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miércoles, 6 de febrero de 2019

¿A dónde vamos tan deprisa?



José Arregi

El ritmo que llevamos me produce vértigo. Especialmente alarmante, y todo un síntoma cultural de la anticultura en que vivimos, es el estrés de las madres y de los padres jóvenes con hijos: la hipoteca, la cocina, la limpieza, la compra, el ambulatorio, la consulta, la guardería, el colegio, los extraescolares hasta las tantas, averías sin fin, facturas y más facturas. Llega el fin de semana, deporte escolar: levántate, llévalo, tráelo. Hoy os toca con el padre, hoy os toca con la madre, haz y deshaz la mochila, carga, vete, alguien llora a solas cada vez. Es para volverse locos. Son unos héroes, o unos santos. ¿Cómo que santos? ¿No llaman el Concilio Vaticano II y el Derecho Canónico “estado de perfección” a la vida del convento?

Pero sigamos. Sin tiempo de respirar, llega la noche del domingo, y hay tanto que limpiar y preparar para mañana. Ya es lunes. Quien tiene la suerte de tener empleo corre, con el cuerpo cansado, el alma desganada. Trabaja ocho horas, con cien mil cosas en la cabeza, y sin saber si mañana podrá trabajar, todo ello por 1.000 € al mes, 1.600 sería una fortuna. ¿Pero sabes a cuánto equivaldría hoy, según el poder adquisitivo, el salario más humilde de los años 60 y 70? Equivaldría a 2.800 €. Sic. Pásmate. Yo tampoco me lo podía creer, pero lo ha demostrado Roberto Velasco, catedrático de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad del País Vasco.

¿A dónde habrá ido a parar la diferencia entre los 1.000 € que ganan muchos y los 2.800 que deberían ganar? No creo que todo se lo hayan llevado las empresas chinas e indias, cuyos productos tumban nuestros precios y, por lo tanto, nuestros salarios. Algo tendrá que ver el que las 26 personas más ricas del mundo posean tanta riqueza como los 3.800 millones de personas más pobres del planeta: lo ha denunciado OXFAM en el informe “Bienestar público o beneficio privado”, elaborado con ocasión de la última edición del Foro Económico Mundial que cada año reúne en Davos (Suiza) a los poderosos de la Tierra, esa “gente muy seria –ha dicho alguien– que se junta para discutir sobre cómo no hacer nada con la desigualdad”. Es la raíz estructural del mal.

¡Pobres hombres!, lo digo por todos: por la especie humana de esta bendita Tierra, por las 3.800 millones personas más pobres que malviven en ella, por todos nosotros, y también por las 26 personas más ricas del planeta, pues no puedo creer que sean felices siendo tan inconscientes en su burbuja. Somos la única especie que ha decidido sacrificar el bienestar común por el beneficio privado. ¡Pobre humanidad!
¿Qué nos ha traído hasta aquí? Es la codicia de querer tener cada vez más, sobre todo más que el vecino. La codicia viene a su vez del miedo, el miedo a perder, sobre todo a tener menos que el vecino. Gran error, pura inconsciencia. La codicia nos lleva a competir con todos, hasta con nosotros mismos, para desgracia de todos. Si no le devoro, me devorará. Competir es la ley global sin regla. Es el medio y el fin. Ir más rápido que el otro, ganar la carrera. Ganar. ¿Es la ley de la vida? Es la ley de la muerte.

Esta competitividad, fruto y llave de la codicia, es la que ha acelerado la economía, la historia, la vida de nuestros jóvenes padres, nuestra vida. La era de los cazadores-recolectores tardó o, mejor, se tomó 290.000 para inventar la agricultura. La agricultura se tomó solo 12.000 años para pasar a la industria, inventando la máquina de vapor en 1769. Pero en apenas 250 años, la industria ya va por su cuarta revolución, y nadie sabe a dónde nos conduce, si a lo mejor o a lo peor. Una cosa es cierta: vamos cada vez más rápido. Huimos adelante. Cuantas más máquinas inteligentes fabricamos, menos descansamos. Si seguimos acelerando, nos estrellaremos.

¿Cómo podremos acompasar el ritmo, corregir el rumbo? Está claro: debemos parar, respirar a fondo, hacernos presentes, escuchar el silencio, sentir el jadeo, mirar al herido. Dejar de huir adelante, recuperar la calma, ser lo que somos, vivir en paz. Permitidme decirlo con una palabra: espiritualidad. Con o sin religión, pero espiritualidad.

¿Y las religiones? Las religiones nacieron del soplo vital libre que alienta cuanto es. Nacieron para infundirlo, y tomaron forma. Pero cuando se aferran a la forma –a la letra, al dogma, al rito, al poder, a la cosmovisión de otro tiempo, a su propia necesidad de supervivencia–, la forma las ahoga. Buscan seguridad en el pasado, desertando el presente con su cultura, sus preguntas, sus gozos y dramas. Se vuelven incapaces de infundir aliento. Las religiones huyen atrás, y la gente huye de ellas. Les queda una de dos: liberarse o morir (o convertirse en gueto, que equivale a morir). Solo si aceptan liberarse de su forma pasada podrán todavía vivir e infundir aliento a una humanidad y un planeta sofocados por la prisa. Pero me pregunto si las religiones no son, también ellas, víctimas de la prisa, de la ambición de ganar, del empeño letal por defender su posesión del bien y de la verdad, de sus intereses privados frente al bienestar común.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 03 de Febrero de 2019)

viernes, 1 de septiembre de 2017

Ternura y dinero.


J. I. González Faus. 

Si hay algo que nos realice y nos dé plenitud como seres humanos es eso que llamamos ternura. No una ternura simplona, sentimental y momentánea, sino eso que en tantas lenguas se designa con alusión a lo más visceral de nosotros: a lo que llamamos “ser entrañable”, con un término puesto audazmente en circulación por el Primer Testamento bíblico, para hablar de Yahvé.

Por otro lado, la experiencia nos habrá hecho ver en algún momento, que es ahí donde encontramos la más seria y más legítima afirmación de nosotros mismos. Pero a la vez: si hay algo que nos impida desplegar esa ternura y que la agoste en nosotros, es la pasión por el dinero: esa pasión nos lleva a buscar otra afirmación de nosotros mismos, falsa en este caso, siempre jadeante y siempre insatisfecha.


