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viernes, 26 de abril de 2019

El triunfo de las luchas por la vida.



Ya terminó la Semana santa. ¿Olvidaremos su mensaje principal? El triunfo de la lucha por la vida y la fraternidad. Esa fue la misión que Jesús de Nazaret llevó hasta el extremo en sólo 3 años de dedicación a tiempo completo. Todo el cosmos es expresión de vida amorosa que no deja de desplegarse porque la creación sigue en marcha: lo vemos ahora con las fotos de los satélites que recorren el espacio.

Acabo de escuchar en redes sociales una señora de 92 años que dice: “Se ha dejado de luchar, por eso estamos en lo que estamos… Nada tenemos heredado para siempre… Se tiene lo que se defiende”. Algo parecido dice Bertold Brecht: “No debes tener lo que no estás dispuesto a defender”. ¿Nos sorprenden estas 2 personas? Jesús decía lo mismo: “Sólo los valientes entran en el Reino de Dios”, es decir, sólo los valientes tienen vida plena y llena de fraternidad y alegría porque luchan por ellas. El infierno es para los cobardes, los individualistas y los indiferentes.

Estamos salvados cuando entramos en esta lucha por la vida y la fraternidad. Si no vivimos para eso, estamos perdidos y bien perdidos. Y eso vale para cristianos y ateos. Se pierden los que trabajan por tener más y más dinero; se pierden los corruptos; se pierden los sinvergüenzas que hacen leyes por su interés personal o gremial; se pierden los jueces que tuercen las leyes para condenar al inocente; se pierden los que mienten descaradamente con la complicidad de los medios de comunicación; se pierden los ladrones de corbatas…


Eso es el infierno… que nos hacen padecer.

También se pierden los indiferentes a la maldad, los pasivos frente a las injusticias, los conformes con la desigualdad social, los que aplauden a los malvados, los que se suben a la camioneta de los corruptos, los quejosos que nunca mueven ni el dedito, los que se valen del desconocimiento de los demás, los envidiosos incapaces de luchar por su dignidad… Eso es el infierno.


Jesús de Nazaret vino por hace acontecer el Reino de Dios: eso fue su misión. Por su vida y su muerte hizo reinar a Dios en este mundo y Dios reina cuando hay vida, amor, justicia, armonía con la naturaleza, comunión el Misterio del universo. Desde el emperador Constantino, y hasta antes, se creyó que la religión con su clero, sus leyes, sus cultos, sus lugares santos, sus libros sagrados… eran la manera de hacer presente el Reino de Dios. Y vemos ahora el resultado: pedofilia e iglesias que se van vaciando. Hay que volver a los orígenes de las religiones y del cristianismo tal como lo vivieron Jesús y las primeras comunidades cristianas. “El Reino es lo único absoluto” dijo el papa Pablo 6° en 1975, repitiendo la frase de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios; el resto vendrá por añadidura”. ¡A salir de dónde nos hemos extraviado! Entonces la moral y la obsesión de la sexualidad pasarán segundo lugar, es decir, al servicio del Reino: todo debe estar al servicio del Reino.


Están desapareciendo las religiones pero no desaparecerán los que luchan por la vida y por la fraternidad. También muchos luchan y lucharán para que sigan vivas las ruinas religiosas, cultivando sus cementerios como paraísos perdidos… y cuántos más los irán siguiendo en su ceguera, complicidad y egoísmo.


La Semana santa nos despierta a la realidad, pero preferimos la cobardía de los apóstoles, la traición de Pedro y la soberbia de Poncio Pilato: ‘¿Qué es la verdad?’, sin querer escuchar la respuesta de Jesús: “He venido por la verdad”. La verdad de Jesús fue hacerse hombre pobre con los pobres, profeta itinerante, Mesías del Reino, dedicándose a construir el Reino con los pobres y desde ellos, hasta las últimas consecuencias. Esa fue la lucha de Jesús: por la vida y la fraternidad. Por eso lo asesinaron como vil delincuente que ‘alborotaba a las gentes’, desestabilizaba los poderes: el religioso de los judíos y el militar de los romanos. Hoy, ¿dónde nos ubicamos? ¿con quienes nos identificamos? ¿a quiénes defendemos consciente e inconscientemente? También hay que decir ¡cuántos siguen hoy el camino de Jesús y son perseguidos y asesinados como él! Y nosotros, los cristianos en particular, ¿con quienes nos cuánto complicidad nuestra con ellos?


Despertemos, levantémonos, luchemos tal como nos invitó Ricardo Patiño el año pasado a ‘luchar combativa, pacífica y colectivamente’, tal como consta en la Constitución y el Evangelio: “¡Sólo los valientes conquistan el Reino de Dios!”. Eso es ‘resurrección’, o sea, triunfo de las luchas por la vida y la fraternidad.

domingo, 6 de enero de 2019

Interrogantes en torno a Jesús de Nazaret, Dios y la vida eterna y proyecto de ética mundial.



Hans Küng II: Interrogantes en torno a Jesús de Nazaret, Dios y la vida eterna y proyecto de ética mundial.



En la década de los setenta del siglo pasado y principios de los ochenta Hans Küng publicó tres obras en las que reformula tres de los grandes temas del cristianismo en los nuevos climas culturales y en respuesta a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: Ser cristiano; ¿Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo; ¿Vida eterna? Respuesta al gran interrogante de la vida humana? (las tres publicados en castellano originariamente en la editorial Cristiandad y actualmente en Trotta). Contaron con una excelente acogida en amplios sectores de la sociedad, religiosos o no, se tradujeron a diferentes idiomas, ejercieron una gran influencia en el campo teológico y constituyen hoy referentes significativos en cada uno de los temas tratados.

El libro de Küng Ser cristiano no se dirige a un público confesionalmente católico, sino “a cristianos y ateos, gnósticos y agnósticos, pietistas y positivistas, católicos tibios y católicos fervientes, protestantes y ortodoxos”, a personas que no son cristianas pero se interesan intelectual y vitalmente por el cristianismo y a quienes se encuentran indecisas entre la fe y la increencia. Siguiendo la metodología interrogativa, Küng empieza preguntándose si ser cristiano es más que ser persona, si es una superestructura o una infraestructura, qué es en realidad ser cristiano y cristiana y que significa serlo hoy.

En esta obra desarrolla una de las cristologías que –junto con las de Rahner, Schillebeexcks y las de la teología de la liberación- más ha contribuido a recuperar al Jesús histórico y a la reformulación de los dogmas cristológicos en perspectiva histórica. A partir del reto de los humanismos modernos y de las grandes religiones, se pregunta por lo peculiar del cristianismo, y lo descubre en Cristo, se interroga asimismo por cuál de las imágenes de Cristo es la verdadera y a cuál de ellas hay que atenerse en la práctica. La respuesta es el Cristo real, que no es un mito, sino un personaje histórico, cuyo contexto social, predicación, conflictos, muerte y nueva vida analiza con rigor exegético.

En ¿Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo plantea el problema de Dios siguiendo los pasos del pensamiento moderno europeo a través de algunos de sus principales filósofos y sistemas de pensamiento: Descartes, Pascal, Kant, Hegel, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud, Bloch, Wittgenstein, etc., en forma de preguntas: ¿pienso, luego existo? (Descartes); ¿creo, luego existo? (Pascal); ¿no se desvanece Dios en el proceso de la evolución? (Darwin), ¿no es Dios una proyección del ser humano? (Feuerbach); ¿no es un consuelo interesado? (Marx); ¿no es “nuestra más larga mentira” y el resentimiento de las personas frustradas? (Nietzsche), ¿es Dios una ilusión infantil? (Freud).

