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lunes, 21 de agosto de 2017

Religión y violencia.


José M. Castillo, Teólogo.

Nos preocupa más el hecho de la violencia y sus aterradoras consecuencias, que las causas que originan y justifican la mentalidad y las ideas que llevan a los terroristas a matar con la conciencia del deber cumplido. Y es evidente que, si no atajamos las causas y la mentalidad que la justifica, por más policías que tengamos, la violencia terrorista seguirá campando a sus anchas. Quienes pierden el miedo a que los maten, matarán a otros.
Como es lógico, un fenómeno humano de estas dimensiones, no se puede desentrañar en un breve artículo como éste. Por eso me limito a decir algo sobre una de las causas que motivan la violencia. Me refiero a la religión.
Se dice que los terroristas, por más que les laven el cerebro y los droguen, le pierden el miedo a la muerte porque saben que morir matando por la religión, eso es lo que les abre las pertas del paraíso para gozar sin fin. ¿Qué pueden hacer las fuerzas de seguridad del Estado ante un sujeto que lleva en lo más hondo de sí mismo semejante convicción?
Y es que, según creo, no hemos pensado a fondo que la misma base del cristianismo es un asesinato, la muerte inocente del hijo de Dios (W. Burkert). No olvidemos nunca que “el sacrificio es la forma más antigua de la acción religiosa” (H. Kühn), como ha demostrado sobradamente la paleontología y sus ciencias afines. Así que está más que demostrado que lo primero, en la historia del “hecho religioso”, no es Dios, sino el sacrificio: matar una vida. En realidad, “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. van der Leeuw). Por eso, no nos debería sorprender que, analizando pacientemente el Antiguo Testamento, “en cerca de mil pasajes se habla de que la ira de Yahvé se enciende y castiga con la muerte y la ruina” (R. Schwager; J. A. Estrada).

No es posible analizar aquí este fenómeno más despacio. Sólo quiero indicar que, como es sabido, en el islam, el yihad es “un concepto problemático” (J. J. Tamayo). Porque, como ya señaló Abu al-Mawduli, este concepto justifica la guerra santa en la idea de que el Islam es un sistema integral que tiene como objetivo eliminar los demás sistemas falsos en el mundo.
Pero, en la religión, es determinante no sólo “el sacrificio”, sino además “el dogma”. Esta palabra designaba, en la Antigüedad, los “decretos imperiales” a los que cabe otra respuesta que el sometimiento incondicional. Someter sobre todo la mente. Es verdad que en el N.T este concepto no es fundamental. Pero, a medida que el cristianismo se fue organizando como “institución religiosa”, inevitablemente el “dogma” fue ganando en importancia y presencia en la sociedad y en la vida de los fieles. El Magisterio de la Iglesia precisó y delimitó las verdades que han de ser aceptadas como verdades “de fe divina y católica”: no sólo las que se contienen en la palabra de Dios, sino que además son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ya sea en un concilio ecuménico, en una definición papal o por el Magisterio ordinario como tales verdades de fe (Conc. Vaticano I. DH 3041).
Un dogma tiene que reunir estas condiciones. No todo lo que se dice en los sermones, en los catecismos, en una encíclica… es “dogma de fe”. Cosa que es lamentable y desconcierta a mucha gente.
En cualquier caso, lo más importante, cuando hablamos de este asunto, es insistir en que está bien comprobado que las religiones, cuando son enseñadas y vividas como debe ser, mejoran las conductas de la gente. Y, por lo que se refiere a un cristiano (como es mi caso), lo que veo con más claridad y seguridad es que el Evangelio nos enseña que Jesús se dio cuenta y defendió, hasta la muerte, la grandiosa afirmación del profeta Oseas (6, 6): “Misericordia quiero y no sacrificios”. La “religión de Jesús” es única y exclusivamente la “religión de la bondad”, de la paz, del bien, que lucha contra el sufrimiento.

martes, 12 de abril de 2016

¿Hay falsificaciones en el Nuevo Testamento?


El doctor Drake Williams analiza las afirmaciones sobre la falsa autoría de las cartas del Nuevo Testamento y la difusión que han tenido.

¿Alguno de los libros de la Biblia fue escrito por alguien que no es quien pensamos? ¿Fue intencionado? ¿Cuáles son las consecuencias si la Biblia se tergiversa a sí misma? El Dr. Drake Williams, profesor de Nuevo Testamento en Tyndale y profesor asociado de Nuevo Testamento en el Evangelische Theologische Faculteit de Lovaina, Bélgica, respondió a estas y a otras preguntas en el webinar del FOCL “¿Falsificación? ¿Fueron algunas de las cartas del Nuevo Testamento escritas por otra persona?”. 

Williams empezó confirmando que el tema del webinar “está en debate entre los eruditos”. Dijo que las cartas del Nuevo Testamento que algunos se cuestionan son: Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, 1 Pedro, 2 Pedro, Santiago y Judas. “Esto tiene implicaciones relacionadas con el proceso de canonización de la Biblia y la autoridad de quienes podrían haber permitido que estos libros con falsa auditoría sean parte de ese canon”, comentó el profesor de Tyndale. 

 ¿QUIÉN DUDA DE LA AUTORÍA DE ESTAS CARTAS? 

“Muchos libros universitarios afirman que estas cartas no fueron escritas por los autores que siempre hemos pensado”, afirmó. Al mismo tiempo, “algunos autores populares empiezan a decir que las cartas del Nuevo Testamento no fueron escritas por sus autores”. El origen de estas opiniones se remonta a 1792 con el libro “La disonancia de los cuatro evangelios generalmente aceptados”, de Edward Evanson. Pero fue en 1840 cuando Baurin F.C., de la escuela de teología de Tübingren, lo compartió con un público más amplio. 

 RAZONES PARA LA DUDA 

 Drake Williams dijo que hay varias razones por las que los eruditos han empezado a creer en esta falsa autoría, y mencionó las siete más comunes: · 

El liderazgo de la iglesia que se ve en algunas cartas parece demasiado avanzado para un escrito del siglo I. · 

Las preocupaciones doctrinales de algunas cartas no existía cuando vivió el autor al que se le atribuyen: en Tito, Timoteo o 2 Pedro, por ejemplo, se habla de temas gnósticos, que provienen del siglo II. · 

La enseñanza parece diferente a otras cartas conocidas: por ejemplo, algunos eruditos creen que la doctrina del final de los tiempos es diferente en 1 y 2 Tesalonicenses, por lo tanto, los autores probablemente son diferentes. · 

El vocabulario es diferente: Williams citó al autor P.N. Harrison, quien afirmó que “aproximadamente 1/3 de las palabras de las cartas pastorales no se encuentran en ninguna otra carta de Pablo, pero muchas de esas palabras se pueden encontrar en escritos cristianos del siglo II”. · 

El estilo no se parece al de otras cartas del mismo autor: los eruditos que usan este argumento sostienen que esto se nota especialmente en Efesios, por lo que “podría haber sido escrita por alguien que intentaba imitar la escritura de Pablo.” · 

La calidad de la escritura griega: para algunos expertos es difícil de creer que “un pescador (Pedro), o un campesino (Santiago) pudieran haber escrito las epístolas en un griego tan bueno”. · 

La semejanza o desemejanza con otras cartas: “2 Pedro es demasiado distinta a 1 Pedro, y al mismo tiempo, 2 Pedro y Judas se parecen demasiado” es uno de los argumentos que usan los eruditos para hablar de la falsa autoría de estas cartas. 

 “UN NOMBRE FALSO NO ES LO MISMO QUE UNA FALSIFICACIÓN” 

Después de explicar las razones esgrimidas por algunos eruditos para dudar acerca de la autoría de varias cartas del Nuevo Testamento, Williams las valoró. “Debemos ser conscientes del tiempo en que vivimos, porque hoy en día la falsificación y la conspiración suscitan un gran interés”. Pero “las primeras dudas de falsa autoría no hablaban de falsificación”. Williams argumentó que en realidad “un nombre falso no es lo mismo que una falsificación”. 

 UN ESTILO DIFERENTE PARA UN PÚBLICO DIFERENTE 

En cuanto a las diferencias en vocabulario y estilo, Williams señaló que “es importante recordar que los escritores del Nuevo Testamento utilizaban un escriba, lo que podría explicar las diferencias de estilo”. “Podemos leer acerca de ellos en la Biblia en Romanos 16:22 o 1 Pedro 5:12, entre otros”, añadió. Además, el orador indicó que “una congregación que el autor conoce podría recibir información diferente que otra con la que está menos familiarizado”. “Y una carta a un líder de confianza, como Timoteo o Tito, tendría contenidos y preocupaciones diferentes”. ¿Confiamos en el criterio de la iglesia primitiva? 

“¿POR QUÉ APARECEN TAN TARDE ESTAS AFIRMACIONES?” 

Williams cree que “debemos cuestionar por qué estas afirmaciones llegan tan tarde y por qué se ha engañado a las personas durante tanto tiempo”. Los primeros cristianos e incluso los reformadores no cuestionaron la autoría de las cartas, ¿acaso quiere eso decir que “nuestro método de razonamiento mejoró substancialmente tras la Ilustración”? El orador concluyó la evaluación argumentando que “es difícil evaluar el motivo del autor”. 

 LA FALSIFICACIÓN EN LOS TIEMPOS DEL NUEVO TESTAMENTO 

El profesor de Leuven explicó durante su ponencia que, para ilustrar todo, analizó el punto de vista de la pseudoepigrafía y la falsificación en los tiempos del Nuevo Testamento, teniendo en cuenta fuentes judías, grecorromanas y cristianas tempranas. Con respecto a las fuentes judías, declaró que “las cartas judías no son comparables a las cartas del Nuevo Testamento, así que no hay pseudoepigrafía de cartas judía comparables. No son una buena fuente de comparación”. Sin embargo, “la literatura grecorromana nos muestra a muchos autores que estaban claramente en contra de la pseudoepigrafía y la falsificación”. Por tanto, “si los escritores grecorromanos no estaban a favor de utilizar nombres falsos en las cartas, ¿por qué se arriesgaría un escritor cristiano a utilizar un nombre falso, lo que desacreditaría su mensaje ante las audiencias que tenían un trasfondo grecorromano?”.

 CONCLUSIÓN 

 El Dr. Williams terminó su charla “sacando conclusiones de la literatura antigua y uniéndolas con la evaluación previa”: · La falsificación es un término relativamente nuevo, atractivo en una cultura a la que le gustan estas ideas. · El punto de partida de la falsificación es muy importante: ¿confiamos en la iglesia primitiva o sospechamos de ella? · Muchas escrituras grecorromanas contemporáneas desacreditan la falsificación. · Si bien hay trabajo cristiano que se ha adscrito erróneamente, los primeros líderes cristianos estaban en contra de esta práctica. “Todo esto me lleva a la siguiente pregunta: ¿hubo falsificaciones en el Nuevo Testamento? La respuesta es no”, concluyó. 


miércoles, 13 de enero de 2016

Ocúpate en la Lectura, la Exhortación y la Enseñanza: LEE.


Óscar Margenet 

Desde mi niñez la lectura me ayudó a crecer y a descubrir mis errores. En gratitud a la exhortación y enseñanza recibida dedicaré esta serie a compartir escritos de algunos de esos autores.

