el punto de invalidar los demás. Se impone también una actitud de respeto y de acogida de la diferencia porque, por el simple hecho de estar ahí, goza del derecho de existir y de coexistir.

Es decir, nuestro modo de ser, de habitar el mundo, de pensar, de valorar y de comer no es absoluto. Hay otras mil formas diferentes de ser humanos, desde la forma de los esquimales siberianos, pasando por los yanomamis de Brasil, hasta llegar a los habitantes de las comunidades de la periferia y a los de las sofisticadas Alphavilles, donde viven las élites opulentas y temerosas. Lo mismo vale para las diferencias de cultura, de lengua, de religión, de ética y de ocio.

Debemos ampliar la comprensión de lo humano mucho más allá de nuestra concreción. Vivimos en la fase de la geosociedad, sociedad mundial, una, múltiple y diferente.

Todas estas manifestaciones humanas son portadoras de valor y de verdad. Pero son un valor y una verdad relativos, es decir, relacionados unos con los otros, interrelacionados, ya que ninguno de ellos, tomado en sí mismo, es absoluto.

¿Entonces no hay verdad absoluta? ¿Vale el “everything goes” de algunos posmodernos? ¿Vale todo? No vale todo. Todo vale en la medida en que mantiene relación con los otros, respetándolos en su diferencia y no perjudicándolos.

Cada uno es portador de verdad pero nadie puede tener el monopolio de ella, ni una religión, ni una filosofía, ni un partido político, ni una ciencia. Todos, de alguna forma, participan de la verdad, pero pueden crecer hacia una comprensión más plena de la verdad, en la medida en que se relacionan.

Bien decía el poeta español Antonio Machado: «No tu verdad. La verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Si la buscamos juntos, en el diálogo y en la relacionalidad recíproca, entonces va desapareciendo mi verdad para dar lugar a nuestra Verdad, comulgada por todos.

La ilusión de Occidente, de Estados Unidos y de Europa, es imaginar que la única ventana que da acceso a la verdad, a la religión verdadera, a la auténtica cultura y al saber crítico es su modo de ver y de vivir. Las demás ventanas solo muestran paisajes deformados.

Pensando así se condenan a un fundamentalismo visceral que los hizo, en otro tiempo, organizar masacres al imponer su religión en América Latina y en África, y hoy haciendo guerras con gran mortandad de civiles para imponer la democracia en Iraq, Afganistán, Siria y en todo el Norte de África. Aquí se da también el fundamentalismo de tipo occidental.

Debemos hacer el buen uso del relativismo, inspirados, por ejemplo, en las artes culinarias. Hay una sola culinaria, la que prepara los alimentos humanos, pero se concreta en muchas formas y en las distintas cocinas: la minera, la nordestina, la japonesa, la china, la mejicana y otras.

Nadie puede decir que sólo una es la verdadera y sabrosa, por ejemplo, la minera o la francesa, y que las otras no lo son. Todas son sabrosas a su manera y todas muestran la extraordinaria versatilidad del arte culinario.

¿Por qué con la verdad debería ser diferente? La base del fundamentalismo es esa arrogancia de que su modo de ser, su idea, su religión y su forma de gobierno es la mejor y la única válida en el mundo.

*Leonardo Boff es filósofo, teólogo, profesor emérito de Ética de la UERJ y escritor.

Traducción de Mª José Gavito Milano

miércoles, 25 de febrero de 2015

Ciegos guiando a ciegos.



No hay peor sordo que el que se niega a oír; o peor ciego que el que cierra los ojos ante la realidad. Pero una cosa es la ignorancia debida a la falta de ilustración y otra la ignorancia de los que cierran su mente al conocimiento. Desgraciadamente en el mundo se calcula que hay en torno a mil millones de analfabetos; hombres, mujeres, jóvenes, niños, que no tienen acceso a la educación, ni aún en un grado ínfimo. Una carencia que se convierte en desgracia. Pero existe también un número incontable de personas cuya ignorancia no es fruto del analfabetismo debido a la falta de educación formal, sino que se trata de una ignorancia inducida vinculada al fanatismo y al fundamentalismo ideológico. Un fanatismo y un fundamentalismo que puede tener raíces religiosas o políticas o, en muchos casos, una mezcla de ambas. En cualquier caso, con una incidencia notable en el ámbito religioso por una parte y en el social por otra.

El nuevo formato de guerra a escala mundial que en la actualidad padece nuestra sociedad a causa del yihadismo fanático, que justifica sus actos con textos sagrados del Corán, vinculando intereses políticos con religiosos, en nada o en muy poco se diferencia de los crímenes cometidos por movimientos aún recientes en nuestro entorno inmediato, producidos en ámbitos formalmente cristianos tanto en Irlanda del Norte como en el País Vasco, acciones consideradas por algunos como de liberación nacional, uno de los términos más alienantes de nuestro vocabulario. No podemos olvidar el tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco en el año 1997, así como otros crímenes semejantes. Y esto sin remontarnos a los tiempos de la Inquisición o a las guerras de religión europeas.

Pero vengamos a un terreno más próximo y a un tema menos sangriento, pero que pone de manifiesto la fragilidad intelectual y espiritual de sectores cada vez más extendidos; sectores que se dejan envolver por formulaciones fanáticas que les enredan con definiciones fundamentalistas, concretamente en temas relacionados con la fe.

Durante algún tiempo llegamos a creer que, integrados como estábamos en la Europa de los grandes avances científicos de finales del siglo XX y principios del XXI, no llegarían a anidar entre las iglesias españolas las doctrinas fundamentalistas de algunos telepredicadores norteamericanos, cuyas noticias fueron recibidas en un principio con cierto desdén; pensábamos que estábamos curados de ciertos fanatismos propios de otro entorno cultural que nada tenían que ver con nosotros; que nuestras raíces evangélico-protestantes estaban lo suficientemente arraigadas en una teología bíblica consistente, abierta a una hermenéutica reforzada por los avances de las ciencias sociales, fuera del alcance de las manipulaciones doctrinales elaboradas en ambientes extraños a nuestra idiosincrasia y madurez doctrinal. Definiciones teológicas fundamentadas en una lectura literalista de textos aislados de la Biblia, sacados de su contexto en muchos casos y fuera del ámbito de comprensión global que una correcta hermenéutica bíblica demanda.

