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viernes, 15 de abril de 2016

Declaración de religiosos y sacerdotes que trabajan en Territorio Mapuche.


Urgen caminos de paz como fruto de la justicia

Como hombres y mujeres de Iglesia que colaboramos en territorio mapuche deseamos expresar nuestro sentir ante una nueva escalada de violencia en el territorio. Nuestra fe en Jesús liberador y en el Reino de justicia y de paz nos mueve a decir nuestra palabra:

1. Nos sentimos profundamente afectados frente a lo que denominamos una presión creciente sobre el territorio mapuche que está produciendo violencia, falta de comunicación, desconfianza y polarización.
En muchos territorios donde prestamos nuestro servicio, vemos que esta presión proviene de un modo de vida basado en el consumo que tiene como paradigma acaparamiento de tierras y el extractivismo.
Lo vemos en los actuales conflictos territoriales por el agua (centrales hidroeléctricas), por la tierra (forestales), por el mar (pesca industrial) y gravemente por los basurales y tendidos eléctricos. Los actuales escenarios de conflictos están todos relacionados con estas actividades industriales que responden a ese modelo de intervención que amenaza la vida de las comunidades mapuche.

2. Nos duelen y rechazamos los hechos de violencia que esta presión sobre el territorio ancestral mapuche está produciendo: militarización del territorio, persecución política judicial a muchos hombres y mujeres de comunidades, incendios a viviendas, personas heridas por “enfrentamientos”, niños y niñas afectados por este clima de conflicto, amedrentamientos y amenazas, así como lo que hemos visto últimamente la quema de templos cristianos, que lo único que hace es polarizar más a la sociedad local y tensar más las relaciones. Este tipo de hechos lo único que hace es producir más desconfianza en la convivencia local y regional, lo cual no beneficia a nadie.

3. Nos duele este quiebre profundo que en la convivencia. La sociedad nacional y local está cada vez más polarizada. Las miradas entre gobierno y comunidades está siendo cada vez más antagónicas. Las vías de comunicación son demasiado débiles, están agotadas o incluso cortadas. Esta desconfianza se ha instalado también entre personas, grupos y en muchos casos entre comunidades. Pareciera que para muchos la solución pasa por hacer imponer a cualquier costo los propios intereses, excluyendo al otro diferente, descartando la construcción de sociedad plural en la que vivimos.

4. Esta mirada antagónica, en una lógica de enemigos, no construirá la paz, ni menos el derecho. No es una lógica cristiana ni tampoco democrática. Desde una mirada verdaderamente cristiana necesitamos rescatar la confianza y la apertura al otro. Necesitamos buscar sinceramente la gracia de la reconciliación y el reconocimiento por sobre una mirada de la venganza y de exclusión.

5. Reconocemos la violencia de los innumerables atropellos a la nación mapuche. Pero estamos claros que la respuesta y la solución no es con más violencia, más incendios, más agresiones policiales. Ello solo atrae más represión y víctimas, donde todos pierden. Nos preocupa que el conflicto se continúe polarizando hacia extremos cada vez más violentos mediante incendios intencionales, disparos de armas de fuego, represión policial a comunidades, detenciones arbitrarias, daños físicos a comuneros y efectivos de carabineros, vulneración de derechos de los niños y una larga lista de eventos que destruyen la convivencia. El camino de la judicialización del conflicto por las reivindicaciones de las comunidades mapuche ha sido claramente descalificado como vía de solución, por los mismos jueces y especialistas en el tema. Criminalizar las demandas de un pueblo que busca recuperar sus derechos reconocidos por tratados internacionales no lleva a ninguna solución real. El país debe asumir el carácter político de las reivindicaciones del pueblo nación mapuche, reconociéndolo constitucionalmente y generando espacios reales que garanticen su participación en la toma de decisiones en los asuntos que le afectan y competen.

