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lunes, 24 de octubre de 2016

¿No va a haber misericordia para obispos y presbíteros casados?



“Por mucho tiempo nos hemos olvidado… de andar por la vía de la misericordia” (Mv. 10)

En cuanto al celibato, el tiempo ha sido excesivo. Siglos imponiendo. A pesar de la práctica secular de la Iglesia Oriental que conservó en parte la libertad evangélica. En Occidente causa sonrojo leer la historia que no se ha podido ocultar. La ley, que vincula celibato y sacerdocio, no existió en el primer milenio. En el siglo IV surgió la ley de “continencia”, promulgada por el Papa Siricio (384-399). Prohíbe a los clérigos el uso sexual del matrimonio, y les “cierra todo camino de indulgencia”. Conviene reparar en la razón de la ley: “los que están en la carne, no pueden agradar a Dios (Rm. 8, 8). Confundiendo “carne” con “sexo”, el uso del matrimonio “no puede agradar a Dios”. Esta aberrante teología de la sexualidad y la no menos aberrante interpretación del texto de Pablo (Rm 8, 8) son la base originaria de la ley del celibato ministerial:


“Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Mas los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios [Rom. 8, 8].

… En cuanto aquellos que se apoyan en la excusa de un ilícito privilegio, para afirmar que esto les está concedido por la ley antigua, sepan que por autoridad de la Sede Apostólica están depuestos de todo honor eclesiástico, del que han usado indignamente, y que nunca podrán tocar los venerandos misterios, de los que a sí mismos se privaron al anhelar obscenos placeres; y puesto que los ejemplos presentes nos enseñan a precavernos para lo futuro, en adelante, cualquier obispo, presbítero o diácono que —cosa que no deseamos— fuere hallado tal, sepa que ya desde ahora le queda por Nos cerrado todo camino de indulgencia; porque hay que cortar a hierro las heridas que no sienten la medicina de los fomentos” (H. Denzinger 185: Sobre el celibato de los clérigos).

Sigue la queja: “¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios?”

En el siglo XI, por influjo de monjes (celibato opcional), Gregorio VII (1073-1085) impuso la ley del celibato actual. El decreto dice que el que desea ser ordenado debe hacer antes voto de celibato: “los sacerdotes [deben] primero escapar de las garras de sus esposas”. Para cumplir la ley, Urbano II (1088-1099) en 1095 propone vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y abandonar a los hijos. La oposición del clero en Italia, Francia y Alemania, fue casi unánime. Sólo tres obispos alemanes promulgaron el decreto papal. En ambientes eclesiásticos se oía la misma queja: “¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios: ‘El que pueda con esto, que lo haga’ (Mt 19, 12)?”. A lo que se podría añadir, como me recuerda un comentarista: ¿Acaso el Papa no conoce la práctica de Jesús, “el pequeño relato evangélico de la curación de la suegra de Pedro (Mc.1,29-31 y paral. Mt. y Lc.)? ¡Qué fallo del evangelista! Con lo fácil que hubiera sido no recoger esta humilde historia que nos recuerda que el mismo Simón Pedro, el elegido por Jesús con el “Tu es Petrus”, era nada menos que un pescador casado. La elección de Jesús echa por tierra siglos de celibato obligatorio”.

“El celibato obligatorio es inmoral”

Esperemos que el Papa Francisco tenga valor para volver a la libertad de los primeros siglos. La incultura, el fanatismo y el afán de dominio hicieron que una opción evangélica quedara vinculada necesariamente al ministerio. A finales del primer milenio corrió entre el clero una carta atribuida a San Ulrico, obispo de Ausburgo (890- 973), canonizado por Juan XV, en el primer decreto de canonización. La carta aparecida cien años tras su muerte dice exponer la mente del santo. En ella se dice que para el pueblo cristiano “el celibato obligatorio es inmoral”, ya que San Ulrico, brillante por su nivel de exigencia moral en sí y en su clero, defendía el matrimonio de los curas: “Basándose en el sentido común y la Escritura, la única manera de purificar a la Iglesia de los peores excesos del celibato es permitir a los sacerdotes que se casen” (cf. “Analecta Boll.”, XXVII, 1908, 474).

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (Mv. 10)

Si esta “viga” fuera la base de la Iglesia, el derecho a elegir el estado de vida estaría vigente entre los clérigos. Es un derecho fundamental humano. Es de justicia. La misericordia colabora con la justicia para que las personas experimenten que nuestro Dios “se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos” (Mv. 9). Aunque en una época de su vida prometiera no casarse nunca, la evolución personal puede llegar a convencerle de que esa promesa fue equivocada. “Crece la conciencia de la dignidad de persona…, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables… El Espíritu de Dios está presente a esta evolución. El fermento evangélico en el cora­zón del hombre excitó y excita una irrefrenable exigencia de dignidad” (GS 26). El texto conciliar reconoce la historicidad, la construcción personal durante la vida, la evolución, el cambio responsable, máxime cuando cambiamos a otras decisiones buenas y mejor adaptadas a nuestra personalidad. Cualquier promesa es hija del momento cultural y psicológico personal. Darle carácter de inmutabilidad es inhumano. Sobre todo cuando la promesa no es necesaria para la salvación definitiva. Lo importante es la conciencia personal responsable.

