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sábado, 25 de abril de 2020

Los migrantes, los más vulnerables ante el cierre de fronteras.

Foto: OIM / Rafael Rodríguez. Una caravana de migrantes llega la localidad de Matías Romero en Oaxaca el 1 de noviembre de 2018, la mayoría en camino hacia la frontera sur de Estados Unidos.


Los equipos de derechos humanos de la ONU en la región centroamericana y en México piden que se proteja a los migrantes, refugiados y desplazados, así como otras personas en movimiento que se han quedado atrapados por la crisis del COVID-19, muchos en condiciones de hacinamiento y sin acceso a la salud y otros derechos humanos.

Noticias ONU, 24 de abril, 2020.- Algunas medidas adoptadas por los Gobiernos de Centroamérica y México para contener y prevenir la propagación de la pandemia de coronavirus están afectando desproporcionadamente a los migrantes, refugiados y desplazados en la región, alertó la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Los cierres de fronteras han provocado que numerosas personas, entre ellas niños y adultos mayores, se hayan quedado atrapadas en lugares fronterizos.

“Estas personas permanecen en campamentos improvisados, en situación de calle, en comunidades o centros de acogida, en los que no siempre se han implementado los protocolos sanitarios para protegerlas, según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud”, advierte en un comunicado la Oficina, que dirige Michelle Bachelet.

Por ejemplo, el cierre de la frontera de Panamá con Costa Rica, así como la de El Salvador y Honduras, ha provocado que migrantes queden atrapados en condiciones de hacinamiento y limitado acceso de salud, información, alimentación, agua y saneamiento.

“Panamá enfrenta un desafío particular por su posición geográfica y por el cierre de frontera con Costa Rica, que ha generado que más de 2500 personas migrantes irregulares permanezcan en el país”, asegura el equipo de Michelle Bachelet en México y Centroamérica.

También se ha documentado la presencia de personas migrantes centroamericanas que fueron llevadas hasta la frontera entre México y Guatemala, que permanece cerrada, y enfrentan dificultades para llegar por la vía regular a su país de origen.

Foto: UNICEF / Adriana Zehbrauskas. Migrantes en las afueras de Reynosa, México.
Sometidos al estigma

Las personas que están en movimiento, como los refugiados, los migrantes, los desplazados, apátridas y solicitantes de asilo, entre otros, son particularmente vulnerables a actitudes y comportamientos que las estigmatizan y discriminan y éstas se ven fomentadas por las narrativas que les asocian con la propagación de la COVID-19”, explicaron.

En Honduras, un Centro de Atención al Migrante Retornado tuvo que cerrar por protestas de la población local en contra del ingreso al país de estas personas por miedo a contagiarse.

La Oficina afirma que se debería considerar la posibilidad de suspender temporalmente los retornos forzados a la región durante la pandemia; establecer mecanismos para la regularización de personas y garantizar su pleno acceso a las medidas de protección y atención oportuna en salud.

“Sin embargo, de continuar con los retornos, éstos sólo podrían llevarse a cabo si cumplen con el principio de no devolución y con la prohibición de las expulsiones colectivas, así como con las garantías del debido proceso”, asegura el comunicado.

También ha pedido a los países que se ponga a los migrantes y demás personas en condición de movilidad en el centro de la respuesta contra la pandemia.

Foto: OIM / Rafael Rodríguez. Los emigrantes centroamericanos se desplazan con los medios que pueden a través de México para intentar alcanzar la frontera de Estados Unidos.
Un derecho de todos sin importar el estatus

Sin importar su estatus migratorio, todos deben tener acceso a la salud, la alimentación, la información en un idioma de su comprensión, el derecho a solicitar asilo y a una evaluación individual de otras necesidades de protección. Así mismo, se debe garantizar acceso a servicios básicos en igualdad de condiciones, sin discriminación y con perspectiva de género y enfoque diferenciado.

“Incluir a las personas migrantes en la respuesta a esta crisis es esencial para proteger no sólo los derechos de las personas migrantes, sino también la salud de la sociedad en su conjunto. Todos los países, tanto los de origen como los de destino, tienen la obligación de respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de los migrantes. Es fundamental que en las respuestas contra la COVID-19 predomine la solidaridad entre la comunidad internacional y los países fronterizos a lo largo de los corredores migratorios”.
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martes, 18 de junio de 2019

Los refugiados han estado 140 días sin rumbo en el mar desde que Italia cerró sus puertos.

Desembarco del barco Aquarius en Valencia./ MSF


Durante el último año, 2.443 hombres, mujeres y niños han quedado varados en el mar mientras “los líderes de la UE debatían su futuro”, denuncia MSF
Al menos 1.151 hombres, mujeres y niños han muerto en el Mediterráneo Central, mientras más 10.000 han sido obligados a regresar a la fuerza a Libia


140 días en el mar o, lo que es lo mismo, casi cuatro meses en el Mediterráneo sin puerto al que acudir. Esa es la suma de días que han pasado vagando por el mar los barcos de rescate de refugiados, con mujeres y niños vulnerables a bordo, desde que hace un año Italia tomó la decisión de cerrar sus puertos a las embarcaciones con migrantes a bordo. El “no” de Matteo Salvini al barco Aquarius el 10 de junio de 2018 daba comienzo al bloqueo.

Aunque las informaciones sobre el barco Aquarius inundaron los telediarios hasta que España admitió y permitió el desembarco en el puerto de Valencia, las embarcaciones con refugiados rescatados en el Mediterráneo Central han sido rechazadas en este año desde Europa hasta en 18 ocasiones, según información de Médicos Sin Fronteras (MSF) facilitada a este medio.

La mayor parte de estas embarcaciones son de las ONG, pero también en julio del año pasado Italia pasó la pelota de nuevo a Malta para que recibiera a dos barcos de Frontex con 450 personas a bordo. Tras un día de incertidumbre, el Gobierno italiano cedió y admitió el desembarco en su puerto. Entre las embarcaciones bloqueadas que más personas han llevado a bordo se encuentra el Open Arms, que el pasado 21 de diciembre estuvo vagando por el Mediterráneo con 311 personas a bordo durante siete días hasta que finalmente pudo desembarcar en España.


Estos 18 rescates dificultados por el cierre de los puertos italianos este último año han sido realizados por ONG como la alemana Sea Watch o SOS Mediterranée, pero también por barcos pesqueros como Nuestra Madre Loreto o militares como Trenton. La mayoría de los desembarcos han terminado produciéndose en Malta (7), país que también restringe los desembarcos de los rescatados. Italia ha acabado aceptando un buen número de ellos (6), mientras en un menor número de ocasiones España (2) y Tunez (2) han acabado ofreciendo también sus puertos.

En estos momentos, el barco petrolero Maridive, con 75 personas rescatadas, lleva bloqueado en alta mar durante más de 10 días mientras Túnez, Malta e Italia echan un pulso político para decidir quién acude a su rescate. Según destaca MSF, situaciones de bloqueo como estas son “la nueva normalidad” en el Mediterráneo, mientras la respuesta de los Gobiernos europeos al drama humanitario que se vive en el mar alcanza “nuevos mínimos desoladores”. Solo durante el último año, 2.443 hombres, mujeres y niños vulnerables han quedado varados en el mar mientras “los líderes de la UE debatían su futuro”, han denunciado.
Tabla de embarcaciones con personas refugiadas a bordo que han sido bloqueadas este año./ M.S.F.

Más de mil personas muertas en el Mediterráneo Central

La imagen de los barcos varados en el mar es solo una de las caras del prisma del drama humanitario. Al menos 1.151 hombres, mujeres y niños han muerto en el Mediterráneo Central, mientras más 10.000 han sido obligados a regresar a la fuerza a Libia, de donde los inmigrantes han huido por estar expuestos a las detenciones, trabajos forzados y toda clase de vejaciones. Según recogió Acnur en su informe publicado a inicios del año pasado, cuando los refugiados se suben a un bote en la costa libia “muchos han sido torturados, violados y vieron a mucha gente morir a su alrededor”.

Estas muertes, a las que apenas nos podemos aproximar por una cifra que seguramente sea mucho mayor, tienen causas. Según MSF y SOS Mediterranée estos fallecimientos son el resultado del “fracaso de las políticas migratorias europeas” y de “un sistema de asilo europeo roto”. La negociación del reglamento de Dublín, para que los países a las puertas de Europa no sean los únicos en gestionar el proceso migratorio, es un debate estancado en la UE. Por el contrario, no deja de aumentar el presupuesto destinado al incremento de seguridad en las fronteras. En el reciente presupuesto de la Comisión Europea presentado este mes, se anuncia un incremento del 34,6% hasta los 420,6 millones de euros para la Agencia Europea de Guardia de Fronteras y Costas (Frontex).

Mientras tanto y en esta situación de bloqueo en la respuesta de los países miembro, “la criminalización” de las organizaciones que realizan rescates en el Mediterráneo pasa factura. El “castigo” que se impone a los barcos que rescatan refugiados “erosiona el principio mismo de la prestación de auxilio” a quienes están en peligro en el mar. Según las ONG, las embarcaciones comerciales, e incluso los militares, son cada vez más reacias a responder a las peticiones de socorro debido al alto riesgo de quedar bloqueados en alta mar y de que se les niegue un lugar seguro para desembarcar a las personas rescatadas.

El director de Operaciones de SOS Méditerranée, Frédéric Penard, considera que la falta de buques de rescate en el Mediterráneo debería “poner fin a las infundadas acusaciones de un ‘efecto llamada’. “La realidad es que aun cuando cada vez hay menos embarcaciones humanitarias, las personas con pocas alternativas continúan emprendiendo la ruta mortal independientemente de los riesgos. La única diferencia es que hoy tienen casi cuatro veces más probabilidades de morir, en comparación con el año pasado”, concluye.

sábado, 14 de julio de 2018

Por una cultura y una sociedad dispuestas a acoger a las personas migrantes y refugiadas.

“Yo no veo musulmanes, judíos o cristianos, africanos, asiáticos o europeos, yo veo, por encima de todo, seres humanos”.
(Franz Van der Lugt, 50 años en Hons, Siria).