Estábamos equivocados. Telepredicadores o teleevangelistas como Jimmy Swaggart, Pat Robertson, Jerry Falwell o Dante Gebel, a los que pronto se unieron algunos latinoamericanos como Luis Palau, Yiye Ávila y otros, han llegado a ejercer una enorme ascendencia política, social y, sobre todo, religiosa; algunos de ellos, ya fuera de escena, crearon un estilo y una escuela que en la actualidad ha sido, está siendo, seguida por discípulos latinoamericanos que, a su vez, tratan de colonizar España con sus métodos. De hecho ¡ya están instalados en España!, bien sea directamente, protagonizando los nuevos programas televisivos o radiofónicos, en unos casos, o bien a través de programas enlatados, en otros.

La ideología de estos telepredicadores se enmarca en un fundamentalismo teológico irracional que suele manifestarse en una postura social racista y de rechazo de los sectores más desprotegidos, ya que en base a su teología de la prosperidad suelen despreciar a quienes siendo cristianos no prosperan económica y socialmente. Pongamos un solo ejemplo. La historia circuló por los más importantes medios de comunicación en el año 2010 con ocasión del terrible terremoto que arrasó Haití. Pat Robertson, el poderoso e influyente telepredicador, líder de grandes masas de evangélicos seguidores de sus indicaciones de forma totalmente acrítica, hizo un análisis de la tragedia ocurrida en Haití en su canal de televisión Cristian Broadcasting Network (CBN), en Estados Unidos, afirmando que en Haití el terremoto fue producto de un pacto con el diablo. “Algo sucedió hace mucho tiempo en Haití y la gente no quiere hablar de ello. Los haitianos vivían bajo la bota de los franceses. Napoleón estaba ahí. Ellos hicieron un pacto con el diablo. ‘Te serviremos si nos quitas de encima a los franceses’. ¡Es una historia auténtica! El diablo les dijo: ‘Ok, denlo por hecho’. Se deshicieron de los franceses, pero fueron maldecidos. Esa isla fue partida en dos. De un lado Haití y del otro República Dominicana. La República Dominicana es próspera, sana, llena de balnearios. Haití es desesperadamente pobre. La misma isla”.

Puesto que damos por supuesto el buen criterio de nuestros lectores, no haremos ningún comentario adicional. Tan sólo reseñar que “líderes espirituales” como Pat Robertson, y tantos otros, tengan apellido anglosajón o hispano, quienes en aras de la teología de la prosperidad se han hecho ricos con las ofrendas de sus oyentes, son los que inspiran, instruyen y manipulan a multitud de personas que confían ciegamente en ellos. Son los que enseñan que el mundo fue fabricado por Dios en una semana y que tiene una antigüedad de seis mil años, cerrando el entendimiento a cualquier aportación científica sobre el proceso de la creación; son los que ignoran pertinazmente el origen de la Biblia, confiriéndole un poder mágico, aplicándole el sentido de “dictado” de Dios y otorgando el mismo valor que se reconoce al Sermón del Monte a los relatos mitológicos y a las múltiples historias seculares que encierra como, a título de ejemplo, la fábula de la burra de Balaam y otras semejantes. Todo ello, en nombre de una doctrina que han elaborado desde el más radical fanatismo fundamentalista, que denominan como inerrancia de la Biblia, confundiendo tozudamente los relatos cosmológicos y las opiniones humanas con la esencia de la Palabra de Dios y manipulando con ello la conciencia de los creyentes. Dios, evidentemente, es inerrante, no se equivoca, no hay error en sus palabras, pero las palabras de sus intérpretes pueden ser erróneas, contradictorias y fuera de los propósitos divinos.

Pues bien, llegados a este punto, nuestra sorpresa se centra en algo que nos parecía hasta ahora absolutamente insólito entre las iglesias protestantes con raíces históricas en España, pero que comprobamos que va tomando cuerpo entre amplios sectores de la juventud evangélica. Jóvenes que han sido educados en las escuelas dominicales de las iglesias; que han cursado estudios secundarios y universitarios; que están expuestos a una enseñanza continua por parte de sus pastores; que, en algunos casos, manifiestan vocación pastoral y, en base a ello, buscan una formación teológica en instituciones ad hoc; y que, en lugar de acudir a esos centros con una mente receptiva, los ojos bien abiertos y los oídos atentos para descubrir los arcanos de la Biblia y recibir una formación integral, en lugar de acudir con una alforja llena de preguntas dispuestos a nutrirse de la enseñanza de los profesores que han dedicado una buena parte de su vida a prepararse para esa labor, llegan (algunos d ellos, no todos) revestidos de seguridades, protegidos por una coraza impermeable a cualquier nueva enseñanza y con su morral repleto de respuestas. Y a eso añaden la soberbia de enjuiciar y descalificar a sus maestros, con un claro menosprecio a quienes están llamados a ser sus mentores, lo cual conlleva una falta de respeto a las instituciones que les acogen. Son, hasta ahora, la excepción, brotan aquí y allá, pero se trata de una especie que abunda cada más y que es preciso tomar conciencia de su existencia.

Jóvenes, en su caso, que llegan a las facultades de teología, procedentes de iglesias sin pastor unas, con pastores carentes de formación teológica otras, o que han ido elaborando su “teología” a impulsos de la casualidad; o bien han crecido bajo la influencia de una enseñanza bíblica carente del mínimo rigor. Pastores unos y feligreses otros que, en un momento determinado de su itinerario vital, se han encontrado con libros, programas de tv-radio o “líderes carismáticos” a quienes han hecho entrega de su confianza y han adoptado como gurús incuestionables, rindiendo ante ellos una obediencia ciega. Movidos por esa influencia, están dispuestos a cambiar las facultades donde se les enseña a pensar por sí mismos, por centros de adoctrinamiento en busca de las verdades absolutas que los gurús les van administrando sin opción a que esas enseñanzas pasen previamente por el filtro de su propio raciocinio. De esos círculos cerrados surgen las nuevas corrientes fanáticas y fundamentalistas que acaparan la atención y la fidelidad de una buena parte de la juventud evangélica. Por supuesto, se nutren de aquellos que se quedan en las iglesias después del tránsito de la adolescencia a la juventud, ya que otros, defraudados por una enseñanza que se apoya en un fundamentalismo irracional, deciden dar la espalda a las iglesias y buscar su destino en otros espacios.

