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sábado, 29 de octubre de 2016

Compartir trabajo para conciliar vida en familia.



Carlos Miguélez Monroy, Periodista

La mera existencia del llamado job sharing contribuye al reconocimiento que tiene la importancia de la conciliación familiar y la búsqueda de la felicidad como componentes fundamentales de la vida.
La necesidad de compaginar de forma más armónica el trabajo con la vida familiar y el desarrollo personal lleva a cada vez más gente en Europa a “compartir su trabajo”. El job sharing consiste en repartir las responsabilidades y el sueldo de un puesto de trabajo entre dos personas.
Se definen las responsabilidades, se reparten las funciones y se establecen los horarios de forma que no se altere el funcionamiento. Si lo hacen médicos y enfermeros con sus guardias en los hospitales, con el nivel de responsabilidad que tienen, ¿por qué no pueden hacerlo trabajadores del resto de sectores profesionales?

Casi la mitad de las empresas en Reino Unido ofrecen a sus trabajadores esa opción; casi un cuarto en Bélgica Holanda y Austria, seguidos por Alemania y Francia, según un estudio de la agencia Robert Half.
Renunciar a la mitad del sueldo compensa a casi la mitad de los trabajadores de empresas en Reino Unido, que ganan lo suficiente para una vida digna. Sería interesante conocer la proporción de esos trabajadores que viven solos, cuántos en pareja con personas que recurren a la misma opción, cuántos con hijos y otros indicadores que nos ayudarían a saber hasta qué punto se puede replicar en otros países.

Para hacerse eco del éxito de la iniciativa, algunos medios han presentado casos de personas del mundo empresarial, de representantes políticos y de funcionarios públicos. Convendría tener en cuenta su baremo salarial para no presentar esta alternativa como solución a la falta de conciliación familiar y luego resultara que quedan excluidas las llamadas clases medias, quienes ganan el salario mínimo o una cifra que apenas lo supera. Alguien que gana 1.400 quizá no pueda permitirse renunciar a la mitad de su sueldo para ocuparse de sus hijos y de su pareja. En países con salarios menores a los de Reno Unido y altos niveles de impuestos, esta opción tendrá mayores dificultades para cristalizar.

Pero la mera existencia de esta alternativa contribuye al reconocimiento que tiene la importancia de la conciliación familiar y la búsqueda de la felicidad como componentes fundamentales de la vida. Demuestra que no todo es triunfo profesional y que cada vez más personas cuestionan el dogma de la productividad a cualquier precio como único indicador de éxito.
En España, el Congreso acaba de aprobar una propuesta para igualar los permisos de maternidad y paternidad, tras meses de trabajo de la Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción (PPiiNA). Sin embargo, la decisión de adoptar la propuesta está en manos del Partido Popular (PP), al frente del gobierno y que se abstuvo en las votaciones sobre la propuesta. Este partido ha mostrado mayor sensibilidad a las propuestas de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales), que presiona para dar a los grandes empresarios carta blanca en los despidos y laxitud a la hora de hacer efectivos derechos por los que han luchado trabajadores y clase obrera durante décadas.

En muchas otras sociedades parece que empieza a alcanzarse una masa crítica para reconocer la importancia que tiene por un lado ampliar los derechos laborales en materia de permiso de maternidad y, por otro, equiparar los derechos de hombres y mujeres.
Además de una cuestión de derechos, se trata de sentido común. Una madre o un padre satisfechos pueden rendir mejor en un trabajo de menos horas que en una jornada larga de trabajo en la que su única interacción con los hijos sea la cena y acostarlos a dormir al volver a casa. Si padre y madre pueden repartirse mejor las tareas del hogar disminuye el riesgo de tensiones y conflictos, lo que redunda de forma positiva en el rendimiento en el trabajo. Menos salidas a la calle para hablar por teléfono, menos caras largas y mejor concentración en el puesto de trabajo.

Se suele decir que no se puede llevar al trabajo los problemas de casa y viceversa. Pero eso es precisamente lo que consigue la separación de trabajo, familia y actividades de ocio para la satisfacción personal, como si fueran “compartimentos estanco” y unas no afectaran al resto. Quizá se trate más de buscar equilibrio y armonía.

Fuente:

jueves, 12 de mayo de 2016

Ocultos tras los eufemismos.