El trato a obispos y presbíteros casados no ha sido ni es misericordioso

La Iglesia se deja llevar de la tentación del poder, y no respeta la justicia, “el primer paso, necesario e indispensable” (Mv 10). El trato a los sacerdotes casados no es “anuncio y testimonio hacia el mundo de tener misericordia” (Ibid.) Su actuación con obispos y presbíteros casados es causa evidente de pérdida de credibilidad: “La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (Ibid.). En este asunto, no “se ha hecho cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos” (Ibid.) para mantener el celibato, y les ha aplicado con rigor la ley, sin alternativa evangélica, conforme con su preparación y vocación. A veces ni siquiera opción humana. Para ello necesitaba abolir la ley. Y ha preferido la ley a la vida de las personas: “ha hecho al sacerdote para la ley, y no la ley para el sacerdote” (Mt 12, 7-8; Mc 2, 27; Lc 6,5). Esta es la triste historia del trato a los sacerdotes casados. Éstos, a pesar de su conciencia acorde con el evangelio, han sido expulsados del ministerio. No ha importado la aceptación del Pueblo de Dios, ni la débil y cuestionable fundamentación bíblica y teológica, ni el funcionamiento azaroso, ni el cumplimiento problemático, ni las razones iniciales maniqueas y luego ideológicas, económicas, o de poder…

Relean este texto papal (Mv 12) mirando a los miles de sacerdotes “desaparecidos”:

“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno… Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo… Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre… Cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”.

Para la Iglesia oficial no existen

No está en el programa del Jubileo Extraordinario de la Misericordia reunir a obispos y presbíteros casados para brindarles la misericordia del Buen Pastor. Son muchos. Están asociados en múltiples confederaciones. Organizan congresos internacionales. Para la Iglesia oficial no existen. ¿Olvido intencionado? ¿O seguir el camino de la Ley: “nosotros tenemos una ley, y, según esa ley, deben morir” (Jn 18, 7) los obispos y presbíteros, en cuanto tales, si se casan? Es el Código, es la Ley. Aunque el Evangelio diga que “no todos pueden con eso, sólo los que han recibido el don” (Mt 19, 11). La ley, al que dice no tener ese don, le prohíbe ejercer el otro “don”, más claro y urgente. Jesús hizo justo lo contrario: llamó a casados y solteros. Y encargó orar por las vocaciones misioneras: “La mies es abundante, los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38). Pero sin condicionar al “dueño de la mies”: que los envíe solteros.

martes, 9 de febrero de 2016

Un obispo llamado deseo.


Pepe Mallo y Rufo González

[Comparto, querido Pepe, lo que dices sobre la autoridad eclesial:
“Quiero recalcar que el “episcopo” no era impuesto desde “arriba” (entonces no existían “arribas” ni “abajos”), sino designado por cada una de las iglesias; y, como miembro de la comunidad, no gozaba de supremacía ni hacía alarde de autoridad, pues su autoridad consistía en el servicio, en la “diakonía”.

Pienso que mientras la Iglesia no rehaga su teología del poder, no puede haber reforma evangélica en su organización. Hace años que se viene pidiendo que el primado de la jararquía (papa, obispo, párroco y vicarios) abandone el dominio (expresado en términos “de jurisdicción”, monarquía absoluta…). Y pase a ser “primado de servicio”, desinteresado, inspirado en el modo de vida de Jesús, Cabeza de la Iglesia, y ejercido en humildad fraterna. Si la autoridad de la Iglesia se vive y se ejerce en el Espíritu de Cristo, volvemos al antiguo “primado de servicio” de los primeros siglos de la Iglesia. Si seguimos inspirados en el imperialismo romano, envuelto en religiosidad interesada, seguiremos viviendo en primados no evangélicos: “de honor” (prohibidos en el evangelio, pero reales en nuestra Iglesia) y “de jurisdicción” (pura autoridad y poder, que niega u oculta el servicio verdadero). Los primados de honor no tienen sentido en la Iglesia, nadie los puede conceder con la autoridad de Cristo, y nada pueden ayudar al crecimiento espiritual. Es sólo vana gloria. Desde el evangelio sólo tiene valor “el primado de servicio”: ministerios para afianzar la fe y apacentar a los hermanos para que se mantengan en el Amor. Es el primado pastoral, ministerial. Primado que no suplanta a la comunidad, sino que favorece su crecimiento, desarrolla sus carismas, respeta procesos de organización, de elección de sus responsables, etc. Así serían posibles comunidades adultas, dignas de la persona y del evangelio de la libertad guiada por el amor de Jesús. Rufo González]

Escribe Pepe Mallo:

“Es muy cierto que si alguien aspira a ser obispo, aspira a un cargo muy noble. Es necesario, pues, que no se le pueda reprochar nada. Que sea marido de una sola mujer, hombre prudente, juicioso, de buenos modales, acogedor y hospitalario y que sea capaz de enseñar… , que sepa dirigir su propia casa, y cuyos hijos le obedezcan y respeten; pues quien no sabe presidir su propia casa, ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?” (Tim. 3,1-5)

¡¡¡Si san Pablo levantara la cabeza!!!

