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viernes, 24 de mayo de 2019

Reflexión: Humanizar la política, politizar la sociedad… y votar.



Luis A. Aguilar (*)

Si es cierto que hay que “Humanizar la política”, que hay que recuperarla para el fin primigenio de servicio a la cosa pública y a la ciudadanía, si nos creemos aquello de que “La verdad os hará libres” y si, en la actualidad, todo está siendo al revés, ¿qué hacemos? … Una vez más tenemos que creer y trabajar por la esperanza de que “Otro mundo más justo es posible” y, para ello, desde los planteamientos de la Ética y la Política, defendemos que hay que “Politizar la sociedad”, desaprendiendo primero todos los cuentos, farsas y prejuicios con los que los han anestesiado siempre, y más ahora con las “fakes” permanentes, las cloacas del Estado y las mentiras mil veces repetidas, para politizarnos después, en el mejor sentido de la palabra “Política”.


Hasta el Papa Francisco nos decía recientemente que la cristiandad tiene el deber de comprometerse en la sociedad y en la política. A mí me han oído mis hermanicos de las CCP “cienes y cienes de veces” que nosotras y nosotros solemos estar muy comprometidos en multitud de sectores sociales y ciudadanos pero muy poco en los políticos (de partido). ¿Por qué ahí siempre nos la cogemos con papel de fumar? … Así solía yo quejarme siempre en nuestros encuentros y Asambleas.


¿Que la política es sucia? Toma ya, pues claro, pero ¿por qué?… Pues sencilla y llanamente –y entre otras cosas- porque, salvo honrosas excepciones, quienes podríamos participar en ella de otra manera (no para medrar, ni para vivir de ella, ni para corromperla…), no solemos hacerlo o duramos muy poquito; y claro, cuando tú no estás para ocupar ese privilegiado espacio de servicio a la sociedad, son otros (y generalmente los más oportunistas) los que lo ocupan y, desde luego, no para defender aquello que tú defenderías. Lo mismo podría decir a la hora de votar, ya que ahora tenemos una nueva oportunidad el 26M y creo que va siendo hora de que no seamos tan tiquismiquis, puritanos, exigentes o más papistas que el Papa y ¡votemos! (además por la izquierda, sin duda, si queremos defender la causa de los pobres en particular y del grueso de la ciudadanía en general, pues el trifachito, en bloque, no fallará y sus políticas ya sabemos a qué amigos, capitales, bancos y sectores apoyan).



Que “involucrarse en la política es una obligación para un cristiano” no es que lo diga yo, sino el hermano Bergoglio. Que “nosotros no podemos jugar a ser Pilatos, ni podemos lavarnos las manos, sino que debemos involucrarnos en la política, porque la política es una de las formas más altas de la caridad”, tampoco lo digo yo, sino el propio Francisco; y que “…la política está sucia, porque el cristiano no se involucra en ella, con espíritu evangélico” ni siquiera son mis palabras, aunque las dijera mil veces, sino del Papa Francisco.






¡Cuántas veces tuve que explicar cómo mis compromisos políticos (sobre todo cuando militaba en Izquierda Unida, o después en Podemos) lo eran para mí desde una exigencia de la Fe en Jesús de Nazaret! Y, sobre todo, cuánto cinismo social no habría cuando normalmente nadie ha cuestionado mucho que los cristianos del OPUS o de la derecha participasen en la política -y hasta controlasen ministerios-, y sin embargo cuánta gente se rasgaba las vestiduras cuando creyentes como Carlos Sánchez Mato, José Antonio Vázquez o yo mismo nos metíamos en ése fango (que no quiere decir que me olvide de las decenas de creyentes de izquierdas, que, sin necesidad de llamarse Alfonso Comín, García Laviana o Camilo Torres, trabajaron bien comprometidos en ayuntamientos y alcaldías desde su Fe cristiana).


Fue precisamente en el “II Encuentro Podemos Espiritualidad” de 2016, cuando, bajo el lema genérico de “HUMANIZAR LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA”, yo acuñé en mi intervención éste mismo título de “Humanizar la política y politizar la sociedad”, convencido de que ambas tareas son necesarias, visto lo visto, más que nunca. https://www.reddit.com/r/podemos/comments/52py46/ii_encuentro_podemos_espiritualidad_humanizar_la


Y es que estoy tan convencido de que la política precisa de una nueva humanización -¡vaya un descubrimiento, ¿verdad?!-, como de que nosotras y nosotros, en cuanto sociedad, necesitamos una nueva politización, en el sentido de desintoxicarnos, formarnos, informarnos, saber hacer un contraste crítico de las informaciones y comprometernos, cada quien según sus fuerzas y capacidades; porque como decíamos en nuestras comunidades hay que ser «activos en la contemplación y contemplativos en la acción».


Otro mundo es posible…

Defiendo, convencido, que humanizar la política es vivirla con vocación de servicio, buscando el mayor bien posible para el mayor número de personas. Pero, a la vez y de manera permanente, creo que cada día es más necesario que nunca “politizar la sociedad” de la manera antes citada y ponerse al servicio de los más desfavorecidos de la sociedad (no sólo hablo de los más empobrecidos, que también) a través de la generación de conciencia crítica colectiva. Hay que politizar la sociedad para transformar la sociedad», he dicho ya en algún momento, y ojalá que lo hiciéramos en la línea de las contribuciones de figuras como Martin Luther King, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Pepe Mujica o Pili Zabala para asumir la causa de humanizar la política.


PIli Zabala

En esta nueva oportunidad de participar en la política que tenemos con la próxima cita electoral del 26M, empecemos por pensar si la vida de nuestros pueblos y ciudades y la de sus gentes va a ser la misma si votamos a los partidos del frente de derechas -PP y C´s, que harían piña sin inmutarse con la ultraderecha de VOX para gobernar-, que si elegimos las opciones del centro izquierda (PSOE) o de la izquierda de UNIDAS PODEMOS (con IU, Equo, Podemos y diferentes alternativas ciudadanas)… Ésta es una primera opción de compromiso, ir a votar, aunque siempre haya alguna persona que no nos guste del todo o algún punto del programa que no sea de mi total convicción. Así que no te asusten con falsos radicalismos, ni con descalificaciones interesadas, ni mucho menos con que las promesas que mejoran la vida de la gente no son posibles porque ya te digo yo que “Sí, se puede”.





Luis Ángel A Aguilar


Mi perfil, compromisos, acciones, creencias e ideología

los tenéis en abierto en mi blog "LA TERCA IUTOPIA" sita en http://luisangelaguilar.blogspot.com y en el perfil mas reducido de Twitter: Republicano, creyente, laico y de izquierdas. Estoy en ATTAC, Constituyentes, CCP, 15-M, Stop Desahucios, ACAIM, CONMILAB

domingo, 25 de noviembre de 2018

El derecho a morir con dignidad.Perspectiva ético-religiosa en una sociedad democrática.



Benjamín Forcano, teólogo

EL DERECHO A MORIR CON DIGNIDAD
1.Universalidad de la etica racional
2.Conexion-colaboración de Etica y Religión
3.El vivir ético de la muerte
-La muerte es impensable sin referencia a la vida
-Actitudes diversas ante la muerte
-La muerte en su relación con el “más allá” y “el más acá”
-¿Acaba todo con la muerte?
-Postura cristiana la más común ante la muerte
4.El derecho a morir con dignidad
-Eutanasia, Distanasia, 0rtotanasia


EL DERECHO A MORIR CON DIGNIDAD
Perspectiva ético-religiosa en una sociedad democrática

Benjamín Forcano
1.Universalidad de la etica racional
2.Conexion-colaboración de Etica y Religión
3.El vivir ético de la muerte
-La muerte es impensable sin referencia a la vida
-Actitudes diversas ante la muerte
-La muerte en su relación con el “más allá” y “el más acá”
-¿Acaba todo con la muerte?
-Postura cristiana la más común ante la muerte
4.El derecho a morir con dignidad
-Eutanasia, Distanasia, 0rtotanasia

1.Universalidad de la ética racional
Considero importante situar el tema dentro de la sociedad en que vivimos. Una sociedad que se propone legislar sobre este tema desde una visión global, con inclusión de diversas opiniones y que, tras someterlas a debate, aprueba lo que es norma vinculante para todos, y deja fuera lo que no aparece como deber y derecho de todos.

Hemos vivido tiempos en que la uniformidad de pensamiento quedaba recogida en leyes sin lugar apenas para la pluralidad y disidencia. La modernidad rompió esa uniformidad desde una mayor conciencia de la dignidad, la libertad y los derechos de la persona. Y descubrimos que, por encima de credos excluyentes, – religiosos o ateos- nos unía un credo ético de validez universal, para regular nuestra convivencia
En nuestra sociedad vivimos ciudadanos : católicos , creyentes de otras religiones, ateos, agnósticos… La discrepancia entre unos y otros ha sido tal en nuestra historia que en ocasiones nos llevó incluso a enfrentamientos de exterminio mutuo.