6. Lamentamos que como Iglesia Católica, tantos años comprometida con la causa de los derechos del pueblo mapuche, hoy estemos cada vez más callados y distantes, incapaces de mediar o interpelar en busca del diálogo para la construcción de la justicia que trae la verdadera paz. Parece que hemos perdido la fuerza profética del Evangelio frente a los desafíos de una sociedad plural e intercultural en la que los pueblos indígenas reclaman su lugar. Es claro que los actores de la violencia en la Araucanía son diversos, pero las responsabilidades y las consecuencias las cargamos todos y cada uno según su lugar en la sociedad. La Iglesia, por vocación propia y por su responsabilidad histórica con el pueblo mapuche, no puede omitirse del papel que le corresponde en esta tarea de contribuir al entendimiento y la búsqueda del bien común en el territorio mapuche. Basta recoger las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia para reconocer la violencia permanente sobre las comunidades mapuche en la Araucanía. Desde el despojo de sus tierras y de su autonomía política, la pobreza y la segregación social han herido gravemente a la nación mapuche. En las últimas décadas el daño creciente a la naturaleza y sus criaturas en el territorio ancestral, promovida por una elite empresarial que no se detiene en su afán de lucro, se han convertido en el campo de batalla contra un modelo económico que busca conquistar y colonizar los últimos espacios ancestrales del pueblo mapuche. El Papa francisco nos lo ha dejado claro en su Encíclica Laudato Si’.

7. Sabemos que la inmensa mayoría de la nación mapuche, cada vez más consciente de sus derechos, no está por una solución violenta, pero tampoco acepta la dilación por décadas de sus derechos a la tierra, cultura y autodeterminación. ¿Cómo abordarlo? Los gobiernos han venido fallando sucesivamente. El documento “nuevo Trato” y sus propuestas quedaron en nada. Una vergüenza considerando que era un documento del gobierno chileno y tenía propuestas concretas. Ni hablar de las sucesivas “mesas de diálogo” que los gobiernos de turno han instalado fallidamente.

8. El camino no es fácil, pero debemos intentar reconstruir las confianzas. Es cierto que cuando uno ha sido herido se hace más difícil hablar de cercanía, confianza, reconciliación, paz. Sí, es muy difícil, pero ciertamente si caminamos desde los pasos de la reparación justa podremos hacerlo. Esto es difícil, pero no imposible. Lento, pero no imposible.

9. Creemos que debe haber gestos fundamentales para cimentar esta confianza. Dos gestos fundamentales que desde el Estado pueden allanar los caminos para que “la palabra” venza a la violencia y sea camino de paz:

a) Restitución: Urge concentrar el esfuerzo político del Estado en la restitución de las tierras despojadas y en devolverles su productividad sustentable para las comunidades que desde siempre han vivido de ellas y en ellas reivindican su identidad. Se gasta tanta energía y recursos en buscar culpables de acciones violentas, en vez de invertirlas en una vía factible y dialogada de restitución.

Habrá que presionar políticamente a las empresas a “entregar” o vender esas tierras. Esto implica mucha audacia, pues estas empresas tienen mucho poder, no solo económico, sino también político, pero no parecen ver el efecto de su codicia. Quizás volver a pensar en la expropiación, como último recurso, como se propone en “lnforme de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas”(pag-577) encomendado por el presidente Lagos (2003). Esto serían pasos reales para un nuevo trato. Esta restitución debe ser expresión del perdón que pedimos a los pueblos indígenas y a todos los que han sufrido las consecuencias de la ocupación del territorio mapuche. Necesitamos entender y decirnos a nosotros mismo que nos hemos equivocado; todos, Estado, empresas, sociedad civil, iglesias. Necesitamos pedir perdón por lo mal que lo hemos hecho al construir una sociedad que atropelló y continúa atropellando los derechos de los pueblos

b) Reparación: Esto significa redefinir las políticas de fomento productivo en vista a un territorio con otro paradigma, diferente al meramente económico extractivista. Necesitamos recuperar una mirada sobre “nuestra casa Común” como nos invita el Papa Francisco en su enciclica Laudato Si’, y que los pueblos originarios han estado luchando tanto tiempo por sostener. No basta con tener tierras si las condiciones de desigualdad se mantienen y hacen imposible vivir de la tierra. Para que las familias y comunidades puedan elegir verdaderamente qué tipo de economía quieren tener es necesario hacer un esfuerzo de envergadura para ofrecer alternativas productivas sustentables. La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a producir sus alimentos culturalmente adecuados de forma sostenible, es decir, su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esto consiste por lo menos en destinar los mismos recursos que se han entregado al modelo forestal en un modelo agrícola sustentable. Reparar el daño en lo que sea posible genera nuevas posibilidades de convivencia, es un acto de justicia que trae la paz.