Esta exquisita semblanza paulina de quien aspire a dedicarse al cuidado de la Iglesia contrasta claramente con el modelo de obispo que hoy tenemos. Al menos en tres características básicas: la elección, la jurisdicción y el celibato. Bien sabemos que en estos comienzos de la Iglesia el cargo del “episcopo” no estaba aún definido como lo entendemos actualmente. Parece que con este nombre se designaba a los “elegidos por la comunidad” para “coordinar” los diversos servicios. Quiero recalcar que el “episcopo” no era impuesto desde “arriba” (entonces no existían “arribas” ni “abajos”), sino designado por cada una de las iglesias; y, como miembro de la comunidad, no gozaba de supremacía ni hacía alarde de autoridad, pues su autoridad consistía en el servicio, en la “diakonía”. Asimismo, en esta relevante exhortación, san Pablo no hace ascos al matrimonio del obispo; al contrario, establece que, como ministro responsable, sepa dirigir convenientemente su casa y que sea ejemplo de esposo y padre. De todas formas, yo me sospecho que el paradigma de obispo que Pablo propone en este delicioso texto, visto desde nuestra perspectiva actual, podemos considerarlo como “idílico”.

Trasladándonos al presente, los obispos españoles, a todas luces, hoy son noticia

Por una parte, las recientes investiduras: Hace un tiempo, la designación de Carlos Osoro como arzobispo de Madrid en sustitución del eximio Rouco Varela. Recientemente, el nombramiento del sacerdote navarro Juan Carlos Elizalde como obispo de Vitoria. Algunas semanas antes, el que era obispo de Calahorra y de la Rioja, Juan José Omella, era promovido a la relevante diócesis de Barcelona. Y las nominaciones que están aún por venir, dadas las sedes vacantes… Según los analistas, estas designaciones marcan la línea ideológica y pastoral que el papa Francisco ha diseñado para España. Ellos mismos declaran sus intenciones. Osoro afirma “estoy a muerte con el Papa. Estoy entusiasmado”; Elizalde –al que alguien ha definido como “un obispo para confirmar en la fe y en la esperanza”-: “Seguir saliendo hacia las periferias que señala el Papa Francisco”. Omella en Barcelona ha apuntado que “evangelizar en la actualidad requiere una conversión y no anclarse en viejos métodos o en ideologías mundanas”. Y se les preconiza como fautores de la “primavera de Francisco” en nuestro país.

Por otra parte, no faltan quienes, de una forma o de otra, describen a ciertos jerarcas como “cazadores despechados que están al acecho y no consienten que el Papa les deje en evidencia.” Y sin cortarse un pelo, aportan nombres y apellidos, cargos, destinos y profesiones. No es para menos. El dogmatismo religioso imperante en España ha configurado y caracterizado nuestra manera de pensar y proceder seguramente más de lo que sospechamos. Y es que la sombra inquisitorial y nacionalcatólica de Rouco es alargada. La raíz del problema no está en la institución. Está en el dogmatismo. No se puede negar que un significativo sector de la jerarquía eclesiástica y de asociaciones católicas se han atrincherado en posiciones conservadoras, intentando perpetuar los privilegios, algunos otorgados y otros adquiridos, de los que ha disfrutado y sigue disfrutando un amplio sector de la Iglesia. De vez en cuando se producen rotundas manifestaciones de una doctrina y praxis religiosa con rancio sabor medieval, de una moral sexual intransigente y ultramontana, protagonizadas por obispos como el de Alcalá de Henares, lanzando soflamas incendiarias contra los homosexuales, o el de Córdoba que tilda la fecundación artificial de “aquelarre químico de laboratorio”, o Munilla, de San Sebastián, que osa dogmatizar que los resultados del 20-D “son el retrato de una sociedad enferma”, o Cañizares sembrando sospechas acerca del peligro que los refugiados podrían traer a Europa…

“Burocratización del espíritu”: mera teoría, puro barniz

En no pocos obispos españoles se ha puesto de moda la “burocratización del espíritu”. Está sucediendo en este “Jubileo de la Misericordia”. Se lanzan a proclamar privada y públicamente, en homilías, foros y pastorales, las maravillas de las innovaciones y mensajes de Francisco, pero todo se queda en mera teoría, puro barniz. (Todavía oigo el eco de aquellas palabras del obispo de la diócesis de Getafe: “Hay que abrir las ventanas para que entre el aire fresco”, y tengo la impresión de que se le han debido encasquillar las manijas… ¡¡Puede empezar por levantar las persianas del seminario!!) Estos creídos “auténticos creyentes” están bajo el influjo de una concepción enferma de la autoridad, que nada tiene que ver, aunque la confundan, con la autoridad del servicio (diakonía). ¿De qué son referentes estos obispos?, ¿de qué son ejemplo para la sociedad, para la gentes de los barrios, para los desempleados, para tantos sencillos creyentes que esperan una palabra de ánimo ante su situación? Me cuestiono si su “episcopado” refleja lo que Jesús vivió, si su “sucesión apostólica” es realmente la de los Apóstoles del Maestro de Galilea. Desde luego, desde su “erótica del dogmatismo” en nada se parecen a la imagen de obispo que nos propone san Pablo.

