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martes, 12 de agosto de 2014

Reflexiones sobre el amor.


MARTIN PAYBA ADET

A causa del exceso de información —calificada o no— los cristianos vivimos en una época convulsionada en muchos aspectos, entre ellos el florecimiento de la diversidad teológica. Abundan cada vez más subgrupos religiosos con sus doctrinas y distintos énfasis, dejando a la esencia del cristianismo tras una nebulosa bastante espesa. Por esta razón, hace un tiempo se disparó en mi mente un interrogante: ¿Qué es lo indispensable? ¿Qué actitud cristiana es indiscutible? En medio de tantas doctrinas, ¿Cuál es la directiva cardinal e inconfundible?

El problema de la respuesta es que no parece muy difícil de enunciar, y por eso es frecuente que sea tomada como una obviedad. Jesús dice que toda la ley y el mensaje de los profetas se resumen en amar a Dios y en amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:34-40). El apóstol Pablo hace su aportación diciendo que si no hago todo con amor, de nada me sirve. No hay duda de que estas sentencias son firmes. El amor es lo más importante y en la teoría todos lo sabemos. Pero esto, justamente, no termina aquí. La cuestión abre el juego a otros planteamientos.

La gran pregunta que sigue es: ¿Qué implica amar? O más profundo aun, y prácticamente insondable: ¿Qué es el amor?

Aunque Jesús nunca dio una definición teórica acerca de la esencia del amor, lo plasmó en la parábola del hijo prodigo; cuando se acercó a la mujer adultera y cuando sanó a un leproso, entre otras. Distintas manifestaciones con una tonalidad en común. El apóstol Pablo, no nos dice qué es el amor, sino cómo es en la primera carta a los Corintios capitulo 13. Tenemos, por tanto, algunas pistas a seguir.

Mi intención con lo que sigue a continuación es trasmitir algunas ideas al respecto. Sin pensar en una definición precisa, propongo responder añadiendo algunos sinónimos, que aunque por si solos no equivalen al concepto de amor en su totalidad, lo llevan implícito de alguna manera.

Si pienso en el amor como valoración, como algo que se aprecia, entonces quiero decir que también lo abrazo, que lo quiero cerca, que lo recibo, que no lo aparto, sino que lo atraigo hacia mí. Amar implica abrazar completamente. Amar es aceptar lo conocido.

Por eso no puedo amarme completamente si primero no me conozco. No estaba equivocado el oráculo de Delfos al mandar al hombre conocerse a sí mismo. Lo que quiere decir que no puedo entrar en contacto con algo si no tengo una percepción de eso o si lo ignoro. No puedo tomar lo indefinido. No puedo asir un objeto si no conozco sus contornos. Por eso mismo, insisto que para amarme —para realmente amarme— tengo que conocerme y así palpar mis propios límites.

Amarse a si mismo es valorarse, es reconocerse aun cuando haya cosas que no sean dignas de ser valoradas desde las exigencias de nuestros esquemas mentales. Sin embargo, amar no significa aprobar todo lo que encontremos dentro de nosotros. Dar la bienvenida a un pensamiento perverso no es aprobarlo. Cabe aclarar que cuando digo dar la bienvenida, estoy diciendo ‘acepto que esto está presente dentro de mí y no lo niego’.

Para brindarme cuidado y para protegerme tengo que tener noción de mi mismo, de mis necesidades y de mis carencias, mis inseguridades y mis miedos. Debo reconocer toda mi pobreza. Una vez que mis partes oscuras y reprimidas tienen lugar en mi conciencia, gracias al poder del amor puedo ser responsable para elegir como vivir. De este modo practicamos el amarnos a nosotros mismos. Pero aun nos queda otra cuestión. Esto es sólo una parte del recorrido.

