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miércoles, 17 de febrero de 2016

El amor es la plenitud de la ley: Ricoeur y Kierkegaard.


POR  *


El amor expresa lo siguiente:
»Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian,  bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan.  Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa.  Dale a todo el que te pida, y si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.
» ¿Qué mérito tienen ustedes al amar a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así.  ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así.  ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato.  Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sean compasivos, así como su Padre es compasivo. (Lucas 6:27-36, NVI)
En una conferencia expuesta en 1989 titulada Amor y Justicia[1], Paul Ricœur propuso la relación de dos conceptos que a lo largo de la historia del pensamiento se han puesto como diametralmente opuestos; dichos conceptos son «amor y justicia». Ricœur expresa que la afirmación de que dichos conceptos son opuestos –hasta dicotómicos- radica en que las tradiciones de pensamiento, desde Aristóteles hasta nuestros días, los han colocado en diferentes categorías de pensamiento y actuar político en la humanidad.
Por un lado, el amor ha sido colocado en el terreno de lo afectivo y lo poético (en ocasiones en lo sublime como Kant), mientras que la justicia se ha insertado exclusivamente en el ámbito ético, siendo ésta, la finalidad última de la ética. Dicha expresión que reduce al amor a lo sentimental, afectivo y sensorial estriba en el constante uso del concepto en vagas interpretaciones -en ocasiones  disparatadas- de los textos que han fundado estas diferencias; hablamos de los textos griegos[2]por un lado, y por el otro, los textos de la Torá[3] judía y el Nuevo testamento del cristianismo.
Sin embargo, Ricœur expone que la máxima del amor es que conlleva en sí mismo la expresión pura del deseo. Dicho en otras palabras, el amor está en una búsqueda constante de sí mismo a través de los amantes (el amoroso y el amado) y que, bajo la acción de un llamado, expresa el deseo bajo el imperativo ¡Ámame! El amor entonces, está en constante actividad en tanto que se busca y se llama, siendo así el sujeto y objeto de su acción.
Por otra parte, la justicia ha sido asimilada en términos aristotélicos que, desde la propuesta del maestro griego, buscaba preservar y fundar orden dentro de la polis y que, hasta nuestros días, sigue vigente bajo el precepto de la búsqueda de equidadigualdad entre los ciudadanos. La justicia desde entonces se ha visto fundamentada bajo un discurso argumentativo que intenta responder a la pregunta ¿cuál es la mejor manera de vivir en sociedad?
Ricœur propone que el error de englobar a la justicia en términos aristotélicos es el hecho de que el concepto de justicia se circunscribe exclusivamente en la tradición que se remonta a la «ley del talión» (dar a cada quién lo que le corresponde), fundada en una «lógica de la equivalencia o reciprocidad». Dicho de otra manera, la justicia se ejerce en tanto que se actúa en función de esperar del otro una acción igualitaria a la acción primera del yo, desembocando en lo que desde hace siglos se conoce como «La Regla de Oro»: “haz a otros como quieras que te hagan a ti”.
Para Ricœur, esta lógica de la reciprocidad es la que separa al amor y la justicia y los coloca en terrenos que parecen diametralmente opuestos. En su intento de arrojar una nueva concepción, el francés expone la necesidad de plantear la justicia en términos de otra lógica a la cual denominó como una «lógica de la sobreabundancia». Dicha lógica –pensada en términos cosmológicos semitas[4]– consiste en actuar, no en términos de reciprocidad, sino de entrega. Si bien ya hemos dicho que más que reducir al amor al terreno de lo afectivo, etc. puesto que conlleva un problema en tanto que el amor llama, surge la inquietud ¿cómo es que el amor responde a este llamado?
El amor encuentra su plenitud en tanto que es llamado y deseo. El amor es deseo en tanto que busca actuar a favor del amor -o dicho de otra manera- cuando el amoroso actúa a favor del amado por la dicha del bienestar del amado; asumiendo en principio que dicho actuar no espera reciprocidad en tanto que deseo. El amoroso que está revestido del amor (pues previamente lo ha asumido en sí mismo y como parte de sí) vive o se experimenta bajo una lógica de la sobreabundancia: “te amo porque, ante todo, soy amado por el mismo amor”.
De lo anterior surge una nueva propuesta de Ricœur para la interpretación de la Regla de Oro[5] contenida en el evangelio, en la que ya no es la lógica de la equivalencia la que condiciona su ejercicio, sino la acción del amor que sobreabunda. Ricœur dice:
En efecto, sin el correctivo del mandamiento del amor, la Regla de Oro se vería sin cesar jaloneada hacia el sentido de un máximo utilitario cuya fórmula sería do ut des, yo doy para que tú des. La regla: da porque te ha sido dado, corrige el a fin de que de la máxima utilitaria y salva a la Regla de Oro de una interpretación perversa que siempre es posible. (Ricœur, 1981/2009:41)
Pero el puente hecho por Ricœur no es del todo una novedad, ya un siglo antes, un escritor de igual interés había expresado al respecto entre la relación entre el amor y la justicia por lo que nos ha resultado pertinente el acercamiento a este predecesor de Ricœur; nos referimos a Søren Kierkegaard.
La caridad es plenitud de la ley
