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martes, 12 de agosto de 2014

Reflexiones sobre el amor.


MARTIN PAYBA ADET

A causa del exceso de información —calificada o no— los cristianos vivimos en una época convulsionada en muchos aspectos, entre ellos el florecimiento de la diversidad teológica. Abundan cada vez más subgrupos religiosos con sus doctrinas y distintos énfasis, dejando a la esencia del cristianismo tras una nebulosa bastante espesa. Por esta razón, hace un tiempo se disparó en mi mente un interrogante: ¿Qué es lo indispensable? ¿Qué actitud cristiana es indiscutible? En medio de tantas doctrinas, ¿Cuál es la directiva cardinal e inconfundible?

El problema de la respuesta es que no parece muy difícil de enunciar, y por eso es frecuente que sea tomada como una obviedad. Jesús dice que toda la ley y el mensaje de los profetas se resumen en amar a Dios y en amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:34-40). El apóstol Pablo hace su aportación diciendo que si no hago todo con amor, de nada me sirve. No hay duda de que estas sentencias son firmes. El amor es lo más importante y en la teoría todos lo sabemos. Pero esto, justamente, no termina aquí. La cuestión abre el juego a otros planteamientos.

La gran pregunta que sigue es: ¿Qué implica amar? O más profundo aun, y prácticamente insondable: ¿Qué es el amor?

Aunque Jesús nunca dio una definición teórica acerca de la esencia del amor, lo plasmó en la parábola del hijo prodigo; cuando se acercó a la mujer adultera y cuando sanó a un leproso, entre otras. Distintas manifestaciones con una tonalidad en común. El apóstol Pablo, no nos dice qué es el amor, sino cómo es en la primera carta a los Corintios capitulo 13. Tenemos, por tanto, algunas pistas a seguir.

Mi intención con lo que sigue a continuación es trasmitir algunas ideas al respecto. Sin pensar en una definición precisa, propongo responder añadiendo algunos sinónimos, que aunque por si solos no equivalen al concepto de amor en su totalidad, lo llevan implícito de alguna manera.

Si pienso en el amor como valoración, como algo que se aprecia, entonces quiero decir que también lo abrazo, que lo quiero cerca, que lo recibo, que no lo aparto, sino que lo atraigo hacia mí. Amar implica abrazar completamente. Amar es aceptar lo conocido.

Por eso no puedo amarme completamente si primero no me conozco. No estaba equivocado el oráculo de Delfos al mandar al hombre conocerse a sí mismo. Lo que quiere decir que no puedo entrar en contacto con algo si no tengo una percepción de eso o si lo ignoro. No puedo tomar lo indefinido. No puedo asir un objeto si no conozco sus contornos. Por eso mismo, insisto que para amarme —para realmente amarme— tengo que conocerme y así palpar mis propios límites.

Amarse a si mismo es valorarse, es reconocerse aun cuando haya cosas que no sean dignas de ser valoradas desde las exigencias de nuestros esquemas mentales. Sin embargo, amar no significa aprobar todo lo que encontremos dentro de nosotros. Dar la bienvenida a un pensamiento perverso no es aprobarlo. Cabe aclarar que cuando digo dar la bienvenida, estoy diciendo ‘acepto que esto está presente dentro de mí y no lo niego’.

Para brindarme cuidado y para protegerme tengo que tener noción de mi mismo, de mis necesidades y de mis carencias, mis inseguridades y mis miedos. Debo reconocer toda mi pobreza. Una vez que mis partes oscuras y reprimidas tienen lugar en mi conciencia, gracias al poder del amor puedo ser responsable para elegir como vivir. De este modo practicamos el amarnos a nosotros mismos. Pero aun nos queda otra cuestión. Esto es sólo una parte del recorrido.

En segundo lugar se me llama a conocer al otro y a aceptarlo, a aceptar su necesidad, a darle validez a su sufrimiento o a su alegría, tanto como si fuera yo mismo. Esta reciprocidad es indispensable: “La idea expresada en el bíblico ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ implica que el respeto por la propia integridad y unicidad, el amor y la comprensión del si mismo, no pueden separarse del respeto, el amor y la comprensión del otro individuo” aporta Erich Fromm. En un sentido práctico, si no he aprendido a reconocer mi rabia y mi resentimiento, difícilmente puedo recibir esos sentimientos en el otro; sus palabras van a suscitar una resonancia incomoda y una defensa hostil por parte de mi ego. El resultado —velado o no— será el rechazo, que sin duda es uno de los dramas del hombre.

El amor es por tanto —según mi criterio— una conjugación de respeto, validación, aceptación, recibimiento y acogida. Es algo que no es un acto en si mismo, sino una actitud. Es un condimento que sazona nuestra forma de actuar, de forma sutil pero que logra un impacto profundo en el otro.

Si Dios nos recibe a nosotros como estamos, en nuestra indigencia, nosotros debemos recibirnos a nosotros mismos en la misma condición y a la vez recibir a los otros de la misma manera. Es la espiral del amor.

Dios da valor a nuestra vida y, como relata el salmista, no desprecia nuestras lágrimas. No pregunta de donde vienen, él simplemente las recoge, les da valor y sentido. Así mismo tenemos que hacer con nosotros mismos y con el otro, con todo lo que trae en sus espaldas. Debemos tratar su vida con respeto, como a algo frágil y de gran valor.

Scott Peck, psiquiatra cristiano estadounidense, insiste en que el verdadero amor implica crecimiento espiritual. Estoy de acuerdo, creo que la máxima dadiva del amor es lograr el desarrollo y crecimiento espiritual de la otra persona. Aun así “la persona que realmente ama, que valora el carácter único y diferente de la persona amada, se resistirá ciertamente a suponer ‘Yo tengo razón, tu estas equivocado; sé mejor que tu lo que te conviene’.” Señala Peck. Se ama principalmente respetando la autonomía. Es entonces cuando detrás de cada acto de amor está esa promoción suave y carente de coerción de la espiritualidad del otro, el impulso hacia la libertad, el hacer del otro un ser responsable y maduro, un ser autoconsciente, capaz de amar también a su prójimo. Que Dios nos ayude a que esto sea una realidad diaria, a disponernos a servir día a día, no necesariamente de manera formal en una actividad programada, sino continuamente con ese prójimo que nos fue dado —como en el caso de nuestros padres y hermanos— o que —como a nuestros cónyuges— hemos elegido para vivir.

