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lunes, 11 de marzo de 2019

Reflexión: El Evangelio y la cultura actual.



Evaristo Villar


En este mismo lugar y a otro propósito, he aludido al “vacío de esperanza”, que, como los agujeros negros en el universo, se está agrandando en la sociedad actual. No es difícil advertir este fenómeno ante la falta de respuestas eficaces que estamos dando a los desafíos que nos presenta la cultura actual. Frente a esto, el Evangelio está llamado a proyectar, también hoy, “espacios de esperanza”.


Fenómenos preocupantes.


¿Qué estado de ánimo nos está dejando el brexit interminable o desafíos como la derechización de la política —que asoma peligrosamente la oreja desde el tripartito de Andalucía— o la falta de entendimiento y desunión de la izquierda?; ¿cómo estamos viviendo la claustrofobia del procès catalán, la violencia de género o la consolidación de la precariedad laboral?; ¿hasta cuándo vamos a seguir soportando las venalidades y veleidades de la justicia o el peso de la corrupción política y empresarial?; ¿qué estómago nos está dejando la ausencia de un proyecto político para con las migraciones y el refugio?… Y así,… ¿para qué entrar en los escándalos propios de la jerarquía católica, a pesar del “respiro imperfecto” de los gestos de Francisco?


Evangelio y esperanza



Ante todo esto, sigo pensando que el Evangelio, presentado a pleno aire —sin hipotecas institucionales—, está llamado a proyectar “espacios de esperanza”. Por más cerrado que se presente el horizonte, nada podrá contener los sueños rupturistas del espíritu humano. Y el Evangelio, como utopía tópica, siempre estará al acecho para ofrecer una salida alternativa capaz de romper los herméticos sellos del futuro. 


Los problemas de siempre


Cometeríamos un craso error enfocando los problemas de hoy como algo exclusivo de nuestros días. Bastaría abrir los ojos para constatar que su cuota de novedad no es tan grande como aparenta. Con diferentes máscaras y formas, han venido acompañando el proceso humano desde sus orígenes. Es verdad que la tecnología y el transporte lo han globalizado casi todo, no solo el mercado o la transferencia de capital, también hemos universalizado las visiones y creencias, nuestras prácticas y valores. Pero las grandes cuestiones de fondo, los grandes problemas ahí siguen incrustados como un reto permanente y provocador al inquieto espíritu humano. 


La diversidad y el multiculturalismo


Inmersos en una red de interconexiones y unidos por la coexistencia y el intercambio, la imagen que hoy proyectamos del mundo es más semejante a un caleidoscopio multicolor y diverso que a la línea monocolor y uniforme que ha venido moldeando nuestro patrimonio cultural en un pasado no tan lejano.


La diversidad y el multiculturalismo son ya lugares imprescindibles para afrontar los nuevos retos que tenemos planteados. No basta la estabilidad de la cultura premoderna ni la seguridad que, a pesar de sus insuficiencias y limitaciones (Habermas), ha podido prestarnos la modernidad con su razón empírica y la autonomía del individuo. Agotados los sueños e incumplidas las promesas, la esperanza en la cultura actual se encuentra más vulnerada ante la opacidad que nos presentan hoy los retos.



Una cultura líquida y volátil


Estamos viviendo una forma de cultura que los grandes especialistas califican de líquida (Bauman) y volátil. Frente a la estabilidad y permanencia que antes amparaban a las instituciones y los discursos, la cultura de hoy apuesta más bien por la provisionalidad y la temporalidad, la flexibilidad y la volatilidad. A la solidez del discurso de los modernos y a la seguridad en los principios y valores, dogmas y compromisos, le está siguiendo la fragmentación y fragilidad del relato, la precariedad y liquidez en las formas y la mutación permanente de lo estatuido. Todo queda sometido al movimiento y al cambio, como cambia la forma del agua (Bauman) cuando simplemente desequilibramos el vaso. 


Espacios de Evangelio


Como tuvo que hacer Jesús mismo, es preciso superar, en primer lugar, la tentación de “acomodar” el Evangelio a la volatilidad de la cultura dominante, presentándolo como una terapia espiritualmente útil para el bien individual y aun social. Una especie de psicologismo, muy acorde con la sensibilidad moderna, pero sin compromiso sociopolítico. Esto encaja perfectamente en la lógica del mercado.


Contrariamente, el Evangelio es Buena Noticia que tiene que ver con la justicia y la liberación debida a los pobres y a las personas esclavizadas. En este sentido, será siempre una Mala Noticia para los sistemas que empobrecen y esclavizan. Más que las palabras, serán los gestos los que ofrezcan lo que hay de inédito y perturbador, contracultural, alternativo y escandaloso en el Evangelio frente a la cultura de la acomodación.


Detener el tren


Luego, nos queda “detener el tren”, como recomienda encarecidamente Bauman en la siguiente cita: “Es necesario, sobre todo en una situación de crisis, desarrollar visiones de futuro, proyectos o simplemente ideas que aún no se hayan pensado. Esta solución puede parecer algo ingenua, pero no lo es. Lo que es ingenuo es la idea de que el tren que marcha hacia la destrucción progresiva de las condiciones de supervivencia de muchas personas modificaría su velocidad y dirección si en su interior la gente corre en dirección opuesta al sentido de la marcha. Albert Einstein dijo una vez que los problemas no pueden solucionarse con los patrones de pensamiento que los generaron. Hay que cambiar la dirección global y para esto es necesario primero detener el tren” (Bauman, ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, p. 82).


jueves, 20 de septiembre de 2018

El pan y la paz amenazados.


Evaristo Villar

Universidad Andina Simón Bolívar de Quito (Ecuador), 23 agosto 2018.
Reflexión presentada en el Simposio Internacional de Quito (Ecuador) “La justicia y la paz se besan”: Jubileo en homenaje a Mons. Leonidas Proaño a los 30 años de su resurrección y a los 50 años de la Conferencia de Medellín. 

La amenaza sobre el pan y la paz ha sido un desafío permanente para el ser humano. Desde el maná que reclamaban los exiliados israelitas de Egipto hasta la conquista del paraíso, soñado y prometido tantas veces, la tensión entre el “danos hoy nuestro pan de cada día” y la tentación del pan (“no solo de pan vive el hombre”) nos ha acompañado siempre. Y con la tensión, también el conflicto y la guerra.

Las guerras por el pan llenan la historia. También las propuestas de pan abundante. Desde las más radicales —como la de Jesús de Nazaret en la multiplicación de los panes (Mc 6, 38 y ss.; 8, 1 y ss.) o la de Carlos Marx— hasta las que se siguen haciendo en nuestros días, las propuestas de pan, alternativas a la precariedad actual, nunca han cesado en la historia humana.

No voy a entrar ahora en este enmarañado campo de las promesas y su cumplimiento. Mi propósito es más modesto: se trata tan solo de ver hasta qué punto y cómo el compromiso de hoy con el pan y con la paz puede inspirarse, salvando las distancias, en los intentos realizados en el último medio siglo por quienes hicieron posible Medellín 68, entre los que destacó, con luz propia, Mons. Proaño.