En segundo lugar se me llama a conocer al otro y a aceptarlo, a aceptar su necesidad, a darle validez a su sufrimiento o a su alegría, tanto como si fuera yo mismo. Esta reciprocidad es indispensable: “La idea expresada en el bíblico ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ implica que el respeto por la propia integridad y unicidad, el amor y la comprensión del si mismo, no pueden separarse del respeto, el amor y la comprensión del otro individuo” aporta Erich Fromm. En un sentido práctico, si no he aprendido a reconocer mi rabia y mi resentimiento, difícilmente puedo recibir esos sentimientos en el otro; sus palabras van a suscitar una resonancia incomoda y una defensa hostil por parte de mi ego. El resultado —velado o no— será el rechazo, que sin duda es uno de los dramas del hombre.

El amor es por tanto —según mi criterio— una conjugación de respeto, validación, aceptación, recibimiento y acogida. Es algo que no es un acto en si mismo, sino una actitud. Es un condimento que sazona nuestra forma de actuar, de forma sutil pero que logra un impacto profundo en el otro.

Si Dios nos recibe a nosotros como estamos, en nuestra indigencia, nosotros debemos recibirnos a nosotros mismos en la misma condición y a la vez recibir a los otros de la misma manera. Es la espiral del amor.

Dios da valor a nuestra vida y, como relata el salmista, no desprecia nuestras lágrimas. No pregunta de donde vienen, él simplemente las recoge, les da valor y sentido. Así mismo tenemos que hacer con nosotros mismos y con el otro, con todo lo que trae en sus espaldas. Debemos tratar su vida con respeto, como a algo frágil y de gran valor.

Scott Peck, psiquiatra cristiano estadounidense, insiste en que el verdadero amor implica crecimiento espiritual. Estoy de acuerdo, creo que la máxima dadiva del amor es lograr el desarrollo y crecimiento espiritual de la otra persona. Aun así “la persona que realmente ama, que valora el carácter único y diferente de la persona amada, se resistirá ciertamente a suponer ‘Yo tengo razón, tu estas equivocado; sé mejor que tu lo que te conviene’.” Señala Peck. Se ama principalmente respetando la autonomía. Es entonces cuando detrás de cada acto de amor está esa promoción suave y carente de coerción de la espiritualidad del otro, el impulso hacia la libertad, el hacer del otro un ser responsable y maduro, un ser autoconsciente, capaz de amar también a su prójimo. Que Dios nos ayude a que esto sea una realidad diaria, a disponernos a servir día a día, no necesariamente de manera formal en una actividad programada, sino continuamente con ese prójimo que nos fue dado —como en el caso de nuestros padres y hermanos— o que —como a nuestros cónyuges— hemos elegido para vivir.

Si somos realmente capaces de amar, tendremos en nuestras manos el poder sobrenatural de Dios. Bajo la ley del amor seremos realmente libres y podremos decir, como San Agustín en su homilía: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien.”

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martes, 22 de abril de 2014

La solidaridad como sentido más profundo de la Cruz.



(2 Cor 5:21; Gal 3:13)[1]

Con razón dijo Pablo que la cruz es una locura y un escándalo (1 Cor 1:18-23); si su “irracionalidad” no nos escandaliza, no hemos comenzado a entender su significado. La tradicional teoría de “substitución” (yo debo dinero en el almacén pero un amigo lo paga en mi lugar; estoy preso bajo sentencia de muerte, pero un amigo me visita en la celda, cambiamos de ropa, yo salgo libre y el amigo muere en mi lugar) es una simplificación que traiciona los datos bíblicos, y hace de la muerte de Jesús una crasa injusticia (Camus, Bernard Shaw, Domenic Crossan). La muerte de Cristo no puede entenderse como una transacción externa y objetiva, una especie de intercambio o trueque.

Sin pretender “explicar” la cruz, dos puntos importantes pueden por lo menos comenzar a aclarar su sentido. Primero, nunca debemos olvidar que en el plano humano e histórico, la muerte de Jesús en la cruz no fue un mero episodio desconectado de toda su vida sino que fue la consecuencia inevitable de su manera de ser y de vivir. Polemizaba osadamente con los líderes y toda la “buena gente”, y defendía a los que eran “mala gente” ante los ojos de la sociedad. Comenzó la semana final de su vida con una marcha pública, seguida por un violento acto de protesta en el mismo templo. Su manera de ser y su conducta eran insoportables para las autoridades. Así entendido, lo mataron por subversivo.