No es este un libro de sermones y panegíricos, sino, en diálogo con los críticos de Dios y atento a sus interpelaciones, un intento de respuesta con tres síes a la pregunta del título: sí a la realidad como alternativa al nihilismo; sí a Dios como alternativa al ateísmo; sí al Dios cristiano, que es el Dios de Jesús de Nazaret. Pero antes de la respuesta afirmativa al Dios cristiano y consciente de que, desde las ciencias de las religiones, el cristianismo no es la única religión, analiza las concepciones de Dios en las religiones no cristianas, incluyendo la idea de Dios de las religiones chinas y la religiosidad no-teísta del budismo.

En ¿Vida eterna? Respuesta al gran interrogante de la vida humana? (Trotta) se plantea las preguntas existenciales sobre el futuro de la vida, el sentido y sin-sentido de la muerte: ¿qué es la muerte?, ¿hay una sola vida o varias vidas?, ¿a dónde vamos al morir: a la nada o a la realidad última?, ¿es el más allá la proyección de un deseo?, ¿es el morir entrar en la luz?, ¿todos los caminos acaban en la tumba?, ¿por qué esperar en un cielo?, ¿infierno eterno?. Y nuevas preguntas más radicales: “¿Es la vida eterna solo la proyección de un deseo? (Feuerbach)?, ¿vana esperanza para oprimidos? (Marx), ¿negación del eterno retorno de lo mismo?, ¿regresión irreal propia de una inmadurez psíquica? (Freud)”.

Küng expone las respuestas dadas por las distintas filosofías y religiones: reencarnación, inmortalidad del alma, el “gran quizás” de Rabelais, que retoma Bloch, etc. y se centra especialmente en las respuestas del judaísmo y del cristianismo: la resurrección de los muertos y la vida eterna. Para él, la esperanza en la vida eterna implica activar dimensiones fundamentales de la existencia humana como las siguientes: saber que este mundo no es lo definitivo y que todo lo que existe tiene carácter transitorio; poder trabajar por un mundo mejor; poder dar sentido a la propia. Define la vida eterna como “liberación sin nueva esclavitud”.


Diálogo interreligioso y proyecto de una ética mundial


Tras la retirada de la autorización para la enseñanza teológica por parte del Vaticano a propósito de sus teorías sobre la infalibilidad en 1979, inició una nueva etapa: la apertura al “gran ecumenismo” a través de la propuesta del diálogo entre las religiones y de una ética mundial. Expuso su idea de la paz entre las religiones como base para la paz entre las naciones en distintos foros internacionales y la desarrolló de manera programática en la obra Proyecto de una ética mundial (1990).

La tesis de Hans Küng es que las religiones pueden contribuir a evitar el choque de civilizaciones que algunos politólogos anunciaban para el siglo XXI. Para ello es necesario que pongan en práctica una serie de iniciativas que el teólogo suizo formula así:

“1. No habrá paz entre naciones sin paz entre las religiones. 2. No habrá paz entre las religiones sin diálogo de las religiones. 3. No habrá diálogo de las religiones sin estándares éticos globales. 4. No habrá en nuestro Globo supervivencia en paz y justicia sin un nuevo paradigma de relaciones internacionales basadas en estándares éticos globales”.

Estas propuestas fueron la base del II Parlamento de las Religiones del Mundo celebrado en Chicago del 28 de agosto al 4 de septiembre de 1993, donde más de 200 representantes de las religiones del mundo expresaron por primera vez en la historia su consenso en torno a una serie de valores, actitudes y modelos éticos comunes. El consenso se plasmó en una Declaración, cuyo principal redactor fue Küng. En ella las religiones asumían el compromiso de trabajar a favor de una cultura de la no violencia y del respeto a toda vida, de una cultura de la solidaridad y de un orden económico justo, de una cultura de la tolerancia y de una vida veraz, y de una cultura de la igualdad y la colaboración entre hombres y mujeres.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El pan y la paz amenazados.


Evaristo Villar

Universidad Andina Simón Bolívar de Quito (Ecuador), 23 agosto 2018.
Reflexión presentada en el Simposio Internacional de Quito (Ecuador) “La justicia y la paz se besan”: Jubileo en homenaje a Mons. Leonidas Proaño a los 30 años de su resurrección y a los 50 años de la Conferencia de Medellín. 

La amenaza sobre el pan y la paz ha sido un desafío permanente para el ser humano. Desde el maná que reclamaban los exiliados israelitas de Egipto hasta la conquista del paraíso, soñado y prometido tantas veces, la tensión entre el “danos hoy nuestro pan de cada día” y la tentación del pan (“no solo de pan vive el hombre”) nos ha acompañado siempre. Y con la tensión, también el conflicto y la guerra.

Las guerras por el pan llenan la historia. También las propuestas de pan abundante. Desde las más radicales —como la de Jesús de Nazaret en la multiplicación de los panes (Mc 6, 38 y ss.; 8, 1 y ss.) o la de Carlos Marx— hasta las que se siguen haciendo en nuestros días, las propuestas de pan, alternativas a la precariedad actual, nunca han cesado en la historia humana.

No voy a entrar ahora en este enmarañado campo de las promesas y su cumplimiento. Mi propósito es más modesto: se trata tan solo de ver hasta qué punto y cómo el compromiso de hoy con el pan y con la paz puede inspirarse, salvando las distancias, en los intentos realizados en el último medio siglo por quienes hicieron posible Medellín 68, entre los que destacó, con luz propia, Mons. Proaño.

1. Un contexto alarmante

Con ocasión del 50 aniversario de Mayo 68, visto in extenso, se ha escrito mucho, pero me han interesado sobre todo las reflexiones del tenor siguiente. El siglo XX se puede dividir en dos mitades: la primera, muy violenta (con dos guerras mundiales, 1914-18 y 1939-45) y la segunda, dominada por la guerra fría (con muchos conflictos regionales) y el miedo a la posible hecatombe nuclear. Al final de siglo, con la Caída del Muro de Berlín (1989), aparece un panorama que es doblemente interesante tanto por lo que se derriba como por lo que se desvela.

* Se derriban los sistemas comunistas, alternativa al capitalismo, y esto conlleva un colapso de los Movimientos de Liberación Nacionales en el Tercer Mundo. Lo que supone la quiebra del paradigma “emancipador” que había venido impregnando a toda la izquierda en la segunda mitad del siglo XX. Una izquierda que había creído descubrir en el proletariado el sujeto social capaz de implantar, por la lucha de clases, el socialismo y la igualdad. (Esta caída del muro también sacudió las políticas socialdemócratas reformistas que, desde entonces, no han levantado cabeza).

* En segundo lugar, se ha desvelado que estamos inmersos en un monosistema mundial —siempre en crisis, de la que renace como el ave fénix— que apoya su expansión económica y financiera sobre una revolución tecnológica brutal y en la mundialización de un mercado desregulado y competitivo. Este monosistema está impidiendo la generación de pan para todos y todas y está poniendo, en desafío constante, la paz.

Por su propia lógica darwinista, el sistema único está agrandando la brecha de desigualdad entre países ricos y empobrecidos. El mundo rico del Norte (simbólico) ya no necesita al Sur como esclavo, le bastan sus materias primas, sus tierras; no necesita sus gentes como mano de obra barata, el trabajo lo hacen hoy las máquinas. Al pueblo se le excluye, se “descarta”, como gusta de repetir frecuentemente Francisco.

El PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) viene reflejando periódicamente esta brecha de la desigualdad. En sus últimos informes, después de mostrar su satisfacción por los logros alcanzados con los Objetivos del Milenio y de cara a la Agenda del 2030 —en la que, entre otros objetivos se fija erradicar la pobreza extrema, poner fin al hambre y reducir la desigualdad de género— refleja algunos datos que siguen siendo muy preocupantes. Tomo solo algunos ejemplos directamente relacionados con nuestro propósito:
* La desigualdad ante el pan: el 1% de la población posee el 46% de la riqueza; el 99% tiene que contentarse con el 54%. Es decir, 700 millones de personas acaparan en el mundo casi tanto como las 6.300 millones restantes.

* Con referencia al hambre: 1 de cada 9 seres humanos (que representa unos 700 millones) padece hambre. Juan Carlos García Cebolla, jefe del Equipo de Derecho a la Alimentación de la FAO, dejaba el pasado año en Madrid (II Conferencia contra el Hambre, Madrid 2017) unos datos parecidos: 793 millones sufren desnutrición crónica; 2.000 tienen carencias de nutrientes, y 600 millones padecen obesidad.

* La mujer, la mayor víctima del pan: además de admitir que la pobreza se ha feminizado —ya a principios de siglo el PNUD había dado la alarmante cifra de que las ¾ partes de pobres son mujeres—, ahora aporta otros datos bien llamativos de su ausencia del poder real —solo un 23% de las mujeres en el mundo son parlamentarias—.
* Inmigrantes y refugiadxs: a principios de siglo el PNUD reflejaba ya la existencia de la población mundial migrante en el 2,3%, (es decir, 161 millones). Ahora, debido a las guerras y la hambruna, habla de 244 millones, la mayoría refugiadxs, de los que 65 millones carecen de protección social alguna. (No entro ahora en las migraciones forzadas de América Latina o de EE.UU. Soy testigo de que el desconcierto que está atravesando la Unión Europea en este campo es monumental y vergonzante).

Solo una breve referencia a la paz. No es necesario ser politólogo para ver que detrás de la geopolítica y los conflictos y guerras de hoy se oculta, como siempre, la lucha por la hegemonía del pan. Según la Escola de Cultura de Pau —Centro de Investigación sobre la Paz, conflictos armados y Derechos Humanos, creado por la UNESCO en la Universidad Autónoma de Barcelona, que ofrece cada tres meses un informe de situación mundial sobre el tema— actualmente hay 22 países en guerra, siendo los continentes africano y asiático (con unos 300.000 niños soldado) los más afectados. En Occidente siguen teniendo presencia diaria en los medios las guerras de Siria e Israel/Palestina; y menos (a veces olvidada) la guerra de exterminio que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes están llevando a cabo en Yemen. Hay guerras viejas que se mantienen desde la lejanía de la historia, como la de Birmania (desde 1948, año de su independencia del Reino Unido) o la Israel/Palestina (desde la misma proclamación del Estado de Israel en 1948).

2. El pan, la paz y la vida
Sin pan no hay vida; y, sin paz, tampoco se produce el pan, necesario para la vida. La vida, en última instancia, depende del pan y de la paz.
Nunca agradeceremos suficientemente a la II Conferencia de Medellín el haber acercado el cristianismo latinoamericano a esta realidad tan básica, su apuesta por el pan y por la paz. A una conciencia cristiana que, inspirada en el Evangelio de Jesús, proclama la igualdad y solidaridad de todos los seres humanos, no le puede resultar nunca indiferente la proyección o dimensión social del cristianismo. Desde esta conciencia social, la II Conferencia de Medellín se hizo cargo de la realidad del continente, la calificó desde la inspiración cristiana y propuso la Promoción humana fundada en la justicia y la paz como vía de salida.

* Ante el reto del pan, Medellín se hizo cargo del empobrecimiento socioeconómico del continente, sumergido bajo el desarrollismo reinante, y en vísperas de incrementar sus niveles de pobreza con la inminente implantación de la Alianza para el Progreso —una especie de Plan Marshall que, contra el mal ejemplo de Cuba, pretendía controlar desde el Imperio el desarrollo del que considera su Patio Trasero—. En esta situación, Medellín apostó por mirar el continente desde la Teoría de la Dependencia (de los científicos del CEPAL, Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la UNO) que trataba de romper la relación causal entre el bienestar del primer mundo y la precariedad y empobrecimiento del resto. Desde la dependencia aparece la verdadera causa de “la miseria que margina a grandes grupos humanos y la frustración de legítimas aspiraciones que crea el clima de angustia colectiva”. Y, confrontada con la igualdad y la justicia de Evangelio, la miseria y la angustia colectiva son “un hecho que clama al cielo” y que exige un cambio de rumbo urgente: la promoción humana. (Cfr. La Iglesia ante la actual transformación de América Latina. Medellín: conclusiones. Promoción humana 1. Justicia).

* Ante el desafío de la paz, Medellín constata las consecuencias dramáticas que el empobrecimiento está teniendo en el contexto sociopolítico del continente. Una situación muy crispada debido a la ideología de la “Seguridad Nacional”, implantada a sangre y fuego por las Juntas Militares impuestas por el Imperio y la proliferación de las guerrillas populares que se multiplican a todo lo largo y ancho del continente. En este contexto de crispación Medellín se inspira en la constitución Gaudium et Spes del Vaticano II y en la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI para entender y denunciar valientemente la situación: “Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, el subdesarrollo latinoamericano, con características propias en cada uno de los países, es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz” (cfr. La Iglesia en a actual transformación de América Latina a la luz del Concilio. Medellín: Conclusiones 2. Paz).
A juicio de Gustavo Gutiérrez, “este mirar cara a cara sus problemas” y descubrir que, además de las guerras, “la pobreza no era el único pero sí el más grande desafío al anuncio del Evangelio”, fue la mayor aportación significativa de la Conferencia de Medellín.

3. ¿Qué podemos hacer hoy? Una respuesta posible (Mons. Proaño)
En definitiva, si el pan y la paz, la justicia y la paz, están íntimamente relacionadas con la vida, esto nos exige alguna respuesta.
Lo decía proféticamente Mons. Proaño: “estamos obligados a volver a las fuentes para redimir la vida… Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde, antes de que la ambición y la locura de unos hombres conviertan a nuestro planeta Tierra en una luna muerta, en un cementerio del espacio”.

Acoger hoy este encargo de Monseñor Proaño supone, al menos estas dos convicciones:
a) Que, enfrentados como estamos a estos dos grandes desafíos del pan y de la paz, debemos hacerlo con la confianza de que vamos a superarlos con éxito, porque “la humanidad siempre ha encontrado soluciones a los grandes retos”; y b), que, en este viaje, siempre podemos mirar de reojo el ejemplo de la Madre Tierra, la Pacha Mama, pues “la naturaleza es la única empresa que nunca ha quebrado”.

Con estas convicciones necesitamos optar por una de las dos alternativas siguientes:
1ª Tomar conciencia de que la solución capitalista neoliberal, no por ser la mundialmente imperante, es la más acertada, ni la más inteligente. Ya no podemos seguir confundiendo desarrollo con crecimiento indefinido, solo los locos y los economistas podrían hacerlo; ni tampoco podemos seguir confiando en que los pueblos con mayor crecimiento económico van a ser los mejores guardianes de la paz (ahí tenemos, como esperpéntico ejemplo, a Mr. Trump).