1. Un contexto alarmante

Con ocasión del 50 aniversario de Mayo 68, visto in extenso, se ha escrito mucho, pero me han interesado sobre todo las reflexiones del tenor siguiente. El siglo XX se puede dividir en dos mitades: la primera, muy violenta (con dos guerras mundiales, 1914-18 y 1939-45) y la segunda, dominada por la guerra fría (con muchos conflictos regionales) y el miedo a la posible hecatombe nuclear. Al final de siglo, con la Caída del Muro de Berlín (1989), aparece un panorama que es doblemente interesante tanto por lo que se derriba como por lo que se desvela.

* Se derriban los sistemas comunistas, alternativa al capitalismo, y esto conlleva un colapso de los Movimientos de Liberación Nacionales en el Tercer Mundo. Lo que supone la quiebra del paradigma “emancipador” que había venido impregnando a toda la izquierda en la segunda mitad del siglo XX. Una izquierda que había creído descubrir en el proletariado el sujeto social capaz de implantar, por la lucha de clases, el socialismo y la igualdad. (Esta caída del muro también sacudió las políticas socialdemócratas reformistas que, desde entonces, no han levantado cabeza).

* En segundo lugar, se ha desvelado que estamos inmersos en un monosistema mundial —siempre en crisis, de la que renace como el ave fénix— que apoya su expansión económica y financiera sobre una revolución tecnológica brutal y en la mundialización de un mercado desregulado y competitivo. Este monosistema está impidiendo la generación de pan para todos y todas y está poniendo, en desafío constante, la paz.

Por su propia lógica darwinista, el sistema único está agrandando la brecha de desigualdad entre países ricos y empobrecidos. El mundo rico del Norte (simbólico) ya no necesita al Sur como esclavo, le bastan sus materias primas, sus tierras; no necesita sus gentes como mano de obra barata, el trabajo lo hacen hoy las máquinas. Al pueblo se le excluye, se “descarta”, como gusta de repetir frecuentemente Francisco.

El PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) viene reflejando periódicamente esta brecha de la desigualdad. En sus últimos informes, después de mostrar su satisfacción por los logros alcanzados con los Objetivos del Milenio y de cara a la Agenda del 2030 —en la que, entre otros objetivos se fija erradicar la pobreza extrema, poner fin al hambre y reducir la desigualdad de género— refleja algunos datos que siguen siendo muy preocupantes. Tomo solo algunos ejemplos directamente relacionados con nuestro propósito:
* La desigualdad ante el pan: el 1% de la población posee el 46% de la riqueza; el 99% tiene que contentarse con el 54%. Es decir, 700 millones de personas acaparan en el mundo casi tanto como las 6.300 millones restantes.

* Con referencia al hambre: 1 de cada 9 seres humanos (que representa unos 700 millones) padece hambre. Juan Carlos García Cebolla, jefe del Equipo de Derecho a la Alimentación de la FAO, dejaba el pasado año en Madrid (II Conferencia contra el Hambre, Madrid 2017) unos datos parecidos: 793 millones sufren desnutrición crónica; 2.000 tienen carencias de nutrientes, y 600 millones padecen obesidad.

* La mujer, la mayor víctima del pan: además de admitir que la pobreza se ha feminizado —ya a principios de siglo el PNUD había dado la alarmante cifra de que las ¾ partes de pobres son mujeres—, ahora aporta otros datos bien llamativos de su ausencia del poder real —solo un 23% de las mujeres en el mundo son parlamentarias—.
* Inmigrantes y refugiadxs: a principios de siglo el PNUD reflejaba ya la existencia de la población mundial migrante en el 2,3%, (es decir, 161 millones). Ahora, debido a las guerras y la hambruna, habla de 244 millones, la mayoría refugiadxs, de los que 65 millones carecen de protección social alguna. (No entro ahora en las migraciones forzadas de América Latina o de EE.UU. Soy testigo de que el desconcierto que está atravesando la Unión Europea en este campo es monumental y vergonzante).

Solo una breve referencia a la paz. No es necesario ser politólogo para ver que detrás de la geopolítica y los conflictos y guerras de hoy se oculta, como siempre, la lucha por la hegemonía del pan. Según la Escola de Cultura de Pau —Centro de Investigación sobre la Paz, conflictos armados y Derechos Humanos, creado por la UNESCO en la Universidad Autónoma de Barcelona, que ofrece cada tres meses un informe de situación mundial sobre el tema— actualmente hay 22 países en guerra, siendo los continentes africano y asiático (con unos 300.000 niños soldado) los más afectados. En Occidente siguen teniendo presencia diaria en los medios las guerras de Siria e Israel/Palestina; y menos (a veces olvidada) la guerra de exterminio que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes están llevando a cabo en Yemen. Hay guerras viejas que se mantienen desde la lejanía de la historia, como la de Birmania (desde 1948, año de su independencia del Reino Unido) o la Israel/Palestina (desde la misma proclamación del Estado de Israel en 1948).

2. El pan, la paz y la vida
Sin pan no hay vida; y, sin paz, tampoco se produce el pan, necesario para la vida. La vida, en última instancia, depende del pan y de la paz.
Nunca agradeceremos suficientemente a la II Conferencia de Medellín el haber acercado el cristianismo latinoamericano a esta realidad tan básica, su apuesta por el pan y por la paz. A una conciencia cristiana que, inspirada en el Evangelio de Jesús, proclama la igualdad y solidaridad de todos los seres humanos, no le puede resultar nunca indiferente la proyección o dimensión social del cristianismo. Desde esta conciencia social, la II Conferencia de Medellín se hizo cargo de la realidad del continente, la calificó desde la inspiración cristiana y propuso la Promoción humana fundada en la justicia y la paz como vía de salida.

* Ante el reto del pan, Medellín se hizo cargo del empobrecimiento socioeconómico del continente, sumergido bajo el desarrollismo reinante, y en vísperas de incrementar sus niveles de pobreza con la inminente implantación de la Alianza para el Progreso —una especie de Plan Marshall que, contra el mal ejemplo de Cuba, pretendía controlar desde el Imperio el desarrollo del que considera su Patio Trasero—. En esta situación, Medellín apostó por mirar el continente desde la Teoría de la Dependencia (de los científicos del CEPAL, Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la UNO) que trataba de romper la relación causal entre el bienestar del primer mundo y la precariedad y empobrecimiento del resto. Desde la dependencia aparece la verdadera causa de “la miseria que margina a grandes grupos humanos y la frustración de legítimas aspiraciones que crea el clima de angustia colectiva”. Y, confrontada con la igualdad y la justicia de Evangelio, la miseria y la angustia colectiva son “un hecho que clama al cielo” y que exige un cambio de rumbo urgente: la promoción humana. (Cfr. La Iglesia ante la actual transformación de América Latina. Medellín: conclusiones. Promoción humana 1. Justicia).