Se dice que actualmente se lee poco. Hay editores que temen por el futuro del libro impreso. Es sabido que varios importantes diarios del mundo, entre ellos españoles, decidieron dejar de imprimir para publicar solo online. El libro ha sido desde mi temprana edad un amigo inseparable. Me ayudó a viajar con mi imaginación, a conocer el mundo y a su gente. 

Comenzando por la Biblia valoro las lecturas que me ayudan a ver mis prejuicios; como aquellos que tenía por creer que mi congregación cristiana era la única y verdadera expresión de la iglesia de Cristo. 
El Señor me alcanzó con su gracia y comencé a dar mis primeros pasos en la vida de fe en una de tantas ‘asambleas de hermanos libres’. En mi etapa juvenil me encantaba explicar a quienes quisieran saberlo por qué los ‘hermanos libres’ no son una denominación como la Bautista, la Metodista o la Pentecostal, a pesar de provenir del movimiento británico ‘The Plymouth Brethren’ 1. 

Deseo, en más, compartir escritos de maestros que abren la mente a la sana costumbre de pensar, ayudan a edificar el cuerpo de Jesucristo, y a sus miembros a vivir en armonía. 

Una de las publicaciones que me ayudaron a crecer es la revista de la ilustración. Un ejemplo de lecturas que esclarecen cuestiones que preocupan a los creyentes sinceros; de autores que en medio del caos ayudan a mantenerse en pie a quienes siguen al Señor y sirven a sus semejantes.

En esta primera entrega he de compartir unos párrafos del comentario sobre el Sermón del Monte, del inspirado (e inspirador) médico y predicador galés Martin Lloyd Jones 2. Cito: Esto es lo que debería realmente preocuparnos; y esta es la razón por la que digo que es tan importante estudiar el Sermón del Monte. No se trata de una simple descripción de lo que el hombre hace; lo básico es la diferencia entre el cristiano y el no cristiano. 

El Nuevo Testamento considera esto como algo absolutamente básico y fundamental; y, según veo las cosas en estos tiempos, la necesidad primordial de la Iglesia es una comprensión clara de esta diferencia esencial. 

Se ha ido oscureciendo; el mundo ha entrado en la Iglesia y la Iglesia se ha vuelto mundana. La línea divisoria no se ve tan clara como antes. Hubo épocas en que la distinción era patente, y esas han sido siempre las eras más gloriosas en la historia de la Iglesia. Conocemos, sin embargo, los argumentos que se han alegado. Se nos ha dicho que tenemos que hacer a la Iglesia atractiva para el no cristiano, y la idea consiste en asemejarse lo más posible a él. 

Durante la primera guerra mundial hubo capellanes muy populares, que se mezclaban con los soldados, fumaban con ellos, y hacían muchas cosas que sus hombres hacían para animarlos. Algunos pensaban que, como consecuencia de ello, una vez que la guerra terminara, los excombatientes llenarían las iglesias. Pero no sucedió así, y nunca ha sido este el resultado. 

La gloria del evangelio es que cuando la Iglesia marca las diferencias con el mundo, nunca deja de atraerlo. Entonces hace que el mundo escuche su mensaje, si bien al comienzo quizá lo odie. Así llegan los avivamientos. Lo mismo debe ocurrir en nuestro caso como individuos. No debería ser nuestra ambición parecemos lo más posible a los demás, aunque seamos cristianos, sino ser lo más distintos posible de todo el que no es cristiano. Nuestra aspiración debería ser asemejarnos a Cristo, cuanto más mejor; y cuanto más nos asemejemos a Él, tanto menos parecidos seremos a los no cristianos.

Permítanme explicarles esto en detalle. El cristiano y el no cristiano son absolutamente diferentes en lo que admiran. El cristiano admira al que es 'pobre en espíritu,' en tanto que los filósofos griegos tenían en menos a tal persona, y todos los que siguen la filosofía griega, ya sea intelectualmente, ya en la práctica, siguen haciendo exactamente lo mismo. Lo que el mundo dice acerca del verdadero cristiano es que es un pusilánime, poco hombre. El mundo cree en la confianza en sí mismo, en seguir los instintos, en dominar la vida; el cristiano cree en ser 'pobre en espíritu.' Repasemos los periódicos para ver la clase de persona que el mundo admira. Nunca encontraremos nada que se parezca menos a las Bienaventuranzas3 que lo que atrae al hombre natural y de mundo. Lo que despierta su admiración es la antítesis misma de lo que encontramos en este Sermón. Al hombre natural le gusta la ostentación, precisamente lo que las Bienaventuranzas condenan.

Luego también, como es lógico, difieren en lo que buscan. 'Bienaventurados los que tienen hambre y sed.' 4 ¿De qué? ¿De dinero, riqueza, posición, social, publicidad? De ningún modo. 'De justicia.' Y justicia es ser justo delante de Dios. Tomemos a un hombre cualquiera que no se considere cristiano y que no se interese por el cristianismo. Averigüemos lo que busca y desea, y veremos que siempre es diferente de esto.

Entonces, también difieren por completo en lo que hacen. Esto es una consecuencia necesaria. Si admiran y buscan cosas diferentes, sin duda que hacen cosas diferentes. La consecuencia es que la vida que el cristiano vive debe ser esencialmente diferente de la que vive el no cristiano. El no cristiano es absolutamente consecuente consigo mismo. 'Este,' dice, 'es el único mundo, y voy a sacarle todo el provecho que pueda.' El cristiano, en cambio, comienza por decir que no vive para este mundo; considera a este mundo sólo como camino de paso para entrar en algo eterno y glorioso. Tanto su perspectiva como aspiraciones son diferentes. Siente, por lo tanto, que debe vivir de un modo diferente. Así como el hombre mundano es consecuente consigo mismo, así también el cristiano debería serlo. Si lo es, será muy diferente del otro hombre; no puede ser de otra manera.

El apóstol Pedro lo dice muy bien al afirmar que, si creemos de verdad que hemos sido llamados 'de las tinieblas a su luz admirable' 5, debemos creer que esto nos ha sucedido a fin de que podamos alabarlo con nuestra vida. Y afirma luego: 

Os ruego como a extranjeros y peregrinos (los que están en este mundo), que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.' 6 No hace más que recurrir a su sentido de la lógica.

Otra diferencia esencial entre los hombres estriba en lo que creen que pueden hacer. El hombre mundano confía mucho en su propia capacidad y está listo a hacer cualquier cosa. El cristiano es un hombre, el único hombre en el mundo, que está verdaderamente consciente de sus limitaciones. Estas son algunas de las diferencias esenciales, obvias, patentes que existen entre el cristiano y el no cristiano. Nada hay que nos exhorte más que el Sermón del Monte a ser lo que debemos ser, y a vivir como debemos vivir; ser como Cristo, presentando un contraste total con respecto a todos los que no pertenecen a Cristo. Confío, sin embargo, en que aquel que haya caído en la tentación de ser como los hombres del mundo en algún aspecto ya no seguirá haciéndolo pues haya comprendido que eso implica una contradicción completa de nuestra fe.

Quizá pueda resumirlo todo del siguiente modo. La verdad es que el cristiano y el no cristiano pertenecen a dos reinos completamente diferentes. Habrán notado que la primera y la última Bienaventuranzas prometen la misma recompensa: 'porque de ellos es el reino de los cielos.' ¿Qué significa esto? Nuestro Señor comienza y concluye así porque es su manera de decir que lo primero que hay que tener en cuenta respecto a nosotros es que pertenecemos a un reino diferente. No sólo somos diferentes en esencia; vivimos en dos mundos absolutamente diferentes. Estamos en este mundo; pero no somos de él. Estamos en medio de esa otra gente, desde luego; pero somos ciudadanos de otro reino. Esto es el elemento vital que se pone de relieve en todas las fases de este pasaje.

¿Por qué Mateo habla del reino de los cielos más que del reino de Dios? Sin duda que la respuesta es que escribió sobre todo para los judíos y a los judíos, y su objetivo principal, quizá, fue corregir el concepto judío del reino de Dios o del reino de los cielos. Tenían una idea materialista del reino; lo concebían en un sentido militar y político, y el objetivo principal de nuestro Señor en este caso es mostrar que su reino es primordialmente espiritual. En otras palabras les dice, 'No deben pensar en este reino como en algo terrenal. Es un reino en los cielos, el cual sin duda afectará a la tierra de muchos modos, aunque es esencialmente espiritual. Pertenece a la esfera celestial y no a la terrenal y humana.' ¿En qué consiste este reino, pues? Significa, en esencia, el gobierno de Cristo o la esfera o reino en el que Él reina. 

Se puede considerar de tres modos. Muchas veces mientras vivió en este mundo nuestro Señor dijo que el reino de los cielos era algo ya presente. Dondequiera que Él se hallara presente y ejerciendo funciones de mando, allá estaba el reino de los cielos. Recordarán cómo en una ocasión, cuando lo acusaron de arrojar demonios en nombre de Belcebú, hizo ver lo necio que resultaba afirmar semejante cosa, y afirmó luego, 'Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino.' 7 Ahí está el reino de Dios. Su autoridad, su reinado eran ya una realidad.

Luego está la expresión que dijo a los fariseos, 'el reino de Dios está dentro de vosotros', o 'el reino de Dios está en medio de vosotros'. Fue como si les dijera, 'se está manifestando en medio vuestro.' No digáis "vedlo aquí" o "vedlo allá." Dejad de una vez esta idea materialista. Yo estoy aquí en medio de vosotros; estoy actuando; ‘está aquí.' Dondequiera que se manifieste el reinado de Cristo ahí está el reino de Dios. Y cuando envió a sus discípulos a predicar, les encomendó: 'Decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.'

Pero también quiere decir que el reino de Dios está presente en este momento en todos los verdaderos creyentes. La Iglesia Católica ha solido identificar este reino con la Iglesia, pero esto no es así, porque la Iglesia contiene a una multitud mixta. El reino de Dios está sólo presente en la Iglesia en los corazones de los verdaderos creyentes, en los corazones de los que se han rendido a Cristo y en quienes y en medio de quienes reina. 

Recordarán que el apóstol Pablo se refiere a esto en una forma que recuerda a la de Pedro. Al escribir a los Colosenses da gracias al Padre 'el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.' 8 El reino de su amado Hijo, es el 'reino de Dios,' es el 'reino de los cielos,' es este reino nuevo al que hemos entrado. O, como les escribe a los Filipenses, 'nuestra ciudadanía está en los cielos.' Estamos aquí en la tierra, obedecemos a poderes terrenales, vivimos así. Desde luego; pero 'nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador' 9. Los que reconocemos a Cristo como Señor, aquellos en cuyas vidas Él reina y gobierna en este momento, estamos en el reino de los cielos y el reino de los cielos está en nosotros. Hemos sido trasladados al 'reino de su amado Hijo’; nos hemos convertido en un 'real sacerdocio.'

La tercera y última manera de considerar el reino es que, en un sentido, todavía ha de venir. Ha venido; viene; vendrá. Estaba presente cuando Cristo ejercía autoridad: está en nosotros en este momento; y sin embargo todavía ha de venir. Vendrá cuando este gobierno y reino de Cristo quede establecido en el mundo entero incluso en un sentido físico y material. 