El crecimiento tiene límites porque la tierra es finita y actualmente está en situación agónica. Ya no puede dar pan para toda la humanidad. (Desde el 01 de agosto, según los expertos en el tema, hemos agotado el presupuesto ecológico que genera la Tierra para todo el año; y ya desde 1970 se viene advirtiendo que la huella ecológica va creciendo en proporción alarmante. De seguir a este ritmo, para el 2050 se necesitarán tres Planetas Tierra para alimentar a la humanidad).

[El Occidente desarrollado y guerrista ha cedido a la “tentación del pan”, rompiendo nuestra vinculación vital con la tierra. Nos hemos creído, justificándolo en dudosos planteamientos bíblicos (Lyn White), dueños de la Tierra y que sus recursos eran ilimitados. Pero ya es hora de empezar a pensar que con menos harina, por más que agrandemos el horno o multipliquemos los cocineros, no vamos a producir más pan].

En definitiva, el capitalismo no resuelve sino acrecienta el problema del pan y pone en constante riesgo la paz.

2ª La solución ecológica. No obstante, hay vida más allá de la economía occidental y capitalista. Aunque minoritaria y más selectiva, existe también la “economía ecológica”, la que ya desde los años 90 se llamaba “biomímesis” o ciencia que estudia y toma la naturaleza como fuente de inspiración. Más tarde se ha llamado “bioeconomía” o ciencia de la gestión de la sostenibilidad.

Esta forma de abordar la cuestión del pan no pone su mayor acento en el crecimiento cualquier precio, —registrable en el PIB o bienes y servicios sin más—, sino en todo aquello que hace que “la vida valga la pena ser vivida”.

Su mayor riqueza o novedad no está en la acumulación de bienes materiales, sino en el tiempo que tenemos para vivir, soñar, amar. Y este tiempo se limita cuando tenemos que emplearlo en cuidar los bienes, protegerlos, defenderlos, etc.
Esta forma de asegurarnos el pan y la paz de cada día, y evitar los conflictos y la guerra, da mayor importancia al bien-estar que al bien-tener, más al buen-vivir/convivir que al vivir-bien.

El Sumak Kawsay que refleja, entre los pueblos originarios, otro modo alternativo de abordar el problema del pan y de la paz, puede aportarnos una buena ayuda para superar la política económica neoliberal que no solo no ha encontrado el modo de hacer frente con éxito a los problemas del pan y de la paz, sino que, con su apuesta por el crecimiento sin límites y su forma de producción, los acrecienta.

En la actualidad, varios países, entre ellos Bolivia y el Ecuador, han inspirado sus constituciones en el Sumak Kawsay. Los 16 artículos en los que la constitución ecuatoriana recoge diferentes dimensiones prácticas del buen-vivir muestran un buen ejemplo a seguir. El preámbulo de la Constitución comienza así: “Nosotros y nosotras el pueblo soberano del Ecuador, reconociendo nuestras raíces milenarias, forjadas por mujeres y hombres de distintos pueblos, celebrando a la naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte y que es vital para nuestra experiencia… (sigue una larga invocación a Dios, a las religiones y a la sabiduría de las diversas culturas), decidimos construir una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el Sumak Kawsay”, etc.

Finalmente, esta apuesta por el buen vivir para un cristiano no está lejos de la utopía del Reino de Dios anunciado por Jesús de Nazaret.

sábado, 1 de septiembre de 2018

¿Mística y liberación?

domingo, 9 de abril de 2017

El Imperio contra Jesús de Nazaret.


Juan José Tamayo
(Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” y autor de Por eso lo mataron. El horizonte ético de Jesús de Nazaret, Trotta, Madrid, 2003, 2ª ed.)

El 9 de abril de 2004 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El Imperio contra Jesús de Nazaret”. Trece años después, creo que conserva toda su vigencia tanto en el análisis exegético de los textos de la pasión, apoyado en prestigiosos especialistas, como en la interpretación políticamente liberadora y religiosamente subversiva de dicho acontecimiento, en el horizonte de la teología de la liberación. Por eso he querido recuperarlo y ofrecerlo como reflexión para estos días de Semana Santa JJT.

Las dramáticas imágenes de la pasión de Cristo han estado grabadas en el imaginario social de varias generaciones de cristianas y cristianos que éramos arrastrados a las “misiones populares”, a las procesiones de Semana Santa, a los vía crucis, y nos vimos sometidos a una educación en el sacrificio que exigía reproducir en la propia carne los padecimientos de Jesús. Y todo ello teñido de un antisemitismo muy presente en la conciencia colectiva, que la misma religión oficial ayudaba a fomentar. Tal era el caso de los “oficios” del Viernes Santo, en los que se pedía “por los pérfidos judíos”, a quienes se hacía responsables de la muerte de Cristo, definida como un deicidio. Todo esto configuraba un cristianismo sacrificial sadomasoquista.

Cuando esas imágenes empezaban a diluirse y entrábamos en un proceso de serena aproximación histórico-crítica a los relatos evangélicos de la pasión, apareció la película de Mel Gibson para revivirlas en toda su crudeza y retornar a épocas pasadas. El realizador cinematográfico australiano confesaba que su decisión de rodar la película “fue como una especie de mandato divino” y respondía a la necesidad de “unir el sacrificio de la cruz con el del altar”. Ambas observaciones revelan el nivel providencialista e iluminado en que se sitúa Mel Gibson y los consiguientes prejuicios con que aborda cuestiones tan complejas y espinosas como el proceso de Jesús y la responsabilidad de los judíos en su muerte.

La película fue elogiada por las autoridades del Vaticano y pronto entró a formar parte de la videoteca personal de Juan Pablo II, quien, según algunos testimonios, tras ver la película declaró: “Así fueron las cosas”. La Iglesia Católica, la Iglesia Protestante y la Comunidad Judía de Alemania, empero, denunciaron la violencia que rezuma el film y la nueva ola de antisemitismo que podía despertar en Europa. Todo ello pretendía fundamentarlo Gibson en las visiones de la monja alemana Anne C. Emmerich y en los textos evangélicos, que ciertamente lee con mirada antijudía, de manera descontextualizada y sin recurrir a la mediación hermenéutica. ¿Todo sucedió en realidad como muestra la película? ¿”Así fueron las cosas”?

Mis reflexiones quieren ser una aproximación a los sucesos de los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret a través de una lectura crítica de los textos evangélicos. Empecemos por decir que en la reconstrucción histórica de la muerte de Jesús nos topamos con una dificultad no pequeña: la peculiaridad de los relatos de la pasión, donde no es fácil separar la historia de la interpretación, la biografía de la teología. Creo que a los estudios y filmes sobre la pasión de Cristo, y muy especialmente al de Gibson, se les puede aplicar lo que el profesor de Estudios Bíblicos estadounidense John Dominic Crossan dice de las investigaciones en torno al Jesús histórico: que son un campo abonado para hacer teología y llamarlo historia, o para hacer autobiografía y llamarla biografía (Jesús: vida de un campesino judío, Crítica, Madrid, 1994).

