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viernes, 12 de abril de 2019

El amor que desarma.


Gabriel Mª Otalora

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que define al evangelio, capaz de cambiar el corazón y la vida de cualquier persona. La importancia esencial de esto se experimenta con especial relevancia en algunos pasajes de la liturgia de la Cuaresma: el texto de Juan sobre la adúltera es un claro ejemplo que muestra la radicalidad del amor de Dios que no acabamos de asimilar.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y encima le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este fue el orden: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los varones desde su aceptación cómplice en el adulterio. 

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios. El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón e igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cuando acusemos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de esperanza, sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas. En todo caso, es una oportunidad para abrirnos al amor de Dios.




martes, 25 de septiembre de 2018

¿Para qué nos sirve la historia?


Décadas atrás, salvo en ambientes muy intelectuales y círculos de imaginación reducidos, nadie ponía en duda que “la historia es maestra de la vida”. La historia, se pensaba, como depositaria de la gran experiencia humana, encierra en sí un rico depósito de luces y sombras capaces de darnos a conocer el pasado de la humanidad, de ayudarnos a entender un presente, siempre revuelto y convulso, y de orientar pedagógicamente nuestros pasos hacia el futuro. La historia es maestra de la vida.

En este contexto, los ancianos y ancianas, por el mero hecho de haber vivido una historia larga, estaban en condiciones de aportar un caudal de sabiduría útil y beneficioso para la formación de las nuevas generaciones. El anciano Sheila, entre los indios cuna ­­—Islas de San Blas en Panamá— podía repetir ante la asamblea varias veces en la semana la génesis y hazañas de la tribu en el pasado que explican su situación actual y son garantía de supervivencia en el futuro. Además de jefe político, el Sheila es memoria viva de la experiencia colectiva que se transmite, de forma oral, de generación en generación.

Pero la historia, con el paso del tiempo, ha venido cambiando a un ritmo vertiginoso. Las mentes más creativas siempre han desbordado, como las actuales migraciones, todos los límites. Ni la ilustración ni la modernidad se sintieron a gusto con el magisterio de la historia. Tampoco en nuestro ahora, iniciada ya la era del conocimiento o “tiempo axial” (Karl Jaspers), podemos caer en la torpeza de no saber para qué nos sirve la historia. Pudiera ocurrir que se nos estuviera yendo el niño con el agua de la bañera.

Bajo el reinado de la telemática, todo se define por la instantaneidad y simultaneidad. ¿Para qué nos sirve entonces la experiencia del pasado que, por más que lo intentemos, no va a volver a repetirse? Además del interés por lo que fue y ya no es, ¿qué puede aportar a un ahora, siempre volátil y escurridizo, o a un futuro que no existe porque aún no ha llegado a ser?

Lo que son las vías para el paso rápido del tren, es la historia para el ritmo vertiginoso del tiempo: duración y suceso, continuum y volatilidad, vivencia y mecánica se asocian en la instantaneidad y simultaneidad de cada momento. Difícil separar las dos dimensiones si no es meramente en el concepto.

Ya desde el siglo IV lo advertía San Agustín en el siempre sugestivo libro de las Confesiones: “Resulta claro y evidente que ni lo futuro ni lo pasado son, y no puede decirse con propiedad que los tiempos son tres: pasado, presente y futuro. Más propiamente debiera decirse que los tiempos son tres: presente de lo pasado, presente de lo presente y presente de lo futuro. En efecto, estos tres modos son, de algún modo, en el alma y no veo otra forma de comprenderlo: el presente de lo pasado es la memoria, el presente de lo presente, la atención, el presente de lo futuro, la expectación” (Libro XI, cap. 27).

No puede ser esta mera introducción el mejor lugar para dar respuesta a estas cuestiones que han calentado la cabeza de tantas personas en la ya larga trayectoria humana. Las colaboraciones que siguen, por encima de la dificultad teórica, tienen por objeto aportar elementos para una solución práctica y realista, útil, de la historia.

Pero no deja de llamar la atención que desde Utopía, que justamente se coloca del otro lado de la historia, nos veamos obligados a hacer hoy este tipo de cuestionamientos. Por el mero hecho de existir, Utopía ya está anunciando que hay mucha realidad que no cabe en la historia. Cada punto de la historia es una encrucijada en la que ninguna de las posibilidades a nuestro alcance está determinada a ser inevitable. Ni las fijaciones geográficas, ni las biográficas, ni las económicas, ni aún las dogmáticas son definitivamente tan cerradas para no dejar siempre algún margen a la sorpresa.