Al abordar el tema del derecho a morir con dignidad, habremos de tener en cuenta este fondo cultural y sociopolítico, muy presente en el hoy de nuestra convivencia.
Pese a todo, hemos entrado en una perspectiva distinta que puede fecundar una convivencia plural, tejida de respeto y aceptación del otro. Es la perspectiva de una ética racional , que fundamenta nuestra convivencia en valores comunes. Una ética, que nos podrá hacer coincidir en determinados puntos a la hora de juzgar el derecho a morir con dignidad.

Nadie, pues, por ser católico o por ser no creyente, queda exento de esta ética: “Trata a los demás, como deseas que los demás te traten a ti” ; “Ama al prójimo como a ti mismo” es la regla de oro, de valor universal. O, según escribe el reconocido teólogo Hans Küng: “Esta ética mundial supone una serie de valores vinculantes, criterios inamovibles y actitudes básicas personales, extraidos de lo que es la dignidad inviolable e inalienable de toda persona humana. Todos, individuos y Estado, han de considerar siempre al ser humano sujeto de derecho , fin y no medio u objeto de comercialización. Nada ni nadie puede “estár más allá del bien y del mal”. Y todo ser humano, dotado de razón y de conciencia, está obligado a actuar de forma realmente humana y no inhumana, a hacer el bien y evitar el mal”.
De esta dignidad brotan naturales estos preceptos:
Respeta la vida
Practica la justicia
Sé honrado y veraz
Ama y respeta a los otros.

2.Conexión y colaboración de Etica y Religión

Quedan atrás los tiempos en que la ética no contaba frente a la posición hegemónica de la religión o en que la religión quedaba descartada por sobrante y reemplazada por la ética.
Todo cristiano tene como artículo primero de su fe el respeto de la dignidad de la persona y todo ateo parte también de este presupuesto. Los que seguimos a Jesús de Nazaret no sólo reivindicamos esta ética como parte sustancial de su mensaje, sino que, desde una perspectiva transcendente, aportamos mayor incondicionalidad y luz a los valores e imperativos de esta ética.

Damos entonces como superada esa contraposición entre Etica y Religión, entre la autonomía de lo humano y la heteronomía de lo religioso, establecida en la modernidad: “No tenemos necesidad de Dios, podemos prescindir de la religión pero no de la ética, ya que sin unos mínimos éticos universales es imposible la convivencia”.
Reprobada la negatividad histórica en que ha incidido muchas veces la Religión, no cabe prescindir de ella, porque sin ella no hay forma de responder a ciertas preguntas de la existencia humana, ni hacer justicia a los que fueron muertos injustamente ni dar soporte último a los imperativos éticos.

3.El vivir ético de la muerte
1.La muerte es impensable sin referencia a la vida
Si la muerte no tiene sentido en ella misma, habremos de buscarlo en la interpretación que hacemos de la vida. Como algo que pertenece a la vida y desde ella misma, la muerte se la puede entender como final, transformación, plenitud. Considerada en su totalidad, la muerte puede ser interpretada
. Como derecho de toda persona a morir con dignidad. . Como derecho inviolable a la vida de todo moribundo. . Como conflicto entre el derecho a una muerte digna y la prolongación artificial de la vida misma.

Nuestra sociedad no quiere saber nada con la muerte, la rehuye y la teme. Aún así, no tiene más remedio que contar con ella, pues por sí misma acaece de vez en cuando y actúa inapelable en el círculo más próximo de seres queridos.
Reactivamente, la cultura dominante empuja a darla como inexistente o encubrirla discreta o azarosamente.

Si realmente a nadie se le escapa que el ciclo de la vida nos depara nacer, vivir y morir, a nadie le debiera resultar extraño admitir el hecho mismo de la muerte y el preguntar por su sentido . Que tengamos que morir de una u otra manera , viene después.
De modo que el hecho mismo de la muerte, apunta conclusiones transparentes:
1ª) El vivir humano tiene una duración ineludiblemente limitada, y se debiera atender en lo que es para no concebirla ni organizarla como algo absoluto.
2ª)Esta conciencia no va desligada del último proceso de la muerte, que inquiere cómo vivir para alcanzar el sentido auténtico de la vida.

3ª) Interesa saber si, después de todo, el morir es total, con un pasar a la nada; o un resucitar, con un pasar a la plenitud de vida y dicha eternas.
Nuestra manera de ser, racional y libre, en identidad universal de especie y de solidaridad, dificultaría entonces las alienaciones de quienes se sumergen en mundos de vida y felicidad ilusorios, que malogran su existencia y derivan en ruina y desgracia para los demás.
La muerte, nos pertenece, la llevamos dentro desde que nacemos y, sin obsesión ni temor, debiéramos integrarla como parte de nuestra vida.

2. Actitudes diversas ante la muerte
En la muerte palpamos lo finito y perecedero de nuestra vida terrena y, a la par, su enaltecimiento y plenitud cuando alcanza el encuentro definitivo con Dios. Y aquí las actitudes, variables, configuran anticipadamente la decisión última:
-Una será la del que estoicamente se irá apropiando la muerte como de una dimensión intrínseca a la vida.
-Otra la del que, con una u otra forma de espiritualidad, tratará de preparase y aprender el ”ars moriendi”.

-Otra la del que pretende hacer de ella un ejemplo de lo buena o mala que ha sido su vida, así don Quijote: para morir se reconcilia consigo mismo, es decir, se vuelve cuerdo y torna a ser Alonso Quijano. “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte”, “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa”, “y querría hacerlo de tal modo que diera a entender que no habría sido mi vida tan mala”.
-Otra la de los que , como se ha hecho en la tradición cristiana, viven ascéticamente, apercibiendo al alma para tener la vida muerta al placer o adelantar al momento presente lo que en el momento de la muerte se hubiera querido hacer.
Para quien entiende la muerte como propiedad de nuestra naturaleza, le resulta lógico aceptarla como meta de un proyecto de vida propio del ser humano que vale la pena vivir y que en perspectiva cristiana se nos corona con lo imperecedero de ese proyecto en la plenitud del Dios Amor, que nos creó, sustenta y plenifica.

3. La muerte en su relación con el “más allá” y “el más acá”.

a) Influencia de la muerte en la configuración ética de la persona.
Es difícil no apuntar al “más allá” cuando de la muerte tratamos. Si yo tengo que morir individualmente, es casi seguro que en un momento o en otro me preguntaré por la consistencia de los imperativos éticos intramundanos, por la importancia de las otras decisiones que no tienen la importancia de la última, por la fisura irrestañable que me deja la muerte del otro, por la motivación que la apropiación de mi muerte genera en mi vida moral y por la actitud que, en conformidad con lo que sigo pensando, debo adoptar ante ella.

El batacazo de la muerte es tal que si no rompe toda entereza, hace difícil reponerse ante ella. Somos libres y, sin embargo, no nos es dado evadirnos ante lo absurdo y escandaloso de su límite.
Puede surgir el filosófico pensar de que estamos hechos para la muerte o el contrario de que la “mortalidad no es muerte”. Pero, en el fondo, nos encontramos con el muro lacerante de nuestra limitación: cómo seguir afirmando los imperativos absolutos de la dignidad, de la justicia y de la libertad desde nuestra irremediable fragilidad. ¿Cómo se le hace justicia a un hombre muerto injustamente? ¿Cómo se devuelve la dignidad y la libertad a los tratados como esclavos si la muerte ha acabado definitivamente con ellos?

Estos interrogantes no tienen respuesta, si no hay pervivencia individual más allá de la historia. Sin este presupuesto –para un cristiano, el de la resurrección- no hay posibilidad de una opción revolucionaria honesta y coherente.
Sólo si Dios es el dueño de la historia -y para el cristiano lo es- la vida alcanza una trascendencia que garantiza el carácter incondicional de los valores éticos. Jesús con su resurrección es el prototipo de la incondicionalidad de la ética.

Si la ética me resulta incondicional lo es porque va unida a la pervivencia y a la Trascendencia. Mi ética no es posible sin la incondicionalidad y ésta sin la Trascendencia; sólo en la Trascendencia cobra base mi pervivencia y la incondicionalidad.
La muerte efectúa de esta manera una función de iluminación e inspiración en el “más acá” moral. La muerte -¡vaya paradoja! – nos hace trascender la misma historia, apoyada en la incondicionalidad de la ética. La ética no agota la totalidad de lo humano, existe un más allá de la ética, sobrepasada por las religiones, que nos muestra estar atravesados por la dialéctica misma de lo absoluto y lo relativo.

b)¿Acaba todo con la muerte?
Cuando alguien se nos va, nos conformamos con rendirle homenaje ponderando su modo de vivir y guardándolo agradecido en nuestro corazón como memoria y estímulo de nuestro vivir.
Pero hay algo más hondo sin resolver y que alimenta nuestro temor: ¿con el morir, tenemos motivos para seguir amando y promoviendo la vida, o para renunciar y abdicar de ella?
Ahí, la cuestión: si todo acaba con la muerte o alcanza en ella la plenitud. ¿Vale la pena vivir si no cabe esperar nada después de la muerte?

