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lunes, 24 de octubre de 2016

¿No va a haber misericordia para obispos y presbíteros casados?



“Por mucho tiempo nos hemos olvidado… de andar por la vía de la misericordia” (Mv. 10)

En cuanto al celibato, el tiempo ha sido excesivo. Siglos imponiendo. A pesar de la práctica secular de la Iglesia Oriental que conservó en parte la libertad evangélica. En Occidente causa sonrojo leer la historia que no se ha podido ocultar. La ley, que vincula celibato y sacerdocio, no existió en el primer milenio. En el siglo IV surgió la ley de “continencia”, promulgada por el Papa Siricio (384-399). Prohíbe a los clérigos el uso sexual del matrimonio, y les “cierra todo camino de indulgencia”. Conviene reparar en la razón de la ley: “los que están en la carne, no pueden agradar a Dios (Rm. 8, 8). Confundiendo “carne” con “sexo”, el uso del matrimonio “no puede agradar a Dios”. Esta aberrante teología de la sexualidad y la no menos aberrante interpretación del texto de Pablo (Rm 8, 8) son la base originaria de la ley del celibato ministerial:


“Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Mas los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios [Rom. 8, 8].

… En cuanto aquellos que se apoyan en la excusa de un ilícito privilegio, para afirmar que esto les está concedido por la ley antigua, sepan que por autoridad de la Sede Apostólica están depuestos de todo honor eclesiástico, del que han usado indignamente, y que nunca podrán tocar los venerandos misterios, de los que a sí mismos se privaron al anhelar obscenos placeres; y puesto que los ejemplos presentes nos enseñan a precavernos para lo futuro, en adelante, cualquier obispo, presbítero o diácono que —cosa que no deseamos— fuere hallado tal, sepa que ya desde ahora le queda por Nos cerrado todo camino de indulgencia; porque hay que cortar a hierro las heridas que no sienten la medicina de los fomentos” (H. Denzinger 185: Sobre el celibato de los clérigos).

Sigue la queja: “¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios?”

En el siglo XI, por influjo de monjes (celibato opcional), Gregorio VII (1073-1085) impuso la ley del celibato actual. El decreto dice que el que desea ser ordenado debe hacer antes voto de celibato: “los sacerdotes [deben] primero escapar de las garras de sus esposas”. Para cumplir la ley, Urbano II (1088-1099) en 1095 propone vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y abandonar a los hijos. La oposición del clero en Italia, Francia y Alemania, fue casi unánime. Sólo tres obispos alemanes promulgaron el decreto papal. En ambientes eclesiásticos se oía la misma queja: “¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios: ‘El que pueda con esto, que lo haga’ (Mt 19, 12)?”. A lo que se podría añadir, como me recuerda un comentarista: ¿Acaso el Papa no conoce la práctica de Jesús, “el pequeño relato evangélico de la curación de la suegra de Pedro (Mc.1,29-31 y paral. Mt. y Lc.)? ¡Qué fallo del evangelista! Con lo fácil que hubiera sido no recoger esta humilde historia que nos recuerda que el mismo Simón Pedro, el elegido por Jesús con el “Tu es Petrus”, era nada menos que un pescador casado. La elección de Jesús echa por tierra siglos de celibato obligatorio”.

“El celibato obligatorio es inmoral”

Esperemos que el Papa Francisco tenga valor para volver a la libertad de los primeros siglos. La incultura, el fanatismo y el afán de dominio hicieron que una opción evangélica quedara vinculada necesariamente al ministerio. A finales del primer milenio corrió entre el clero una carta atribuida a San Ulrico, obispo de Ausburgo (890- 973), canonizado por Juan XV, en el primer decreto de canonización. La carta aparecida cien años tras su muerte dice exponer la mente del santo. En ella se dice que para el pueblo cristiano “el celibato obligatorio es inmoral”, ya que San Ulrico, brillante por su nivel de exigencia moral en sí y en su clero, defendía el matrimonio de los curas: “Basándose en el sentido común y la Escritura, la única manera de purificar a la Iglesia de los peores excesos del celibato es permitir a los sacerdotes que se casen” (cf. “Analecta Boll.”, XXVII, 1908, 474).

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (Mv. 10)

Si esta “viga” fuera la base de la Iglesia, el derecho a elegir el estado de vida estaría vigente entre los clérigos. Es un derecho fundamental humano. Es de justicia. La misericordia colabora con la justicia para que las personas experimenten que nuestro Dios “se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos” (Mv. 9). Aunque en una época de su vida prometiera no casarse nunca, la evolución personal puede llegar a convencerle de que esa promesa fue equivocada. “Crece la conciencia de la dignidad de persona…, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables… El Espíritu de Dios está presente a esta evolución. El fermento evangélico en el cora­zón del hombre excitó y excita una irrefrenable exigencia de dignidad” (GS 26). El texto conciliar reconoce la historicidad, la construcción personal durante la vida, la evolución, el cambio responsable, máxime cuando cambiamos a otras decisiones buenas y mejor adaptadas a nuestra personalidad. Cualquier promesa es hija del momento cultural y psicológico personal. Darle carácter de inmutabilidad es inhumano. Sobre todo cuando la promesa no es necesaria para la salvación definitiva. Lo importante es la conciencia personal responsable.

El trato a obispos y presbíteros casados no ha sido ni es misericordioso

La Iglesia se deja llevar de la tentación del poder, y no respeta la justicia, “el primer paso, necesario e indispensable” (Mv 10). El trato a los sacerdotes casados no es “anuncio y testimonio hacia el mundo de tener misericordia” (Ibid.) Su actuación con obispos y presbíteros casados es causa evidente de pérdida de credibilidad: “La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (Ibid.). En este asunto, no “se ha hecho cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos” (Ibid.) para mantener el celibato, y les ha aplicado con rigor la ley, sin alternativa evangélica, conforme con su preparación y vocación. A veces ni siquiera opción humana. Para ello necesitaba abolir la ley. Y ha preferido la ley a la vida de las personas: “ha hecho al sacerdote para la ley, y no la ley para el sacerdote” (Mt 12, 7-8; Mc 2, 27; Lc 6,5). Esta es la triste historia del trato a los sacerdotes casados. Éstos, a pesar de su conciencia acorde con el evangelio, han sido expulsados del ministerio. No ha importado la aceptación del Pueblo de Dios, ni la débil y cuestionable fundamentación bíblica y teológica, ni el funcionamiento azaroso, ni el cumplimiento problemático, ni las razones iniciales maniqueas y luego ideológicas, económicas, o de poder…

Relean este texto papal (Mv 12) mirando a los miles de sacerdotes “desaparecidos”:

“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno… Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo… Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre… Cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”.

