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miércoles, 6 de febrero de 2019

¿A dónde vamos tan deprisa?



José Arregi

El ritmo que llevamos me produce vértigo. Especialmente alarmante, y todo un síntoma cultural de la anticultura en que vivimos, es el estrés de las madres y de los padres jóvenes con hijos: la hipoteca, la cocina, la limpieza, la compra, el ambulatorio, la consulta, la guardería, el colegio, los extraescolares hasta las tantas, averías sin fin, facturas y más facturas. Llega el fin de semana, deporte escolar: levántate, llévalo, tráelo. Hoy os toca con el padre, hoy os toca con la madre, haz y deshaz la mochila, carga, vete, alguien llora a solas cada vez. Es para volverse locos. Son unos héroes, o unos santos. ¿Cómo que santos? ¿No llaman el Concilio Vaticano II y el Derecho Canónico “estado de perfección” a la vida del convento?

Pero sigamos. Sin tiempo de respirar, llega la noche del domingo, y hay tanto que limpiar y preparar para mañana. Ya es lunes. Quien tiene la suerte de tener empleo corre, con el cuerpo cansado, el alma desganada. Trabaja ocho horas, con cien mil cosas en la cabeza, y sin saber si mañana podrá trabajar, todo ello por 1.000 € al mes, 1.600 sería una fortuna. ¿Pero sabes a cuánto equivaldría hoy, según el poder adquisitivo, el salario más humilde de los años 60 y 70? Equivaldría a 2.800 €. Sic. Pásmate. Yo tampoco me lo podía creer, pero lo ha demostrado Roberto Velasco, catedrático de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad del País Vasco.

¿A dónde habrá ido a parar la diferencia entre los 1.000 € que ganan muchos y los 2.800 que deberían ganar? No creo que todo se lo hayan llevado las empresas chinas e indias, cuyos productos tumban nuestros precios y, por lo tanto, nuestros salarios. Algo tendrá que ver el que las 26 personas más ricas del mundo posean tanta riqueza como los 3.800 millones de personas más pobres del planeta: lo ha denunciado OXFAM en el informe “Bienestar público o beneficio privado”, elaborado con ocasión de la última edición del Foro Económico Mundial que cada año reúne en Davos (Suiza) a los poderosos de la Tierra, esa “gente muy seria –ha dicho alguien– que se junta para discutir sobre cómo no hacer nada con la desigualdad”. Es la raíz estructural del mal.

¡Pobres hombres!, lo digo por todos: por la especie humana de esta bendita Tierra, por las 3.800 millones personas más pobres que malviven en ella, por todos nosotros, y también por las 26 personas más ricas del planeta, pues no puedo creer que sean felices siendo tan inconscientes en su burbuja. Somos la única especie que ha decidido sacrificar el bienestar común por el beneficio privado. ¡Pobre humanidad!
¿Qué nos ha traído hasta aquí? Es la codicia de querer tener cada vez más, sobre todo más que el vecino. La codicia viene a su vez del miedo, el miedo a perder, sobre todo a tener menos que el vecino. Gran error, pura inconsciencia. La codicia nos lleva a competir con todos, hasta con nosotros mismos, para desgracia de todos. Si no le devoro, me devorará. Competir es la ley global sin regla. Es el medio y el fin. Ir más rápido que el otro, ganar la carrera. Ganar. ¿Es la ley de la vida? Es la ley de la muerte.

Esta competitividad, fruto y llave de la codicia, es la que ha acelerado la economía, la historia, la vida de nuestros jóvenes padres, nuestra vida. La era de los cazadores-recolectores tardó o, mejor, se tomó 290.000 para inventar la agricultura. La agricultura se tomó solo 12.000 años para pasar a la industria, inventando la máquina de vapor en 1769. Pero en apenas 250 años, la industria ya va por su cuarta revolución, y nadie sabe a dónde nos conduce, si a lo mejor o a lo peor. Una cosa es cierta: vamos cada vez más rápido. Huimos adelante. Cuantas más máquinas inteligentes fabricamos, menos descansamos. Si seguimos acelerando, nos estrellaremos.

¿Cómo podremos acompasar el ritmo, corregir el rumbo? Está claro: debemos parar, respirar a fondo, hacernos presentes, escuchar el silencio, sentir el jadeo, mirar al herido. Dejar de huir adelante, recuperar la calma, ser lo que somos, vivir en paz. Permitidme decirlo con una palabra: espiritualidad. Con o sin religión, pero espiritualidad.

¿Y las religiones? Las religiones nacieron del soplo vital libre que alienta cuanto es. Nacieron para infundirlo, y tomaron forma. Pero cuando se aferran a la forma –a la letra, al dogma, al rito, al poder, a la cosmovisión de otro tiempo, a su propia necesidad de supervivencia–, la forma las ahoga. Buscan seguridad en el pasado, desertando el presente con su cultura, sus preguntas, sus gozos y dramas. Se vuelven incapaces de infundir aliento. Las religiones huyen atrás, y la gente huye de ellas. Les queda una de dos: liberarse o morir (o convertirse en gueto, que equivale a morir). Solo si aceptan liberarse de su forma pasada podrán todavía vivir e infundir aliento a una humanidad y un planeta sofocados por la prisa. Pero me pregunto si las religiones no son, también ellas, víctimas de la prisa, de la ambición de ganar, del empeño letal por defender su posesión del bien y de la verdad, de sus intereses privados frente al bienestar común.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 03 de Febrero de 2019)

viernes, 21 de octubre de 2011

Leo Boff: La ilusión de una economía verde.