Si somos realmente capaces de amar, tendremos en nuestras manos el poder sobrenatural de Dios. Bajo la ley del amor seremos realmente libres y podremos decir, como San Agustín en su homilía: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien.”

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martes, 10 de junio de 2014

La Iglesia y los carismas según San Pablo.



Joseph Comblin, sacerdote y teólogo belga-brasilero

Las cartas de Pablo revelan lo que era la Iglesia en las comunidades fundadas por él más o menos 20 años después de la muerte de Jesús. La comunidad cristiana está comenzando y tiene todos los privilegios de la infancia.
Debemos considerar las epístolas que son realmente de s. Pablo: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, 1 Tesalonicenses, Filipenses, Filemón. Las otras fueron escritas después de la muerte de él y varias fueron escritas 30 ó 40 años después de la muerte de él por discípulos de él. Pero estos discípulos cambiaron la eclesiología, con certeza porque las mismas comunidades habían cambiado. El principal cambio es la presencia de ministros permanentes encargados de dirigir la comunidad, presbíteros y diáconos que no fueron establecidos por s. Pablo. De la misma manera los Hechos de los Apóstoles presentan a un Pablo bien diferente del Pablo de las cartas. Es el Pablo al cual se atribuyen todos los cambios que ocurrieron entre la muerte de él y la redacción de los Hechos. El autor de los Hechos no conoció a Pablo ni las cartas de él. Acepta tradiciones populares y agrega discursos y episodios que representan la teología de él y no la teología de Pablo. 

1.- El pueblo de Dios
Debemos mantener que el concepto básico de la eclesiología de Pablo es el concepto de pueblo de Dios. El concepto de pueblo no es sociológico. Consulté tratados de sociología y pude ver que en la sociología no se trata del pueblo porque pueblo no es categoría sociológica, no es algo que se pueda observar. Pueblo es una categoría teológica porque es un ideal proyectado como promesa hecha a Abrahán.

Para Pablo los discípulos de Jesús son la continuación del pueblo de Israel. Los jefes de Israel traicionaron las promesas hechas a Abrahán y abandonaron el verdadero Israel. El verdadero y definitivo Israel está en las comunidades de discípulos de Jesús, judíos y gentiles. Pues las promesas de Abrahán no se dirigen a una pequeña porción de la humanidad separada del resto. La descendencia de Abrahán debía envolver todo el mundo siendo innumerable. Los judíos levantaron barreras e impidieron la entrada de todas las comunidades étnicas separadas de los judíos. Todo eso está en los cap. 9 a 11 de Romanos, exposición fundamental de la eclesiología de Pablo.

Pablo no pretende convertir individuos, quiere extender el pueblo de Dios hasta la extremidad del mundo porque ese es el plan de Dios revelado a Abrahán. Jesús vino para realizar ese plan de Abrahán. Por eso fue muerto. Pero después de él los discípulos rompieron las barreras y fueron al mundo entero y el pueblo de Dios contiene judíos y no judíos. Jesús no vino para salvar almas sino para refundar la descendencia de Abrahán, rompiendo las barreras y asumiendo él mismo la dirección de ese pueblo.

Un pueblo envuelve la totalidad de la vida humana. Jesús no vino para enseñar una religión o una sabiduría, sino para cambiar toda la vida. Todo forma parte del pueblo: economía, política, cultura, vida corporal, desde la comida hasta el uso de los recursos naturales. Todo eso forma el pueblo. Los discípulos tienen por misión inaugurar ese pueblo que será el pueblo de Dios, integrando todos los otros pueblos en la unidad del proyecto de Abrahán. Hay lugar para todos porque no hay más barreras. Jesús suprimió todas las barreras que procedían de una cultura, de una porción de la humanidad, de un modo de vivir, de algunos jefes de los judíos cerrados en sí mismos y separados de los otros pueblos. Los jefes de Israel hacían casi imposible la entrada de los paganos porque levantaban obstáculos casi intransponibles. Ahora el pueblo está abierto y Pablo piensa que en poco tiempo va a envolver a la humanidad entera.

Las comunidades paulinas y los otros discípulos llamados por otros apóstoles constituyen el inicio de este pueblo ahora libre y abierto. Numéricamente son insignificantes pero la fe de Pablo consiste en esto: ver en ellos el comienzo de una nueva humanidad reunida en una única convivencia en que toda la diversidad se une en el amor y en la solidaridad..

2. La “ekklesía” (Iglesia).
En el inicio, los discípulos de Jesús no creían necesario dar un nombre a su reunión. Eran judíos, miembros del pueblo elegido de Israel. Dentro de Israel ellos eran los seguidores del camino de Jesús. Esperaban el reino de Dios anunciado por Jesús. El reino no vino. Apareció más distante que lo previsto. El concepto de reino de Dios fue transferido para el día en que se realizaría realmente el fin de este mundo y el advenimiento del nuevo, esperado como gran milagro de Dios. Aparecía un tiempo intermediario. Los discípulos no podían esperar simplemente ese día bastante distante. Vivían en la tierra, la vida terrestre continuaba. Fue necesario darse un nombre sobretodo cuando entraron paganos convertidos y los discípulos se distanciaron de la ortodoxia judaica.

Pablo dio a sus comunidades un nombre que era común a todas y expresaba la unidad entre todas. Pablo adoptó el nombre de”ekklesía”. Era genial porque esa palabra era muy significativa.

La palabra “ekklesía” tenía un solo significado. Era la asamblea del pueblo reunido, del “demos”, para gobernar la ciudad. No tenía otro significado. Tomando esa palabra Pablo sabía muy bien lo que hacía. No escogió ningún nombre religioso. Había asociaciones religiosas de diversos tipos en aquel tiempo en las ciudades griegas. Pero Pablo sabía que no venía a establecer en la ciudad una religión, un culto. La religión, el culto no interesaban. Para Pablo el culto de los discípulos de Jesús era su vida. Pablo venía para llamar a todos para formar un pueblo. Las comunidades de una ciudad representaban un pueblo, el pueblo de Dios en esa ciudad. Eran el verdadero pueblo, formando el verdadero “demos” aunque fuesen todavía una minoría insignificante. Pero Pablo miraba lejos con una fe invencible. Allí estaba el pueblo, en esa asamblea de los discípulos que era la asamblea del pueblo.
Las comunidades eran un pueblo que formaba “ekklesía”, esto es se gobernaban a sí mismos, sin jefes, sin personas que mandaban. Era la verdadera realización del ideal griego de ciudad. Los discípulos formaban entre ellos una auténtica “democracia” realizando el ideal nunca alcanzado por los griegos que admitían la esclavitud y la división de clases.