Para la Iglesia oficial no existen

No está en el programa del Jubileo Extraordinario de la Misericordia reunir a obispos y presbíteros casados para brindarles la misericordia del Buen Pastor. Son muchos. Están asociados en múltiples confederaciones. Organizan congresos internacionales. Para la Iglesia oficial no existen. ¿Olvido intencionado? ¿O seguir el camino de la Ley: “nosotros tenemos una ley, y, según esa ley, deben morir” (Jn 18, 7) los obispos y presbíteros, en cuanto tales, si se casan? Es el Código, es la Ley. Aunque el Evangelio diga que “no todos pueden con eso, sólo los que han recibido el don” (Mt 19, 11). La ley, al que dice no tener ese don, le prohíbe ejercer el otro “don”, más claro y urgente. Jesús hizo justo lo contrario: llamó a casados y solteros. Y encargó orar por las vocaciones misioneras: “La mies es abundante, los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38). Pero sin condicionar al “dueño de la mies”: que los envíe solteros.

miércoles, 22 de julio de 2015

La soledad de Cristo no es por el celibato.


Rufo González

“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (14)
(Comentarios a “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI)

El celibato y el matrimonio, dos modos de testimoniar a Cristo.
El n. 57 de “Sacerdotalis Caelibatus”, divide en dos a la Iglesia de cara a “testimoniar el misterio de Cristo y de su reino”: a) seglares casados: con la vida conyugal y familiar cristiana; b) sacerdotes: con la vida total “dedicada a las nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios”. Nada para los seglares solteros ni para los sacerdotes casados de la Iglesia oriental. Sus testimonios no deben ser “necesarios” ni sus realidades deben ser “nuevas y fascinantes”. Ideología clerical.

Reconoce que al sacerdote (se supone célibe) le falta “una experiencia personal y directa de la vida matrimonial”. Pero afirma que “no le faltará ciertamente, a causa de su misma formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón…”. “Formación, ministerio y gracia de estado” permiten al sacerdote “penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas (cf. 1Cor 2, 15)”. La cita de Pablo habla del “hombre espiritual que examina y juzga todo, mientras él no es examinado ni juzgado por nadie… ¡Nosotros conocemos la mente de Cristo! (1Cor 2, 15-16). El texto se refiere a todo cristiano que puede mirar y juzgar la realidad desde el amor de Jesús. El Papa lo restringe al sacerdote célibe: “espiritual, y conoce a Cristo”. Pretender hoy, con el progreso de la psicología, que los célibes sean asesores ideales para el matrimonio es pretencioso. La vida demuestra que la “formación, ministerio y gracia de estado” sacerdotal no implican en nuestra época “un conocimiento más profundo del corazón humano”.

Más ideología y propaganda clerical

“La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato, subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión” (Sacerd. Caelib. n. 57).

El amor matrimonial es tan espiritual como el amor celibatario. En cristiano ambos estados son “por el Reino”. El celibato no es un sacrificio; es una opción libre, que debe realizar a quien lo elige, porque así se es fiel a sí mismo y comprometido con los valores íntegros de la vida humana. Todo cristiano, si vive en el amor de Cristo, “subraya la dimensión espiritul de todo amor… y merece las gracias de la auténtica unión”. El amor esponsal y materno-paterno es más signo del amor de Cristo.

La soledad del sacerdote célibe no es por el celibato

“Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su soledad no es el vacío, porque está llena de Dios y de la exuberante riqueza de su reino. Segregado del mundo, el sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf. 1Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor (Decr. Presbyter. ordinis, n. 3)” (Sacerd. Caelib. n. 58).

Todo cristiano “llena su soledad con Dios y la exuberante riqueza de su reino”. Como es habitual, todo se exagera a favor del celibato: “plenitud interior y exterior de caridad”. La caridad puede llenar a todo cristiano. Nadie debía ser “preparado” para vivir en soledad, sino en comunidad. Nadie debería “escogerla conscientemente”. Ante la vida de muchos clérigos, la gente percibe que están solos “por el orgullo de ser diferentes de los demás, por sustraerse a las responsabilidades comunes, por desentenderse de sus hermanos o por desestima del mundo”. No es cierto que “segregado del mundo, el sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf. 1Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor (Decr. Presbyter. ordinis, n. 3)”. Pura teoría, idelogía clerical, con muy poca base real. Todo el Pueblo de Dios ha sido “segregado del mundo…”. Hebreos no habla del sacerdocio ministerial, sino del sacerdocio de Jesús, vida entregada por todos, sacerdocio vital que podemos compartir los cristianos en general (1Pe 2,9).

Cristo y la soledad sacerdotal (Sacerd. Caelib. n. 59)

Cristo no sintió la soledad por el celibato. Cristo sintió la soledad por anunciar y vivir el Reino y su enfrentamiento a los que lo impedían. Como un sindicalista, luchador antideshaucio, trabajador por la justicia y los derchos humanos… La soledad por el celibato tiene fácil remedio. No es obligado no casarse o tener familia. Quien no vive en familia es porque no quiere. Además cabe la posibilidad de relacionarse con amigos, familares consanguíneos, afines.. Como Jesús, todo cristiano encuentra la soledad y puede decir: “Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16, 32). El cristiano “ha escogido ser todo de Cristo”. En él encuentra intimidad y gracia del Espíritu, protección de la Virgen, y cuidados de la Iglesia, si la Iglesia es como debe ser. Por desgracia, el clericalismo no ha contribuido a crear comunidades fraternas. Los cuidados han sido para el clero, aunque bastante pobres. Todo eso que dice la encíclica de “la solicitud de su padre en Cristo, el obispo, la fraterna intimidad de sus hermanos en el sacerdocio y el aliento de todo el pueblo de Dios” (Sacerd. C. n. 59), ha sido muy limitado y mientras se atiene “a la ley”, no “de acuerdo al Evangelio”. La ley ha prevalecido sobre el Evangelio. El abuso en la Iglesia católica con los curas secularizados ha sido escandaloso por inhumano. El testimonio de un sacerdote brillante, biblista, profesor universitario, me parece digno de ser divulgado y escuchado por los dirigentes eclesiales. Espero que la Ley no les haya endurecido el corazón evangélico, que todo cristiano tiene como centro. Es de una carta de Juan Barreto a su obispo, Ramón Echarren (+):

“El trato recibido es vejatorio, empezando por los procedimientos humillantes a los que se los somete en los trámites para obtener la secularización. Después, ya sabes, nada importa la experiencia, la preparación, los años de dedicación, ni siquiera la disponibilidad explícita. ¿Sabes, en términos económicos, la cantidad de horas, de recursos humanos de los que se prescinde tan ligeramente? Si obtienen la secularización, se los tolera en la comunidad, pero según la práctica vigente, y lo sabes tanto como yo (no necesitas que te cite ningún documento), se los discrimina. Son sospechosos de por vida. No podrán, si no es por la benevolencia de algún obispo, ni dar clases de religión… Traidores, renegados, otros Judas son las expresiones al uso … y hay que oírlas cuando caen sobre uno para darse cuenta del peso brutal de cada una de ellas. Como pecadores públicos se les trata para público escarmiento. No podrán ni celebrar su boda en público.