El tema no es baladí. Requiere tomar conciencia de su gravedad y ponerle freno, no con métodos coercitivos, que de nada servirían, sino con una enseñanza teológica adecuada desde los púlpitos y las escuelas dominicales o cursos bíblicos de las propias iglesias; una enseñanza que ayude a entender lo que es y lo que no es la Biblia; en definitiva, que enseñe cómo leer la Biblia. Y son precisamente las iglesias de locales las que deben preparar a los jóvenes en su formación básica, y dar formación a los estudiantes antes de su acceso una formación teológica superior, ayudándoles a abrir la mente para ser receptivos a una formación integral que les capacite para entender la Biblia y transmitir con honestidad y rigor su contenido.

viernes, 10 de octubre de 2014

La enfermedad del fundamentalismo.


Todo lo que está sano puede enfermar. La religión, al contrario de lo que dicen sus críticos como Freud, Marx, Dawkins y otros, se inscribe dentro de una realidad saludable: la búsqueda de la Última Realidad por el ser humano, que da un sentido último a la historia y al universo. Esa búsqueda es legítima y se encuentra atestiguada en las más antiguas expresiones del homo sapiens/demens, pero puede conocer expresiones enfermizas. Una de ellas, la más frecuente hoy, es el fundamentalismo religioso, que también se manifiesta donde reina el pensamiento único en política.

El fundamentalismo no es una doctrina en sí, sino una actitud y una forma de vivir la doctrina. La actitud fundamentalista surge cuando la verdad de su iglesia o de su grupo es entendida como la única legítima con exclusión de todas las demás, consideradas erróneas y por eso sin derecho a existir. Quien imagina que su punto de vista es el único válido está condenado a ser intolerante. Esta actitud cerrada conduce al desprecio, a la discriminación y a la violencia religiosa o política.

El nicho del fundamentalismo se encuentra históricamente en el protestantismo norteamericano de finales del siglo XIX cuando irrumpió la modernidad no solo en lo tecnológico, sino también en las formas democráticas de convivencia política y en la liberalización de las costumbres. En este contexto surgió una fuerte reacción por parte de la tradición protestante, fiel a los ideales de los «padres fundadores», todos procedentes del rigorismo de la ética protestante. El término fundamentalismo está unido a una colección de libros publicados por la Universidad de Princeton por los presbiterianos que llevaba por título Fundamentals. A Testimony of Truth, 1909-1915 (“Los fundamentos, el testimonio de la verdad”).

En esta colección se proponía un antídoto a la modernización: un cristianismo riguroso, dogmático, fundado en una lectura literalista de la Biblia, considerada infalible e inequívoca en cada una de sus palabras, por ser considerada Palabra de Dios. Se oponían a toda interpretación exegético-crítica de la Biblia y a la actualización de su mensaje para los contextos actuales.

Esta tendencia fundamentalista ha estado siempre presente desde entonces en la sociedad y en la política norteamericana. Adquirió expresión religiosa en las llamadas «electronic Churches», esas iglesias que se valen de los modernos medios televisivos de comunicación que cubren el país de costa a costa y que tienen otras semejantes en Brasil y en América Latina. Combaten a los cristianos liberales, los que practican una interpretación científica de la Biblia y aceptan los movimientos modernos de las feministas, de los homoafectivos, de los que defienden la descriminalización del aborto. Todo eso es interpretado por ellos como obra de Satanás.

La vertiente política asimiló a la religiosa, uniéndola a la ideología política del «destino manifiesto», creada después de la incorporación de territorios de México por parte de Estados Unidos, según la cual los norteamericanos tienen el destino divino de llevar claridad, los valores de la propiedad privada, del libre mercado, de la democracia y de los derechos a todos los pueblos, como lo afirmó el segundo presidente de Estados Unidos, John Adams. Como rezaba la versión popular y política, los americanos son «el nuevo pueblo escogido» que va a llevar a todos a la «Tierra de Emanuel, sede de aquel Reino nuevo y singular que será concedido a los Santos del Altísimo» (K. Amstrong, En nombre de Dios, Companhia das Letras, São Paulo 2001).

Esa amalgama religioso-política ha dado origen a la arrogancia y al unilateralismo en las relaciones internacionales de la política exterior norteamericana que perdura también bajo Barack Obama.

Un tipo semejante de fundamentalismo lo encontramos en grupos católicos extremadamente conservadores que todavía sostienen que «fuera de la Iglesia no hay salvación». Se afanan en convertir al mayor número de personas que pueden para librarlas del infierno. Algunos grupos evangélicos, especialmente en sectores de las iglesias carismáticas con sus programas de TV, revelan discursos fundamentalistas, particularmente de cara a las religiones afrobrasileras, pues consideran sus celebraciones como obras de Satanás. De ahí los frecuentes exorcismos y hasta invasiones de terreiros para «purificarlos» del Exu.

El fundamentalismo más visible tanto en grupos católicos como en algunos grupos evangélicos se muestra en las cuestiones morales: son inflexibles ante los problemas del aborto, las uniones de los homoafetivos, el empeño de las mujeres por su libertad de decisión. Promueven verdaderas guerras ideológicas en las redes sociales y medios de comunicación contra todos los que discuten tales cuestiones, aunque estas formen parte de la agenda de todas las sociedades abiertas.

Lamentablemente tenemos una candidata a la presidencia de la República, Marina Silva, que manifiesta un tipo de fundamentalismo que es el biblicismo. Hace una lectura literalista de la Biblia, como si en ella se encontrase la solución de todos los problemas. Como bien dijo el Papa Francisco, la Biblia antes que un depósito de verdades es una fuente inspiradora para la iniciativas humanas benéficas. Hay que ponerla detrás de la cabeza para iluminar la realidad, no delante de los ojos, tapando así la realidad.