Llegará el día en que los reinos de este mundo se convertirán en los reinos de nuestro Señor, y de su Cristo. Entonces habrá llegado, en una forma completa y total, y todo estará bajo su dominio y poder. El mal y Satanás desaparecerán; habrá 'cielos nuevos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia' 10, y entonces el reino de los cielos habrá llegado en esa forma material. Lo espiritual y lo material vendrán a ser una misma cosa en un sentido, y todo quedará sujeto a su poder, de modo que 'en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.’ 11

Esta es, pues, la descripción general que se da del cristiano en las Bienaventuranzas. ¿Ven cuan esencialmente diferente es del no cristiano? Las preguntas vitales que nos planteamos son, pues, éstas. ¿Pertenecemos a este reino? ¿Nos gobierna Cristo? ¿Es Él nuestro Rey y Señor? ¿Manifestamos tales cualidades en la vida diaria? ¿Anhelamos que sea así? ¿Comprendemos que debemos ser así? ¿Somos realmente bienaventurados? ¿Somos felices? ¿Hemos sido llenados? ¿Tenemos paz? Pregunto, entonces: ¿cómo vemos que somos? Sólo el que es así es verdaderamente feliz, verdaderamente bienaventurado. 

Mi inmediata reacción a las Bienaventuranzas indica exactamente lo que soy. Si me parece que son difíciles y duras, si me parece que son demasiado rigurosas y que describen un tipo de vida que me desagrada, temo que esto signifique simplemente que no soy cristiano. Si no deseo ser así, será que aún estoy 'muerto en pecados,' 12 no he recibido nunca la vida nueva.

Pero si siento que soy indigno y aun siéndolo mi deseo y aspiración es ser la persona que describen las Bienaventuranzas, es que hay una vida nueva en mí; es que soy hijo/a de Dios, ciudadano/a del reino de los cielos y del amado Hijo de Dios. Que cada uno se examine.

jueves, 26 de marzo de 2015

La necesidad de la justicia social y personal.



Hace muchos años impartí una serie de Conferencias bajo el lema de “La revolución pendiente”. En ellas se hacía un recorrido histórico de cómo los seres humanos habían intentado, en diversos momentos de la Historia, elaborar distintas filosofías sociopolíticas para cambiar el devenir del Sistema; Sistema en el que vivían y vivimos inmersos. Así surgieron las autocracias, las dictaduras, las democracias, el socialismo utópico, el socialismo científico o marxismo, las monarquías parlamentarias, el liberalismo, el anarquismo y el fascismo. Todos estos sistemas pensaban que su aportación era la más adecuada y justa para el desarrollo homeostático (equilibrado) y armónico de la Humanidad. Pero fracasaron.

Basándonos en la Revelación bíblica nos encontramos con el hecho de que Dios crea al Hombre (varón y mujer), a la Humanidad, como una entidad colectiva: “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre (ya Martín Lutero había traducido este término por hombres con muy buen criterio) a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (o varón y hembra le creó).” (Gen. 1: 26-2). En el capítulo tres del libro de Génesis, se nos narra (de una manera mitológico-simbólica) una realidad histórico-existencial validada por el mismo Jesús de Nazaret. Es lo que se conoce en términos vulgares como “la caída”, y que yo denomino la desestructuración amártica. Esa Persona Colectiva (Adán, la Humanidad) al desestructurarse crea la base biológica, psicológica, emocional y espiritual de lo que abocaría a considerar a cada miembro de la primera pareja como dos seres individuales, con dos nombres diferentes: Adán y Eva (antes de que se produjera ese proceso de individuación tenían un solo nombre: Adán (Gen. 5:1-2). Nace así el individualismo y la base, político-filosófica, que daría lugar al concepto antropológico de “persona individual” dotada del denominado “libre albedrío”. Este varón y esta mujer (o como encontramos en Gen. 2:2, este varón y esta varona) rompen su comunión con Dios, y entre ellos mismos nace así el Yo individual que sustituye al Nosotros colectivo.

La Historia de la Salvación, se gestó más allá del tiempo y del espacio, en el mismo corazón de Dios. Incluye un llamamiento a Abraham, en los términos siguientes: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré… Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Para “familias” se emplea un término hebreo, que traducido al griego (LXX), significa pueblo, raza, linaje y nación. Por consiguiente, la promesa salvífica de Dios no se expresa en singular (a cada persona individual), sino en plural (a cada pueblo y a cada nación). Deseo que quede perfectamente claro que cada ser humano, a nivel individual, necesita la Salvación de Dios, acogiéndose a la redención del acto soteriológico de Cristo en la cruz del calvario. Pero, el Verbo se encarnó para identificarse con la raza humana, y aunque vino para salvar a cada persona individual, su acto kenótico, su vaciamiento (Fil. 2:7), tenía como finalidad “la reconciliación con Dios de todas las cosas, así las que están en los cielos como las que están en la tierra, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col. 1:20).

Dios escogió al pueblo de Israel para que llevase su Palabra a los demás pueblos de la tierra. La revelación novotestamentaria nos explicita que la Iglesia es ahora el nuevo pueblo de Dios, cuya misión es llevar el Evangelio del Reino de los Cielos a todas las naciones (Mat. 28:18-20).

Los estudios de antropología bíblica nos enseñan que el hombre (término genérico) es un ser-para-la-muerte; y que la esfera de la intimidad de este ser está ocupada por un corazón lleno de contenidos contrarios a la voluntad de Dios, y que sobrepasan lo ético y lo neumático (Mr. 20-23). La conversión supone el paso de la Soledad a la Comunidad. El cristiano entra a formar parte de una realidad comunitaria, que se describe como: “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncie las virtudes de aquél que le llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1ª Ped. 2:9).

Muchos creen que predicar el evangelio se reduce a conseguir que cada persona reconozca su situación moral y espiritual de hombre adámico (pecador, que vive en el error, el fracaso y la frustración) y acepte a Jesucristo, como su Señor y Salvador: a aquél murió por sus pecados y resucitó para su justificación. Indudablemente que lo que antecede es ciertísimo, pero la proclamación del Evangelio implica mucho más que llevar una solución a la salvación personal “de las almas”. El evangelio del reino de Dios, tiene una dimensión moral y espiritual que alcanza a la redención de cada ser que lo recibe en lo más profundo de su ser; pero el Evangelino del Reino, cuando se asume, afecta a todas las esferas de la existencia. Se trata del Evangelio integral, aquel que no se deviene en la Gracia barata, sino en la Gracia cara como escribe Dietrich Bonhoeffer al principio de su obra “El precio de la gracia”. Entiendo que el cristiano tiene como ejemplo, paradigmático, seguir la vida y la enseñanza de Jesús de Nazaret como siervo de Dios; y es este Jesús el que le da a la proclamación del Evangelio toda su relevancia y contenidos. A su dimensión psico-neumática le añade una dimensión social, taumatúrgica (sanitaria), laboral, económica y política. El eslogan de la Revolución Liberal era: Libertad, Igualdad y Fraternidad. ¡Lástima que principios tan extraordinarios abocasen a una sociedad de clases tan injusta, y a un sistema socio-económico capitalista que continua explotando sin piedad a tantos miles de millones de seres humanos. La salvación de Dios es inmanente y trascendente. Y el cristianismo ha fracasado en cuanto ofrecer a los seres humanos una solución para la inmanencia y preocuparse solo de la trascendencia, haciendo un reduccionismo inaceptable respecto de la salvación del alma. El evangelio no se predica para que se salven las almas (un estrato más de la tectónica o estructura de la personalidad) sino para que alcance la realización trascendente las personas.

El apóstol Pedro nos dejó escrito, en su primera carta: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.” ( 1ª Ped. 2 : 21). Por su parte, el apóstol Juan nos clarificó, aún, más la cuestión: “El que dice que permanece en el, debe andar como el anduvo.” (1ª Juan 2:6). La pregunta surge inevitable: ¿Cómo anduvo Jesús? La palabra de Dios tiene la respuesta: “Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo de Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y como éste anduvo haciendo bienes (lit : quién pasó haciendo el bien ) y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.”( Hch. 10 : 37-38). Todos los oprimidos por el diablo, son todos los explotados, humillados y ofendidos por el Sistema.

Hoy, tres cuartas partes de los 7000 millones de seres humanos que pueblan este planeta, viven en condiciones lamentables y carecen de todo; padecen hambre, andan descalzos y vestidos de harapos; mueren de enfermedades que, en este llamado primer mundo, ya hace mucho que están superadas. Hay millones de niños de cinco a diez años que trabajan en minas y canteras unas 14 horas diarias; recorren muchos kilómetros para llegar a su destino laboral y como retribución reciben una miseria: son los parias, los pobres de este mundo; son todos aquellos de los que el Señor Jesús se ocupó de una manera especial.

Las llamadas Iglesias cristianas del mundo occidental (de cualquier denominación) hace mucho tiempo que empezaron a abandonar la letra y el espíritu de la Escritura. Se han convertido en iglesias burguesas y viven inmersas en una sociedad hedonista y deshumanizada. Oran por las superestructuras de poder para que Dios les ilumine en el gobierno de los pueblos, pero no denuncian la injusticia criminal que hace morir a un ser humano cada pocos segundos. Las llamadas Iglesias cristianas se alían con los poderosos y participan en sus políticas fraudulentas y corruptas para obtener sus favores.

A lo largo de todo el Antiguo Testamento el mensaje que Dios hace llegar al pueblo, y de manera muy especial a sus dirigentes es este : “Me volví y vi todas las violencias (heb = opresiones ) que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele; y la fuerza estaba en la mano de los opresores, y para ellos no había consolación.” (Ecl 4:1). También, el llamado “profeta socialista” denuncia la situación paupérrima de los más débiles: “Oíd esto, los que explotáis (heb = exprimís) a los menesterosos ( RVA= necesitados ), y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio y falsearemos con engaño la balanza, para comprar a los pobres por dinero, y a los necesitados por un par de zapatos, y venderemos los deshechos del trigo? (Amós 8:4-6). Isaías, Jeremias, Hageo, Malaquías, y tantos otros, hablaron al pueblo y a los pueblos, proclamando un mensaje profético de denuncia de todas las injusticias, exhortándoles a cuidar del huérfano, de la viuda y del extranjero. Las Iglesias, en general, han perdido el sentido de la justicia social (damos gracias a Dios por las excepciones) e individual, espiritualizando el mensaje del Evangelio del Reino de Dios, hasta tales extremos que éste se hace irreconocible. En muchos lugares no solo se predica otro evangelio, sino que también se predica a otro Jesús (2ª Cor 11:3-4).

El espíritu del mundo ha penetrado en lo más profundo de nuestras congregaciones y en su interior se han reproducido los métodos y estructuras psico-sociales, socioeconómicas, sociolaborales y sociopolíticas del Sistema. Esto ha redundado en una alienación de las mismas: sin justicia nunca habrá paz en el mundo. El señor Jesús antes de despedirse de esta tierra (orgánicamente) dijo a sus discípulos, y también a nosotros: “la Paz os dejo, mi Paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da (Juan 14:27). Hoy, mas que nunca es necesaria la denuncia profética, pero ésta brilla por su ausencia. A las Iglesias les corresponde ser la voz de esa gran mayoría silenciosa, pisoteada y oprimida, que no puede denunciar la injusticia porque está sometida a la gran represión de los detentadores del poder. No sigamos engañándonos a nosotros mismos pensando que somos cristianos bíblicos cuando nuestras vidas individuales y colectivas están tan lejos de una verdadera praxis cristiana.