Creo percibir que esas dos dimensiones envuelven casi toda nuestra atmósfera actual. Por fortuna quedan aún suficientes gestos de ternura (otras veces he hablado de estrellas en la noche) que nos dan fuerzas para seguir viviendo. Cuando el pasado atentado de Manchester fue espontánea la oferta de familias y taxistas que se ofrecieron a hospedar en su casa o llevar gratis a dónde hiciera falta, a niños y adolescentes que habían perdido el contacto con sus padres, en el caos subsiguiente a la explosión. Y ahí está el heroísmo reciente de Iñaki Echeverría en Londres. Uno siente ganas de aplaudir, pero a la vez se pregunta por qué esos gestos no son más frecuentes en este panorama desolador que nos envuelve de atentados socioeconómicos cotidianos: en esas normativas de “austeridad para los pobres, crecimiento para los ricos”, o de “bienestar para los de casa e internamiento para los de fuera” (donde Gran Bretaña ocupa un lugar alto en la clasificación de inhumanidad); o ante esas leyes de terrorismo laboral, llamadas hipócritamente de “reforma”…


Y la respuesta me parece clara: es el dios dinero el que ahoga eso mejor de nosotros que la otra barbarie terrorista hace aflorar de vez en cuando. ¡Qué pena que sólo sepamos ser verdaderamente humanos cuando la inhumanidad nos golpea salvajemente! Evocando otra vez a A. Camus: “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”; pero ¿por qué será que esos trazos admirables sólo se dibujan cuando estalla la peste?


En una de las obras más importantes del siglo pasado (Lo pequeño es hermoso) E. Schumacher tiene un capítulo titulado “paz y permanencia”, donde critica esa ideología dominante de que “el camino de la paz es el camino de la riqueza”: que cuando todos seamos ricos se acabarán las guerras. Esa ideología llevó a la atrocidad de Keynes (tan meritorio en otros campos) de que “debemos pasar todavía cien años simulando ante nosotros mismos que lo bello es sucio y lo sucio es bello: porque resulta que lo bello es inútil y lo sucio no lo es… La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo”. Han pasado ya 87 años desde que se escribieron esas palabras y lo único que ha sucedido es que nos hemos vuelto todos más cínicos y unos pocos mucho más ricos, pero no que la paz esté más cerca. Porque (concluye Schumacher) “si los vicios humanos tales como la desmedida ambición y la envidia son cultivados sistemáticamente, el resultado inevitable es nada menos que un colapso de la inteligencia: un hombre dirigido por la ambición y la envidia pierde el poder de ver las cosas tal como son”. Y concluye citando a Dorothy Sayers “no pensemos que las guerras son catástrofes irracionales: las guerras ocurren cuando formas erróneas de pensar y de vivir conducen a situaciones intolerables”. Y situación intolerable es la de miles de millones de personas en nuestro mundo, mientras nosotros creemos ser felices celebrando, por ejemplo, un campeonato de liga ganado, en última instancia, a golpes de talonario. Así de estúpidos nos han vuelto.


¡Cuánta razón tenían Buda y Jesús de Nazaret! El primero pone de relieve la inmensa mentira de ese ego al que intentamos alimentar a base de dinero, y siempre sigue pidiendo más y más porque, en realidad, no se alimenta sino que se consume, ya que ni siquiera tiene verdadera realidad. El segundo con su sencilla radicalidad usual: “no podéis servir a Dios y al dinero”. Que para nuestro tema de hoy significa (¡oigamos bien!): “No podéis servir a la ternura y al dinero”.


Así estamos hoy por haber querido servir al segundo: faltos, totalmente carentes de esa ternura que sería la fuente de nuestra verdadera paz y de la única posible felicidad. Y así vuelven a cobrar enorme relieve aquellas palabras de Ignacio Ellacuría mártir precisamente por pensar de ese modo: nuestro mundo del s. XXI sólo puede tener solución en “una civilización de la sobriedad compartida”. Si no, acaba pasando que, mientras el dinero intenta acomodarnos en una “banalidad” del mal, la guerra reaparece para recordarnos la intolerabilidad del mal.


sábado, 29 de octubre de 2016

Compartir trabajo para conciliar vida en familia.



Carlos Miguélez Monroy, Periodista

La mera existencia del llamado job sharing contribuye al reconocimiento que tiene la importancia de la conciliación familiar y la búsqueda de la felicidad como componentes fundamentales de la vida.
La necesidad de compaginar de forma más armónica el trabajo con la vida familiar y el desarrollo personal lleva a cada vez más gente en Europa a “compartir su trabajo”. El job sharing consiste en repartir las responsabilidades y el sueldo de un puesto de trabajo entre dos personas.
Se definen las responsabilidades, se reparten las funciones y se establecen los horarios de forma que no se altere el funcionamiento. Si lo hacen médicos y enfermeros con sus guardias en los hospitales, con el nivel de responsabilidad que tienen, ¿por qué no pueden hacerlo trabajadores del resto de sectores profesionales?

Casi la mitad de las empresas en Reino Unido ofrecen a sus trabajadores esa opción; casi un cuarto en Bélgica Holanda y Austria, seguidos por Alemania y Francia, según un estudio de la agencia Robert Half.
Renunciar a la mitad del sueldo compensa a casi la mitad de los trabajadores de empresas en Reino Unido, que ganan lo suficiente para una vida digna. Sería interesante conocer la proporción de esos trabajadores que viven solos, cuántos en pareja con personas que recurren a la misma opción, cuántos con hijos y otros indicadores que nos ayudarían a saber hasta qué punto se puede replicar en otros países.

Para hacerse eco del éxito de la iniciativa, algunos medios han presentado casos de personas del mundo empresarial, de representantes políticos y de funcionarios públicos. Convendría tener en cuenta su baremo salarial para no presentar esta alternativa como solución a la falta de conciliación familiar y luego resultara que quedan excluidas las llamadas clases medias, quienes ganan el salario mínimo o una cifra que apenas lo supera. Alguien que gana 1.400 quizá no pueda permitirse renunciar a la mitad de su sueldo para ocuparse de sus hijos y de su pareja. En países con salarios menores a los de Reno Unido y altos niveles de impuestos, esta opción tendrá mayores dificultades para cristalizar.

Pero la mera existencia de esta alternativa contribuye al reconocimiento que tiene la importancia de la conciliación familiar y la búsqueda de la felicidad como componentes fundamentales de la vida. Demuestra que no todo es triunfo profesional y que cada vez más personas cuestionan el dogma de la productividad a cualquier precio como único indicador de éxito.
En España, el Congreso acaba de aprobar una propuesta para igualar los permisos de maternidad y paternidad, tras meses de trabajo de la Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción (PPiiNA). Sin embargo, la decisión de adoptar la propuesta está en manos del Partido Popular (PP), al frente del gobierno y que se abstuvo en las votaciones sobre la propuesta. Este partido ha mostrado mayor sensibilidad a las propuestas de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales), que presiona para dar a los grandes empresarios carta blanca en los despidos y laxitud a la hora de hacer efectivos derechos por los que han luchado trabajadores y clase obrera durante décadas.