El Estado brasilero es laico y pluralista. Acoge todas las religiones sin adherirse a ninguna. Según la constitución no es lícito que una determinada religión imponga a toda la nación sus puntos de vista. Una autoridad puede tener sus convicciones religiosas pero no es por ellas, sino por las leyes como debe gobernar. Existen cuatro evangelios, no solo uno. Y todos ellos conviven entre sí en la diversidad de las interpretaciones que dan del mensaje de Jesús. Es un ejemplo de la riqueza de la diversidad. El mismo Dios es la convivencia eterna de Tres Divinas Personas que por el amor forman un sólo Dios. La diversidad es fecunda.

Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 18 de noviembre de 2013

Intolerantes, fundamentalistas y delincuentes.


Por Washington Uranga

Llama la atención la reiteración de hechos similares: manifestaciones de sectarismo, de intolerancia, profanaciones de templos y expresiones que denotan que a pesar de los grandes avances en materia de vigencia de derechos, en la Argentina subsisten personas y grupos intransigentes. Desde las declaraciones de Jaime Duran Barba elogiando a Hitler, y los atentados a templos protestantes y católicos, hasta el violento episodio ocurrido el martes pasado cuando un grupo católico ultraconservador irrumpió en la catedral de Buenos Aires cuando se celebraba un acto interreligioso en recordación de la llamada Noche de los Cristales, punto de partida del Holocausto judío a manos del nazismo.

La lista de los hechos es larga. Y habrá que aceptar que, según los distintos casos, han sido obra de intolerantes, fundamentalistas o delincuentes. Algunos episodios tendrán que ser investigados. En otros los motivos están a la vista.

El 27 de septiembre un templo de la Iglesia Metodista Argentina (IEMA), la Iglesia Norte, de Rosario, “fue ferozmente incendiado quedando consumidos por las llamas los bancos, el piso de pinotea, el altar, el piano y produciendo la rotura de puertas y ventanas” según lo denunció en su momento el obispo Frank de Nully Brown. En el mismo local funcionaba la sede rosarina del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). La totalidad de la biblioteca del MEDH fue destruida en la misma oportunidad. La Iglesia Metodista es una de las comunidades cristianas más comprometidas en la defensa de los derechos humanos.

Dos días antes del hecho relatado en Rosario, un grupo de estudiantes secundarios entró en la iglesia San Ignacio de Loyola, en Buenos Aires, y produjo destrozos que afectaron el patrimonio religioso y cultural.

El 27 de octubre personas aún no identificadas ingresaron en la catedral católica de Mar del Plata, y según el comunicado del obispado de aquella ciudad, el altar donde habitualmente se celebra la misa “fue utilizado como baño, su mantel como elemento de aseo”, la imagen de la Virgen fue dañada y “se pudo comprobar el robo de algunos elementos significativos con reliquias de los santos”.

El sábado 9 de noviembre el blanco volvió a ser la Iglesia Metodista. En el templo histórico situado sobre la calle Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires, “se produjeron destrozos, profanación de su altar y serios daños a su tradicional órgano de significativo valor”, según señala el comunicado oficial de la IEMA. La Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE) evaluó el hecho como un atentado “contra la libertad y diversidad religiosa, contra el compromiso social de los cristianos, contra el patrimonio cultural y contra nuestra historia nacional”.

El martes 12 ocurrió el episodio ya señalado en la catedral metropolitana. Al día siguiente, miércoles 13 noviembre, en la capilla católica de la casa de espiritualidad “La Asunción” de la arquidiócesis de Bahía Blanca, se profanó el sagrario y se robaron hostias consagradas “que se conservaban bajo llave en el tabernáculo de mármol y bronce”, según informó la agencia católica AICA. Esta semana, también en la capilla católica San Antonio de Padua, en Capilla del Monte, se robaron hostias y una custodia del Santísimo Sacramento. Según denunció el obispo Santiago Olivera también se destruyó una imagen de Cristo, se produjeron destrozos y se intentó incendiar un confesionario.

¿Todos los hechos tienen la misma raíz? Seguramente no. Mientras no se encuentren elementos que permitan demostrar lo contrario, lo lógico sería descartar una trama que suponga coordinación entre todos estos episodios. Y es poco serio y falto de responsabilidad hablar –como titulan algunos– de una “ola de atentados” que afectan a las instituciones religiosas o a las comunidades de fe. Así llame la atención la seguidilla de delitos contra los templos y las instituciones religiosas. No todos los hechos son iguales. Algunos parecen tener objetivos políticos, otros motivos religiosos relacionados con enfrentamientos internos dentro de la Iglesia Católica. Varios parecen más vinculados a hechos delictivos que también afectan a la totalidad de los ciudadanos y que, en este caso, se perpetraron contra edificios que son sede de diferentes cultos. En determinadas situaciones no es tampoco descartable la combinación de más de un propósito. Pero en general, iglesias y líderes religiosos de todos los credos manifiestan preocupación y alarma por la reiteración de sucesos similares dirigidos a blancos religiosos.

¿Qué decían los jóvenes, entre los que se encontraban dos sacerdotes, que ingresaron en la catedral? Mientras rezaban la oración del “Padre nuestro” a los gritos, los manifestantes entregaron un volante en el que se podía leer: “Fuera adoradores de dioses falsos del templo santo... si entran en el templo del Dios vivo y presente, doblen su rodilla, abandonen su idolatría, y adoren al Dios verdadero...”. Y en directa alusión a los asistentes (católicos, cristianos, judíos, miembros de organizaciones defensoras de los derechos humanos) agregaba: “Y vos que asistís a este acto de profanación, rezá el rosario en desagravio. Resistí. Que no te engañen”.

¿Contra quién fue la violenta irrupción de los ultraconservadores católicos en la catedral? El sacerdote Fernando Ginnetti, unos de los concelebrantes del acto interreligioso presidido por el arzobispo porteño Mario Poli, dijo ante varios medios de comunicación que “esto es contra Francisco” en alusión al papa Jorge Bergoglio.