En 1847 en su compendio de discursos edificantes titulado Las obras del amor[6],Kierkegaard –de manera similar a Ricœur- establecía un puente entre el amor y la justicia en su capítulo “La caridad es plenitud de la ley”[7]. En él, Kierkegaard expone que la expresión máxima del amor es el cumplimiento de la ley, en tanto que la ley –que es la que procura la justicia- solo encuentra su finalidad última en el amor.  Es decir, Kierkegaard asume que la ley encuentra su sentido [de ser cumplida] en tanto que su cumplimiento sea la expresión activa del amor.
“La ley te condena” menciona Kierkegaard, aludiendo a Pablo de Tarso en su Carta a los romanos, dado que te muestra –o revela- aquello de lo que se está alejado: el amor [el amor hacia Dios, el amor hacia el prójimo]. De ahí que el Estado de Derecho, más que ayuda para los individuos se convierta en una “piedra de tropiezo”. La ley debe estar supeditada al amor en tanto que, por sí misma, solo se convierte en una exigencia incapaz de cumplirse si es que ésta solo se realiza bajo la lógica de la reciprocidad y no de la entrega, porque ¿quién quiere hacer [o dejar de hacer] gratuitamente?
La ley está supeditada al amor, en tanto que su cumplimiento no depende de la fuerza de su argumentación y su validez, sino en función de la fuerza que el amor conlleva cuando llama a actuar, pero para que esto suceda es necesario que se ejerza –como menciona Ricœur –  desde la economía del don.
El don, como donación-entrega (es que el don es dado y para darse), y que a su vez se asume desde la lógica de la sobreabundancia (doy porque me ha sido dado), es el que permite que la ley adquiera el sentido de justicia. Ya no es la justicia aristotélica que “da esperando algo a cambio”, sino la que “da porque es capaz de dar” y sobre todo “porque le surge el deseo de dar [y dar-se]”. El amor, pues, hace un retorno hacia sí mismo a través de la justicia.
Es posible que el amoroso experimente el amor como plenitud de la ley, porque no se subordina a la ley sino todo lo contrario, la ley se asume como expresión activa y concreta del amor que busca donar-se a sí mismo a través del prójimo; ese prójimo que eres tú y soy yo, somos todos (humanos y no humanos). Hacer justicia -como deber hacia el otro-  ya no es una norma sino la expresión del amor (el deber hacia el otro ha cancelado la deuda de aquél otro, pero a su vez su exigencia es darlo todo). Es el retorno que hace el amor hacia sí mismo a través del amoroso y el amado, manifestado en la entrega absoluta en nombre de la justicia.
Para renovar nuestra praxis cotidiana
¿Cómo hacer real el llamado al que Cristo nos exhorta a cada instante? La tarea parece descomunal ¿Cómo amar a quien consideramos que no es digno de recibir amor? La respuesta es clara: “hemos de ser amorosos así como Cristo lo ha sido con nosotros”.
Tu vida y la mía, y quizá aún no lo notes, muchas veces se encuentra alejada de la sobreabundancia del amor. Quizás en este momento creas que la relación con tu amado o amada está a punto morir como una flor cortada; quizá te sientes inconforme porque no ha cumplido tus expectativas, o quizá tú no has logrado cumplir con las suyas haciendo que la mirada de ambos se desvíe, y aquella amistad que los unía y fortalecía poco a poco se desvanece. Tal vez la relación con papá o mamá se ha fracturado porque no cumplieron aquellas promesas que hicieron, o tal vez aquellas exigencias que pedían no las viste en ellos. Quizá tu corazón está quebrantado porque tus hijos te han abandonado y crees que el esfuerzo ha sido en vano, y viene a ti el peso del fracaso por aquellos errores –que dices: por qué no resarcí en su momento. O tal vez alguien, que no tiene rostro, te lastimó y quebrantó aquella inocencia que te mantenía de pie, partiéndote en mil pedazos fracturando completamente tu ser.
Sea que tú lo experimentes o porque al encender el monitor lo único que mires es injusticia y desgracia, recuerda que el amor sobreabunda. Sea que a tu lado veas el maltrato y la ruina [de tu prójimo, de cualquier ser vivo], sea que lo observes a miles de millas de distancia, no olvides que el amor sobreabunda. Porque en tanto creas con todo tu corazón, con toda mente, y con todas tus fuerzas que Cristo es la plenitud de la ley y que ha cumplido aquellas exigencias que para el mundo parecían imposibles, salvándonos de la imposibilidad, y se dio a sí mismo para darnos –a cada instante- la posibilidad de comenzar de nuevo. Si crees que Cristo es la plenitud de la ley entonces ten la confianza de que todos tus errores y faltas han sido borrados porque el perdón ha llegado a tu vida dándote la oportunidad de renacer de aquellas cenizas que creíste “no dejarías de ser”. Si crees que Cristo es la plenitud de la ley, recuerda que tú también puedes serlo y que aquello que el mundo dice: es imposible de perdonar, de resarcir, de renovar, para el amor es posible y por lo tanto para ti lo es.
Porque El amor habita en ti, en cada uno de los corazones que le buscan y que quieren asemejarse más a él, porque El amor ha hecho un pacto desde el inicio del tiempo y promete nunca alejarse, siempre quedarse y donarse hasta sus últimas consecuencias. Tal como lo expresó Kierkegaard:
Cristo lo hizo todo por amor y quería hacer bienaventurados a los seres humanos. Y ¿mediante qué? Mediante la relación con Dios porque él era amor. ¡Sí, él era amor, y sabía consigo mismo y con Dios que él traía el sacrificio de la reconciliación, que amaba a los discípulos de verdad, que amaba al género entero de los seres humanos, o bien a todo aquel que quiera dejarse salvar! (p,142)
_______________________


