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miércoles, 1 de mayo de 2019

Teólogos desde la vida y discípulos del pueblo santo de Dios.

"Los teólogos tienen que imitar a Francisco y fajarse en la arena de los medios de comunicación de masas. No escapar de ellos, sino buscarlos"


"Sin revanchas, pretenden darle la vuelta a la tortilla teológica tanto tiempo dominada, sin admitir pluralismo alguno, por parte de Ratzinger y de su nutrida escuela"


"El pueblo huele autenticidad en Francisco, pero el funcionariado clerical, la casta farisaica, le impide degustar a Papadios y aspirar el perfume de la nueva primavera evangélica"





Tuve la fortuna de compartir cuatro intensos días en Puebla (México) con 45 teólogas y teólogos de América Latina, USA, Quebec y España, reunidos en el Tercer Encuentro Iberoamericano de Teología. Una experiencia de profunda comunión, de gran profundidad intelectual y humana, en un ambiente de cordialidad y amistad, de intercambio y de unidad en la diversidad.

Un encuentro que fue posible, gracias a la generosidad de dos universidades jesuitas: El Boston College, que corrió con los gastos del viaje y la Universidad Iberoamericana de Puebla, que costeó la estancia de los participantes y puso a su disposición sus instalaciones. En un espléndido ejercicio de comunión de bienes.



Un Encuentro que hicieron posible un equipo motor, integrado por el teólogo laico venezolano, Rafael Luciani; el teólogo argentino Carlos Maria Galli, y el argentino-chileno, Carlos Schickendantz. ¡Excelente trabajo de los tres!

Este grupo iberoamericano de Teología está integrado por mujeres y hombres con mochilas cargadas de vida entregada en los surcos del pueblo. No son académicos al uso, aunque también tengan estudios, doctorados y muchos y sesudos libros publicados.

No son teólogos de gabinete ni de escritorio, sino de los que van a la reflexión desde la vida compartida con todo tipo de comunidades y, especialmente, con los más pobres. Por poner solo dos ejemplos. El jesuita Pedro Trigo lleva más de 40 años viviendo en una chacra, con su comunidad, en uno de los barrios más humildes de Caracas. O Rafael Luciani, que da clases en la Andrés Bello de Caracas y en el Boston College, pero sigue compartiendo su vida en una sencilla comunidad de base.


Agenor



Desde ahí, desde las alegrías compartidas y desde las lágrimas amasadas al ritmo de los días, teorizan, pero enraizados en su medio. Laicos, como Alejandro Ortiz, de la Ibero de Puebla; consagradas como la teresiana Consuelo Vélez; curas como el quebequense Gilles Routhier o el brasileño Agenor Brighenti.

Vienen de Latinoamérica, como los chilenos Gidi o Schickendantz, el argentino Galli o el mexicano Carlos Mendoza, o de la USA hispana, como Ospina o Valiente, entre otros. El grupo cuenta, desde sus inicios, con la presencia de dos obispos, el cardenal de Caracas, Baltazar Porras, y el vicepresidente del episcopado venezolano y obispo de La Guaira, Rafael Biord.

Las sesiones, apretadas, con ponencias bien trabadas y diálogos posteriores siempre respetuosos, pero críticos e incisivos. Sin dárselas de nada, sueltan auténticas perlas teológicas y pastorales, con serenidad, apertura y hasta sentido del humor.

Casi todos han sufrido ataques, persecuciones y, sobre todo, ninguneos por parte del establishment teológico y de muchos jerarcas de la Iglesia. Han estado más o menos asfixiados durante los pontificados de Wojtyla-Ratzinger y, ahora, respiran aliviados y a pleno pulmón los vientos de aggiornamento y renovación por lo que han luchado durante toda su vida. Sin cambiar de chaqueta, sin acomodarse ni ceder al chantaje de la buena vida o del reconocimiento académico y eclesiástico.


Gilles Routhier



Espoleados por los nuevos vientos de la primavera de Francisco, quieren echarle su cuarto a espadas y contribuir a su florecimiento. Sin revanchas, pretenden darle la vuelta a la tortilla teológica tanto tiempo dominada, sin admitir pluralismo alguno, por parte de Ratzinger y de su nutrida escuela.

Pertenecen a la misma galaxia comprometida o progresista, pero militan en diferentes modelos teológicos. Desde la Teología de la Liberación a la Teología del Pueblo, pasando por la Teología hispana estadounidense, la Teología feminista o la Teología de la Liberación de tercera generación.

Francisco quiere cambiar la Iglesia, única manera de hacerla creíble, y para eso necesita desmontar la doctrina farisaica que agarrota a la institución. Cambiar el catecismo y el derecho canónico por el Evangelio.


Más aún, necesita que ese cristianismo revivificado cale en las élites teológicas y clericales y empape a las bases creyentes.

El pueblo huele autenticidad en Francisco, pero el funcionariado clerical, la casta farisaica, le impide degustar a Papadios y aspirar el perfume de la nueva primavera evangélica. Por eso, los teólogos de Francisco tienen, a mi juicio, dos tareas urgentes y casi sobrehumanas. La primera es en su propia casa, para ganarle la partida a la élite teológica que ha reinado desde el final de Pablo VI hasta la llegada de Francisco. Lo coparon todo, lo controlaron todo y hasta consiguieron congelar el Concilio.


Porras



La doctrina sin corazón reina en el Catecismo y en el Código y, desde esas tablas de la ley permea toda el andamiaje clerical, que formatea la mente de los curas y de los seminaristas (y del pueblo) en la religión de la culpa, del pecado y del poder sobre las conciencias.

Y una institución tan clericalizada como la Iglesia no puede cambiar, si no cambia su clero o si el pueblo no da la espalda a los clérigos de la ley para volver a los ministerios del servicio a la comunidad.

La partida se juega, pues, en las élites y en las bases.


¿Serán capaces los teólogos del pueblo, alentados por Francisco, de imponer a sus colegas conservadores, que tienen su referente en el Papa emérito, la nueva visión teológica?

Para que tenga éxito esta campaña evangélica, la lucha hacia adentro debe extenderse a otro frente: el pueblo. La nieve tiene que bajar de la montaña y derretirse en el valle. Los creyentes deben saber qué es lo que está pasando y que partida de ajedrez se está jugando en las élites eclesiales. Para eso, los teólogos y los clérigos comprometidos con el nuevo modelo eclesial tienen que llegar con sus nuevos mensajes a la gente. El Papa, por muy Papa que sea, no puede hacerlo todo solo. El rey necesita peones, torres, caballos y alfiles.


Papa de la primavera



Los cuadros comprometidos tienen que salir del jardín de la sacristía. Tienen que dejar de pescar en pecera y de convencer a los convencidos. Harta de la doctrina de bronce, la gente se ha ido de la Iglesia, sin dar portazos, hacia la indiferencia: el cisma silencioso. Solo está esperando que alguien les comunique la buena nueva de Jesús, que puede seguir dando sentido a sus vidas, como la dio a tantos miles de millones a lo largo de la Historia.

Para conectar de nuevo con la gente, teólogos y clérigos tienen que imitar a Francisco y fajarse en la arena de los medios de comunicación de masas. No escapar de los medios, sino buscarlos. De buena fe, sin hacer trampas, respetando sus leyes y su dinámica interna, ocupando espacios mediáticos. Como lo han hecho todas las demás élites: políticas, judiciales, económicas, culturales, filosóficas...

Los teólogos están preparados, saben comunicar, son expertos en retórica, tienen un caudal de argumentos acumulados durante siglos y, lo más importante, no van de farol, no buscan sus intereses, no venden mercancía averiada, sino el mensaje de Jesús, que los siglos han probado que es uno de los caminos de sentido.

Solo así, urgiendo a los medios de Iglesia que les hagan hueco y se dediquen a defender la primavera de Francisco (y no a la derecha neoliberal), y fajándose en los ajenos, podrán llegar a la gente y volver a seducirla. Marcar agenda. ¿Marketing? No. Misión. Id por todo el mundo...

martes, 16 de abril de 2019

Vía crucis de los pobres y migrantes.



Juan Simarro Fernández

Inmigrantes: El multiforme rostro de Dios

Vivimos en un país en donde hay personas que, en esta Semana Santa, se van a centrar más en el dolor que en la alegría de la resurrección. Parece que a la gente le gusta en España la celebración del dolor y del sufrimiento. Muchos cofrades celebrarán en España las catorce estaciones del Vía Crucis. Pasean en procesión todo el sufrimiento de Jesús. Es más, muchos quieren participar de él: se dan latigazos, cargan cruces pesadas pero a veces se olvidan del dolor y sufrimiento del hermano.

Primera estación: Huerto de los Olivos. Ellos, los pobres, también se han angustiado en su Huerto de los Olivos, quizás muchos han tenido su alma triste hasta la muerte antes de tomar la decisión de subirse a una patera o a un cayuco… o a un avión. Es la primera estación del vía crucis de los pobres.

Segunda estación: El Beso de Judas. Muchos de los pobres del mundo aguantan su soledad al haber sido traicionado por el Judas de nuestro tiempo, adorador del dios Mammón, dios que acumula capitales desequilibrando el mundo. Seguidores de Mammón que, a veces, dicen que no se olvidan de los pobres y que rezan u oran en las iglesias. Rezan u oran también ante sus opulentas comidas diciendo que se acuerdan de los pobres. Es el Beso de Judas. La 2ª estación

Tercera estación: La condena del Sanedrín. Los pobres, tanto los países como las personas, han sido condenados por el Sanedrín acumulador contemporáneo de los países ricos. Estos usan sus materias primas, aseguran su bienestar con los cobros de la deuda externa. Los pobres han sido condenados a ser los excluidos de la tierra, un remanente sobrante que llega a estorbar a los que detentan el capital. La condena dictada por el Sanedrín opulento es la tercera estación de su vía crucis.

