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sábado, 22 de septiembre de 2018

Autocrítica y fundamentalismo.


José Ignacio González Faus

Frutos de la era postverdad, son la desaparición de toda autocrítica y la reaparición de los fundamentalismos.

La palabra autocrítica la encontré por primera vez en “El Ciervo” de mis años mozos, que pedía saber ser críticos con la propia Iglesia, envuelta entonces en un caparazón de sacralidad que la hacía intocable. Pese a acusaciones irritadas (“malos hijos”, “falta de amor a su madre”), la autocrítica acabó imponiéndose (unas veces bien hecha y otras mal, como suele pasar en las historias humanas).

Aquellas confesiones fueron generando propósitos de enmienda que cuajaron en el Vaticano II y han contribuido a que la Iglesia (con todos sus defectos) siga viva y haya dado ejemplos sorprendentes de calidad humana. Queda mucho por hacer pero queda también el balance de que la autocrítica, hecha con espíritu penitencial y no de resentimiento o protagonismo, acaba siendo fecunda aunque duela.

En un libro-antología de textos antiguos (”La libertad de palabra en la Iglesia y en la teología”), mostré que la Iglesia, al recuperar la autocrítica, recuperó la fidelidad a su propia tradición. Hoy en cambio, cuando tras algún atentado se nos dice que el terrorista “ha sido abatido”, nadie osa preguntar qué hay tras esa expresión ambigua. Y desde esta Catalunya en la que escribo, hay derecho a ser independentista o no serlo, pero ¿quién encontrará una mínima palabra de autocrítica en uno de los dos bandos? Y ¡mira que amos han hecho mal las cosas! Pero en ambos, la más mínima autocrítica supone el fin de una carrera política. Con lo que pasamos al punto siguiente.

El fundamentalismo es una identificación tan absoluta con las propias convicciones que considera débil y ofensivo el mero intento de pasarlas por el tamiz de una razón crítica. Los matices son como virus en su ordenador mental. Está tan seguro de sus propias posiciones y las vincula tanto con su identidad, que se siente dispensado de toda ley que las contradiga. Es una de las actitudes a las que más propensos somos los humanos, por nuestra necesidad de seguridad.

Se lo vincula con algunas sectas pseudocristianas de EE UU que toman literalmente todas las afirmaciones de la Biblia, sin aceptar no ya la crítica histórica sino ni siquiera los más elementales géneros literarios. Si el mito del Génesis dice: “Dios creó al hombre del barro de la tierra”, eso solo puede ser entendido en el sentido literal de modelar una figura de barro y luego soplar sobre ella. Que al hombre se le llame de Adam (en hebreo: terrícola) no aporta nada para entender la intención del relato bíblico…

Pero el fundamentalismo no es solo religioso. Es hora de caer en la cuenta de la presencia de actitudes fundamentalistas en la sociedad laica y, en concreto, en el campo político. Pues ahí es donde más nos pica hoy y donde más habrá que rascarse o ponerse alguna pomada razonante. Veamos ejemplos:

Un partido anegado por una riada de corrupción que no solo inundó a personas concretas sino al partido mismo, sufre una pérdida de votos que acaba posibilitando una moción de censura que lo saca del gobierno. Pues bien: la reacción ante un desastre, que reclamaba una seria regeneración, es enterrar toda autocrítica como si la corrupción no existiera, proclamar el orgullo partidista y girar a posiciones de extrema derecha, calificadas como centro-derecha y donde no hay más “centro” que el del ego-centrismo.

En sus discursos, ni un argumento ni una razón: solo eslóganes y peroratas (“vamos a dar miedo” etc). Su presidente (acosado por un master ambiguo) declara que no hay más ética que lo legal (ignorando que según santo Tomás la ley ha de mirar al bien común y no a la moral individual). Pero luego califican de “felonía” una moción de censura totalmente legal. Para ellos y Ciudadanos la intransigencia sustituye a la inteligencia.

Por el otro lado, la “sultana de la alegre Andalucía” proclama el orgullo de ser del PSOE como si fuera un partido concebido sin pecado original y ve ahí una razón para reclamar el voto. Para los independentistas no existe la Constitución ya antes de ser independientes. Y Puigdemont se permite decirle a Sánchez que “el tiempo de gracia termina”. Como si fuera Dios…

Según esos ejemplos, las únicas fuentes de autoestima son la incapacidad para enfrentarse con la realidad tal cual es, y la ausencia de honradez autocrítica. Así reaccionan cuando la porquería los envuelve de manera total, y tan pública que es imposible disimularla: “si he cometido algún error…”, dicen en situaciones donde sobra la condicional y solo cabe decir: “he cometido un robo mayúsculo”. ¡Qué contraste con el viejo Lao Tse: “de la humildad brota la grandeza”!…

Decían los sabios, con cierta preocupación que estábamos pasando del clásico “homo sapiens” al “homo oeconomicus”. Si Cicerón me permitiera el barbarismo añadiría que ahora estamos pasando al “homo chulus”. Mi antiguo profesor de latín no aceptará ese adjetivo, pero el lector lo entenderá sin esfuerzo.

Es pues hora de sembrar trigo de autocrítica entre tanta cizaña fundamentalista. Pues aquí se cumple a nivel grupal, una frase de Jesús: “quien quiere salvar su vida la pierde; y el que entrega su vida por una causa noble es el que la salva”. Fundamentalismos y falta de autocrítica acaban haciendo un daño inmenso a la causa que pretenden defender.

jueves, 11 de enero de 2018

El logos y el tao.


José Ignacio González Faus

Aunque las grandes manchas de color son a veces simplistas, pueden resultar también pedagógicas. Corro pues el riesgo de simplificar para ayudar a entender un poco los universos mentales del Occidente en que vivimos y de ese Oriente al que miramos y al que muchos miran para salir de su sensación de vacío.

La gran aportación de Occidente a la historia humana la dio Grecia con el descubrimiento del “logos”. Este término clásico significa a la vez palabra, razón y sentido: brotó de la experiencia de que las cosas son razonables: tienen una “lógica” que puede ser captada y expresada por nuestra palabra. Esta armonía, este encuentro entre la realidad y nuestra mente es una de las primeras experiencias de sentido: si no hubiera posibilidad de encuentro entre la realidad y nosotros, nos encontraríamos ante un sinsentido impresionante.

La experiencia fundamental del Oriente me parece ser la del Tao. Y quizá no es casualidad que la obra de Lao-Tsé, autor del Tao-te-King (libro de la virtud y del Tao) sea, luego de la Biblia, la obra más difundida en la historia del mundo. Pero el Tao es indefinible: no se comunica con conceptos sino provocando su experiencia.La traducicón mejor del Tao podría ser lo que los cristianos llaman el Espíritu, el cual es también inobjetivable. Hay definiciones del Tao que parecen extrañas, pero no lo son: “el Tao es el camino infinito que conduce al Tao”. “El Tao no lleva a cabo ninguna acción, pero no deja nada por hacer”. “Cuando su tarea ha sido cumplida y las cosas han sido acabadas, todo el mundo dice: las hemos hecho nosotros”… ¡Y eso vale exactamente del Espíritu Santo de los cristianos!