La verdadera traducción de “ekklesía” debía ser “democracia”. En cada ciudad los discípulos de Jesús forman una democracia. Sin embargo no hubo traducciones: en latín tomaron la palabra griega que perdió su sentido: “ecclesia”, lo que en castellano fue transformado en “iglesia”. La palabra “iglesia” no significa nada, no dice nada. Se transformó en el nombre de una institución.
Quien está en la Iglesia católica puede percibir hasta qué punto nos alejamos de los orígenes cristianos. Hoy quien considera que la Iglesia es y debe ser una democracia, será condenado como hereje. Estamos exactamente en el extremo opuesto de las comunidades cristianas primitivas.

En la “democracia” cristiana todos eran iguales, todos podían hablar, todos podían intervenir en las decisiones tomadas por la asamblea. Era realmente el advenimiento de la libertad, el núcleo de un nuevo pueblo, de una nueva humanidad. Las comunidades no se reunían para hacer un culto, para practicar una religión, sino para convivir unos con los otros en la fraternidad de un pueblo de iguales. Vivir juntos era la razón de esas reuniones. Había naturalmente una comida en común porque vivir juntos es comer juntos.

Lo que más se aproxima a la “ekklesía” de los orígenes, fueron las llamadas comunidades eclesiales de base, una realización de la cual no se tenía más noticia desde la edad media aunque fuese realizada en ciertas iglesias reformadas, sobretodo en los Estados Unidos.

3.- Los dones del Espíritu en las comunidades
La Iglesia, esa “democracia” forma una unidad, un solo cuerpo porque es el cuerpo de Cristo. Cada uno es un órgano de Cristo. El propio Cristo reúne todos sus miembros. Él une todos esos miembros por medio de los dones del Espíritu que son diversos. Cada uno recibe un don del Espíritu. El don es una capacidad para servir. Todos sirven a todos, todos están el servicio de todos. Así es la unidad. La unidad es hecha por el Espíritu.

Pablo dejó tres listas de dones o servicios que llama carismas. Las listas no son las mismas. No había catálogo oficial. Las comunidades no debían ser la copia de un modelo uniforme.
1 Corintios 12, 8-10: “A uno, el Espíritu da el mensaje de sabiduría; a otro, la palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro el mismo Espíritu da la fe; a otro todavía, el único y mismo Espíritu concede el don de las curaciones; a otro el poder de hacer milagros; a otro la profecía; a otro, el discernimiento de los espíritus; a otro el don de hablar en lenguas; a otro, el don de interpretarlas.”

1 Corintios 12, 28-30: “Aquellos que Dios estableció en la Iglesia son, en primer lugar, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, doctores. Vienen enseguida los dones de los milagros, de las curaciones, de la asistencia, del gobierno y de hablar diversas lenguas”.
Romanos 12, 6-8: “Quien tiene el don de profecía, que lo ejerza según la proporción de nuestra fe; quien tiene el don de servicio, lo ejerza sirviendo; quien el de enseñanza, enseñando, quien el de exhortación, exhortando. Aquel que distribuye sus bienes, que lo haga con simplicidad; aquel que preside, con diligencia; aquel que ejerce misericordia, con alegría.”
No necesitamos aquí investigar cuál era el contenido concreto de cada uno de esos dones. Lo que nos importa es que todos los miembros tienen un papel en la comunidad. Si alguien preside, no es para mandar, sino para reunir. En las comunidades paulinas nadie manda, nadie impone. Se realiza lo que dijo don Helder cuando llegó a Recife: aquí dos palabras son prohibidas: mandar y exigir.

Naturalmente esas comunidades eran pequeñas y no necesitaban de mucha organización. Aparecían problemas, conflictos, rivalidades, pero esos problemas no se resolvían por la imposición de un jefe.
Pablo siempre reivindicó su calidad de “apóstol” por haber sido llamado por el propio Cristo, así como los Doce, aunque en circunstancias diversas y tiene autoridad para anunciar el evangelio. En su misión itinerante fue el fundador de muchas comunidades. Él reivindica la autoridad del padre de la comunidad, lo que le confiere una autoridad única.

Sin embargo, es importante ver como Pablo ejerce esa autoridad. No manda, no impone. Tenemos un testimonio muy significativo en 2 Corintios. Como es bien sabido, la 2 Corintios no es una sola carta, sino una colección de cartas integradas en un conjunto. Es fácil reconocer las varias cartas. 2 Corintios contiene 5 cartas que todas se refieren a un incidente que ocurrió en Corinto.
Cuando Pablo estaba en Éfeso, estalló una crisis en Corinto. Alguien contestó la autoridad de Pablo y lideró un grupo de opositores ( 2 Corintios 2, 5-6). Pablo corrió a Corinto. La visita de él fue breve y no tuvo ningún resultado. Por el contrario, el jefe de la oposición insultó al propio Pablo y lo desafió abiertamente. Pablo prefirió retirarse y esperar mejores condiciones para iniciar una estrategia diferente en vista a una reconciliación.

Desde Éfeso, Pablo escribió una carta exhortando a los discípulos de Corinto a reconciliarse con él. Esta carta está en 2 Corintios 2, 14 – 7, 4. Era una carta de apología. No era la primera, porque en 2 Corintios 2,3.4.9 Pablo menciona una carta escrita en lágrimas. Algunos pensaron que podía ser 2 Corintios 10-13, pero esta no parece haber sido escrita con emociones tan fuertes. Si no es esa, la carta en lágrimas está perdida. Con certeza la carta en lágrimas fue el momento culminante de la crisis.
Entonces Pablo envió a Tito a Corinto para ver si él conseguía resolver el problema, esto es que los Coríntios reconociesen la autoridad apostólica de Pablo. La misión de Tito fue un éxito total. Viajó para anunciar esa noticia a Pablo. Éste ya estaba tan impaciente que salió de Éfeso para ir al encuentro de Tito. Ellos se encontraron en la Macedonia, probablemente en Filipos. Pablo quedó tan alegre que escribió y mandó a los Corintios la carta de reconciliación, 2 Corintios 1,1 – 2,13; 7, 5-16.