10. Estos pasos gigantes pueden hacer que podamos acercarnos y mirarnos con confianza. Pero implica una fortaleza interior gigante. Confiar es arriesgar. Se trata de confiar y esperar que el resultado sea satisfactorio para todos y no solo para unos pocos. Es creer que sin el otro, por muy distinto que sea, no se puede construir una sociedad fraterna.

Pedro Pablo Achondo SSCC, Rio Bueno
Javier Cardenas SSCC, La Unión
Juan Fuenzalida SJ, Tirua
Carlos Bresciani SJ, Tirua
David Soto SJ, Tirua
Oscar Gutierrez, Alto Biobio
Jaime Riquelme, Alto Biobio
Fernando Díaz svd, JUPIC Araucanía
Hernan Llancaleo, Coordinador Pastoral Mapuche Concepción
Palmira Alcamán, CC de Vedruna, Padre Las Casas.

www.reflexionyliberacion.cl

miércoles, 22 de julio de 2015

La soledad de Cristo no es por el celibato.


Rufo González

“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (14)
(Comentarios a “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI)

El celibato y el matrimonio, dos modos de testimoniar a Cristo.
El n. 57 de “Sacerdotalis Caelibatus”, divide en dos a la Iglesia de cara a “testimoniar el misterio de Cristo y de su reino”: a) seglares casados: con la vida conyugal y familiar cristiana; b) sacerdotes: con la vida total “dedicada a las nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios”. Nada para los seglares solteros ni para los sacerdotes casados de la Iglesia oriental. Sus testimonios no deben ser “necesarios” ni sus realidades deben ser “nuevas y fascinantes”. Ideología clerical.

Reconoce que al sacerdote (se supone célibe) le falta “una experiencia personal y directa de la vida matrimonial”. Pero afirma que “no le faltará ciertamente, a causa de su misma formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón…”. “Formación, ministerio y gracia de estado” permiten al sacerdote “penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas (cf. 1Cor 2, 15)”. La cita de Pablo habla del “hombre espiritual que examina y juzga todo, mientras él no es examinado ni juzgado por nadie… ¡Nosotros conocemos la mente de Cristo! (1Cor 2, 15-16). El texto se refiere a todo cristiano que puede mirar y juzgar la realidad desde el amor de Jesús. El Papa lo restringe al sacerdote célibe: “espiritual, y conoce a Cristo”. Pretender hoy, con el progreso de la psicología, que los célibes sean asesores ideales para el matrimonio es pretencioso. La vida demuestra que la “formación, ministerio y gracia de estado” sacerdotal no implican en nuestra época “un conocimiento más profundo del corazón humano”.

Más ideología y propaganda clerical

“La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato, subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión” (Sacerd. Caelib. n. 57).

El amor matrimonial es tan espiritual como el amor celibatario. En cristiano ambos estados son “por el Reino”. El celibato no es un sacrificio; es una opción libre, que debe realizar a quien lo elige, porque así se es fiel a sí mismo y comprometido con los valores íntegros de la vida humana. Todo cristiano, si vive en el amor de Cristo, “subraya la dimensión espiritul de todo amor… y merece las gracias de la auténtica unión”. El amor esponsal y materno-paterno es más signo del amor de Cristo.

La soledad del sacerdote célibe no es por el celibato

“Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su soledad no es el vacío, porque está llena de Dios y de la exuberante riqueza de su reino. Segregado del mundo, el sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf. 1Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor (Decr. Presbyter. ordinis, n. 3)” (Sacerd. Caelib. n. 58).

Todo cristiano “llena su soledad con Dios y la exuberante riqueza de su reino”. Como es habitual, todo se exagera a favor del celibato: “plenitud interior y exterior de caridad”. La caridad puede llenar a todo cristiano. Nadie debía ser “preparado” para vivir en soledad, sino en comunidad. Nadie debería “escogerla conscientemente”. Ante la vida de muchos clérigos, la gente percibe que están solos “por el orgullo de ser diferentes de los demás, por sustraerse a las responsabilidades comunes, por desentenderse de sus hermanos o por desestima del mundo”. No es cierto que “segregado del mundo, el sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf. 1Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor (Decr. Presbyter. ordinis, n. 3)”. Pura teoría, idelogía clerical, con muy poca base real. Todo el Pueblo de Dios ha sido “segregado del mundo…”. Hebreos no habla del sacerdocio ministerial, sino del sacerdocio de Jesús, vida entregada por todos, sacerdocio vital que podemos compartir los cristianos en general (1Pe 2,9).