Cuarta estación: La negación del pobre. Cuando el hambre acucia, cuando no se tiene una vivienda digna, cuando no se tiene acceso a un trabajo capaz de sustentar a la familia, se sale de los países de origen y se emigra. Llegan a las sociedades ricas y éstas les reciben. Los necesitan, los usan… los explotan o se les rechaza con brotes xenófobos o racistas. Se les niega. Es la negación de Pedro, pero sin arrepentimiento. Es la cuarta estación de los sufrientes del mundo.

Quinta estación: El juicio. Los pobres son juzgados por los políticos, por los Pilatos de nuestro tiempo. Juzgan, condenan y, después, se lavan las manos. Hay políticos que hablan de los peligros de la inmigración, de la inseguridad, de expulsiones, de controles. Son los resultados de un juicio político… juzgados por el Pilatos de nuestro tiempo. Es la quinta estación. El juicio a los pobres y migrantes del mundo.

Sexta estación: La flagelación. Jesús fue flagelado, pero muchos pobres también. Apaleados y pateados en el Metro como vimos en los telediarios. ¡Cuántos apaleados que no graban las cámaras de seguridad! Flagelados de mil formas, con las miradas, con las palabras, con las exclusiones… Es la sexta estación del vía crucis de los pobres. Tienen que soportar durante esta estación, su pesada y dolorosa corona de espinas.

Séptima estación: Tienen que cargar con la cruz, con la pesada carga que no quieren llevar los ricos del mundo, con trabajos que ellos, los satisfechos y ahítos, no quieren hacer ni encuentran quienes los hagan. Hoy muchos pobres tienen que cargar con la cruz, por un poco de dinero y, quizás, sin seguridad social, ni vacaciones, ni pagas extra. Es la séptima estación del vía crucis de los pobres cargando con la pesada cruz. Espaldas cansadas, brazos agotados, cansancio, mala alimentación. Triste estación.

Octava estación: Cirineo. Un punto de descanso, de solidaridad. También hay Cirineos en el mundo que intentan ayudar a llevar la cruz. Las ONGs, algunas iglesias, algunos creyentes… algunos ateos y humanistas del mundo. Es la mano tendida en medio del vía crucis. Hoy también, afortunadamente, Cirineo se mueve por el mundo, siendo las manos del crucificado, siendo los pies del Siervo Sufriente. Es la octava y bendita estación dentro del vía crucis de los pobres. 

Novena estación: El llanto. Las mujeres de Jerusalén llorando ante Jesús que carga con la cruz. Coro de mujeres que se lamentan y dejan correr sus lágrimas por sus mejillas. Yo no sé si hoy falta este coro de mujeres que lloren por el mundo. Necesitamos esta novena estación. Es la estación del llanto, la del grupo que une sus lágrimas a las de los sufrientes del mundo. No lloréis sólo por los sufrientes, llorad por vosotras mismas. Cuando un niño se muere de hambre en el mundo, algo de vuestros hijos perdéis. Llorad por vuestros propios hijos, los coetáneos de los que mueren por el hambre o la desnutrición. Que no falten las lágrimas de esta estación novena

Décima estación: Es el momento del Jesús crucificado. Jesús en su agonía. ¿Cuántos de los pobres del mundo estarán pasando ya por esta estación? Los clavos ya clavados, las manos y los pies ya sangrantes. ¡Cirineo, ayúdanos! Pero hasta ahí ya no puede llegar el Cirineo. Es la estación de la ejecución de la condena. La décima estación. El niño va a morir, el adulto no va a llegar a los cuarenta años, ha envejecido prematuramente y ya está en la cruz esperando la muerte. ¿Dónde está la justicia?

Décimo primera estación El buen ladrón tiene premio. Apelemos a la conversión de los ladrones del mundo, que se conviertan y compartan.

Décimo segunda estación: A los pies de la cruz. La madre y el discípulo amado al pie de la cruz. La necesidad de los que aman. El discipulado, el seguimiento de Jesús. No dejemos solos a los que sufren. Pongámonos a los pies de su cruz particular.

Décimo tercera estación: La muerte. Jesús muere. Su figura crucificada nos anima a no permitir que mueran impunemente más inocentes. ¿Cuántos pobres y migrantes han muerto hoy? ¿A cuántos se les ha matado su dignidad o su autoestima en este día?

Décimo cuarta estación: La tumba. Jesús es depositado en un sepulcro nuevo. Con los ricos fue en su muerte. Muchos pobres no tienen ni siquiera esta estación. Son lanzados al mar desde las pateras o los cuervos se comen sus carnes. Hoy los abismos del mar sienten nauseas por tanta muerte. Fin del vía crucis.

¿Marca el fin este vía crucis? ¡No! El vía crucis no marca el fin. Sigamos andando hasta la resurrección. Sería un error quedarse ahí. ¡Hay esperanza! Jesús resucitó y nos llama a ser sus discípulos en medio de un mundo de dolor. 

El vía crucis debe ser derrotado, el Reino de Dios ya está entre nosotros y puede tener su acción en el mundo a través de sus hijos solidarios, activos y comprometidos. Señor, ayúdanos a eliminar el vía crucis de los pobres del mundo. Lo queremos hacer por ti, Señor. Que la memoria del crucificado nos lance al amor y a la solidaridad, que nos sintamos movidos a misericordia. Estamos en tiempos de resurrección. Tu muerte es la que puede dar vida al mundo, pero mientras no terminemos con el vía crucis de los pobres, no seremos nosotros tampoco felices. La primavera no habrá llegado. Tendremos nuestro personal vía crucis ¡Ven, Señor Jesús!

jueves, 7 de febrero de 2019

Miedo al “Trascendente”.



José M. Castillo, teólogo
Teología sin censura.

Lo que quiero explicar, en esta reflexión, es que quienes pensamos en Dios y hablamos de Dios, lo hacemos de tal manera que, sin darnos cuenta ni sospecharlo, pensamos y hablamos de forma que deformamos a Dios, lo desfiguramos y hasta lo manipulamos hasta el absurdo de que Dios tiene que ser como a cada cual le interesa o le conviene.
Este absurdo ha llegado a tal punto, que es apremiante preguntarse ya en qué se diferencian la “providencia” de Hitler y su “Todopoderoso”, por una parte, y “Dios”, por otra (T. Ruster). El “Dios” de los políticos, que hablan de “Dios” cuando les conviene y para lo que les interesa, no puede ser el mismo Dios de los desgraciados que se ven en la miseria por causa del reparto de la riqueza que se organiza y se gestiona “como Dios manda” y como a no pocos clérigos les encanta.

Es evidente que, en todo esto, hay algo muy grave que no funciona. Un “Dios” que divide y enfrenta a los pueblos, a las culturas, a las naciones, a toda clase de gentes, hasta llegar a fomentar los odios, las venganzas, las torturas, la abundancia de unos y el desamparo de otros, ¿qué pantomima de “Dios” es eso? Y sobre todo, ¿por qué sucede (y no para de suceder) este disparate tan monumental?
En esta cuestión, yo tengo una idea fija. Le tenemos miedo a Dios. Precisando que se trata de un miedo concreto: es el miedo al Dios “Trascendente”. ¿Qué significa esto? ¿Por qué lo digo y qué consecuencias tiene?

Cuando hablamos de Dios, no atinamos si nos limitamos a decir que es el Omnipotente. Porque, si lo puede todo, ¿por qué no arregla este mundo tan desarreglado por tantos motivos? ¿cómo se explica que los “hombres de Dios” tengan la maldad que hace falta para destrozar a mucha gente que no coincide con el “Dios de los consagrados”? ¿quién me explica a mí por qué, cuando en la Iglesia ponen a un papa, como es el caso del papa Francisco, que es un hombre espontáneo, humano, que se acerca sin complejos a los más desamparados, precisamente a este papa, en el mismo Vaticano, porque es “voluntad de Dios”, le hacen la vida imposible y hasta quieren que se vaya?
No. Lo del “Omnipotente” no resuelve nuestras dudas y oscuridades. Y casi lo mismo se podría decir del “Infinito” y otros títulos semejantes.

Entonces, ¿en qué quedamos?
Antes que nada, sobre todo, Dios es el Trascendente. Ahora bien, hablar del Trascendente no es hablar del Infinito, ni del Eterno o del Todopoderoso. Estos títulos nos llevan a “lo nuestro” ilimitado. Pero es lo nuestro, lo “inmanente”, por más que no le pongamos límites, sigue siendo “lo que es propio y accesible a nosotros” los humanos. Lo “trascendente” es lo que trasciende el horizonte último de nuestra capacidad de conocer y de todo posible saber humano. Hablar de la “trascendencia” es referirnos “a un modo de ser que ya no es realizable (ni conocible), que está sobre todo cuanto podemos decir o entender” (“supereminentius quam dicatur aut intelligatur”) (Tomás de Aquino, “De potentia”, q. VII. a. V).

En última instancia, esto es así porque la mente humana sólo pude actuar “objetivando” lo que conoce o maneja. Nuestros conocimientos son “objetos mentales”. Pero el Trascendente no es (ni puede ser) un “objeto” que brota nuestra mente y está al servicio de nuestras ideas. El Trascendente “trasciende” todo posible objeto, por más infinito que nos lo “representemos” los que no podemos tener acceso a la Trascendencia.

La consecuencia, que se sigue de lo que acabo de indicar, es lo que nos da miedo. ¿Miedo? ¿Por qué? Porque el “Dios”, que brota de nuestra mente (de nuestra inmanencia), es un Dios “hecho a medida”. Es decir, el Dios que a cada cual la conviene o le interesa, para que tenga “autoridad divina” lo que a cada cual le viene bien. El que se “fabrica su Dios” no se da cuenta de lo que hace. Pero lo hace. Hay políticos que echan mano de “su Dios”. Y hay obispos que mandan, prohíben o amenazan en nombre de “su Dios”, el que ellos se inventan sin pensar que están mandando con la autoridad de su propio invento.