* Ante el desafío de la paz, Medellín constata las consecuencias dramáticas que el empobrecimiento está teniendo en el contexto sociopolítico del continente. Una situación muy crispada debido a la ideología de la “Seguridad Nacional”, implantada a sangre y fuego por las Juntas Militares impuestas por el Imperio y la proliferación de las guerrillas populares que se multiplican a todo lo largo y ancho del continente. En este contexto de crispación Medellín se inspira en la constitución Gaudium et Spes del Vaticano II y en la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI para entender y denunciar valientemente la situación: “Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, el subdesarrollo latinoamericano, con características propias en cada uno de los países, es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz” (cfr. La Iglesia en a actual transformación de América Latina a la luz del Concilio. Medellín: Conclusiones 2. Paz).
A juicio de Gustavo Gutiérrez, “este mirar cara a cara sus problemas” y descubrir que, además de las guerras, “la pobreza no era el único pero sí el más grande desafío al anuncio del Evangelio”, fue la mayor aportación significativa de la Conferencia de Medellín.

3. ¿Qué podemos hacer hoy? Una respuesta posible (Mons. Proaño)
En definitiva, si el pan y la paz, la justicia y la paz, están íntimamente relacionadas con la vida, esto nos exige alguna respuesta.
Lo decía proféticamente Mons. Proaño: “estamos obligados a volver a las fuentes para redimir la vida… Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde, antes de que la ambición y la locura de unos hombres conviertan a nuestro planeta Tierra en una luna muerta, en un cementerio del espacio”.

Acoger hoy este encargo de Monseñor Proaño supone, al menos estas dos convicciones:
a) Que, enfrentados como estamos a estos dos grandes desafíos del pan y de la paz, debemos hacerlo con la confianza de que vamos a superarlos con éxito, porque “la humanidad siempre ha encontrado soluciones a los grandes retos”; y b), que, en este viaje, siempre podemos mirar de reojo el ejemplo de la Madre Tierra, la Pacha Mama, pues “la naturaleza es la única empresa que nunca ha quebrado”.

Con estas convicciones necesitamos optar por una de las dos alternativas siguientes:
1ª Tomar conciencia de que la solución capitalista neoliberal, no por ser la mundialmente imperante, es la más acertada, ni la más inteligente. Ya no podemos seguir confundiendo desarrollo con crecimiento indefinido, solo los locos y los economistas podrían hacerlo; ni tampoco podemos seguir confiando en que los pueblos con mayor crecimiento económico van a ser los mejores guardianes de la paz (ahí tenemos, como esperpéntico ejemplo, a Mr. Trump).

El crecimiento tiene límites porque la tierra es finita y actualmente está en situación agónica. Ya no puede dar pan para toda la humanidad. (Desde el 01 de agosto, según los expertos en el tema, hemos agotado el presupuesto ecológico que genera la Tierra para todo el año; y ya desde 1970 se viene advirtiendo que la huella ecológica va creciendo en proporción alarmante. De seguir a este ritmo, para el 2050 se necesitarán tres Planetas Tierra para alimentar a la humanidad).

[El Occidente desarrollado y guerrista ha cedido a la “tentación del pan”, rompiendo nuestra vinculación vital con la tierra. Nos hemos creído, justificándolo en dudosos planteamientos bíblicos (Lyn White), dueños de la Tierra y que sus recursos eran ilimitados. Pero ya es hora de empezar a pensar que con menos harina, por más que agrandemos el horno o multipliquemos los cocineros, no vamos a producir más pan].

En definitiva, el capitalismo no resuelve sino acrecienta el problema del pan y pone en constante riesgo la paz.

2ª La solución ecológica. No obstante, hay vida más allá de la economía occidental y capitalista. Aunque minoritaria y más selectiva, existe también la “economía ecológica”, la que ya desde los años 90 se llamaba “biomímesis” o ciencia que estudia y toma la naturaleza como fuente de inspiración. Más tarde se ha llamado “bioeconomía” o ciencia de la gestión de la sostenibilidad.

Esta forma de abordar la cuestión del pan no pone su mayor acento en el crecimiento cualquier precio, —registrable en el PIB o bienes y servicios sin más—, sino en todo aquello que hace que “la vida valga la pena ser vivida”.

Su mayor riqueza o novedad no está en la acumulación de bienes materiales, sino en el tiempo que tenemos para vivir, soñar, amar. Y este tiempo se limita cuando tenemos que emplearlo en cuidar los bienes, protegerlos, defenderlos, etc.
Esta forma de asegurarnos el pan y la paz de cada día, y evitar los conflictos y la guerra, da mayor importancia al bien-estar que al bien-tener, más al buen-vivir/convivir que al vivir-bien.

El Sumak Kawsay que refleja, entre los pueblos originarios, otro modo alternativo de abordar el problema del pan y de la paz, puede aportarnos una buena ayuda para superar la política económica neoliberal que no solo no ha encontrado el modo de hacer frente con éxito a los problemas del pan y de la paz, sino que, con su apuesta por el crecimiento sin límites y su forma de producción, los acrecienta.

En la actualidad, varios países, entre ellos Bolivia y el Ecuador, han inspirado sus constituciones en el Sumak Kawsay. Los 16 artículos en los que la constitución ecuatoriana recoge diferentes dimensiones prácticas del buen-vivir muestran un buen ejemplo a seguir. El preámbulo de la Constitución comienza así: “Nosotros y nosotras el pueblo soberano del Ecuador, reconociendo nuestras raíces milenarias, forjadas por mujeres y hombres de distintos pueblos, celebrando a la naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte y que es vital para nuestra experiencia… (sigue una larga invocación a Dios, a las religiones y a la sabiduría de las diversas culturas), decidimos construir una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el Sumak Kawsay”, etc.

Finalmente, esta apuesta por el buen vivir para un cristiano no está lejos de la utopía del Reino de Dios anunciado por Jesús de Nazaret.

miércoles, 4 de mayo de 2016

¿Se puede ser cristiano y laicista?



Evaristo Villar

Debate en el CAUM
Texto de la ponencia presentada por Evaristo Villar en el CAUM, Madrid el lunes 25 de abril de 2016.

I. A propósito del título
¿Se puede ser cristiano y laicista? Desde mi punto de vista, existen algunas preguntas previas que le dan mayor importancia al tema. Por ejemplo esta, ¿se puede ser cristiano sin ser laicista? Y esta otra, ¿se puede ser laicista sin ser cristiano?



Como esta segunda cuestión en un lugar como en el que estamos puede ser provocadora, quiero comenzar por ella. ¿Se puede ser laicista sin ser cristiano? No la considero ingenua ni carente de sentido. Mi generación, nuestras generaciones, hemos crecido en España en una cultura cristiana, nacionalcatólica. Todas las personas, voluntaria o forzadamente, tenemos una cierta cultura cristiana. En el CIS del 2002 se puede encontrar un dato bien ilustrativo al respecto: el 95% de los españoles y españolas preguntados declaraba que habían recibido educación católica. Con consentimiento o como víctimas, nuestra socialización ha sido, salvo excepciones, católica1.

Es más, diferentes autores, españoles o no, han afirmado explícitamente que “el laicismo tiene raíces cristianas”. Un escritor nada sospechoso de apologista cristiano, Fernando SAVATER —que reconoce que el cristianismo ha hecho dos grandes aportaciones a la historia de las ideas: la concepción de la persona y la separación entre religión y Estado— afirma expresamente2 que “Los cristianos inventaron el laicismo”. Ya antes Max WEBER (historiador, filósofo y sociólogo) había desenterrado las raíces judeocristianas de la secularización. Y en la segunda mitad del s. XX tuvo mucha repercusión en Europa la “teología de la secularización3”, con F. GOGARTEN, J. B. METZ, como principales representantes.