Toda vida tiene un comienzo, un desarrollo y un final. Pero no toda vida alberga capacidad consciente sobre ese comienzo, desarrollo y final. El ser humano, sí.
Nosotros somos conscientes de que nuestra vida corporal no es para siempre, tiene término y se corrompe. Sólo que, cuando disfrutamos del esplendor y vigor de la vida, todo se nos va a un mayor crecimiento y superación, como si nunca se nos fuera a acabar. Pero, se acaba.
Y la consideración de ese momento, vuelve de nuevo: ¿por qué y para qué vivimos? ¿Qué valores e intereses absorben nuestra vida? ¿Recibimos marcada la dirección en que debemos avanzar en nuestra vida?

A todo esto, precede otra pregunta: ¿El avanzar en una u otra dirección va unido a la convicción de que la vida humana prosigue transformada y enaltecida después de la muerte o queda por completo fenecida en el instante de la muerte?
Se admita lo uno o lo otro, ¿encontramos en el ser humano fundamento para que nuestro caminar lo hagamos comunitariamente desde la igualdad, la justicia, la solidaridad , la verdad y el amor? ¿Es tarea y objetivo nuestro la prosecución de la dignidad, del bien, de los derechos y de la felicidad de todos como si fueran la nuestra?

Pienso que es aquí donde aparece la línea divisoria entre aceptar o rechazar la muerte, considerada como castigo o premio, amenaza o promesa, pérdida o ganancia, derrota o victoria.
Optar por lo uno o por lo otro, configurará de un modo diferente la vida de unos y de otros. Todo depende del significado que se da a la muerte: ¿Caida en la nada? ¿Llegada a la vida plena?
Desde la opción de caida en la nada, se explica la postura de quienes, ansiosos de vivir la vida presente, se aferran a ella , acumulando poder, riqueza, éxito, placer,… aunque sea con desprecio, marginación y opresión de los demás.

El imperativo ético de la igualdad y de la justicia, de la solidaridad y del amor, es natural e intrínseco al ser humano y opera en muchos leal y coherente. Y el imperativo religioso transcendente asume y refortalece ese imperativo, dándole mayor incondicionalidad.

Creo, por tanto, que, para ocuparnos serenamente del tema de la eutanasia, ayuda mucho el verla en todo el proceso de la vida, que se la ama profundamente también en el último de la muerte.

El morir humano es necesidad y es libertad. Entramos en la vida sin que se contara con nosotros e hicimos una biografía personal, merced a nuestro yo libre y responsable.
En este sentido, el morir , como el vivir, es de cada uno y debiéramos llegar a él dispuestos a darle cumplimiento personal.

A la muerte no se llega de improviso, como una fatalidad inesperada, sino que calladamente nos ronda , pues en el día a día se nos va gastando algo de la vida. Y en el día a día vamos forjando un estilo de vida, una personalidad, que será determinante a la hora de dar cumplimiento al acto último del morir. Hacemos nuestro lo que nos pertenece , libremente, como bellamente lo expresa el maestre Don Rodrigo:
“Y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera
es locura “ (Jorge Manrique, Coplas)

c) La postura cristiana tradicional o más común ante la muerte
Frente el tema de la muerte, la mayoría de los cristianos tienen bien arraigada esta idea: pase lo que pase y sea cual fuere la situación a la que podamos llegar, la vida la hemos recibido del Creador y no nos es dado disponer de ella por iniciativa propia para terminarla o acortarla.

Jóvenes o viejos, sanos o enfermos, con enfermedad curable o incurable, en condiciones apacibles o de dolor intolerable, pudiéndonos valer o en dependencia grave o extrema para todo, en todos los casos nuestro deber es respetar y continuar la vida hasta que se acabe, sin ahorrar medio alguno que se sepa puede ayudarle y nosotros podamos conseguir.

Esta es la postura más generalizada y se entiende que a la base de ella existan diversas razones para mantenerla.
Analizaré más adelante, las razones que avalan esta postura y discerniremos si todas valen y en qué medida.
De momento, conviene advertir el absolutismo de este principio, que pugnará por salir a cada paso en el tratamiento que vamos a desarrollar.

Cierto que se muere una sola vez y para siempre. Y acaso por eso, o también porque el don recibido gratuitamente no lo puede uno en ningún momento dar por concluido, se la respeta hasta el último momento. Lo contrario sería un gran desacato y la más indigna de todas las decisiones humanas.

4. La vida no es un valor absoluto
Sin embargo, la vida humana en su más amplia y azarada historia, nunca ha renunciado a prescindir de ella, cuando se interponían otros valores.
Se afrontaba como digna :
.La decisión de perder la vida cuando traicionar un secreto podía suponer la muerte para muchos.

.Cuando le asistía el derecho a defenderla frente a un ataque injusto, aún a sabiendas de que podía perderla o perderla el injusto atacante.
.Cuando por generosidad y amor inmenso se ofrecía para rescatar y hacer sobrevivir a otro.
. Cuando se afrontaba el martirio antes que renegar de la propia fe.
.Cuando por defender a la patria, se rechazaba al enemigo antes que dejarse invadir y dominar calificando a los que tal hicieron como superhéroes, etc..

Es decir, la vida es el primero y el más grande de los valores, pero no un valor absoluto. Hay situaciones en que , por especiales motivos, se considera digna y éticamente válida la decisión de renunciar a ella.
¿En el proceso del tránsito hacia la muerte, pueden darse situaciones y existir razones que hagan éticamente valida la decisión de acabar con ella acortándola?
Es lo que vamos a ver.

4.El derecho a morir con dignidad

1.Acordar el significado de los términos: Eutanasia, distanasia, ortotanasia.

. EUTANASIA

Es conveniente analizar el uso de la palabra eutanasia, por la ambigüedad que ha adquirido en el lenguaje moderno. Nuestro hablar sobre el tema resultará oscuro y polémico si no aclaramos previamente el significado del que partimos.
A lo largo de la historia, la palabra fue utilizada:
1. Como simple deseo o petición de tener un morir bueno, felíz, sin preocuparse de la ayuda al morir.
2. Como un buen morir, en el que no falten a la persona los cuidados aconsejados por la medicina y la moral .
Es lo que, ya en 1516, en Utopía, narra con singular sabiduría Tomás Moro:
“A los enfermos incurables se les atiende y trata esmeradamente , prestándoles toda clase de cuidados. Pero si a los males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces al paciente se le hace ver que se halla privado de sus funciones vitales , que está sobreviendo a su muerte y que es una carga para sí mismo y para los demás y le resulta inútil obstinarse por más tiempo en dejarse devorar por el mal y las infecciones. Y, en esa situación, armado de esperanza, debe aceptar la muerte, abandonar esta vida cruel como quien huye de una prisión o del suplicio y no dudar de liberarse o permitir que lo liberen los otros. Los consejos en este sentido de los magistrados y sacerdotes son sabios y desempeñan una obra piadosa y santa.

Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero, no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de muerte se considera algo honorable. Pero el que se quita la vida -por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado- no es digno de ser inhumado o incinerado. Se lo arroja ignominiosamente a una ciénaga” ( Felipe Aguado, Utopía y Educación, Nueva Utopia, Madrid 2016, pp. 233-234).

3. En el momento actual, la eutanasia se la suele entender: -Médicamente, como terapia que, en un proceso de oscurecimiento u ocaso de la vida, pretende adelantar la muerte.
-Moralmente, tal adelantamiento se lo aprueba o reprueba, si el valor de la muerte se lo considera una alternativa mejor al valor de seguir viviendo.
En esta perspectiva, si el enfermo no se encuentra en fase terminal, no se considera aceptable el suicido asistido.Hay , sin embargo, países que lo admiten.
Para esta situación, son varias las razones aducidas para rechazar la eutanasia:
-La evidencia de que la vida humana es y aparece por sí como valor inviolable.
-La vida humana implica una evolución que avanza hacia el envejecimiento, la improductividad social, etc., sin que por ello pierda valor.

-Toda lucha emprendida por la emancipación y conquista de los valores éticos, tiene apoyo y justificación en la vida misma de la persona.
-La vida humana nunca, de cara a otros valores comerciales, industriales, …o instancias de arbitraria voluntad humana ,
puede ser utilizada como instrumento: es fin y no medio.
Estas razones , propias de una ética racional, hacen que quienes llegan a una situación en que su vida no tienen futuro y está expuesta a la amenaza de fuertes dolores y aceptan sin más la finitud del ser humano y no creen en un Dios Trascendente ni en el más allá , puedan recurrir a la eutanasia directa.