¿Tiene esto alguna solución? La tiene en Jesús de Nazaret, que la imagen de Dios, la revelación de Dios. Sólo el que vive como vivió Jesús, ése es el que pude decirle a la gente lo que Dios quiere o lo que no quiere. El que habla en nombre del “Dios”, que se ha inventado, es un farsante.

sábado, 19 de enero de 2019

El misterioso destino de cada uno.


Leonardo Boff

Cada uno de nosotros tiene la edad del universo que son 13,7 mil millones de años. Todos estábamos virtualmente juntos en aquel puntito, más pequeño que la cabeza de un alfiler, pero repleto de energía y de materia. Ocurrió la gran explosión y generó las enormes estrellas rojas dentro de las cuales se formaron todos los elementos físico-químicos que componen el universo y todos los seres que lo forman. Somos hijos e hijas de las estrellas y del polvo cósmico. Somos también la porción de la Tierra viva que ha llegado a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Por nosotros la Tierra y el universo sienten que forman un gran Todo. Y nosotros podemos desarrollar la conciencia de esa pertenencia.

¿Cuál es nuestro lugar dentro de ese Todo? Más inmediatamente, ¿dentro del proceso de la evolución? ¿Dentro de la Madre Tierra? ¿Dentro de la historia humana? No nos es dado saberlo todavía. Tal vez será la gran revelación cuando hagamos el paso alquímico de este lado de la vida hacia el otro. Ahí, espero, todo quedará claro y nos sorprenderemos porque todos estamos umbilicalmente interrelacionados, formando la inmensa cadena de los seres y el tejido de la vida. Caeremos, así lo creo, en los brazos de Dios-Padre–y-Madre de infinita misericordia para quien la necesita por causa de sus maldades y en un abrazo amoroso eterno para los que se orientaron por el bien y por el amor. Después de pasar por la clínica de Dios-misericordia, los otros vendrán también.

Yo de niño de pocos meses estaba condenado a morir. Cuenta mi madre, y las tías siempre lo repetían, que yo tenía “el macaquiño”, expresión popular para la anemia profunda. Todo lo que ingería, lo vomitaba. Todos decían en dialecto véneto: “poareto, va morir”: “pobrecito, se va a morir”.

Mi madre, desesperada y a escondidas de mi padre que no creía en esas cosas, fue a la rezandera, a la vieja Campañola. Ella hizo sus rezos y le dijo: “dele un baño con estas hierbas y después de hacer el pan en el horno, espere hasta que esté tibio y meta a su hijito dentro”. Eso fue lo que hizo mi madre Regina. Me puso sobre la pala de sacar el pan horneado y me metió dentro. Y me dejó allí un buen rato.

Y ocurrió una transformación. Al sacarme del horno empecé a llorar, decían, y a buscar el pecho para chupar la leche materna. Después, mi madre, masticaba en su boca algunas comidas más fuertes y me las daba. Empecé a comer y a fortalecerme. Sobreviví. Y aquí estoy, oficialmente viejo, con 80 años cumplidos.

Pasé por varios peligros que podrían haberme costado la vida: un avión DC-10 en llamas rumbo a Nueva York; un accidente de automóvil contra un caballo muerto en la carretera que me rompió todo; un clavo enorme que cayó sobre mi frente cuando estudiaba en Múnich, que podría haberme matado si hubiera caído sobre mi cabeza; en los Alpes caí en un valle profundo cubierto de nieve y unos campesinos bávaros, viéndome con el hábito oscuro y que me hundía cada vez más, me sacaron con una cuerda. Y otros.

Norberto Bobbio me concedió el título de doctor honoris causa en política por la Universidad de Turín. Entendió que la teología de la liberación había realizado una contribución importante al afirmar la fuerza histórica de los pobres. El asistencialismo clásico o la mera solidaridad, manteniendo a los pobres siempre dependientes, es insuficiente. Ellos pueden ser sujetos de su liberación, cuando concientizados y organizados. Superamos el para los pobres, insistimos en el caminar con los pobres, siendo ellos los protagonistas, y quien pueda y tenga ese carisma viva como los pobres como lo hicieron tantos, como Dom Pedro Casaldáliga.

Recuerdo que comencé mi discurso de agradecimiento al título, concedido por esa notable figura que es Norberto Bobbio, diciendo: “vengo de la piedra lascada, del fondo de la historia, cuando a duras penas teníamos medios para sobrevivir. Mis abuelos italianos y mi familia desbravaron una región deshabitada y cubierta de pinares, Concórdia, en los confines de Santa Catarina. Ellos tuvieron que luchar para sobrevivir. Muchos murieron por falta de médicos. Después fui subiendo en la escala de la evolución: los 11 hermanos estudiaron, hicieron la universidad, yo pude terminar mis estudios en Alemania. Ahora estoy aquí en esta famosa universidad”. Y a pedido de Bobbio, hice un resumen de los propósitos de la Teología de la Liberación, que tiene como eje central la opción por los pobres contra su pobreza y a favor de la justicia social. Di muchos cursos por todo el mundo, escribí bastante, enjugué lágrimas y mantuve fuerte la esperanza de militantes que se frustraban con los rumbos de nuestro país.

¿Cuál será mi destino? No lo sé. Tomé como lema el que era de mi padre, que lo vivía: “quien no vive para servir, no sirve para vivir”. A Dios la última palabra.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y ha escrito por sus 80 años: “Reflexiones de un viejo teólogo y pensador”, Vozes 2019.

Traducción de Mª José Gavito Milano

domingo, 6 de enero de 2019

Interrogantes en torno a Jesús de Nazaret, Dios y la vida eterna y proyecto de ética mundial.



Hans Küng II: Interrogantes en torno a Jesús de Nazaret, Dios y la vida eterna y proyecto de ética mundial.



En la década de los setenta del siglo pasado y principios de los ochenta Hans Küng publicó tres obras en las que reformula tres de los grandes temas del cristianismo en los nuevos climas culturales y en respuesta a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: Ser cristiano; ¿Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo; ¿Vida eterna? Respuesta al gran interrogante de la vida humana? (las tres publicados en castellano originariamente en la editorial Cristiandad y actualmente en Trotta). Contaron con una excelente acogida en amplios sectores de la sociedad, religiosos o no, se tradujeron a diferentes idiomas, ejercieron una gran influencia en el campo teológico y constituyen hoy referentes significativos en cada uno de los temas tratados.

El libro de Küng Ser cristiano no se dirige a un público confesionalmente católico, sino “a cristianos y ateos, gnósticos y agnósticos, pietistas y positivistas, católicos tibios y católicos fervientes, protestantes y ortodoxos”, a personas que no son cristianas pero se interesan intelectual y vitalmente por el cristianismo y a quienes se encuentran indecisas entre la fe y la increencia. Siguiendo la metodología interrogativa, Küng empieza preguntándose si ser cristiano es más que ser persona, si es una superestructura o una infraestructura, qué es en realidad ser cristiano y cristiana y que significa serlo hoy.

En esta obra desarrolla una de las cristologías que –junto con las de Rahner, Schillebeexcks y las de la teología de la liberación- más ha contribuido a recuperar al Jesús histórico y a la reformulación de los dogmas cristológicos en perspectiva histórica. A partir del reto de los humanismos modernos y de las grandes religiones, se pregunta por lo peculiar del cristianismo, y lo descubre en Cristo, se interroga asimismo por cuál de las imágenes de Cristo es la verdadera y a cuál de ellas hay que atenerse en la práctica. La respuesta es el Cristo real, que no es un mito, sino un personaje histórico, cuyo contexto social, predicación, conflictos, muerte y nueva vida analiza con rigor exegético.

En ¿Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo plantea el problema de Dios siguiendo los pasos del pensamiento moderno europeo a través de algunos de sus principales filósofos y sistemas de pensamiento: Descartes, Pascal, Kant, Hegel, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud, Bloch, Wittgenstein, etc., en forma de preguntas: ¿pienso, luego existo? (Descartes); ¿creo, luego existo? (Pascal); ¿no se desvanece Dios en el proceso de la evolución? (Darwin), ¿no es Dios una proyección del ser humano? (Feuerbach); ¿no es un consuelo interesado? (Marx); ¿no es “nuestra más larga mentira” y el resentimiento de las personas frustradas? (Nietzsche), ¿es Dios una ilusión infantil? (Freud).

No es este un libro de sermones y panegíricos, sino, en diálogo con los críticos de Dios y atento a sus interpelaciones, un intento de respuesta con tres síes a la pregunta del título: sí a la realidad como alternativa al nihilismo; sí a Dios como alternativa al ateísmo; sí al Dios cristiano, que es el Dios de Jesús de Nazaret. Pero antes de la respuesta afirmativa al Dios cristiano y consciente de que, desde las ciencias de las religiones, el cristianismo no es la única religión, analiza las concepciones de Dios en las religiones no cristianas, incluyendo la idea de Dios de las religiones chinas y la religiosidad no-teísta del budismo.

En ¿Vida eterna? Respuesta al gran interrogante de la vida humana? (Trotta) se plantea las preguntas existenciales sobre el futuro de la vida, el sentido y sin-sentido de la muerte: ¿qué es la muerte?, ¿hay una sola vida o varias vidas?, ¿a dónde vamos al morir: a la nada o a la realidad última?, ¿es el más allá la proyección de un deseo?, ¿es el morir entrar en la luz?, ¿todos los caminos acaban en la tumba?, ¿por qué esperar en un cielo?, ¿infierno eterno?. Y nuevas preguntas más radicales: “¿Es la vida eterna solo la proyección de un deseo? (Feuerbach)?, ¿vana esperanza para oprimidos? (Marx), ¿negación del eterno retorno de lo mismo?, ¿regresión irreal propia de una inmadurez psíquica? (Freud)”.

