Mostrando entradas con la etiqueta armonía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta armonía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de febrero de 2019

¿A dónde vamos tan deprisa?



José Arregi

El ritmo que llevamos me produce vértigo. Especialmente alarmante, y todo un síntoma cultural de la anticultura en que vivimos, es el estrés de las madres y de los padres jóvenes con hijos: la hipoteca, la cocina, la limpieza, la compra, el ambulatorio, la consulta, la guardería, el colegio, los extraescolares hasta las tantas, averías sin fin, facturas y más facturas. Llega el fin de semana, deporte escolar: levántate, llévalo, tráelo. Hoy os toca con el padre, hoy os toca con la madre, haz y deshaz la mochila, carga, vete, alguien llora a solas cada vez. Es para volverse locos. Son unos héroes, o unos santos. ¿Cómo que santos? ¿No llaman el Concilio Vaticano II y el Derecho Canónico “estado de perfección” a la vida del convento?

Pero sigamos. Sin tiempo de respirar, llega la noche del domingo, y hay tanto que limpiar y preparar para mañana. Ya es lunes. Quien tiene la suerte de tener empleo corre, con el cuerpo cansado, el alma desganada. Trabaja ocho horas, con cien mil cosas en la cabeza, y sin saber si mañana podrá trabajar, todo ello por 1.000 € al mes, 1.600 sería una fortuna. ¿Pero sabes a cuánto equivaldría hoy, según el poder adquisitivo, el salario más humilde de los años 60 y 70? Equivaldría a 2.800 €. Sic. Pásmate. Yo tampoco me lo podía creer, pero lo ha demostrado Roberto Velasco, catedrático de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad del País Vasco.

¿A dónde habrá ido a parar la diferencia entre los 1.000 € que ganan muchos y los 2.800 que deberían ganar? No creo que todo se lo hayan llevado las empresas chinas e indias, cuyos productos tumban nuestros precios y, por lo tanto, nuestros salarios. Algo tendrá que ver el que las 26 personas más ricas del mundo posean tanta riqueza como los 3.800 millones de personas más pobres del planeta: lo ha denunciado OXFAM en el informe “Bienestar público o beneficio privado”, elaborado con ocasión de la última edición del Foro Económico Mundial que cada año reúne en Davos (Suiza) a los poderosos de la Tierra, esa “gente muy seria –ha dicho alguien– que se junta para discutir sobre cómo no hacer nada con la desigualdad”. Es la raíz estructural del mal.

¡Pobres hombres!, lo digo por todos: por la especie humana de esta bendita Tierra, por las 3.800 millones personas más pobres que malviven en ella, por todos nosotros, y también por las 26 personas más ricas del planeta, pues no puedo creer que sean felices siendo tan inconscientes en su burbuja. Somos la única especie que ha decidido sacrificar el bienestar común por el beneficio privado. ¡Pobre humanidad!
¿Qué nos ha traído hasta aquí? Es la codicia de querer tener cada vez más, sobre todo más que el vecino. La codicia viene a su vez del miedo, el miedo a perder, sobre todo a tener menos que el vecino. Gran error, pura inconsciencia. La codicia nos lleva a competir con todos, hasta con nosotros mismos, para desgracia de todos. Si no le devoro, me devorará. Competir es la ley global sin regla. Es el medio y el fin. Ir más rápido que el otro, ganar la carrera. Ganar. ¿Es la ley de la vida? Es la ley de la muerte.

Esta competitividad, fruto y llave de la codicia, es la que ha acelerado la economía, la historia, la vida de nuestros jóvenes padres, nuestra vida. La era de los cazadores-recolectores tardó o, mejor, se tomó 290.000 para inventar la agricultura. La agricultura se tomó solo 12.000 años para pasar a la industria, inventando la máquina de vapor en 1769. Pero en apenas 250 años, la industria ya va por su cuarta revolución, y nadie sabe a dónde nos conduce, si a lo mejor o a lo peor. Una cosa es cierta: vamos cada vez más rápido. Huimos adelante. Cuantas más máquinas inteligentes fabricamos, menos descansamos. Si seguimos acelerando, nos estrellaremos.

