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sábado, 14 de julio de 2018

Por una cultura y una sociedad dispuestas a acoger a las personas migrantes y refugiadas.

“Yo no veo musulmanes, judíos o cristianos, africanos, asiáticos o europeos, yo veo, por encima de todo, seres humanos”.
(Franz Van der Lugt, 50 años en Hons, Siria).


Una Europa "fortaleza" prevalece sobre una Europa acogedora, al menos para los políticos. ¡Una vergüenza! Antes que, “africanos, asiáticos o europeos, musulmanes, cristianos, judíos o agnósticos”, debemos ver primero: seres humanos.

Los líderes europeos siguen politizando el trato a los refugiados, según sus intereses partidistas. Exigimos una nueva política europea, no basada en temores irracionales o intereses egoístas, sino en valores humanos auténticos.

El miedo a la migración ha llevado a los líderes de la UE a centrarse en un mayor control fronterizo y la externalización de las políticas de asilo y migración de la Unión. Los líderes de la UE no han podido avanzar sustancialmente en los acuerdos sobre la solidaridad intracomunitaria y el reparto de responsabilidades.

Las propuestas de los líderes de la UE se basen en temores irracionales más que en hechos. Mientras tanto, las necesidades de protección en todo el mundo nunca han sido más altas: 68,5 millones de personas se vieron obligadas a abandonar su hogar en 2017, lo que equivale a 44.400 personas vulnerables por día.

Una política migratoria justa y humana

El 85% de los refugiados están alojados en países en desarrollo. Por tanto, lo justo y racional sería que los líderes de la UE asumieran un liderazgo mundial para promover un sistema justo y humano de migración y asilo, para los que llegan a nuestras fronteras.

La creación de centros de procesamiento, fuera de las fronteras de la UE, sería claramente injusta y pisotearía la dignidad y derechos humanos de los refugiados. La UE quiere intensificar la cooperación con terceros países en la lucha contra la migración irregular, particularmente Libia, Marruecos y Argelia. El abandono de 13.000 inmigrantes en el desierto de Sahara, en Argelia, es una señal de advertencia para todos.

Invertir en la creación de oportunidades en los países de origen

Al mismo tiempo, la UE debería invertir, no tantos billones en control migratorio, sino en la creación de oportunidades en los países de origen de los refugiados.

Se necesita un audaz giro en la UE, en fidelidad a sus valores y principios fundacionales, y que han hecho que la Unión haya sido tan atractiva hasta ahora. La Europa "fortaleza" no es ninguna solución salvadora.

Las políticas migratorias humanitarias a largo plazo y una Europa acogedora son hoy más necesarias que nunca, sin olvidar que el fondo del problema, es siempre: sanar las raíces del mal y las causas que obligan a millones de personas africanas a buscar refugio fuera de su patria.

sábado, 26 de agosto de 2017

Ocho religiones contra el terrorismo.


Representantes de las principales iglesias cristianas y de las comunidades musulmana, judía, budista, taoísta, sij, hinduista y bahai han asistido al acto multirreligioso en Barcelona. 

CARLES BELLSOLÀ


"Paz", "unidad" y "convivencia". Este ha sido el principal mensaje que ha querido transmitir el acto multirreligioso que se ha celebrado este jueves a las seis de la tarde en recuerdo de las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils hace justamente una semana. El acto, en el Museo Marítimo de Barcelona, ​​no muy lejos del escenario del atentado de La Rambla, ha unido a representantes de ocho religiones diferentes con presencia en Cataluña, además de laicos y ateos, y políticos de todas las administraciones, encabezados por el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y la alcaldesa de Barcelona, ​​Ada Colau.


El acto, convocado y organizado por el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat, llega después de las críticas que recibió la misa en memoria de las víctimas del pasado domingo en la Sagrada Familia, con presencia no sólo de Puigdemont y Colau sino también del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y los reyes de España. Unas críticas que se centraron en la inconveniencia de excluir a otras religiones, y en las palabras del arzobispo de Barcelona, ​​Juan José Omella, que en su homilía apeló a la "unión" y condenó la "división ", en un discurso que muchos interpretaron como dirigido contra el soberanismo catalán.


A diferencia del domingo, hoy sí se han tenido en cuenta todas las sensibilidades religiosas. Han sido invitados -en posiciones de honor, incluso ante los políticos- representantes de las principales iglesias cristianas -católicos, ortodoxos, evangélicos, testigos de Jehová y también mormons-, y de las comunidades musulmana, judía, budista, taoísta , sikh, hinduista y bahai.


Después de que la Orquesta Árabe de Barcelona interpretara una versión del Cant dels Ocells, la actriz Carme Sansa ha inaugurado los parlamentos recordando uno a uno el nombre de pila de las 15 víctimas de Barcelona y Cambrils, y reafirmando la "respuesta de paz y unidad "de la ciudadanía catalana y barcelonesa ante el terrorismo.


"Con la cabeza bien alta queremos insistir una vez más: no tenemos miedo", ha proclamado Sansa, que ha reivindicado la Cataluña "diversa", "acogedora" y "democrática" frente al terror, y que ha reclamado una respuesta de "pluralidad , respecto e inclusión ". Asimismo, ha señalado que los atentados querían "destruir" justamente "esta idea de convivencia", y ha citado a Gandhi para afirmar que "no hay camino para la paz", porque "la paz es el camino". Igualmente ha citado Paco Candel y su concepto de un "solo pueblo" catalán, "con una identidad construido desde la diversidad", conjurando tácitamente el riesgo de fractura entre comunidades después de los atentados, cometidos por terroristas de origen magrebí.


"La diversidad cultural y religiosa es el principal elemento vertebrador de cohesión y paz social", ha señalado la actriz, que ha destacado esta diversidad como "anticuerpos del odio". Asimismo, ha considerado que "actos inclusivos como el de hoy son importantes para vencer la intolerancia y el miedo".


El discurso también ha tenido un apartado dedicado especialmente a los jóvenes, aludiendo también a que los yihadistas que cometieron los atentados eran jóvenes aparentemente arraigados en Cataluña. En este sentido, Sansa ha recordado que "la juventud no siempre es fácil", especialmente "en un contexto de crisis y falta de oportunidades" y de "dificultad para formar la propia identidad". Pero se ha mostrado esperanzada en apelar a la "juventud activa" e "integrada". "Cuidémosles, escuchémosles", ha pedido, porque "son nuestro futuro".


No menos significativo ha sido el apartado de las lecturas, a cargo de miembros del proyecto Constructores de Puentes de la Unesco, que quiere favorecer el diálogo interreligioso entre los jóvenes. Las lecturas religiosas, del Evangelio, el Corán, la Torá y de la tradición budista, se han centrado en los conceptos de la paz y la diversidad -como unos versículos del Levítico llamando a respetar a los extranjeros que viven entre nosotros -. Y en la misma línea se ha elegido la lectura laica: varios artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entre ellos los que proclaman la libertad religiosa, de opinión y de buscar asilo.

Fuente: publico.es

lunes, 10 de abril de 2017

El poder político y religioso decide que Jesús de Nazaret debe morir.


Juan Cejudo

Bien, veamos. De este Domingo de Ramos nos hemos quedado con la imagen de Jesús rodeado de niños, con ramos de olivos, montado en un pollino o burro y entrando en Jerusalén, victorioso. Casi, como si fuera una fiesta. Pues no.

A continuación de esa entrada en Jerusalén, Jesús se dirige al Templo y vuelca las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de animales y dice: "Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones". Dice el evangelio que los sumos sacerdotes se enteraron de ésto y buscaban cómo podían matarle.

Es curioso que en las lecturas del Evangelio de hoy no se hace alusión a esta parte "subversiva" de Jesús derribando las mesas y los puestos en el Templo, escena que está a continuación de su entrada en Jerusalén.

Y es que Jesús se había atrevido con lo más sagrado que tenían los judíos: el Templo, lugar de culto, pero también el centro económico de Palestina. Quitarle el "negocio" que tenían montado era lo más peligroso que podía pasar. Ya llevaban tiempo detrás de Jesús. "Conviene que muera por el bien del pueblo" "Este solivianta a las masas". Jesús era un peligro para el poder político y religioso, porque las masas le seguían y él, con mucha libertad , les hablaba de la dignidad que tenían como hijos de un mismo Padre y estaba con ellos haciendo signos para aliviar su dolor, combatiendo su sufrimiento, las injusticias y la marginación.


Además, Jesús rompió con leyes y normas absurdas porque para Él lo importante eran las personas por encima de todo. Así hablaba con mujeres y mujeres de Samaría ( no se hablaban con los judíos), se saltaba la norma de no hacer nada en sábado porque "el sábado está para el hombre y no el hombre para el sábado". Hablaba con toda libertad ante el Sumo Sacerdote o Pilatos y se enfrentó a los fariseos y legistas. Y ante Herodes, permanecerá en silencio sin decir palabra. Un hombre libre ante todos.