Dejando ahora las connotaciones religiosas, creo que, con el Logos y el Tao, nos hallamos ante dos experiencias originarias, y complementarias, de apertura a la realidad: una desde la visión y otra desde la respiración. La posibilidad de ver permite objetivar las cosas: así las conocemos (o creemos conocerlas) y podemos manejarlas: por eso es normal que del Logos occidental haya surgido la técnica, que nos permite dominar las cosas, con el peligro de erigirnos nosotros en sujetos y, por tanto, en superiores. En cambio, la conciencia de la respiración nos permite percibir la vida, darnos cuenta de que vivimos y, a la vez, de que vivir es estar recibiendo: pues si te falta el aire te ahogas y mueres.

Pero la experiencia de la respiración, del vivir, siendo más honda y menos pretenciosa que la de la vista, puede llevar a un inmovilismo conservador ante el mundo que nos envuelve. Desde la vista, el hombre se siente superior a las cosa; desde la respiración se siente casi inferior a ellas. Y otro detalle curioso: nuestra posibilidad de hablar viene del hecho mismo de la respiración: expulsamos el aire articulándolo en forma de sonidos. Pues bien: un himno medieval al Espíritu Santo decía que “enriqueces la garganta con la palabra” (“sermone ditans guttura”).

Si he sabido evocar esa doble experiencia fundante y fundamental, parecerá claro que nuestra plenitud humana reclama el encuentro entre las dos, sin que ninguna ignore o excluya a la otra, pero de modo que ambas se complementen y se controlen.

El Logos expresa, el Tao empapa; el Logos explica lo exterior, el Tao llena nuestro interior. La palabra puede ser superficial, el Tao es necesariamente profundo. Con la terminología cristiana (de Palabra y Espíritu), un autor del siglo II, san Ireneo, decía que ésas son “las dos manos de Dios”. Y será verdad que la Encarnación de la Palabra es el tesoro de Occidente, pero es también verdad cristiana que el Espíritu ha sido derramado “sobre toda carne” (Joel 3; Hchs 2). Por eso, toda auténtica experiencia espiritual humana, nazca donde nazca, procede del mismo Dios a quien confiesan los cristianos y no hay, por tanto, posibilidad de exclusivismos sino más bien obligación de acoger a Aquel que (como el aire) “sopla donde quiere” (Jn 3,).

La teología, y aún más la piedad occidental (tanto católica como protestante) adolecen de un olvido del Espíritu que ha llevado demasiado a tratar de explicar las cosas, más que a vitalizarlas o cambiarlas. Cuando Marx escribe su famosa tesis 11 sobre Feuerbach (“hasta ahora los filósofos han explicado el mundo; lo que importa es transformarlo”) está dando una versión laica de esta misma tesis teológica: el mundo del Logos necesita al Tao (o al Espíritu en lenguaje nuestro).

Más allá de alusiones teológicas, parece claro que Occidente necesita hoy una buena inyección del Tao que devuelva calidad y plenitud humana a su logos, a su razón y a su palabra: porque sin Tao se ha ido convirtiendo en “razón instrumental” y búsqueda del máximo beneficio económico. Aunque también, según me comentó R. Panikkar la última vez que nos vimos en Tabertet, él temía que Oriente esté perdiendo su Tao, contagiado por ese virus occidental del máximo beneficio económico…

La primera globalización que necesitamos es, pues, la del encuentro entre el Logos y el Tao.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Meditación sobre el 13N.


José Ignacio González Faus

Sobre la masacre de París

Escribo estas reflexiones sobre todo para mí mismo: por necesidad de serenarme ante la barbarie del atentado del viernes en París. Temo que muchos no las acepten. Pediría que intenten reflexionarlas antes de condenarlas.

1.- Hay al menos una cosa en la que todos estaremos de acuerdo: los autores de semejante salvajada son unos verdaderos monstruos. Agrava esta constatación el que no se trata de seis o siete monstruos excepcionales sino de decenas o centenas de miles; y sin duda más monstruosos los organizadores que los pobres ejecutores.

2.- Pero no es eso todo lo que cabe decir: porque todos los seres humanos somos capaces de lo peor y de lo mejor: podemos llegar a ser santos pero también podemos llegar a ser monstruos. Y entonces, queda la pregunta: ¿cómo estos muchachos han podido llegar a semejantes niveles de inhumanidad? Al intentar comprenderlo me encuentro con los siguientes datos:

3.- El profeta Isaías dejó escrito que “la paz es fruto de la justicia”. Parece lógico entonces que el fruto de un mundo tan injusto como el nuestro y donde las diferencias entre los seres humanos son escalofriantes, haya de ser, necesariamente, la guerra y la violencia.

4.- Todo ser humano muerto antes de tiempo violentamente, es una tragedia que debe ser llorada. Y no cabe establecer aquí unos muertos de primera clase (que son los nuestros), y otros muertos sin importancia que no merecen ni un día de luto.

5.- Hablando de monstruos, recuerdo un célebre cuadro de Goya: “el sueño de la razón produce monstruos”. Esos monstruos del 13N ¿no habrán sido producidos, en parte al menos, por el sueño de nuestra razón económica? ¿Por esa razón del máximo beneficio, del mínimo salario, de nuestra monstruosa “reforma” laboral, de las jubilaciones de 3 millones para los banqueros, del saqueo del tercer mundo, del lujo, el despilfarro y la ostentación como motores de la economía, del acaparamiento del petróleo y del armamento cada vez mayor, para defensa de ese todo desorden?… ¿Son esos en realidad nuestros verdaderos valores, o los otros a los que apelamos para justificarnos? No cabe olvidar que, en la historia, cuando las cosas se han torcido y no se enderezan a tiempo, acaban llevando a situaciones insolubles, o cuya solución sólo puede venir de un cambio radical de rumbo que sólo puede hacerse poco a poco y a largo plazo.

6.- Según la moral cristiana, todo lo que una persona tiene de más, una vez ha cubierto suficiente y dignamente sus necesidades, deja de pertenecerle y pasa a ser de quienes lo necesitan. La propiedad privada no es un derecho absoluto sino un derecho secundario que sólo vale en la medida en que sirva para realizar “el destino común de los bienes de la tierra” que es el verdadero derecho primario (ver p. e. Populorum progressio n. 22). De acuerdo con esto, muchos emigrantes a quienes rechazamos de mil maneras, no vienen a quitarnos lo nuestro sino a recuperar lo que es suyo. ¿No sería entonces más seguro, en vez de cerrar nuestras fronteras, poner fronteras a nuestra avaricia?