En muchas otras sociedades parece que empieza a alcanzarse una masa crítica para reconocer la importancia que tiene por un lado ampliar los derechos laborales en materia de permiso de maternidad y, por otro, equiparar los derechos de hombres y mujeres.
Además de una cuestión de derechos, se trata de sentido común. Una madre o un padre satisfechos pueden rendir mejor en un trabajo de menos horas que en una jornada larga de trabajo en la que su única interacción con los hijos sea la cena y acostarlos a dormir al volver a casa. Si padre y madre pueden repartirse mejor las tareas del hogar disminuye el riesgo de tensiones y conflictos, lo que redunda de forma positiva en el rendimiento en el trabajo. Menos salidas a la calle para hablar por teléfono, menos caras largas y mejor concentración en el puesto de trabajo.

Se suele decir que no se puede llevar al trabajo los problemas de casa y viceversa. Pero eso es precisamente lo que consigue la separación de trabajo, familia y actividades de ocio para la satisfacción personal, como si fueran “compartimentos estanco” y unas no afectaran al resto. Quizá se trate más de buscar equilibrio y armonía.

Fuente:

jueves, 18 de agosto de 2016

El Evangelio y la familia.



José M. Castillo, teólogo

Una de las cosas que más llaman la atención, cuando se leen detenidamente los evangelios, es la actitud personal de Jesús y las enseñanzas que transmitió respecto a la familia. No es posible, en el limitado espacio de este artículo, analizar al detalle la abundante documentación que ofrecen sobre todo los sinópticos sobre este asunto. Aquí me limito a señalar dónde y en qué está el problema. Más adelante (y con tiempo) espero poder explicar la hondura que entraña todo esto y las consecuencias que tiene.

Lo primero, que hizo Jesús al iniciar su ministerio público, fue abandonar su trabajo, su casa y su familia. A partir de aquella decisión, las relaciones de Jesús con sus parientes fueron tensas, complicadas y hasta difíciles. Su familia más cercana pensaba de él que había perdido la cabeza (Mc 3, 21). Y cuando fue a su pueblo, sin duda para explicar su mensaje, ni los vecinos de Nazaret creyeron en él, se escandalizaron de lo que enseñaba y el propio Jesús se sintió despreciado por los de su casa (Mc 6, 1-6; Mt 13, 53-58; Lc 4, 16-30). En el relato, que hace Lucas de esta visita, la cosa llegó hasta el extremo de que los vecinos del pueblo intentaron matarlo (Lc 4, 28-29). Y es que Jesús revolucionó el tema de la familia hasta el extremo de que, para él, su madre y sus hermanos son, ante todo, los que hacen la voluntad del Padre del cielo (Mc 3, 31-35; Mt 12, 46-50; Lc 8, 19-21). Aquí y en esto es donde se ve más claro hasta qué punto Jesús puso las cosas en su sitio. Y hasta qué extremo reordenó todas nuestras relaciones personales, económicas y sociales.

Por otra parte, cuando Jesús llamaba a los discípulos, que se agregaban al grupo, lo primero que les exigía, para “seguirle”, era abandonar la familia y los bienes (el dinero) (Mc 10, 17-31; Mt 19, 16-22; Lc 18, 18-30) sin poner condición alguna (Mc 1, 16-21; Mt 4, 18-22; Lc 5, 1-14). Jesús fue tan radical, en este orden de cosas, que no admitió, como justificante para retrasar la decisión de “seguirle”, ni el entierro del propio padre, ni siquiera despedirse de la familia (Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62).

Ahora bien, a partir de este radicalismo evangélico, lo más duro y lo más fuerte, que planteó Jesús, fue el conflicto radical en la institución familiar: “No he venido a sembrar paz, sino espadas”, destrozando las relaciones de parentesco. Las palabras de Jesús son elocuentes y sobrecogedoras por sí solas y por sí mismas (Mt 10, 34-42; Lc 12, 51-53; 14, 26-27).

Así las cosas, el problema de fondo, que aquí se plantea, solamente se puede comprender si se tiene en cuenta lo que han analizado pacientemente los historiadores y juristas, a saber: la casa – y consiguientemente la familia – era (y sigue siendo) “la estructura básica de la sociedad en que el cristianismo nació y se desarrolló, como en realidad lo es de toda sociedad sedentaria preindustrial” (R. Aguirre). Esto es lo que explica que, en el Nuevo Testamento, como indica el mismo profesor Aguirre, se nos habla de la conversión de casas enteras (Jn 4, 53; Hech 11, 14; 16, 15. 31-34; 1 Cor 1, 16; Hech 18, 8) e incluso parece que la casa era la forma básica de organización de la Iglesia en sus inicios (cf. Rom 16, 5; 1 Cor 16, 19; Col 4, 15; Flm 1-2).

Pero esto tuvo consecuencias dramáticas. Porque sabemos que las sociedades mediterráneas del siglo primero estaban estructuradas sobre la base de la organización familiar. Ahora bien, en la familia de aquel tiempo todo estaba organizado y legislado en torno a la figura del “pater-familias”, que era el cabeza, jefe y dueño de la casa y sus componentes. De ahí que lo determinante, en la familia, no eran las relaciones personales, sino el sometimiento al poder. Y, por consiguiente, el sometimiento también a la estructura y al sistema de la sociedad romana. Lo que llevaba consigo una consecuencia que impresiona: “mujeres, esclavos y niños” eran los sujetos que carecían de derechos y tenían que vivir callados y sumisos, es decir, eran seres humanos que tenían siempre sobre ellos a un hombre como dueño (J.Jeremias, J. Leipold). Se comprende, por esto, el enfrentamiento revolucionario de Jesús y su Evangelio a este sistema de familia y, en definitiva, de sociedad.

El problema, que se nos plantea a partir de los orígenes más remotos de la Iglesia, está en que las primeras “iglesias” (o asambleas cristianas) fueron fundadas por Pablo, según el modelo de las “comunidades domésticas” de las que nos habla el mismo Pablo en sus cartas y en las “deuteropaulinas” (Col y Ef), que reproducen el modelo de la sociedad romana: la mujer “callada y sumisa” (Col 3, 18-4, 1; Ef 5, 22-6, 9). Es el modelo que encontramos en las comunidades organizadas por Pablo desde los años 40 a los 60. Pero en aquellos años aún no se conocían los evangelios, en su redacción definitiva (la que ha llegado a nosotros), la que la Iglesia ha aceptado y propuesto como el texto oficial para los creyentes en Jesús.

En todo caso, me parece acertada la reflexión final que propone el profesor Rafel Aguirre: “el hecho de que la Iglesia haya puesto en primer lugar los evangelios y los haya rodeado de una estima muy particular indica que, en medio de las ambigüedades inevitables de sus opciones históricas, (la Iglesia) reconoce los principios carismáticos de Jesús como su norma fundamental… Por eso, el creyente que lee los códigos domésticos del Nuevo Testamento debe ser consciente de las opciones y repercusiones históricas y sociológicas que implican”. A lo que este modesto teólogo añade que, como he dicho recientemente y recordando un texto genial de san Juan de la Cruz, la Palabra definitiva de Dios a la humanidad es Jesús, su vida y su enseñanza.

