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viernes, 15 de abril de 2016

Declaración de religiosos y sacerdotes que trabajan en Territorio Mapuche.


Urgen caminos de paz como fruto de la justicia

Como hombres y mujeres de Iglesia que colaboramos en territorio mapuche deseamos expresar nuestro sentir ante una nueva escalada de violencia en el territorio. Nuestra fe en Jesús liberador y en el Reino de justicia y de paz nos mueve a decir nuestra palabra:

1. Nos sentimos profundamente afectados frente a lo que denominamos una presión creciente sobre el territorio mapuche que está produciendo violencia, falta de comunicación, desconfianza y polarización.
En muchos territorios donde prestamos nuestro servicio, vemos que esta presión proviene de un modo de vida basado en el consumo que tiene como paradigma acaparamiento de tierras y el extractivismo.
Lo vemos en los actuales conflictos territoriales por el agua (centrales hidroeléctricas), por la tierra (forestales), por el mar (pesca industrial) y gravemente por los basurales y tendidos eléctricos. Los actuales escenarios de conflictos están todos relacionados con estas actividades industriales que responden a ese modelo de intervención que amenaza la vida de las comunidades mapuche.

2. Nos duelen y rechazamos los hechos de violencia que esta presión sobre el territorio ancestral mapuche está produciendo: militarización del territorio, persecución política judicial a muchos hombres y mujeres de comunidades, incendios a viviendas, personas heridas por “enfrentamientos”, niños y niñas afectados por este clima de conflicto, amedrentamientos y amenazas, así como lo que hemos visto últimamente la quema de templos cristianos, que lo único que hace es polarizar más a la sociedad local y tensar más las relaciones. Este tipo de hechos lo único que hace es producir más desconfianza en la convivencia local y regional, lo cual no beneficia a nadie.

3. Nos duele este quiebre profundo que en la convivencia. La sociedad nacional y local está cada vez más polarizada. Las miradas entre gobierno y comunidades está siendo cada vez más antagónicas. Las vías de comunicación son demasiado débiles, están agotadas o incluso cortadas. Esta desconfianza se ha instalado también entre personas, grupos y en muchos casos entre comunidades. Pareciera que para muchos la solución pasa por hacer imponer a cualquier costo los propios intereses, excluyendo al otro diferente, descartando la construcción de sociedad plural en la que vivimos.

4. Esta mirada antagónica, en una lógica de enemigos, no construirá la paz, ni menos el derecho. No es una lógica cristiana ni tampoco democrática. Desde una mirada verdaderamente cristiana necesitamos rescatar la confianza y la apertura al otro. Necesitamos buscar sinceramente la gracia de la reconciliación y el reconocimiento por sobre una mirada de la venganza y de exclusión.

5. Reconocemos la violencia de los innumerables atropellos a la nación mapuche. Pero estamos claros que la respuesta y la solución no es con más violencia, más incendios, más agresiones policiales. Ello solo atrae más represión y víctimas, donde todos pierden. Nos preocupa que el conflicto se continúe polarizando hacia extremos cada vez más violentos mediante incendios intencionales, disparos de armas de fuego, represión policial a comunidades, detenciones arbitrarias, daños físicos a comuneros y efectivos de carabineros, vulneración de derechos de los niños y una larga lista de eventos que destruyen la convivencia. El camino de la judicialización del conflicto por las reivindicaciones de las comunidades mapuche ha sido claramente descalificado como vía de solución, por los mismos jueces y especialistas en el tema. Criminalizar las demandas de un pueblo que busca recuperar sus derechos reconocidos por tratados internacionales no lleva a ninguna solución real. El país debe asumir el carácter político de las reivindicaciones del pueblo nación mapuche, reconociéndolo constitucionalmente y generando espacios reales que garanticen su participación en la toma de decisiones en los asuntos que le afectan y competen.

6. Lamentamos que como Iglesia Católica, tantos años comprometida con la causa de los derechos del pueblo mapuche, hoy estemos cada vez más callados y distantes, incapaces de mediar o interpelar en busca del diálogo para la construcción de la justicia que trae la verdadera paz. Parece que hemos perdido la fuerza profética del Evangelio frente a los desafíos de una sociedad plural e intercultural en la que los pueblos indígenas reclaman su lugar. Es claro que los actores de la violencia en la Araucanía son diversos, pero las responsabilidades y las consecuencias las cargamos todos y cada uno según su lugar en la sociedad. La Iglesia, por vocación propia y por su responsabilidad histórica con el pueblo mapuche, no puede omitirse del papel que le corresponde en esta tarea de contribuir al entendimiento y la búsqueda del bien común en el territorio mapuche. Basta recoger las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia para reconocer la violencia permanente sobre las comunidades mapuche en la Araucanía. Desde el despojo de sus tierras y de su autonomía política, la pobreza y la segregación social han herido gravemente a la nación mapuche. En las últimas décadas el daño creciente a la naturaleza y sus criaturas en el territorio ancestral, promovida por una elite empresarial que no se detiene en su afán de lucro, se han convertido en el campo de batalla contra un modelo económico que busca conquistar y colonizar los últimos espacios ancestrales del pueblo mapuche. El Papa francisco nos lo ha dejado claro en su Encíclica Laudato Si’.

7. Sabemos que la inmensa mayoría de la nación mapuche, cada vez más consciente de sus derechos, no está por una solución violenta, pero tampoco acepta la dilación por décadas de sus derechos a la tierra, cultura y autodeterminación. ¿Cómo abordarlo? Los gobiernos han venido fallando sucesivamente. El documento “nuevo Trato” y sus propuestas quedaron en nada. Una vergüenza considerando que era un documento del gobierno chileno y tenía propuestas concretas. Ni hablar de las sucesivas “mesas de diálogo” que los gobiernos de turno han instalado fallidamente.

8. El camino no es fácil, pero debemos intentar reconstruir las confianzas. Es cierto que cuando uno ha sido herido se hace más difícil hablar de cercanía, confianza, reconciliación, paz. Sí, es muy difícil, pero ciertamente si caminamos desde los pasos de la reparación justa podremos hacerlo. Esto es difícil, pero no imposible. Lento, pero no imposible.

9. Creemos que debe haber gestos fundamentales para cimentar esta confianza. Dos gestos fundamentales que desde el Estado pueden allanar los caminos para que “la palabra” venza a la violencia y sea camino de paz:

a) Restitución: Urge concentrar el esfuerzo político del Estado en la restitución de las tierras despojadas y en devolverles su productividad sustentable para las comunidades que desde siempre han vivido de ellas y en ellas reivindican su identidad. Se gasta tanta energía y recursos en buscar culpables de acciones violentas, en vez de invertirlas en una vía factible y dialogada de restitución.