Küng expone las respuestas dadas por las distintas filosofías y religiones: reencarnación, inmortalidad del alma, el “gran quizás” de Rabelais, que retoma Bloch, etc. y se centra especialmente en las respuestas del judaísmo y del cristianismo: la resurrección de los muertos y la vida eterna. Para él, la esperanza en la vida eterna implica activar dimensiones fundamentales de la existencia humana como las siguientes: saber que este mundo no es lo definitivo y que todo lo que existe tiene carácter transitorio; poder trabajar por un mundo mejor; poder dar sentido a la propia. Define la vida eterna como “liberación sin nueva esclavitud”.


Diálogo interreligioso y proyecto de una ética mundial


Tras la retirada de la autorización para la enseñanza teológica por parte del Vaticano a propósito de sus teorías sobre la infalibilidad en 1979, inició una nueva etapa: la apertura al “gran ecumenismo” a través de la propuesta del diálogo entre las religiones y de una ética mundial. Expuso su idea de la paz entre las religiones como base para la paz entre las naciones en distintos foros internacionales y la desarrolló de manera programática en la obra Proyecto de una ética mundial (1990).

La tesis de Hans Küng es que las religiones pueden contribuir a evitar el choque de civilizaciones que algunos politólogos anunciaban para el siglo XXI. Para ello es necesario que pongan en práctica una serie de iniciativas que el teólogo suizo formula así:

“1. No habrá paz entre naciones sin paz entre las religiones. 2. No habrá paz entre las religiones sin diálogo de las religiones. 3. No habrá diálogo de las religiones sin estándares éticos globales. 4. No habrá en nuestro Globo supervivencia en paz y justicia sin un nuevo paradigma de relaciones internacionales basadas en estándares éticos globales”.

Estas propuestas fueron la base del II Parlamento de las Religiones del Mundo celebrado en Chicago del 28 de agosto al 4 de septiembre de 1993, donde más de 200 representantes de las religiones del mundo expresaron por primera vez en la historia su consenso en torno a una serie de valores, actitudes y modelos éticos comunes. El consenso se plasmó en una Declaración, cuyo principal redactor fue Küng. En ella las religiones asumían el compromiso de trabajar a favor de una cultura de la no violencia y del respeto a toda vida, de una cultura de la solidaridad y de un orden económico justo, de una cultura de la tolerancia y de una vida veraz, y de una cultura de la igualdad y la colaboración entre hombres y mujeres.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Antje Jackelén, jefa de la Iglesia sueca: “Hay imágenes en el Antiguo Testamento que muestran a Dios como una mujer”.

Antje Jackelén retratada en la catedral de Upsala, ciudad 70 kilómetros al norte de Estocolmo. EVAN PANTIEL

Teóloga polémica y combativa, despacha a los críticos subrayando que su misión es difundir la “controvertida” palabra de Dios. Todo un carácter que ha llegado a la cima eclesiástica del país nórdico


ES LA PRIMERA mujer que llega a lo más alto de la Iglesia luterana de Suecia. La arzobispa Antje Jacke­lén, nacida en Alemania en 1955, fue la candidata más votada para el puesto hace cinco años. Desde entonces, su figura no ha sido ajena a la polémica por sus ideas en torno al papel de la religión en la sociedad moderna y por algunas de las concepciones teológicas que ha defendido. La etiqueta, sin embargo, no parece molestarle: “Mi labor es difundir la palabra de Dios, y a veces esta es controvertida. Lo que no me gusta es cuando se dice eso de mí para intentar silenciarla”, reflexiona en una salita del edificio que alberga la sede de la Iglesia luterana en Upsala, 70 kilómetros al norte de Estocolmo.

Jackelén, casada con un pastor luterano, con dos hijas y varios nietos, y casi 20.000 seguidores en Twit­ter, fue la última en incorporarse a un club de mujeres designadas para liderar sus Iglesias en Alemania, Noruega y Estados Unidos. Hasta entonces, Jackelén, que fue ordenada sacerdote en 1980, había ejercido como obispa en Lund, en el sur de Suecia.


“No debemos creer lo contrario de lo que nos dicta el cerebro. No podemos decirle a la gente que lo acalle cuando va a la iglesia”

Su despacho es moderno y luminoso, a pocos metros de la catedral de Upsala, de estilo gótico, la más grande del norte de Europa, donde están enterradas algunas de las personalidades más conocidas del país, como el rey Gustavo I. La jefa de la Iglesia sueca, de buena estatura y pelo blanco, viste un traje gris, camisa morada y alzacuellos, y habla con voz pausada mientras enseña el templo: “Tenemos que ayudar a la gente a entender aquello que no ­entiende”. Esa, opina, debe ser una de las grandes misiones de la religión en el siglo XXI.

El dogma de la virginidad de María es uno de los temas controvertidos que Jackelén no duda en abordar: “Si solo ves el nacimiento de Jesús como una cuestión biológica, no has comprendido nada. En la Biblia, dos evangelistas dicen que María es virgen, mientras que otros dos no lo dicen. Y aun así, ninguno de ellos duda de que Jesús es hijo de Dios, su reencarnación. Lo expresaron de diferentes formas. Esa es la cuestión. No deberíamos creer en contra de lo que nos dicta nuestro cerebro. No podemos decirle a la gente que lo hagan callar cuando vayan a la iglesia”.



El libro litúrgico que utiliza durante los servicios. EVAN PANTIEL


Sabe mucho Jackelén de la complicada relación entre la religión y las ciencias naturales. A ello ha dedicado buena parte de sus estudios académicos, que la llevaron a pasar una temporada en Chicago (Estados Unidos). Ella apoya la teoría de la evolución y está convencida de que es completamente compatible con la fe. “La gente suele decir que Darwin enfadó a la Iglesia. Pero eso no es exactamente así. Hubo teólogos que dijeron: ‘Vale, esta es la forma en la que Dios nos creó’. Esta manera de pensar amplía nuestra imagen de Dios, y eso es bueno”, apunta.

Quizá uno de los mayores retos a los que la religión hace frente hoy es la sencilla pregunta de cómo referirse a Dios de forma más incluyente. Algunos medios en Suecia llegaron a publicar que era la intención de la Iglesia que Jackelén preside eliminar el pronombre “Él” y el tratamiento “Señor” que dominan el discurso religioso y cambiarlos por un “ello” impersonal para borrar todo rastro de género. “No somos tan radicales, simplemente hemos preferido cambiar Él por Dios, pero también aparece Señor. Sobre este tema ha habido muchas noticias falsas”, suspira. “Que Dios está por encima de los géneros no es polémico. Todo el mundo [también los católicos] está de acuerdo con eso. Pero siempre nos referimos a Dios con un pronombre masculino. Es cierto que hay en la Biblia muchas imágenes de Dios como hombre, como padre. Pero también hay imágenes, incluso en el Antiguo Testamento, que muestran a Dios como una mujer. Incluso hay imágenes no humanas de Dios, como un león, una roca, un castillo. Creo que es arriesgado quedarse con una sola imagen de Dios porque nos limita”.


“Mi experiencia hubiera sido distinta de haberme llamado Anthony. La igualdad ha avanzado, pero hay trabajo por hacer”

Los retos a los que se enfrenta esta mujer no son pocos. La fe no atraviesa sus mejores momentos en Suecia. Aunque la Iglesia luterana contabiliza 6 millones de suecos entre sus miembros —antes de 1996, los niños de padres creyentes eran incluidos automáticamente en el registro— en un país de 10 millones de habitantes, la tendencia apunta a que cada vez acuden menos a misa, un fenómeno similar al que se da en el resto de Europa Occidental. En un estudio publicado en mayo de 2018 a nivel mundial por el Pew Research Center, un 52% de los encuestados en Suecia afirmaron que se consideraban cristianos, pero solo el 9% del total confesaban ser practicantes. Entre los jóvenes, la adhesión a la religión es todavía menor.


De estilo gótico, la catedral de Upsala, construida en torno a 1270, es la más grande del norte de Europa. En ella está enterrado el rey Gustavo I. EVAN PANTIEL


Darwin, la virginidad de la Virgen María, la Santa Trinidad… ¿Son estas ideas válidas en la actualidad? ¿Son necesarios los cambios para detener la sangría de fieles? “En 2.000 años de cristianismo, muchos de los planteamientos que vemos como cambios ya se han discutido antes”, explica. “La Santísima Trinidad, es decir, Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, fue algo complicado de entender y defender durante el tiempo de la Ilustración, cuando cobró peso la razón. Estoy segura de que entonces algunos sacerdotes tuvieron dificultades para hablar de ello sin parecer estúpidos. ¿Una cosa que es una y tres a la vez? Pero en los ochenta llegó la teoría de la emergencia, que considera que el todo es más que la suma de las partes, la teoría del caos, los estudios sobre la complejidad… Y ahora estamos más preparados para buscar patrones relacionales. Eso encaja muy bien con pensar en Dios como un misterio de relaciones. No es algo que hayamos inventado. Siempre ha estado ahí. Hubo un tiempo en el que era muy difícil entenderlo y ahora eso ha cambiado”.

Jackelén se reunió con el papa Francisco en 2015. Entre católicos y luteranos hay muchas más diferencias que la ordenación de mujeres en el sacerdocio. Tienen concepciones distintas de las funciones y el papel que debe desempeñar el clero. Pero como primera mujer que encabeza la iglesia sueca, ¿se siente ella feminista? “Depende de la implicación que sientas que tiene esa palabra”, responde. “Lo primero de todo es que soy teóloga, líder de la Iglesia. He sido toda mi vida una mujer y he ocupado puestos en áreas tradicionalmente dominadas por los hombres”. Pionera, ¿también luchadora? “He experimentado y todavía experimento cosas en las que es fácil decir que, si mi nombre fuera Anthony, esto no habría pasado. Se ha avanzado en la igualdad, pero todavía queda mucho por hacer”. 