La mayoría proviene de curias o seminarios

Hay todavía un problema candente. El nombramiento de los obispos se hace desde Roma, prescindiendo de los intereses y voluntad de los cristianos de la diócesis que han de gobernar. Y desde Roma no son promovidos precisamente los cristianos o sacerdotes más predispuestos al servicio. Más bien son encumbrados al episcopado sacerdotes que ostentan teológicos títulos académicos y que se han distinguido en promover más el moralismo, el ritualismo y la práctica religiosa cultual que el ministerio pastoral. Nuestra Conferencia Episcopal en más de un 60% la componen gentes trasnochadas. Nombrados según el dictamen de unas camarillas que se mueven aquí y en Roma. La mayoría proviene de curias o seminarios. Son personajes sin brillo, sin resortes pastorales. El obispado es para ellos honor, poder, mando y lucimiento. En la actual estructura de la Iglesia hay algo que impide a los obispos actuar pastoralmente, como enviados, y les fuerza a actuar como funcionarios. Y siempre con el uniforme, el imprescindible traje clerical.

Hombres creadores de comunidad

El obispo de una comunidad diocesana ha de ser elegido desde la Iglesia Misterio de Comunión, en la sinodalidad y colegialidad presbiteral. Cualquier sacerdote, cura de barrio o rural puede ser perfectamente un candidato válido. Los obispos del s. XXI deberían de tener la obsesión por “crear verdaderas comunidades”. Estos hombres creadores de comunidad habrían de salir de las iglesias que presiden; así no estarían en sus diócesis “de paso” y percibiéndolas sólo como meros peldaños de ascenso en su carrera. De esta manera, tendríamos el obispo deseable para las iglesias de estos tiempos. El relevo de Benedicto XVI por Francisco ha insuflado a la iglesia a escala mundial un nuevo estilo. Pero, ¿hasta qué punto el papa Francisco ha presionado sobre la Iglesia española para que aquí se apliquen esas recetas que él mismo proyecta para toda la Iglesia?

Posdata. Tradicionalmente se ha catalogado a los obispos en progresistas y conservadores. Yo añadiría que hay obispos de centro…, de “centro de salud”.

Pepe Mallo

martes, 25 de marzo de 2014

Según el corazón de Papa: Obispos, ¡y no solo obispos!



Pablo Herrero Hernández

Eclesalia

En estas mismas columnas, escribía hace unos días José Antonio Pagola en su comentario a las lecturas de uno de los últimos domingos (ECLESALIA, 26/02/14): «Es sorprendente lo que está sucediendo con el Papa Francisco. Mientras los medios de comunicación y las redes sociales que circulan por internet nos informan, con toda clase de detalles, de los gestos más pequeños de su personalidad admirable, se oculta de modo vergonzoso su grito más urgente a toda la Humanidad: “No a una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata”».

Y, en efecto, en el año exacto que el Papa Francisco lleva ocupando la Sede de Pedro, tengo la impresión de hallarme ante un magisterio torrencial, oceánico, ante el que me cuesta horrores «ponerme al día»; no ha terminado uno de leer varias de sus jugosísimas homilías diarias improvisadas en Santa Marta, cuando la última audiencia, la última homilía, el último encuentro, el último documento reclaman imperiosamente su atención. Por no hablar de la Evangelii gaudium, documento luminoso donde los haya y rompedor en más de un sentido, de la que sí me gustaría compartir con todos los amigos de Eclesalia, en las próximas semanas, algo de lo que más me ha llamado la atención.

Pues bien: en todo este providencial torrente de intervenciones, una que, por su importancia, creía yo que merecería una adecuada atención —esta vez, sobre todo, en medios eclesiales—, no me parece que haya sido lo suficientemente considerada ni meditada, ni siquiera leída. Se trata del discurso que sólo hace unos días, el 27 de febrero, dirigió el Papa a los miembros de la Congregación para los Obispos, que como todos sabemos, es la encargada de proponer al Sumo Pontífice los nombramientos episcopales. El discurso en cuestión lo podéis encontrar ya colgado y traducido al español en “Lo que el Papa Francisco quiere que sean los obispos” de la revista Ecclesia.

Creo que se trata de un discurso que, pese a estar dirigido prioritariamente a la Congregación encargada de los nombramientos episcopales y a los propios obispos, nos interesa a todos, pues, al trazar en él el Papa lo que podríamos llamar el «retrato robot» del obispo según su corazón, indudable y necesariamente está delineando para todos —sacerdotes, religiosos y laicos— el modelo de Iglesia que responde a sus aspiraciones.

Y, aunque nada en este discurso tiene desperdicio, dos o tres frases de él me han llamado la atención de manera muy especial. Escribe el Papa que los obispos han de ser «hombres custodios de la doctrina no para medir lo distante que vive el mundo de la verdad que esta contiene, sino para fascinar al mundo, para cautivarlo con la belleza del amor, para seducirlo con el ofrecimiento de la libertad que da el Evangelio. La Iglesia no necesita apologetas de sus propias causas ni cruzados de sus propias batallas, sino sembradores humildes y confiados de la verdad, que sepan que esta les es nuevamente encomendada una y otra vez y que se fíen de su poder. Obispos conscientes de que, incluso cuando sea de noche y la fatiga de la jornada los encuentre cansados, en el campo las semillas estarán germinando. Hombres pacientes, porque saben que la cizaña nunca será tanta como para llenar el campo. El corazón humano está hecho para el trigo; ha sido el enemigo quien, a escondidas, ha arrojado la mala semilla. Pero la hora de la cizaña ya está irrevocablemente fijada» (n.º 6; la cursiva es mía).

