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viernes, 23 de junio de 2017

Por la igualdad y unidad de los pueblos.


por Benjamín Forcano, teólogo

En los tiempos que vivimos, nos toca vivir, pese a todas las imprevisiones y calamidades, utópicamente: soñar y luchar porque la Tierra sea UNA como lo es, que la humanidad sea UNA como lo es y que en esa Unidad nos encontremos todos: personas y pueblos.

Hace apenas 60 años, concluida la segunda guerra mundial, nos parecía que quedaban atrás vallas y fronteras que nos habían recluido en el ámbito de nuestra patria, alimentando el aislamiento, la desconfianza y la hostilidad.

Siendo para todos el mundo en que nacimos, lo convertimos demasiadas veces en islotes de ininterrumpida guerra. Guerra por una tierra que era de todos, guerra por unos bienes que los queríamos en exclusividad, guerra por una cultura que a todos queríamos imponer, guerra por un poder que no queríamos compartir, guerra por idolatrar una particular semejanza, que nos impedía reconocer la universal identidad.

Después de mucho combate y destrucción parece que terminamos por entender lo absurdo de un vivir en provocación y guerra permanente: el planeta tierra no era de nadie y sí era lo de todos.

Con las entrañas aún rotas y las lágrimas sin secar, una voz resonó en el recinto de las Naciones Unidas:

El desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la humanidad. Estas Naciones:

- Proclaman como la aspiración más elevada del hombre el poder disfrutar de la libertad de la palabra y de la libertad de conciencia.

-Reafirman su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, y en la igualdad de hombres y mujeres,

-Reconocen y promueven estos derechos y tratan de asegurar su reconocimiento y aplicación universales.

.Artículo 1: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

.Artículo 2: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades declarados en esta Declaración, sin distinción den raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Parecía cerrado un ciclo de la historia. Por una vez la conciencia humana ratificó una verdad universal: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Pueblos, paisajes, culturas, lenguas y religiones confluían bajo una forma de ser común. Brillaban la dignidad y libertad de toda vida humana.

Y nos pusimos a caminar bajo la estrella que alumbraba un destino común. Hasta tal punto que nos encontramos comunicados y organizados globalmente: la Información, la Comunicación, la Tecnología, el Comercio, el Transporte, la Cultura, la Ciencia, la Economía, el Derecho y la Política nos llegaban entrelazados y confirmaban la identidad de un planeta y humanidad unidos

Sentimientos estos y expectativas de hace apenas unas decenas de años. Paradójicamente, casi sin advertirlo, fantasmas de antaño trataban de revivir urdiendo en la red inmensa de la globalización, una nueva hegemonía: minorías financieras y políticos racistas, desde un egoísmo absolutizado, se disponían a sostener imperios de explotación y dominación. Desconectados de los principios de la Carta de las Naciones Unidas pasaban a guiar y gestionar el destino de los pueblos.

Fenómeno que no dejaron de denunciar líderes científicos, sociales y religiosos de todo el mundo. “El predominio de la cultura del capital, escribe Leonardo Boff, con sus propósitos ligados al individualismo, a la acumulación ilimitada de bienes materiales y principalmente a la competición dejando de hecho escaso espacio para la cooperación, contaminó prácticamente a toda la humanidad, habitando una Casa Común”.

Lo mismo comenta en una entrevista, Ken Loach, el más importante de los cineastas británicos: “Después de 1945 en casi toda Europa, se extendió un sentir de deber social y solidaridad. Mi país, en concreto había sido devastado por las bombas y la gente entendía que la unidad era vital para combatir el fascismo. Pero, en 1980, llegó Margarita Thatcher y dijo que hay que cuidar de uno mismo e ignorar al vecino; que la competencia es más importante que la colaboración. Y destruyó el Estado del Bienestar, forzando con ello a millones de ciudadanos a vivir en la pobreza. Y desde entonces, la idea del bien común se ha ido destruyendo gradualmente.

La gente tiene un sentido del deber moral. Los políticos no. Gran Bretaña es el país que aplica los preceptos del neoliberalismo de forma más agresiva, desde que Thatcher puso en marcha la privatización de la industria y de los servicios públicos. Pero, hoy en día es la Unión Europea en su conjunto la que está impulsando soluciones que favorecen a las grandes corporaciones”.

Pepe Mujica, expresidente de Uruguay dijo en Roma hace unas semanas en el III Encuentro Mundial de Movimientos Populares: “El capitalismo inventó una civilización que está invadiendo toda la tierra, pero que no tiene gobierno, tiene un mecanismo impuesto por el mercado. Esta civilización sólo tiene un sello, el mercado. Es el que impone el grueso de las decisiones”.

Y el Papa Francisco en ese mismo encuentro dijo:

“Los descartados del sistema, Hombres y mujeres, ratificamos que la causa común y estructural de la crisis socioambiental, es la tiranía del dinero, es decir, el sistema capitalista imperante y una ideología que no respeta la dignidad humana. Una economía centrada en el dios dinero y no en la persona es el terrorismo fundamental contra la humanidad”.