Antje Jackelén fotografiada en su despacho en la sede de la Iglesia luterana sueca, que preside desde junio de 2014. EVAN PANTIEL

Fuente: elpais.com

jueves, 29 de noviembre de 2018

Nuestras imágenes de dios (1)


Por: Rosa Ramos

Las imágenes de Dios, no son Dios
Las ideas acerca de Dios, no son Dios
Sin embargo… 
“…quién me ha visto –dice Jesús a Felipe- 
ha visto al Padre” (Jn. 14, 9)



Muchas ideas acerca de Dios que aún sostenemos vienen de la filosofía griega, de varios siglos anteriores al cristianismo, que fueron adoptadas y petrificadas. A su vez muchas imágenes de Dios, que no pocos cristianos aún tenemos, corresponden al Antiguo Testamento y no al Dios revelado por Jesús. 

El Concilio Vaticano II llama la atención sobre nuestra responsabilidad en relación al ateísmo; tras señalar varias formas de increencia dice “en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes” (GS 19). Esto fue planteado hace ya más de 50 años.


Frente a las razones, y sobre todo a las imágenes de Dios que evidencian ciertos argumentos, suelo decir “yo también soy atea del dios que ustedes como ateos rechazan”. Las formas de ateísmo que proliferaron en los siglos XIX y XX nos han ayudado a los cristianos a purificar nuestras ideas e imágenes de Dios. Es justo y necesario darles gracias a esas críticas serias, así como también a la contribución de la literatura. Ésta, a veces incluso en forma irónica, nos ha espabilado y horrorizado de lo que livianamente repetimos y hasta enseñamos en catequesis. 


Algunas imágenes e ideas acerca de Dios deberíamos “sacárnoslas con peine fino”, pues son dañinas para nosotros y muy irreverentes para con el Dios de Jesús. No cabe duda que la humanidad ha proyectado en Dios y le ha atribuido sus propias cualidades (crítica que han hecho varios filósofos), y no siempre las mejores. De tal modo que ese “dios” resulta ser peor que los humanos.


Reconocemos que la tradición cristiana privilegió ciertas imágenes e ideas de Dios, algunas de las cuales resultan inadmisibles hoy, a la luz de la evolución cultural y de nuestras conciencias, y los creyentes deberíamos ser los primeros en rechazarlas, porque además contradicen lo que Jesús revela de Dios. De ahí la necesidad de cuestionar ciertas imágenes -muchas de las cuales permanecen en la liturgia- y de hacerlo sin temor, madura y responsablemente.


En las últimas décadas lo dominante no es el ateísmo virulento sino la prescindencia de Dios, la indiferencia, pero quizá sea también aplicable aquí lo señalado en el Concilio. Asimismo serias investigaciones actuales señalan que existe gran número de creyentes en Dios, sin filiación eclesial alguna. El problema es complejo, entonces, pero no ajeno a nosotros.


Si “las imágenes de Dios, no son Dios”. ¿Debemos por ello renunciar a todas las imágenes?

En tanto somos seres encarnados necesitamos imágenes; de todo tenemos imágenes y elaboramos conceptos, también de Dios. No podemos vincularnos directamente con Dios sin imágenes o conceptos, tenemos una variedad y riqueza muy grande de imágenes, pero hay un límite a asumir: ninguna imagen de Dios es Dios, ninguna idea de Dios es Dios. 


No existe una imagen de Dios “verdadera”, absoluta, inmutable. 

Todas nuestras categorías e imágenes para referirnos a y para relacionarnos con Dios son construcciones humanas históricas, construcciones condicionadas culturalmente. 


Muchas veces son proyecciones de necesidades o de nuestros fantasmas y temores. Sin embargo también reconocemos en ellas las huellas de “encuentros en el caminar”, en la búsqueda constante de vida y sentido de la humanidad. En las imágenes siempre hay algo de proyección y también algo de trascendencia, de novedad y revelación del propio Dios.


Históricamente los pueblos van viviendo situaciones, enfrentando dificultades, superándolas o no, perdiendo y ganando batallas, se van encontrando en los caminos con la culpa, el error, el miedo, la alegría, la victoria, la muerte y la vida. También van encontrando situaciones y personas que dan vida, van aprendiendo a perdonar, amar y convivir. En esos encuentros van los pueblos descubriendo “un algo más”, “un Alguien”, “una fuerza”que no es sólo suya… 


En el AT hay muchos “nombres de Dios”, que corresponden a rasgos que el pueblo iba “descubriendo” o “adjudicando” a Dios según su experiencia histórica concreta. Implican una concepción teológica, correspondiente a una cosmovisión epocal. No podemos pedirle a la Biblia, (ni a otros textos sagrados como el Corán) conocimientos científicos ni paradigmas culturales actuales, pero sí es nuestro deber procurar una buena hermenéutica conocer los contextos y paradigmas en que surgieron esas experiencias y fueron escritos los textos.


En la historia común y personal nos vamos encontrando con Dios, lo vamos descubriendo y nombrando, con torpeza o con acierto. Las imágenes ayudan, permiten expresar lo descubierto o aprendido, pero no pueden petrificarse, so pena de crear ídolos y olvidar la apertura a los nuevos encuentros que permiten ir corrigiendo los propios hallazgos y descubriendo mejor el Dios de la vida, el Dios que peregrina con la humanidad.


Toda imagen es histórica y ninguna definitiva, pero, cuidado, eso no significa que todas son igualmente válidas.Tenemos una “norma normanda no normada” que es el Evangelio, la persona misma de Jesús, con sus gestos, acciones, palabras, su vida entera. (DV 4)


Dios habla a los hombres con lenguaje humano, dice el Concilio (DV 12), y a la inversa, sólo con lenguaje humano podemos decir algo de Dios, pero hay que asumir con humildad que a Dios nadie lo ha visto -salvo el Hijo- y que muchas veces pecamos de ingenuidad y/o soberbia al pretender encerrar a Dios en categorías y creer que allí está “la verdad” acerca de Dios.


No temamos dudar, cuestionar, estar atentos a lo que decimos, rezamos, creemos. Reflexionar sobre el Misterio de Dios es reflexionar sobre nosotros, siempre implica el Misterio del Ser Humano. Las preguntas más auténticas sobre Dios son preguntas sobre quiénes somos realmente, por aquello que nos hace más humanos, alcanzar Vida plena y abundante.


Muchos teólogos, a la luz de las herramientas hermenéuticas, atentos a la realidad, así como el diálogo interreligioso, y desde una espiritualidad encarnada, han dado grandes pasos en la revisión de imágenes y concepciones de Dios, gracias a la acción del Espíritu. (Jn. 14, 26) 


Dejar a Dios ser Dios, respetar el Misterio, será nuestro deber de criaturas, a la vez que asomarnos a él desde Jesús, plenitud de la revelación.



(En próximas entregas intentaremos profundizar en este tema nada menor)


Imagen: https://forosdelavirgen.org/62757/dios-nos-toma-examenes-periodicos-con-las-pruebas-de-la-vida-2014-05-22/

Fuente: Amerindia







martes, 3 de julio de 2018

Dios es de todos.


Victorino Pérez: "Dios es de todos. Ninguno tenemos la posesión de esa verdad; la verdad es Dios"

"La raíz de los conflictos no es religiosa... El conflicto es económico, de poder; es un conflicto político"

El diálogo ecuménico e interreligioso es más posible que nunca

por Jesús Bastante

Victorino Pérez Prieto es un hombre con muchos talentos. Teólogo, filósofo y cura casado, es experto en el diálogo interreligioso, y, específicamente, en las visiones de la religión del pensador catalán Raimon Panikkar y del Padre de la Iglesia del siglo IV, Prisciliano.

Teologías que le han llevado a la convicción de que "desde la búsqueda común de la armonía, desde el caminar juntos, somos iguales en dignidad pero diferentes, y esas diferencias son las que más nos enriquecen como seres humanos".

Nos alegra decirles que hoy contamos con la presencia de Victorino Pérez Prieto, por fin, porque hace ya años que lo queríamos entrevistar. Victorino, bienvenido.

Bien hallado. Gracias.

Victorino es teólogo, doctor en Teología y en Filosofía. Y, espero no decirlo mal, cura casado.

Exactamente.

Ni cura exclaustrado, ni ex-cura, ni nada por el estilo.

Es uno de los mayores expertos en Prisciliano y, para los que no conocíamos esta faceta tuya, también en uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo: Raimon Panikkar.

Sí, de hecho, sobre Raimon Panikkar hice la tesis en Filosofía, y en Teología. Por lo tanto, sé mucho de Prisciliano, pero más aún de Panikkar.

Y también de diálogo interreligioso e intercultural que, en este mundo en el que nos movemos, hoy parece fundamental. Más allá de que las religiones están destinadas a tener un papel u otro en la sociedad occidental, lo que es ineludible es que si no nos entendemos entre nosotros, difícil va a ser que nos entendamos con el esto del mundo.

Sí, ciertamente. Es uno de los temas que más he trabajado en mi teología. Y ha sido porque me interesa particularmente. Es decir, es un tema que hasta hace poco era secundario en teología, y hoy es fundamental.

Hoy las religiones están muy vivas. Los grandes maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche, Freud, dijeron que iban a desaparecer en el siglo XX con el ser humano adulto, racional, que supera la alienación religiosa, que supera la neurosis, que diría Freud, o que está llamado a ser el superhombre, que diría Nietzsche.

La muerte de Dios.

Eso es. Pero, en este sentido, estos genios fueron unos pésimos profetas. La religiones no solo no desaparecieron en el siglo XX, ni en el siglo XXI, sino que están muy vivas. Lo que ocurre es que las religiones cambian históricamente. La gente de hoy es tan religiosa como siempre, y el ateísmo sigue siendo minoritario, pero las religiones han tenido que cambiar porque las sociedades cambian.

