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jueves, 2 de marzo de 2017

¿Cómo se relaciona la crisis de los refugiados y la nueva ruta del oro?


La escritora italiana Gisella Evangelisti explica las problemáticas de los refugiados sirios y su relación con los cambios sociales y económicos en Turquía, Libia, Sicilia y Alemania.

Un reportaje de Gisella Evangelisti.

La escritora y antropóloga italiana Gisella Evangelisti explica las problemáticas de los refugiados sirios y la relación que tienen con los cambios sociales, políticos y económicos que se están originando en Turquía, Libia, Sicilia y Alemania. El artículo que compartimos a continuación se basa en la investigación realizada por dos periodistas norteamericanas Malia Polizter y Emily Kassie, que han recorrido las zonas de Níger, Turquía, Sicilia-Italia, Berlín-Alemania, para observar los cambios que se dan en estas sociedades.
Cómo la crisis de refugiados cambia la economía mundial: una investigación sobre la nueva “carrera por el oro”

Por Gisella Evangelisti*

Siempre ha habido migraciones en el mundo, desde nuestros ancestros con hachas de piedras en búsqueda de mejores oportunidades de caza, a campesinos arruinados hacia las ciudades, o trabajadores de países pobres a países más ricos, todos buscando mejores condiciones de vida. En estos últimos años, la migración que se está dando desde los países en guerra de Medio Oriente y África hacia Europa, por sus dimensiones y rapidez se ha vuelto un gran desafío para las sociedades europeas, que se están dividiendo entre acogedoras y no acogedoras. En Barcelona casi 500.000 personas salen a la calle para pedir al gobierno que acoja de una vez los 16.000 migrantes destinados a España por la Unión Europea, mientras Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia se rebelan a los compromisos comunitarios y avisan que no aceptarán un solo prófugo. En medio de tantos debates agitados y confusos que asocian migrantes con criminalidad y terrorismo, haciendo crecer en la población miedo y hostilidad hacia los foráneos, resulta muy apreciable una investigación realizada en el campo por dos periodistas norteamericanas, especializadas en documentales multimediales, Malia Polizter y Emily Kassie, que han recorrido cuatro puntos claves u hotspot del fenómeno migratorio: Níger, Turquía, Sicilia-Italia, Berlín-Alemania, para observar los cambios que se dan en estas sociedades. 

Cambios en la economía, en la política, en las relaciones sociales de poder. Las investigadoras no dudan en definirlos como un nuevo “Gold Rush”, una nueva “carrera por el oro” del siglo 21, pero esta vez con dimensiones globales. “The 21th Century Gold Rush” — Como la crisis de refugiados cambia la economía mundial—, es el título de su investigación, publicada en diciembre del 2016, con el apoyo del Pulitzer Center on Crisis. Entonces, ¿quién gana con los migrantes, que se han vuelto la nueva “mina de oro” del siglo 21?


—Como la crisis de refugiados cambia la economía mundial—, es el título de su investigación, publicada en diciembre del 2016, con el apoyo del Pulitzer Center on Crisis. Entonces, ¿quién gana con los migrantes, que se han vuelto la nueva “mina de oro” del siglo 21?

En Turquía, las ciudades cerca de la frontera con Siria, como Gaziantep, las periodistas observan como los refugiados sirianos, acogidos en masa, pero sin permiso de trabajo, para sobrevivir han tenido que enviar sus hijos a trabajar, y 400.000 niños están perdiendo la escuela. Chicos y chicas son pagados a la mitad de los adultos, y esto lleva al hecho que disminuyen los sueldos y las oportunidades de trabajo no especializados para los adultos, sobre todo las mujeres. En cuanto a Siria, con la guerra la economía se ha desplomado de un 75%, y falta de todo. Por eso, en la ciudad de la frontera con Turquía hay quien ha podido prosperar produciendo o comerciando alimentos, medicinas o materiales de construcción, sea hacia las zonas controladas por el gobierno que por los grupos de oposición o el ISIS. De hecho, los impuestos sobre el paso de las mercancías y las personas entre un lugar y otro, los tráficos también entre zonas “enemigas” y los raptos, han resultado enormemente más rentables que las actividades de una economía formal, y esto es uno de los motivos por los cuales esta guerra parece destinada a durar al infinito. 

Para conocer la ruta y las modalidades de la migración África-Europa, las periodistas han viajado a Agadez, una ciudad situada en el centro del Níger, desde el 1400 centro de intercambios entre los pueblos del desierto del Sahara, y considerado patrimonio artístico de la humanidad por la UNESCO. El colapso de Libia la transformó recientemente en un punto de paso para los migrantes subsaharianos dirigidos al norte, cruzando el terrible desierto de Teneré. En Agadez las investigadoras tomaron nota de como un grupo de personajes se está enriqueciendo a espaldas de los migrantes: antes que nada, son los “agentes de viajes” informales que organizan el viaje desde los pueblitos de Burkina Faso o Gambia, ofreciendo alojamiento, transporte, comida, a lo largo de las paradas como Agadez. Ellos son responsables que los migrantes lleguen sanos y salvos a la “Casa Blanca”, el principal punto de tránsito en Libia hacia Europa. Además, hay los dueños de los guetos donde tienen atiborradas al menos cien personas, los choferes de los camiones que cruzan el desierto, los policías que recogen las coimas, los explotadores de la prostitución. Pues allí llegan muchas jóvenes originarias de pueblos de Gambia o Nigeria, convencidas a migrar por parientes o “madames” (ex prostitutas) venidas de Europa con promesas de riqueza, u obligadas a viajar para ayudar a la familia. Antes de salir, son amarradas con ritos mágicos de “juju” por curanderos locales, y en Agadez tienen su iniciación a la prostitución, entre golpes y violaciones. Mantenidas encerradas todo el día, después de la quinta y última oración musulmana de la tarde, las chicas son puestas en la calle hasta ganarse, con el correspondiente de 3 euros por cada servicio sexual, la cifra de 3000 euros necesaria para ser transportadas en Libia. El “agente de viaje” que logra organizar viaje y estadía de un promedio de 66 migrantes al mes, llega a ganar el correspondiente de unos 17.000 euros en total. Pero las mayores ganancias las tienen los traficantes de droga (hashish, cocaina, y un opiaceo analgésico), que es escondida en el camión. El viaje para cruzar el desierto dura dos o tres días, (muchas veces por rutas alternativas, más largas y peligrosas para evitar las coimas) y en Libia la droga es repartida entre varios contactos. Si en el viaje hay un fallo mecánico, es el infierno. Según el Danish Refugee Council, las muertes en el desierto, no contabilizadas, superan las que se registran en el Mediterráneo, que en 2016 han sido más de 5000. Una vez llegados en Libia, los migrantes avisan al agente de viaje que todo ha ido bien, y el agente paga al dueño del camión. Antes de regresar, el camión viene lleno de armas, que pueden ser vendidas a grupos secesionistas en Níger, a Al Qaeda en el Maghreb, al grupo ISIS, o a Boko Haram en Nigeria, entre otros. Así Agadez se ha vuelto un próspero mercado de armas, lavado de dinero, tráfico de migrantes y prostitutas. Un río de dinero que no beneficia a la población, sino a los actores del tráfico y las amistades del gobierno. Al contrario, se sigue alimentando el terrorismo del cual huyen los migrantes.


Niño sirio de 12 años refugiado en Nizip de la provincia Gaziantep, Turquía. Fotografía: Europa Press.