No hallo rastro, en todo el discurso del Papa, de una Iglesia perennemente enfrentada con el mundo y con la humanidad; de una Iglesia erigida en custodia de la única ética admisible y reivindicadora de que sus preceptos morales se conviertan en ley civil y positiva para que sean de obligada aplicación a todos los ciudadanos de una sociedad secular y pluralista; de una Iglesia en perpetuo estado de cruzada, en la que el victimismo y el triunfalismo no son sino las dos caras de una misma moneda; de una Iglesia en permanente estado de guerra —o, cuando menos, de sitio— frente a todo lo que caiga fuera de unos confines que ella misma va haciendo cada vez más estrechos. No hallo rastro de una Iglesia así en estas palabras del Papa Francisco, en las que encuentro, en cambio, la honda aspiración y la gozosa indicación de una Iglesia radicalmente distinta, en permanente proceso de conversión al Evangelio como condición necesaria para predicar ese mismo Evangelio; una Iglesia plenamente digna de ser y de llamarse «cristiana»: la Iglesia de este siglo XXI.

Ojalá no sólo los miembros de la Congregación para los Obispos, sino todas las Conferencias Episcopales y cada uno de sus pastores relean, mediten, interioricen y, sobre todo, «se apliquen» este importante texto del magisterio papal, con el que también todos y cada uno de nosotros, discípulos misioneros según la afortunada figura de la Evangelii gaudium, debemos confrontarnos. Será una ocasión de oro para que seamos Iglesia que «fascine al mundo, que lo cautive con la belleza del amor, que lo seduzca con el ofrecimiento de la libertad que da el Evangelio»; para que pasemos de parecer —y a veces de ser— una Iglesia en contra del ser humano, a ser Iglesia que esté realmente, y con todas las consecuencias, al servicio de él.

Quien estas líneas firma, laico devuelto gozosamente a la fe precisamente hace un año, tras casi veinte de increencia, así se atreve a esperarlo, a pedirlo en la oración y a intentar hacerlo realidad.

pabloherrero.hernandez@gmail.com

MADRID.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

sábado, 3 de marzo de 2012

Los obispos españoles y el dinero.



Cuando hablo aquí de los obispos españoles, me refiero a todos. A los que hablan de este asunto. Y a los que no dicen nada de esto. A los que están en activo. Y a los jubilados. Porque en esta cuestión, y tal como están las cosas, el silencio es complicidad. El silencio de los obispos y de quienes no somos obispos.

Y es que, lo que está en juego, es el hambre y el sufrimiento –y la ejemplaridad ante ese espantoso problema– de millones de españoles. En este caso, quedarse con los brazos cruzados es hacerse responsable del padecimiento de las víctimas. Y además, eso es fomentar todavía más el descrédito de la Iglesia, la burla, la mofa y la risa de tantas gentes ante las cosas que hacen y dicen que se presentan ante la sociedad española como los “sucesores de los Apóstoles”.

Pues bien, hablando de los “Apóstoles”, sabemos que, cuando Jesús los mandó a predicar el Evangelio, lo primero que hizo fue prohibirles severamente que llevaran o que manejaran dinero: “ni oro, ni plata, ni calderilla…” (Mt 10, 9…). Es decir, Jesús se dio cuenta de que, para transmitir el Evangelio, el dinero, no sólo no ayuda, sino que (sobre todo) es un estorbo, es un impedimento. Cuando Jesús dijo esto, lo que en realidad estaba afirmando es que la condición indispensable para transmitir el Evangelio es la ejemplaridad, la claridad y la transparencia de la propia vida. El que no tiene dinero, no tiene nada que ocultar. Y el que oculta (lo que sea) en asuntos de dinero, lo mejor que hace es dedicarse a cualquier otra cosa, que no sea el Evangelio. ¿Cómo va a explicar las Bienaventuranzas, el Sermón del Monte, las numerosas parábolas de los evangelios, que desentrañan la maldad que lleva consigo la codicia por el dinero, si eso lo hace un individuo o una institución que mantiene buenas relaciones con los “mercados” ésos de los que tanto se habla ahora?

Sin duda alguna, quien mejor se dio cuenta del peligro, que representa el dinero, para anunciar el Evangelio de Cristo, fue san Pablo. La solución que él encontró fue tajante: no vivir de su “apostolado”, sino de su “trabajo”. Y así lo proclamó a los cuatro vientos: “Recordad si no, hermanos, nuestros sudores y fatigas; trabajando día y noche para no ser una carga para nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios” (1 Tes 2, 9). Pablo insiste en esta misma idea una y otra vez (1Tes 4, 10 ss; 2 Tes 3, 6-12; 1 Cor 4, 12; 9, 4-18; 2 Cor 11, 7-12; 12, 13-18; Hech 20, 33-35; 18, 1-4). Y conste que Pablo era consciente de que quien se dedica a una tarea religiosa, apostólica, tiene derecho a ser recompensado por aquellos que se benefician de esa tarea. Por supuesto, jamás se le ocurrió a san Pablo que los poderes públicos, o la ciudadanía en general, tuvieran que mantener a los predicadores o catequistas de una determinada confesión religiosa. ¿Cómo se le iba a ocurrir a Pablo semejante disparate? Pero es que Pablo llegó hasta el fondo del asunto: aunque sabía tener derecho a beneficiarse de su apostolado, afirma con toda claridad: “nunca hemos hecho uso de ese derecho; al contrario, todo lo soportamos para no crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo” (1 Cor 9, 12). Por tanto, Pablo sabía que hay “derechos” (no hablo de “privilegios”) que pueden constituir –y de hecho lo constituyen– un serio impedimento para que mucha gente acepte el mensaje del Evangelio.