También el ateísmo es una forma de plantear esa existencia de Dios.

Justamente.

Muy distinto es que seas un agnóstico, que no te importe que exista o que deje de existir. Pero un ateo sí se preocupa.

Sí, y un agnóstico, cuando es muy consciente, también se preocupa, porque no se atreve a tomar una postura totalmente opuesta. Además, el diálogo entre las personas que nos llamamos religiosas y las que no lo son es muy importante.

En primer lugar quiero hacer una precisión: hay un lenguaje que debemos de superar y que se perpetúa: el mundo se divide en creyentes y no creyentes. Y a mí eso me parece una barbaridad.

Todos creemos en algo.

Todas las personas somos creyentes. Como decía mi maestro Raimon Panikkar: "la fe es un elemento constitutivo antropológico del ser humano". Sin fe no podemos vivir; unos creen en A y otros creen en B. Yo creo que sin creer en algo no merece la pena ni levantarme por la mañana, porque la vida es dura incluso para los que le va bien.

Tanto los que tenemos creencias religiosas como los que no, si somos conscientes de lo que es el ser humano, estamos llamados a cumplir un papel en nuestra vida, en nuestra historia. A construir un mundo más humano y más justo. A construir esa armonía con la naturaleza y con el cosmos, porque si nuestro esfuerzo en la vida no es formar parte de esa armonía, te digo lo que diría un hindú: si mi karma no está acorde con el darma, con el orden del universo, yo soy destructivo.

O, con la óptica del cristiano: si solo tengo mi fe para mí mismo, no vale de nada. En relación con el mundo que tienes que transformar, en el que tienes que vivir.

Lo dice la "Gaudium et spes": todos los seres humanos formamos la gran familia humana y tenemos que trabajar juntos. En ese sentido, el diálogo interreligioso es fundamental. Lo ha sido siempre, pero ahora mucho más porque nuestras sociedades son plurales; pluriculturales y plurireligiosas. Y, o nos entendemos también en esta dimensión o, si no, Samuel Huntington va a tener razón y sería tremendo porque afirma que el conflicto en el planeta tierra en el siglo XXI no va a ser por ideología, sino por choque de civilizaciones y de religiones y, sobre todo, -y aún más terrible- el gran enfrentamiento y la violencia va a ser entre musulmanes y cristianos. Y yo creo que esto no es así.

LEER EL TEXTO COMPLETO: AQUÍ

martes, 28 de noviembre de 2017

El Misterio del mundo.


José Arregi

Quien mira de verdad, no puede menos que admirar el Misterio del mundo, tan infinitamente complejo y armonioso a la vez: que haya amanecido esta mañana lluviosa y tibia de otoño, que nuestros pulmones respiren por sí mismos y nuestro corazón siga latiendo sin saberlo nosotros, que esas grandes gaviotas vuelen tan plácidamente, que el mar y la montaña estén ahí, siempre iguales y cambiantes, que exista la Madre Tierra que nos engendra y nutre a todos los vivientes gracias al sol y sea nuestra casa común, a pesar de que nosotros, los pobres humanos, nos empeñemos tan insensata y dramáticamente en romper la comunión y la armonía de todo lo que es.
Que nuestra Tierra y nuestro sol no seamos, sin embargo, más que una parte infinitesimal de nuestra galaxia, que haya en ella entre 200 y 400 mil millones de estrellas con sus respectivos planetas, muchísimos de ellos habitados sin duda por seres vivientes tal vez menos o tal vez más inteligentes que nosotros, que la estrella más cercana esté a más de 4 años luz –es decir, que la luz, a 300 mil kilómetros por segundo, necesite más de cuatro años para llegar desde dicha estrella hasta nosotros–, que la estrella más lejana visible a simple vista esté a 11.600 años luz, que nuestra galaxia tenga un diámetro de 100 mil millones de años luz, y que existan hasta un billón de galaxias similares a la nuestra y otras nuevas se estén formando, que el universo se esté expandiendo y la expansión se esté acelerando, que el diámetro del universo actual mida 93 mil millones de años luz… Nos faltan ceros. Se nos corta el aliento.
Que todo este universo esté formado de los mismos átomos, y que dentro de cada átomo –formado a su vez de electrón, núcleo y centenares de partículas atómicas– se abra otro universo inmensamente pequeño que se mide en micrómetros, nanómetros, picómetros, femtómetros, attómetros, zeptómetros y yoctómetros, millonésima, milmillonésima, billonésima, milbillonésima, trillonésima, miltrillonésima y cuatrillonésima de metro respectivamente… Dentro es fuera. Nos trastorna el vértigo.
Todo lo que es son formas que emanan o emergen de eso que llamamos materia –genial palabra que, no lo olvidemos, viene de mater, madre–, pero ¿qué es la materia, esa matriz universal de todas las formas? Es una forma de energía, pero no sabemos qué es la energía, solo sabemos que por ella se produce todo movimiento y transformación de los cuerpos físicos. De menos sale más. De los átomos emerge la conciencia. La realidad es, pues, absolutamente misteriosa. Y lo más misterioso es que sea.

No podemos dejar de preguntarnos, pero toda respuesta nos lleva a nuevas preguntas y a un gran silencio. Todo lo que sabemos nos sitúa en la frontera de lo desconocido. Las mismas ciencias nos vuelven más ignorantes, pues cuanto más conocemos, tanto más sabemos lo que queda por conocer. Las ciencias nos permiten quizás entender lo que, según afirmaba Galileo, constituye el lenguaje mismo en que se expresa el universo, la matemática, “sinfonía del universo” (D. Hilbert), la ciencia más clara y la más mística; gracias a ella podemos describir y manejar todo lo que se puede medir, pero solo lo que se puede medir y manejar. Las ciencias nos conducen a la frontera y a la conciencia del Infinito, del Misterio que no podemos manejar, que nos envuelve y habita. En esa frontera final, también las ciencias, ellas sobre todo, se llenan de asombro y se vuelven humildes, más conscientes que nadie de los peligros de su inmenso poder, y nos invitan a la sabiduría suprema: la humildad y la humanidad, las únicas que salvarán del abismo la arcilla preciosa y vulnerable que somos, el humus común de todos los seres.
¿Y Dios? Es el Misterio absoluto del mundo, más allá de todos los nombres e imágenes personales o impersonales, del dualismo y del monismo, del teísmo y del ateísmo. Dios no explica nada, pues toda explicación es un constructo humano. “Dios” en cuanto explicación o fundamento del mundo o de la moral también es un constructo humano.
A Dios no lo concibo como el Ente supremo y creador, anterior y exterior al mundo, sin materia ni energía. Se expresa en todo lo que es o somos, pero en cuanto Todo que trasciende todas las formas del ser. Todo lo bueno lo encarna, pero nada lo agota. La bondad de Jesús lo encarnó de un modo paradigmático para los cristianos, pero no lo agotó en cuanto individuo histórico y particular que fue de la especie Sapiens, especie que más pronto que tarde desaparecerá y será reemplazado por otra forma viviente hiperhumana o transhumana, más poderosa que nosotros, espero que también más inteligente en el sentido pleno, es decir, más espiritual, más libre y fraterno, más bueno y feliz. Creer en Dios es creer en ese futuro, a pesar de todo. Y creer en ese futuro es crearlo. Creer en Dios es crearlo, se puede decir.
Dios es –dicho con meras metáforas– el Todo irreductible a las partes, Corazón sin forma de todas las formas del cosmos, Aliento vital de todo cuanto es, Origen o Fuente o Fondo eternamente presente de toda energía y materia, Conciencia universal, Puro Ser o, mejor, Interser, Relación de todo con todo, Creatividad buena sin fin de la que todo el universo, nosotros en él, es portador, para el adviento o el advenimiento o la realización del Arcoíris de la Paz.
(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 26 de noviembre de 2017)

domingo, 8 de octubre de 2017

Dios, ante la nueva imagen de un universo holístico


Por Javier Monserrat

La Nueva Física (la de los últimos setenta años) ha insistido poco a poco en que la raíz profunda, digamos ontológica, del mundo de objetos clásicos es el mundo mecanocuántico en el que rigen propiedades que no se cumplen en las interacciones de objetos del mundo clásico. Digamos ahora que estas propiedades ontológicas son la coherencia cuántica, la superposición cuántica, la indeterminación cuántica y la acción-a-distancia (o efectos EPR). La diferenciación entre partículas bosónicas y fermiónicas es también esencial. Estas últimas tendrían una función de onda (un modo de vibración ondulatoria) que las haría mantener su independencia (como se dice en física, con un spin y una masa propias). Pero esto no pasa con las partículas bosónicas que disuelven su individualidad vibracional en un estado de coherencia cuántica, unitario e interiormente indiferenciado. De todo esto debe hablarse al comentar las ideas básicas de la mecánica clásica y de la mecánica cuántica, dentro de nuestras ideas actuales sobre el modelo estándar.

Una ciencia que describiera el mundo físico de forma ciega, sin sensibilidad-conciencia, robótica, mecánica y determinista, ni sería humanista ni sería apropiada para entender el mundo religioso. Pero esa ciencia, en realidad, no sería ciencia porque su obligación es explicar que en la evolución se haya producido el hecho incuestionable de la sensibilidad-conciencia. Y lo que exige esta explicación lleva a la ciencia a una imagen holística del universo que, aun haciendo más verosímil la ontología holística de la Divinidad, sin embargo, no por ello cierra la puerta a una explicación atea, sin Dios, del universo. Por ello, el problema del origen y de la naturaleza de la sensibilidad-conciencia nos deja sumidos todavía en la incertidumbre metafísica. La ciencia no permite salir de la duda sobre la verdad metafísica última del universo, pero hoy hace mucho más verosímil que Dios sea en realidad el fundamento metafísico del universo.