Pero ni el poder político ni el religioso podía tolerar a una persona así, amigo de todo tipo de enfermos, pobres, prostitutas con un mensaje además liberador.

Y por eso lo mataron.

El Domingo de Ramos no es una fiesta de niños, olivos y burros. Es el comienzo del gran enfrentamiento- en la escena del derribo de los puestos de los cambistas y de animales-, con el poder político y religioso que le costaría la muerte por "subversivo" y "blasfemo".

Y es que hoy como entonces las personas que vivan como vivió Jesús, enfrentándose al poder político y religioso, con un mensaje "subversivo", de necesidad de cambiar un sistema que no está por la dignidad de las personas, sino que sólo busca el beneficio económico de unos pocos, terminará de mala manera como Jesús: señalado, encarcelado y marginado o asesinado.

Pero esa vida es la semilla de la Resurrección, de una vida nueva. Merece la pena.


martes, 3 de febrero de 2015

Los libros proféticos.




En el Antiguo Testamento de los judíos

se hallan hombres, acontecimientos y discursos

en un estilo tan grandioso

que los textos sagrados

de los griegos y de los hindúes

no tienen nada que oponerles.

(Nietzsche).

La palabra griega lo expresa de manera contundente: un Pro-fe-thés es el que va en pro del Misterio que da sentido a la comunidad en la que habita; es un anunciador no sólo del tiempo (el futuro) sino también del sentido, es decir de la vida y la esperanza, cuando la realidad aparece caótica. Por esto, la característica fundamental de los profetas no es sólo el vaticinio futuro sino también el juicio para el presente. Y muchas veces, lo que se anuncia como futuro es una imagen para destruir el presente y construir la vida de otra manera, un volver a comenzar.

Ya en Píndaro, Herodoto, Sófocles y Tucídides, el profeta es reconocido como un anunciador y un heraldo de lo sagrado. Y es que el profeta no es sólo un fenómeno del mundo bíblico, sino también de todo el entorno mediterráneo. Podríamos hablar incluso de equivalentes en otras culturas, como las africanas, la china, y la indígena de Abya-Yala.

En el mundo hebreo, un Profeta es un anunciante, un pregonero que va delante de Dios anunciado su huella: “Una voz grita en el desierto: preparen un camino al Señor; tracen un sendero en la llanura para nuestro Dios” (Is 40,3).

La palabra hebrea para designar profeta es nabí, y suele derivarse del verbo arcádico nabü, que significa “llamar” y “anunciar”. A diferencia del mundo griego, el acento del profeta hebreo recae sobre el personaje, sacudido por el Misterio, interpelado incluso contra su voluntad y su comodidad para enfrentar a un mundo caótico y decadente. Tal experiencia refleja muchas veces la profundidad existencial de estos personajes plenos de la seguridad de Dios que a la vez naufragan en la confusión personal. Como dice el investigador judío Abraham Heschel:

La profecía no es simplemente la aplicación de normas eternas a la situación humana particular, sino más bien una interpretación de un momento especial de la historia, un entendimiento divino de la situación humana. La profecía, entonces, puede definirse como la exégesis de la existencia desde una perspectiva divina.

El termino nabí se refiere a personas de la más diversa índole: un hombre de Dios o un caudillo (Dt 33, 1), un vidente que puede descubrir relaciones ocultas o cosas futuras (1 Sam 9,9-19). Y no sólo se trataba de una labor de hombres, sino también de mujeres, como Miriam (Ex 15,20), Débora (Jue 4,4) Hulda (2 Re 22,14) y la esposa de Isaías (Is 8,3).

Es llamativo que los primeros profetas eran grupos de hombres –y tal vez mujeres- que entraban en éxtasis y en trance por medio de instrumentos musicales y comunicaban sus mensajes; como ejemplo, se destaca la experiencia que tuvo el rey Saúl entre un grupo de profetas (1 Sam 10, 5;1 Sam 19,18). Otra forma de profetas fueron los de tipo monástico que se agrupaban como seguidores de algún personaje importante, vivían con él y aprendían de su camino como por ejemplo Elías y Elíseo (2 Re 2, 3 ss, 4, 38, 6, 1). También existieron los profetas cúlticos, funcionarios en el santuario nacional, muchas veces al servicio de los reyes, muchos de ellos siendo comprados para vaticinar en favor de los poderosos (Os 8,14; Mi 3, 9-12; Jer 7,1-15; 1 Re 1, 8; 1 Re 22 24; 2 Sam 12, 1 ss, 1 Re 1).

Pero aquí nos referimos a los profetas escritores, quienes se valieron del lenguaje poético, de la narrativa e incluso de la representación dramatúrgica para comunicar su mensaje.

Poco a poco se fueron dejando atrás los éxtasis, la mántica y el énfasis en los milagros para concentrarse en la palabra como medio de proclamación y, más específicamente, en la escritura. Estos son a los que nos referimos como los escritores de los libros proféticos, los profetas clásicos.

Los profetas clásicos actuaron en tres períodos: en la época de la caída del reino del norte (hacia el 721 a. C), en la del reino del sur (hacia los años 597/87 a. C.) y en la época del destierro (hasta el 539 a. C, fecha aproximada de la caída de Babilonia). Las grandes temáticas de su proclamación fueron la crítica social (el juicio) y la esperanza (la salvación), aspectos fundamentales para reconocer a un verdadero profeta.

Como se ha dicho, hubo también muchos falsos profetas, que anunciaban a los reyes y a los poderosos lo que ellos querían que se les anunciara: paz, prosperidad, riquezas; mientras la realidad social demostraba otra cosa. Por esto los profetas escritores no fueron muy apreciados por la sociedad en que vivían, como es el caso de Ezequiel, quien se enfrentó a profetas falsos llenos de emoción que anunciaban un futuro promisorio para ganar dinero:

Extenderé mi mano

contra los profetas

visionarios falsos

y adivinos de engaños;

no tomarán parte

en el consejo de mi pueblo,

ni serán inscritos en el censo

de la casa de Israel,

ni entrarán en la tierra de Israel,

y sabrán que yo soy el Señor.

Sí, porque han extraviado

a mi pueblo, anunciando paz

cuando no había paz,

y mientras ellos construían

una pared inconsistente

ustedes la iban recubriendo de cal.

(Ez 13,9-10).

Los profetas revelaban constantemente la realidad de la riqueza desmedida sobre una pobreza excesiva (Am 3,9-11). Denunciaban que había fraudes en el comercio e injusticia en los tribunales (Miq 6,9-16), y proclamaban abiertamente que los que ejercían la autoridad con sobornos estaban traicionando a Dios (Miq 3,1-4). Por esto no es de extrañar que muchos de ellos fueran rechazados por el pueblo, se les exiliara por su forma de pensar o fueran asesinados.

Los valores positivos que proclamaban los profetas eran el derecho y la justicia (Am 5,7.24; Is 5,7; Jer 22,3; Ez 33,14-19), lo que equivale a una sociedad de iguales. Para los profetas, no se puede amar a Dios sin defender las causas de los pobres. La justicia y el amor son una exigencia de Dios mismo (Os 12,7; Miq 6,8), y no se puede prestar un culto sagrado sin antes haber sanado las brechas sociales.

Isaías es el primero de los grandes profetas, su libro es el más largo de los profetas, y el más citado en el Nuevo Testamento. Isaías fue un hombre e culto, de buena posición social, que sintió el llamado de Dios para denunciar las injusticias sociales y políticas de su época, en la ciudad de Jerusalén. La obra recoge diferentes épocas, por lo que se cree entre los especialistas que la segunda mitad del libro fue compuesto durante y después del exilio por seguidores del profeta. Su libro, cargado de profunda poesía, denuncia la angustia del pueblo y del mismo profeta frente a la política internacional, bajo la sombra del imperio asirio, cerca del año 745 AEC. El profeta convoca al arrepentimiento, al encuentro con el Misterio, mientras el pueblo se siente seducido por el poder asirio y sus dioses de guerra. Sin embargo, Isaías escribe para mostrar que la belleza del lenguaje no es capaz de contener a Dios dentro de las palabras y que al Misterio no se le puede reducir a la comparación con las fuerzas bélicas del reino vecino:

¿Quién ha medido a puñados el mar,

o mensurado a palmos el cielo,

o a cuartillos el polvo de la tierra?

¿Quién ha pesado

en la balanza los montes

y en la báscula las colinas?

¿Quién ha medido

el Espíritu del Señor?

¿Quién le ha sugerido su proyecto?

¿Con quién se aconsejó

para entenderlo,

para que le enseñara

el camino exacto?,

¿para que le enseñara el saber

y le sugiriese el método inteligente?