Nota: El presente trabajo se expone como uno de los escritos personales del autor. Se espera por parte del lector la consideración para ser comentado y abierto a discusión, pero también el deseo de que sea para la edificación de sus receptores. Cita tomada de Romanos 10:13 (BLPH): “El amor constituye la plenitud de la ley”


[1] Castañón introduce: Amor y Justicia «Amour et justice» fue, primero, una conferencia pronunciada por Paul Ricœur cuando se le dio, en 1989. El premio Leopold Lucas, que recompensa “trabajos eminentes en el terreno de la teología de las ciencias humanas de la historia o de la filosofía”(p,7)


[2] Quizá el mejor ejemplo es El Banquete de Platón, en el cual el eje de discusión es la diferenciación del amor entre iguales y su influencia demoniaca dentro de la actividad filosófica. Platón describe el diálogo entre la posición que se tiene de erosy su relación con lo bello, disertándose diversas posturas al respecto.


[3] Por otra parte, el centro del ethos judío se basa en el shemá: Amarás a Dios con todo tu corazón(…) Será en los escritos poéticos donde se hará la expresión erótica ligada al ágape y que debido a la dicotomización producida desde la edad media adquirirán valores distintos desplazando al eros de la actividad característica delágape.


[4] Al respecto Ricœur expone la base de la reflexión judía de la siguiente manera:


Contrariamente a nuestra espera, la fórmula no es la del Éxodo, la del Levítico o Deuteronomio, sino la del Cantar de los cantares cuya lectura se hace, según el ritual judío en cada fiesta de pascua: El amor –dice el Cantar-, es más poderoso que la muerte (…) el mandamiento de amor brota de ese lazo de amor entre Dios y un alma solitaria. El mandamiento que precede a toda ley es la palabra que el amante dirige a la amada: Ámame. (p,22)


[5] La cita textual de la crítica de Ricœur es la siguiente:


Que la Regla de Oro provenga de o remita a una lógica de equivalencia, es algo que está marcado por la reciprocidad o la reversibilidad que esta regla instaura entre lo que el uno hace, y lo que es hecho al otro, entre actuar y sufrir, y, por implicación, entre el agente y el paciente, quienes, aunque irremplazables, son proclamados sustituibles. (p,38)


[6] Este texto es uno de los diversos tratados del 47`s que Kierkegaard realizó. Kierkegaard ha sido un gran precursor de la crítica teológica y filosófica rompiendo con los cánones para la interpretación de los textos bíblicos.