Completando este cuadro, el sociólogo Zygmunnt Bauman, lo aclara desde su metáfora de la modernidad líquida. Según él, nuestra sociedad globalizada, posmoderna, proviene de una anterior sólida y consistente, encarnada en una serie de lealtades tradicionales, en unos derechos y obligaciones que ataban de pies y manos, que obstaculizaban el movimiento e impedían la iniciativa. “La situación actual, escribe, emergió de la disolución radical de aquellas amarras - acusadas justa o injustamente- de limitar la libertad individual, de elegir y de actuar”. Pero, esta disolución, es decir, esta exclusión de toda pauta y freno, de toda regulación, se dirigía hacia un nuevo blanco: la modernidad fluida, bajo cuyo influjo desintegrador, caían la familia, clase y el vecindario. Las pautas anteriores, eran reemplazadas con no menor rigidez por las pautas de la economía y del mercado. De modo que el individuo, desguarnecido de los marcos y pautas tradicionales, se encontraba solo, sin que le fuera dada de antemano la construcción de su labor y de su futuro. Dentro de esta descripción, ya en nuestro mismo tiempo, asistimos al derrumbe de la hospitalidad y de los derechos humanos. Como dice Kant, “Todos los humanos están sobre la tierra y todos, sin excepción, tiene derecho a estar en ella y visitar sus lugares y pueblos; la Tierra pertenece comunitariamente a todos”.

La hospitalidad es un derecho y un deber de todos

Y sobre los derechos humanos, que para Kant son “la niña de los ojos de Dios”, “Respetarlos hace nacer una comunidad de paz y seguridad que pone un fin definitivo a la infame beligerancia”.

Renegando de su tradición, hoy surge en Estados Unidos un presidente, Donald Trump, que no respeta las diferencias religiosas, que rechaza a la población musulmana y niega la hospitalidad a todo tipo de gente que acudía a ese país. La ola de odio que está creciendo en el mundo y las discriminaciones contra los refugiados e inmigrantes rechazados en Europa y Estados Unidos están destrozando el tejido social de la convivencia humana a nivel nacional e internacional.

La hospitalidad es un test para ver cuánto de humanismo, compasión y solidaridad existen en una sociedad. Detrás de cada refugiado para Europa y de cada inmigrante para USA hay un océano de sufrimiento y de angustia y también de esperanza de días mejores. El rechazo es particularmente humillante, pues les da la impresión de que no valen nada, de que ni siquiera son considerados humanos.

¿Por qué van los refugiados a Europa?

Porque los europeos estuvieron antes durante dos siglos en sus países, asumiendo el poder, imponiéndoles costumbres diferentes y explotando sus riquezas. Ahora, que están tan necesitados, son simplemente rechazados.

Ciertamente, compartimos la convivencia como dato esencial de nuestra naturaleza: nosotros no vivimos, convivimos; somos comunitarios, todos aprendemos unos de otros, todos hablamos y decidimos. Nadie puede sobreponerse a nadie, si abriga el principio de que toda vida humana es igual en dignidad, derechos y responsabilidades. Y quien pretenda considerarse superior por tener más, pervierte su natural modo de ser.

Convivir es ser capaz de acoger las diferencias, dejarlas ser y vivir con ellas. ¿Será verdad lo que decía Einstein que “es más fácil desintegrar un átomo que sacar un prejuicio de la cabeza de alguien? Lo será, pero se puede.

Todo ser humano, más que un extraño es un compañero, al que hay que ayudar a sentirse incluido y no excluido, ayudarlo haciendo que se sienta acogido por el trabajo y la convivencia.

Así las cosas, no es extraño que Leonardo Boff, coautor de la Carta de la Tierra, se vea obligado a constatar: “En la raíz de este sistema de violencia e es decir, una forma de organizar la sociedad y la relación con la naturaleza basada en la fuerza, la violencia y el sometimiento. Este paradigma privilegia la competencia a costa de la solidaridad. En vez de hacer de los ciudadanos socios, los hace rivales”.

Un hecho éste incontrovertible: a diario nos sentimos asaltados por la gravedad de conflictos, enemistades, guerras. Aquella luz de la posguerra, aurora de un futuro de justicia, de solidaridad y de paz, se apagó. Y hemos vuelto a revivir tragedias y sufrimientos inimaginables.

Ciertamente, hemos producido mucha más riqueza, mucho más conocimiento, mucha más tecnología, mucha más información y comunicación, muchos más adelantos para el transporte, la salud, la educación, el trabajo, nos mezclamos más y compartimos juntos idénticos problemas y, sin embargo, en medio de esa nube de mayor bienestar, las relaciones de unos pueblos con otros se han vuelto más hostiles, más predispuestas al rechazo y exclusión. ¿Qué nos ha pasado?

Como epílogo a mi respuesta, ofrezco un dato singular, que alumbra la entraña de la crisis.

El dato

Justo al poco tiempo de acabar la guerra, los vencedores como si nada grave hubiera ocurrido, y tuvieran el derecho de erigirse en dueños del mundo, venían a proclamar: “Poseemos cerca de la mitad de la riqueza mundial. Nuestra tarea principal consiste en el próximo período en diseñar sistemas de relaciones que nos permitan mantener esta posición de disparidad sin ningún detrimento para nuestros intereses” (George Kennan, jefe del grupo del Departamento de Estado de los Estados Unidos en 1945).

Y Albert J. Beverige, uno de los máximos exponentes de la ideología del “Destino manifiesto”, añadía:

“El destino nos ha trazado nuestra política; el comercio mundial debe ser y será nuestro. Lo adquiriremos como nuestra madre (Gran Bretaña) nos enseñó. Estableceremos despachos Comerciales en toda la superficie del mundo como centro de distribución de los productos norteamericanos. Cubriremos los océanos con nuestros barcos mercantes. Construiremos una flota a la medida de nuestra grandeza. De nuestros establecimientos comerciales saldrán grandes colonias que desplegarán nuestra bandera y traficarán con nosotros. Nuestras instituciones seguirán a nuestra bandera en alas del comercio. Y el orden americano, la civilización americana, la bandera americana se levantarán en lugares hasta ahora sepultados en la violencia y el oscurantismo”.

Y el senador Brown dejó escrito: “Manifiesto la necesidad en que estamos de tomar América Central pero si tenemos necesidad de ello, lo mejor que podemos hacer es obrar como amos, ir a esa tierra como señores”.