Miren, las naciones

son gotas de un balde

y valen lo que el polvillo de balanza.

Miren, las islas

pesan lo que un grano,

el Líbano no basta para leña,

sus fieras no bastan

para el holocausto.

Frente a él las naciones

todas son como si no existieran,

para él no cuentan

absolutamente nada.

¿Con quién podrán

ustedes comparar a Dios,

qué imagen van a contraponerle?

¿La estatua que funde el escultor

y el orfebre recubre de oro

y le suelda cadenas de plata?

(Is 40, 12-19).

El libro de Jeremías se destaca por su alto grado de dramatismo y por una fuerte crítica contra los poderes religiosos. El profeta ve cómo el pueblo se aleja de Dios, amparado por los propios reyes y sacerdotes, que se sienten cómodos sirviendo a otros dioses y reyes –que eran algo muy similar en aquella época. En el siglo VII AEC, el imperio babilonio amenazaba con invadir a Israel. Mientras tanto, el profeta estaba llamando a un nuevo tipo de relación con lo sagrado, más íntima y personal, enraizada en el corazón y no en la alianza jurídica y externa. Por esto se burla de los dioses de los imperios poderosos y sus reyes, y señala al Misterio como una personalidad mucho más poderosa y grande que los monarcas transitorios. De este libro, es característica la mezcla de crítica social con las profundas angustias que vive el profeta por no ser escuchado. El hombre se halla solo ante el mundo. Confiesa que desearía muchas veces abandonar su vocación, y sin embargo no puede escapar de la interpelación divina:

Me sedujiste, Señor,

y me dejé seducir;

me forzaste, y me venciste.

Yo era motivo de risa todo el día,

todos se burlaban de mí.

hablo, es a gritos, clamando

¡violencia, destrucción!,

la Palabra del Señor se me volvió

insulto y burla constantes,

y me dije: No me acordaré de él,

no hablaré más en su Nombre.

Pero la sentía dentro como fuego

ardiente encerrado en los huesos:

hacía esfuerzos por contenerla

y no podía.

(Jer 20,7-9).

Lamentaciones –el cual aparece en el Canon Hebreo como parte de los escritos y es incluido en el Canon cristiano como profético porque se supone que fue escrito por Jeremías- es un libro de poesía litúrgica que refleja dolor y angustia ante los horrores sociales. Los cinco lamentos de este libro son oraciones apasionadas, protestas, tristeza y grito sobre la tragedia de ver al pueblo invadido en el año 586 por el imperio asirio. Por esto el poeta elabora juegos del lenguaje con las letras hebreas y cantos funerales de un hombre que ve a su pueblo destruido.

El profeta Ezequiel presencia la ruina y la destrucción de su pueblo en la deportación a Babilonia en el 597 AEC. Es un escritor que acude a las imágenes fantásticas para interpretar la historia re-crearla desde la fe. Anuncia la ruina y el juicio, pero también proclama el nuevo reino y ve al pueblo renovado reconociendo con gozo al Señor en Jerusalén, la ciudad del templo:

Huesos secos, escuchen la Palabra del Señor. Esto dice el Señor a esos huesos: Yo les voy a infundir espíritu para que revivan. Les injertaré tendones, les haré crecer carne; tensaré sobre ustedes la piel y les infundiré espíritu para que revivan. Así sabrán que yo soy el Señor.

Pronuncié la profecía que se me había mandado, y mientras lo pronunciaba, resonó un trueno, luego hubo un terremoto y los huesos se juntaron, hueso con hueso. Vi que habían prendido en ellos los tendones, que brotaba la carne y tenían la piel tensa; pero no había espíritu en ellos. (Ez 37,4-8).

Daniel es un libro que recoge seis historias de israelitas que vivían en el exilio (caps 1-6) y cuatro visiones apocalípticas (7,1-28; 8,1-27; 9,20-27; 10,1-12,13). Abarca una narración que se extiende a lo largo de tres imperios: babilonio, medo-persa y griego. El tema que desarrolla es el drama de la historia: los imperios van y vienen y los poderosos caen de su trono, mientras que los fieles a la vida se sostienen y combaten por ella. El texto inserta, además, dentro de su narración (caps 7-12) imágenes de la literatura apocalíptica que darán paso a este género muy famoso en tiempos del Nuevo Testamento. Este tipo de literatura se concentra en narrar aspectos del pasado como si fueran a suceder en el futuro. En este sentido, es una forma de literatura que funciona como resistencia cultural de un pueblo para no dejarse dominar por los poderosos.

Oseas fue un profeta del siglo octavo AEC que experimentó en carne propia la relación con lo divino como una relación rota por la infidelidad humana. La propia esposa de Oseas se prostituyó en los cultos de fertilidad de los “pueblos vecinos” –en los cuales participaban muchos israelitas-. Pero Oseas decidió volver a enamorar a la mujer y reanudar la relación. Utilizó imágenes de la poesía cananea del amor sagrado y escribió su texto comparando la infidelidad de su mujer con la infidelidad que tuviera Israel para con su Dios. Tal infidelidad consiste en que Israel hizo alianzas políticas con Asiria y Egipto (7,8-12; 8,9s), y se olvidó de la vida en comunidad que había aprendido de sus tradiciones. Esta alianza trajo prosperidad al pueblo, pero también profundas diferencias sociales, lujo y confianza en los bienes de la tierra. Dios es presentado como un esposo amante, celoso pero paciente, que tiende la mano y espera que su pueblo le corresponda:

Por tanto, mira, voy a seducirla,

la llevaré al desierto

y le hablaré al corazón.

Allí le daré sus viñas,

y el Valle de Acor

será Paso de la Esperanza.

Allí me responderá

como en su juventud,

como cuando salió de Egipto.

Aquel día –oráculo del Señor–

me llamarás Esposo mío,

ya no me llamarás ídolo mío.

(Os 2,16-18).

El libro de Joel presenta la realidad de una terrible plaga de langostas que amenazaba los campos. En su imaginación poética las langostas se convierten en un ejército que asalta y conquista una ciudad. Ve esta situación como un juicio de Dios, y alude también a la forma en que marchan los imperios pare destrozar al pueblo. Por esto invita a una jornada de ayuno y penitencia para suplicar la compasión divina.

Amós es el libro de un campesino empoderado por Dios para dar un mensaje al pueblo de Israel, bajo el reinado de Jeroboán II (782-753 AEC), en una época de paz y prosperidad material. Pero aquella sociedad estaba enferma de injusticia social y falta de solidaridad. Por esto Amós proclamó que el verdadero culto consiste en practicar la justicia (5,21-25) y denunció las injusticias sociales, como la explotación del pueblo humilde a manos de los aristócratas:

Escúchenlo los que aplastan a los pobres y eliminan a los miserables; ustedes piensan: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender trigo o el sábado para ofrecer grano y hasta el salvado de trigo? Para achicar la medida y aumentar el precio, para comprar por dinero al indefenso y al pobre por un par de sandalias (Am 8,4-6).

Abdías es un profeta que se ubica en la época del exilio, en el 587 AEC. Cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, invadió las tierras palestinas, los vecinos de Israel, los edomitas, apoyaron al invasor, sacaron partido de la derrota y se alegraron de ella. Por esto el profeta se dirige contra el país vecino y les recrimina el hecho de no ayudarlos cuando más los necesitaban. De este modo espera una venganza divina frente al hermano que no ayudó al hermano cuando estaba en la miseria sino que se burló de él: “Aunque te remontes como un águila y pongas el nido en las estrellas, de allí te derribaré” (4).

El libro de Jonás es diferente de los otros libros proféticos en el Antiguo Testamento. No es una colección de oráculos sino una narración acerca de un profeta que vivió en el siglo VIII. Más que un evento histórico, se trata de un cuento corto, de una parábola en la que se enseña cómo Dios se interesa por el bienestar de los pueblos paganos y busca una relacionarse con ellos. Dios no es propiedad de un solo pueblo o una única religión. El mensaje es universal e inclusivo: si la tierra pagana de Nínive alcanza el perdón, ¿quién quedará excluido del amor de Dios?

Miqueas es un profeta proveniente de una aldea, y está preocupado por la economía rural, la explotación de los campesinos, el conflicto entre la ciudad de Jerusalén y el campo y la dominación de países extranjeros. Para el profeta, el culto y los sacrificios del templo están vacíos. Lo que realmente comunica lo sagrado es la justicia social. Por esto denuncia a los falsos profetas que predican para ganarse un sueldo, contra los falsos administradores de justicia y contra la acumulación injusta de riqueza de los mercaderes. Pero, como profeta visionario, anuncia con esperanza la restauración del pueblo (7,18s).