Hacer inteligible la experiencia fenomenológica de la conciencia desde el mundo físico


No cabe duda de que la imagen que la ciencia debe ofrecernos del universo, de la materia, de la vida y del hombre, debe hacer inteligible que en el proceso evolutivo se haya producido la emergencia de la sensibilidad y de la conciencia. Hacer inteligible significa que la ciencia debe conocer las causas que, dentro de la unidad del proceso evolutivo, han hecho posible la emergencia de la sensibilidad. Ahora bien, puesto que el origen del mundo biológico, en el que aparece la sensibilidad, es el mundo físico, cabe pensar entonces que ese mundo físico debe de tener una constitución ontológica tal que haga posible la emergencia de la sensibilidad-conciencia. El universo, en efecto, durante miles de millones de años sólo fue realidad física. De ella debió de surgir la realidad biológica. ¿Cabe una alternativa a este supuesto científico? Es claro que no existe. Si la sensibilidad-conciencia surgió dentro de lo biológico, entonces es evidente que debe suponerse también que sus causas deben darse en la naturaleza del mundo físico que lo ha producido todo evolutivamente.


No podemos albergar dudas acerca de que es obligación de la ciencia abordar la explicación de las causas de que en el universo haya sensibilidad y conciencia. La pregunta es, pues, en un ámbito estrictamente científico: ¿cuál es el “soporte físico”, o sea, la ontología primordial, o manera de ser real de la materia, que haga posible la emergencia del mundo de la sensibilidad-conciencia? La ciencia, en efecto, debe explicar por qué ha sido posible evolutivamente la sensibilidad-conciencia. No puede hacerlo sino a partir de la ontología, las propiedades y las leyes de la radiación/materia primordial que se originó en el big bang. Ahora bien, explicar significa conocer las causas que hacen posible la emergencia de la conciencia, de acuerdo con las propiedades fenomenológicas que esta tiene y son descritas en las ciencias humanas. ¿Cuáles son estas propiedades?


Las tres propiedades fenomenológicas básicas, a las que me he referido con fecuencia, son a) la unidad de la concienciaque integra en una unidad la totalidad del cuerpo y sus acciones, b) la indeterminación o libertad impulsora de las acciones y c) la experiencia campal u holística que proporcionan los sentidos (así el campo de la visión o la experiencia campal del propio cuerpo, sentido como un todo unitario que abarca el espacio y el tiempo). La conciencia –como sistema sensitivo integrado y referido a un sujeto psíquico que impulsa las acciones– se produce en animales y en hombres (no así la razón que es propia sólo del hombre). ¿Cuál es entonces la explicación causal ofrecida por la ciencia para el hecho evolutivo evidente de que hayan sido producidas la capacidad de sentir y de la conciencia?


El problema que ha surgido en la ciencia ha consistido en explicar las propiedades fenomenológicas de la conciencia a partir del mundo físico (ya que, en el proceso evolutivo, como antes decíamos, todo tiene su origen en un universo puramente físico). Durante miles de millones de años sólo existió universo físico y de él debió de emerger el universo psíquico. Se trataba, por tanto, de entender el “soporte físico” (el modo de ser del mundo físico) que hiciera posible explicar por qué han aparecido en la evolución la sensibilidad, la conciencia, así como las propiedades psíquicas fenomenológicas de animales y de hombres. Por tanto, la ciencia debía explicar las propiedades psíquicas, pero de acuerdo con la forma en que nosotros las advertimos como un hecho. La discusión de esta necesidad explicativa de la ciencia llevará al problema metafísico de la conciencia (a la proyección de este problema sobre nuestra idea metafísica del universo).


En efecto, una idea del universo físico reduccionista (más bien fundada en una imagen sólo mecanoclásica del mundo) favoreció durante siglos una imagen mecánica y determinista del hombre, así como una metafísica atea, ya que no hacía fácilmente inteligible cómo el universo podía relacionarse con Dios (ni siquiera explicaba la imagen “humanística” del hombre que da sentido a nuestra vida real en sociedad). En cambio, la moderna imagen holística y campal del universo físico (fundada no sólo en la mecánica clásica sino también en las propiedades extrañas del mundo cuántico) no sólo hará posible una imagen no-reduccionista y humanista del hombre, sino también la imagen del universo físico en que la posible existencia de Dios como su fundamento ontológico se hace mucho más posible, inteligible y por ello verosímil.
El reduccionismo y el equilibrio clásico-cuántico en la explicación física de la conciencia


Es sabido que la ciencia fue durante siglos sólo mecanoclásica. De ella nació una idea de los objetos físicos, y de las interacciones clásicas (newtonianas) entre ellos, que respondían sólo a los principios del mecanicismo, determinismo, escisión, diferenciación y distancia en un espacio-tiempo métrico (una cosa está aquí y la otra allí, a distancia, manteniendo cada una su individualidad impenetrable frente a las otras). Esto acabó conduciendo a lo que conocemos como reduccionismo. Es decir, a la pretensión de explicar la sensibilidad-conciencia a partir sólo de esos mismos principios mecanoclásicos en que predomina la imagen de un mundo de objetos o entidades discontinuas y diferenciadas que ejercen unas sobre otras acciones mecánicas deterministas. Por consiguiente, reduccionismo no significa, a mi entender, querer explicar el psiquismo desde lo físico, ya que esto es correcto, sino por reducir la explicación física sólo a la mecánica clásica, sin advertir que el universo físico es también cuántico.



El universo físico es también cuántico


No obstante, frente a esto, la Nueva Física (la de los últimos setenta años) ha insistido poco a poco en que la raíz profunda, digamos ontológica, del mundo de objetos clásicos es el mundo mecanocuántico en el que rigen propiedades que no se cumplen en las interacciones de objetos del mundo clásico. Digamos ahora, aunque no lo expliquemos, que estas propiedades ontológicas son la coherencia cuántica, la superposición cuántica, la indeterminación cuántica y la acción-a-distancia (o efectos EPR). La diferenciación entre partículas bosónicas y fermiónicas es también esencial. Estas últimas tendrían una función de onda (un modo de vibración ondulatoria) que las haría mantener su independencia (como se dice en física, con un spin y una masa propias). Pero esto no pasa con las partículas bosónicas que disuelven su individualidad vibracional en un estado de coherencia cuántica, unitario e interiormente indiferenciado (de todo esto hablamos ya anteriormente cuando comentábamos las ideas básicas de la mecánica clásica y de la mecánica cuántica, dentro de nuestras ideas actuales sobre el modelo estándar).


Por ello, la tendencia actual de la neurología cuántica sería explicar los seres vivos no sólo a partir de la física clásica (reduccionismo), sino como un equilibrio balanceado entre mundo clásico (el cuerpo consistente y estable) y mundo cuántico (los fenómenos cuánticos imbricados en lo clásico que explicarían lo que el reduccionismo determinista no puede explicar satisfactoriamente, a saber, la unidad de la conciencia, su indeterminación o relativa libertad y su dimensión holístico/campal). Deberíamos abordar también aquí una explicación más amplia de la forma en que hoy se concibe la neurología, en el marco del proceso evolutivo y la imagen del hombre en la ciencia contemporánea[1].
La idea de un universo holístico y la verosimilitud de la ontología holística de Dios


Por ello, además de ciertos filósofos que se anticiparon a su tiempo (como Nicolás de Cusa), tanto en la física antigua (como es el éter de Newton y su sensorium divinitatis, desprestigiado años después por el experimento de Michelson-Morley y la teoría de la relatividad), como en la nueva física se ha tendido siempre a postular la existencia de un fondo unitario de la realidad física, entendido como un fondo holístico omni-abarcante, un mar de energía fontanal, como el universo implícito de Bohm, como el reciente vacío cuántico, como el fondo de referencia para los operadores de creación y destrucción de Dirac (que formuló ya en los primeros años del nacimiento de la mecánica cuántica), o cómo el fondo referencial en que nace o en el que se disuelve finalmente la energía del universo. Recordemos que el modelo cosmológico estándar exige un fondo de referencia ontológico que hace nacer la energía del universo y en el que se disolverá finalmente.


Este fondo unitario del universo es el que parece haberse confirmado por la existencia del campo-de-Higgs, que permea el universo en su totalidad, y su vibración en forma de un bosón-de-Higgs que conferiría la masa a las vibraciones generadas desde el big bang. De esta manera, las partículas, o vibraciones fermiónicas, adquirirían la masa que hace nacer el mundo mecanoclásico objetivo. Nacerían los objetos macroscópicos ordenados, físicos y biológicos, que entre otras cosas forman el universo y nos permiten tener un cuerpo estable con el que construir una biografía personal. La teoría y comprobación experimental del campo/bosón de Higgs –de acuerdo con su papel en el modelo estándar de la teoría de partículas– contribuye en nuestros días de una forma nueva, por primera vez avalada experimentalmente, a considerar la existencia de un fondo unitario que permea universalmente el espacio. Así, el modelo estándar, reafirmado por Higgs, asume con nueva fuerza la visión unitaria de la materia que constituye el universo; materia unitaria que se manifiesta como bosónica y como fermiónica, pero siempre dentro de una profunda unidad ontológica que permea el fondo del universo.