Una vez hecha la reconciliación Pablo quiso retomar el asunto de la colecta para los pobres de Jerusalén, lo que había sido una iniciativa de los Corintios, pero había sido abandonada cuando estalló el conflicto. Pablo mandó dos cartas para hablar de esa colecta e insistir. Quiso exhortar a los Corintios para estimularlos. Son los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios.
Este episodio es muy interesante. Pablo podía haber invocado su carácter de apóstol para imponerse. Podía haber proferido una sentencia de condenación a los rebeldes, o hasta de expulsión de la comunidad. Prefirió el camino del diálogo con el fin de conseguir una reconciliación.

Hoy en día llama mucho la atención el hecho de que no hay ninguna ordenación. Cada uno recibe su carisma directamente del Espíritu. El carisma es aceptado porque el discípulo muestra su capacidad. Nadie es designado para un oficio particular. La espontaneidad basta para resolver los problemas de la vida comunitaria. No faltan los dones del Espíritu. Las comunidades eran pequeñas. No había ninguna organización formal.
También llama la atención el hecho de que no hay ningún ministerio o ningún carisma de tipo litúrgico o cultual. Hoy en día las ordenaciones y los ministerios litúrgicos o cultuales ocupan el primer lugar en la Iglesia católica hasta el punto de apagar los dones de la comunidad. En Corinto nadie fue ordenado para bautizar. Nadie fue ordenado o designado para presidir la celebración de la eucaristía, ligada a las comidas comunitarias. Preside la eucaristía, o sea, distribuye el pan la persona que preside la comida. Es la persona que en las comidas hace la oración de acción de gracias.

Esta situación corresponde al hecho de que no hay culto litúrgico en las comunidades cristianas. Todo el culto del Antiguo Testamento desapareció y fue sustituido por un culto hecho de realidad y no de símbolos. De ahora en adelante el templo son los propios discípulos en su cuerpo. En ellos habita Dios (1 Corintios 3, 9-17).
No hay más sacrificios cultuales. Los sacrificios son la vida corporal de los discípulos, sus actividades inspiradas por el Espíritu (Romanos 12,1; Filipenses 3,3). Sacerdotes son todos los discípulos que ofrecen su vida de cada día vivida en su cuerpo 
No hay nada litúrgico. La liturgia es la vida real… Más tarde la influencia del Antiguo Testamento y de las religiones paganas hizo que los cristianos se diesen también un culto litúrgico hecho de símbolos. Entonces van a aparecer ministros ordenados para ese culto. Después de Constantino hubo un desarrollo radical de culto litúrgico y de sus ministros. La Iglesia sé clericalizó y los carismas desaparecieron, por lo menos de la conciencia de los cristianos y de las estructuras oficiales de la Iglesia.. En el tiempo de Pablo nadie imaginaba sacerdotes ordenados para un culto. Los ministerios eran servicios reales parar la comunidad o para los pobres.

4. La Iglesia pobre 
El tema de la pobreza es fundamental en la eclesiología de Pablo. Digamos luego que el tema de la Iglesia pobre de Pablo no tiene nada que ver con el tema contemporáneo de la opción preferencial por los pobres. Quien hace opción por los pobres sólo puede ser rico.. La Iglesia que hace esa opción, es una Iglesia rica. Esta es de hecho la condición de la Iglesia católica hoy en día. Cuando los obispos de Medellín hicieron opción por los pobres, sabían que eran ricos y representaban una Iglesia rica. Querían responder al desafío que representa la condición de obispo rico que se dice sucesor de apóstoles que eran pobres. 
Pablo hace una larga exposición de ese tema de la pobreza en 1 Corintios 1,17 – 2,16 y 3, 18-23. El tema de la pobreza está ligado al tema de la cruz. Pablo anuncia a Jesús crucificado y su eclesiología deriva de ese tema básico. La pobreza suprema es la cruz. La cruz es la situación de la peor degradación humana, es la total impotencia. Por eso ella es objeto de vergüenza. Ser crucificado es la mayor vergüenza. Es el desprecio, el rechazo, objeto de escarnio: la cruz reduce el ser humano a una basura.

Ahora bien, Dios escogió la cruz, la basura, el escándalo, la vergüenza para crear la nueva humanidad. Esa cruz está presente en los pobres. Dios escogió lo que es lo más despreciado en la humanidad. Por eso escogió a los pobres. Los pobres son los elegidos para iniciar la caminata de la liberación de la humanidad. Los pobres son escogidos porque son rechazados, maltratados, reducidos a la impotencia. Dios escoge lo que es más débil para mostrar que su fuerza actúa por medio de aquello que es “más débil”. La comunidad de Corinto es un ejemplo de esa manifestación de su poder creador.. En Corinto hay pocos ricos y la comunidad está hecha esencialmente de pobres ( 1 Corintios 1,26).
La Iglesia según s. Pablo es esa Iglesia de los pobres que era el sueño de Juan XXIII.

Hay una insistencia especial en la pobreza cultural.Dios rechazó la sabiduría de los sabios y escogió la locura de la cruz. Locura quiere decir debilidad intelectual, pobreza de cultura. No necesitamos de la ayuda de la filosofía griega. La verdadera sabiduría es la sabiduría de la cruz. Es la sabiduría de los pobres. 

Pero la pobreza es naturalmente también material. Tenemos una descripción de esa pobreza material en la descripción que Pablo hace de su vida. Pues él mismo en su misión fue una muestra de la sabiduría de la cruz. “Estuve en medio de vosotros lleno de flaqueza, recelo y temblor; mi palabra y mi predicación no tenían brillo ni artificios para seducir a los oyentes, pero la demostración residía en el poder del Espíritu para que ustedes creyesen, no por causa de la sabiduría de los hombres, sino por causa del poder de Dios” (1 Corintios 2,3-5) Ahora, he aquí la pobreza material: “Nosotros somos locos por causa de Cristo; y ustedes, ¡cómo son prudentes en Cristo! ¡ Nosotros somos débiles, ustedes son fuertes! ¡Ustedes son bien considerados, nosotros somos despreciados! Hasta ahora pasamos hambre, sed, frío y malos tratos, no tenemos un lugar seguro para vivir; y nos agotamos, trabajando con nuestras propias manos. Somos maldecidos, y bendecimos; perseguidos, y soportamos; calumniados, y consolamos. Hasta hoy somos considerados como la basura del mundo, el estiércol del universo” ( 1 Corintios 4, 10-13; cmp. 2 Corintios 11, 16–12, 10).