Con todo y con ser tantos -ahí están las cifras- el silencio es clamoroso. Compañeros con los que habíamos trabajado toda la vida, ¿qué digo?, hermanos con los que habíamos convivido durante tantos años. No existen. Sin más. Son una vergüenza pública de la que no se habla para que no cunda el (mal) ejemplo. Para mí este silencio es el auténtico escándalo.

Son miles los que han dado el paso. Y muchos son también los que han quedado atrapados en situaciones donde no les es posible ni retroceder ni avanzar. No quiero hurgar en esa otra herida escondida, aunque sangrante, de tantos dramas humanos en tantas historias ocultas o semiocultas, pero callarlo ahora sería igualmente hipocresía. Esas historias no quitan el sueño a nadie, al parecer, porque todo sigue igual en la fachada… Da la impresión de que no interesan los dramas personales ni la verdad que nos hace libres, sino la aparente blancura del muro que esconde tantas miserias. No hablo de perversiones ni de pecados, sino de los sufrimientos ocasionados por situaciones insostenibles y del envilecimiento consiguiente de los dones de la vida que son los dones de Dios.

¿Qué ha pasado? ¿Que se ha levantado un viento de corrupción en la iglesia? ¿Que han fallado los métodos de educación? ¿Es el hombre el que ha fallado o es la ley la que no es adecuada? ¿Sacrificaremos esa realidad a la ley? ¿Es el hombre para la ley o la ley para el hombre? No estamos hablando de una ley fundacional, constitutiva del ser o no ser del ministerio. En todo caso, hablemos. Pero es eso precisamente lo que no se hace. Es tabú este tema. Y esto es, lo repito, escandaloso … Ese tic del silencio es el que creo reconocer … El proceder es el siguiente: todo está perfecto, nada hay que cambiar, las disfunciones se deben a problemas de educación, quizá a una vida de piedad en quiebra (falta de oración, etc.), a una vida afectiva no madura (falta de experiencia de amistad, etc … ) Conclusión: el fallo está en la persona, no en la ley. Hablemos sí, pero de otra cosa.

Y de otra cosa se habla. Se vuelve de nuevo en los seminarios a sistemas de “formación” caracterizados, cada vez más, por el aislamiento, sin advertir que no hay razón para que funcione en el futuro lo que no fue eficaz para lograr esos propósitos en el pasado …

Se necesita, a lo que veo, la confesión ante notario del propio reo para que quede constancia de que no es la ley, sino la fragilidad humana de cada una de las personas responsables de la situación. Con la confesión de la culpa va pareja la asunción de la pena. Y todos tan tranquilos. Nada ha pasado. Se ha excluido del ministerio a un veinticinco por ciento de los que lo servían, se los ha condenado al ostracismo eclesial, y, si algún reticente vacila en firmar, se lo empuja fuera para que no nos enturbie la conciencia. Nada ha pasado. Después con admirable imperturbabilidad organizamos semanas de oración por los hermanos separados, semanas de fe y cultura para captar creyentes, semanas por las vocaciones … y no nos cansamos de advertir -siempre a “los otros”- que hasta las prostitutas los precederán en el Reino de los cielos. Nos hemos lavado muy bien las manos…

No es la ley del celibato el problema más importante. De ningún modo. Pero, según mi entender, el modo de afrontar el tema es un paradigma de ceguera e hipocresía escandaloso. Es su carácter sintomático lo que le da una dimensión inquietante.

Nunca quise convertir esto en una discusión teórica. No fue por planteamientos teóricos por los que me casé con Carmen. Lo hice porque nos queríamos ¡Eso es todo! No pensé que, en mis circunstancias, esa nueva situación me impidiese por sí misma, prestar a la comunidad el servicio que estaba prestando. Todo lo contrario. Eso es así”.

(CURAS CASADOS. Historias de fe y ternura. R. Alario y Tere Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010, pág. 177-179).

miércoles, 3 de julio de 2013

Una revisión urgente de la ley del celibato (J. Ratzinger).


J. Ratzinger y otros teólogos escribieron en su tiempo una Memorandum a la Conferencias Episcopal de Alemania, pidiéndole que revisara, con carácter de urgencia, su postura sobre la ley del celibato.

Era un momento importante (¡y perdido!) de la Historia de la Iglesia. Recordemos algunas fechas:

1965. Terminó el Concilio Vaticano II, con grandísimos logros, pero con algunos temas centrales que dejó para el estudio y decisión del Papa (Pablo VI: 1963-1978). Entre ellos sobresalían los del celibato del clero, la ordenación ministerial de las mujeres y la respuesta de la iglesia ante el tema de los anticonceptivos (formas de control de natalidad).

Pablo VI era en principio un hombre abierto, un hombre ejemplar, pero tuvo miedo y cerró los tres caminos; los cerró en falso . Pues bien, pienso que ha llegado el momento de volver al espíritu del Vaticano II, para replantear de un modo serio éstos y otros temas. Ésta es a mi juicio una de las tareas urgentes del Papa Francisco.


1967. La Sacerdotalis caelibatus mantuvo la obligación del celibato, con argumentos y justificaciones que no todos aceptaron (ni aceptan).

1968 Humanae Vitae. Pablo VI siguió teniendo miedo, y en contra del parecer de gran parte de sus consejeros, impuso (¡ante no la había!) la prohibición de los medios “no naturales” de control de natalidad (Humane Vitae). Gran parte de la iglesia no aceptó ni acepta sus razones; pienso que es hora de retomar aquel tema.

1975: Inter Insigniores, sobre la “ordenación ministerial de las mujeres”.Finalmente, en el ocaso de su pontificado, Pablo VI avaló y firmó una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe (¡el día de Santa Teresa: 15.10.75) donde exponía las razones en contra de la ordenación ministerial de la mujeres. Una parte muy considerable de los teólogos y, en especial, de los biblistas no compartieron las “razones del papa”. El tema sigue abierto, como he puesto de relieve en este blog hace unos pocos días (cf. 15.06.13).

Entre los que no aceptaron las razones y decisiones del Papa Pablo VI, por contrarias al “espíritu” del Vaticano II, destaca J. Ratzinger, que, con otros grandes teólogos, dos de ellos cardenales (Karl Lehmann y Walter Kasper, cf. también Karl Rahner) escribieron un memorándum a la Conferencia Episcopal Alemana pidiéndole que estudiara y revisara (¡en contra de la opinión del Papa) el tema del celibato.