Lo grave de la postura, que ha asumido la Conferencia Episcopal Española, está en que, en el caso de la España actual, los obispos no están dispuestos a renunciar a un derecho, sino ni siquiera a un privilegio. Este punto capital ha sido analizado al detalle por expertos que saben bien de lo que hablan. Hace más de diez años, el profesor Julio Jiménez Escobar defendió una excelente tesis doctoral, en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (ETEA), de Córdoba: “Los beneficios fiscales de la Iglesia Católica” (editada por Desclée, Bilbao, 2002), en la que, entre otras cuestiones de importancia, defiende y demuestra que la Iglesia española goza ahora mismo de más privilegios económicos que los que obtuvo con el concordato del año 1952, en tiempos de Franco.

Durante siglos, la Iglesia ha podido “justificar” sus posesiones, sus bienes, sus privilegios legales, fiscales, sus abundantes beneficios de todo tipo. No sé si esta situación se va a prolongar mucho tiempo. Sospecho que no. En todo caso, y sea lo que sea de este asunto, confieso que, cuando me entero de las cosas que dicen algunos obispos sobre esta cuestión (recientemente Mons. Martínez Camino), siento vergüenza ajena. Y vergüenza propia. Pienso mucho en el dolor de los que sufren las peores consecuencias de la crisis. Y me da pena de esta Iglesia que, por boca de sus más altos representantes, da señales de haber entrado en un proceso de descomposición que difícilmente va a tener vuelta atrás.

viernes, 15 de julio de 2011

México: Obispo Raúl Vera sufre agresión por defender los DD.HH.


Según información de medios locales, el día de ayer fueron colocadas en el atrio de la Catedral de Santiago, en Saltillo, capital de Coahuila, cuatro mantas con mensajes dirigidos a Fray Raúl Vera López. El mensaje señalaba: “Queremos un obispo católico”.

Como Centro Prodh, recordamos que el Obispo Raúl Vera ha sido promotor y defensor constante de los derechos humanos de distintas poblaciones vulnerables en nuestro país, entre las que destacan los pueblos indígenas, las y los trabajadores, las personas migrantes en tránsito por México y las víctimas de desapariciones forzadas e involuntarias. Por su larga trayectoria en defensa de los derechos humanos, y particularmente de las personas migrantes, en el año 2010 Don Raúl Vera fue galardonado con el Premio Rafto de Derechos Humanos, premio internacional que en diversas ocasiones ha precedido el otorgamiento del Premio Nobel. La denuncia profética que ha ejercido durante tantos años ha sido impulsada por una profunda convicción de defender la dignidad humana y el derecho a la diversidad de las personas y de los pueblos. Don Raúl ha sido un hombre que ha priorizado la inclusión, independientemente de la situación económica, política y social de los hombres y mujeres que acompaña en su labor pastoral.

Ante esta situación, desde el Centro Prodh apoyamos a Don Raúl Vera en su labor de defensa de derechos humanos, condenamos los hechos sucedidos y manifestamos nuestra más profunda indignación por la agresión en su contra, pues es ésta una muestra más de que el ejercicio de la defensa de los derechos humanos en México es una apuesta que pone en peligro la vida y la integridad de quien la lleva a cabo. Asimismo, nos solidarizamos con la Diócesis de Saltillo y con todas las personas que trabajan para crear una sociedad más libre, justa e incluyente.

Fuente: Centro Prodh
Fuente: Chacatorex

COMUNICADO

LA ACTIVIDAD DEL OBISPO NO ESTÁ AL MARGEN DEL EVANGELIO

COMUNICADO

LA ACTIVIDAD DEL OBISPO NO ESTÁ AL MARGEN DEL EVANGELIO

Saltillo, Coahuila, 15 de julio del 2011

A LOS FIELES DE LA DIÓCESIS DE SALTILLO,

A LA OPINIÓN PÚBLICA:

En el contexto del hostigamiento en contra del Obispo de Saltillo, Fray Raúl Vera López, por sus acciones pastorales, expresado en mantas colocadas en el exterior de la Iglesia Catedral el día 14 del presente, queremos manifestar lo siguiente:

El trabajo pastoral del Obispo Diocesano, que abarca espacios muy variados de la vida de la Iglesia y de la sociedad, se inscribe claramente en el ámbito de las enseñanzas y de las normas pastorales de la Iglesia.

El abordar no sólo las cuestiones de Iglesia, sino también las de la vida pública, fuente continua de contradicciones, no representa un desvío hacia terrenos ajenos a la misión pastoral, puesto que el Concilio Vaticano II dejó establecido que "la iglesia, en virtud del evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre" y "es de justicia, que pueda en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas" (Gaudium et spes 41, 76). El fundamento de estas responsabilidades de la Iglesia y de sus ministros es, desde luego, la suprema dignidad del ser humano, única imagen de Dios, que se muestra especialmente cercano a quienes viven en condiciones precarias y vulnerables, víctimas de los daños y perjuicios que causa un mundo desequilibrado.