Carlos Miguélez Monroy
Periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias

Una forma de mantener las cosas como están es pretender que la realidad se transforma con imposiciones lingüísticas.
“Apuesto a que si aún habláramos de neurosis de guerra quizá los Veteranos de Vietnam habrían recibido la atención que necesitaban”, decía el polémico actor George Carlin, que dedicaba muchos de sus monólogos a los eufemismos, a los que se refería como “soft language”.

Pero “neurosis de guerra” sufrió sucesivas transformaciones en las distintas aventuras bélicas que implicaron a soldados estadounidenses hasta convertirse en estrés post-traumático (post-traumatic stress disorder en inglés), un término técnico, aséptico, largo e incómodo de utilizar que no invita a una posible respuesta.

El comediante, que criticaba el lenguaje “políticamente correcto” por cuestión de formas y de estética, alertaba también a los oyentes sobre los motivos de fondo para la creación de ese lenguaje. ¿Quién lo creó y a quién beneficia?, se preguntaba.

Los detractores de Carlin consideraban una exageración que afirmara que los blancos y los poderosos han creado ese lenguaje para apaciguar a quienes se enfrentan a realidades adversas. Los arrabales se convierten en “barrios de nivel socioeconómico inferior”, los pobres en “personas con bajos ingresos” y las víctimas civiles en “daños colaterales”. Como si no hubiera personas detrás y nadie fuera responsable. Pero las palabras por si solas no transforman la realidad y, si la edulcoramos en exceso, corremos el peligro de aceptarla como ley natural y no hacer nada para corregir las injusticias que puedan derivarse de ella.

Evitar las palabras “desahucio”, “expulsión” y “desalojo” en documentos oficiales no impide que decenas de miles de personas se queden sin casa. Lo que faltan son medidas que los impidan.
En los últimos años, el abuso de eufemismos se ha instalado también en los discursos de grupos, movimientos y organizaciones que tienen como objetivo luchar contra desigualdades injustas.

Las organizaciones coinciden en la conveniencia de utilizar “persona sin hogar” que “mendigo”. Pero más que para evitar una ofensa, para ser precisos en el lenguaje, pues no todas las personas en situación de calle piden limosna. Pero en otras ocasiones se producen debates interminables sobre cuestiones estériles. En una exposición de museo en Holanda se ha llegado al extremo de cambiar los nombres originales de antiguas obras de arte tituladas con palabras que pudieran ofender a ciertos “colectivos”.
En ciertos círculos puede resultar ofensivo utilizar “ciego” en lugar de “persona con discapacidad visual”. Incluso pretenden desterrar la palabra discapacidad pues, para “ellos y para ellas”, se trata de “diversidad funcional” de “personas con otras habilidades”, como si el término “persona con discapacidad” resultara vergonzante.

Carlin sostenía que la carga de las palabras depende del contexto, de quién las utilice y cómo. De ahí que el racismo de la palabra nigger depende de si la utiliza Will Smith o un blanco en un tono despectivo. Incluso la palabra “black” se ha sustituido por “afroamericano”, lo que en el fondo constituye una discriminación mucho peor.
“Soy negro, no afroamericano. ¿Acaso llamamos euroamericanos o angloamericanos a los estadounidenses blancos?”, preguntaba Kwadwo Anokwa, profesor y antiguo decano de la facultad de Periodismo y Comunicación en Butler University.
El escritor Javier Marías carga contra la imposición de “vocablos artificiales, nada económicos, a menudo feos y siempre hipócritas, que tan sólo constituyen aberrantes eufemismos, como si no sufriéramos ya bastantes en boca de los políticos”.

“Cualquier cosa que se invente acabará por resultarle denigrante a alguien. Y, lo siento mucho, pero en español quien no ve nada es un ciego, y quien no oye nada es un sordo. Lo triste o malo no son los vocablos, sino el hecho de que alguien carezca de visión o de oído”, dice el escritor.
Llamar invidente a un ciego no le conseguirá trabajo, ni más amigos, ni le hará la vida más fácil a él o a su familia. Si la dignidad y la efectividad de los derechos humanos dependieran de terminologías arbitrarias, ya se habrían sorteado muchas de nuestras barreras económicas, laborales, tecnológicas y sociales. Las conquistas sociales no se han producido por las imposiciones de ciertos policías del lenguaje, sino por la labor de quienes han denunciado injusticias y propuesto alternativas para derrumbar primero las barreras de nuestras mentes para luego derribar las de ladrillo y cemento.

jueves, 3 de marzo de 2016

Sobrecarga de empatía.



por Carlos Miguélez Monroy, Periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias

El bombardeo de imágenes lastimeras puede provocar un exceso de empatía por los problemas de los demás. Esto nos satura, provoca que abandonemos nuestros problemas y nos paraliza para al final no hacer nada. Ni por los demás ni por nosotros mismos.
Nuestros muros de Facebook se saturan a diario con imágenes de niños en los huesos, de refugiados ante alambradas con pinchos diseñados para desgarrar, de inmigrantes que luchan por sobrevivir en las frías aguas europeas, de mujeres que sufren y padecen. Pero también se llenan de fotos de perros abandonados y de otros animales maltratados, de peticiones de Change.org para prohibir tal o cual práctica, para salvar este o aquel bosque, para contar la historia de un niño con cáncer que no recibe tratamiento por trabas burocráticas, de personas con discapacidad que no disfrutan de algunos de sus derechos sociales.

Publicadas para provocar una reacción, un exceso de imágenes y de mensajes como éstos pueden provocar una “saturación de empatía”, como lo llama el psicoterapeuta Joseph Burgo en The New York Times. “¿Tienes problemas de primer mundo? No te sientas culpable”, pregunta con el título del artículo y da pistas sobre lo que va a desarrollar.

Sostiene el doctor Burgo que esa sobrecarga puede provocar que descuidemos nuestros problemas, que de forma objetiva no pueden compararse con los de un niño que pierde a sus padres en Aleppo, a los de una madre que no puede dar de comer a sus hijos.
“Si permitiéramos que cada tragedia masiva nos afectara profundamente, pronto padeceríamos una sobrecarga de empatía. La empatía por otros es una cosa buena, una capacidad humana básica que sostiene la civilización. Pero tiene una cara negativa cuando te hace avergonzarte de lo que te importa, o cuando te distrae de otras de tus emociones importantes”, sostiene Burgo.

Cuando se instalan la vergüenza de nuestros propios sentimientos o ciertos sentimientos de culpa corremos el peligro de paralizarnos y de no hacer nada ni por nosotros mismos ni por los refugiados a los que acogen nuestras ciudades.
Con frecuencia, se produce la respuesta contraria a esa sobrecarga de empatía con comportamientos narcisistas. Cerramos el paso a nuestros receptores de empatía y volcamos toda la atención en nosotros mismos. Brota así ese narcisismo con el que también bombardeamos a nuestros “amigos” en redes sociales: selfies, fotos de pies, fotos de cielos, el kilometraje de nuestras carreras por la ciudad, paisajes y fotos de todo tipo, reflexiones en voz alta cuando no indirectas despechadas a los ex o a quienes nos han rechazado o lastimado…

El doctor Burgo nos aporta elementos para entender algunas de las causas del narcisismo en las redes. En lugar de condenar y de juzgar a esos narcisistas sin más, podemos ver con un nuevo prisma los efectos que pueden producir las imágenes y los videos que compartimos, muchas veces sin digerirlos y procesarlos antes, incluso sin contrastarlos.
También nos invita a no tener que dar explicaciones a nadie de nuestras prioridades. No tenemos que sentirnos culpables por estar más enfocados en nuestros fracasos sentimentales y nuestras orfandades emocionales que en los niños que trabajan en las fábricas de ropa en el llamado Tercer Mundo que luego compramos a precios desorbitados en Zara o en otras tiendas del Primer Mundo. No podemos hacer la revolución fuera mientras dejamos de lado a nuestro entorno más cercano y que también nos necesita. La conciencia sobre lo que ocurre en el mundo y la sensibilidad con todo lo humano que nos rodea puede ser compatible con el manejo de nuestros problemas más cercanos y nuestros sentimientos.

Los medios de comunicación podrían tomar nota. El exceso de imágenes lastimeras y de noticias negativas sirve de caldo de cultivo para el lado más frívolo y rosa de nuestro narcisismo y de nuestro egoísmo en sociedades opulentas que conviven con la miseria con cada vez menos rubor.
También las organizaciones sociales pueden sacar conclusiones antes de lanzarse a un bombardeo de mensajes y de imágenes que puedan producir un efecto boomerang. Para implicarse como voluntarias y ayudar a los demás, las personas tienen que buscar un equilibrio entre su parte más empática con los problemas “ajenos” y su parte más “egoísta”. Todo puede cambiar cuando caigamos en la cuenta de que nada humano nos es ajeno: ni lo que les ocurre a otros ni lo que nos ocurre en este momento a nosotros.