Una Europa "fortaleza" prevalece sobre una Europa acogedora, al menos para los políticos. ¡Una vergüenza! Antes que, “africanos, asiáticos o europeos, musulmanes, cristianos, judíos o agnósticos”, debemos ver primero: seres humanos.

Los líderes europeos siguen politizando el trato a los refugiados, según sus intereses partidistas. Exigimos una nueva política europea, no basada en temores irracionales o intereses egoístas, sino en valores humanos auténticos.

El miedo a la migración ha llevado a los líderes de la UE a centrarse en un mayor control fronterizo y la externalización de las políticas de asilo y migración de la Unión. Los líderes de la UE no han podido avanzar sustancialmente en los acuerdos sobre la solidaridad intracomunitaria y el reparto de responsabilidades.

Las propuestas de los líderes de la UE se basen en temores irracionales más que en hechos. Mientras tanto, las necesidades de protección en todo el mundo nunca han sido más altas: 68,5 millones de personas se vieron obligadas a abandonar su hogar en 2017, lo que equivale a 44.400 personas vulnerables por día.

Una política migratoria justa y humana

El 85% de los refugiados están alojados en países en desarrollo. Por tanto, lo justo y racional sería que los líderes de la UE asumieran un liderazgo mundial para promover un sistema justo y humano de migración y asilo, para los que llegan a nuestras fronteras.

La creación de centros de procesamiento, fuera de las fronteras de la UE, sería claramente injusta y pisotearía la dignidad y derechos humanos de los refugiados. La UE quiere intensificar la cooperación con terceros países en la lucha contra la migración irregular, particularmente Libia, Marruecos y Argelia. El abandono de 13.000 inmigrantes en el desierto de Sahara, en Argelia, es una señal de advertencia para todos.

Invertir en la creación de oportunidades en los países de origen

Al mismo tiempo, la UE debería invertir, no tantos billones en control migratorio, sino en la creación de oportunidades en los países de origen de los refugiados.

Se necesita un audaz giro en la UE, en fidelidad a sus valores y principios fundacionales, y que han hecho que la Unión haya sido tan atractiva hasta ahora. La Europa "fortaleza" no es ninguna solución salvadora.

Las políticas migratorias humanitarias a largo plazo y una Europa acogedora son hoy más necesarias que nunca, sin olvidar que el fondo del problema, es siempre: sanar las raíces del mal y las causas que obligan a millones de personas africanas a buscar refugio fuera de su patria.

martes, 23 de enero de 2018

Miles de personas siguen dejando la vida en el mar rumbo a Europa.

Foto: Refugiada somalí en el desierto de Túnez. Crédito: IPS

Por Tharanga Yakupitiyage

IPS, 21 de enero, 2018.- Sigue siendo sumamente preocupante el número de personas que pierden la vida intentando cruzar el mar Mediterráneo rumbo a Europa. Este año ya se ahogaron unas 160, y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) urge a los países a ampliar la cuota de refugiados y solicitantes de asilo que reciben.

El flujo de refugiados y otros migrantes disminuye, pero todavía hay muchas personas que se embarcan en travesías peligrosas rumbo a Europa.

“Abogamos por un enfoque integral para hacer frente a los movimientos de migrantes y refugiados que se embarcan en travesías peligrosas por el desierto del Sahara y el mar Mediterráneo”, subrayó el portavoz de Acnur, William Spindler.

El lunes 8, la guardia costera rescató a 60 sobrevivientes y recuperó ocho cuerpos. Pero se teme que unas 50 personas, entre ellas 15 mujeres y seis niños, se hayan ahogado. Y el miércoles 10, una balsa inflable con 100 personas se hundió frente a las costas de Libia, el país de donde salen más personas en busca de mayor seguridad.

Unos 227.000 refugiados necesitan reubicarse en 15 países prioritarios para el asilo y el tránsito en la ruta del Mediterráneo, según las últimas estimaciones.

Acnur solicitó 40.000 plazas para reasentar refugiados y solicitantes de asilo, pero hasta ahora solo se han concedido 13.000.

“La mayoría de ellas pertenecen a programas globales de reasentamiento y solo unos pocos representan plazas adicionales”, precisó Spindler.

Tras conocerse las noticias de migrantes subastados y vivir en condiciones espantosas en centros de detención, tanto Acnur como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ayudaron a evacuar de Libia a unas 100 personas y reubicarlas en Níger.

Sin embargo, la Unión Europea (UE) mantiene su política de asistir a la Guardia Costera libia para interceptar y devolver migrantes encontrados en el mar Mediterráneo.

“El sufrimiento de los migrantes detenidos en Libia es un escándalo en la conciencia de la humanidad. Lo que ya era una situación grave se volvió catastrófica”, denunció el alto comisionado para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad al-Hussein. “La política de la UE es inhumana”, subrayó.

“No podemos ser testigos silenciosos de la esclavitud moderna, la violación y otro tipo de violencia sexual y de ejecuciones ilegales con el argumento de gestionar la migración y evitar que personas desesperadas y traumatizadas lleguen a las costas de Europa”, añadió.

Zeid Ra’ad al-Hussein también llamó a despenalizar la migración irregular para proteger los derechos humanos de las personas vulnerables.

Funcionarios de derechos humanos también criticaron el acuerdo entre la UE y Turquía para devolver a este país a las personas que ingresaron a Europa a través de las islas griegas. Muchos concluyeron que los solicitantes de asilo tampoco están mucho más seguros en territorio turco, pues Ankara tampoco concede el estatus de asilado o de refugiado a ciudadanos que no sean europeos.

Acnur pidió redoblar esfuerzos para fortalecer la capacidad de protección y los medios para ganarse la vida en los países que primero reciben solicitantes de asilo, para ofrecer alternativas más regulares y seguras a fin de dar seguridad a los refugiados mediante planes de reasentamiento o de reunificación familiar.

Además reclamó que se atiendan las causas de raíz de los actuales desplazamientos masivos de personas en situación de gran vulnerabilidad.

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Traducido por Verónica Firme
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IMPORTANTE: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

Fuente: servindi.org

sábado, 14 de octubre de 2017

5 verbos para construir hospitalidad.


Oriol Prado. 

Antes del verano me pidieron escribir algo referente a la hospitalidad y cómo, desde un itinerario cristiano, se podía ser instrumento para construir una sociedad de acogida ante la llegada de migrantes a nuestro país. La propuesta estaba hilvanada en torno a cinco verbos: abrir, peregrinar, compartir, (re)conocer y amar. La vigencia de estas actitudes plenamente evangélicas me sigue pareciendo válida hoy.

Este verano la ciudad de Barcelona ha sufrido directamente la acción del terrorismo de EI, y desde algunos altavoces se ha expresado una relación causa-efecto directa entre migraciones y acogida de refugiados y el atentado. Quisiera recordar, en primer lugar, que este tipo de atentados se han venido repitiendo en otras ciudades del mundo, y hay que tener presentes todas las víctimas que ha habido aquí y en todas partes por la acción que pretende ser desesperanzadora (es decir, que tiene como objetivo negar toda esperanza). En segundo lugar, quisiera proponer una lectura de la acogida, desde los cinco verbos mencionados más arriba, que nos pueda ayudar a una nueva mirada hacia las personas migrantes.

No pretendo, por tanto, hacer un análisis de las causas que nos han llevado a estos atentados ni de sus consecuencias. Algunos buenos análisis como los que encontrareis en el blog de CJ (“Es hora de buscar todas las causas del terrorismo”, de Jaume Flaquer; “Comunicado del grupo de trabajo sobre religiones y paz ante los atentados de Barcelona y Cambrils”; “Pasión de Barcelona, pasión del Mundo”, de J.I. González Faus) nos ayudan a vislumbrar las causas que han llevado a la acción terrorista y posibles caminos para recorrer hacia una verdadera fraternidad entre diferentes fes, culturas, sociedades: entre seres humanos. Quisiera añadir, sin embargo, algunas palabras a partir del itinerario ofrecido por los verbos abrir, caminar, conocer, compartir y amar, de cómo y por qué la hospitalidad puede contribuir a la inclusión de las personas migrantes en nuestra sociedad.

Abrir, como punto de partida para la hospitalidad. Sin embargo, no es sencillo abrir: si abrimos los ojos, tal vez veremos cosas que no nos gustarán; si abrimos los oídos, oiremos algunas cosas que no queríamos oír; si abrimos las manos para dar, dejaremos de poseer aquello de lo que nos hemos desprendido; si las abrimos para recibir, lo haremos con la desconfianza de sabernos deudores del que nos ha obsequiado; al abrir el corazón nos quedaremos a la intemperie. Y a pesar de todo, es en el abrir donde puede comenzar el camino de la hospitalidad: porque es con los ojos abiertos que descubrimos realidades de injusticia que nos vacunan contra la indiferencia. Es con los oídos abiertos cuando, en medio de un ruido mediático ensordecedor, intuimos el clamor de los sin voz y descubrimos voces proféticas que ofrecen alternativas. Es con las manos bien abiertas que recobra valor lo dado y descubrimos la belleza de la gratuidad en el recibir. Es descubriéndonos a la intemperie, con el corazón bien abierto, cuando no tenemos nada que perder, que toma todo el sentido el “no tengo miedo” que ha resonado en nuestras calles y que nos hace vivo el Evangelio: “no tengáis miedo” (Jn 6,20).

Este abrir nos conduce, nos hace caminar, salir afuera: “El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Es en el encuentro con el otro donde descubrimos el prójimo como sagrado, tal y como aparece en las grandes tradiciones religiosas. El huésped es concebido por la tradición hinduista como aquél que no tiene tiempo. En la tradición bíblica encontramos el peregrino, el extranjero… Abraham el itinerante (Gn 12), que es a la vez quien acoge a Dios mismo cerca del árbol de Mambré (Gn 18). Es, pues, con la experiencia de haber salido de nuestro confort que podremos aproximarnos con empatía al migrante que también ha tenido que marcharse de su casa. Y siguiendo el mismo hilo propuesto en el texto de Mambré, descubriremos que, sin salir al encuentro del otro, éste pasaría desapercibido en nuestras vidas. Hay que remarcar, pues, que en este itinerario hacia la hospitalidad es necesario no recluirnos en nosotros mismos, ni como individuos ni como clan. Hay que salir fuera, al encuentro, convirtiéndonos en peregrinos, y la experiencia de intemperie, al abrir el corazón, nos posibilitará el aprendizaje de la acogida.