La segunda pista, que ayuda aun más, nos la proporciona Juan Calvino, junto con otros. Calvino introduce el tercer libro de Institución de la religión cristiana,precisamente sobre la salvación, con un párrafo muy importante:

Ante todo hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, no nos aprovecha en lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado “nuestra Cabeza” y “primogénito entre muchos hermanos”; y de nosotros se afirma que somos “injertados en Él” (Rom 8.29; 11. 17; Gál 3.27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una cosa con Él (Calvino Inst 3.1).

Resulta interesante notar que sólo en la última edición de su magnum opus Calvino introdujo este fuerte énfasis sobre la identificación solidaria de Cristo con nosotros como clave a su obra redentora.[2] Parece que le fascinó tanto el tema, que acuñó una serie muy rica de expresiones latinas al respecto (“nostrae cum Deo coniunctionis” 3.6.2; “cum ipse in unum coalescimos” 3.1.1; “in Christi participatione” 3.16.1; Cristo “se nobis agglutinavit societatem” 3.2.24 etc.). Para Calvino, el Cristo que nos justifica y redime no es un “Christus extra nos” sino que nos redime en “la más íntima coalescencia” con nosotros (3.11.10), en un “sagrado matrimonio” (3.1.3 “sacrum coniugium“) entre él y nosotros. No debemos considerar a Cristo “como separado de nosotros” (procul stantem) sino “más bien habitando en nosotros” (3.2.24). Por la ” habitatio Christi in cordibus nostris” (3.11.10) compartimos “vita in consortio” (3.8.1; cf. 3.6.5). Esta relación es una especie de amalgama aglutinada, en que el Espíritu Santo es el “vinculum” (3.1.1). “Incorporados nosotros a su cuerpo, nos hace partícipes, no solamente de sus bienes, sino incluso de sí mismo” (3.2.24).

Todo eso puede entenderse como lo que hoy llamamos “solidaridad”. Cristo se hizo carne y uña con nosotros, y nos hizo a nosotros carne y uña con él. Puede verse como una especie de “trasplante total”. Cristo tomó nuestro pecado porque nos tomó a nosotros dentro de sí y entró él dentro de nosotros, en un mismo cuerpo solidario. El fue más que un “representante” y mucho más que un “sustituto”. Su solidaridad llegó a tal grado de identificación, que sería más fácil para dos gemelos siameses separarse que para él separarse de nosotros.[3]

Jesucristo manifestó y practicó esta solidaridad en su nacimiento, en su estilo de vida y en su muerte.

Cuando el Verbo fue hecho carne, identificándose así con toda nuestra fragilidad, pasó también, como todos nosotros, sus nueve meses como feto pre-natal. Es más, fue concebido en el vientre de una madre soltera, lo que a los y las vecinas seguramente no les parecía un milagro sino un escándalo. Por eso después sus enemigos se lo echaron en la cara diciendo, “nosotros no hemos nacido de fornicación” (Jn 8:41), y posteriormente algunos rabinos lo llamaban “el bastardo de Nazaret”. Al octavo día Jesús fue circuncidado (sin duda sangraba, como cualquier niño) y después sus padres ofrecieron dos tórtolas para la purificación del niño y su madre (Lc 2:21-23; el padre no tenía culpa en el asunto y no necesitaba purificación). Como joven, Jesús tuvo ciertos roces con sus padres (Lc 2:48-49) y trabajó unos dieciocho años de carpintero como uno más de la clase obrera. Al iniciar su ministerio, se sometió al humillante “bautismo de arrepentimiento” de Juan el Bautista, “para cumplir toda justicia”. Aunque él no tenía pecados de que arrepentirse, en esto también se identificó con nosotros los pecadores para nuestra redención (“toda justicia”).