Con toda legitimidad nos preguntamos en las siguientes páginas por la utilidad de la historia en nuestro ahora. Modestamente, queremos seguir la fantasía de aquellos espíritus románticos que, desde la música y la poesía, lograron romper la férrea dictadura del clasicismo para abrir las puertas a otra estética diferente.

lunes, 4 de febrero de 2013

La fe en Cristo hoy y en el inicio de la Iglesia.


Primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap (2005)

Simón se convierte en Kefa, Roca, en el momento en que, por revelación del Padre, profesa su fe en el origen divino de Jesús. «Sobre esta piedra –así San Agustín parafrasea las palabras de Cristo— edificaré la fe que has profesado. Sobre el hecho de que has dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, edificaré mi Iglesia» [1]. 

Por esto he pensado elegir «la fe en Cristo» como tema de la predicación de Adviento. En esta primera meditación desearía intentar trazar la que me parece que es la situación en acto en nuestra sociedad acerca de la fe en Cristo y el remedio que la Palabra de Dios nos sugiere para afrontarla. En los sucesivos encuentros meditaremos sobre qué nos dice hoy a nosotros la fe en Cristo de Juan, de Pablo, del Concilio de Nicea y la fe experimentada de María, su Madre. 

1. Presencia – ausencia de Cristo

¿Qué papel tiene Jesús en nuestra sociedad y en nuestra cultura? Pienso que se puede hablar, al respecto, de una presencia-ausencia de Cristo. En cierto nivel –el de los mass-media en general— Jesucristo está muy presente, nada menos que una «Superstar», según el título de un conocido musical sobre él. En una serie interminable de relatos, películas y libros, los escritores manipulan la figura de Cristo, a veces bajo pretexto de fantasmales nuevos documentos históricos sobre él. El Código Da Vinci es el último y más agresivo episodio de esta larga serie. Se ha convertido ya en una moda, un género literario. Se especula sobre la vasta resonancia que tiene el nombre de Jesús y sobre lo que representa para amplia parte de la humanidad para asegurarse gran publicidad a bajo coste. Y esto es parasitismo literario. 

Desde cierto punto de vista podemos por lo tanto decir que Jesucristo está muy presente en nuestra cultura. Pero si miramos hacia el ámbito de la fe, al que él pertenece en primer lugar, notamos, al contrario, una inquietante ausencia, si no hasta rechazo de su persona. 

Ante todo a nivel teológico. Una cierta corriente teológica sostiene que Cristo no habría venido para la salvación de los judíos (a los que les bastaría permanecer fieles a la Antigua Alianza), sino sólo para la de los gentiles. Otra corriente sostiene que él no sería necesario tampoco para la salvación de los gentiles, teniendo éstos, gracias a su religión, una relación directa con el Logos eterno, sin necesidad de pasar por el Verbo encarnado y su misterio pascual. ¡Hay que preguntarse para quién es aún necesario Cristo!

Más preocupante todavía es lo que se observa en la sociedad en general, incluidos los que se definen «creyentes cristianos». ¿En qué creen, en realidad, aquellos que se definen «creyentes» en Europa y otras partes? Creen, la mayoría de las veces, en la existencia de un Ser supremo, de un Creador; creen que existe un «más allá». Pero ésta es una fe deísta, no aún una fe cristiana. Teniendo en cuenta la famosa distinción de Karl Barth, ésta es religión, no aún fe. Diferentes investigaciones sociológicas advierten este dato de hecho también en los países y regiones de antigua tradición cristiana, como la región en la que yo mismo nací, en las Marcas. Jesucristo está en la práctica ausente en este tipo de religiosidad. 

Incluso el diálogo entre ciencia y fe, que ha vuelto a ser tan actual, lleva, sin quererlo, a poner entre paréntesis a Cristo. Aquél tiene de hecho por objeto a Dios, el Creador. La persona histórica de Jesús de Nazaret no tiene ahí ningún lugar. Sucede lo mismo también en el diálogo con la filosofía, que ama ocuparse de conceptos metafísicos más que de realidades históricas. 

Se repite en resumen, a escala mundial, lo que ocurrió en el Areópago de Atenas, con ocasión de la predicación de Pablo. Mientras el Apóstol habló del Dios «que hizo el mundo y todo lo que hay en él» y del cual «somos también estirpe», los doctos atenienses le escucharon con interés; cuando comenzó a hablar de Jesucristo «resucitado de entre los muertos» respondieron con un educado «sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hch 17,22-32). 

Basta una sencilla mirada al Nuevo Testamento para entender cuán lejos estamos, en este caso, del significado original de la palabra «fe» en el Nuevo Testamento. Para Pablo, la fe que justifica a los pecadores y confiere el Espíritu Santo (Ga 3,2), en otras palabras, la fe que salva, es la fe en Jesucristo, en su misterio pascual de muerte y resurrección. También para Juan la fe que «que vence al mundo» es la fe en Jesucristo. Escribe: «¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5,4-5). 