En esta línea, el filósofo alemán de origen judío Ernst BLOCH, que no fue creyente, escribe en 1968 un libro muy interesante titulado Ateísmo en el cristianismo. El que me ve a mi ve al Padre, en el que afirma que “lo mejor de la religión es el hecho de crear herejes” (interesa mantener esta palabra porque la religión, más allá de los valores aceptados por la mayoría, posibilita siempre un discurso abierto que puede entrar en el terreno de la disidencia, de la anomía, y hasta de la herejía). Y afirma, además Bloch, refiriéndose a nuestro tema, que ”solo un ateo puede ser un buen cristiano”. Y la completa la frase diciendo, “aunque, solo un cristiano puede ser un buen ateo”4.

Vienen a apoyar estas afirmaciones, de algún modo, la postura mantenida cincuenta años antes por el líder socialista francés, Jean JAURÉS, en respuesta a su a su hijo en 1919 que le pedía que le eximiera del estudio de la religión. Entre las ricas justificaciones en las que apoya su negativa quiero destacar estas: “tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serán sin un estudio serio de la religión… (Porque) la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización… Solo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión”5. Reconozco que la respuesta a la pregunta de si “se puede ser laicista sin ser cristiano”, por efecto de la galopante secularización actual, no puede tener hoy el mismo eco que en décadas pasadas. Cada día puede resultar más irrelevante; pero su irrelevancia no tiene por qué anular la historia.

II. ¿Se puede ser cristiano sin ser laicista?

Una mirada a la historia del cristianismo nos dará respuestas contradictorias. Pero la respuesta, para ser correcta, —y esta es la tesis principal que quiero defender– tiene que ver con la visión que se tenga de Jesús de Nazaret, que es el referente principal o la fuente básica de la inspiración cristiana. El cristiano construye su identidad y se define como seguidor de la persona, el mensaje y las causas de Jesús. Pero, ¿de qué Jesús se trata? Si se considera a Jesús como el fundador de una religión, de una Iglesia… tendremos una respuesta; si se lo ve como el origen de un movimiento subversivo, revolucionario, alternativo, origen de una sociedad alternativa… tendremos otra bien diferente.

Mi respuesta a la pregunta planteada tiene que ver, pues, con estos dos campos arriba insinuados: uno sobre la identidad del Jesús histórico y otro sobre la larga historia de sus seguidores y seguidoras.

1ª Desde la referencia a Jesús, su identidad

Hasta el siglo XVIII no hubo mayor problema: a Jesús se llega a través de los evangelios. Se tiene la convicción de que los cuatro evangelios son relatos auténticos, que reflejan fielmente y dan acceso al Jesús de la historia.

El escepticismo cundió cuando, a partir de los siglos XVIII y XIX, diversos exégetas y científicos pusieron de manifiesto el vacío de casi 40 años que existe entre los hechos narrados y el evangelio de Marcos, considerado el relato más antiguo. R. BULTMANN llegó a defender que, aunque no se puede negar la existencia histórica de Jesús, no se puede llegar a ella desde las fuentes evangélicas.

Posteriormente los discípulos de Bultmann, que ven exagerada la postura del maestro, consiguen llenar ese vacío abordando el estudio científico de los evangelios desde tres niveles complementarios: el literario, el teológico y el histórico.

La hermenéutica actual está situando finalmente al Jesús de la historia en el lugar al que más directamente apunta el contexto sociocultural, político religioso que se desprende desde los evangelios y desde los pocos testimonios antiguos que tenemos fuera de los mismos6.

En definitiva, podríamos concluir que, si hay algo que queda claro, para lo que aquí nos interesa, después del exhaustivo estudio exegético llevado a cavo en los dos últimos siglos, es lo siguiente: que Jesús no fundó ninguna religión, ni perteneció a la clase dirigente del país; que perteneció al pueblo y que fue laico. Y laico es el término que utilizaron los traductores de la Biblia hebrea (siglos III-II a.c.) para pasar al griego la palabra “am” que se refiere al pueblo, es decir, a la gente que no es de la clase sacerdotal o levítica.

Interesa, para nuestro propósito, profundizar un poco más en este aspecto. Jesús fue laico, y se mostró muy crítico con la religión y las instituciones de su tiempo. Tuvo un mensaje deslegitimador de la teocracia de Israel (Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, Mc 12, 17), del fundamentalismo religioso judío (Los recaudadores y prostitutas os precederán en el reino de Dios, Mt 21, 31), del etnicismo y etnocentrismo de ese pueblo que se consideraba elegido (Se os quitará el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos, Mt 21, 43) y del nacionalismo excluyente (Dejad que los chiquillos —extranjeros, pobres, enfermos, etc.— se me acerquen, porque el reino de Dios les pertenece a los que son como ellos, Mc 10, 14). Por este posicionamiento y por su vida en “malas compañías” fue excomulgado de la sinagoga. Fue la suya una conducta y un discurso escandalosos sobre las que se consideraban columnas intocables para las instituciones religiosas y sociopolíticas de los judíos: quebrantó el sábado (El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado, Mc 2, 27 y curó en sábado, Mc 3, 1 y ss.), quebró el respeto sagrado al templo (Yo os aseguro: no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida”, Mc 13, 2 y expulsó a los mercaderes, Jn 2, 16), suplantó la ley (La ley y los profetas duraron hasta Juan. A partir de entonces se anuncia la Buena Noticia del reinado de Dios y todos quieren forzar el acceso, Lc 16, 16). Por cualquier punto desde donde se le mire, el enfrentamiento de Jesús con las instituciones judías fue directo y frontal. No hubo paños calientes. Esto le llevó a la muerte.

Lo que pasó luego, ya lo sabemos: “Jesús anunció la llegada del reino de Dios, dijo Alfred LOISY, y lo que vino fue la Iglesia”. Primero fue la teologización que hicieron Pablo y el resto de escritores, evangelistas o no, del NT, más preocupados por la marcha y deriva de las comunidades que por la historia de Jesús. La Iglesia de los siglos posteriores formuló todo esto en conceptos, mayormente tomados de la filosofía griega, creó una doctrina, una religión y la impuso en forma dogmática. —Los 4 primeros concilios no se preocupan ya de la vida de Jesús: llenaron ese vacío de conceptos, lo revistieron de naturalezas y personas, etc. que poco tenían que ver con el Jesús de la historia—. Así se fue creando una doctrina, una religión.

Desde aquí se puede entender la tensión dialéctica que recorre las venas de la historia cristiana entre la memoria y el recuerdo de la vida de Jesús y la doctrina que fue acumulando la Iglesia sobre él. Esta tensión podemos imaginarla, al menos, en dos planos alternativos o dos formas de entender lo cristiano después de Jesús:

Una se acomoda mejor a las respuestas hechas, a la cultura de las certezas; la otra nace desde las preguntas, desde lo que se va haciendo, descubriendo.

