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lunes, 18 de noviembre de 2013

Intolerantes, fundamentalistas y delincuentes.


Por Washington Uranga

Llama la atención la reiteración de hechos similares: manifestaciones de sectarismo, de intolerancia, profanaciones de templos y expresiones que denotan que a pesar de los grandes avances en materia de vigencia de derechos, en la Argentina subsisten personas y grupos intransigentes. Desde las declaraciones de Jaime Duran Barba elogiando a Hitler, y los atentados a templos protestantes y católicos, hasta el violento episodio ocurrido el martes pasado cuando un grupo católico ultraconservador irrumpió en la catedral de Buenos Aires cuando se celebraba un acto interreligioso en recordación de la llamada Noche de los Cristales, punto de partida del Holocausto judío a manos del nazismo.

La lista de los hechos es larga. Y habrá que aceptar que, según los distintos casos, han sido obra de intolerantes, fundamentalistas o delincuentes. Algunos episodios tendrán que ser investigados. En otros los motivos están a la vista.

El 27 de septiembre un templo de la Iglesia Metodista Argentina (IEMA), la Iglesia Norte, de Rosario, “fue ferozmente incendiado quedando consumidos por las llamas los bancos, el piso de pinotea, el altar, el piano y produciendo la rotura de puertas y ventanas” según lo denunció en su momento el obispo Frank de Nully Brown. En el mismo local funcionaba la sede rosarina del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). La totalidad de la biblioteca del MEDH fue destruida en la misma oportunidad. La Iglesia Metodista es una de las comunidades cristianas más comprometidas en la defensa de los derechos humanos.

Dos días antes del hecho relatado en Rosario, un grupo de estudiantes secundarios entró en la iglesia San Ignacio de Loyola, en Buenos Aires, y produjo destrozos que afectaron el patrimonio religioso y cultural.

El 27 de octubre personas aún no identificadas ingresaron en la catedral católica de Mar del Plata, y según el comunicado del obispado de aquella ciudad, el altar donde habitualmente se celebra la misa “fue utilizado como baño, su mantel como elemento de aseo”, la imagen de la Virgen fue dañada y “se pudo comprobar el robo de algunos elementos significativos con reliquias de los santos”.

El sábado 9 de noviembre el blanco volvió a ser la Iglesia Metodista. En el templo histórico situado sobre la calle Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires, “se produjeron destrozos, profanación de su altar y serios daños a su tradicional órgano de significativo valor”, según señala el comunicado oficial de la IEMA. La Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE) evaluó el hecho como un atentado “contra la libertad y diversidad religiosa, contra el compromiso social de los cristianos, contra el patrimonio cultural y contra nuestra historia nacional”.

El martes 12 ocurrió el episodio ya señalado en la catedral metropolitana. Al día siguiente, miércoles 13 noviembre, en la capilla católica de la casa de espiritualidad “La Asunción” de la arquidiócesis de Bahía Blanca, se profanó el sagrario y se robaron hostias consagradas “que se conservaban bajo llave en el tabernáculo de mármol y bronce”, según informó la agencia católica AICA. Esta semana, también en la capilla católica San Antonio de Padua, en Capilla del Monte, se robaron hostias y una custodia del Santísimo Sacramento. Según denunció el obispo Santiago Olivera también se destruyó una imagen de Cristo, se produjeron destrozos y se intentó incendiar un confesionario.

¿Todos los hechos tienen la misma raíz? Seguramente no. Mientras no se encuentren elementos que permitan demostrar lo contrario, lo lógico sería descartar una trama que suponga coordinación entre todos estos episodios. Y es poco serio y falto de responsabilidad hablar –como titulan algunos– de una “ola de atentados” que afectan a las instituciones religiosas o a las comunidades de fe. Así llame la atención la seguidilla de delitos contra los templos y las instituciones religiosas. No todos los hechos son iguales. Algunos parecen tener objetivos políticos, otros motivos religiosos relacionados con enfrentamientos internos dentro de la Iglesia Católica. Varios parecen más vinculados a hechos delictivos que también afectan a la totalidad de los ciudadanos y que, en este caso, se perpetraron contra edificios que son sede de diferentes cultos. En determinadas situaciones no es tampoco descartable la combinación de más de un propósito. Pero en general, iglesias y líderes religiosos de todos los credos manifiestan preocupación y alarma por la reiteración de sucesos similares dirigidos a blancos religiosos.