Frente a esta nueva situación, la primera tarea es la de hacer, nosotros los primeros, un gran acto de fe. «Tened confianza, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), nos dijo Jesús. No ha vencido sólo al mundo de entonces, sino al mundo de siempre, en aquello que tiene en sí de reacio y resistente al Evangelio. Por lo tanto, ningún miedo o resignación. Me hacen sonreír las recurrentes profecías sobre el inevitable fin de la Iglesia y del cristianismo en la sociedad tecnológica del futuro. Nosotros tenemos una profecía bastante más autorizada a la que atenernos: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

Pero no podemos permanecer inertes; debemos ponernos manos a la obra para responder de manera adecuada a los desafíos que la fe en Cristo afronta en nuestro tiempo. ¡Para re-evangelizar el mundo post-cristiano es indispensable, creo, conocer el camino seguido por los apóstoles para evangelizar el mundo pre-cristiano! Las dos situaciones tienen mucho en común. Y es esto lo que querría ahora intentar sacar a la luz: ¿cómo se presenta la primera evangelización? ¿Qué vía siguió la fe en Cristo para conquistar el mundo?

2. Kerigma y didaché

Todos los autores del Nuevo Testamento muestran presuponer la existencia y el conocimiento, por parte de los lectores, de una tradición común (paradosis) que se remonta al Jesús terreno. Esta tradición presenta dos aspectos, o dos componentes: un componente llamado «predicación», o anuncio (kerigma) que proclama lo que Dios ha obrado en Jesús de Nazaret, y un componente llamado «enseñanza» (didaché) que presenta normas éticas para un recto actuar por parte de los creyentes [2]. Varias cartas paulinas reflejan este reparto, porque contienen una primera parte kerigmática, de la que desciende una segunda parte de carácter parenético o práctico. 

La predicación, o el kerigma, es llamada el «evangelio» [3]; la enseñanza, o didaché, en cambio es llamada la «ley», o el mandamiento, de Cristo, que se resume en la caridad [4]. De estas dos cosas, la primera –elkerigma, o evangelio-- es lo que da origen a la Iglesia; la segunda –la ley, o la caridad— que brota de la primera, es lo que traza a la Iglesia un ideal de vida moral, que «forma» la fe de la Iglesia. En este sentido, el Apóstol distingue su obra de «padre» en la fe, frente a los corintios, de la de los «pedagogos» llegados detrás de él. Dice: «He sido yo quien, mediante el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús» (1 Co 4,15)

La fe, por lo tanto, como tal, florece sólo en presencia del kerigma, o del anuncio. «¿Cómo podrán creer –escribe el Apóstol hablando de la fe en Cristo-- sin haberle oído? ¿Cómo podrán oírle sin que se les predique?» (Rm 10,14). Literalmente: «sin alguno que proclama el kerigma» (choris keryssontos). Y concluye: «Por tanto la fe viene de [la escucha de] la predicación» (Rm 10,17), donde por «predicación» se entiende la misma cosa, esto es, el «evangelio» o el kerygma. 

En el libro Introducción al cristianismo, el Santo Padre Benedicto XVI, entonces profesor de Teología, arrojó la luz en las profundas implicaciones de este hecho. Escribe: «En la fórmula “la fe proviene de la escucha”... se enfoca claramente la distinción fundamental entre fe y filosofía... En la fe se tiene una precedencia de la palabra sobre el pensamiento... En la filosofía el pensamiento precede a la palabra; ésta es por lo tanto un producto de la reflexión, que después se intenta expresar en palabras... La fe en cambio se acerca siempre al hombre desde el exterior... no es un elemento pensado por el sujeto, sino a él dicho, que le llega no como pensado ni pensable, interpelándole y comprometiéndole» [5]. 

La fe viene por lo tanto de la escucha de la predicación. ¿Pero cuál es, exactamente, el objeto de la «predicación»? Se sabe que en boca de Jesús aquél es la gran noticia que hace de fondo en sus parábolas y de la que brotan todas sus enseñanzas: «¡Ha llegado a vosotros el Reino de Dios!». Pero ¿cuál es el contenido de la predicación en boca de los apóstoles? Se responde: ¡la obra de Dios en Jesús de Nazaret! Es verdad, pero existe algo aún más concreto, que es el núcleo germinativo de todo y que, respecto al resto, es como la reja del arado, esa especie de espada ante el arado que rompe en primer lugar el terreno y permite al arado trazar el surco y remover la tierra. 