Esto supuesto, lo que no cabe en mi cabeza es que, a estas alturas y en el momento que vivimos, siga habiendo tantos hombres de Iglesia, profundamente religiosos, que anteponen sus ideas y conveniencias a la Palabra definitiva de Dios en el Evangelio, que nos trasmitió Jesús.

domingo, 11 de enero de 2015

Los problemas teológicos de la familia, ¿son dogmas de fe?



José M. Castillo, teólogo
Teología sin censura

1. Cuando hablamos de la “familia”, ¿de qué hablamos?
Para comprender la hondura y la importancia del problema, que aquí afrontamos, hay que tener en cuenta, ante todo, que la familia es: 1) Una unidad económica: la transmisión de la propiedad (los bienes, el patrimonio) ha sido, durante siglos, la base principal del matrimonio (Anthony Giddens, Un mundo desbocado, Madrid, Taurus, 2000, 67-68). 2) Una unidad jurídica: los deberes y los derechos de los padres, de los hijos, y de las relaciones que deben mantener, han necesitado y han justificado una serie de leyes y las consiguientes dependencias respecto al poder judicial. 3) Una unidad de relaciones emocionales: relaciones entre los cónyuges, entre los padres y los hijos, entre los hermanos….

Pero aquí es de suma importancia señalar que, en la Europa medieval (y todavía en muchas culturas) el matrimonio no se contraía sobre la base del amor sexual, ni se consideraba como un espacio donde el amor debía florecer. La desigualdad de hombres y mujeres era intrínseca a la familia tradicional. En Europa las mujeres eran propiedad de sus maridos. Y esto se extendía, por supuesto, a la vida sexual. Durante gran parte de la historia, los hombres se han valido de amantes, cortesanas y prostitutas. Los más ricos tenían aventuras amorosas con sirvientas. Eso sí, los hombres tenían que asegurarse de que sus mujeres fueran las madres de sus hijos. 4) Una unidad para la procreación: ya que el matrimonio y la familia constituyen normalmente el medio que, mediante la generación, perpetúa la especie y, sobre todo, socializa a los recién nacidos integrándolos en la sociedad.

2. Problemas teológicos de la familia

Cuando en este conjunto de problemas (propiedad, derecho, sexo, generación, educación…) entra la religión y se mezcla con tales problemas, a esos problemas se suma un elemento añadido, de enorme importancia (para bien o para mal) porque toca donde nadie más puede tocar, en la intimidad de la conciencia, allí donde uno se ve a sí mismo como una persona honrada o, por el contrario, como un indeseable, un despreciable, una mala persona. Todos los problemas que entran en el enorme bloque de la “bio-ética” están condicionados, en gran medida, por esta intromisión del hecho religioso en la institución familiar.

Esto supuesto, la pregunta que se plantea es la siguiente: los llamados “problemas teológicos de la familia”, ¿son problemas que afectan a nuestra fe cristiana? Y por tanto, si un creyente está en desacuerdo con las soluciones “oficiales”, que se les suelen dar a esos problemas, ¿es por eso un mal creyente o incluso un hereje? Dicho de otra forma, ¿se puede disentir de las soluciones “oficiales”, que se suelen dar a los problemas relativos al matrimonio y a la familia, sin ser por eso un mal cristiano que pone en serio peligro su fe y su amor a la Iglesia?

3. Dogma de Fe

En la Iglesia se entiende por “Dogma de Fe”, “una proposición objeto de fe divina y católica” (K. Rahner-H. Vorgrimler, Diccionario Teológico, Barcelona, Herder, 1966, 185). Esta afirmación se basa en la definición que, en 1870, hizo el concilio Vaticano I: “Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ya sea por juicio solemne, ya sea por su magisterio ordinario y universal” (Denzinger-Hünermann, 3011). Por tanto, para que una verdad sea Dogma de Fe, en esa verdad tienen que darse dos elementos esenciales: 1º) Tiene que ser una verdad que ha sido revelada por Dios. 2º) Tiene que ser una verdad que el Magisterio de la Iglesia propone como revelada por Dios. Si falta uno de estos dos elementos esenciales, no hay (ni puede haber) un Dogma de Fe. La negación (o la puesta en duda) de una verdad determinada, que no reúna los dos elementos mencionados, no puede ser nunca una herejía.

De lo dicho se sigue que todo lo que no son “dogmas de fe”, son por eso mismo cuestiones de las que se puede disentir. Serían, por tanto, “quaestiones disputatae”, según la denominación que les daba a estas cuestiones la teología escolástica medieval. Es decir, serían cuestiones que siempre pueden estar sometidas a la duda, a la discusión, incluso al disenso.

4. Los problemas relativos a la familia, ¿son Dogmas de Fe?

Ante todo, tenemos presente que una verdad teológica es “Dogma de Fe” cuando esa verdad ha sido revelada por Dios (en la Biblia o en la Tradición) y cuando, además de eso, tal verdad ha sido propuesta por el Magisterio de la Iglesia como una afirmación de Fe que ha de ser aceptada y creída como Dogma. Por tanto, no basta preguntarse si tal problema concreto (relativo al matrimonio o a la familia) se encuentra en la “revelación civina”. Además de eso, tiene que estar fuera de duda que esa verdad ha sido propuesta por el Magisterio infalible como Dogma de Fe.

Ahora bien, no existe ninguna afirmación teológica, relativa al matrimonio o a la familia, que reúna los dos elementos mencionados. Concretamente, el tema de la ley natural (al que suelen apelar los documentos eclesiásticos cuando se refieren a la familia) aparece, por primera vez, en el Magisterio solemne de la Iglesia, en la Declaración “Dignitatis Humanae” sobre la libertad religiosa, del concilio Vaticano II, en 1963. El tema de la indisolubilidad del matrimonio se menciona por primera vez, en un documento pontificio, en la Encíclica “Arvanum Divinae Sapientiae”, de León XIII, en 1880. El tema de la homosexualidad fue asunto de los manuales de teología moral, hasta que en 1975, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la Declaración “Persona humana”, rechaza abiertamente las prácticas homosexuales como contrarias al constante magisterio eclesial y al sentimiento moral de los fieles.

No se trata de analizar aquí estos documentos. Para lo que interesa al presente estudio, basta tener claro que ninguno de estos documentos, ni los que han tratado posteriormente estos asuntos, han sido pronunciamientos del Magisterio infalible de la Iglesia. Por tanto, no se trata de doctrinas vinculantes para la Fe de los cristianos.