El documento del Papa (Sacerdotalis Coelibatus, 1967) tenía carácter de Encíclica, la máxima autoridad de un texto papel (a no ser una declaración Ex Cathedra). A pesar de ello, Ratzinger y otros teólogos pidieran a la Conferencia Episcopal Alemana que revisara el tema, que iniciara un movimiento en contra de la obligación del celibato.


No sé si J. Ratzinger, luego Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, luego Papa, ha cambiado en este campo. Creo que no. Pero quizá los “cargos” le han hecho guardar silencio. No estaría mal que retomada su “espíritu primero”, ahora que se dispone a ofrecer al Papa Francisco su encíclica sobre la Esperanza.


Es claro que no todo se arregla con la “supresión del celibato”. Es claro que el tema ha de verse en un contexto nuevo del sentido y meta de los ministerios en la Iglesia… Pero los argumentos de aquellos teólogos alemanes siguen teniendo mucho peso y es bueno recordarlos en la iglesia.

Presentación y estudio del tema en:

Joseph Ratzinger y otros teólogos / 1970

MEMORANDO PARA LA DISCUSIÓN SOBRE EL CELIBATO

Los abajo firmantes, de la confianza de los obispos alemanes, elegidos en calidad de teólogos por la Conferencia Episcopal Alemana para tratar sobre cuestiones de la fe y la moral, se sienten obligados a presentar a los obispos alemanes las siguientes consideraciones. Nuestras reflexiones incluyen la necesidad de una revisión urgente y una mirada diferenciada de la ley del celibato de la Iglesia latina para Alemania y la Iglesia universal (debido a que ambos puntos de vista no pueden separarse completamente unos de otros). Si se quiere llamar a este nuevo examen “debate” o no es un problema secundario, terminológico. Sobre la cuestión de cómo se podría hacer esta revisión, se dirá algo más adelante. (Ver especialmente V).

I

La urgente necesidad de esta revisión no prejuzga en absoluto sobre la decisión de lo que deba surgir como resultado o de lo que concretamente resulte. Esta petición no es un reclamo de opositores al celibato sacerdotal. Los abajo firmantes tampoco han acordado hasta ahora una visión común de lo que ellos creen en particular sobre la cuestión de fondo. Pero todos están convencidos de que es apropiado y necesario que este examen se lleve a cabo en un alto y en el más alto nivel de la iglesia. Sólo para tal fin se redactaron las siguientes palabras, y no tocan ya el contenido específico de tal “discusión” en sí misma. Los firmantes pedimos a los Obispos alemanes no malinterpretar las consideraciones aquí presentadas como una lucha contra el celibato en sí.

Estamos convencidos de que el celibato libremente escogido como lo propone Mateo 19 no sólo representa una manera de existencia cristiana con sentido, esencial en todo momento para la iglesia como signo indispensable de su carácter escatológico, sino que también existen buenas razones teológicas para la relación entre la libre elección del celibato y el sacerdocio, ya que este ministerio requiere una amplia y definitiva entrega del ministro al servicio de Cristo y su Iglesia. En este sentido, ratificamos lo que recientemente se afirmó sobre el celibato en la “Carta de los obispos alemanes sobre el ministerio sacerdotal” (véase el apartado 45, 4to. párrafo; apartado 53, 2do. párrafo). Del mismo modo, también estamos convencidos de que, sin perjuicio del resultado de la discusión, el sacerdocio célibe permanecerá siendo una forma esencial del sacerdocio en la Iglesia latina.

Además resulta claro que, en nuestra Iglesia, el sacerdocio célibe debe permanecer –a diferencia de la práctica protestante- como forma auténtica y real del el clero secular, ya que, también en la conciencia pública social y psicológica, la vida soltera sin lugar a duda es asumida como un deber ante la Iglesia. Sin duda alguna los sacerdotes ya ordenados por supuesto no pueden ser liberados sencillamente y en forma general de sus promesas en la ordenación por una legislación nueva, posiblemente modificada, resulte ésta como resulte.En principio, una vez que el celibato es libremente escogido, obliga, y no se puede transformar en un compromiso revocable. A partir de estas razones, un verdadero debate de la ley del celibato no debe incrementar la confusión en nuestros seminarios sacerdotales hasta lo insostenible o provocar mayoritariamente una suspensión de todas las decisiones en los jóvenes. Nuestra solicitud, por tanto, no debe identificarse sólo con el tipo de discusión o con la “solución” dada en Holanda a esta pregunta, aún cuando no deben ser ignoradas la necesidad común y la urgencia del problema para la Iglesia universal.

Por lo tanto, el planteo de la revisión aquí mentada cuestiona, si la forma en la que se dio la existencia sacerdotal hasta la actualidad en la Iglesia latina pueda ser la única forma de vida y deba seguir siéndolo. Son conocidas las objeciones presentadas a menudo en contra de dicha revisión; en realidad concretamente sólo podría darse una forma de vida sacerdotal; en el caso de aprobarse otras formas de vida, habría de esperarse la desaparición del sacerdote célibe. Somos conscientes de estas razones. Pero quien de antemano considera como superfluo este esclarecimiento, parece tener poca fe en el poder de este consejo del evangélico yen la gracia de Dios, de la que luego en otro lugar afirma que está operando - no la mera “ley” - sino este don de Cristo. (Esto no está claro)

II

Ciertamente, esta revisión puede llevarse a cabo. - Es que no es teológicamente correcto que en las nuevas situaciones históricas y sociales algo no se pueda revisar y, en ese sentido, no se pueda “discutir” lo que es una ley humana en la Iglesia (mandato del celibato) por una parte y, por otra, lo que existe como una realidad aceptada en otro ámbito de la Iglesia (véanse las Iglesias de Oriente).Afirmar lo contrario no encuentra sustento en ningún argumento teológico serio. Si se dijera, que el principal pastor de la Iglesia prohíbe este “debate” y que para exigirlo posee por lo menos razones psicológicas muy buenas y por tanto de peso (debido a que un debate adicional está minando la voluntad real al celibato en la iglesia), deberá responderse al menos lo siguiente:


a) En la posición, que la doctrina eclesiástica del Concilio Vaticano II asigna a los obispos, éstos no pueden ser liberados por dicha declaración papal (siempre y cuando haya acontecido) de su propia responsabilidad de reconsiderar por sí mismos y específicamente en modo novedoso esta pregunta; el Papa tampoco puede aliviarlos de esta responsabilidad. Ellos no son funcionarios papales o simplemente ejecutores de su voluntad, sino como un cuerpo (junto al sucesor de Pedro), verdadero soporte del máximo poder de toma de decisiones en la Iglesia. En tanto claustro, por lo menos son interlocutores dignos de ser escuchados por el Papa (aún cuando éste pueda hacer uso de su poder primacial!) y aunque un consejo de esta índole sea tomado con reticencia (ver a Pablo y Pedro: Ga. 2). Pero para cumplir con esta tarea, los obispos deben revisar tal pregunta entre ellos de modo colegial y por su propia iniciativa. Si hasta un simple subordinado tiene el derecho y la obligación de cuestionarse, si no debe y puede presentar sus preocupaciones y advertencias en cuestiones importantes a su superior, aun sin serle requerido, ¿cuánto más es válido este principio también para los obispos de la Iglesia Católica frente al Papa? Y justamente esto requiere de una reconsideración especial de la cuestión.