De este caminar que nos lleva al encuentro del otro surge la necesidad de conocer, de descubrir una realidad que intuíamos al abrir ojos, oídos, manos y corazón. Conocer no es meramente darse cuenta de una realidad que quizás hasta el momento era desconocida, sino incorporar esta realidad en nuestro propio ser. Así, al conocer no sólo descubrimos al otro quitando el velo que nos lo ocultaba, sino que rompemos con las ideas preconcebidas que teníamos. De alguna manera, más que de conocer se trata de reconocer al otro como persona, como ser humano, como igualmente digno. Conocer y reconocer requiere hacer un recorrido hacia dentro y otro hacia fuera: conocernos a nosotros mismos, reconocernos como acogidos y finalmente desvelarnos como débiles para transitar afuera conociendo al otro como igualmente débil, y desvelar su dignidad para que sea reconocida. Este doble conocimiento (adentro y afuera) nos ofrecerá un enriquecimiento: se trataría de mejorar lo que ya somos como personas, comunidades o sociedad con lo mejor de lo que nos aportan las personas migrantes cuando les dispensamos una buena acogida. No se trata de perder nuestra identidad, es más bien darnos cuenta de que las identidades son dinámicas -como siempre lo han sido a lo largo de la historia- y que la hospitalidad podrá hacernos descubrir que la manera de vivir del extranjero tiene algo que mejorar en la nuestra y viceversa.

Este enriquecimiento que surge del reconocimiento mutuo configura un compartir entre iguales. Este compartir, inicialmente, se podrá concretar en aspectos materiales: ofrecer recursos, alimentar o dar cobijo desde la gratuidad. Sin embargo, no habrá que descuidar la dimensión personal del compartir, siempre desde el respeto al otro y a nosotros mismos, al momento vital, a lo que queremos contar y a lo que no. Durante toda la acogida tendrá un valor importante la manera de compartir, será necesario que los gestos y las actitudes sean de ternura, de cuidado, de escucha, de empatía y de diálogo. Este compartir es necesario que se produzca en la dimensión personal, en la comunitaria y en la social. Hay que remarcar la necesidad de la dimensión comunitaria en la acogida; es en la comunidad que se extiende como red donde el acogido puede y debe convertirse en un nodo más, siguiendo su proceso, que es un proceso compartido con la comunidad. Una dinámica que tiene hitos, pero no tiene meta: la construcción de la realidad compartida con la persona acogida, como la construcción de cualquier otra comunidad humana, se perpetúa en el tiempo con momentos mayoritariamente de crecimiento, pero también de incertidumbre y debilidad. Hay que velar para evitar la rotura de los hilos que se han ido tejiendo por firmes que parezcan, y si es necesario, rehacer puentes.

Finalmente es en el amar que se nos ofrece el alimento, la fuerza, la perseverancia y el sentido para la hospitalidad. Me identifico con el otro descubriendo mi propia vulnerabilidad. En el amor me descubro a mí mismo acogido por mi comunidad, por mí mismo, por el otro. “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,34) (Lc 10,27) y es en la Encarnación que el otro se convierte en el Otro.

jueves, 6 de julio de 2017

La peor tragedia de la última década en el Mediterráneo español.

Madrid 

Tras pasar horas agarrados a una patera partida y semihundida al oeste de la isla de Alborán, los tres inmigrantes localizados el lunes en mitad del Mediterráneo han relatado a los servicios de rescate, ya a salvo en Almería, cómo una ola volcó la neumática con la que habían partido, junto a otras 49 personas, desde Alhucemas (Marruecos) rumbo a la Península. Casi medio centenar de inmigrantes que este miércoles permanecían desaparecidos y que Salvamento Marítimo aún trata de encontrar, aunque fuentes de este organismo reconocen que las posibilidades de hallar nuevos supervivientes se diluyen a medida que pasa el tiempo desde el naufragio: "Según han contado los tres rescatados, uno de 17 años y otros dos de 25, la embarcación volcó con todos sus ocupantes y tan solo ellos pudieron ponerse a salvo". Llevaban dos días a la deriva.


Acnur, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ha calificado este naufragio como "la peor tragedia de la última década en el Mediterráneo español", de confirmarse las muertes. El organismo ha reconocido el “valioso” trabajo de los equipos de rescate de Salvamento Marítimo y la Guardia Civil. "Las tareas se centran ahora en una zona al levante de la isla de Alborán. Un buque y un helicóptero continúan con la búsqueda", ha apuntado Salvamento Marítimo, que ha rescatado también este miércoles a 64 personas que viajaban en otras dos pateras localizadas en la misma zona y que, a su vez, trata de hallar otra embarcación que navega también a la deriva con 32 inmigrantes a bordo, según la información facilitada por una ONG en contacto con los sin papeles que se lanzan al mar desde la costa africana.

"Esta tragedia en el mar de Alborán debe ser la llamada de atención definitiva para que cambien la política migratoria y de refugio, tanto en Europa como en España", ha denunciado la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), que ha requerido al Gobierno de Rajoy que abra "vías seguras" para conseguir que los inmigrantes subsaharianos susceptibles de protección internacional puedan acceder a las oficinas de asilo abiertas en las fronteras de Ceuta y Melilla. Según explican las ONG, los sin papeles no logran llegar a ellas porque las fuerzas de seguridad marroquíes se lo impiden. "Hay que evitar que se tengan que seguir jugando la vida en el mar", ha sentenciado Estrella Galán, portavoz de CEAR.

La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía ha publicado esta semana un informe donde subraya que cerca de 6.000 inmigrantes han muerto en el Estrecho en los últimos 20 años. En 2016, 295 sin papeles fallecieron. La cifra más alta desde 2008. "Este número contabiliza a fallecidos que han aparecido y a desaparecidos cuya muerte está contrastada", recalcó un portavoz del colectivo, que calcula que otras 12.000 personas desaparecieron en esta zona del Mediterráneo en las últimas dos décadas. Acnur afirma que este año se han duplicado las llegadas a través de la ruta que une Marruecos y Argelia con España. Según los datos de la Organización Internacional para las Migraciones, 8.162 sin papeles alcanzaron las costas españolas en patera en 2016.

Fuente: El pais.com

sábado, 10 de junio de 2017

Las personas refugiadas siguen a la espera de lo acordado en la cumbre humanitaria.


Valeria Méndez de Vigo y Carla Sala. [EuropaPress] 

El día 23 y 24 de mayo se cumplió justo un año de la primera Cumbre Mundial Humanitaria, celebrada en Turquía, en la que representantes de los Estados, organizaciones no gubernamentales, sociedad civil, comunidades, sector privado y organizaciones internacionales se reunieron para reducir las necesidades humanitarias y el sufrimiento en todo el mundo.

El entonces Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, hizo un llamamiento, a través de la Agenda de la Humanidad, a los líderes mundiales para que asumieran cinco responsabilidades fundamentales: prevenir y poner fin a los conflictos, respetar las normas de la guerra, no dejar a nadie atrás, trabajar adecuándose a los cambios necesarios para transformar la vida de las personas e invertir en políticas y recursos de prevención de riesgos y alerta temprana de los agentes locales y los sistemas nacionales.

Sin embargo, en este último año, la escena mundial no ha mejorado y las guerras y conflictos armados que golpean a países como Siria, Yemen o Sudán del Sur, siguen provocando la huída de millones de personas. Según ACNUR, hay 65,3 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo, de las cuales 21,3 millones son refugiadas, 40,8 millones desplazadas internas y 3,2 millones solicitantes de asilo[1].

Tal y como se señaló en la Cumbre Mundial, para reducir sustancialmente el riesgo, la vulnerabilidad y las necesidades humanitarias de protección y asistencia, es tan necesario prevenir los conflictos y ponerles fin, como respetar el derecho internacional humanitario, los derechos humanos y los de las personas refugiadas.

Abordar las causas fundamentales de los conflictos y reducir la inestabilidad invirtiendo en sociedades inclusivas y pacíficas recibió el mayor número de adhesiones[2]. La educación en situaciones de conflicto es imprescindible para crear espacios seguros, libres de violencia, que enseñen tolerancia y convivencia.

Sin embargo, las políticas migratorias, cada vez más restrictivas en distintos lugares del mundo, muestran el creciente control de las fronteras exteriores y la voluntad de contener los flujos migratorios.

Hostilidad hacia los refugiados

Además, el actual clima de hostilidad a la entrada de personas refugiadas en territorio europeo ha llevado a que países como el Líbano, Jordania o Turquía reciban el mayor número de personas refugiadas y se encuentren con sus servicios de protección y asistencia completamente saturados.

Qusai, refugiado sirio, fue primero al Líbano con dos familiares y, de allí, viajó a Turquía, donde volvió a frustrarse profundamente: “No hay posibilidades de estudio, trabajo, salud, posibilidad de salir… Me enfrentaba a los mismos problemas que en Siria”’.

Ante esta situación, garantizar una educación de calidad sigue siendo un reto para conseguir sociedades inclusivas y pacíficas. Cumplir con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) constituye una responsabilidad fundamental para no dejar a nadie atrás, tal y como se señaló durante la Cumbre Mundial Humanitaria.

Concretamente el ODS 4, pretende “garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa, y promover las oportunidades de aprendizaje permanente para todos” antes de 2030. Además, el lanzamiento del fondo específico para la educación en situaciones de emergencia “La educación no puede esperar”, aprobado por la Cumbre, fue uno de los principales impulsos con el fin de cubrir la financiación de una educación de calidad en los próximos cinco años para 13,6 millones de niños, niñas y jóvenes.