Twitter: @cmiguelez

viernes, 19 de febrero de 2016

Cáncer infantil: contra natura.



Carlos Miguélez Monroy, Periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias

Cuando muere un niño se sufre el más implacable de los duelos porque subvierte el orden natural de la vida. Añade escarnio a ese agravio la muerte de un menor por cáncer.

Sacudió a millones de personas la muerte de David Bowie, de Alan Rickman, de Steve Jobs, de Donna Summer, de Joan Sebastián, de Tito Vilanova, de Celia Cruz, de Pedro Armendáriz y de tantos otros famosos que perdieron “la batalla contra el cáncer”. Hace unos días, el actor australiano Hugh Jackman, que padece desde hace años un cáncer de piel, conminaba a sus seguidores de Twitter a que se protegieran.

La cobertura mediática sobre la enfermedad, junto con la labor de investigación y las publicaciones científicas que alertan de un aumento del cáncer, han ampliado el debate público sobre una enfermedad que cada año mata a más de 8 millones de personas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Entre esos millones hay unos 100.000 niños, una realidad más oculta quizá porque cuesta concebir que una niña de cinco años se debata entre la vida y la muerte con el dolor y el sufrimiento que conlleva la enfermedad y el tratamiento. Motivos de ética ante una realidad devastadora complican su tratamiento informativo. Si conmueve el sufrimiento de personas admiradas y queridas en el mundo de la cultura, rompen nuestros esquemas y nos superan las historias de niños que sufren la enfermedad y de quienes han dejado solos a padres y a hermanos.

Pero esa misma sensibilidad ha gestado programas de voluntariado como el que Fundación Aladina ha desarrollado en el Hospital Niño Jesús, en Madrid. Esta fundación forma a personas voluntarias para que jueguen con niños enfermos de cáncer, realicen, talleres, hagan gimnasia y otras actividades.

Buscan mantener viva la chispa de los niños y sus ganas de curarse, contribuir a que pierdan el miedo, a que expresen sus emociones, y lleven de la mejor manera posible su hospitalización un proceso duro para cualquiera. Esta labor está coordinada por un equipo de profesionales y de psico-oncólogos.
Sostienen desde la Asociación Española contra el Cáncer: “los niños y sus familiares viven esta experiencia con gran dolor, incertidumbre y miedo. El tratamiento suele ser un proceso agresivo que conlleva momentos difíciles para todos. Por lo que es necesario desarrollar acciones dirigidas a minimizar las alteraciones emocionales y la interrupción del adecuado desarrollo del niño”.

Además del apoyo psicológico y emocional para los niños, la Fundación Aladino trabaja también con los familiares de los enfermos el aspecto emocional y ofrece grupos de duelo para intentar soportar la avalancha que supone una muerte. Cuando muere un niño se sufre el más implacable de los duelos porque subvierte el orden natural de la vida que permite hacer un duelo más o menos “normal” tras enterrar a los abuelos, a los tíos y a los padres, no a los hermanos pequeños ni a los hijos. Añade escarnio a ese agravio la muerte de un menor con cáncer por el dolor y el sufrimiento, por el deterioro físico, por la impotencia y la rabia acumuladas, así como los sentimientos de culpa.

En España queda pendiente desarrollar programas de apoyo en el propio domicilio de los pacientes y de sus familiares. Así lo sostiene Óscar Aguilera Martínez, investigador del departamento de Oncología Traslacional del Instituto Oncohealth (Fundación Jiménez Díaz).

Aguilera Martínez alerta del aumento exponencial en los casos de cáncer infantil y desmonta así la premisa de que este aumento se deba al aumento en la esperanza de vida. En el Reino Unido mueren más niños por cáncer que por cualquier otra causa, incluidos los accidentes. En Estados Unidos, en España y en la mayor parte de los llamados “países desarrollados”, el cáncer sólo es superado por los accidentes como principal causa de muerte en los niños.

Por otro lado, se ha registrado una reducción general en la mortalidad. La supervivencia en España ha aumentado en un 43% en los pacientes diagnosticados desde el 1980 hasta 2006. Pero no se pueden perder de vista las secuelas que llegan a tener las quimioterapias y las radioterapias en el desarrollo de estos menores que consiguen llegar a la vida adulta: infertilidad, daños en órganos, problemas de crecimiento y otros cánceres. Se necesita conducir el debate público más hacia las múltiples causas de una enfermedad compleja para tomar medidas antes de que se produzca tanto sufrimiento, mucho de ello quizá evitable.