Si consideramos los 2000 años de la historia de la Iglesia, ¡cómo no quedar asustados por la enorme distancia que nos separa de los orígenes! A pesar de todo, siempre hubo un resto, una pequeña minoría que fue fiel a los orígenes y comunidades pobres que oyeron el mensaje de locura de la cruz. Al lado de ellos hubo tanta riqueza, tanto poder que ocultaban el evangelio.! 
En la conquista de América hubo algunos misioneros que reprodujeron el modelo de Pablo: los dominicanos de la isla Española, los franciscanos de México central, los jesuitas de las misiones guaraníes. Al lado de eso, todo el poder y la riqueza de una Iglesia ligada a los conquistadores. Hasta hoy, cuántas tentaciones de poder!

Se habla de una gran misión en América latina. Pero esta Iglesia que somos ahora, ¿qué puede anunciar a las masas pobres de América latina? ¿Qué autoridad tiene esa Iglesia que busca tanto el poder? La gran misión sólo podría ser una gran conversión de la Iglesia. Esa conversión sería obra de los pobres de América latina. La Iglesia no tiene nada que enseñar y todo por aprender. La verdadera Iglesia está en medio de los pobres como Iglesia crucificada, sin sabiduría humana, sin prestigio, sin edificios, sin teología, sin diplomas universitarios, realmente el estiércol del mundo, ignorada y despreciada. Allí está la cruz de Cristo que nosotros no sabemos enseñar.
Esta es la gran lección que nos viene de s. Pablo. ¡Es una locura, pero podemos tratar de ser locos!

José Comblin

martes, 22 de abril de 2014

La solidaridad como sentido más profundo de la Cruz.



(2 Cor 5:21; Gal 3:13)[1]

Con razón dijo Pablo que la cruz es una locura y un escándalo (1 Cor 1:18-23); si su “irracionalidad” no nos escandaliza, no hemos comenzado a entender su significado. La tradicional teoría de “substitución” (yo debo dinero en el almacén pero un amigo lo paga en mi lugar; estoy preso bajo sentencia de muerte, pero un amigo me visita en la celda, cambiamos de ropa, yo salgo libre y el amigo muere en mi lugar) es una simplificación que traiciona los datos bíblicos, y hace de la muerte de Jesús una crasa injusticia (Camus, Bernard Shaw, Domenic Crossan). La muerte de Cristo no puede entenderse como una transacción externa y objetiva, una especie de intercambio o trueque.

Sin pretender “explicar” la cruz, dos puntos importantes pueden por lo menos comenzar a aclarar su sentido. Primero, nunca debemos olvidar que en el plano humano e histórico, la muerte de Jesús en la cruz no fue un mero episodio desconectado de toda su vida sino que fue la consecuencia inevitable de su manera de ser y de vivir. Polemizaba osadamente con los líderes y toda la “buena gente”, y defendía a los que eran “mala gente” ante los ojos de la sociedad. Comenzó la semana final de su vida con una marcha pública, seguida por un violento acto de protesta en el mismo templo. Su manera de ser y su conducta eran insoportables para las autoridades. Así entendido, lo mataron por subversivo.

La segunda pista, que ayuda aun más, nos la proporciona Juan Calvino, junto con otros. Calvino introduce el tercer libro de Institución de la religión cristiana,precisamente sobre la salvación, con un párrafo muy importante:

Ante todo hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, no nos aprovecha en lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado “nuestra Cabeza” y “primogénito entre muchos hermanos”; y de nosotros se afirma que somos “injertados en Él” (Rom 8.29; 11. 17; Gál 3.27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una cosa con Él (Calvino Inst 3.1).

Resulta interesante notar que sólo en la última edición de su magnum opus Calvino introdujo este fuerte énfasis sobre la identificación solidaria de Cristo con nosotros como clave a su obra redentora.[2] Parece que le fascinó tanto el tema, que acuñó una serie muy rica de expresiones latinas al respecto (“nostrae cum Deo coniunctionis” 3.6.2; “cum ipse in unum coalescimos” 3.1.1; “in Christi participatione” 3.16.1; Cristo “se nobis agglutinavit societatem” 3.2.24 etc.). Para Calvino, el Cristo que nos justifica y redime no es un “Christus extra nos” sino que nos redime en “la más íntima coalescencia” con nosotros (3.11.10), en un “sagrado matrimonio” (3.1.3 “sacrum coniugium“) entre él y nosotros. No debemos considerar a Cristo “como separado de nosotros” (procul stantem) sino “más bien habitando en nosotros” (3.2.24). Por la ” habitatio Christi in cordibus nostris” (3.11.10) compartimos “vita in consortio” (3.8.1; cf. 3.6.5). Esta relación es una especie de amalgama aglutinada, en que el Espíritu Santo es el “vinculum” (3.1.1). “Incorporados nosotros a su cuerpo, nos hace partícipes, no solamente de sus bienes, sino incluso de sí mismo” (3.2.24).

Todo eso puede entenderse como lo que hoy llamamos “solidaridad”. Cristo se hizo carne y uña con nosotros, y nos hizo a nosotros carne y uña con él. Puede verse como una especie de “trasplante total”. Cristo tomó nuestro pecado porque nos tomó a nosotros dentro de sí y entró él dentro de nosotros, en un mismo cuerpo solidario. El fue más que un “representante” y mucho más que un “sustituto”. Su solidaridad llegó a tal grado de identificación, que sería más fácil para dos gemelos siameses separarse que para él separarse de nosotros.[3]

Jesucristo manifestó y practicó esta solidaridad en su nacimiento, en su estilo de vida y en su muerte.