Este núcleo más concreto es la exclamación: «¡Jesús es el Señor!», pronunciada y acogida en el estupor de una fe «statu nascenti», esto es, en el acto mismo de nacer. El misterio de esta palabra es tal que ella no puede ser pronunciada «sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12,3). Sola, ella hace entrar en la salvación a quien cree en su resurrección: «Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9).

«Como la estela de un navío –diría Ch. Péguy-- va ampliándose hasta desaparecer y perderse, pero comienza con una punta que es la punta misma del navío», así –añado yo-- la predicación de la Iglesia va ampliándose, hasta constituir un inmenso edificio doctrinal, pero comienza con una punta y esta punta es el kerigma: «¡Jesús es el Señor!».

Por lo tanto aquello que en la predicación de Jesús era la exclamación: «¡Ha llegado el reino de Dios!», en la predicación de los apóstoles es la exclamación: «¡Jesús es el Señor!». Y sin embargo ninguna oposición, sino continuidad perfecta entre el Jesús que predica y el Cristo predicado, porque decir: «¡Jesús es el Señor!» es como decir que en Jesús, crucificado y resucitado, se ha realizado por fin el reino y la soberanía de Dios sobre el mundo. 

Debemos entendernos bien para no caer en una reconstrucción irreal de la predicación apostólica. Después de Pentecostés, los apóstoles no recorren el mundo repitiendo siempre y sólo: «¡Jesús es el Señor!». Lo que hacían, cuando se encontraban anunciando por primera vez la fe en un determinado ambiente, era, más bien, ir directos al corazón del evangelio, proclamando dos hechos: Jesús murió – Jesús resucitó, y el motivo de estos dos hechos: murió «por nuestros pecados», resucitó «para nuestra justificación» (Cf. 1 Cor 15,4; Rm 4,25). Dramatizando el asunto, Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, no hace sino repetir a quienes le escuchan: «Vosotros matasteis a Jesús de Nazaret, Dios le ha resucitado, constituyéndole Señor y Cristo» [6].

El anuncio: «¡Jesús es el Señor!» no es por lo tanto otra cosa sino la conclusión, ahora implícita ahora explícita, de esta breve historia, narrada en forma siempre viva y nueva, si bien sustancialmente idéntica, y es, a la vez, aquello en lo que tal historia se resume y se hace operante para quien la escucha. «Cristo Jesús... se despojó de sí mismo... obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó... para que toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor» (Flp 2, 6-11).

La proclamación «¡Jesús es el Señor!» no constituye por lo tanto, ella sola, la predicación entera, pero es su alma y, por así decirlo, el sol que la ilumina. Ella establece una especie de comunión con la historia de Cristo a través de la «partícula» de la palabra y hace pensar, por analogía, en la comunión que se opera con el cuerpo de Cristo a través de la partícula de pan en la Eucaristía. 

Llegar a la fe es el repentino y estupefacto abrir los ojos a esta luz. Evocando el momento de su conversión, Tertuliano lo describe como un salir del gran útero oscuro de la ignorancia, sobresaltándose a la luz de la Verdad [7]. Era como la apertura de un mundo nuevo; la primera Carta de Pedro lo define como pasar «de las tinieblas a la admirable luz» (1 P 2,9; Col 1,12 ss.).

El kerigma, como explicó bien el exégeta Heinrich Schlier, tiene un carácter asertivo y autoritativo, no discursivo o dialéctico. No tiene necesidad, por lo tanto, de justificarse con razonamientos filosóficos o apologéticos: se acepta o no se acepta, y basta. No es algo de lo que se pueda disponer, porque es eso lo que dispone de todo; no puede estar fundado por alguno, porque es Dios mismo quien lo funda y es eso lo que hace después de fundamento a la existencia [8].

El pagano Celso, en el siglo II, escribe de hecho indignado: «Los cristianos se comportan como quienes creen sin razón. Algunos de ellos no quieren tampoco dar o recibir razón en torno lo que creen y emplean fórmulas como éstas: “No discutas, sino cree; la fe te salvará. La sabiduría de este siglo es un mal y la simpleza es un bien”» [9].

Celso (que aquí aparece extraordinariamente cercano a los modernos partidarios del pensamiento débil) querría, en sustancia, que los cristianos presentaran su fe de manera dialéctica, sometiéndola, esto es, en todo y para todo, a la investigación y a la discusión, de forma que ella pueda entrar en el marco general, aceptable también filosóficamente, de un esfuerzo de autocomprensión del hombre y del mundo que permanecerá siempre provisional y abierto. 