Y, como sello que denuncia la maldad de esta, recuerdo las palabras del superconocido y admirado estadounidense Noam Chomsky: “Cuando en nuestras posesiones, se cuestiona la quinta libertad

(la libertad de saquear y explotar) los Estados Unidos suelen recurrir a la subversión, al terror o a la agresión directa para restaurarla”.

Hoy, autores de la más diversa índole y valía confirman la verdad de los textos anteriores.

Cualquiera entiende que, subyacente a estas palabras, aparece la ideología del “destino manifiesto” de la excepcionalidad de Estados Unidos, siempre presente en los presidentes anteriores, inclusive en Obama. Es decir, Estados Unidos posee una misión única y divina en el mundo, la de llevar sus valores de derechos, de propiedad privada y de la democracia liberal al resto de la humanidad. Para él, el mundo no existe. Y si existe, es visto de forma negativa.

Misión singular, patrocinadora de toda arbitrariedad, que ha hecho suya el recién nombrado presidente Donald Trump en su discurso inaugural: “De hoy en adelante una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este momento Estados Unidos será lo primero. Juntos haremos que Estados Unidos vuelva a ser fuerte. Haremos que Estados Unidos sea próspero. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser orgulloso. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser seguro de nuevo. Y juntos haremos que Estados Unidos sea grande de nuevo”.

Ciertamente, hay y habrá otros imperialismos que el de EE.UU. Pero, los textos transcritos, manifiestan como el primero, y o más poderoso, determinante y peligroso para nuestros días, el de Estados Unidos.

Me ahorro tener que destacarlo yo, aun cuando a ello me lleve mi experiencia e itinerario por diversos países y revoluciones de Latinoamérica.

Dejo la palabra a Robert Bowman, piloto de cazas militares y que realizó 101 misiones de combate durante la guerra de Vietnam. Con ocasión de los bombardeos de Nairobi y de Dar es Salam, donde las embajadas norteamericanas fueron atacadas por el terrorismo, este piloto escribió una carta al presidente Clinton. Después se hizo sacerdote y ahora obispo de Melborne Beach- Florida. Dice:

''Ud. ha dicho que somos blanco de ataques porque defendemos la democracia, la libertad, los derechos humanos. ¡Qué broma!

Somos blanco de terroristas porque en gran parte del mundo nuestro gobierno defiende la dictadura, la esclavitud, la explotación humana. Somos blanco de los terroristas porque nos odian. Y nos odian porque nuestro gobierno hace cosas odiosas.

¡En cuántos países agentes de nuestro gobierno destituyeron líderes escogidos por el pueblo, cambiándolos por dictaduras militares fantoches, deseosas de vender su pueblo a las sociedades multinacionales norteamericanas!

Hicimos eso en Irán cuando los artilleros navales norteamericanos y la CIA destituyeron a Mossadegh porque quería nacionalizar la industria del petróleo. Nosotros lo cambiamos por el Sha y armamos, formamos y pagamos su odiada guarda nacional Savak, que arrasó y cometió brutalidades contra el pueblo de Irán. Todo eso para proteger los intereses financieros de nuestras compañías petrolíferas. ¿Nos parecerá extraño que en Irán nos odien?

Lo mismo hicimos en Chile y en Vietnam. Más recientemente hemos intentado hacerlo en Irak. ¿Cuántas veces no lo hicimos en Nicaragua y en el resto de las “repúblicas bananas'' de América Latina? Muchas veces expulsamos líderes populares que querían repartir las riquezas de la tierra entre las personas que la trabajaban. Los sustituimos por tiranos criminales, para que vendiesen a su pueblo y para que la riqueza de la tierra fuese a la Domino Sugar, United Fruit Company, Folgers y Chiquita Banana.

País por país, nuestro gobierno se opuso a la democracia, sofocó la libertad y violó los derechos del ser humano. Ésta es la causa por la cual nos odian en todo el mundo. Ésta es la razón por la que somos blanco de los terroristas.

En vez de enviar a nuestros hijos e hijas por todo el mundo a matar árabes y obtener así el petróleo que hay bajo su tierra, deberíamos enviarlos a reconstruir su infraestructura, a beneficiarlos con agua potable y alimentar a los niños que están en peligro de morir de hambre.

En vez de entrenar terroristas y escuadrones de la muerte, deberíamos cerrar la Escuela de las Américas. En vez de patrocinar la rebelión, la desestabilización, el asesinato y el terror en el mundo entero, deberíamos abolir el actual formato de la CIA y dar dinero a las agencias de ayuda”.

La coyuntura que vivimos, con ser pervertida, ha estallado en la conciencia ciudadana, que ha experimentado crudamente la actuación del monstruo neoliberal, artífice de la prostitución del ser humano, de la mentira de su economía, del poderío que le confiere, de la retórica encubridora de su propaganda, orientado todo a sostener imperios racistas de explotación y dominación.

La convulsión social es tan fuerte que remueve las raíces del pasado, activa recónditos sentimientos de conciencia y reclama simplemente un modo humano de obrar: La prepotencia, el egoísmo y la avaricia son detestables y caen ante el deber de asegurar la dignidad y derechos de todos. Nadie, que sea humano, puede aspirar a realizarse a costa de los demás. Quien no respeta la dignidad de sí mismo, no puede respetar la dignidad de los demás, respeto que nos dicta la regla de oro universal: “Ama al prójimo como a ti mismo”, “Trata a los demás como tú deseas que los otros te traten a ti”.

Este alineamiento del yo con la ética racional y comunitaria es por donde comienza la construcción de una nueva sociedad, tal como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los Pueblos y Naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las Instituciones, inspirándose en este ideal común, promuevan mediante la enseñanza y educación, el respeto a estos derechos y libertades” (Preámbulo de la Declaración).