Sin ir a la escuela

La educación es una herramienta clave para desarrollar la capacidad de resiliencia y construir esperanza de futuro. Sin embargo, más de 25 millones de niños y niñas entre 6 y 15 años no pueden ir a la escuela en zonas de conflicto. Países como Sudán del Sur, Chad y Afganistán tienen las peores tasas de escolarización a nivel mundial[3].

Se hace necesario, tanto un seguimiento de la puesta en práctica de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, como que los líderes mundiales asuman las responsabilidades fundamentales planteadas en la Cumbre Mundial Humanitaria, pero, además, se hace necesario que lo hagan rápido. Un año después de la Cumbre, el panorama mundial sigue siendo desmoralizador y el esfuerzo de todos los Estados debe ser mayor. Debemos invertir en humanidad, y el tiempo no juega a nuestro favor.

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[1] ACNUR. (2016). Tendencias globales: desplazamiento forzado en 2015, forzados a huir. Recuperado de: http://www.acnur.org/t3/fileadmin/Documentos/Publicaciones/2016/10627.pdf

[2] Naciones Unidas. (2016). Resultados de la Cumbre Humanitaria Mundial. Informe del Secretario General. Recuperado de: https://www.worldhumanitariansummit.org/sites/default/files/media/A-71-353%20-%20SG%20Report%20on%20the%20Outcome%20of%20the%20WHS%20%28Spanish%29.pdf

[3] UNICEF. (2017). 25 millones de niños en zonas en conflicto no van a la escuela. Recuperado de: https://www.unicef.es/prensa/notas/pa%C3%ADses%20en%20conflicto:%2025%20millones%20de%20ni%C3%B1os%20fuera%20de%20la%20escuela

jueves, 2 de marzo de 2017

¿Cómo se relaciona la crisis de los refugiados y la nueva ruta del oro?


La escritora italiana Gisella Evangelisti explica las problemáticas de los refugiados sirios y su relación con los cambios sociales y económicos en Turquía, Libia, Sicilia y Alemania.

Un reportaje de Gisella Evangelisti.

La escritora y antropóloga italiana Gisella Evangelisti explica las problemáticas de los refugiados sirios y la relación que tienen con los cambios sociales, políticos y económicos que se están originando en Turquía, Libia, Sicilia y Alemania. El artículo que compartimos a continuación se basa en la investigación realizada por dos periodistas norteamericanas Malia Polizter y Emily Kassie, que han recorrido las zonas de Níger, Turquía, Sicilia-Italia, Berlín-Alemania, para observar los cambios que se dan en estas sociedades.
Cómo la crisis de refugiados cambia la economía mundial: una investigación sobre la nueva “carrera por el oro”

Por Gisella Evangelisti*

Siempre ha habido migraciones en el mundo, desde nuestros ancestros con hachas de piedras en búsqueda de mejores oportunidades de caza, a campesinos arruinados hacia las ciudades, o trabajadores de países pobres a países más ricos, todos buscando mejores condiciones de vida. En estos últimos años, la migración que se está dando desde los países en guerra de Medio Oriente y África hacia Europa, por sus dimensiones y rapidez se ha vuelto un gran desafío para las sociedades europeas, que se están dividiendo entre acogedoras y no acogedoras. En Barcelona casi 500.000 personas salen a la calle para pedir al gobierno que acoja de una vez los 16.000 migrantes destinados a España por la Unión Europea, mientras Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia se rebelan a los compromisos comunitarios y avisan que no aceptarán un solo prófugo. En medio de tantos debates agitados y confusos que asocian migrantes con criminalidad y terrorismo, haciendo crecer en la población miedo y hostilidad hacia los foráneos, resulta muy apreciable una investigación realizada en el campo por dos periodistas norteamericanas, especializadas en documentales multimediales, Malia Polizter y Emily Kassie, que han recorrido cuatro puntos claves u hotspot del fenómeno migratorio: Níger, Turquía, Sicilia-Italia, Berlín-Alemania, para observar los cambios que se dan en estas sociedades. 

Cambios en la economía, en la política, en las relaciones sociales de poder. Las investigadoras no dudan en definirlos como un nuevo “Gold Rush”, una nueva “carrera por el oro” del siglo 21, pero esta vez con dimensiones globales. “The 21th Century Gold Rush” — Como la crisis de refugiados cambia la economía mundial—, es el título de su investigación, publicada en diciembre del 2016, con el apoyo del Pulitzer Center on Crisis. Entonces, ¿quién gana con los migrantes, que se han vuelto la nueva “mina de oro” del siglo 21?


—Como la crisis de refugiados cambia la economía mundial—, es el título de su investigación, publicada en diciembre del 2016, con el apoyo del Pulitzer Center on Crisis. Entonces, ¿quién gana con los migrantes, que se han vuelto la nueva “mina de oro” del siglo 21?

En Turquía, las ciudades cerca de la frontera con Siria, como Gaziantep, las periodistas observan como los refugiados sirianos, acogidos en masa, pero sin permiso de trabajo, para sobrevivir han tenido que enviar sus hijos a trabajar, y 400.000 niños están perdiendo la escuela. Chicos y chicas son pagados a la mitad de los adultos, y esto lleva al hecho que disminuyen los sueldos y las oportunidades de trabajo no especializados para los adultos, sobre todo las mujeres. En cuanto a Siria, con la guerra la economía se ha desplomado de un 75%, y falta de todo. Por eso, en la ciudad de la frontera con Turquía hay quien ha podido prosperar produciendo o comerciando alimentos, medicinas o materiales de construcción, sea hacia las zonas controladas por el gobierno que por los grupos de oposición o el ISIS. De hecho, los impuestos sobre el paso de las mercancías y las personas entre un lugar y otro, los tráficos también entre zonas “enemigas” y los raptos, han resultado enormemente más rentables que las actividades de una economía formal, y esto es uno de los motivos por los cuales esta guerra parece destinada a durar al infinito. 

Para conocer la ruta y las modalidades de la migración África-Europa, las periodistas han viajado a Agadez, una ciudad situada en el centro del Níger, desde el 1400 centro de intercambios entre los pueblos del desierto del Sahara, y considerado patrimonio artístico de la humanidad por la UNESCO. El colapso de Libia la transformó recientemente en un punto de paso para los migrantes subsaharianos dirigidos al norte, cruzando el terrible desierto de Teneré. En Agadez las investigadoras tomaron nota de como un grupo de personajes se está enriqueciendo a espaldas de los migrantes: antes que nada, son los “agentes de viajes” informales que organizan el viaje desde los pueblitos de Burkina Faso o Gambia, ofreciendo alojamiento, transporte, comida, a lo largo de las paradas como Agadez. Ellos son responsables que los migrantes lleguen sanos y salvos a la “Casa Blanca”, el principal punto de tránsito en Libia hacia Europa. Además, hay los dueños de los guetos donde tienen atiborradas al menos cien personas, los choferes de los camiones que cruzan el desierto, los policías que recogen las coimas, los explotadores de la prostitución. Pues allí llegan muchas jóvenes originarias de pueblos de Gambia o Nigeria, convencidas a migrar por parientes o “madames” (ex prostitutas) venidas de Europa con promesas de riqueza, u obligadas a viajar para ayudar a la familia. Antes de salir, son amarradas con ritos mágicos de “juju” por curanderos locales, y en Agadez tienen su iniciación a la prostitución, entre golpes y violaciones. Mantenidas encerradas todo el día, después de la quinta y última oración musulmana de la tarde, las chicas son puestas en la calle hasta ganarse, con el correspondiente de 3 euros por cada servicio sexual, la cifra de 3000 euros necesaria para ser transportadas en Libia. El “agente de viaje” que logra organizar viaje y estadía de un promedio de 66 migrantes al mes, llega a ganar el correspondiente de unos 17.000 euros en total. Pero las mayores ganancias las tienen los traficantes de droga (hashish, cocaina, y un opiaceo analgésico), que es escondida en el camión. El viaje para cruzar el desierto dura dos o tres días, (muchas veces por rutas alternativas, más largas y peligrosas para evitar las coimas) y en Libia la droga es repartida entre varios contactos. Si en el viaje hay un fallo mecánico, es el infierno. Según el Danish Refugee Council, las muertes en el desierto, no contabilizadas, superan las que se registran en el Mediterráneo, que en 2016 han sido más de 5000. Una vez llegados en Libia, los migrantes avisan al agente de viaje que todo ha ido bien, y el agente paga al dueño del camión. Antes de regresar, el camión viene lleno de armas, que pueden ser vendidas a grupos secesionistas en Níger, a Al Qaeda en el Maghreb, al grupo ISIS, o a Boko Haram en Nigeria, entre otros. Así Agadez se ha vuelto un próspero mercado de armas, lavado de dinero, tráfico de migrantes y prostitutas. Un río de dinero que no beneficia a la población, sino a los actores del tráfico y las amistades del gobierno. Al contrario, se sigue alimentando el terrorismo del cual huyen los migrantes.


Niño sirio de 12 años refugiado en Nizip de la provincia Gaziantep, Turquía. Fotografía: Europa Press.



Libia, un estado que anteriormente con su pujante economía y alto nivel de desarrollo humano atraía migrantes africanos, ha caído en la anarquía después que una coalición occidental eliminó su dictador Gadafi, (que estaba reprimiendo violentamente la “primavera árabe”), y una sucesiva guerra interna entre las fuerzas políticas y militares que quieren tomar el poder. Actualmente, no teniendo un gobierno reconocido en todo el país, sino solo en Tripoli, su territorio está dominado por las milicias que controlan también un centenar de centros informales de detención de migrantes, sometiéndolos a abusos extremos. UNICEF reporta la cifra de 250.000 personas prisioneras en “campos de trabajo forzado”, secuestradas por las milicias, o esclavizados por empresarios. Mujeres y niños son los que sufren más violaciones, mientras esperan poder cruzar las doscientas millas de mar que separan África de Sicilia y pisar el soñado suelo de Europa, en pateras o barcazas precarias.



Imagen referencial. Fotografía: Notas.