Naturalmente, el rechazo de los cristianos a dar pruebas y aceptar discusiones no se refería a todo el itinerario de la fe, sino sólo a su inicio. Ellos no rehuían, tampoco en esta época apostólica, la confrontación y «dar razón de su esperanza» (Cf. 1 P 3,15) también a los griegos (Cf. 1 P 3,15). Los apologistas del siglo II-III son la confirmación de ello. Solamente pensaban que la fe misma no podía surgir de aquella confrontación, sino que debía precederla como obra del Espíritu y no de la razón. Ésta podía, como mucho, prepararla y, una vez acogida, mostrar su «razonabilidad». 

En el principio, el kerigma se distinguía, hemos visto, de la enseñanza (didaché), como también de la catequesis. Estas últimas cosas tienden aformar la fe, o a preservar su pureza, mientras que el kerigma tiende asuscitarla. Él tiene, por así decirlo, un carácter explosivo, o germinativo; se parece más a la semilla que da origen al árbol que al fruto maduro que está en la cima del árbol y que, en el cristianismo, está constituido más bien por la caridad. El kerigma no se obtiene en absoluto por concentración, o por resumen, como si fuera la médula de la tradición; sino que está aparte, o, mejor, al inicio de todo. De él se desarrolla todo lo demás, incluidos los cuatro evangelios. 

Sobre este punto se tuvo una evolución debida a la situación general de la Iglesia. En la medida en que se va hacia un régimen de cristiandad, en el cual todo en torno es cristiano, o se considera tal, se advierte menos la importancia de la elección inicial con la que se pasa a ser cristiano, tanto más que el bautismo se administra normalmente a los niños, quienes no tienen capacidad de realizar tal opción propia. Lo que más se acentúa, de la fe, no es tanto el momento inicial, el milagro de llegar a la fe, cuanto más bien la plenitud y la ortodoxia de los contenidos de la fe misma. 

3. Redescubrir el kerigma

Esta situación incide hoy fuertemente en la evangelización. Las Iglesias con una fuerte tradición dogmática y teológica (como es, por excelencia, la Iglesia Católica), corren el riesgo de encontrarse en desventaja si por debajo del inmenso patrimonio de doctrina, leyes e instituciones, no hallan ese núcleo primordial capaz de suscitar por sí mismo la fe. 

Presentarse al hombre de hoy, carente frecuentemente de todo conocimiento de Cristo, con todo el abanico de esta doctrina es como poner una de esas pesadas capas de brocado de una vez en la espalda de un niño. Estamos más preparados por nuestro pasado a ser «pastores» que a ser «pescadores» de hombres; esto es, mejor preparados a nutrir a la gente que viene a la iglesia que a llevar personas nuevas a la Iglesia, o repescar a los que se han alejado y viven al margen de ella. 

Ésta es una de las causas por las que en ciertas partes del mundo muchos católicos abandonan la Iglesia Católica por otras realidades cristianas; son atraídos por un anuncio sencillo y eficaz que les pone en contacto directo con Cristo y les hace experimentar el poder de su Espíritu. 

Si por un lado es de alegrarse que estas personas hayan encontrado una fe experimentada, por otro es triste que para hacerlo hayan abandonado su Iglesia. Con todo el respeto y la estima que debemos tener por estas comunidades cristianas que no son todas sectas (con algunas de ellas la Iglesia Católica mantiene desde hace años un diálogo ecuménico, ¡cosa que no haría ciertamente con las sectas!), hay que decir que aquellas no tienen los medios que tiene la Iglesia Católica de llevar a las personas a la perfección de la vida cristiana.

En muchos todo sigue girando, desde el principio hasta el final, en torno a la primera conversión, al llamado nuevo nacimiento, mientras que para nosotros, católicos, esto es sólo el inicio de la vida cristiana. Después de eso debe llegar la catequesis y el progreso espiritual, que pasa a través de la negación de uno, la noche de la fe, la cruz, hasta la resurrección. La Iglesia Católica tiene una riquísima espiritualidad, innumerables santos, el magisterio y sobre todo los sacramentos. 

Es necesario, por lo tanto, que el anuncio fundamental, al menos una vez, sea propuesto entre nosotros, nítido y enjuto, no sólo a los catecúmenos, sino a todos, dado que la mayoría de los creyentes de hoy no ha pasado por el catecumenado. La gracia que algunos de los nuevos movimientos eclesiales constituyen actualmente para la Iglesia consiste precisamente en esto. Ellos son el lugar donde personas adultas tienen por fin la ocasión de escuchar el kerigma, renovar el propio bautismo, elegir conscientemente a Cristo como propio Señor y salvador personal y comprometerse activamente en la vida de su Iglesia. 