Todo sistema, teoría o doctrina que pretenda establecer desigualdad éticojurídica entre los humanos es falsa. No hay sistema que justifique la división entre amos y esclavos, ricos y pobres, superiores e inferiores, primeros y últimos. La creación idolátrica del dios dinero nos lleva a construir una sociedad cada vez más cruel y escandalosa por su desigualdad.

A nivel internacional, el desafío es mucho más grave. Porque, aplicando la misma lógica que a nivel interindividual, ninguna nación puede prosperar a base de otra, haciendo praxis normal suya la política de invadir, explotar y dominar: “La Organización de las Naciones Unidas está basada en el principio de la igualdad soberana de todos sus miembros” (Cap. I, art. 2).

Las Naciones unidad deben tomar medidas para prevenir y asegurar la paz, evitar actos de agresión y lograr por medios pacíficos y de conformidad con la Justicia y el Derecho internacional la solución de las controversias (Cfr. Idem.)

La historia real nos muestra cómo se comportan las naciones con mayor poder en Europa, en Latinoamérica, África y en nuestro propio país. Todo cambiaría si cada Nación se limitara a ser lo que es, un país más, con autonomía y singularidad propia, regido por la Justicia y el Derecho internacional.

No lo han hecho, ni lo van a hacer. Por sí mismos, está más que demostrado, que no cumplen con sus obligaciones internacionales, no respetan muchos de los Tratados y Convenciones Internacionales, apoyan la invención constante de armas, son proveedores de ellas, entrenan a militares de otros Estados, provocan el terrorismo en lugar de combatirlo en sus causas, apoyan dictaduras o derrocan democracias cuando les conviene, aumentan y fortalecen sus numerosas bases en todo el mundo, tienen establecido el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, etc.

Todo cambiaría con que las Naciones Unidas lograran simplemente que, en este caso, Estados Unidos asumiera la obligación de respetar la soberanía, independencia y dignidad y libertad de todas las Naciones del mundo. Y no que sigan profesando que el Destino Manifiesto les ha predeterminado a extenderse e implantar su ley y civilización en todos los rincones del planeta Tierra, a las buenas o a las malas, a las malas casi siempre, poniendo en marcha la maquinaria de su ingente poder, como si fueran los dueños y señores de nuestra planeta.

Tenemos muchas tareas, muchos conflictos y problemas que resolver, pero ninguno de ellos alcanzará solución sin ética. Sin ética, la calidad de nuestras relaciones con la naturaleza y con nuestra casa común seguirá siendo destructivas. La ética nos libera y nos limita, y libera y limita el poder de Estados Unidos y de cualquier otro imperio.

Necesitamos una ética regeneradora de la Tierra, una ética del cuidado, como dice el teólogo Leonardo Boff, que respete sus ritmos y nos responsabilice colectivamente.

“Nunca, clama el papa Francisco en su encíclica Laudato Si, hemos maltratado y lastimado nuestra Casa Común, como en los dos últimos siglos…Estas situaciones provocan el gemido de la hermana Tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que requiere otro rumbo”.

Benjamín Forcano es teólogo

Fuente:alainet.org

viernes, 27 de enero de 2017

La hospitalidad con los refugiados en el hinduismo.


Javier Ruiz Calderón (Shánkara)

El hinduismo es una religión de emigrantes. Alrededor del año mil AEC llegaron a la India unas tribus indoeuropeas procedentes del norte de Asia que probablemente habían abandonado su lugar de origen buscando mejores climas. Se instalaron en el norte de la India, donde se mezclaron con los nativos dando lugar a la religión híbrida —como todas— que actualmente conocemos como el hinduismo.

La India ha sido un hogar para los refugiados de todas las religiones y sectas. A lo largo de milenios han ido llegando al subcontinente oleadas de personas que huían de la persecución política y religiosa, no solo de los países vecinos (los actuales Pakistán, Bangla Desh, Tíbet y Sri Lanka) sino también de Afganistán, Irán, Irak, Somalia, Sudán y hasta Uganda. Eso se debe en parte a que la tolerancia de la diversidad característica del hinduismo hace que le resulte más fácil acoger a los que llegan de otras latitudes.

Merece la pena citar extensamente a este respecto el final de la intervención de Swami Vivekananda en el parlamento de las religiones de Chicago de 1893, documento inaugural del hinduismo moderno:
«Me enorgullezco de pertenecer a una religión que ha enseñado al mundo tanto la tolerancia como la aceptación universal. No sólo creemos en la tolerancia universal, sino que aceptamos que todas las religiones son verdaderas. Me enorgullezco de pertenecer a una nación que ha amparado a los perseguidos y refugiados de todas las religiones y todas las naciones de la tierra. Me enorgullezco de deciros que hemos acogido en nuestro seno los restos más puros de los israelitas, que vinieron al sur de la India y hallaron refugio con nosotros el mismo año en que la tiranía romana hizo pedazos su templo santo. Me enorgullezco de pertenecer a la religión que ha protegido y sigue sosteniendo lo que queda de la gran nación zoroástrica. Os voy a citar, hermanos, unos versos de un himno que recuerdo haber repetido desde mi primera infancia, que recitan todos los días millones de seres humanos: «Como todos los diferentes ríos nacidos en lugares diferentes mezclan sus aguas en el mar, del mismo modo, Señor, los diferentes caminos que toman los hombres debido a sus tendencias diversas, aunque parezcan distintos, sinuosos o rectos, todos llevan a Ti».