El libro de Nahúm tiene sólo cuarenta y siete versículos y un sólo tema: el juicio contra el imperio asirio, ocurrido en el año 612 AEC. Es un poeta que se apasiona con la caída del imperio y con la corroboración de que Dios es Señor de la historia, juzga a los poderosos y no es indiferente a la opresión de los tiranos. El poder político entra en crisis ante la crítica del profeta y el mensaje sagrado.

Habacuc vive en la misma época que Nahúm. A diferencia Nahúm, no se concentra tanto en el poder del imperio enemigo sino en el problema del sufrimiento las víctimas. Por esto pregunta a Dios: “¿Hasta cuándo te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves?” (1,2). Su texto escrito es una oración poética que muestra que ante el sufrimiento no hay una respuesta sistemática, sino más bien la confianza y espera, y la confortación de que Dios está con su pueblo en medio de las dificultades:

Aunque la higuera no echa brotes

y las cepas no dan fruto,

aunque el olivo se niega a su tarea

y los campos no dan cosechas,

aunque se acaban

las ovejas del corral

y no quedan vacas en el establo;

yo festejaré al Señor

gozando con mi Dios salvador:

el Señor es mi fuerza,

me da piernas de gacela,

me encamina por las alturas.

(Hab 3,17-19)

El mensaje central de Sofonías es el llamado de Dios al pueblo de Judá para un juicio. El tema central de su predicación “el día del Señor”, un día de cólera que traerá la gran catástrofe sobre Jerusalén a causa de la injusticia de su pueblo. El juicio es una manera de volver a comenzar. Por esto anuncia una gran purificación (3,9-13). Y destaca a un pueblo de personas sencillas y humildes que serán exaltadas por Dios.

El libro del profeta Ageo se concentra en la reconstrucción del tempo de Jerusalén, en el año 520 AEC, cuando parte del pueblo estaba retornando del exilio. El profeta comunica cuatro visiones de parte de Dios (1,1-11; 2,1-9; 2,2-19; 2,20-23) en las que se le dan detalles para reconstruir el templo. Y hace una concienzuda crítica a aquellos que viven en medio de los lujos, mientras la ciudad y el templo del Señor se hallan en ruinas, y el pueblo sigue casi como esclavo del imperio. Es un llamado a reconstruir la identidad nacional y sus símbolos para no perder la identidad.

Zacarías fue un inspirador de la reconstrucción del templo por la misma época de Ageo. En el libro, el profeta recibe ocho visiones (caps 1-7) que requieren una interpretación angélica. En estas visiones, la mayoría referidas a Jerusalén, proclama la restauración de la ciudad (2,1-5), muestra símbolos del templo renovado (4,1-7), la extirpación de la idolatría (5,5-11) y la afirmación del liderazgo de Josué (3,1-10). Anuncia y un futuro mesiánico, y anuncia una nueva era para el pueblo de Israel.

Malaquías es el último de los llamados “profetas menores” (debido a la corta extensión de estos escritos). Escribió probablemente después de la reconstrucción del templo en 516 AEC, y se concentra en enfrentar la apatía religiosa y la desconfianza del pueblo. Señala que el amor del Señor debe repercutir en el culto pero también en la vida cotidiana. Confronta a los sacerdotes y levitas que degradan el culto con ofrendas miserables y esto aboga por poner ganas y fuerzas en la purificación del templo, que es símbolo de la identidad de un pueblo que ha sido maltratado por los imperios.

Esta visión panorámica –que es simplemente introductoria- haría pensar fácilmente en la homogeneidad conceptual, religiosa o estética de los profetas escritores. Sin embargo, es importante acentuar sus diferencias sociales, notables por ejemplo entre el profeta cortesano Isaías y el campesino Amós, entre el sacerdote crítico Ezequiel y el laico Jeremías. Algunos estaban más interesados en el juicio y la destrucción de los pueblos vecinos (Abdías) mientras que otros apelan a la compasión divina y pacto de Dios con las diferentes naciones (Jonás).

Si bien todo profeta es un pro-, alguien que anuncia a favor de la vida, también es un contra-. El profeta se opone radicalmente a quienes niegan la vida para los otros. En esto, es coincidente la voz de los profetas: se sienten llamados, interpelados y sacudidos por la realidad (pro-). Dios les habla en el pueblo desterrado, en las viudas que buscan comida entre las sobras, en las ruinas. Al ver cómo los poderosos quitan todas las posibilidades de una vida plena a los más pobres, los profetas sienten un fuego interno que los convoca a hablar, y a hablar en nombre de los marginados, incluso a costa de sus propias vidas (muchos fueron amenazados, aprisionados y hasta asesinados). En este sentido, son grandes lectores de la realidad social en que viven y no dudan en oponerse a quienes se apoderan de ella para cabalgarla (contra-). Entonces, después de confrontarse con la realidad, hablan, y, por supuesto, escriben en contra de los poderes sedimentados de la religión y la política y en pro del fluir de la vida divina, que se hace carne en la práctica de la justicia:

Yo aborrezco y desprecio sus fiestas,

me repugnan

sus reuniones litúrgicas;

por muchos holocaustos

y ofrendas que me traigan,

no aceptaré ni miraré

sus víctimas cebadas.

Retiren de mi presencia

el ruido de los cantos,

no quiero oír la música de la cítara;

que corra como el agua el derecho

y la justicia como arroyo inagotable.

(Am 5,21-24).

domingo, 18 de enero de 2015

Fundamentalismo religioso, ¿amenaza u oportunidad?

José Mª Castillo, 12-Enero-2015

Los recientes y dolorosos incidentes, ocurridos en Paris y provocados presuntamente por los fundamentalistas religiosos de la yihad islámica, han hecho saltar todas las alarmas no sólo en Francia, sino en toda Europa. Los políticos y los cuerpos de seguridad del Estado se han puesto lógicamente en estado de máxima alerta. En cada país, los gobernantes le dicen a la gente que no tengan miedo, que todo está asegurado y garantizado el orden. No hay motivos de preocupación, ya que contamos con policías armados y cuerpos de seguridad que nos garantizan a todos la necesaria estabilidad para vivir tranquilos.

No hay razones para dudar de que nuestros políticos, al decir estas cosas, nos transmiten la verdad. Y la eficacia con que ha procedido la policía francesa es la prueba más evidente de que estamos protegidos. El problema, por tanto, no está en que las fuerzas de seguridad no dispongan de los medios que necesitan para defendernos. El problema está en que el enemigo, en este caso, supera en peligro todos los medios de defensa que puedan tener los medios de seguridad del Estado. Porque la lucha está planteada entre fuerzas muy dispares. Los medios con que cuenta la policía se basan en la técnica. Los medios con que cuenta el fundamentalismo religioso se basan en la conciencia y en ocultos intereses relacionados con la conciencia. Ahora bien, esto quiere decir que los medios con que cuenta la policía son conocidos, mientras que los medios con que cuenta el terrorismo religioso no son (ni pueden ser) conocidos. Por eso los terroristas fanáticos de una religión atacan dónde, cuándo y como menos se puede imaginar y de forma que nadie podía sospechar lo que sucede o ha sucedido. Si somos sinceros, no tenemos más remedio que reconocer que esto es así. Por más desagradable o costoso que resulte reconocerlo.

Pues bien, estando así las cosas, ¿qué hacer? Por supuesto, en lo que se refiere al papel, que corresponde a los cuerpos de seguridad del Estado, lo que hay que hacer es apoyar el esfuerzo enorme que vienen realizando para asegurar nuestra protección ante las amenazas del terrorismo religioso. Pero, dicho esto, es decisivo tener muy claro que el camino de la solución radical no será el que nos tracen los políticos, con sus reuniones y acuerdos, ni el que nos puedan ofrecer los policías, con sus armamentos y estrategias. Si la raíz del peligro está en las conciencias, lo que urge pensar a fondo es si podemos – y debemos – renovar las religiones de forma que, en ellas, no tengan lugar las conciencias de los terrorismos fundamentalistas. ¿Es eso posible? Más aún, ¿es eso no sólo conveniente, sino incluso necesario?

El dato capital, en todo este asunto, radica en que el punto de partida del hecho religioso no estuvo en la fe en Dios, sino en la fe en los rituales religiosos. Estoy hablando de los lejanos tiempos del paleolítico superior. Más aún, abundan los paleontólogos convencidos de que ya los neanderthal practicaban el entierro ceremonial de los muertos, de forma que actividades semejantes habrían ido acompañadas de ideas religiosas desde hace alrededor de cien mil años (Konrad Lorenz, E. O. Wilson, K. Meuli, W. Burkert, H. Kühn). Así las cosas, se ha dicho con razón que “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. Van der Leeuw; cf. R. P. Marret, M. P. Nilsson). Y la historia posterior, hasta nuestros días, se ha encargado de dejar patente que los individuos, desde la niñez, y la sociedad en general al igual que la cultura, asimilan con más facilidad y claridad la fe en los ritos que la fe en Dios. Es frecuente que la gente se aferre a las observancias rituales, en tanto que la seguridad y la claridad, en lo que concierne a Dios, resulta para muchos algo problemático, quizá dudoso y, en todo caso, un sentimiento amenazado por la oscuridad. Las observancias rituales tranquilizan las conciencias. El asunto de Dios es, para muchos, un problema nunca resuelto y que, tantas veces, se vive como un misterio o, al menos, como un enigma.