En su conducta y su estilo de vida también Jesús se identificaba con los pecadores; los fariseos le condenaban por ser amigo de pecadores (Lc 15:1-2; 5:29-32; 7:33-39). Extendió su mano para tocar a los enfermos, los leprosos y los muertos, lo que le contaminaba ceremonialmente y le incapacitaba para entrar al templo. Era amigo de la “mala gente”, por lo que fue mal visto por la “buena gente”. Fue tierno y compasivo con los pecadores, pero muy severo con los hipócritas, agresivo e insultante; hasta afirmó que los publicanos y las prostitutas entrarían al reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21:31). En todo eso, ante los sacerdotes y maestros de la ley, él fue “hecho pecado” por la vía de su solidaridad inseparable con pecadores.

Esa clase de solidaridad con los marginados y los desvalidos de la sociedad nunca está bien vista por los poderosos. No sorprende en absoluto que muy pronto comenzaran a confabular para matarle. Y mucho menos cuando se dejaba llamar “Rey de los judíos”, defendía siempre a las víctimas del sistema, entró en la ciudad capital en una marcha triunfal y trastornó el sucio comercio de los poderosos en la misma casa de Yahvé, denunciándoles a ellos por convertir el templo en una cueva de ladrones. Toda esa solidaridad profética le granjeó la muerte. La cruz fue instrumento de ejecución pública de los enemigos del sistema. Fue el precio de su solidaridad con nosotros, en servicio osado al Reino de Dios y su justicia.

Finalmente, la misma muerte fue la expresión definitiva de esa solidaridad que comenzó con su nacimiento. Al asumir la condición humana, lo hizo incondicionalmente, sin reservas en su solidaridad (“Acepto nacer y vivir en carne, pero no morir, porque soy Dios y Dios no muere, mucho menos puedo hacerme pecado y maldición”. ¿Cómo es posible eso para Dios mismo?). Ahí podemos ver la locura y el escándalo de la cruz.

Pero en Cristo la cruz tiene también su lógica, y es la lógica de la solidaridad incondicional. Humanamente hablando, esa muerte violenta fue la consecuencia lógica e inevitable de una vida que los poderosos jamás iban a tolerar. Pero evangélicamente hablando, Cristo hizo suyos nuestros pecados para hacer nuestra su justicia; hizo suya nuestra muerte, para liberarnos de ella. Cristo fue desamparado por su propio Padre (de nuevo, lo incomprensible para el entendimiento humano; “¡Dios desamparado por Dios! ¿Cómo puede ser?”, exclamó Lutero. “No lo puedo entender”). Pero él fue desamparado por su Padre, para que nosotros nunca lo seamos. Y en esa muerte solidaria, “Dios mostró su justicia, para que él [Dios] sea justo y el que justifica a los injustos”, con los que se ha solidarizado (cf. Rom 3:25-26).

“Oh Cristo”, dijo Lutero, “Yo soy tu pecado, y tu eres mi justicia” (2 Cor 5:21). Y eso, no por alguna transacción externa y abstracta, sino por su solidaridad hasta las últimas consecuencias. “Fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8). Habiéndonos amado, nos amó hasta el fin (Jn 13:1).

[1] La traducción de 2 Cor 5:21 en la Nueva Versión Internacional, “Dios lo trató como pecador”, no refleja del todo el sentido del texto griego, huper hêmôn hamartian epoiêsen; “por nosotros lo hizo pecado”.

[2] El primer capítulo del Libro III (3.1) es completamente nuevo en la edición de 1559, como es también el lugar definitivo asignado a la unión con Cristo en todo el tercer libro (Barth, Church Dogmatics, IV/3: 552-3).

[3] Sin duda estas formulaciones pueden prestarse a exageraciones o malos entendidos, pero captamos mejor su fuerza y su profundo sentido, según Calvino mismo, si lo sobreformulamos.