A los mencionados por el swami habría que añadir más recientemente los refugiados tibetanos, los rohingyas de Mianmar, etc.
Esta tradicional apertura a lo diferente y a lo ajeno sigue vigente en el estado laico actual. Aunque la India no haya firmado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y no cuente con una ley nacional sobre refugiados, la constitución protege los derechos humanos de los refugiados y los solicitantes de asilo, que tienen acceso a los servicios de salud y cuyos hijos pueden asistir a la escuela.

Sin embargo, en el hinduismo siempre han coexistido un ala abierta, tolerante y acogedora y un ala intolerante y cerrada al diálogo con las demás religiones, en especial con el islam y el cristianismo, a los que considera religiones extranjeras e invasoras, lo que ha dado lugar a conflictos con esas comunidades. En esta línea se encuentra el partido que está en el poder en estos momentos, el «nacionalhinduista» BJP, cuyo primer ministro, Modi, ha declarado que la India es el hogar natural de todos los hindúes (no de todas las personas de origen indio) y que todos ellos serán bien recibidos en ella cuando lo necesiten. Eso hace que se tienda a acoger con los brazos abiertos a los refugiados hindúes, pero no tanto a los que no pertenecen a esa tradición, en especial a los de las religiones que se ven como adversarias. Lo que piensa en el fondo este hinduismo integrista es que la India es una civilización esencialmente hindú, y que las demás religiones pueden ser más o menos toleradas, pero de ninguna manera tratadas en pie de igualdad.

En las escrituras hindúes no hay mucha doctrina explícita sobre la manera correcta de tratar a los refugiados. Sin embargo, en las epopeyas —el Mahabhárata y el Ramáyana— se plantean narrativa y concretamente toda clase de cuestiones éticas, y queda claro que a los emigrantes que se comportan noblemente hay que tratarlos con la misma hospitalidad con que se debe acoger a las personas que llegan a nuestro hogar familiar. De hecho, los principales protagonistas de ambos relatos —los cinco hermanos Pándava y Rama y su familia, respectivamente— pasan años exiliados, lejos de su hogar y de su país, y se elogia abiertamente el comportamiento de las personas que, sabiendo quiénes son o sin saberlo, los reciben generosa y hospitalariamente.

Veamos, pues, lo que dicen las escrituras hindúes sobre el modo correcto de recibir a los visitantes. El Código de Manu, principal texto sobre el dharma (deber) del hinduismo, dice que, como siempre hay que ser generoso y compasivo con todos los seres vivos, al átithi (el visitante, «el que no se queda»), sea conocido o desconocido, hay que honrarlo y tratarlo con veneración, recibiéndolo aunque llegue a una hora inconveniente, y ofrecerle sin dilación un asiento, agua, comida lo mejor cocinada posible y conversación agradable. Solo se debe comer cuando el visitante haya acabado de hacerlo. Hay que prepararle un lugar para descansar, servirle adecuadamente y despedirse de él cuando se vaya. Todo esto en la medida de las posibilidades de cada uno. El Código de Manu no es un texto en absoluto igualitario, y por eso insiste en que el modo de recibir al visitante debe adaptarse a su nivel social, tratándose mejor a las personas de casta más elevada, pero no excluyendo de este buen trato a los siervos, las mujeres, los enfermos y las personas dependientes. Pero matiza que habría que abstenerse de ser hospitalario con las personas malvadas e hipócritas, incluidos los heréticos y los racionalistas —a los que la sociedad hindú de principios de la Era Común veía como pecadores de la peor especie—, así como cuando se tratara de una muchedumbre a la que sería imposible recibir adecuadamente.

El prestigioso intelectual hindú Satya Vrat Shastri trata el tema del «Respeto a los visitantes» en las páginas 235-240 de su libro Human values. Definitions and Interpretations, vol. I (Calcuta, Bharatiya Vidya Mandir, 2013), donde, citando una docena de textos tanto religiosos como literarios, da una versión actualizada del mismo asunto. Empieza enunciando el principio fundamental: átithi devo bhava: «que el visitante sea un dios para ti». Al visitante hay que tratarlo como si fuera Vishnu (Dios). Repite con otras palabras lo dicho por Manu, y añade que el átithi no es un invitado conocido (abhyágatas), sino un desconocido que llega a nuestro hogar y que, aunque haya que recibir con generosidad a cualquiera que llegue, conviene tener cuidado con los desconocidos y ser precavido con aquellos cuyos motivos no estén claros, para que no abusen de nuestra hospitalidad.

Tanto el hinduismo antiguo como el moderno, pues, predican una actitud hospitalaria, aunque prudente, con aquellos que llegan a nuestro hogar. Que esto no es una mera teoría sino una realidad práctica, lo demuestran los consejos sobre la etiqueta en la India que se leen www.protocolo.org, y que resumo a continuación: Los indios dan mucho valor al trato de sus invitados. Son unos excelentes anfitriones. Son tan atentos con los invitados y con los forasteros que estos pueden sentirse un poco abrumados por la gran cantidad de personas que los invitan a los más diversos eventos o actos tanto sociales como familiares. Generalmente, cuando alguien llega a la casa de una familia india a la que ha sido previamente invitado, es habitual que le pongan un pequeño collar o guirnalda de flores en señal de bienvenida. Para ellos el invitado es el «rey» de la casa y por ello se le trata lo mejor posible, con toda clase de atenciones. Tanto es así, que los errores que puede cometer el visitante en cuanto a las normas de comportamiento y etiqueta de la India le serán disculpadas.