Cristo y la soledad sacerdotal (Sacerd. Caelib. n. 59)

Cristo no sintió la soledad por el celibato. Cristo sintió la soledad por anunciar y vivir el Reino y su enfrentamiento a los que lo impedían. Como un sindicalista, luchador antideshaucio, trabajador por la justicia y los derchos humanos… La soledad por el celibato tiene fácil remedio. No es obligado no casarse o tener familia. Quien no vive en familia es porque no quiere. Además cabe la posibilidad de relacionarse con amigos, familares consanguíneos, afines.. Como Jesús, todo cristiano encuentra la soledad y puede decir: “Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16, 32). El cristiano “ha escogido ser todo de Cristo”. En él encuentra intimidad y gracia del Espíritu, protección de la Virgen, y cuidados de la Iglesia, si la Iglesia es como debe ser. Por desgracia, el clericalismo no ha contribuido a crear comunidades fraternas. Los cuidados han sido para el clero, aunque bastante pobres. Todo eso que dice la encíclica de “la solicitud de su padre en Cristo, el obispo, la fraterna intimidad de sus hermanos en el sacerdocio y el aliento de todo el pueblo de Dios” (Sacerd. C. n. 59), ha sido muy limitado y mientras se atiene “a la ley”, no “de acuerdo al Evangelio”. La ley ha prevalecido sobre el Evangelio. El abuso en la Iglesia católica con los curas secularizados ha sido escandaloso por inhumano. El testimonio de un sacerdote brillante, biblista, profesor universitario, me parece digno de ser divulgado y escuchado por los dirigentes eclesiales. Espero que la Ley no les haya endurecido el corazón evangélico, que todo cristiano tiene como centro. Es de una carta de Juan Barreto a su obispo, Ramón Echarren (+):

“El trato recibido es vejatorio, empezando por los procedimientos humillantes a los que se los somete en los trámites para obtener la secularización. Después, ya sabes, nada importa la experiencia, la preparación, los años de dedicación, ni siquiera la disponibilidad explícita. ¿Sabes, en términos económicos, la cantidad de horas, de recursos humanos de los que se prescinde tan ligeramente? Si obtienen la secularización, se los tolera en la comunidad, pero según la práctica vigente, y lo sabes tanto como yo (no necesitas que te cite ningún documento), se los discrimina. Son sospechosos de por vida. No podrán, si no es por la benevolencia de algún obispo, ni dar clases de religión… Traidores, renegados, otros Judas son las expresiones al uso … y hay que oírlas cuando caen sobre uno para darse cuenta del peso brutal de cada una de ellas. Como pecadores públicos se les trata para público escarmiento. No podrán ni celebrar su boda en público.

Con todo y con ser tantos -ahí están las cifras- el silencio es clamoroso. Compañeros con los que habíamos trabajado toda la vida, ¿qué digo?, hermanos con los que habíamos convivido durante tantos años. No existen. Sin más. Son una vergüenza pública de la que no se habla para que no cunda el (mal) ejemplo. Para mí este silencio es el auténtico escándalo.

Son miles los que han dado el paso. Y muchos son también los que han quedado atrapados en situaciones donde no les es posible ni retroceder ni avanzar. No quiero hurgar en esa otra herida escondida, aunque sangrante, de tantos dramas humanos en tantas historias ocultas o semiocultas, pero callarlo ahora sería igualmente hipocresía. Esas historias no quitan el sueño a nadie, al parecer, porque todo sigue igual en la fachada… Da la impresión de que no interesan los dramas personales ni la verdad que nos hace libres, sino la aparente blancura del muro que esconde tantas miserias. No hablo de perversiones ni de pecados, sino de los sufrimientos ocasionados por situaciones insostenibles y del envilecimiento consiguiente de los dones de la vida que son los dones de Dios.

