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viernes, 22 de febrero de 2019

Perder el miedo, recuperar la esperanza: propuestas para dialogar.


Surgirán muchos falsos profetas que engañarán a muchos. Y, al crecer la maldad, se enfriará el amor de muchos. Mt 24, 11-12.

por Francisco José Pérez · en Democracia y participación política.

Tras dos entradas anteriores, centradas en algunas señales del presente, intentando descubrir tendencias de futuro, los resultados electorales en Andalucía invitaban a volver revisar las reflexiones, pero tal vez sería caer en ese “…exceso de diagnóstico que no siempre está acompañado de propuestas superadoras y realmente aplicables” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium 50). Por eso, dejamos de lado las tentaciones para seguir el hilo de la reflexión.


El discurso y las tendencias de fondo


Resumimos algunos factores tras el auge de los nuevos totalitarismos: 
Cultura dominante con fuertes signos de deshumanización. 
Importante desapego de la ciudadanía de las opciones de izquierda, debido más a la indefinición e incoherencia en que ésta se mueve, que a un proceso de derechización social; indefinición relacionada con el hecho de que en bastantes partidos y movimientos que se pretenden liberadores, su cultura política está cada vez más colonizada por el liberalismo dominante. 
Contradicción entre neoliberalismo imperante tras el actual modelo de crecimiento económico y democracia, y que da lugar a una concentración de la riqueza y un aumento de la desigualdad sin precedentes, que amenazan el Estado de bienestar y generan frustración en buena parte de la población que, sin empleo o empleos precarios y sin perspectivas de mejora, se ve empujada electoralmente al autoritarismo en boga. 
Una democracia cada vez más servil, cuando no instrumento, de los intereses dominantes. Así, en su nombre, se invaden o destruyen países (Irak, Libia, Siria…) para defender intereses de las élites dominantes. Esta nueva forma de gobierno utiliza la conversión de los conflictos políticos en conflictos mediáticos, gestionados por técnicos de publicidad y comunicación, sin dudar en recurrir a la mentira, a fake news, para anular la conciencia crítica. 


Nuevo totalitarismo, pues, que se extiende agitando los fantasmas del miedo, manipulando los problemas sociales que utiliza como señuelo y ocultando sus verdaderos intereses neoliberales: fiscalidad favorable a las élites económicas, eliminación de derechos laborales y sociales, reducción y/o eliminación de redes de protección social (desempleo, pensiones de jubilación, seguridad social…), retroceso en los derechos y libertades… algunos ejemplos:


Nacionalismo


El auge de nacionalismos radicales vinculados a la idea de soberanía y a la reivindicación del Estado-nación frente a la globalización capitalista, es una de las principales banderas del totalitarismo, y lanza el mensaje de que basta con abandonar la Unión Europea y recuperar el poder de un estado fuerte, para solucionar los problemas. En nuestro caso, el “nacionalismo español” se ve potenciado por el catalán, que sustenta la misma idea: basta separarse del Estado español para solucionar los problemas, lo que da lugar a una guerra de banderas ondeadas para reclamar derechos frente a otros: primero los españoles, los catalanes; fuera extranjeros… y se reduce la liberación a determinados grupos, excluyendo a muchos otros a los que se les acusa de ser la causa de todos los males: recortes, paro…


Una propuesta liberadora, en un mundo global, ha de incluir la emancipación de todas las personas subordinadas y subyugadas por el capitalismo globalizado. No podemos seguir sacrificando a millones de personas, a pueblos expoliados y abandonados a su destino… para mejorar el bienestar de unos pocos.


Migrantes y refugiados y racismo colonial


Su rechazo, estrechamente vinculado a los nacionalismos, se basa en presentarlas como un grave problema, nunca como oportunidad, de forma machacona hasta convertirla en una de las preocupaciones más importantes para la ciudadanía. Lo realmente grave de estos mensajes racistas y xenófobos es que llegan a convertirse en argumentos de las demás fuerzas políticas, uno de los principales logros del nuevo totalitarismo, ya que refuerza la idea de necesidad de respuestas autoritarias. Estas ideas calan fácilmente en trabajadores “nacionales” que ganan menos que hace 30 años y ya no constituyen una fuerza organizada en sindicatos; terreno abonado para convencerles de que su enemigo son los migrantes y no la concentración brutal de la renta y la riqueza, fruto de las políticas neoliberales que van a apoyar con sus votos.


Patriarcado


El combate de la “ideología de género” se ha convertido en otra de las banderas neototalitarias. Los avances en la igualdad de las mujeres y la conquista de su legítimo lugar en la sociedad, impulsados por los movimientos feministas, son vistos como una inversión de papeles tradicionales, propagando la idea de que los varones se encuentran en la actualidad subyugados y sin posibilidad de liberarse, y que cualquier intento de mantener la situación tradicional es denunciada como machismo.


Crisis ecológica y negacionismo


Los nuevos movimientos totalitarios coinciden en poner en duda la existencia del calentamiento global, de la crisis ecológica y energética… y, cuando las evidencias resultan aplastantes, se conforman con restar importancia a esos graves problemas que amenazan la supervivencia humana y la del planeta. Esas negaciones conectan con un sentimiento extendido entre muchas personas, especialmente en los países desarrollados: el miedo a perder su “bienestar”, su “comodidad”, su “calidad de vida”… Esas personas no dudan en aceptar esas teorías vinculadas a los nuevos totalitarismos, tal vez en el convencimiento de que así no van a poner en peligro su statu quo.


Estos discursos son difundidos masivamente a través de las redes sociales, mediante una estrategia publicitaria (memes) basada en la propagación masiva de ideas, conceptos o noticias, mayoritariamente falsas, a fin de captar adeptos. Su éxito queda patente en esa nueva mentalidad que parece encontrar cada vez mayor acogida, y que se apoya en el convencimiento de que los muchos y graves problemas (precariedad, falta de perspectivas vitales…) están vinculados con la desaparición de la sociedad blanca y española/europea/… en la que la mujer desempeña un papel subordinado, y en la que los derechos y oportunidades son solo para los nacionales…


En resumidas cuentas, el nuevo totalitarismo se basa en la defensa a ultranza de los cuatro principales ejes que vertebran la explotación y dominación: la esfera económico laboral, basada en la propiedad privada; la esfera patriarcal, basada en la superioridad del hombre sobre la mujer; la esfera colonial, basada en supremacía de unos pueblos y personas sobre otros; y la esfera ecológica, que reduce la naturaleza a factor de producción.


La defensa de esas formas de explotación y dominación la realizan reduciendo a un burdo maniqueísmo importantes problemas sociales, y ocultando sus verdaderos intereses; no en vano nacen vinculados a sectores neoliberales (empresariales, financieros, mediáticos) cuya finalidad es mantener un orden y unos privilegios concretos. Ahí están sus medidas destinadas a bajar los impuestos a empresarios y grandes fortunas; su negacionismo ecológico en defensa de los intereses de compañías eléctricas, petroleras, automovilísticas; de empresas interesadas en frenar directivas e iniciativas contra el cambio climático, o que traten de combatir emisiones tóxicas… A extender la lógica de la explotación y la dominación lo más posible, tanto para los trabajadores, limitando sus derechos laborales y sociales, como para la naturaleza, defendiendo el productivismo y la sobreexplotación de los recursos naturales, sin trabas fiscales o de cualquier otro tipo.


Las élites capitalistas ven en estas fuerzas una oportunidad de seguir manteniendo su lógica de acumulación y ampliando las desigualdades hasta límites insoportables. Estas estrategias están dando lugar, por otra parte, a unas condiciones propicias para la manipulación. Como señalaba Belda: “Desde el punto de vista sociológico, la manipulación supone un modelo de sociedad elitista y autoritario, basada en la desigualdad social. Este modelo puede concretarse en formas muy diversas, que van desde una sociedad descaradamente fascista a una sociedad ¡industrial avanzada formalmente democrática (…) el dinamismo requiere estos tres soportes: a) desigualdad social institucionalizada; b) relaciones sociales basadas en el dominio de una minoría sobre la mayoría; c) manejo de la conciencia individual gracias a los servicios de las instituciones educativas y de los medios de comunicación de masas” (Iglesia viva nº 57, 1975, pág. 258-259).


Frente a esta manipulación estructural sólo cabe la alternativa de una reestructuración social, en la que, desde una verdadera democratización, se logre desposeer a las nuevas clases de poder, de sus injustas apropiaciones explotadoras y manipuladoras, para devolvérselas al ser humano y al pueblo.

miércoles, 11 de abril de 2018

Maestro, ¿dónde vives?