En consecuencia, no se puede afirmar que los problemas que plantea la teología del matrimonio y la familia sean temas que afectan a la Fe divina y católica. No lo son. Así lo demuestra la historia de la Iglesia y de la teología cristiana.

En efecto, durante los primeros siglos de la Iglesia, los cristianos siguieron los mismos usos y costumbres, por lo que concierne al casamiento, que había en el resto del Imperio romano. Esta situación se mantuvo, por lo menos, hasta el siglo IV (J. Duss-Von Werdt, El matrimonio como sacramento, en Mysterium Salutis, IV/2, 411). Lo cual quiere decir que los cristianos de los primeros siglos no tenían conciencia de que la revelación cristiana hubiera aportado algo nuevo y específico al hecho cultural del matrimonio en sí. Por tanto, en aquellos primeros siglos, la Iglesia no tenía un Derecho matrimonial propio y específico. Es más – y esto es importante que se sepa -, la Iglesia, durante casi todo el primer milenio, no sólo se rigió en sus decisiones (también sobre el matrimonio y la familia) por el Derecho romano, sino que “la custodia de la tradición jurídica romana recayó fundamentalmente en la Iglesia. Como institución, el Derecho propio de la Iglesia en toda Europa fue el Derecho romano. Como se decía en la Ley Ripuaria de los francos (61(58)1), en el s. VII, “la iglesia vive conforme al Derecho romano” (Peter G. Stein, El Derecho romano en la Historia de Europa, Madrid, Siglo XXI, 2001, 57). Más aún, en el año 619, el concilio de Sevilla, presidido por san Isidoro, invocaba el Derecho romano como la “lex mundialis”, aceptando así su universalidad (Conc. Hispalense II, can. 1 y 3. Cf. Ennio Cortese, Le Grandi Linee della Storia Giuridica Medievale, Roma, Il Cigno, 2008, 48). Y esto se mantuvo así, no obstante las resistencias de algún que otro autor más puritano, como fue el caso de Beda el venerable. Sin embargo, desde el año 620, las Etymologiae de san Isidoro se erigieron en la fuente de referencia más importante del Derecho romano a lo largo y ancho de Europa (Peter G. Stein, o. c., 58).

Ahora bien, es importante saber que el Derecho romano no se ocupara para nada de lo que ocurría dentro de la familia. Las relaciones entre sus miembros eran un asunto privado, en el que la comunidad no intervenía. Todo el Derecho recaía sobre el poder y los privilegios del paterfamilias, en el que se concentraba toa la propiedad familiar. Y todos los poderes sobre la mujer y sus hijos. De manera que los hijos, incluso adultos, no podían poseer bienes hasta la muerte del padre (Peter G. Stein, o. c., 7-8).

Como es lógico, estas condiciones y este vacío de legalidad indican claramente que las preocupaciones de la Iglesia no se centraban en los temas relativos al matrimonio y a la familia. En todo el primer milenio, no hay documento alguno del Magisterio que hable de los siete sacramentos. Porque la teología de los siete sacramentos se elabora a partir de los comentarios al Decretum de Graciano (.s. XI). Tales comentarios se hicieron, por tanto, a partir del s. XII, cuando aparecieron los primeros libros de Sententiae o Tractatus sobre los sacramentos (las Sententiae Divinitatis y el Tractatus de sacramentis del Maestro Simón). Hasta que se impuso el tratado de las Sentencias de Pedro Lombardo, que fue aceptado como fuente de los comentarios de los grandes Teólogos Escolásticos, de los siglos XII y XIII. Pero es importante saber que hasta el s. XIV no se impuso la doctrina de los siete sacramentos (José M. Castillo, Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos, Salamanca, Sígueme, 1981, 375-301).

Sabemos que el concilio de Trento dedicó la Ses. VII por completo al tema de los siete sacramentos. Pero, para fijar exactamente el “valor dogmático” que tienen las afirmaciones, que hizo el concilio en esta Sesión, hay que tener en cuenta dos puntos capitales: 1º) Los anathemas que impuso el concilio no significan necesariamente, en modo alguno, condenas de herejía (por ejemplo, DH 1660; 1759. Cf. P. Fransen, Reflexions sur l’anathème au concile de Trente: ETL 29 (1953) 658). 2º) La pregunta que les hicieron a los padres y teólogos del concilio fue si las doctrinas, que enseñaban los reformadores sobre los sacramentos, eran “errores” o “herejías” (CT 5, 844, 31-32). Pero no hubo manera de llegar a un acuerdo sobre este asunto. Así consta expresamente en las Actas del concilio (CT 5, 994, 11-12. DH 1600; cf. José M. Castillo, o. c., 333).

Por tanto, no es un “dogma de fe” ni que los sacramentos sean siete; ni que el matrimonio cristiano sea un sacramento instituido por Cristo. A partir de esta afirmación fundamental, hay que tener presente que toda la doctrina del Magisterio, sobre el matrimonio y sobre la familia, nunca ha sido una definición dogmática. Siempre han sido enseñanzas pastorales, catequéticas o, en todo caso, de rango inferior. Ni siquiera el concilio Vaticano II se pronunció dogmáticamente sobre los asuntos que trató. Fue un “concilio pastoral”. Esto es lo que quiso Juan XXIII y mantuvo Pablo VI.

La conclusión, que cabe deducir de lo dicho, es que todas las cuestiones y problemas, que se han planteado y se están debatiendo en el Sínodo de la Familia, son cuestiones sobre las que todos los cristianos podemos (y debemos) sentirnos libres para pensar, opinar y decir nuestra opinión, sin que por eso debamos tener miedo a atentar contra nuestra fe y nuestra fidelidad a la Iglesia.

5. Cuestiones de mayor actualidad

1. Divorcio

He dicho que el Derecho de la Iglesia, durante los diez primeros siglos de su historia, fue el Derecho romano. Pues bien, en los manuales de Derecho romano se enseña que, al menos hasta el siglo IV, la libertad para divorciarse fue casi total en la sociedad romana. A partir del siglo IV, fue en aumento una cierta reprobación social en los casos de divorcios que se efectuaban sin una causa justificada (cf. Aulo Gelio, en las Noches Áticas, en 232 a. C., que probaría la mencionada reprobación social en los casos de divorcio injustificado). A partir del siglo VI, Justiniano admite el divorcio por “justa causa”. Y se sabe, con seguridad, que la Iglesia aceptó y practicó esta legislación. Por ejemplo, el año 726, el papa Gregorio II responde a una consulta de san Bonifacio: ¿Qué debe hacer el marido cuya mujer haya enfermado y como consecuencia no puede darle el débito conyugal? “Sería bueno que todo siguiese igual y se diese a la continencia. Pero, como eso es de hombres grandes, el que no se pueda contener, que vuelva a casarse; pero no deje de ayudar económicamente a la que enfermó y no ha quedado excluida por culpa detestable” (PL 89, 525). La misma doctrina sobre el divorcio entre cristianos se encuentra en el papa Inocencio I, en respuesta a Probo (PL 20, 602-603; cf. M. Sotomayor, Tradición de la Iglesia con respecto al divorcio: Proyección 28 (1981) 102-103).