¿Qué ha pasado? ¿Que se ha levantado un viento de corrupción en la iglesia? ¿Que han fallado los métodos de educación? ¿Es el hombre el que ha fallado o es la ley la que no es adecuada? ¿Sacrificaremos esa realidad a la ley? ¿Es el hombre para la ley o la ley para el hombre? No estamos hablando de una ley fundacional, constitutiva del ser o no ser del ministerio. En todo caso, hablemos. Pero es eso precisamente lo que no se hace. Es tabú este tema. Y esto es, lo repito, escandaloso … Ese tic del silencio es el que creo reconocer … El proceder es el siguiente: todo está perfecto, nada hay que cambiar, las disfunciones se deben a problemas de educación, quizá a una vida de piedad en quiebra (falta de oración, etc.), a una vida afectiva no madura (falta de experiencia de amistad, etc … ) Conclusión: el fallo está en la persona, no en la ley. Hablemos sí, pero de otra cosa.

Y de otra cosa se habla. Se vuelve de nuevo en los seminarios a sistemas de “formación” caracterizados, cada vez más, por el aislamiento, sin advertir que no hay razón para que funcione en el futuro lo que no fue eficaz para lograr esos propósitos en el pasado …

Se necesita, a lo que veo, la confesión ante notario del propio reo para que quede constancia de que no es la ley, sino la fragilidad humana de cada una de las personas responsables de la situación. Con la confesión de la culpa va pareja la asunción de la pena. Y todos tan tranquilos. Nada ha pasado. Se ha excluido del ministerio a un veinticinco por ciento de los que lo servían, se los ha condenado al ostracismo eclesial, y, si algún reticente vacila en firmar, se lo empuja fuera para que no nos enturbie la conciencia. Nada ha pasado. Después con admirable imperturbabilidad organizamos semanas de oración por los hermanos separados, semanas de fe y cultura para captar creyentes, semanas por las vocaciones … y no nos cansamos de advertir -siempre a “los otros”- que hasta las prostitutas los precederán en el Reino de los cielos. Nos hemos lavado muy bien las manos…

No es la ley del celibato el problema más importante. De ningún modo. Pero, según mi entender, el modo de afrontar el tema es un paradigma de ceguera e hipocresía escandaloso. Es su carácter sintomático lo que le da una dimensión inquietante.

Nunca quise convertir esto en una discusión teórica. No fue por planteamientos teóricos por los que me casé con Carmen. Lo hice porque nos queríamos ¡Eso es todo! No pensé que, en mis circunstancias, esa nueva situación me impidiese por sí misma, prestar a la comunidad el servicio que estaba prestando. Todo lo contrario. Eso es así”.

(CURAS CASADOS. Historias de fe y ternura. R. Alario y Tere Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010, pág. 177-179).

domingo, 11 de mayo de 2014

Padre Mugica: el primer cura villero.


Padre Mugica: el legado de su vida y las dudas que aún despierta su muerte.


Lo mataron hace 40 años. El crimen fue atribuido a la Triple A aunque todavía se sospecha de Montoneros. El dramático relato de los últimos meses del primer cura villero.

“No sé si un cristiano tiene derecho a matar. Pero sí tiene la obligación de morir por sus hermanos. Le tenemos miedo a la violencia por una actitud individualista. Nos escandalizamos porque le ponen una bomba a un oligarca y no porque todos los días muere un chico de hambre”.

Once de enero de 1970, revista Siete Días: las palabras del padre Carlos Mugica Echagüe martillaban contra la elite militar y económica que gobernaba el país. Rubio, alto, ojos azules, de familia conservadora, campera negra, pulóveres de cuello alto, jeans gastados, Mugica era un hijo del sistema, un niño privilegiado de la calle Arroyo con viajes de juventud en Europa, que había decidido moverse de lugar. Ahora, a los 39 años, profesor de Teología de la universidad jesuita del Salvador y miembro de la Pastoral de Villas de Emergencia en la Villa 31 de Retiro, en el mandato de “amar al prójimo”, sin desprenderse del Evangelio, denunciaba la violencia institucionalizada, “la violencia del hambre”.

“Nosotros –decía-, sacerdotes de Jesucristo hemos comprendido que nuestro lugar está junto a los pobres ”.

Para entonces, desde hacía cuatro años gobernaba el general Onganía.

Perón estaba proscripto. Lo habían derrocado en el ‘55, vivía en Madrid. Faltaban seis meses para que secuestraran y mataran algeneral Aramburu, quien había comandado la conspiración y ordenado el fusilamiento de un grupo de civiles y militares peronistas sublevados.