Lo que sí parece fuera de toda duda es que en la detención, el proceso y la ulterior ejecución de Jesús de Nazaret jugó un papel fundamental la espectacular protesta, o mejor, la provocación de Jesús en el Templo de Jerusalén, al arrojar al suelo las mesas de los comerciantes y dispersarlos a latigazos. Se trata de un hecho cuya historicidad no suele cuestionarse. Como asevera el investigador judío Geza Vermes, Jesús hizo lo que no debía, causar una conmoción, en el lugar donde no debía hacerlo, el Templo, y en el momento más inadecuado, inmediatamente antes de la Pascua (Jesús, el judío. Los Evangelios leídos por un historiador, Muchnik Editores, Barcelona, 1973).

El Templo era el lugar sagrado por excelencia y un motivo de orgullo para los judíos. Constituía la principal fuente de ingresos de Jerusalén y la principal atracción turística. La actividad mercantil desarrollada en él era necesaria para que los peregrinos pudieran cambiar la moneda y pagar así el impuesto al Templo. Asimismo, gracias al mercado, los peregrinos podían comprar allí los animales para los sacrificios, sin tener que soportar las molestias que suponía el tener que traerlos de sus propias casas.

¿Qué sentido tenía la acción de Jesús en el Templo? No parece que su intención fuera la de purificarlo. Se trataba de una acción simbólica con la que quería mostrar el final de la religión centrada en los sacrificios (“misericordia quiero, no sacrificios”), así como la protesta contra su significado económico extorsionador. Jesús declara derogado el culto sacrificial e innecesarias las actividades comerciales y fiscales que se desarrollaban en el Templo. Al perder éste sus funciones litúrgico-sacrificiales, comerciales y fiscales, ya no tenía razón de ser. La acción provocativa de Jesús se dirige primero y prioritariamente contra los jerarcas del Templo, verdaderos responsables del establecimiento del mercado allí. No pocos especialistas coinciden en que la provocación de Jesús en el Templo es el eslabón perdido entre el conflicto provocado en Galilea, de donde era oriundo Jesús, y los acontecimientos finales.

Con esta acción estaba tocando el nervio mismo de la aristocracia sacerdotal saducea, que consideraba el culto del Templo su núcleo fundamental tanto en el aspecto religioso como en el económico. Esa acción fue la gota que colmó el vaso de la ira de los sumos sacerdotes, quienes, junto con los escribas y los ancianos, que pertenecían al partido de los saduceos o estaban aliados con él, ocupan el primer plano en los relatos de la pasión. El conflicto mortal lo tuvo Jesús no con el judaísmo, sino con las autoridades judías, no con los fariseos, sino con los saduceos, que se consideraban custodios del orden nacional, basado en el Templo y en la Ley. Un orden cuestionado por el profeta de Nazaret, que confirmaba así su actitud de permanente desafío tanto a la jerarquía religiosa como al Imperio, y se convertía en el principal enemigo de ambos. Por eso, había que deshacerse de él lo antes posible.

El pueblo judío nada tuvo que ver en su condena y posterior ejecución. La decisión de ejecutar a Jesús es de la autoridad política, concretamente del gobernador Poncio Pilato, suprema autoridad judicial de la provincia de Judea, quien gozaba de una autoridad ilimitada y poseía amplios poderes judiciales, también el de aplicar la pena de muerte, como reconoce Flavio Josefo. La potestas gladii era de exclusiva responsabilidad del gobernador romano. Hay, con todo, una tendencia bastante generalizada en los relatos evangélicos de la pasión a cargar sobre los judíos todo el peso de la responsabilidad en la muerte de Jesús y a eximir de toda culpa a Poncio Pilato, que se habría limitado a entregar a Jesús para ser crucificado, pero en contra de su voluntad, y no habría dictado una sentencia formal de muerte.

Algunos de esos relatos presentan al gobernador romano en Judea como una persona insegura, vacilante, que parece no atreverse a tomar decisiones. Pero ese perfil no responde al comportamiento real de Pilato en el ejercicio de su autoridad al servicio del poder ocupante, sino que es fruto de la tendencia antijudía ya presente en algunos relatos de la pasión y radicalizada en la historia del cristianismo. En realidad, Pilato fue un gobernante duro e inmisericorde, inflexible y obstinado, violento y cruel, represivo y depravado, arbitrario e insolente. Así lo atestiguan con todo lujo de detalles Filón de Alejandría y Flavio Josefo.

La responsabilidad de Pilato en la condena a muerte de Jesús es confirmada por el historiador romano Tácito quien, cuando narra la persecución de los cristianos bajo Nerón, dice que el nombre de “cristianos” “procede de Cristo, que, bajo el principado de Tiberio, había sido entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato”. Éste condena a Jesús por motivos políticos, en concreto, por poner en peligro el orden público, por sedicioso. Es muy posible que el gobernador romano en Judea aprovechara gustoso la posibilidad de calmar con un acto intimidatorio la tensión que reinaba en Jerusalén durante la Pascua. Parece dudoso que las autoridades judías emitiesen contra Jesús una sentencia de condena, pues “el relato que la menciona (Mc 14,14; par Mt 26,66) es una excrecencia de origen cristiano elaborada a partir de una sentencia informal en la residencia de Anás, que no tenía personalmente ningún poder judicial”, afirma Simon Légasse (El proceso de Jesús, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1996). No son pocos los investigadores que niegan cualquier intervención del Sanedrín en el proceso de Jesús o, al menos, consideran improbable una condena oficial a muerte. No parece que dicho tribunal estuviera facultado para dictar sentencias de muerte. Y si lo hubiera estado y la hubiera dictado, el castigo hubiera sido la lapidación.

Otro dato incontestable sobre la responsabilidad de la autoridad romana en la muerte de Jesús es que fue crucificado, y la crucifixión era un suplicio romano, no judío. Parece demostrado que todas las crucifixiones llevadas a cabo en Palestina desde la época de los procuradores hasta la Guerra Judía se produjeron por razones políticas.
¿Y la participación del pueblo pidiendo la amnistía para Barrabás y la ejecución para Jesús? Resulta discutible que fuera costumbre amnistiar a un preso durante la Pascua. Nada dice de dicha práctica Flavio Josefo. En definitiva, la lucha de Jesús de Nazaret no se dirigió contra el judaísmo, sino contra el Imperio, y éste reaccionó condenándolo a muerte por considerarlo enemigo público, como antes había hecho con el profeta Juan Bautista. La condena de Jesús no fue un error judicial como creía Bultmann. ¡Se lo había ganado a pulso por su comportamiento transgresor y su permanente actitud conflictiva frente a las autoridades religiosas y políticas.

viernes, 15 de julio de 2016

¿Evangelio o Religión?