Hubiese sido mucho mejor, si los ministros responsables de la Iglesia hubieran considerado ya hace unos años seriamente y con detalle la situación creada. Entonces, las reflexiones necesarias probablemente hubiesen transcurrido en una atmósfera más apropiada para el asunto y no cargadas de tanta emotividad. Esto no altera el hecho de que la mentada revisión se ha vuelto más urgente hoy día.

b) Es sabido que ya está en marcha una discusión, y es un hecho duro y crudo a tener en cuenta, que esta disputa continúa. Si no avanza en el nivel más alto, lo hace, ciertamente, en los niveles inferiores (por no hablar de los medios de comunicación). Sin embargo, si continúa sólo aquí, se espera que cobre formas que colocarán a los obispos ante situaciones muy difíciles, sencillamente intolerables, como por ej. las encuestas públicas, que perjudican en extremo su autoridad ; desobediencia manifestada colectivamente; renuncias masivas de sacerdotes a su vida sacerdotal, etc. Tampoco es cierto - como lo demuestra el ejemplo de Roboam en el Antiguo Testamento - que cualquier dureza en el mantenimiento de una posición garantice la victoria, y cada “ceder” conduzca a la derrota (ver l Reyes 11 - 12). Los que deciden adherir a la legislación vigente del celibato, deberían haber defendido en el transcurso de los últimos años argumentos prácticamente convincentes con un espíritu de coraje y compromiso, es decir utilizando una táctica “ofensiva”. En su lugar, en gran medida se han escudado detrás de la “ley”, y fueron los regentes, los espirituales y otros los que quedaron peleando en el frente concreto. Ahora sale a la luz esta situación y empuja sin descanso a encontrar una respuesta valedera.

III

Estas consideraciones deben tenerse en cuenta al abordar una revisión. - No es cierto que todo resulta claro y seguro en esta cuestión y que deba mantenerse lo establecido exclusivamente en base a la confianza en Dios y al valor. Honestamente hay que reconocer que la encíclica “Sacerdotalis Coelibatus”, del 24 de junio de 1967 no dice nada acerca de muchos temas, en los cuales debería haberse explayado, y que en algunos aspectos incluso queda por detrás de la teología del Concilio Vaticano II (por no hablar de la forma de discurso elegida para desplegar la cuestión). En cualquier caso, resultó ser muy ineficiente y ha provocado en los sacerdotes jóvenes más bien la impresión de que se está defendiendo algo, que luego caerá , tal como ha ocurrido en varias combates de retirada de la Iglesia oficial (véanse, por ejemplo, tan sólo las diferentes fases de la reforma litúrgica ). Es necesario repensar muchos temas con mayor precisión en cuanto a las cuestiones psicológicas, sociológicas, jurídicas, espirituales, morales y teológicas, y en vista de los problemas frecuentemente pasados por alto surgidos de la concreta forma de vida del sacerdocio célibe de hoy (inclusive las cuestiones referidas a formas todavía hoy día indignas para disponer la dispensa al celibato).

Tampoco es cierto, que la totalidad del problema de la insuficiencia de sacerdotes no guarde relación con estas consideraciones. Por supuesto, la escasez de sacerdotes no es causada únicamente por el requisito del celibato, sino posee además múltiples y más profundas causas. Pero sería erróneo concluir que las dos cuestiones no tienen nada que ver entre ambas. Si, sin modificación de la ley del celibato no es posible ganar un aumento suficientemente importante de sacerdotes- y esta pregunta es también para nuestro país aún una amenaza abierta - entonces la Iglesia sencillamente tiene el deber de realizar alguna modificación. La convicción, de que Dios obtendría siempre en cualquier caso suficientes sacerdotes célibes por su gracia, es una esperanza buena y piadosa, pero teológicamente imposible de demostrar, y no puede permanecer en estas consideraciones como punto de vista único y decisivo. Especialmente los jóvenes sacerdotes que aún tienen un largo trayecto de su vida sacerdotal por delante y una exigencia cada vez mayor en su servicio a la Iglesia, se preguntan, en vistas de la escasez cada vez más aguda de sacerdotes, de qué manera resolverán estos problemas de la vida de la iglesia y de su propio destino en los próximos años, cuando ellos mismos deban asumir mayor responsabilidad. Para ellos, la mirada idealizada hacia atrás no alcanza, aún cuando ellos mismos mantengan su modo de vida previamente elegido.

De cualquier modo, es imperioso hacer una advertencia sobre el argumento, según el cual el número real de católicos en el futuro será en poco tiempo lo suficientemente pequeño, que un número menor de clero célibe alcanzará. Si tal vez tenemos que prever por diversas razones un desarrollo en esta dirección, esto no deberá ser la causa que devenga en un derrotismo o en una ideología del “pequeño resto”. La Iglesia debe tener fuerzas misioneras para la ofensiva, siempre donde exista una posibilidad. La legislación anterior acerca del celibato desde luego no puede entenderse como una referencia absoluta para las reflexiones, según la cual deban orientarse con exclusividad todas las demás consideraciones eclesiásticas y pastorales. Si pese a los “graves reparos” el Papa mismo aparentemente no rechaza la idea de la consagración de hombres mayores casados («viri probati”) a priori y absolutamente como indiscutible (de hecho, en algunos casos ya se está haciendo), entonces implícitamente se acepta la nueva revisión de la legislación vigente del celibato y su práctica. A su vez debemos admitir - por lo que percibimos en nuestros estudiantes de teología - que a menudo tenemos la impresión, de que nuestra actual reglamentación en gran medida conduce no sólo a una disminución en el número de candidatos para el sacerdocio, sino también a un empobrecimiento del talento, y por tanto a una reducción en las exigencias y la eficacia de los sacerdotes aún disponibles; sin perjuicio de un número muy reducido de teólogos muy talentosos, que a menudo se acercan a nosotros con el propósito de una segunda formación. Los que aseguran a su obispo no tener ninguna dificultad con respecto a la aceptación del celibato, no han demostrado por esto de modo concluyente que son aptos para la consagración.

Todavía queda abierta la pregunta, hasta qué punto estas explicaciones pueden plantearse sin despertar reservas internas y ser tomadas con seriedad por los obispos. Casi en todas partes experiencias recientes documentan nuestra duda. Por su parte, los resultados de los votos a favor o en contra del celibato obtenidos o esperables entre los alumnos dan lugar a muy serios reparos. La situación real es muy alarmante en la mayoría de las casas de estudio y seminarios.