M. Carmen de la Fuente

“Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38) es una pregunta que resuena fuerte en el interior de las mujeres y hombres que deseamos encontrarnos con Jesús, para conocerle más, amarlo más y seguirle más. Una pregunta que nos compromete, porque conocemos la respuesta, “venid a verlo” (Jn 1, 39) y porque sabemos que, si su mirada se cruza con la nuestra, su fuerza nos moverá a ir, a ver y a pasar el resto del día con él.

“Maestro ¿dónde vives?” nos ha llevado a Melilla-Nador, un lugar que, si alguna cosa es, es frontera, porque allí la frontera lo empapa todo. Una frontera que separa dos mundos que nos esforzamos en mantener alejados. Una frontera que hiere y mata a hombres y mujeres cada vez más jóvenes. Una frontera que no queremos mirar pero que es tan nuestra como de quien la construye y la protege. Una frontera a la que vivimos de espaldas porque duele, porque sabemos que está construida sobre nuestro miedo, nuestra indiferencia y nuestro egoísmo. Una frontera que se reproduce en nuestras calles, en nuestros barrios, en nuestro imaginario… para separar a los de aquí de los de allá, lo legal de lo ilegal, los documentados de los indocumentados, los que estamos de los que llegan…

Hasta ese lugar frontera llegamos un grupo de 35 personas para celebrar la Pascua en comunidad y acogidas por las comunidades que allí viven. Cada una desde nuestra historia, nuestra motivación personal y nuestro deseo: algunas movidas por la búsqueda y la necesidad de confirmar que sí, que Dios se hace presente también en la frontera; otras confiadas en vivir el encuentro porque saben que si Dios está en algún sitio, es en las fronteras y que es allí donde su rostro aparece con más claridad.

“Maestro ¿dónde vives?” es el interrogante que nos ha acompañado cada día durante esta Semana Santa y para el que hemos ido encontrando algunas respuestas, que no son definitivas y que no agotan la pregunta, pero que nos pueden ayudar a seguir nuestro camino.

El Maestro vive con y en las personas que sirven. Hombres y mujeres que además de servir para algo, viven sirviendo a alguien. Personas que curan las heridas del camino (las internas y las externas), que acompañan el sufrimiento, que simplemente están.
Son aquellas que suben al bosque para encontrarse con quien se esconde esperando la oportunidad de llegar al otro lado.
Son las que viven en lo alto del monte, entre la cárcel y el vertedero, acompañando a todo un barrio, llamando a cada vecino/a por su nombre.
Son aquellas que están rodeadas de menores extranjeros que viven en la calle, consiguiendo que por momentos dejen de ser “no acompañados” y recordándonos que también ellos son dignos de nuestra mirada.
Son aquellas que se ponen al servicio de quien ha conseguido cruzar la frontera –a pie de piedra, a pie de CETI- , ofreciendo herramientas para continuar su viaje.

Son mujeres y hombres de humanidad desplegada, que se arrodillan para lavar los pies de otros/as. Son presencia y puerta abierta. En ellas vive el Maestro mostrándonos como el amor puede –si queremos- convertirse en servicio.

El Maestro vive con y en las personas que sufren. Aquellas que vienen desde lejos recorriendo rutas imposibles que duran años. Personas que en el camino son convertidas en mercancía, extorsionadas, encerradas, maltratadas… pero que a pesar de tanto sufrimiento tienen una fuerza sobrehumana, alimentada por la fe en un Dios que sienten que los acompaña y los sostiene siempre y para siempre.
Son aquellas que sufren en un bosque en condiciones infrahumanas.
Son las porteadoras que cargan con bultos que valen más que su vida y que luchan cada día por pasar la frontera.
Son las que intentan saltar la valla una y otra vez, aunque en cada intento sean golpeadas de un lado y de otro, devueltas por la puerta de atrás y situadas de nuevo en el punto de partida.
Son los menores que viven en la calle esperando un hueco en los bajos de un camión o arriesgándose para “colarse” en un barco.

Son personas a las que tratamos de despojar de su humanidad, a las que recortamos su dignidad, a las que convertimos en cifras. Con ellas vive el Maestro (que también fue humillado ante la mirada de muchos) porque son sus elegidas, mostrándonos que la lógica de Dios es radicalmente opuesta a la lógica que mueve nuestro mundo.

El Maestro vive con y en las personas que esperan. Aquellas que mantienen la esperanza, a pesar de vallas y fronteras, porque saben que la muerte no tiene la última palabra. Son personas que esperan sin quedarse quietas, que viven en el camino con los sentidos afinados (mirando, escuchando, tocando, oliendo y gustando la Vida).
Son las que esperan que dejemos de dar rodeos, miremos al margen del camino -a la frontera- y que la compasión nos lleve a hacernos cargo, cargar y encargarnos de la realidad. Mientras tanto siguen gastando su vida curando las heridas de los que yacen “apaleados y medio muertos”.
Son aquellas que esperan que los estados dejen de protegerse con alambradas y concertinas, de las personas que huyen de la miseria que sostiene nuestro bienestar. Mientras tanto denuncian las situaciones de injusticia y vulneración de derechos humanos de las que son testigo.
Son las que sencillamente explican “esto tiene que ser de otra manera” y cuentan a quien se acerca a ellas el sufrimiento que han visto con sus propios ojos. Con su relato lleno de rostros desean contagiarnos de la humanidad que vamos perdiendo, mientras esperan que la frontera deje de ser un lugar donde perder la vida.

Son personas que mantienen su compromiso con la Justicia y desde él nos interpelan continuamente. Con ellas vive el Maestro y en ellas sigue resucitando, manteniendo viva la esperanza (contra todo pronóstico).

“Maestro ¿dónde vives?”. Con las personas que sirven, con las personas que sufren, con las personas que esperan. Estos son los ecos de unos días en la Frontera Sur. Que este tiempo de Pascua que ahora comenzamos sea oportunidad para seguir encontrando al Maestro en nuestras fronteras, cada uno/a en las suyas: visibles e invisibles, internas y externas. Puede ayudarnos hacer el camino con los ojos bien abiertos y, quizá, dejar de mirar cerca y hacia arriba para mirar lejos y hacia abajo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Ternura y dinero.


J. I. González Faus. 

Si hay algo que nos realice y nos dé plenitud como seres humanos es eso que llamamos ternura. No una ternura simplona, sentimental y momentánea, sino eso que en tantas lenguas se designa con alusión a lo más visceral de nosotros: a lo que llamamos “ser entrañable”, con un término puesto audazmente en circulación por el Primer Testamento bíblico, para hablar de Yahvé.

Por otro lado, la experiencia nos habrá hecho ver en algún momento, que es ahí donde encontramos la más seria y más legítima afirmación de nosotros mismos. Pero a la vez: si hay algo que nos impida desplegar esa ternura y que la agoste en nosotros, es la pasión por el dinero: esa pasión nos lleva a buscar otra afirmación de nosotros mismos, falsa en este caso, siempre jadeante y siempre insatisfecha.


Creo percibir que esas dos dimensiones envuelven casi toda nuestra atmósfera actual. Por fortuna quedan aún suficientes gestos de ternura (otras veces he hablado de estrellas en la noche) que nos dan fuerzas para seguir viviendo. Cuando el pasado atentado de Manchester fue espontánea la oferta de familias y taxistas que se ofrecieron a hospedar en su casa o llevar gratis a dónde hiciera falta, a niños y adolescentes que habían perdido el contacto con sus padres, en el caos subsiguiente a la explosión. Y ahí está el heroísmo reciente de Iñaki Echeverría en Londres. Uno siente ganas de aplaudir, pero a la vez se pregunta por qué esos gestos no son más frecuentes en este panorama desolador que nos envuelve de atentados socioeconómicos cotidianos: en esas normativas de “austeridad para los pobres, crecimiento para los ricos”, o de “bienestar para los de casa e internamiento para los de fuera” (donde Gran Bretaña ocupa un lugar alto en la clasificación de inhumanidad); o ante esas leyes de terrorismo laboral, llamadas hipócritamente de “reforma”…


Y la respuesta me parece clara: es el dios dinero el que ahoga eso mejor de nosotros que la otra barbarie terrorista hace aflorar de vez en cuando. ¡Qué pena que sólo sepamos ser verdaderamente humanos cuando la inhumanidad nos golpea salvajemente! Evocando otra vez a A. Camus: “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”; pero ¿por qué será que esos trazos admirables sólo se dibujan cuando estalla la peste?