Christian Bouchacourt, el superior en la Argentina de la llamada Fraternidad Sacerdotal San Pío X, también conocidos como lefebvristas en recuerdo de su fundador, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, admitió conocer “a varios” de los que irrumplieron en la catedral, justificó el hecho como “un modo de protestar pacífico” en busca de “guardar la tradición católica” y agregó que “nosotros únicamente queríamos manifestar nuestro amor a la Iglesia Católica”. Vale recordar que el 9 de febrero de 2009 el gobierno argentino expulsó del país al obispo lefebvrista Richard Williamson, que había negado la existencia del Holocausto judío.

Bouchacourt también habló de Bergoglio. “Que el Papa rece en una sinagoga nos parece totalmente anormal.” Tampoco se privó de agregar que “el Papa hace cosas que no podemos explicar”.

Todo en directa consonancia con la línea de conducta de quien ha sido el inspirador de lo orden. Lefebvre, fallecido en 1991, había sido excomulgado por Juan Pablo II en 1988. En ese momento sostuvo que “Roma ya no es católica. Los males que nosotros condenamos, como el comunismo, el socialismo, el modernismo y el sionismo, han sido adoptados por Roma”. Hoy, Francisco es el blanco de los ataques de los ultraconservadores que antes de su arribo al pontificado habían iniciado una aproximación, ahora frustrada, con Benedicto XVI. El actual superior mundial de la Fraternidad San Pío X, Bernard Fellay, opina que “la situación de la Iglesia es un verdadero desastre y el actual Papa la está haciendo diez mil veces peor. Va a dividir la Iglesia, está provocando rabia”.

Aunque en esferas distintas, el episodio ocurrido en el mayor templo católico del país guardó relación con los dichos del asesor macrista Jaime Duran Barba, quien en un reportaje concedido a la revista Noticias sostuvo que “Hitler era un tipo espectacular. Era muy importante en el mundo”.

Los repudios se sumaron tras lo sucedido en la catedral. El propio arzobispo de Buenos Aires, en la continuidad del acto interreligioso, se dirigió a los judíos participantes para decirles que “su presencia aquí no desacraliza un templo de Dios. Hagamos en paz este encuentro que lo quiere el papa Francisco”. Se conoce que desde que llegó al Vaticano, Bergoglio está haciendo gestiones reservadas para promover una iniciativa mundial conjunta de las grandes religiones en favor de la paz, de la justicia y en contra de la pobreza. Propuesta que también tiene resistencias dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Fuente: Pagina 12

jueves, 8 de noviembre de 2012

Religión y enfermedad mental.



Introducción[1].
La enfermedad, física o mental, forma parte de los procesos de la finitud. Los datos estadísticos hacen referencia al hecho de que en torno a un veinticinco por ciento de la población ha cursado o cursará alguna psicopatología a lo largo de la vida.
A la hora de afrontar su causalidad, el pensamiento precientífico la asoció a fuerzas externas a la persona que ésta no podía controlar. El caso de las posesiones diabólicas en los tiempos bíblicos es un ejemplo. La creencia en los demonios, propia de las religiones mesopotámicas, influyó en las creencias de los judíos contemporáneos de Jesús. Hoy entendemos que los relatos evangélicos hacen referencia a casos de epilepsia, esquizofrenia, trastornos sociales… No es necesario, pues, apelar a instancias divinas ni demoníacas para explicar la enfermedad mental. No nos hallamos frente a un fatalismo. La enfermedad ha de ser tratada mediante las terapias psicológicas y psiquiátricas que estas disciplinas han desarrollado. La enfermedad mental no es un estigma a esconder, es una situación que puede ser superada.
Tampoco es la consecuencia del pecado de nadie, como históricamente se había creído cuando la religiosidad impregnaba la vida de las personas. La enfermedad mental no es un castigo. Frente a un hombre, ciego de nacimiento, le preguntaron a Jesús quién había pecado: ¿el ciego o sus padres? La respuesta del Maestro de Nazaret fue contundente: ni él ni sus padres. No cabe hurgar en una dimensión moral o religiosa para explicar la etiología de una psicopatología. Esta línea de pensamiento libera tanto al afectado como a su entorno familiar de los sentimientos de culpa que acompañan determinados trastornos como las neurosis, estados depresivos y otras patologías.
El hecho de que desde el protestantismo histórico no apelemos a la dimensión moral o religiosa para explicar los trastornos psicológicos no excluye dejar de considerar el papel de las alteraciones genéticas en determinados síndromes, el papel de las alteraciones de la bioquímica cerebral en las depresiones endógenas o el peso del entorno y de los actuales sistemas de vida, como ha puesto de relieve el doctor Luís Rojas Marcos en sus investigaciones.
Respecto al papel de la religiosidad en la salud mental, no hay una respuesta unívoca. Depende de cómo se entiende y vive el hecho religioso por parte de la persona y su entorno familiar y comunitario. Tendremos que reconocer que, en ocasiones, la religión puede actuar como un elemento potenciador de la patología, del mismo modo como puede ejercer un papel terapéutico. Entre los dos extremos, hallamos un abanico de casuísticas por cuanto más que enfermedades preferimos hablar de enfermos.
Práctica religiosa y psicopatología

La religión puede tener un papel negativo en la salud mental cuando presenta rasgos y relaciones sectarias, expresiones fundamentalistas y una normatividad limitadora de la libertad personal. En estos casos, puede potenciar determinados trastornos como la neurosis, la ansiedad… a causa de los sentimientos de culpa derivados de la imposibilidad de cumplir con la totalidad de sus exigencias y preceptos.