A algunos de los que participarían de la muerte de Aramburu – Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus-, Mugica ya los conocía. Fue su asesor espiritual en el Colegio Nacional de Buenos Aires y habían misionado juntos para asistir a los hacheros en el norte santafecino. Pero en la gestación de Montoneros, sus discípulos abandonarían a Mugica, que no estaba dispuesto a promover la lucha armada. Sí estaba dispuesto a morir, “pero no a matar”, como expresaría. Montoneros migraría hacia el grupo de “Cristianismo y Revolución” del ex seminarista Juan García Elorrio.

Sin embargo, la afinidad personal se mantendría. Cuando la policía mató al ejecutor de Aramburu, Fernando Abal Medina, en una pizzería de William Morris, Mugica, en su responso, lo definió como “un mártir cristiano”.

El obispado de Buenos Aires le suspendió por treinta días las licencias administrativas.

Mugica ya formaba parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

La creación del MSTM lo sorprendió en París en 1968, donde había ido a estudiar y también a tomar distancia. Durante ese viaje, participó de las rebeliones callejeras del Mayo francés, conoció a Perón en Puerta de Hierro y también viajó a Escocia a ver a Racing en el recordado partido contra el Celtic.

“Dentro del MSTM, Carlitos era uno más. No era el que más hablaba ni el que determinaba, porque tomábamos decisiones orgánicas por consenso. Y personalidades con compromiso social y capacidades intelectuales había muchísimos, pero su figura llamaba la atención. No era hijo de un obrero telefónico, era hijo de un canciller…”, dice aClarín el padre Domingo Bresci, ex miembro del MSTM, que lo conoció en el seminario de Villa Devoto en 1956.

En 1972, el MSTM debatía su rumbo entre peronismo o“socialismo latinoamericano”, y cuando en el marco de esa discusión interna se reunieron con Perón el 6 de diciembre de 1972 y un cura le preguntó cómo se implementaría el socialismo en su retorno al poder, el General aclaró que él venía a componer las clases.

El país era un caos.

La gente tenía que ponerse de acuerdo antes que radicalizarse. Ese fue su mensaje.

Entre todos los curas, en su primer viaje a la Argentina después de 17 años de exilio, Perón eligió al más carismático, al que más y mejor llegaba a los pobres de las villas, al que había visibilizado su causa, al que fascinaba a los medios con su verbo álgido, crítico, irreverente. Y también al que parecía no temerle a nada ni a nadie: yale habían puesto una bomba en el frente del edificio donde vivía, en Gelly y Obes 2230 a mediados de 1971. Su familia le pidió que se fuera del país.

Mugica prefirió quedarse.

Desde entonces, las amenazas fueron recurrentes. Y respondía con una frase hoy ya convertida en una estampita. “Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su Liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición”. De su mano, Perón recorrió la Villa 31 de Retiro y visitó la capilla Cristo Obrero.

Montoneros tampoco quería perder su potencial político.

Le propuso a Mugica encabezar la lista de diputados para las elecciones de marzo de 1973. Esa posibilidad también seducía al FREJULI de Héctor J. Cámpora, candidato a Presidente. Mugica trasladó la inquietud al MSTM. En forma orgánica, los curas tercermundistas decidieron que no aceptarían cargos políticos. Perón, entonces, decidió incorporarlo al Ministerio de Bienestar Social, junto a José López Rega, para trabajar como asesor –sin cargo rentado- en las villas. Mugica aceptó.

Ese día comenzó a morir un poco.

Su relación con López Rega fue corta y terminó mal. Eran dos proyectos, dos personalidades distintas.

Sólo el peronismo pudo haberlas unido.

En un principio, Mugica prefirió trabajar sobre la urbanización, con la construcción de mejores viviendas en el barrio, y se opuso al traslado de los vecinos a los complejos de vivienda en el Conurbano bonaerense, que comenzaba a construir el ministerio con el “Plan Alborada”.

Después Mugica aceptó la idea de que se mudaran, siempre y cuando los vecinos se organizaran en cooperativas y participaran en la construcción de viviendas. López Rega prefirió la contratación de empresas privadas.

El 28 de agosto de 1973, en una asamblea del Movimiento Villero Peronista (MVP), y a pedido de éste, Mugica comunica su renuncia al cargo de asesor por discrepancias con López Rega, al que acusa de negarle a los villeros “toda participación creadora en la solución de sus problemas”, pero aceptando sin condiciones el liderazgo de Perón. En el audio de la asamblea, que se puede ver en YouTube, se escucha el grito “Mugica y Perón, un solo corazón”.