La una, como el mito, considera su origen ab initio, in illo tempore, se considera depositaria de una revelación cerrada, de una herencia a conservar; la otra va surgiendo desde el acontecer, desde el ahora, más que herencia es siempre una novedad, un descubrimiento.

La una es un sometimiento a una doctrina; la otra es siempre un desmontaje, una liberación de todo lo asimilable a una ideología, de todo lo que esclaviza.

La una es sagrada, ritual y dogmatica; la otra es profana, es histórica, creativa, en busca siempre de la verdad.

La una, como Ulises, es siempre un regreso a la seguridad del propio hogar (eterno retorno); la otra, como Prometeo, es siempre una lucha por superar los límites de la humano.

La una es una religión, un poder; la otra es un Evangelio, con la debilidad de un poema que se está naciendo.

Es curiosa —tomo la imagen de Adonis— la similitud con el mito de Eva en el paraíso7: la religión, como Eva, nace sin madre (se entiendo que la madre es la que siempre da a luz lo nuevo), por eso la religión surge desde los tiempos primordiales como algo inamovible, prefijado); sin embargo Jesús de Nazaret nace sin padre (el padre como algo hecho, cerrado, acabado), no es una revelación fija sino algo que se descubre, una utopía, un poema abierto a la plenitud sin límites del ser humano. Como analiza en uno de sus libros un gran amigo mío, Carlos Escudero Freire, “El evangelio es profano”8.

2ª Desde la referencia a la historia de los cristianos y cristianas.

El cristianismo nunca ha estado exento de la tensión entre el intento de convertirlo en una religión al uso, —una sociedad bien estructurada internamente en competencia o en complicidad con la forma política dominante— y el mantenimiento de una alternativa humanista, defensora de la dignidad y derechos del ser humano. Solo quiero traer aquí unas pinceladas, principalmente referidas a nuestro país y, más en concreto, a partir de la modernidad donde la tensión aparece con mayor claridad9. Me refiero, mayormente, a tres momentos que, a mi juicio, son determinantes: la dialéctica entre catolicismo y cristianismo, entre religión y catolicismo, entre la diversidad y el monolitismo de la jerarquía actual.

Siendo justos, la tensión ya venía desde lejos. Recordemos de paso la dialéctica que acompañó a los dos o tres primeros siglos entre los partidarios de la continuidad con un judaísmo renovado y los defensores de camino nuevo e independiente de la herencia recibida. Esto se puede advertir en las tres tendencias o modelos que saltan a la vista en una lectura crítica de los textos del NT: el modelo Santiago (judaizante), el modelo Pablo (liberador) y el modelo Pedro (de adaptación y concordismo). Pero pasemos a los tres momentos arriba anunciados.

1º La tensión entre el catolicismo y el cristianismo arranca en nuestro país ya el s. XVI y continúa, con diferentes matices, durante el XVII y XIX entre los partidarios de una línea dogmática, imperial y defensora del antiguo régimen y los intelectuales, escritores y teólogos defensores de una línea humanista: los erasmistas, los lascasianos, (seguidores de Bartolomé de las Casas) y los místicos (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz). —En la novela histórica El Hereje, Delibes dejó muy bien reflejada esta tensión—. El mensaje que subyace es este: no se puede ser cristiano, seguidor de Jesús, siendo católico.

La línea humanista, al calor de la ilustración política de Carlos III, está bien representada por una pléyade de autores que van desde el benedictino orensano Benito FEIJOO, el militar gaditano José CADALSO, el jurista limeño Pablo OLAVIDE hasta el político asturiano Gaspar JOVELLANOS. La tensión se incrementa en s. XIX con la Constitución de Cádiz, de 1812 y la Institución Libre de la Enseñanza, inspirada en la filosofía krausista, donde destacan intelectuales como Francisco Giner de los RÍOS, Gumersindo de AZCÁRATE, Fernando de CASTRO, etc. Fue el suyo un laicismo religioso, donde la religión se entiende como parte constitutiva del ser humano y compatible con la ciencia. En algunos, en Azcárate por ejemplo, ya se apunta a un Estado laico. Con diferentes matices se pueden sumar a esta lista los integrantes de la Generación del 68 con Juan VALERA, Pedro ALARCON, José María PEREDA, Benito Pérez GALDÓS, Leopoldo Alas CLARIN y Emilia Pardo BAZÁN.

Es bien significativa, a este propósito, la desazón que este modo de catolicismo oficial produce en Fernando de los RÍOS, ideólogo socialista y cristiano heterodoxo, que confiesa no ser católico no por “no ser religioso, sino por querer serlo más”. En uno de sus discursos públicos lamenta el desconcertante papel del catolicismo español: “Pobre catolicismo español, que nunca ha llegado a ser cristiano”.

2º La tensión entre religión y cristianismo, dominante en la generación del 98, tiene como trasfondo la condena del modernismo, del liberalismo y del socialismo por la jerarquía eclesiástica, así como el Concilio Vaticano I (el de la infalibilidad) y el Juramento Antimodernista de Pio X. Su mensaje, casi dramático, sale de la pluma de Miguel de UNAMUNO: “el catolicismo actual es un espacio inviable para una experiencia religiosa y para la coherencia entre fe y razón”; es decir, no se puede ser religioso y cristiano. Una persona tan sensible a la modernidad y a la experiencia religiosa como Unamuno se horroriza al constatar la alianza establecida entre el trono y el altar y la pérdida de la veta mística que, desde el siglo XVI, latía en la cultura española. Este lamento es bien comprendido por Antonio MACHADO al reconocer ante Unamuno que “la cuestión religiosa solo le preocupa en España a usted y a los que sentimos con usted”. A juicio de este hombre “fundamentalmente bueno” y poeta, la Iglesia en España es “espiritualmente huera” y está dominada por “pedantones incapaces de estudiar nada vivo”. ORTEGA Y GASSET, que siempre se mostró no católico, encontró “la emoción católica perdida” leyendo al poeta italiano Antonio Fogazzaro. Y entonces se pregunta: “Si fuera tal el catolicismo, ¿no podríamos nosotros ser algún día católicos?”. En esta misma línea, el poeta LEÓN FELIPE escribe en su Nueva Antología Rota: “Los grandes depositarios espirituales que llevaban en sus manos el alimento sagrado de la fe, lo vendieron o lo usaron para mover la carroza de la política y de Poder”.

3º La tensión actual entre una sociedad pluricultural y multirreligiosa y el inmovilismo estructural de la Iglesia católica.

La pulsión laicista, exiliada o clandestina durante la Guerra Civil y la dictadura, vuelve ahora con fuerza, recordando la mejor tradición emancipatoria que, desde el s. XVI, ha recorrido sin ruptura las venas de este país.