No es posible analizar aquí la hondura y las consecuencias de lo que acabo de indicar. Pero hay algo, muy fundamental, que no podemos dejar al margen. Se trata de un hecho que estamos viendo a diario y por todas partes. Me refiero a la cantidad de fieles, que nos confesamos creyentes, pero que en nuestra vida somos más estrictos observantes de los rituales religiosos que estrictos cumplidores de las exigencias éticas que tendríamos que cumplir como ciudadanos ejemplares. Reducimos nuestra religiosidad a determinadas prácticas rituales, al tiempo que excluimos de nuestra religiosidad el respeto, la tolerancia, la sensibilidad ante el sufrimiento, sobre todo el sufrimiento de los más débiles. Y así sucesivamente. Hasta llegar a hacer compatible la estricta observancia de la religión con la violencia más brutal ante todo aquello con lo que no estamos de acuerdo.

Esta violencia, por lo demás, es comprensible. Y con frecuencia resulta inevitable. Porque la religión es la creencia en un poder absoluto. La que lógicamente se traduce en la obligación indiscutible de una obediencia absoluta. Ahora bien, desde el momento en que el centro de la vida (y el futuro de la salvación) depende de una obediencia absoluta, la consecuencia inevitable es que tal obediencia se antepone a todo lo demás, incluso a la vida misma de quienes se oponen o dejan de cumplir semejante obediencia.

Naturalmente, una persona que piensa y vive así, no puede estar de acuerdo con la modernidad, con la sociedad secular, en la que los derechos fundamentales del ser humano se anteponen a todo cuanto pueda limitarlos y sobre todo reducirlos o anularlos. Ahora bien, desde el momento en que nos encontramos con este problema, por eso mismo tropezamos con las raíces del fundamentalismo religioso. Es el problema que ya intuyó, en 1909, el profesor de la Universidad de Harvard Charles Eliot, cuando insistió en que el dilema de los cristianos, en el mundo moderno, es el dilema que consiste en si ponemos el centro de nuestra fe en las exigencias éticas o más bien lo situamos en la fidelidad a las creencias ortodoxas y a los rituales sagrados (cf. Karem Armstrong). Como es lógico, los fundamentalistas religiosos centran de tal manera (y hasta tal extremo) su vida y sus intereses en la fiel observancia de los rituales sagrados, que anteponen esa observancia a la vida misma. La vida de quien sea y en lo que sea. Hasta el extremo de estar dispuestos a matar, o dejarse matar, con tal de no permitir que la sociedad democrática, laica y secular se sobreponga a la sociedad condicionada y sumisa a las exigencias de la religión.

En el caso del cristianismo, es conocido el enfrentamiento de los creyentes, sobre todo de la clase alta, a las libertades y derechos del hombre y del ciudadano, tal como habían sido promulgados por la Asamblea Francesa en 1789. Desde entonces, es conocida la postura intransigente de hombres como Louis Bonald, Joseph de Maistre y La Mennais, en Francia, Karl Ludwig von Haller y Friedrich von Hurter, en Alemania, Donso Cortés en España. Y no hay que olvidar la resistencia del papado, desde Pío VI (en 1790) hasta Pío X (en 1906), en cuanto se refiere a las dos grandes exigencias de la modernidad: la igualdad y la libertad.

No pretendo entrar en la complicada historia reciente del fundamentalismo judío e islámico. Me limito a recordar, por lo que se refiere a la actualidad de éste último, los nombres de Mustafa Kemal Ataturk (1919-1922), en Turquía, y Rashid Rida (1922-1923), en Egipto, que propugnaron sociedades más de corte moderno que de fidelidad al pasado islámico por el que se habían regido hasta comienzos del siglo XX. Desde entonces, en el mundo islámico, hay no pocas personas y grupos que ven, en la sociedad secular y democrática, una amenaza para la integridad y estabilidad de sus creencias.

Así las cosas, el problema en este momento está fuertemente condicionado, sin duda alguna, por intereses de poder y por ambiciones económicas. Pero el fondo del problema es, sin duda alguna, de carácter religioso. Se trata del enfrentamiento de la religión centrada en la más estricta observancia e impuesta obligatoriamente a toda la sociedad. Un califato. Lo más diametralmente opuesto al proyecto fundamental de una sociedad laica, libre y respetuosa con las creencias religiosas, con tal que, en esa sociedad, se privilegien sobre todo los derechos fundamentales de los seres humanos.

Pues bien, dado que nos encontramos en esta situación, se comprende la actualidad apasionante que entraña lo que, en un reciente estudio, he calificado como “la laicidad del Evangelio”. Los relatos, que ofrecen los evangelios, son la historia del enfrentamiento de Jesús con las raíces del fundamentalismo religioso. Jesús, en efecto, comprendió que el mayor peligro, para la religión y para la humanidad, está precisamente en el sometimiento incondicional a los rituales religiosos, de forma que la sumisión a tales rituales se antepone al sufrimiento humano, a los derechos humanos, a la dignidad de las personas y a la vida misma. Esto es lo que Jesús no toleró en modo alguno. Y por esto precisamente fue por lo que los dirigentes de la religión vieron que el proyecto de Jesús era incompatible con el proyecto que ellos defendían por encima de todo.

Pienso, además, que en no pocos textos de los profetas de Israel, como en numerosos documentos del Korán, la aspiración a la paz y el entendimiento entre los seres humanos y los pueblos se nos ofrecen como principios rectores de la sociedad.

La conclusión más razonable, que cabe deducir de la reflexión que acabo de exponer, es que, por más importante y urgente que nos parezca la sólida defensa de nuestros pueblos, culturas y sociedades, por la solidez y eficacia de las fuerzas de seguridad del Estado, reducir nuestra defensa a esa solides militar y policial sería algo así como ponerle puertas al campo. Mientras haya individuos y grupos organizados, que viven convencidos de que su misión en la tierra es el sometimiento, o incluso el exterminio, de quienes queremos y defendemos una sociedad que antepone los derechos fundamentales de los seres humanos a las normas y rituales de la religión, todos viviremos amenazados. Y amenazados de muerte, por más policías que nos defiendan y por más seguridades que nos garanticen nuestros gobernantes.

Esto supuesto, desde luego que valoramos y exigimos que los policías nos defiendan. Pero, si es que vemos la hondura del problema, valoramos y exigimos más aún que se gestione la educación religiosa de manera que lo primero y lo esencial, en esa educación, sea inculcarnos a todos – e inculcar a todos los pueblos de este mundo – que la fe en Dios y el respeto a Dios consiste, ante todo y sobre todo, en defender la vida, respetar la vida, promover los derechos y la dignidad de los seres humanos, hasta que la igualdad en derechos, y la libertad en creencias y convicciones, estén garantizadas para todos.

En el Sermón del Monte, Jesús dijo: “Si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). Se pueden discutir no pocos detalles relativos a este texto. Pero, en cualquier caso, lo que no admite discusión es que aquí se presenta un modelo de religión en el que lo primero no es la observancia del ritual. Lo primero de todo, en la vida y en la religión, tiene que ser siempre mantener la mejor relación posible con el otro, sea quien sea y por el motivo que sea. El día que se eduque a todos los niños y jóvenes del mundo en esta convicción, ese día la humanidad habrá dado el paso decisivo para empezar a vivir en paz. Y con la seguridad de la paz garantizada.

Fuente: Atrio

viernes, 8 de agosto de 2014

El diálogo interreligioso y las oportunidades que nos ofrece.



“No habrá paz entre las naciones sin que haya paz entre las religiones. Y no habrá paz entre las religiones sin un mayor diálogo entre religiones”. (Hans Kung)

Si alguien elige ser religioso/a hoy día, esa persona debe ser religiosa de una manera interreligiosa, es decir, reconociendo que existen otras maneras válidas de ser religioso/a y reconociendo en mayor medida que las religiones del mundo están llamadas hoy día a aprender las unas de las otras, a cuestionarse recíprocamente, y a cooperar mutuamente.

¿Por qué es necesario el diálogo interreligioso, y cuáles son los beneficios que pueden resultar de ese diálogo?