2. Homosexualidad

Este asunto es motivo y causa de enorme apasionamiento y de más enorme sufrimiento. Ambas cosas. Apasionamiento en quienes lo rechazan. Y sufrimiento en no pocos de quienes lo padecen o lo tienen que soportar, en las sociedades en que esta condición de la sexualidad humana es fuertemente rechazada.

Es de sobra conocido que algunas religiones se han opuesto, y se sigue enfrentando, con violencia a las personas de condición homosexual. En la historia del cristianismo, este enfrentamiento ha llegado, a veces, a la violencia extrema del asesinato. Antiguamente, a los homosexuales se les quemaba vivos, como se hacía con los herejes. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, la cultura se humaniza y, sobre todo, se conoce mejor lo que es la condición humana en su totalidad, el juicio y la estimación social de este asunto se va equilibrando.

Se suele citar a san Pablo como un opositor tajante de la condición homosexual. Pero hay que matizar este juicio. Pablo, hablando desde la Torá judía, singulariza en Rom 1, 26-27 la homosexualidad únicamente para rechazarla como “contra la naturaleza”. Pero en esa tradición, como en muchas otras, la naturaleza sexual estaba determinada por la biología, el cuerpo y los genitales. Para muchas personas hoy en día, sin embargo, la naturaleza sexual está determinada por la química, el cerebro y las hormonas. Así pues, Pablo nunca se enfrentó a la pregunta que nosotros debemos responder actualmente (J. D. Crossan, J. L. Reed, En busca de Pablo, Estella, Verbo Divino, 2006, 453). ¿Qué pasa si resulta que la homosexualidad es tan “natural”, para algunos, como lo es la heterosexualidad, para otros? En todo caso, no podemos utilizar a Pablo para responder a una pregunta que Pablo, en su tiempo y su cultura, no pudo jamás hacerse, ni sospechar del problema que esa pregunta oculta.

Por esto, parece más razonable hacerse esta otra pregunta: ¿aceptó la Iglesia, en siglos anteriores y en algunos casos, el matrimonio homosexual?

El Derecho romano, que la Iglesia aceptó e hizo suyo, reconocía dos definiciones de matrimonio. Así lo indican los manuales de Derecho romano (Antonio Fernández de Buján, Derecho Privado Romano, Madrid, Iustel, 2008, 134-135). Una de estas definiciones se encuentra ya en Ulpiano (Digesto, 1. 1. 3) y fue desarrollada por Modestino (D. 23. 2. 1), que entiende el “matrimonio, coniunctio maris et feminae, la unión del hombre y la mujer”. La otra definición está también en Ulpiano (D. 24. 1. 32. 13): “No es la unión sexual lo que hace el matrimonio, sino la afección, affectio, matrimonial”. Como es lógico, la”afección matrimonial” se puede dar y vivir lo mismo entre personas de distinto sexo que entre personas del mismo sexo. Es verdad que la definición de Modestino (“unión de hombre y mujer”) es la que prevaleció en el Decretum de Graciano y, de ahí, pasó al Derecho Canónico. Sin embargo, la segunda de las definiciones mencionadas quedó también recogida en las Instituciones de Justiniano (A. Fernández de Buján, o. c., 135). De forma que donde se pone el acento, en ambas definiciones, es en “el proyecto de vida en común” (o. c., 135). Es evidente que tal proyecto se puede realizar lo mismo entre personas de distinto sexo que entre personas del mismo sexo.

Por lo demás – y esto es fundamental -, esta legislación tuvo que traducirse en hechos. O quizá lo que sucedió es que esta legislación era la que correspondía a hechos que se vivían ya en la Edad Media. Esto es lo que demuestra el estudio de John Boswell, Las bodas de la semejanza (Barcelona-Madrid, 1996). La tesis de la obra de Boswell es que los homosexuales existieron en la sociedad medieval occidental, sin ser perseguidos de forma significativa, existiendo también una subcultura gay que era tolerada. A partir del siglo XIII, se acentúa la tendencia hacia la uniformidad en las sociedades cristianas europeas y el fortalecimiento de las autoridades tanto religiosas como civiles, cosa que se puso de manifiesto en la persecución contra los albigenses a los que se acusaba de practicar la sodomía y de cometer delitos “contra natura”. Además, Boswell demuestra que existían rituales para la celebración de la unión matrimonial entre personas del mismo sexo. La plegaria de estos rituales matrimoniales decía: “Bendice a tus siervos N. y N., no unidos por naturaleza… Y concédeles amor recíproco y que permanezcan libres de odio y escándalo…” (John Boswell, o. c., 490-491; cf. Javier Gafo, “Cristianismo y Homosexualidad”, en Javier Gafo (ed.), La homosexualidad: un debate abierto, Bilbao, Desclée, 3ª ed., 1998, 189-222).

6. Reflexión final

Es evidente que la institución familiar es la base sobre la que se sostiene la firmeza y la consistencia del tejido social. Una sociedad en la que la familia se desestructura y se rompe es una sociedad que se autodestruye. En una sociedad así, la violencia se desata hasta límites que no imaginamos. Por el contrario, en las peores circunstancias de crisis social, si la familia es sólida, la sociedad se sostiene y mantiene a las personas y a las instituciones. Lo hemos visto en la crisis económica y política de Europa. La unidad familiar ha sido decisiva para mantener una ayuda y una protección segura a quienes los parados y, en general a quienes se han visto en dificultades. Es bien conocida la ayuda que han prestado los pensionistas a los hijos parados, a los niños, a los enfermos, etc.

Es evidente también que la familia tradicional está evolucionando. Es un hecho que el elemento determinante de la familia ya no es el matrimonio, sino la pareja. Y el factor decisivo, para el mantenimiento de la pareja, es la comunicación basada en la relación pura (Anthony Giddens, o. c., 73-75). Se trata de la relación “basada en la comunicación emocional”. La relación que se basa en aquella forma de comunicación humana en la que “entender el punto de vista de la otra persona es lo esencial” (o. c., 75). Insistir en este punto, mantenerlo y enriquecerlo, todo esto es mucho más importante que resolver los problemas teológicos tradicionales de la familia. Problemas que fueron planteados por teólogos solteros. Y ahora son de nuevo los solteros los que pretenden resolver los problemas que ellos plantearon Y problemas que los clérigos solteros les metieron en la cabeza a los laicos.