Nunca hay que dar gracias por la comida, pues se considera un insulto agradecer algo que se ha ofrecido generosa y gratuitamente. Para ellos, dar las gracias por la comida es como pagar por ella, y pueden interpretarlo como una ofensa. La mejor manera de agradecerles la invitación es corresponderles con otra comida de características similares a la que ellos ofrecieron. Esa invitación significa que se valora la buena relación que se tiene con ellos.
Cualquiera que haya viajado a la India puede confirmar lo hospitalarios y generosos que son los indios con los forasteros. Hasta las familias más humildes se desviven para compartir de lo que no tienen con los desconocidos que aparecen por la zona donde viven. Recuerdo una familia musulmana que nos invitó a entrar en su chabola y se gastó lo que para ellos era un dineral para comprarnos una coca cola.

Así pues, en resumen: la hospitalidad para con los invitados y visitantes es una norma tanto del hinduismo como de la cultura india en general. Esa actitud debe extenderse a la manera en que hay que tratar a los refugiados, que son una clase de visitantes (átithis): personas desconocidas que llegan a donde vivimos y que necesitan que los acojamos y los atendamos de la mejor manera posible.

jueves, 24 de marzo de 2016

Más hospitalidad, más dignidad. Faltan profetas…


HOSPITALIDAD – Jesuitas (Alicante-Elche-Murcia) / Secretariado Diocesano de Migraciones – ASTI Alicante / Cáritas Diocesana Orihuela Alicante / Comunidades Cristianas Populares (Alicante) / CVX Alicante, sensibilizacion@asti-alicante.org
ALICANTE.

ECLESALIA, 21/03/16.- 

Hombres y mujeres que defiendan la vida de todo ser humano, en cualquier etapa de la vida y situación que se encuentre. Independientemente de su origen, cultura, sexo, color de piel o religión. Donde la persona y su dignidad sean siempre lo primero.

Desde la Segunda Guerra Mundial la humanidad no se ha visto en otro drama igual que el actual a escala mundial. Hoy día cuando recordamos las consecuencias de aquella Gran Guerra, nadie duda de cómo y cuánto fue degradada la dignidad humana. De ahí la posterior Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la que se pretendía evitar situaciones similares en el futuro. Pero cuando comprobamos lo que está sucediendo y las respuestas que se siguen dando ante la mal llamada “Crisis de refugiados”, nos damos cuenta que no están a la altura de quienes promulgaron de buena voluntad lo que entendemos todos y todas por “Derechos Humanos”.

Quedando patente, después de esperar tanto ante la desesperada situación de millones de personas en nuestro mundo, que los llamados “Derechos Humanos” y su cumplimiento al parecer sólo atañe a una parte de la humanidad, dejando así de serlo universalmente para convertirse en los privilegios que tenemos unos sobre otros. Privilegios que habría que resguardar a toda costa, como las medidas ratificadas en las ya existentes expulsiones “en caliente”, la externalización de fronteras (y de Derechos) y el fortalecimiento todavía mayor de fronteras que seguirán provocando más muertes. Según la estimación de las Naciones Unidas más de 25.000 vidas humanas en los últimos 15 años. En 2015 podrían haber muerto más de 1000 niños y niñas. Hoy más de la mitad de las personas que buscan un lugar seguro para vivir son mujeres, niños y niñas en las condiciones que todos conocemos por los medios.



Esta situación y sus respuestas vienen a demostrar la verdadera Crisis de humanidad en la que está sumergido nuestro mundo. Especialmente de quienes tienen responsabilidades en la toma de decisiones al nivel que corresponda. El acuerdo UE-Turquía además de ser ilegal no solo afecta a los derechos humanos sino a los mismos tratados legales de la Unión Europea. Es la primera crisis humanitaria en suelo europeo. Los halcones han vencido y los pobres han perdido. Una propuesta propositiva tomada del Papa Francisco son los pasillos humanitarios como han hecho ecuménicamente en Italia. La historia dentro de medio siglo juzgará a esta generación, como el amor de Dios: ¿Cuándo te vimos extranjero y te acogimos? (Mt 25, 35).

Pero no nos hagamos los ciegos, también quienes desde nuestro cómodo silencio, no decimos o hacemos nada para remediarlo. Incluso dando credibilidad a justificaciones que hemos podido escuchar y hasta ser transmisores de mensajes de muerte en este valioso tiempo. Expresiones que menoscaban la dignidad de todo ser humano y hacen un flaco favor a la convivencia y cohesión social de quienes ya convivimos en este espacio protegido.

No nos hagamos los sordos, así como quienes reconocemos lo que está sucediendo y únicamente nos quedamos con resignación y lamentos al ver las noticias que nos llegan.

No nos hagamos los mudos, no podemos seguir permaneciendo callados. No podemos quedarnos pasivos, debemos posicionarnos por la vida y su dignidad. Hace falta seguir despertando nuestras conciencias y las de los que están a nuestro lado. Para reconocernos mutuamente, especialmente en quienes más sufren, también cerca de nosotros. Considerando de qué forma y con quienes podríamos organizarnos para reivindicar juntos una vida digna para todos y todas sin excepciones. Para construir juntos en nuestras comunidades y barrios una verdadera cultura de la hospitalidad a partir de las posibilidades que nos ofrecen nuestras relaciones cada día, en la aceptación y acogida asertiva del otro en quien está Cristo, por muy diferente que sea. Tengamos la voluntad de dejarnos convertir, especialmente por los crucificados y crucificadas de nuestra historia. En tiempos difíciles es urgente amar.

La Iglesia está preparada subsidiariamente para la acogida. Y quiere visibilizar a los emigrantes que ya tenemos aquí. La Palabra de Dios está ya escrita desde los orígenes, antes que en tinta, está en la vida misma. En ti y en mí, en todo ser humano, en cada persona, como lo son migrantes y refugiados que nos interpelan, la respuesta del evangelio de la misericordi (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Fuente: Eclesalia



martes, 13 de mayo de 2014

La hospitalidad a los haitianos: ¿cuán humana es nuestra sociedad?