Creo que la urgencia de un diálogo interreligioso, es decir, la urgencia de respetar a los creyentes de otras religiones, aprender de ellos y cooperar con ellos, nace de tres exigencias, o tres imperativos éticos que nuestro mundo contemporáneo hace a cristianos y creyentes de otras religiones. El mundo en que vivimos está globalizado e interconectado como nunca antes lo ha estado, pero éste es también un mundo amenazado y en peligro también como nunca antes. Los peligros y amenazas nacen de la violencia que los seres humanos están cometiendo tanto contra otros seres humanos como contra el medio ambiente. Por tanto, sugiero que consideren que este mundo globalizado pero amenazado está llamando a las personas religiosas a ser: 1) mutuos vecinos interreligiosos, 2) mutuos pacificadores interreligiosos y 3) peregrinos interreligiosos junto a cada uno de nosotros.

Siempre ha habido diferentes religiones en el mundo. La diversidad religiosa no es nada nuevo. Pero, en el pasado, esas religiones distintas permanecían en “su propio vecindario”, es decir, dentro de sus propias fronteras geográficas y culturales. Hoy en día, eso está cambiando. Muchas religiones diferentes se están mudando a los mismos vecindarios. Aquellos que creen de manera distinta, rezan de manera distinta, se visten de manera distinta, ya no viven al otro lado del mundo. Viven en la casa de al lado; trabajamos junto a ellos; sus hijos van al colegio junto a nuestros niños; ciertamente, sus hijos podrían casarse con los nuestros.

Esto significa que lo que llamamos “sociedad civil” está adquiriendo un nuevo carácter. Si durante la segunda mitad del siglo pasado se habló mucho acerca de una “sociedad secular” donde la religión ya no era un factor de consideración, actualmente los académicos hablan de una “sociedad post-secular”, en la cual la realidad de la religión, de muchas maneras distintas, no es sólo una fuerza cultural, sino también geopolítica que debe ser considerada. Actualmente, la comunidad de naciones y cada nación individual se están convirtiendo, cada vez más, en sociedades civiles multi-religiosas.

Si la seguridad de una nación depende de sus ciudadanos, siendo “buenos vecinos” de los demás –es decir, vecinos que no sólo viven dentro de las mismas fronteras, sino que trabajan juntos para hacer que su espacio común sea un vecindario saludable, limpio, seguro, salvador para todos– entonces tendremos que ser buenos vecinos multi-religiosos de los demás. Se nos pide que trabajemos con los demás, seamos amigos de los demás, como personas que encuentran el significado de la vida de maneras muy distintas, basadas en libros religiosos muy diferentes, siguiendo a líderes religiosos muy diferentes, quienes presentan imágenes muy distintas de lo que es lo Último en la vida. Se nos llama a formar una sociedad civil, un vecindario funcional, a partir de diferentes comunidades religiosas. Si queremos ser “buenos vecinos” de los demás, si esperamos ser “buenos vecinos” de los demás, tenemos que lograr serlo de manera interreligiosa.

Y aquí viene la parte difícil, el verdadero desafío. Ser buenos vecinos multi-religiosos requiere de algo más que tolerancia. Por favor entiendan que no estoy degradando la tolerancia. Dios sabe que necesitamos más de ella entre las comunidades religiosas de nuestro mundo. Tolerancia significa que vivamos religiosamente y dejemos que otros vivan religiosamente, que permitamos que nosotros y los demás seamos religiosos de la manera en la que queramos serlo. Pero la tolerancia implica que lo hacemos a regañadientes. Aquello que dejamos que ocurra, desearíamos que no viviera, al menos no en la casa de al lado.

Por ello, para ser buenos vecinos de múltiples credos, la tolerancia no es suficiente. Para formar un vecindario o una nación a partir de diferentes comunidades religiosas tenemos que reconocer y aseverar –en nuestro pensamiento y en nuestro sentir- no sólo la existencia sino la validez de las otras comunidades religiosas. Nosotros los cristianos debemos ser capaces de mirar a nuestros vecinos musulmanes y no solamente reconocer que son musulmanes; debemos estar contentos de que sean musulmanes. Una sociedad civil multi-religiosa funcional requiere que cada comunidad religiosa asevere que las demás religiones tienen un lugar tan válido en nuestro mundo como el propio. Para ser buenos vecinos interreligiosos, debemos regocijarnos en y celebrar las diferentes identidades religiosas.

Lo que propongo aquí es que en nuestra comunidad mundial multi-religiosa y en nuestras naciones multi-religiosas, tenemos que aseverar la igualdad de derechos de las religiones, y eso significa la igualdad de validez de las religiones. Creo que de buen grado reconocemos que una nación que afirma ser una democracia no puede funcionar sin que haya igualdad de género y de raza. Afirmar que Dios ha hecho al hombre superior a la mujer, o afirmar que Dios ha establecido a la raza blanca como superior a la raza negra o a las razas mestizas es socavar las posibilidades mismas de una democracia funcional. Lo mismo debe decirse de las religiones: en una nación multi-religiosa que afirma ser una democracia, decir que Dios ha hecho de una religión –generalmente el cristianismo– la única religión verdadera o superior sobre las demás es contrario a sus valores democráticos. No puedo ser un conciudadano de alguien si creo que mi raza es superior a la suya; sugiero que lo mismo es cierto si pienso que mi religión es inherentemente superior a la de otra persona.

¿Pueden los cristianos estar de acuerdo con tal entendimiento de una sociedad civil inter-religiosa? ¿Pueden los cristianos reconocer la validez de otras religiones?

Debemos ser pacificadores interreligiosos con los demás

Nosotros los cristianos, por supuesto, debido a nuestras identidades mismas, estamos llamados a ser pacificadores. Pero actualmente, en cierto sentido, eso no resulta suficiente. Debemos ser pacificadores interreligiosos. Este reto se ha vuelto mucho más apremiante después de los sucesos del 11 de septiembre de 2001. La violencia de ese día, y la violencia que ha seguido a ese día, han encarnado y resaltado lo que está ocurriendo en muchas otras partes del mundo: la religión –que significa creencias y valores religiosos– está siendo usada para fomentar, justificar e intensificar la violencia de algunas personas contra otras. Aunque a través de la historia humana siempre ha habido violencia en nombre de la religión, tal violencia parece ser hoy en día más amenazadora de lo que lo que ha sido. Algunos analistas políticos y algunos políticos en posiciones de poder sostienen que la religión está alimentando un enfrentamiento entre civilizaciones, civilizaciones ahora con armas más devastadoras de lo que jamás se haya imaginado. Con esto no se está diciendo que la religión per se causa violencia. Pero la religión a menudo es la mecha que enciende las tensiones políticas, económicas o éticas combustibles; o la religión es la leña que permite que las llamas de la guerra ardan con mayor intensidad y ferocidad.

Las personas religiosas, sobre todo cuando estas personas religiosas son vecinas, que ven que su religión es empleada para justificar la violencia terrorista de estrellar aviones contra edificios, o para justificar la violencia militar de arrojar bombas sobre otros pueblos, deben ponerse de pie y hacer algo respecto a cómo sienten que su religión y sus valores religiosos están siendo explotados y abusados. El rabí Jonathan Sacks, en su maravilloso libro La dignidad de la diferencia, enuncia el reto que los vecinos religiosos se plantean entre sí:


…los creyentes religiosos no pueden hacerse a un lado cuando las personas son asesinadas en el nombre de Dios o por una causa sagrada. Cuando la religión es invocada como justificación para el conflicto, las voces religiosas deben alzarse en protesta. Debemos ocultar el hábito de la santidad cuando es buscado como manto para la violencia y el derramamiento de sangre. Si la fe es enlistada en la causa de la guerra, debe haber una contravoz igual y opuesta en el nombre de la paz. Si la religión no es parte de la solución, ciertamente será parte del problema.

Sacks sugiere que la tarea de afrontar la violencia en nombre de nuestra religión es un problema que no podemos manejar nosotros solos. Necesitamos de la ayuda de otras religiones, así como nosotros podríamos ayudarlas, para ver cómo la religión propia está siendo abusada y por qué los líderes políticos se están apropiando de ella.

Se les está preguntando a los cristianos, como se les está preguntando a todos los creyentes religiosos, si pueden ser pacificadores interreligiosos. Nuestra respuesta es un entusiasta “¡Por supuesto que podemos!”. Pero como voy a señalar, tal disposición positiva podría plantearnos exigencias inesperadas.

La tercera razón por la cual el diálogo interreligioso es necesario va más allá de las dos razones que hemos considerado hasta este punto: la necesidad cívica de ser buenos vecinos con los demás y la necesidad política de ser pacificadores conjuntamente. La tercera razón llega hasta las profundidades de quiénes somos como personas religiosas, como personas que han llegado a conocer o a confiar, a través de Jesucristo, que hay una Realidad que tanto nos trasciende en el misterio como nos abraza en intimidad. Esta es una razón que se vuelve clara a medida que llegamos a conocer otras religiones y, sobre todo, al hacernos buenos amigos y vecinos de personas que transitan por distintos caminos religiosos.