Libia, un estado que anteriormente con su pujante economía y alto nivel de desarrollo humano atraía migrantes africanos, ha caído en la anarquía después que una coalición occidental eliminó su dictador Gadafi, (que estaba reprimiendo violentamente la “primavera árabe”), y una sucesiva guerra interna entre las fuerzas políticas y militares que quieren tomar el poder. Actualmente, no teniendo un gobierno reconocido en todo el país, sino solo en Tripoli, su territorio está dominado por las milicias que controlan también un centenar de centros informales de detención de migrantes, sometiéndolos a abusos extremos. UNICEF reporta la cifra de 250.000 personas prisioneras en “campos de trabajo forzado”, secuestradas por las milicias, o esclavizados por empresarios. Mujeres y niños son los que sufren más violaciones, mientras esperan poder cruzar las doscientas millas de mar que separan África de Sicilia y pisar el soñado suelo de Europa, en pateras o barcazas precarias.



Imagen referencial. Fotografía: Notas.



Teóricamente Sicilia e Italia deberían ser una parada transitoria, hacia el próspero norte de Europa, sin embargo, por la falta de compromiso en la repartición de cuotas de migrantes entre los estados de la Unión Europea, Italia está enfrentando una situación cada vez más problemática, teniendo que gestionar la acogida y selección de 181.000 personas llegadas en 2016, además de integrar las decenas de miles llegadas anteriormente. Se necesitan de 6 a 18 meses para que sea examinado el pedido de asilo y definida una reubicación, y mientras tanto los migrantes, hospedados en hoteles o centros de acogida, no tienen permiso de trabajo. Después, cuando a la gran mayoría de ellos y ellas viene denegado el permiso, generalmente no hay ni posibilidad ni voluntad de regreso, por falta de acuerdos con los países de origen y el alto coste del viaje de regreso. Esta legislación es una verdadera “fábrica de clandestinidad”, pues, ¿qué pueden hacer personas de piel oscura, con competencias muy diversas, sin conocer el idioma, en un país que tiene el 42% de desempleo juvenil? Es fácil imaginar cómo los trabajos ilegales (en la agricultura en los mejores de los casos), en el tráfico de drogas o trabajos sucios para la criminalidad local pueden representar una salida.


¿qué pueden hacer personas de piel oscura, con competencias muy diversas, sin conocer el idioma, en un país que tiene el 42% de desempleo juvenil? 

Y aquí van las sorpresas, como han podido observar las investigadoras en el mercado de Ballaró, un antiguo y pintoresco mercado de Palermo, capital de Sicilia. Antes dominado por la mafia de la Cosa Nostra, que obligaba los empresarios a pagar un impuesto de “protección”, ahora el mercado es frecuentado por gangs de africanos, como la Black Axé de nigerianos. ¿Qué pactos se ha dado entre “Cosa Nostra” y las gangs africanas? Al parecer, la mafia siciliana, golpeada por la justicia en estos últimos años, ha aprendido a diferenciar sus ingresos, incursionando en la (mala) gestión de centros para migrantes, (pues “con los migrantes se gana más que con la droga”, dijo un mafioso en una interceptación telefónica que se volvió famosa) y actuando como “agentes de viaje” para los que quieren dirigirse al Norte de Europa, ofreciendo alojamiento, comida y transporte en la ruta. “Cosa Nostra” mantiene el tráfico de droga en amplia escala, pero permite a los africanos en Palermo el pequeño tráfico en la calle (vendiendo a otros africanos, no llevando armas sino machetes, pagando algo por el uso del territorio), y sobre todo les dejan el lucrativo negocio de la prostitución de mujeres africanas, que ha tenido en los últimos tres años en Italia un aumento del 300%. Las mujeres para poder liberarse de sus captores, deben pagar desde 30.000 a 50.000 euros. Osas Yvonne, una ex prostituta nigeriana, ha fundado en Palermo una asociación en contacto con África para tratar de hacer entender a las mujeres de Benin City, en Nigeria, que el dinero no cae de los árboles en Europa y en ese oficio les espera una vida muy dura.

Otra preocupación es el hecho que las gangs africanas, de las que las personas migrantes son víctimas y no aliados, pueden tener en futuro más posibilidad de acción en Europa.


Fotografía: Los Andes.



En cuanto a Alemania, el país económicamente más fuerte de Europa, en previsión de una crisis demográfica por una población que está envejeciendo sin tener muchos nacimientos, ha acogido en 2015 un millón de refugiados, entre hombres y mujeres, con la intención de integrarlos y tener así en las próximas décadas suficientes trabajadores que paguen impuestos y puedan contribuir a mantener los gastos sociales de un buen welfare. Frente a la llegada de miles de personas en pocas horas, las autoridades alemanas han tenido que alistar a toda prisa para ellas gimnasios, o hangares, (hasta el viejo aeropuerto usado por las ceremonias de Hitler, el Tempelhof de Berlín), para cobijarlas en la noche. Inicialmente para estas tareas fueron llamadas ONG, organizaciones sin fines de lucro, pero no pudiendo ellas dar abasto o no teniendo suficiente experiencia, sucesivamente fueron convocadas compañías privadas que ofrecen servicios de acogida, container, casas inflables etc., a precios más baratos en economía de escala, pero con resultados irregulares en la calidad. En cuanto al trabajo, hasta ahora, en un año, han sido contratados en grandes empresas solo 63 migrantes, pues el aprendizaje de idiomas y procedimientos tecnológicos pide tiempos bastante largos. Todo este movimiento de dinero alredor de migrantes beneficia la economía alemana, que va creciendo, pero esto no es suficiente para frenar la influencia del partido nacionalista “Alternativa para Alemania”, de Frauke Petry, que sopla sobre el fuego del racismo y alimenta el miedo al terrorismo, después de unos atentados realizados por elementos radicales originarios del Medio Oriente, mal integrados en la sociedad alemana.


Fotografía: El Español.


¿Cuáles alternativas?

¿Es posible evitar la “fábrica de la clandestinidad”, o sea la denegación de asilo a la gran mayoría de prófugos y migrantes, que se quedan vagando en la ilegalidad de un lado a otro, con el peligro de caer en la red del trabajo semiesclavo, de la criminalidad o hasta del terrorismo, lo que provoca inseguridad a ellos y a los residentes? Las organizaciones de la sociedad civil que trabajan a contacto con los migrantes aseguran que sí, hay unas medidas que responden al buen sentido. Se trata básicamente de tres propuestas legales: los “corredores humanitarios”, las visas de estudio, trabajo, o agrupación familiar, y la “protección humanitaria” con permiso de residencia de dos años para quien ha sufrido violencia en Libia o ha cruzado el mar, pero no ha obtenido asilo. Sin embargo, en la marea montante de los argumentos racistas y antieuropeistas en muchos países, y frente al peligro de su propia disolución, la Unión Europea está optando por disminuir las visas y cerrar también la ruta mediterránea, después de haber cerrado la ruta balcánica con un acuerdo muy discutible pero eficaz con Turquía. La estrategia es otorgar fondos a los países africanos de donde salen los migrantes, para que los retengan y los repatrien, creando a la vez, así dicen, oportunidades de desarrollo.

Todo bien en el papel: Ayudémoslos en sus propios países.