¿Qué decían los jóvenes, entre los que se encontraban dos sacerdotes, que ingresaron en la catedral? Mientras rezaban la oración del “Padre nuestro” a los gritos, los manifestantes entregaron un volante en el que se podía leer: “Fuera adoradores de dioses falsos del templo santo... si entran en el templo del Dios vivo y presente, doblen su rodilla, abandonen su idolatría, y adoren al Dios verdadero...”. Y en directa alusión a los asistentes (católicos, cristianos, judíos, miembros de organizaciones defensoras de los derechos humanos) agregaba: “Y vos que asistís a este acto de profanación, rezá el rosario en desagravio. Resistí. Que no te engañen”.

¿Contra quién fue la violenta irrupción de los ultraconservadores católicos en la catedral? El sacerdote Fernando Ginnetti, unos de los concelebrantes del acto interreligioso presidido por el arzobispo porteño Mario Poli, dijo ante varios medios de comunicación que “esto es contra Francisco” en alusión al papa Jorge Bergoglio.

Christian Bouchacourt, el superior en la Argentina de la llamada Fraternidad Sacerdotal San Pío X, también conocidos como lefebvristas en recuerdo de su fundador, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, admitió conocer “a varios” de los que irrumplieron en la catedral, justificó el hecho como “un modo de protestar pacífico” en busca de “guardar la tradición católica” y agregó que “nosotros únicamente queríamos manifestar nuestro amor a la Iglesia Católica”. Vale recordar que el 9 de febrero de 2009 el gobierno argentino expulsó del país al obispo lefebvrista Richard Williamson, que había negado la existencia del Holocausto judío.

Bouchacourt también habló de Bergoglio. “Que el Papa rece en una sinagoga nos parece totalmente anormal.” Tampoco se privó de agregar que “el Papa hace cosas que no podemos explicar”.

Todo en directa consonancia con la línea de conducta de quien ha sido el inspirador de lo orden. Lefebvre, fallecido en 1991, había sido excomulgado por Juan Pablo II en 1988. En ese momento sostuvo que “Roma ya no es católica. Los males que nosotros condenamos, como el comunismo, el socialismo, el modernismo y el sionismo, han sido adoptados por Roma”. Hoy, Francisco es el blanco de los ataques de los ultraconservadores que antes de su arribo al pontificado habían iniciado una aproximación, ahora frustrada, con Benedicto XVI. El actual superior mundial de la Fraternidad San Pío X, Bernard Fellay, opina que “la situación de la Iglesia es un verdadero desastre y el actual Papa la está haciendo diez mil veces peor. Va a dividir la Iglesia, está provocando rabia”.

Aunque en esferas distintas, el episodio ocurrido en el mayor templo católico del país guardó relación con los dichos del asesor macrista Jaime Duran Barba, quien en un reportaje concedido a la revista Noticias sostuvo que “Hitler era un tipo espectacular. Era muy importante en el mundo”.

Los repudios se sumaron tras lo sucedido en la catedral. El propio arzobispo de Buenos Aires, en la continuidad del acto interreligioso, se dirigió a los judíos participantes para decirles que “su presencia aquí no desacraliza un templo de Dios. Hagamos en paz este encuentro que lo quiere el papa Francisco”. Se conoce que desde que llegó al Vaticano, Bergoglio está haciendo gestiones reservadas para promover una iniciativa mundial conjunta de las grandes religiones en favor de la paz, de la justicia y en contra de la pobreza. Propuesta que también tiene resistencias dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Fuente: Pagina 12

jueves, 25 de julio de 2013

¿Por qué el papa Francisco está fascinando tanto a los jóvenes?



Juan Arias

El pontífice gusta a las nuevas generaciones porque es diferente de los personajes del poder que ellos conocen y abominan
Ya nadie lo pone en duda. Francisco gusta a los jóvenes, católicos o no. Más aún, los electriza, como se pudo comprobar ayer en las calles de Río, donde pudo verse, con un nudo en la garganta, el pequeño Fiat del Papa materialmente invadido por una marea de jóvenes peregrinos llegados para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ)
La pregunta es por qué esa fascinación de unos jóvenes que al mismo tiempo, como revelan los sondeos, exigen a la Iglesia mucho más de lo que el mismo Papa les ofrece.