En una de las obras más importantes del siglo pasado (Lo pequeño es hermoso) E. Schumacher tiene un capítulo titulado “paz y permanencia”, donde critica esa ideología dominante de que “el camino de la paz es el camino de la riqueza”: que cuando todos seamos ricos se acabarán las guerras. Esa ideología llevó a la atrocidad de Keynes (tan meritorio en otros campos) de que “debemos pasar todavía cien años simulando ante nosotros mismos que lo bello es sucio y lo sucio es bello: porque resulta que lo bello es inútil y lo sucio no lo es… La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo”. Han pasado ya 87 años desde que se escribieron esas palabras y lo único que ha sucedido es que nos hemos vuelto todos más cínicos y unos pocos mucho más ricos, pero no que la paz esté más cerca. Porque (concluye Schumacher) “si los vicios humanos tales como la desmedida ambición y la envidia son cultivados sistemáticamente, el resultado inevitable es nada menos que un colapso de la inteligencia: un hombre dirigido por la ambición y la envidia pierde el poder de ver las cosas tal como son”. Y concluye citando a Dorothy Sayers “no pensemos que las guerras son catástrofes irracionales: las guerras ocurren cuando formas erróneas de pensar y de vivir conducen a situaciones intolerables”. Y situación intolerable es la de miles de millones de personas en nuestro mundo, mientras nosotros creemos ser felices celebrando, por ejemplo, un campeonato de liga ganado, en última instancia, a golpes de talonario. Así de estúpidos nos han vuelto.


¡Cuánta razón tenían Buda y Jesús de Nazaret! El primero pone de relieve la inmensa mentira de ese ego al que intentamos alimentar a base de dinero, y siempre sigue pidiendo más y más porque, en realidad, no se alimenta sino que se consume, ya que ni siquiera tiene verdadera realidad. El segundo con su sencilla radicalidad usual: “no podéis servir a Dios y al dinero”. Que para nuestro tema de hoy significa (¡oigamos bien!): “No podéis servir a la ternura y al dinero”.


Así estamos hoy por haber querido servir al segundo: faltos, totalmente carentes de esa ternura que sería la fuente de nuestra verdadera paz y de la única posible felicidad. Y así vuelven a cobrar enorme relieve aquellas palabras de Ignacio Ellacuría mártir precisamente por pensar de ese modo: nuestro mundo del s. XXI sólo puede tener solución en “una civilización de la sobriedad compartida”. Si no, acaba pasando que, mientras el dinero intenta acomodarnos en una “banalidad” del mal, la guerra reaparece para recordarnos la intolerabilidad del mal.


jueves, 13 de julio de 2017

Espiritualidad y mística de la ecología integral.


Agustín Ortega. 

Como conclusión o síntesis de sus Ejercicios Espirituales (EE), San Ignacio presenta la “contemplación para alcanzar amor” (EE 230-237), en donde se manifiesta toda una sensibilidad ecológica, espiritual y mística. 

Tal como ha desarrollado el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ (LS), por ejemplo en su último capítulo, con una espiritualidad ecológica integral. “Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vejetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender; asimismo haciendo templo de mí seyendo criado a la similitud y imagen de su divina majestad; otro tanto reflitiendo en mí mismo, por el modo que está dicho en el primer puncto o por otro que sintiere mejor. De la misma manera se hará sobre cada puncto que se sigue. [236] El tercero considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis. Así como en los cielos, elementos, plantas, fructos, ganados, etc., dando ser, conservando, vejetando y sensando, etc. Después reflectir en mí mismo. [237] El quarto: mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba, así como la mi medida potencia de la summa y infinita de arriba, y así justicia, bondad, piedad, misericordia, etc., así como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas” (EE 235-237).

Se nos presenta pues una espiritualidad estética en la búsqueda de Dios en todas las cosas, una mística de la vida, naturaleza e historia. Con la oración-contemplación de la belleza en la acción de Dios que se manifiesta y actúa en toda la creación, en esa casa común que nos ha regalado como es el planeta. Es el Dios que ha destinado la tierra con sus frutos y bienes para cuidarlos, fecundarlos y que se compartan entre toda la humanidad de forma justa, con equidad y al servicio del bien común más universal. Tal como se significa en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. “Para la experiencia cristiana, todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva: «el Cristianismo no rechaza la materia, la corporeidad; al contrario, la valoriza plenamente en el acto litúrgico, en el que el cuerpo humano muestra su naturaleza íntima de templo del Espíritu y llega a unirse al Señor Jesús, hecho también él cuerpo para la salvación del mundo»” .

En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia, que tiende a manifestarse de modo sensible, logra una expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico: «¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, «la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo». Por eso, la Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado” (LS 235-236)

Como se observa, en la línea de la teología y la filosofía o de las ciencias, como nos transmitió de forma muy significativa el jesuita T. de Chardin, se visibilizan las claves para una espiritualidad en una antropología y ecología integral. Con la ética, principios y valores morales tal como nos enseña el pensamiento social de la iglesia, expresado por la LS. Tal como fue anticipado de forma pionera por los santos como San Francisco o San Ignacio, auténticos maestros y testigos de esta sabiduría espiritual, mística y ecológica global. Una antropología y ecología con la ética del cuidado de la vida y de la justiciaen todas sus dimensiones: personal, psicológica, ética, social, ambiental y espiritual. Una conversión ecológica con el servicio y compromiso por unas relaciones fraternas, solidarias y justas con los otros, con los pobres, con esa casa común que es el planeta y con el Dios de la vida revelado en Jesucristo. Es el Dios Trinitario, entraña y modelo de estas relaciones fraternas y de comunión solidaria.

“Las Personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones. Las criaturas tienden hacia Dios, y a su vez es propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa, de tal modo que en el seno del universo podemos encontrar un sinnúmero de constantes relaciones que se entrelazan secretamente. Esto no sólo nos invita a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas, sino que nos lleva a descubrir una clave de nuestra propia realización. Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad” (LS 240).

Toda esta espiritualidad y teología es la base del humanismo ético y cristiano que promueve el conocimiento de lo real, el desarrollo solidario e integral. Como nos muestra el jesuita mártir I. Ellacuría y el pensamiento latinoamericano, se trata de ser honrado con lo real. Haciéndonos cargo de la realidad, del clamor de los pobres y de la tierra que impulsa esta ecología integral con el amor civil, caridad política y justicia socio-ambiental para transformar la realidad con su cultura, relaciones humanas y estructuras sociales. “El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». Por eso, la Iglesia propuso al mundo el ideal de una «civilización del amor». El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: «Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción». En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica” (LS 231)

Todo este pensamiento social y ética con la ecología integral nos transmite los valores y principios del bien común, del destino universal de los bienes y la dignidad del trabajo. Con un estilo de vida sobrio, solidario y sostenible con la pobreza evangélica como iglesia pobre con los pobres; frente al egoísmo e individualismo insolidario y posesivo con sus ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y del tener, del consumismo y hedonismo. En contra de la tecnocracia (LS 106-114) que convierte al mercado, la propiedad y el capital, como es la banca-finanzas, en falsos dioses que de forma relativista e idolátrica, con su utilitarismos y competitividad, se imponen sobres estos valores y principios que, con toda esta ética y ecología integral, es lo más importante. Una espiritualidad y mística de la ecología integral que se fecunda en la alegría y en la acción de gracias, en la misericordia y compasión al servicio de la fe, cultura y justicia con los otros, con los pobres de la tierra y con el planeta.

miércoles, 29 de marzo de 2017

“Carta de Dios a un humano”



*No puedo decirte si existo o no, pero si puedo regalarte unas palabras…*
*Deja de rezar, deja de darte golpes en el pecho, lo único que quiero es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida; que goces, que cantes, que hagas arte, que llores, que rías…*
*He dejado las estrellas en el firmamento, las flores del campo, el amanecer y el atardecer para que me veas; las aves cantoras, el murmullo de la brisa para que me oigas; he dejado los frutos y nada he querido negarte para que siempre me recuerdes y sepas que te amo.*

*Olvida los templos, las iglesias… mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti, mi casa está en ti , en todo los hombres y mujeres, animales y plantas, en todas las cosas que existen; esa es mi casa.*

*Yo no tengo sacerdotes, pastores, gurús, rabinos; no busques tu camino con ellos… la vida se trata de encontrar tu camino mirando hacia tu interior, descubriéndolo por ti mismo.*

*No podrás encontrarme en ninguna Biblia, en ningún Corán, Canon pali, Torá, Araniaka o en algún otro libro… Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus padres, en los ojos de tus hijos o los del ser amado… No me encontrarás en ningún libro.*

*Deja de culparme de tu vida; eres tú mismo que te has encadenado a ti mismo, a tus vibraciones negativas; te has encadenado a la envidia, al egoísmo, al odio, a la vanidad, a los celos, a todo eso te has atado; eres sólo tú quien ha querido sufrir. Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.*

*No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de vivir…*

*Yo puedo existir para ti si tu eliges que exista, puedes darme la imagen que tú desees; puedes creer en mi si tú lo deseas, pero… no es lo que yo deseo… no quiero que creas en mí, quiero adores a la vida, que adores a tu propio cuerpo, quiero que creas en el respeto, en la naturaleza. Quiero que sientas toda la vibración del universo cuando besas a tu ser amado, cuando logras ver los ojos de tus hijos, cuando me ves en la sonrisa de tus padres.*

*Y si en realidad deseas buscarme, comienza por buscar dentro de ti, descubrirás que soy parte de ti y tú eres parte de mi… y sobretodo, descubrirás que ambos formamos este hermoso, perfecto y poético ente llamado universo.*

(No hemos podido saber el autor de esta carta preciosa)

viernes, 27 de enero de 2017

La hospitalidad con los refugiados en el hinduismo.