7.- Ignacio Ellacuría hablaba con insistencia de “una civilización de la sobriedad compartida” como única salida para nuestro mundo (él lo formulaba aún más duramente: una civilización “de la pobreza”). El ensueño de un crecimiento constante de la riqueza está destrozando el planeta: en estos momentos destruimos anualmente casi un 50% más de lo que la tierra puede reponer. Por eso, además de las medidas urgentes que haya que tomar ahora (de investigación y protección) ¿no parece imprescindible encaminarnos a largo plazo hacia esa nueva civilización? No creo que ningún cristiano que se oponga a ese proyecto de Ellacuría pueda merecer con verdad el nombre de cristiano.

8.- Ese “desorden establecido” (E. Mounier) o ese “pecado estructural” de nuestro mundo desarrollado, del que nosotros disfrutamos y que otros padecen ¿no será uno de los progenitores de ésos y otros monstruos? Porque cuando el odio se junta con la religión, ésta se corrompe, el odio se potencia y se acaba cumpliendo el sabio refrán latino: “la corrupción de lo óptimo es lo pésimo”. Por eso, dado lo infinitamente manipulable que es el nombre de Dios, es necesario recuperar lo que escribió antaño José A. Marina: la ética nace de las religiones, pero luego éstas deben criticar a la madre: para evitar que algo tan valioso como la fidelidad se confunda con algo tan monstruoso como el fanatismo.

9.- Todo esto debería ayudarnos a no reaccionar con odio, para no entrar en aquella espiral de violencia que tanto temía Helder Camara. Habrá que hacer justicia, por supuesto. Pero sin que llamemos justicia al placer de hacer daño: porque entonces estaríamos poniéndonos al mismo nivel humano que esos monstruos.

10.- Afirman algunos sociólogos que hoy estamos ya, en “la tercera guerra mundial”. Sólo que hoy las guerras se hacen de otra manera, para evitarnos bajar a pelear al campo de batalla. Por eso puede ser bueno concluir recordando que la humanidad ha salido de catástrofes y calamidades aún peores que la que nos amenaza hoy. El pueblo judío, tras el desastre del exilio, donde se sintieron abandonados por Dios, pudo regresar, reconstruir el Templo y preservar su monoteísmo. En el siglo pasado, tras la atrocidad del holocausto y la segunda guerra mundial, la humanidad vivió, según muchos economistas, una pequeña edad de oro. No siempre es posible hacerlo todo, pero siempre es posible hacer algo. Y ese algo, por poco que sea, se convierte hoy, para todos nosotros, en una obligación grave.

Fuente: Atrio

jueves, 9 de julio de 2015

La antieuropa.


José Ignacio González Faus

“Europa no habla griego, que habla gringo”. Este viejo verso de J. Bergamín viene hoy como anillo al dedo. Gringo es la palabra que sirvió para designar lo peor de EEUU, cuando se corrompió el primitivo e ilusionante “sueño americano” convirtiéndose en sueño imperialista.

Que Europa renunciara a explicitar sus “raíces cristianas” podía ser comprensible por respeto a la pluralidad. Lo terrible es que, con esa renuncia aparentemente laica, Europa ha abandonado sus raíces europeas. La “libertad-igualdad-fraternidad” se ha convertido en otra troika llena de “pes”: “Propiedad-Prisas-Pensamiento único”.

La única libertad es la que da el dinero. Ese enriquecimiento buscado cuanto antes y a toda velocidad, es lógico que aniquile toda igualdad. Y, para defender esa doble meta, un pensamiento único económico que amordaza todas las diversidades asesinando cualquier atisbo de fraternidad. El mejor ejemplo de ello es la conducta de Europa con Grecia, que economistas de la talla de Vicenç Navarro califican de “terrorismo financiero”. La Antieuropa.

Grandes economistas del momento (Krugman, Stiglitz, Piketty o, en España, V. Navarro y Torres-López) sostienen que el problema de Grecia es más político que económico. Algo de eso sugiere este dato poco publicado: entre tantos recortes impuestos a Grecia, nunca se le pidió una reducción del gasto militar (excesivo además en aquel país). ¡Parecía elemental! Pero resulta que Alemania y Francia son los mayores vendedores de armas a Grecia… Syriza ha sido el primero en hacer esa propuesta, enemistándose así con los militares griegos. ¡Qué curioso!

El problema es político no económico. Y creo que se reduce a este dilema: por un lado, Europa no quiere que Grecia salga del euro: no por razones de solidaridad, sino porque eso daría la razón a quienes criticaron, como precipitada y economicista, la creación de la moneda única antes de tiempo. Por el otro lado, Europa no puede tolerar que posturas contrarias a esa política de “austeridad para los más pobres” y sin poder devaluar la propia moneda, acaben triunfando y dejen en evidencia todos estos años de dictadura financiera, donde otros gobiernos dóciles revestían su cobardía de obediencia (como en las peleas de niños en los colegios)…

Este es el problema europeo: político más que económico. Syriza no puede triunfar de ningún modo, porque eso sacaría los colores a ocho años de neoliberalismo cruel. Por tanto, es necesario desacreditarlo y humillarlo, negando incluso voz y espacio a tantos que piensan como ellos y sustituyendo toda argumentación por esos calificativos de “ligereza”, “irresponsabilidad”,… tan bien sonantes como mal aplicados. Por otro lado, si Grecia sale del euro, habrá de parecer que es puramente una absurda decisión suya, contraria a la voluntad europea. De ahí la bajeza moral del señor Junker proclamando que el referendum convocado por Syriza era para salir o quedarse en el euro. ¡Por favor!

Sin llegar a tanto, se objeta que los griegos no son capaces de decidir sobre algo tan complicado. ¡El mismo argumento que dieron los gobiernos europeos para la que constitución (o el tratado de Lisboa) no fuese votado por los pueblos sino por los parlamentos! El mismo argumento que, a comienzos del pasado siglo, se esgrimía para oponerse al sufragio popular y al voto de la mujer: “en democracia sólo pueden votar los que están capacitados”. Y daba la casualidad de que esos “capacitados” eran sólo los poderes económicos. Aunque luego, esos tan entendidos se sorprendan al saber que EEUU les estaba espiando, y llamen a sus embajadores y todo. Sorpresa ¿por qué? Se trata de algo que era una evidencia para cualquiera que sepa lo que son los actuales EEUU, que ya no conocen socios ni amigos, sino sólo lacayos de sus intereses imperialistas.