La revolución pendiente que cambiará la Historia y su devenir es la esperanza de aquellos que añoramos la Parusía, que dará lugar a unos Cielos nuevos y una Tierra nueva en los cuales more la Justicia. Pero, los cristianos ya somos ciudadanos del Reino de Dios y es nuestro deber insoslayable proclamar su justicia.



J. M. González Campa

Licenciado en Medicina y Cirugía. Especialista en Psiquiatría Comunitaria. Psicoterapeuta. Conferenciante de temas científicos, paracientíficos y teológicos, a nivel nacional e internacional. Teólogo y escritor evangélico. Autor de varias publicaciones en el campo científico, sociológico y teológico. Ha desempeñado diversos cargos de la más alta responsabilidad dentro del campo de la Asistencia psiquiátrica y de la Salud Mental en su región natal, Asturias, así como en otras partes de España. Es fundador y Presidente de Honor de la Asociación para la Defensa de los Enfermos Psíquicos Asturianos (ADESA). Ha sido profesor de Honor de la Universidad de Oviedo y profesor de Psiquiatría de la Escuela de Asistentes sociales de Gijón. Pertenece a distintas sociedades científicas y es socio-fundador de Socidrogalcohol (Sociedad científica para el estudio del alcoholismo y las otras drogodependencias).

Fuente: Lupa Protestante

miércoles, 28 de enero de 2015

La Víctima y el Victimario. Responsabilidad, culpa y otros engendros del ‘amor en tiempos de terror’.


George R. Porta

Marcos 11, 15: “Llegaron a Jerusalén, entró en el templo y empezó a echar a los que vendían y compraban allí; volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían palomas; y no consentía que nadie transportase objetos atravesando por el templo. Luego se puso a enseñar diciendo:
― ¿No está escrito: ‘Mi casa ha de llamarse casa de oración para todos los pueblos’? En cambio, vosotros la tenéis convertida en una cueva de bandidos’.”

Juan 2, 13-17: “Estaba cerca la Pascua de los Judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas instalados, y haciendo como un azote de cuerdas, a todos los echó del templo, lo mismo a las ovejas que a los bueyes; a los cambistas les desparramó las monedas y les volcó las mesas y a los que vendían palomas les dijo:
―Quitad eso de ahí; no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios.
Se acordaron sus discípulos de que estaba escrito: ‘La Pasión por tu casa me consumirá’.”

(Los textos escriturarios son del Nuevo Testamento de Luis A. Shökel y Juan Mateos, Cristiandad, 1984; para la interpretación de Juan recurro a J. Mateos y J. Barreto, Cristiandad, 1992).

Presuponiendo la validez de la hipótesis exegética de las “fuentes” omito el texto de Mateo 21, 12-13 y el de Lucas 19, 45-46. La única diferencia real entrambos es que Mateo mencione los textos proféticos de Isaías y Jeremías que le atribuye a Jesús.

Reproduzco el texto de Juan porque su redacción le otorga un simbolismo extraordinario. Por ejemplo, una vez que ha quedado atrás el teológicamente cargoso prólogo (1,1-18), la narración inaugura la actuación pública de Jesús en términos inequívocamente violentos, denunciando la corrupción de las autoridades y hasta del propio espacio del templo convertido en “casa de negocios” o en palabras de Marcos “cueva de bandidos” (ut supra).

Hay en Juan otro momento narrativo extraordinario en el cual Jesús libera su apasionamiento con lenguaje fuertemente directo, esta vez, en reacción a una injusticia físicamente cometida contra él mismo. Así, Juan 18, 22-23 narra:

“Apenas dijo esto, uno de los guardias presentes dio una bofetada a Jesús, diciendo:
― ‘¿Así le contestas al sumo sacerdote?’
Le replicó Jesús:
―’Si he faltado en el hablar, declara en qué está la falta; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?’.”

Fuera preferible, sobre todo para la mentalidad perfeccionista que necesita minimizar la humanidad de Jesús en cuanto a que corra riesgos, para poder―contra Calcedonia―confundir su humanidad con su atribuida divinidad. Pero el Jesús de Juan es narrado contradiciéndose, al menos en esta ocasión narrada en los sinópticos, en la cual aconsejó-contra la conducta impulsiva, la venganza, la violencia, etc.: (Cf. Mateo 5, 38-39 que incluye la cita de Éxodo 21, 4 “Os han enseñado que se mandó: ‘Ojo por ojo, diente por diente’ que Lucas 6, 29 omite). Mateo hace decir a Jesús un consejo que después, en su proceso judicial no practicó si uno ha de atenerse al evangelio de Juan. He aquí el texto mateano: “Pues os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; etc.”

No quiero dejar pasar inadvertida la sutileza de una frase que enfatiza la intencionalidad de los evangelistas. Me refiero a la anotación de Juan Mateos acerca de “la mejilla derecha”, que tuviera que ser infligida volviendo la mano izquierda (implicando un gesto forzado), facilitando la segunda bofetada si se ofreciese la mejilla izquierda.

En mi fe personal encuentro imposible comprender la noción de divinidad y el tema ha dejado de preocuparme. Al Jesús Divino, el Cristo, parece que nunca le conoceré, a menos que haya en efecto “resurrección” como el Magisterio Católico lo ha venido presentando siguiendo a Pablo y a otros. El propio título de Cristo cobra sentido en el contexto de la noción hebrea de un Mesías.

Aunque parezca que llevo algunas gotas de sangre sefardí en mis venas, lo que celebro, prefiero seguir a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz, a Ignacio de Loyola, al Hermanito Carlos y a muchos otros/as, afianzando mi esperanza de que se cumplan las promesas atribuidas a Jesús en lo extraordinario de su humanidad –y aun así tan humana– la cual al menos puedo intentar comprender desde mi propia humanidad falible.

Mi fe no es doctrina ni es cuestión de conocimiento sino que la siento. En efecto se me hace presente como una gran esperanza confiada del cumplimiento de dichas promesas. Por lo demás, creo firmemente la imposibilidad de afirmar la existencia de Dios desde la experiencia humana. Menos aún de un Dios creador de una naturaleza que si tan frecuentemente puede ser tan inmensamente bella, no deja de ser frecuentemente problemática casi en la misma proporción. Respeto a quien pueda comprender la noción de “divinidad” pero ese no es mi caso.

Impulsivo o no impulsivo, me impresionan la compasión y la misericordia de Jesús tantísimas veces explícitas, paradójica o contradictoriamente, en sus expresiones de ira violenta o de dolor inmenso (Juan 18, 22-23. 35 ¡el mismo capítulo!).

Mi Jesús es respetuoso de la libertad ajena (Cf. Juan 5, 6-7. 18, 23). Me gustaría llegar a ejercitar mi compasión y mi ira, por poco tiempo que me quede, a su modo. De hecho tras de leer a Herman-Emiel Mertens (Cf. Not the Cross but the Crucified, an essay in soteriology, Louvain Press, Pastoral Monographies, 11, 1992) –especialmente el capítulo 5 acerca de la significancia actual de una lectura sacrificial del asesinato horrífico de Jesús en la cruz–, y la extraordinaria (al menos para mí) reflexión de a John F. Baggett en la primera parte de su Seeing through the eyes of Jesus (Cambridge 2008) me gustaría parecerme aunque fuese un pelín más al modo de ser y de mirar de ese Jesús que me parece entrever.

No me asustan las conductas difíciles, oscuras, paradójicas o erróneas que las narraciones pudieran atribuir a Jesús. Ni necesito la absoluta congruencia o la absoluta transparencia de una humanidad que yo no pudiera ni comprender ni imaginar. Prefiero y deseo creerle –según el dictum de Pablo en Filipenses 2, 7: “haciéndose uno de tantos”– aunque los expertos me reprochasen lo que fuese.

Desde mi propia humanidad, mis propias oscuridades me pueden ser a menudo impenetrables y no por ello dejo de agradecer mi propio ser con todas mis virtudes y defectos todo lo más que puedo, como una especie de yerba a veces hermosa y otras seca o podrida, siempre carente de perfume a menos que se la machaque o destile. De hecho mis propias oscuridades se me aclaran cuando las puedo mirar como imagino que Jesús las hubiese mirado, con la misma serenidad compasiva y gratuita que me parece que le atribuye Juan 5, 7 describiendo el momento en que reconoce y se dirige al paralítico de la piscina al que nadie, en 38 años, ha querido ayudar a buscar la “salud”.

Puedo agradecer esta visión de Jesús, agradecerla completamente en la integridad variopinta de su persona como pide el Decreto de Calcedonia (más o menos): “sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas (si tiene más de una) por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada una de esas características que unos/as y otros/as le atribuyen pero, a mis ojos, concurriendo todas en una sola persona humana y en una sola hipóstasis o integridad indivisa en su realidad histórica allá hace 2000+ años, “no partido o dividido en dos, sino uno solo y el mismo”, sin recurrir al difícil galimatías filosófico y teológico de aquellos señores y aquellas circunstancias, sino como le veo con mis propio poder resolutivo ocular, con mi corazón más que con mi mente, con cualesquiera limitaciones culturales, cognitivas, (o ventajas), hasta donde buenamente pueda acercarme a Jesús, consciente de que siempre quedaré corto en mi visión. Al fin y al cabo solamente soy responsable de mi propio mirar, pensar y actuar y no del de los/las demás.

En mi antropología personal ―aprendida de mis pacientes y de mis supervisores y maestros en los años de práctica clínica y en mis no menos tortuosos y a veces felices setenta y uno de vida― solamente puedo reconocer inconsistencias, progresos y regresos, enfermedades y mejoramientos conductuales, y mucha pero mucha experiencia o situación interrumpida, por lo que muchos propósitos no llegarán a fruición, aunque siempre abundó mucha experiencia que agradezco a muchísimas personas, sobre todo a mis pacientes y alumnos.

Me consuela que mi intuición haga que me parezca reconocer en Jesús y sus inconsistencias un mensaje de serenidad y de confianza, de esperanza confiada; que no me releva en ninguna medida de la obligación moral de vivirme en mi existencia lo más decente y efectivamente que pueda, priorizando la civilidad y la paz, lo que promueva las buenas relaciones hasta donde yo creo que no me engañe, consciente de las demandas de riesgos y tolerancias, deseando e intentando el suficiente dominio de mis impulsos pero garantizando hasta donde discierno que sea bueno y necesario, mi deber, liberar mis impulsos, porque mi vida así lo exige, sobre todo para evitar el mal por negligencia o intención, o hacer el bien y siempre absteniéndome de juzgar a los demás sin antes pedirles que se me aclaren si quieren y pueden hasta donde me permita comprenderles o aceptarles.