Javier Ruiz Calderón (Shánkara)

El hinduismo es una religión de emigrantes. Alrededor del año mil AEC llegaron a la India unas tribus indoeuropeas procedentes del norte de Asia que probablemente habían abandonado su lugar de origen buscando mejores climas. Se instalaron en el norte de la India, donde se mezclaron con los nativos dando lugar a la religión híbrida —como todas— que actualmente conocemos como el hinduismo.

La India ha sido un hogar para los refugiados de todas las religiones y sectas. A lo largo de milenios han ido llegando al subcontinente oleadas de personas que huían de la persecución política y religiosa, no solo de los países vecinos (los actuales Pakistán, Bangla Desh, Tíbet y Sri Lanka) sino también de Afganistán, Irán, Irak, Somalia, Sudán y hasta Uganda. Eso se debe en parte a que la tolerancia de la diversidad característica del hinduismo hace que le resulte más fácil acoger a los que llegan de otras latitudes.

Merece la pena citar extensamente a este respecto el final de la intervención de Swami Vivekananda en el parlamento de las religiones de Chicago de 1893, documento inaugural del hinduismo moderno:
«Me enorgullezco de pertenecer a una religión que ha enseñado al mundo tanto la tolerancia como la aceptación universal. No sólo creemos en la tolerancia universal, sino que aceptamos que todas las religiones son verdaderas. Me enorgullezco de pertenecer a una nación que ha amparado a los perseguidos y refugiados de todas las religiones y todas las naciones de la tierra. Me enorgullezco de deciros que hemos acogido en nuestro seno los restos más puros de los israelitas, que vinieron al sur de la India y hallaron refugio con nosotros el mismo año en que la tiranía romana hizo pedazos su templo santo. Me enorgullezco de pertenecer a la religión que ha protegido y sigue sosteniendo lo que queda de la gran nación zoroástrica. Os voy a citar, hermanos, unos versos de un himno que recuerdo haber repetido desde mi primera infancia, que recitan todos los días millones de seres humanos: «Como todos los diferentes ríos nacidos en lugares diferentes mezclan sus aguas en el mar, del mismo modo, Señor, los diferentes caminos que toman los hombres debido a sus tendencias diversas, aunque parezcan distintos, sinuosos o rectos, todos llevan a Ti».

A los mencionados por el swami habría que añadir más recientemente los refugiados tibetanos, los rohingyas de Mianmar, etc.
Esta tradicional apertura a lo diferente y a lo ajeno sigue vigente en el estado laico actual. Aunque la India no haya firmado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y no cuente con una ley nacional sobre refugiados, la constitución protege los derechos humanos de los refugiados y los solicitantes de asilo, que tienen acceso a los servicios de salud y cuyos hijos pueden asistir a la escuela.

Sin embargo, en el hinduismo siempre han coexistido un ala abierta, tolerante y acogedora y un ala intolerante y cerrada al diálogo con las demás religiones, en especial con el islam y el cristianismo, a los que considera religiones extranjeras e invasoras, lo que ha dado lugar a conflictos con esas comunidades. En esta línea se encuentra el partido que está en el poder en estos momentos, el «nacionalhinduista» BJP, cuyo primer ministro, Modi, ha declarado que la India es el hogar natural de todos los hindúes (no de todas las personas de origen indio) y que todos ellos serán bien recibidos en ella cuando lo necesiten. Eso hace que se tienda a acoger con los brazos abiertos a los refugiados hindúes, pero no tanto a los que no pertenecen a esa tradición, en especial a los de las religiones que se ven como adversarias. Lo que piensa en el fondo este hinduismo integrista es que la India es una civilización esencialmente hindú, y que las demás religiones pueden ser más o menos toleradas, pero de ninguna manera tratadas en pie de igualdad.

En las escrituras hindúes no hay mucha doctrina explícita sobre la manera correcta de tratar a los refugiados. Sin embargo, en las epopeyas —el Mahabhárata y el Ramáyana— se plantean narrativa y concretamente toda clase de cuestiones éticas, y queda claro que a los emigrantes que se comportan noblemente hay que tratarlos con la misma hospitalidad con que se debe acoger a las personas que llegan a nuestro hogar familiar. De hecho, los principales protagonistas de ambos relatos —los cinco hermanos Pándava y Rama y su familia, respectivamente— pasan años exiliados, lejos de su hogar y de su país, y se elogia abiertamente el comportamiento de las personas que, sabiendo quiénes son o sin saberlo, los reciben generosa y hospitalariamente.

Veamos, pues, lo que dicen las escrituras hindúes sobre el modo correcto de recibir a los visitantes. El Código de Manu, principal texto sobre el dharma (deber) del hinduismo, dice que, como siempre hay que ser generoso y compasivo con todos los seres vivos, al átithi (el visitante, «el que no se queda»), sea conocido o desconocido, hay que honrarlo y tratarlo con veneración, recibiéndolo aunque llegue a una hora inconveniente, y ofrecerle sin dilación un asiento, agua, comida lo mejor cocinada posible y conversación agradable. Solo se debe comer cuando el visitante haya acabado de hacerlo. Hay que prepararle un lugar para descansar, servirle adecuadamente y despedirse de él cuando se vaya. Todo esto en la medida de las posibilidades de cada uno. El Código de Manu no es un texto en absoluto igualitario, y por eso insiste en que el modo de recibir al visitante debe adaptarse a su nivel social, tratándose mejor a las personas de casta más elevada, pero no excluyendo de este buen trato a los siervos, las mujeres, los enfermos y las personas dependientes. Pero matiza que habría que abstenerse de ser hospitalario con las personas malvadas e hipócritas, incluidos los heréticos y los racionalistas —a los que la sociedad hindú de principios de la Era Común veía como pecadores de la peor especie—, así como cuando se tratara de una muchedumbre a la que sería imposible recibir adecuadamente.

El prestigioso intelectual hindú Satya Vrat Shastri trata el tema del «Respeto a los visitantes» en las páginas 235-240 de su libro Human values. Definitions and Interpretations, vol. I (Calcuta, Bharatiya Vidya Mandir, 2013), donde, citando una docena de textos tanto religiosos como literarios, da una versión actualizada del mismo asunto. Empieza enunciando el principio fundamental: átithi devo bhava: «que el visitante sea un dios para ti». Al visitante hay que tratarlo como si fuera Vishnu (Dios). Repite con otras palabras lo dicho por Manu, y añade que el átithi no es un invitado conocido (abhyágatas), sino un desconocido que llega a nuestro hogar y que, aunque haya que recibir con generosidad a cualquiera que llegue, conviene tener cuidado con los desconocidos y ser precavido con aquellos cuyos motivos no estén claros, para que no abusen de nuestra hospitalidad.

Tanto el hinduismo antiguo como el moderno, pues, predican una actitud hospitalaria, aunque prudente, con aquellos que llegan a nuestro hogar. Que esto no es una mera teoría sino una realidad práctica, lo demuestran los consejos sobre la etiqueta en la India que se leen www.protocolo.org, y que resumo a continuación: Los indios dan mucho valor al trato de sus invitados. Son unos excelentes anfitriones. Son tan atentos con los invitados y con los forasteros que estos pueden sentirse un poco abrumados por la gran cantidad de personas que los invitan a los más diversos eventos o actos tanto sociales como familiares. Generalmente, cuando alguien llega a la casa de una familia india a la que ha sido previamente invitado, es habitual que le pongan un pequeño collar o guirnalda de flores en señal de bienvenida. Para ellos el invitado es el «rey» de la casa y por ello se le trata lo mejor posible, con toda clase de atenciones. Tanto es así, que los errores que puede cometer el visitante en cuanto a las normas de comportamiento y etiqueta de la India le serán disculpadas.