Añadamos que lo expuesto es la visión de los moderados. Otros más radicales o inclinados a ver conspiraciones en todas partes sostienen (en la línea de Naomi Klein), que una vez Grecia esté fuera del euro, los especuladores financieros comenzarán a crear problema parecidos en Portugal, en Italia, España… hasta que vayan saliendo del euro todos los “cerdos” (PIGS: Portugal, Italy, Greece, Spain…) y quede por fin con un “euro ario” para todos los que son por naturaleza superiores. No sé si es así, pero así corre. Y “se non è vero, è ben trovato”.

Europa ha sabido siempre que la deuda de Grecia era impagable; más imposible resultaba entonces la imposición de pagar la deuda y, a la vez, reactivar la economía. Europa sabe también que la mayor parte de las “ayudas” dadas a Grecia, no se quedaban allí sino que eran para pagar a los bancos europeos, alemanes sobre todo. Era evidente que así nunca se resolvería el problema griego, ni aunque la economía despuntara. Quizá por eso no se permitió hacer una auditoría de la deuda que, en buena parte, es ilegítima e injusta, y situarla en sus justos límites como supo hacer Ecuador (ganándose las iras de todas las voces oficiales). Había que evitar que cundiera el ejemplo de Ecuador.

Estas líneas no buscan disculpar a Grecia que tiene también sus culpas ya suficientemente expiadas por los que menos culpables eran (niños, ancianos, enfermos…). Tampoco tratan de justificar todas las decisiones de Tsipras en una partida de ajedrez tan difícil, contra enemigos más fuertes. Sólo intento expresar mi vergüenza por la reacción de Europa ante esa Grecia culpable, muy distinta de cuando Alemania y Francia se saltaron el techo de déficit sin que pasara nada ni se apelara a eso de que “los compromisos hay que cumplirlos”.

Miguel Delibes terminó su discurso de entrada en la Academia, citando una canción:“paren la tierra, quiero apearme”. Yo quisiera decir: paren esta Europa que quiero bajarme.

P.S. Se ve así la dificultad del próximo referendum: Grecia se parece a la mujer que sólo tiene dos salidas: rendirse y entregarse aceptando ser abusada, o negarse al abuso abocándose a morir torturada. Conociendo la pasta humana, lo normal es que triunfe la primera hipótesis, por triste que sea.

Fuente: Atrio

jueves, 31 de julio de 2014

"El capitalismo es una religión sólo de culto: sin dogmas ni moral"


"Todas las funciones que antaño desempeñaba Dios las desempeña hoy el dinero"

"Nuestro sistema es incapaz de crear empleo y reparte injustamente la riqueza y los ingresos"


José Ignacio González Faus

El dinero como Dios

Hace casi cien años,Walter Benjaminredactó una nota titulada “Capitalismo como religión”: el capitalismo funge religiosamente porque se presenta como “experiencia de la totalidad”. Pero es una religión sólo de culto: sin dogmas ni moral. Ese culto se lleva a cabo mediante el consumo, empalmando con la tesis marxiana de la mercancía convertida en fetiche mientras al trabajador se le convierte en mercancía. Es además una religión de culto continuo en la que todos los días son “de precepto”. Y de un culto culpabilizador (en alemán Schuld significa a la vez deuda y culpa: por eso, según Benjamin, vivir con una deuda equivale a vivir con una culpa. Curiosamente en el arameo de Jesús sucedía algo parecido: la palabra schabq significa a la vez el perdón de los pecados y la remisión de las deudas).

2.- Toda religión tiene un dios. Hacia 1936, Keynes, en su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, habló del dinero como dios: todas las funciones que antaño desempeñaba Dios las desempeña hoy el dinero. Keynes subraya que no habla simplemente de la riqueza sino del dinero contante y sonante (la liquidez), que permite la disponibilidad inmediata y la especulación. Ese dinero: a) da seguridad y garantiza el futuro: valen de él aquellas palabras del salmista: “te amo, Señor, tú eres mi roca, mi fortaleza”. b) Da seguridad porque es todopoderoso y omnipresente: no hay nada que no pueda conseguirse sin él Finalmente c) el dinero es fecundo: en el capitalismo financiero el dinero ya no se usa como medio para crear riqueza sino que él mismo produce más dinero: “especular resulta entonces más lucrativo que invertir” (por eso los Bancos ya no dan créditos). A todo ello podríamos añadir d) que hoy que el dinero también es invisible, como Dios, a pesar de su poder y su omnipresencia. Resumiendo: si el dinero es el último punto de referencia, bien se puede hablar de él como “el ser necesario” (clásico término metafísico para designar a Dios).

3.- Todo eso pone de relieve la no-neutralidad del dinero que ya no es un mero instrumento práctico de intercambio, como pretenden los teóricos neoliberales. Plantea además una pregunta muy seria sobre la legitimidad del préstamo a interés, cuya historia tiene tres etapas: a) Tanto en la Biblia como en el mundo grecolatino era considerado inmoral: Aristóteles calificaba la usura como el más bajo de los vicios, comparándola al proxenetismo que aprovecha la necesidad del otro para el enriquecimiento propio. Si pido prestado un kilo de patatas no es lícito que me obliguen a devolver kilo y medio. ¿Por qué habría de ser lícito si pido dinero en vez de patatas?

b) En los albores del capitalismo, el dinero se convierte en una ocasión para crear riqueza: si te presto un dinero evito comprarme con él un campo que podría cultivar, o montar una pequeña industria. En ese sentido el préstamo me priva de un beneficio y parece legítimo que, al devolverlo, se me dé alguna compensación por esa ganancia perdida.

c) Con la economía especulativa financiera, la cosa vuelve a cambiar: el dinero ya no es una oportunidad para que yo cree riqueza, sino que él mismo es fecundo: con menos riesgos y con porcentajes de ganancia más altos. Eso será una gran mentira, pero “funciona” hasta que estalle la crisis. Pues bien: así como, en los comienzos del primer capitalismo no se vio que el préstamo a interés cambiaba de significado y siguieron prohibiendo, así ahora tampoco se ve que, en el capitalismo financiero, el interés vuelve a cambiar de significado, y se lo sigue permitiendo. Según la tesis de Benjamin del capitalismo como religión de culpa, ahora el interés viene a ser respecto del préstamo lo que es la penitencia respecto de la culpa.

Dejemos ese problema para el futuro y volvamos a Keynes. De lo antedicho deduce él que nuestro sistema tiene dos grandes defectos: es incapaz de crear empleo y reparte injustamente la riqueza y los ingresos. ¿Dos defectos o dos desautorizaciones totales?.