Algunos resultados son visibles en Agadez, donde los 70.000 migrantes del 2016 se han reducido actualmente a unos 1500, han sido detenidos unos 100 traficantes con sus vehículos, y el presidente del Niger Mahamadou Issoufou recibe fondos europeos para servicios básicos de educación y salud, seguridad alimentaria, proyectos de desarrollo rural. ¿Llegarán a la gente o se perderán en los recovecos de la burocracia? Nos preguntamos. Aún más complejo es el cuadro de Libia, (donde el gobierno de Tripoli controla solo la capital), a quien la Unión Europea entregará 400 millones de euro para reforzar la guarda costera en el patrullaje marino y bloquear la salida de los migrantes, aumentar el número de centros de detención de migrantes y los regresos voluntarios. Aquí, el detalle que se prefiere no ver es que en una Libia que sigue en guerra civil, y quien debería patrullar las costas está directamente involucrado en el tráfico de migrantes. Algunos guardacostas recuperan migrantes en el mar y los venden a las milicias que los transportan en prisiones ilegales, secuestrándolos hasta que alguien pague para su liberación. Además, cada migrante paga por el viaje a Sicilia unos 1500 euro, por lo tanto, en 2016 los traficantes han ganado 250 millones de euro, que en un país destruido significan mucho. Será muy difícil entonces lograr parar el flujo, pues si se cierra una ruta, los migrantes buscan y encuentran otras, cuando la desesperación o la voluntad de migrar superan todo instinto de conservación.
Los “saltantes”

Una insólita historia, nos ayuda a entender lo que mueve muchos migrantes.

En Marruecos hay una montaña de donde se disfruta un espléndido panorama sobre el azul mar del Mediterráneo, pero no es para turistas. En el monte Gurugú, que domina la ciudad de Melilla, enclave español en Marruecos, están acampados un millar de jóvenes hombres provenientes de los países africanos en guerra con la miseria, que se preparan para cruzar una triple valla metálica, la principal alta seis metros, con cuchillas, sensores eléctricos, cámaras de visión nocturna etc., que protege la ciudad de Melilla. De allí, si logran superar la tremenda prueba y pisar tierra, buscarán otra venturosa manera de cruzar el mar y llegar a Europa. Pues unos mueren por las heridas, en el intento, otros se rinden después de unas cuantas veces y regresan atrás, otros podrán morir en el mar. De vez en cuando llega la policía a quemar el campamento, con las pocas cosas de los migrantes, frazadas, ollas, unos sacos de arroz. Hace un año llegaron allá con su cámara dos documentaristas alemanes, Estephan Wagner y Moritz Siebert, para entrevistar los migrantes. Uno de ellos, el maliano Abou Bakar Sidibé, ex profesor de inglés y experto en todos los cachuelos del mundo para sobrevivir, se entusiasmó con la cámara hasta que los alemanes se la entregaron para que él mismo hiciese el documental sobre el campamento. Así, él filmó los momentos alegres, cuando jugabn apasionados partidos de fútbol; los momentos tristes, cuando debían avisar los familiares de la muerte de uno de ellos; los rezos, los miedos, los rituales para tener suerte, por ejemplo, haciendo chorrear sangre de gallo, pero, sobre todo, los momentos tensos en que todo el grupo se organizaba para cruzar la valla, actuando de madrugada después de haber bajado sigilosamente del monte durante la noche. Debían ser centenares, para superar en número las decenas de policías de frontera. (Recientemente, hubo un asalto de 800 migrantes a la valla, en que lograron superarla unos cuatroscientos). El documental muestra todo esto y muchos más: porque los migrantes son tan tozudos en sus sueños, por ejemplo. “Nos han quitado tanto, los europeos, tenemos derecho a ir allá”, dice uno. “Mi hermano me llama desde Francia, desde Alemania, me anima a intentar, y lo lograré”, dicen otros. “O quizás veré que todo habrá sido en vano”.

El documental Les Sauteurs o “Los saltantes”, termina sin que sepamos si Abou logrará o no saltar la tremenda valla. Sabemos que tiempo después, en 2016 en Berlín, es presentado el documental. Y de repente en el escenario aparece Abou Bakar, en carne y huesos. “Aquí estoy, dice. Ilegal”.

El documental ganó el Premio del Jurado Ecuménico.


Portada del documental Les Sauteurs.



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*Gisella Evangelisti es escritora y antropóloga italiana. Estudió Letras en Pisa, Antropología en Lima y Mediación de Conflictos en Barcelona. Trabajó veinte años en la Cooperación Internacional en el Perú, como representante de oenegés italianas y consultora del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, en inglés) en países latinoamericanos. Es autora de la novela Mariposas Rojas.

Fuente: Servindi

sábado, 28 de mayo de 2016

Brasil está que arde. Notas al margen de la suspensión de Dilma.


Por Gisella Evangelisti*

“Las cosas serían diferentes si yo no fuera mujer”. Dilma Rousseff ha recientemente usado este argumento para denunciar en la ONU el intento de “golpe blanco” para destituirla. El maquillaje de las cuentas públicas que ha practicado, como otros presidentes, para minimizar el déficit, no daba para tanto, y ha sido un simple pretexto para eliminarla de la escena política: lo afirman prestigiosos juristas internacionales como Baltazar Garzón, un premio Nobel como Adolfo Pérez de Esquivel, 8000 juristas brasileños y gran parte de la prensa internacional, desde el “New York Times” y “The Guardian”, hasta “El País”. Dilma, la ex guerrillera que atacó bancos para luchar contra la dictadura y soportó tres años de cárcel inhumano, recibió la herencia de Lula y comenzó su gobierno con un 77% de aprobación, para bajar a lo largo de su turbulento segundo mandato, a solo un 8% de popularidad, parece ahora estar pagando más de la cuenta por errores propios y ajenos.


Dilma ha sido objeto de vulgaridades y expresiones sexistas, impensables si hubiera sido hombre. Foto: Lula Maques/Fotos Públicas

¿Cuánto ha influido el hecho que la presidenta es mujer?

Sucede, en todos los paralelos del mundo, que la tensión política pueda tener el efecto de resucitar (si alguna vez ha muerto) un adormilado sexismo que subyace, como bacterias intestinales, hasta en las sociedades más modernas. Así en Catalunya una digna alcaldesa puede ser invitada por un adversario político a “a lavar suelos”, en Italia el ex premier Berlusconi llevó a la política mujeres atractivas cuyas cualidades no tenían mucho que ver con la inteligencia. Y, como era de esperar en un país como Brasil donde se hacen concursos de “bundas” (el cuarto posterior) y donde se asesinan 13 mujeres al día, Dilma ha sido objeto de vulgaridades y expresiones sexistas, impensables si hubiera sido hombre. La prensa más difundida, como “Isto é”, “Veja”, “Epoca”, “La Folha de Sao Paulo”, y la TV Globo (un complejo oligopolio mediático en mano a 6 poderosas familias) se ha ensañado con ella, usando las definiciones más comunes cuando se quiere descalificar una mujer, como “histérica”, o “poco femenina”. “Erotícese presidenta”, era el consejo de algunos. En cambio, “Isto é” ha presentado como modelo de feminidad, siendo “Bella, recatada y del hogar” la joven esposa del vice presidente, Marcela Temer, una mujer que vive a la sombra de un marido poderoso 43 años mayor que ella, indagado por venta fraudulenta de etanol. (Y tiene nombre y apellido del marido tatuado en el cuello, algo que a muchos puede recordar los viejos tiempos en que una persona era propiedad de otra). ¿Es esto lo máximo a lo que puede aspirar una mujer? Obviamente ha habido reacciones indignadas, de mujeres y no, en la Red.