Al contribuir, por tanto, desde su perspectiva conceptual propia, a fundar una imagen holística del universo, el campo/bosón de Higgs acerca la ciencia de forma significativa a la verosimilitud de los intentos por explicar la naturaleza de la sensibilidad-conciencia a partir de las propiedades cuánticas campales de la materia y del universo físico. Notemos que la teoría del campo/bosón de Higgs es sólo puramente física, no implica por sí misma una explicación del psiquismo, ni hace referencia alguna a Dios. Pero es un resultado científico que facilita el esfuerzo conceptual de los científicos y psicólogos (en las ciencias humanas), efectivamente comprometidos en la explicación de los seres vivos como un balance equilibrado clásico/cuántico. Higgs nos dice que la realidad física está constituida por campos primordiales previos que fundan la aparición del mundo clásico, pero que todavía no están atrapados en la rigidez determinista y diferenciada de ese mundo clásico. Higgs, aun sin saberlo, ha abierto una puerta a la explicación del sorprendente hecho de que la evolución haya generado la sensibilidad y la conciencia.
La imagen física del universo y la viabilidad de la imagen de Dios


La viabilidad de la hipótesis de un universo creado por obra de un ser metafísico transcendente entendido como Dios, como hace la metafísica teísta, depende en gran parte de la ontología del mundo físico, tal como sea conocida por la ciencia. La idea de Dios supondría una presencia holística que abarca todo el universo como su fondo más profundo. Esta es la experiencia del hombre religioso que halla siempre a Dios en lo profundo de su ser. Además, esa ontología divina fontanal sería la que habría hecho nacer el universo como creación. La experiencia de un Dios que abarca la ontología profunda de todo el universo es esencial no sólo para la experiencia religiosa, sino también para explicar cómo Dios puede ser el origen profundo de todas las cosas, la ontología radical de la que nace el universo.


Pues bien, la verdad es que la imagen reduccionista de la ciencia, todavía remanente en algunos, está limitada sólo a una imagen mecanoclásica. Esta imagen no favoreció, durante muchos años, la viabilidad de la idea de Dios. El universo aparecía para el reduccionismo clásico como una pluralidad de entidades desintegradas, separadas unas de otras, que hacían difícil entender la unidad holística profunda del universo. Pero el reduccionismo, como hemos dicho, no sólo no favorecía imaginar la presencia holística de Dios en el universo, sino que hacía inviable incluso el mismo humanismo que todos advertimos en nuestra experiencia social. Hacía inviable la explicación indeterminista y holística de los seres vivos. El reduccionismo llevaría a una idea robótica de los seres vivos, tal como vemos hoy en las modernas psicologías computacionales, que son la versión moderna del mecanicismo-determinista del XIX. Este robotismo mecanicista no podría explicar nunca las propiedades fenomenológicas del psiquismo animal y humano (la unidad de la conciencia, la experiencia campal y la indeterminación de las respuestas al medio). El mecanicismo reduccionista clásico, mecanicista e indeterminista, nunca podía llegar a explicar el indeterminismo y holismo campal, tal como están dados fenomenológicamente en la experiencia animal y humana.


Tras ese fondo físico campal de la ciencia pudiera esconderse el enigma de la presencia holística de la ontología de la divinidad

De ahí que la nueva física, al hacernos ver la importancia de que el universo no sólo sea mecanoclásico sino a la vez, en su raíz ontológica primordial, también mecanocuántico, haya contribuido a hacer más y más verosímil la idea de Dios como realidad fontanal del universo. El entender que el universo no es un mosaico de entidades escindidas, aisladas, puramente clásicas, sino una entidad unitaria que responde a la ontología holística en que existe el universo, ha sido un cambio de perspectiva científica que ciertamente hace más verosímil que tras ese fondo físico campal que la ciencia atisba a postular como concepto físico –y también hoy a comprobar experimentalmente y a describir con conceptos sólo científicos– pudiera en alguna manera esconderse el enigma de la presencia holística de la ontología de la divinidad (de una forma que desconocemos). En ella se habría producido el universo y en ella estaría sustentado en el ser continuamente por la voluntad divina (insisto en que estas consideraciones son sólo filosofía teísta, legítima como filosofía, pero no son pura ciencia como tal). En otras palabras, en tanto en cuanto la ciencia se acerca a entender el universo como unidad holística, la ciencia hace tanto más verosímil el holismo divino. La conexión de este holismo físico con la idea fontanal de Dios, sin embargo, no sería ciencia como tal, sino una legítima interpretación filosófica del teísmo.

Un universo holístico de ontología psíquica sigue haciendo viable el ateísmo


Pues bien, en este sentido, el descubrimiento del campo/bosón de Higgs debe entenderse como la primera gran comprobación experimental de que el universo existe efectivamente inmerso en un campo holístico que se describe como el campo de Higgs (aunque éste, como antes decíamos, no deba confundirse con el fondo campal del universo, anterior al big bang, del que nace y en el que se reabsorbe la energía total del universo). Hasta ahora había mucha especulación sobre el fondo campal de la realidad. Desde ahora, al menos el campo de Higgs forma parte ya de la ciencia experimental. Sabemos que estamos en un universo que responde a una ontología holística. Y en este sentido se hace más verosímil pensar hoy en la ontología divina fontanal del universo que, de existir, debería ser también holística y estaría más allá del campo de Higgs. En este sentido creemos que el descubrimiento del campo/bosón de Higgs contribuye a hacer más verosímil la especulación filosófica del teísmo. Verosimilitud filosófica, insistimos, que, por descontado, no elimina la posibilidad de la interpretación alternativa, también filosófica, del universo en una hipótesis ateísta.


Pero debemos hacer todavía una observación. Admitir que debe postularse la cualidad psíquica primigenia de la ontología de la materia no implica una metafísica teísta[2]. ¿Por qué entonces la materia tiene la propiedad de producir sensibilidad-conciencia, como muestra de hecho la evolución y debemos postular? ¿Por qué más bien no la tiene? Nunca lo sabremos, pero en nuestro universo debemos atribuir esa propiedad a la materia porque sin ella no pueden explicarse los productos fácticos posteriores de la evolución. Debemos también observar que la materia primordial podría tener una ontología psíquica y, no obstante, ser un sistema natural autosuficiente, puramente mundano, sin Dios. Por ello, debemos decir explícitamente que admitir la ontología psíquica de la materia no es un supuesto crucial que permita decidir entre teísmo y ateísmo.



La experiencia psíquica de este universo envolvente sería el ámbito universal de la unidad del fenómeno místico


Sin embargo, aun siendo todo esto así, no cabe duda también de que, tras el campo/bosón de Higgs, se abre para la metafísica teísta la puerta a una mayor verosimilitud de la hipótesis de Dios como fundamento fontanal del universo. Esta puerta no estaba abierta en los tiempos en que predominaba sólo el reduccionismo. Si vivimos en un universo que flota en una realidad campal y holística a la que cabe atribuir una ontología psíquica profunda, entonces ese universo nos hace mucho más verosímil el pensar que pueda estar producido por una ontología divina de fondo cuya transparencia o conciencia absoluta se atisbaría en los campos psíquicos de sensibilidad-conciencia que se han ido abriendo en el proceso evolutivo. La experiencia psíquica de este universo envolvente y profundo cuya ontología se atisba en la experiencia interior del hombre sería el ámbito experiencial humano, universal, que explica la unidad del fenómeno místico en todas las religiones. En este sentido, apunto que no deja de ser sugerente recordar la mística sufí en el Islam, la experiencia mística de Dios en el hinduismo, la “interiorización mistérica” en el budismo y la teoría holístico-mística del Tzim-Tzum en la Cábala judía.
Conclusión


Una ciencia que describiera el mundo físico de forma ciega, sin sensibilidad-conciencia, robótica, mecánica y determinista, ni sería humanista ni sería apropiada para entender el mundo religioso. Pero esa ciencia, en realidad, no sería ciencia porque su obligación es explicar que en la evolución se haya producido el hecho incuestionable de la sensibilidad-conciencia. Y lo que exige esta explicación lleva a la ciencia a una imagen holística del universo que, aun haciendo más verosímil la ontología holística de la Divinidad, sin embargo, no por ello cierra la puerta a una explicación atea, sin Dios, del universo. Por ello, el problema del origen y de la naturaleza de la sensibilidad-conciencia nos deja sumidos todavía en la incertidumbre metafísica. La ciencia no permite salir de la duda sobre la verdad metafísica última del universo.


[1] La imagen moderna de la realidad en la ciencia incluye una idea acerca de la naturaleza de los seres vivos y del hombre. Un aspecto esencial de esta explicación es el proceso evolutivo hasta la aparición de la vida y de las causas que han producido que en los vivientes se haya formado la capacidad de sentir, percibir, la conciencia y la constitución de un sujeto psíquico capaz de dirigir las acciones de respuesta al medio. Frente al mundo animal, la emergencia de la razón ha sido el factor evolutivo principal que explica la aparición del hombre con su psiquismo específico, es decir, con los aspectos racio-emocionales de su comportamiento. El hombre, al igual que los animales, se explica hoy en la ciencia en una perspectiva monista: es sólo la materia constituyente del universo la que, a través de la evolución, ha producido al hombre y es la que explica su naturaleza. El hombre es así un equilibrio entre un cuerpo construido en el mundo clásico (esto explica su estabilidad, su identidad, su individualidad, necesarias para poder construir su propia historia) y un cuerpo que muestra fenómenos en que la materia se presenta en sus propiedades cuánticas (estas propiedades son las que explican las propiedades del psiquismo humano). El hombre es así un equilibrio clásico/cuántico, un equilibrio entre determinación e indeterminación.


[2] Recordemos que, según inferíamos antes, explicar que en la evolución del universo físico se haya producido la emergencia de la sensibilidad-conciencia, implica postular que las propiedades ontológicas de la materia primordial deban de ser tales que permitan que, en un determinado momento de la evolución, se produzca la emergencia de la sensación, la sensibilidad, la percepción y la conciencia. Es decir, que emerja el mundo psíquico. Pues bien, lo que ahora explicamos es que postular que la materia sea germen primordial del mundo psíquico es también compatible con una explicación atea del universo. Dicho esto, al mismo tiempo que se admite que la naturaleza “psíquica” profunda del mundo físico hace también más verosímil la hipótesis de una Divinidad que debería ser holística.

Artículo elaborado por Javier Monserrat, Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión, Universidad Comillas, Madrid.

Fuente: FronterasCTR