¿Cómo podremos acompasar el ritmo, corregir el rumbo? Está claro: debemos parar, respirar a fondo, hacernos presentes, escuchar el silencio, sentir el jadeo, mirar al herido. Dejar de huir adelante, recuperar la calma, ser lo que somos, vivir en paz. Permitidme decirlo con una palabra: espiritualidad. Con o sin religión, pero espiritualidad.

¿Y las religiones? Las religiones nacieron del soplo vital libre que alienta cuanto es. Nacieron para infundirlo, y tomaron forma. Pero cuando se aferran a la forma –a la letra, al dogma, al rito, al poder, a la cosmovisión de otro tiempo, a su propia necesidad de supervivencia–, la forma las ahoga. Buscan seguridad en el pasado, desertando el presente con su cultura, sus preguntas, sus gozos y dramas. Se vuelven incapaces de infundir aliento. Las religiones huyen atrás, y la gente huye de ellas. Les queda una de dos: liberarse o morir (o convertirse en gueto, que equivale a morir). Solo si aceptan liberarse de su forma pasada podrán todavía vivir e infundir aliento a una humanidad y un planeta sofocados por la prisa. Pero me pregunto si las religiones no son, también ellas, víctimas de la prisa, de la ambición de ganar, del empeño letal por defender su posesión del bien y de la verdad, de sus intereses privados frente al bienestar común.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 03 de Febrero de 2019)

viernes, 14 de diciembre de 2018

El aporte de la espiritualidad de los pueblos indígenas a las CEB’s.


Por: Juan Manuel Hurtado López

Del 23 al 27 de julio de 2018 celebramos el XX Encuentro Nacional de Comunidades Eclesiales de Base en la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas. A raíz de esta experiencia y en relación con el tema del aporte de la espiritualidad de los pueblos indígenas a las CEB’s, me surgen los siguientes aportes.


1. “Tocamos lo integral, la armonía”



En el Núcleo que se ubicó en Tila, Chiapas, en la capilla de Cristo Rey, nos encontramos reunidos alrededor de 150 hermanos y hermanas de CEB’s entorno a un inmenso Altar Maya. Es un rico Altar cargado de variadas frutas, enormes calabazas, plátanos, yuca, piñas, flores de varios colores, mazorcas de maíz rojo, negro, blanco y amarillo; frijol de varios colores, exuberantes guías de plantas tropicales, propias de esa región. Ahí está el incienso, los tambores, el caracol, las flautas. Ahí están las candelas sembradas: roja al oriente, negra al poniente, blanca al norte, amarilla al sur. Y al centro de nuestro inmenso Altar Maya están las candelas azul y verde: representando a Dios Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra, donde se cruza el camino de Dios con el camino de la humanidad para, juntos, tejer la historia. Sobre el Altar está un crucifijo, una Biblia, la Virgen de Guadalupe y una foto de jTatic Samuel.

Es un Altar total, integral, armónico, no falta nada: está el tiempo y el espacio, Dios y la humanidad, el hombre y la mujer, el cielo y la tierra. Llega el momento de la oración. Cada uno de los 150 hermanos ahí presentes hemos recibido una vela. El Principal va a empezar la oración.

El escenario es inmejorable. Un recio templo de piedra, alto, hecho de forma casi exagonal, cubre el escenario, y al frente y detrás del Altar una enorme pintura de Mons. Oscar Arnulfo Romero, mártir que luego sería canonizado el 15 de octubre y un crucifijo grande, copia del Señor de Tila.


Ahora el principal va a empezar la oración.

Primero se inciensan las velas del Altar y luego se van encendiendo en el orden arriba señalado. A continuación los presentes encendemos nuestras candelas, todos nos dirigimos hacia el oriente, hacemos una reverencia y suena el caracol tres veces. El Principal ora en voz alta: el perfume del incienso inspira nuestra escucha y contemplación. Todo es oración. Luego giramos -siempre sobre el lado izquierdo- hacia el poniente y hacemos una reverencia. Vuelve a sonar el caracol tres veces. El Principal continúa la oración. Aspiramos el perfume del incienso, elevamos nuestro espíritu. Ahí están presentes todas las necesidades del pueblo y de la tierra, ahí está Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahí está la Virgen María y los Santos, nuestros cuidadores: jCajcanantic, ahí están todos los patronos de nuestras parroquias, ahí está el Señor de Tila, patrono de esta parroquia que es Santuario diocesano de San Cristóbal de Las Casas. Ahí está jTatic Samuel y su palabra profética, ahí está Mons. Romero y su testimonio martirial.