Los jóvenes hoy están desencantados con casi todo, preocupados con el futuro. Son ellos mismos víctimas, por ejemplo, de una violencia asesina. Entre los 50.000 homicidios con armas de fuego anuales perpetrados en Brasil, el 80% son de jóvenes.
Dicen que ellos no creen en los mayores. Menos aún en los políticos. Se dice que son fundamentalmente egoístas y hedonistas. Y sobre todo consumistas. Que carecen de valores.

Y llega Francisco, bien mayor, casi un abuelo para ellos, un papa exigente que les pone en guardia contra la “fascinación de lo provisorio”, es decir del ansia de consumir y poseer; que les dice que ellos son la puerta por donde entra el futuro del mundo, pero les propone un futuro en el que “menos es más”. Les llama a despojarse de lo provisorio y fugaz en busca de lo que permanece, de la esencia.
Hay algunas claves, presentadas por los mismos jóvenes presentes aquí en Río que son significativas para entender esta paradoja. Dicen algunos de estos jóvenes que les gusta el papa Francisco porque “no representa un papel. Es lo que dice”. ¿Como lo saben? Lo intuyen.

Les gusta porque es diferente de los personajes del poder que ellos conocen y abominan. Dicen que Francisco “simplifica” las cosas, que para él menos es más.
Quizás porque los jóvenes sienten fuerte el gusanillo del consumismo y de lo efímero, se sienten fascinados por la sencillez de sus gestos y palabras.
Cansados de las hipocresías y del despilfarro de los hombres del poder, se sienten atraídos y enloquecidos viendo a Francisco recorrer las calles de Río en un coche utilitario, sin blindar, con la ventanilla abierta. Lo ven sin miedo a morir, algo que excita a los jóvenes.

Y aprecian de Francisco el que sea un papa con “cuerpo”. No es un espíritu ni un ángel. No tiene miedo de besar ni de abrazar. No rechaza el tacto de los cuerpos.
Intuyen que Francisco no es un actor ni un hipócrita, que no exige lo que él no es capaz de hacer, que es consecuente con sus palabras.

Lo ven despojado, cariñoso, tierno y al mismo tiempo severo, empezando consigo mismo.
Cuando supo que querían contratar al chef de cocina de un lujoso y mítico hotel de Río, el Copacabana Palace, hizo saber que prefería que las monjas le cocinaran arroz, frijoles y pan de queso, bien a la brasileña.

Les gusta esa su mirada, escribía ayer un joven, “que te mira y parece verte dentro”.
Saben los jóvenes que Francisco ya fue como ellos: tuvo novia, pensaba casarse antes de decidir seguir su vocación. Más aún, ya sacerdote, durante una boda se enamoró perdidamente de una chica y pasó, como contó él mismo a su amigo el rabino Skorka, una semana sin poder dormir. Hasta había pensando en dejar los hábitos. Resistió y prefirió seguir su vocación. Y eso también gusta a los jóvenes.

“Nos parece sincero, no hipócrita” decía un joven espiritista que vino de fuera de Río para conocer a Francisco: “Aunque no soy católico, me gusta ese señor tan sencillo a pesar de ser Papa”, dijo a un reportero del diario O Globo.
Y, por fin, los jóvenes sienten que Francisco cree en ellos, en lo que represen tan en el mundo. Cree, como él mismo ha dicho, en esa “capacidad de sorpresa” que suelen ofrecer los jóvenes.

En tiempos de descreencia general; mientras grupos de adultos hacen ritos aquí en la calle para “desbautizarse” o exhibir su ateísmo, una buena sorpresa es que cientos de miles de jóvenes de tantos países y lenguas distintas, se hayan enamorado de un papa que les pide que se despojen de la hojarasca de lo superfluo para sentir la vibración de lo que permanece y vale la pena de saborear.
Sobre todo, les ha dicho el papa, vale la pena “hacer algo por los demás”. Parece poco, pero es ese poco propuesto como mensaje condensado, lo que le está conquistando la simpatía y el cariño de esa juventud de la que dijo ayer que “debemos abrirles espacio” para que pueda “crecer y amar en libertad”.

jueves, 18 de julio de 2013

Cura radical o suicidio asistido: ¿Tiene salvación la Iglesia?