Habrá que presionar políticamente a las empresas a “entregar” o vender esas tierras. Esto implica mucha audacia, pues estas empresas tienen mucho poder, no solo económico, sino también político, pero no parecen ver el efecto de su codicia. Quizás volver a pensar en la expropiación, como último recurso, como se propone en “lnforme de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas”(pag-577) encomendado por el presidente Lagos (2003). Esto serían pasos reales para un nuevo trato. Esta restitución debe ser expresión del perdón que pedimos a los pueblos indígenas y a todos los que han sufrido las consecuencias de la ocupación del territorio mapuche. Necesitamos entender y decirnos a nosotros mismo que nos hemos equivocado; todos, Estado, empresas, sociedad civil, iglesias. Necesitamos pedir perdón por lo mal que lo hemos hecho al construir una sociedad que atropelló y continúa atropellando los derechos de los pueblos

b) Reparación: Esto significa redefinir las políticas de fomento productivo en vista a un territorio con otro paradigma, diferente al meramente económico extractivista. Necesitamos recuperar una mirada sobre “nuestra casa Común” como nos invita el Papa Francisco en su enciclica Laudato Si’, y que los pueblos originarios han estado luchando tanto tiempo por sostener. No basta con tener tierras si las condiciones de desigualdad se mantienen y hacen imposible vivir de la tierra. Para que las familias y comunidades puedan elegir verdaderamente qué tipo de economía quieren tener es necesario hacer un esfuerzo de envergadura para ofrecer alternativas productivas sustentables. La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a producir sus alimentos culturalmente adecuados de forma sostenible, es decir, su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esto consiste por lo menos en destinar los mismos recursos que se han entregado al modelo forestal en un modelo agrícola sustentable. Reparar el daño en lo que sea posible genera nuevas posibilidades de convivencia, es un acto de justicia que trae la paz.

10. Estos pasos gigantes pueden hacer que podamos acercarnos y mirarnos con confianza. Pero implica una fortaleza interior gigante. Confiar es arriesgar. Se trata de confiar y esperar que el resultado sea satisfactorio para todos y no solo para unos pocos. Es creer que sin el otro, por muy distinto que sea, no se puede construir una sociedad fraterna.

Pedro Pablo Achondo SSCC, Rio Bueno
Javier Cardenas SSCC, La Unión
Juan Fuenzalida SJ, Tirua
Carlos Bresciani SJ, Tirua
David Soto SJ, Tirua
Oscar Gutierrez, Alto Biobio
Jaime Riquelme, Alto Biobio
Fernando Díaz svd, JUPIC Araucanía
Hernan Llancaleo, Coordinador Pastoral Mapuche Concepción
Palmira Alcamán, CC de Vedruna, Padre Las Casas.

www.reflexionyliberacion.cl

viernes, 8 de agosto de 2014

El diálogo interreligioso y las oportunidades que nos ofrece.



“No habrá paz entre las naciones sin que haya paz entre las religiones. Y no habrá paz entre las religiones sin un mayor diálogo entre religiones”. (Hans Kung)

Si alguien elige ser religioso/a hoy día, esa persona debe ser religiosa de una manera interreligiosa, es decir, reconociendo que existen otras maneras válidas de ser religioso/a y reconociendo en mayor medida que las religiones del mundo están llamadas hoy día a aprender las unas de las otras, a cuestionarse recíprocamente, y a cooperar mutuamente.

¿Por qué es necesario el diálogo interreligioso, y cuáles son los beneficios que pueden resultar de ese diálogo?

Creo que la urgencia de un diálogo interreligioso, es decir, la urgencia de respetar a los creyentes de otras religiones, aprender de ellos y cooperar con ellos, nace de tres exigencias, o tres imperativos éticos que nuestro mundo contemporáneo hace a cristianos y creyentes de otras religiones. El mundo en que vivimos está globalizado e interconectado como nunca antes lo ha estado, pero éste es también un mundo amenazado y en peligro también como nunca antes. Los peligros y amenazas nacen de la violencia que los seres humanos están cometiendo tanto contra otros seres humanos como contra el medio ambiente. Por tanto, sugiero que consideren que este mundo globalizado pero amenazado está llamando a las personas religiosas a ser: 1) mutuos vecinos interreligiosos, 2) mutuos pacificadores interreligiosos y 3) peregrinos interreligiosos junto a cada uno de nosotros.

Siempre ha habido diferentes religiones en el mundo. La diversidad religiosa no es nada nuevo. Pero, en el pasado, esas religiones distintas permanecían en “su propio vecindario”, es decir, dentro de sus propias fronteras geográficas y culturales. Hoy en día, eso está cambiando. Muchas religiones diferentes se están mudando a los mismos vecindarios. Aquellos que creen de manera distinta, rezan de manera distinta, se visten de manera distinta, ya no viven al otro lado del mundo. Viven en la casa de al lado; trabajamos junto a ellos; sus hijos van al colegio junto a nuestros niños; ciertamente, sus hijos podrían casarse con los nuestros.

Esto significa que lo que llamamos “sociedad civil” está adquiriendo un nuevo carácter. Si durante la segunda mitad del siglo pasado se habló mucho acerca de una “sociedad secular” donde la religión ya no era un factor de consideración, actualmente los académicos hablan de una “sociedad post-secular”, en la cual la realidad de la religión, de muchas maneras distintas, no es sólo una fuerza cultural, sino también geopolítica que debe ser considerada. Actualmente, la comunidad de naciones y cada nación individual se están convirtiendo, cada vez más, en sociedades civiles multi-religiosas.

Si la seguridad de una nación depende de sus ciudadanos, siendo “buenos vecinos” de los demás –es decir, vecinos que no sólo viven dentro de las mismas fronteras, sino que trabajan juntos para hacer que su espacio común sea un vecindario saludable, limpio, seguro, salvador para todos– entonces tendremos que ser buenos vecinos multi-religiosos de los demás. Se nos pide que trabajemos con los demás, seamos amigos de los demás, como personas que encuentran el significado de la vida de maneras muy distintas, basadas en libros religiosos muy diferentes, siguiendo a líderes religiosos muy diferentes, quienes presentan imágenes muy distintas de lo que es lo Último en la vida. Se nos llama a formar una sociedad civil, un vecindario funcional, a partir de diferentes comunidades religiosas. Si queremos ser “buenos vecinos” de los demás, si esperamos ser “buenos vecinos” de los demás, tenemos que lograr serlo de manera interreligiosa.

Y aquí viene la parte difícil, el verdadero desafío. Ser buenos vecinos multi-religiosos requiere de algo más que tolerancia. Por favor entiendan que no estoy degradando la tolerancia. Dios sabe que necesitamos más de ella entre las comunidades religiosas de nuestro mundo. Tolerancia significa que vivamos religiosamente y dejemos que otros vivan religiosamente, que permitamos que nosotros y los demás seamos religiosos de la manera en la que queramos serlo. Pero la tolerancia implica que lo hacemos a regañadientes. Aquello que dejamos que ocurra, desearíamos que no viviera, al menos no en la casa de al lado.

Por ello, para ser buenos vecinos de múltiples credos, la tolerancia no es suficiente. Para formar un vecindario o una nación a partir de diferentes comunidades religiosas tenemos que reconocer y aseverar –en nuestro pensamiento y en nuestro sentir- no sólo la existencia sino la validez de las otras comunidades religiosas. Nosotros los cristianos debemos ser capaces de mirar a nuestros vecinos musulmanes y no solamente reconocer que son musulmanes; debemos estar contentos de que sean musulmanes. Una sociedad civil multi-religiosa funcional requiere que cada comunidad religiosa asevere que las demás religiones tienen un lugar tan válido en nuestro mundo como el propio. Para ser buenos vecinos interreligiosos, debemos regocijarnos en y celebrar las diferentes identidades religiosas.