. ORTOTANASIA
La ortotanasia aboga por vivir una muerte digna, lo cual no se da si no se hace responsablemente.
Y ese vivir responsablemente la muerte supone el ser consciente y dueño de ese vivir, el poder hacerlo siendo plenamente humano, no subhumanamente como sería si me sorprendiera sumergiéndome en un proceso puramente vegetal, privado de lo más propiamente humano: ser consciente y poder decidir libremente, decidir que no se me implique y prolongue artificialmente en una suerte de vida vegetal, que se me deje morir, sin aplicar medios que no suprimen ese estado vegetal y me obligan a seguir en un proceso que ya no es humano.

Por lo menos, eso: que me sea dado decidir racional y libremente, como me corresponde, sin sentirme obligado a seguir y prolongar mi vida, que se me deje morir, que no es lo mismo que hacerme morir.
Defendemos la necesidad de regular el derecho a morir con dignidad. Yo creo que esa reflexión está en la sociedad, aunque haya grupos a los que les gustaría llegar mucho más lejos.
Pero nuestro debate desea poder argumentar e iluminar y ayudar a que los Gobiernos puedan legislar con acierto y para bien de todos.

Analizamos la situación concreta de este caso, mediante el concepto de la ORTOTANASIA, que integra el respeto al valor de la vida y al valor de una muerte digna:
. tratando de evitar el mantenimiento artificial de dolores y sufrimientos indebidos ,
. en una situación de enfermedad incurable,
. con consentimiento del paciente.

Resulta éticamente correcto, y es una alternativa válida, la de anticipar el final de un proceso doloroso inncurable, no sólo no aportando medidas biomédicas extraordinarias, sino suspendiendo las ordinarias, dejando que el proceso acabe por sí mismo, o incluso con la ayuda de algún medio adecuado.
Esta posición, válida desde una ética racional y civil, puede que no sea admitida por la legislación de unos u otros países y, en tal caso, conviene averiguar si está sometida o no a penalización. Pero, tal circunstancia es relativa, puede cambiar y no afecta al contenido éticamente válido de la decisión tomada.

Posición ésta sostenida incluso por pensadores y teólogos católicos. De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera llevado a la sociedad la absurda controversia suscitada por casos socialmente controvertidos y famosos.
Es casi unánime el sentir y el tratamiento de que, en casos como el descrito, no se trata de aplicar sin más la eutanasia, con intento de abreviar indiscriminada e inmotivadamente la vida. Ni tampoco de prolongarla artificialmente –distanasia- sean cuales sean las circunstancias.

La cuestión se resuelve desde una aplicación de la ortotanasia, es decir, desde un conjugar e integrar con equilibrio los dos valores en conflicto : el de derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente.
La argumentación desarrolla los siguientes aspectos: . Con ser importante, la vida no es un valor absoluto sino relativo y finito, hay un momento en que a todos se nos acaba.

. Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida.
. Pero, hay situaciones extremas de enfermedad y de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser persistentes y agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.
Es entonces, cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad, que se le respete y se le permita un mínimo de calidad de vida y, en consecuencia, no se le apliquen medios extraordinarios o desproporcionados que le prolonguen artificialmente la vida manteniéndola en un nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico” .

No es, por lo tanto, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esas técnicas o medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.
Este modo de pensar, aunque muchos puedan no creerlo, fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989 que, a propósito del testamento vital, dice: “Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.

Igualmente, el Catecismo Romano en el Nª 2278 dice: “La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.
Con esto no se pretende provocar la muerte, se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no por los que tienen derechos legales respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.

domingo, 30 de septiembre de 2018

El eclipse de la ética en la actualidad.



Es necesario enraizar en aquellos valores específicamente humanos para que todos puedan asumir una nueva ética donde primen el cuidado, la solidaridad, la responsabilidad universal y la justicia.

Entre el 10 y el 13 de julio de 2018 se celebró en Belo Horizonte un congreso internacional organizado por la Sociedad de Teología y Ciencias de la Religión (SOTER) en torno a los temas religión, ética y política. Las exposiciones fueron de gran actualidad y de nivel superior. Voy a referirme solamente a la discusión sobre El eclipse de la ética que me tocó introducir.

A mi modo de ver, dos factores han alcanzado el corazón de la ética: el proceso de globalización y la mercantilización de la sociedad.

La globalización ha mostrado los diferentes tipos de ética, según las diferencias culturales. Se ha relativizado la ética occidental, una entre tantas. Las grandes culturas de Oriente y las de los pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos de forma muy diferente.

Por ejemplo, la cultura maya centra todo en el corazón, ya que todas las cosas nacieron del amor de los dos grandes corazones del Cielo y de la Tierra. El ideal ético es crear en todas las personas corazones sensibles, justos, transparentes y verdaderos. O la ética del “bien vivir y convivir” de los andinos, asentada en el equilibrio de todas las cosas, entre los humanos, con la naturaleza y con el universo.

Tal pluralidad de caminos éticos ha tenido como consecuencia una relativización generalizada. Sabemos que la ley y el orden, valores de la práctica ética fundamental, son los prerrequisitos para cualquier civilización en cualquier parte del mundo. Lo que observamos es que la humanidad está cediendo ante la barbarie rumbo a una verdadera era mundial de las tinieblas, tal es el descalabro ético que estamos viendo.


La economía especulativa dicta los rumbos de la política y de la sociedad actual como un todo

Poco antes de morir en 2017, advertía el pensador Sigmund Bauman: “O la humanidad se da las manos para salvarnos juntos o, si no, engrosaremos el cortejo de los que caminan rumbo al abismo”. ¿Cuál es la ética que nos podrá orientar como humanidad viviendo en la misma casa común? El segundo gran impedimento a la ética es la mercantilización de la sociedad, lo que Karl Polanyi llamaba ya en 1944 “la gran transformación”. Es el fenómeno del paso de una economía de mercado a una sociedad puramente de mercado. Todo se transforma en mercancía, cosa ya prevista por Karl Marx en su texto La miseria de la filosofía de 1848, cuando se refería al tiempo en el que las cosas más sagradas como la verdad y la conciencia serían llevadas al mercado; sería el “tiempo de la gran corrupción y de la venalidad universal”. Pues estamos viviendo ese tiempo. La economía, especialmente la especulativa, dicta los rumbos de la política y de la sociedad como un todo. La competición es su marca registrada y la solidaridad prácticamente ha desaparecido.

¿Cuál es el ideal ético de este tipo de sociedad? La capacidad de acumulación ilimitada y de consumo sin límites, que genera una gran división entre un pequeñísimo grupo que controla gran parte de la economía mundial y las mayorías excluidas y hundidas en el hambre y la miseria. Aquí se revelan rasgos de barbarie y de crueldad como pocas veces en la historia.

Tenemos que volver a fundar una ética que se enraíce en aquello que es específico nuestro como humanos y que, por eso, sea universal y pueda ser asumida por todos.

Estimo que en primerísimo lugar está la ética del cuidado, que según la fábula 220 del esclavo Higinio, bien interpretada por Martin Heidegger en Ser y tiempo,constituye el sustrato ontológico del ser humano, aquel conjunto de factores sin los cuales jamás surgirían el ser humano y otros seres vivos. Por pertenecer el cuidado a la esencia de lo humano, todos pueden vivirlo y darle formas concretas, conforme a sus culturas. El cuidado presupone una relación amigable y amorosa con la realidad, de mano extendida para la solidaridad y no de puño cerrado para la dominación. En el centro del cuidado está la vida. La civilización deberá ser biocentrada.

Otro dato de nuestra esencia humana es la solidaridad y la ética que de ella se deriva. Sabemos hoy por la bioantropología que fue la solidaridad de nuestros ancestros antropoides la que permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Buscaban los alimentos y los consumían solidariamente. Todos vivimos porque existió y existe un mínimo de solidaridad, comenzando por la familia. Lo que fue fundacional ayer, lo sigue siendo todavía hoy.


Las culturas de Oriente y los pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos de forma muy diferente

Otro camino ético ligado a nuestra estricta humanidad es la ética de la responsabilidad universal: o asumimos juntos responsablemente el destino de nuestra casa común o vamos a recorrer un camino sin retorno. Somos responsables de la sostenibilidad de Gaia y de sus ecosistemas para que podamos seguir viviendo junto con toda la comunidad de vida.

El filósofo Hans Jonas que fue el primero en elaborar El principio deresponsabilidad, le agregó la importancia del miedo colectivo. Cuando este surge y los humanos empiezan a darse cuenta de que pueden conocer un fin trágico e incluso llegar a desaparecer como especie, irrumpe un miedo ancestral que los lleva a una ética de supervivencia. El presupuesto inconsciente es que el valor de la vida está por encima de cualquier otro valor cultural, religioso o económico.