Estoy intentando llegar a la conciencia, o a la feliz inquietud, que más y más cristianos están sintiendo. Nosotros los cristianos nos estamos dando cuenta de que cuando tomamos el pluralismo religioso con seriedad como una de las apremiantes “señales de los tiempos”, cuando intentamos ser buenos vecinos y compañeros pacificadores junto a personas de otros credos, encontramos que somos capaces de experimentar y aprender cosas acerca de Dios y acerca de nosotros mismos y de nuestro mundo que nunca podríamos haber aprendido solos. ¡Nuestra relación con los demás es una manera de ahondar nuestra propia espiritualidad!

Como lo expresó Edward Schillebeeckx, estamos llegando a aceptar el hecho de que hay más verdad en todas las religiones juntas que en cualquiera de ellas por separado.

El diálogo interreligioso nos ofrece la oportunidad de ser compañeros peregrinos de los musulmanes, judíos, budistas, hindúes, las espiritualidades indígenas, al explorar y descubrir cada vez más del Misterio que llamamos Dios, un Misterio que tiene muchos nombres, y cuya integridad ninguna religión podrá abarcar completamente.

Por tanto, lo que sugiero es “la urgencia” de un diálogo interreligioso, es “la oportunidad” de profundizar y enriquecer nuestras propias identidades y comunidades religiosas. Sugiero que tales oportunidades pueden enfocarse bajo dos enunciados: la oportunidad de una nueva comprensión de lo que significa ser Iglesia y lo que significa estudiar y enseñar teología.

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lunes, 21 de julio de 2014

Cuando la religión no es una barrera.

Natalia, cristiana y su hermano Andrés, judío, con sus padres, Harry (judío) y Elena (católica)

FIELES DE DIFERENTES CREENCIAS CONVIVEN EN FAMILIA O EN PAREJA.

Compartir en la vida cotidiana los valores que enseñan diferentes religiones y respetar las creencias del otro, son la base para una convivencia en armonía. Así surge de diversos testimonios de personas que integran familias interreligiosas.

EDUARDO DELGADO. dom. 20 jul 2014

Andrés Abt tiene 41 años, es judío, dirigente de la lista 71 del Partido Nacional y empresario. Su padre es judío, su madre y su hermana, católicas. Juan Pedro Ribas es musulmán, tiene 66 años y una larga actividad en organizaciones sociales; sus cuatro hijos son católicos. Pablo Pérez es maestro de kung fu, tiene 38 años y está en un proceso hacia el budismo; su esposa es católica y un niño de siete años al que define como "hijo del corazón" comparte aspectos de ambas doctrinas.

Son algunas de las personas que forman parte de familias interreligiosas en Uruguay, que lo celebran y colocan entre lo mejor de sus vidas.

Para Abt, lo más difícil fue lo que vivieron sus padres 45 años atrás. "Mi padre es judío y mi madre es católica; que hubiera un casamiento entre fieles de dos religiones distintas era menos común de lo que es hoy, cuando cada vez se aceptan más los casamientos mixtos", dijo. Sin embargo, las dos familias no tuvieron problemas religiosos y cuando él y su hermana llegaron "siempre nos inculcaron la idea del respeto hacia las dos religiones", agregó.

"Mi mamá siempre me decía y me dice que lo más importante de las religiones es compartir con el otro las cosas en común, como ser buena persona, no matar, no robar. Los diez mandamientos son iguales para judíos y cristianos, y respetando eso uno puede pertenecer a cualquiera de las religiones".

Abt recordó cuando de niño, en las fiestas judías, su madre le pedía a sus amigas judías las recetas de las comidas preceptivas y cómo debían servirse "para que en nuestra casa hubiera la misma mesa que en cualquier casa judía en el mundo". Y en las fiestas de Navidad se armaba el árbol y todos los elementos navideños.

Fue su madre católica quien lo impulsó al judaísmo, sabedora de la significación que para sus abuelos paternos (que habían perdido todos sus familiares en la Segunda Guerra) tenía esa opción.


Esa formación le ayudó "a la convivencia con respeto" y a tomar como filosofía de vida el "construir puentes", no solo en la parte religiosa."Yo me siento y soy judío, hice la Bar Mitzvah (ceremonia de confirmación) y me siento perteneciente a la religión judía. Es algo que no dejo de lado, pero comparto lo otro, lo entiendo y lo sé parte de mi familia", dijo.

Dos años atrás, Abt se casó con una mujer católica y en la fiesta organizada por amigos hubo elementos de las dos religiones.

Abt es padrino de bautismo de una sobrina católica. "Cuando mi hermana me pidió que fuera padrino de su hija, fue una emoción enorme".

El mismo Abt fue bautizado en la Iglesia y circuncidado según el ritual judío.

"Para mi padre y mi madre era importante que en ese momento tuviera la fe de cada una de las dos religiones, y después de grande, elegir".
La biblia y el Corán.

Juan Pedro Ribas fue criado en el catolicismo y sus cuatro hijos lo fueron bajo los preceptos de esa religión.

Llegó un momento en que "quería cambiar mi vida profundamente, y en esa desesperación llamé a mi querido amigo (el obispo Pablo) Galimberti, y le dije: `Haceme cura`. Me dijo: `Sos muy viejo, podés ser diácono`. No sé muy bien qué es pero no me convencía", relató.

Personas de la obra social en que trabajaba le decían que la edad no era el tema porque la religión es servicio, "y yo soy un hombre de servicio", dijo.

Por ese entonces su hermano, el director técnico de fútbol Julio Ribas, dirigía en Omán y le aconsejó a Juan Pedro que leyera el Corán, porque es algo "fabuloso, trascendente".

"Empecé a leer y sentí que era algo que me llenaba, que podía darme ese cambio trascendente en la vida. Después viajé a otros lados, profundicé y acepté". En 2008 decidió convertirse en musulmán.

"Mis hijos al principio quedaron asombrados y hasta asustados", expresó. Pero una de sus hijas lo acompañó en un viaje a Irán y "quedó sorprendida de un mundo nuevo", tan diferente al que conocía por los medios, lleno de valores y respeto a la familia". "Me dijo que se dio cuenta que los hombres son buenos o malos sin que dependa de la religión", contó.

Juan Pedro, uno de sus hijos, dijo que saber de la conversión al islam de su padre "en el momento fue un sacudón". Primero fue "el desconocimiento del islam y las dudas que eso generaba" para ellos, que habían ido a un colegio salesiano y siempre estuvieron vinculados a la Iglesia católica. "Lo que me parece es que cualquiera sea la fe, si le hace bien a una persona, es positiva", señaló Juan Pedro hijo. "El cambio de mi viejo fue para bien", afirmó.

"Yo tengo amigos judíos, muchos amigos cristianos y ahora, un padre musulmán. Lo bueno es bueno en todas las religiones. Siempre es mejor ser un buen judío, un buen musulmán o un buen cristiano", concluyó Juan Pedro hijo.

Su padre evita algunas festividades "porque a veces se transforman en reuniones sociales donde se toma mucho. Nosotros lo tenemos prohibido". Pero en Navidad pasa con sus hijos. Uno de ellos dijo sonriendo que él no hace ayuno "ni aunque me paguen".

"Yo nunca vi una sociedad que aceptara tanto y respetara otras religiones e ideas como la uruguaya", señaló Juan Pedro. Relató que "una vez que tuve cierto conflicto de tipo ideológico, le rogué a personas importantes que no traigan la mentalidad de otros lados del mundo a este país tan maravilloso, que es una puerta abierta a la cultura y la religión. Creo que eso lo hemos conservado".

Juan Pedro adoptó el nombre de Alí pero casi no lo usa ya que opina que su propio nombre le da "garantías" a mucha gente. "Hay varios Alí en Uruguay y no somos todos iguales. Si utilizara solo el nombre que me adjudiqué en el islam daría lugar a confusión y yo respondo por mí y por mis actos", dijo.
Budismo.

El uruguayo Pablo Pérez es Laoshi (maestro, en mandarín) de kung fu. Practica artes marciales hace 31 años. Este año viajará por tercera vez a China y por primera vez ingresará al templo Shaolin del monte Song -una de las cinco montañas sagradas-, donde conocerá al abad Shi Yongxin, una autoridad del budismo.

En su niñez Pérez abrazó el cristianismo e incluso se educó en un colegio católico. Luego comenzó a tener contacto con la comunidad china en Uruguay, empezó a practicar tao y a estudiar medicina china, que tienen puntos en común con el budismo. Sus padres tomaron con naturalidad su proceso.

"Voy camino a ser budista", dijo. Su compañera es cristiana "con mente abierta", comentó.