Continuamos la oración ahora girando hacia el norte y luego hacia el sur. El caracol sigue sonando y antecediendo cada momento de oración hacia los cuatro rumbos del universo. Finalmente nos dirigimos todos hacia el centro: ahí donde está Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra, el Paswanej: nuestro Hacedor; el jManwanej: nuestro Comprador, el que nos rescató. Nuestra oración continúa y ahí entran todas las necesidades de quienes hemos venido a este Encuentro desde los muy diversos rumbos de nuestro país: de Mexicali y de Monterrey, de Puebla y de Veracruz, de Michoacán y de Tapachula, de Guanajuato y de Jalisco, de la Ciudad de México y de Tlaxcala, de Chiapas y de Colima.

Es un momento intenso de oración en el que tocamos la vida herida de nuestro país con tanta violencia y tanto desaparecido y asesinado, ahí están nuestros hermanos migrantes, ahí está el sufrimiento de nuestras comunidades indígenas y campesinas heridas por el hambre, la miseria y la injusticia e inequidad. Pero también presentamos a Dios Padre y Madre la lucha de nuestros pueblos, la exigencia de los familiares de los mártires de Acteal y de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, la lucha de los mineros de Pasta de Conchos, la lucha de los maestros. Es todo un rosario de súplicas engarzadas por el dolor y la esperanza. Sí, nuestra vida es pascual, muerte y resurrección. Caminamos desde el rojo del amanecer por el oriente hasta el poniente que es de color negro, lugar de la muerte y del descanso, para luego renacer de nuevo.

También hacemos presente el dolor y sufrimiento de nuestra Madre Tierra –figurada en el Altar Maya- saqueada y herida por el deterioro ecológico. Pero también hacemos memoria de todas las luchas en defensa y cuidado de nuestra Madre Tierra, la Laudato Sii y el Sínodo panamazónico. Nos sentimos parte de esta tragedia y de esta esperanza. Viajamos en la misma barca con toda la creación. Lo que le pase a una planta, a un árbol, a una semilla, a una montaña, a un río, a nosotros nos afecta vitalmente.

Para terminar este momento de oración sembramos nuestra candela alrededor del Altar Maya y besamos a nuestra Sagrada Madre Tierra. Culminamos nuestra oración con tres piezas de baile ritual.


2. Compartir y aprender


Los pueblos indígenas han dicho que están en disposición de compartir sus flores y sus frutos con otros pueblos, sus ritos y sus mitos, sus tradiciones y cultura, sus libros sagrados como el Popol Vuh y el Chilam Balam, sus valores y principios, sus Ciudades Antiguas Sagradas como Palenque, Tonina’, Tenam Puente, Bucsotz, Uxmal o Chichen Itza’. Y poco a poco los habitantes de otras culturas, de otros pueblos, hemos ido bebiendo de sus ricos manantiales, hemos ido enriqueciendo nuestro espíritu con otras sabidurías, nos hemos sentado en el Pop, en el petate de su historia para aprender de esta espiritualidad y sabiduría milenarias. 

Hemos aprendido de la profunda espiritualidad encerrada en sus 20 calendarios, en su kam wuj, en el libro del destino; hemos aprendido de las energías de cada uno de los 20 días del calendario maya que están en relación con el nacimiento del hombre y de su destino; hemos aprendido de sus profecías, de su cosmovisión. Para los mayas todo es espiritualidad: el movimiento de un astro, del sol y de la luna, la fuerza y el movimiento del viento y del fuego; la fecundidad de la Madre Tierra y lo infinito del cielo, las montañas y la cuevas, los nacimientos de agua y los ríos, el mismo calendario maya es un contenido de espiritualidad y de teología. Los mayas fueron grandes astrónomos y conocedores del cielo y del movimiento de los astros y lo dejaron en gran parte escrito. No obstante la destrucción que hicieron los españoles de sus códices, de sus calendarios, de sus sabias enseñanzas sobre la medicina, una buena parte de esta riqueza se ha podido rescatar, gracias a las investigaciones de muchos años.