Lo que propongo aquí es que en nuestra comunidad mundial multi-religiosa y en nuestras naciones multi-religiosas, tenemos que aseverar la igualdad de derechos de las religiones, y eso significa la igualdad de validez de las religiones. Creo que de buen grado reconocemos que una nación que afirma ser una democracia no puede funcionar sin que haya igualdad de género y de raza. Afirmar que Dios ha hecho al hombre superior a la mujer, o afirmar que Dios ha establecido a la raza blanca como superior a la raza negra o a las razas mestizas es socavar las posibilidades mismas de una democracia funcional. Lo mismo debe decirse de las religiones: en una nación multi-religiosa que afirma ser una democracia, decir que Dios ha hecho de una religión –generalmente el cristianismo– la única religión verdadera o superior sobre las demás es contrario a sus valores democráticos. No puedo ser un conciudadano de alguien si creo que mi raza es superior a la suya; sugiero que lo mismo es cierto si pienso que mi religión es inherentemente superior a la de otra persona.

¿Pueden los cristianos estar de acuerdo con tal entendimiento de una sociedad civil inter-religiosa? ¿Pueden los cristianos reconocer la validez de otras religiones?

Debemos ser pacificadores interreligiosos con los demás

Nosotros los cristianos, por supuesto, debido a nuestras identidades mismas, estamos llamados a ser pacificadores. Pero actualmente, en cierto sentido, eso no resulta suficiente. Debemos ser pacificadores interreligiosos. Este reto se ha vuelto mucho más apremiante después de los sucesos del 11 de septiembre de 2001. La violencia de ese día, y la violencia que ha seguido a ese día, han encarnado y resaltado lo que está ocurriendo en muchas otras partes del mundo: la religión –que significa creencias y valores religiosos– está siendo usada para fomentar, justificar e intensificar la violencia de algunas personas contra otras. Aunque a través de la historia humana siempre ha habido violencia en nombre de la religión, tal violencia parece ser hoy en día más amenazadora de lo que lo que ha sido. Algunos analistas políticos y algunos políticos en posiciones de poder sostienen que la religión está alimentando un enfrentamiento entre civilizaciones, civilizaciones ahora con armas más devastadoras de lo que jamás se haya imaginado. Con esto no se está diciendo que la religión per se causa violencia. Pero la religión a menudo es la mecha que enciende las tensiones políticas, económicas o éticas combustibles; o la religión es la leña que permite que las llamas de la guerra ardan con mayor intensidad y ferocidad.

Las personas religiosas, sobre todo cuando estas personas religiosas son vecinas, que ven que su religión es empleada para justificar la violencia terrorista de estrellar aviones contra edificios, o para justificar la violencia militar de arrojar bombas sobre otros pueblos, deben ponerse de pie y hacer algo respecto a cómo sienten que su religión y sus valores religiosos están siendo explotados y abusados. El rabí Jonathan Sacks, en su maravilloso libro La dignidad de la diferencia, enuncia el reto que los vecinos religiosos se plantean entre sí:


…los creyentes religiosos no pueden hacerse a un lado cuando las personas son asesinadas en el nombre de Dios o por una causa sagrada. Cuando la religión es invocada como justificación para el conflicto, las voces religiosas deben alzarse en protesta. Debemos ocultar el hábito de la santidad cuando es buscado como manto para la violencia y el derramamiento de sangre. Si la fe es enlistada en la causa de la guerra, debe haber una contravoz igual y opuesta en el nombre de la paz. Si la religión no es parte de la solución, ciertamente será parte del problema.

Sacks sugiere que la tarea de afrontar la violencia en nombre de nuestra religión es un problema que no podemos manejar nosotros solos. Necesitamos de la ayuda de otras religiones, así como nosotros podríamos ayudarlas, para ver cómo la religión propia está siendo abusada y por qué los líderes políticos se están apropiando de ella.

Se les está preguntando a los cristianos, como se les está preguntando a todos los creyentes religiosos, si pueden ser pacificadores interreligiosos. Nuestra respuesta es un entusiasta “¡Por supuesto que podemos!”. Pero como voy a señalar, tal disposición positiva podría plantearnos exigencias inesperadas.

La tercera razón por la cual el diálogo interreligioso es necesario va más allá de las dos razones que hemos considerado hasta este punto: la necesidad cívica de ser buenos vecinos con los demás y la necesidad política de ser pacificadores conjuntamente. La tercera razón llega hasta las profundidades de quiénes somos como personas religiosas, como personas que han llegado a conocer o a confiar, a través de Jesucristo, que hay una Realidad que tanto nos trasciende en el misterio como nos abraza en intimidad. Esta es una razón que se vuelve clara a medida que llegamos a conocer otras religiones y, sobre todo, al hacernos buenos amigos y vecinos de personas que transitan por distintos caminos religiosos.

Estoy intentando llegar a la conciencia, o a la feliz inquietud, que más y más cristianos están sintiendo. Nosotros los cristianos nos estamos dando cuenta de que cuando tomamos el pluralismo religioso con seriedad como una de las apremiantes “señales de los tiempos”, cuando intentamos ser buenos vecinos y compañeros pacificadores junto a personas de otros credos, encontramos que somos capaces de experimentar y aprender cosas acerca de Dios y acerca de nosotros mismos y de nuestro mundo que nunca podríamos haber aprendido solos. ¡Nuestra relación con los demás es una manera de ahondar nuestra propia espiritualidad!

Como lo expresó Edward Schillebeeckx, estamos llegando a aceptar el hecho de que hay más verdad en todas las religiones juntas que en cualquiera de ellas por separado.

El diálogo interreligioso nos ofrece la oportunidad de ser compañeros peregrinos de los musulmanes, judíos, budistas, hindúes, las espiritualidades indígenas, al explorar y descubrir cada vez más del Misterio que llamamos Dios, un Misterio que tiene muchos nombres, y cuya integridad ninguna religión podrá abarcar completamente.

Por tanto, lo que sugiero es “la urgencia” de un diálogo interreligioso, es “la oportunidad” de profundizar y enriquecer nuestras propias identidades y comunidades religiosas. Sugiero que tales oportunidades pueden enfocarse bajo dos enunciados: la oportunidad de una nueva comprensión de lo que significa ser Iglesia y lo que significa estudiar y enseñar teología.

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sábado, 2 de agosto de 2014

La espiritualidad de cada día.