[7] Para este ensayo he tomado en consideración la siguiente cita de Kierkegaard (1847/2006), que aunque poco extensa, me permito citarla puesto que ha sido la base reflexiva del presente trabajo:


Esta es la razón de que el mismo apóstol diga acerca de él que «Cristo era el fin de la ley» (Romanos 10,4). Lo que la ley no era capaz de producir, igual que tampoco puede hacer bienaventurado a un ser humano, eso era Cristo. En tanto que la ley con su exigencia se convirtió en la ruina de todos, en su fin, porque nadie era lo que ella exigía, enseñando únicamente a conocer el pecado aprendido, así Cristo se convirtió en la ruina de la ley, porque él era lo que ella exigía. Su ruina, su fin; pues cuando la exigencia se cumple, entonces la exigencia solo existe en el cumplimiento, más consiguientemente ya no existe en cuanto exigencia

[…]

Sí, él era el amor y su amor era la plenitud de la ley. (p,128)


Bibliografía


Kierkegaard, S. (1847-2008), Las obras del amor. (D. Gutiérrez, Trad.) Salamanca, España: Sígueme.


Ricoeur, P. (1989-2009), Amor y justicia. (C. Adolfo, Trad.) México, D.F. México: Siglo XXI.

Israel Galván Delgado
Miembro de la Iglesia de Dios 7o. día (AR). Pasante de la Lic. en Filosofía por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Asistente de Investigación en el posgrado de Educación, UAEM. Escritor en la revista "Viento Fresco", y en la columna Torre de Babel de la Jornada Morelos. Colaborador en la radio cultural "Radio Chinelo" como locutor en el programa de filosofía "De-mentes". Miembro de la Sociedad Académica Kierkegaard A.C. (SAK) y coordinador del sitio web Kierkegaard vivo.
Fuente: Lupa Protestante 
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lunes, 20 de mayo de 2013

¿Qué saben los protestantes realmente sobre Søren Kierkegaard?



Manfred Svensson, autor chileno, destaca algunos de los aspectos del pensador danés que los evangélicos deberían tener en cuenta.

Tiene un apellido difícil de pronunciar, forma parte de los ‘existencialistas’, era de origen danés y fue muy crítico con la iglesia de su país. Estos son algunos de los aspectos más populares que podrían definir al filósofo Søren Kierkegaard. Pero más allá de algunas de sus citas célebres, ¿qué conocen los protestantes del filósofo? Tras celebrarse recientemente el bicentenario de su nacimiento, Manfred Svensson ha explicado a este diario lo que cree que se puede aprender de Kierkegaard, aquí y ahora.

“Hay, obviamente, quienes conocen su nombre, y que saben que se encuentra entre ‘los grandes’. Hay también quienes asocian un par de conceptos con su nombre: ‘angustia’, ‘individualidad’, etc.”, explica Manfred Svensson, Doctor en Filosofía, en respuestas a Protestante Digital.

Pero para la mayoría de cristianos, el filósofo de principios del siglo XIX es más bien un desconocido. Lo que se conoce de su aportación es relativamente poco. “Hay una distancia casi infinita entre eso [conocer algunos datos sobre la vida de Kierkegaard] y verdaderamente leer un libro suyo -¡aunque sea solo uno!- dejándonos impactar por más que frases sueltas”.

Quién tenga interés en profundizar un poco más en las ideas de este cristiano danés atípico, se dará cuenta de que no es fácil catalogar su pensamiento en conceptos básicos. Según Svensson, “Kierkegaard es, en cierto sentido, el Nietzsche cristiano, y eso hace que sea muy difícil nombrar ideas puntuales por las que es importante”. Aunque si algo domina la obra del filósofo es “el modo en que fuerza a decisiones radicales”, una intención que mostró ya al titular su primer gran libro: “O lo uno o lo otro”.

El danés fue polémico, pero buscó mantener siempre una discusión con significado. Presentaba sus ideas de forma contundente, “pero de un modo profundo, sin convertirse en un agitador. Quienes buscan ser ‘radicales’ por lo general son ‘agitadores’, pero en ese desierto la obra de Kierkegaard es un oasis”, cree Svensson.

¿VÍNCULOS CON UNAMUNO?

Definido por muchos como el primer ‘existencialista’, Kierkegaard es comparado con muchos otros pensadores de todo el mundo. Entre ellos, en España, se le ha relacionado con Miguel de Unmauno. ¿Qué tienen en común? Svensson llama la atención sobre el hecho de que “en ‘El sentimiento trágico de la vida’, Unamuno no habla de Kierkegaard como ‘padre’, sino como ‘hermano’: no se trata de una ‘influencia formativa’ sobre Unamuno, pero sí descubrió en Kierkegaard a un espíritu afín”.

Esos puntos en común hacen que “no sea extraño que un lector pueda sentirse atraído porafinidades entre ambos. Pero personalmente creo que el énfasis puesto en la influencia de Kierkegaard -trátese de Unamuno o de la idea de que Kierkegaard sea ‘padre del existencialismo’-, ha entorpecido mucho nuestra lectura de su obra”, opina Svensson.