Si entendemos el laicismo como un derecho básico, social y político cuyo objetivo es instaurar la laicidad, es decir, la autonomía del Estado y la libertad de conciencia, los modos de acceder a estos nobles fines son diferentes. Aunque muy dividido (como suelen acontecer las cosas importantes entre nosotros) esta nueva pulsión laicista se enfrenta al monolitismo de Iglesia jerárquica, incapaz de superar el nacional-catolicismo alimentado por colectivos fundamentalistas y anacrónicos, cuyo poder y medios de comunicación son bien conocidos. Frente a este inmovilismo jerárquico se va consolidando, cada vez mayor fuerza, un discurso crítico y liberador, laicista, tanto al interior de la Iglesia como en la sociedad civil.

Este discurso dibuja un arco virtual con múltiples matices entre un planteamiento radical contra la utilidad pública de las religiones (el Fernando SAVATER de los comienzos o Gonzalo PUENTE OJEA) y aquellos que, a rebufo del filósofo Jügen HABERMAS, consideran más rentable política y socialmente un discurso más comprehensivo en el que cuente no solo la racionalidad de las religiones sino también los límites de la misma razón científica10.

Siguiendo la tipología que establece Díaz-Salazar en su libro ya citado España Laica11, podemos recoger estas tendencias esquemáticamente —y solo con intención pedagógica— en dos planos: el referido a la religión y el plano sociopolítico y económico:

a) Desde el plano religioso podemos encontrar:

Un laicismo excluyente de la religión. Desde una posición, no solo política sino metafísica y ontológica se excluye la religión de la esfera pública. Como su inspirador el laicismo original francés, se trata de un laicismo no solo anticlerical, sino también antirreligioso: rechaza la dimensión pública de la religión.

Un Laicismo neutral y a veces de neutralización de la religión que es compatible, según uno de sus defensores Luis CIFUENTES, con “posiciones filosóficas teístas, ateas y agnósticas”. No se muestra sensible a los posibles beneficios de una sana relación Iglesias-Estado y, consecuentemente, rechaza los Contratos o Acuerdos del Vaticano con los Estados

Laicismo inclusivo o inclusión de la religión ilustrada y liberadora, porque, como ha defendido Luis GÓMEZ LLORENTE, “ni el laicismo es necesariamente antirreligioso, ni el cristianismo es de suyo burgués y reaccionario”. Cabría incluir aquí una lista interminable desde integrantes de la antigua Plataforma por un Sociedad Laica, Fundación CIVES, Izquierda Socialista hasta, al menos en práctica, Europa Laica.

b. Desde el plano sociopolítico y económico que atraviesa todas las anteriores categorías, existe —siempre en la práctica— un laicismo liberal que, ajustado a la nueva burguesía progresista y anticlerical, es capaz de llegar a buenos apaños económicos con la jerarquía de la Iglesia, pero sin incidencia real en el planteamiento político y en la transformación de la economía social. Y un laicismo socialista que, empeñado en un nuevo impulso democrático, apuesta decididamente por un nuevo orden socioeconómico y ecológico. Se trata de un laicismo, muy presente entre los cristianos de izquierda, que va más allá de la libertad de conciencia, la salida de la religión confesional de la escuela pública y la misma financiación de la Iglesia. Su apuesta es por un planteamiento alternativo (otro mundo es posible) de la misma democracia y de la articulación de la convivencia en una sociedad pluricultural y multirreligiosa

Dentro de la Iglesia, los movimientos liberadores hunden sus raíces, no solo en el Jesús de la historia y en la tradición heterodoxa, y aún herética, del cristianismo histórico, sino en fuentes más recientes de la misma Iglesia como el Vaticano II y las Teologías de la Liberación. La lista de estos colectivos, generalmente silenciados, sería interminable. Cito como más conocidos La Asociación de Teólogos Juan XXIII y los cristianos de izquierda, de algún modo cercanos o vinculados a Redes Cristianas, como Iglesia de Base de Madrid, y cuyos medios de expresión más incisivos pueden encontrarse no solo en sus propias páginas web sino también en publicaciones a ellos vinculadas como Iglesia Viva, Éxodo, Utopía, Cristianisme i justícia, Alandar, etc.

III. Algunas cuestiones para pensar, debatir…

1ª Cada día nos va creciendo la evidencia de la incapacidad de las grandes instituciones (UE, Estados nacionales, etc.) para mantener la promesa de igualdad y el bienestar de la ciudadanía. Cuando esto ocurre (y crece la desigualdad social, la precariedad laboral, la pobreza y exclusión, etc.), la gente busca identidad en instituciones menores, mantenidas por la propia etnia o la religión. Cabe entonces preguntarse, ¿qué transformaciones tendría que hacer el laicismo democrático para asegurar a la población poder seguir viviendo junta? O dicho de otra manera, ¿cómo hacer que el derecho a la diferencia pueda convertirse en principio de pertenencia?

2ª Y este sueño: una vez separado el trono y el altar, establecida la laicidad con todo lo que esta ha tenido que superar (los acuerdos con la Santa Sede, la financiación de la Iglesia, la religión confesional en la escuela pública, los símbolos religiosos en lugares públicos, la presencia oficial en actos religiosos, etc.), todavía nos quedará pendiente el problema del Estado: ¿Cómo tendría que ser el Estado laico para ofrecer identidad a todas aquellas personas que hoy no la tienen: nuevos y viejos pobres, parados y jubilados, jóvenes en precario y sin vivienda, jóvenes insumisos, niños con hambre y mujeres discriminadas por razones económicas y de género, trabajadores del campo y trabajadores autónomos, emigrantes, inmigrantes, refugiados, etc.?

lunes, 27 de mayo de 2013

¿Es hora de otra iglesia?