La proclamación de Jesús como Señor debería hallar su lugar de honor en todos los momentos fuertes de la vida cristiana. La ocasión más propicia son tal vez los funerales, porque ante la muerte el hombre se interroga, tiene el corazón abierto, está menos distraído que en otras ocasiones. Nada como el kerigma cristiano tiene qué decir al hombre, sobre la muerte, una palabra a la medida del problema. 

El kerigma resuena, es verdad, en el momento más solemne de cada Misa: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!». Pero, por sí sola, ésta es una sencilla fórmula de aclamación. Se ha dicho que «los evangelios son relatos de la pasión precedidos por una larga introducción» (M. Kahler). Pero, extrañamente, la parte originaria y más importante del evangelio es la menos leída y escuchada en el curso del año. En ningún día festivo, con multitud de pueblo, se lee en la iglesia la Pasión de Cristo, excepto el Domingo de Ramos en el que, por la duración de la lectura y la solemnidad de los ritos, ¡no hay tiempo para pronunciar al respecto una consistente homilía!

Ahora que ya no hay misiones populares como una vez, es posible que un cristiano no escuche jamás, en su vida, una predicción sobre la Pasión. Sin embargo es precisamente ella la que normalmente abre los corazones endurecidos. De ello se tuvo demostración con ocasión de la proyección de la película de Mel Gibson «La Pasión de Cristo». Ha habido casos de detenidos, que siempre habían negado ser culpables, que tras visionar la cinta confesaron espontáneamente su delito. 

4. Elegir a Jesús como Señor

Hemos partido de la pregunta: «¿qué lugar ocupa Cristo en la sociedad actual?»; pero no podemos terminar sin plantearnos la cuestión más importante en un contexto como éste: «¿qué lugar ocupa Cristo en mivida?». Traigamos a la mente el diálogo de Jesús con los apóstoles en Cesarea de Filipo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? ...Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13-15). Lo más importante para Jesús no parece ser qué piensa de él la gente, sino qué piensan de él sus discípulos más cercanos. 

He aludido antes a la razón objetiva que explica la importancia de la proclamación de Cristo como Señor en el Nuevo Testamento: ella hace presentes y operantes en quien la pronuncia los eventos salvíficos que recuerda. Pero existe también una razón subjetiva, y existencial. Decir «¡Jesús es el Señor!» significa tomar una decisión de hecho. Es como decir: Jesucristo es «mi» Señor; le reconozco todo derecho sobre mí, le cedo las riendas de mi vida; no quiero vivir más «para mí mismo», sino «para aquél que murió y resucitó por mí» (Cf. 2 Cor 5,15).

Proclamar a Jesús como propio Señor significa someter a él toda región de nuestro ser, hacer penetrar el Evangelio en todo lo que hagamos. Significa, por recordar una frase del venerado Juan Pablo II, «abrir, más aún, abrir de par en par las puertas a Cristo».

Me ha ocurrido a veces ser huésped de alguna familia y he visto lo que sucede cuando suena el telefonillo y se anuncia una visita inesperada. La dueña de la casa se apresura a cerrar las puertas de las habitaciones desordenadas, con la cama sin hacer, a fin de conducir al invitado al sitio más acogedor. Con Jesús hay que hacer exactamente lo contrario: abrirle justamente las «habitaciones desordenadas» de la vida, sobre todo la habitación de las intenciones... ¿Para quién trabajamos y por qué lo hacemos? ¿Para nosotros mismos o para Cristo, por nuestra gloria o por la de Cristo? Es la mejor forma de preparar en este Adviento una cuna acogedora a Cristo que viene en Navidad. 

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[1] S. Agustín, Sermón 295,1 (PL 38,1349).
[2] Cf. C. H. Dodd, Storia ed Evangelo (Historia y Evangelio) , Brescia, Paideia, 1976, pp. 42 ss.
[3] Cf., por ejemplo, Mc 1,1; Rm 15,19; Gal 1,7.
[4] Cf. Gal 6,2; 1 Cor 7,25; Jn 15,12; 1 Jn 4,21.
[5] J. Ratzinger, Introduzione al cristianesimo (Introducción al cristianismo), Brescia, Queriniana, 1969, pp. 56 s.
[6] Cf. Hch 2,22-36; 3,14-19; 10,39-42.
[7] Tertuliano, Apologeticum, 39, 9: “ad lucem expavescentes véritatis” .
[8] H. Schlier, Kerygma e sophia (Kerygma y sophia) , en Il tempo della Chiesa (El tiempo de la Iglesia) , Bolonia 1968, pp. 330-372.
[9] En Orígenes, Contra Celsum, I, 9.
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sábado, 22 de septiembre de 2012

No abandones al que te corrige y exhorta - san Agustín, obispo, Sobre los pastores.


Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores (Sermon 46, 11-12: CCL 41, 538-539)


OFRECE EL VENDAJE DEL CONSUELO


El Señor azota, dice la Escritura, a todo el que por hijo acoge. ¿Y tú te atreves a decir: «Quizás a ti no te azotará»? Si a ti no te azota quedarás sin duda excluido del número de sus hijos. «¿Pero acaso -continuarás diciendo- azota absolutamente a todos sus hijos?» Sin duda alguna, azota a todos sus hijos, como azotó a su propio Unigénito. Su Unigénito, en efecto, aquel único Hijo engendrado de la misma sustancia que el Padre, igual al Padre por su condición divina, el Verbo, por quien fueron creadas todas las cosas, no tenía en sí mismo posibilidad de ser probado ni azotado. Pero para poder ser azotado se revistió de carne. Si, pues, Dios no perdonó ni a su propio Hijo que no había conocido el pecado, ¿piensas que va a dejar sin pruebas a los hijos adoptivos que conocieron el pecado? El Apóstol dice, en efecto, que hemos sido hechos hijos de adopción para ser coherederos del Hijo único, para ser la herencia de él, como se dice en el salmo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. De ello nos da, pues, un ejemplo cuando nos hace participar en los sufrimientos de su Hijo.


Pero, a fin de que el débil no desfallezca al oír hablar de las pruebas que se avecinan, el pastor no debe ni alentarlo con falsas esperanzas ni atemorizarlo con miedos indebidos. Debe decirle: Prepárate para las pruebas. Y, si al oír estas palabras la oveja empieza a desfallecer y a temer hasta tal punto que ya no se atreve a acercarse, el pastor debe recordarle aquello otro: Fiel es Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis. Anunciar y recordar las pruebas que se avecinan es como curar a las ovejas enfermas; hablar de la misericordia de Dios, que hace superar las pruebas, al que se asusta desmesuradamente es como vendar las heridas.


Hay algunos, en efecto, que al oír hablar de pruebas futuras se preparan con mayor empeño y buscan con qué remediar su debilidad. Creen que no es suficiente la ayuda que pueden recibir de los fieles y se fortalecen recordando la gloria de los mártires. Pero hay, en cambio, otros que, al oír hablar de las pruebas futuras que necesariamente tiene que soportar el cristiano y de las que están exentos los que no lo son, se descorazonan y claudican.


Ofrece, pues, el vendaje del consuelo y cura a la oveja herida. Dile: «No temas; no te abandonará en tus pruebas aquel en quien has puesto tu fe. Fiel es Dios para no permitir que seas tentado más allá de lo que puedes resistir.» No pienses que soy yo quien te dice esto, lo afirma aquel Apóstol que dice también: ¿Queréis tener pruebas de que Cristo habla por mí? Por tanto, cuando oyes las palabras que acabas de escuchar oyes al mismo Cristo, escuchas al pastor que apacienta a Israel. Pues a Israel también se le dijo: Les diste a comer llanto con medida. Lo que dice el Apóstol: No permitirá Dios que seáis tentados más allá de lo que podéis, es lo mismo que afirma el profeta al hablar de un llanto con medida. No abandones, por tanto, al que te corrige y exhorta, al que te atemoriza y te consuela, al que te hiere y te sana.


RESPONSORIO Sal 43, 23; Rm 8, 37; Sal 43, 12


R. Por tu causa, Señor, estamos siendo asesinados continuamente, nos tratan como a ovejas de matanza. * Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. V. Nos entregas como ovejas al matadero y nos has dispersado por las naciones. R. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.


ORACIÓN.


OREMOS, Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos de bondad y haz que te sirvamos con todo el corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén


CONCLUSIÓN


V. Bendigamos al Señor. R. Demos gracias a Dios.

viernes, 18 de mayo de 2012

Tiempos de crisis – tiempos de cuidado.