IV

Cuando se trata de un asunto, que no es dogmático en sentido estricto, el legislador eclesiástico también tiene la obligación de considerar debidamente el impacto de su legislación (incluyendo la adhesión a esta misma). En primer lugar, deben enfocarselos efectos que por una parte son previsibles y por otra parte son los más dañinos (en comparación con sus buenas intenciones). Esto vale incluso, si los efectos “en sí” no se producirían y en cierto modo representasen una reacción indeseada de aquellos, que están afectados por esta “ley”. Además, un legislador de la Iglesia no puede limitarse a decir: nuestra “ley “ y nuestras intenciones son en sí mismasbuenas por su contenido, son formalmente legítimas y sólo pueden tener buenos resultados, siempre que esta “ley” sea acatada (como debería ser). Cada legislador a su vez debe reflexionar sobre las consecuencias reales de sus disposiciones. Esta consideración sencilla, a primera vista aparentemente abstracta, pero de ninguna manera secundaria, no parece efectuarse siempre suficientemente. Ya hemos fijado la vista en esta cuestión de modo objetivo en cuanto al cumplimiento del mandato de la Iglesia y del ministerio (prioridad del servicio de salvación pastoral, escasez de sacerdotes, los requisitos cualitativos del sacerdote, etc.)

Este problema, empero, también debe pensarse en cuanto a la viabilidad de la vida de celibato de los sacerdotes jóvenes de hoy (véase, por ejemplo, la cuestión de la atención en el hogar - “ama de casa”; el creciente aislamiento y la pérdida de verdadero “reconocimiento” de numerosos sacerdotes en medio de muchas comunidades; la falta de nitidez de la imagen sacerdotal; la indecisión y la inestabilidad psicológica de cuantiosos jóvenes para llevar adelante hoy día en la sociedad sexualmente sobre-estimulada una “saludable” vida de celibato, etc.) La situación totalmente modificada por todo esto no es por sí misma un argumento concluyente contra la ley del celibato, pero requiere sin embargo una revisión muy seria de la cuestión desde numerosos puntos de vista.

V

1. El nuevo examen sobre la cuestión del celibato debería ser realizado por los obispos alemanes entre sí, en primer lugar. Por supuesto, deberían ser invitados a participar expertos de todos los ámbitos que puedan aportar un esclarecimiento real a esta cuestión. Tampoco hay razones para excluir otros representantes imparciales, no manipulados y genuinos de los sacerdotes y sobre todo del clero más joven. En caso contrario, el episcopado sólo daría la impresión de no creer realmente en la fuerza interior de la recomendación evangélica del celibato “por el bien del Reino Divino”, sino únicamente en el poder de la autoridad formal. Tal inventario positivo y análisis del problema debe llevarse a cabo, a su vez, porque el asunto del celibato debe ser expuesto comprensiblemente y con sentido, mismo dentro de los condicionamientos de la opinión pública y de la sociedad actuales – en tanto esto sea posible - conociendo los límites muy claros de este esfuerzo. Constituirá un “estorbo”, permanente pero no eximirá de ser presentado con los mejores argumentos, si se realiza una revisión seria y se puede arribar a resultados positivos (ver también más arriba la sección l). Por más que sepamos, que el celibato es ante todo un fruto de experiencia espiritual, como representantes de la ciencia teológica, tenemos que llamar la atención sobre la función positiva, esclarecedora e indispensable de una revisión.

2. Además, estamos convencidos de que los obispos alemanes deben propiciar ante Pablo VI una revisión seria de la ley de celibato y sugerir aclaraciones y medidas pertinentes. Los obispos tienen el derecho a esto y, en la situación actual, creemos también una real obligación. Un verdadero “debate”, que ya debiera haberse producido en lugar de la charla pública, tampoco sería un precedente para una respuesta negativa a la cuestión. Dicha revisión no debería realizarse bajo la premisa, que la Iglesia y el Papa se encuentren sólo ante el dilema de “abolir” el celibato o mantener la legislación y práctica vigentes sin todos los matices. El dilema así planteado no existe. Creemos que esta cuestión de Roma sólo puede resolverse en cooperación verdaderamente sincera y colegial con el episcopado del mundo. Cualquier proceder según los últimos pasos pone en extremo peligro la autoridad efectiva del ministerio eclesiástico (del Papa y los obispos). Pedimos a los obispos alemanes una pronta intervención en Roma, en vistas de la evolución reciente de este asunto. La experiencia hecha con “Humanae Vitae” y también en nuestra presente cuestión (sobre todo en los últimos 10 días) demuestra lo que ocurre y como las dificultades van en aumento casi trágico, si falta la cooperación. Esta opinión no cuestiona ni limita la primacía papal. Es sólo la aplicación de la afirmación implícita, que también el Papa debe utilizar en sus decisiones las “apta media” para encontrar la decisión adecuada. En la situación actual, esta cooperación con el episcopado mundial es, al tratar estas cuestiones, prácticamente parte de estas “apta et – hodie necessaria - media”, y no un simple “simulacro de disputa”.
Tal vez nuestra opinión sea rotulada con el veredicto de la ambigüedad o incluso de la contradicción, y sea pasada por alto. Pero las reales dificultades descansan en la situación objetiva muchas veces confusa, resultado de diversos factores. Hemos querido enfrentarnos a esta situación, sin ignorar la fuerza y la exigencia del Evangelio. No debemos hacer prescripciones a los obispos alemanes. Pero tenemos el derecho y el deber de decir en esta grave situación a los miembros de la Conferencia Episcopal Alemana, basándonos en nuestro ministerio como teólogos y en nuestra misión como consultores con todo respecto a la dignidad y gran responsabilidad de su cargo, que deben tomar una nueva iniciativa en el asunto del celibato y no pueden considerarse dispensados sólo debido a la práctica actual de la Iglesia y a las declaraciones del Papa.