Por último, es importante rescatar la ética de la justicia para todos. La justicia es el derecho mínimo que tributamos al otro de que pueda continuar existiendo y recibiendo lo que le toca como persona. Las instituciones especialmente deben ser justas y equitativas para evitar los privilegios y las exclusiones sociales que tantas víctimas producen, particularmente en nuestro país, uno de los más desiguales, es decir, más injustos del mundo. De ahí se explica el odio y las discriminaciones que desgarran a la sociedad, venidos no del pueblo sino de las élites adineradas, que siempre viven del privilegio y no aceptan que los pobres puedan subir un peldaño en la escala social. Actualmente, vivimos bajo un régimen de excepción en el que tanto la Constitución como las leyes son pisoteadas mediante el Lawfare (la interpretación distorsionada de la ley que el juez practica para perjudicar al acusado).

La justicia no vale solo entre los humanos sino también con la naturaleza y con la Tierra, que son portadoras de derechos y por eso deben ser incluidas en nuestro concepto de democracia socioecológica.

Estos son algunos parámetros mínimos para una ética válida para cada pueblo y para la humanidad, reunida en la casa común. Debemos incorporar una ética de la sobriedad compartida para lograr lo que decía Xi Jinping, jefe supremo de China: “Una sociedad moderadamente abastecida”. Esto significa un ideal mínimo y alcanzable. En caso contrario, podremos conocer un armagedón social y ecológico.

Leonardo Boff es teólogo. Es autor de Cómo cuidar de la casa común (Vozes).

Traducción de María José Gavito Milano.

Fuente: elpais.com

miércoles, 18 de julio de 2018

Lenguaje, verdad y ética.


Antonio Gil de Zúñiga

Da la impresión de que la verdad tiene los días contados, si echamos una mirada crítica a los medios de comunicación de masas, a los uasaps, a los tuiters…, a las llamadas redes sociales, que actúan con frecuencia desde el anonimato. El lenguaje va por un lado, la verdad por otro y la ética ni está ni se la espera. Parece que el lenguaje tiene barra libre para referirse a la realidad a su antojo. Los tertulianos/as televisivos o radiofónicos, los uasaps, los tuiters… lanzan sus afirmaciones sin verificar que lo que sostienen se adapta a la realidad, a la verdad.
Si el “lenguaje es la casa del ser”, según la máxima de M. Heidegger, hay que cuidarlo como tal, con esmero y con la intencionalidad de acercarse al referente, a la realidad, con la mayor exactitud posible. No en vano afirmaba la filosofía escolástica que la verdad es “adaequatio intellectus cum re“; es decir, nuestro entendimiento debe hacer una fotografía de la realidad. Y para ello el ser humano posee una potente herramienta que es el signo lingüístico. Ahora bien, su objetivo primordial es captar la realidad que está fuera del sujeto para transmitírsela a otro, al receptor. Sin embargo, el lenguaje como producto humano y social, no siempre cumple con esa función primordial de transmitir la realidad tal cual; no siempre se comporta de manera inocente, sino que, a diferencia del lenguaje animal, como advierten CK. Ogden y IA. Richards, puede llegar a la perversión, a un intento de engañar al receptor mediante una “verdad” camuflada.
          Esto no ocurriría si la ética estuviese presente en este contencioso y formara parte como la tercera coordenada de la comunicación. Así nuestro lenguaje se adaptaría a la realidad objetiva si la ética estuviese presente como árbitro imparcial, que marcara las líneas rojas en cada acción comunicativa. Es cierto que para J. Habermas, gran defensor de la teoría de la acción comunicativa, mediante la comunicación se busca el entendimiento con el otro, con el oyente, pues hay un presupuesto pragmático, que da pleno sentido a la acción comunicativa y es que hay un reconocimiento mutuo de igualdad entre los interlocutores.
          Sin embargo, cuando el comunicador, el tertuliano, el tuitero… hablan, lo hacen desde su posición de verdad; una verdad, por cierto, incuestionable e inamovible, una verdad absoluta, que ya A. Machado ponía en cuestión: “¿Tu verdad? No, la verdad y ven conmigo a buscarla”. No hay, pues, reconocimiento mutuo de igualdad entre emisor y receptor; a éste se le considera un mindundi y un desconocedor del asunto. Es más, la palabra está “protegida” por la libertad de expresión de una sociedad democrática y que esta palabra mía se adecue a la realidad, siendo entonces una palabra verdadera, importa menos y aquí la ética no tiene nada que decir y, por supuesto, nada que corregir ni señalar los límites de mi lenguaje. Dentro de esta reflexión me fijaré en unos sectores concretos de nuestra sociedad:
1. Tertulianos/as. Un día sí y otro también los tertulianos/as televisivos o radiofónicos, más de uno, se explayan a sus anchas buscando más el titular impactante que el reflejar la opinión conforme a los parámetros de la verdad y de la ética. Desde posiciones de hooliganismo, sobre todo político, lanzan la frase abiertamente denigrante y falsa o camuflada bajo la apariencia de verdad. Con la llegada de Pedro Sánchez, PSOE, al gobierno se han disparado los discursos abusivos, carentes de verdad y, por lo tanto, sin control ético. Aquello que se atribuye a J. Goebbels, que una mentira repetida mil veces se hace verdad, es un hecho preocupante y que ahora no es necesario ni siquiera repetirla mil veces.

          En estos tiempos parece más rentable socialmente decir una falsedad que una verdad; el que así dice falsamente es una persona con agallas y defensora de unos valores patrios (?). Ejemplos, los hay para muchas páginas. Hace unos días en una conversación privada con una persona, una monja de vida activa, hablando de lo divino y de lo humano, sin duda más de lo humano que de lo divino, porque dimos un repaso a la política actual, me dijo lo que se ha repetido hasta la saciedad entre tertulianos/as y redes sociales: que Pedro Sánchez no ha sido elegido democráticamente, porque no ha habido elecciones de por medio. Intenté convencerla, no sé si lo conseguí, que se trata de una frase engañosa y muy lejana de la verdad.
Si el Parlamento ha sido elegido democráticamente, todo lo que emana de él es democrático; es más, la democracia se rige por mayorías y la moción de censura contra Rajoy ha obtenido la mayoría parlamentaria; por lo tanto, la verdad es que Pedro Sánchez ha sido elegido democráticamente. Entre otras cuestiones, mi interlocutora se refirió al traslado del Valle de los Caídos de los restos del dictador Franco; para ella con este gesto no se consigue la reconciliación, porque entre otras razones, si Franco fue malo también lo fue la República. Sabía que esta expresión no era propia de la monja, porque la he escuchado en alguna tertulia televisiva. Una expresión que no se adapta a la verdad, porque la República fue elegida democráticamente y el golpe de Estado de Franco fue contrario a la democracia, independientemente de que algunas acciones de la República o realizadas bajo su paraguas fuesen correctas.
2. Políticos. El lenguaje de muchos políticos desconoce qué es eso de la verdad y de la ética; son palabras que no existen en su diccionario. Ya no importa tanto el título que va a salir en los medios de comunicación, cuanto su rentabilidad política, puesto que la expresión falsa y engañosa más de uno la convierten en verdad. Se ha repetido en estos días en las redes sociales y en las tertulias que el Presidente del Gobierno usa el helicóptero para ir al aeropuerto y que Rajoy no lo hacía, con el consabido gasto público que conlleva el uso de un helicóptero para un desplazamiento corto. Así expresada esta realidad tiene visos de ser verdadera, pero la ética nos dice que en este discurso lingüístico hay un comportamiento y una actitud de falsear la realidad.
Al parecer Rajoy no usaba el helicóptero para ir al aeropuerto, pero había una razón personal: su accidente de helicóptero en la plaza de toros de Móstoles. Si el político con su lenguaje, falseando la realidad, busca su propio beneficio, debería tener en cuenta el consejo de Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “Conducirse éticamente significa querer el bien por sí mismo. El bien es ciertamente deseable cuando interesa a un individuo pero se reviste de un carácter más bello y más divino cuando interesa a un pueblo”.
3. Eclesiáticos. No son muy ejemplares muchos eclesiásticos o clérigos, principalmente obispos, en esto del lenguaje social o político. Parece que actúan más desde el hooliganismo político que desde la actitud ética de ofrecer una palabra veraz y en consonancia con la realidad, aunque ésta no sea del agrado clerical. Es curioso que estos clérigos tan amantes y defensores de la verdad absoluta y denostadores, por lo tanto, del relativismo, se refugien en la llamada posverdad, la mentira emotiva, que la RAE define como distorsión deliberada de la realidad. Todos los días se producen posverdades clericales, más ahora con el socialista Pedro Sánchez en el gobierno: la memoria histórica y el traslado de los restos del dictador Franco a una tumba privada, clase de religión en la escuela pública, ley de género, sexólicos anónimos del obispo de Alcalá, etc.
         