Además, el mensaje final del Sínodo de los Obispos denominado “La Justicia en el mundo”, del año de 1971, estableció, para los mismos pastores, la exigencia de abordar las realidades emergentes con un verdadero sentido de justicia:“Por tanto, debemos estar preparados a asumir nuevas responsabilidades y nuevos deberes en todos los campos de la actividad humana y particularmente en el ámbito de la sociedad mundial, si de verdad se quiere poner en práctica la justicia. Nuestra acción debe dirigirse en primer lugar hacia aquellos hombres y naciones que por diversas formas de opresión y por la índole actual de nuestra sociedad son víctimas silenciosas de la injusticia, más aun, privadas de voz” (I. La justicia social y la sociedad mundial). Así entonces, las nuevas responsabilidades que la Iglesia y sus pastores tienen que asumir, según la “índole actual de nuestra sociedad” caracterizada por tantos desequilibrios económicos, culturales y políticos, deben alcanzar los espacios cada vez más complejos de la sociedad en los que se pone en juego la dignidad de las personas y la construcción de sociedades más humanas y, por lo tanto, más justas.

La enseñanza última de los Obispos latinoamericanos, contenida en el Documento de Aparecida, deja en claro que “La misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño” (381). Para la Iglesia y sus pastores no hay, por tanto, manera de eludir los compromisos que tienen que ver con el ser humano en su integralidad; nada que tenga que ver con la vida de las personas y con su derecho a una vida pacífica, libre y segura, en la que sean sujetos de su vocación de hijos de Dios a la salvación, es ajeno al trabajo pastoral.

La actividad constante del Obispo, que encabeza a esta Diócesis con sus organismos, sus planes de trabajo y sus agentes de pastoral, no está al margen del evangelio, ni de las normas y orientaciones de la Iglesia, ni de los retos de la sociedad en la que vivimos. Por fidelidad al ministerio pastoral que desempeña, no cesará su dinamismo y su voz, que buscan contribuir a la construcción de comunidades de fe más vivas y comprometidas y de una sociedad más humana, aunque lo expongan a la agresión, tan fácil de perpetrar en estos días tan desafiantes en los que vivimos y en esta sociedad tan agitada, en la cual la Iglesia se encuentra inserta.

Diócesis de Saltillo

Pbro. Gerardo Escareño Arciniega

Vicario General

viernes, 1 de abril de 2011

Obispos contra el perdón.


Primero fue el obispo de Bilbao, que dijo: No puede haber perdón si antes el culpable no pide perdón. Luego fue el obispo de San Sebastián, que reiteró: No puede haber perdón si primero el culpable no se arrepiente. Por fin, el obispo de Pamplona concluyó: No puede haber perdón sin que el culpable haya primero cumplido la penitencia.

No sé cómo interpretar estas declaraciones últimamente reiteradas al unísono por los actuales obispos de las diócesis vascas. Tal vez intentan, a la desesperada, sostener al decaído sacramento de la confesión con las cinco condiciones impuestas por Trento en el siglo XVI: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. ¡Dios mío! ¡Qué terrible se me haría creer en un “Dios” que exigiera esos cinco requisitos, o incluso uno de ellos solamente, como condición del perdón! Si Dios fuera así, ¿podríamos alguien –incluidos los obispos– dormir tranquilos? A no ser que nos creyéramos justos, o mejores que el prójimo… En realidad, creer en ese dios sería negar a Dios. Y los obispos saben bien que al principio no fue así, que hasta el siglo VI ni siquiera se conoció la confesión oral repetida ante un sacerdote, que Roma incluso prohibió la práctica iniciada por los monjes irlandeses y que luego la impuso como obligatoria, que la única confesión de que se habla en el Nuevo Testamento es la confesión mutua y la mutua absolución entre hermanas y hermanos de la comunidad creyente.

Pero las afirmaciones de los obispos responden quizá a otros motivos y persiguen otros objetivos. Quizá quieren ser una aportación al momento político crucial que estamos viviendo en el País Vasco. Los obispos tienen el derecho y el deber de aportar sus criterios éticos y/o evangélicos para que la sociedad vasca acierte con el mejor camino hacia la paz. La paz con todos los adjetivos que se quieran, o la paz sin ningún adjetivo, si se prefiere. La paz. El shalom. Bakea. Es un momento delicado. Hay mucha gente herida en su carne y en su memoria. No podemos apartar la vista de ninguna herida. Y no podemos descuidar ninguna medida necesaria para que las heridas de todos se curen, si fuera posible. Si lo creemos posible, si lo esperamos de verdad, entonces será posible. Es hora de mirar al futuro, sin olvidar el pasado. Sólo hay que mirar al pasado con vistas al futuro. Hay que mirar las heridas del pasado y del presente con ojos de unción. Que la mirada sea un bálsamo. Que las medidas sean sanadoras. Que el ánimo se ensanche. Y ésta es, me parece, la misión de los obispos hoy y aquí: despertar la unción de la mirada y ensanchar el alma en todos, empezando por los más heridos.

Pues bien, en las mencionadas palabras de los obispos yo no encuentro unción, bálsamo y anchura de alma. Encuentro veladas consignas políticas que a nadie pueden curar. El Código penal, en la medida en que sea justo, será necesario y habrá que aplicarlo. Pero no tendremos curación para nuestras heridas personales y colectivas si no vamos más allá del código y la ley, la pena y la penitencia. El perdón será lo único que nos cure.