Joxe Arregi, teólogo

En este clima de silencio contemplativo, a través de la escucha, del silencio o del mantra, como una especie de compendio fundamental de lo que hemos visto en días anteriores, hoy os propongo centrarnos en la espiritualidad de cada día, porque cada día es lo decisivo.
La espiritualidad creo que es una necesidad y una urgencia cada vez más sentida en nuestro mundo occidental con su ritmo vertiginoso, con su sentimiento de amenaza o de cierto vacío o de vértigo incluso ante el futuro. Necesitamos espiritualidad. Siempre fue necesaria y hoy la sentimos más, me atrevo a decir, justo en el momento en que los templos se han vaciado y se van a vaciar. Dentro de veinte años yo imagino todos los templos vacíos en Europa. ¿Os asusta? Es así. Pero la espiritualidad no ligada al templo es una de las consecuencias fundamentales de ese paradigma nuevo del que hablamos, que no consiste solamente en que ahora pensamos sobre Dios de otra forma. Está dándose en la sociedad una manera de vivir que lleva a una forma de espiritualidad laica.

¿Qué significa espiritualidad laica? Significa como mínimo, mínimo -y creo que necesario tenerlo en cuenta – espiritualidad en una sociedad laica, espiritualidad que acepta la laicidad. ¿Qué significa laicidad? No significa que no hay sitio para las religiones en la vida pública. De hecho, cada vez tienen menos sitio, pero “laicidad” no quiere decir que la religión desaparece de la sociedad, sino que las instituciones religiosas ya no tienen el monopolio de la verdad y del bien, de lo que hemos de creer y de lo que hemos de hacer. Las religiones han perdido ese control dejando de ser garantía de verdad y de bien y lo tenemos que asumir en nuestra espiritualidad no solo como una situación de hecho, sino como algo positivo, una situación de derecho.

Espiritualidad laica significa también espiritualidad no ligada o identificada con lo que se llama vida religiosa, con ser fraile, cura, monja… No. El clero, los monasterios y la vida religiosa, de alguna forma, en nuestra tradición occidental cristiana han secuestrado la espiritualidad hasta el punto de que religiosidad, y más aun espiritualidad, significaban vida religiosa en conventos con votos, o vida clerical. Esos eran los que vivían la espiritualidad. Espiritualidad laica significa, pues, también espiritualidad emancipada de la tutela de la vida religiosa institucional, de las órdenes religiosas, de las formas monacales y del privilegio “teológico” de los votos. Yo he sido religioso y sacerdote hasta los 57 años. En realidad, hacía muchos años que había dejado de creer en ese sistema, en el que la vida religiosa se creía con un privilegio. Éramos un estamento religioso superior. Ya lo decía S. Anselmo de Canterbury, en el siglo XI: “La virginidad es oro, la continencia plata y el matrimonio cobre. La virginidad es opulencia, la continencia medicina, el matrimonio pobreza. La virginidad es paz, la continencia rescate, el matrimonio cautiverio”. Eso ha marcado mucho. En definitiva, lo que ha caracterizado a la llamada vida religiosa canónica ha sido la virginidad. Era eso lo distintivo, porque en cuanto a pobreza yo he visto más pobreza fuera de los conventos que dentro. Había más pobreza en nuestro caserío que en el seminario de Arantzazu, que era bien pobre. En cuanto a la obediencia, la verdadera obediencia es la convivencia en el día a día en la familia, con la pareja, en el trabajo. La obediencia al superior en los conventos no es más exigente que eso… Han sido otros moldes y hace tiempo que se ha superado esa superioridad teológica de los votos canónicos. A mí me parece que ese formato de vida religiosa canónica va a ir desapareciendo. Y no penséis que lo digo porque estoy fuera. Eso lo escribí hace 30 años.

Espiritualidad laica significa también – y creo que esto es igualmente esencial- una espiritualidad emancipada de las formas llamadas religiosas. Esto es algo bastante nuevo en la cultura y sociedad occidental, pero es lo que va a ir desarrollándose. Una espiritualidad que no tiene por qué estar acompañada de creencias, ritos y normas morales “religiosamente” fundadas, ni inspirada en los textos llamados tradicionalmente religiosos. Si a uno le inspira una música, esa música es espiritual. Que sea espiritual no depende de que hable de la Virgen o sea una misa de Mozart. No depende de esas formas religiosas. Cada vez más estamos llamados a abrirnos a una espiritualidad no ligada a lo religioso. Eso significa espiritualidad laica. De la misma manera que en los ritos fundamentales de la vida (como el nacimiento, la boda, la muerte) ya se están desligando de formas religiosas tradicionales. La gente se casa espiritualmente también en la montaña o en el ayuntamiento. Pueden celebrar espiritualmente el nacimiento de un hijo sin bautizarlo. La muerte se acompaña y el duelo se hace espiritualmente sin funerales en la parroquia con misa. Claro que una sociedad laica tiene el reto de crear sus propias formas desligadas de las tradicionales formas religiosas pero que sean inspiradoras para esos momentos fundamentales de la vida. Esto es un reto importante. ¿De qué se trata? La espiritualidad es el arte de vivir, de respirar, de acoger y de infundir espíritu, como “luz que penetra las almas y fuente del mayor consuelo” eso es fundamental y estamos llamados a vivirlo con formas religiosas o no.

1ª parte: Creer en el Espíritu Santo.

Os leeré alguna cosa y después pasaremos a hacer un silencio. Cree en el Espíritu Santo, no en el dogma del Espíritu Santo sino en ese espíritu o aliento vital que mora en nosotros y que suscita y crea la confianza en las horas oscuras. El, ella, ello más allá de todo género mora en ti, tú moras en él, en ella, en ello. Es tu huésped y tú el suyo, aunque no aciertes a acogerlo o acogerla, siempre te acoge y te cobija dulcemente como una madre.

Es importante ahondar esta vivencia, se crea o no en el dogma de la divinidad del Espíritu Santo, en tercera persona de la Santísima Trinidad, que es lo de menos. Espíritu vital, figura de energía o aliento. Eso es lo fundamental.

Es espíritu de verdad y de consuelo, que consiste en que tenemos un suelo firme en medio de todas nuestras incertidumbres y complejidades; espíritu de la fidelidad, de la paciencia de todos los días. Cree siempre en ese espíritu que tú tienes que acompañar y ser su voz, que pugna en ti por hacerse carne y manifestarse en el corazón que vibra en palabras de verdad, de consuelo, en actitud de paciencia consigo mismo, con los demás, con la lentitud para la renovación del mundo. Cree en ese espíritu que está activo en la raíz de cuanto es.

Vamos a hacer 10 minutos de silencio. Podéis tomar como mantra que acompaña a vuestra inspiración y espiración: “Luz que penetra las almas” mientras inspiramos, y ”fuente del mayor consuelo” mientras espiramos.
2ª parte: Mirada nueva de cada día.