4.- Todo lo antedicho nadie lo percibió con tanta claridad como Lutero, cuando ya iba amaneciendo el capitalismo. Creer en Dios es confiar en Él, pero nosotros hemos sustituido la confianza por el culto: confiamos nuestro futuro al dinero, y a Dios le hacemos procesiones y templos que “no llegan hasta el cielo”. Por eso, en su Gran Catecismo, Lutero trata del dinero al comentar no el séptimo mandamiento sino el primero: porque el dinero es “el ídolo más común en la tierra”. Según Lutero, la comunidad cristiana debería ser un ámbito donde no rigen las leyes de la economía monetaria. Los cristianos deberían manifestar al Dios verdadero con su conducta en cuestiones económicas. Por eso añade: “siempre he dicho que los cristianos somos gente rara en la tierra”. Pero esa rareza permite comprender que la frase de Jesús (“no podéis servir a Dios y al dinero”) tiene una traducción laica bien clara: no podéis servir al hombre y al dinero.

martes, 15 de abril de 2014

Abusar de Dios.


José Ignacio González Faus

Hay en la Biblia unas páginas menos conocidas, que presentan el dolor humano con una intensidad dramática y belleza expresiva pocas veces alcanzadas. Son las llamadas“Lamentaciones”, atribuidas antaño a Jeremías pero no suyas. Y cantan la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, conjugando imágenes de orfandad con las de abuso, maltrato o violación de la mujer querida, madre, novia o esposa.

Algunas expresiones son dignas de la Ilíada, aunque la obsesión por componer en forma de acróstico obliga a repeticiones y frases de relleno que diluyen su belleza: “Jerusalén ha quedado viuda, se pasa las noches llorando, ha perdido toda su hermosura… A las criaturas se les pega la lengua al paladar de pura sed; sus jóvenes con venas como zafiros están ahora más negros que el hollín y nadie los reconoce; manos de mujeres delicadas cuecen a sus propios hijos y se los comen… El gozo del corazón se ha vuelto duelo. Y Dios se ha envuelto con nubes para que no le alcancen mis plegarias”...

Más allá de consideraciones literarias impacta la relación de los autores con Dios. El pueblo se sabe pecador y lo reconoce; llega a confesar que había tomado el amor de Dios como patente de corso para hacer lo que le diera la gana: como Dios nos quiere y está de nuestra parte, Jerusalén nunca será conquistada: “ni los reyes ni los habitantes del orbe creían que un enemigo lograría entrar por las puertas de Jerusalén”… “Tus profetas ofrecían visiones engañosas y falsas”. Hasta que tamaña ceguera fue desenmascarada por el impacto de aquel primer holocausto.

Pero, aun con ese reconocimiento, la tragedia ha sido tal y está descrita con tanto dramatismo que lleva al autor a preguntarse si la justicia de Dios no será excesiva y hasta cruel, por el castigo que les ha enviado: “El Señor ha clavado en mis entrañas todas las flechas de su aljaba; ¿es que tu cólera no tiene medida?”. A pesar de esa duda, las Lamentaciones recobran fuerza para acabar con un acto de confianza y esperanza en Yahvé: “su misericordia no termina, su compasión no se acaba y su fidelidad se renueva cada mañana”.

Ahí está encerrada toda la antinomia y la grandeza de la fe judía, a la que Jesús vendrá a añadir un dato decisivo. La muerte de Jesús, a quien “nadie podía argüir de pecado” (Jn 8,46), no puede ser vista como castigo de Dios, ni como enviada por Dios. Desde ella, tampoco la caída de Jerusalén debe ser vista como castigo enviado por un Dios justiciero. Simplemente obedecen ambas a dos leyes de esta historia, a la que Dios respeta y en la que no interviene como un agente más intrahistórico.

Lo que le ocurrió a Jerusalén es que abusó tanto de su situación privilegiada que acabó perdiéndola (“tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe”). Y lo que ocurrió a Jesús es lo que expresa otro refrán posterior (“quien se mete a redentor sale crucificado”): en este mundo injusto y criminal, nadie lucha a favor de las víctimas y denuncia a sus opresores sin que acabe desatando una reacción en contra, tan desesperada como disfrazada de honorabilidad.

Lo que algunos biblistas califican como “el principio de Caifás” (aludiendo a Jn, 11,50: “vale más que muera ese hombre para que nos salvemos nosotros”) rige casi toda la política humana. Ambos son principios de sabiduría histórica con los que tropezamos cada día en la práctica.

Pero, al margen de esos principios, situada la pasión de Jesús en el contexto de las Lamentaciones, cambia en buena parte la imagen veterotestamentaria de Dios: Jesús sabe que Dios no le envía su pasión, aunque debe respetar que Dios no intervenga en esta historia “enviando legiones de ángeles” (Mt 26,54) a salvarle, como esperaría la piedad veterotestamentaria. Sabe también que, a pesar de ese silencio de Dios, puede confiar en su amor y encontrar en Él la fuerza para morir exclamando: “Padre, en tus manos pongo mi vida”. Ello le da fuerzas incluso para morir perdonando sin esperar un castigo vengador de Dios sobre sus verdugos.

Para un cristiano puede resultar bueno estos días leer las Lamentaciones del Antiguo Testamento junto con la pasión. Y de paso preguntarse si nosotros tenemos hoy un peligro similar al de los antiguos moradores de Jerusalén: convertir el amor de Dios en una especie de seguro del que podemos usar y abusar; patente de corso para mil autoengaños y caprichos, que hacen del Dios-Amor un Dios consentidor, cuando el amor siempre es exigencia de más. Una experiencia ya larga enseña que quienes entienden así el amor de Dios se quedan en cristianos enclenques; mientras que quienes reconocen la exigencia que Dios supone, maduran hasta ser personas fuertes.

Nuestro dilema como creyentes es éste: todo ser humano puede (y con frecuencia suele) abusar del amor. Y Dios es amor pero no por eso es (como se formula hoy) “un Dios a la carta” o a la medida de mis deseos. No es un Dios opresivo, de ningún modo, pero tampoco es un Dios permisivo. Por eso acaba resultando para todos un Dios subversivo.

viernes, 22 de marzo de 2013

Carta a los medios de comunicación sobre el nuevo Papa.


por José Ignacio González Faus
Teólogo

Tengo mis quejas contra los medios de comunicación: me han traicionado algunas veces, creo que también ellos son servidores del Capital y que, por tanto, el buen titular o la defensa de la propia ideología pasarán por delante de la verdad; lo que engresca les gustará más que lo que construye; y muchas veces compiten indignamente porque parece que más importante que comunicar una verdad es ser el primero en hacerlo, o darla en exclusiva.

Pero: creo que los medios tienen sus derechos que debo respetar, conozco mucha gente honrada y encantadora que trabaja en ellos y que son también conscientes de lo que digo. Y además, aunque no pretendo compararme con Casillas, suelo decirme que al que no le marcan goles o no se lesiona, es señal de que no juega. Y el juego de construir la historia (el “poema de Dios” que dice la carta a los efesios) es uno de los más dignos, más apasionantes y más cristianos.