elcatalejodelpepe

El movimiento que generó un judío marginal en una zona igualmente marginal en el imperio romano hace poco más de dos mil años se convirtió en una “religión”. Los seguidores de Jesús de Nazaret lo transformaron en un objeto de culto, y el culto necesita ritos para expresarse, así como un lenguaje propio, unas categorías propias, una doctrina que lo identifique, una organización que lo estructure.
En cambio, el evangelio es un mensaje que se proclama: una buena noticia que se comunica al mundo. Jesús anunció la voluntad de Dios invitando a la humanidad a vivir conforme a ella: establecer una relación de amor entre Dios y su pueblo, entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza. Así habrá crecimiento, porque solamente el amor es fecundo.
Pero la religión es entrar en una estructura que al amor le queda como un corsé estrecho y muchas veces agobiante.
El evangelio viene de Jesús. La religión no procede de Jesús. El no fundó religión alguna, ni enseñó ritos, ni doctrinas, ni organizó algún sistema de conducción. Jesús anunció el cambio radical de la humanidad, una revolución a todo el sistema religioso, y que sería llevado a cabo por los empobrecidos de este mundo, ya que ellos son los únicos que no tendrían intereses que defender: solamente propuestas que animar.
Pero si Jesús no fundó religión alguna, sus discípulos sí lo hicieron. Ellos iniciaron un culto a Jesús que fue reemplazando al seguimiento de Jesús. Jesús nunca pidió un culto a su persona, pero sí insistió en el seguimiento de su persona y la fidelidad a su mensaje.
Con el culto nació la doctrina que lo sustentaba. Con la doctrina apareció la apologética o sea las dicusiones acerca de cómo entender determinadas propuestas de seguimiento. Y entonces, cada vez más, se empezó a nublar el mensaje primitivo y se fueron acumulando declaraciones, distinciones, argumentos, falacias, imposiciones y herejías. El evangelio se había convertido en religión.
A partir de ahí, separar lo sagrado de lo profano fue una consecuencia lógica. Lo sagrado requería un sistema propio: la liturgia, el lenguaje, las vestimentas, la organización, una doctrina que justificara. También unos personajes que representaran lo sagrado: el clero se apropió de esa circunstancia.
Al comienzo, todos eran laicos. Jesús también era un laico, pues no pertenecía a la clase sacerdotal, ni al grupo de maestros de la ley, ni a la clase farisea de los observantes y puros. Era de la clase popular, sin títulos ni distinciones especiales: el hijo del carpintero del pueblo.
Sus seguidores, al convertir el seguimiento en culto, al separar lo sacro de lo profano, dejó en manos del clero la conducción, y todo lo demás, “lo profano” , quedó en calidad de receptores pasivos.
Es lo que se vive aún hoy. Salir de esta situación producida por la historia pecadora de nuestra iglesia, costará tiempo y esfuerzo. Volver al evangelio significa renunciar al poder, bajo todas sus formas. Seguir en la religión, al contrario, requiere apoyarse en el poder, también bajo todas sus formas.
¿Estará hoy día ayudando a esta conversión mental y cordial, la catequesis, las homilías, las cátedras de teología, en las “cartas pastorales”, la peparación de los nuevos animadores comunitarios, las llamadas “clases de religión”, la formación en los seminarios?

sábado, 27 de febrero de 2016

¡Me quedo con Jesús de Nazaret!



Conquistamos todas sus ciudades y las consagramos al exterminio matando a hombres, mujeres y niños. No dejamos a nadie con vida” (Deut. 2:34 BTI)
Hay textos en las Escrituras que leo en diagonal. Simplemente paseo mi vista por ellos, sin detenerme. Causan en mi corazón desazón y dolor. Pertenecen a la cultura de la guerra y el dominio. Son producto de unos seres humanos marcados indeleblemente por la violencia y la crueldad. Expresan, como diría Jesús de Nazaret, su dureza de corazón ¿Habría podido ser de otro modo..? Perdonad mi sinceridad.
Por ello siempre me quedo con el Mesías Jesús. Su Espíritu corre en mi ayuda para que sea capaz de separar la paja del trigo, convirtiendo mi incomodidad en comprensión que, si bien no justifica “la paja”, entiende la historia del ser humano como un continuo crecimiento hacia una experiencia de Dios ciertamente diferente. Aunque he de confesar, cuando leo los diarios, que todavía veo países, hombres y mujeres, que viven en el pasado guerrero y cruel de sus/nuestros antepasados. Reitero, me quedo con Jesús de Nazaret.
Me quedo con Jesús cuando nos enseñó, “felices los que trabajan en favor de la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (Mat. 5:9 BTI). Me quedo con Jesús cuando nos dijo, “sabéis que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No recurráis a la violencia contra el que os haga daño. Al contrario, si alguno te abofetea en una mejilla, preséntale también la otra” (Mat. 5:38-39 BTI), y también, “sabéis que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mat. 5:43-44 BTI). Me quedo con Jesús cuando ante la pregunta de sus discipulos “Señor, ¿ordenamos que descienda fuego del cielo y los destruya?”, se encaró con ellos, y les reprendió (Luc. 9:54-55 BTI). Y así podríamos seguir, para acabar reiterando hasta el infinito, ¡me quedo con Jesús de Nazaret! Verdadera Palabra de Dios hecha carne.
Por todo ello, dejando a un lado el “espíritu humano” que recorre algunos textos, oro a nuestro Señor suplicándole que me conceda la sabiduría necesaria para aprender del talante de Jesús de Nazaret, mi Señor y Maestro. Él fue manso y humilde de corazón (Mat. 11:29).
Soli Deo Gloria
Ignacio Simal Camps
Ignacio Simal es pastor de la Església Evangèlica de Catalunya - Iglesia Evangélica Española en la Església Protestant Betel - Sant Pau (Aragó, 51- Barcelona). Es Presidente de la asociación Ateneo Teológico. Fundó Lupa Protestante en el año 2005. Hasta el mes de julio del año 2012 fue su director. Presidente de la Mesa de la Església Evangèlica de Catalunya , y Director de Comunicación de la Iglesia Evangélica Española (IEE). Es miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, y del Fòrum Català de Teologia i Alliberament. También dirige la revista de la IEE, "Cristianismo Protestante".

miércoles, 20 de enero de 2016

Homosexualidad, Biblia y cultura.


ESCRITO POR PEDRO ÁLAMO

El libro sagrado

Partimos de la base de que la Biblia es un libro sagrado que no tiene la intención de dictar normas o leyes que anulen la libertad del individuo, sino orientarlo a la convivencia, a la paz, al amor, a la fraternidad, a la concordia…, a la vida, de forma especial para los más desfavorecidos.

Sacar un texto fuera de contexto y usarlo como arma arrojadiza para aquellos que no se ajustan a la norma establecida sería un atentado a la intención de Jesús de Nazaret, porque eso era precisamente lo que hacían los fariseos en su tiempo. Mantener una determinada posición o conclusión a partir de una serie de términos bíblicos confusos, sin atender al entorno sociocultural en el que se escribió un texto es más que peligroso.

El libro sagrado se escribió en un contexto determinado, con unos componentes culturales específicos y en una terminología que, a veces, es difícil de entender. Jesús era judío y vivió en una sociedad judía, en la que la Toráh influía sobremanera en la forma de entender la vida y la espiritualidad.

Así las cosas, si nuestra orientación es la letra de la ley, podremos encontrar sentencias muy graves hacia muchas prácticas cotidianas que para nosotros son normales. Por ejemplo, la Toráh explicita que si alguno tenía un hijo rebelde, su padre y su madre lo debían llevar a los ancianos de la ciudad y debía ser apedreado (Dt 21.18-21); lo importante era el orden establecido, la autoridad patriarcal… Era la ley. En nuestro contexto sociocultural esto es una aberración.

Sin embargo, si nuestra orientación no es la letra, sino es el espíritu de la ley, podemos intentar explicar textos como el que acabamos de citar para comprender la cultura de la época y el interés en preservar el orden establecido en una sociedad patriarcal, pero ajeno a nuestra cultura y, por lo tanto, no normativo; por ello, erigir prácticas religiosas y normas morales sin atender a estos elementos imprescindibles en la hermenéutica, empuja directamente hacia el fanatismo, el integrismo y fundamentalismo farisaico.

Según sea el concepto que tengamos del libro sagrado nuestra comprensión de la religiosidad y la espiritualidad estará condicionada. Letra o espíritu, esa es la cuestión.