Si nos fijamos en el primer tema señalado: resignificación del Valle de los caídos y traslado de los restos del dictador Franco a una tumba privada, esto es para los obispos españoles, según el comunicado de la Conferencia episcopal española después de su reunión ordinaria de estos días, un perturbar la concordia y la reconciliación alcanzada por la transición española y plasmada en la Constitución de 1978. La posverdad episcopal es llamativa, porque no puede haber reconciliación mientras existan los miles de muertos franquistas enterrados y abandonados en cunetas o lugares no identificados.
Ellos, expertos en reconciliación, han de saber que la reconciliación conlleva el perdón. “Si vas a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5,23-24). Con el perdón se restablece el diálogo y el encuentro con el otro, la verdadera reconciliación. Al aceptar ese encuentro se establece una relación de projimidad, como señala P. Laín Entralgo, de reconocimiento mutuo entre el yo y el otro. Que yo sepa, los obispos españoles, oficialmente, no han entonado un mea culpa por las implicaciones de la jerarquía católica en el golpe de Estado del general Franco, que tanto sufrimiento causó a la sociedad española, y por el apoyo incondicional a la posterior dictadura franquista. Es bueno y saludable para la sociedad española, desde los parámetros del perdón y de la reconciliación, que se lleve a cabo la ley de Memoria histórica con todos sus detalles.
         La verdad es, pues, posible y el lenguaje su mejor herramienta de expresión, por más que filósofos, como Locke, Kant, Bertrand Russel…, adviertan de la posible arbitrariedad de la palabra en referencia al objeto. Pero la posverdad o mentira emotiva o distorsión deliberada de la realidad no puede acampar a sus anchas en las relaciones humanas. La ética es la que tiene la última palabra. Ahí está el consejo de Pablo de Tarso a los de Éfeso: “Dad de lado a la mentira, hable cada uno verazmente con su prójimo, ya que todos somos miembros unos de otros” (Éf 4,25).

Fuente: redescristianas.net
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jueves, 13 de julio de 2017

Espiritualidad y mística de la ecología integral.


Agustín Ortega. 

Como conclusión o síntesis de sus Ejercicios Espirituales (EE), San Ignacio presenta la “contemplación para alcanzar amor” (EE 230-237), en donde se manifiesta toda una sensibilidad ecológica, espiritual y mística. 

Tal como ha desarrollado el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ (LS), por ejemplo en su último capítulo, con una espiritualidad ecológica integral. “Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vejetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender; asimismo haciendo templo de mí seyendo criado a la similitud y imagen de su divina majestad; otro tanto reflitiendo en mí mismo, por el modo que está dicho en el primer puncto o por otro que sintiere mejor. De la misma manera se hará sobre cada puncto que se sigue. [236] El tercero considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis. Así como en los cielos, elementos, plantas, fructos, ganados, etc., dando ser, conservando, vejetando y sensando, etc. Después reflectir en mí mismo. [237] El quarto: mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba, así como la mi medida potencia de la summa y infinita de arriba, y así justicia, bondad, piedad, misericordia, etc., así como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas” (EE 235-237).

Se nos presenta pues una espiritualidad estética en la búsqueda de Dios en todas las cosas, una mística de la vida, naturaleza e historia. Con la oración-contemplación de la belleza en la acción de Dios que se manifiesta y actúa en toda la creación, en esa casa común que nos ha regalado como es el planeta. Es el Dios que ha destinado la tierra con sus frutos y bienes para cuidarlos, fecundarlos y que se compartan entre toda la humanidad de forma justa, con equidad y al servicio del bien común más universal. Tal como se significa en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. “Para la experiencia cristiana, todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva: «el Cristianismo no rechaza la materia, la corporeidad; al contrario, la valoriza plenamente en el acto litúrgico, en el que el cuerpo humano muestra su naturaleza íntima de templo del Espíritu y llega a unirse al Señor Jesús, hecho también él cuerpo para la salvación del mundo»” .

En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia, que tiende a manifestarse de modo sensible, logra una expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico: «¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, «la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo». Por eso, la Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado” (LS 235-236)

Como se observa, en la línea de la teología y la filosofía o de las ciencias, como nos transmitió de forma muy significativa el jesuita T. de Chardin, se visibilizan las claves para una espiritualidad en una antropología y ecología integral. Con la ética, principios y valores morales tal como nos enseña el pensamiento social de la iglesia, expresado por la LS. Tal como fue anticipado de forma pionera por los santos como San Francisco o San Ignacio, auténticos maestros y testigos de esta sabiduría espiritual, mística y ecológica global. Una antropología y ecología con la ética del cuidado de la vida y de la justiciaen todas sus dimensiones: personal, psicológica, ética, social, ambiental y espiritual. Una conversión ecológica con el servicio y compromiso por unas relaciones fraternas, solidarias y justas con los otros, con los pobres, con esa casa común que es el planeta y con el Dios de la vida revelado en Jesucristo. Es el Dios Trinitario, entraña y modelo de estas relaciones fraternas y de comunión solidaria.

“Las Personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones. Las criaturas tienden hacia Dios, y a su vez es propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa, de tal modo que en el seno del universo podemos encontrar un sinnúmero de constantes relaciones que se entrelazan secretamente. Esto no sólo nos invita a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas, sino que nos lleva a descubrir una clave de nuestra propia realización. Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad” (LS 240).

Toda esta espiritualidad y teología es la base del humanismo ético y cristiano que promueve el conocimiento de lo real, el desarrollo solidario e integral. Como nos muestra el jesuita mártir I. Ellacuría y el pensamiento latinoamericano, se trata de ser honrado con lo real. Haciéndonos cargo de la realidad, del clamor de los pobres y de la tierra que impulsa esta ecología integral con el amor civil, caridad política y justicia socio-ambiental para transformar la realidad con su cultura, relaciones humanas y estructuras sociales. “El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». Por eso, la Iglesia propuso al mundo el ideal de una «civilización del amor». El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: «Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción». En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica” (LS 231)

Todo este pensamiento social y ética con la ecología integral nos transmite los valores y principios del bien común, del destino universal de los bienes y la dignidad del trabajo. Con un estilo de vida sobrio, solidario y sostenible con la pobreza evangélica como iglesia pobre con los pobres; frente al egoísmo e individualismo insolidario y posesivo con sus ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y del tener, del consumismo y hedonismo. En contra de la tecnocracia (LS 106-114) que convierte al mercado, la propiedad y el capital, como es la banca-finanzas, en falsos dioses que de forma relativista e idolátrica, con su utilitarismos y competitividad, se imponen sobres estos valores y principios que, con toda esta ética y ecología integral, es lo más importante. Una espiritualidad y mística de la ecología integral que se fecunda en la alegría y en la acción de gracias, en la misericordia y compasión al servicio de la fe, cultura y justicia con los otros, con los pobres de la tierra y con el planeta.

viernes, 23 de junio de 2017

Por la igualdad y unidad de los pueblos.


por Benjamín Forcano, teólogo

En los tiempos que vivimos, nos toca vivir, pese a todas las imprevisiones y calamidades, utópicamente: soñar y luchar porque la Tierra sea UNA como lo es, que la humanidad sea UNA como lo es y que en esa Unidad nos encontremos todos: personas y pueblos.

Hace apenas 60 años, concluida la segunda guerra mundial, nos parecía que quedaban atrás vallas y fronteras que nos habían recluido en el ámbito de nuestra patria, alimentando el aislamiento, la desconfianza y la hostilidad.

Siendo para todos el mundo en que nacimos, lo convertimos demasiadas veces en islotes de ininterrumpida guerra. Guerra por una tierra que era de todos, guerra por unos bienes que los queríamos en exclusividad, guerra por una cultura que a todos queríamos imponer, guerra por un poder que no queríamos compartir, guerra por idolatrar una particular semejanza, que nos impedía reconocer la universal identidad.

Después de mucho combate y destrucción parece que terminamos por entender lo absurdo de un vivir en provocación y guerra permanente: el planeta tierra no era de nadie y sí era lo de todos.

Con las entrañas aún rotas y las lágrimas sin secar, una voz resonó en el recinto de las Naciones Unidas:

El desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la humanidad. Estas Naciones:

- Proclaman como la aspiración más elevada del hombre el poder disfrutar de la libertad de la palabra y de la libertad de conciencia.

-Reafirman su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, y en la igualdad de hombres y mujeres,

-Reconocen y promueven estos derechos y tratan de asegurar su reconocimiento y aplicación universales.

.Artículo 1: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

.Artículo 2: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades declarados en esta Declaración, sin distinción den raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Parecía cerrado un ciclo de la historia. Por una vez la conciencia humana ratificó una verdad universal: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Pueblos, paisajes, culturas, lenguas y religiones confluían bajo una forma de ser común. Brillaban la dignidad y libertad de toda vida humana.