Es cierto, probablemente las cosas hubieran sido diferentes si Dilma fuese un hombre. Posiblemente la proverbial dureza de la presidenta (en su mandato se han alternado 86 ministros) y su escasa actitud hacia la negociación, que en cambio, ha caracterizado al carismático Lula, de ser hombre hubiera sido considerada un innegable sinónimo de liderazgo. Pero la polémica sexista es solo la decoración de la tarta, la modalidad de lucha, no lo sustantivo.

Como se recordará, Lula y sucesivamente Dilma, han dado un viraje a la estructura excluyente de la economía brasileña, utilizando las grandes ganancias obtenidas de la exportación de materias primas, beneficiada por el aumento del precio de las commodities, para estimular el consumo popular: han desarrollado programas como “Bolsa familia” disminuyendo al 82% el número de personas sub alimentadas, otros de vivienda, como “Minha casa‐ Minha vida” (para 10 millones de familias), y han abierto por primera vez las universidades a los hijos e hijas de los pobres. Antes de Lula había 2 millones de estudiantes en las universidades públicas, y en su salida, ya se contaban 8 millones, sobre todo de las clases más populares. Ha sido una época exaltante, en que un Brasil optimista se ha presentado como líder de países emergentes.

Sin embargo, la ralentización de la economía china y la crisis financiera mundial del 2008, con la bajada drástica del precio del petróleo y otras materias primas, juntos con algunas medidas económicas desacertadas, como el control artificial de los precios, han evidenciado los límites del modelo. Brasil tiene problemas estructurales, como la baja productividad, un sistema fiscal y burocrático engorroso, escasez de profesionales preparados y de inversiones, entre otros factores, y no ha logrado abrirse mayores espacios en el mercado internacional. Dilma ha reconocido que las medidas para estimular el crecimiento se han agotado. Además, se han mantenido viejos problemas, como la deforestación de la Amazonía, un programa de construcción de represas dañinas para el medio ambiente, o las masacres policiales de jóvenes afrobrasileños de las zonas marginales. En el 2013, los recortes a los beneficios sociales, que han provocado el aumento del precio de los transportes, justo mientras se gastaban cifras enormes para el Mundial, han llevado a millones de personas a protestar en la calle. Las manifestaciones del 2013 han marcado un punto de quiebre, con la gente manifestándose por el respeto a su derecho a una mejor educación, sanidad, trabajo. “Lo nuevo”, según la escritora Eliane Brum, ha irrumpido en el escenario público. Pues estos derechos, en un país de enormes desigualdades, para muchos eran nuevos.

“La gran transformación que se ha dado en Brasil no ha sido solo económica o social, sino se ha producido un aumento de la conciencia crítica: sin duda, un cambio cultural. Nada más será como antes”, opina Flavio Carvalho, un sociólogo brasileño, ex consultor de las Naciones Unidas, y coordinador del Colectivo Brasil-Catalunya.

Pero en 2014 ha aflorado un antiguo vicio relacionado al uso del poder, presente en Brasil como en muchos países del mundo: la corrupción. Destapando el caso “Lava Jato” (Lava Auto- porque comenzó investigando una gasolinera), el poder judicial ha puesto al descubierto una compleja trama de corrupción, ligada a la petrolera estatal Petrobras. ¿De qué se trata?

Empresas como la constructora Odebrecht sobornaban funcionarios de Petrobras (inicialmente se indagaron a los del Partido de los Trabajadores (PT), después a los representantes de otros partidos de derecha) para obtener contratos, y se auto‐compensaban aumentando artificialmente los costes, de manera que la ciudadanía perdió al menos 10 billones de dólares. El exitoso Marcelo Odebrecht ha terminado en la cárcel, con una condena de 19 años de prisión, seguido por otros famosos empresarios.

Marcelo Odebrecht fue condenado a 19 años de prisión por el escándalo de corrupción de Petrobras. Foto: focusecuador.net

Las ganancias de Petrobras no solamente han servido, por vías tortuosas, para financiar campañas políticas del PT, sino que han llegado a los bolsillos de políticos relevantes de la derecha. Uno de ellos es el mismo (ahora ex) presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, que además de permitirse noches de 6000 euros en un hotel de lujo en Dubai, maniobraba los votos de 100 diputados. Que los políticos brasileños no sean ejemplares servidores de la patria y del bien común, sino se dejen comprar con facilidad, está más que evidente: 273 de los 513 diputados del Congreso, (o sea el 60% de ellos), tienen o han tenido cuentas pendientes con la justicia. En cambio, está probado que Dilma Roussef, que defendió el trabajo de los jueces, no se ha llevado un centavo de Petrobras; sin embargo, habiéndola supervisado en calidad de Ministra de Energía o como presidenta del Consejo de Administración, difícilmente puede defenderse con un “yo no sé nada”.

Al destaparse los escándalos, que involucraban sea a políticos del PT o de la derecha, frente al desconcierto y la rabia de la población, unos avispados políticos corruptos de la derecha, el primero entre ellos Eduardo Cunha, el presidente del Congreso, pensaron que había que aprovechar el momento para pedir la destitución de Dilma, (con el pretexto de las cuentas públicas “trucadas”), esperando que en la enorme polvareda que hubiera sublevado este proceso, la gente ya no se fijara en sus cargos de corrupción y la operación judicial “Lava Jato” terminara en el olvido.

La presidenta comenzó a denunciar que contra ella se estaba armando un golpe blanco: qué exageración, replicaban sus opositores. Sin embargo una conversación de 75 minutos entre Romero Jucá, el nuevo ministro de Planificación, y un ejecutivo de Petrobras, Sergio Machado, (los dos investigados por LavaJato), que se realizó en las semanas anteriores al proceso de destitución (y revelada el 23 de mayo por “La Folha de Sao Paulo”), comprueba que la conjura era real. De hecho, los dos personajes hablan claramente de un “pacto nacional” para destituir a Dilma, a realizarse entre políticos, militares, y la Corte Suprema de Justicia, para distraer la atención públicas sobre los escándalos. O sea, los corruptos se disfrazaban de virtuosos moralizadores y pasaban de la defensiva al ataque, sin necesidad de usar tanques, más bien recorriendo a campañas mediáticas.
Michel Temer pasó de aliado a opositor. Foto: Telesur

Michel Temer pasó de aliado a opositor. Foto: Telesur

Así, mientras los mercados financieros, los empresarios descontentos de la FIESP (del estado de Sao Paulo) y la mayoría de los medios venían denigrando cualquier iniciativa de la presidenta, se llegó al fatídico 17 de abril, día de la votación en el Congreso en pro o contra de su suspensión. Eran necesarios 2/3 partes de votos en contra, y fueron superadas. Pero no fue una batalla civil. Los diputados dieron una pésima imagen de sí al mundo. Hubo quien dedicó su voto a su abuela o su tía, a Dios, a los masones o contra el comunismo, quien piropeó ruidosamente a las diputadas que votaban contra Dilma, e insultó aún más ruidosamente a las diputadas favorables. (Hay que mencionar que las diputadas son solo el 10% del total de congresistas, cuando en el país las mujeres son el 51% de la población). Jair Bolsonero, un nostálgico de la dictadura, dedicó su voto al militar torturador de Dilma. Fue un día de triunfo para sus opositores. Michel Temer, el discreto vicepresidente anteriormente aliado y finalmente adversario de Dilma, que se había quejado una vez por ser puramente decorativo en su mandato, lucía una sonrisa descomunal. ¡Por fin! El señor tan educado y razonable, definido por un diputado de Bahia como el “típico mayordomo de una película de terror” por su ambigüedad, finalmente podía ocupar el sillón presidencial sin tener que pasar por fastidiosas elecciones.