"Damos gracias a Dios y a Buda, agradecemos y pedimos respetándonos el uno al otro", agregó. Su pareja tiene un hijo de siete años que él considera "un hijo del corazón". Lo conoce desde los dos años y ya practica kung fu.

"La madre reza antes de dormir y él aprendió algunas palabras en chino y del hinduismo, que son bendiciones también", relató.

"Para mí, Dios es uno solo con diferentes nombres y todos son valederos", concluyó Pérez.
El país más agnóstico de la región


Uruguay es el país más agnóstico de América Latina y con menor porcentaje de católicos en su población. Además, es el único país de la región en el que se da un proceso "acelerado de secularización", según el informe "Las religiones en tiempos del Papa Francisco", de la Corporación Latinobarómetro, que analiza 18 países de la región. En 1996 Uruguay tenía 60% de católicos y 18% de agnósticos. En 2013 había 41% de católicos y 38% de agnósticos o ateos. Un 13% se define creyente de otras religiones (protestantes, judíos, musulmanes, umbandistas, otros).

Fuente: elpais.com.uy

lunes, 18 de noviembre de 2013

Intolerantes, fundamentalistas y delincuentes.


Por Washington Uranga

Llama la atención la reiteración de hechos similares: manifestaciones de sectarismo, de intolerancia, profanaciones de templos y expresiones que denotan que a pesar de los grandes avances en materia de vigencia de derechos, en la Argentina subsisten personas y grupos intransigentes. Desde las declaraciones de Jaime Duran Barba elogiando a Hitler, y los atentados a templos protestantes y católicos, hasta el violento episodio ocurrido el martes pasado cuando un grupo católico ultraconservador irrumpió en la catedral de Buenos Aires cuando se celebraba un acto interreligioso en recordación de la llamada Noche de los Cristales, punto de partida del Holocausto judío a manos del nazismo.

La lista de los hechos es larga. Y habrá que aceptar que, según los distintos casos, han sido obra de intolerantes, fundamentalistas o delincuentes. Algunos episodios tendrán que ser investigados. En otros los motivos están a la vista.

El 27 de septiembre un templo de la Iglesia Metodista Argentina (IEMA), la Iglesia Norte, de Rosario, “fue ferozmente incendiado quedando consumidos por las llamas los bancos, el piso de pinotea, el altar, el piano y produciendo la rotura de puertas y ventanas” según lo denunció en su momento el obispo Frank de Nully Brown. En el mismo local funcionaba la sede rosarina del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). La totalidad de la biblioteca del MEDH fue destruida en la misma oportunidad. La Iglesia Metodista es una de las comunidades cristianas más comprometidas en la defensa de los derechos humanos.

Dos días antes del hecho relatado en Rosario, un grupo de estudiantes secundarios entró en la iglesia San Ignacio de Loyola, en Buenos Aires, y produjo destrozos que afectaron el patrimonio religioso y cultural.

El 27 de octubre personas aún no identificadas ingresaron en la catedral católica de Mar del Plata, y según el comunicado del obispado de aquella ciudad, el altar donde habitualmente se celebra la misa “fue utilizado como baño, su mantel como elemento de aseo”, la imagen de la Virgen fue dañada y “se pudo comprobar el robo de algunos elementos significativos con reliquias de los santos”.

El sábado 9 de noviembre el blanco volvió a ser la Iglesia Metodista. En el templo histórico situado sobre la calle Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires, “se produjeron destrozos, profanación de su altar y serios daños a su tradicional órgano de significativo valor”, según señala el comunicado oficial de la IEMA. La Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE) evaluó el hecho como un atentado “contra la libertad y diversidad religiosa, contra el compromiso social de los cristianos, contra el patrimonio cultural y contra nuestra historia nacional”.

El martes 12 ocurrió el episodio ya señalado en la catedral metropolitana. Al día siguiente, miércoles 13 noviembre, en la capilla católica de la casa de espiritualidad “La Asunción” de la arquidiócesis de Bahía Blanca, se profanó el sagrario y se robaron hostias consagradas “que se conservaban bajo llave en el tabernáculo de mármol y bronce”, según informó la agencia católica AICA. Esta semana, también en la capilla católica San Antonio de Padua, en Capilla del Monte, se robaron hostias y una custodia del Santísimo Sacramento. Según denunció el obispo Santiago Olivera también se destruyó una imagen de Cristo, se produjeron destrozos y se intentó incendiar un confesionario.

¿Todos los hechos tienen la misma raíz? Seguramente no. Mientras no se encuentren elementos que permitan demostrar lo contrario, lo lógico sería descartar una trama que suponga coordinación entre todos estos episodios. Y es poco serio y falto de responsabilidad hablar –como titulan algunos– de una “ola de atentados” que afectan a las instituciones religiosas o a las comunidades de fe. Así llame la atención la seguidilla de delitos contra los templos y las instituciones religiosas. No todos los hechos son iguales. Algunos parecen tener objetivos políticos, otros motivos religiosos relacionados con enfrentamientos internos dentro de la Iglesia Católica. Varios parecen más vinculados a hechos delictivos que también afectan a la totalidad de los ciudadanos y que, en este caso, se perpetraron contra edificios que son sede de diferentes cultos. En determinadas situaciones no es tampoco descartable la combinación de más de un propósito. Pero en general, iglesias y líderes religiosos de todos los credos manifiestan preocupación y alarma por la reiteración de sucesos similares dirigidos a blancos religiosos.

¿Qué decían los jóvenes, entre los que se encontraban dos sacerdotes, que ingresaron en la catedral? Mientras rezaban la oración del “Padre nuestro” a los gritos, los manifestantes entregaron un volante en el que se podía leer: “Fuera adoradores de dioses falsos del templo santo... si entran en el templo del Dios vivo y presente, doblen su rodilla, abandonen su idolatría, y adoren al Dios verdadero...”. Y en directa alusión a los asistentes (católicos, cristianos, judíos, miembros de organizaciones defensoras de los derechos humanos) agregaba: “Y vos que asistís a este acto de profanación, rezá el rosario en desagravio. Resistí. Que no te engañen”.

¿Contra quién fue la violenta irrupción de los ultraconservadores católicos en la catedral? El sacerdote Fernando Ginnetti, unos de los concelebrantes del acto interreligioso presidido por el arzobispo porteño Mario Poli, dijo ante varios medios de comunicación que “esto es contra Francisco” en alusión al papa Jorge Bergoglio.

Christian Bouchacourt, el superior en la Argentina de la llamada Fraternidad Sacerdotal San Pío X, también conocidos como lefebvristas en recuerdo de su fundador, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, admitió conocer “a varios” de los que irrumplieron en la catedral, justificó el hecho como “un modo de protestar pacífico” en busca de “guardar la tradición católica” y agregó que “nosotros únicamente queríamos manifestar nuestro amor a la Iglesia Católica”. Vale recordar que el 9 de febrero de 2009 el gobierno argentino expulsó del país al obispo lefebvrista Richard Williamson, que había negado la existencia del Holocausto judío.

Bouchacourt también habló de Bergoglio. “Que el Papa rece en una sinagoga nos parece totalmente anormal.” Tampoco se privó de agregar que “el Papa hace cosas que no podemos explicar”.

Todo en directa consonancia con la línea de conducta de quien ha sido el inspirador de lo orden. Lefebvre, fallecido en 1991, había sido excomulgado por Juan Pablo II en 1988. En ese momento sostuvo que “Roma ya no es católica. Los males que nosotros condenamos, como el comunismo, el socialismo, el modernismo y el sionismo, han sido adoptados por Roma”. Hoy, Francisco es el blanco de los ataques de los ultraconservadores que antes de su arribo al pontificado habían iniciado una aproximación, ahora frustrada, con Benedicto XVI. El actual superior mundial de la Fraternidad San Pío X, Bernard Fellay, opina que “la situación de la Iglesia es un verdadero desastre y el actual Papa la está haciendo diez mil veces peor. Va a dividir la Iglesia, está provocando rabia”.

Aunque en esferas distintas, el episodio ocurrido en el mayor templo católico del país guardó relación con los dichos del asesor macrista Jaime Duran Barba, quien en un reportaje concedido a la revista Noticias sostuvo que “Hitler era un tipo espectacular. Era muy importante en el mundo”.

Los repudios se sumaron tras lo sucedido en la catedral. El propio arzobispo de Buenos Aires, en la continuidad del acto interreligioso, se dirigió a los judíos participantes para decirles que “su presencia aquí no desacraliza un templo de Dios. Hagamos en paz este encuentro que lo quiere el papa Francisco”. Se conoce que desde que llegó al Vaticano, Bergoglio está haciendo gestiones reservadas para promover una iniciativa mundial conjunta de las grandes religiones en favor de la paz, de la justicia y en contra de la pobreza. Propuesta que también tiene resistencias dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Fuente: Pagina 12