Hans Küng, teólogo

La primavera árabe ha sacudido a toda una serie de regímenes autocráticos. Con la renuncia del papa Benedicto XVI y la elección del papa Francisco ¿podría suceder algo parecido también en la Iglesia católica, una «primavera vaticana»?
Evidentemente, el sistema de la Iglesia católico-romana es muy diferente de los imperantes en Túnez y Egipto, para no hablar de monarquías absolutas como Arabia Saudí. En todos estos países, las reformas habidas hasta ahora a menudo no son más que concesiones menores, e incluso estas se hallan con frecuencia amenazadas por aquellos que, en nombre de la tradición, se oponen a cualquier tipo de reformas progresivas. En Arabia Saudí, en realidad, muchas de las tradiciones solo tienen un par de siglos de antigüedad. La Iglesia católica, en cambio, pretende basarse en tradiciones que se remontan veinte siglos atrás, al propio Jesucristo.

¿Es verdadera esta pretensión? De hecho, a lo largo de su primer milenio, la Iglesia se las arregló excelentemente bien sin el papado monárquico-absolutista que hoy damos por sentado. No fue hasta el siglo XI cuando una «revolución desde arriba», comenzada por el papa Gregorio VII (la «reforma gregoriana»), introdujo las tres características destacadas que hasta hoy definen el sistema romano, a saber: el papado centralista-absolutista, el juridicismo clerical y el celibato obligatorio del clero.

Los esfuerzos por reformar este sistema realizados por los concilios reformadores del siglo XV, por los reformadores protestantes y católicos del siglo XVI, por los promotores de la Ilustración y la Revolución francesa en los siglos XVII y XVIII y, más recientemente, por los campeones de una teología liberal-progresista en los siglos XIX y XX, solo obtuvieron un éxito parcial. Incluso el concilio Vaticano II, entre 1962 y 1965, si bien abordó muchas de las preocupaciones expresadas por reformadores y críticos modernos, resultó disminuido en la práctica por el poder de la curia pontificia y no logró imponer más que unos pocos de los cambios que se reclamaban. Hasta el día de hoy, la curia —que en su figura actual es una criatura del siglo undécimo— es el principal obstáculo a cualquier reforma a fondo de la Iglesia católica, a toda reconciliación sincera con las demás Iglesias cristianas y las religiones mundiales, y a cualquier entendimiento crítico y constructivo con el mundo moderno.

Para empeorar las cosas, con el apoyo de la curia, bajo los dos papas anteriores, tuvo lugar un retorno fatal a las viejas actitudes y prácticas absolutistas.

¿Se ha preguntado Jorge Mario Bergoglio por qué, hasta ahora, ningún papa se había atrevido a tomar el nombre de Francisco? Este jesuita argentino de raíces italianas era muy consciente, en cualquier caso, de que al elegir este nombre estaba reavivando la memoria de Francisco de Asís, famoso por salirse de la sociedad del siglo XIII. De joven, Francisco, hijo de un rico comerciante de telas de Asís, llevó la vida agitada y mundana típica de los jóvenes acomodados de la ciudad. Luego, de repente, a los veinticuatro años, unas cuantas experiencias le llevaron a renunciar a familia, riqueza y carrera. En un gesto dramático ante el tribunal del obispo de Asís, se despojó de sus suntuosos vestidos y los arrojó a los pies de su padre.

Sorprende ver cómo el papa Francisco, desde el momento de su elección, ha optado claramente por un nuevo estilo totalmente diferente del de su antecesor: no luce ya la dorada mitra con joyas, ni viste la capa roja ribeteada con armiño, ni calza los rojos zapatos hechos a medida, ni lleva el gorro rojo con bordes de armiño, ni tampoco se sienta en el trono papal decorado con la triple corona, emblema del poder político de los papas.