Nunca hay que dar gracias por la comida, pues se considera un insulto agradecer algo que se ha ofrecido generosa y gratuitamente. Para ellos, dar las gracias por la comida es como pagar por ella, y pueden interpretarlo como una ofensa. La mejor manera de agradecerles la invitación es corresponderles con otra comida de características similares a la que ellos ofrecieron. Esa invitación significa que se valora la buena relación que se tiene con ellos.
Cualquiera que haya viajado a la India puede confirmar lo hospitalarios y generosos que son los indios con los forasteros. Hasta las familias más humildes se desviven para compartir de lo que no tienen con los desconocidos que aparecen por la zona donde viven. Recuerdo una familia musulmana que nos invitó a entrar en su chabola y se gastó lo que para ellos era un dineral para comprarnos una coca cola.

Así pues, en resumen: la hospitalidad para con los invitados y visitantes es una norma tanto del hinduismo como de la cultura india en general. Esa actitud debe extenderse a la manera en que hay que tratar a los refugiados, que son una clase de visitantes (átithis): personas desconocidas que llegan a donde vivimos y que necesitan que los acojamos y los atendamos de la mejor manera posible.

viernes, 15 de julio de 2016

¿Evangelio o Religión?


elcatalejodelpepe

El movimiento que generó un judío marginal en una zona igualmente marginal en el imperio romano hace poco más de dos mil años se convirtió en una “religión”. Los seguidores de Jesús de Nazaret lo transformaron en un objeto de culto, y el culto necesita ritos para expresarse, así como un lenguaje propio, unas categorías propias, una doctrina que lo identifique, una organización que lo estructure.
En cambio, el evangelio es un mensaje que se proclama: una buena noticia que se comunica al mundo. Jesús anunció la voluntad de Dios invitando a la humanidad a vivir conforme a ella: establecer una relación de amor entre Dios y su pueblo, entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza. Así habrá crecimiento, porque solamente el amor es fecundo.
Pero la religión es entrar en una estructura que al amor le queda como un corsé estrecho y muchas veces agobiante.
El evangelio viene de Jesús. La religión no procede de Jesús. El no fundó religión alguna, ni enseñó ritos, ni doctrinas, ni organizó algún sistema de conducción. Jesús anunció el cambio radical de la humanidad, una revolución a todo el sistema religioso, y que sería llevado a cabo por los empobrecidos de este mundo, ya que ellos son los únicos que no tendrían intereses que defender: solamente propuestas que animar.
Pero si Jesús no fundó religión alguna, sus discípulos sí lo hicieron. Ellos iniciaron un culto a Jesús que fue reemplazando al seguimiento de Jesús. Jesús nunca pidió un culto a su persona, pero sí insistió en el seguimiento de su persona y la fidelidad a su mensaje.
Con el culto nació la doctrina que lo sustentaba. Con la doctrina apareció la apologética o sea las dicusiones acerca de cómo entender determinadas propuestas de seguimiento. Y entonces, cada vez más, se empezó a nublar el mensaje primitivo y se fueron acumulando declaraciones, distinciones, argumentos, falacias, imposiciones y herejías. El evangelio se había convertido en religión.
A partir de ahí, separar lo sagrado de lo profano fue una consecuencia lógica. Lo sagrado requería un sistema propio: la liturgia, el lenguaje, las vestimentas, la organización, una doctrina que justificara. También unos personajes que representaran lo sagrado: el clero se apropió de esa circunstancia.
Al comienzo, todos eran laicos. Jesús también era un laico, pues no pertenecía a la clase sacerdotal, ni al grupo de maestros de la ley, ni a la clase farisea de los observantes y puros. Era de la clase popular, sin títulos ni distinciones especiales: el hijo del carpintero del pueblo.
Sus seguidores, al convertir el seguimiento en culto, al separar lo sacro de lo profano, dejó en manos del clero la conducción, y todo lo demás, “lo profano” , quedó en calidad de receptores pasivos.
Es lo que se vive aún hoy. Salir de esta situación producida por la historia pecadora de nuestra iglesia, costará tiempo y esfuerzo. Volver al evangelio significa renunciar al poder, bajo todas sus formas. Seguir en la religión, al contrario, requiere apoyarse en el poder, también bajo todas sus formas.
¿Estará hoy día ayudando a esta conversión mental y cordial, la catequesis, las homilías, las cátedras de teología, en las “cartas pastorales”, la peparación de los nuevos animadores comunitarios, las llamadas “clases de religión”, la formación en los seminarios?

domingo, 26 de junio de 2016

Cómo experimentar a Dios hoy.



Leonardo Boff

En los días actuales vivimos tiempos tan atribulados políticamente que acabamos psicológicamente alterados. No ver caminos, andar a ciegas, a la deriva como un barco sin timón, nos quita el brillo de la vida. Acabamos olvidando las cosas esenciales.
Quien leyó mi último artículo: “¿El Brasil actual tiene arreglo?” encuentra allí el trasfondo de esta reflexión sobre Dios. En momentos así, sin ser pietistas, nos volvemos hacia aquella Fuente que siempre alimentó a la humanidad, especialmente en tiempos sombríos de crisis generalizada. Sentimos saudades de Dios. Esperamos luces de Él. Y más aún: queremos experimentarlo y sentirlo desde el corazón en medio de la turbulencia.

Si miramos la historia, constatamos que la humanidad siempre se preguntó por la Última Realidad. Se daba cuenta de que no podía saciar su sed infinita sin encontrar un objeto infinito adecuado a su sed. No conseguiría explicar la grandeza del universo y nuestra propia existencia sin aquello a lo que convencionalmente se llama Dios, aunque tenga otros mil nombres según las diferentes culturas. Hoy, con un lenguaje secular, proveniente de la nueva cosmología, hablamos de la «Fuente Originaria de donde vienen todos los seres».

A pesar de esta búsqueda incansable el testimonio de todos es que “nadie ha visto nunca a Dios” (1 Jn 4,12). Moisés suplicó ver la gloria de Dios, pero Dios le dijo: “No podrás ver mi rostro porque nadie puede verme y seguir viviendo” (Ex 33, 20). Si no podemos verlo, podemos identificar señales de su presencia. Basta prestar atención y abrirnos a la sensibilidad del corazón.

Me impresiona el testimonio de un indígena cherokee norteamericano que habla de alguien que buscaba desesperadamente a Dios pero no prestaba atención a su presencia en tantas señales. Cuenta él:
«Un hombre susurró: ¡Dios, habla conmigo! Y un ruiseñor empezó a trinar. Pero el hombre no le prestó atención. Volvió a pedir: ¡Dios, habla conmigo! y un trueno resonó por el espacio. Pero el hombre no le dio importancia. Pidió nuevamente: ¡Dios, déjame verte! Y una enorme luna brilló en el cielo profundo. Pero el hombre ni se dio cuenta. Y, nervioso, comenzó a gritar: ¡Dios, muéstrame un milagro! Y he aquí que nació un niño. Pero el hombre no se inclinó sobre él para admirar el milagro de la vida. Desesperado, volvió a gritar: ¡Dios, si existes, tócame y déjame sentir tu presencia aquí y ahora. Y una mariposa se posó, suavemente, en su hombro. Pero él, irritado, la apartó con la mano».

«Decepcionado y entre lágrimas siguió su camino. Vagando sin rumbo. Sin preguntar nada más. Solo y lleno de miedo. Porque no supo leer las señales de la presencia de Dios».
La consecuencia de su falta de atención produjo su desespero, soledad y pérdida de enraizamiento. Lo opuesto a creer en Dios no es el ateísmo, sino la sensación de soledad y desamparo existencial. Con Dios todo se transfigura y se llena de sentido.

En medio de nuestra enmarañada situación política actual, buscamos una verdadera experiencia de Dios. Para eso, tenemos que ir más allá de la razón racional que comprende los fenómenos por las ramas, los calcula, los manipula y los incluye en el juego de los saberes de la objetividad científica y también de los intereses políticos como los actuales. Ese espíritu de cálculo piensa sobre Dios pero no percibe a Dios.