Aprender a mirar de nuevo y mirar cada día todo de manera nueva. La espiritualidad puede resumirse también en todos los demás sentidos, porque la mirada no se refiere solamente a la mirada física. ¡Menudo milagro es el hecho de poder ver! No significa que nosotros veamos las cosas como son o que sean como las vemos. Los pájaros ven el mundo de otra manera. ¿Cómo es? ¿Como lo vemos nosotros o como lo ven los pájaros? Como lo vemos nosotros, pero también como lo ven los pájaros, los peces, los animales de noche… ¿cómo es la realidad? ¿a la luz del día o en la oscuridad de la noche?. Es de una forma y de otra. Nadie ve las cosas como son, porque son también como las ve cada uno, pero también como las ve el otro. Cada especie animal ha desarrollado un sistema de visión para orientarse, que es una obra de suma sabiduría y de suprema ingeniería. Ni los drones ni nada parecido todavía han igualado el sistema que los murciélagos tienen para ver o para sentir. Son casi ciegos, no tienen ojos como nosotros ni como los peces, pero tienen un sistema de radar casi perfecto. Se trata de diversos sistemas de adaptación, y la realidad es infinitamente más que la manera como nuestros ojos siendo tan maravillosos la ven.

Aprende a oler. Si tienes el sentido del olfato reducido, no importa. Aprende a tocar: tenemos órganos sensoriales, células de la piel que transmiten información, ¡qué maravilla! Yo toco algo y las células de la piel transmiten una información muy precisa e instantánea a mi cerebro sobre lo que toco. Si yo no tuviese esas células en mi piel me moriría enseguida, porque lo mismo me quemaría en una hoguera que me congelaría en un lago helado. Gracias al tacto nos podemos cuidar. Espiritualidad también es eso: tocar, palpar, sentir…

Y lo mismo el gusto, ¡qué maravilla el sabor de lo que comemos! Sabiduría y sabor tienen la misma raíz. Aprecia el sabor de lo que comes en vez de estar siempre escuchando la radio, viendo la TV, discutiendo con la pareja o con los hijos o consigo mismo, que es peor. No. Come. Espiritualidad de la vida, de la tierra, del cuerpo, de los sentidos, de la sensibilidad. Podemos, pues, fijarnos en la mirada o en cualquier otro sentido.

Mirar, mirar. Jesús dijo –seguramente es un dicho histórico-: “dichosos vuestros ojos porque ven lo que ven, porque muchos profetas y padres quisieron ver lo que vosotros veis y no lo podían ver”. Jesús tenía conciencia de que algo decisivo estaba teniendo lugar: transformación, liberación, curación, comensalía, que nadie fuese excluido de la mesa, que nadie tuviese hambre. Eso iba a suceder enseguida. Estaba profundamente convencido y atraído por ese horizonte. ¿No sucedió? No de la manera en que él lo imaginaba, pero esa fe profunda, que no consiste en creer que iba a suceder sino en adherir profundamente a ese horizonte, ese deseo y compromiso vital hizo que él practicara la comensalía, que sanara enfermedades, que diera confianza, que devolviera la dignidad a la gente despreciada y humillada por tantos motivos, que hiciera levantar la cabeza…

Pues eso es lo que veía Jesús como algo que estaba sucediendo ya. “Dichosos vosotros porque veis”. También se podría decir: el que sabe ver siempre es dichoso. Espiritualidad es saber ver. Saber mirar en paz, que no significa decir que todo está bien como está. No. O no meterme en líos, no. O no denunciar lo que está mal y es intolerable, no. O decir: todo está perfectamente como está. No, no. Mirar en paz es infundir paz, desenmascarar la mentira, la injusticia, el daño, transformar en paz lo que no es paz. No está escrito lo que haya que hacer para transformar en paz, pero solamente se puede transformar desde el impulso profundo y desde la adhesión profunda al Shalom, al Salam, a la paz. Mirar en paz.

Mirarlo todo como nuevo cada vez como auténtico milagro. A alguien le molesta que se pongan en duda los milagros. Para mí no existe el milagro de que dos panes se conviertan de repente en mil o que alguien vaya a Lourdes con una pierna y vuelva con dos. Sí sucede, en Lourdes o en tantos otros lugares, que uno va deprimido, desanimado por su enfermedad, cualquiera que sea, y allí encuentra consuelo y sale reconfortado, reconfortada. El milagro es eso, pero para eso no hace falta ir a Lourdes. Que yo sienta desaliento y pueda volver a ponerme en pie y seguir avanzando a pesar de todo. Eso es milagro: que cada día salga el sol, que haya primavera y otoño, cada átomo de aire y agua. Cada brizna de hierba es milagro, cada mota de polvo es milagro. Todo es milagro. Mira todo con esa novedad de lo milagroso, la plenitud en cada parte por ínfima que sea. Eso es la resurrección en la vida, la eternidad en el presente, en cada instante, eso es ver a Dios en todo. El todo que no es la suma de las partes, no. El todo viviente en cada parte. Eso es saber mirar. Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, pero a nadie le está vedado el ver.

San Ignacio de Loyola cuenta en su autobiografía una experiencia que tuvo en Manresa, junto al río Cardener. (No hace falta que la experiencia sea extraordinaria, puede darse de muchas formas: con vivencias especiales fuertes, normales, cotidianas). Fue una experiencia que le marcó para toda la vida. El dice que desde entonces veía todas las cosas como nuevas.

Hacemos 10 minutos de silencio. Al inspirar vamos a decir dichosos tus ojos. Y al espirar porque ven lo que ven.

Tal vez mejor, mientras respiramos profundamente, vemos, miramos y lo vemos todo como nuevo.

3ª parte: Libre de formas religiosas

En esta tercera parte voy a abordar algo que me parece fundamental para esta espiritualidad libre de formas religiosas, en una sociedad liberada de tutelas o de monopolios de verdad y de bien. Por eso es una sociedad mucho más arriesgada, porque antes ya nos decía la Iglesia lo que se podía ver en la televisión. Lo decidían los obispos en España, pero eso se acabó. En una generación se ha transformado la sociedad, y no solo porque murió Franco. Si no se hubiese transformado la sociedad, Juan Carlos I hubiese seguido con el régimen de Franco. No solamente murió Franco, sino que vivimos en otro mundo y por lo tanto no se pueden mantener determinados esquemas tradicionales que siguen siendo como muy absolutistas. Eso se ha acabado.

Yo no creo en la mala voluntad de nadie, y tampoco puedo decir que las cosas son solo como yo las veo, pero hay un cúmulo de datos que aseguran que realmente vivimos en otro universo. Desde las ciencias físicas a las ciencias humanas pasando por la biología. La filosofía y buena parte de la teología ha ido también cambiando, aunque en los últimos años la teología ha vuelto al pasado. Todo nos indica que el universo cultural ha cambiado y va a seguir cambiando. El universo físico está cambiando continuamente y la cultura también ha cambiado.

No creo que se trate de mala voluntad sino de error de enfoque o de visión cuando las instituciones religiosas todavía quieren seguir funcionando como si la cultura no hubiese cambiado desde hace 50 años. Eso es hacer un grandísimo daño al espíritu que alienta en este mundo, en esta cultura. Nos enzarzamos en peleas intestinas, en discusiones eclesiásticas, ridículas, pero me parece que lo grave que está sucediendo es que estamos impidiendo a toda una generación, que son los niños de hoy pero también los adolescentes de hoy, los universitarios de hoy, los jóvenes adultos de hoy (que no se casan entre otras cosas porque no disponen de una casa donde ponerse a vivir, emancipados)… a toda una sociedad en masa desde los 55 ó 60 años para abajo se le está impidiendo respirar espiritualidad por el empeño de las grandes instituciones religiosas dominantes que siguen pensando que el mundo es como lo veíamos hace 60 años. Es un error de visión.