Y nos pusimos a caminar bajo la estrella que alumbraba un destino común. Hasta tal punto que nos encontramos comunicados y organizados globalmente: la Información, la Comunicación, la Tecnología, el Comercio, el Transporte, la Cultura, la Ciencia, la Economía, el Derecho y la Política nos llegaban entrelazados y confirmaban la identidad de un planeta y humanidad unidos

Sentimientos estos y expectativas de hace apenas unas decenas de años. Paradójicamente, casi sin advertirlo, fantasmas de antaño trataban de revivir urdiendo en la red inmensa de la globalización, una nueva hegemonía: minorías financieras y políticos racistas, desde un egoísmo absolutizado, se disponían a sostener imperios de explotación y dominación. Desconectados de los principios de la Carta de las Naciones Unidas pasaban a guiar y gestionar el destino de los pueblos.

Fenómeno que no dejaron de denunciar líderes científicos, sociales y religiosos de todo el mundo. “El predominio de la cultura del capital, escribe Leonardo Boff, con sus propósitos ligados al individualismo, a la acumulación ilimitada de bienes materiales y principalmente a la competición dejando de hecho escaso espacio para la cooperación, contaminó prácticamente a toda la humanidad, habitando una Casa Común”.

Lo mismo comenta en una entrevista, Ken Loach, el más importante de los cineastas británicos: “Después de 1945 en casi toda Europa, se extendió un sentir de deber social y solidaridad. Mi país, en concreto había sido devastado por las bombas y la gente entendía que la unidad era vital para combatir el fascismo. Pero, en 1980, llegó Margarita Thatcher y dijo que hay que cuidar de uno mismo e ignorar al vecino; que la competencia es más importante que la colaboración. Y destruyó el Estado del Bienestar, forzando con ello a millones de ciudadanos a vivir en la pobreza. Y desde entonces, la idea del bien común se ha ido destruyendo gradualmente.

La gente tiene un sentido del deber moral. Los políticos no. Gran Bretaña es el país que aplica los preceptos del neoliberalismo de forma más agresiva, desde que Thatcher puso en marcha la privatización de la industria y de los servicios públicos. Pero, hoy en día es la Unión Europea en su conjunto la que está impulsando soluciones que favorecen a las grandes corporaciones”.

Pepe Mujica, expresidente de Uruguay dijo en Roma hace unas semanas en el III Encuentro Mundial de Movimientos Populares: “El capitalismo inventó una civilización que está invadiendo toda la tierra, pero que no tiene gobierno, tiene un mecanismo impuesto por el mercado. Esta civilización sólo tiene un sello, el mercado. Es el que impone el grueso de las decisiones”.

Y el Papa Francisco en ese mismo encuentro dijo:

“Los descartados del sistema, Hombres y mujeres, ratificamos que la causa común y estructural de la crisis socioambiental, es la tiranía del dinero, es decir, el sistema capitalista imperante y una ideología que no respeta la dignidad humana. Una economía centrada en el dios dinero y no en la persona es el terrorismo fundamental contra la humanidad”.

Completando este cuadro, el sociólogo Zygmunnt Bauman, lo aclara desde su metáfora de la modernidad líquida. Según él, nuestra sociedad globalizada, posmoderna, proviene de una anterior sólida y consistente, encarnada en una serie de lealtades tradicionales, en unos derechos y obligaciones que ataban de pies y manos, que obstaculizaban el movimiento e impedían la iniciativa. “La situación actual, escribe, emergió de la disolución radical de aquellas amarras - acusadas justa o injustamente- de limitar la libertad individual, de elegir y de actuar”. Pero, esta disolución, es decir, esta exclusión de toda pauta y freno, de toda regulación, se dirigía hacia un nuevo blanco: la modernidad fluida, bajo cuyo influjo desintegrador, caían la familia, clase y el vecindario. Las pautas anteriores, eran reemplazadas con no menor rigidez por las pautas de la economía y del mercado. De modo que el individuo, desguarnecido de los marcos y pautas tradicionales, se encontraba solo, sin que le fuera dada de antemano la construcción de su labor y de su futuro. Dentro de esta descripción, ya en nuestro mismo tiempo, asistimos al derrumbe de la hospitalidad y de los derechos humanos. Como dice Kant, “Todos los humanos están sobre la tierra y todos, sin excepción, tiene derecho a estar en ella y visitar sus lugares y pueblos; la Tierra pertenece comunitariamente a todos”.

La hospitalidad es un derecho y un deber de todos

Y sobre los derechos humanos, que para Kant son “la niña de los ojos de Dios”, “Respetarlos hace nacer una comunidad de paz y seguridad que pone un fin definitivo a la infame beligerancia”.

Renegando de su tradición, hoy surge en Estados Unidos un presidente, Donald Trump, que no respeta las diferencias religiosas, que rechaza a la población musulmana y niega la hospitalidad a todo tipo de gente que acudía a ese país. La ola de odio que está creciendo en el mundo y las discriminaciones contra los refugiados e inmigrantes rechazados en Europa y Estados Unidos están destrozando el tejido social de la convivencia humana a nivel nacional e internacional.

La hospitalidad es un test para ver cuánto de humanismo, compasión y solidaridad existen en una sociedad. Detrás de cada refugiado para Europa y de cada inmigrante para USA hay un océano de sufrimiento y de angustia y también de esperanza de días mejores. El rechazo es particularmente humillante, pues les da la impresión de que no valen nada, de que ni siquiera son considerados humanos.

¿Por qué van los refugiados a Europa?

Porque los europeos estuvieron antes durante dos siglos en sus países, asumiendo el poder, imponiéndoles costumbres diferentes y explotando sus riquezas. Ahora, que están tan necesitados, son simplemente rechazados.

Ciertamente, compartimos la convivencia como dato esencial de nuestra naturaleza: nosotros no vivimos, convivimos; somos comunitarios, todos aprendemos unos de otros, todos hablamos y decidimos. Nadie puede sobreponerse a nadie, si abriga el principio de que toda vida humana es igual en dignidad, derechos y responsabilidades. Y quien pretenda considerarse superior por tener más, pervierte su natural modo de ser.

Convivir es ser capaz de acoger las diferencias, dejarlas ser y vivir con ellas. ¿Será verdad lo que decía Einstein que “es más fácil desintegrar un átomo que sacar un prejuicio de la cabeza de alguien? Lo será, pero se puede.

Todo ser humano, más que un extraño es un compañero, al que hay que ayudar a sentirse incluido y no excluido, ayudarlo haciendo que se sienta acogido por el trabajo y la convivencia.

Así las cosas, no es extraño que Leonardo Boff, coautor de la Carta de la Tierra, se vea obligado a constatar: “En la raíz de este sistema de violencia e es decir, una forma de organizar la sociedad y la relación con la naturaleza basada en la fuerza, la violencia y el sometimiento. Este paradigma privilegia la competencia a costa de la solidaridad. En vez de hacer de los ciudadanos socios, los hace rivales”.

Un hecho éste incontrovertible: a diario nos sentimos asaltados por la gravedad de conflictos, enemistades, guerras. Aquella luz de la posguerra, aurora de un futuro de justicia, de solidaridad y de paz, se apagó. Y hemos vuelto a revivir tragedias y sufrimientos inimaginables.

Ciertamente, hemos producido mucha más riqueza, mucho más conocimiento, mucha más tecnología, mucha más información y comunicación, muchos más adelantos para el transporte, la salud, la educación, el trabajo, nos mezclamos más y compartimos juntos idénticos problemas y, sin embargo, en medio de esa nube de mayor bienestar, las relaciones de unos pueblos con otros se han vuelto más hostiles, más predispuestas al rechazo y exclusión. ¿Qué nos ha pasado?

Como epílogo a mi respuesta, ofrezco un dato singular, que alumbra la entraña de la crisis.

El dato

Justo al poco tiempo de acabar la guerra, los vencedores como si nada grave hubiera ocurrido, y tuvieran el derecho de erigirse en dueños del mundo, venían a proclamar: “Poseemos cerca de la mitad de la riqueza mundial. Nuestra tarea principal consiste en el próximo período en diseñar sistemas de relaciones que nos permitan mantener esta posición de disparidad sin ningún detrimento para nuestros intereses” (George Kennan, jefe del grupo del Departamento de Estado de los Estados Unidos en 1945).

Y Albert J. Beverige, uno de los máximos exponentes de la ideología del “Destino manifiesto”, añadía:

“El destino nos ha trazado nuestra política; el comercio mundial debe ser y será nuestro. Lo adquiriremos como nuestra madre (Gran Bretaña) nos enseñó. Estableceremos despachos Comerciales en toda la superficie del mundo como centro de distribución de los productos norteamericanos. Cubriremos los océanos con nuestros barcos mercantes. Construiremos una flota a la medida de nuestra grandeza. De nuestros establecimientos comerciales saldrán grandes colonias que desplegarán nuestra bandera y traficarán con nosotros. Nuestras instituciones seguirán a nuestra bandera en alas del comercio. Y el orden americano, la civilización americana, la bandera americana se levantarán en lugares hasta ahora sepultados en la violencia y el oscurantismo”.