Teóricamente Sicilia e Italia deberían ser una parada transitoria, hacia el próspero norte de Europa, sin embargo, por la falta de compromiso en la repartición de cuotas de migrantes entre los estados de la Unión Europea, Italia está enfrentando una situación cada vez más problemática, teniendo que gestionar la acogida y selección de 181.000 personas llegadas en 2016, además de integrar las decenas de miles llegadas anteriormente. Se necesitan de 6 a 18 meses para que sea examinado el pedido de asilo y definida una reubicación, y mientras tanto los migrantes, hospedados en hoteles o centros de acogida, no tienen permiso de trabajo. Después, cuando a la gran mayoría de ellos y ellas viene denegado el permiso, generalmente no hay ni posibilidad ni voluntad de regreso, por falta de acuerdos con los países de origen y el alto coste del viaje de regreso. Esta legislación es una verdadera “fábrica de clandestinidad”, pues, ¿qué pueden hacer personas de piel oscura, con competencias muy diversas, sin conocer el idioma, en un país que tiene el 42% de desempleo juvenil? Es fácil imaginar cómo los trabajos ilegales (en la agricultura en los mejores de los casos), en el tráfico de drogas o trabajos sucios para la criminalidad local pueden representar una salida.


¿qué pueden hacer personas de piel oscura, con competencias muy diversas, sin conocer el idioma, en un país que tiene el 42% de desempleo juvenil? 

Y aquí van las sorpresas, como han podido observar las investigadoras en el mercado de Ballaró, un antiguo y pintoresco mercado de Palermo, capital de Sicilia. Antes dominado por la mafia de la Cosa Nostra, que obligaba los empresarios a pagar un impuesto de “protección”, ahora el mercado es frecuentado por gangs de africanos, como la Black Axé de nigerianos. ¿Qué pactos se ha dado entre “Cosa Nostra” y las gangs africanas? Al parecer, la mafia siciliana, golpeada por la justicia en estos últimos años, ha aprendido a diferenciar sus ingresos, incursionando en la (mala) gestión de centros para migrantes, (pues “con los migrantes se gana más que con la droga”, dijo un mafioso en una interceptación telefónica que se volvió famosa) y actuando como “agentes de viaje” para los que quieren dirigirse al Norte de Europa, ofreciendo alojamiento, comida y transporte en la ruta. “Cosa Nostra” mantiene el tráfico de droga en amplia escala, pero permite a los africanos en Palermo el pequeño tráfico en la calle (vendiendo a otros africanos, no llevando armas sino machetes, pagando algo por el uso del territorio), y sobre todo les dejan el lucrativo negocio de la prostitución de mujeres africanas, que ha tenido en los últimos tres años en Italia un aumento del 300%. Las mujeres para poder liberarse de sus captores, deben pagar desde 30.000 a 50.000 euros. Osas Yvonne, una ex prostituta nigeriana, ha fundado en Palermo una asociación en contacto con África para tratar de hacer entender a las mujeres de Benin City, en Nigeria, que el dinero no cae de los árboles en Europa y en ese oficio les espera una vida muy dura.

Otra preocupación es el hecho que las gangs africanas, de las que las personas migrantes son víctimas y no aliados, pueden tener en futuro más posibilidad de acción en Europa.


Fotografía: Los Andes.



En cuanto a Alemania, el país económicamente más fuerte de Europa, en previsión de una crisis demográfica por una población que está envejeciendo sin tener muchos nacimientos, ha acogido en 2015 un millón de refugiados, entre hombres y mujeres, con la intención de integrarlos y tener así en las próximas décadas suficientes trabajadores que paguen impuestos y puedan contribuir a mantener los gastos sociales de un buen welfare. Frente a la llegada de miles de personas en pocas horas, las autoridades alemanas han tenido que alistar a toda prisa para ellas gimnasios, o hangares, (hasta el viejo aeropuerto usado por las ceremonias de Hitler, el Tempelhof de Berlín), para cobijarlas en la noche. Inicialmente para estas tareas fueron llamadas ONG, organizaciones sin fines de lucro, pero no pudiendo ellas dar abasto o no teniendo suficiente experiencia, sucesivamente fueron convocadas compañías privadas que ofrecen servicios de acogida, container, casas inflables etc., a precios más baratos en economía de escala, pero con resultados irregulares en la calidad. En cuanto al trabajo, hasta ahora, en un año, han sido contratados en grandes empresas solo 63 migrantes, pues el aprendizaje de idiomas y procedimientos tecnológicos pide tiempos bastante largos. Todo este movimiento de dinero alredor de migrantes beneficia la economía alemana, que va creciendo, pero esto no es suficiente para frenar la influencia del partido nacionalista “Alternativa para Alemania”, de Frauke Petry, que sopla sobre el fuego del racismo y alimenta el miedo al terrorismo, después de unos atentados realizados por elementos radicales originarios del Medio Oriente, mal integrados en la sociedad alemana.


Fotografía: El Español.


¿Cuáles alternativas?

¿Es posible evitar la “fábrica de la clandestinidad”, o sea la denegación de asilo a la gran mayoría de prófugos y migrantes, que se quedan vagando en la ilegalidad de un lado a otro, con el peligro de caer en la red del trabajo semiesclavo, de la criminalidad o hasta del terrorismo, lo que provoca inseguridad a ellos y a los residentes? Las organizaciones de la sociedad civil que trabajan a contacto con los migrantes aseguran que sí, hay unas medidas que responden al buen sentido. Se trata básicamente de tres propuestas legales: los “corredores humanitarios”, las visas de estudio, trabajo, o agrupación familiar, y la “protección humanitaria” con permiso de residencia de dos años para quien ha sufrido violencia en Libia o ha cruzado el mar, pero no ha obtenido asilo. Sin embargo, en la marea montante de los argumentos racistas y antieuropeistas en muchos países, y frente al peligro de su propia disolución, la Unión Europea está optando por disminuir las visas y cerrar también la ruta mediterránea, después de haber cerrado la ruta balcánica con un acuerdo muy discutible pero eficaz con Turquía. La estrategia es otorgar fondos a los países africanos de donde salen los migrantes, para que los retengan y los repatrien, creando a la vez, así dicen, oportunidades de desarrollo.

Todo bien en el papel: Ayudémoslos en sus propios países.

Algunos resultados son visibles en Agadez, donde los 70.000 migrantes del 2016 se han reducido actualmente a unos 1500, han sido detenidos unos 100 traficantes con sus vehículos, y el presidente del Niger Mahamadou Issoufou recibe fondos europeos para servicios básicos de educación y salud, seguridad alimentaria, proyectos de desarrollo rural. ¿Llegarán a la gente o se perderán en los recovecos de la burocracia? Nos preguntamos. Aún más complejo es el cuadro de Libia, (donde el gobierno de Tripoli controla solo la capital), a quien la Unión Europea entregará 400 millones de euro para reforzar la guarda costera en el patrullaje marino y bloquear la salida de los migrantes, aumentar el número de centros de detención de migrantes y los regresos voluntarios. Aquí, el detalle que se prefiere no ver es que en una Libia que sigue en guerra civil, y quien debería patrullar las costas está directamente involucrado en el tráfico de migrantes. Algunos guardacostas recuperan migrantes en el mar y los venden a las milicias que los transportan en prisiones ilegales, secuestrándolos hasta que alguien pague para su liberación. Además, cada migrante paga por el viaje a Sicilia unos 1500 euro, por lo tanto, en 2016 los traficantes han ganado 250 millones de euro, que en un país destruido significan mucho. Será muy difícil entonces lograr parar el flujo, pues si se cierra una ruta, los migrantes buscan y encuentran otras, cuando la desesperación o la voluntad de migrar superan todo instinto de conservación.
Los “saltantes”

Una insólita historia, nos ayuda a entender lo que mueve muchos migrantes.

En Marruecos hay una montaña de donde se disfruta un espléndido panorama sobre el azul mar del Mediterráneo, pero no es para turistas. En el monte Gurugú, que domina la ciudad de Melilla, enclave español en Marruecos, están acampados un millar de jóvenes hombres provenientes de los países africanos en guerra con la miseria, que se preparan para cruzar una triple valla metálica, la principal alta seis metros, con cuchillas, sensores eléctricos, cámaras de visión nocturna etc., que protege la ciudad de Melilla. De allí, si logran superar la tremenda prueba y pisar tierra, buscarán otra venturosa manera de cruzar el mar y llegar a Europa. Pues unos mueren por las heridas, en el intento, otros se rinden después de unas cuantas veces y regresan atrás, otros podrán morir en el mar. De vez en cuando llega la policía a quemar el campamento, con las pocas cosas de los migrantes, frazadas, ollas, unos sacos de arroz. Hace un año llegaron allá con su cámara dos documentaristas alemanes, Estephan Wagner y Moritz Siebert, para entrevistar los migrantes. Uno de ellos, el maliano Abou Bakar Sidibé, ex profesor de inglés y experto en todos los cachuelos del mundo para sobrevivir, se entusiasmó con la cámara hasta que los alemanes se la entregaron para que él mismo hiciese el documental sobre el campamento. Así, él filmó los momentos alegres, cuando jugabn apasionados partidos de fútbol; los momentos tristes, cuando debían avisar los familiares de la muerte de uno de ellos; los rezos, los miedos, los rituales para tener suerte, por ejemplo, haciendo chorrear sangre de gallo, pero, sobre todo, los momentos tensos en que todo el grupo se organizaba para cruzar la valla, actuando de madrugada después de haber bajado sigilosamente del monte durante la noche. Debían ser centenares, para superar en número las decenas de policías de frontera. (Recientemente, hubo un asalto de 800 migrantes a la valla, en que lograron superarla unos cuatroscientos). El documental muestra todo esto y muchos más: porque los migrantes son tan tozudos en sus sueños, por ejemplo. “Nos han quitado tanto, los europeos, tenemos derecho a ir allá”, dice uno. “Mi hermano me llama desde Francia, desde Alemania, me anima a intentar, y lo lograré”, dicen otros. “O quizás veré que todo habrá sido en vano”.