Igual de sorprendente es la manera en que el nuevo papa se abstiene conscientemente de hacer gestos melodramáticos y de emplear una retórica hinchada; habla el lenguaje de la gente de la calle, como haría un laico, si a los laicos Roma no les tuviese prohibido predicar.

Y sorprende, en fin, cómo el nuevo papa recalca su lado humano: pidió a la gente que rezara por él antes de darle la bendición; como cualquier otro cardenal, pagó de su bolsillo la factura del hotel tras su elección; mostró su solidaridad con los cardenales montándose con ellos en el mismo autobús para regresar a la residencia que compartían y despidiéndose luego cordialmente de ellos. El Jueves Santo fue a una cárcel local para lavar los pies a jóvenes convictos, incluida una mujer… musulmana. A todas luces, está mostrando que es un hombre con los pies en el suelo.

Todo esto hubiera agradado a Francisco de Asís, y es exactamente lo contrario de todo lo que defendía el papa coetáneo, Inocencio III (1198-1216), el pontífice más poderoso de la Edad Media. En realidad, Francisco de Asís representa la alternativa al sistema romano que ha dominado la Iglesia católica desde las postrimerías del primer milenio. ¿Qué hubiera sucedido si Inocencio III y su entorno hubieran escuchado a Francisco y descubierto de nuevo las exigencias del Evangelio? No hay por qué tomar estas exigencias tan al pie de la letra como hizo Francisco; lo que cuenta es el espíritu que hay detrás de ellas. Las enseñanzas del Evangelio representan un poderoso desafío al sistema romano: esa estructura de poder centralizada, juridificada, politizada y clericalizada que ha dominado la Iglesia de Cristo en Occidente desde el siglo XI.

Así pues, ¿qué debería hacer el nuevo papa? La gran cuestión que tiene por delante es qué postura adoptar en lo relativo a una reforma seria de la Iglesia. ¿Llevará finalmente a cabo las reformas desde hace mucho pendientes y bloqueadas en las últimas décadas? ¿O dejará que las cosas sigan el curso que tomaron bajo sus predecesores? En ambos casos, el desenlace es claro:

— Si se embarca en un cauce de reformas, encontrará un amplio apoyo incluso más allá de las fronteras de la Iglesia católica.

— Si continúa con el actual cercenamiento, el clamor del «levantaos y rebelaos» (el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel) en la Iglesia católica irá en aumento e incitará a las personas a actuar por su cuenta, a iniciar reformas «desde abajo», sin la aprobación de la jerarquía y a menudo contra cualquier intento de frustrarlas. En el peor de los casos, la Iglesia católica vivirá una nueva edad de hielo en vez de una primavera, y correrá el riesgo de quedar reducida a una mera secta, con un elevado número de miembros, sí, pero sin ninguna relevancia social y religiosa.

No obstante, tengo fundadas esperanzas de que las preocupaciones que expreso en ¿Tiene salvación la Iglesia? serán tomadas en serio por el nuevo papa. Usando la analogía médica que sirve de motivo central al libro, diré que la única alternativa que le queda a la Iglesia ante el «suicido asistido» es una «cura radical». Esto significa más que un nuevo estilo, un nuevo lenguaje o un nuevo tono colegial. Significa sacar adelante reformas radicales, durante mucho tiempo postergadas, de la estructura de la Iglesia y revisar urgentemente las obsoletas e infundadas posiciones dogmáticas y éticas que impusieron sus predecesores.

domingo, 14 de julio de 2013

La Iglesia no escucha al Papa.


Artículo sugerido por María Cecilia Ariasgago Pereda para Artículos para la reflexión.

JORGE GAMBOA AROSEMENA
opinion@prensa.com

Jorge Bergoglio, el papa Francisco, no para de sorprendernos. En poco más de 100 días ha revolucionado el comportamiento acostumbrado de sus antecesores. Desde no usar ornamentos lujosos, tales como toga, anillo, crucifijo y zapatos especiales, hasta dejar los aposentos palaciegos del Vaticano y la propiedad veraniega de Castel Gandolfo. Además de nombrar a ocho cardenales para reformar la Iglesia.