Este tercer momento lo quiero centrar en otro de los aspectos fundamentales de la espiritualidad cotidiana en esta cultura, que tiene que ver no ya con que tú acates lo que te dice un obispo o el papa o tu teólogo de preferencia, no. Tiene que ver con que tú creas en ti misma, en ti mismo a fondo, con que tú creas que puedes, y que extraigas agua de tu propio pozo. Lo cual no significa que se las apañe cada uno y se desentienda de todos los demás. No tiene nada que ver con ese individualismo. Peligro de individualismo claro que hay, pero si realmente tú extraes agua de tu propio pozo dirás: esta agua no es mía, me viene, ¿de dónde me viene? Es el agua que sacia la sed de mi hermana, de mi hermano, hay que cuidarla… Solamente podemos sentirnos hermanas y hermanos de otros cuando ahondamos en nuestro propio pozo y cuando nos sentimos responsables del otro, cuando creemos en nosotros mismos a fondo y, si no, el individuo se ahoga en los colectivos y en las instituciones frías que no consiguen salvaguardar el agua viva y la espiritualidad del respiro.

Quiero decir que para esta espiritualidad, en esta sociedad, es muy importante, fundamental, que te convenzas de que tú puedes. Cree y espera en ti misma, en ti mismo. La esperanza en sí misma, en sí mismo, en el mundo, en el universo, en la vida, en Jesús el Viviente, en Dios… no son esperanzas yuxtapuestas, pero tampoco son esperanzas superpuestas en niveles: más bajo, más alto… No, no; todo está co-implicado como en la vida, como en la trama de la realidad universal. De modo que si esperas a fondo en ti misma estás realizando la esperanza en Dios. La cuestión es vivir a fondo. Tú puedes cuidar esa esperanza como tu propio aliento vital. Tú puedes no desistir. Algunos días nos sentimos incapaces de seguir. Tú puedes recuperar tu aliento vital y seguir caminando humildemente, confiadamente, activamente. Tú puedes hacer que el mundo sea otro.

¿Cómo puedo hacer que el mundo sea otro? Sí, igual que Jesús, haciendo las cosas que hizo Jesús. Esa es tu vocación y en la medida en que creas en ti misma, en ti mismo, desde una profunda reconciliación con tu límite y tu realidad, nuevas posibilidades pueden ir abriéndose en ti y no hace falta que llegues a nada, que logres nada, sino que todavía puedas recuperar la paz y la fe en ti misma, en ti mismo.

Tú puedes procurar un granito de arena para la construcción de un mundo mejor. No quieras nada más. Tú puedes aportar un granito de trigo para amasar el gran pan sabroso de la mesa común de todos los vivientes. Tú puedes beber agua de tu propio pozo. Tú puedes vivir las Bienaventuranzas de Jesús, sentirte dichosa, dichoso, siendo pobre, manso, misericordiosa, misericordioso, pacífico, constructor de paz. Tú puedes ser buen samaritano, buena samaritana, cuidar, curar, sanar, salvar. Eso es ser como Dios, ser Dios, ser Jesús. Tú puedes, pero no te exijas. Cree y deja que suceda pero, en la medida que puedas, no te cierres nunca en tu desaliento y sé muy paciente con tu desaliento y con tu falta de paciencia y no te avergüences nunca de nada de lo que hay en ti. No te instales nunca en nada de lo conocido, de lo creído, de lo logrado. Decía Martínez Lozano en uno de sus mensajes recientes: “La persona que cambia puede equivocarse, pero la que no cambia nunca vive siempre equivocada”.

Claro que sí, podemos equivocarnos, pero la persona que no cambia nunca vive equivocada porque la vida es devenir y transformación constante y movimiento permanente, como un río. Heráclito dijo aquello de que nadie se baña dos veces en el mismo río porque el río va cambiando constantemente y querer aferrarnos a lo que pensamos, creímos, a lo que nos dio seguridad, eso es asfixiar la vida.
A modo de conclusión, voy a terminar leyéndoos un texto precioso de Patxi Ezkiaga:

“Una hermosa mañana, cansado de vivir, aburrido de la rutina de cada día, salí en busca de la felicidad. Mientras iba caminando vi el fulgor rojo de las amapolas en los campos, la blancura de las margaritas, el azul intenso de los lirios. Hice un ramillete pero el intenso calor me lo secó y marchitó al momento. Esto no puede ser la felicidad, me dije a mí mismo.

Algo más adelante, me adentré en el bosque y vi los rayos de sol que desgarraban la oscuridad. Corrí hacia la luz para que me inundara pero nada más llegar una nube cruzó el cielo y apagó la luz que yo quería abrazar. Tampoco esto puede ser la felicidad, dije para mis adentros.

Oi el murmullo de un riachuelo. Allí, en un banco de la orilla, vi un violonchelo metido en su estuche. Traté de arrancarle una bella melodía pero el cello sólo lanzó un sonido parecido a un sollozo. Tampoco esto puede ser la felicidad, pensé.

Cansado de vivir, aburrido de la rutina de cada día, regresé a casa con las manos vacías. Al día siguiente me eché otra vez al camino. Tan pronto como di mis primeros pasos vi a una niña llorando a la vera del camino. Cogí una roja amapola con la blanca margarita y un lirio azul y se las regalé para que se consolara.

Un poco más lejos vi a un anciano que tiritaba de frío a la entrada del bosque…..Cogí los rayos de sol en mis manos y se los di al anciano para que entrara en calor. Por fin, sentado junto al arroyo, vi a un chico joven que cantaba, cogí el cello y empecé a tocarlo para acompañar su canción. La sonrisa de la niña, el calor del anciano y la melodía del joven fueron para mí perfume, paz y alegría en brazos de una felicidad redescubierta”

(*) Apuntes personales a partir de la grabación de la última meditación de los ejercicios celebrados en Oharriz (Navarra) del 20 al 26 de julio de 2014.

Oharriz (Navarra) 26 de julio de 2014

jueves, 28 de febrero de 2013

Despertar en nosotros el poder del espíritu.


La elección de un nuevo Papa y el Espíritu Santo. 
por Ivone Gebara


Después de la encomiable actitud del anciano Benedicto XVI renunciando al gobierno de la Iglesia Católica Romana han aparecido entrevistas con algunos obispos y sacerdotes en estaciones de radio y televisión en todo el Brasil. Sin duda, un evento de tanta importancia para la Iglesia Católica Romana es noticia y conduce a predicciones, elucubraciones de todo tipo, principalmente de sospechas, intrigas y conflictos dentro de los muros del Vaticano, que habrían acelerado la decisión del Papa.