Tenemos que tener otro espíritu, aquel que siente a Dios: el espíritu de finura y de cordialidad, de admiración y de veneración. Es la razón cordial o sensible, que siente a Dios desde el corazón.
Dios es más para ser sentido a partir de la inteligencia cordial que para ser pensado a partir de la razón intelectual. Entonces nos damos cuenta de que nunca estábamos solos. Una Presencia inefable, misteriosa y amorosa nos acompañaba.
¿No será por eso no acabamos nunca de preguntarnos por Dios, siglo tras siglo? ¿No será por eso que siempre arde nuestro corazón cuando nos entretenemos con Él? ¿No será el adviento de Él, del sin Nombre y del Misterio que nos habita? ¿No es por eso que creemos que hay siempre una solución para nuestros problemas?

Estamos seguros de que es Él cuando ya no sentimos miedo pues Él es el verdadero Señor de la historia. Y osamos esperar que un destino bueno surja de la oscuridad actual, bajo la cual sufrimos.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y teólogo.

Traducción de MJ Gavito Milano

viernes, 29 de abril de 2016

Amor: unión creativa.

Imagen extraída de: Pixabay

J. I. González Faus
Dicen los teólogos que Dios se revela a través de Su Palabra (el testimonio bíblico sobre Jesús) y de Su creación. Sobre la creación, lo único que pretende enseñar la Biblia es que todo es obra de Dios (y de ningún otro principio divino o diabólico); y que Dios crea “diciendo” (sin ninguna materia previa). Y más tarde, que Dios crea para acabar comunicándose a Sí mismo. El resto lo dice la creación por sí misma.
Pues bien: la ciencia ha ido descubriendo que la creación se lleva a cabo mediante un proceso de unión-creativa. Tras la  primera dispersión inicial (big-bang), aparece una fuerza de atracción, lenta pero potente, que va  produciendo uniones y unidades cada vez más serias: partículas que se convierten en átomos, en moléculas, en células, en organismos vivos…, hasta llegar a la atracción corporal y la atracción humana.
La unión ha ido generando así un proceso de crecimiento. Al constatar esto,  Teilhard de Chardin intuyó que ese proceso había de estar provocado por una meta final, que él llama Omega, y que es a la vez “aglutinante y atrayente”. Y creyó constatar que todo lo que se da en los estadios superiores se encontraba ya, “de una manera oscuramente primordial”, en los estadios inferiores más primitivos. Y Teilhard pone este ejemplo: la gravedad es como una prefiguración del amor: la fuerza misteriosa e inexplicable de la gravedad, acaba siendo la fuerza unitiva y creadora del amor.
La evolución creadora progresa entonces según un doble “parámetro de complejidad-conciencia”:  las cosas creadas son cada vez más complejas pero, con esa complejidad, aparece la posibilidad de la conciencia: la posibilidad de no ser sólo cosa inerte, sino sujeto (que sabe que es). Algo de eso se refleja en la casi infinita complejidad relacional de nuestro cerebro.
Luego volveremos a Teilhard.  Ahora dejémonos empapar un momento por el milagro y la maravilla de la atracción humana. Es quizá la realidad más bella de la vida y la más sorprendente. Intentamos justificarla por las grandezas que descubrimos en el otro polo: que nos parece “una persona, maravillosa”, genial, etc. Pero me resulta más exacto a la inversa: es la misma dinámica atractiva de la evolución la que nos hace descubrir esos valores. Con lo cual, la atracción humana deja de ser ciega.
Aquí aparece otra maravilla sobre la que hemos reflexionado demasiado poco: la sonrisa. Tan elemental, tan fácil, tan agradable. Expresión de que la presencia del otro me es gratificante, y de una acogida mía que quisiera también ser grata para él. Pero con el aviso de cómo puede ser falsificada en las mil sonrisas falsas, que sólo buscan seducirnos o colocarnos un producto. El crecimiento en calidad implica también el crecimiento de las posibilidades de falsificación.
Así, con la entrada en escena del hombre, la gravedad convertida en atracción se complica mucho. Al llegar al estadio personal, la evolución deja de ser ciega, y pasa a ser pilotada por el ser humano, responsable ahora de ella. De modo parecido, la atracción humana se vuelve infinitamente más compleja: si se la reduce a la mera atracción corporal (como hace la cultura moderna) la atracción pierde fuerza: podrá ser reproductora pero ya no será creadora. Si, aunque no excluya la atracción corporal, la trasciende, la atracción mantiene su calidad pero las cosas tampoco resultan fáciles: porque hay que evitar que la atracción se convierta en dominio, en autoafirmación, en dependencia… y hasta en choque. Pero si, evitando esos obstáculos, la “gravedad creadora” consigue ir por el camino recto, entonces Teilhard profetiza que la humanidad camina hacia formas inéditas de socialismo en comunión y en libertad. Y escribe esto desde la pura ciencia, al margen de las realidades políticas de su hora histórica.
La visión de la historia ahí anunciada responde sencillamente a lo que han sido muchos sueños de la humanidad: evoquemos “la tierra sin males”, el paraíso comunista o el triple paso, genial y hegelianamente formulado por Marx: “masa-persona-comunión”… Y responde también al esbozo que traza el Nuevo Testamento de una progresiva conquista de libertades hasta concluir en el “Dios-todo-en-todas-las-cosas”.
Pero lo que interesa ahora no son las profecías históricas sino aprender una doble lección: a) el amor es una asombrosa fuerza unitiva y, por eso, creativa: la creación es un proceso inacabado de unión creadora. Y b) La desastrosa situación actual del planeta tierra plantea la pregunta (y nos lanza la llamada) de si estamos en un momento de unión creativa o de desintegración destructiva. La falsificación del amor, y la corrupción de la atracción en “búsqueda del máximo beneficio”, nos han llevado a un planeta poblado de armamentos atroces, sobreabundantes y destructores, y a una tierra gravemente enferma, a la que no sé si lograremos salvar: porque eso nos exige hoy esfuerzos ingentes y universales. Por lo que preferimos cegarnos esperando que “ya se encontrará alguna solución”.
No sé si esto deja a mis sucesores en este “mester de teología”, una pregunta hasta ahora inédita en esta disciplina tan “celestial”: cuál sería el significado teológico de una tierra destruida antes de tiempo… Yo prefiero terminar con el último paso del amor creativo, en el que la atracción ya no es hacia cuerpos, ni hacia personas, sino hacia Dios. Y la gravedad ha llegado hasta el Amor con mayúscula. Ahí culmina la unión creadora.

viernes, 19 de febrero de 2016

Cáncer infantil: contra natura.



Carlos Miguélez Monroy, Periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias

Cuando muere un niño se sufre el más implacable de los duelos porque subvierte el orden natural de la vida. Añade escarnio a ese agravio la muerte de un menor por cáncer.

Sacudió a millones de personas la muerte de David Bowie, de Alan Rickman, de Steve Jobs, de Donna Summer, de Joan Sebastián, de Tito Vilanova, de Celia Cruz, de Pedro Armendáriz y de tantos otros famosos que perdieron “la batalla contra el cáncer”. Hace unos días, el actor australiano Hugh Jackman, que padece desde hace años un cáncer de piel, conminaba a sus seguidores de Twitter a que se protegieran.

La cobertura mediática sobre la enfermedad, junto con la labor de investigación y las publicaciones científicas que alertan de un aumento del cáncer, han ampliado el debate público sobre una enfermedad que cada año mata a más de 8 millones de personas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Entre esos millones hay unos 100.000 niños, una realidad más oculta quizá porque cuesta concebir que una niña de cinco años se debata entre la vida y la muerte con el dolor y el sufrimiento que conlleva la enfermedad y el tratamiento. Motivos de ética ante una realidad devastadora complican su tratamiento informativo. Si conmueve el sufrimiento de personas admiradas y queridas en el mundo de la cultura, rompen nuestros esquemas y nos superan las historias de niños que sufren la enfermedad y de quienes han dejado solos a padres y a hermanos.

Pero esa misma sensibilidad ha gestado programas de voluntariado como el que Fundación Aladina ha desarrollado en el Hospital Niño Jesús, en Madrid. Esta fundación forma a personas voluntarias para que jueguen con niños enfermos de cáncer, realicen, talleres, hagan gimnasia y otras actividades.

Buscan mantener viva la chispa de los niños y sus ganas de curarse, contribuir a que pierdan el miedo, a que expresen sus emociones, y lleven de la mejor manera posible su hospitalización un proceso duro para cualquiera. Esta labor está coordinada por un equipo de profesionales y de psico-oncólogos.
Sostienen desde la Asociación Española contra el Cáncer: “los niños y sus familiares viven esta experiencia con gran dolor, incertidumbre y miedo. El tratamiento suele ser un proceso agresivo que conlleva momentos difíciles para todos. Por lo que es necesario desarrollar acciones dirigidas a minimizar las alteraciones emocionales y la interrupción del adecuado desarrollo del niño”.