Juan Stam

Costarricense, Doctor en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Por muchos años fue profesor del Seminario Bíblico Latinoamericano (hoy UBL), de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica, y de otras instituciones teológicas en San José. Es autor de muchos artículos y varios libros, en especial, el comentario a Apocalipsis de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano.

jueves, 9 de mayo de 2013

El ministerio que Dios nos ha dado.


Oscar Fernández Herrera

En los últimos tiempos se ha dado un debate respecto a la existencia del controvertido ministerio apostólico y sobre el orden jerárquico que ostentan quienes pretenden utilizar este título dentro del liderazgo. Incluso, he escuchado que, al parecer, ahora nos encontramos con una nueva figura ministerial llamada: “Padre Espiritual”. Estos creen que pueden estar por encima de los apóstoles. En otras palabras, brindan cobertura y son los “apóstoles de apóstoles”. Sin embargo, no es mi intención unirme a ese debate (aunque ganas me sobran), sino animar a la reflexión basada en lo que encontramos en Dios y en su Palabra.
Normalmente cuando se analizan estos temas, nos dirigimos a los pasajes de Efesios 4 ó 1 Corintios 12, que nos muestran una lista de dones y ministerios. Podemos afirmar que estos ministerios existen desde la perspectiva divina, pero me parece que estamos olvidando el propósito por el cuál fueron dados y nos hemos apropiado de éstos como si fueran de nuestra posesión.
Pero si somos buenos estudiantes de la Palabra, nos daremos cuenta de que estos pasajes fueron escritos en un contexto de unidad.  Tanto en el caso de 1 Corintios, como en el de Efesios, se hace una referencia directa a la unidad, la fuente de esos dones es una, y la intención también es única:“perfeccionar a los santos para la obra del ministerio.
Mi propuesta es que hagamos una aproximación al texto. En primer lugar, en 1 Corintios 12,1, la Reina Valera dice: No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Esta traducción, en mi opinión, está mal planteada, porque en este texto en su versión griega, no aparece la palabra “dones”, sino pneumatikon, cuya traducción más correcta debería ser: “No quiero, hermanos que ignoréis acerca de los asuntos espirituales”.
Debemos recordar que uno de los motivos por los cuales Pablo escribió a los corintios fue ayudarles a enfrentar sus problemas de divisiones y confusión existentes en la comunidad.  Él desea tratar asuntos espirituales, y no es hasta el verso 4 que hace referencia a los dones, cuando dice: Ahora bien, hay diversidad de dones. En este pasaje sí que se hace dicha referencia cuando se utiliza la palabra: chárismaton, y se habla tanto de la diversidad de ellos como de su fuente.
Deseo detenerme en este asunto de los charismas de Dios reflejados en este pasaje. Si hacemos un análisis de esta palabra, descubrimos que los dones y los vocablos afines, vienen cualificados en primer lugar por el motivo por el que se dan o por el propósito con el que se dan. Lo característico no es aquí el acto de dar, que es siempre el mismo (dídomai), sino la intención del donante.[1]
También debemos tener claro que, en el contexto bíblico nos encontramos con varias palabras que se traducen como “don”; una de ellas es döron, que también se traduce como regalo y otra es carisma, también traducida como “don”.
La palabra que aparece en 1 Corintios no es döron, sino chárismaton (que se traduce como dones de gracia) y que se deriva de chárisma. Cuando hablamos de chárisma, estamos pensando en una palabra que en su etimología surge de charis (gracia), que se refiere a la gracia divina.  Esto nos indica que es algo que proviene directamente de Dios hacia el ser humano y pertenece exclusivamente a la Deidad. Esa charis es de Dios y no le pertenece a ninguna persona.  Para Pablo esta gracia tiene que ver, particularmente, con la acción salvadora de Dios en Jesucristo, y esechárismacapacidad gratuita personal, tiene como reflejo el servicio espiritual hacia la comunidad, sin olvidar que “don”  involucra la gracia (charis) de parte de Dios como el que realmente la da, tal como afirma el Diccionario Vine del Nuevo Testamento.[2]