La religión puede tener un papel negativo en la salud mental cuando genera expectativas que no se cumplirán. Esto puede suceder en los actuales contextos carismáticos en forma de expectativas, por ejemplo de sanidad, que al no cumplirse generan frustración y dudas espirituales a la persona afectada o a su entorno familiar, en el sentido de no haber ejercitado suficientemente la fe para haber generado el milagro. Nos hallamos frente al “pensamiento mágico”.
La religión puede tener un papel negativo en la salud mental cuando representa una huida de la realidad. Es la búsqueda de Dios cuando las condiciones de la existencia nos sobrepasan y necesitamos buscar consuelo al dolor en lugar de afrontar la situación. Nos hallamos frente a la idealización de un ser supremo que salva mágicamente de las circunstancias adversas. En estos casos, tendremos que dar la razón a Sigmund Freud cuando manifestaba que la religión ponía de manifiesto la inmadurez psíquica del ser humano. La religión, en este supuesto, puede ayudar a evadirse de una realidad hostil y refugiarse en el delirio propio de un estado neurótico al proyectar en un futuro una nueva situacionalidad que venga a superar el actual estado de cosas.
El papel terapéutico de la religión

La fe cristiana no debe entenderse como una especie de “seguro” que nos protege de las circunstancias adversas de la finitud, incluyendo la enfermedad mental. Ahora bien, a muchos creyentes les permite asumir el principio de la realidad con más naturalidad y de forma menos traumática. La fe puede ayudar a superar las fases de negación (¡no puede ser!), de rebelión (¿por qué a mí?) y de depresión (estoy realmente enfermo) y asumir la realidad. No se trata de una resignación fatalista, sino de una conformidad con los hechos. A ello contribuye la sensación de seguridad existencial y de una vida con sentido. Es el papel positivo de la religión del que trataron psicoanalistas como Carl Gustav Jung o Víctor Frank desmarcándose de los postulados de Sigmund Freud.

La fe cristiana puede aportar un elemento de estabilidad emocional, tranquilidad, serenidad, paz interior… al considerar que la vida no es el resultado del azar, sino que tiene un sentido y un propósito, a pesar de que con demasiada frecuencia se nos presenta como un misterio, como es el caso de las enfermedades mentales.
Cuando el cristianismo es entendido y vivido de este modo, contribuye a la salud mental de la persona desde una perspectiva preventiva por el hecho de que:
• Contribuye al establecimiento de una autoestima equilibrada superadora de sentimientos disfuncionales de superioridad o inferioridad.
• Ayuda a desarrollar el autocontrol emocional, la ponderación…
• Posibilita vivir en conformidad con valores higiénicos como el respeto, la alteridad, la solidaridad, la justicia, el trabajo en favor de la paz…
• Algunos estudios (Toussaint y otros, 2001) establecen relaciones positivas entre la capacidad de perdonar y la salud mental. La práctica del perdón genera compasión, desarrolla la empatía, dibuja nuevos escenarios de confianza; su ausencia mantiene a la persona en el rencor, el odio, los pensamientos y sentimientos negativos y el aislamiento social.

El cristianismo también puede contribuir a la salud mental de la persona mediante la mejora de su fondo patológico.
• El contenido de la fe cristiana ayuda al control y a la modificación de los pensamientos disfuncionales, base de emociones y conductas, como bien explica la corriente neoconductista.
• La fe cristiana puede ayudar a priorizar correctamente dando importancia, en primer lugar, a las personas y estableciendo equilibrios en las diferentes áreas de la actividad: tiempo personal, familiar, profesional, social, eclesial… minimizando el estrés.
• La fe es generadora de confianza, hecho que representa un soporte terapéutico frente a síntomas como la tristeza, la depresión… El psiquiatra Aaron Beck afirmó que la desesperanza se halla en el corazón de la depresión. También es un factor de peso en los casos de suicidio. Una visión esperanzada, dentro del realismo existencial, como la que proporciona la fe es facilitadora de los procesos de salud.

La iglesia también tienen su papel en el tema que nos ocupa. Las comunidades deben ser inclusivas y no discriminar por ningún tipo de razón. Las personas con problemas de salud mental deben ser acogidas e integradas en función de sus posibilidades relacionales.
El enfermo mental ha de ser aceptado en su específica realidad, respetado en su dignidad personal, acompañado en su proceso, amado, ayudado y no culpabilizado.
Una voz tan autorizada como la de Jordi Font, doctor en medicina, especializado en psiquiatría y psicoterapeuta señala que la praxis religiosa puede llegar a ser una instancia estructurante de la personalidad y, por lo tanto, factor a considerar en el tratamiento de los trastornos mentales. La religión y la fe adulta son posibles, cuando son purificadas de las formas primitivas e infantiles con las que con demasiada frecuencia la religiosidad se manifiesta.

[1] Presentación expuesta en las X Jornades d’atenció espiritual i religiosa del Parc Sanitari de Sant Joan de Déu de Sant Boi, organizadas por l’associació UNESCO per al diàleg interreligiós

viernes, 11 de mayo de 2012

El fundamentalismo religioso.