DESESPERACIÓN QUE LLEVA A LA FE



Kiekegaard vivió una vida corta. Murió con sólo 42 años, y su experiencia estuvo marcada por una gran nube: la desesperación. “La vida entera es una terapia para lo que Kierkegaard llamó ‘la enfermedad mortal’”. Su enfoque estaba al otro extremo de los positivistas, “de quienes nos andan presionando a ser inmediatamente felices”.

Pero pese a su ansiedad constante, sus escritos demuestran que “no fue un autor morboso”. De hecho, la desesperación le acercaba a Dios: “Kierkegaard escribe que ‘la fórmula de la fe’ es idéntica con la ‘fórmula de la salud’, que ‘apoyarse de modo transparente en el Poder que nos fundamenta’ es decisivo para nuestra vida espiritual y psíquica”, explica Svensson.

DIOS COMO PADRE

Llegados a este punto, la pregunta puede ser, ¿cómo veía Kierkegaard a Dios? “Creo que la respuesta más correcta es la sencilla afirmación de que lo veía como Padre. Pero eso no es ninguna trivialidad”. Svensson explica que puede parecer normal ver a Dios como Padre (es uno de los énfasis más claros que hace la Biblia), pero que en el caso del filósofo, su padre “es alguien bastante peculiar, casi extravagante, podríamos decir. Tal vez eso volvió a Kierkegaard particularmente sensible al modo en que Dios se nos presenta en el Antiguo Testamento. Al respecto puede verse, por ejemplo, su discusión sobre el sacrificio de Isaac en ‘Temor y temblor’”.

Los acercamientos a la teología del danés fueron constantes. Pero no fue un teólogo en el sentido tradicional de la palabra. Tampoco un filósofo, tal como definimos el término habitualmente. Svensson cree que es mejor hablar de “un pensador cristiano fuertemente preocupado por la incoherencia entre el cristianismo aburguesado y la radicalidad del mensaje cristiano original”.

“Si algún enemigo tiene Kierkegaard es la mediocridad. Podría aquí poner un ejemplo, tomado de su libro ‘Las obras del amor’. Ahí escribe que según el genuino amor poético, sólo se puede amar a una persona en la vida (Romeo a Julieta, por ejemplo), mientras que según el amor cristiano el deber es de amar a todos. En la ‘cristiandad’ contemporánea, en cambio, poetas y cristianos están de acuerdo en algún punto intermedio: hay que amar ‘bastante’”. Lo cual no es suficiente, criticaría el danés.

CONTRA UNA IGLESIA ACOMODADA

El choque sin contención de Kierkegaard con la iglesia nacional de Dinamarca se dio ya hacia el final de su vida. Las críticas, sin embargo, no se llevaron por delante el respeto a lo que la iglesia representaba. “Creo que la tensión en la que se encuentra salta a la vista si consideramos lo siguiente: Kierkegaard dedicó los dos últimos años de su vida a una campaña panfletaria contra la ‘mundanización’ de la iglesia, y lo hizo de un modo feroz, sin mitigar en nada su severo juicio; pero al mismo tiempo, cuando publicaba sermones propios, los firmaba como escritos ‘sin autoridad’, pues consideraba importante la ordenación de los pastores, y él no era ordenado”, explica Svensson.

“Mirando esos dos polos se puede ver que Kierkegaard es una especie muy particular de “revolucionario”.

ALGO QUE APRENDER: “ESCAPAR A ETIQUETAS”


 
Todos estos equilibrios que se observan en la vida del danés recuerdan de nuevo, la importancia de leer sus obras con atención, para no sacar conclusiones erróneas.

Centrándose concretamente en los protestantes, Svensson considera que “de Kierkegaard podemos aprender la posibilidad de que exista un pensamiento cristiano que sea ‘clásico’ y, sin embargo, no sea ‘tradicional’.Demasiadas veces esas dos cosas se unen, pero en Kierkegaard uno encuentra a alguien que escapa a cualquier etiqueta aunque siga estando profundamente arraigado en el cristianismo”.

Si quiere saber más sobre la figura de Kierkegaard, puede leer el artículo que Manfred Svensson publicó en Protestante Digital el día en el que se cumplían 200 años del nacimiento del pensador: “Kierkegaard: un amante herido habla a la iglesia”. Puede verlo aquí, en el Magacín . Además, Manfred Svensson es autor de “Polemizar, aclarar, edificar. El pensamiento de Søren Kierkegaard” (Clie, 2013). 



Autores: Joel Forster