Revista Éxodo, num 118, abril de 2013

¿ES HORA DE OTRA IGLESIA?
Evaristo Villar
Cuando el epicentro se desplaza  desde las sociedades satisfechas y conquistadoras hacia las tierras conquistadas, y se busca al obispo de Roma en el último rincón del mundo, algo importante está sucediendo.
 Parece comenzar, al menos en las formas, un nuevo período en la vida de la Iglesia. Pero, ¿responderá eficazmente a los desafíos que hoy tiene planteados la iglesia?
 Con estas cuestiones de fondo, aparece el número 118 de la revista Éxodo. Señalo algunos de los autores que nos acompañan en esta reflexión: Nicolás Castellanos, Pedro Miguel Lamet, Leonardo Boff, José María Castillo, Joaquín García Roca, Benjamín Forcano y Evaristo Villar.
Editorial ¿Es hora de otra iglesia? ¿Qué es lo que está pasando en esta institución milenaria para que tengamos que hacernos hoy esta pregunta?  En las siguientes páginas de Éxodo podrás ir encontrando algunas respuestas a este interrogante.
Es inimaginable la renuncia de un papa  y a todo el mundo ha sorprendido la llegada a Roma de alguien que viene “desde el fin del mundo”. Como al paso de una intensa borrasca invernal,  comienzan a borrarse los anacrónicos perfiles de un paradigma papal, monárquico y absolutista, a la vez que tímidamente parecen emerger otros nuevos, más acordes con la sensibilidad de nuestro tiempo.
La  monarquía papal no es un dato originario que pertenezca a la esencialidad de la tradición de la iglesia. Se ha venido construyendo en la historia desde el siglo XI con el  “dictatus Papae” de Gregorio VII, la teocracia de la bulaUnam Sanctam de Bonifacio VIII (s. XIV) y el dogma de la  infalibilidad del  Vaticano I (s. XIX). Se trata de una figura, con rasgos  faraónicos que rayan en   la idolatría, y que  recoge sin pudor el Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II en 1983.  En este código de leyes, actualmente vigente, se llega  afirmar  que el papa y solo él tiene potestad suprema y plena, inmediata y universal, que no puede ser juzgado por nadie y que puede juzgar y condenar, sin apelación,  incluso a los jefes de Estado del  mundo entero… ¡Y esta figura se ha mantenido intocable hasta la reciente renuncia  de Benedicto XVI!
Aun sin datos suficientes para conformarlo, en los gestos y palabras del papa Francisco parece apuntar  otro paradigma. El mismo nombre que se ha dado es suficientemente expresivo.  ¿Pretende enlazar el papa Francisco con esa tradición  empeñada en la renovación de la Iglesia desde la pobreza? En el cauce de esta tradición secular cobran mayor interés algunas de sus primera palabras: “quisiera una Iglesia pobre y de los pobres”. Pudieran ser estas  el eco de aquellas que, según San Buenaventura, dirigió Jesús el santo de Asís: “Francisco, ve y restaura mi casa, mira que está en ruinas”
No es necesario acudir a las escandalosas revelaciones del vatileaks,  donde  el abuso de poder, la pompa y el dinero entre las más altas jerarquías  y la  pederastia afectando a un elevado número del clero,  para caer en la cuenta de las actuales ruinas de la Iglesia. Estas consecuencias, miradas objetivamente, están apuntando a algo más profundo, a la imagen misma de una institución milenaria que hoy, como nunca, está siendo fuertemente cuestionada. Basta echar una mirada a  los datos que nos ofrecen los frecuentes sondeos  para percatarnos del clamor casi universal por un cambio de paradigma. Según José Juan Toharia (Metroscopia, abril 2013) nueve de cada diez españoles, creyentes o no, quieren ver a la Iglesia del lado de los pobres y excluidos y no de los ricos y poderosos; la quieren más austera tanto en ropajes como en ritos litúrgicos; sin privilegios y al ritmo de los tiempos que estamos viviendo. Curiosamente los zapatos remendados del papa  se convierten en un  símbolo bien expresivo.
A la vista de todo esto cobra sentido la pregunta que nos hacemos en Éxodo ¿Ha llegado la hora de otra iglesia? A nuestro juicio sí, y somos conscientes de que, de no aprovechar este momento, la actual ruina seguirá  imparable.

sábado, 16 de junio de 2012

Atrévete a hablar.



Desde el plano religioso, atreverse a hablar significa, entre otras muchas cosas, estos dos: romper los silencios impuestos o cómplices y expresarse libre y proféticamente.
Quiero dejar constancia, en primer lugar, de la perplejidad que me causa siempre la imposición del silencio. Cuando la orden emana directamente desde el poder, cuyo objetivo debería ser proteger la natural expresión de la vida, se desnaturaliza y deslegitima, se convierte en causa de sufrimiento y de escándalo.