Y el senador Brown dejó escrito: “Manifiesto la necesidad en que estamos de tomar América Central pero si tenemos necesidad de ello, lo mejor que podemos hacer es obrar como amos, ir a esa tierra como señores”.

Y, como sello que denuncia la maldad de esta, recuerdo las palabras del superconocido y admirado estadounidense Noam Chomsky: “Cuando en nuestras posesiones, se cuestiona la quinta libertad

(la libertad de saquear y explotar) los Estados Unidos suelen recurrir a la subversión, al terror o a la agresión directa para restaurarla”.

Hoy, autores de la más diversa índole y valía confirman la verdad de los textos anteriores.

Cualquiera entiende que, subyacente a estas palabras, aparece la ideología del “destino manifiesto” de la excepcionalidad de Estados Unidos, siempre presente en los presidentes anteriores, inclusive en Obama. Es decir, Estados Unidos posee una misión única y divina en el mundo, la de llevar sus valores de derechos, de propiedad privada y de la democracia liberal al resto de la humanidad. Para él, el mundo no existe. Y si existe, es visto de forma negativa.

Misión singular, patrocinadora de toda arbitrariedad, que ha hecho suya el recién nombrado presidente Donald Trump en su discurso inaugural: “De hoy en adelante una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este momento Estados Unidos será lo primero. Juntos haremos que Estados Unidos vuelva a ser fuerte. Haremos que Estados Unidos sea próspero. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser orgulloso. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser seguro de nuevo. Y juntos haremos que Estados Unidos sea grande de nuevo”.

Ciertamente, hay y habrá otros imperialismos que el de EE.UU. Pero, los textos transcritos, manifiestan como el primero, y o más poderoso, determinante y peligroso para nuestros días, el de Estados Unidos.

Me ahorro tener que destacarlo yo, aun cuando a ello me lleve mi experiencia e itinerario por diversos países y revoluciones de Latinoamérica.

Dejo la palabra a Robert Bowman, piloto de cazas militares y que realizó 101 misiones de combate durante la guerra de Vietnam. Con ocasión de los bombardeos de Nairobi y de Dar es Salam, donde las embajadas norteamericanas fueron atacadas por el terrorismo, este piloto escribió una carta al presidente Clinton. Después se hizo sacerdote y ahora obispo de Melborne Beach- Florida. Dice:

''Ud. ha dicho que somos blanco de ataques porque defendemos la democracia, la libertad, los derechos humanos. ¡Qué broma!

Somos blanco de terroristas porque en gran parte del mundo nuestro gobierno defiende la dictadura, la esclavitud, la explotación humana. Somos blanco de los terroristas porque nos odian. Y nos odian porque nuestro gobierno hace cosas odiosas.

¡En cuántos países agentes de nuestro gobierno destituyeron líderes escogidos por el pueblo, cambiándolos por dictaduras militares fantoches, deseosas de vender su pueblo a las sociedades multinacionales norteamericanas!

Hicimos eso en Irán cuando los artilleros navales norteamericanos y la CIA destituyeron a Mossadegh porque quería nacionalizar la industria del petróleo. Nosotros lo cambiamos por el Sha y armamos, formamos y pagamos su odiada guarda nacional Savak, que arrasó y cometió brutalidades contra el pueblo de Irán. Todo eso para proteger los intereses financieros de nuestras compañías petrolíferas. ¿Nos parecerá extraño que en Irán nos odien?

Lo mismo hicimos en Chile y en Vietnam. Más recientemente hemos intentado hacerlo en Irak. ¿Cuántas veces no lo hicimos en Nicaragua y en el resto de las “repúblicas bananas'' de América Latina? Muchas veces expulsamos líderes populares que querían repartir las riquezas de la tierra entre las personas que la trabajaban. Los sustituimos por tiranos criminales, para que vendiesen a su pueblo y para que la riqueza de la tierra fuese a la Domino Sugar, United Fruit Company, Folgers y Chiquita Banana.

País por país, nuestro gobierno se opuso a la democracia, sofocó la libertad y violó los derechos del ser humano. Ésta es la causa por la cual nos odian en todo el mundo. Ésta es la razón por la que somos blanco de los terroristas.

En vez de enviar a nuestros hijos e hijas por todo el mundo a matar árabes y obtener así el petróleo que hay bajo su tierra, deberíamos enviarlos a reconstruir su infraestructura, a beneficiarlos con agua potable y alimentar a los niños que están en peligro de morir de hambre.

En vez de entrenar terroristas y escuadrones de la muerte, deberíamos cerrar la Escuela de las Américas. En vez de patrocinar la rebelión, la desestabilización, el asesinato y el terror en el mundo entero, deberíamos abolir el actual formato de la CIA y dar dinero a las agencias de ayuda”.

La coyuntura que vivimos, con ser pervertida, ha estallado en la conciencia ciudadana, que ha experimentado crudamente la actuación del monstruo neoliberal, artífice de la prostitución del ser humano, de la mentira de su economía, del poderío que le confiere, de la retórica encubridora de su propaganda, orientado todo a sostener imperios racistas de explotación y dominación.

La convulsión social es tan fuerte que remueve las raíces del pasado, activa recónditos sentimientos de conciencia y reclama simplemente un modo humano de obrar: La prepotencia, el egoísmo y la avaricia son detestables y caen ante el deber de asegurar la dignidad y derechos de todos. Nadie, que sea humano, puede aspirar a realizarse a costa de los demás. Quien no respeta la dignidad de sí mismo, no puede respetar la dignidad de los demás, respeto que nos dicta la regla de oro universal: “Ama al prójimo como a ti mismo”, “Trata a los demás como tú deseas que los otros te traten a ti”.

Este alineamiento del yo con la ética racional y comunitaria es por donde comienza la construcción de una nueva sociedad, tal como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los Pueblos y Naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las Instituciones, inspirándose en este ideal común, promuevan mediante la enseñanza y educación, el respeto a estos derechos y libertades” (Preámbulo de la Declaración).

Todo sistema, teoría o doctrina que pretenda establecer desigualdad éticojurídica entre los humanos es falsa. No hay sistema que justifique la división entre amos y esclavos, ricos y pobres, superiores e inferiores, primeros y últimos. La creación idolátrica del dios dinero nos lleva a construir una sociedad cada vez más cruel y escandalosa por su desigualdad.

A nivel internacional, el desafío es mucho más grave. Porque, aplicando la misma lógica que a nivel interindividual, ninguna nación puede prosperar a base de otra, haciendo praxis normal suya la política de invadir, explotar y dominar: “La Organización de las Naciones Unidas está basada en el principio de la igualdad soberana de todos sus miembros” (Cap. I, art. 2).

Las Naciones unidad deben tomar medidas para prevenir y asegurar la paz, evitar actos de agresión y lograr por medios pacíficos y de conformidad con la Justicia y el Derecho internacional la solución de las controversias (Cfr. Idem.)

La historia real nos muestra cómo se comportan las naciones con mayor poder en Europa, en Latinoamérica, África y en nuestro propio país. Todo cambiaría si cada Nación se limitara a ser lo que es, un país más, con autonomía y singularidad propia, regido por la Justicia y el Derecho internacional.

No lo han hecho, ni lo van a hacer. Por sí mismos, está más que demostrado, que no cumplen con sus obligaciones internacionales, no respetan muchos de los Tratados y Convenciones Internacionales, apoyan la invención constante de armas, son proveedores de ellas, entrenan a militares de otros Estados, provocan el terrorismo en lugar de combatirlo en sus causas, apoyan dictaduras o derrocan democracias cuando les conviene, aumentan y fortalecen sus numerosas bases en todo el mundo, tienen establecido el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, etc.

Todo cambiaría con que las Naciones Unidas lograran simplemente que, en este caso, Estados Unidos asumiera la obligación de respetar la soberanía, independencia y dignidad y libertad de todas las Naciones del mundo. Y no que sigan profesando que el Destino Manifiesto les ha predeterminado a extenderse e implantar su ley y civilización en todos los rincones del planeta Tierra, a las buenas o a las malas, a las malas casi siempre, poniendo en marcha la maquinaria de su ingente poder, como si fueran los dueños y señores de nuestra planeta.

Tenemos muchas tareas, muchos conflictos y problemas que resolver, pero ninguno de ellos alcanzará solución sin ética. Sin ética, la calidad de nuestras relaciones con la naturaleza y con nuestra casa común seguirá siendo destructivas. La ética nos libera y nos limita, y libera y limita el poder de Estados Unidos y de cualquier otro imperio.

Necesitamos una ética regeneradora de la Tierra, una ética del cuidado, como dice el teólogo Leonardo Boff, que respete sus ritmos y nos responsabilice colectivamente.

“Nunca, clama el papa Francisco en su encíclica Laudato Si, hemos maltratado y lastimado nuestra Casa Común, como en los dos últimos siglos…Estas situaciones provocan el gemido de la hermana Tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que requiere otro rumbo”.

Benjamín Forcano es teólogo

Fuente:alainet.org