Me han asaltado muchas dudas sobre cómo abordar este tema con sus numerosas facetas y perfiles. He optado por no referirme a los aspectos históricos del fundamentalismo religioso (génesis, evolución), a sus factores desencadenantes (psicológicos, políticos, económicos, culturales), a la enorme diversidad de sus manifestaciones (en las diferentes religiones y en el interior de cada religión).
¿Qué queda entonces? Aun a riesgo de situarme en un plano demasiado desencarnado, formal y excesivamente genérico, he optado por algo muy simple, incluso simplista: señalar algunos rasgos básicos de los diferentes fundamentalismos religiosos, pero indicando cada vez los resortes decisivos que las propias religiones poseen en sus fuentes para superar la tentación fundamentalista.
Quiero destacar que ninguna religión carece de antídotos propios para sus patologías fundamentalistas, mortales para la religión.
He optado también por no ensañarme en la descripción de las miserias, que seguramente son nuestras propias miserias, son ciertamente las mías. No sería coherente ser fundamentalistas contra el fundamentalismo.
No se trata con ello de edulcorar la gravedad del fenómeno, empezando por el catolicismo. Está en juego el futuro de la religión. Y no es eso lo grave. Está en juego el futuro de la comunión en el planeta, este querido y frágil planeta que somos, que habitamos, que queremos seguir habitando juntos.
El término “fundamentalismo” propiamente dicho, se remonta como se sabe, a 1909 en EEUU, cuando la Iglesia Presbiteriana del Norte, en reacción a la teología liberal desarrollada en la Alemania protestante durante el siglo XIX, declaró como “fundamentales” (Fundamentals), y por lo tanto intocables, estos cinco principios:
la inerrancia de la Biblia,
el nacimiento virginal de Jesús,
su poder de hacer milagros,
su muerte expiatoria en la cruz a causa de nuestros pecados
su resurrección física.
Ello dio lugar a la creación en 1919 de la World’s Christian Fundamentals Association. Se llamaron a sí mismos “fundamentalistas”, lo cual indica que esta denominación no tenía para ellos ninguna connotación peyorativa, sino al muy contrario.
Los tiempos han cambiado y hoy nadie dice “Yo soy fundamentalista”, aunque haberlos haylos. Cien años después de aquella acta de nacimiento del fundamentalismo protestante norteamericano, el catolicismo oficial de hoy sigue defendiendo sus mismos principios en los mismos términos.
[Muchos advierten, seguramente con razón, que habría que ser más rigurosos en el lenguaje y reservar el concepto "fundamentalismo" para su significado originario, ligado al protestantismo. El fenómeno análogo dentro del catolicismo habría que denominarlo más propiamente "integrismo". El fundamentalismo protestante apela a la Biblia absolutizada, mientras que el integrismo católico se aferra a la tradición absolutizada. Así es, pero el uso hace al lenguaje, y el término "fundamentalismo" está siendo masivamente utilizado para designar el integrismo católico, sino también toda clase de manifestaciones similares en otras religiones, movimientos e ideologías. De modo que, para simplificar, utilizaré el término "fundamentalismo" en este sentido general].
El fundamentalismo no es en modo alguno un fenómeno exclusivamente cristiano.
Hindúes radicales queman mezquitas en la India;
budistas extremistas atacan a cristianos en Sri Lanka;
judíos ortodoxos reivindican toda la tierra del “Gran Israel”, “desde Dan hasta Bersheba”, como tierra regalada por Dios a Israel a expensas de los cananeos de entonces y de los palestinos de hoy;
musulmanes islamistas pretenden imponer la sharia como constitución allí donde pueden.
Y no solamente existen fundamentalismos religiosos. Padecemos también un “fundamentalismo político”, un “fundamentalismo económico”, un “fundamentalismo neoliberal”.
La palabra “tiene una presencia omnímoda en todos los debates, cualquiera que fuere el tema” (J.J. Tamayo, Fundamentalismo y diálogo entre religiones, 74).
“El Fundamentalismo es el clima ambiental de la época”, escribe Mardones; “recorre la sociedad y la cultura, aunque tenga un aposento especial en la religión” (10 Palabras clave sobre Fundamentalismos, 9.10).
Es un tiempo de sensibilidad fundamentalista, afirmaba René Girard en 1997. Y Samuel Huntington, el famoso profesor del cambio social de Harvard, defiende la tesis de que el fundamentalismo es la religiosidad adecuada a la modernidad tardía en que vivimos.
Así se entiende la alianza moderna, puesta en marcha a finales de los años 70, entre el fundamentalismo religioso (judío y cristiano en este caso) con el fundamentalismo político-económico de corte neoliberal; entre el conservadurismo político y el conservadurismo religioso.
Y no hay que ir muy lejos para verlo, aunque la cosa empezó en los EEUU de Ronald Reagan, apoyado por el Reino Unido de Margaret Thatcher.
Los valores neoliberales (tradición, orden, trabajo, ahorro, familia) y los valores supuestamente religiosos (fidelidad acrítica a la tradición, obediencia sumisa a la jerarquía, centralidad obsesiva de la moral sexual y familiar tradicional) se dieron la mano, y siguen de la mano.
Pero no incidiré en todos esos aspectos tan importantes. Me centraré, como he indicado, en algunos rasgos básicos del fundamentalismo religioso, pero poniendo especial énfasis en los antídotos que los propias religiones disponen en sus textos y tradiciones fundantes.
Señalaré siete rasgos del fundamentalismo y sus correspondientes antídotos religiosos.
Y una limitación más de las páginas que siguen: en ellas me referiré casi exclusivamente a las religiones de nuestra tradición abrahámica (el judaísmo, el cristianismo, el Islam), privilegiando además claramente las referencias judías.

sábado, 5 de mayo de 2012

Amor y verdad.


Josemaría Sarrionandia, 05-Mayo-2012

Espinosa cuestión, si las hay, la de conjugar el amor y la verdad en las actitudes humanas. Es una cuestión en que los matices importan más que las definiciones, siendo que las definiciones barren con los matices gravitando hacia fundamentalismos ideológicos. Si la verdad del amor se traduce en amor a la verdad, la Verdad –Cristo Jesús– nos libera de todo mal, en especial, en la iglesia, de la prepotencia y del sometimiento.

Es curioso que otrora censurados por el cardenal Ratzinger, como Hans Kung y Leonardo Boff, hayan sentido esperanzas por las actitudes del papa Benedicto XVI. Cierto que la esperada primera encíclica del Papa sorprendió a muchos por su sesgo caritativo pastoral, pero es cuestión de matices y los matices siempre causan más sorpresa que seguridad. Creo que nuestro Papa está más cómodo en compañía de Lefevbre que de Masiá por más que, como buen diplomático, juegue a ambas puntas-

Lo que interesa, después de todo, no son las personas sino los hechos. Es verdad que los hechos, los hechos históricos, vienen encarnados en las personas pero, si a las personas hemos de conocer por sus frutos, nos conviene fijarnos en los hechos y prescindir de las personas a quienes solo Dios juzga con verdad y con amor.

El amor a la verdad urge a los teólogos. Olvidemos, por ahora, que detrás de todo teólogo hay un filósofo y bajo cada filósofo un hombre. (Recuerden que “hombre” es sustantivo genérico que incluye las especies de “varón” y “mujer”, como muy bien destaca el Génesis). A lo largo de la historia habría que ver qué significó. la verdad para cada teólogo, si el amor, el prestigio o el poder. Eusebio de Cesarea, después del Concilio de Nicea, proclamó a Constantino salvador de la Iglesia. Los teólogos de Trento con su filosofía escolástica, sancionaron la autoridad del magisterio jerárquico. Hoy hay teólogos cortesanos y teólogos independientes; la jerarquía canoniza a los primeros y sanciona a los segundos. Los teólogos habrán cumplido su misión si el pueblo, en su gran mayoría, yace en la ignorancia y sigue apegado a la rutina? Como el amor no se define los paladines de la verdad lo desdeñan y el mundo se descompagina.