¿Qué pensar del pedagogo o de la educadora que se dedicaran a silenciar la curiosidad e inquietad de su alumnado? Tengo para mí que toda dogmática o doctrina fija, hermética, encierra siempre un gran peligro: poner límites a la búsqueda humana y reducir a la uniformidad las múltiples y complejas voces de la realidad.
Siempre me han provocado rechazo las reducciones al silencio por la pobreza y la falta de confianza que respiran. Suelen apoyarse en un universo dogmático que consideran fijo e inmutable, precisamente en un mundo en el que, desde las ciencias matemáticas, físico-cosmológicas y biológicas hasta los comportamientos sociales y las costumbres éticas, está en constante proceso de cambio.
¿Por qué calificar de disidencia, rebeldía o herejía lo que suele ser mayormente otra forma alternativa de responder a los nuevos retos del momento? Con el paso del tiempo, se va haciendo más evidente la gran verdad que encierra esa frase erróneamente –según parece- atribuida al Don Juan Tenorio de Zorrilla: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Pues ni la inquisición, ni el Syllabus (o catálogo de los errores dogmáticos de los autores católicos), ni la Congragación del Santo Oficio, ni la posterior Congregación para la Doctrina de la Fe (¡vaya nombrecito!), que han querido poner límite a la actualización de la fe cristiana y han hecho sufrir a tanta gente honesta, han conseguido apagar la búsqueda inquieta del espíritu humano. Es más, en la inmensa mayoría de los casos, han contribuido a dar mayor resonancia a las voces que pretendían reducir al silencio.
A este propósito, me impresionó el gesto de Juan Pablo II recriminando Ernesto cardenal, ministro de cultura en la Revolución Sandinista en Nicaragua. Era el 4 de marzo de 1983. Con la rodilla en tierra para mostrar respeto al ilustre visitante, Ernesto recibió sobre su cabeza el dedo impositivo de Juan Pablo II diciéndole públicamente: “Debe Vd. normalizar su situación con la Iglesia”. Posteriormente, en el transcurso de la multitudinaria misa celebrada en la Plaza de la Revolución, el papa, que estaba descalificando como “proyecto absurdo y peligroso” a la Iglesia popular y que, conscientemente, estaba olvidando a “los mártires de la revolución”, pretendió acallar con un sonoro e imperativo “silencio” el creciente murmullo de una multitud de más de 700.000 mil personas que, cada vez con mayor fuerza, gritaba: “¡Queremos la paz!” ¡Sencillamente escandaloso, no se puede acallar la voz de un pueblo que exige justicia y dignidad!
Con menos cámaras, pero no con menos autoritarismo, el cardenal Rouco ha querido descalificar el manifiesto de los obreros católicos, HOAC y JOC, contra la reforma laboral del actual gobierno. Y los obispos españoles han vuelto a las viejas costumbres de apagar la voz de los teólogos imaginativos y críticos. Aún no han caído en la cuenta de que estos gestos de poder se convierten en boomerang que socaba la autoridad de quienes los practica.
2
Con este telón de fondo, me pregunto si el Nuevo Testamento legitima este tipo de reducciones al silencio. Desde el espíritu general que refleja, la respuesta parece clara: el Nuevo Testamento es decididamente partidario de la palabra más que del silencio. Es justo reconocer que en sus páginas se registran diferentes formas de silencio, aunque existen dos que resaltan sobre todas las demás: el silencio del cual surge la palabra como la desde el reposo el movimiento musical y el silencio que convierte la palabra en un desierto inerte, sin vida.
Del primer caso, son elocuentes los dos primeros capítulos del tercer evangelio, magistralmente redactados por Lucas. La palabra brota espontáneamente desde la novedad que supone algo insospechado. A Zacarías, que por su incredulidad se había quedado mudo, al cumplirse para Isabel, su esposa, el tiempo de dar a luz a Juan Bautista, se le soltó la lengua y empezó a hablar. En la visita de María a Isabel, esta, al escuchar el inédito saludo de María, prorrumpe a voz en grito, “¡Bendita tú entre las mujeres!”. Y tampoco se necesita un alarde de imaginación para advertir en el extraordinario canto del “magníficat” la ruptura de tantos silencios impuesto sobre el pueblo, y en especial sobre la mujer.
Es conmovedora, como ruptura de silencios largamente opresores, la escena de Simeón, hombre justo y piadoso, cogiendo en brazos a Jesús niño y bendiciendo a Dios “por haber visto con sus propios ojos la salvación”; y Ana, la profetisa hija de Fanuel, anciana y testigo de la escena, que sin poder contenerse, “daba gracias a Dios y hablaba del niño a cuantos aguardaban la liberación”. Suficientes casos para advertir cómo el ser humano, ante lo nuevo, sorprendente e inédito, rompen con toda imposición y se abre espontáneamente a la palabra.
Pero hay otra clase de silencio que el Nuevo Testamento rechaza y condena. Se trata del silencio que esclaviza a las personas, mata las iniciativas y acerca a la muerte en vida. Es consecuencia del abuso de poder, de la opresión, de la sumisión y del miedo. En el Nuevo Testamento, y con un lenguaje arcaico y mitológico, esta situación se presenta como símbolo de la presencia del diablo y fruto de la posesión diabólica. En aquel contexto cultural, y también desde la óptica de nuestros días, se trata de una forma de expresar el destrozo personal y social que causan los convencionalismos culturales, las ideologías dominantes y exclusivas y las propias estructuras. Se imponen de tal suerte sobre las personas y los pueblos que llegan a anular la propia identidad dejándola sin palabra, que es una forma de muerte en vida.
A este propósito, es paradigmático el episodio que cuenta Marcos al comienzo de la segunda parte de su libro. Ante el intento por parte de Pedro de desviar a Jesús de su camino y renunciar a la idea que este exponía abiertamente sobre la suerte del Mesías-Siervo, la reacción de Jesús es sorprendente: identifica a Pedro con Satanás, el tentador, el enemigo del hombre y de Dios y le grita ante la las expectación del resto de los discípulos: “¡Quítate de mi vista, Satanás!” (Mc 8, 31-33). Sorprende esta reacción tan dura con un fiel discípulo como Pedro, cuando de esa misma imagen de un Mesías poderoso participaba la generalidad del pueblo judío, desde el Sanedrín hasta el resto de los apóstoles que seguían a Jesús. El silencio en este caso hubiera sido una forma de complicidad con el pensamiento único representado por los sumos sacerdotes, senadores y letrados, que Jesús consideraba diabólico por los destrozos que estaba causando en el pueblo.
Es sintomático, finalmente, el episodio que narra Lucas (19, 29 y ss.) sobre la subida de Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua. La muchedumbre que lo acompañaba “comenzó a alabar a Dios con alegría y grandes voces por todas las potentes obras que habían visto”. Algunos fariseos presentes le exigen que la reprenda y haga callar, pero Jesús, lejos de acallar tales voces, les dice: “Os aseguro que, si estos callan, gritarán las piedras”. Ante la novedad, se rompe el silencio y brota espontáneamente la palabra y el grito.
3
Atreverse a hablar es un signo rebelde y alternativo en el Nuevo Testamento y también en nuestros días. El neoliberalismo político y religioso, que se está cerrando como una nube de silencio sobre nuestras cabezas, no puede hacernos perder la capacidad del asombro ante lo inédito, ni impedirnos abrir grietas de apertura hacia el futuro.
Hay dos gestos que, a mi modo de ver, pueden vincularnos hoy directamente con el estilo de Jesús y el evangelio: uno de ellos tiene que ver con la libertad y el otro con la profecía.
El gesto de libertad se expresa en el Nuevo Testamento con la sustantivo parr ësía cuyo sentido original es “libertad para decirlo todo”, “intrepidez y valentía” para expresarse ante las dificultades; y, en sentido moral, “poseer la libertad y no temer confesarla públicamente”. Como se afirma el evangelio en diversas ocasiones, la parr ësía fue una propiedad del Jesús de la historia. Juan refleja en 7, 26 el modo de hablar abierto y sin tapujos de Jesús ante los vecinos de Jerusalén que se preguntan: “¿no es este al que tratan de matar? Pues miradlo, habla públicamente (parrësia) y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías?”.
Esta libertad de Jesús empojó a sus seguidores a “anunciar sin temor (parresia) “las obras de Dios hechas en Jesús” ante los judíos y los paganos (Hch 2,29; 4, 13; 9, 27 y passim). Los escritos de Juan y de Pablo reflejan frecuentemente cómo la parresia se revestía de “audacia y valentía” ante las persecuciones, la cárcel y el mismo martirio (1 Ts 2,2).
Hoy, como siempre, la sociedad civil como la Iglesia son escenarios inagotables para la práctica de esta forma de libertad valiente y audaz. Como no se entiende, o mejor se puede estar de acuerdo con un tipo de ciudadanía silenciada y esclavizada por el poder y la ideología reinante, por la mentira –convertida en práctica habitual de la política oficial- tampoco se puede entender un tipo de cristiano silenciado y aborregado por el poder en la Iglesia.
El segundo gesto a rescatar en nuestros silenciosos días es la profecía, esa flor tan frágil que fácilmente se marchita. No es nada fácil mantener los oídos abiertos y el corazón sensible para no intentar huir como Jonás o pretender callarse como Jeremías ante lo que estaba ocurriendo en sus días. La profecía es siempre incómoda para todo el mundo, pero primero para quien la lleva. Una actividad que saca de la propia comodidad y rutina como hizo en su tiempo con el ganadero Amós, o que hiere al propio que la porta como a Oseas, el marido burlado, o que arrastra a su pesar a escenarios nada cómodos como a Jonás.
A veces faltan fuerzas para hacer frente a las resistencias del poder y tienes que suplirlas con el martirio como Jesús. Otras se te impone la desgana para enfrentarse al statu quo de las mismas masas que, como a Isaías, te están diciendo: “no profeticéis sinceramente; decidnos cosas halagüeñas, profetizad ilusiones” (Is 30,10). Situaciones hay en que el profeta profetiza en carne viva: con su propia soledad y celibato como Jeremías (Jr 16), o con la pena de un amor mal correspondido como Oseas (Os 2).
A pesar de todo y ante todo, el profeta es el portador de la palabra, vigorosa y poética. Una palabra que instruye cargada de valores; que descubre e interpreta el sentido de los acontecimientos históricos, mostrando su trascendencia; que denuncia los caminos tortuosos e invita a rectificar. Y siempre, desbordando los límites de la realidad, manteniendo la esperanza y proyectando hacia un futuro más halagüeño las expectativas de la humanidad y del cosmos. Desde esta clave, es un imperativo profético denunciar la injusticia de una política que es capaz de premiar a los defraudadores y volcar sobre los débiles todo el peso de la crisis. También es otro imperativo prófético renegar del silencio de las jerarquías religiosas ante la gravedad de lo que está ocurriendo y su intento de silenciar las voces de quienes …
En definitiva, para que la humanidad y la tierra vivan, necesitamos hombres y mujeres de palabra, que se atrevan a hablar, es decir, a romper silencio diabólico que esclaviza y a pronunciar proféticamente la palabra que libera.