9 de febrero de 1970

suscribe Ludwig Berg, Mainz
suscribe Alfons Deissler, Freiburg
suscribe Richard Egenter, München
suscribe Walter Kasper, Münster
suscribe Karl Lehmann, Mainz
suscribe Karl Rahner, Münster-München
suscribe Joseph Ratzinger, Regensburg
suscribe Rudolf Schnackenburg, Würzburg
suscribe Otto Semmelroth, Frankfurt

lunes, 2 de julio de 2012

Clelia Luro, viuda del obispo Podestá: “Se viene el tiempo de abolir el celibato”



Clelia Luro, esposa del obispo Jerónimo Podestá, fallecido en 2000, traza un panorama de la férrea postura de la Iglesia Católica, tras la renuncia del obispo Fernando Bargalló, fotografiado con una mujer de vacaciones.
El episodio del ex obispo de Merlo-Moreno, Fernando María Bargalló, forzado a renunciar tras el escándalo desatado al publicarse unas fotos en las que se lo ve abrazado a una mujer en una playa de México, continúa generando discusiones en los ámbitos eclesiásticos. Ayer, el teólogo español Juan José Tamayo consideró que “es una prueba más de la incompatibilidad que establece la Iglesia entre el amor a Dios y el amor a los seres humanos”. En la Argentina, Clelia Luro aseguró que “está viniendo el tiempo” de abolir la Ley de Celibato dentro de la Iglesia, pero se lamentó que “con este Papa no va a suceder”.
La mujer emblema mundial de la lucha por el celibato optativo junto al sacerdote tercermundista Jerónimo Podestá, fallecido en junio de 2000, dialogó con Tiempo Argentino y se lamentó porque la rotura de una vértebra le impidió asistir al encuentro de la Federación Latinoamericana de Curas Casados y sus Esposas, que comenzó ayer en Fortaleza, Brasil, donde 180 parejas debatirán sobre una Iglesia “abierta y renovada”.
Sobre lo de Bargalló, aclaró que es un caso muy distinto al suyo: “Él debió renunciar porque tenía una mujer oculta, quizás porque manejaba mucha plata. A mí Jerónimo no me ocultó nunca. Militábamos políticamente y luchamos hace años presidiendo el movimiento de sacerdotes casados, que es profético porque denuncia lo que no está bien y anuncia lo que viene. Van a tener que poner el celibato optativo como tienen otras religiones.”
–¿Y por qué no lo hacen?
–Con este Papa no va a suceder. Hay muchos que se están yendo y que si les dejaran ser curas casados permanecerían ejerciendo el sacerdocio. La religión es profundamente revolucionaria, pero los que están ahora al frente del Vaticano la han opacado completamente. El Concilio II decía que era la hora de abrir las ventanas y que entrara aire fresco a la Iglesia, y este Papa no quiere saber nada. El Vaticano se apartó del Evangelio y se abrazó al poder.

–Otro reclamo de apertura es en referencia al papel de la mujer.
–Es una institución machista, no tiene a la mujer en ningún cargo. Tienen miedo a introducirla dentro de la Iglesia, porque podría suceder que el hombre madure (risas), que los curas aprendan a ver, a liberarse, como pasó con Jerónimo, a ejercer el sacerdocio sabiendo lo que es ser papá, amar. La Iglesia quiere curas obedientes y los que se casan ya no serían fáciles de llevar.

–¿Y cómo ve el futuro?
–Tengo fe. Ahora en octubre hay un concilio de obispos en Roma para llamar a la evangelización. Es la última oportunidad en este tiempo para hacer alguna reforma, las bases (el pueblo de Dios) están preparadas, están pidiendo que el Vaticano cambie, porque el mundo cambia, es el Vaticano el que no cambia. Decile a los jóvenes hoy que no van a poder casarse a ver si se hacen curas. No se hacen, o se enamoran y se van, es lo natural que tiene que pasar.


miércoles, 27 de junio de 2012

Volver a un celibato sacerdotal opcional.




En la Iglesia Católica siempre han existido legalmente sacerdotes casados junto con sacerdotes célibes, aunque el dato pueda sorprender. Desde el comienzo del cristianismo era común y corriente que el ministerio fuera ejercido por personas que, previamente al orden sagrado, habían recibido el sacramento del matrimonio. Incluso, según constancias de entonces, se abrigaba cierto resquemor respecto de los candidatos al presbiterado que decidían no casarse. Pero, clarificadas las ideas, terminaron por considerarse legítimas ambas opciones (sacerdocio con matrimonio o sacerdocio célibe) en nombre de la libertad cristiana.
¿Acaso no había sido bastante aleccionadora la actitud de Jesús? Aunque él vivió célibe, al elegir y designar a los apóstoles -que fueron los primeros y más insignes ministros sagrados de nuestra Iglesia- se abstuvo de discriminar entre solteros y casados, y en momento alguno aludió al celibato como condición para el desempeño de las funciones sacras. Más aún, distinguió con el rol de “número uno” en la Iglesia a San Pedro, que siguió manteniendo su estado conyugal.
Asimismo, en la historia se registra el hecho de que varios papas ejercieron su cargo sin por ello alterar su (legítima) vida matrimonial. Salta a la vista que en la Iglesia primitiva, y también durante muchos siglos siguientes, el celibato fue optativo y de ningún modo impuesto por la jerarquía. Para eliminar cualquier duda, la Iglesia se pronunció oficialmente sobre el tema en el primer Concilio ecuménico o general, celebrado en Nicea en el año 325. Allí los Padres conciliares rechazaron de plano la propuesta de imponer el celibato como requisito necesario para todos los sacerdotes. Fue ésta una comprensible reacción en defensa del espíritu y la praxis que se instalaron desde el primer momento en el seno de la comunidad creyente, de acuerdo en un todo con el modelo fundacional adoptado por Cristo y los apóstoles.
La autoridad de Roma, ante esta situación originada sobre todo desde el cristianismo oriental, desistió de su acariciado proyecto de celibato obligatorio a escala universal. Al compás de los acontecimientos históricos, centró su intención en los sacerdotes del rito latino u occidental y expresó su voluntad de que todos ellos asumieran un estado de vida “particular y carismático”, en el que debía destacarse el celibato. Ipso facto quedaban involucrados en esa medida los presbíteros diocesanos o seculares. Sin embargo, este intento chocó con serios obstáculos y debieron entablarse interminables tratativas durante siglos, sin resultados satisfactorios. La ley celibataria tan sólo adquirió vigencia real a partir del Concilio de Trento (1545-1563).
Ya han transcurrido unos 400 años de esta ley tridentina que muchos califican de drástica, además de incoherente y contradictoria. Drástica, por su carencia de alternativa y porque limita en alguna medida la plena libertad vocacional. Incoherente y contradictoria, por varios aspectos:
1) En el rito oriental desde siempre existen sacerdotes católicos casados, y surge espontánea la reflexión: si en ellos el matrimonio es compatible con su sacerdocio, también puede serlo en los demás, salvo que incurriésemos en la impertinencia de suponer que los sacerdotes del rito latino pertenezcan a una naturaleza más “angelical”.
2) En nuestros días, de modo gradual y paulatino, se está instalando un “nuevo” clero. Son ex pastores anglicanos que pasan a ser (¡enhorabuena!) presbíteros en el antiguo hogar que es nuestra Iglesia, y conservan su propia tradición de ministros casados.
3) Desconcierta bastante la idea de que hombres maduros, que han constituido su familia, no puedan ejercer el ministerio en las filas de los presbíteros diocesanos o seculares. Resulta técnicamente expresiva la denominación de seculares, ya que secular -en este caso- es lo mismo que decir “en el mundo y para el mundo”, y precisamente se refiere a aquellos sacerdotes que, por “institución y oficio”, deben vivir en un directo y diario trato con las personas que residen en el territorio parroquial, a fin de ayudarlos no sólo a nivel de las realidades sobrenaturales sino también, en lo posible, en todas las dificultades de su existencia. No siendo el celibato una condición necesaria, ¿por qué tanto afán en imponer sobre las espaldas del presbítero la práctica de un consejo evangélico (no un mandamiento) que más bien es propia de un instituto de vida consagrada?
Ha llegado la hora de una profunda y necesaria reforma, perfectamente viable mediante el simple retorno al pensamiento y praxis originaria del celibato opcional, con su íntegra carga de humana y divina sabiduría. La zanjante disciplina vigente en la actualidad, impuesta con las mejores intenciones en el siglo XVI, muy lejos está del prestigio esperado y de los tan copiosos frutos en ella cifrados.
“Es algo que ya no va más.” Tal la lapidaria sentencia (documentada, por cierto) que un eminente benedictino pronunció ante una rueda de amigos hace pocos años.
No debe extrañarnos, porque, con frecuencia, lo que se creyó mejor pasa a ser enemigo de lo bueno.