Dicho esto pido perdón porque estos días he procurado rehuir el aluvión mediático. Simplemente necesitaba tiempo para interiorizar, situarme y aclararme yo mismo. Ahora, si alguien quiere saber algo de mi opinión, lo encontrará en estas páginas que van dirigidas a todos sin exclusivas ni derechos de propiedad privada. Y aquel a quien no le interese (que sería lo más lógico) ya puede pasar a otra cosa.

Cuenta uno de los primeros biógrafos de Ignacio de Loyola que cuando, en una sobremesa, se enteró del nombramiento como papa de Pablo IV, se le demudó la cara y se puso pálido (Ignacio y Caraffa habían tenido antes más de dos pequeños encontronazos; y Pablo IV hizo muy difícil la vida a la naciente Compañía de Jesús). Discretamente Ignacio salió de la sala; y al cabo de un cuarto de hora regresó sonriente y con el rostro pacificado. Se supone que había ido a rezar.

Cuento la anécdota tanto para los que ayer se quedaron pálidos como para los que irradiaban alegría: que los hay de las dos clases por lo que ahora diré. Y aprovecho para decir a ambos grupos que ni hay que desengañarse del Espíritu Santo ni hay que buscar en él unas seguridades que son mucho más supersticiosas que creyentes. Dios sólo interviene en la historia respetando nuestra libertad y contando con nuestra respuesta libre. Y esa respuesta sabemos de sobra por dónde ha de ir: por el respeto mutuo dialogante, por el amor fraterno y por negar la primacía al propio interés. Sin el empeño en ir por ahí, no habrá Espíritu que sople (o soplará un espíritu no precisamente santo).

Casi no conozco personalmente a Bergoglio. He oído infinidad de cosas sobre él, positivas y negativas. He esperado a ver qué saben los medios de él, y he visto que prácticamente todo lo que yo pudiera decir ya es conocido. Lo cual me confirma que es muy sabia la frase de Jesús que tanto molesta a muchos eclesiásticos: “lo que oís en los oídos predicadlo sobre los tejados” porque, a la larga, “no hay nada tan encubierto que no acabe conociéndose” (Mt, 10,27.26).

Por eso resumiré, un poco simplificadamente, diciendo que los temores vienen de su época de jesuita y las esperanzas de su época de arzobispo. Sus relaciones con el antiguo general Kolvenbach fueron muy tirantes, dividió la provincia argentina en dos bandos aún no del todo reconciliados: dicen que es un hombre con una increíble capacidad de seducción, pero con una pasión de poder que le vuelve terriblemente duro con los que no van por su línea. El jesuita húngaro-argentino Franz Jalic ha escrito cosas que, precisamente por el enorme respeto con que están escritas sin citar nunca su nombre (habla sólo de ”una persona”) y por el inmenso sufrimiento que comportaron, no pueden ser pasadas por alto. También porque, según me contaron, la única vez que volvieron a verse los dos después de todo aquello, muchos años después y en Alemania, se fundieron en un largo abrazo donde no faltaron lágrimas.

Yo no puedo garantizar como testigo ocular la verdad de todas esas críticas y otras parecidas; pero creo que si el papa Francisco toma en serio lo que tan bien dijo ayer: “antes de bendeciros os pido que me bendigáis vosotros a mí”, aceptará también que “antes de hablaros yo quiero escucharos a vosotros”: porque saber lo que se piensa de uno, puede ser un dato muy útil a la hora de actuar, en vez de pensar que la verdad sobre mí es sólo aquello que yo pienso de mí.

Y así pasamos a lo positivo: han corrido por ahí todos esos datos del arzobispo que viajaba siempre en metro o en autobús, que cuando tenía un cura enfermo iba él a visitarle, le preparaba a veces la comida o le suplía en trabajos parroquiales, que tronó contra la injusticia y la miseria del mundo. Y es cierta la anécdota de que, la misma noche en que fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, sonó el teléfono (supongo que de alguien que querría felicitarle) y al descolgar dijo más o menos: “perdone que ahora me estoy haciendo la cena, si fuera tan amable de llamar media hora más tarde”.

Y las positividades continúan en su presentación de ayer: ya he evocado lo de “antes de bendeciros habéis de bendecirme vosotros a mí” que, lógicamente, debe ser extendido más allá de la plegaria. Pequeño detalle, pero indicio de sensibilidad, fue el dirigirse al pueblo como hermanos “y hermanas”, cuando la congregación de liturgia todavía pretende que digamos que Jesús entregó su vida sólo por todos “los hombres”, sin enterarse de cómo ha cambiado el significado de esta palabra. Significativo teológicamente el designarse por dos veces sólo como “obispo de Roma”… Y añadamos el potencial simbólico del nombre: porque Francesco no fue sólo el que, en los albores del capitalismo naciente, se quitó la ropa ante su padre negociante y el arzobispo, para “seguir desnudo al Jesús desnudo”. Fue también el que, en la era en que la Iglesia hacía cruzadas “contra los moros”, se embarcó alocadamente como pudo para ir a dialogar con el sultán.

Y fue finalmente el que, ante la visión de una ermita casi en ruinas, siente la llamada de Dios que le dice “repara mi Iglesia que se cae”. Si el nombre de Francisco incluye las tres cosas, no puede estar mejor elegido.

Vamos pues a tener una paciencia esperanzada: dejando para otros momentos nuestra necesidad de aplaudir y aclamar (porque las multitudes, ya se sabe, son idólatras por naturaleza y así se falsifica la comunidad), y dejando para otros momentos nuestras desesperanzas. Vamos también a ver si, aprovechando estos episodios, los católicos abandonamos la papolatría (o el papa-natismo): Jesús escogió a un Pedro, intuitivo y con innegable madera de líder según parece, pero cargado de defectos que los evangelios nunca ocultaron. Y le mantuvo aunque Jesús tenía más derecho que nosotros a decepcionarse. Porque si la Iglesia necesita (como yo creo) un ministerio de unidad, es precisamente porque todos somos solidariamente responsables de ella y en ella. De lo contrario, si no hubiera más que un responsable, no haría falta ningún ministerio de unidad.

No sé decir más, y perdonen aquellos a quienes he dado carpetazo. Uno también necesita su tiempo.


Fuente: sicsemanal

sábado, 2 de junio de 2012

Las nuevas catedrales.


Jaume Patuel

Ya es bien sabido por todos que estamos en crisis. Así pues, si la radio o la televisión nos generan angustia, cambiamos de programa. Lo mismo ocurre con la prensa, de la que nos quedamos tan sólo con las páginas que nos interesan. Siempre a vueltas con la misma cantilena, por lo que la machaca es perversa, intencionada, pero no con la finalidad de “informar”, sino de “manipular las mentes”. En el fondo, aunque nos cueste asimilar, estamos en una crisis cuyas causas son existenciales: el papel de la angustia en la financiación. La angustia de la existencia sin lo necesario.