Todo lo que hagamos para proteger el planeta vivo que es la Tierra contra factores que le quitan su equilibrio y provocan, como consecuencia, el calentamiento global, es válido y debe ser apoyado. En realidad, la expresión «calentamiento global» esconde fenómenos como sequías prolongadas que diezman cosechas de granos, grandes inundaciones y vendavales, falta de agua, erosión de los suelos, hambre, degradación de 15 de los 24 servicios enumerados en la Evaluación de Ecosistemas de la Tierra (ONU), y que son responsables de la sostenibilidad del planeta (agua, energía, suelos, semillas, fibras, etc.). La cuestión central ni siquiera es salvar la Tierra. Ella se salva a sí misma y, si fuera preciso, lo haría expulsándonos de su seno. Pero ¿cómo vamos a salvarnos nosotros mismos y a nuestra civilización? Esta es la pregunta real, ante la cual la mayoría se encoge de hombros.
La producción de bajo carbono, los productos orgánicos, la energía solar y eólica, la mayor disminución posible de la intervención en los ritmos de la naturaleza, buscar la reposición de los bienes utilizados, el reciclaje, todo lo que viene bajo el nombre de economía verde son los procesos más buscados y difundidos. Y es recomendable que se imponga ese modo de producir. 

Así y todo no debemos ser ilusos y perder el sentido crítico. Se habla de economía verde para evitar la cuestión de la sostenibilidad, porque ésta se encuentra en oposición al actual modo de producción y de consumo, pero en el fondo aquella (la economía verde) se sirve de medidas dentro del mismo paradigma de dominación de la naturaleza. No existe lo verde y lo no verde. Todos los productos contienen en las distintas fases de su producción elementos tóxicos para la salud de la Tierra y de la sociedad. Hoy mediante el Análisis del Ciclo de Vida podemos exhibir y monitorizar las complejas interrelaciones entre las distintas etapas: la extracción, el transporte, la producción, el uso y el descarte de cada producto y sus impactos ambientales. Ahí queda claro que el pretendido verde no es tan verde como parece. Lo verde representa solamente una etapa de todo el proceso. La producción nunca es del todo ecoamigable.
Tomemos como ejemplo el etanol, considerado como energía limpia y alternativa a la energía fósil y sucia del petróleo. Es limpio solamente en la boca de la bomba de suministro. Todo el proceso de su producción es altamente contaminante: los productos químicos aplicados al suelo, las quemas, el transporte en grandes camiones que emiten gases, los líquidos efluentes y el bagazo. Los pesticidas eliminan bacterias y expulsan las lombrices que son fundamentales para la regeneración de los suelos; sólo vuelven después de cinco años.
Para garantizar una producción necesaria para la vida, que no estrese ni degrade la naturaleza, es necesario algo más que la búsqueda de lo verde. La crisis es conceptual y no económica. La relación con la Tierra tiene que cambiar. Somos parte de Gaia y mediante nuestra actuación cuidadosa la volvemos más consciente y con más oportunidad de asegurar su vitalidad.
Para salvarnos no veo otro camino que el indicado por la Carta de la Tierra: «el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo; esto requiere un cambio en la mente y en el corazón; demanda un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal» (final).
Cambio de mente: adoptar un nuevo concepto de Tierra como Gaia. Ella no nos pertenece a nosotros, sino al conjunto de los ecosistemas que sirven a la totalidad de la vida, regulando su base biofísica y los climas. Ella creó toda la comunidad de vida, no sólo a nosotros. Nosotros somos su porción consciente y responsable. El trabajo más pesado lo hacen nuestros socios invisibles, verdadero proletariado natural, los microorganismos, las bacterias y los hongos, que son miles de millones en cada cucharada de tierra. Ellos son los que sustentan efectivamente la vida desde hace ya 3,8 miles de millones de años. Nuestra relación con la Tierra debe ser como la que tenemos con nuestras madres: de respeto y gratitud. Debemos devolver, agradecidos, lo que ella nos da y mantener su capacidad vital.
Cambio de corazón: además de la razón instrumental con la cual organizamos la producción, necesitamos la razón cordial y sensible, que se expresa por el amor a la Tierra y por el respeto a cada ser de la creación porque es nuestro compañero en la comunidad de vida, y por el sentimiento de reciprocidad, de interdependencia y de cuidado, pues esa es nuestra misión.
Sin esta conversión no saldremos de la miopía de una economía verde. Sólo nuevas mentes y nuevos corazones gestarán otro futuro.

Fuente: Koinonia