Ciertamente, Pablo afirma que hay diferentes tipos de dones (chárismas), y también indica que la fuente es la misma, a saber, la trinidad divina e incluso podemos observar algunas pequeñas diferencias a este respecto.  Revisando 1 Cor. 12.1-4, vemos que los dones tienen que ver con el Espíritu, los ministerios (diakonion, algo que abordaré más adelante), tienen que ver con el Señor y diferentes actividades que vienen de Dios. Al repetir tres veces el concepto de unidad reflejada en las palabras “es el mismo” se nos indica que no podemos pasar por alto que el autor sigue haciendo énfasis en la fuente y que ésta, per se, también está unida. El mismo Espíritu, el mismo Señor, el mismo Dios, una hermosa imagen de la trinidad otorgando esos dones a las personas.
Por lo tanto, esto nos indica en primer lugar, que la fuente y el dueño legítimo es Dios, no nosotros como individuos. En segundo lugar, que la intención del autor es que nosotros podamos conocer que, así como la fuente es única, los dones también son para uso del cuerpo de Cristo, es decir su iglesia y para que ese cuerpo, como un todo, pueda crecer a través de su aplicación.
Estoy seguro de que todos conocemos esto, lo cual me lleva a una pregunta: ¿Por qué la iglesia, como cuerpo de Cristo, pierde su tiempo en discusiones con respecto a quién tiene o no tal don, privilegiando alguno de ellos como si eso implicara tener una mejor posición espiritual? Al parecer, nos estamos olvidando de a quién pertenecen esos dones y para qué sirven, algo que, afortunadamente, nos aclara el autor en el versículo 7: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos”.
Este es el objetivo de los dones o carismas de Dios, el bien de todos y no expresar lo especial que puede ser una persona o escuchar frases tales como: “como Dios usa a tal persona” o “que especial es esa persona, ¡cómo la usa Dios!”. Lo cual se traduce en pura adulación hacia quien posee el don en cuestión y olvida a su verdadero propietario.
Es muy probable que estemos haciendo un daño irreparable a ese hermano o hermana que es usado o usada por Dios, y le estemos dando la posibilidad de que el enemigo llene su corazón de orgullo. Debemos recordar que la palabra “dones”, en este contexto, no se refiere a un regalo u obsequio de parte de nadie. ¡No! Esta palabra habla de la gracia de Dios que capacita a las personas para el cumplimiento de una labor específica.
Ahora, revisemos brevemente el pasaje de Efesios 4, en el cual Pablo afirma: les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido” (NVI).  En otras palabras, debemos vivir según la dignidad del llamamiento recibido. Aún más, creo que podría decirse que la intención del autor apunta a la necesidad de caminar en rectitud, humildad y mansedumbre, como se puede apreciar en la totalidad del texto.
Es interesante notar que Pablo sigue con el tema de la unidad, alienta a guardar la unidad del Espíritu y sigue poniendo el ejemplo del cuerpo, mostrando otra vez la idea trinitaria… un Espíritu, un Señor, un Dios y Padre.  ¡Qué interesante!  De nuevo se muestra la unidad de la trinidad en funciones diferentes, aunque siempre actuando como uno solo.
Ahora bien, se nos indica en los versículos 7 y 8 que se nos fue dada la gracia (charis) conforme a la medida del don de Dios, y dio dones a los hombres.  Cuando leemos la palabra “don” o “dones”, en este caso no se está usando la palabra “chárismas”, sino “doreá”, que también se traduce como don o regalo.  Pienso que es un juego de palabras que utiliza el autor para dejar claro que por un lado están los regalos dados por Dios y por otro los carismas, que tienen una fuente y una función específicas, haciendo la misma aplicación que encontramos 1 Corintios 12.