Leonardo Boff, teólogo y escritor

El drama de cientos y cientos de haitianos, víctimas del devastador terremoto, que, vía el Estado de Acre, buscan hospitalidad en Brasil, representa un test de lo humana que es o no es nuestra sociedad. No quiero restringirme solo a los haitianos sino a tantas personas que son expulsadas de sus tierras, poseros, indígenas, quilombolas y otros, por el avance del agronegocio o desalojados, como recientemente del local de la OI en Rio de Janeiro, que tuvieron que refugiarse en la plaza de la Catedral de la ciudad. Organismos de la ONU nos informan de que existen en el ¡ mundo más de cien millones de refugiados, ya sea por guerras, por situación de hambre, por problemas climáticos y otras causas similares. Cual Abrahanes andan por ahí buscando quien los acoja. Y cuántos barcos son rechazados teniendo que vagar por los mares en medio de todo tipo de necesidades y desesperanzas.

Basta recordar a los refugiados de África que llegan a la isla italiana de Lampedusa. Recibieron la solidaridad del Papa Francisco, que en esa ocasión hizo las más duras críticas a nuestra civilización por ser insensible y haber perdido la capacidad de compadecerse de la desgracia de sus semejantes. Todas estas personas padecen por falta de hospitalidad y de solidaridad.

En Brasil, en los periódicos y especialmente en los medios sociales, se desató una fuerte polémica sobre cómo tratar a los haitianos desesperados y depauperados que están llegando a nuestro país. El Gobernador de Acre, Tião Viana, mostró profunda sensibilidad y hospitalidad al acogerlos, hasta el punto de, con los escasos medios de un estado pobre, no poder hacerse cargo de la situación. Tuvo que pedir socorro al Gobierno Central. Pero ha sido insultado por muchos de manera descarada en las redes sociales y en twitter. Aquí nos damos cuenta de cuan inhumanos y sin piedad pueden ser algunos. No respetan la regla de oro universal de no desear ser tratado de esa forma si se encontrasen un día en una situación semejante. Según el notable biólogo Humberto Maturana, tales personas retroceden a un estadio pre-humano, al nivel en el que se encuentran hoy los chimpancés que son societarios pero autoritarios, no siempre practicando siempre la mutualidad.

En este contexto la virtud de la hospitalidad gana especial relevancia. La hospitalidad, dijo el filósofo Kant en su último libro La Paz Perpetua (1795): es la primera virtud de una república mundial. Es un derecho y un deber de todos, pues todos somos hijos e hijas de la misma Tierra. Tenemos el derecho de circular por ella, de recibir y de ofrecer hospitalidad.

Uno de los más bellos mitos griegos se refiere a la hospitalidad. Dos viejitos muy pobres, Baucis y Filemón, dieron acogida a Júpiter y a Hermes que se disfrazaron de andariegos miserables para probar cuanta hospitalidad quedaba en la Tierra. Fueron rechazados por casi todos, pero cálidamente acogidos por esta pareja de viejitos que les ofrecieron lo poco que tenían. Cuando las divinidades se deshicieron de sus trapos y mostraron su gloria, transformaron la choza en un espléndido templo. Los viejitos se prostraron en reverencia. Las divinidades les dijeron que hiciesen un pedido que sería prontamente atendido. Como si lo hubiesen combinado previamente, ambos dijeron que querían seguir en el templo recibiendo a los peregrinos y que al final de su vida ambos, después de tan largo amor, pudiesen morir juntos. Y fueron escuchados. Filemón fue transformado en un enorme carbayo y Baucis en una frondosa morera. Sus ramas se entrelazaron en lo alto y así siguen hasta el día de hoy, como cuentan los que pasan por allí. Y se sacó una lección que pasó a lo largo de todas las tradiciones: quien acoge a un pobre hospeda al propio Dios.

La hospitalidad exige una buena voluntad incondicional para acoger al necesitado y al que se encuentra en gran sufrimiento.

Exige también escuchar atentamente al otro, más con el corazón que con los oídos, para captar su angustia y su esperanza.

Exige además una acogida generosa, sin prejuicios de color, de religión ni de condición social. Evitar todo aquello que lo haga sentir un indeseado y un extraño.

Es importante dialogar abiertamente para captar su historia de vida, los peligros que pasó y cómo llegó hasta aquí.

Responsabilizarse conscientemente junto con otros para que encuentre un lugar donde vivir y un trabajo para ganare la vida.

La hospitalidad es uno de los criterios básicos del humanismo de una civilización. La nuestra está marcada lamentablemente por prejuicios de larga tradición, por nacionalismos, por xenofobia y por varios fundamentalismos. Todos estos cierran las puertas a los inmigrantes en vez de abrírselas y, compasivos, compartir su dolor.

En este espíritu debe ser vivida y testimoniada la hospitalidad con nuestros hermanos y hermanas haitianos. Aquí se demuestra si somos verdaderamente un pueblo de cordialidad y de acogida abierta a todos, cuánto hemos crecido en nuestra humanidad y mejorado nuestra civilización.

Leonardo Boff ha escrito Hospitalidad: derecho y deber de todos, Sal Terrae, Santander, 2005.

martes, 16 de julio de 2013

Crónicas de la hospitalidad en América Latina: El caso de Haití.


Wooldy Edson Louidor


Cuando ocurrió el terremoto en Haití el 12 de enero de 2010, las jefas y jefes de Estado y de Gobierno de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) expresó, en una declaración conjunta el 9 de febrero del mismo año, su solidaridad en virtud de los vínculos históricos de amistad con la primera república libre de la región.