Nos encontramos ante una nueva religión que creemos que nos salva: el neoliberalismo. Las otras religiones o alternativas por el momento han desaparecido o no son ya tan fuertes ni manifiestas. Y para rendir culto a esta nueva religión el sistema capitalista ha montado sus nuevos ritos y lugares. Los nuevos lugares, o nuevas catedrales son esos grandes y lujosos edificios, altos, de muchos pisos. Eso sí, bien custodiados por la paranoia que padecen. Ahora tras el 11-S, se aplican más que nunca “controles a doquier”. Como cuando ocurre después de padecer robos en otros edificios, las anécdotas o las historietas que se cuentan son muchas, pero eso sí, todas ellas se caracterizan por la inteligencia propia de los que se atreven a actuar contra el sistema. Como no todo el mundo puede ir a las Nuevas Catedrales puesto que las entradas están controladas, sus sucursales; iglesias o capillitas, las hay por doquier.

Y todo ello con luces, día y noche, para no perdernos en las oscuridades. Con sus taquillas para no tener que hacer más colas. Y así creernos que “La atención al cliente” es de verdad, cuando lo único que se refuerza así es la incontinencia. Asimismo en este sistema se impone la rotación de personal para no establecer vínculos afectivos que puedan estropear las confesiones o las confidencias. La confianza por tanto se ha perdido. Poco importa para el sistema. En su lugar se erige la coacción. La visión mundial de la salvación o sea de llenar las arcas, ya no tiene fronteras geográficas. Las limosnas no son voluntarias, no nacen de la gratitud, la solidaridad o la compasión, sino que son obligatorias, necesarias, como lo es el mantenimiento de la libreta, uno de los nuevos actos repetitivos de culto. Y como ocurre sin consulta previa, como si de un nuevo dogma o encíclica se tratara, la limosna o aportación sube el 75ª de golpe para las obras sociales [...] Y si no se quiere aportar, “se sale uno de esa capilla o iglesia” a realizar una peregrinación, cuyo fruto es baldío. Acaba siendo una pérdida de tiempo. Y como el tiempo es “oro” […] se deja por impotencia porque uno sale perdiendo económica, psíquica y físicamente.

Traigo a colación un texto extraído del pliego de la revista católica Vida nueva, del 21 a 27 de abril, del presente año, cuyo número es el 2.797. El autor es un jesuita, José Ignacio González Faus, responsable del Área teológica de Cristianismo y Justicia, sito en Barcelona, y a la par, profesor emérito de Cristología del Instituto de Teología Fundamental de Sant Cugat del Vallés (Barcelona). El título es Vivir en el lío. Carta a Don Mariano Rajoy,presidente de gobierno del Estado Español. Dice así:

“Pero dejemos las alusiones bíblicas, y fíjese solo en este dato: ningún político se atreve a enfrentarse con los bancos (que se han ido convirtiendo en los grandes depredadores de nuestra época), ni aunque Obama haga lúcidos discursos inflamados contra la avaricia de Wall Street: porque los políticos saben bien que los bancos pueden hundir a cualquier país. Esa amenaza bastó para perdonarles en vez de juzgarles cuando estalló la pasada crisis económica; y esto lo hizo tanto Zapatero, que decía ser de izquierdas, como Sarkozy o Usted …que son de derechas, Y aún sin llegar a tanto, en un tono menor, los bancos tienen mucho que ver en la financiación de los partidos y de las campañas electorales. Dicho un poco a lo bestia: temo que algunos bancos acaben siendo en Europa algo así como el narcotráfico en América Latina”.

Y el párrafo anterior iba precedido de este: “Hasta los papas (que no son precisamente teólogos de la liberación) se han cansado de repetir últimamente que la economía debe estar al servicio de la política y no al revés. Pues bien, la impresión hoy dominante es que la política se reduce casi solo a estas dos cosas: ser esclava de la economía y proclamar mentiras que disimulen esa esclavitud. Cuando oigo o leo esta opinión (que comparto bastante), me acuerdo siempre de cómo define a Satanás el cuarto evangelio: “Homicida y mentiroso”.

Creo que González Faus habla con claridad y mucha lucidez. Todo ello no quita que surja la impotencia e indignación ante esta realidad, que tanta angustia existencial genera. De esta forma los miembros de esas capillitas o iglesias e incluso de las grandes catedrales no dejan en el fondo de ser súbditos, es decir, no pueden opinar ni decidir, sino sencillamente cumplir órdenes, vender productos financieros y muchas veces hacerlo de forma engañosa. Para darnos cuenta de ello sólo es necesario hablar con esos “ministros” angustiados, perseguidos por la culpa, cuando se sinceran con el cliente prudente.

Ante este panorama de realidad, hay que aprender a recurrir o hacer emerger los propios recursos psíquicos, tanto los cognitivos, como los conductales y no digamos los afectivos o emocionales, para que estos últimos no bloqueen la personalidad y así poder superar la angustia y buscar las soluciones que se puedan. Pero el encontrar que un ministro de una iglesia, que cumple órdenes con toda la frialdad posible, le diga (o le pida un acto de fe ciega) a una persona creyente de ochenta años que el dinero es de él, que no lo perderá pero que ahora no se lo puede entregar, es suficiente para tener un ataque de angustia, pero de angustia real, no neurótica ni psicótica.

¿Qué nombre se tendría que poner a ese modo de salvar, tratar a las personas? ¿Sectarismo, lavado de cerebro o intento de homicidio psíquico?

Fuente: ATRIO

lunes, 13 de febrero de 2012

Dios mío ¿Dónde estás? No me oyes para remedio de tus pobres” [Homenaje a Gustavo Gutiérrez]