Los textos bíblicos

Los textos más importantes en el Antiguo Testamento sobre la homosexualidad aparecen en la Toráh, más concretamente, en el código levítico orientado a la santidad. Lo importante era diferenciarse de los demás pueblos para dar a conocer al Dios de Israel, un Dios santo.

Levítico 18 comienza con una exhortación al pueblo de Dios para que no se comporte como los que vivían en Egipto, ni como los que habitaban en Canaán (v.3). Todo el capítulo 18 está orientado a las relaciones sexuales dentro de la familia patriarcal; es decir, la clave para interpretar este pasaje lleno de prohibiciones es el parentesco. Así, habla de relaciones sexuales con parienta próxima (v.6), padre o madre (v.7), la mujer del padre (v.8), la hermana (v.9), la nieta (v.10), la hermana del padre o de la madre (v.12-13), la tía (v.14), la nuera (v.15), la cuñada (v.16), la sobrina (v.17)… Además, en todas estas relaciones sexuales, aunque sean de parentesco, se daba una situación de dominancia del varón respecto a la mujer, tema no menor en la sociedad de la época.

En este contexto menciona las relaciones con varón como con mujer (v.22) y se concluye que es abominación. En el verso 24 se dice que ese tipo de prácticas correspondía a la corrupción de las naciones que el Señor iba a echar delante de ellos. Además, se advierte que cualquiera que hiciere esas cosas, era abominación y debería ser cortado del pueblo (v.29). Lo mismo tenemos en el capítulo 20, reiterando la prohibición de tener relaciones sexuales con parientes.

En este sentido, no podemos obviar el contexto de estas relaciones, ya que la prohibición se da en el seno de la familia patriarcal. Por ello, llama la atención que entre los 2 capítulos que hablan de las relaciones sexuales prohibidas en los grados de parentesco de la familia (Lev 18 y 20), el redactor intercala las leyes de la santidad y la justicia (capítulo 19) poniendo el énfasis en las normas que permitían la convivencia en el pueblo de Dios y, de forma expresa, la renuncia a la venganza, exhortando al amor al prójimo como a uno mismo (19.18). Por lo tanto, podemos deducir que las leyes de la santidad en lo que afectan a las relaciones dentro de la familia estaban para proteger de la violencia o venganza a los miembros de esa familia. En este sentido, las relaciones sexuales entre varones dentro de una familia estaban prohibidas de la misma manera que lo estaban otras relaciones de parentesco para evitar la venganza y favorecer la convivencia en el pueblo de Dios.

El trasfondo histórico-religioso también arroja luz sobre la intencionalidad del redactor bíblico ya que en Canaán se practicaban orgías sexuales en honor a Baal. Por eso, los hebreos asociaban la homosexualidad a la idolatría; esto apoyaría el que en Levítico 18, después de hablar de las relaciones de parentesco prohibidas desde el punto de vista sexual, se mencione el ritual sacrificial de ofrecer al hijo por fuego a Moloc (v.21) y a continuación habla de las relaciones homosexuales. Seguramente, también Deuteronomio 23.17-18, donde se dice que “no haya ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel”, se esté refiriendo a personas dedicadas a la prostitución ritual en los templos paganos.

En resumen, cuando la Toráh habla de homosexualidad se prohíbe dentro de una misma familia, en situaciones de dominación, idolatría, violencia, prostitución, ritos paganos…

En el Nuevo Testamento llama la atención el hecho de que Jesús no habla de la homosexualidad. Esto solo es un argumento de silencio y, por lo tanto, poco concluyente; Jesús tampoco habla en contra de la esclavitud y, sin embargo, en las sociedades modernas en las que vivimos y en la cosmovisión religiosa actual, consideramos la esclavitud como una aberración superada en la Declaración Universal de los Derechos humanos en cuyo artículado expresa: “Nadie será sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas” (art. 4).

Con el apóstol Pablo sí que se introducen textos que tratan de regular las relaciones interpersonales dentro del seno de la Comunidad y de forma expresa habla de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. Veamos algunos textos.

Rom 1.18,ss. En esta sección se habla de la rebeldía del ser humano y, de forma más concreta, los versos 26-27 hablan de las mujeres que dejaron “el uso natural por el que es contra naturaleza” y de los hombres que, “dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres”. La palabra lascivia (orexis) es un término genérico para hablar de todo tipo de deseos. Lo llamativo aquí es que la relación sexual de hombres con hombres es calificada de “hechos vergonzosos” (asjëmosúnë); este término significa “vergüenza, desnudez”, y está en correlación con los textos del Antiguo Testamento que insisten en no descubrir la desnudez de los parientes.

La expresión “contra naturaleza” aplicado a las mujeres en este texto de Romanos, también llama la atención. El texto griego usa“parà phúsin”, y esta misma expresión aparece en 11.24 donde se habla del olivo silvestre y el injerto que se describe como “contra naturaleza” (parà phúsin), misma expresión. El hecho de que la rama injertada no sea original no significa que no tenga vida, que no crezca, que no dé fruto o que sea mala en sí misma, todo lo contrario, es diferente. La preposición “pará” con acusativo significa “al lado de”, “junto a”; usamos la expresión “paranomal” para hablar de aquello que no se ajusta a ciertos patrones generales, como una experiencia que está al lado de otra, que se parece, pero es diferente… En este sentido, ¿qué es natural y antinatural?, ¿cómo determinamos eso? Por ejemplo, volar es “antinatural” para un ser humano, pero cogemos un avión, nos divertimos haciendo parapente, saltamos en paracaídas… También es antinatural cortarse el cabello, llevar gafas, construir carreteras, devolver bien por mal, llevar ropa… Que no sea “según la naturaleza” no significa que sea malo en sí mismo; sencillamente, es diferente. Por ejemplo, ir en bañador en una playa es normal, pero caminar así por la ciudad no lo es. Es el contexto en el que nos movemos lo que determina la “normalidad” de las cosas.

El texto de Romanos nos habla de un deseo que surge en la persona y que le lleva a una situación que socialmente es aceptada como diferente y/o vergonzosa. En este sentido, el entorno cultural es tremendamente importante. Por ejemplo, en la cultura con tradición musulmana, la mujer ha de ir cubierta íntegramente y, de forma especial, la cabeza; lo contrario representa una gran afrenta que avergüenza a su marido. Pero en las tradiciones occidentales, incluidas las religiosas, la mujer es igual al varón en capacidad, dignidad y derechos, no representando ninguna vergüenza ni afrenta el hecho de que vaya con la cabeza descubierta; ¿qué es natural que la mujer lleve un velo sobre su cabeza o que no lo lleve?; la cultura es lo que lo determina. Por ello, parece ser que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, en la cultura romana y judía representaban una “desviación”, siendo una práctica vergonzosa en ciertos contextos, según veremos más adelante.

1ª Cor 6.9: Habla de que los injustos no heredarán el reino de Dios y menciona expresamente a los fornicarios, los idólatras, los adúlteros, los afeminados y los que se echan con varones. Continúa la lista en el verso 10 con los ladrones, los avaros, los borrachos, los maldicientes y los estafadores. Aquí tenemos 2 términos que hemos de considerar: “afeminados” y “los que se echan con varones”. La palabra “afeminados” (malakós) solo aparece 3 veces en el NT (Mat 11.8; Luc 7.25; 1 Cor 6.9); los 2 primeros se refieren al tipo de vestido y nuestro texto de Corintios que traduce “afeminados” en la versión Reina y Valera 1960, pero puede tener otras connotaciones como persona libertina o inmoral. Ahora bien, ¿quién determina lo que es moralmente aceptable en una sociedad? Esto nos da pistas para pensar que hay conductas que están aceptadas o rechazadas en función de la cultura en la que se den.