La noción de “perfección” parece que emerja del narcisismo primario y patológico de los moralistas (es decir de quienes parece que no acepten su propia vulnerabilidad y que no se han detenido a escuchar a los químicos acerca de la “pureza substancial”); quienes necesitan imaginarse superiores o más fuertes o mejores (consciente o inconscientemente). Quienes tengan esa mentalidad parecen atribuir el significado de infalible o quizás de “inmaculado/a” a algunas realidades y no toleran que toda realidad sea precisamente mucho más factible, pequeña y humana por ser común. Es a esta humanidad a la que alude el poeta en el Salmo 138/139 haciendo equivaler (a mi modo de ver) que la “perfección” sea solamente la mayor “completitud posible” (según cada uno/a y sus circunstancias y más en congruencia con su etimología) e idealizando la “completitud absoluta” solo como u-topía (carente de locación), como meta ideal, motivante, nunca como meta alcanzable. Teilhard por ejemplo hace del hombre Omega “el último hombre”, el único que habrá podido alcanzar la mayor completitud. Me gusta la metáfora y me parece acertada (también Ratzinger recurre a ella en la tercera sección de su Introducción al Cristianismo, Sígueme, 2002, que escribió en 1968) .

Fidel Castro (Cf. Discurso en el acto de inauguración de la presa hidráulica “Viet Nam Heroico”, en la Isla de Pinos, el 12 de agosto de 1967): “Si me pregunto a cuál de los grupos pertenezco yo, diría que milito en el bando de los impacientes, y milito en el bando —no voy a decir de los dinámicos, porque puede parecer una inmodestia— de los apurados, y de los que siempre presionan para que las cosas se hagan y de los que muchas veces tratan de hacer —en ocasiones— más de lo que se puede. Pero nosotros tenemos un lema, que dice: ‘¡Siempre se puede más!’.” (Me parece escucharle aquí una especie de eco del ignaciano Magis).

Hay controversia grande acerca del affaire Charlie Hebdo. Soy de los que creen que si en algún contexto alguna persona adulta careciese de responsabilidad sobre su conducta, eso se deba a que le haya sido arrebatada violentamente la totalidad de su dignidad personal, humana, como si le hubiesen violentado con una lobotomía moral. La tortura física o de cualquier tipo, el maltrato, la violencia doméstica son capaces de reducir la persona si no a la misma condición de bestia, hasta muy cerca de ello, arrebatándole, destruyendo la dignidad humana de ambos víctima y victimario. Cf. Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal (artículo en New Yorker, 1963 o en su ensayo homónimo posterior) o en Los Orígenes del Totalitarismo(Alianza, 2006).

Prefiero siempre que puedo imaginar que la deshumanización completa de la víctima humana del maltrato sea imposible, que algún mínimo de dignidad realmente inalienable e inviolable, aunque sufra cuantos asaltos violentos sufra, deba quedar en alguna célula.

Los héroes han sido imprudentes y han desafiado a los poderes injustos hasta las últimas consecuencias porque, por mucho que sufrieran, quedaba en ellos suficiente dignidad y responsabilidad para poder optar por el sufrimiento máximo o el sacrificio supremo en defensa de la Justicia, el Bien, la Verdad. Jesús es mi héroe más representativo en ese sentido, pero no el único. Quizás Maximiliano Kolbe fuera otro, aunque su disponibilidad para reemplazar al judío que estaba destinado al gas pudo ser una tentación de fuga para evadir más sufrimiento. Nunca he podido leer todos los documentos del proceso de la heroicidad de sus virtudes. Tratándose de otro polaco y de Juan Pablo II y su corte, no puedo evitar las preguntas y tampoco las quiero evitar.

Admiro por ejemplo que en una de las últimas fotos del periodista judío-norteamericano Daniel Pearl, ya muy cerca del día de su ejecución en Paquistán por los islamistas de Al-Queda (2002), imprudentemente levantara ambos dedos mayores cuando le están filmando a la fuerza para que lea algo.

Cuando ya parece imposible hacer o decir nada, al menos pudo hacer un gesto de rebeldía y repudio gritando en silencio su protesta, ejerciendo su autonomía, por limitada que fuese, lo cual leo como al menos vestigio de auténtica dignidad (alguien me ha dicho que mi imaginación lee algo que no consta: Pudiera ser, pero soy terco).

Jesús fue imprudente cuando desafió a los poderes de su tiempo y por eso éstos le asesinaron. Quisieron destruirle y para ello le rebajaron a lo que Isaías había descrito en sus cánticos (sobre todo 52, 14-15) propinándole los tormentos inenarrables de “la muerte en cruz” (Cf. Filipenses 2, 8 aunque no creo como Pablo que estuviese obedeciendo a nadie, ni como Isaías que estuviese pagando por nuestros pecados. Creo que sus verdugos le sometieron a la tortura y la muerte porque el Dios que parece que Jesús ha tratado de revelar es Omnicompasivo y Misericordioso (Cf. Ibn Al’Arabí, El Secreto de los Nombres de Dios, Editora Regional de Murcia, 1997, 29-46).

Los hombres y mujeres dignos conservan su autonomía y al hacerlo pueden contradecirse porque asumen los riesgos no de ser aprobados, sino de ser desaprobados, actuando en cada circunstancia si lo hacen con alguna dignidad incluso si eso pudiera contradecir lo que en otro contexto mucho más apacible no dijeran. Cada quien existe en sus multifacéticas circunstancias y nunca fuera de ellas y éstas cambian o pueden cambiar de un momento a otro.

Los periodistas de Charlie Hebdo fueron, a mi parecer, heroicamente imprudentes (conscientemente o no) publicando algo que desafió a los poderes terroristas y asesinos (o a otros poderes oportunistas), lanzados a esta cruzada religiosa y diabólica de sumir el Planeta en guerra. Se mofaron de los Islamistas del Terror que se atreven a reclamar violentamente de dichos periodistas y del Occidente derechos y respetos que ellos mismos no reconocen a sus propios pueblos.

Eso no disminuye la responsabilidad de los periodistas, sino que eleva su imprudencia al rango de heroica. Si su denuncia irónica, sarcástica o como gustéis no hubiese sido responsablemente imprudente, no hubieran cumplido con la misión que habían asumido en su profesión o negocio de combatir la opresión terrorista del Islam, que ha jurado muerte, aunque les costase su vida, a base de utilizar acremente la expresión gráfica o verbal. Y lo mismo vale si uno toma en cuenta que hacían dinero de las ganancias de lo espectacular publicitario en el campo de la política del momento.

Que hayan sido imprudentes no los culpa de su asesinato. Los hace víctimas martiriales de la libertad de expresión y deben ser recordados honrosamente como tales.

Sus verdugos, en cambio, no pudieran alcanzar una deshumanización mayor cuando ya han alcanzado el nivel casi robótico de las bestias. En mi opinión carecen de cualquier responsabilidad moral porque no son capaces de ejercerla. Son eso, ¡bestias! En cambio merecen sufrir todo el peso de la Ley y ser castigados según permita la justicia constitucional, legítima, por actuar criminalmente. Como cristiano pienso además que al matar se auto privaron de la posibilidad evangélica del perdón que en realidad ya nadie les puede otorgar vicariamente, ni siquiera los familiares más cercanos de los asesinados.

En más de una ocasión he defendido la hipótesis de que Jesús demandó de sus discípulos una conducta que la jurisprudencia humana no puede condonar o permitir. Me refiero a que la/el víctima tenga el deber/derecho de perdonar (Cf. Mateo 18, 22) y al hacerlo el de renunciar a exigir el castigo de su victimario/a. Un juez legítimo no pudiera dejar de castigar a un reo por un crimen que las evidencias provistas condenan. La víctima en cambio, contra toda justicia humana, puede perdonar a su victimario/a y paradójicamente cometer la “injusticia” de obstruir la justicia de los Tribunales y Códigos Penales.

Un tema que me gustaría tratar separadamente y proponerlo en el foro de Atrio si la redacción lo aprueba:

A menudo la mujer o el hombre víctima de maltrato conyugal quisiera y hasta concibe posible ayuda a su cónyuge y victimario/a para que cese de maltratarle. El terapeuta no siempre puede convencerle de que esa tarea no le toca y que muy bien pudiera ser inútil además de imprudentemente fallida. Que si bien le debe perdonar para liberarse de toda atadura con su victimario/a ―se arrepienta o no éste/a― no le corresponde iniciar la reconciliación (Mateo 5, 22ss) –lo cual corresponde al ofensor– y en cambio, por amor si así desea interpretarlo, le debe en cambio no arriesgarse nunca más imprudentemente a ser abofeteado de nuevo; que en efecto le deba a su victimario/a la caridad de alejarse y cortar en seco toda relación, sin alternativas de ninguna índole; que debe reclamar la protección y hasta el peso de la ley para asegurar no solo su propia integridad sino la de su prole si la hay y estuviesen en peligro de nuevas agresiones como suele ocurrir.

En mi práctica profesional no pocas veces he visto que la conducta de asalto parece en gran medida una carencia psicótica del control de los impulsos (función ejecutiva del córtex) comparable a la respuesta real o virtual de quien percibe una amenaza, sea esta real o no.

Uno de los daños que en el contexto del machismo el “macho” se auto inflige es el de sentirse compelido a destruir la fuente de amor que en realidad existe en la persona de su cónyuge que desea amarle y pudiera amarle.

Hay autores clínicos (yo suscribo dicha opinión) que en el caso de un agresor de género fuera muy plausible comprender semejante conducta autodestructiva en función de la necesidad incontenible de destruir la otra mitad de su propio identidad genérica porque la perciba ilusamente como amenaza intolerablemente real aunque no lo sea.

El machista, según esa explicación hipotética atacaría en la persona de su mujer a su propia feminidad. Si se acepta esa hipótesis el machismo fuera homofobia, en otras palabras, miedo a no ser real o suficientemente masculino y a que su mujer lo descubra y le someta o le rechace, aunque toda esa percepción psicóticamente distorsionada de ella carezca de justificación o de realidad.

En el caso de la mujer agresora (mucho menos frecuente y muchísimo menos reportado a las autoridades o a la justicia, Cf. http://www.rtve.es/noticias/20130811/hombres-maltratados/729222.shtml) un razonamiento similar pudiera explicar hipotéticamente la relación víctima/victimaria. Y lo mismo se puede intentar en el caso del maltrato infantil aunque con mayor complejidad.

Fuente: Atrio

martes, 3 de junio de 2014

La importancia de ser normal y corriente.


Redacción de Atrio, 02-Junio-2014

Desde hace algún tiempo el obispo anglicano jubilado John Shelby Spong empieza a hacerse presente en los medios de lengua castellana, más entre los católicos que entre los protestantes. Tiempo Axial, la Asociación Marcel Légaut y los grupos cristianos LGTB, han empezado a traducirlo y difundir su pensamiento incluso con visitas y conferencias en varias ciudades. Esperamos que vaya estando cada vez más presente en ATRIO, pues en muchos temas coincide con nuestras posiciones de búsqueda y cambio. Pero expresamente queremos empezar a darle voz con este último artículo suyo que nos ha llegado, por representar una profunda reflexión sobre las redes humanas, que no necesita ser rompedora con antiguas lecturas del NT para aportar algo nuevo y revolucionario.