Cuando el Verbo fue hecho carne, identificándose así con toda nuestra fragilidad, pasó también, como todos nosotros, sus nueve meses como feto pre-natal. Es más, fue concebido en el vientre de una madre soltera, lo que a los y las vecinas seguramente no les parecía un milagro sino un escándalo. Por eso después sus enemigos se lo echaron en la cara diciendo, “nosotros no hemos nacido de fornicación” (Jn 8:41), y posteriormente algunos rabinos lo llamaban “el bastardo de Nazaret”. Al octavo día Jesús fue circuncidado (sin duda sangraba, como cualquier niño) y después sus padres ofrecieron dos tórtolas para la purificación del niño y su madre (Lc 2:21-23; el padre no tenía culpa en el asunto y no necesitaba purificación). Como joven, Jesús tuvo ciertos roces con sus padres (Lc 2:48-49) y trabajó unos dieciocho años de carpintero como uno más de la clase obrera. Al iniciar su ministerio, se sometió al humillante “bautismo de arrepentimiento” de Juan el Bautista, “para cumplir toda justicia”. Aunque él no tenía pecados de que arrepentirse, en esto también se identificó con nosotros los pecadores para nuestra redención (“toda justicia”).

En su conducta y su estilo de vida también Jesús se identificaba con los pecadores; los fariseos le condenaban por ser amigo de pecadores (Lc 15:1-2; 5:29-32; 7:33-39). Extendió su mano para tocar a los enfermos, los leprosos y los muertos, lo que le contaminaba ceremonialmente y le incapacitaba para entrar al templo. Era amigo de la “mala gente”, por lo que fue mal visto por la “buena gente”. Fue tierno y compasivo con los pecadores, pero muy severo con los hipócritas, agresivo e insultante; hasta afirmó que los publicanos y las prostitutas entrarían al reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21:31). En todo eso, ante los sacerdotes y maestros de la ley, él fue “hecho pecado” por la vía de su solidaridad inseparable con pecadores.

Esa clase de solidaridad con los marginados y los desvalidos de la sociedad nunca está bien vista por los poderosos. No sorprende en absoluto que muy pronto comenzaran a confabular para matarle. Y mucho menos cuando se dejaba llamar “Rey de los judíos”, defendía siempre a las víctimas del sistema, entró en la ciudad capital en una marcha triunfal y trastornó el sucio comercio de los poderosos en la misma casa de Yahvé, denunciándoles a ellos por convertir el templo en una cueva de ladrones. Toda esa solidaridad profética le granjeó la muerte. La cruz fue instrumento de ejecución pública de los enemigos del sistema. Fue el precio de su solidaridad con nosotros, en servicio osado al Reino de Dios y su justicia.

Finalmente, la misma muerte fue la expresión definitiva de esa solidaridad que comenzó con su nacimiento. Al asumir la condición humana, lo hizo incondicionalmente, sin reservas en su solidaridad (“Acepto nacer y vivir en carne, pero no morir, porque soy Dios y Dios no muere, mucho menos puedo hacerme pecado y maldición”. ¿Cómo es posible eso para Dios mismo?). Ahí podemos ver la locura y el escándalo de la cruz.

Pero en Cristo la cruz tiene también su lógica, y es la lógica de la solidaridad incondicional. Humanamente hablando, esa muerte violenta fue la consecuencia lógica e inevitable de una vida que los poderosos jamás iban a tolerar. Pero evangélicamente hablando, Cristo hizo suyos nuestros pecados para hacer nuestra su justicia; hizo suya nuestra muerte, para liberarnos de ella. Cristo fue desamparado por su propio Padre (de nuevo, lo incomprensible para el entendimiento humano; “¡Dios desamparado por Dios! ¿Cómo puede ser?”, exclamó Lutero. “No lo puedo entender”). Pero él fue desamparado por su Padre, para que nosotros nunca lo seamos. Y en esa muerte solidaria, “Dios mostró su justicia, para que él [Dios] sea justo y el que justifica a los injustos”, con los que se ha solidarizado (cf. Rom 3:25-26).

“Oh Cristo”, dijo Lutero, “Yo soy tu pecado, y tu eres mi justicia” (2 Cor 5:21). Y eso, no por alguna transacción externa y abstracta, sino por su solidaridad hasta las últimas consecuencias. “Fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8). Habiéndonos amado, nos amó hasta el fin (Jn 13:1).

[1] La traducción de 2 Cor 5:21 en la Nueva Versión Internacional, “Dios lo trató como pecador”, no refleja del todo el sentido del texto griego, huper hêmôn hamartian epoiêsen; “por nosotros lo hizo pecado”.

[2] El primer capítulo del Libro III (3.1) es completamente nuevo en la edición de 1559, como es también el lugar definitivo asignado a la unión con Cristo en todo el tercer libro (Barth, Church Dogmatics, IV/3: 552-3).

[3] Sin duda estas formulaciones pueden prestarse a exageraciones o malos entendidos, pero captamos mejor su fuerza y su profundo sentido, según Calvino mismo, si lo sobreformulamos.


Juan Stam

Costarricense, Doctor en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Por muchos años fue profesor del Seminario Bíblico Latinoamericano (hoy UBL), de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica, y de otras instituciones teológicas en San José. Es autor de muchos artículos y varios libros, en especial, el comentario a Apocalipsis de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano.

lunes, 20 de enero de 2014

Por una fe subversiva.