Si seguimos adelante, en el pasaje en cuestión, podemos leer en el versículo 11 (según R.V.) lo siguiente: “Y él mismo constituyó a unos,  apóstoles;  a otros,  profetas; a otros,  evangelistas;  a otros,  pastores y maestros”.  Pero, en esta traducción parece apreciarse una cierta pérdida de la idea original con la que el autor pretende abordar el tema.  Creo que es mejor la traducción de la versión Dios Habla Hoy, que reza como sigue: “y él mismo concedió a unos ser apóstoles y a otros profetas, a otros anunciar el evangelio y a otros ser pastores y maestros.” Si somos buenos observadores, podemos apreciar que se cambia la palabra “constituyó” por la palabra “concedió” que, a mi parecer, es más apropiada, ya que ésta en su versión griega es “edoken”, un verbo en tiempo aoristo, en modo indicativo, voz activa y tercera persona del singular del verbo “didomi”[3], (que sea un verbo en modo indicativo quiere decir que podría expresarse como un hecho, como una realidad observada o concebida, algo que se dio en el pasado, que el tiempo sea aoristo (nuestro pretérito indefinido en castellano) implica que es una acción puntual que se produce en un momento particular), y que se traduce al español como Él concedió, coincide mejor con la idea que hemos venido expresando. En otras palabras, concluimos, según lo dicho, que es Dios quien da el don, porque le pertenece a Él.
Más tarde. aparece la lista de los dones concedidos; a unos dio (el don) de apóstoles, a otros (el don) de profetas, a otros (el don) de evangelistas y a otros (el don) de pastores y maestros, lista a la que no deseo referirme porque no es mi intención abordar dicha temática. Aunque sí quisiera detenerme en el resto del pasaje, porque nos proporciona el propósito de la concesión de esos dones.
En los versículos 12 y 13 podemos leer: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.  Esto señala el propósito de esos dones: primero, para perfeccionar a los santos para la obra del ministerio; segundo, para la edificación del cuerpo de Cristo y poder realizar esa labor de llegar a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios y construirnos como esas personas perfectas cuya estatura se iguale a la “plena estatura” de Cristo.
Ahora nos detendremos en el verso 12, y propongo esta paráfrasis: “con el propósito de que a través de un proceso de ajuste esto resulte en una preparación completa, equipar a los apartados para Dios para la tarea del servicio para animar al cuerpo viviente de Cristo…” Lo que quiere decir que esto nos recuerda que la función de los dones es capacitar, equipar y animar a la iglesia, el cuerpo de Cristo, los santos, para una función específica: ¡Servir!
Veamos la palabra que hace referencia a ministerio; esta proviene de diakonias. La palabra servicio y sus derivadas, designan una actividad impuesta por otra persona (esclavo) o voluntariamente aceptada, cuyo provecho o utilidad redunda total o de forma especial en beneficio de la persona o cosa a la que se sirve. Servir se opone a dominar y la actitud que le corresponde es la humildad, que se contrapone a la soberbia. El que sirve está en una relación de dependencia y su libertad queda limitada.[4]
En el griego antiguo el diakonos (diacono) es, en primer lugar, el que sirve a la mesa. Esta labor se considera muy humilde y nunca es realizada por personas libres, sólo los esclavos ejercían esta labor. Eso es lo que lleva implícito la idea de la diakonía: la acción de servir como un esclavo. Por lo tanto. cuando hablamos de nuestro ministerio, ¿De qué estamos hablando? ¿De nuestro servicio? ¿Vemos el ministerio como la posición que Dios nos ha dado y entendemos la lista de Efesios como una jerarquía del servicio, como muchos han pretendido, acariciando la idea de que los apóstoles están por encima de todos los demás y menospreciando como un rango inferior a los pastores y maestros? ¿Es este el sentido real de lo que el autor de Efesios nos enseña?
Este servicio tiene también un objetivo: que lleguemos a la unidad de la fe. Y pregunto: ¿Están los “ministros” actuales caminando y dirigiendo a la iglesia hacia ese objetivo? Desgraciadamente me parece que no. Pareciera que cada quien esté trabajando en su propio interés, porque es evidente que cada vez se dan más divisiones y diferencias en cuanto a la fe. Y esto lo digo en términos generales, porque no se puede negar que hay siervos y siervas de Dios que sí están tratando de hacer aquello que Él les ha llamado a hacer.