Sus palabras han sido demoledoras. Ha dicho que quiere una “Iglesia pobre para los pobres”, como también que los “pastores deben quedar con olor a ovejas” y que “no deben usar vehículos lujosos” ni sucumbir a la sociedad de consumo. Dijo que las protestas en Brasil siguen las enseñanzas de los evangelios.

Él censuró la “globalización de la indiferencia” y predicando con el ejemplo, viajó sorpresivamente a la isla de Lampedusa, al sur de Sicilia, escala de los africanos que buscan mejores oportunidades en Italia o pasan a algún otro país europeo; muchos mueren en el intento. En los últimos 25 años han muerto 20 mil cerca de Lampedusa.

La sentencia profética del papa Francisco ante el dolor solidario que siente por el sufrimiento de estos hermanos se resume en la siguiente frase: “La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles a los gritos de los otros; nos hace vivir en pompas de jabón, que son lindas, pero no son nada, son una ilusión fútil, del provisorio, que lleva la indiferencia hacia los otros; es más, lleva a la globalización de la indiferencia. Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, ¡no nos atañe, no nos interesa, no es asunto nuestro!”.

Trasladando los enunciados y ejemplos del papa Francisco a Panamá, nos preguntamos qué hace la jerarquía católica ante tanto vandalaje de los actores políticos panameños. En el vandalaje no incluyo solo a los gobernantes, sino a todos los actores relevantes del quehacer político nacional. Desde nuestra óptica se incumplen las líneas señaladas por el Papa. Solo hay que recordar el Miércoles Santo de este año, cuando dos obispos fueron utilizados por el presidente, Ricardo Martinelli, quien, para hacerse propaganda les entregó –y ellos aceptaron– la donación –ilegal e inmoral– de un millón 500 mil dólares para “terminar” la nueva sede de la Conferencia Episcopal. En lugar de olor a ovejas, se sentía olor a lobo.

¿No estarán nuestros pastores sucumbiendo a las necesidades ficticias de la sociedad de consumo que censura el Papa? Y respecto a la globalización de la indiferencia, aunque no había llegado Francisco al papado, ¿qué hicieron nuestros pastores ante las represiones de Changuinola, San Félix y Colón?

Hace tres décadas, monseñor Romero no necesitó una guía como la de Francisco para decirle a los represores que les “ordenaba, en nombre de Dios, cesaran la represión”. En nuestro caso, las represiones produjeron 10 muertos e infinidad de heridos. ¿Cómo han reaccionado ante las muertes de los ocho neonatos y de los infectados con la bacteria KPC? ¿Reaccionaron, en el gobierno anterior, cuando se registraron las muertes a raíz de la ingesta de jarabe que contenía dietilene glycol? ¿Acaso se han pronunciado ante la globalización de la indiferencia? ¿Será que la muerte ya no nos afecta como sociedad, mayoritariamente católica, tal como reza el artículo 35 de la Constitución?

Nuestro afán no es descalificar a nuestros pastores católicos ni a los de otras confesiones, quienes parecen no cumplir con su papel de guías, sino, respetuosamente, buscamos dar un aldabonazo a sus conciencias. Extrañamos al padre Néstor Darío Jaén, líder del Consejo Ecuménico, o al padre Xavier Villanueva en tiempos de la dictadura.

La intención nuestra es llamar la atención sobre la crisis de conducción que vivimos, descrita en su momento por Mahatma Gandhi cuando decía que “lo más atroz de lo malo de la gente mala, es el silencio de la gente buena”.

Con el Pacto Ético, nuestros pastores no ponen el dedo en la llaga para que salte la pus. Basta ya de enunciados superficiales de buenos deseos; este mensaje no es solo para los obispos que impulsan el bendito pacto, también va dirigido a los representantes de la sociedad civil. Recordemos cómo, en 1987, el padre Fernando Guardia y los dirigentes de la sociedad civil crearon la Cruzada Civilista.

La actual danza de millones es infame ante las necesidades del 30% de personas cuya condición se ubica en el rango de pobreza y extrema pobreza que todavía tenemos. El uso indignante del dinero para sufragar campañas políticas y el enriquecimiento injustificado de los favoritos de los gobiernos, mediante los negociados de “todo se vende, todo se compra”, deben hacernos romper la globalización de la indiferencia...

Fuente: prensa.com