Además del apoyo psicológico y emocional para los niños, la Fundación Aladino trabaja también con los familiares de los enfermos el aspecto emocional y ofrece grupos de duelo para intentar soportar la avalancha que supone una muerte. Cuando muere un niño se sufre el más implacable de los duelos porque subvierte el orden natural de la vida que permite hacer un duelo más o menos “normal” tras enterrar a los abuelos, a los tíos y a los padres, no a los hermanos pequeños ni a los hijos. Añade escarnio a ese agravio la muerte de un menor con cáncer por el dolor y el sufrimiento, por el deterioro físico, por la impotencia y la rabia acumuladas, así como los sentimientos de culpa.

En España queda pendiente desarrollar programas de apoyo en el propio domicilio de los pacientes y de sus familiares. Así lo sostiene Óscar Aguilera Martínez, investigador del departamento de Oncología Traslacional del Instituto Oncohealth (Fundación Jiménez Díaz).

Aguilera Martínez alerta del aumento exponencial en los casos de cáncer infantil y desmonta así la premisa de que este aumento se deba al aumento en la esperanza de vida. En el Reino Unido mueren más niños por cáncer que por cualquier otra causa, incluidos los accidentes. En Estados Unidos, en España y en la mayor parte de los llamados “países desarrollados”, el cáncer sólo es superado por los accidentes como principal causa de muerte en los niños.

Por otro lado, se ha registrado una reducción general en la mortalidad. La supervivencia en España ha aumentado en un 43% en los pacientes diagnosticados desde el 1980 hasta 2006. Pero no se pueden perder de vista las secuelas que llegan a tener las quimioterapias y las radioterapias en el desarrollo de estos menores que consiguen llegar a la vida adulta: infertilidad, daños en órganos, problemas de crecimiento y otros cánceres. Se necesita conducir el debate público más hacia las múltiples causas de una enfermedad compleja para tomar medidas antes de que se produzca tanto sufrimiento, mucho de ello quizá evitable.


miércoles, 17 de febrero de 2016

El amor es la plenitud de la ley: Ricoeur y Kierkegaard.


POR  *


El amor expresa lo siguiente:
»Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian,  bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan.  Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa.  Dale a todo el que te pida, y si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.
» ¿Qué mérito tienen ustedes al amar a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así.  ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así.  ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato.  Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sean compasivos, así como su Padre es compasivo. (Lucas 6:27-36, NVI)
En una conferencia expuesta en 1989 titulada Amor y Justicia[1], Paul Ricœur propuso la relación de dos conceptos que a lo largo de la historia del pensamiento se han puesto como diametralmente opuestos; dichos conceptos son «amor y justicia». Ricœur expresa que la afirmación de que dichos conceptos son opuestos –hasta dicotómicos- radica en que las tradiciones de pensamiento, desde Aristóteles hasta nuestros días, los han colocado en diferentes categorías de pensamiento y actuar político en la humanidad.
Por un lado, el amor ha sido colocado en el terreno de lo afectivo y lo poético (en ocasiones en lo sublime como Kant), mientras que la justicia se ha insertado exclusivamente en el ámbito ético, siendo ésta, la finalidad última de la ética. Dicha expresión que reduce al amor a lo sentimental, afectivo y sensorial estriba en el constante uso del concepto en vagas interpretaciones -en ocasiones  disparatadas- de los textos que han fundado estas diferencias; hablamos de los textos griegos[2]por un lado, y por el otro, los textos de la Torá[3] judía y el Nuevo testamento del cristianismo.
Sin embargo, Ricœur expone que la máxima del amor es que conlleva en sí mismo la expresión pura del deseo. Dicho en otras palabras, el amor está en una búsqueda constante de sí mismo a través de los amantes (el amoroso y el amado) y que, bajo la acción de un llamado, expresa el deseo bajo el imperativo ¡Ámame! El amor entonces, está en constante actividad en tanto que se busca y se llama, siendo así el sujeto y objeto de su acción.
Por otra parte, la justicia ha sido asimilada en términos aristotélicos que, desde la propuesta del maestro griego, buscaba preservar y fundar orden dentro de la polis y que, hasta nuestros días, sigue vigente bajo el precepto de la búsqueda de equidadigualdad entre los ciudadanos. La justicia desde entonces se ha visto fundamentada bajo un discurso argumentativo que intenta responder a la pregunta ¿cuál es la mejor manera de vivir en sociedad?
Ricœur propone que el error de englobar a la justicia en términos aristotélicos es el hecho de que el concepto de justicia se circunscribe exclusivamente en la tradición que se remonta a la «ley del talión» (dar a cada quién lo que le corresponde), fundada en una «lógica de la equivalencia o reciprocidad». Dicho de otra manera, la justicia se ejerce en tanto que se actúa en función de esperar del otro una acción igualitaria a la acción primera del yo, desembocando en lo que desde hace siglos se conoce como «La Regla de Oro»: “haz a otros como quieras que te hagan a ti”.
Para Ricœur, esta lógica de la reciprocidad es la que separa al amor y la justicia y los coloca en terrenos que parecen diametralmente opuestos. En su intento de arrojar una nueva concepción, el francés expone la necesidad de plantear la justicia en términos de otra lógica a la cual denominó como una «lógica de la sobreabundancia». Dicha lógica –pensada en términos cosmológicos semitas[4]– consiste en actuar, no en términos de reciprocidad, sino de entrega. Si bien ya hemos dicho que más que reducir al amor al terreno de lo afectivo, etc. puesto que conlleva un problema en tanto que el amor llama, surge la inquietud ¿cómo es que el amor responde a este llamado?
El amor encuentra su plenitud en tanto que es llamado y deseo. El amor es deseo en tanto que busca actuar a favor del amor -o dicho de otra manera- cuando el amoroso actúa a favor del amado por la dicha del bienestar del amado; asumiendo en principio que dicho actuar no espera reciprocidad en tanto que deseo. El amoroso que está revestido del amor (pues previamente lo ha asumido en sí mismo y como parte de sí) vive o se experimenta bajo una lógica de la sobreabundancia: “te amo porque, ante todo, soy amado por el mismo amor”.
De lo anterior surge una nueva propuesta de Ricœur para la interpretación de la Regla de Oro[5] contenida en el evangelio, en la que ya no es la lógica de la equivalencia la que condiciona su ejercicio, sino la acción del amor que sobreabunda. Ricœur dice:
En efecto, sin el correctivo del mandamiento del amor, la Regla de Oro se vería sin cesar jaloneada hacia el sentido de un máximo utilitario cuya fórmula sería do ut des, yo doy para que tú des. La regla: da porque te ha sido dado, corrige el a fin de que de la máxima utilitaria y salva a la Regla de Oro de una interpretación perversa que siempre es posible. (Ricœur, 1981/2009:41)
Pero el puente hecho por Ricœur no es del todo una novedad, ya un siglo antes, un escritor de igual interés había expresado al respecto entre la relación entre el amor y la justicia por lo que nos ha resultado pertinente el acercamiento a este predecesor de Ricœur; nos referimos a Søren Kierkegaard.
La caridad es plenitud de la ley
En 1847 en su compendio de discursos edificantes titulado Las obras del amor[6],Kierkegaard –de manera similar a Ricœur- establecía un puente entre el amor y la justicia en su capítulo “La caridad es plenitud de la ley”[7]. En él, Kierkegaard expone que la expresión máxima del amor es el cumplimiento de la ley, en tanto que la ley –que es la que procura la justicia- solo encuentra su finalidad última en el amor.  Es decir, Kierkegaard asume que la ley encuentra su sentido [de ser cumplida] en tanto que su cumplimiento sea la expresión activa del amor.
“La ley te condena” menciona Kierkegaard, aludiendo a Pablo de Tarso en su Carta a los romanos, dado que te muestra –o revela- aquello de lo que se está alejado: el amor [el amor hacia Dios, el amor hacia el prójimo]. De ahí que el Estado de Derecho, más que ayuda para los individuos se convierta en una “piedra de tropiezo”. La ley debe estar supeditada al amor en tanto que, por sí misma, solo se convierte en una exigencia incapaz de cumplirse si es que ésta solo se realiza bajo la lógica de la reciprocidad y no de la entrega, porque ¿quién quiere hacer [o dejar de hacer] gratuitamente?
La ley está supeditada al amor, en tanto que su cumplimiento no depende de la fuerza de su argumentación y su validez, sino en función de la fuerza que el amor conlleva cuando llama a actuar, pero para que esto suceda es necesario que se ejerza –como menciona Ricœur –  desde la economía del don.
El don, como donación-entrega (es que el don es dado y para darse), y que a su vez se asume desde la lógica de la sobreabundancia (doy porque me ha sido dado), es el que permite que la ley adquiera el sentido de justicia. Ya no es la justicia aristotélica que “da esperando algo a cambio”, sino la que “da porque es capaz de dar” y sobre todo “porque le surge el deseo de dar [y dar-se]”. El amor, pues, hace un retorno hacia sí mismo a través de la justicia.
Es posible que el amoroso experimente el amor como plenitud de la ley, porque no se subordina a la ley sino todo lo contrario, la ley se asume como expresión activa y concreta del amor que busca donar-se a sí mismo a través del prójimo; ese prójimo que eres tú y soy yo, somos todos (humanos y no humanos). Hacer justicia -como deber hacia el otro-  ya no es una norma sino la expresión del amor (el deber hacia el otro ha cancelado la deuda de aquél otro, pero a su vez su exigencia es darlo todo). Es el retorno que hace el amor hacia sí mismo a través del amoroso y el amado, manifestado en la entrega absoluta en nombre de la justicia.
Para renovar nuestra praxis cotidiana
¿Cómo hacer real el llamado al que Cristo nos exhorta a cada instante? La tarea parece descomunal ¿Cómo amar a quien consideramos que no es digno de recibir amor? La respuesta es clara: “hemos de ser amorosos así como Cristo lo ha sido con nosotros”.
Tu vida y la mía, y quizá aún no lo notes, muchas veces se encuentra alejada de la sobreabundancia del amor. Quizás en este momento creas que la relación con tu amado o amada está a punto morir como una flor cortada; quizá te sientes inconforme porque no ha cumplido tus expectativas, o quizá tú no has logrado cumplir con las suyas haciendo que la mirada de ambos se desvíe, y aquella amistad que los unía y fortalecía poco a poco se desvanece. Tal vez la relación con papá o mamá se ha fracturado porque no cumplieron aquellas promesas que hicieron, o tal vez aquellas exigencias que pedían no las viste en ellos. Quizá tu corazón está quebrantado porque tus hijos te han abandonado y crees que el esfuerzo ha sido en vano, y viene a ti el peso del fracaso por aquellos errores –que dices: por qué no resarcí en su momento. O tal vez alguien, que no tiene rostro, te lastimó y quebrantó aquella inocencia que te mantenía de pie, partiéndote en mil pedazos fracturando completamente tu ser.
Sea que tú lo experimentes o porque al encender el monitor lo único que mires es injusticia y desgracia, recuerda que el amor sobreabunda. Sea que a tu lado veas el maltrato y la ruina [de tu prójimo, de cualquier ser vivo], sea que lo observes a miles de millas de distancia, no olvides que el amor sobreabunda. Porque en tanto creas con todo tu corazón, con toda mente, y con todas tus fuerzas que Cristo es la plenitud de la ley y que ha cumplido aquellas exigencias que para el mundo parecían imposibles, salvándonos de la imposibilidad, y se dio a sí mismo para darnos –a cada instante- la posibilidad de comenzar de nuevo. Si crees que Cristo es la plenitud de la ley entonces ten la confianza de que todos tus errores y faltas han sido borrados porque el perdón ha llegado a tu vida dándote la oportunidad de renacer de aquellas cenizas que creíste “no dejarías de ser”. Si crees que Cristo es la plenitud de la ley, recuerda que tú también puedes serlo y que aquello que el mundo dice: es imposible de perdonar, de resarcir, de renovar, para el amor es posible y por lo tanto para ti lo es.
Porque El amor habita en ti, en cada uno de los corazones que le buscan y que quieren asemejarse más a él, porque El amor ha hecho un pacto desde el inicio del tiempo y promete nunca alejarse, siempre quedarse y donarse hasta sus últimas consecuencias. Tal como lo expresó Kierkegaard:
Cristo lo hizo todo por amor y quería hacer bienaventurados a los seres humanos. Y ¿mediante qué? Mediante la relación con Dios porque él era amor. ¡Sí, él era amor, y sabía consigo mismo y con Dios que él traía el sacrificio de la reconciliación, que amaba a los discípulos de verdad, que amaba al género entero de los seres humanos, o bien a todo aquel que quiera dejarse salvar! (p,142)
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Nota: El presente trabajo se expone como uno de los escritos personales del autor. Se espera por parte del lector la consideración para ser comentado y abierto a discusión, pero también el deseo de que sea para la edificación de sus receptores. Cita tomada de Romanos 10:13 (BLPH): “El amor constituye la plenitud de la ley”