Y ya en la primera semana de su mandato interino dio a entender cuál era su concepto de poder, nombrando como ministros a varios políticos involucrados en los escándalos, hasta el famoso André Moura, el “corruptísimo”, indagado también por un homicidio, y como Ministro de Justicia a Alexander Moraes, secretario de Seguridad en Sao Paulo, donde ha aumentado a 70% el número de manifestantes negros muertos. Y ha tomado a continuación estas “ejemplares” medidas: parar la demarcación de tierras indígenas, bloquear la construcción de casas populares, poner en venta aeropuertos y servicios públicos rentables, abolir los ministerios relativos a los Servicios Sociales, los Derechos Humanos, la Mujer, la Cultura. Con el objetivo de mantener a los indígenas arrinconados, las mujeres en la cocina, los derechos humanos al trastero, los artistas callados. Que regresaran a su isla caribeña los médicos cubanos contratados para curar la gente en las zonas rurales más alejadas, donde nunca habían visto un doctor. Todos fuera. Ah, dulcis in fundo: suavizar el término “Esclavitud”, ergo, permitir condiciones de trabajo “esclavizantes” sin tener que demonizarlas, ¿no es cierto?

Objetivo final no declarado de la nueva presidencia, retomar el control de los recursos del inmenso país, a saber: el “presal”, o sea las reservas de petróleo submarino; las tierras (sin tener que negociar con indígenas o los campesinos del MST‐Movimento dos Sem Terra); la Amazonia (para seguir deforestándola a todo dar); el agua (el enorme Acuífero Guaraní, 1.200.000 km bajo las tierras de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, frente a la perspectiva de mayores sequías en el planeta en los próximos 20 años). Todos estos bienes deben ser manejados por el capital internacional, aliado con los negocios privados de la élite de siempre. ¿Está claro?

¿Alguien siente escalofríos frente a este intento de regresar al “viejo” Brasil donde las jerarquías sociales y raciales eran tan rígidas y fuertes? No son pocos, al parecer, si la casa del neo presidente en Sao Paulo ha sido protegida con una barricada por la policia por temor a manifestaciones violentas en su contra. Pero nadie atacó esa casa.

Según un reciente sondeo, Temer tiene solo el 2% de aprobación, y un 60% de ciudadanos y ciudadanas en contra, mientras el 62% quisiera nuevas elecciones, en las élites tienen pavor, por si acaso regrese Lula o salga elegida Marina Silva, la evangélica ambientalista.
Foto: ‏@MidiaNINJA

Foto: ‏@MidiaNINJA

“He podido ver en estos eventos la faceta perversa de mi país”, afirma con tristeza Maria Araujo, una artista de Salvador de Bahia educadora de “meninos de rua”, los niños de la calle. “Hay gente que no soporta que los que eran pobres puedan viajar, ir a un centro comercial, estudiar. Muchos están molestos que en los últimos 14 años 40 millones de compatriotas hayan salido de la pobreza absoluta, y que la universidad se haya vuelto más accesible también a los hijos e hijas de pobres. O que a las empleadas se les deba pagar más decentemente. Quieren de todos modos volver a dominar el país. Pero, hay que ver si lo lograrán. La derecha rancia de Cunha o Temer es aún más impopular que Dilma. La ciudadanía debe seguir luchando contra la corrupción, sea de quien sea, y por sus derechos. Nada nos cae del cielo, como un regalo. Pero somos un pueblo de jóvenes. Debemos tratar de reinventar nuestro país”.

Ya, la corrupción. “Quien pacta con el diablo, deber recordar que el diablo le pedirá cuenta”, recuerda Frei Betto, el dominicano que colaboró con el gobierno de Lula en el programa “Hambre cero”. En el ejercicio del poder es fácil caer en la tentación de la corrupción. “Difícil decir que la corrupción ha aumentado últimamente, siempre la hemos tenido”, afirma Flavio Carvalho. “Lo que pasa es que ha cambiado la percepción social, la gente está más atenta al problema, las operaciones policiales han aumentado, y consecuentemente, las condenas a los políticos de todos los colores y los grandes empresarios.

“Ha sido terrible lo que ha pasado, por cierto”, sigue el sociólogo, concluyendo un debate en el Colegio de Periodistas de Barcelona. “Muchos de mis parientes, amigos o compañeros han caído en una rabia desesperada. Dilma será destituida por un senado también corrupto que no nos representa, pero creo que la gente tiene todavía alguna posibilidad, en las próximas elecciones, con mucho más votos y un programa más radical. Ha habido 54 millones de personas que han creído posible seguir mejorando la sociedad brasileña.Estas personas siguen allí, machacadas, pero vivas, con más capacidad y voluntad de reivindicación, creo yo. Y aún más esperanza. Esto es muy típico de mi pueblo. La sociedad brasileña necesita más que nunca seguir su proceso de crecimiento moral cultural, económico. Es un estado que busca su proyecto nacional (o nación de naciones). No es cuestión de defender a toda costa a Lula o Dilma, al contrario, creo que la política económica de Dilma ha sido cuestionable, pero la felicito por las políticas sociales y culturales. Lo que no me gusta es la idea de los “salvadores de la patria”. La democracia, y un país crecen, cuando desde abajo la gente sabe defender sus conquistas, exige transparencia a las instituciones, participa y crea movimientos de base, como el 15M en España, o como fue con Lula en los años Ochenta, cuando yo también me involucré en la fundación del PT”.

¿Y ahora? Cada día los periódicos dan noticias de turbulencias. Tuvieron que dimitir dos personajes de primera plana, Eduardo Cunha, y Romero Jucá, cuando se descubrieron sus tramas, mientras la indignación popular está organizando la resistencia de dos frentes: “Pueblo Sin Miedo” y “Brasil Popular”, uno cercano al PT, otro opositor, pero que rechaza la trama que ha llevado al golpe. Se está reorganizando el MST (el Movimiento de los Sin Tierra) y el MTST (Movimiento de Trabajadores Sin Techo), la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil, el movimiento feminista y contra la homofobia. Se prevén acciones de desobediencia civil de largo alcance. 

Brasil está que arde, y busca su camino.