La otra expresión a considerar, “los que se echan con varones”, traduce el griegoarsenokoítës que se usa solamente aquí y en 1 Tim 1.10; este término se compone de 2 palabras griegas: koíte (cama) y ársen (varón) y es un tanto inseguro identificarlo con la homosexualidad ya que había otros términos griegos para ello y que no son usados aquí. Lo más probable es que se trate de aquellas personas que estaban dedicadas a la prostitución masculina sagrada en los cultos paganos de Corinto y podrían ser identificadas como “corruptoras de jóvenes”. Con esto concuerda el texto que estamos viendo (1 Cor 6.9) cuando comienza hablando de fornicación y, a continuación, habla de “idólatras”… Todas las conductas aquí descritas en este texto se practicaban en la prostitución pagana; de nuevo tenemos aquí un entorno cultural peculiar.

Por otro lado, hemos de recordar que la ciudad de Corinto fue destruida por los romanos en el año 146 a.C., y sus ciudadanos fueron ejecutados o vendidos como esclavos y se prohibió reconstruir la ciudad. Fue Julio César, un siglo más tarde, quien fundó la nueva ciudad, como una colonia romana y se convirtió a partir del año 26 a.C. en sede del procónsul y capital de la provincia senatorial de Acaya. Entre sus habitantes había soldados romanos retirados; según Estrabón, muchos eran libertos romanos (estaban un escalón por encima de los esclavos), también había judíos, algunos griegos, pero eran los romanos los que dominaban la ciudad con su cultura y leyes, por lo que se sostiene que Corinto era una ciudad más romana que griega.

En el mundo griego la relación sexual entre personas del mismo sexo no representaba una aberración; es más, se entendía como el amor ideal y “perfecto”. Entre los romanos, en los inicios de la república la homosexualidad estaba absolutamente prohibida y no fue hasta finales de la república y comienzos del Imperio que hubo un cambio, las costumbres griegas se fueron asimilando y las relaciones homosexuales se iban normalizando, aunque se mantenían ciertas diferencias respecto a los griegos. Entre los romanos la relación homosexual principal se daba entre un hombre adulto libre y un joven esclavo, lo que nos puede dar indicios para pensar en una relación de dominación entre ambos (amo/siervo).

Así las cosas, si el trasfondo de estos textos del Nuevo Testamento es la prostitución sagrada masculina en los templos paganos y las relaciones de dominación y abuso hacia los jóvenes varones esclavos se daba en un contexto más romano que griego, podría ser entendible la orientación paulina condenatoria sobre este tipo de práctica sexual, a partir de los componentes culturales.

1 Tim 1.10 nos habla de que la ley fue dada para los pecadores…, y dice expresamente que fue dada para los fornicarios (pórnois), para los sodomitas (arsenokoítais), para los secuestradores (andrapodistaïs)… Los 3 términos usados parecen formar una unidad en este texto. El término “sodomitas” está enmarcado entre “fornicarios” y “secuestradores” o más bien, tratantes o traficantes de esclavos; esto nos da a entender que estamos en el meollo del negocio de la prostitución tanto femenina como masculina. Ropero apunta:

Según los últimos estudios del término “cama-varón(es)” (arsenokoítai), parece indicar relaciones sexuales abusivas en el contexto de explotación y opresión, probablemente relacionadas con la compra/robo de muchachos para emplearlos en tales menesteres, tanto en medios profanos como sacros. Quizá se estaría aludiendo aquí a los sacerdotes de los templos donde se practicaba esta abominación, descalificados así como “proxenetas” (Alfonso Ropero, Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia, Clie, 2013, pág. 1201).

Con ello concuerda el final del verso 10: “cuanto se oponga a la sana doctrina”, en referencia a las prácticas degradantes que se hacían con el ser humano en la sociedad civil y religiosa pagana. El apóstol Pablo habla de una línea de conducta que se aleje de esas prácticas degradantes para caminar a la luz del evangelio de Cristo (sana doctrina), donde las relaciones interpersonales se dan desde el respeto al ser humano (independientemente de su orientación sexual), desde la igualdad, desde la fraternidad y el amor.

A modo de cierre…

Creo que es pertinente introducir aquí el concepto de pecado. Las prácticas citadas en muchos textos bíblicos se identifican cuando representa una maldad contra otro ser humano, pero aquello que no es una maldad contra otra persona no puede ser catalogado como pecado. El mal no está en la relación sexual entre 2 hombres (o mujeres) cuando ambos consienten, sino en el abuso, la obligación, la dominación, la violencia que uno puede ejercer sobre el otro, la prostitución, la promiscuidad, el parentesco, el tráfico con seres humanos… Sería conveniente y necesario contestar a la pregunta: ¿Qué maldad está cometiendo una pareja del mismo sexo que consciente y libremente ha tomado la decisión de desarrollar un proyecto común? Yo no soy homosexual, y mi respuesta a esta pregunta es que no está cometiendo ninguna maldad; eso me basta. Sin embargo, sí veo maldad en algunas relaciones heterosexuales, matrimonios consagrados en los que uno de los dos está subyugado, tiene miedo, padece violencia de género, está dominado por el dinero del otro…, y la parte débil ha de “aguantar” porque no ve una salida. La maldad no está en la relación sexual entre dos personas del mismo sexo, sino en la dominación y control que una persona ejerce sobre la otra.

Por otro lado, las sociedades modernas occidentales han aceptado y regulado las uniones entre individuos del mismo sexo, desde el respeto a la dignidad de la persona. ¿Por qué la iglesia, tantas veces a remolque de la sociedad, ha de poner cortapisas abanderando el literalismo bíblico y la intransigencia mal entendidos y peor gestionados? Ya es hora de que la iglesia levante la voz para protestar por el abuso de poder, por la estrechez de miras que impera en los gobernantes respecto a los que sufren y se dedique a proclamar el evangelio de buenas noticias de salvación para todo ser humano independientemente de su condición social, económica o sexual. El apóstol Pedro tuvo que aprender que Dios no hace acepción de personas, pero la iglesia señala con el dedo a los que no se ajustan al estándar de calidad típico del cristianismo tradicional, a los que son “contra natura” por el hecho de ser simplemente diferentes.

La iglesia ha de abrir sus puertas a todo ser humano de la misma forma que Jesús acogió en su Comunidad de seguidores a todo tipo de personas; uno de sus más íntimos, que luego le traicionaría, era ladrón, sustraía de la bolsa (Juan 12.6), pero Jesús en ningún momento le expulsó del grupo. Iglesias acogedoras, integradoras es lo que necesita nuestra sociedad y no inquisidores que busquen pecadores o culpables porque, sencillamente, todos lo somos.

Recordemos que no hace demasiado tiempo las mujeres (sí, nuevamente las mujeres) tenían prohibido hablar en las iglesias evangélicas, bajo pena de disciplina y excomunión y se fundamentaba en la claridad de los textos bíblicos que, ni estaban tan claros, ni se interpretaban correctamente; un poco antes ni siquiera podían votar en unas elecciones democráticas y no tenían derechos sobre los hijos… ¿No estaremos acaso, también en estos momentos, ante un fenómeno similar con el tema de la homosexualidad? Cada uno ha de responder a esta pregunta desde la honestidad y conciencia a la luz del evangelio de Jesús de Nazaret.