Hay quienes consideran que el mundo de la fe es ajeno a la vivencia privada. Se dice “La fe, “un don de Dios”. Tal vez nos hayamos acostumbrado a reflexionar sobre unas verdades estáticas, unas verdades, unas normas. Sin embargo, se trata de un conocer dinámico. Y conocer significa una entrega personal a otro. No pongamos el énfasis de la fe en creer en tantas declaraciones dogmáticas ininteligibles que tanta sangre y persecuciones han ocasionado, con los que se creía que negaban la fe verdadera, que es el amor en servicio de la vida.
Por tanto, donde se rompa o falte el amor, no hay fe, como decía Pablo: “Aunque lo dijeran los ángeles – o la iglesia – si no hay amor, esa fe de nada sirve, pues tal fe ya no sabe dar respuesta a los problemas de las personas que sufren o al menos acompañarlas en su dolor. Jesús jamás proclamó un dogma, sino que se preocupó únicamente del hombre y de su felicidad, aunque no pudiera lograrla para cada uno de ellos.
La fe es subversiva, es una experiencia de Dios, el gran desconocido, a quién no podemos ver. No conocemos a otro hombre que lo buscara, lo encontrara, lo revelara tan cercano a nosotros como Jesús. La fe es subversiva por ser tan cercana, pues nos une al hombre, con todos los demás que combaten con rebeldía todas las injusticias, estén donde estén.. La fe es compromiso, no un narcótico que adormece. La fe es más que una utopía, que nos hace vivir siempre en tensión moral y crítica para alcanzar el Reino de Dios. Si Jesús nos lo propuso debe ser realizable, aunque nos llamen locos. La fe es el lugar del encuentro, de todos los que creemos en el Dios de Jesús, que no está encerrado en los muros de la Iglesia. Y también de los que no creen, pues en ellos está la imagen de Dios. Abramos los brazos a toda la humanidad… sin discriminaciones en el amor
El amor se manifiesta en las obras. No basta con amar de palabras; es necesario amar con hechos. Por eso, el que ama de verdad, cumple todos los mandamientos. Los discípulos de Jesús no se distinguen por señales externas, la verdadera señal es el amor. Los que se aman están dispuestos a ayudarse, a compartir sus cosas, a unirse en comunidad. El que ama, no cierra los ojos ante el necesitado: es generoso. No escurre el hombro: es servicial. No cierra sus puertas: es acogedor. No mira por encima del hombro: es sencillo. No se tapa los oídos: es abierto. No levanta la voz: es atento. Es tolerante. No mira las faltas, es comprensivo.
” En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros” Mt. 5,43-48; 1ª Carta Corintios cap.13. Pero sobre todo, recordemos que la fe profunda es creer al otro. San Agustín en continua búsqueda dice (Fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te”¿Dónde estás, Señor? Nunca llegamos a encontrar al Gran Desconocido .Otra vez lo añoramos, Me hago eco y asumo las siguientes frases y palabras… sin cambiar de camino Y, al creerlo, por fin alcanzado, de nuevo se ha ido. Dónde, desconocido, estás, deseado y perdido? ¿Has buscado en los hombres que en la vida han sido marginados, despreciados, heridos…?
¡En ellos estoy; sólo en ellos vivo! Si me quieres hallar no hay otro camino. Con la fe subversiva es como puede penetrar en este mundo de riesgo la vivencia de la fe.
juandediosrd@hotmail.com

viernes, 24 de mayo de 2013

Sólo un Dios puede salvarnos.


La crisis de nuestra civilización científico-técnica exige más que explicaciones históricas y sociológicas. Reclama una reflexión filosófica que desemboca en una pregunta teológica. Quién lo vio claramente fue Martín Heidegger (1889-1976), incluso antes de que hubiese surgido la alarma ecológica. En una famosa conferencia en Munich en 1955 "Sobre la cuestión de la técnica" en la que estuvieron presentes Werner Heisenberg y Ortega y Gasset, dejó claro el riesgo que corren el mundo natural y la humanidad cuando se dejan absorber totalmente por la lógica intrínseca de este modo de pensar y actuar que interviene y manipula el mundo natural hasta sus últimas capas, para sacar beneficios individuales o sociales. La cultura científico-técnica ha penetrado tan profundamente en la comprensión de nosotros mismos que ya no podemos entendernos ni vivir sin esta muleta introyectada en nuestro propio ser y estar en el mundo.

Representa la convergencia de dos tradiciones de la filosofía occidental: la platónica de cariz idealista transfigurada por la orientación cristiana, y la aristotélica, más empírica, que es la base de la ciencia. Se fusionaron en el siglo XVII desde Descartes y fundaron la tecno-ciencia moderna, el paradigma dominante. Este modo de ser pone su interés en cómo son las cosas, cómo funcionan y cómo nos pueden ser útiles, no el milagro de que las cosas sean, confrontadas con la nada. Nos separamos del mundo natural para entrar profundamente en el mundo artificial. Hemos perdido la relación orgánica con las cosas, las plantas, los animales, las montañas y los propios seres humanos.

Todo se convierte en instrumento para una finalidad. No vemos al ser como una persona portadora de un propósito, sino su fuerza de trabajo, ya sea física o intelectual, que puede ser explotada. Si se puede hacer algo se hará sin ninguna justificación ética. Si podemos desintegrar el átomo no hay por qué no hacerlo y construir la bomba atómica. Si podemos tirarla sobre Hiroshima y Nagasaki, ¿quién lo impedirá? Si puedo manipular el código genético, no hay límite moral o ético que lo pueda restringir. Y hacemos las experiencias que nos parecen interesantes y útiles para el mercado y para una cierta calidad de vida.

Heidegger nos advierte que la tecnociencia ha creado en nosotros un dispositivo (Gestell ), una forma de ver que considera todo como cosa a nuestra disposición. Ha colonizado todos los espacios y sometido todos los saberes. Se ha convertido en un motor que se acelera de tal manera que ya no sabemos cómo detenerlo. Nos hemos convertido en sus rehenes. Nos dicta qué hacer o dejar de hacer. En este punto, Heidegger señala el altísimo riesgo que corremos como naturaleza y como especie. La tecnociencia afecta a los fundamentos que sustentan la vida y ha generado tal fuerza destructiva que puede exterminarnos a todos. Los medios ya están construidos y están ahí a nuestra disposición. ¿Quién sujetará la mano para no desencadenar el Armagedón natural y humano? Esa es la gran pregunta que nos debería ocupar como personas y como humanidad, y menos el crecimiento y las tasas de interés.

La respuesta intentada por Heidegger es una Kehre, una "vuelta" que significa una transformación. Este es el propósito final de todo su pensamiento, tal como se revela en una carta a Karl Jaspers: ser el celador de un museo que quita el polvo de los objetos de manera que se puedan ver. Como filósofo se proponía (es una pena que use un lenguaje tan terriblemente complicado) remover lo que cubre lo habitual y lo cotidiano de la vida. Al hacer eso ¿qué revela? Nada, sino lo que nos rodea y que constituye nuestro ser-en-el-mundo-con los demás y con el paisaje, con el cielo azul, con la lluvia y con el sol. Y dejar que las cosas se vean tal como son; no nos oprimen, sino que están, tranquilas, con nosotros en casa.