El documental Les Sauteurs o “Los saltantes”, termina sin que sepamos si Abou logrará o no saltar la tremenda valla. Sabemos que tiempo después, en 2016 en Berlín, es presentado el documental. Y de repente en el escenario aparece Abou Bakar, en carne y huesos. “Aquí estoy, dice. Ilegal”.

El documental ganó el Premio del Jurado Ecuménico.


Portada del documental Les Sauteurs.



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*Gisella Evangelisti es escritora y antropóloga italiana. Estudió Letras en Pisa, Antropología en Lima y Mediación de Conflictos en Barcelona. Trabajó veinte años en la Cooperación Internacional en el Perú, como representante de oenegés italianas y consultora del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, en inglés) en países latinoamericanos. Es autora de la novela Mariposas Rojas.

Fuente: Servindi

domingo, 12 de febrero de 2017

Refugiados: paremos la guerra de frontera.



Europa no vive una crisis de refugiados ni una crisis humanitaria: lo que está en crisis es la capacidad de los estados de controlar sus fronteras y sobre todo el derecho fundamental de la gente a moverse por el planeta para encontrar un lugar seguro donde pueda construirse un futuro. Más allá del sentimiento de solidaridad que nos remueve al ver las catastróficas imágenes de hombres, mujeres y criaturas jugándose la vida en el Mediterráneo o muriéndose de frío en los Balcanes, esta crisis tiene una raíz política y unos responsables mucho claros que tenemos que señalar y combatir si de verdad queremos encontrar soluciones.

Lejos de la imagen de un alud humano inabarcable, lo cierto es que más de la mitad de demandantes de asilo llegados el año pasado a Europa proviene sólo de cinco países: Siria, Afganistán, Irak, Nigeria y Eritrea. Cinco crisis concretas, con sus respectivos responsables. No podemos entender el problema de los refugiados en Europa sin preguntarnos qué está pasando en Siria, principal expulsor de población del planeta, sin analizar el proceso político y social reciente del país.

Los refugiados sirios

A menudo el movimiento de solidaridad ve los refugiados sólo como individuos que necesitan ayuda, cuando la realidad es que son uno de los resultados de una revolución popular masacrada por la dictadura de Bashar Al-Assad y sus aliados. Y hasta que no se aborde esta causa continuarán llegando refugiados en Europa. Muchos de los activistas que han sido la base de este movimiento popular acabaron teniendo que huir a los países vecinos y a Europa por la magnitud de la violencia del régimen: y continúan hoy siendo parte de esta revolución. Y lo que esperan es que les reconozcamos como tales, no sólo como receptores de nuestra ayuda humanitaria. El ritmo y las oleadas de los flujos responde perfectamente a la dinámica del conflicto y también de los choques entre diferentes comunidades.

No olvidemos la imagen de aquellos luchadores por la libertad y la revolución que el año 1939 llegaban a Francia por Le Pertus, después de haber dejado atrás muchos muertos y el futuro al última y en vez de acogida y solidaridad se encontraron campos de concentración y el desprecio en Argelès. Mientras un sector importante de la izquierda se niega todavía a reconocer que el máximo responsable de esta catástrofe es el régimen de Bashar Al-Assad el relato de los refugiados es perfectamente coherente: un 90% asegura que huyó por la persecución del régimen y sus aliados. Si no entendemos Siria, no entendemos nada de nada y quedamos atrapados en la retórica del alud y del antiterrorismo que fomentan los gobiernos europeos. En Afganistán y en Irak, se vive la inestabilidad que han dejado el imperialismo después de la invasión de ambos países.

La distribución geográfica de los refugiados

Tampoco Europa es el principal receptor de la gente que huye. Sumadas todas las rutas, el año pasado llegaron al continente 362.000 personas. Desde 2011, cuando empezaron las revueltas y revoluciones en el mundo árabe que hicieron saltar por los aires regímenes como el de Gaddafi, que convenientemente financiado por Italia hacía de tapón a los migrantes subsaharianos, han llegado a Europa menos de 1,8 millones de personas. Una cifra perfectamente asumible para un continente con 500 millones de habitantes, con algunos de los países más ricos del mundo y que además necesita mano de obra joven. Sólo Turquía -que en el ranking de PIB per cápita ocuparía el lugar 27 de los 28 países de la UE- acoge más de 3,5 millones de refugiados. El Líbano, un pequeño país de sólo 4 millones de habitantes ha superado el millón. Esto sin contar los 8 millones de desplazados internos que han tenido que dejar casa suya y continúan dentro de Siria bajo las bombas. No, la crisis de refugiados y humanitaria no está en Europa: está en Siria y en los países vecinos.

La hipocresía de la UE

Los aspavientos de la UE y los estados miembros ante el muro y el veto migratorio de Trump son pura hipocresía. Hace un año Alemania y Bruselas habían cerrado la puerta a los refugiados con el acuerdo de la vergüenza con Turquía, por el cual el gobierno de Recep Tayip Erdogan, en plena deriva autoritaria, se ha convertido en un muro para los quién intentan llegar a Europa. A cambio de seis mil millones de euros y el silencio europeo en su guerra contra los kurdos, contra la izquierda y contra la libertad de prensa para conseguir poderes ejecutivos ilimitados.

Las quejas de la UE contra Trump son palabrería, después de que la política de blindaje de las fronteras haya convertido el Mediterráneo en un gran cementerio. Más de cinco mil muertos registrados el 2016 (nadie sabe cuántos de son de verdad porque muchos cuerpos se los traga el mar sin dejar rastro o son devueltos, arrastrados a su punto de partida): más muertos que nunca.

La guerra de frontera contra los refugiados

Técnicamente se habla de “guerra” cuando un conflicto supera los mil muertos en un año. Lo que pasa en el Mediterráneo, pues, es una auténtica guerra contra la migración: la única diferencia es que las víctimas son todas del mismo bando. Es una guerra en tierra que se practica con vallas, muros, trincheras, centros de detención…. Y cuando también utilizando el mar como un foso de los cocodrilos, (que son los barcos de la OTAN ) o el dispositivo de Frontex, la agencia europea de vigilancia de fronteras. Los soldados son policías, ejércitos y grupos paramilitares. Y , como siempre, hay que hacen negocio: toda una industria de la guerra de frontera, que va desde empresas españolas que se enorgullecen ser fabricantes en exclusiva de alambradas de cuchillas hasta las compañías de seguridad privada a las cuales se subcontrata la vigilancia de los centros de detención.

Hay que recordar que España ha sido el mal modelo que ahora emulan los socios europeos: las vallas de Ceuta y Melilla, los 14 asesinatos de la playa del Tarajal a manos de la Guardia Civil que continúan impunes (la ex-director general y máximo responsable del cuerpo, Arsenio Fernández de Mesa acaba de ser convenientemente recompensado con un lugar en el Consejo de Administración de Red Eléctrica de España). Y sobre todo la política de externalitzación del control fronterizo hacia estados africanos sin ningún tipo de garantías democráticas porque –con cargo a los fondos destinados a cooperación- para frenen los inmigrantes antes de que se acerquen en las fronteras europeas.

Las causas de la política europea hacia los refugiados

Contraviniendo sus propias leyes y y los tratados internacionales que han subscrito, los estados europeos pisa el derecho de asilo y responde con la guerra de fronteras… la frontera más desigual del mundo: un continente viejo, rico y en paz, rodeado de un mundo joven, empobrecido y en guerra. Además, la frontera no es sólo un espacio físico: son barreras legales, policiales prejuicios… un golpe han superado la trinchera la mayoría van con “la frontera” sobre sus hombros cada vez que tienen que salir de casa, enfrentándose al racismo institucional, a los controles policiales racistas en el metro, a la discriminación en el acceso a los servicios públicos, a la vivienda o al trabajo.

Lo que hay detrás de estas políticas no es frenar la inmigración (todo el mundo sabe que es imposible) sino sobre todo tres cosas. En primer lugar una nueva justificación para los recortes: “aquí no cabe todo el mundo, nuestra capacidad de acogida es limitada, los servicios públicos tienen un tope” es el nuevo mantra y de nada sirven todos los estudios y la experiencia que demuestran que la inmigración, de siempre, ha aportado más riqueza de la que consume. En segundo lugar, el mantenimiento de una capa de mano de obra sin derechos (en el caso de los sin papeles, como los miles de subsaharianos que están trabajando a la agricultura italiana) y vulnerable a la sobreexplotación. Y finalmente el retroceso de derechos y libertades que se ampara en el pretexto de la lucha antiterrorista y que se traduce en medidas como la ley mordaza en el estado Español o el estado de emergencia permanente en Francia.

Estas leyes, y no la llegada de refugiados en sí misma, son las que explican el crecimiento de la extrema derecha en Europa, que no se hace fuerte allá donde hay más crisis o más refugiados sino donde se impone este discurso político, a menudo, como pasa en Francia de la mano de un gobierno que se llama de izquierdas y que ha traído Marine Le Pen a las puertas de ganar las presidenciales de esta primavera. Envalentonada por el triunfo de Trump, y reforzada por Putin, la extrema derecha está en condiciones de imponerse también en Holanda, mientras que en Alemania triplicaría resultados el septiembre.

Es por eso que la defensa de los derechos de los refugiados no es sólo un problema humanitario, ético o moral. No es sólo una cuestión de solidaridad y empatía. En esta lucha se juega el futuro de todos y todas.

Fuente: Rebelión

martes, 7 de febrero de 2017

Refugiados en la cara más oscura de Europa.


BEATRIZ CAMPUZANO / MAIALEN mANGAS

Cinco mil personas donde solo caben 800. Cercado con vallas de alambre y espinos. Custodiado por fuerzas militares y policiales. Es Moria, la indecencia de Europa. Su parte más inhumana, donde se vulneran los derechos humanos. No es de extrañar que la entrada a este campo de refugiados situado en la isla de Lesbos, en Grecia, esté vetada a los medios de comunicación. A nadie, a Europa tampoco, le gusta mostrar su cara más oscura. A pesar de las restricciones, este periódico ha conseguido acceder a su interior.