Esto es lo que ofrecen los pueblos mayas, estas son las flores y los frutos de su cultura que a ellos les ayudaron a vivir en armonía y paz y ahora los ofrecen a nosotros. Como miembros de las Comunidades Eclesiales de Base, tenemos un recorrido de muchos años de usar los signos y los símbolos como elementos para expresar nuestra espiritualidad; el lenguaje corporal, simbólico en las celebraciones y en nuestra oración no nos es ajeno. Más bien nos sentimos como en casa.

Por esta razón, en el pasado Encuentro Nacional de Comunidades Eclesiales de Base celebrado en nuestra diócesis de San Cristóbal de Las Casas, pudimos beber parte de esta espiritualidad en la celebración de inicio y en los diferentes Núcleos en los que participamos. La espiritualidad mayense es como una fiesta, como un banquete: se participa en la medida en la que el vaso de nuestro corazón está dispuesto a llenarse. Creo que para la mayoría de nosotros, el haber participado en los trabajos y en las celebraciones y oraciones, fue una experiencia de bendición.


3. Los pueblos mayenses nos ofrecen algo más

Pero los pueblos indígenas no sólo nos ofrecen estas flores y estos frutos de su cultura y espiritualidad. Los pueblos indígenas nos ofrecen actitudes, principios, costumbres. En esta sociedad de consumo desbordado, utilitarista, mercantilista en la que todo se compra y se vende hasta la dignidad y el honor, la integridad personal, los pueblos indígenas ofrecen su desapego natural de la acumulación, del derroche, de idolatrar el dinero. Saben vivir en la austeridad y desapego. Nos ofrecen su espíritu de compartir lo que se tienen como las cosechas y los frutos; éstos no se amontonan, no se acaparan en unas solas manos. Los frutos son para compartir en la comunidad como cuando hacen sus fiestas patronales y se preocupan de que todas las familias vayan a sus fiestas y participen del rito y de la comida, de la oración y de lo que han preparado con tanto esmero durante todo un año.

Nos ofrecen también un espíritu contemplativo de la creación. Es la convicción de que todos nosotros somos una partecita de la inmensa creación y de que todos los seres están vivos: los astros y las piedras, los animales y las plantas, los mares y los ríos, el cielo y la tierra. Todo está habitado.

Nos ofrecen la posibilidad de vivir en armonía con todo lo creado, respetando a todos los seres, y no esa actitud agresiva de dominio y destrucción que ha mostrado la así llamada civilización occidental.

En las comunidades, cuando existe un conflicto, una enfermedad, lo primero que se hace es una oración, es mirar el corazón para ver qué es lo que no está en paz, que es lo que causa el conflicto. No es entonces cuestión sólo de poder, de imposición, de ganancia, de intereses. Va más a lo profundo del ser, a lo que no está en orden en el corazón. De hecho los hermanos indígenas tienen la expresión: “caminar con un corazón”. Y esto se aplica a un matrimonio, a una persona, a una comunidad. Entonces, la solución a los problemas parte desde la armonía del corazón de cada quien. Y por eso es necesaria, fundamental la oración, el reconocer que hay un Hacedor, un arreglador de los problemas.

Esta espiritualidad, esta perspectiva también nos la ofrecen los pueblos originarios como parte de nuestra espiritualidad.

Y sobre todo nos comparten el sentido sagrado de la creación. Las cosas, los montes, los ríos, las cuevas, los animales, la milpa, el sol, la luna, no son cosas, no son objeto, mercancía que se puede canjear por dinero o por poder. Una montaña sagrada, una cueva, un río, el lugar donde están enterrados los ancestros, no se pueden vender para hacer ahí una fábrica, un comercio, un centro recreativo. Ahí habitan los guardianes de los cerros, de las cuevas y de los ríos; ahí habita la memoria de los antepasados, su fuerza, su sabiduría. Ahí se recrea y se renueva la vida y el espíritu cada vez que estos pueblos, estas comunidades se acercan a presentar su ofrenda: sus flores, su incienso, su candela, su música, su oración, su baile ritual. Estos lugares son parte de su ser y de su historia, de su espíritu y de su identidad, de su esperanza y de su lucha. Por eso no se pueden vender, sería como vender el alma, el corazón, la historia de nuestros antepasados, de aquellos que nos trajeron a este mundo.