[1] Castañón introduce: Amor y Justicia «Amour et justice» fue, primero, una conferencia pronunciada por Paul Ricœur cuando se le dio, en 1989. El premio Leopold Lucas, que recompensa “trabajos eminentes en el terreno de la teología de las ciencias humanas de la historia o de la filosofía”(p,7)


[2] Quizá el mejor ejemplo es El Banquete de Platón, en el cual el eje de discusión es la diferenciación del amor entre iguales y su influencia demoniaca dentro de la actividad filosófica. Platón describe el diálogo entre la posición que se tiene de erosy su relación con lo bello, disertándose diversas posturas al respecto.


[3] Por otra parte, el centro del ethos judío se basa en el shemá: Amarás a Dios con todo tu corazón(…) Será en los escritos poéticos donde se hará la expresión erótica ligada al ágape y que debido a la dicotomización producida desde la edad media adquirirán valores distintos desplazando al eros de la actividad característica delágape.


[4] Al respecto Ricœur expone la base de la reflexión judía de la siguiente manera:


Contrariamente a nuestra espera, la fórmula no es la del Éxodo, la del Levítico o Deuteronomio, sino la del Cantar de los cantares cuya lectura se hace, según el ritual judío en cada fiesta de pascua: El amor –dice el Cantar-, es más poderoso que la muerte (…) el mandamiento de amor brota de ese lazo de amor entre Dios y un alma solitaria. El mandamiento que precede a toda ley es la palabra que el amante dirige a la amada: Ámame. (p,22)


[5] La cita textual de la crítica de Ricœur es la siguiente:


Que la Regla de Oro provenga de o remita a una lógica de equivalencia, es algo que está marcado por la reciprocidad o la reversibilidad que esta regla instaura entre lo que el uno hace, y lo que es hecho al otro, entre actuar y sufrir, y, por implicación, entre el agente y el paciente, quienes, aunque irremplazables, son proclamados sustituibles. (p,38)


[6] Este texto es uno de los diversos tratados del 47`s que Kierkegaard realizó. Kierkegaard ha sido un gran precursor de la crítica teológica y filosófica rompiendo con los cánones para la interpretación de los textos bíblicos.


[7] Para este ensayo he tomado en consideración la siguiente cita de Kierkegaard (1847/2006), que aunque poco extensa, me permito citarla puesto que ha sido la base reflexiva del presente trabajo:


Esta es la razón de que el mismo apóstol diga acerca de él que «Cristo era el fin de la ley» (Romanos 10,4). Lo que la ley no era capaz de producir, igual que tampoco puede hacer bienaventurado a un ser humano, eso era Cristo. En tanto que la ley con su exigencia se convirtió en la ruina de todos, en su fin, porque nadie era lo que ella exigía, enseñando únicamente a conocer el pecado aprendido, así Cristo se convirtió en la ruina de la ley, porque él era lo que ella exigía. Su ruina, su fin; pues cuando la exigencia se cumple, entonces la exigencia solo existe en el cumplimiento, más consiguientemente ya no existe en cuanto exigencia

[…]

Sí, él era el amor y su amor era la plenitud de la ley. (p,128)


Bibliografía


Kierkegaard, S. (1847-2008), Las obras del amor. (D. Gutiérrez, Trad.) Salamanca, España: Sígueme.


Ricoeur, P. (1989-2009), Amor y justicia. (C. Adolfo, Trad.) México, D.F. México: Siglo XXI.

Israel Galván Delgado
Miembro de la Iglesia de Dios 7o. día (AR). Pasante de la Lic. en Filosofía por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Asistente de Investigación en el posgrado de Educación, UAEM. Escritor en la revista "Viento Fresco", y en la columna Torre de Babel de la Jornada Morelos. Colaborador en la radio cultural "Radio Chinelo" como locutor en el programa de filosofía "De-mentes". Miembro de la Sociedad Académica Kierkegaard A.C. (SAK) y coordinador del sitio web Kierkegaard vivo.
Fuente: Lupa Protestante 
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