Obispo anglicano jubilado John Shelby Spong

En estos últimos años, mientras trabajaba en mi libro más reciente, El Cuarto Evangelio: narraciones de un místico judío, me encantó la forma como el autor presentaba a los personajes de sus relatos. Hay más personajes memorables en el Cuarto Evangelio que en ningún otro libro del Nuevo Testamento. En los otros evangelios, Tomás no pasa de ser un nombre más en una lista de discípulos; en el evangelio de Juan, en cambio, se convierte en un escéptico que incluso da origen a la expresión “eres tan incrédulo como Tomás”. De modo similar, el evangelio de Juan introduce muchos otros personajes sobre los que ningún otro autor evangélico parece haber oído hablar antes. Entre ellos: Natanael, Nicodemo, el “discípulo amado”, la samaritana de junto al pozo, el ciego de nacimiento, el cojo de la piscina y Lázaro. Son personajes tan bien dibujados que no sólo se han hecho inolvidables sino que su singularidad plantea la posibilidad de que se trate de figuras simbólicas más que de personas históricas pues, en el evangelio de Juan, estas figuras parecen representar diferentes tipos de respuesta ante Jesús. Cuando uno lee a fondo a Juan, cada personaje parece representar un tipo de personalidad diferente de modo que hay en él suficiente diversidad de tipos como para que cada uno pueda identificarse con alguno de ellos en especial. Hoy quiero fijarme en uno de estos personajes del texto de Juan y presentarlo como alguien que puede ser un modelo a seguir, al menos para algunos. Su nombre es Andrés y yo lo llamo “el patrón de la gente corriente”.

Hasta que apareció el Cuarto Evangelio, todo lo que el Nuevo Testamento decía sobre Andrés era que era hermano de Simón Pedro, el cual siempre aparecía como líder. Así que el papel de Andrés sólo se definía indirectamente: se le conocía, sobre todo, por su relación con otro, es decir, por ser el hermano de otro personaje realmente más famoso. A menudo, en nuestro mundo todavía patriarcal, a las mujeres, se las conoce sobre todo por ser las esposas de sus maridos; y a veces a los hijos, sólo se le conoce como los hijos de alguno de sus padres, si éste es famoso. Esto fue lo que le pasó a Andrés y esto es lo que le pasa a la gente corriente, a la que sólo se la conoce si tiene relación con alguien conocido.

Sin embargo, aunque vivamos en una cultura de héroes, yo creo que si el mundo se mueve es porque se apoya en la gente normal y corriente. Al leer la historia de la Segunda Guerra Mundial, uno podría tener la impresión de que Estados Unidos luchó y ganó gracias a tres soldados tan sólo: Eisenhower, MacArthur y Patton. Sin embargo, todo el mundo sabe que los que ganan las guerras no son los generales sino los soldados, que luchan, se desangran y mueren, y suelen permanecer anónimos. Antes de que se escribiera el evangelio de Juan, Andrés era una persona de a pie, alguien normal y corriente a quien sólo se le identificaba por tener relación con otro. Pero, cuando llega el Cuarto Evangelio, éste añade tres relatos, breves pero significativos, a su escueta biografía, que así adquiere un peso específico.

En el primer capítulo se nos dice que fue Andrés, el hombre normal y corriente, el que trajo a su hermano hasta Jesús. Así pues, fue él quien hizo posible que existiese Pedro, el hombre que había de convertirse en el primer líder de la comunidad cristiana y por ello ser el más conocido de la misma.

En el capítulo sexto, Andrés es quien conduce hasta Jesús al muchacho que tiene los cinco panes y los dos peces. Dadas las dimensiones de la multitud (miles de personas a las que había que alimentar), lo que se ofrecía era apenas una gota en un cubo de agua. Andrés, sin embargo, entendió que el don de una persona nunca es lo bastante pequeño o insignificante como para que no pueda ser de provecho, y consideró, por tanto, que había que valorar lo que se ofrecía, tal como era. Y el relato dice que Jesús tomó este don, lo multiplicó y lo utilizó para alimentar a la multitud.

En el capítulo duodécimo, se nos dice que un grupo de extranjeros, griegos por más señas, vinieron en busca de Jesús. Según la norma judía, eran “gentiles”, gente impura, incircuncisa, gente que no observaba ni la dieta Kosher ni la Torá, es decir, la Ley. Con todo, se nos dice, Andrés se convirtió en su guía hacia Jesús pues, para él, no había ninguna tarea tan insignificante que no merecierse realizarse. Así que, a través de las oscuras calles de Jerusalén, Andrés los llevó al lugar donde estaba Jesús. Es el mismo momento en que Juan nos presenta a Jesús anunciando: “Mi hora ya ha llegado”, para luego, añadir: “Ahora el Hijo del Hombre será glorificado” y continuar: “Cuando sea levantado en la cruz, atraeré a todos hacia mí y entonces el mundo sabrá que YO SOY”, es decir, entonces, el mundo sabrá qué significa “Dios”.

Una vez más, Andrés había sido el intermediario que siempre actúa como una persona normal y corriente pero gracias al cual las cosas normales y corrientes son grandes cosas a su alrededor. A nadie le falta cualificación para desempeñar este papel. Recordad, por un momento, algún punto de inflexión importante en vuestro camino y fijaos en quién estuvo con vosotros en aquel momento, quién os dijo la palabra justa que os hizo elegir un camino y no otro, de modo que, según podéis reconocer ahora, dicha elección determinó vuestra vida. Aquella persona crucial, ¿no fue, acaso, un hombre o una mujer normal y corriente?

Aun con riesgo de ser un poco exhibicionista, permitidme que os cuente un episodio muy personal, que a mí me ilustra muy bien el papel de las personas corrientes. Mi padre murió cuando yo tenía doce años y, dado que mi madre no había terminado el noveno grado en la escuela, fue difícil que sustituyese a mi padre como sostén de la familia. Por eso no tardamos en caer en una situación de pobreza bastante precaria. Durante dos años más o menos, fui un adolescente muy perdido e inseguro. Entonces, sin mediar iniciativa alguna por mi parte, alguien apareció en mi vida. Mi iglesia en Charlotte, Carolina del Norte, eligió a un nuevo rector. Era el año 1946, la Segunda Guerra Mundial había concluido y el hombre elegido acababa de salir de la Marina, donde había servido como capellán en un portaviones, en el Pacífico Sur. No conozco el proceso por el que se le eligió, pero sí sé que esta elección determinó el curso de mi vida.

Este hombre era diferente de cualquier ministro o sacerdote que yo hubiera conocido antes. Para empezar, tenía sólo 32 años. Este hecho, por sí solo, ya rompía con mi idea de lo que era un clérigo, pues nunca había conocido a uno que no fuera muy mayor. Probablemente pensaba que uno debía tener al menos 80 años para ser ordenado. En segundo lugar, llevaba zapatos de piel, blancos. Nunca había conocido a un sacerdote cuyos zapatos no fuesen negros y con cordones. En tercer lugar, conducía un Ford descapotable y yo pensaba que los sacerdotes sólo conducían coches fúnebres. Y, por último, tenía una mujer increíblemente guapa y yo pensaba que las esposas de los clérigos eran siempre severas, vestidas de riguroso marrón oscuro o azul marino, y con

el pelo recogido en un moño. Sin embargo, aquella mujer era elegante y usaba joyas; incluso fumaba cigarrillos con una larga boquilla dorada. Creo que era la mujer más sofisticada que había conocido hasta entonces. Me sentí tan profundamente atraído por aquella pareja que me ofrecí para hacer cualquier cosa que me permitiera estar más cerca de ellos. Por eso me convertí en el único monaguillo dispuesto a ayudar en el servicio de las 8 de la mañana. Aunque no era un buen monaguillo y no era demasiado competente, sí que era piadoso.

Mi nuevo rector pertenecía al ala más católica de la Iglesia Episcopal, y creía que nadie debía recibir la comunión sin ayunar desde la medianoche anterior. Le preocupaba que un poco de pan tostado sin digerir pudiera corromper el cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía. Así que yo iba en ayunas a ayudar como monaguillo. Pero resultaba que, en aquella época, cada mañana, yo repartía antes el Charlotte Observer en unas 150 casas. Esto significaba que tenía que levantarme a las 4,30 de la madrugada, ir a la esquina en la que dejaban mis periódicos, doblarlos para poder lanzarlos a los jardines de los suscriptores, y, luego, con la cesta de mi bicicleta llena, salir a repartirlos. Llegaba a casa sobre la 6,45, es decir, con el tiempo justo para ducharme, vestirme y coger un autobús hasta mi iglesia del centro, donde cumplía con mi deber de monaguillo a las 8 de la mañana.

A esa hora, yo estaba absolutamente hambriento pero dispuesto a cumplir con el ayuno. En la liturgia del Libro de Oraciones de 1928, que era el que se usaba en mi iglesia entonces, había una “Oración por toda la Iglesia de Cristo”. Ocupaba dos páginas y por eso me recordaba la misericordia de Dios pues… ¡ambas me parecían infinitas! Inevitablemente, antes de que aquella oración terminase, empezaba a sentirme mal, mareado y sofocado. En esta situación, cualquiera se desmayaría de golpe y tendrían que sacarlo del templo o se pondría verde y vomitaría y dejaría su “ofrenda” al pie del altar. Afortunadamente, nunca llegó a pasarme esto durante aquella oración pero, una de las razones por las que, ya en mi carrera, defendí la revisión del Libro de Oraciones, fue por librar a todos de la “Oración por toda la Iglesia de Cristo”.

A pesar de esta precariedad (de mi cuerpo y de mi actuación como monaguillo), mi rector siguió contando conmigo. Cuando el servicio de las 8 terminaba y yo ya me había repuesto, este hombre y yo íbamos a un restaurante, que estaba media cuadra más arriba, por la calle principal de Charlotte, para charlar y desayunar juntos. No recuerdo de qué hablábamos pero sí sé que, en toda mi vida de adolescente, estas fueron las únicas ocasiones en las que un adulto habló conmigo. Muchos adultos me decían cosas o hablaban junto a mí, pero él hablaba conmigo; incluso escuchaba mis ideas inmaduras y hacía preguntas para aclarar mi pensamiento. Era algo sencillo de hacer, algo muy normal pero fue algo enormemente importante y vivificante para aquel muchacho de quince años, solitario y perdido. Yo adoraba a aquel hombre y quería parecerme a él tanto como fuera posible. Se convirtió en el modelo de mi vida y así fue como encontré mi vocación de sacerdote: fue en mi relación con él.

Este hombre, ¿fue una gran persona?, ¿fue siquiera un gran sacerdote? Bueno, para mí sí que lo fue aunque no fue así como el mundo lo juzgó. El mundo lo vio y lo juzgó como un hombre corriente con debilidades corrientes. Cuando me fui de Charlotte para comenzar mi formación universitaria, él dejó nuestra iglesia y pasó a ser rector de una iglesia de Louisiana. Allí cayó en la adicción al alcohol. Empeoró tanto que finalmente lo retiraron del sacerdocio. Murió pensando de sí mismo que, profesionalmente, era un fracasado. Pero fue una persona vital y alguien que a mí me cambió. La verdad es que sólo fue un hombre normal y corriente que, sencillamente, dedicó un poco de tiempo a hablar con un adolescente que andaba perdido. Fue algo que podía haber hecho cualquiera pero que sólo él hizo. Fue un “Andrés” para mí. La mayoría de nosotros no seremos generales que ganen batallas ni cargos electos que destaquen en el poder político. Es posible que no nos convirtamos en jefes ni de un pequeño negocio ni de una gran empresa, pero puede que marquemos la diferencia, una profunda diferencia, en las vidas de los que nos rodean, y además de la forma más normal, sólo siendo sensibles, sólo ofreciendo nuestra amistad, sólo diciendo una palabra justa en un momento oportuno y en una circunstancia correcta. Todos podemos ser como Andrés, el santo patrón de la gente corriente.