LA CIFRA 

65 
de personas han tenido que huir de sus hogares en 2016, 24 al minuto 

Es inhóspito. El suelo es rocoso, llueve y resbala. El aire mueve las lonas blancas con las que ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) cubre las tiendas de campaña y en las que, a duras penas, los refugiados y migrantes se resguardan del frío. Estos toldos, al parecer, son la forma más efectiva que el organismo internacional ha encontrado para protegerles del invierno. Intento fallido. El termómetro marca dos grados bajo cero y los desplazados, sin embargo, caminan sorteando botellas de plástico con zapatos de verano. Sus pies se hunden en una superficie viscosa de tierra y agua, hasta terminar pigmentados de fango. Se esmeran en colocar piedras en las esquinas de las tiendas para sujetarlas, tienden la poca ropa en tenderetes provisionales y comprueban que, con la poca luz del día, sus lámparas solares se cargan para la noche. En Moria, no hay electricidad ni agua.


Son las ocho de la mañana y hace rato que muchos desplazados esperan, en un pasillo de medio metro de ancho delimitado por alambradas, su desayuno: un cruasán industrial y un vaso de té chai. Las mujeres forman una fila; los hombres, otra. La primera, despejada; la segunda, no da abasto. Avanzan poco a poco. Una joven subsahariana se cuela entre alaridos y quejas del resto, hasta que, con pasos firmes y violentos, consigue llegar al ápice de la fila. Moria no es lugar para la cortesía. Aún menos para las pocas mujeres, que cada día se ven obligadas a reivindicar su espacio en medio de tanta virilidad.


Los caminos que antes unían los habitáculos con las zonas comunes, como la guardería, los baños y las diferentes oficinas de registro oficiales, son ahora un terreno más de acampada. Las tiendas de campaña se apilan, se rozan unas con otras, sin guardar ningún tipo de orden. Moria tampoco es lugar para la intimidad. Dos carpas más espaciosas albergan a multitud de hombres solteros, cerca de doscientos en cada una, que duermen en sacos y sobre esterillas o palés a la espera de que les ofrezcan una parcela individual. Pero las tiendas de campaña han poblado hasta las inmediaciones de la zona de aseo, que desprende un olor acre, insoportable y agresivo y donde los lavabos se asemejan a abrevaderos para el ganado. Ya no hay más sitio.

En los últimos diez días, un egipcio, un sirio y un paquistaní han fallecido en el campo de Moria




Es un espacio militarizado. Custodiado por el ejército y fuerzas policiales, Moria tampoco es lugar para quien acarrea traumas por guerras, dictaduras o persecuciones. No se admiten protestas, reina la sumisión. Desde que, por diversos actos de desesperación, varios migrantes iniciaran disturbios y provocaran incendios, la única repuesta de las autoridades ha sido acallar las protestas por la vía de la coacción. ¿Cómo? Alzando más vallas, intimidando y aumentando el número de refugiados y migrantes encerrados en un módulo que sirve de cárcel dentro de Moria. «Las condiciones de vida en este campo no se pueden soportar de manera permanente y los que viven dentro no saben hasta cuándo van a estar aquí. Por eso se desquician y se rebelan», expresa Achilleas Tzemos, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Lesbos.


Separados por verjas


Los megáfonos anuncian los nombres y apellidos de los siguientes citados para la entrevista con los servicios de migración. En Moria, todo se separa por verjas: una zona para familias con niños, otra para hombres solteros, una tercera para quienes acaban de desembarcar en la isla y la última para los que hayan desobedecido, hayan tratado de huir de este infierno o vayan a ser deportados. También las oficinas donde las autoridades atienden a los refugiados y migrantes están cercadas por vallas, desde que en diciembre del año pasado un grupo les prendiera fuego en un acto de protesta ante la lentitud de los procesos de petición de asilo. Hoy, cientos de desplazados se amotinan ante esta alambrada, exhiben su documentación y, agitados, esperan escuchar su nombre ante un militar que trata de apaciguarlos. Mientras, miran compasivos a un compañero, que sale de las oficinas esposado y escoltado por dos policías más jóvenes que él. Es probable que lo devuelvan a Turquía.



La tensión aumenta cada día en el interior de este campo de refugiados situado en una colina próxima a Mitilene, capital de la isla, y rodeado de olivos. «Es difícil dormir. Todas las noches hay peleas y robos», relata Hasid Azizi, un afgano de 25 años que intenta sobrevivir en Moria desde abril del año pasado. La semana pasada, un joven egipcio de 22 años y un sirio de 46 fallecieron en la misma tienda de campaña. Este lunes, las autoridades hallaron muerto a otro refugiado, un paquistaní de 20 años. Ni siquiera la prensa local se ha hecho eco de las verdaderas causas de los incidentes, porque el secretismo es una de las palabras que mejor define este espacio desolador. Aunque se barajan varias hipótesis, todas ellas dan crédito a la cruda realidad de Moria: muerte por hipotermia, suicidio o asfixia al intentar calentar sus tiendas con un cilindro de gas.



«En este campo hay conflictos por muchas razones. La primera, la convivencia entre personas de diferente procedencia, que por su cultura, política o religión pueden llegar a chocar. La segunda, la falta de capacidad y recursos para tanta gente, que producen ansiedad y estrés entre los refugiados», lamenta el coordinador de MSF en Lesbos. «Además, muchos enfrentamientos entre los propios desplazados se originan porque hay nacionalidades que, de alguna manera, tienen más facilidades que otras a la hora de conseguir la protección internacional, como los sirios, por ejemplo», añade Tzemos, coordinador de MSF en Lesbos.


Traumas psicológicos


Quienes desembarcan en Lesbos lo hacen con una maleta cargada de temores, que coge peso por la falta de información, la incertidumbre, las detenciones injustificadas y el estrés acumulado en esta espera sempiterna. «La forma en que la gente es recibida y asistida en sus llegadas puede inducirles serios problemas de salud mental, miedo, preocupaciones, enfado, tristeza, pesadillas, traumas y problemas de sueño. Todo esto puede hacer que revivan el pánico y condenarlos al riesgo de padecer trastornos psicológicos severos», constata el coordinador de MSF, tras haber decidido, junto al equipo de salud mental de la oenegé, aumentar el apoyo psicológico a los refugiados y migrantes en la isla. «La necesidad de atención en salud mental es enorme. Las condiciones de vida en campos como el de Moria, donde la gente no se siente segura, les hace recordar lo que vivieron en sus países, muchos en guerra», afirma y añade que «la ansiedad y la depresión son los principales trastornos, ya que hay gente que llegó en abril del año pasado y todavía no se les ha informado sobre qué pasará con ellos».





A pesar de que en Moria, donde hasta la fecha se han dado varios intentos de suicidio, no se atiendan casos relacionados con la salud mental, los otros dos campos de la isla, Pikpa y Kara Tepe, tratan de ofrecer apoyo a personas vulnerables. El día a día en estos dos campos, gestionados respectivamente por voluntarios locales y el ayuntamiento de Mitilene, dista mucho del de Moria, a cargo del gobierno griego. Son pocos, en cambio, los que obtienen el estatus de vulnerabilidad que les permite vivir en este ambiente más ameno, donde en casetas de madera los refugiados pueden cocinarse su propia comida, los niños ir a la escuela y, en definitiva, vivir en una especie de normalidad. Pikpa y Kara Tepe se han convertido en comunidades de vecinos, donde las familias cooperan, se ofrecen apoyo y comparten proyectos futuros.


«La vida en Moria es muy diferente a la de Pikpa, no hay comparación». Yohannes Zerazion ya ha vivido un verano, un otoño y un invierno en Lesbos. Desde que pisó la isla el pasado junio, ha tenido tiempo para acostumbrarse a los cambios bruscos de temperatura. «En Eritrea hace calor todo el año. Aquí, el verano es sofocante y el invierno helador», comenta mientras se lía un cigarrillo. A su llegada, pasó varios meses en el campo de Moria hasta que, por problemas de espalda, consiguió el traslado a Pikpa. «En Moria no se puede vivir», repite entre calada y calada, aunque asegura que «es mejor» que vivir en Eritrea: «Lo peor que le ha pasado a África es la colonización. Nos separaron por países a su antojo, nos llevaron a la ruina y después no se encargaron de reconstruir la paz».


Johannes Zerazion es conocido entre los refugiados en Mitilene, quizá por su carisma o porque imparte clases de bisutería artesanal en el centro cultural Mosaik, un espacio abierto y participativo al que acude la gente local y las personas desplazadas para meditar, aprender inglés, árabe y griego y recibir clases de pintura, costura y manualidades. «Mosaik nos ayuda a desconectar y distraernos», cuenta Diago Tsehaye, también eritreo y que, a diferencia de su amigo, aún permanece en Moria. De fondo, en el taller, suena música reggae y Diago Tsehaye ojea su Samsung cada dos minutos, inquieto, a la espera de recibir la llamada que dé respuesta a su petición de asilo. Es la resolución que lo mantiene en vilo.


«La incertidumbre a la que se exponen los refugiados y migrantes es muy difícil de llevar. No pueden hacer planes, pierden el poder sobre su futuro», expresa el coordinador de MSF y hace hincapié en que en el contexto actual es «de máxima prioridad» centrarse en la atención de trastornos mentales. «Sin información ni asesoramiento, es difícil llevar una vida aquí», sentencia.


Asesoramiento legal


En el despacho improvisado de Lorraine Leete se suceden los golpes de realidad. Cuando llaman a su puerta y le dicen «voy camino a Alemania», respira hondo, mueve las manos con serenidad y cuenta hasta diez para buscar las palabras oportunas: «No, estás en Lesbos y lo estarás durante mucho tiempo».