(Fuente: Blog de Cristianismo y Justicia | Autor: José Ignacio González Faus) Sin muchos preámbulos quisiera, en este homenaje, señalar cuatro rasgos que pueden resumir la aportación teológica de Gustavo Gutiérrez.
1.- No hay salvación sin trabajo por la  liberación.
El primer rasgo es haber planteado desde el principio el problema de las relaciones entre liberación histórica y salvación ultrahistórica. Un cristianismo desfigurado había reducido la fe a una esperanza en el más allá, donde el más-acá de nuestra historia sólo servía para merecer o comprar el billete de ese más allá. Semejante cristianismo chocaba con la pregunta central de Gustavo: “¿cómo hablar de un Dios Padre a aquél que ni siquiera es hombre?”, volviendo casi imposible la evangelización de los pobres que es distintivo de la misión de Jesús (Mt 11,5; Lc 4,18). Y además, desfiguraba y desvalorizaba la Resurrección de Jesús cuya enseñanza es que la salvación escatológica ha de ir gestándose y anticipándose ya en esta historia. De este tema que Gustavo planteó ya en su primera Teología de la liberación, brotó después el lema tan extendido en una América Latina asolada por la injusticia: “sin in-surrección no ha re-surrección”.
2.- De “la fuerza histórica de los pobres” a “Los pobres de Jesucristo”
La primera expresión es título de otra de las obras primerizas de Gustavo. La constatación de una fuerza histórica de los pobres podía ser un dato de la situación de aquellas horas. Pero es evidente que esa fuerza histórica se desvaneció poco después por la reacción del imperio del dios Dinero. Gustavo pasó entonces a hablar de “los pobres de Jesucristo” en el título de su espléndida obra (quizás la mejor) sobre Bartolomé de Las Casas. La fuerza teológica de los pobres compensó su pérdida de fuerza histórica. Con ello se dio relieve a otra de las tesis más decisivas de la teología de la liberación: que el problema de los pobres y la eliminación de la pobreza no es meramente un problema ético: es primariamente una cuestión cristológica y por tanto también un asunto teologal en el que nos jugamos la verdad de Dios o la idolatría. Por eso, cuando más tarde aprovechando la caída del Este, se lanzó la pregunta capciosa de qué queda de la teología de la liberación, el obispo Casaldáliga pudo responder sencillamente: quedan los pobres y queda el Dios de los pobres. O sea: queda todo.
En este punto quizá se estudie algún día la influencia de Guamán Poma en algunas formulaciones de Gustavo. Sospecho que el estudio valdría la pena. Yo me limito a sugerir una comparación entre dos canciones “de iglesia”: a) el himno final de la misa salvadoreña canta: “cuando el pobre crea en el pobre… construiremos la fraternidad” y podremos cantar libertad etc. b) En cambio, otra conocida canción de la época (“Pequeñas aclaraciones”), parte de un presupuesto similar (cuando el pobre nada tiene y aún reparte, cuando un hombre pasa sed y agua nos da…), pero no deduce de ahí ningún pronóstico histórico sino un juicio teológico: no se dice que entonces construiremos nada sino que “va Dios mismo en nuestro mismo caminar”. Con ello, otra vez, la teología y la praxis de la liberación se convierten en experiencia espiritual.
Esa es la fuerza teológica de los pobres. Y ya que hemos citado a Las Casas, completemos diciendo que el gran dominico no sólo es ejemplo por su defensa profética de los derechos de los oprimidos (y más si son oprimidos en nombre de Dios), sino también por su concepción de la evangelización (ésta sí que verdaderamente “nueva”): porque “Cristo concedió a los apóstoles solamente la licencia y autoridad de predicar el evangelio a los que quieran oírlo; pero no la de forzar o inferir alguna molestia o desagrado a los que no quisieran escucharlo”. Y, a su vez, “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo”,
3.-  “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”
Esa fuerza teológica de los pobres se despliega en el título de la obra quizás más conocida de Gustavo. Se trata de un breve comentario al libro de Job, que evoca el espléndido verso de César Vallejo (“Dios mío estoy llorando el ser que vivo”), gran poeta peruano muy citado en esta obra. Gustavo pone de relieve cómo toda teología que pretenda hablar y especular sobre Dios al margen del dolor de este mundo (sobre todo del dolor injusto) se convierte en un lenguaje comparable al de los amigos de Job, “consoladores inoportunos” e intachables “ortodoxos” de un dios falso, al que creen poder defender a costa del sufrimiento de su amigo. Pero con ello no hacen más que ofender a Dios, hablar falsamente de Él y convertir su presunta ortodoxia en una blasfemia, hasta verse desautorizados por el mismo Dios al final del libro. En cambio Job, protestando contra la injusticia que se comete contra él, es un testigo más veraz de Dios que todos los que “se acostumbran” a esa injusticia. Esa injusticia le ayudará a salir de sí y de su dolor ante el drama del sufrimiento injusto del mundo, a comprender que no hay nada que justifique el dolor injusto de un ser humano.
Con delicadeza y buenas palabras, creo que pocas veces se ha dado un aviso tan serio a toda esa teología meramente académica que se está queriendo revitalizar entre nosotros a raíz de la involución eclesial y que, so capa de ortodoxia, está elaborando una idolatría o una reflexión sobre un dios falso. Y deja planteado a la Iglesia el más decisivo de todos sus problemas: el de la identidad de Dios, deformada tantas veces por los creyentes y causa (según Vaticano II) de buena parte del ateísmo moderno. Conocer a Jesús es seguir a Jesús han dicho con frecuencia los teólogos latinoamericanos. Y hablar de Dios implica un “practicar a Dios” según expresión de Gustavo. Job es llevado a una experiencia de  gratuidad que le deja desconcertado ante su propio dolor, pero le mueve proféticamente a trabajar contra todo el dolor del mundo. Teología y santidad (como la justicia y la paz) se besan para Gustavo.
4.- Fidelidad eclesial.
Por desgracia, como no podía ser menos, Gustavo se vio denostado y perseguido por una curia romana cada vez más ciega y que pretende articular en todo el episcopado mundial una confirmación de su ceguera. No ha sido el único en nuestro hoy ni en nuestro ayer: ciñéndonos al ámbito hispanohablante ¿habrá que evocar que santos y doctores de la Iglesia, como Juan de Ávila, Teresa de Jesús, Luis de Granada o el arzobispo Carranza, vieron puestas en el Índice de libros prohibidos algunas de sus obras y soportaron dificultades con la inquisición?. Pero lo que aquí merece ser destacado es la fidelidad y ejemplaridad de la reacción de Gustavo, en medio de dolores absurdos que sólo él conoce. He evocado otras veces cómo en Madrid, en un congreso de teología, ante preguntas capciosas que pretendían plantearle una opción entre la Iglesia y los pobres, Gustavo se negó a aceptar el dilema y confesó que él amaba a esta iglesia pecadora “con un amor de antes de la guerra”. Buen punto de referencia para muchos que hoy han compartido su mismo destino crucificado. Y buena lección histórica sobre la fecundidad del seguimiento crucificado de Jesús de Nazaret, que confirma lo que ocurrió con Lagrange, Rahner, Congar, De Lubac… y otros mártires de la teología del preconcilio Vaticano II, reivindicados luego en el concilio.
Las peripecias y los vericuetos de esa fidelidad (que necesitó también la astucia de las serpientes sin perder la sencillez de las palomas) no son para ser evocados aquí y son suficientemente conocidos. Sólo una palabra de gratitud para los hijos de Santo Domingo que salvaron para la Iglesia esta pequeña joya y permitieron a Gustavo convertirse en hermano de su querido Bartolomé de Las Casas.

Sobre la fuente citada en el artículo


"Lupa" es una revista cristiana, progresista y ecuménica, de teología, opinión y cultura que se edita desde Barcelona (Catalunya). Este artículo ha sido escrito por la fuente citada en su contenido.