Seamos, pues, respetuosos todos, unos con otros. Y, en lugar de discutir cuestiones que no van a resolver los verdaderos problemas que hoy tienen tantas familias, seamos honestos todos. Reconozcamos nuestras limitaciones. Y pongámonos a buscar las verdaderas soluciones.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Respondiendo al cuestionario sobre la familia.


Honorio Cadarso

Definitivamente se ha publicado oficialmente el cuestionario preparatorio al próximo sínodo sobre la familia. Lo que se hacía siempre y quedaba en el secreto de los obispos, hoy está siendo un estimulador para que todo tipo de personas y grupos piensen y expresen su opinión sobre estos temas. En Religión Digital han abierto un formulario para recoger esas opiniones. Mientras no se consiga un formulario con respuestas cerradas o semicerradas no será fácil tabular esas consultas. Nosotros preferimos hacerlo publicando las que nos envíen y comentándolas después. Arranca Honorio.


Primera pregunta. Las enseñanzas de los documentos de la iglesia sobre la familia.

¿Es que hay una teología sobre la familia coherente y más o menos aceptada universalmente por los fieles? ¿Y más o menos expresada por los teólogos católicos de forma coherente y unitaria?

Los fieles perciben la falta de coherencia de la Humanae Vitae al consagrar la paternidad-maternidad responsable pero limitar su aplicación al seguimiento del método Ogino o a la abstención. No hay un desarrollo de ese principio de responsabilidad en las enseñanzas de la iglesia.

Tampoco se ha desarrollado suficientemente la teología del matrimonio tal como se desprende de los textos evangélicos. El cual evangelio es tremendamente parco en sus principios éticos aplicables a la familia, proclama enérgica y solemnemente la igualdad de derechos del hombre y de la mujer, se inhibe en la definición de las formas de convivencia hombre-mujer y en las formas de la familia, etc. etc.

Proclama asimismo el carácter sagrado y la libertad sagrada de la mujer en el uso y disfrute de su sexual idad, condena cualquier tipo de trata de blancas…

No se puede asegurar que la pastoral de la iglesia católica se ajuste y defienda todos los principios evangélicos y de derecho natural contenidos en estas consideraciones. Difícilmente se puede dar crédito a la iglesia cuando se constata el trato que ella da a la mujer dentro de sus estructuras. La gente puede reprocharle que un ciego no puede guiar a otros ciegos…

Por su parte, la Iglesia dogmatiza y pontifica sobre los principios de moral natural que considera intocables en relación a la familia, principios que son enormemente relativos y relativizables en función de las circunstancias históricas, las culturas de cada etnia y las estructuras sociales de cada país y sociedad, y sobre todo de los condicionamientos económicos a los que está sometida la convivencia de la pareja y su fecundidad.

Sin un respeto sagrado a la capacidad de juicio de la persona humana, a su conciencia personal, a su cultura y sus circunstancias de vida, es imposible pontificar sobre los principios morales que deben regir esa vida familiar.

Capítulo aparte se merece el tema de la natalidad y de las relaciones familia-estado. El control de los nacimientos y de la fecundidad se impone como un acuerdo a nivel mundial para equilibrar y asegurar la sostenibilidad del planeta y de los medios de subsistencia de la especie humana, así como el bienestar mínimo del hombre y de la mujer que aceptan engendrar hijos.

Por otra parte, el estado debe velar por el bienestar de las familias, proporcionándoles los medios necesarios para crear a sus hijos y educarlos; en este sentido, los países escandinavos y otros países son mucho más cristianos que el resto de países, por cuanto garantizan a las parejas unos medios y una tarea llevadera para sacar adelante a su familia. El aborto, como solución a la desesperada para regular los nacimientos, apenas tendría sentido en una sociedad en la que el estado tutelase y protegiese el derecho de las personas a la paternidad y la maternidad sin menoscabo de su desarrollo personal.

Entra aquí también un capítulo importante en la educación de los niños y jóvenes para disfrutar y ejercer su vida sexual de la manera más humana y razonable posible.

Evidentemente, aquí la iglesia tiene mucha tela que cortar. No es lo mismo despotricar contra el aborto y la contracepción que presionar a la sociedad civil para que proteja y fomente el acceso de los ciudadanos a una vida sexual, una paternidad y una maternidad propias de seres humanos. Esta es una pastoral en la que la iglesia deja mucho que desear…

Segunda pregunta. La ley natural

Creo que va contestada en la respuesta anterior. Dada la enorme diferencia de criterios que sostienen los diferentes pastores de la iglesia sobre el matrimonio y la familia, y la desacertada conducta de las estructuras eclesiales ante la sexualidad, tanto en el tema del celibato del clero como en la defensa o conculcación de los derechos de la mujer, la iglesia ha perdido cualquier presrtigio deseable para erigirse como maestra y guía de las conciencias de las parejas y las familias.

Lo de los no creyentes que solicitan el matrimonio religioso, ¿no será una broma? ¿Qué matrimonio religioso pueden solicitar unos no creyentes? Hay contradicción en estos dos términos…Y todos sabemos que lo que desean es sin ninguna duda el brillo y lustre social de un matrimonio celebrado en una iglesia de moda y con un celebrante orador de prestigio. O simplemente cubrir el expediente de cara a conservar un prestigio y un status social que de otra manera perderían.

Tercera pregunta. Pastoral familiar, la familia como comunidad de fe.

Tal como se ve en las parroquias de Euskadi, los párrocos y pastores intentan mantener una catequesis de niños y procuran que los padres se encuentren con sus hijos en una misa dominical cada mes, una misa con algún elemento de participación de los niños sobreañadido al ritode las misas de adultos.

De vez en cuando convocan a los padres para interesarles en la marcha de la catequesis.

Escasamente se oye en la predicación que los predicadores sugieran a los fieles o les animen a orar en común con sus familias, o los esposos por su cuenta. Ya no se bendice la mesa, los mismos sacerdotes han dejado un poco de lado esa oración.

En general, creo que existe una enorme laguna en el aspecto de la formación de los miembros de la familia en su moral socio-económico-política. Las familias católicas nunca han cuidado la formación de sus miembros en sus deberes cívicos. En estas condiciones, con este vacío educacional, ¿qué formación cristiana puede darse a los miembros de una familia? ¿A quién le puede extrañar que los más fervientes católicos a juzgar por sus prácticas rituales, sean los más corruptos y deshonestos en el cumplimiento de sus deberes cívicos, económicos, políticos?

Evidentemente, estos aspectos de humanidad, de honestidad del ser humano en el uso, disfrute y distribución de los bienes materiales deben ser completados con una proyección de la vida de los miembros de la familia en sentido trascendente, en su mirada y diálogo con Jesús y con Dios. Pero Zaqueo, para encontrarse con Jesús, primero tuvo que aliviarse el bolsillo y reparar todas sus injusticias. Y si no, no han tu tía…

Cuarta y quinta preguntas. Uniones irregulares.