La verdad del amor, eros o ágape, puede todavía salvarlo. A los cristianos se les reconoce en la forma cómo se aman unos a otros. Hoy la Iglesia, en su manifestación pública, ha perdido ese reconocimiento y credibilidad. Cierto que a la Iglesia se le reconoce por sus santos ya que ellos aman de verdad. Pero, hoy también, se duda de los canonizados con Escrivá y Woytila en los altares. No pensemos en el dinero que se invierte en la apoteosis de los canonizados porque el dinero, si bien no interviene en el amor, su despilfarro es el escándalo de los que no tienen qué comer. Y el Juicio versará sobre el pan que damos al hambriento y el agua que damos al sediento. He ahí los signos del amor. Dónde esconde la iglesia actual esas muestras de amor? En las dudosas historias de los santos?

Dije que la cuestión era espinosa y basta pasar la yema por la piel de la historia para sentir sus pinchazos y escozores. La cuestión es antropológica y, como tal, sumamente compleja. Y sobre cuestión tan compleja se monta la hipercompleja cuestión religiosa cuyo análisis no sólo llenaría cien tomos de lomo gordo sino toda la vida. Estas líneas son un pobre, muy pobre, apunte.

Amar la verdad, pero la verdad del amor, nos hace libres. Perdida la libertad en que fuimos creados la verdad de Cristo nos relibera y, una vez libres de verdad, podremos abrazar y amar el mundo para salvarlo de la mentira y del odio que lo están destruyendo.

Josemaria Sarrionandia

Desde la Argentina

sagusein@gmail.com

Fuente: Atrio

viernes, 29 de julio de 2011

Leo Boff: Todavía el fundamentalismo.


El acto terrorista perpetrado en Noruega de forma calculada por un extremista noruego de 32 años ha puesto de nuevo sobre el tapete la cuestión del fundamentalismo. Los gobiernos occidentales y los medios de comunicación han inducido a la opinión pública mundial a asociar el fundamentalismo y el terrorismo casi exclusivamente con sectores radicales del islamismo. Barack Obama de Estados Unidos y David Cameron del Reino Unido se apresuraron a solidarizarse con el gobierno de Noruega y reforzaron la idea de dar batalla mortal al terrorismo, presuponiendo que sería un acto de Al Qaeda. Prejuicio. Esta vez era un nativo, blanco, de ojos azules, con nivel superior y cristiano, aunque The New York Times lo presente como «sin cualidades y fácil de olvidar».

Además de rechazar decididamente el terrorismo y el fundamentalismo debemos tratar de entender el por qué de este fenómeno. Ya he abordado algunas veces en esta columna el tema, que resultó en un libro Fundamentalismo, Terrorismo, Religión y Paz: desafío del siglo XXI (Vozes 2009). Ahí refiero, entre otras causas, el tipo de globalización que ha predominado desde el principio, una globalización fundamentalmente de la economía, de los mercados y de las finanzas. Edgar Morin llama a la actual «la edad de hierro de la globalización». No fue seguida, como pedía la realidad, por una globalización política (un gobierno global de los pueblos), una globalización ética y educacional. Me explico: con la globalización inauguramos una fase nueva de la historia del Planeta vivo y de la humanidad misma. Estamos dejando atrás los estrechos límites de las culturas regionales con sus identidades y la figura del estado-nación para adentrarnos cada vez más en el proceso de una historia colectiva de la especie humana, con un destino común, ligado al destino de la vida y, en cierta forma, al de la propia Tierra. Los pueblos se pusieron en movimiento, las comunicaciones pusieron en contacto a todos con todos y, por distintos motivos, empezaron a circular multitudes por el mundo.

Esta transición no fue preparada, puesto que prevalecía una confrontación entre dos formas de organizar la sociedad: el socialismo estatal de la Unión Soviética y el capitalismo liberal de Occidente. Todos debían alinearse con una de estas alternativas. Al desmontarse la Unión Soviética no surgió un mundo multipolar sino el predominio de Estados Unidos como la mayor potencia económico-militar del mundo, que comenzó a ejercer un poder imperial, haciendo a todos alinearse con sus intereses globales. Más que globalización en sentido amplio, se dio una especie de occidentalización del mundo. Funcionó como un rodillo compresor, que pasó por encima de respetables tradiciones culturales. Esto se vio agravado por la arrogancia típica de Occidente de sentirse portador de la mejor cultura, de la mejor ciencia, de la mejor religión, de la mejor forma de producir y de gobernar.

Esta uniformización global generó fuerte resistencia, amargura y rabia en muchos pueblos, que veían erosionarse su identidad y sus costumbres. En situaciones así surgen normalmente fuerzas identitarias que se alían con sectores conservadores de las religiones, guardianes naturales de las tradiciones. De aquí se origina el fundamentalismo que se caracteriza por dar valor absoluto a su punto de vista. Quien afirma de manera absoluta su identidad está condenado a ser intolerante con los diferentes, a despreciarlos y, en el límite, a eliminarlos.

Este fenómeno es recurrente en todo el mundo. En Occidente, grupos significativos de corte conservador se sienten amenazados en su identidad por la penetración de culturas no-europeas, especialmente el islamismo. Rechazan el multiculturalismo y cultivan la xenofobia. El terrorista noruego estaba convencido de que la lucha democrática contra la amenaza de los extranjeros en Europa estaba perdida. Tomó entonces una solución desesperada: realizar un gesto simbólico de eliminación de los «traidores» multiculturales.

La respuesta del gobierno y del pueblo noruego ha sido sabia: respondieron con flores y con la afirmación de más democracia, es decir, de más convivencia con las diferencias, más tolerancia, más hospitalidad y más solidaridad. Este es el camino que garantiza una globalización humana, en la cual será más difícil que semejantes tragedias vuelvan a repetirse.

Fuente: Koinonia