Está cayendo la noche en la playa de Ipanema,  en la parte sur de Rio de Janeiro, cerca de la montañitas del Pan de Azúcar que parecen lanzadas al lado del mar por algún dios juguetón. Zezinho Duarte, basurero municipal, un afrobrasileño de pelo a lo Bob Marley prepara como siempre su cama en la playa. Bueno, cama es un decir. Tiene una sutil colchoneta que  a duras penas logra aislarlo de la humedad de la arena.  Pero no está solo. Hay una buena turma de amigos por allí.  Cada veinte metros, en tiendas montadas a lado de los quioscos de fritangas o leche de coco, descansan de noche Eliane, Jefferson, Joao, Edivaldo, Jobson, Rita, que de día son vendedores ambulantes, limpiadoras, recicladores de botellas de plástico. Pero de noche, cuando se pone el sol, puede volverse poetas, músicos, filósofos. Basta una guitarra, y una cerveza geladinha, para relajar músculos y pensamientos. Sus ganancias no llegan a 900 reales (250 dólares al mes), y  con la especulación por los Mundiales, ni hablar de poder alquilar un depa en el centro. También los pasajes hacia la periferia se han triplicado en unos años. En fin, mejor dormir directamente en la playa. La policía no les molesta,  con tal que se vayan antes de que lleguen los turistas. Tudo bom entonces, todo bien. O casi.  Esta noche hay cierta tristeza en el aire, aunque el sol que se pone luzca colores fantásticos.  Eliane y Jefferson no quieren hablar de política,  porque duele demasiado. Como se estaba bien con Lula, dicen. Es Dilma que lo arruinó.  Que si, que no. Pero ese Temer es un descarado.  Un traidor. Y el mosquito zika, nos faltaba eso. Dicen que los americanos van a prohibir las Olimpiadas, si no limpiamos todo con lejía. Dicen que los deportivos llegan con vestidos que ya incorporan repelentes, como los marcianos. Risas.
¿No será que tendremos que jugar otra vez con los alemanes, que nos dieron una paliza de goles en el Mundial? Ay noooooooo. Finge llorar Jobson. Se levantan las geladinhas. Salud.  Un largo silencio, y después.  ¿Y ahora, qué cambiará para nosotros? Los policías nos botarán de aquí, si sacan Dilma del Palacio? Anoche vinieron unos borrachos pitucos a orinar sobre nuestras carpas, no se han dado cuenta? Dicen que somos basura social. Otro silencio, más pesado.
Al contrario, somos recicladores ecológicos y sostenibles, aunque no tengamos donde colgar el diploma, ríe Edivaldo. 
¿Ey turma, por qué no nos damos un chapuzón, antes de que no veamos donde ponemos pie? Propone Zezinho. En fin, el mar es gratis. Todavía. O quizás lo privatizarán. Pero mañana, si alguien nos viene a quitar la carpa, nos defenderemos. Es nuestra casa. Todo lo que tenemos.  
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*Gisella Evangelisti, es escritora y antropóloga italiana, autora de la novela “Mariposas Rojas”.

Fuente: Servindi

martes, 24 de septiembre de 2013

Después de 50 años de la marcha de Martin Luther King, ¿Quién marcha en USA?


Por Gisella Evangelisti*

23 de setiembre, 2013.- Los afroamericanos habían llegado en 250.000 de todo el país, en buses, trenes, coches, hacia Washington, el corazón del poder, ese 28 de agosto del 1963, desafiando las autoridades. Vestidos de fiesta, como les había recomendado el reverendo Martin Luther King. Pedían trabajo digno y libertad: “Jobs and Freedom”, habían escrito en grandes pancartas.
¿Cómo era posible que una mujer ganase 5 dólares la semana limpiando casa de una familia que ganaba 100 mil dólares al año?

¡Están llegando los comunistas! Hoteles e instituciones cerraron sus puertas con candados. 4000 entre soldados de base área y naval, más policía local, agentes de FBI y del servicio de inteligencia del ejército, vestidos de paisanos, esperaban a los manifestantes en estado de pre alarma. Se preveían incidentes, como habían pasado en Harlem, Newark, Watts o Detroit. A John Lewis, presidente del Comité de Coordinación de Estudiantes No violentos, (SNCC en su sigla inglés) que pedía “Libertad Ya!”, le tocó bajar el tono de su inflamado discurso.

El policía John Collins, que ahora tiene 78 años, estaba asignado a acompañar al atril Martin Luther King, el último de los ponentes de ese día. Los dos intercambiaron por unos instantes una mirada. “Me di cuenta de qué tipo de persona se trataba: comprensivo, honesto. Esto me reordenó la mente”, recuerda Collins. Martin Luther King comenzó su oración con su famoso: “I have a dream”.“Sueño un mundo donde blancos y negros se den la mano, donde mis hijos puedan tener un futuro mejor. Un mundo sin pobreza, sin racismo, sin guerra…” Muchos se secaron unas lágrimas. El policía Collins, escuchando sus palabras, pensó: “¿Por qué el mundo entero no puede ser así? ¿Por qué cada uno de nosotros no puede apostar a la no violencia y al amor?” Después del discurso, blancos y negros se dieron la mano y cantaron We shall overcome. “Venceremos, algún día”. No hubo sombra de incidentes. “Una farsa, un circo”, definió la manifestación para los derechos civiles Malcom X, el leader del movimiento Black Panters, (Panteras Negras), que apostaba a una revolución más radical contra el sistema capitalista.

La época era dura, la organización racista del Ku Klux Klan atacaba y mataba niggers, (términos despectivo para “negros”): dos meses después de la marcha, John Kennedy fue asesinado, y cinco años más tarde, tras el asesinato de Martin Luther King, hubo revueltas en 100 ciudades. Al nuevo presidente Lyndon B.Johnson le tocó firmar a regañadientes unas leyes contra el segregacionismo, y sobre todo el Voting Rights Act, que facilitaba el derecho al voto para la población negra. La guerra en Vietnam terminó en 1973 con la retirada del ejército estadounidense, con un saldo de 58000 bajas, 300 000 heridos, centenas de miles ex soldados adictos a drogas y con problema de adaptación a la vida civil. El Vietnam por su lado había tenido entre 3,8 y 5,7 millones de víctimas, sobre todo civiles, porque los estadounidenses habían descargado sobre el pequeño país más bombas que en toda la segunda guerra mundial, y utilizado agentes químicos como el napalm. John Kerry, un teniente de espesa cabellera, que había participado en la guerra, y ahora jefe de la diplomacia estadounidense, testimonió sobres sus horrores. Pero esos no terminaron con la derrota de Estados Unidos. Pol Pot, el líder maoísta del vecino país de Camboya, fue responsable de 200.000 ejecuciones de intelectuales y de la muerte por desnutrición o por trabajos forzados de un cuarto (casi dos millones) de sus conciudadanos de Camboya.

Todo esto tenía que pasar todavía, cuando los afroamericanos confluyeron hacia Washington, vestidos de fiesta, cantando gospels e himnos de esperanza. “Yo nací gracias a esa histórica marcha”, cuenta al Washington Post, Dana Milbank, la hija de dos estudiantes veinteañeros que se conocieron y enamoraron frente al Lincoln Memorial, el 28 de agosto del 63.

La chica creció escuchando canciones de Joan Baez y Bob Dylan. En su habitación había un afiche que decìa: “La guerra no es saludable para los niños y otras cosas vivientes”. Recuerda también el boicot a la Nestlé por impulsar el uso de leche en polvo en países pobres (con desastrosas consecuencias, por no ser usada con agua hervida), y las grandes manifestaciones contra la guerra del Vietnam. “Estas eran las luchas de la generación de mis padres. También en la mía, la de los que nacimos a final de los Sesenta, han habido nobles causas, como la lucha contra la discriminación de los gays, o la defensa del medio ambiente, pero ninguna ha capturado mi generación, o requerido el tipo de sacrificio que pidió el movimiento por los derechos civiles de los Sesenta. La amenaza de la guerra fría hasta la caída de la URSS para nosotros era teórica, en realidad hemos crecido sin amenazas, sin desafíos e inspiraciones. Cuando hubo los ataques a las Torres Gemelas del 11 de septiembre del 2010, y estábamos preparados a defender la nación, el presidente Bush nos dijo de ir de compras”, sostiene Dana.

Han pasado 50 años, desde ese inolvidable agosto del 63. Para recordarlo, hace unos veinte días, el 24 agosto del 2013, frente al Lincoln Memorial de Washington se han congregado unas cien mil personas, afroamericanos en su mayoría, llevando pancartas de asociaciones, universidades, movimientos gays. Había bandas juveniles de músicos, y unas pintorescas abuelas, ataviadas con grandes sombreros floreados, las “abuelas indignadas”, cantaban antiguas canciones de lucha contra la esclavitud. Compañías de gaseosas y de agua distribuían gratuitamente botellas. Era un día caluroso y festivo. La gente, ahora como antes, se refrescaba los pies en el gran espejo de agua frente al Lincoln Memorial.