Tengo un amigo que profesa ser católico, y en una conversación que tuve con él me indicó lo siguiente: “Si ustedes los evangélicos dicen que tienen la verdad, ¿Por qué hay tantas clases de evangélicos? Nosotros, por los menos somos católicos que nos regimos por lo ordenado por el Papa y todos somos iguales”. Y saben, de alguna manera tuve que darle la razón, porque resulta increíble que nosotros, los que decimos que tenemos la revelación de Jesucristo, nos separemos unos de otros por diferentes criterios interpretativos de la Palabra.
Es interesante notar cómo los ministros o “servidores” actuales están pensando en qué clase de hotel van a estar o cuál será el coche que los recogerá. También resulta interesante el hecho de que algunos “ministros” cobren cuotas para cobertura espiritual, o saber que si a alguno de ellos no se les paga cierta cantidad de dinero, no pueden servir a la comunidad; “ministros” de alabanza que piden camerinos y ser atendidos como estrellas del espectáculo. Estoy convencido de que es justo que el obrero sea digno de su salario y de que los encargados de ministrar debemos vivir con dignidad, pero cuando eso implica dejar de servir porque no se cubren los honorarios suficientes para lucir el coche de último modelo o para pagar la casa de lujo, creo que se está incumpliendo el objetivo de ser undiakonos, un servidor.
Edificar el cuerpo de Cristo tiene  que ver con otra función del servicio que viene provocado por el ejercicio de los dones que Dios concede. Edificar, básicamente significa, según el diccionario de la Real Academia: Fabricar, hacer un edificio o mandarlo construir. Aunque esta es la palabra con la que se traduce oikodomen, me gustaría aportar una traducción alternativa: “animar o alentar”; me gusta más, porque creo que una de las funciones del servicio es la de animar al cuerpo de Cristo, a su iglesia. Esta es una función primordial en la actualidad. Muchos se cansan y, desgraciadamente, se alejan del Señor. Se necesitan animadores, personas que alienten a los más débiles a seguir adelante en pos de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.
¿Y cuándo tendremos que dejar de hacer estas cosas? Como señalé más arriba, y como también dice Pablo en Efesios 4,13: cuando todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a la persona perfecta, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Cuando alcancemos eso, ya podremos afirmar que hemos hecho lo que el Señor estaba pensando cuando nos convirtió en albaceas de su gracia.
Mi intención con este artículo, amados y amadas, es que ¡pongamos nuestras barbas a remojar! Que nos evaluemos a nosotros mismos y que pensemos en cómo estamos usando los dones que el Espíritu nos ha conferido. Evaluemos lo que estamos alcanzando con el uso de esos dones; valoremos la clase de servicio que estamos dando al Señor y cómo lo estamos haciendo.  El mejor ministerio que podemos tener es el que se nos presenta en 2 Corintios 5.18-19 “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.”


[1] Coenen, Beyreuther, Bietrnhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Vol.I, Edic. Sigueme, 1998
[2] Vine, W.E., Vine Diccionario Expositivo de Palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento Exhaustivo, (Nashville: Editorial Caribe) 2000, c1999.
[3] Bible Works for Windows, 2001, version.5.0.02
[4] Coenen, Beyreuther, Bietrnhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Vol.II, Edic. Sigueme, 1998


Autor/a: Oscar Fernández Herrera


Estudió Maestría en Liderazgo Organizacional, Gerencia de proyectos y Orientación Familiar. Es Bachiller en Teología y ejerce como profesor, terapeuta/consejero y director del Ministerio Internacional Formador de Formadores.
    Fuente: Lupa Protestante
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