En un discurso histórico que pronunció el 13 de enero de 2010, un día después de la tragedia, el presidente mexicano de entonces, Felipe Calderón, subrayó que “los entrañables lazos históricos, culturales, de amistad que unen al pueblo de México con el pueblo haitiano, nos hacen sentir como propias las pérdidas que han ocurrido en esta nación”.

En virtud de esos lazos, Calderón pidió al Gobierno Federal, a la Cruz Roja Mexicana, a todas las fuerzas vivas de la nación azteca y al pueblo en general, que brinden de inmediato “todo el apoyo necesario para ayudar a esa Nación hermana”.

Son numerosos los ejemplos de jefas y jefes de Estado y Gobierno en América Latina que, luego del terremoto del 12 de enero de 2010, se dieron a sí mismos el imperioso deber de solidarizarse con Haití no sólo por sentimientos de compasión o caridad por “el país más pobre del Hemisferio”, sino en virtud de los “lazos históricos, culturales, de amistad, solidaridad” que se han entretejido con la primera Nación libre de la región.

Una gran tradición de hospitalidad y solidaridad entre Haití y América Latina

La tragedia que ocurrió en Haití hizo que América Latina recordara la gran tradición de hospitalidad y solidaridad de este pequeño país del Caribe.

En su lucha por liberar Sud América de España, el libertador Simón Bolívar solicitó en dos ocasiones la hospitalidad y la solidaridad del presidente de Haití para continuar esta lucha.

La historia cuenta que Alexandre Pétion, presidente de Haití (1806-1818), recibió a Bolívar entre diciembre de 1815 y enero de 1816 en Puerto Príncipe y le brindó toda clase de auxilios para que lanzara la “Expedición de los Cayos” contra la Costa Firme (antiguo nombre de la zona que comprenden Venezuela, el Istmo de Panamá y parte de los territorios deColombia).

La expedición que inició en la Isla de Margarita en mayo de 1816 culminó en una derrota; por lo que Bolívar salió exiliado de Venezuela y tuvo que solicitar una segunda vez la hospitalidad y la solidaridad de Pétion. Efectivamente Bolívar fue acogido en Haití en diciembre de 1816 y recibió otra vez municiones, soldados y otras ayudas para organizar la expedición de Jacmel (sureste de Haití) en diciembre de 1816.

La carta que le mandó Pétion a Bolívar para animar al Libertador a seguir luchando por la liberación de la Gran patria luego de tantos intentos fracasados habla del profundo afecto del presidente haitiano por la causa sudamericana: “…Si la fortuna inconstante ha burlado por segunda vez las esperanzas de V E., en la tercera puede serle favorable; yo al menos tengo ese presentimiento, y si yo puedo de algún modo disminuir la pena y sentimiento de V E. puede desde luego contar con cuanto consuelo de mí depende”.

El presentimiento de Pétion se cumplió, ya que esa última Expedición le permitió al libertador consolidar sus triunfos militares en Venezuela e iniciar la campaña de liberación de los demás países sudamericanos.

Con la hospitalidad y la solidaridad todo es posible porque abren las fronteras de las luchas de liberación, crean lazos, vínculos entre pueblos y dan razones para creer y esperar, incluso contra toda esperanza. El primer país libre de América Latina y el Caribe dio también el primer ejemplo.

sábado, 2 de febrero de 2013

Cuando dar la mano al hermano es un crimen.



Editorial Redes Cristianas
España: La reforma en curso del Código Penal contiene muchas perversiones. Una no pequeña es su apuesta por utilizar el derecho penal para la represión de los flujos migratorios. En el caso de los extranjeros sin papeles (confinados inhumanamente en los CIE, sometidos a controles policiales por su perfil étnico, etc.), se genera una grave patología. En el epígrafe del Anteproyecto de Código Penal en el que se protegen los derechos de las personas extranjeras, se considera  -con muy buen criterio- que la trata y el tráfico ilícito de personas deben ser perseguidos y sancionados, pues suponen un ataque intolerable a su dignidad personal. El problema ético y jurídico surge cuando  se  equipara “la trata” de personas (abominable) con el “trato” con las personas inmigrantes indocumentadas (valioso).
 Con una redacción bastante defectuosa, se deja a criterio del Fiscal la posibilidad de condenar a quienes han auxiliado a personas en situación administrativa irregular por motivos humanitarios con penas de cárcel. ¡El valor ético de la hospitalidad metido a saco en el Código Penal! El bien y el mal intercambiables gracias al legislador.
La explicación “técnica” es aún más llamativa: estos comportamientos solidarios se consideran lesivos para el bien jurídico protegido, que  es precisamente la dignidad del migrante. ¿Cómo va atacar su dignidad recibirlo en casa, darle comida, vestido, etc.? Como acaba de decir Mons. Benavente, Obispo responsable  de la Pastoral de Migraciones, “lo inmoral no es auxiliarlos, sino omitir el deber de socorrerles”.
Cabe preguntarse si tan bajo moralmente hemos caído en Europa. La respuesta es negativa. La Unión Europea deja a criterio de los Estados el incriminar o no estos comportamientos altruistas; no obliga a su tratamiento penal. Sin embargo, sorprendentemente el Gobierno español ha tramitado un Anteproyecto de Código Penal que equipara a la persona hospitalaria con el traficante de personas, a quien compra un CD o le sirve un bocadillo o le paga el billete del autobús con las mafias de la inmigración ilegal. El desaguisado es de tal magnitud que el Parlamento rectificará enseguida.
 Lo agradecerán el más elemental sentido de justicia y… hasta el sentido común, En todo caso, a los ciudadanos nos toca, una vez más, suplir la falta de moralidad de nuestros políticos, poner en valor la hospitalidad y tratar de salvarla de la amenaza de su criminalización.