En el contexto de las primeras noticias, lo que me llamó la atención fue algo a primera vista pequeño e insignificante para los analistas que tratan asuntos del Vaticano. Se trata de la forma como algunos sacerdotes entrevistados, o sacerdotes conductores de programas de televisión, respondieron cuando se les preguntó sobre quién sería el nuevo Papa, saliendo por la tangente. Se referían a la inspiración del Espíritu Santo, o a su voluntad, como si fuera el elemento del que dependería la elección del nuevo romano pontífice. Nada de pensar en personas específicas para responder a las situaciones mundiales desafiantes, nada para despertar una reflexión en la comunidad, nada de hablar de los problemas actuales de la Iglesia que la han llevado a un significativo marasmo, nada de escuchar los clamores de la comunidad católica por la democratización de las estructuras anacrónicas que sostienen a la iglesia institucional.

La formación teológica de estos sacerdotes comunicadores no les permite salir de un discurso trivial y abstracto, ya bien conocido, que continúa recurriendo, como explicación, a fuerzas ocultas, y así, en cierta forma, confirman su propio poder. La continua referencia al Espíritu Santo a partir de un misterioso modelo jerárquico es una forma de camuflar los verdaderos problemas de la Iglesia y una forma de retórica religiosa para no revelar conflictos internos que ha vivido la institución.

La teología del Espíritu Santo continúa siendo para ellos mágica; expresa explicaciones que ya no pueden hablar a los corazones y a las conciencias de muchas personas que valoran el legado del Movimiento de Jesús de Nazaret. Es una teología que sigue provocando la pasividad del pueblo creyente ante las múltiples dominaciones, incluída la manipulación religiosa. Continúan repitiendo fórmulas… como si éstas satisficiesen a la mayoría de la gente.

Me entristece el hecho de comprobar una vez más que los religiosos y algunos laicos que trabajan en los medios de comunicación no perciben que estamos en un mundo en el que los discursos tienen que ser más asertivos, y que tienen que basrse en referencias filosóficas consistentes, más allá de la tradicional escolástica. Un referencial humanista los haría mucho más comprensibles para el común de las personas, incluidos los no católicos y no religiosos. La responsabilidad de los medios de comunicación religiosos es enorme e incluye la importancia de mostrar cómo la historia de la Iglesia depende de las relaciones e interferencias de todas las historias de los países y de las personas individuales.

Ya es tiempo de abandonar ese lenguaje metafísico y abstracto, como si un Dios fuese a ocuparse especialmente de elegir al nuevo Papa, independientemente de los conflictos, desafíos, iniquidades y cualidades humanas. Ya es hora de afrontar un cristianismo que admita el conflicto de las voluntades humanas. Es hora de reconocer que, al final de un proceso electivo, no siempre la elección realizada puede ser considerada como la mejor para el conjunto. Hay que afrontar la historia de la Iglesia como una historia construida por nosotros, todos y todas, y de testimoniar respeto para nosotros mismos/as mostrando la responsabilidad que tenemos todas/os los que nos consideramos miembros de la comunidad católica.

La elección de un nuevo Papa es algo que tiene que ver con el conjunto de las comunidades católicas esparcidas por todo el mundo y no sólo con una élite de edad avanzada, minoritaria y masculina. Por lo tanto, es necesario ir más allá de un discurso justificativo del poder papal, y enfrentarse a los problemas y desafíos reales que estamos viviendo. Sin duda, para esto las dificultades son muchas, y abordarlas requiere nuevas convicciones y un deseo real de promover cambios que favorezcan la convivencia humana.

Me preocupa, una vez más, que no se discuta más abiertamente el hecho de que el gobierno de la Iglesia institucional sea entregado a personas ancianas que, a pesar de sus cualidades y sabiduría, ya no son capaces de hacer frente con vigor y desenvoltura los desafíos que estas funciones demandan. ¿Hasta cuando la gerontocracia masculina papal será como un doble de la imagen de un Dios, blanco, anciano y de barbas blancas? ¿Habría alguna posibilidad de salir de este esquema, o al menos de iniciar una discusión de cara a una futura organización diferente? ¿Habría alguna posibilidad de abrir esta discusión en las comunidades cristianas populares que tienen derecho a la información y a una formación cristiana más ajustada a nuestros tiempos?

Sabemos en qué medida la fuerza de la religión depende de desafíos y comportamientos que son fruto de convicciones capaces de sostener la vida de muchos grupos. Sin embargo, las convicciones religiosas no pueden reducirse a una visión estática de las tradiciones, ni a una visión deliberadamente ingenua de las relaciones humanas. Las convicciones religiosas, igualmente, no pueden reducirse a la ola de las más variadas devociones que se propagan a través de los medios de comunicación. Es más, no podemos seguir tratando al pueblo como ignorante e incapaz de formular preguntas inteligentes y astutas en relación con la Iglesia. Sin embargo, estos sacerdotes comunicadores creen estar tratando con personas pasivas, entre ellas muchos jóvenes que mantienen un culto romántico alrededor de la figura del papa. Los religiosos mantienen esta situación, a menudo cómoda, por ignorancia o avidez de poder. Probar la interferencia divina en decisiones que la Iglesia Católica Jerárquica, prescindiendo de la voluntad de las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo es un ejemplo flagrante de esta situación. Es como si quisieran reafirmar erróneamente que la Iglesia es, en primer lugar, el clero y las autoridades cardenalicias a las cuales habría conferido el poder de elegir un nuevo papa, y que ésa es la voluntad de Dios. A los millones de fieles les corresponde sólo orar para que el Espíritu Santo escoja al mejor, y esperar a que el humo blanco anuncie una vez más el habemus papam.

De manera hábil, por el recurso a fuerzas superiores que dirigirían la historia y, la Iglesia siempre están tratando de hacer que los fieles ignoren la verdadera historia, y que no puedan plantearse su responsabilidad colectiva. Es una lástima que estos formadores de opinión pública estén viviendo todavía en un mundo que es teológicamente, y tal vez incluso históricamente, pre-moderno, donde lo sagrado parece separarse del mundo real y situarse en una esfera superior de poderes a la que sólo unos pocos tienen acceso directo. Es desolador ver cómo la conciencia crítica en relación a sus propias creencias infantiles no haya sido despertada, para su bien personal y en beneficio de la comunidad cristiana. Parece que hasta rescatamos los muchos obscurantismos religiosos de épocas pasadas, mientras que el Evangelio de Jesús, por el contrario, continuamente convoca a la responsabilidad común de unos con los otros.

Conociendo las muchas dificultades afrentadas por el Papa Benedicto XVI durante su corto ministerio papal, las empresas de comunicación católica sólo destacan sus cualidades, su entrega a la Iglesia, su inteligencia teológica, su pensamiento vigoroso, como si quisieran, una vez más, ocultar los límites de su personalidad y de su postura política, no sólo como Pontífice, sino también, como presidente por muchos años de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio. No permiten que las contradicciones humanas del hombre Joseph Ratzinger aparezcan, y que su intransigencia legalista o el trato castigdor que caracterizaron parcialmente su persona sean recordadas. Hablan desde su elección, principalmente como un papado de transición. No hay duda que es así. Pero, ¿transición hacia dónde?