Acercarse a esta profunda riqueza cultural, espiritual, ancestral, es descubrir en el fondo de nuestros corazones lo que ya habita en nosotros desde hace miles de años y aparece como dormido. Por eso en la danza ritual volvemos a sentir la armonía primigenia, en el sonido del caracol escuchamos las voces profundas de nuestro ser y de nuestra historia, en el incienso tocamos nuestra relación con Dios, el Creador y Formador, al que es Corazón del Cielo y Corazón de la Tierra, el jManujel: nuestro Comprador, el que nos rescata.

Creo que las Comunidades Eclesiales de Base, en el pasado Encuentro Nacional, por lo menos tuvimos un atisbo de esta inmensa y profunda riqueza. Y esta riqueza está abierta a todas las Comunidades Eclesiales de Base de México y de América Latina y El Caribe.

domingo, 2 de julio de 2017

La ciencia lo confirma: debemos volver a la comida casera.


La comida casera es sinónimo de salud y bienestar. De hecho, estudios recientes, como el llevado a cabo en la Universidad de de Washington (Estados Unidos) nos revelan la importancia de volver a un hábito tan saludable como es comer sano y comer en casa.

No se trata solo de beneficiarnos de esos deliciosas recetas equilibradas y sanas, hablamos también de recuperar la calma en el hogar y la armonía en la mesa con las personas que amamos. Sabemos muy bien que todo ello es muy difícil de conseguir, que conciliar la vida familiar con la laboral es muy complicado a día de hoy, pero en la medida que nos sea posible, debemos conseguirlo: es invertir en felicidad.

Te explicamos la importancia de recuperar este hábito maravilloso: la comida casera.
La comida casera nos permite controlar nuestro peso

Muchos estudios nos dicen que en países como Estados Unidos, la cultura del buen comer es escasa e inapreciable. No obstante, esta misma tendencia está repitiéndose en muchos más países, incluso en los del Mediterráneo, famosos por tener la mejor dieta del mundo.

La comida rápida es un recurso que nos ahorra tiempo, que nos satisface en un momento dado y que concilia bien con el ámbito laboral. No obstante, las consecuencias de mantener este hábito son evidentes:
Mayor sobrepeso.
Desembolso económico.
Enfermedades cardiovasculares.
Nutrición deficiente.

Algo tan sencillo como empezar a cocinar alimentos orgánicos y saludables ricos en antioxidantes, Omega 3 o vitamina B, mejoraría nuestra salud y lucharíamos contra la obesidad.

Es algo que debemos tener en cuenta.
La comida casera nos hace volver a las buenas tradiciones

Cuando celebramos algo, pensamos de inmediato en reunirnos en un restaurante con amigos y familia. Los niños piden ya ir a los famosos centros de comida rápida para celebrar sus cumpleaños, y son muchos los eventos que llevamos a cabo “lejos del hogar”.

Ahora bien, en tiempos de crisis estas prácticas han empezado a limitarse, y con ello, hemos recuperado también esa agradable tradición a la que nos “obligaban” nuestros padres y abuelos: comer en casa.
Preparar un buena comida casera es una acto de imaginación y cariño que nos invita a “vivir el presente”. No hay prisas, solo el afán de ofrecer lo mejor a los nuestros.
Comer en casa es cómodo, divertido y económico. El entorno es amable y estrechamos más los vínculos con los nuestros.
Realizar una buena comida y saber que ha gustado, es todo un placer y un refuerzo para nuestra autoestima.
La comida casera: un valor y un modelo para nuestros hijos

Según el Journal of the American Dietetic Association, comer en casa es un hábito muy saludable para el desarrollo de los niños y en especial para los adolescentes.

Este trabajo se llevó a cabo durante 10 años para averiguar si los hábitos alimenticios afectaban de algún modo al desarrollo de los niños. Los resultados fueron los siguientes:
Comer siempre a la misma hora y en familia, favorecía la comunicación y la relación entre padres e hijos.
Los niños crecieron más sanos y con menos índices de sobrepeso gracias a la comida casera.
El hecho de seguir unas rutinas y unos hábitos constantes también ofreció beneficios a los niños a medida que crecían.
Seguir un modelo saludable como es una alimentación rica en vegetales, fruta y comer en la mesa con la familia hace que los niños sigan esos mismos modelos en la madurez.
Tenemos mayor control sobre las alergias alimentarias