Fuente: Atrio

lunes, 4 de febrero de 2013

La fe en Cristo hoy y en el inicio de la Iglesia.


Primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap (2005)

Simón se convierte en Kefa, Roca, en el momento en que, por revelación del Padre, profesa su fe en el origen divino de Jesús. «Sobre esta piedra –así San Agustín parafrasea las palabras de Cristo— edificaré la fe que has profesado. Sobre el hecho de que has dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, edificaré mi Iglesia» [1]. 

Por esto he pensado elegir «la fe en Cristo» como tema de la predicación de Adviento. En esta primera meditación desearía intentar trazar la que me parece que es la situación en acto en nuestra sociedad acerca de la fe en Cristo y el remedio que la Palabra de Dios nos sugiere para afrontarla. En los sucesivos encuentros meditaremos sobre qué nos dice hoy a nosotros la fe en Cristo de Juan, de Pablo, del Concilio de Nicea y la fe experimentada de María, su Madre. 

1. Presencia – ausencia de Cristo

¿Qué papel tiene Jesús en nuestra sociedad y en nuestra cultura? Pienso que se puede hablar, al respecto, de una presencia-ausencia de Cristo. En cierto nivel –el de los mass-media en general— Jesucristo está muy presente, nada menos que una «Superstar», según el título de un conocido musical sobre él. En una serie interminable de relatos, películas y libros, los escritores manipulan la figura de Cristo, a veces bajo pretexto de fantasmales nuevos documentos históricos sobre él. El Código Da Vinci es el último y más agresivo episodio de esta larga serie. Se ha convertido ya en una moda, un género literario. Se especula sobre la vasta resonancia que tiene el nombre de Jesús y sobre lo que representa para amplia parte de la humanidad para asegurarse gran publicidad a bajo coste. Y esto es parasitismo literario. 

Desde cierto punto de vista podemos por lo tanto decir que Jesucristo está muy presente en nuestra cultura. Pero si miramos hacia el ámbito de la fe, al que él pertenece en primer lugar, notamos, al contrario, una inquietante ausencia, si no hasta rechazo de su persona. 

Ante todo a nivel teológico. Una cierta corriente teológica sostiene que Cristo no habría venido para la salvación de los judíos (a los que les bastaría permanecer fieles a la Antigua Alianza), sino sólo para la de los gentiles. Otra corriente sostiene que él no sería necesario tampoco para la salvación de los gentiles, teniendo éstos, gracias a su religión, una relación directa con el Logos eterno, sin necesidad de pasar por el Verbo encarnado y su misterio pascual. ¡Hay que preguntarse para quién es aún necesario Cristo!

Más preocupante todavía es lo que se observa en la sociedad en general, incluidos los que se definen «creyentes cristianos». ¿En qué creen, en realidad, aquellos que se definen «creyentes» en Europa y otras partes? Creen, la mayoría de las veces, en la existencia de un Ser supremo, de un Creador; creen que existe un «más allá». Pero ésta es una fe deísta, no aún una fe cristiana. Teniendo en cuenta la famosa distinción de Karl Barth, ésta es religión, no aún fe. Diferentes investigaciones sociológicas advierten este dato de hecho también en los países y regiones de antigua tradición cristiana, como la región en la que yo mismo nací, en las Marcas. Jesucristo está en la práctica ausente en este tipo de religiosidad. 

Incluso el diálogo entre ciencia y fe, que ha vuelto a ser tan actual, lleva, sin quererlo, a poner entre paréntesis a Cristo. Aquél tiene de hecho por objeto a Dios, el Creador. La persona histórica de Jesús de Nazaret no tiene ahí ningún lugar. Sucede lo mismo también en el diálogo con la filosofía, que ama ocuparse de conceptos metafísicos más que de realidades históricas. 

Se repite en resumen, a escala mundial, lo que ocurrió en el Areópago de Atenas, con ocasión de la predicación de Pablo. Mientras el Apóstol habló del Dios «que hizo el mundo y todo lo que hay en él» y del cual «somos también estirpe», los doctos atenienses le escucharon con interés; cuando comenzó a hablar de Jesucristo «resucitado de entre los muertos» respondieron con un educado «sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hch 17,22-32). 

Basta una sencilla mirada al Nuevo Testamento para entender cuán lejos estamos, en este caso, del significado original de la palabra «fe» en el Nuevo Testamento. Para Pablo, la fe que justifica a los pecadores y confiere el Espíritu Santo (Ga 3,2), en otras palabras, la fe que salva, es la fe en Jesucristo, en su misterio pascual de muerte y resurrección. También para Juan la fe que «que vence al mundo» es la fe en Jesucristo. Escribe: «¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5,4-5). 

Frente a esta nueva situación, la primera tarea es la de hacer, nosotros los primeros, un gran acto de fe. «Tened confianza, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), nos dijo Jesús. No ha vencido sólo al mundo de entonces, sino al mundo de siempre, en aquello que tiene en sí de reacio y resistente al Evangelio. Por lo tanto, ningún miedo o resignación. Me hacen sonreír las recurrentes profecías sobre el inevitable fin de la Iglesia y del cristianismo en la sociedad tecnológica del futuro. Nosotros tenemos una profecía bastante más autorizada a la que atenernos: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

Pero no podemos permanecer inertes; debemos ponernos manos a la obra para responder de manera adecuada a los desafíos que la fe en Cristo afronta en nuestro tiempo. ¡Para re-evangelizar el mundo post-cristiano es indispensable, creo, conocer el camino seguido por los apóstoles para evangelizar el mundo pre-cristiano! Las dos situaciones tienen mucho en común. Y es esto lo que querría ahora intentar sacar a la luz: ¿cómo se presenta la primera evangelización? ¿Qué vía siguió la fe en Cristo para conquistar el mundo?

2. Kerigma y didaché

Todos los autores del Nuevo Testamento muestran presuponer la existencia y el conocimiento, por parte de los lectores, de una tradición común (paradosis) que se remonta al Jesús terreno. Esta tradición presenta dos aspectos, o dos componentes: un componente llamado «predicación», o anuncio (kerigma) que proclama lo que Dios ha obrado en Jesús de Nazaret, y un componente llamado «enseñanza» (didaché) que presenta normas éticas para un recto actuar por parte de los creyentes [2]. Varias cartas paulinas reflejan este reparto, porque contienen una primera parte kerigmática, de la que desciende una segunda parte de carácter parenético o práctico. 

La predicación, o el kerigma, es llamada el «evangelio» [3]; la enseñanza, o didaché, en cambio es llamada la «ley», o el mandamiento, de Cristo, que se resume en la caridad [4]. De estas dos cosas, la primera –elkerigma, o evangelio-- es lo que da origen a la Iglesia; la segunda –la ley, o la caridad— que brota de la primera, es lo que traza a la Iglesia un ideal de vida moral, que «forma» la fe de la Iglesia. En este sentido, el Apóstol distingue su obra de «padre» en la fe, frente a los corintios, de la de los «pedagogos» llegados detrás de él. Dice: «He sido yo quien, mediante el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús» (1 Co 4,15)

La fe, por lo tanto, como tal, florece sólo en presencia del kerigma, o del anuncio. «¿Cómo podrán creer –escribe el Apóstol hablando de la fe en Cristo-- sin haberle oído? ¿Cómo podrán oírle sin que se les predique?» (Rm 10,14). Literalmente: «sin alguno que proclama el kerigma» (choris keryssontos). Y concluye: «Por tanto la fe viene de [la escucha de] la predicación» (Rm 10,17), donde por «predicación» se entiende la misma cosa, esto es, el «evangelio» o el kerygma. 

En el libro Introducción al cristianismo, el Santo Padre Benedicto XVI, entonces profesor de Teología, arrojó la luz en las profundas implicaciones de este hecho. Escribe: «En la fórmula “la fe proviene de la escucha”... se enfoca claramente la distinción fundamental entre fe y filosofía... En la fe se tiene una precedencia de la palabra sobre el pensamiento... En la filosofía el pensamiento precede a la palabra; ésta es por lo tanto un producto de la reflexión, que después se intenta expresar en palabras... La fe en cambio se acerca siempre al hombre desde el exterior... no es un elemento pensado por el sujeto, sino a él dicho, que le llega no como pensado ni pensable, interpelándole y comprometiéndole» [5]. 

La fe viene por lo tanto de la escucha de la predicación. ¿Pero cuál es, exactamente, el objeto de la «predicación»? Se sabe que en boca de Jesús aquél es la gran noticia que hace de fondo en sus parábolas y de la que brotan todas sus enseñanzas: «¡Ha llegado a vosotros el Reino de Dios!». Pero ¿cuál es el contenido de la predicación en boca de los apóstoles? Se responde: ¡la obra de Dios en Jesús de Nazaret! Es verdad, pero existe algo aún más concreto, que es el núcleo germinativo de todo y que, respecto al resto, es como la reja del arado, esa especie de espada ante el arado que rompe en primer lugar el terreno y permite al arado trazar el surco y remover la tierra. 

Este núcleo más concreto es la exclamación: «¡Jesús es el Señor!», pronunciada y acogida en el estupor de una fe «statu nascenti», esto es, en el acto mismo de nacer. El misterio de esta palabra es tal que ella no puede ser pronunciada «sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12,3). Sola, ella hace entrar en la salvación a quien cree en su resurrección: «Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9).

«Como la estela de un navío –diría Ch. Péguy-- va ampliándose hasta desaparecer y perderse, pero comienza con una punta que es la punta misma del navío», así –añado yo-- la predicación de la Iglesia va ampliándose, hasta constituir un inmenso edificio doctrinal, pero comienza con una punta y esta punta es el kerigma: «¡Jesús es el Señor!».

Por lo tanto aquello que en la predicación de Jesús era la exclamación: «¡Ha llegado el reino de Dios!», en la predicación de los apóstoles es la exclamación: «¡Jesús es el Señor!». Y sin embargo ninguna oposición, sino continuidad perfecta entre el Jesús que predica y el Cristo predicado, porque decir: «¡Jesús es el Señor!» es como decir que en Jesús, crucificado y resucitado, se ha realizado por fin el reino y la soberanía de Dios sobre el mundo. 

Debemos entendernos bien para no caer en una reconstrucción irreal de la predicación apostólica. Después de Pentecostés, los apóstoles no recorren el mundo repitiendo siempre y sólo: «¡Jesús es el Señor!». Lo que hacían, cuando se encontraban anunciando por primera vez la fe en un determinado ambiente, era, más bien, ir directos al corazón del evangelio, proclamando dos hechos: Jesús murió – Jesús resucitó, y el motivo de estos dos hechos: murió «por nuestros pecados», resucitó «para nuestra justificación» (Cf. 1 Cor 15,4; Rm 4,25). Dramatizando el asunto, Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, no hace sino repetir a quienes le escuchan: «Vosotros matasteis a Jesús de Nazaret, Dios le ha resucitado, constituyéndole Señor y Cristo» [6].

El anuncio: «¡Jesús es el Señor!» no es por lo tanto otra cosa sino la conclusión, ahora implícita ahora explícita, de esta breve historia, narrada en forma siempre viva y nueva, si bien sustancialmente idéntica, y es, a la vez, aquello en lo que tal historia se resume y se hace operante para quien la escucha. «Cristo Jesús... se despojó de sí mismo... obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó... para que toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor» (Flp 2, 6-11).