¿Pero qué perdón? Solamente el perdón gratuito, el perdón sin condiciones, que nace de lo más humano del corazón, allí donde reside la compasión de Dios que a todos nos sostiene. O el perdón es gratuito, sin condiciones, o no es realmente perdón. Claro que el autor del daño debería, en algún momento, conmoverse en su corazón y acercarse a quien ha herido y decirle: “Lo siento, perdóname”. Pero distingamos: una cosa es que, para ser plenamente alcanzado y transformado por el perdón, el autor del daño deba sentirse apenado por el daño causado y decir: “Perdóname” y reparar en lo posible el daño hecho, y otra cosa muy distinta es que el arrepentimiento, la petición de perdón y el cumplimiento de la penitencia sean condición para que la víctima perdone. Lo primero es verdad, lo segundo no. Si el que perdona no perdona gratuitamente, sigue herido. Si el que recibe el perdón no lo recibe como perdón gratuito, sigue también herido, al igual que seguirá herido mientras no se duela del daño que hizo. Pero el perdón verdadero solo puede ser gratuito.

Eso es lo que leemos en el Evangelio, mucho antes de que en la Iglesia se impusiera el sistema penitencial vigente. Leemos que el padre había perdonado a su hijo pródigo desde el instante mismo en que aquel abandonó la casa, y por eso salía a otear de lejos, lleno de pena por su hijo alejado, y que el hijo perdido acabó de hallarse a sí mismo y de curarse del todo cuando vio que su padre (y su madre, claro está, aunque no se la mencione) siempre le había perdonado y que no le permitía ni siquiera hacer la confesión. Leemos que Jesús dijo: “Amad a vuestros enemigos, es decir, a nadie miréis como enemigo. Sed compasivos como vuestro Padre, como vuestra Madre del cielo es compasiva”. Leemos que Jesús murió diciendo a Dios o diciéndose a sí mismo: “Perdónales, porque no saben lo que hacen” (y tengo para mí que fue en ese momento cuando resucitó). Y leemos que dijo: “No mires la paja en el ojo ajeno, sin mirar primero la viga en el tuyo”, y también: “Mira al otro como quisieras que el otro te mirara a ti”.

Eso es el evangelio en su estado puro. Ni siquiera se trata, propiamente, de “perdonar” al culpable, sino de mirar también en él la herida y la gracia, de acogerlo y de seguir confiando en él para un futuro mejor. Es superar de una vez el estrecho y torturado esquema de la culpa y el castigo. Es ser como Dios, que no mira a nadie como culpable, sino que más bien nos restaura con su mirada. Y eso es lo que leemos en san Pablo por activa y por pasiva en la Carta a los Gálatas y en la carta a los Romanos: “Somos amados, perdonados, salvados por Dios siempre de antemano, sin condición alguna, y cuando esto lo creemos, lo sentimos, lo acogemos, entonces nos transformamos y nos hacemos buenos”. Y lo que Dios hace con nosotros, eso debemos hacer nosotros con todos los que nos hacen daño, como dice Pablo: “Vence al mal a fuerza de bien”. Eso es el Evangelio, y tiene poco que ver con los códigos y las condiciones penitenciales, aunque lo enseñen los obispos.

¿Es eso posible? Creerlo y querer practicarlo, eso es creer en Dios, o dejar que sea en nosotros. Lo practicó Jesús. Lo practicó Francisco de Asís, Mahatma (“alma grande”) Gandhi, Luther King y una gran multitud de creyentes o no creyentes que siguen curando a la humanidad y mostrando el camino.

Jo Berry es la hija de un parlamentario británico asesinado por el IRA en 1984. En Noviembre del 2000 quiso encontrarse con Pat Magee, responsable de la muerte de su padre, para escucharle y dialogar, y siguen participando juntos en actos públicos, en talleres llamados “Mirar cara a cara al enemigo”. Jo Berry escribe: “Ahora no hablo de perdón. Decir ‘te perdono’ es casi condescendiente; te encierra en un escenario de ‘nosotros y ellos’ en que yo encarno el bien y tú el mal. Con esa actitud no vamos a ninguna parte. Pero puedo sentir empatía y en ese momento no enjuicio. A veces al encontrarme con Pat he comprendido con tanta claridad su vida que no queda nada por perdonar”.

Mirar al que me ha hecho daño de tal manera, que los ojos no encuentran en él nada que perdonar. Es la mirada que transforma. Es la primacía de la generosidad. Es el poder de la bondad. Es la esperanza para la humanidad. Es lo divino del ser humano. Es lo humano de Dios, ¡bendito sea! Es el Evangelio de Jesús. Y es lo que de un obispo cabría esperar.

Para orar

Señor,
Ayúdame a decir la verdad
delante de los fuertes y a no decir
mentiras para ganarme el aplauso
de los débiles.

Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la
humildad.
Si me das humildad, no me quites
la dignidad.

Ayúdame siempre a ver la otra
cara de la medalla,
no me dejes inculpar de traición
a los demás por no pensar
igual que yo.

Enséñame a querer a la gente
como a mí mismo y a no juzgarme
como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo
si triunfo, ni en la
desesperación si fracaso.

Más bien recuérdame que el
fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar
es un signo de grandeza y que la venganza
es una señal de bajeza.

Si me quitas el éxito, déjame
fuerzas para aprender
del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente,
dame valor para disculparme
y si la gente me ofende,
dame valor para perdonar.

¡Señor, si yo me olvido de ti,
nunca te olvides de mí!

(Mahatma Gandhi)

Fuente: Chacatorex