Seguro que a ti también te habrá pasado alguna vez: comer fuera y a las pocas horas experimentar un malestar que deriva, cómo no, en una intoxicación alimentaria.
La comida casera nos evita muchos de estos problemas: controlamos la calidad de los alimentos, los conservamos mejor y evitamos aquellos productos que sabemos que no sientan bien a los nuestros.
Algo tan sencillo como comer en casa nos hace controlar más las cantidades que ingerimos, la digestión se lleva a cabo de forma más adecuada y, con ello, la nutrición en general es más óptima.
Una buena comida casera puede prepararse en solo media hora

Si el principal problema que tenemos es la falta de tiempo, no es excusa. Hay platos muy saludables que pueden prepararse en solo media hora. Por ello, vale la pena tener en cuenta lo siguiente:
Ten siempre la nevera a punto con todo lo necesario.
Invierte en buenos alimentos: compra frutas y verduras orgánicas
Ten preparados caldos caseros en tu nevera, de ese modo ahorramos mucho tiempo a la hora de preparar arroces, salsas…
Ten previsto de un día para otro lo que deseas cocinar.
Si conservas bien los alimentos o las sobras del día anterior, puede servirte para hacer platos originales y sanos (el pollo del día anterior hoy puede servirte para preparar una ensalada mixta)

Para concluir, sabemos muy bien que la conciliación trabajo-hogar no siempre es posible. No obstante, por nuestra salud y por el bienestar de nuestros hijos vale la pena intentarlo.
----

Fuente: Servindi

miércoles, 17 de julio de 2013

El silencio interior.



Jaume Patuel, 17-Julio-2013

El silencio es un tema aunque paradoxal se habla mucho hoy en día. Parece querer recuperar una situación de antaño, Un valor, como se dice hoy en día, que responde a una necesidad vital. No es algo superficial sino una necesidad para poder vivir con más armonía, tranquilidad y paz interior. Otros dirían para obtener o conseguir la felicidad.

El silencio no es tanto ausencia de ruidos exteriores, que hay muchísimo, sino un poder traspasar por encima de las sensaciones, las emociones, los sentimientos como los pensamientos. Un encuentro con el mundo interior. Este mundo tan olvidado, descuidado y sobre todo, negado. El contacto es comprometedor. Un compromiso de tener que responder a muchos interrogantes. Interrogantes hechos desde siempre: ¿Qué es la vida? ¿Qué es el amor? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la amistad? ¿Qué es la felicidad? ¿Quién es Dios? Y para sintetizarlo: ¿Qué es la realidad o lo real?

El yo intenta dar respuestas pero el fragor exterior entre ellos, las cantidades de teorías explicaciones no son satisfactorios. Todo son mapas. Y el silencio interior permite sentirse en su propio territorio. Territorio del cual han de emerger las palabras que formularán la explicación, pero una explicación vivida, propia, existencial y personal. El encuentro en el silencio, el encuentro en el paisaje. El encuentro en el vacío, pero lleno al mismo tiempo. El encuentro en y con el Fondo sin ninguna Forma. Y el fondo genera la propia forma.

Así se puede comprender el valor del Silencio. Un silencio escalonado, consciencial. Según la capacidad de cada subjetividad. Capacidad educada desde la infancia, más que llenar cabezas de respuestas a preguntas nunca formuladas. La estética, la sensibilidad, la delicadeza son aproximaciones a ver sin los ojos y a vivir sin respirar esta Fundaría o Ultimidad que siempre es y está: Antes de nacer y después de morir. ES AHÍ.

Tan importante es este silencio que intencionadamente se ha tomado como eslogan de propaganda para vender coches. Como bien se sabe, para muchas personas, que su tiempo pasa en el volante, puede ser la celda de ermitaño o del monje o para otros la discoteca ambulante. Pero sí que se valora “el silencio y paz interior” que pueda dar la compra de un vehículo. ¿Quién lo aprovecha? Es cierto y afirmado y confirmado por la psicología de las profundidades. La estructura psíquica de todo Ser Humano es estructura de Deseo, estructura de Anhelo, estructura de Búsqueda. Tendencia hacia el Absoluto (No-ligado). Pero, entonces, esta búsqueda en el silencio, es un valor también para otras dimensiones de nuestro vivir cotidiano.