La proclamación «¡Jesús es el Señor!» no constituye por lo tanto, ella sola, la predicación entera, pero es su alma y, por así decirlo, el sol que la ilumina. Ella establece una especie de comunión con la historia de Cristo a través de la «partícula» de la palabra y hace pensar, por analogía, en la comunión que se opera con el cuerpo de Cristo a través de la partícula de pan en la Eucaristía. 

Llegar a la fe es el repentino y estupefacto abrir los ojos a esta luz. Evocando el momento de su conversión, Tertuliano lo describe como un salir del gran útero oscuro de la ignorancia, sobresaltándose a la luz de la Verdad [7]. Era como la apertura de un mundo nuevo; la primera Carta de Pedro lo define como pasar «de las tinieblas a la admirable luz» (1 P 2,9; Col 1,12 ss.).

El kerigma, como explicó bien el exégeta Heinrich Schlier, tiene un carácter asertivo y autoritativo, no discursivo o dialéctico. No tiene necesidad, por lo tanto, de justificarse con razonamientos filosóficos o apologéticos: se acepta o no se acepta, y basta. No es algo de lo que se pueda disponer, porque es eso lo que dispone de todo; no puede estar fundado por alguno, porque es Dios mismo quien lo funda y es eso lo que hace después de fundamento a la existencia [8].

El pagano Celso, en el siglo II, escribe de hecho indignado: «Los cristianos se comportan como quienes creen sin razón. Algunos de ellos no quieren tampoco dar o recibir razón en torno lo que creen y emplean fórmulas como éstas: “No discutas, sino cree; la fe te salvará. La sabiduría de este siglo es un mal y la simpleza es un bien”» [9].

Celso (que aquí aparece extraordinariamente cercano a los modernos partidarios del pensamiento débil) querría, en sustancia, que los cristianos presentaran su fe de manera dialéctica, sometiéndola, esto es, en todo y para todo, a la investigación y a la discusión, de forma que ella pueda entrar en el marco general, aceptable también filosóficamente, de un esfuerzo de autocomprensión del hombre y del mundo que permanecerá siempre provisional y abierto. 

Naturalmente, el rechazo de los cristianos a dar pruebas y aceptar discusiones no se refería a todo el itinerario de la fe, sino sólo a su inicio. Ellos no rehuían, tampoco en esta época apostólica, la confrontación y «dar razón de su esperanza» (Cf. 1 P 3,15) también a los griegos (Cf. 1 P 3,15). Los apologistas del siglo II-III son la confirmación de ello. Solamente pensaban que la fe misma no podía surgir de aquella confrontación, sino que debía precederla como obra del Espíritu y no de la razón. Ésta podía, como mucho, prepararla y, una vez acogida, mostrar su «razonabilidad». 

En el principio, el kerigma se distinguía, hemos visto, de la enseñanza (didaché), como también de la catequesis. Estas últimas cosas tienden aformar la fe, o a preservar su pureza, mientras que el kerigma tiende asuscitarla. Él tiene, por así decirlo, un carácter explosivo, o germinativo; se parece más a la semilla que da origen al árbol que al fruto maduro que está en la cima del árbol y que, en el cristianismo, está constituido más bien por la caridad. El kerigma no se obtiene en absoluto por concentración, o por resumen, como si fuera la médula de la tradición; sino que está aparte, o, mejor, al inicio de todo. De él se desarrolla todo lo demás, incluidos los cuatro evangelios. 

Sobre este punto se tuvo una evolución debida a la situación general de la Iglesia. En la medida en que se va hacia un régimen de cristiandad, en el cual todo en torno es cristiano, o se considera tal, se advierte menos la importancia de la elección inicial con la que se pasa a ser cristiano, tanto más que el bautismo se administra normalmente a los niños, quienes no tienen capacidad de realizar tal opción propia. Lo que más se acentúa, de la fe, no es tanto el momento inicial, el milagro de llegar a la fe, cuanto más bien la plenitud y la ortodoxia de los contenidos de la fe misma. 

3. Redescubrir el kerigma

Esta situación incide hoy fuertemente en la evangelización. Las Iglesias con una fuerte tradición dogmática y teológica (como es, por excelencia, la Iglesia Católica), corren el riesgo de encontrarse en desventaja si por debajo del inmenso patrimonio de doctrina, leyes e instituciones, no hallan ese núcleo primordial capaz de suscitar por sí mismo la fe. 

Presentarse al hombre de hoy, carente frecuentemente de todo conocimiento de Cristo, con todo el abanico de esta doctrina es como poner una de esas pesadas capas de brocado de una vez en la espalda de un niño. Estamos más preparados por nuestro pasado a ser «pastores» que a ser «pescadores» de hombres; esto es, mejor preparados a nutrir a la gente que viene a la iglesia que a llevar personas nuevas a la Iglesia, o repescar a los que se han alejado y viven al margen de ella. 

Ésta es una de las causas por las que en ciertas partes del mundo muchos católicos abandonan la Iglesia Católica por otras realidades cristianas; son atraídos por un anuncio sencillo y eficaz que les pone en contacto directo con Cristo y les hace experimentar el poder de su Espíritu. 

Si por un lado es de alegrarse que estas personas hayan encontrado una fe experimentada, por otro es triste que para hacerlo hayan abandonado su Iglesia. Con todo el respeto y la estima que debemos tener por estas comunidades cristianas que no son todas sectas (con algunas de ellas la Iglesia Católica mantiene desde hace años un diálogo ecuménico, ¡cosa que no haría ciertamente con las sectas!), hay que decir que aquellas no tienen los medios que tiene la Iglesia Católica de llevar a las personas a la perfección de la vida cristiana.

En muchos todo sigue girando, desde el principio hasta el final, en torno a la primera conversión, al llamado nuevo nacimiento, mientras que para nosotros, católicos, esto es sólo el inicio de la vida cristiana. Después de eso debe llegar la catequesis y el progreso espiritual, que pasa a través de la negación de uno, la noche de la fe, la cruz, hasta la resurrección. La Iglesia Católica tiene una riquísima espiritualidad, innumerables santos, el magisterio y sobre todo los sacramentos. 

Es necesario, por lo tanto, que el anuncio fundamental, al menos una vez, sea propuesto entre nosotros, nítido y enjuto, no sólo a los catecúmenos, sino a todos, dado que la mayoría de los creyentes de hoy no ha pasado por el catecumenado. La gracia que algunos de los nuevos movimientos eclesiales constituyen actualmente para la Iglesia consiste precisamente en esto. Ellos son el lugar donde personas adultas tienen por fin la ocasión de escuchar el kerigma, renovar el propio bautismo, elegir conscientemente a Cristo como propio Señor y salvador personal y comprometerse activamente en la vida de su Iglesia. 

La proclamación de Jesús como Señor debería hallar su lugar de honor en todos los momentos fuertes de la vida cristiana. La ocasión más propicia son tal vez los funerales, porque ante la muerte el hombre se interroga, tiene el corazón abierto, está menos distraído que en otras ocasiones. Nada como el kerigma cristiano tiene qué decir al hombre, sobre la muerte, una palabra a la medida del problema. 

El kerigma resuena, es verdad, en el momento más solemne de cada Misa: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!». Pero, por sí sola, ésta es una sencilla fórmula de aclamación. Se ha dicho que «los evangelios son relatos de la pasión precedidos por una larga introducción» (M. Kahler). Pero, extrañamente, la parte originaria y más importante del evangelio es la menos leída y escuchada en el curso del año. En ningún día festivo, con multitud de pueblo, se lee en la iglesia la Pasión de Cristo, excepto el Domingo de Ramos en el que, por la duración de la lectura y la solemnidad de los ritos, ¡no hay tiempo para pronunciar al respecto una consistente homilía!

Ahora que ya no hay misiones populares como una vez, es posible que un cristiano no escuche jamás, en su vida, una predicción sobre la Pasión. Sin embargo es precisamente ella la que normalmente abre los corazones endurecidos. De ello se tuvo demostración con ocasión de la proyección de la película de Mel Gibson «La Pasión de Cristo». Ha habido casos de detenidos, que siempre habían negado ser culpables, que tras visionar la cinta confesaron espontáneamente su delito. 

4. Elegir a Jesús como Señor

Hemos partido de la pregunta: «¿qué lugar ocupa Cristo en la sociedad actual?»; pero no podemos terminar sin plantearnos la cuestión más importante en un contexto como éste: «¿qué lugar ocupa Cristo en mivida?». Traigamos a la mente el diálogo de Jesús con los apóstoles en Cesarea de Filipo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? ...Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13-15). Lo más importante para Jesús no parece ser qué piensa de él la gente, sino qué piensan de él sus discípulos más cercanos. 

He aludido antes a la razón objetiva que explica la importancia de la proclamación de Cristo como Señor en el Nuevo Testamento: ella hace presentes y operantes en quien la pronuncia los eventos salvíficos que recuerda. Pero existe también una razón subjetiva, y existencial. Decir «¡Jesús es el Señor!» significa tomar una decisión de hecho. Es como decir: Jesucristo es «mi» Señor; le reconozco todo derecho sobre mí, le cedo las riendas de mi vida; no quiero vivir más «para mí mismo», sino «para aquél que murió y resucitó por mí» (Cf. 2 Cor 5,15).

Proclamar a Jesús como propio Señor significa someter a él toda región de nuestro ser, hacer penetrar el Evangelio en todo lo que hagamos. Significa, por recordar una frase del venerado Juan Pablo II, «abrir, más aún, abrir de par en par las puertas a Cristo».

Me ha ocurrido a veces ser huésped de alguna familia y he visto lo que sucede cuando suena el telefonillo y se anuncia una visita inesperada. La dueña de la casa se apresura a cerrar las puertas de las habitaciones desordenadas, con la cama sin hacer, a fin de conducir al invitado al sitio más acogedor. Con Jesús hay que hacer exactamente lo contrario: abrirle justamente las «habitaciones desordenadas» de la vida, sobre todo la habitación de las intenciones... ¿Para quién trabajamos y por qué lo hacemos? ¿Para nosotros mismos o para Cristo, por nuestra gloria o por la de Cristo? Es la mejor forma de preparar en este Adviento una cuna acogedora a Cristo que viene en Navidad. 

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[1] S. Agustín, Sermón 295,1 (PL 38,1349).
[2] Cf. C. H. Dodd, Storia ed Evangelo (Historia y Evangelio) , Brescia, Paideia, 1976, pp. 42 ss.
[3] Cf., por ejemplo, Mc 1,1; Rm 15,19; Gal 1,7.
[4] Cf. Gal 6,2; 1 Cor 7,25; Jn 15,12; 1 Jn 4,21.
[5] J. Ratzinger, Introduzione al cristianesimo (Introducción al cristianismo), Brescia, Queriniana, 1969, pp. 56 s.
[6] Cf. Hch 2,22-36; 3,14-19; 10,39-42.
[7] Tertuliano, Apologeticum, 39, 9: “ad lucem expavescentes véritatis” .
[8] H. Schlier, Kerygma e sophia (Kerygma y sophia) , en Il tempo della Chiesa (El tiempo de la Iglesia) , Bolonia 1968, pp. 330-372.
[9] En Orígenes, Contra Celsum, I, 9.
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