Fue a buscar inspiración para este modo de ser en los presocráticos, especialmente en Heráclito, que vivían el pensamiento originario antes de que se transformase con Platón y Aristóteles en metafísica, base de la tecnociencia. Pero teme que sea demasiado tarde. Estamos tan cerca del abismo que no podemos volver atrás. En su última entrevista a Der Spiegel en 1976 publicadapost-mortem dice: "Sólo un Dios puede salvarnos." La pregunta filosófica por el destino de nuestra cultura se ha convertido en una cuestión teológica. ¿Va Dios a intervenir? ¿Permitirá la autodestrucción de la especie?

Como teólogo cristiano diré con San Pablo: "la esperanza no defrauda" (Rm 5,5), porque "Dios es el soberano amante de la vida" (Sb 11,26). No sé cómo. Sólo espero.


Fuente: Koinonia

viernes, 18 de mayo de 2012

Tiempos de crisis – tiempos de cuidado.



por Leo Boff

El tema del cuidado es un tema recurrente en la reflexión cultural de los últimos tiempos. Primero fue vehiculado a través de la medicina y la enfermería, pues representa la ética natural de estas actividades. Después fue asumido por la educación y hecho paradigma por filósofas y teólogas feministas, principalmente norteamericanas, que ven en él un elemento esencial de la dimensión ánima, presente en el hombre y en la mujer. Produjo y sigue produciendo una continuada y tenaz discusión, especialmente en Estados Unidos, entre la ética de base patriarcal, centrada en el tema de la justicia, y la ética de base matriarcal, articulada por el cuidado esencial.
Adquirió especial fuerza en la discusión ecológica, siendo una pieza central de la Carta de la Tierra. Cuidar del medio ambiente, de los recursos escasos, de la naturaleza y de la Tierra se han vuelto imperativos del nuevo discurso. Por último, el cuidado se ha visto como esencial para la comprensión del ser humano tal como lo aborda Martin Heidegger en Ser y Tiempo, recogiendo una tradición que se remonta a los griegos, a los romanos y a los primeros pensadores cristianos como san Pablo y san Agustín.
Se constata además que la categoría cuidado gana fuerza siempre que se producen situaciones críticas. El cuidado es quien impide que las crisis se transformen en tragedias fatales.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918), desencadenada entre países cristianos, destruyó el ilusorio glamour de la era victoriana y produjo un profundo desamparo metafísico. Fue cuando Martin Heidegger (1889-1976) escribió su genial Ser y Tiempo (1929), cuyos párrafos centrales (§ 39-44) están dedicados al cuidado como ontología del ser humano.
Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) despuntó la figura del pediatra y psicólogo D. W. Winnicott (1896-1971), encargado por el gobierno inglés de atender a niños huérfanos, víctimas de los horrores de los bombardeos nazis sobre Londres. Desarrolló toda una reflexión y una práctica en torno a los conceptos de cuidado (care), de preocupación por el otro (concern), así como del conjunto de cuidados y apoyos que hay que proporcionar a los niños o a las personas vulnerables (holding), aplicables también a los procesos de crecimiento y educación.
En 1972 el Club de Roma dio la alarma ecológica sobre el estado enfermo de la Tierra. Identificó la causa principal: nuestro modelo de desarrollo, consumista, predatorio, perdulario y sin ningún cuidado ni hacia los recursos escasos ni con la forma como tratamos los residuos, muchos de ellos dañinos y no asimilables por la naturaleza. Después de varios encuentros organizados por la ONU en los años 80 del siglo pasado, se llegó a la propuesta de un desarrollo sostenible como expresión del cuidado humano hacia medio ambiente, pero enfocado principalmente al aspecto económico.
En 1991, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el Fondo Mundial para la Naturaleza y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza elaboraron una estrategia minuciosa para el futuro del planeta bajo el lema Cuidando la Tierra (Caring for the Earth 1991). En ella se dice:
La ética del cuidado se aplica tanto a nivel internacional como a nivel nacional e individual; ninguna nación es autosuficiente, todos nos beneficiaremos con la sostenibilidad mundial y todos estaremos amenazados si no conseguimos alcanzarla.
Recogiendo esta línea de pensamiento, después de un trabajo de ocho años a nivel mundial, en marzo de 2000 termina en París la redacción de la Carta de la Tierra. La categoría cuidado y elmodo sostenible de vivir constituyen los dos principales ejes articuladores del nuevo discurso ecológico, ético y espiritual propuesto por este documento. En 2003 la UNESCO asume oficialmente laCarta de la Tierra y la presenta como un instrumento pedagógico sustancial para la construcción de la responsabilidad colectiva de la humanidad por nuestro futuro común.
En 2003 los ministros y secretarios de medio ambiente de los países de América Latina y del Caribe elaboraron un notable documento Manifiesto por la vida, por una ética de la sostenibilidaddonde se incluye la categoría cuidado en la idea de un desarrollo que sea efectivamente sostenible y radicalmente humano.
El cuidado está especialmente presente en los dos extremos de la vida: en el nacimiento y en la muerte. El niño sin cuidado no puede existir. El moribundo necesita cuidado para salir decentemente de esta vida.
Cuando en algún grupo despunta una crisis generando tensiones y divisiones, la sabiduría del cuidado es el camino más adecuado para oír a las partes, favorecer el diálogo y buscar convergencias. El cuidado se impone cuando aparece una crisis de salud que exige hospitalización. Entonces, se pone en acción el cuidado por parte de los médicos, los enfermeros y enfermeras, que deciden el tratamiento mejor.
El cuidado es absolutamente necesario en prácticamente todas las esferas de la existencia, desde el cuidado del cuerpo, de los alimentos, de la vida intelectual y espiritual, de la conducción general de la vida, hasta para atravesar una calle con mucho movimiento. Como ya observaba el poeta romano Horacio, el cuidado es «como una sombra que siempre nos acompaña y nunca nos abandona porque hemos sido hechos a partir del cuidado».
Hoy, dada la crisis generalizada, ya sea social o ambiental, el cuidado se hace imprescindible para preservar la integridad de la Madre Tierra y salvaguardar la continuidad de nuestra especie y de nuestra civilización.

Fuente: Koinonia