Enseguida, López Rega sembró sospechas sobre el cura por el destino de 34 millones provistos para la asistencia a la Villa 31. Mugica fue al Ministerio a increparlo. Ese encuentro le dejó la sensación de que López Rega podría mandar a matarlo.

Lo comentó entre los suyos en la parroquia.

Ya en agosto de 1973 la relación de curas tercermundistas y Montoneros estaba partida.

Si antes los curas, frente al secuestro y crimen de Aramburu, eran proclives a una explicación política antes que a una condena (aunque no avalaran la operación), ahora, con el regreso de Perón y expresada la voluntad popular, eran proclives a enterrar los fusiles. En cambio, para Montoneros no era el regreso de Perón al poder el fin último de su lucha sino el intento de establecer un plan propio. “Si abandonamos las armas retrocederíamos en posiciones políticas.

El poder político brota de la boca de un fusil ”, sostenía Firmenich.

Como consecuencia de esa diferencia, “de alrededor de cuatrocientos curas del MSTM, casi todos se quedaron con Perón. Entre quince o veinte, con Montoneros y en apoyo a la continuidad de la lucha armada”, calcula el padre Bresci.

Mugica pondría de manifiesto su posición en una misa de conmemoración en el aniversario de la muerte de Fernando Abal Medina, con una cita de La Biblia. “ Hay que dejar las armas y empuñar los arados”.

El crimen del líder de la CGT José Rucci, tres semanas después, lo separaría aún más de sus ex discípulos del Colegio Nacional. “No son los curas los que se alejan de la Tendencia (Peronista) sino la Tendencia la que se aleja de nosotros, como se ha alejado del pueblo y del General Perón”, diría Mugica más tarde, y criticaría a los “falsos revolucionarios” por no ser más que “una expresión del liberalismo europeo”.

Entonces, esa ironía irreverente que ahora se volvía crítica a las armas, zumbaba los oídos de Montoneros y otros sectores de la izquierda peronista. Era un sonido molesto.

La revista “Militancia”, de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, con su también filosa ironía, en un artículo colocó a Mugica en la “cárcel del pueblo”, el mismo lugar en el que colocaba a los miembros del establishment.

Lo lastimó: describió a Mugica como cruzado del oportunismo, un “corcho, siempre flotando aunque cambie la corriente”. En el resumen de la Biblia y el Calefón de Discépolo, le agregaba la figura de Mugica.

Esa pelea interna con sus ex compañeros de ruta, y la persistencia de las amenazas, cada vez más ensordecedoras, golpearon al cura.

“A él le dolían las rupturas personales. Con Ortega Peña tenían buenas relaciones, había apoyado su lucha en las villas, hicieron juntos un ayuno en Villa Lugano. Es cierto que a Carlitos a veces se le iba un poco la boca en la disputa verbal, pero fue una distorsión ideológica colocarlo como un enemigo del campo popular”, dice hoy el padre Bresci.

El 1ro de mayo de 1974, Montoneros abandonó la Plaza de Mayo tras su duelo verbal con Perón. Mugica discutió con dirigentes de la Tendencia en su intento de no profundizar más la colisión.

Se mantuvo leal al General. Y se quedó.

Pero en términos personales, nada le era gratuito. La semana siguiente, en una visita al diario La Opinión, le confió a su director,Jacobo Timerman, lo difícil que le resultaba sobrellevar el enfrentamiento político con Firmenich. “Le producía ansiedad, dolor, angustia”, escribió Timerman. Quería volver a escribir en el diario, como lo había hecho desde su fundación, para promover un debate en el peronismo que evitara la violencia.

Pero la violencia política, en mayo de 1974, todavía en las puertas de una espiral ingobernable, ya lo había elegido como blanco. Y lo devoraría.

El sábado 11, al anochecer, un hombre lo abordó después de una homilía, a la salida de la iglesia San Francisco Solano, sobre la calle Zelada, Mataderos. Le dijo “padre Carlos…”, como le decían todos, le disparó quince balas con una ametralladora y se fugó en un auto que lo esperaba. Antes de las 10 de la noche el padre Carlos Mugica ya estaba muerto en la cama de un hospital.