La sociedad estadounidense, mientras tanto, ha cambiado. Ya no hay la venenosa dualidad blancos- negros de los Sesenta, sino un caleidoscopio de colores. Los latinos han superado los afroamericanos, y los asiáticos han entrado con fuerza: en 2012, casi la mitad de los niños menores de 5 años eran no-blancos, entonces se prevé que en futuro disminuirá la importancia de los republicanos, tradicionalmente blancos, rurales, regionales. En el mundo, China ha superado Estados Unidos en la producción de manufacturas, y está construyendo una flota de gran calado para la navegación oceánica. Mientras tanto, ¿cuánto ha cambiado la vida de los afroamericanos el tener un presidente mulato, hijo de un keniota y una estadounidense blanca? ¿Para qué luchan ahora? Preguntamos a algunos de los manifestantes.

“Por cierto, unos cuantos de nosotros los black han logrado entrar en puestos de mando en administraciones públicas o privadas, pero el grueso de la población negra sigue en desventaja, como reconoce el mismo presidente Obama”, explica Jacob Presley, un manifestante del Progressive Labor Party. “A los black nos tocan escuelas pésimas, por lo tanto seguimos condenados al subempleo y trabajos precarios. El problema es que el capitalismo neoliberal, en vez de mejorar la vida de la población negra a nivel de la blanca, está empeorando la vida de la clase media blanca, pues con la crisis desencadenada por la especulación financiera y la disminución de las ganancias de los empresarios, se están atacando los salarios. Mientras las rentas de los 400 más ricos billonarios se ha vuelto estratosférica, en cualquiera de los Mc Donald’s o Burger Kings, seguimos trabajando como burros, sin seguridad ni contratos…”

Nda. Pancarta, “Sueño con un salario mínimo”.

Hay más. “Vivimos en barrios hacinados y violentos: es un círculo vicioso. El mayor número de homicidas y de victimas de homicidios son negros. La mayoría de huéspedes de las cárceles son negros”, agrega David Wallace, un informático que lleva una pancarta contra el aislamiento en la cárcel, un sistema punitivo inhumano y desesperante. “Tenemos un sistema judicial absurdo. Puedes terminar preso por una tontería, como usar unos gramos más de droga de la permitida, y si tienes algún ulterior pequeño delito en tu historial, como haber respondido agresivamente a un policía, o peleado con un vecino, pueden meterte a una celda de por vida. Has oído bien, de por vida. Aislándote por cuanto tiempo les dé la gana. La industria carcelaria es un negocio, manejada por empresas, con muy pocos programas de rehabilitación”.

Unos hechos recientes han indignado la opinión pública. El 26 febrero del 2012 Trayvon Martin, un chico afroamericano que caminaba desarmado en Sanford, Florida, con un polo con capucha, fue perseguido por un vigilante de barrio que bajó del coche y acabò asesinàndole. Un año después, el vigilante, George Zimmerman fue declarado inocente: “Pensé que era un maleante, por cómo iba vestido”, se disculpó. En cambio, Marissa Alexander, una joven afroamericana de Jaksonville, Florida, que para defenderse del marido (un maltratador abusivo que estaba a punto de acuchillarla), había tomado la pistola de él y le había disparado al aire, sin lastimarlo, fue condenada en 2010 a 20 años de prisión. Una condena que también le separa de sus tres hijos.

Obama en un primer momento salió a comentar el trágico episodio de Trayvon, declarando que hay que obedecer a los jueces. Pero después de una semana de sit in y protestas de grupos de afro americanos en 100 ciudades a lo largo del país se lo pensó mejor y llegó a emocionar sus conciudadanos diciendo: “Yo también, de joven, hubiera podido ser Trayvon. ¿Quién, nacido con piel oscura, no se ha encontrado con miradas hostiles o alguna vez en un ascensor, con una mujer que se guarda el bolso nerviosa, como si estuvieras por robarla?” Aunque no creció en barrios negros, sino en Indonesia y Hawaii en familias multiculturales, y después con sus abuelos blancos, Obama de joven se había metido en los barrios más problemáticos de Chicago para apoyar la organización comunitaria.

Ahora, mucha gente de su color está decepcionada con su actuación como presidente o lo disculpa, pues “una sola persona no puede cambiar todo un sistema”. O, mejor dicho, piensa que hay cambiar el sistema. En estos últimos años, tres grandes temas políticos están al orden del día: la reforma sanitaria, la nueva ley migratoria, y una ley para reducir el uso de las armas. Obama ha obtenido escasos resultados en las tres, sin contar el fallido intento de subir el salario mínimo, a causa del obstruccionismo del Congreso en mano a los republicanos, según denunció en la conmemoración oficial de Martin Luther King, el 28 de agosto. Cualquier intento de reforma en estos temas cruciales está destinado a meses y meses de discusión que llevan a un paso adelante y dos atrás.

El peor de ellos, sobre todo porque se da en la mayor democracia del mundo, es el recorte, en la práctica, de los derechos de voto a los pobres, latinos o afroamericanos, que no puedan permitirse conseguir, por falta de tiempo o de dinero, una cédula de identidad como documento esencial para votar. Es la nueva regla que se está imponiendo en algunos estados del Sur después de un fallo del Tribunal Supremo: una trampa de los republicanos para quitar votos a los demócratas.

Congreso estadounidense.

“El sistema político estadounidense es esclerótico, siendo bloqueado entre dos partidos políticos, los demócratas y los republicanos, prácticamente con la misma fuerza”, comenta Pilar Weiss, una joven analista política que ha apoyado la campaña de Obama y trabaja capacitando asociaciones en temas de ciudadanía.

“Los demócratas son favorables a ampliar la reforma sanitaria, para que uno no tenga que morir como un perro en la calle, si no puede pagarse el hospital con un costoso seguro médico. Son más sensibles al tema de los derechos humanos, y a que más gente pueda tener una casa y un trabajo decente. Los republicanos en cambio quieren un estado reducido al mínimo, donde no haya que pagar impuestos. Para ellos, los ricos son los que han triunfado por tener una mentalidad de ganadores: los demás, los que protestan o exigen más derechos, sólo son “perdedores”. Del estado, lo más importante es que exista un fuerte ejército, para mantener el poderío estadounidense en el mundo.

“Tengo una vecina muy amable”, cuenta Pilar. “Cheryl está siempre dispuesta a ayudarme cuando llego cargada con las bolsas de la compra, o cuando me falta un limón. Pero sus razonamientos me dan escalofríos. Es miembro del Tea Party, un grupo de republicanos radicales.

Pancarta, “Amo a mi país, le temo al Gobierno”.