«Han construido una prisión dentro de Grecia y lo han podido hacer por geografía, porque de esta isla remota no se acuerda nadie. Desde marzo, a los refugiados que desembarcan en Lesbos y otras islas del Egeo les espera un futuro difícil. Las fronteras están cerradas y esto se ha convertido en una cárcel», expresa esta abogada estadounidense de 35 años que desde septiembre coordina el equipo de Legal Center Lesbos, una fundación británica sin ánimo de lucro que ofrece apoyo legal a refugiados y migrantes en la isla. Cada día, asesora a una veintena de personas en una sala austera de cinco metros cuadrados y donde un cartel, colgado en una de sus paredes blancas, detalla los pasos a seguir para tramitar el asilo en la Unión Europea. «Necesitan información. Es imprescindible que los refugiados y migrantes conozcan la situación en la que se encuentran y sepan cuáles son sus derechos». Los consejos de Leete, que además de abogada se ha convertido en consultora personal de muchos desplazados en Lesbos, son las primeras palabras sinceras que escuchan quienes llevan meses de travesías, fraudes y espanto.


La entrada en vigor del tratado entre la Unión Europea y Turquía, el 18 de marzo del p 2016, marcó un antes y un después en la gestión de fronteras europeas y el comienzo de un nuevo capítulo en el drama de los refugiados. La contención del flujo migratorio acordado con Erdogan a cambio de la desaparición del visado para los turcos que viajen a Europa, las expulsiones de demandantes de asilo desde Grecia y 6.000 millones de euros sellaron la ruta del mar Egeo. En la actualidad, poco queda de la estampa desoladora de desembarcos masivos que avergonzó a Europa hasta mediados del año pasado. Hoy, la realidad en Lesbos es otra: aprisionamiento, desesperanza y vulneración de los derechos humanos. «Es difícil saber cuántos refugiados y migrantes hay en la isla porque buscan cualquier vía para escapar de aqu», señala Lorraine Leete, que con resignación tilda el acuerdo de «intencional e ilegal». A pesar de las trabas, ACNUR estima que en la isla se aglomeran cerca de siete mil desplazados.


Con el apodado ‘Pacto de la Vergüenza’, que recibió numerosas críticas por parte de organizaciones humanitarias y la propia ONU, Europa cerró el 2016 con unas cifras que ruborizaron a los estados miembro: cerca de 360.000 refugiados y migrantes pusieron en riesgo sus vidas tratando de llegar al continente y el Mediterráneo fue escenario de 5.022 muertes, un 25% más que en 2015. En esta línea y en lo que va de año, los números siguen demostrando que quien huye de la guerra y del hambre no va a parar. Solo en el mes de enero, 3.899 personas han llegado por mar a Europa. 247 han fallecido en el intento. El Mediterráneo es un cementerio de lápidas sin nombre.

Sólo en el mes de enero, 3.899 personas han cruzado el Mediterráneo y 247 han muerto en el intento


«Ahora, con la nueva legislación, quien llega a la isla, tiene que pasar por el campo de refugiados de Moria, identificarse y esperar tres o cuatro días hasta obtener un documento que ACNUR denomina ‘registro simple», puntualiza Leete. Durante el trámite de este primer título, los refugiados y migrantes permanecen encerrados en el interior del campo, bajo vigilancia permanente. Presos sin motivo, aguardan la autorización que les concederá el primer pellizco de libertad: pasear por Mitilene, capital de la isla. «Este certificado les da licencia para salir del campo de Moria pero no les otorga los derechos que les corresponden a los solicitantes de asilo. Ni el derecho al trabajo, ni a la vivienda, ni a casarse, por ejemplo. Tienen prohibido hacer todo lo que les permite una vida digna, y eso es lo que mantiene a la gente atrapada», denuncia la abogada, a quien se afianzan centenares de refugiados en Lesbos, y añade en tono contundente: «Este ’registro simple’ los mantiene detenidos en la isla».


A la espera del salto a Atenas


Aunque nadie les advierta de que la mayor virtud en Lesbos es la paciencia, los refugiados y migrantes, siempre a la espera, se ven forzados a cultivarla. «Europa estipula que debe pasar un máximo de diez días hasta la emisión del llamado ‘registro completo’, un segundo documento que otorga los derechos que les corresponden a los solicitantes de asilo - incluyendo el derecho en unirse con familiares cercanos en paises europeos y en ciertos casos el salto a Atenas. Pero no pasan diez días, sino diez meses», denuncia la asesora legal, quien cada semana ve crecer la pila de casos sobre su humilde escritorio.


En los tres campos que se han habilitado en la isla y en antiguos edificios abandonados, multitud de refugiados y migrantes esperan meses a que las autoridades competentes -la Oficina Europea de Apoyo al Asilo, EASO, y el Servicio de Asilo Griego- les citen para la entrevista que determinará su futuro: reanudar el camino hacia la Europa continental o ser deportados a Turquía. La lentitud con la que se llevan a cabo los procesos de petición de asilo y el incumplimiento de las cuotas de reparto de refugiados pactadas por los gobernantes europeos conllevan el hacinamiento de miles de refugiados y migrantes en el país heleno. No pueden seguir adelante ni regresar. Están atrapados, y las cifras así lo avalan: de las 360.000 llegadas en 2016, Europa solo ha reubicado a 9.709 personas, 609 en España, según datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR. Además, Bruselas sostuvo en diciembre que volvería a acatar el Reglamento Dublín III, anulado en verano de 2015 y en virtud del cual los refugiados deben pedir asilo en su país de llegada a la Unión Europea. Volver a cumplir este tratado, piedra angular del sistema de asilo común, supondría el reenvío de miles de refugiados a Grecia, que tendría que gestionar las llegadas en un contexto de crispación política y social tras cinco años de crisis, una recesión, un paro del 25% y los tres rescates que han recortado sueldos y pensiones.


Deportados por nacionalidad


«7 de agosto de 2015». Sohel Minah recuerda al detalle la fecha en la que huyó de su país: Bangladés. También, con nostalgia y crudeza, la despedida de su mujer y su hija, de cinco años. Su historia solo es una más. Una de las tantas que pueden ser resumidas en persecución política, destierro y añoranza. «Soy ingeniero físico», se presenta con orgullo en el centro al que acude a recibir clases de inglés en Mitilene y saca de su cartera de cuero el carné de la empresa para la que ha trabajado durante años. Suspira. Se levanta del pupitre, que ocupa desde que llegó a Lesbos hace ocho meses, y señala en un atlas del aula el país donde desde joven, bajo las directrices de su padre, militó como líder local de la Liga Awami, actualmente en el gobierno. «La situación política de mi país y los problemas internos de mi partido me han obligado a escapar», explica. Hoy, ha trasladado su lucha política a la isla, donde dirige la comunidad de 250 bangladesíes que se confinan en Moria. Sohel Minah tiene un mensaje para Europa: «Debe ser un lugar seguro y brindar ayuda a las personas como yo. Si no estuviéramos en riesgo, no vendríamos aquí». Su dedo recorre en el mapa la distancia que transitó por avión, a pie, en patera y por 5.300 euros. De Bangladés a Irán, de Azerbayán a Turquía, hasta llegar a Lesbos, donde aún no ha tenido la opción de justificar su solicitud de protección internacional y probablemente no la tenga en un futuro próximo.


Refugiados y migrantes procedentes de Marruecos, Nepal, Pakistán y Argelia, entre las más de cuarenta nacionalidades que se han registrado en la isla, se suman a los de Bangladés en esta espera interminable que posiblemente acabará en deportación. «Los casos tienen que revisarse uno a uno y no por país de origen. Europa está ejerciendo una discriminación por nacionalidad y eso es ilegal», denuncia la abogada en referencia a casos como el de Sohel Miah.


«Cuando las autoridades entrevistan a personas procedentes de estos países, las detienen de forma acelerada. Sin tener pruebas reales de si representan alguna amenaza o sin comprobar su historial, solo por su nacionalidad, los detienen para deportarlos a Turquía», precisa Lorraine Leete. Bruselas, por su parte, excusa estas expatriaciones bajo el argumento de que Turquía es un país seguro, pero obvia que Ankara «solo da refugio a europeos y una protección temporal a los sirios». En medio de esta controversia, los refugiados y migrantes de las islas griegas son los únicos que pueden impugnar el argumento de la UE: «No, Turquía no es un país seguro para nosotros. Allí, nos vemos condenados a vivir en la calle y a muchos hasta los encarcelan», testifica Minah, mientras se acerca a su mesa y se vuelve a sentar. «Yo respeto la ley y a la Unión Europea. Pero necesito estar a salvo y que se cumplan mis derechos y en Moria esto es imposible. No hay capacidad para tantas personas», declara el bangladesí, que cada viernes se reúne con líderes de otras comunidades presentes en el campo para reclamar conjuntamente el cumplimiento de los derechos humanos. «¿Hasta cuándo estaremos así?», se cuestiona Minah.





Esta pregunta, que en los últimos meses se repite como un mantra entre los desplazados, el coordinador de MSF, la abogada de Lesbos Legal Support y los cientos de cooperantes que trabajan en la isla, aún no tiene respuesta. Europa se escandaliza pero no actúa, hace tambalear sus principios y desatiende las continuas denuncias por vulneración de derechos humanos en su propio territorio. Un territorio en el que crece la xenofobia y los movimientos de extrema derecha y donde, sin embargo, se desconoce que el 89% de los desplazados de Siria, Iraq, Afganistán, Eritrea y Nigeria se queda en sus países vecinos, como Jordania y Líbano. La mayoría no llega a Europa.


Lo que sucede hoy sobre el suelo de Lesbos es alarmante, pero tan solo representa una parte diminuta del drama de los refugiados en el mundo. 2016 ha batido un nuevo record: 65 millones de refugiados en todo el planeta. Cada minuto, 24 personas han huido de sus hogares, unas 34.000 personas al día, según el informe anual de ACNUR, ‘Tendencias Globales’, que desglosa las claves de desplazamiento forzado a nivel mundial. De forma paralela, y como poco paradójica, 2016 también ha sido el año en el que más fronteras se han cerrado, según el mismo organismo.


Ante estas cifras que sonrojan al mundo, ahora cabe preguntarse si es mejor atajar las guerras e injusticias desde el origen y evitarlas, o enredarse en pactos y tratados que a duras penas pueden reparar sus graves consecuencias.