Creo que está contestada en la primera. ¿Qué unión es “regular” y qué unión es “irregular”? Acaso Jesús definió con una precisión más o menos detallada los requisitos de unió unión regular, o condenó forma alguna de unión irregular? Acaso de lo que dijo sobre la moral familiar definida en el Antiguo Testamento y en las doctrinas de los doctores de la Ley de su tiempo lo dijo para que fuese aplicado a los miembros de la iglesia, a sus seguidores?

En este terreno, ante todo y sobre todo en este terreno, se impone respetar y asumir religiosamente la conciencia de cada individuo, intentar que su conducta sexual y familiar se ajuste lo más posible a lo que Jesús espera de él en su circunstancia, acompañarle en ese camino hacia la superación. “El corazón tiene sus razonamientos, que la razón no sería capaz de conocer y comprender” decía más o menos Pascal.

Imponer un modelo de vida sexual y de unión dee pareja y familia que el individuo no comprenda, no sea capaz de asumir, es condenar a la persona humana a un infierno en esta vida. Y Jesús misericordioso no haría eso, creo yo.

Séptima y octava preguntas. Engendrar y educar hijos

El buen pastor deberá afanarse ante todo en ayudar a las parejas a vivir en plenitud su amor, a superar las crisis de ese amor y elevarlo a su máximo potencia. En la medida en que los cónyuges, parejas hetero o no hetero, vean el interés que el buen pastor se toma en que sean felices y encuentren un amor en plenitud, en esa medida estará ese pastor en condiciones de transmitirles el mensaje de Jesús, cuyo primer y único mandamiento es el del amor. No cabe distinciones o apreciaciones subjetivas del buen pastor, solo cabe intentar identificarse y sintonizar con las sensibilidades y la cultura de las parejas.

Ocurre lo mismo con el excesivo empeño en que las personas se acerquen a la práctica de los sacramentos, que no vaya acompañado de una superación simultánea en su vida de pareja, y en su moral cívica, en su ser de personas humanas. Lo contrario sería caer en el defecto de los fariseos de poner el sábado antes que la persona…

Fuente: Atrio
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miércoles, 26 de diciembre de 2012

Padres rehenes de hijos tiranos, un trastorno familiar que crece.



POR EMILIA VEXLER, ESPECIAL PARA CLARÍN.COM


Adultos que pierden el mando de su función paterna e hijos que toman el control de la familia. Ideas y reflexiones para prevenir y actuar en un problema cada vez más frecuente en los divanes de los argentinos.
Si bien la RAE aún no publicó una definición al respecto, un hijo "tirano" sería aquel que desde muy temprana edad exige, de manera desagradable, lo que quiere e intenta avergonzar a sus padres frente a los demás para que ocupen el lugar que descuidaron, el de la paternidad misma. Clarín.com  entrevistó a reconocidos psicólogos especializados en grupos familiares para entender un fenómeno vincular que cada vez lleva a más familias a la consulta terapéutica. 
"Es NO porque yo lo digo"
Con esa sentencia, el psicólogo especialista en familias, Alejandro Schujman, titula el libro que dedicó al tema de la tiranía. "Esa frase, que antes era adjudicada a los padres cuando los niños cuestionaban una orden, hoy es dicha por los hijos", explica  y agrega: "El vínculo entre padres e hijos es y debe ser un vínculo asimétrico. Los padres no pueden ser amigos de sus hijos. Cuando la asimetría se va borrando, también desaparecen los límites y esto a veces lleva a padres muy débiles frente a hijos con personalidades muy fuertes".
Schujman, quien se dedica a la orientación de padres, explica la importancia de poner límites con una analogía muy eficaz: "Si nosotros, adultos, fuésemos a un médico que duda, que no sabe qué hacer, nos sentiríamos muy inseguros y saldríamos del consultorio pensando en no volver nunca más. Lo mismo sienten los chicos cuando ven a los padres débiles, se sienten desamparados". Así cuenta que, desde pequeños, los hijos necesitan ver firmeza en sus padres, que les marquen directivas, que los preparen para después manejarse solos. "Si la figura de los padres tiene una pata renga, los hijos no encontrarán mejor alternativa que ponerse al mando”, dice el psicólogo.
Donde manda marinero…
El problema de los "hijos tiranos" dista de ser nuevo. Es conocida la anécdota atribuida a Pericles, quien decía: "Mi hijo es la persona más importante en Atenas, porque yo mando en Atenas, mi mujer me manda a mí y mi hijo manda a mi mujer". Pero los especialistas consultados por Clarín.com afirman que este trastorno cada vez es más frecuente en Argentina.
El doctor Roberto Losso, director del Departamento de Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), observa que en  gran parte esto se vincula con los cambios que en las últimas décadas se produjeron en las organizaciones familiares: debilitamiento de la  autoridad de los padres, en particular la del padre, lo que ha sido llamado  destronamiento o defenestración.  “El padre autocrático, narcisista y arbitrario ha sido sustituido en muchos casos por un padre ‘débil’ o por uno que borra la  diferencia generacional y funciona como ‘amigo’ de los hijos a partir de una confusión entre autoridad paterna y autoritarismo”, dice Losso.
Cuando  esta idea está presente en ambos padres, se puede llegar a una situación de “parentalización” de los hijos, a una inversión de la diferencia generacional. La familia entonces pasa a comportarse como un grupo “fraterno”, sin jerarquías ni autoridad, en que hay un aumento del individualismo donde no rigen las leyes de la diferencia sexual y generacional y entonces se produce un fenómeno paradójico: son los hijos "los que mandan”.
Losso asegura que en estos casos la terapia familiar es indispensable: “Se crea un ambiente de confianza donde se pueden afrontar y aclarar malentendidos, donde todos pueden comprender que sufren y quedan dañados. Claro que esto no es fácil. Muchas veces el resentimiento es muy grande y es difícil lograr una comprensión recíproca. De todos modos, es el camino”.
Por su parte, la psiquiatra Beatriz Bakalarz, del comité de Salud Mental y Familia de la Sociedad Argentina de Pediatría  (SAP), comenta  queesta situación deja a los hijos huérfanos de padres. “No tienen quien los cuide realmente,  quien  los proteja de la consecuencia de sus actos y los ayude a manejar sus emociones”, dice.
En el complejo mundo de las relaciones familiares, Losso, Bakalarz y Schujman coinciden en que todo padre que atraviese épocas de deriva, con la ayuda de especialistas, tiene la posibilidad de retomar el timón y orientarlo hacia rumbos que permitan que, en familia, las aguas se calmen.

Fuente: clarin.com