por Leo Boff

El tema del cuidado es un tema recurrente en la reflexión cultural de los últimos tiempos. Primero fue vehiculado a través de la medicina y la enfermería, pues representa la ética natural de estas actividades. Después fue asumido por la educación y hecho paradigma por filósofas y teólogas feministas, principalmente norteamericanas, que ven en él un elemento esencial de la dimensión ánima, presente en el hombre y en la mujer. Produjo y sigue produciendo una continuada y tenaz discusión, especialmente en Estados Unidos, entre la ética de base patriarcal, centrada en el tema de la justicia, y la ética de base matriarcal, articulada por el cuidado esencial.
Adquirió especial fuerza en la discusión ecológica, siendo una pieza central de la Carta de la Tierra. Cuidar del medio ambiente, de los recursos escasos, de la naturaleza y de la Tierra se han vuelto imperativos del nuevo discurso. Por último, el cuidado se ha visto como esencial para la comprensión del ser humano tal como lo aborda Martin Heidegger en Ser y Tiempo, recogiendo una tradición que se remonta a los griegos, a los romanos y a los primeros pensadores cristianos como san Pablo y san Agustín.
Se constata además que la categoría cuidado gana fuerza siempre que se producen situaciones críticas. El cuidado es quien impide que las crisis se transformen en tragedias fatales.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918), desencadenada entre países cristianos, destruyó el ilusorio glamour de la era victoriana y produjo un profundo desamparo metafísico. Fue cuando Martin Heidegger (1889-1976) escribió su genial Ser y Tiempo (1929), cuyos párrafos centrales (§ 39-44) están dedicados al cuidado como ontología del ser humano.
Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) despuntó la figura del pediatra y psicólogo D. W. Winnicott (1896-1971), encargado por el gobierno inglés de atender a niños huérfanos, víctimas de los horrores de los bombardeos nazis sobre Londres. Desarrolló toda una reflexión y una práctica en torno a los conceptos de cuidado (care), de preocupación por el otro (concern), así como del conjunto de cuidados y apoyos que hay que proporcionar a los niños o a las personas vulnerables (holding), aplicables también a los procesos de crecimiento y educación.
En 1972 el Club de Roma dio la alarma ecológica sobre el estado enfermo de la Tierra. Identificó la causa principal: nuestro modelo de desarrollo, consumista, predatorio, perdulario y sin ningún cuidado ni hacia los recursos escasos ni con la forma como tratamos los residuos, muchos de ellos dañinos y no asimilables por la naturaleza. Después de varios encuentros organizados por la ONU en los años 80 del siglo pasado, se llegó a la propuesta de un desarrollo sostenible como expresión del cuidado humano hacia medio ambiente, pero enfocado principalmente al aspecto económico.
En 1991, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el Fondo Mundial para la Naturaleza y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza elaboraron una estrategia minuciosa para el futuro del planeta bajo el lema Cuidando la Tierra (Caring for the Earth 1991). En ella se dice:
La ética del cuidado se aplica tanto a nivel internacional como a nivel nacional e individual; ninguna nación es autosuficiente, todos nos beneficiaremos con la sostenibilidad mundial y todos estaremos amenazados si no conseguimos alcanzarla.
Recogiendo esta línea de pensamiento, después de un trabajo de ocho años a nivel mundial, en marzo de 2000 termina en París la redacción de la Carta de la Tierra. La categoría cuidado y elmodo sostenible de vivir constituyen los dos principales ejes articuladores del nuevo discurso ecológico, ético y espiritual propuesto por este documento. En 2003 la UNESCO asume oficialmente laCarta de la Tierra y la presenta como un instrumento pedagógico sustancial para la construcción de la responsabilidad colectiva de la humanidad por nuestro futuro común.
En 2003 los ministros y secretarios de medio ambiente de los países de América Latina y del Caribe elaboraron un notable documento Manifiesto por la vida, por una ética de la sostenibilidaddonde se incluye la categoría cuidado en la idea de un desarrollo que sea efectivamente sostenible y radicalmente humano.
El cuidado está especialmente presente en los dos extremos de la vida: en el nacimiento y en la muerte. El niño sin cuidado no puede existir. El moribundo necesita cuidado para salir decentemente de esta vida.
Cuando en algún grupo despunta una crisis generando tensiones y divisiones, la sabiduría del cuidado es el camino más adecuado para oír a las partes, favorecer el diálogo y buscar convergencias. El cuidado se impone cuando aparece una crisis de salud que exige hospitalización. Entonces, se pone en acción el cuidado por parte de los médicos, los enfermeros y enfermeras, que deciden el tratamiento mejor.
El cuidado es absolutamente necesario en prácticamente todas las esferas de la existencia, desde el cuidado del cuerpo, de los alimentos, de la vida intelectual y espiritual, de la conducción general de la vida, hasta para atravesar una calle con mucho movimiento. Como ya observaba el poeta romano Horacio, el cuidado es «como una sombra que siempre nos acompaña y nunca nos abandona porque hemos sido hechos a partir del cuidado».
Hoy, dada la crisis generalizada, ya sea social o ambiental, el cuidado se hace imprescindible para preservar la integridad de la Madre Tierra y salvaguardar la continuidad de nuestra especie y de nuestra civilización.

Fuente: Koinonia