“¿Para qué dar medicinas y asistencia pública a cualquiera de estas madres solteras negras, que hacen hijos con una pareja tras otra, tratando de retenerla? Mejor ayudar directamente a alguien que conocemos, por ejemplo una señora fiel de nuestra iglesia, Catherine, que padece leucemia”, afirma Cheryl. “Preferimos hacer donaciones a nuestras iglesias, como hacen nuestros políticos(cuyas campañas electorales son a su vez financiadas por compañías petroleras, farmacéuticas, alimentarias o de armas para que hagan leyes favorables a ellas). Nosotros después los agradecemos con el voto, y la iglesia ayudará a la pobre señora Catherine, que todos conocemos. Al menos sabemos a quién va el dinero”, sostiene Cheryl. Pero mira que vuelta dá la ayuda que debería llegar a la pobre Catherine, si ese día las compañías de armas, las farmacéuticas, etc., los diputados, las iglesias y los fieles se despiertan generosos, con ganas de hacer “caridad”. ¿Y si se despiertan cabreados? Aguanta tu leucemia, Catherine, y sigue rezando.

“Obviamente, Cheryl se considera buena patriota creyendo que Estados Unidos debe seguir siendo el policía en el mundo. Nuestras guerras según ella siempre han sido “justas”, no solo cuando se trató de parar a Hitler, sino también cuando se las hizo para derrocar gobiernos democráticos e imponer dictadores crueles, en zonas importantes para nuestros negocios, o con petróleo abundante. Y se conmueve en los desfiles del “Día del Veterano de guerra”, cuando llegan por millares nuestros boys, los ex soldados que recorren las amplias avenidas de Washington manejando poderosas Harley Davidson, saludados por la gente. Vienen recontra decorados “a lo macho”, con tatuajes o cadenas, y pañuelos de piratas en la cabeza. Cuanto le gustan, a mi vecina Cheryl. Ella cree que pueden defender América no sólo de los comunistas, sino hasta de los ovnis, comunistas y no. En fin.

“Tampoco podemos estar orgullosos del culto a las armas en nuestro país, donde casi no hay películas donde no disparen o maten, como algo normal”, opina Pilar. “¿Ves estas mansiones, con sus bellísimos jardines abiertos? Te sorprenderá que no tengan rejas o guachimanes, como se ve en América Latina. ¿Es que no tienen miedo a agresiones? No. Prueba a acercarte más de lo debido, y te descargarán en contra un entero arsenal. “Ellen tiene su arma”, leemos en un afiche publicitario, “Obama quiere quitársela”. O sea, el malo de Obama estaría promoviendo una ley para reducir el uso de armas y quitar a la pobre Ellen de la publicidad (una joven con aire de esforzada profesional) el gusto a participar en un saludable y emocionante tiroteo, con verdadero derrame de sangre, y no de salsa de tomate como en las películas.

Padres, masacre en la escuela de Sandy Cook (Reuters).

“Pero algo está cambiando en la opinión pública, por suerte”, concluye Pilar. “Obama ha sido elegido, entre otros motivos, por su promesa de poner fin a una década de guerras (aunque haya seguido con Afghanistan, con Guantanamo, con los drones, y con una política antiterrorista que espía a todo el mundo…), pues hay problemas de sobra de que ocuparse en el país. Después de tantos asesinatos de niños y adolescentes por mano de desequilibrados, finalmente se está formando un movimiento de madres que quieren sensibilizar la opinión pública contra el excesivo uso de armas en el país. Se trata todavía de un movimiento inicial, que esperamos se consolide. Lamentablemente los republicanos, que tienen el listado de los propietarios de armas, en unas horas pueden hacerles 4000 llamadas, para que presionen sobre los políticos y no toquen su sagrado derecho a poseer armas”.

Sí, hay movilizaciones en el país, aunque no se logre formar todavía un gran movimiento nacional, como el de los años Sesenta, sostiene entre otros también John Lewis, el antiguo líder de los Estudiantes No Violentos que en 1963 pedía ¡Libertad Ya! , cuando pedir derechos civiles significaba arriesgarse la vida. Por ejemplo, los jóvenes “Dream Defenders” de Florida, mayoritariamente morenos, han ocupado el Capitolio pidiendo el fin de los continuos registros y encarcelamientos de masa realizados por la policía. Pero el famoso movimiento contra la especulación financiera, “Occupy Wall Street”, ha sido removido rápidamente de plazas y aceras por la prohibición de ocupar espacios públicos. Las manifestaciones sindicales son programadas en sus objetivos y alcances; los activistas son arrestados por dos o tres horas y registrados, de acuerdo con la policía, en un juego de roles. Lo importante es que salga en los periódicos, y se difundan los resultados.

En cuanto a John Lewis, a quien en el ’65 unos policías rompieron el cráneo, ha seguido con su espíritu de luchador no violento, como diputado demócrata, pronunciándose contra el NAFTA (tratados de “libre comercio” entre países norteamericanos ), contra la guerra de Iraq o a favor de los derechos de los gays.

Muro de frontera entre Estados Unidos y Mèxico.

¿Qué pasa ahora con los inmigrantes? Otro tema candente en Estados Unidos es el de la reforma migratoria. Noam Chomsky recuerda que hasta 1994 la circulación entre México y Estados Unidos era casi libre. Pero la firma del NAFTA, que penalizaba los campesinos mexicanos privilegiando las multinacionales estadounidenses, hizo prever una gran ola de migrantes, y Bill Clinton ordenó militarizar la frontera. Ahora, los republicanos tratan de asustar la opinión pública con la idea que si se regularizan los indocumentados con una nueva reforma inmigratoria, llegará una avalancha de mexicanos, que bajarán los salarios en Estados Unidos. Sin embargo, desde una década el flujo de los trabajadores que regresan a México está superando el de los que entran, pues ahora existen en el país sureño, mejores oportunidades de educación y trabajo.

Al contrario, legalizar los trabajadores extranjeros obligaría las empresas a dar salarios decentes, y ellos contribuirían a la economía nacional pagando impuestos: una ventaja para todos. Según el Center of American Progress, legalizar los 11 millones de trabajadores indocumentados que existen en EEUU agregaría 1, 5 trillión a la economía en los próximos diez años. Sin contar el tremendo aporte de los talentos extranjeros a gran parte de las compañías norteamericanas: para dar sólo unos ejemplos, un cofundador de Google es un ruso, el fundador de eBay es hijo de un iraní, el cofundador de Yahoo es emigrado de Taiwán. Según los sondeos, también la opinión pública es favorable a crear un procedimiento accesible a la legalización de los millones de inmigrantes que ahora viven en la incertidumbre, pero como se ha visto, la batalla política en el Capitolio no está todavía ganada.

Velas frente a la Casa Blanca, por la reforma inmigratoria.

Brillan unas velas, de noche, frente a la Casa Blanca. Hay un sit in con cantos y oraciones, en estos días, para decir NO a la guerra en Siria. En la tensión de la semana pasada, cuando Obama había anunciado, contra viento y mareas, su intención de atacar el país medio oriental “para castigar a Asad” (terminando con destrozar del todo un país ya destruido por la guerra civil, y un pueblo sin culpa por tener un tirano) le había llegado, como un mensaje en botella, la carta de ex soldado estadounidense. “El país está harto de guerra”.

Sí, el país y el mundo están hartos de guerras, podemos confirmarlo, señor Presidente. Y quizás, que al final, también la belicosa Cheryl no se lo esté pensando mejor, pues muchos republicanos están en contra de esta guerra. Pero para que explote la paz, muchas y muchas velas más, deben seguir brillando en la noche.
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*Gisella Evangelisti es escritora y antropóloga italiana. Nació en Cerdeña, Italia, estudió letras en Pisa, antropología en Lima y mediación de conflictos en Barcelona. Trabajó veinte años en la Cooperación Internacional en el Perú, como representante de oenegés italianas y consultora del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, en inglés) en países latinoamericanos. Es autora de la novela “Mariposas Rojas”.
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Fuente: Servindi