Un silencio que genera una escala de valores, una axiología que no es fruto de la codicia ni de la ambición, La codicia y la ambición son manifestaciones tan claras que se pueden ver como la sociedad actual, al menos la occidental, está ahí y es víctima de ello. Sin Silencio no emerge la Palabra liberadora. la Palabra liberadora es dinámica, generosa, comprometida, altruista. Todo se puede resumir con la palabra tan usada, pero tan vital: Amor, que atraviesa el mundo neuronal, el emocional, el cognitivo y lleva más allá. Al Fondo.

Todo trabajo interior como todo tratamiento psíquico tienen que dar las posibilidades de apertura o obertura hacia el mundo interior, donde los ruidos, las tempestades no ahoguen este acercamiento.

La crisis actual económica, ciertamente con graves consecuencias a niveles individuales como grupales o familiares, no deja por ello de ser superficial (de superficie, no de ligereza). Crisis predicha o predicada, pero no escuchada. Una crisis de total falta de axiología, de valores, de ética, de comprensión y respeto a la dignidad de todo Ser Humano.

O en palabras de Octavio Paz:

y a Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al Silencio
en donde los silencios enmudecen.

Jaume PATUEL i PUIG

Pedapsicogog i psicoanalista



Fuente: Atrio

martes, 27 de diciembre de 2011

La psicología positiva, un nuevo enfoque para lograr el bienestar.



Trabaja sobre el sentido del humor y la gratitud. Y propone una mirada al futuro.


Es una terapia breve que se dedica a poner el foco en lo positivo y en las soluciones a los problemas. Se trabaja con el paciente el desarrollo de la gratitud y la atención diaria a las cosas buenas, proponiendo una mirada sobre el futuro. La psicología positiva es el estudio científico del funcionamiento humano óptimo. Se dedica a estudiar los aspectos menos conocidos de la ciencia psicológica como el sentido del humor, el perdón, el optimismo, la esperanza y, en particular, el bienestar, lo que ha hecho que algunos la definan como “La ciencia de la Felicidad”.
“Las aplicaciones son innumerables: desde trabajos de intervención de desarrollo de la esperanza en familias con enfermos crónicos, mejora del bienestar en las empresas en busca del alineamiento entre el sentido de la vida y el trabajo, o programas para desarrollar y utilizar el optimismo o el sentido del humor en la enseñanza de los proyectos de intervención positiva a poblaciones que viven en la marginalidad y la pobreza”, explica Luis Miguel Neto, profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad de Lisboa, en Portugal.
Los especialistas sostienen que para incluir la psicología positiva a la terapia es fundamental ayudar a la gente a que se quite la costumbre habitual de mirar más lo que funciona mal que lo que realmente anda bien. Para eso, en el modelo habitual que utiliza para evaluar al paciente se incluyen preguntas nuevas que apunten hacia lo positivo: “¿En qué momentos de tu vida te sentís o sentiste bien con vos?”, “¿Qué hacías?”, “¿Cuáles dirías vos que son tus habilidades o fortalezas máximas?”.
Una de las claves de la psicología positiva está centrada en la realización de acciones que ayuden a lograr ese bienestar tan ansiado. “Involucrarme en actividades en las que pongo en juego la creatividad, ser amable, agradecido, cultivar los vínculos, aprender a perdonar y a saborear con atención plena las cosas que nos suceden, buscar nuestras fortalezas, comprometerme con mis objetivos, amar y ser amados, el sentido del humor, aumentar mi percepción de autoeficacia, hacer ejercicio físico, desarrollar habilidades nuevas”, ejemplifica Viviana kelmanowicz, docente titular de la cátedra Psicología Positiva en la Práctica de la Licenciatura en Psicología de la Universidad de Palermo y miembro de la Asociación Internacional de Psicología Positiva.
“Buscar vidas comprometidas con algo donde podamos invertir nuestras virtudes y fuerzas personales y tener momentos de fluidez. Tener una buena dieta de emociones positivas, ya que los estudios muestran que quien decide y escoge sentimientos positivos, independientemente de lo que pase, tiene una longevidad en media de más de diez años que los que se irritan, frustran, entristecen o estresan a cada momento”, agrega Neto.
La diferencia entre la terapia convencional y la psicología positiva es que ésta última tiene como fundamento optimizar y alargar lo que hay de bueno, de funcional y de positivo en las personas, poniendo el foco en el crecimiento postraumático y no tanto en términos de estrés postraumático, de felicidad y bienestar en vez de depresión.
Fuente: Clarín.com