Me gustaría que la encomiable actitud de renuncia de Benedicto XVI pudiese ser vivida como un momento privilegiado para convidar a las comunidades católicas a repensar sus estructuras de gobierno y los privilegios medievales que esta estructura conlleva. Estos privilegios, tanto del punto de vista económico, como político y socio-cultural, hacen aparecer al papado y al Vaticano como un Estado masculino aparte. Pero un Estado masculino con representación diplomática influyente y servido por miles de mujeres en todo el mundo, en las diferentes instancias de su organización. Este hecho nos invita también a reflexionar sobre el tipo de relaciones sociales de género que este Estado continua manteniendo en la historia social y política actual.

Las estructuras pre-modernas que todavía conserva este poder religioso necesitan ser confrontadas con los anhelos democráticos de nuestros pueblos en la búsqueda de nuevas formas de organización que se correspondan mejor con los tiempos y grupos plurales de hoy. Ess estructuras deben ser confrontadas con las luchas de las mujeres, de las minorías y las mayorías raciales, de personas de diversas orientaciones sexuales y opciones, de pensadores, científicos y trabajadores de las más variadas profesiones. Necesitan ser reelaboradas en la perspectiva de un mayor y más fructífero diálogo con otros credos religiosos y con las sabidurías esparcidas por todo el mundo.

Y, para terminar, quiero volver al Espíritu Santo, a este Viento que sopla en cada una/o de nosotros. Este aliento en nosotros es más grande que nosotros. Nos aproxima y nos hace interdependientes con todos los vivientes. Un soplo de muchas formas, colores, sabores e intensidades. Soplo de compasión y de ternura, soplo de igualdad y de diferencia. Este aliento o soplo no puede ser utilizado para justificar y mantener estructuras privilegiadas de poder y tradiciones antiguas o medievales, como si se tratara de una ley o una norma indiscutible e inmutable.

El viento, el aire, el espíritu sopla donde quiere y nadie debe atreverse a querer ser ni por una sola vez su dueño. El espíritu es la fuerza que nos acerca a unos con otros, es la atracción que permite nos reconozcamos como semejantes y diferentes, como amigas y amigos, y que juntos/as busquemos caminos de convivencia, de paz y de justicia.

Estos caminos del espíritu son los que nos permiten reaccionar ante las fuerzas opresivas que nacen de nuestra propia humanidad, los que nos llevan a denunciar a las fuerzas que impiden la circulación de la savia de la vida, quienes nos llevan a des-cubrir los secretos ocultos de los poderosos. Por tanto, el espíritu se muestra en las acciones de misericordia, en el pan compartido, en el poder compartido, en la cura de las heridas, en la reforma agraria, en el comercio justo, en las armas transformadas en arados, en fin, en la vida en abundancia para todas/os. Éste parece ser el poder del espíritu en nosotros, poder que necesita ser despertado en cada nuevo momento de nuestra historia, y ser despertado en nosotros/as, entre nosotros/as y para nosotros/as.

Fuente: ATRIO

domingo, 23 de septiembre de 2012

Padre Pío, Maestro Espiritual.



«Orad, orad al Señor conmigo, porque todo el mundo tiene necesidad de oraciones. Y cada día, cuando más sienta vuestro corazón la soledad de la vida, orad, orad juntos al Señor, ¡porque también Dios tiene necesidad de nuestras oraciones!».  


“Desde su más temprana edad Francesco Forgione fue un hombre de oración. Era considerado por los demás como un niño callado ya que raras veces jugaba con ellos porque "ellos blasfemaban". Este rechazo al pecado le causaba la necesidad de escaparse a rezar a la iglesia de San Pío V. 
Otras veces solía sentarse bajo un árbol que le encantaba, que estaba en la propiedad de su padre, " a pensar en Dios". A la edad de 5 años, Francesco ya quería ser sacerdote Franciscano Capuchino, en parte por el hábito y la barba, que le encantaban, pero también movido por las ganas de buscar la perfección, fruto de la Gracia de Dios.


Sin embargo, su ascenso por la escalera de la santidad requeriría más que aspiraciones piadosas y escapes del mundo. Ya desde muy joven éste caminar hacia la santidad le conllevaría a una batalla inmensa contra la carne y el demonio.

Por ejemplo, para el niño Francesco la mortificación no era algo extraño. Aún cuando la familia de por sí contaba con raciones pequeñas en las comidas, Francesco de vez en cuando dejaba de comer. También la madre lo encontró a los nueve años durmiendo en el piso con una roca como su almohada (esto parece que lo había estado haciendo el niño ya por un tiempo). Dicha austeridad se convertiría en un sello que lo caracterizaría para toda su vida. El también experimentó ataques personales con el demonio, quien se le aparecía en formas horribles en sueños. Más tarde en su vida, estos ataques fueron de una forma más directa, llegando hasta el punto de ser ataques físicos.

Sin embargo Dios nunca lo abandonó, ya que le proporcionaba visiones consoladoras de la Santísima Virgen y de su Angel Guardián. En una ocasión, su futura batalla contra el mal le fue revelada. En una visión que tuvo un día después de la Comunión, se vió él mismo en medio de un gran salón entre dos grupos de personas, un grupo tenía semblantes preciosos, mientras los otros eran horrorosos. En ese momento, un monstruo enorme salió del fondo del salón hacia él, pero Jesús se apareció para darle fuerzas a Francesco. Antes de que aquel monstruo llegara donde Francesco, le calló un rayo y desapareció. Nuestro Señor le dijo, "Este es el malvado con quién tienes que batallar". Verdaderamente, todas las biografías de la vida del Padre Pío muestran cómo esta visión profética se hizo realidad, hasta en el más mínimo detalle.

El año 1903 fue testigo de la entrada de Padre Pío, de quince años, a la vida religiosa o al camino de la perfección. Aunque los religiosos no son por su forma de vida necesariamente perfectos, las vivencias de los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) ayudan a hacerlos perfectos. Nuestro Señor, aconsejando a aquellos que desean ser perfectos, les ofreció una forma de entregarse completamente a Dios, renunciando al derecho de matrimonio (Mt. 19:12), a los bienes materiales (Mt. 19:21a) y a la volundat propia (Mt. 19:21b). Fue en este momento, a la entrada al noviciado, cuando Francesco fue recibido con el nombre de Fra. Pío (Hermano Pío) ; Fra. para indicar que era un Fratello (Italiano) religioso o Frater (Latín), y Pío para indicar, por medio del cambio de su nombre, la nueva vida que ahora comenzaba. Solo después, en la ordenación sacerdotal en 1910, es que él asume el nombre por el cual es y será conocido por siempre: Padre Pío.

Como lo muestra este pequeño resumen, el Padre Pío recorrió los pasos tradicionales y comprobados de un camino a la santidad, renunciando al mundo, la carne, y al demonio por medio de la oración y la mortificación, coronado por el abandono total a los consejos evangélicos de la pobreza, la castidad y la obediencia. También se puede decir que el sacerdocio del Padre Pío le dió una mayor fuerza a su unión con Cristo, Sacerdote y Víctima, sin el cual es imposible entender al Padre Pío de Pietrelcina.”

(texto tomado de EWTN donde invito visitar otros aspectos de la vida del Padre Pio: elhombre, 

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Fuente: Juan Pablo II, maestro, padre, pastor...