viernes, 4 de mayo de 2012

El pluralismo: desafío para las iglesias.



Por Alberto F. Roldán. (*)
Ramos Mejía. Buenos Aires.

 En un reciente informe transmitido por la agencia de noticias ALC, se informaba lo siguiente: “Un nutrido grupo de sacerdotes austríacos, que el pasado verano europeo llevaron a cabo una ´”llamada a la desobediencia”, movilizándose en favor del celibato opcional y de la plena participación de mujeres y laicos en la Eucaristía, provocando la conmoción en el centro de Europa, han vuelto a emitir un manifiesto en el que protestan por una Iglesia más creíble.”([1])
 
Entre las cosas que estos sacerdotes cuestionan, se mencionan el cierre de parroquias por no contar con sacerdotes, la excesiva cantidad de homilías y servicios que se convierten en rituales mecánicos y superficiales y la dureza con que son tratadas las personas divorciadas que se atreven a volver a casarse y a sacerdotes que, rompiendo con el celibato, han optado por establecer una relación de pareja.
 
Más allá de que cada uno de los hechos señalados requeriría un tratamiento particular y minucioso, el pronunciamiento de estos sacerdotes de Austria nos conduce a reflexionar sobre el modo de ser Iglesia de Cristo hoy. Si entendemos que la encarnación no sólo es un hecho histórico que acaeció en Jesucristo, la Iglesia, su cuerpo según la rotunda metáfora paulina, también debe asumir su condición humana, es decir, encarnarse.
 
La encarnación implica que ella vive en una historia humana de tiempo y espacio con todas las limitaciones que ello supone. Y, también, significa que debe estar atenta a lo que Jesús mismo instó cuando habló de interpretar “los signos de los tiempos.”  Si hay algo que caracteriza nuestro tiempo, desde el fin del siglo XX y lo que va del XXI, es que las sociedades han cambiado. Y esos cambios implican diversidad de pensamientos, de ideas y de prácticas a las cuales las iglesias no siempre son proclives a reconocer.
 
En ese sentido, habría que recordar que la encarnación significa, en otros términos, la secularización. Esta palabra, que procede del latín sécula, significa “siglo”, “edad”, “mundo”. De alguna manera podemos decir con Gianni Vattimo que “la encarnación de Jesús es, en sí misma, ante todo, un hecho arquetípico de secularización.”([2]) Como hecho arquetípico, Jesús de Nazaret, el Verbo encarnado, sigue siendo el modelo de acción cristiana en el mundo.
 
Si Él se encarnó, la Iglesia también debe encarnarse, lo cual implica reconocer sus propias limitaciones humanas, su fragilidad y su temporalidad. Ella existe para dar testimonio de la Verdad, que es Jesucristo. Y no sólo dar testimonio de Él en palabras, sino sobre todo dar testimonio en acciones redentoras.
 
La Iglesia debe acompañar a los que sufren, ser solidaria con los desposeídos, pronunciarse a favor de los que son víctimas de injusticia y de violencia. Debe dejar de asumir posiciones jerárquicas y optar por actitudes de servicio. Porque, como dice Wolfhart Pannenberg: “Toda interpretación de la iglesia que no tenga en cuenta, desde un principio, su relación con el contexto vital del mundo, un contexto que le trasciende y abarca, es unilateral.”([3])
 
En un tiempo en que las sociedades humanas reconocen la importancia del diálogo y optan por el pluralismo, las iglesias están llamadas a ser modelos de esas actitudes y abandonar posiciones irreductibles y condenatorias. Claro que esto implica una conversión de las propias iglesias. En otras palabras, como dicen también los sacerdotes austríacos, se trata de buscar una Iglesia que escuche y dialogue.
Este desafío implica también la búsqueda de una nueva reforma (la palabra “reforma” aparece en el documento de referencia) que atañe no sólo a la Iglesia católica sino que incluye a las iglesias que, procedentes de la Reforma, han asumido, quizás inconscientemente, actitudes similares a las señaladas por los sacerdotes de Austria.
 
Iglesias estas últimas, para las cuales la expresión Ecclesia Reformata semper reformanda no ha dejado de ser un mero slogan carente de concreciones palpables. En síntesis: el pluralismo, que es el talante que caracteriza a las sociedades bien o mal denominadas “posmodernas” ([4]), es el gran desafío para las iglesias de hoy que están llamadas a ser más humildes, más comprensivas y, sobre todo, más humanas.+ (PE)

[1] Los "curas rebeldes" austríacos reclaman a la Iglesia la inclusión de los divorciados, gays y sacerdotes casados”. ALC Noticias, 6 de marzo de 2012.
2 Gianni Vattimo, Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso, Buenos Aires: Paidós, 2004, p. 85
3 Wolhart Pannenberg, Teología y Reino de Dios, Salamanca: Sígueme, 1974, p. 43.
4 Para una reflexión sobre los vínculos entre posmodernidad e Iglesia véase  Alberto F. Roldán, “La Iglesia frente a los desafíos de la posmodernidad y el pluralismo”, Cuadernos de teología, Buenos Aires: Instituto Universitario Isedet, 2001, vol. XX, pp. 191-210.
 
(*) Alberto F. Roldán es doctor en teología por el Instituto Universitario Isedet y master en ciencias sociales y humanidades (filosofía política) por la Universidad Nacional de Quilmes. Escritor. Director de la revista Teología y cultura:www.teologos.com.ar
 
PreNot 9990.
120504

Fuente: Ecupres